Conversión de san Pablo, apóstol. Fiesta (25 de Enero) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

+ Evangelio: Mc 16, 15-18:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Agustín de Hipona, Obispo

Sermón: Se apagó la luz de mundo y brilló la luz de Cristo


Sermón 279

Desde lo alto del cielo la voz de Cristo derribó a Saulo: recibió la orden de no proseguir sus persecuciones, y cayó rostro en tierra. Era necesario que primeramente fuera abatido, y seguidamente levantado; primero golpeado, después curado. Porque jamás Cristo hubiera podido vivir en él si Saulo no hubiera muerto a su antigua vida de pecado. Una vez derribado en tierra ¿qué es lo que oye? «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.» (Hch 26,14). Y él respondió: «¿Quién eres, Señor?». Y la voz de lo alto prosiguió: «Yo soy Jesús de Nazaret a quien tú persigues». Los miembros están todavía en la tierra, es la cabeza que grita desde lo alto del cielo; no dice: «¿Por qué persigues a mis siervos?» sino «¿por qué me persigues?»

Y Pablo, que ponía todo su furor en perseguir, se dispone a obedecer: «¿Qué quieres que haga?» El perseguidor es transformado en predicador, el lobo se cambia en cordero, el enemigo en defensor. Pablo aprende qué es lo que debe hacer: si se quedó ciego, si le fue quitada la luz del mundo por un tiempo, fue para hacer brillar en su corazón la luz interior. Al perseguidor se le quitó la luz para devolvérsela al predicador; en el mismo momento en que no veía nada de este mundo, vio a Jesús. Es un símbolo para los creyentes: los que creen en Cristo deben fijar sobre él la mirada de su alma sin entretenerse en las cosas exteriores.

Saulo fue conducido a Ananías; el lobo devastador es llevado hasta la oveja. Pero el Pastor que desde lo alto del cielo lo conduce todo le asegura: «No temas. Yo le voy a descubrir todo lo que tendrá que sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,16). ¡Qué maravilla! El lobo cautivo es conducido hasta la oveja. El Cordero, que muere por las ovejas le enseña a no temer.

Bernardo

Sermón: Convertirse es entregarlo todo


Sermón para la fiesta de la conversión de san Pablo, 1, 6: PL 183, 359

Con razón, hermanos queridos, la conversión del «maestro de las naciones» (1Tm 2,7) es una fiesta que todos los pueblos celebran hoy con alegría. En efecto son numerosos los retoños que surgieron de esta raíz; una vez convertido, Pablo se hizo instrumento de la conversión para el mundo entero. En otro tiempo, cuando todavía vivía en la carne pero no según la carne (cf. Rm 8,5s), convirtió a muchos por su predicación; todavía hoy, mientras vive en Dios una vida más feliz, no deja de trabajar en la conversión de los hombres por su ejemplo, su oración y su doctrina.

Esta fiesta es una gran fuente de bienes para los que la celebran. ¿Cómo desesperar, cualquiera que tenga muchas faltas, cuando oye que «Pablo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor» se convirtió repentinamente en «un instrumento de elección»? (Hch 9,1.15) ¿Qué podría decir, bajo el peso de su pecado: «no puedo levantarme para llevar una vida mejor», mientras que, sobre el mismo camino donde le conducía su corazón sediento de odio, el perseguidor encarnizado se convirtió súbitamente en un predicador fiel?. Esta sola conversión nos muestra en un día la grandeza de la misericordia de Dios y el poder de su gracia.

He aquí, hermanos, un modelo perfecto de conversión: «mi corazón está listo, Señor, mi corazón está listo... ¿Qué quieres que haga?» (Sal 56,8; Hch 9,6). Palabra breve, pero plena, viva, eficaz y digna de ser escuchada. Se encuentra poca gente en esta disposición de obediencia perfecta, que haya renunciado a su voluntad hasta tal punto que su mismo corazón no les pertenezca más. Se encuentra poca gente que a cada instante busque lo que Dios quiere y no lo que ellos quieren y que le dicen sin cesar: «¿Señor, qué quieres que haga?».

