La Cátedra del Apóstol San Pedro, fiesta (22 de Febrero) – Homilías

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San León Magno, papa

Sermón: La Iglesia de Cristo se levanta sobre la firmeza de la fe de Pedro.

Sermón 4 en el aniversario de su consagración episcopal, 2-3: PL 54,149-151.

De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y de todos los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro. 

El Señor pregunta a sus apóstoles que es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. 

Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. 

Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado»; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único. 

Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo.» 

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro.» 

El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y, del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan. 

Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. 

La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno lo que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de los pastores de la Iglesia. 

Benedicto XVI, papa

Catequesis (22-02-2006): La Cátedra de San Pedro don de Cristo a su Iglesia

Audiencia general, Miércoles 22 de febrero de 2006.

Queridos hermanos y hermanas: 

La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la “cátedra” de san Pedro? Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada a orillas del río Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde “por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hch 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquía.

Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, tenemos el camino desde Jerusalén, Iglesia naciente, hasta Antioquía, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Luego Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del “Orbis” —la “Urbs” que expresa el “Orbis”, la tierra—, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

Así, la sede de Roma, después de estas emigraciones de san Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como “la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles Pedro y Pablo”; y añade:  “Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes” (III, 3, 2-3). A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma:  “¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes, 36). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios.

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo:  “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2).

Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la Cátedra del Apóstol, obra madura de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado.

Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio diario a toda la Iglesia. Por esto, como por vuestra devota atención, os doy las gracias de corazón.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis (22-02-1984):

Audiencia general, Miércoles 22 de febrero de 1984.

1. Queridísimos hermanos y hermanas:

Hoy, la fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol, en el Año de la Redención, adquiere un significado totalmente particular. Nos recuerda la misión que la Iglesia tiene en el perdón de los pecados.

El pasaje del Evangelio de Mateo (16, 13-19) que hemos escuchado contiene la que con frecuencia se llama “promesa” del ministerio de Pedro y de sus Sucesores en favor del Pueblo de Dios: “Y yo te digo —afirma Jesús—: que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”.

Sabemos que Cristo dio cumplimiento a esta “promesa” después de su resurrección, cuando mandó a Pedro: “Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-17). Sabemos también que el Señor Jesús confió de modo singular, “juntamente con Pedro y bajo la guía de Pedro (Ad gentes, 38), el “poder” de “atar” y “desatar”, también a los Apóstoles y a sus sucesores, los obispos (cf. Mt 18, 18), y este poder está vinculado en cierta medida y por participación, también a los sacerdotes.

Este “oficio” comprende campos muy amplios de aplicación, como la función de tutelar y de anunciar con un carisma cierto de verdad” (Dei Verbum, 8), la Palabra de Dios; la función de santificar sobre todo por medio de la celebración de los sacramentos; la función de regir a la comunidad cristiana por el camino de la fidelidad a Cristo en los diversos tiempos y en los diversos ambientes.

2. Ahora, me apremia poner de relieve la tarea de la remisión de los pecados. Frecuentemente, según la experiencia de los fieles, constituye una dificultad importante precisamente el tener que presentarse al ministro del perdón. “¿Por qué —se objeta— manifestar a un hombre como yo mi situación más íntima e incluso mis culpas más secretas?” “¿Por qué —se objeta también— no dirigirme directamente a Dios o a Cristo, y tener, en cambio, que pasar por la mediación de un hombre para obtener el perdón de mis pecados?”.

Estas y parecidas preguntas pueden tener una cierta aceptación por el “esfuerzo” que siempre exige un poco el sacramento de la penitencia. Pero, en el fondo, ponen de relieve una no comprensión o una no acogida del “misterio” de la Iglesia.

