Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María (8 de diciembre) – Homilías

Lecturas (8 de Diciembre – Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María)

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-1ª Lectura: Gén 3, 9-15. 20 : Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer
-Salmo: Sal 97 : Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas
-2ª Lectura: Ef 1, 3-6. 11-12 : Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo
+Evangelio: Lc 1, 26-38 : Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Nota: Existe mucha documentación de este solemnidad, aquí se recopilan provisionalmente (en bruto) algunas homilías o reflexiones, con el propósito de organizarlas mejor en un futuro. Ahora mismo no se puede hacer por falta de tiempo.

San Anselmo, obispo

Sermón: Por tu bendición queda bendita toda criatura

Sermón 52: PL 158, 955-956. Liturgia de las Horas

¡Oh Virgen, por tu bendición queda bendita toda criatura!

El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti ¡oh Señora!, les ha sido concedida. Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos para los que no habían sido creadas. Pero ahora, como resucitadas, felicitan a María, al verse regidas por el dominio y honradas por el uso de los que alaban al Señor.

Ante la nueva e inestimable gracia, las cosas todas saltaron de gozo, al sentir que, en adelante, no sólo estaban regidas por la presencia rectora e invisible de Dios su creador, sino que también, usando de ellas visiblemente, las santificaba. Tan grandes bienes eran obra del bendito fruto del seno bendito de la bendita María.

Por la plenitud de tu gracia, lo que estaba cautivo en el infierno se alegra por su liberación, y lo que estaba por encima del mundo se regocija por su restauración. En efecto, por el poder del Hijo glorioso de tu gloriosa virginidad, los justos que perecieron antes de la muerte vivificadora de Cristo se alegran de que haya sido destruida su cautividad, y los ángeles se felicitan al ver restaurada su ciudad medio derruida.

¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda a la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen bendita, bendita por encima de todo por tu bendición queda bendita toda criatura, no sólo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura!
Dios entregó a María su propio Hijo, el único igual a él, a quien engendra de su corazón como amándose a sí mismo. Valiéndose de María, se hizo Dios un Hijo, no distinto, sino el mismo, para que realmente fuese uno y el mismo el Hijo de Dios y de María. Todo lo que nace es criatura de Dios, y Dios nace de María. Dios creó todas las cosas, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo mediante María; y, de este modo, volvió a hacer todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado.

Dios es, pues, el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el padre a quien se debe la constitución del mundo; y María es la madre a quien se debe su restauración. Pues Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho; y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada existe; y María dio a luz a aquel sin el cual nada subsiste.

¡Verdaderamente el Señor está contigo, puesto que ha hecho que toda criatura te debiera tanto como a él!

San Juan Pablo II, papa

Homilía: nuevo comienzo

Basílica Santa María la Mayor (08-12-1980)

1. Salus Populi Romani!

Con este saludo vengo hoy, venerados y queridos hermanos y hermanas, a esta basílica mariana de Roma. Vengo aquí después del acto solemne de homenaje, tributado a la Inmaculada en la plaza de España, donde los romanos desde hace años y generaciones manifiestan su amor y su veneración hacia Aquella a la que el Ángel, en el momento de la Anunciación, saludó “llena de gracia” (Lc 1, 28). En el texto griego del Evangelio de San Lucas este saludo se dice: kecharitoméne, es decir, particularmente amada por Dios, totalmente invadida de su amor, consolidada completamente en El: como si hubiese sido formada del todo por El, por el amor santísimo de Dios.

Y precisamente por esto: Salus Populi! Salus Populi Romani!

Este titulo consagra justamente la devoción mariana de Roma. Puede remontarse a los mismos orígenes de esta basílica, puesto que ya mi predecesor Sixto III, en el siglo V, en la inscripción dedicatoria, llama así a la Virgen: Virgo Maria… nostra salus. La invocación se enriqueció en la alta Edad Media, favorecida por la solemne procesión del 15 de agosto, que unía la devoción a la imagen del Salvador, conservada en la Basílica Lateranense, con la de la Virgen de Santa María la Mayor. Entonces el pueblo romano cantaba a la Virgen durante la procesión: “Virgen María, mira propicia a tus hijos… Alma María, muéstrate benigna a las lágrimas de quien te suplica. Madre Santa de Dios, mira al pueblo romano…”.

También me es grato recordar, que la devoción a la Virgen en esta basílica tuvo, en los siglos medievales, un carácter universal, porque unía a los romanos con los religiosos griegos, que vivían en Roma y la celebraban en la propia lengua. Además, esta basílica fue elegida por los Santos Cirilio y Metodio, que llegaron a Roma en el siglo IX y fueron recibidos jubilosamente por el Papa Adriano II y por todo el pueblo romano, para la celebración en lengua eslava de la liturgia, que ellos habían instaurado para la evangelización de los pueblos eslavos. Sus libros litúrgicos en lengua eslava, aprobados por el Papa, fueron colocados sobre el altar de esta basílica.

2. Cuando decimos Salus Populi, Salus Populi Romani, somos conscientes de que María ha experimentado más que todos la salvación, la ha experimentado de modo particular y excepcional. Siendo Ella Madre de nuestra salvación, Madre de los hombres y del pueblo, Madre de Roma, esto lo es en Cristo por Cristo, por obra de Cristo; Salus Populi Romani in suo Salvatore!

Lo enseña también el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen gentium: “Uno solo es nuestro Mediador según las palabras del Apóstol: ‘Porque uno es Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo para redención de todos’ (1 Tim 2, 5-6). Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, sino que demuestra su eficacia. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta” (Lumen gentium, 60).

3. Lo demuestra de modo particular esta solemnidad de la Inmaculada Concepción.

Este es el día en que confesamos que María —elegida de modo particular y eternamente por Dios en su amoroso designio de salvación— ha experimentado también de modo especial la salvación: fue redimida de modo excepcional por obra de Aquel, a quien Ella, como Virgen Madre, debía transmitir la vida humana.

De ello hablan también las lecturas de la liturgia de hoy. San Pablo en la Carta a los Efesiosescribe: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido, en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El nos eligió en la Persona de Cristo —antes de crear el mundo— para que fuésemos santos e irreprochables en El por el amor” (Ef 1. 3-4).

Estas palabras se refieren de modo particular y excepcional a María. Efectivamente, Ella, más que todos los hombres y más que los ángeles— “fue elegida en Cristo antes de la creación del mundo”, porque de modo único e irrepetible fue elegida para Cristo, fue destinada a El para ser Madre.

Luego, el Apóstol, desarrollando la misma idea de su Carta a los Efesios, escribe: “…Nos ha destinado (Dios) en la Persona de Cristo —por pura iniciativa suya— a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya” (Ef 1, 5).

Y también estas palabras —en cuanto se refieren a todos los cristianos— se refieren a María de modo excepcional. Ella — precisamente Ella como Madre— ha adquirido en el grado más alto la “adopción divina”: elegida para ser hija adoptiva en el eterno Hijo de Dios, precisamente porque El debía llegar a ser, en la economía divina de la salvación, su verdadero Hijo, nacido de Ella, y por esto Hijo del Hombre: Ella como frecuentemente cantamos— ¡Hija amada de Dios Padre!

4. Y finalmente escribe el Apóstol: “Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria” (Ef 1, 11-12).

Nadie de modo más pleno, más absoluto y más radical “ha esperado” en Cristo como su propia Madre, María.

Y tampoco nadie tanto como Ella “ha sido hecha heredera en El”, ¡en Cristo!

Nadie en la historia del mundo ha sido más cristocéntrico y más cristóforo que Ella. Y nadie ha sido más semejante a El, no sólo con la semejanza natural de la Madre con el Hijo, sino con la semejanza del Espíritu y de la santidad.

Y porque nadie tanto como Ella existía “conforme al designio de la voluntad de Dios”, nadie en este mundo existía tanto como Ella “para alabanza de su gloria”, porque nadie existía en Cristo y por Cristo tanto como Aquella, gracias a la cual Cristo nació en la tierra.

He aquí la alabanza de la Inmaculada, que la liturgia de hoy proclama con las palabras de la Carta a los Efesios. Y toda esta riqueza de la teología de Pablo se puede encontrar encerrada también en estas dos palabras de Lucas “Llena de gracia” (“kecharitoméne”).

5. La Inmaculada Concepción es un particular misterio de la fe, y es también una solemnidad particular. Es la fiesta de Adviento por excelencia. Esta fiesta —y también este misterio— nos hace pensar en el “comienzo” del hombre sobre la tierra, en la inocencia primigenia y luego, en la gracia perdida y en el pecado original.

Por esto leemos hoy primeramente el pasaje del libro del Génesis, que da la imagen de este “comienzo”.

Y cuando, precisamente en este texto, leemos de la mujer, cuya estirpe “aplastará la cabeza de la serpiente” (cf. Gén 3, 15), vemos en esta mujer, juntamente con la Tradición, a María,presentada precisamente inmaculada por obra del Hijo de Dios, al cual debía dar la naturaleza humana. Y no nos maravillamos de que al comienzo de la historia del hombre, entendida como historia de la salvación, esté inscrita también María, si —como hemos leído en San Pablo— antes de la creación del mundo todo cristiano fue elegido ya en Cristo y por Cristo: ¡Esto vale mucho más para Ella!