Cirilo de Jerusalén

Catequesis Bautismales: De perseguidor a apóstol


Catequesis 10

«No nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, y no somos más que servidores vuestros por amor a Jesús» (2Cor 4,5). ¿Quién es este testigo que anuncia a Cristo? Aquel que antes lo perseguía. ¡Qué gran maravilla! El perseguidor de antes hecho apóstol de Cristo. ¿Por qué, fue comprado? Nadie lo hubiera podido convencer de esta manera. ¿Fue el hecho de haber visto a Cristo en carne mortal que le había cegado de tal manera? Jesús ya había subido al cielo. Saúl había salido de Jerusalén para perseguir a la Iglesia de Cristo y, tres días después, en Damasco, el perseguidor se había transformado en predicador. ¿Bajo qué influencia? Hay quien cita como testimonio en su favor a los amigos, a los de su partido. Yo, en cambio, te doy como testigo a un antiguo enemigo.

¿Todavía dudas? El testimonio de Pedro y de Juan es grande, pero ellos eran de los de casa. Cuando el testigo es un antiguo enemigo, un hombre que más tarde morirá por la causa de Cristo, ¿quién podría dudar todavía del valor de este testimonio? Me admira el plan del Espíritu Santo que inspira a Pablo a escribir sus catorce cartas. Como no sería posible refutar su testimonio, acordó a Pablo escribir más cartas que Pedro y Juan. Así, nuestra fe puede estar bien segura. En cuanto a Pablo, en efecto, todo el mundo estaba admirado: «¿No es este el que nos perseguía? ¿No ha venido aquí para llevarlos encadenados ante los jefes de los sacerdotes?» (Hch 9,21) ¡No os extrañéis, -dice Pablo-. Lo sé muy bien. Para mí es duro dar coces contra el aguijón (cf. Hch 26,14). «No soy digno de ser llamado apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (1Cor 15,9). «A mí, que primero fui blasfemo, perseguidor y violento, y que hallé misericordia, porque lo hacía por ignorancia estando fuera de la fe. Pero la gracia de nuestro Señor se ha desbordado con la fe y el amor que me ha dado Cristo Jesús» (1Tim 1, 13-14).

Francisco de Sales, Obispo

Sermón: Cuando Dios elige, transforma


Sermón de mayo de 1616 ó 1617. IX, 74

«Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura.» Mc 16, 15

El gran san Crisóstomo, hablando de San Pablo le alaba cuanto puede, con tanto honor y estima que es cosa admirable ver cómo cuenta sus virtudes, perfecciones, excelencias, prerrogativas y gracias con las cuales Dios le adornó y enriqueció.

Pero tras todo esto, el mismo santo, para que veamos que esos dones no venían de Pablo sino de la bondad infinita de la divina Majestad, que le hizo lo que era, habla de sus defectos y cuenta sus pecados e imperfecciones diciendo: «Ya veis, ese jorobadito y malformado (era pequeño de estatura y feo) y de él ha hecho Dios un vaso de elección. Gran pecador y gran perseguidor de los cristianos y Dios le ha hecho, de lobo, cordero; ese melancólico, terco, orgulloso y ambicioso, colmado de gracias y bendiciones se ha vuelto humilde y caritativo, tanto que dice de sí mismo que es el menor de los apóstoles y el mayor de los pecadores y que se ha hecho todo para todos a fin de ganarlos a todos.» Y también dijo: «¿Quién está enfermo que no enferme yo con él? ¿Quién está triste sin estar triste yo? ¿Quién está alegre sin que yo me regocije con él?.» En verdad, que cuando los antiguos escribían las vidas de los santos eran exactos en rebuscar sus faltas y pecados, los contaban y declaraban, para exaltar y magnificar al Señor que se gloría en ellos, pues los ha levantado de su miseria, convertido y hecho grandes santos.

Fulgencio de Ruspe

Sermón: Interiormente había perdido el camino


Sermón 59 (atribuido), Apéndice: PL 65, 929

Saulo fue enviado al camino de Damasco para volverse ciego, ya que si se queda ciego, encontrará el verdadero Camino (Jn 14,6). Pierde la vista corporal, pero su corazón es iluminado, para que la verdadera luz brille a la vez en los ojos de su corazón y en los de su cuerpo. Es enviado a su interior, para buscarse. Erraba en su propia compañía, viajero inconsciente, y no se encontraba porque interiormente había perdido el camino.

