Santos Ángeles Custodios, memoria (2 de octubre) – Homilías

Lecturas (2 de Octubre, Santos Ángeles Custodios)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

+Evangelio: Mt 18, 1-5. 10 : Sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Alberto Magno

Sermón: Contemplan el rostro de Dios.

Sermón para la fiesta de San Miguel.

«Sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.» (Mt 18,10).

“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.” Con estas palabras Cristo nos ha dicho más o menos lo siguiente: Estad atentos, cuidado con despreciar a los hombres sencillos, pobres y débiles. Yo los tengo en muy gran estima, hasta tal punto que, para guardarlos de todo mal, he puesto mis ángeles a su servicio. Y ¡qué ángeles! No penséis que se puedan comparar con simples “pinches de cocina”. No, son igual a los oficiales de mi palacio, porque “contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.” …

Los ángeles contemplan el rostro de Dios por varias razones. La primera, porque ellos ofrecen y presentan a Dios las buenas obras de los hombres. De ellos tenemos un testimonio en las palabras que Rafael dirige a Tobías: “He presentado tu oración al Señor.” (cf Tb 12,12) También leemos en el Apocalipsis: “Otro ángel vino y se colocó junto al altar con un incensario de oro. Le dieron gran cantidad de perfumes para que, junto con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro que está delante del trono.” (Ap 8,3) Fijémonos que el altar es el corazón del hombre fiel a Dios. Delante de este altar están los ángeles. Su incensario representa los sentimientos de alegría con los que recogen los pensamientos, las oraciones, las palabras y las acciones de los hombres, para ofrecerlos, encendidos en el fuego de la caridad, sobre el altar de oro que se encuentra delante del trono de Dios. Y la ofrenda sube hasta el Hijo que está en el seno del Padre. Por consiguiente, sería bueno que tuviéramos siempre algún don para depositar en el incensario de los ángeles.

San Juan María Vianney [Santo Cura de Ars], presbítero

Homilía: El ministerio de los ángeles.

Sermón para la fiesta de los Santos Ángeles Custodios.

«Os enviaré a mi ángel» (Mal 3,1).

Hermanos míos, nuestros ángeles custodios son nuestros más fieles amigos, porque están con nosotros día y noche, en todo tiempo y lugar; la fe nos enseña que los tenemos siempre a nuestro lado. Eso es lo que hizo decir a David: «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos (Sl 90,11). Y para que veamos cuán grandes son sus cuidados para con nosotros, el profeta dice que nos llevan en sus manos como una madre lleva a su hijo. ¡Ah! es que el Señor previó los peligros sin número a los que estaríamos expuestos en la tierra, en medio de tantos enemigos y que todos buscan nuestra perdición. Sí, son los ángeles buenos que nos consuelan en nuestras penas, que hacen nos demos cuenta cuando el demonio nos quiere tentar, que presentan a Dios nuestras oraciones y todas nuestras buenas acciones, que nos asisten en la hora de la muerte y presentan nuestras almas a su soberano juez…

Desde el comienzo del mundo, el trato de los ángeles con los hombres es tan frecuente que la Escritura santa los menciona a cada instante… Casi todos los patriarcas y profetas han sido instruidos por los ángeles acerca de la voluntad del Señor. Incluso a menudo vemos que el mismo Señor se ha hecho representar por ángeles. Pero me diréis, si les viéramos ¿no aumentaría nuestra confianza en ellos? Si esto hubiera sido necesario para la salvación de nuestra alma, el buen Dios los habría hecho visibles. Pero eso tiene muy poca importancia, porque en nuestra religión sólo conocemos por la fe, y esto para que todas nuestras acciones sean más meritorias…

Si deseáis saber el número de ángeles que existen, su función, os diré que son muy numerosos: unos han sido creados para honrar a Jesucristo en su vida escondida, dolorosa y gloriosa, o bien para ser los guardianes de los hombres sin dejar, por ello, de gozar de la presencia divina. Otros están ocupados en contemplar las perfecciones de Dios, o bien velan para que conservemos nuestra vida cristiana proveyéndonos de todos los medios necesarios para nuestra santificación. Si bien es verdad que el buen Dios se basta a sí mismo, no es menos verdad que para gobernar al mundo, se sirve del ministerio de sus ángeles.