6. La Inmaculada es, pues, una obra particular, excepcional y única de Dios: “Llena de gracia…”.

Cuando, en el tiempo establecido por la Santísima Trinidad, fue a Ella el Ángel y le dijo: “No temas… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo” (Lc 1, 30-32), solamente Aquella que era “llena de gracia” podía responder tal como entonces respondió María: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Y María respondió así precisamente.

Hoy, en esta fiesta de Adviento, alabamos por ello al Señor.

Y le damos gracias por esto.

¡Damos gracias porque María es “llena de gracia”!

Damos gracias por su Inmaculada Concepción.

Homilía: Maximiliano Kolbe y la Inmaculada

Basílica de Santa María la Mayor (08-12-1982)

«Te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28).

1. Mientras estas palabras del saludo del Ángel resuenan suavemente en nuestro alma, deseo dirigir la mirada: junto con vosotros, queridos hermanos y hermanas, sobre el misterio de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María con los ojos espirituales de San Maximiliano Kolbe. El dedicó todas las obras de su vida y de su vocación a la Inmaculada. Y por eso en este año, en el que ha sido elevado a la gloria de los Santos: él está mucho más cerca en la Solemnidad de la Inmaculada de quien amo definirse «militante».

El amor a la Inmaculada fue, en efecto, el centro de su vida espiritual, el fecundo principio animador de su actividad apostólica. El modelo sublime de la Inmaculada iluminó y guió su intensa existencia sobre los caminos del mundo e hizo de su muerte heroica en el campo de exterminio de Auschwitz un espléndido testimonio cristiano y sacerdotal. Con la intuición del santo y la finura del teólogo, Maximiliano Kolbe meditó con agudeza extraordinaria el misterio de la Concepción Inmaculada de María a la luz de la Sagrada Escritura, del Magisterio y de la Liturgia de la Iglesia, sacando admirables lecciones de vida. Ha sido para nuestro tiempo profeta y apóstol de una nueva «era mariana», destinada a hacer brillar con fuerte luz en el mundo entero a Cristo y su Evangelio.

Esta misión que él llevó adelante con ardor y dedicación, «lo clasifica —como afirmó Pablo VI en la homilía para su Beatificación— entre los grandes Santos y los espíritus videntes que han comprendido, venerado y cantado el Misterio de María» (lnsegnamenti di Paolo VI, IX, 1971, p. 909). Asimismo, conocedor de la profundidad inagotable del misterio de la Concepción Inmaculada, para la que «las palabras humanas no son capaces de expresar Aquella que ha llegado a ser verdadera Madre de Dios» (Gli escritti di Massimiliano Kolbe, eroe di Oswiecjm e Beato della Chiesa, Vol. 3, Edizione Cittá di Vita, Firenze, 1975, v. III, p. 690), su mayor dolor era que la Inmaculada no fuera suficientemente conocida y amada a imitación de Jesucristo y como nos enseña la tradición de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. En efecto, amando a María, nosotros honramos a Dios que la elevó a la dignidad de Madre de su propio Hijo hecho Hombre y nos unimos a Jesucristo que la amó como Madre; no la amaremos nunca como El la amó: «Jesús ha sido el primero en honrarla como su Madre y nosotros debemos imitarle también en esto. No renunciemos nunca a igualarle en el amor con que Jesús la amó» (Ibidem v. 11, p. 351). El amor a María, afirma el P. Maximiliano, es el camino más sencillo y más fácil para santificamos, realizando nuestra vocación cristiana. El amor de que habla no es, en verdad, sentimentalismo superficial, sino que es esfuerzo generoso es donación de toda la persona, como él mismo nos demostró con su vida de fidelidad evangélica hasta su muerte heroica.

2. La atención de San Maximiliano Kolbe se concentró incesantemente sobre la Concepción Inmaculada de María para poder tomar la riqueza maravillosa encerrada en el nombre que Ella misma manifestó y que constituye la ilustración de cuanto nos enseña el Evangelio de hoy, con las palabras del ángel Gabriel: «Te saludo, oh llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1, 28). Refiriéndose a las apariciones de Lourdes —que para él fueron estímulo e incentivo para comprender mejor las fuentes de la Revelación— observa: «A. S. Bernadetta, que muchas veces le había preguntado, la Virgen responde: Yo soy la Inmaculada Concepción». Con estas palabras Ella manifestó claramente no solamente ser concebida sin pecado, sino ser la misma «Concepción Inmaculada», así como una cosa es un objeto blanco y otra la blancura; una cosa es perfecta y otra la perfección» (ib. v. III, p. 516). Concepción Inmaculada es el nombre que revela con precisión qué es María: no afirma solamente una cualidad, sino que describe exactamente su Persona: María es santa radicalmente en la totalidad de su existencia desde el principio.

3. La excelsa grandeza sobrenatural fue concedida a María en orden a Jesucristo, y en El y mediante El Dios le comunicó la plenitud de santidad: María es Inmaculada porque es Madre de Dios y llega a ser Madre de Dios porque es Inmaculada, afirma escultóricamente Maximiliano Kolbe. La Concepción Inmaculada de María manifiesta de manera única y sublime la centralidad absoluta y la función salvífica universal de Jesucristo. «De la maternidad divina surgen todas las gracias concedidas a la santísima Virgen y la primera de ellas es la Inmaculada Concepción» (lb. v. III, p. 475). Por este motivo, María no es sencillamente como Eva antes del pecado, sino que fue enriquecida con una plenitud de gracias incomparables porque sería Madre de Cristo y la Concepción Inmaculada fue el inicio de una prodigiosa expansión sin pausas de su vida sobrenatural.

4 El misterio de la santidad de María debe ser contemplado en la globalidad del orden divino de la salvación para ser ilustrado de manera armónica y para que no parezca como un privilegio que la separa de la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo. El padre Maximiliano Kolbe tuvo sumo cuidado en unir la Concepción Inmaculada de María y su función en el plano de la salvación al misterio de la Trinidad y de forma especial con la persona del Espíritu Santo. Con genial profundidad desarrolló los múltiples aspectos contenidos en la noción de «Esposa del Espíritu Santo», bien conocida en la tradición patrística y teológica y sugerida. en el Nuevo Testamento: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, sobre ti extenderá su sombra el poder del Altísimo. Lo que de ti nacerá será Santo y llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). Es una analogía, subraya Maximiliano Kolbe, que hace entrever la inefable unión, íntima y fecunda entre el Espíritu Santo y María. «El Espíritu Santo estableció la propia morada en María desde el primer instante de su existencia, tomó posesión absoluta y la compenetró tan grandemente que el nombre de esposa del Espíritu Santo no expresa más que una sombra lejana, pálida e imperfecta de tal unión» (ib. v. III, p. 515).

5. Escrutando con estática admiración el plan divino de la salvación, que tiene su fuente en el Padre el cual quiere comunicar libremente a las criaturas la vida divina de Jesucristo y que se manifiesta en María Inmaculada de forma maravillosa, el Padre Kolbe fascinado y arrebatado exclama: «Por todas partes está el amor» (ib. v. III, p. 690) el amor gratuito de Dios es la respuesta a todas las interrogaciones; «Dios es amor», afirma San Juan (1 Jn 4, 8).

Todo lo que existe es reflejo del amor libre de Dios, y por eso toda criatura traduce, de alguna manera, su infinito esplendor. De forma especial el amor es el centro y el vértice de la persona, hecha a imagen y semejanza de Dios. María Inmaculada, la más alta y perfecta de las personas humanas, reproduce de manera eminente la imagen de Dios y es por consiguiente capaz de amarlo con intensidad incomparable como Inmaculada, sin desviaciones ni retrasos.

Es la única esclava del Señor (cf. Lc 1, 38) que con su fiat libre y personal responde al amor de Dios cumpliendo siempre cuanto El la pide. Como la de toda otra criatura, la suya no es una respuesta autómata, sino que es gracia y don de Dios; en tal respuesta va envuelta toda su libertad, la libertad de Inmaculada. «En la unión del Espíritu Santo con María el amor no enlaza solamente a estas dos personas, sino que el primer amor es todo el amor de la Santísima Trinidad, mientras que el segundo, el de María, es todo el amor de la creación, y así, en tal unión el Cielo se une a la tierra, todo el Amor increado con todo el amor creado … Es el vértice del amor» (ib. v. III, p. 758).

La circularidad del amor, que tiene origen en el Padre, y que en la respuesta de María vuelve a su fuente, es un aspecto característico y fundamental del pensamiento mariano del P. Kolbe. Es este un principio que está en la base de su antropología cristiana, de la visión de la historia y de la vida espiritual de cada hombre. María Inmaculada es arquetipo y plenitud de todo amor creatural; su amor límpido e intensísimo hacia Dios encierra en su perfección el frágil y contaminado de las otras criaturas. La respuesta de María es la de la humanidad entera.