Por eso oyó una voz que le decía: desvía tus pasos del camino de Saulo, para encontrar la fe de Pablo. «Quítate la túnica de tu ceguera y revístete del Salvador» (Ga 3,27). Quise manifestar en tu carne la ceguera de tu corazón, con el fin de que puedas ver lo que no veías, y que no seas semejante a «los que tienen ojos y no ven, orejas y no oyen» (Sal 113,5-6). Que Saulo se vuelva con sus cartas inútiles (Hch 22,5), para que Pablo escriba sus epístolas tan necesarias. Que Saulo, el ciego, desaparezca para que Pablo llegue a ser la luz de los creyentes...

¿Pablo, quién te transformó así? ¿Quieres saber quién hizo esto? Un hombre llamado Cristo... Ungió mis ojos y me dijo: «ve a la piscina de Siloé, lávate, y recobra la vista. Fui allá, me lavé, y ahora veo» (Jn 9,11). ¿Por qué este asombro? El que me creó, me ha recreado; con el poder con que me creó, ahora me ha curado; yo había pecado, pero Él me purificó.

Ven pues, Pablo, y deja allí al viejo Saulo, pronto vas a ver a Pedro. Ananías, toca a Saulo y danos a Pablo; deja bien lejos al perseguidor y envía a misión al predicador: los corderos no le tendrán miedo, las ovejas de Cristo se alegrarán. Toca al lobo que perseguía a Cristo, para que ahora, con Pedro, lleve a apacentar a las ovejas.

Juan Crisóstomo, Obispo

Homilía: He combatido bien mi combate


Homilía 2 sobre las alabanzas de san Pablo: PG 50, 480-484

Pablo, encerrado en la cárcel, habitaba ya en el cielo, y recibía los azotes y heridas con un agrado superior al de los que conquistan el premio en los juegos; amaba los sufrimientos no menos que el premio, ya que éstos mismos sufrimientos, para él, equivalían al premio; por esto, los consideraba como una gracia. Sopesemos bien lo que esto significa. El premio consistía ciertamente en partir para estar con Cristo; en cambio, quedarse en esta vida significaba el combate; sin embargo, el mismo anhelo de estar con Cristo lo movía a diferir el premio, llevado del deseo del combate, ya que lo juzgaba más necesario.

Comparando las dos cosas, el estar separado de Cristo representaba para él el combate y el sufrimiento, más aún, el máximo combate y el máximo sufrimiento. Por el contrario, estar con Cristo representaba el premio sin comparación; con todo, Pablo, por amor a Cristo, prefiere el combate al premio.

Alguien quizá dirá que todas estas dificultades él las tenía por suaves, por su amor a Cristo. También yo lo admito, ya que todas aquellas cosas, que para nosotros son causa de tristeza, en él engendraban el máximo deleite. Y ¿para qué recordar las dificultades y tribulaciones? Su gran aflicción le hacía exclamar: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿quién cae sin que a mi me dé fiebre?

Os ruego que no sólo admiréis, sino que también imitéis este magnífico ejemplo de virtud: así podremos ser partícipes de su corona.

Y, si alguien se admira de esto que hemos dicho, a saber, que el que posea unos méritos similares a los de Pablo obtendrá una corona semejante a la suya, que atienda a las palabras del mismo Apóstol: He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mi, sino a todos los que tienen amor a su venida. ¿Te das cuenta de cómo nos invita a todos a tener parte en su misma gloria?

Así pues, ya que a todos nos aguarda una misma corona de gloria, procuremos hacernos dignos de los bienes que tenemos prometidos.