Aunque el buen Dios se baste a sí mismo, sin embargo emplea, para gobernar el mundo, el ministerio de sus ángeles… Si vemos a Dios cuidar con tanto esmero de nuestra vida, debemos concluir que nuestra alma es algo muy grande y muy precioso, para que emplee para su conservación y santificación todo lo que tiene de más grande en su tribunal. Nos dio a su Hijo para salvarnos; Este mismo Hijo… nos da a cada uno de nosotros, uno y hasta varios ángeles, que únicamente se ocupan de pedirle para nosotros las gracias y los socorros necesarios para nuestra salvación… ¡Oh, qué poco conoce el hombre lo que es, y el fin para qué ha sido creado! Leemos en la Escritura que el Señor decía a su pueblo: ” Voy a enviaros a mi ángel, con el fin de que os conduzca en todos vuestros pasos ” (Ex 23,20)…

Debemos invocar a menudo a nuestros ángeles de la guarda, respetarlos y, sobre todo tratar de imitarlos en todas nuestras acciones. La primera cosa que debemos imitar en ellos, es el pensamiento de la presencia de Dios… En efecto, si estuviéramos bien penetrados de la presencia de Dios, ¿cómo podríamos hacer el mal? ¡Nuestras virtudes y todas nuestras buenas obras, serían mucho más agradables a Dios!… Dios le dice a Abraham: “¿Quieres ser perfecto? Camina en mi presencia” (Gn 17,1).

¿Cómo puede ser que olvidemos tan fácilmente al buen Dios, si lo tenemos siempre delante de nosotros? ¿Por qué no tenemos respeto y reconocimiento hacia nuestros ángeles, que nos acompañan día y noche?… “Soy demasiado miserable, diréis, para merecer esto”. No sólo, hermanos míos, Dios no os pierde de vista un instante, sino que os da un ángel, que no deja de guiar vuestros pasos. ¡Oh, inmensa felicidad, tan poca conocida por los hombres!

San Bernardo, abad

Sermón: ¿Por qué temer?.

Sermón 12º sobre el salmo 90, nn. 3-10.

«Porque él mandó a sus ángeles cerca de ti para guardarte en todos tus caminos» (Sal 90,11).

3. […] A sus ángeles mandó Dios te guarden en todos tus caminos. Alaben al Señor sus misericordias y sus maravillas con los hijos de los hombres. Confiesen y digan entre l as naciones qué magníficamente ha usado de sus piedades con ellos. ¿Quién es el hombre, Señor, para que te manifiestes a él, o por qué aplicas a él tu corazón? Aplicas a él tu corazón y solícito cuidas, En fin, le envías tu Unigénito, diriges a él tu Espíritu, le prometes tu gloria. Y para que nada haya en el cielo que deje participar en nuestro cuidado, envías aquellos bienaventurados espíritus a ejercer su ministerio para bien nuestro, los destinas a nuestra guarda, les mandas sean nuestros ayos. Poco era para ti haber hecho ángeles tuyos a los espíritus; hácelos también ángeles de los pequeñuelos, pues escrito está: los ángeles de éstos están viendo siempre la cara del Padre. A éstos espíritus tan bienaventurados hácelos ángeles tuyos para con nosotros y nuestros para contigo.

4. Dios mandó a sus ángeles el cuidar de ti. ¡Admirable dignación y verdaderamente amor de extrañable caridad! ¿Quién los mandó, a quiénes, para quién, qué les mandó? Consideremos cuidadosamente esto, hermanos míos; encomendemos fielmente a la memoria tan apreciable mandato.

¿Quién lo mandó? ¿ De quién son ángeles? ¿ De quién son los preceptos que ejecutan ? ¿De quién es, la voluntad a que obedecen? Verdaderamente a sus ángeles mandó Dios para ti, a que te guarden en todos tus caminos, y aun para que te lleven en sus manos. La suma Majestad mandó a los ángeles, y mandó a los ángeles suyos, a aquellos espíritus tan sublimes, tan dichosos, tan próximos, tan inmediatos a Él, tan familiarmente allegados a El y verdaderamente de su casa.