Es cierto: el hombre que absuelve es un hermano que también se confiesa, porque, a pesar del afán por su santificación personal, está sujeto a los límites de la fragilidad humana. Sin embargo, el hombre que absuelve no ofrece el perdón de las culpas en nombre de dotes humanas peculiares de inteligencia, o de penetración sicológica; o de dulzura y afabilidad; no ofrece el perdón de las culpas tampoco en nombre de la propia santidad. Él, como es de desear, está invitado a hacerse cada vez más acogedor y capaz de transmitir la esperanza que se deriva de una pertenencia total a Cristo (cf. Gál 2, 20; 1 Pe 3, 15). Pero cuando alza la mano que bendice y pronuncia las palabras de la absolución, actúa “in persona Christi”: no sólo como “representante”, sino también y, sobre todo, como “instrumento” humano en el que está presente, de modo arcano y real, y actúa el Señor Jesús, el “Dios-con-nosotros”, muerto y resucitado y que vive para nuestra salvación.

3. Bien considerado, a pesar de la molestia que puede provocar la mediación eclesial, es un método humanísimo, a fin de que el Dios que nos libera de nuestras culpas no se diluya en una abstracción lejana, que al fin se convertiría en una difuminada, irritante y desesperante imagen de nosotros mismos. Gracias a la mediación del ministro de la Iglesia este Dios se hace “próximo” a nosotros en la concreción de un corazón también perdonado.

Con esta perspectiva es como hay que preguntarse si la instrumentalidad de la Iglesia, en vez de ser contestada, no debería, más bien, ser deseada, puesto que responde a las esperanzas más profundas que se ocultan en el espíritu humano, cuando se acerca a Dios y se deja salvar por Él. El ministro del sacramento de la penitencia aparece así —dentro de la totalidad de la Iglesia— como una expresión singular de la “lógica” de la Encarnación, mediante la cual el Verbo hecho carne nos alcanza y nos libera de nuestros pecados.

“Cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”, dice Cristo a Pedro. Las “llaves del reino de los cielos” no fueron confiadas a Pedro y a la Iglesia para que se aprovechen de ellas a su propio arbitrio o para manipular las conciencias, sino a fin de que las conciencias sean liberadas en la Verdad plena del hombre, que es Cristo, “paz y misericordia” (cf. Gál 6, 16) para todos.

Homilía (22-02-1998)

Celebración eucarística con los nuevos cardenales.
Domingo 22 de febrero de 1998.

1. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Las palabras de Cristo al apóstol Pedro en Cesarea de Filipo ilustran bien los elementos fundamentales de la celebración de hoy. Ante todo, la fiesta de la Cátedra de San Pedro constituye un aniversario muy significativo para esta basílica, centro del mundo católico y meta diaria de numerosos peregrinos. Además, la entrega del anillo a los nuevos cardenales, creados en el consistorio ordinario público que tuve la alegría de celebrar ayer, enriquece esta liturgia con un nuevo significado eclesial.

El pasaje evangélico presenta a san Pedro que, por inspiración divina, manifiesta su adhesión total a Jesús, Mesías prometido e Hijo de Dios. En respuesta a esa clara profesión de fe, que Pedro hace también en nombre de los demás Apóstoles, Cristo revela la misión que quiere confiarle: ser la «piedra» sobre la que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia.

 «Tú eres Pedro». El ministerio, confiado a Pedro y a sus sucesores, de ser roca sólida sobre la cual se apoya la comunidad eclesial, es garantía de la unidad de la Iglesia, custodia de la integridad del depósito de la fe y fundamento de la comunión de todos los miembros del pueblo de Dios. La fiesta litúrgica de hoy representa, por consiguiente, una invitación a reflexionar sobre el «servicio petrino» del Obispo de Roma con respecto a la Iglesia universal. A la Cátedra de San Pedro están vinculados de modo especial los cardenales, que constituyen el «senado» de la Iglesia, los primeros colaboradores del Papa en el servicio pastoral universal.