Y no sólo debemos considerar en el Apóstol la magnitud y excelencia de sus virtudes y su pronta y robusta disposición de ánimo, por las que mereció llegar a un premio tan grande, sino que hemos de pensar también que su naturaleza era en todo igual a la nuestra; de este modo, las cosas más arduas nos parecerán fáciles y llevaderas y, esforzándonos en este breve tiempo de nuestra vida, alcanzaremos aquella corona incorruptible e inmortal, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria y el imperio ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía: Tuvo paciencia y misericordia con él


Homilía 7 sobre la conversión de san Pablo

Es preciso que conservemos siempre en nuestro espíritu cómo todos los hombres están rodeados de tantos testigos del mismo amor de Dios. Si su justicia hubiera precedido a la penitencia, el universo hubiera sido aniquilado. Si Dios hubiera sido pronto al castigo, la Iglesia no hubiera conocido al apóstol Pablo; no hubiera recibido a un tal hombre en su seno. Es la misericordia de Dios la que transforma al perseguidor en apóstol; es ella la que cambia al lobo en pastor, y que hace de un publicano un evangelista (Mt 9,9). Es la misericordia de Dios la que, conmovida por nuestra suerte, nos ha transformado; es ella la que nos ha convertido.

Es viendo al comilón de ayer ponerse hoy a ayunar, al blasfemador de antaño hablar de Dios con respeto, al innoble de otras veces no abrir su boca si no es para alabar a Dios, que se puede admirar esta misericordia del Señor. Sí, hermanos, si Dios es bueno con todos los hombres, lo es particularmente con los pecadores.

¿Queréis vosotros mismos escuchar una cosa extraña desde el punto de vista de nuestras costumbres, pero una cosa verdadera desde el punto de vista de la piedad? Escuchad: Mientras que Dios se muestra exigente con los justos, con los pecadores no tiene más que clemencia y dulzura. ¡Qué rigor para con el justo! ¡Qué indulgencia para con el pecador! Esta es la novedad, el trastrueque que nos ofrece la conducta de Dios. Y ved por qué: asustar al pecador, sobre todo al pecador obstinado, no serviría más que para privarle de toda confianza, hundirle en el desespero; halagar al justo, sería debilitar el vigor de su virtud, hacer que se relaje en su celo: ¡Dios es infinitamente bueno! Su temor es la salvaguarda del justo, y su clemencia hace regresar al pecador.

Homilía: Es Cristo quien elige y convierte


Homilía 4, 1-2 sobre San Pablo

El bienaventurado Pablo que nos reúne hoy ha iluminado al mundo entero. Cuando fue llamado se quedó ciego. Pero esta ceguera hizo de él una antorcha para el mundo. Veía para hacer el mal. En su sabiduría, Dios le volvió ciego para iluminarle para el bien. No solamente le manifestó su poder sino que le reveló las entrañas de la fe que iba a predicar. Había que alejar de él todos los prejuicios, cerrar los ojos y perder las luces falsas de la razón para percibir la buena doctrina, «hacerse loco para llegar a ser sabio» como él mismo dirá más tarde (cf. 1 Cor 3,18). No hay que pensar que esta vocación le ha sido impuesta. Pablo era libre para escoger.

Impetuoso, vehemente, Pablo tenía necesidad de un freno enérgico para no dejarse llevar por la fuga y despreciar la llamada de Dios. Dios, pues, de antemano reprimió este ímpetu, cubriéndolo con la ceguera, apaciguando su cólera. Luego, le habló. Le dio a conocer su sabiduría inefable para que reconociera a aquel que perseguía y comprendiera que no podría resistirse a su gracia. No es la privación de la luz lo que le hizo quedar ciego sino el exceso de ella.

Dios escogió este momento. Pablo es el primero en reconocerlo: «Pero cuando Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo.» (Gal 1,15). Aprendamos, pues, de boca de Pablo, que ni él, ni nadie después de él, ha encontrado a Cristo por su propio espíritu. Es Cristo que se revela y se da a conocer, como lo dice el mismo Salvador: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (cf. Jn 15,16).

Homilía: Lo sufrió todo por amor a Cristo


Homilía 2 sobre las alabanzas de san Pablo: PG 50, 477-480

Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo.

Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.

Benedicto XVI, Papa

Audiencia General (25-10-2006): Pablo, perfil del hombre y del apóstol

Miércoles 25 de octubre del 2006

Hemos concluido nuestras reflexiones sobre los doce Apóstoles, llamados directamente por Jesús durante su vida terrena. Hoy comenzamos a tratar sobre las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos entregaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, "entregaron su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26).