Mandólos a ti. ¿ Quién eres tú, Señor, y quién es el hombre para que pongas en él tu corazón o el hijo del hombre para que tanto le aprecies? ¡Como si el hombre no fuera corrupción y él hijo del hombre un gusano!

Pero ¿qué mandó acerca de ti? ¿Quizá escribió contra tí amarguras? ¿Acaso les mandó que muestren su poder contra esta hoja que arrebata el viento, y que persigan esta paja seca? ¿O que quiten de delante al impío, para que no vea la gloria de Dios? Esto se ha de mandar algún día, pero no está todavía mandado. No te apartes del socorro del Altísimo, persevera bajo la protección del Dios del cielo, no sea que alguna vez se mande esto de ti. No se mandará contra aquel a quien protegiere el Dios del cielo, sino en favor suyo. Por bien suyo se dilata todavía el mandarlo, para que todo sea por causa de los elegidos. Por donde vemos en el Evangelio que, disponiéndose los criados a recoger al punto la cizaña sembrada después del trigo, el providente Padre de familia les dice: Dejad que ambos crezcan hasta la siega, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Mas ¿cómo el buen grano se podrá conservar hasta el tiempo de la recolección? Este es precisamente el objeto del mandato que Dios ha impuesto a sus ángeles para mientras vivamos en la tierra.

5. A sus ángeles les mandó te guarden. ¡Oh tú, que eres trigo entre cizaña, grano entre paja, lirio entre espinas! Demos gracias a Dios, hermanos míos, démosle gracias por mí y por vosotros. Un precioso depósito me había encomendado, que es el fruto de su cruz y el precio de su sangre. Mas no se contentó con esta custodia tan poco segura, tan poco eficaz, tan frágil, tan deficiente; por lo cual puso de guardianes a los ángeles custodios sobre los muros del alma. Y cierto, aun aquellos que parecen muros inexpugnables necesitan de estas defensas.

6. A sus ángeles mandóles guardarte en todos tus caminos. ¡Cuánta reverencia debe infundirte, cuánta confianza debe darte! Reverencia por su presencia, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Anda siempre con toda circunspección, como quien tiene presente a los ángeles en todos tus caminos. En cualquier parte, en cualquier lugar, aun el más oculto, ten reverencia al ángel de tu guarda. Y ¿cómo te atreverías a hacer en su presencia lo que no harías estando yo delante? ¿Dudas acaso que esté presente al no verle? ¿Qué fuera si le vieses? ¿Qué si le tocases? ¿Qué si le olieses? Advierte que no sólo por la vista se comprueba la presencia de las cosas. Ni aun todas las cosas corporales se sujetan a los ojos: ¡cuánto más trascenderán las espirituales a todo sentido corpóreo, y deberán más bien investigarse espiritualmente!

Si consultas a la fe, ella te prueba que no te falta la presencia del ángel. Y no me pesa el haber dicho que la fe lo prueba, cuando el Apóstol la define: Prueba cierta de las cosas que no se ven. Están, pues, presentes, y están presentes para tu bien: no sólo están contigo sino que están para tu defensa. Están presentes para protegerte, están presentes para provecho tuyo. ¿Con qué pagarás al Señor por todos los bienes que te ha hecho, pues a El sólo debe tributarse el honor y la gloria? ¿Por qué a El sólo? Porque El es quien lo mandó, y todo don precioso no es de otro sino suyo.