[…]

3. «Apacentad la grey de Dios (…), siendo modelos de la grey» (1 P 5, 2-3). Al entrar a formar parte de este alto senado eclesial, todos vosotros, venerados hermanos, asumís la responsabilidad de pastores de la Iglesia con un título nuevo y más elevado. No solamente se os confía el oficio de elegir al Papa, sino también el de compartir con él la solicitud por todo el pueblo cristiano. Ya estáis llenos de méritos por la generosa y solícita labor desarrollada en el ministerio episcopal en ilustres diócesis de muchas partes del mundo o en la entrega al servicio de la Sede apostólica en diferentes y comprometedoras tareas.

La nueva dignidad, a la que ahora sois llamados mediante el nombramiento cardenalicio, quiere manifestar aprecio por vuestro prolongado trabajo en el campo de Dios y rendir honor a las comunidades y a las naciones de donde procedéis y de las que sois dignos representantes en la Iglesia. Al mismo tiempo, la Iglesia os confía nuevas y más importantes responsabilidades, pidiéndoos aún mayor disponibilidad para Cristo y para todo su Cuerpo místico.

Este nuevo arraigo en Cristo y en la Iglesia os compromete a un servicio más valiente del Evangelio y a una entrega sin reservas a los hermanos. Os exige, además, una disponibilidad total, hasta el derramamiento de vuestra sangre, como lo simboliza muy bien el color púrpura de vuestro hábito cardenalicio. «Usque ad sanguinis effusionem…». Esta radical disponibilidad a dar la vida por Cristo se alimenta siempre de una fe firme y humilde. Sed conscientes de la misión que el Señor os confía hoy. Apoyaos en él. Dios es fiel a sus promesas. Trabajad siempre por él, con la seguridad de que, como dice el apóstol Pedro, «cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1 P 5, 4).

4. «Yo mismo apacentaré mis ovejas (…). Buscaré la oveja perdida, traeré a la descarriada» (Ez 34, 15-16). No os dejéis abatir por las inevitables dificultades de la vida. El profeta Ezequiel […] nos asegura que el Señor mismo cuida de su pueblo. Estáis llamados a ser signo visible de esta solicitud de Dios por su herencia, imitando a Cristo, el buen pastor, que reúne en torno a sí en una única grey a la humanidad dispersa por el pecado.

Y ¡cómo no subrayar que esta tarea de apacentar la grey de Cristo se os confía en un momento particular de la historia de la Iglesia y de la humanidad! Estamos viviendo un cambio de época, del segundo al tercer milenio, cuya alba ya vemos acercarse a grandes pasos: nos encaminamos hacia el gran jubileo del año 2000. En todo el mundo se ponen en marcha iniciativas apostólicas y misioneras para que este acontecimiento sea ocasión de renovación interior para todos los creyentes. Ojalá que esa histórica etapa constituya una extraordinaria primavera de esperanza para los creyentes y para toda la humanidad.

5. Encomendamos estos deseos a la Virgen María, siempre presente en la comunidad cristiana, ya desde sus orígenes, mientras, reunida en oración o consagrada a proclamar a todos el Evangelio, espera y prepara la venida de Cristo, Señor de la historia. A ella encomendamos vuestro nuevo servicio eclesial, venerados hermanos, en la perspectiva del gran acontecimiento jubilar. En sus manos maternales depositamos las expectativas y las esperanzas de todos los creyentes y de la humanidad entera.

Amén.

Homilía (22-02-2000)

En el Jubileo de la Curia Romana.
Martes 22 de febrero de 2000.

1. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

Hemos cruzado como peregrinos la Puerta santa de la basílica vaticana, y ahora la palabra de Dios atrae nuestra atención hacia lo que Cristo dijo a Pedro y de Pedro.

Nos encontramos reunidos en torno al altar de la Confesión, situado sobre la tumba del Apóstol, y nuestra asamblea está formada por la especial comunidad de servicio que se llama la Curia romana. El ministerio petrino, es decir, el servicio propio del Obispo de Roma, con el que cada uno de vosotros está llamado a colaborar en su propio campo de trabajo, nos une en una sola familia e inspira nuestra oración en el momento solemne que la Curia romana vive hoy, fiesta de la Cátedra de San Pedro.