El primero de estos, llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol, es sin duda Pablo de Tarso. Brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 15), lo define sencillamente como "vaso de elección" (Infierno 2, 28), que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".

Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo (cf. Hch 7, 58; 8, 1 etc.), en hebreo Saúl (cf. Hch 9, 14. 17; 22, 7. 13; 26, 14), como el rey Saúl (cf. Hch 13, 21), y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel (cf. Hch 22, 3). Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas (cf. Hch 18, 3), que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias (cf. Hch 20, 34; 1 Co 4, 12; 2 Co 12, 13-14).

Para él fue decisivo conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo "camino", como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue "alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12).

Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión (cf. 1 Co 9, 1), sino también de una iluminación (cf. 2 Co 4, 6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (cf. Ga 1, 15-16). De hecho, se definirá explícitamente "apóstol por vocación" (cf. Rm 1, 1; 1 Co 1, 1) o "apóstol por voluntad de Dios" (2 Co 1, 1; Ef 1, 1; Col 1, 1), como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (cf. Flp 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de "hacerse todo a todos" (1 Co 9, 22) sin reservas.

De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias.

Otra lección fundamental que nos da san Pablo es la dimensión universal que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente "buena nueva", es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos.

El punto de partida de sus viajes fue la Iglesia de Antioquía de Siria, donde por primera vez se anunció el Evangelio a los griegos y donde se acuñó también la denominación de "cristianos" (cf. Hch 11, 20. 26), es decir, creyentes en Cristo. Desde allí en un primer momento se dirigió a Chipre; luego, en diferentes ocasiones, a las regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia); y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más importantes fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar Berea, Atenas y Mileto.

En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar "trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 23-28).

En un pasaje de la carta a los Romanos (cf. Rm 15, 24. 28) se refleja su propósito de llegar hasta España, el extremo de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para san Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo, de quien escribe: "El amor de Cristo nos apremia al pensar que (...) murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 14-15), por nosotros, por todos.

De hecho, el Apóstol dio el testimonio supremo con su sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. San Clemente Romano, mi predecesor en esta Sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: "Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. (...) Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite de Occidente, sufrió el martirio ante los gobernantes; salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de perseverancia".

Que el Señor nos ayude a poner en práctica la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: "Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11, 1).

Audiencia General (08-11-2006): Pablo, la centralidad de Cristo

Miércoles 08 de noviembre del 2006

[En el apóstol san Pablo vemos] cómo el encuentro con Cristo en el camino de Damasco revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces). Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona y, por tanto, también en nuestra propia vida. En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones.

Al ver a san Pablo, podríamos formular así la pregunta de fondo: ¿Cómo se produce el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿En qué consiste la relación que se deriva de él? La respuesta que da san Pablo se puede dividir en dos momentos.

En primer lugar, san Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a los Romanos escribe: "Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley" (Rm 3, 28). Y también en la carta a los Gálatas: "El hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado" (Rm 2, 16).

"Ser justificados" significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, san Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: "Somos justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3, 24).

Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, el nuevo rumbo que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. San Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios y de su ley. Al contrario, era observante, con una observancia fiel que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo había buscado construirse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: "La vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Así pues, san Pablo ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no buscándose y construyéndose a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos da el Señor, que nos da la fe. Ante la cruz de Cristo, expresión máxima de su entrega, ya nadie puede gloriarse de sí mismo, de su propia justicia, conseguida por sí mismo y para sí mismo.

En otro pasaje, san Pablo, haciéndose eco del profeta Jeremías, aclara su pensamiento: "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1 Co 1, 31; Jr 9, 22 s); o también: "En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6, 14).

Al reflexionar sobre lo que quiere decir justificación no por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su vida. Esta identidad cristiana consta precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, para participar así personalmente en la vida de Cristo hasta sumergirse en él y compartir tanto su muerte como su vida.