Todo esto no oscurece ni disminuye la centralidad absoluta de Jesucristo en el orden de la salvación, sino que la ilumina y proclama con vigor, porque María recibe toda su grandeza de El. Como enseña la historia de la Iglesia, la función de María es la de hacer resplandecer al propio Hijo, de conducir a El y de ayudar a acogerlo.

El continuo profundizamiento teológico del misterio de María Inmaculada llega a ser para Maximiliano Kolbe fuente y motivo de donación ilimitada y de dinamismo extraordinario; el sabe verdaderamente incorporar la verdad a la vida, también llega al conocimiento de María, como todos los santos, no solamente por la reflexión guiada por la fe, sino especialmente por la oración «Quien no es capaz de doblar las rodillas y de implorar de María, en humilde plegaria, la gracia de conocer lo que ella es realmente no espere aprender otra cosa más sobre ella» (ib. VIII, 474).

6. Y ahora, acogiendo esta exhortación final del heroico hijo de Polonia y auténtico mensajero del culto mariano, nosotros, reunidos en esta espléndida Basílica para la plegaria eucarística en honor de la Inmaculada Concepción, doblaremos nuestras rodillas delante de su imagen y le repetiremos con ardor y piedad filial —que tanto distinguieron a San Maximiliano— las palabras del Ángel: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo». Amén.

Homilía: pecado y gracia

Basílica de Santa María la Mayor (08-12-1987)

  • “¿Dónde estás?” “… me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” (Gén3, 9-10).
  • La liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nos lleva, en primer lugar, al libro del Génesis. Inmaculada Concepción significa inicio de la vida nueva en la gracia. Significa liberación radical del hombre del pecado. Desde el primer momento de su concepción, María estuvo libre de la herencia del primer Adán.

    Siguiendo esta lógica, la liturgia de hoy nos muestra, antes que nada, a Adán y el comienzo de esta herencia, que ha sido, después, la herencia del pecado y de la muerte.

    He aquí a Adán, que caminaba antes con toda sencillez delante de Dios, mas que, después del pecado, tiene necesidad de esconderse de la presencia de ese mismo Dios: “oí tu ruido…. y me escondí” (ib.).

    Efectivamente, la realidad del pecado es más potente. Adán llega a ser consciente de ello y de aquí precisamente nacen su miedo y su vergüenza. Nada puede quedar escondido a los ojos de Dios, ni el bien ni el mal. A los ojos de Dios el pecado del primer hombre no podía permanecer oculto.

    1. También lo que acontece en Nazaret de Galileatiene lugar en la presencia de Dios. Dios está en todas partes. Su presencia lo abarca todo. Sin embargo, en este momento, está allí de un modo particular: en Nazaret, en la casa de una Virgen, cuyo nombre es María.

    También Ella se turbó ante las palabras del Mensajero divino. Pero se trata de un temor distinto del que nos refiere el libro del Génesis: “Oí tu ruido…. y me escondí”. También María oye la voz de Dios en las palabras de Gabriel. No busca, sin embargo, un escondite. Va al encuentro de estas palabras con sencillez y entrega total.

    Va al encuentro de Dios, que la visita, y entra, al mismo tiempo, en la profundidad de Sí misma. “Se preguntaba qué saludo era aquél” (Lc 1, 29). La Virgen se pregunta… y cuando —con la ayuda de la explicación del Ángel del Señor— llega a comprender, responde: “…hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

    1. La liturgia de la solemnidad de hoy pone ante nuestros ojos estas dos imágenes. Descubrimos en ellas el contraste fundamental del pecado y de la gracia.El alejamiento de Dios y el retorno a Dios. Rechazo y salvación.

    No se logra describir bien este contraste. Ningún cuadro visible, ninguna descripción sensible es capaz de reproducir el mal del pecado, pero tampoco logra reproducir la hermosura de la gracia, el bien de la santidad.

    La liturgia, pues —como toda la Revelación— nos conduce a través de lo visible a lo invisible. Es el camino sobre el cual tiende el hombre continuamente hacia el encuentro con Aquél que “habita una luz inaccesible” (1 Tim 6, 16).

    Sin embargo, en este camino. por el que nos conduce la liturgia de la solemnidad de hoy, la diferencia entre lo que está escrito en el capitulo 3 del Génesis y lo que leemos en el Evangelio de San Lucas se hace completamente clara. Más que una diferencia, es una contraposición: es el cumplimiento de esta “enemistad” a la que se refieren las palabras del Proto-evangelio: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya” (Gén3, 15).

    Estas palabras del libro del Génesis constituyen un preanuncio. En el Evangelio encuentran su cumplimiento. He aquí que esta “Mujer” está delante del mensajero de Dios y escucha: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc 1, 35)… “su estirpe”. Y María responde: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi…” (Lc 1. 38).

    1. De tal modo la liturgia de la solemnidad de este día nos acerca a la comprensión del misterio de la Inmaculada Concepción.Este acercamiento nos lo permite, en primer lugar, la imagen del pecado al comienzo de la historia del hombre —la imagen del pecado original— y, después, las palabras que escucha la Virgen de Nazaret en el momento de la Anunciación: “Alégrate, llena de gracia” (Lc1, 28).

    Pero la lógica de la Revelación divina, que es, al mismo tiempo, la lógica de la Palabra de Dios, en la liturgia de hoy, va más allá.

    Ved que leemos en la carta del Apóstol Pablo a los Efesios: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo… (que) nos eligió en la persona de Cristo —antes de crear el mundo— para que fuésemos santos e irreprochables ante El” (cf. Ef 1, 34).

    Así, pues. para acercarnos al misterio de la Inmaculada Concepción de María hay que trascender los umbrales del pecado original, sobre el que nos habla el libro del Génesis. Es más. hay que trascender los umbrales de la historia del hombre. Colocarse más allá.

    Es necesario situarse ante a del tiempo, “antes de la creación del mundo”, y volverse a encontrar en la inescrutable “dimensión” de Dios mismo. En cierto sentido, “en la dimensión pura” de la elección eterna, con la que todos somos abarcados en Jesucristo: en el Hijo Eterno-Verbo, que se hizo carne al llegar la plenitud de los tiempos.

    Y en El somos elegidos para la santidad, es decir, para la gracia: “para que fuésemos santos e inmaculados ante El”.

    1. ¿Quién ha sido elegido mejor y más plenamente que Aquella a la que el Ángel saludó con las palabras “llena de gracia”?

    ¿No es Ella la preelegida más plenamente entre todos los hombres, descendientes del primer Adán, para ser “santa e inmaculada” ante Dios?

    En el espíritu propio de esta lógica de la Revelación, que es al mismo tiempo la lógica de nuestra fe, la Iglesia enseña que María, en previsión de los méritos de su Hijo, Redentor del mundo, fue concebida por padres terrenos libre de la herencia del pecado original, libre de la herencia de Adán.

    Ha sido redimida por Cristo de manera sublime y excepcional, como ha confirmado el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 53).

    Precisamente este misterio lo profesamos hoy, 8 de diciembre, en el periodo de Adviento. Lo profesamos y, al mismo tiempo, nos recogemos alrededor de la Inmaculada Madre del Redentor llamándola con gozosa veneración: “Alma Redemptoris Mater”. Y el tiempo de Adviento pone en particular evidencia lo que este misterio significa en los caminos de los eternos destinos de Dios. En estos caminos, por los que Dios no se cansa de acercarse al hombre. Venir a El… precisamente esto significa “Adviento”.

    Porque: “en el amor, El nos ha destinado en la persona de Cristo a ser hijos suyos” (cf. Ef 1, 4-5).

    Homilía: lucha y victoria

    Basílica de Santa María la Mayor (08-12-1989)

    1. “Cantad al Señor un cántico nuevo … Su diestra le ha dado la victoria” (Sal 97/98, 1).

    ¡Cantad al Señor! Venimos hoy a esta Basílica que las generaciones cristianas de los primeros siglos edificaron en honor de María Santísima y que hoy los fieles de Roma y de todas las partes del mundo, con tanta generosidad y sensibilidad que merecen mi aplauso y mi aliento, contribuyen a volver a su antiguo esplendor sosteniendo los necesarios trabajos de restauración. Venimos a “cantar un cántico nuevo”, es decir, el cántico de la Inmaculada Concepción. 

    Y venimos para meditar la victoria que en la Virgen de Nazaret, elegida para ser la Madre del Redentor, consiguió Cristo, su Hijo.

    Venimos para alegramos juntamente con María por este misterio que se inscribe en la historia del gran adviento de la humanidad; y sobre el telón de fondo de esta historia Ella resplandece como la aurora en el cielo: cuando la noche deja paso al día, las tinieblas a la luz.

    2. La liturgia de hoy habla de victoria porque habla de lucha. 

    “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gn 3, 15).

    Estas palabras del Libro del Génesis pertenecen al pasaje que atestigua el origen del pecado en la historia del hombre: el pecado “original”. 