Todos  nosotros, y  en  primer  lugar  yo mismo, nos sentimos profundamente afectados por las palabras  del  Evangelio  que  acabamos de proclamar:  “Tú eres el Cristo… Tú eres Pedro” (Mt 16, 16. 18). En esta basílica, junto a la memoria del martirio del Pescador de Galilea, esas palabras resuenan de nuevo con singular elocuencia, incrementada por el intenso clima espiritual del jubileo del bimilenario de la Encarnación.

2. “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16):  esta es la confesión de fe del Príncipe de los Apóstoles. Y esta es también la confesión que renovamos nosotros hoy, venerados hermanos cardenales, obispos y sacerdotes, juntamente con todos vosotros, amadísimos religiosos, religiosas y laicos que prestáis vuestra apreciada colaboración en el ámbito de la Curia romana. Repetimos las luminosas palabras del Apóstol con particular emoción en este día, en el que celebramos nuestro jubileo especial.

Y la respuesta de Cristo resuena con fuerza en nuestra alma:  “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). El evangelista san Juan atestigua que Jesús había puesto a Simón el nombre “Cefas” ya desde su primer encuentro, cuando lo había llevado a él su hermano Andrés (cf. Jn 1, 41-42). En cambio, el relato de san Mateo confiere a este acto de Cristo el mayor relieve, colocándolo en un momento central del ministerio mesiánico de Jesús, el cual explicita el significado del nombre “Pedro” refiriéndolo a la edificación de la Iglesia.

“Tú eres el Cristo”:  sobre esta profesión de fe de Pedro, y sobre la consiguiente declaración de Jesús:  “Tú eres Pedro”, se funda la Iglesia. Un fundamento invencible, que las fuerzas del mal no pueden destruir, pues lo protege la voluntad misma del “Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). La Cátedra de Pedro, que hoy celebramos, no se apoya en seguridades humanas -“ni la carne ni la sangre”- sino en Cristo, piedra angular. Y también nosotros, como Simón, nos sentimos “bienaventurados”, porque sabemos que nuestro único motivo de orgullo está en el plan eterno y providente de Dios.

3. “Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez 34, 11). La primera lectura, tomada del célebre oráculo del profeta Ezequiel sobre los pastores de Israel, evoca con fuerza el carácter pastoral del ministerio petrino. Es el carácter que distingue, de reflejo, la naturaleza y el servicio de la Curia romana, cuya misión consiste precisamente en colaborar con el Sucesor de Pedro en el cumplimiento de la tarea que Cristo le encargó:  apacentar su rebaño.

“Yo mismo apacentaré mis ovejas y las llevaré a reposar” (Ez 34, 15). “Yo mismo”:  estas son las palabras más importantes, pues manifiestan la determinación con la que Dios quiere tomar la iniciativa, ocupándose él personalmente de su pueblo. Sabemos muy bien que la promesa -“Yo mismo”- se ha hecho realidad. Se cumplió en la plenitud de los tiempos, cuando Dios envió a su Hijo, el buen Pastor, a apacentar su rebaño “con el poder del Señor, con la majestad del nombre del Señor” (Mi 5, 3). Lo envió a reunir a los hijos de Dios dispersos, ofreciéndose como cordero, víctima mansa de expiación, sobre el altar de la cruz.

Este es el modelo de pastor que Pedro y los demás Apóstoles aprendieron a conocer e imitar estando con Jesús y compartiendo su ministerio mesiánico (cf. Mc 3, 14-15). Se ve reflejado en la segunda lectura, en la que Pedro se define a sí mismo “testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse” (1 P 5, 1). El pastor Pedro fue totalmente modelado por el Pastor Jesús y por el dinamismo de su Pascua. El ministerio petrino está arraigado en esta singular conformación a Cristo Pastor de Pedro y de sus Sucesores, una conformación que tiene su fundamento en un peculiar carisma de amor:  “¿Me amas más que estos?… Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15).