Pero aunque Él lo mandó, no debemos ser ingratos con aquellos que le obedecen con tanto amor y nos amparan en tanta indigencia. Seamos, pues, devotos, seamos agradecidos a custodios tan dignos de aprecio, correspondamos a su amor, honrémosles cuanto podamos, cuanto debemos. Mas todo amor y  honor deben ir dirigidos a aquel Señor de cuya mano, así ellos como nosotros recibimos el poderle amar y honrar y merecer ser amados y honrados. Porque no se ha de creer que al decir el Apóstol: A solo Dios sea honor y gloria, pretendió contradecir a las palabras del profeta que dice que también los amigos de Dios deben ser honrados de un modo peculiar. Pienso yo que esta expresión del Apóstol es muy semejante a otra también suya en que dice: No debáis a nadie sino el mutuo amor; pues no quería contrajesen otras deudas que éstas especialmente, habiendo dicho poco antes: Pagad a todos lo debido: al que se le debe honor, dadle honor; y otras cosas por el estilo. Y para que entiendas más plenamente qué sentía en uno y en otro pasaje y  qué nos amonestaba en ellos, repara que no se divisan los astros menores cuando brillan los rayos del sol. ¿Pensaremos acaso que falten entonces las estrellas o que se hayan apagado? De ningún modo, sino que, cubiertas de alguna manera con la mayor claridad del sol, no pueden entonces presentarse a la vista. Así el amor, que de suyo es superior a otra cualquiera deuda, como si fuera solo debe en nosotros reinar; de suerte que todo lo que se debe a los demás lo embeba en sí y por amor lo hagamos todo.

Así sí también debe prevalecer el honor divino y en alguna manera como perjudicar a los otros todos, para que sólo Dios, no precisamente sea honrado ante todos, sino en todos. Lo mismo debes tener por dicho acerca del amor. Porque ¿qué pudo dejar fuera de él para los demás quien todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas dió a su Señor y Dios en el amor?

En El, pues, hermanos míos, amemos afectuosamente a sus ángeles como a quienes han de ser un día coherederos nuestros, siendo por ahora abogados y tutores puestos por el Padre y colocados por El sobre nosotros. Ahora somos hijos de Dios, aunque todavía no se manifiesta lo que seremos; por cuanto, siendo todavía párvulos, estamos bajo abogados y tutores, sin diferir ahora en nada de los siervos…

8. Mas aunque somos tan pequeños y nos queda aún tan largo, y no sólo tan largo, sino tan peligroso camino, ¿qué temeremos teniendo tales custodios? Ni pueden ser vencidos ni engañados, y mucho menos pueden engañar los que nos guardan en todos nuestros caminos. Fieles son, prudentes son, poderosos son. ¿De qué temblamos? Solamente sigámosles, juntémonos a ellos, y perseveraremos bajo la protección del Dios del cielo. Considera cuánto necesitas esta protección y custodia en todos tus caminos. En sus manos, dice, te llevarán, para que no tropiece tu pié  en piedra. ¿Te parece poco que haya piedras de tropiezo en el camino? Mira lo que sigue: Andarás sobre el áspid y el basilisco, y hollarás al león y al dragón. ¡Qué necesario es el hayo para que guíe y proteja al párvulo metido en tales peligros! Pues bien: En sus manos, dice, te llevarán, te guardarán en tus caminos y te acompañarán por doquiera que vayas. Y no permitirán que seas tentado por encima de tus fuerzas, sino que te llevarán en sus manos para que evites los tropiezos. ¡Qué fácilmente pasa el que es llevado en tales manos! ¡Qué suavemente nada, según el vulgar proverbio, aquel cuya barba otro sustenta!

9. Siempre, pues, que vieres levantarse alguna tentación o amenazar alguna tribulación, invoca a tu guarda, a tu conductor, al protector que Dios te asignó para el tiempo de la necesidad y de la tribulación. Dale voces y dile: ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!. No duerme ni dormita, aunque por breve tiempo disimule alguna vez; no sea que con mayor peligro te precipites de sus manos, si ignoras que ellas te sustentan. Espirituales son estas manos, como también lo son los auxilios que a cada uno de los elegidos prestan, según sea el peligro y la dificultad que han de superar más o menos grande.