    En este pecado “el padre de la mentira” (Jn 8, 44) se enfrentó al Padre de la luz. Y logró captar para su causa al hombre, a quien Dios había creado varón y mujer, y a quien había dado la gracia de su amistad: la participación en la vida misma de Dios.

    El Concilio Vaticano II enseña: “Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios” (Gaudium et spes, 13)

    Desde aquel momento “el hombre … cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal… Es esto lo que explica la división intima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha. y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (ib. 13)

    3. La liturgia de hoy habla de esta lucha. Se remonta al exordio mismo de la historia del pecado en el género humano. Pero al mismo tiempo habla de la victoria.

    Y esa victoria ya es anunciada con las palabras del Libro del Génesis que aparecen en la primera lectura de esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María.

    Dichas palabras aluden a la “estirpe de la mujer”, que “herirá la cabeza de la serpiente”.

    Luego hemos escuchado en el Evangelio las palabras dirigidas por el ángel de la Anunciación a María de Nazaret: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús … El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios… Su reino no tendrá fin” (Lc 1, 31.35.33).

    4. El nombre Jesús significa “Dios salva” (Dios es el Salvador). “Salva”. es decir, libra del mal. “Salva”, es decir, “vence el mal”. Es esto precisamente lo que en el lenguaje metafórico del Libro del Génesis significan las palabras “herirá en la cabeza la serpiente”.

    Sin embargo, ya aquel primer anuncio habla del precio que pagará el Salvador, Hijo de una Mujer.

    Sabemos qué precio ha pagado Jesús, Hijo de María, nuestro Salvador. Sabemos que “hemos sido comprados a un caro precio” ( cf. Co 6, 20). La Cruz de Cristo está en el centro de la historia de la salvación, en el centro de la historia del hombre.

    María estará bajo la Cruz.

    Precisamente sobre la Cruz se conseguirá la victoria. Precisamente a través de la Cruz “su reino no tendrá fin”.

    Es “la diestra” del Hijo, clavado en la Cruz, la que ha conseguido esta victoria sobre el pecado.

    5. Esa victoria es lo que celebra hoy la liturgia de la Iglesia.

    Aquí tiene su punto de partida la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. 

    El Hijo ha obtenido esta victoria en su Madre y por su Madre preservándola de la herencia del pecado de Adán desde el primer momento de su existencia, ya en el momento mismo de la concepción.

    Ella, como todos los hombres, tenía necesidad de redención. Y fue redimida gracias al precio del Sacrificio de la Cruz de su Hijo. Fue redimida gracias a este Sacrificio.

    Fue redimida de un modo particular.

    La Iglesia profesa esta singular y excepcional redención de la Madre de Cristo celebrando la Inmaculada Concepción de María.

    6. Hoy, juntamente con el Apóstol, la Iglesia bendice a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. 

    En efecto, “en la persona de Cristo (el Padre) nos eligió —antes de crear el mundo— para que fuésemos santos e irreprochables ante él… para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya” (Ef 1, 4.6).

    Esta bendición se refiere a todos los hombres redimidos por Cristo.

    De modo particular excepcional se refiere a María .. A aquella a la que el ángel Gabriel dijo en la Anunciación:

    “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; y a la que Isabel exclamó: “bendita tú entre las mujeres” (Lc 1, 28.42).

    ¡Cantemos al Señor un cántico nuevo! 

    El día de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María el Adviento se transforma en “un cántico nuevo” con que la Iglesia canta a su Señor y Redentor.

    Ángelus: María, modelo de esperanza

    (08-12-1997)

    1. Hoy la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de María santísima, una fiesta solemne muy querida al pueblo cristiano. Esta solemnidad se sitúa al inicio del año litúrgico, en el tiempo de Adviento, e ilumina el camino de la Iglesia hacia la Navidad del Señor.

    La solemnidad de la Inmaculada Concepción tiene como telón de fondo el cuadro bíblico de la Anunciación, en la que resuena el arcano saludo del ángel: «Dios te salve, llena de gracia; el Señor está contigo» (Lc 1, 28).

    «Llena de gracia». María, como Dios la pensó y quiso desde siempre en su inescrutable designio, es una criatura totalmente colmada del amor divino, toda bondad, toda belleza y toda santidad.

    2. «El hombre mira las apariencias; el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7). Y el corazón de María está totalmente orientado hacia el cumplimiento de la voluntad divina. Por esto, la Virgen es el modelo de la espera y de la esperanza cristiana.

    Contemplando la escena bíblica de la Anunciación, comprendemos por qué el mensaje divino no encuentra a María impreparada, sino, por el contrario, vigilante en la espera, recogida en un silencio profundo, en el que resuenan las promesas de los profetas de Israel, especialmente el famoso oráculo mesiánico de Isaías: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).

    En su corazón no hay ni sombra de egoísmo: no desea nada para sí, sino sólo la gloria de Dios y la salvación de los hombres. El mismo privilegio de ser preservada del pecado original no constituye para ella un título de gloria, sino de servicio total a la misión redentora de su Hijo.

    3. Amadísimos hermanos y hermanas, la humanidad de nuestro tiempo, que se dispone a entrar en el tercer milenio, encuentra en la Inmaculada el modelo de la espera y la Madre de la esperanza. Ella nos enseña a evitar el fatalismo y la resignación pasiva, así como cualquier tentación milenarista. Nos enseña a contemplar el futuro sabiendo que Dios viene hacia nosotros. Estamos llamados a prepararnos a este encuentro en la oración y en la espera vigilante.

    Mirándola a ella, Virgen sabia, aprendemos a estar preparados para comparecer ante Cristo, en la hora de su vuelta gloriosa. Que María nos ayude a salir al encuentro del Señor con fe viva, esperanza gozosa y caridad activa.

    Ángelus: un don extraordinario

    (08-12-1998)

    1. «Tota pulchra es Maria!». Con estas palabras, la Iglesia se dirige a la Madre de Cristo en esta solemnidad de la Inmaculada Concepción. María es la mujer preservada del pecado original, en quien el Padre pensó y a quien eligió para que fuera la Madre del Salvador. Al dar un rostro humano al Hijo de Dios, que es «el esplendor de la gloria del Padre» (san Ambrosio), la Virgen vio brillar sobre sí, más que ninguna otra criatura, el rostro del Padre rico en gracia y misericordia.

    Por eso, la Inmaculada Concepción es un don extraordinario y un privilegio inefable. Gracias a él, la Virgen, preservada totalmente de la esclavitud del mal y hecha objeto de especial predilección divina, anticipa en su vida el camino de los redimidos, pueblo salvado por Cristo.

    1. Esta significativa fiesta mariana se sitúa en el marco del Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, caracterizado por la vigilancia y la oración. María, que supo esperar al Señor con más esmero que todos, nos acompaña y nos indica cómo hacer vivo y activo nuestro camino hacia la noche santa de Belén. Con la Virgen pasamos estas semanas en oración y, guiados por su estrella luminosa, nos disponemos a recorrer el itinerario espiritual que nos lleva a celebrar con mayor intensidad el misterio de la Encarnación. Además, este año el Adviento nos introduce en el último año de preparación para el gran jubileo del 2000. Se trata de un motivo más para intensificar nuestro esfuerzo, a fin de que la espera de la venida del Redentor sea más generosa y vigilante…

    Que María, la Virgen inmaculada, nos acompañe y nos proteja siempre.

    Ángelus: María, el rostro que más se asemeja a Cristo

    (08-12-2001)

    1. Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María. Conmemoramos la intervención extraordinaria mediante la cual el Padre celestial preservó del pecado original a la que sería la Madre de su Hijo hecho hombre. A María, que resplandece en el cielo, en el centro de la asamblea de los bienaventurados, se dirige hoy la mirada de todos los creyentes.

    Vienen a la mente las palabras que Dante, en el canto XXXII del Paraíso, escucha de san Bernardo, último guía en su peregrinación ultraterrena: “Mira ahora el rostro que más se asemeja a Cristo; porque su sola claridad te puede disponer a ver a Cristo” (vv. 85-87).

    Es la invitación a contemplar el rostro de María, porque la Madre se asemeja más que cualquier otra criatura a su Hijo Jesús. El esplendor que irradia de ese rostro puede ayudar a Dante a soportar el impacto con la visión beatificante del rostro glorioso de Cristo.

    2. ¡Cuán valiosa es la exhortación del santo doctor de la Iglesia para nosotros, peregrinos en la tierra, mientras celebramos con alegría a la “Toda Hermosa”! Pero la Inmaculada nos invita a no detener nuestra mirada en ella e ir más allá, penetrando, en la medida de nuestras posibilidades, en el misterio en el que fue concebida, es decir, el misterio de Dios uno y trino, lleno de gracia y fidelidad.

    Al igual que la luna brilla gracias a la luz del sol, así el esplendor inmaculado de María es totalmente relativo al del Redentor. La Madre nos remite al Hijo; pasando por ella se llega a Cristo. Por eso Dante Alighieri dice oportunamente: “Su sola claridad te puede disponer a ver a Cristo”.