Es lo que escribe san Pablo en la carta a los Romanos: "Hemos sido bautizados en su muerte. Hemos sido sepultados con él. Somos una misma cosa con él. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús" (cf. Rm 6, 3. 4. 5. 11). Precisamente esta última expresión es sintomática, pues para san Pablo no basta decir que los cristianos son bautizados o creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos "están en Cristo Jesús" (cf. también Rm 8, 1. 2. 39; 12, 5; 16,3. 7. 10; 1 Co 1, 2. 3, etc.).

En otras ocasiones invierte los términos y escribe que "Cristo está en nosotros/vosotros" (Rm 8, 10; 2 Co 13, 5) o "en mí" (Ga 2, 20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de san Pablo, completa su reflexión sobre la fe, pues la fe, aunque nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y él. Pero, según san Pablo, la vida del cristiano tiene también un componente que podríamos llamar "místico", puesto que implica ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el Apóstol llega incluso a calificar nuestros sufrimientos como los "sufrimientos de Cristo en nosotros" (2 Co 1, 5), de manera que "llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 10).

Todo esto debemos aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de san Pablo, que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, más aún, de adoración y alabanza en relación con él. En efecto, lo que somos como cristianos se lo debemos sólo a él y a su gracia. Por tanto, dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario que a nada ni nadie rindamos el homenaje que le rendimos a él.
Ningún ídolo debe contaminar nuestro universo espiritual; de lo contrario, en vez de gozar de la libertad alcanzada, volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que "estamos en él" tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría.

En definitiva, debemos exclamar con san Pablo: "Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie "podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 39). Por tanto, nuestra vida cristiana se apoya en la roca más estable y segura que pueda imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el Apóstol: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4, 13).

Así pues, afrontemos nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, sostenidos por estos grandes sentimientos que san Pablo nos ofrece. Si los vivimos, podremos comprender cuánta verdad encierra lo que el mismo Apóstol escribe: "Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día", es decir, hasta el día definitivo (2 Tm 1, 12) de nuestro encuentro con Cristo juez, Salvador del mundo y nuestro.

Alan Butler

Vida de los Santos 1

EL APÓSTOL de los gentiles era un judío de la tribu de Benjamín. Circuncidado al octavo día de su nacimiento, según la ley, recibió el nombre de Saulo; pero como había nacido en Tarso de Cilicia, gozaba de los privilegios de ciudadano romano. Sus padres le enviaron muy joven a Jerusalén, donde Gemaliel, un noble fariseo, le instruyó en la Ley de Moisés. Saulo se convirtió pronto en un observante de la ley tan celoso, que podía apelar aun al testimonio de sus enemigos para probar hasta qué punto su vida se había conformado a las prescripciones legales. El joven discípulo de Gemaliel ingresó también a la secta de los fariseos, que era la más severa. Algunos de sus miembros habían caído en el orgullo, opuesto a la humildad evangélica. Es probable que Saulo haya aprendido desde su juventud el oficio de fabricante de tiendas, que iba a practicar durante su apostolado. Más tarde, sobrepasando a sus compañeros en celo por la ley y las tradiciones judías, que él identificaba entonces con la causa de Dios, Saulo se convirtió en perseguidor y enemigo de Cristo. Fue uno de los que tomaron parte en la lapidación de San Esteban, y San Agustín comenta que al guardar las ropas de quienes apedreaban al mártir, Saulo le había apedreado por manos de todos los demás. Podemos atribuir la conversión de Saulo a las oraciones del mártir por sus enemigos: "Si Esteban no hubiera orado —dice San Agustín—, la Iglesia no habría tenido a San Pablo".

Como los jefes de los judíos habían visto siempre en Jesucristo a un enemigo de la ley, no tiene nada de extraño que el fariseo Saulo estuviese convencido de que "debía hacer la guerra al nombre de Jesús de Nazaret" y que se hubiese convertido en el terror de los cristianos, ya que se entregó en cuerpo y alma a exterminarles. Lo apasionado de su persecución lo llevó a ofrecerse al sumo sacerdote para ir a Damasco, para arrestar a todos los judíos que confesaran a Jesucristo y traerles encadenados a Jerusalén. Pero Dios había decidido mostrar su paciencia y misericordia con Saulo. Se hallaba ya éste cerca de Damasco, cuando una gran luz del cielo brilló sobre él y sus acompañantes. Todos cayeron aturdidos por el suelo, y Saulo oyó una voz que le decía clara y distintamente: "Saulo, Sualo, ¿por qué me persigues?" Y él respondió: "¿Quién eres, Señor?" Cristo le dijo: "Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. Es difícil dar coces contra el aguijón". (Esto último equivalía a decirle: Persiguiendo a mi Iglesia no consigues más que hacerte daño a ti mismo). Temblando de asombro, Saulo preguntó: "Señor, ¿qué quieres que haga?" Cristo le ordenó que prosiguiera MI camino hacia Damasco, donde le mostraría su voluntad.