Quiero, para mayor claridad, poner un ejemplo de lo que juzgo más comunes, y que pocos de vosotros habrá dejado de experimentar. ¿Se turba alguno de vosotros con mayor vehemencia por alguna incomodidad corporal, o alguna aflicción por las cosas del mundo; o desmaya con acidia de espíritu y caimiento del ánimo? Pues entonces es cuando ya comienza a ser tentado más allá de lo que pueden sus fuerzas: ya dará golpe y tropezará en la piedra si no hay quien le socorra. Pero ¿ cuál es esta piedra? Entiendo que es aquella Piedra de tropiezo ‘y escándalo, en la cual, si alguno tropezare, se lastimará, pues aquel sobre quien cayere le hará pedazos; esta Piedra angular no es otra que aquella Piedra escogida y preciosa, Cristo Jesús. Tropezar en esta Piedra es quejarse de él, escandalizarse por el abatimiento de espíritu y la turbación. Así, necesita el socorro del ángel, de los angélicos consuelos y de las angélicas manos, ese hombre que ya desmayó, ya casi tropezó contra la Piedra. Y verdaderamente tropieza contra la Piedra el que se queja, murmura y quizá blasfema de la Providencia, estrellándose a sí propio, y no aquel contra quien viene dar con furia.

10. Juzgo que hombres como éstos algunas veces son levantados como con dos manos por los ángeles, para que sin sentirlo ellos, por decirlo así, pasen por encima del tropiezo del que tanto recelaban; y no se admiran poco después, así de la facilidad que sienten en sí mismos en adelante como de haber superado la anterior dificultad.

¿Queréis saber que entiendo yo por estas dos manos? Dos conocimientos vivos que se excitan en nuestra alma, cuando se presentan o más bien se pintan e imprimen en nuestro corazón, por una parte la brevedad de la tribulación y por otra la eternidad del premio eterno, a fin de que en lo íntimo del afecto sintamos y consideremos que el momento breve y leve de nuestra tribulación produzca arriba en nosotros un peso eterno de gloria. ¿Quién no creerá que tan buenas sugerencias son obra de los ángeles buenos, siendo, por el contrario, cierto que las malas proceden de los malos? Familiarizaos con los ángeles, hermanos míos; frecuentad con asidua meditación y devota oración a los que os asisten para vuestra custodia y consolación.

Sermón: Imitar la humildad de los ángeles de Dios.

Sermón 13º sobre el salmo 90.

«Te llevarán en sus palmas» (Sal 90,12).

1. Podemos entender este verso que tenemos entre manos: En las palmas de sus manos te llevarán, etc., no sólo de los consuelos de esta vida, sino también del eterno consuelo de la futura. Nos guardan los ángeles en nuestros caminos, pero en acabando el camino, o sea, en acabando la vida, nos llevan en sus manos. Ni faltan para comprobar esto testigos fieles. Muy poco ha se leyó de nuestro beatísimo Padre, verdaderamente por todo Benito, que, fijando su vista en el esplendor de una radiante luz, vio que el alma de Germán, obispo de Capua, era llevada en globo de fuego por los ángeles del cielo. Pero ¿ qué necesidad tenemos de buscar estos testimonios? La Verdad misma dice en el Evangelio de aquel mendigo y llagado, Lázaro, que fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Y no podríamos nosotros andar solos en aquella tan nueva y tan incógnita región, especialmente con tan pedregoso camino. Qué piedra es ésta? El que en las piedras en otro tiempo acostumbraba a ser adorado; el que presentó al Señor las piedras, diciéndole: Di que estas piedras se vuelvan panes. En tu pie se entiende tu afecto; éste es el pie del alma que los ángeles llevan en sus manos para que no tropieces contra la piedra. Porque ¿ cómo no se turbaría el alma con gran terror si saliese sola de aquí, si entrase en aquellos caminos sin compañía que la consolase, si anduviese entre aquellas piedras por sus propios pies?

2. Pero oye más claro cuánto precisas ser llevado en ajenas manos y no en otras que las angélicas. Andarás sobre el áspid y el basilisco, y hollarás al león y al dragón. ¿Qué haría entre tales tropiezos el pié del hombre? ¿Que afecto humano tendría constancia y no desmayaría ante monstruos tan horrendos? Sin duda son estos basiliscos y áspides los malignos espíritus, no sin razón así llamados, ya que de ellos está escrito lo que antes dijimos y no habréis echado en olvido: Caerán a tu a tu lado izquierdo mil, y diez mil a tu diestra. ¿Y quién sabe si están repartidas entre ellos las operaciones de malicia y misterios de iniquidad, de suerte que, teniendo diversos oficios, o más bien, maleficios se llamen uno áspid, otro basilisco, otro león y otro dragón; por cuanto invisiblemente dañan de modos diversos, como si fuera por la mordedura uno, otro por la vista, otro por el rugido o golpe y otro por el hábito? He leído también de otro género de demonios, que no salen sino con oración y ayuno, no habiendo conseguido nada contra ellos el conjuro de de los apóstoles. ¿Cómo no diremos que este género de demonios es semejante a un áspid, a aquel áspid de que nos habla el Salmista, que se hace el sordo, tapando sus orejas para no oír la voz del encantador? Mira que no le sigas ahora, no le imites y no te horrorizará más tarde.