    3. Como todos los años, esta tarde iré con íntima alegría a la plaza de España para unirme al tradicional homenaje que la ciudad de Roma rinde a la Inmaculada. A ella le renovaré la consagración de la Iglesia y de la humanidad en este difícil momento de la historia.

    Para adquirir confianza y dar sentido a la vida, los hombres necesitan encontrarse con Cristo. Y la Virgen es una guía segura para llegar a la fuente de luz y amor que es Jesús: nos prepara para el encuentro con él. El pueblo cristiano ha comprendido sabiamente esta realidad de salvación y, dirigiéndose a la “Toda Santa”, con confianza filial la implora así: “Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria. Después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!”.

    Homilía: la nueva Eva

    Santa Misa con ocasión de 150° Aniversario
    de la Proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción (08-12-2004)

    1. “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”(Lc 1, 28).Con estas palabras del arcángel Gabriel, nos dirigimos a la Virgen María muchas veces al día. Las repetimos hoy con ferviente alegría, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordando el 8 de diciembre de 1854, cuando el beato Pío IX proclamó este admirable dogma de la fe católica precisamente en esta basílica vaticana…

      2. ¡Cuán grande es el misterio de la Inmaculada Concepción, que nos presenta la liturgia de hoy!
      Un misterio que no cesa de atraer la contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos. El tema del Congreso que acabo de recordar -“María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia”- ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su seno virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano.

      “Llena de gracia”,   “κεχαριτωµευη”:  con este apelativo, según el original griego del evangelio de san Lucas, el ángel se dirige a María. Este es el nombre con el que Dios, a través de su mensajero, quiso calificar a la Virgen. De este modo la pensó y vio desde siempre, ab aeterno.

      3. En el himno de la carta a los Efesios, que se acaba de proclamar, el Apóstol alaba a Dios Padre porque “nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef 1, 3).
      ¡Con qué especialísima bendición Dios se ha dirigido a María desde el inicio de los tiempos!¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres! (cf. Lc, 1, 42).

      El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada ante él por el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

      4. La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, está relacionada con lapredestinación del Hijo. Cristo es la “estirpe” que “pisaría la cabeza” de la antigua serpiente, según el libro del Génesis (cf. Gn 3, 15); es el Cordero “sin mancha” (cf. Ex 12, 5; 1 P 1, 19), inmolado para redimir a la humanidad del pecado.

      En previsión de la muerte salvífica de él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de todo otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. Así, la Inmaculada es signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a Satanás en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12, 11).

      5. Contemplamos hoy a la humilde joven de Nazaret, santa e inmaculada ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4), el “amor” que, en su fuente originaria, es Dios mismo, uno y trino.

      ¡La Inmaculada Concepción de la Madre del Redentor es obra sublime de la santísima Trinidad! Pío IX, en la bula Ineffabilis Deus, recuerda que el Omnipotente estableció “con el mismo decreto el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría” (Pii IX Pontificis Maximi Acta, Pars prima, p. 559).

      El “sí” de la Virgen al anuncio del ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, como humilde obsequio a la voluntad divina de salvar a la humanidad, no de la historia, sino en la historia. En efecto, preservada inmune de toda mancha de pecado original, la “nueva Eva” se benefició de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Ella, la primera redimida por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, ya es lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es el icono escatológico de la Iglesia.

      6. Por eso la Inmaculada, que es “comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura” (Prefacio), precede siempre al pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el reino de los cielos (cf. Lumen gentium, 58; Redemptoris Mater, 2).

      En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua.

      En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente unidos al Hijo y a la Madre:  “Al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer “fiat” de la nueva alianza, prefigura su condición de esposa y madre” (Redemptoris Mater, 1).

      7. A ti, Virgen inmaculada, predestinada por Dios sobre toda otra criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, te renuevo hoy, de modo especial, la consagración de toda la Iglesia.

      Guía tú a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndolos cada vez más obedientes y fieles a la palabra de Dios.

      Acompaña tú a todos los cristianos por el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la Belleza divina.

      Obtén tú, una vez más, paz y salvación para todas las gentes. El Padre eterno, que te escogió para ser la Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, las maravillas de su amor misericordioso. Amén.

    Catequesis: María, la Mujer, la Comunidad, la Iglesia

    Audiencia general (29-05-1996)

    La Inmaculada Concepción

    1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de Oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.

    Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: “Ella te aplastará la cabeza”, ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies.

    Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto, por consiguiente, no atribuye a María, sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

    2. En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.

    A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: “Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre” (AAS 45 [1953], 579).

    La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

    3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

    Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la “mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual, cuando afirma: “La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro” (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la mujer-Madre de Jesús.

    Caracterizada por su maternidad, la mujer “está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz” (Ap 12, 2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2, 35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandiosode la relación esponsal de Dios con su pueblo.

    Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

    Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

    4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

    El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a “todo nacido de mujer” (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, “todos pecaron” y que “el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación” (Rm 5, 12. 18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original “afecta a la naturaleza humana”, que se encuentra así “en un estado caído”. Por eso, el pecado se transmite “por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales” (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que “no conoció pecado” (2 Cor 5, 21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia “donde abundó el pecado” (Rm 5, 20).

    Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

    San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

    El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.

    Benedicto XVI, papa

    Ángelus: en María se realiza la vocación de todo ser humano

    (08-12-2005)

    Celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Es un día de intenso gozo espiritual, en el que contemplamos a la Virgen María, “la más humilde y a la vez la más alta de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna”, como canta el sumo poeta Dante (Paraíso, XXXIII, 3). En ella resplandece la eterna bondad del Creador que, en su plan de salvación, la escogió de antemano para ser madre de su Hijo unigénito y, en previsión de la muerte de él, la preservó de toda mancha de pecado (cf. Oración colecta).

    Así, en la Madre de Cristo y Madre nuestra se realizó perfectamente la vocación de todo ser humano. Como recuerda el Apóstol, todos los hombres están llamados a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4). Al mirar a la Virgen, se aviva en nosotros, sus hijos, la aspiración a la belleza, a la bondad y a la pureza de corazón. Su candor celestial nos atrae hacia Dios, ayudándonos a superar la tentación de una vida mediocre, hecha de componendas con el mal, para orientarnos con determinación hacia el auténtico bien, que es fuente de alegría.

    Hoy mi pensamiento va al 8 de diciembre de 1965, cuando el siervo de Dios Pablo VI clausuró solemnemente el concilio ecuménico Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, que el beato Juan XXIII había iniciado tres años antes. En medio del júbilo de numerosos fieles reunidos en la plaza de San Pedro, Pablo VI encomendó la aplicación de los documentos conciliares a la Virgen María, invocándola con el dulce título de Madre de la Iglesia.

    Al presidir esta mañana una solemne celebración eucarística en la basílica vaticana, he querido dar gracias a Dios por el don del concilio Vaticano II. Asimismo, he querido rendir homenaje a María santísima por haber acompañado estos cuarenta años de vida eclesial, llenos de tantos acontecimientos. De modo especial María ha velado con maternal solicitud sobre el pontificado de mis venerados predecesores, cada uno de los cuales, con gran prudencia pastoral, ha guiado la barca de Pedro por la ruta de la auténtica renovación conciliar, trabajando sin cesar por la fiel interpretación y aplicación del concilio Vaticano II.

    Queridos hermanos y hermanas, para coronar esta jornada, dedicada totalmente a la Virgen santísima, siguiendo una antigua tradición, esta tarde acudiré a la plaza de España, al pie de la estatua de la Inmaculada. Os pido que os unáis espiritualmente a mí en esta peregrinación, que quiere ser un acto de devoción filial a María, para consagrarle la amada ciudad de Roma, la Iglesia y la humanidad entera.

    Ángelus: elegida a causa de su humildad

    (08-12-2006)

    Hoy celebramos una de las fiestas de la santísima Virgen más bellas y populares:  la Inmaculada Concepción. María no sólo no cometió pecado alguno, sino que fue preservada incluso de la herencia común del género humano que es la culpa original, por la misión a la que Dios la destinó desde siempre:  ser la Madre del Redentor.

    Todo esto está contenido en la verdad de fe de la “Inmaculada Concepción”. El fundamento bíblico de este dogma se encuentra en las palabras que el ángel dirigió a la joven de Nazaret:  “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Llena de gracia” —en el original griego kecharitoméne— es el nombre más hermoso de María, un nombre que le dio Dios mismo para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, “el amor encarnado de Dios” (Deus caritas est, 12).

    Podemos preguntarnos:  ¿por qué entre todas las mujeres Dios escogió precisamente a María de Nazaret? La respuesta está oculta en el misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio pone de relieve:  su humildad. Lo subraya bien Dante Alighieri en el último canto del “Paraíso”:  “Virgen Madre, hija de tu Hijo, la más humilde y más alta de todas las criaturas, término fijo del designio eterno” (Paraíso XXXIII, 1-3). Lo dice la Virgen misma en el Magníficat, su cántico de alabanza:  “Proclama mi alma la grandeza del Señor, (…) porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1, 46. 48). Sí, Dios quedó prendado de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos (cf. Lc 1, 30). Así llegó a ser la Madre de Dios, imagen y modelo de la Iglesia, elegida entre los pueblos para recibir la bendición del Señor y difundirla a toda la familia humana.

