Santa María Magdalena, fiesta (22 de Julio) – Homilías

Desde el 22 de julio de 2016 Santa María Magdalena será celebrada como fiesta. Los textos a usar son los mismos que aparecen en la Liturgia de las Horas y en el Misal Romano (y Libro de la Sede). El hecho de que esta celebración haya sido elevada a Fiesta conlleva los siguientes cambios:

  • En el Oficio de Lectura, después de la Segunda Lectura con su Responsorio se añadirá el himno Te Deum, conocido también como Señor Dios eterno.
  • En la Misa, en su lugar propio, se añadirá el canto del Gloria.
  • Para la Misa se ha compuesto un prefacio nuevo: “Apostolorum Apostola”, cuya traducción sería “Apóstol de los Apóstoles” [En castellano no existe el femenino de apóstol]. La versión castellana de dicho prefacio se encuentra aquí: Prefacio para Santa María Magdalena
    En lengua latina se encuentra en la web de la Santa Sede: Prefacio en Latín
  • Allí donde santa María Magdalena se celebrara con grado de Solemnidad por ser patrona o por otra razón, se conserva el grado que tenía.

Si quieren más información pueden consultar esta entrada de actualidad litúrgica.



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Gregorio Magno, Papa

Sobre los Evangelios: Ardía en deseos de Cristo, a quien pensaba que se lo habían llevado


Homilía 25,1-2. 4-5: PL 76,1189-1193

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos: Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera: «Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».

María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (22-07-2000): Experiencia personal de Cristo


Misa para los sacerdotes, religiosos y fieles de la diócesis de Aosta
Sábado 22 de julio del 2000

1. [...] Celebramos la fiesta de Santa María Magdalena y la liturgia de hoy se caracteriza por una especie de movimiento, de "carrera" del corazón y del espíritu, impulsados por el amor de Cristo. Las palabras de san Pablo: "caritas Christi urget nos" (2 Co 5, 14), que escucharemos dentro de poco en la primera lectura, pueden y deben inspirar la vida de cada sacerdote, como marcaron la de María de Magdala.

La Magdalena siguió hasta el Calvario a Cristo, que la había curado. Estuvo presente en la crucifixión, en la muerte y en la sepultura de Jesús. Junto con la Madre santísima y el discípulo amado recogió su último suspiro y el tácito testimonio de su costado traspasado: comprendió que su salvación estaba en aquella muerte, en aquel sacrificio. Y el Resucitado, como nos narra el evangelio de hoy, quiso mostrar su cuerpo glorioso ante todo a ella, que había llorado intensamente por su muerte. A ella quiso confiarle "el primer anuncio de la alegría pascual" (Colecta), para recordarnos que precisamente a quien contempla con fe y amor el misterio de la pasión y muerte del Señor, se le revela la luminosa gloria de su resurrección.

2. Así María Magdalena nos enseña que nuestra vocación de apóstoles se arraiga en nuestra experiencia personal de Cristo. Nuestro encuentro con él suscita un nuevo estilo de vida, ya no centrado en nosotros mismos, sino en él, que murió y resucitó por nosotros (cf. 2 Co 5, 15), renunciando al hombre viejo para conformarnos cada vez más plenamente a Cristo, el Hombre nuevo.

Esta enseñanza de vida se aplica, con especial elocuencia, a nosotros, pastores de la Iglesia, llamados a guiar al pueblo de Dios con la palabra, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida. Por tanto, estamos llamados a una intimidad mayor con Cristo, que nos ha elegido como sus amigos: "Vos autem dixi amicos" (Jn 15, 15).

Amadísimos hermanos en el sacerdocio, os deseo a cada uno que mantengáis siempre viva vuestra comunión con Cristo. Que su amor os impulse en vuestro apostolado, no sólo en las grandes ocasiones, sino sobre todo en las ordinarias, en las situaciones diarias. La unión íntima con Dios, alimentada en la santa misa, en la liturgia de las Horas y en la oración personal lleva al sacerdote a desempeñar con fe y caridad su ministerio pastoral. Precisamente en esta intimidad con Jesús reside el secreto de su misión.

Oremos, durante esta celebración eucarística, para que el Señor nos haga ministros dignos de su gracia. Invoquémoslo, por intercesión de santa María Magdalena, para que, a través de vosotros, amadísimos sacerdotes, llegue a los residentes y a los veraneantes de esta región el anuncio incesante de la muerte y la resurrección de Cristo. Dios, que ha enriquecido con estupendas bellezas naturales el Valle de Aosta, alimente con su Espíritu la fe de cuantos viven en él. Y la Virgen santísima vele maternalmente por vosotros y por el servicio apostólico que estáis llamados a prestar con constante generosidad, enriqueciéndolo con abundantes frutos de bien.

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