3. Hay un vicio sobre el cual creo domina especialmente este espíritu; y si lo queréis saber, es aquel rodeo que os avisamos, en el sermón de ayer, evitásteis; es aquella obstinación contra la cual hablábamos entonces. Porque no me pesa de preveniros, siempre que se brinda la ocasión, contra esta peste, para que huyáis de ella a todo trance, porque es como la última subversión y ruina de toda religión y, según el testimonio del Legislador, el veneno incurable de los áspides. Dícese del áspid que fija, cuanto más apretadamente puede, una oreja en tierra y tapa la otra metiendo en ella la cola, para no poder oír. ¿Qué podrá hacer entonces la voz del encantador, la exhortación del que predica? Oraré, humillaré mi alma en el ayuno, ma bautizaré con abundante torrente de lágrimas, como por un hombre ya muerto, por aquel en quien viere que ninguna sabiduría de la encantación humana aprovecha nada, y ninguna industria de las amonestaciones que le hacen, saca fruto alguno.  Pero sepa este hombre pertinaz que no fija su oreja en el cielo, sino en el suelo; pues la ciencia que de arriba viene no sólo es modesta, sino pacífica; pero ésta, siendo más bien, por decirlo así, aspídica, no puede ser sino terrena. Mas no ensordecería tanto si no taponase con la cola la otra oreja. ¿ Que cola es ésta? El fin de la intención humana. Entonces es ya la. sordera desesperada en el hombre, cuando, por una parte, como clavado en tierra, pégase a su propia voluntad, y por otra, como torciendo la cola, medita algún fin y tiene clavado en el ánimo lo que desea alcanzar. No tapéis, hermanos, no tapéis, os ruego, vuestros oídos; no endurezcáis vuestros corazones. Por eso, pues, se encuentran tan mordaces y amargas palabras en la boca de un hombre obstinado, porque toda la benevolencia de quien le exhorta no halla por donde penetrar en él. Por eso la ponzoña del áspid persevera en el aguijón de su lengua, porque se ha tapado las orejas con tanto cuidado para no oír las palabras del encantador.

4. Dicen que el basilisco lleva el veneno en el ojo; es animal pésimo y el más execrable de todos. ¿Deseas conocer el ojo envenenado, el ojo malo, el ojo fascinador? Piensa en la envidia. ¿Qué es envidia, sino ver el mal? Si no fuera el enemigo basilisco, nunca por su envidia hubiera entrado en el mundo la muerte. ¡Ay del ¡hombre que no vio antes al envidioso! Venzamos también este vicio, mientras aquí vivimos, si después de la muerte queremos no temer al ministro de tanta malicia. Ninguno mire el bien de otro con ojo envidioso. Ya esto mismo, cuanto es de su parte, seria inficionarle con su veneno y de algún modo matarle. Al que aborrece a otro hombre, la Verdad misma le declara homicida; y de aquel que odia lo bueno en el prójimo, ¿qué diremos? ¿No se le podrá acaso llamar homicida? Vive aún el hombre, él es ya reo de su muerte; aun arde el fuego que el Señor Jesús trajo a la tierra, y el envidioso es ya condenado, como quien ha extinguido el espíritu.