    Esta “bendición” es Jesucristo. Él es la fuente de la gracia, de la que María quedó llena desde el primer instante de su existencia. Acogió con fe a Jesús y con amor lo donó al mundo. Esta es también nuestra vocación y nuestra misión, la vocación y la misión de la Iglesia:  acoger a Cristo en nuestra vida y donarlo al mundo “para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17).

    Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de la Inmaculada ilumina como un faro el período de Adviento, que es un tiempo de vigilante y confiada espera del Salvador. Mientras salimos al encuentro de Dios que viene, miramos a María que “brilla como signo de esperanza segura y de consuelo para el pueblo de Dios en camino” (Lumen gentium, 68). Con esta certeza os invito a uniros a mí cuando, por la tarde, renueve en la plaza de España el tradicional homenaje a esta dulce Madre por gracia y de la gracia. A ella nos dirigimos ahora con la oración que recuerda el anuncio del ángel.

    Ángelus: María, estrella de esperanza

    (08-12-2007)

    En el camino del Adviento brilla la estrella de María Inmaculada, «señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68). Para llegar a Jesús, luz verdadera, sol que disipó todas las tinieblas de la historia, necesitamos luces cercanas a nosotros, personas humanas que reflejen la luz de Cristo e iluminen así el camino por recorrer. ¿Y qué persona es más luminosa que María? ¿Quién mejor que ella, aurora que anunció el día de la salvación (cf. Spe salvi, 49), puede ser para nosotros estrella de esperanza?

    Por eso la liturgia nos hace celebrar hoy, cerca de la Navidad, la fiesta solemne de la Inmaculada Concepción de María:  el misterio de la gracia de Dios que envolvió desde el primer instante de su existencia a la criatura destinada a convertirse en la Madre del Redentor, preservándola del contagio del pecado original. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre:  ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4), a imagen de nuestro Creador.

    ¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios. Pienso en los jóvenes de hoy, que han crecido en un ambiente saturado de mensajes que proponen falsos modelos de felicidad. Estos muchachos y muchachas corren el peligro de perder la esperanza, porque a menudo parecen huérfanos del verdadero amor, que colma de significado y alegría la vida.

    Este era uno de los temas preferidos de mi venerado predecesor Juan Pablo II, el cual propuso en repetidas ocasiones a la juventud de nuestro tiempo a María como «Madre del amor hermoso». Por desgracia, muchas experiencias nos demuestran que los adolescentes, los jóvenes e incluso los niños son víctimas fáciles de la corrupción del amor, engañados por adultos sin escrúpulos que, mintiéndose a sí mismos y a ellos, los atraen a los callejones sin salida del consumismo. Incluso las realidades más sagradas, como el cuerpo humano, templo del Dios del amor y de la vida, se convierten así en objetos de consumo; y esto cada vez más pronto, ya en la pre-adolescencia. ¡Qué tristeza cuando los muchachos pierden el asombro, el encanto de los sentimientos más hermosos, el valor del respeto del cuerpo, manifestación de la persona y de su misterio insondable!

    A todo esto nos exhorta María, la Inmaculada, a la que contemplamos en toda su hermosura y santidad. Desde la cruz, Jesús la encomendó a Juan y a todos  los  discípulos (cf. Jn 19, 27), y desde entonces se  ha convertido para toda la humanidad en Madre, Madre de la esperanza. A ella le dirigimos con fe nuestra oración, mientras vamos idealmente en  peregrinación a Lourdes, donde precisamente hoy comienza un año jubilar especial con ocasión del 150° aniversario de  sus apariciones en la gruta de Massabielle. María Inmaculada, “estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino” (Spe salvi, 50).

    Discurso: evitar el mal y hacer el bien

    Homenaje a la Inmaculada Concepcion en la Plaza de España – Roma (08-12-2007)

    En una cita que ya ha llegado a ser tradicional, nos volvemos a encontrar aquí, en la plaza de España, para ofrecer nuestra ofrenda floral a la Virgen, en el día en el que toda la Iglesia celebra la fiesta de su Inmaculada Concepción. Siguiendo los pasos de mis predecesores, también yo me uno a vosotros, queridos fieles de Roma, para recogerme con afecto y amor filiales ante María, que desde hace ciento cincuenta años vela sobre nuestra ciudad desde lo alto de esta columna. Por tanto, se trata de un gesto de fe y de devoción que nuestra comunidad cristiana repite cada año, como para reafirmar su compromiso de fidelidad con respecto a María, que en todas las circunstancias de la vida diaria nos garantiza su ayuda y su protección materna.

    Esta manifestación religiosa es, al mismo tiempo, una ocasión para brindar a cuantos viven en Roma o pasan en ella algunos días como peregrinos y turistas, la oportunidad de sentirse, aun en medio de la diversidad de las culturas, una única familia que se reúne en torno a una Madre que compartió las fatigas diarias de toda mujer y madre de familia.

    Pero se trata de una madre del todo singular, elegida por Dios para una misión única y misteriosa, la de engendrar para la vida terrena al Verbo eterno del Padre, que vino al mundo para la salvación de todos los hombres. Y María, Inmaculada en su concepción -así la veneramos hoy con devoción y gratitud-, realizó su peregrinación terrena sostenida por una fe intrépida, una esperanza inquebrantable y un amor humilde e ilimitado, siguiendo las huellas de su hijo Jesús. Estuvo a su lado con solicitud materna desde el nacimiento hasta el Calvario, donde asistió a su crucifixión agobiada por el dolor, pero inquebrantable en la esperanza. Luego experimentó la alegría de la resurrección, al alba del tercer día, del nuevo día, cuando el Crucificado dejó el sepulcro venciendo para siempre y de modo definitivo el poder del pecado y de la muerte.

    María, en cuyo seno virginal Dios se hizo hombre, es nuestra Madre. En efecto, desde lo alto de la cruz Jesús, antes de consumar su sacrificio, nos la dio como madre y a ella nos encomendó como hijos suyos. Misterio de misericordia y de amor, don que enriquece a la Iglesia con una fecunda maternidad espiritual.

    Queridos hermanos y hermanas, sobre todo hoy, dirijamos nuestra mirada a ella e, implorando su ayuda, dispongámonos a atesorar todas sus enseñanzas maternas. ¿No nos invita nuestra Madre celestial a evitar el mal y a hacer el bien, siguiendo dócilmente la ley divina inscrita en el corazón de todo hombre, de todo cristiano? Ella, que conservó la esperanza aun en la prueba extrema, ¿no nos pide que no nos desanimemos cuando el sufrimiento y la muerte llaman a la puerta de nuestra casa? ¿No nos pide que miremos con confianza a nuestro futuro? ¿No nos exhorta la Virgen Inmaculada a ser hermanos unos de otros, todos unidos por el compromiso de construir juntos un mundo más justo, solidario y pacífico?

    Sí, queridos amigos. Una vez más, en este día solemne, la Iglesia señala al mundo a María como signo de esperanza cierta y de victoria definitiva del bien sobre el mal. Aquella a quien invocamos como “llena de gracia” nos recuerda que todos somos hermanos y que Dios es nuestro Creador y nuestro Padre. Sin él, o peor aún, contra él, los hombres no podremos encontrar jamás el camino que conduce al amor, no podremos derrotar jamás el poder del odio y de la violencia, no podremos construir jamás una paz estable.

    Es necesario que los hombres de todas las naciones y culturas acojan este mensaje de luz y de esperanza:  que lo acojan como don de las manos de María, Madre de toda la humanidad. Si la vida es un camino, y este camino a menudo resulta oscuro, duro y fatigoso, ¿qué estrella podrá iluminarlo? En mi encíclica Spe salvi, publicada al inicio del Adviento, escribí que la Iglesia mira a María y la invoca como «Estrella de esperanza» (n. 49).

    Durante nuestro viaje común por el mar de la historia necesitamos «luces de esperanza», es decir, personas que reflejen la luz de Cristo, «ofreciendo así orientación para nuestra travesía» (ib.). ¿Y quién mejor que María puede ser para nosotros «Estrella de esperanza»? Ella, con su «sí», con la ofrenda generosa de la libertad recibida del Creador, permitió que la esperanza de milenios se hiciera realidad, que entrara en este mundo y en su historia. Por medio de ella, Dios se hizo carne, se convirtió en uno de nosotros, puso su tienda en medio de nosotros.

    Por eso, animados por una confianza filial, le decimos: «Enséñanos, María, a creer, a esperar y a amar contigo; indícanos el camino que conduce a la paz, el camino hacia el reino de Jesús. Tú, Estrella de esperanza, que con conmoción nos esperas en la luz sin ocaso de la patria eterna, brilla sobre nosotros y guíanos en los acontecimientos de cada día, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

    Me uno a los peregrinos reunidos en los santuarios marianos de Lourdes y Fourvière para honrar a la Virgen María, en este año jubilar del 150° aniversario de las apariciones de Nuestra Señora a santa Bernardita. Gracias a su confianza en María y a su ejemplo, llegarán a ser verdaderos discípulos del Salvador. Mediante las peregrinaciones, muestran numerosos rostros de Iglesia a las personas que están en proceso de búsqueda y van a visitar los santuarios. En su camino espiritual están llamados a desarrollar la gracia de su bautismo, a alimentarse de la Eucaristía y a sacar de la oración la fuerza para el testimonio y la solidaridad con todos sus hermanos en la humanidad.