Al levantarse, Saulo cayó en la cuenta de que si bien tenía los ojos abiertos, no podía ver. Entró a Damasco llevado por la mano de un niño, y se alojó en la casa de un judío llamado Judas, donde permaneció tres días, ciego y si» comer ni beber.

Había en Damasco un cristiano muy respetado por su vida y virtudes, llamado Ananías. Cristo se le apareció y le mandó ir al encuentro de Saulo, quien estaba en oración en casa de Judas. Al oír el nombre de Saulo, Ananías se echó a temblar, pues no desconocía los estragos que había causado en Jerusalén, ni el motivo que le había llevado a Damasco. Pero el Salvador le tranquilizó y le repitió la orden de ir al encuentro de Saulo, diciéndole: "Ve a buscarle, porque es un vaso de elección llamado a predicar mi nombre entre los gentiles, y los reyes, y los hijos de Israel, y yo voy a mostrarle cuánto tiene que sufrir por mi nombre".

Entre tanto, Saulo había tenido la visión de un hombre que le imponía las manos y le devolvía la vista.

Ananías obedeció y fue en busca de Saulo. Poniendo las manos sobre él, le dijo: "Saulo, hermano; el Señor Jesús, que se te apareció en tu viaje, me ha enviado a ti para curarte y para que seas lleno del Espíritu Santo". Al punto cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista. Ananías prosiguió: "El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad y veas al Justo y oigas su palabra, y para que des testimonio ante todos los hombres de cuanto has visto y oído. ¿Qué esperas? Levántate, recibe el bautismo que te lavará de tus pecados e invoca el nombre del Señor". Saulo se levantó, recibió el bautismo y comió. Permaneció algunos días con los cristianos de Damasco, e inmediatamente después, empezó a predicar en las sinagogas al Hijo de Dios, con gran asombro de sus oyentes, que decían: "¿No es éste el que perseguía en Jerusalén a todos los que invocan el nombre de Jesús, y el que vino a Damasco para hacerles prisioneros?" Así, el antiguo perseguidor blasfemo se convirtió en apóstol y fue elegido por Dios, como uno de sus principales instrumentos para la conversión del mundo.

San Pablo no podía recordar su conversión, sin sentirse lleno de agradecimiento y sin alabar la misericordia divina. Al agradecer a Dios este milagro de su gracia y al proponer a los arrepentidos este modelo de perfecta conversión, la Iglesia celebra una fiesta que durante algún tiempo fue de obligación en casi todo el occidente.

Es difícil determinar por qué la conversión de San Pablo se celebra en este día. El texto primitivo del Hieronymianum menciona el 25 de febrero como el día, no de la conversión, sino de la translación de San Pablo. Difícilmente podría tratarse de otra translación que la de sus reliquias a su basílica, después de casi un siglo de haber estado en el sepulcro "ad Catacumbas". Pero esta conmemoración de San Pablo, el 25 de enero no parece haber sido una fiesta en Roma. Los sacraméntanos gelasiano y gregoriano no la mencionan en lo absoluto. En cambio, existe una misa propia en el Missale Gothicum, y los martirologios de Gellone y Rheinau hacen referencia a esta festividad. Algunos textos, como el Hieronymianum de Berna, conservan huellas del cambio de "translación" por "conversión". El calendario inglés de San Wilibrordo, anterior al año 717, dice textualmente: "Conversio Pauli in Damasco"; y los martirologios de Oengus y Tallaght (ambos de principios del siglo IX) hablan de su bautismo y conversión.

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