5. ¡Ay de vosotros por causa del dragón! Feroz bestia es; con hálito de fuego mata cuanto toca, no sólo las bestias de la tierra, sino las aves del cielo. No creo sea otro este dragón, sino el espíritu de ira. ¡ Cuántos, aun de los que al parecer se elevaban sobre otros en su género de vida, miserablemente abrasados con el vaho de este dragón, lloramos haber caído torpemente en su boca! ¡Cuánto mejor fuera que se hubiesen airado consigo mismos para no pecar! La ira es un afecto natural en el hombre; mas en los que abusan del bien de la naturaleza es la más grave perdición y miserable ruina. Ocupémosla, hermanos míos, en lo que nos conviene, no sea que prorrumpa en cosas inútiles o ilícitas. Así es como suele el amor expeler al amor y un temor quitarse con otro temor. No temáis a aquellos que matan el cuerpo, dice el Señor, y no tienen poder para dañar al alma; y añade: Yo os mostraré a quién debéis temer. Temed al que tiene potestad para lanzar cuerpo y alma al infierno. Sí, os lo repito: temed a éste. Como si más claramente dijera: A éste habéis de temer, para no temer a aquéllos. Llénese vuestro espíritu de temor del Señor, y no habrá en vosotros otro temor extraño. Y yo os digo a vosotros, hermanos. aunque no yo, sino la Verdad: no yo, sino el Señor: No os enojéis con los que os quitan las cosas terrenas, os insultan y os amenazan acaso con suplicios, y fuera de esto nada más pueden nacer. Yo os mostraré contra quién debéis airaros: airaos contra aquella que sola puede dañaros, que sola puede hacer que todas las demás cosas de nada os aprovechen. ¿Queréis saber quién sea ésta? La propia maldad. Sí, yo os lo digo: contra ésa habéis de airaros, pues no os dañará ninguna adversidad si no os dominare ninguna maldad. El que se aíra perfectamente contra ella, no se altera por las demás cosas, antes al revés, las abraza con gusto. Yo, dice el Salmista, dispuesto estoy a los azotes. Sean daños, sean oprobios, sea lesión del cuerpo, dispuesto estoy para soportarlo con resignación, porque mi pecado está siempre a mi vista. ¿Qué mucho que desprecie todas las cosas exteriores, que mire como nada en comparación de este dolor? Mi hijo, dice, que ha salido de mí mismo, me persigue, ¿y me enojaré contra un siervecillo que me insulta? Mi corazón mismo me ha dejado, me ha desamparado mi valor, y ya no está conmigo la lumbre de mis ojos, ¿y había de llorar yo los daños temporales y hacer caso de las molestias corporales?

6. De aquí nace no sólo La mansedumbre, a la que no dañará el aliento del dragón, sino también la magnanimidad del corazón, al cual no espantará el rugido del león. Vuestro enemigo es como león rugiente, dice San Pedro. ¡Gracias al León excelso de la tribu de Judá! El podrá rugir, mas no herir. Ruja cuanto quiera: nada tendrá que temer la oveja de Cristo. ¡Cuánto amenaza, cuánto exagera, cuánto intenta! No seamos bestias que se amedrentan con aquel vano rugido. Refieren los más curiosos investigadores de la naturaleza que al rugido del león no hay bestia alguna, aun de aquellas que resisten a sus golpes con toda furia, que resista; y aun la que, las más de las veces, le vence cuando entra con él en lid, esa misma no le aguarda cuando ruge. Verdaderamente insensato, verdaderamente falto de razón quien fuese tan cobarde que cediese con sólo el temor, el que fuese vencido con sola la amenaza del trabajo futuro y antes de la pelea, y que no al golpe del dardo, sino al mero clamor de trompeta cayese por tierra. No habéis resistido todavía hasta derramar sangre, dice aquel valeroso Capitán, que sabía cuan vano es el rugido de este león. Y otro añade: Resistid al diablo y huirá de vosotros.

Orígenes, presbítero

Homilía: Cristo descendió primero.

Homilías sobre Ezequiel I, 7.

«Sus ejércitos, servidores de sus deseos» (Sal 102,21).