    Ojalá que los santuarios desarrollen su vocación a la oración y a la acogida de las personas que quieren encontrar de nuevo el camino de Dios, principalmente mediante el sacramento del perdón. Expreso también mis mejores deseos a todas las personas, sobre todo a los jóvenes, que celebran con alegría la fiesta de la Inmaculada Concepción, particularmente las iluminaciones de la metrópolis lionesa. Pido a la Virgen María que vele sobre los habitantes de Lyon y de Lourdes, y les imparto a todos, así como a los peregrinos que participen en las ceremonias, una afectuosa bendición apostólica

    Discurso: rosas y espinas

    Homenaje a la Inmaculada Concepcion en la Plaza de España – Roma (08-12-2008)

    Hace casi tres meses, tuve la alegría de ir en peregrinación a Lourdes, con ocasión del 150° aniversario de la histórica aparición de la Virgen María a santa Bernardita. Las celebraciones de este singular aniversario se concluyen precisamente hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción, porque la “hermosa Señora” —como la llamaba Bernardita—, mostrándose a ella por última vez en la gruta de Massabielle, reveló su nombre diciendo:  “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Lo dijo en el idioma local, y la pequeña vidente refirió a su párroco esa expresión, para ella desconocida e incomprensible.

    “Inmaculada Concepción”:  también nosotros repetimos hoy con conmoción ese nombre misterioso. Lo repetimos aquí, al pie de este monumento en el corazón de Roma; e innumerables hermanos y hermanas nuestros hacen lo mismo en otros muchos lugares del mundo, santuarios y capillas, así como en las casas de familias cristianas. Donde hay una comunidad católica, allí se venera hoy a la Virgen con este nombre estupendo y maravilloso:  Inmaculada Concepción.

    Ciertamente, la convicción sobre la inmaculada concepción de María existía ya muchos siglos antes de las apariciones de Lourdes, pero estas llegaron como un sello celestial después de que mi venerado predecesor el beato Pío IX definiera el dogma, el 8 de diciembre de 1854. En la fiesta de hoy, tan arraigada en el pueblo cristiano, esta expresión brota del corazón y aflora a los labios como el nombre de nuestra Madre celestial. Como un hijo alza los ojos al rostro de su mamá y, viéndolo sonriente, olvida todo miedo y todo dolor, así nosotros, volviendo la mirada a María, reconocemos en ella la “sonrisa de Dios”, el reflejo inmaculado de la luz divina; encontramos en ella nueva esperanza incluso en medio de los problemas y los dramas del mundo.

    Es tradición que el Papa se una al homenaje que rinde la ciudad trayendo a María una cesta de rosas. Estas flores indican nuestro amor y nuestra devoción:  el amor y la devoción del Papa, de la Iglesia de Roma y de los habitantes de esta ciudad, que se sienten espiritualmente hijos de la Virgen María. Simbólicamente, las rosas pueden expresar cuanto de bello y de bueno hemos realizado durante el año, porque en esta cita ya tradicional quisiéramos ofrecerlo todo a nuestra Madre, convencidos de que nada podríamos haber hecho sin su protección y sin las gracias que diariamente nos obtiene de Dios. Pero —como suele decirse— no hay rosa sin espinas, y en los tallos de estas estupendas rosas blancas tampoco faltan las espinas, que para nosotros representan las dificultades, los sufrimientos, los males que han marcado y marcan también la vida de las personas y de nuestras comunidades. A la Madre se presentan las alegrías, pero se le confían también las preocupaciones, seguros de encontrar en ella fortaleza para no abatirse y apoyo para seguir adelante.

    ¡Oh Virgen Inmaculada, en este momento quisiera confiarte especialmente a los “pequeños” de nuestra ciudad:  ante todo a los niños, y especialmente a los que están gravemente enfermos; a los muchachos pobres y a los que sufren las consecuencias de situaciones familiares duras! Vela sobre ellos y haz que sientan, en el afecto y la ayuda de quienes están a su lado, el calor del amor de Dios.

    Te encomiendo, oh María, a los ancianos solos, a los enfermos, a los inmigrantes que encuentran dificultad para integrarse, a las familias que luchan por cuadrar sus cuentas y a las personas que no encuentran trabajo o que han perdido un puesto de trabajo indispensable para seguir adelante.
    Enséñanos, María, a ser solidarios con quienes pasan dificultades, a colmar las desigualdades sociales cada vez más grandes; ayúdanos a cultivar un sentido más vivo del bien común, del respeto a lo que es público; impúlsanos a sentir la ciudad —y de modo especial nuestra ciudad de Roma— como patrimonio de todos, y a hacer cada uno, con conciencia y empeño, nuestra parte para construir una sociedad más justa y solidaria.

    ¡Oh Madre Inmaculada, que eres para todos signo de segura esperanza y de consuelo, haz que nos dejemos atraer por tu pureza inmaculada! Tu belleza —Tota pulchra, cantamos hoy— nos garantiza que es posible la victoria del amor; más aún, que es cierta; nos asegura que la gracia es más fuerte que el pecado y que, por tanto, es posible el rescate de cualquier esclavitud.
    Sí, ¡oh María!, tu nos ayudas a creer con más confianza en el bien, a apostar por la gratuidad, por el servicio, por la no violencia, por la fuerza de la verdad; nos estimulas a permanecer despiertos, a no caer en la tentación de evasiones fáciles, a afrontar con valor y responsabilidad la realidad, con sus problemas. Así lo hiciste tú, joven llamada a arriesgarlo todo por la Palabra del Señor.

    Sé madre amorosa para nuestros jóvenes, para que tengan el valor de ser “centinelas de la mañana”, y da esta virtud a todos los cristianos para que sean alma del mundo en esta época no fácil de la historia.

    Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, Salus Populi Romani, ruega por nosotros.

    Ángelus: el bien vencerá

    (08-12-2009)

    El 8 de diciembre celebramos una de las fiestas más hermosas de la santísima Virgen María: la solemnidad de su Inmaculada Concepción. Pero, ¿qué significa que María es la “Inmaculada”? Y, ¿qué nos dice este título a nosotros? Ante todo hagamos referencia a los textos bíblicos de la liturgia de hoy, especialmente al gran “fresco” del capítulo tercero del libro del Génesis y al relato de la Anunciación del Evangelio de san Lucas. Después del pecado original, Dios se dirige a la serpiente, que representa a Satanás, la maldice y añade una promesa: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gn 3, 15). Es el anuncio de una revancha: En los primeros momentos de la creación parece que prevalece Satanás, pero vendrá un hijo de mujer que le aplastará la cabeza. Así, mediante el linaje de la mujer, Dios mismo vencerá, el bien vencerá. Esa mujer es la Virgen María, de la que nació Jesucristo que, con su sacrificio, derrotó de una vez para siempre al antiguo tentador. Por esto, en numerosos cuadros o estatuas de la Inmaculada, se la representa aplastando a una serpiente con el pie.

    El evangelista san Lucas, por su parte, nos muestra a la Virgen María recibiendo el anuncio del mensajero celestial (cf. Lc 1, 26-38). Aparece como la humilde y auténtica hija de Israel, la verdadera Sión, en la que Dios quiere poner su morada. Es el retoño del que debe nacer el Mesías, el Rey justo y misericordioso. En la sencillez de la casa de Nazaret vive el “resto” puro de Israel, del que Dios quiere hacer renacer a su pueblo, como un nuevo árbol que extenderá sus ramas por el mundo entero, ofreciendo a todos los hombres frutos buenos de salvación. A diferencia de Adán y Eva, María obedece a la voluntad del Señor, con todo su ser pronuncia su “sí” y se pone plenamente a disposición del designio divino. Es la nueva Eva, verdadera “madre de todos los vivientes”, es decir, de quienes por la fe en Cristo reciben la vida eterna.

    Queridos amigos, ¡qué inmensa alegría es tener por madre a María Inmaculada! Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a ella, y nuestro corazón recibe luz y consuelo. Incluso en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos sus hijos y que las raíces de nuestra existencia se hunden en la gracia infinita de Dios. La Iglesia misma, aunque está expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en ella la estrella para orientarse y seguir la ruta que le ha indicado Cristo. De hecho, María es la Madre de la Iglesia, como proclamaron solemnemente el Papa Pablo VI y el concilio Vaticano II.

    Por tanto, a la vez que damos gracias a Dios por este signo estupendo de su bondad, encomendemos a la Virgen Inmaculada a cada uno de nosotros, a nuestras familias y comunidades, a toda la Iglesia y al mundo entero. También lo haré yo esta tarde, según la tradición, al pie del monumento dedicado a ella en la plaza de España.