4. En una ocasión como la que estamos viviendo, el Sucesor de Pedro no puede olvidar lo que aconteció antes de la pasión de Cristo, en el huerto de los Olivos, después de la última Cena. Ninguno de los Apóstoles parecía darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder y que Jesús conocía muy bien:  él sabía que acudía a ese lugar para velar y orar, a fin de prepararse así para “su hora”, la hora de la muerte en la cruz.

Había dicho a los Apóstoles:  “Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito:  Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mc 14, 27). Pedro replicó:  “Aunque todos se escandalicen, yo no” (Mc 14, 29). Nunca me escandalizaré, nunca te dejaré… Y Jesús le respondió:  “Yo te aseguro:  hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres” (Mc 14, 30). “Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré” (Mc 14, 31), insistió firmemente Pedro, y con él los demás Apóstoles. Y Jesús le dijo:  “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32).

He aquí la promesa de Cristo, que constituye nuestra consoladora certeza:  el  ministerio  petrino  no se funda en las capacidades y en las fuerzas humanas, sino en la oración de Cristo, que implora al Padre para que la fe de Simón “no desfallezca” (Lc 22, 32). “Una vez convertido”, Pedro podrá cumplir su servicio  en  medio  de sus hermanos. La conversión del Apóstol -podríamos decir su segunda conversión- constituye así el paso decisivo en su itinerario de seguimiento del Señor.

5. Amadísimos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración jubilar de la Curia romana, no debemos olvidar nunca esas palabras de Cristo a Pedro. Nuestro gesto de cruzar la Puerta santa, para obtener la gracia del gran jubileo, debe estar impulsado por un profundo espíritu de conversión. Para ello nos resulta muy útil precisamente la historia de Pedro, su experiencia de la debilidad humana, que, poco después del diálogo con Jesús que acabamos de recordar, lo llevó a olvidar las promesas hechas con tanta insistencia y a negar a su Señor. A pesar de su pecado y de sus limitaciones, Cristo lo eligió y lo llamó a una misión altísima:  la de ser el fundamento de la unidad visible de la Iglesia y confirmar a sus hermanos en la fe.

En el caso de Pedro fue decisivo lo que sucedió en la noche entre el jueves y el viernes de la Pasión. Cristo, al ser llevado fuera de la casa del sumo sacerdote, miró a Pedro a los ojos. El Apóstol, que lo acababa de negar tres veces, fulgurado por esa mirada, lo comprendió todo. Recordó las palabras del Maestro y sintió que le traspasaban el corazón. “Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 62).

Quiera Dios que el llanto de Pedro nos sacuda interiormente, de modo que nos impulse a una auténtica purificación interior. “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8), había exclamado un día, después de la pesca milagrosa. Hagamos nuestra, amadísimos hermanos y hermanas, esta invocación de Pedro, mientras celebramos nuestro santo jubileo. Cristo renovará también para nosotros -así lo esperamos con humilde confianza- sus prodigios:  nos concederá de forma sobreabundante su gracia sanante y realizará nuevas pescas milagrosas, llenas de promesas para la misión de la Iglesia en el tercer milenio.

Virgen santísima, que acompañaste con la oración los primeros pasos de la Iglesia naciente, vela sobre nuestro camino jubilar. Alcánzanos experimentar, como Pedro, el apoyo constante de Cristo. Ayúdanos a vivir nuestra misión al servicio del Evangelio en la fidelidad y en la alegría, a la espera de la vuelta gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre.

Homilía (22-02-2001)

Celebración eucarística con los nuevos cardenales.
Jueves 22 de febrero de 2001, Fiesta de la Cátedra de San Pedro.

1. «”Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón  Pedro  contestó:  “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”» (Mt 16, 15-16).