Los ángeles descienden a los que tienen que salvar. «Los ángeles subían y bajaban sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,15); y «se le acercaban y le servían» (Mt 4,11). Ahora bien, los ángeles descendían porque Cristo había descendido el primero; temían descender antes de que se lo ordenara el Señor de la fuerzas celestes y de todas las cosas (Col 1,16). Pero cuando han visto al Príncipe de los ejércitos celestiales permanecer sobre la tierra, entonces, a través de este camino abierto por Él, han seguido a su Señor, obedientes a la voluntad de aquél que los puso como guardianes de todos los que creen en su nombre.

Tú mismo, ayer, estabas bajo la dependencia del demonio, hoy, estás bajo la de un ángel. «Estad atentos, dice el Señor, para no menospreciar a ninguno de estos pequeños» que están en la Iglesia, «porque, en verdad os lo digo, sus propios ángeles ven constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos». Los ángeles están consagrados a tu salvación, y se dedican al servicio del Hijo de Dios y dicen entre ellos : « Si Él ha descendido tomando un cuerpo, si se ha revestido de una carne mortal, si ha soportado la cruz, si ha muerto por todos los hombres ¿por qué descansar, por qué ahorrarnos trabajo? ¡Vayamos, ángeles todos, descendamos del cielo!» Por eso cuando Cristo nació había «una multitud de los ejércitos celestiales alabando y glorificando a Dios» (Lc 2,13).

Catecismo de la Iglesia Católica

nn. 333-336.

«Los santos ángeles de la guarda: la unidad del universo visible e invisible»

De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo Encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles… Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: “Gloria a Dios…” (Lc 2,14). Protegen la infancia de Jesús, le sirven en el desierto, le reconfortan en la agonía, cuando habría podido ser salvado por ellos… Son también los ángeles quienes “evangelizan” anunciando la Buena Nueva de la Encarnación, y de la Resurrección de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles, éstos estarán presentes al servicio de juicio del Señor.

De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles. En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (Is 6,6); invoca su asistencia (tanto en el Canon romano como en la liturgia de los difuntos o también en el “Himno querubínico” de la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles (san Miguel, san Gabriel, san Rafael, los ángeles custodios).

Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (S. Basilio). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.

Beato John Henry Newman

Sermón: Los ángeles son parte de nuestro mundo invisible.

Sermón “El mundo invisible” PPS, t. 4, n. 13.

«Los ángeles del cielo ven sin cesar el rostro de mi Padre» (Mt 18,10).

Los ángeles se ocupan activamente de nosotros en la Iglesia; se nos dice: “¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación?”(He 1, 149. No hay ningún cristiano que por muy humilde que sea que no tenga un ángel para servirle, si vive por la fe y el amor. Aunque ellos sean tan excelsos, gloriosos, puros, tan maravillosos que su sola vista nos hace postrar en tierra, como le sucedió al profeta Daniel (10,9), con todo ellos son nuestros servidores y nuestros compañeros de trabajo. Ellos velan sobre nosotros; nos defienden hasta al más humilde de entre nosotros, si nosotros estamos enraizados en Cristo.

Ellos son parte de nuestro mundo invisible, en alguna ocasión se manifiestan como al patriarca Jacob (Gn, 28,10s). El pensó que ¡qué era aquella cosa tan maravillosa que le estaba ocurriendo si estaba dormido! Este era un lugar como todos los otros, un sitio solitario e incomodo; ¡y por tanto, que realidad tan distinta! Jacob no conocía más que el mundo visible; no conocía el mundo invisible, y sin embargo el mundo invisible estaba allí. Estaba allí, aunque Jacob no realizó nada para provocar su presencia, la cual solo se revela sobrenaturalmente. El tiene la revelación en un sueño: ” una escalinata apoyada en la tierra, y lo alto tocaba el cielo; los ángeles de Dios subían y bajaban por la escalinata; y el Señor estaba en la cumbre.”

He aquí que existe otro mundo: la gente habla como si no existiera nada más después de la muerte. No, existe ya ahora, aunque nosotros no lo veamos: está entre nosotros, en torno nuestro. Así se le mostró a Jacob; los ángeles estaban a su alrededor, allí mismo sin saberlo él. Lo que Jacob vio en sueños, otros también lo han visto…y entendido como los pastores de noche buena. Estos espíritus bienaventurados alaban a Dios día y noche, y nosotros, desde nuestro estado, también los podemos imitar.

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