    Discurso: María en medio de la ciudad

    Homenaje a la Inmaculada Concepcion en la Plaza de España – Roma (08-12-2009)

    Queridos hermanos y hermanas: 

    En el corazón de las ciudades cristianas María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto da paz y esperanza a todos en los momentos alegres y tristes de la existencia. En las iglesias, en las capillas, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico, una estatua recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos. También aquí, en la plaza de España, María está en lo alto, como velando por Roma.

    ¿Qué dice María a la ciudad? ¿Qué recuerda a todos con su presencia? Recuerda que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20), como escribe el apóstol san Pablo. Ella es la Madre Inmaculada que repite también a los hombres de nuestro tiempo: no tengáis miedo, Jesús ha vencido el mal; lo ha vencido de raíz, librándonos de su dominio.

    ¡Cuánto necesitamos esta hermosa noticia! Cada día los periódicos, la televisión y la radio nos cuentan el mal, lo repiten, lo amplifican, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles y, de alguna manera, intoxicándonos, porque lo negativo no se elimina del todo y se acumula día a día. El corazón se endurece y los pensamientos se hacen sombríos. Por esto la ciudad necesita a María, que con su presencia nos habla de Dios, nos recuerda la victoria de la gracia sobre el pecado, y nos lleva a esperar incluso en las situaciones humanamente más difíciles.

    En la ciudad viven —o sobreviven— personas invisibles, que de vez en cuando saltan a la primera página de los periódicos o a la televisión, y se las explota hasta el extremo, mientras la noticia y la imagen atraen la atención. Se trata de un mecanismo perverso, al que lamentablemente cuesta resistir. La ciudad primero esconde y luego expone al público. Sin piedad, o con una falsa piedad. En cambio, todo hombre alberga el deseo de ser acogido como persona y considerado una realidad sagrada, porque toda historia humana es una historia sagrada, y requiere el máximo respeto.

    La ciudad, queridos hermanos y hermanas, somos todos nosotros. Cada uno contribuye a su vida y a su clima moral, para el bien o para el mal. Por el corazón de cada uno de nosotros pasa la frontera entre el bien y el mal, y nadie debe sentirse con derecho de juzgar a los demás; más bien, cada uno debe sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios de comunicación tienden a hacernos sentir siempre “espectadores”, como si el mal concerniera solamente a los demás, y ciertas cosas nunca pudieran sucedernos a nosotros. En cambio, somos todos “actores” y, tanto en el mal como en el bien, nuestro comportamiento influye en los demás.

    Con frecuencia nos quejamos de la contaminación del aire, que en algunos lugares de la ciudad es irrespirable. Es verdad: se requiere el compromiso de todos para hacer que la ciudad esté más limpia. Sin embargo, hay otra contaminación, menos fácil de percibir con los sentidos, pero igualmente peligrosa. Es la contaminación del espíritu; es la que hace nuestros rostros menos sonrientes, más sombríos, la que nos lleva a no saludarnos unos a otros, a no mirarnos a la cara… La ciudad está hecha de rostros, pero lamentablemente las dinámicas colectivas pueden hacernos perder la percepción de su profundidad. Vemos sólo la superficie de todo. Las personas se convierten en cuerpos, y estos cuerpos pierden su alma, se convierten en cosas, en objetos sin rostro, intercambiables y consumibles.

    María Inmaculada nos ayuda a redescubrir y defender la profundidad de las personas, porque en ella la transparencia del alma en el cuerpo es perfecta. Es la pureza en persona, en el sentido de que en ella espíritu, alma y cuerpo son plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios. La Virgen nos enseña a abrirnos a la acción de Dios, para mirar a los demás como él los mira: partiendo del corazón. A mirarlos con misericordia, con amor, con ternura infinita, especialmente a los más solos, despreciados y explotados. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

    Quiero rendir homenaje públicamente a todos los que en silencio, no con palabras sino con hechos, se esfuerzan por practicar esta ley evangélica del amor, que hace avanzar el mundo. Son numerosos, también aquí en Roma, y raramente son noticia. Hombres y mujeres de todas las edades, que han entendido que de nada sirve condenar, quejarse o recriminar, sino que vale más responder al mal con el bien. Esto cambia las cosas; o mejor, cambia a las personas y, por consiguiente, mejora la sociedad.

    Queridos amigos romanos, y todos los que vivís en esta ciudad, mientras estamos atareados en nuestras actividades cotidianas, prestemos atención a la voz de María. Escuchemos su llamada silenciosa pero apremiante. Ella nos dice a cada uno: que donde abundó el pecado, sobreabunde la gracia, precisamente a partir de tu corazón y de tu vida. La ciudad será más hermosa, más cristiana y más humana.

    Gracias, Madre santa, por este mensaje de esperanza. Gracias por tu silenciosa pero elocuente presencia en el corazón de nuestra ciudad. ¡Virgen Inmaculada, Salus Populi Romani, ruega por nosotros!

    Ángelus: Inmaculada, fuente de luz interior

    Plaza de San Pedro (08-12-2010)

    Hoy nuestra cita para la oración del Ángelus adquiere una luz especial, en el contexto de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. En la liturgia de esta fiesta, se proclama el evangelio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), que contiene precisamente el diálogo entre el ángel Gabriel y la Virgen. «¡Alégrate, llena de gracia!, el Señor está contigo», dice el mensajero de Dios, y de este modo revela la identidad más profunda de María, el «nombre», por así decir, con el que Dios mismo la conoce: «llena de gracia». Esta expresión, que nos resulta tan familiar desde la infancia, pues la pronunciamos cada vez que rezamos el Avemaría, nos explica el misterio que hoy celebramos. De hecho, María, desde el momento en que fue concebida por sus padres, fue objeto de una singular predilección por parte de Dios, quien en su designio eterno la escogió para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por consiguiente, preservada del pecado original. Por eso, el ángel se dirige a ella con este nombre, que implícitamente significa: «colmada desde siempre del amor de Dios», de su gracia.

    El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien. Por desgracia, cada día nosotros experimentamos el mal, que se manifiesta de muchas maneras en las relaciones y en los acontecimientos, pero que tiene su raíz en el corazón del hombre, un corazón herido, enfermo e incapaz de curarse por sí solo. La Sagrada Escritura nos revela que en el origen de todo mal se encuentra la desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte ha dominado porque la libertad humana ha cedido a la tentación del Maligno. Pero Dios no desfallece en su designio de amor y de vida: a través de un largo y paciente camino de reconciliación ha preparado la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre de su Hijo, que para ofrecerse a sí mismo en expiación «nació de mujer» (cf. Ga 4, 4). Esta mujer, la Virgen María, se benefició anticipadamente de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción fue preservada del contagio de la culpa. Por eso, con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, él os salvará.

    Queridos amigos, hoy por la tarde renovaré el tradicional homenaje a la Virgen Inmaculada, ante el monumento a ella dedicado en la plaza de España. Con este acto de devoción me hago intérprete del amor de los fieles de Roma y de todo el mundo a la Madre que Cristo nos ha dado. Encomiendo a su intercesión las necesidades más urgentes de la Iglesia y del mundo. Que ella nos ayude sobre todo a tener fe en Dios, a creer en su Palabra, a rechazar siempre el mal y a escoger el bien.

    Discurso: ¿Cuál es el mensaje de María?

    Veneración a la Inmaculada Concepcion en la Plaza de España – Roma (08-12-2010)

    Queridos hermanos y hermanas:

    También este año nos hemos dado cita aquí, en la plaza de España, para rendir homenaje a la Virgen Inmaculada, con ocasión de su fiesta solemne. Os saludo cordialmente a todos vosotros, que habéis acudido en gran número, así como a cuantos participan mediante la radio y la televisión. Nos hemos reunido en torno a este histórico monumento, hoy completamente rodeado de flores, signo del amor y de la devoción del pueblo romano por la Madre de Jesús. Y el don más hermoso que le ofrecemos, el que más le agrada, es nuestra oración, la que llevamos en el corazón y que encomendamos a su intercesión. Son invocaciones de agradecimiento y de súplica: agradecimiento por el don de la fe y por todo el bien que diariamente recibimos de Dios; y súplica por las diferentes necesidades, por la familia, la salud, el trabajo, por todas las dificultades que la vida nos lleva a encontrar.

    Pero cuando venimos aquí, especialmente en esta fiesta del 8 de diciembre, es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. Ella, en efecto, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros, a la ciudad de Roma y a todo el mundo. También yo, que soy el Obispo de esta ciudad, vengo para ponerme a la escucha, no sólo para mí, sino para todos. Y ¿qué nos dice María? Nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su «mensaje» no es otro sino Jesús, él que es toda su vida. Gracias a él y por él ella es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, también ella, su Madre, fue preservada del pecado por nosotros, por todos, como anticipación de la salvación de Dios para cada hombre. Así María nos dice que todos estamos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar a ser, en nuestro destino final, inmaculados, plena y definitivamente libres del mal. