San Andrés Kim Taegon y compañeros (20 de septiembre) – Homilías


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Varios autores: Los mártires de Corea

Corea es un pueblo antiguo que, viviendo entre China y Japón, ha conservado su autonomía, lengua, cultura e identidad nacional. Sin embargo, la fe cristiana, es relativamente joven, pues tuvo sus inicios el año 1784, ya que entonces el primer coreano, Yi Sunghun se hizo cristiano y dio comienzo a la primera comunidad cristiana. Era un laico, un hombre culto. La fe cristiana creció como fruto de una reflexión sobre el confucionismo tradicional en Corea, y se plasmó mediante el contacto con la Iglesia que ya existía en China y, particularmente, en Pekín.

Sin embargo, los primeros cristianos coreanos encontraron resistencia por parte de la religiosidad tradicional, lo que se convirtió en fuente de múltiples tormentos, torturas y muerte por martirio de muchos de ellos. Las persecuciones comenzaron pronto y duraron, en lugares diversos y con diversa intensidad, más de cien años. Persecuciones particularmente sangrientas tuvieron lugar en 1801, 1839, 1846, 1866.

Del número global de mártires coreanos, que se calcula en torno a los diez mil, se conoce y está documentado el martirio de ciento tres personas. Figura a la cabeza de la lista Andrés Kim Taegon, el primer sacerdote coreano, hijo de nobles coreanos conversos. Su padre, Ignacio Kim, fue martirizado en la persecusión del año 1839 (fue beatificado en 1925 con su hijo).

Andrés fue bautizado a los 15 años de edad. Después viajó 1,300 millas hasta el seminario mas cercano, en Macao, China. Seis años después se las arregló para volver a sus país a través de Manchuria. Ese mismo año cruzó el Mar Amarillo y fue ordenado sacerdote en Shangai. Era el primer sacerdote nacido en Corea.

Una vez sacerdote regresó a su patria y se le asignó preparar el camino para la entrada de misioneros por el mar, para evitar los guardias de la frontera. En 1846 fue arrestado, torturado y decapitado junto al Rios Han, cerca de Seúl. Tenía 25 años.

Luego está Pablo Chong Ha-sang, luego vienen los otros, calificados con la denominación común de “compañeros”, pero todos ellos conocidos por nombre y apellido. Entre ellos hay sacerdotes y laicos. La persona más anciana contaba 79 años, la más joven 13.

Entre los mártires coreanos hay diez misioneros franceses (de la “Mission Etrangère de Paris), entre los cuales los primeros obispos de la Iglesia en Corea.

Al leer las “Acta martyrum” del siglo XIX en la tierra coreana, nos viene a la mente una estrecha analogía con el “martyrologium romanum”. Las “grandes obras de Dios” per martyres se repiten en diversas épocas de la historia y en diversos lugares del mundo.

En el arco de dos siglos de existencia la Iglesia en Corea, creciendo sobre la tierra hecha tan profundamente fértil por la sangre de los mártires, se ha desarrollado mucho. Actualmente cuenta con cerca de 1.600.000 fieles. Este desarrollo continúa, sobre todo en estos últimos años. Dan testimonio de ello las numerosas conversiones y bautismos. Casi 100.000 cada año. Da testimonio de ello el gran número de vocaciones sacerdotales y religiosas, tanto masculinas como, sobre todo, femeninas. Da testimonio de ello la profunda conciencia católica de los laicos y su vivo compromiso apostólico.

Decía Juan Pablo II en la canonización el 6 de Mayo de 1984: «La Iglesia coreana es única porque fue fundada completamente por laicos. Esta Iglesia incipiente, tan joven y sin embargo tan fuerte en la fe, soportó hola tras hola de feroz persecución. De manera que en menos de un siglo podía gloriarse de tener 10,000 mártires. La muerte de estos mártires fue la levadura de la Iglesia y llevó al espléndido florecimiento actual de la Iglesia coreana. Todavía hoy, el espíritu inmortal de los mártires sostiene a los cristianos de la Iglesia del silencio en el norte de esta tierra trágicamente dividida».

Datos tomados de varias fuentes, entre ellas:
Juan Pablo II: Homilía en la Misa de Canonización, 6 de Mayo de 1984 (En Italiano)
Juan Pablo II: Audiencia General, 16 de Mayo de 1984.

San Andrés Kim Taegon

Exhortación: La fe es coronada por el amor y la perseverancia

Pro Corea. Documenta. ed. Mission Catholique Séoul, Seúl/París 1938, vol. 1, 74-75

Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza.

Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él.

Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado.

De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido.

Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones.

También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación?

No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo, por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo?

Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo.

Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación.

Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor.

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