Este diálogo entre Cristo y sus discípulos, que acabamos de escuchar, es siempre actual en la vida de la Iglesia y del cristiano. En todas las horas de la historia, especialmente en las más decisivas, Jesús interpela a los suyos y, después de preguntarles sobre lo que piensa de él “la gente”, limita el campo y les pregunta:  “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

Esta pregunta la hemos escuchado, en el fondo, durante todo el gran jubileo del año 2000. Y cada día la Iglesia ha respondido incesantemente con una profesión común de fe:  “Tú eres el Cristo, el Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre”. Una respuesta universal, en la que, a la voz del Sucesor de Pedro se han unido las de los pastores y los fieles de todo el pueblo de Dios.

2. Una única confesión de fe:  ¡tú eres el Cristo! Esta confesión de fe es el gran don  que  la Iglesia ofrece al mundo al inicio del tercer milenio, mientras se aventura en el “inmenso océano” que se abre ante ella (cf. Novo millennio ineunte, 58). La fiesta de hoy pone en primer plano el papel de Pedro y de sus Sucesores al guiar la barca de la Iglesia en este “océano”. Por consiguiente, es sumamente significativo que en esta celebración litúrgica esté junto al Papa el Colegio cardenalicio con los nuevos cardenales, creados ayer en el primer consistorio después del gran jubileo.  Queremos dar todos juntos gracias a Dios por haber fundado su Iglesia sobre la roca de Pedro. Como sugiere la oración “colecta”, deseamos orar intensamente para que “entre los peligros del mundo”, la Iglesia no se turbe, sino que avance con valentía y confianza.

4. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

En el “hoy” de la liturgia, el Señor Jesús dirige también al Sucesor de Pedro esas palabras, que se convierten para él en el compromiso de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 32). Con gran consuelo y con vivo afecto os llamo a vosotros, venerados hermanos cardenales, a uniros a la Sede de Pedro en el peculiar ministerio de unidad que se le ha encomendado.

“Como Obispo de Roma soy consciente -lo afirmé en la encíclica Ut unum sint sobre el compromiso ecuménico-, de que la comunión plena y visible de todas las comunidades, en las que, gracias a la fidelidad de Dios, habita su Espíritu, es el deseo ardiente de Cristo” (n. 95). Para esa finalidad primaria los cardenales, sea como Colegio sea de forma individual, pueden y deben brindar su valiosa contribución, pues son los primeros colaboradores del ministerio de unidad del Romano Pontífice. La púrpura con que están revestidos recuerda la sangre de los mártires, especialmente la de san Pedro y san Pablo, sobre cuyo supremo testimonio se funda la vocación y la misión universal de la Iglesia de Roma y de su Pastor.

5. ¡Cómo no recordar que el ministerio de Pedro, principio visible de unidad, constituye una dificultad para las demás Iglesias y comunidades eclesiales! (cf. Ut unum sint, 88). Sin embargo, ¡cómo no recordar, al mismo tiempo, el dato histórico del primer milenio, cuando la función primacial del Obispo de Roma fue ejercida sin encontrar resistencias en la Iglesia tanto de Occidente como de Oriente! Hoy quisiera orar al Señor de modo particular, junto con vosotros, para que en el nuevo milenio, en el que ya nos encontramos, se supere pronto esta situación y se vuelva a la comunión plena. El Espíritu Santo dé a todos los creyentes la luz y la fuerza necesarias para realizar el ardiente anhelo del Señor. A vosotros os pido que me asistáis y colaboréis conmigo de todos los modos posibles en esta comprometedora misión.

Venerados hermanos cardenales, el anillo que lleváis y que dentro de poco voy a entregar a los nuevos miembros del Colegio, pone de relieve precisamente el vínculo especial que os une a esta Sede apostólica. En el “inmenso océano” que se abre ante la nave de la Iglesia, cuento con vosotros para orientar su camino en la verdad y en el amor, a fin de que, superando las tempestades del mundo, resulte cada vez más eficazmente signo e instrumento de unidad para todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).

6. “Así dice el Señor:  Yo mismo buscaré a mis ovejas y cuidaré de ellas” (Ez 34, 11).
En la fiesta de la Cátedra de San Pedro, la liturgia nos vuelve a proponer el célebre oráculo del profeta Ezequiel, en el que Dios se revela como el Pastor de su pueblo. En efecto, la cátedra es inseparable del báculo pastoral, porque Cristo, Maestro y Señor, vino a nosotros como el buen Pastor (cf. Jn 10, 1-18). Así lo conoció Simón, el pescador de Cafarnaúm:  experimentó su amor tierno y misericordioso, y quedó conquistado por él. Su vocación y su misión de apóstol, resumidas en el nuevo nombre, Pedro, que recibió del Maestro, se basan totalmente en su relación con él, desde el primer encuentro, al que lo llamó su hermano Andrés (cf. Jn 1, 40-42), hasta el último, en la ribera del lago, cuando el Resucitado le encargó que apacentara a su rebaño (cf. Jn 21, 15-19). En medio, el largo camino del seguimiento, en el que el Maestro divino llevó a Simón a una profunda conversión, que experimentó horas dramáticas en el momento de la pasión, pero que desembocó luego en la alegría luminosa de la Pascua.

En virtud de esta experiencia transformadora del buen Pastor, Pedro, escribiendo a las Iglesias de Asia menor, se define a sí mismo “testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse” (1 P 5, 1). Exhorta a “los presbíteros” a apacentar el rebaño de Dios, siendo sus modelos (cf. 1 P 5, 2-3). Esta exhortación se dirige hoy de modo especial a vosotros, amadísimos hermanos, a quienes el buen Pastor ha querido asociar del modo más eminente al ministerio del Sucesor de Pedro. Sed fieles a vuestra misión, dispuestos a dar la vida por el Evangelio. Esto os pide el Señor y esto espera de vosotros el pueblo cristiano, que hoy os acompaña con alegría y afecto.

7. “Yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 32). Lo dijo el Señor a Simón Pedro durante la última Cena. Estas palabras de Jesús, fundamentales para Pedro y para sus Sucesores, difunden luz y consuelo también sobre quienes colaboran más de cerca en su ministerio. Hoy, a cada uno de vosotros, venerados hermanos cardenales, Cristo os repite:  “Yo he orado por ti”, para que tu fe no desfallezca en las situaciones en que pueda ponerse más a prueba tu fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al Papa.

Esta oración, que brota incesantemente del corazón del buen Pastor, sea siempre, amadísimos hermanos, vuestra fuerza. No dudéis de que, como sucedió con Cristo y con san Pedro, así acontecerá también con vosotros:  vuestro testimonio más eficaz será siempre el marcado por la cruz. La cruz es la cátedra de Dios en el mundo. En ella Cristo dio a la humanidad la lección más importante, la de amarnos los unos a los otros como él nos amó (cf. Jn 13, 34):  hasta el don supremo de sí.

Al pie de la cruz está siempre la Madre de Cristo y de los discípulos, María santísima. A ella el Señor nos encomendó cuando dijo:  “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26). La Virgen santísima, Madre de la Iglesia, como protegió de modo especial a Pedro y a los Apóstoles, seguramente protegerá al Sucesor de Pedro y a sus colaboradores. Esta consoladora certeza os aliente a no temer las pruebas y las dificultades. Más aún, con la seguridad de la protección constante de Dios, cumplamos juntos el mandato de Cristo, que con vigor invita a Pedro, y con él a la Iglesia, a remar mar adentro:  “Duc in altum” (Lc 5, 4). Sí, amadísimos hermanos, rememos mar adentro, echemos las redes para la pesca y “avancemos con esperanza” (Novo millennio ineunte, 58).

Cristo, el Hijo de Dios vivo, es el mismo ayer, hoy y siempre. Amén.

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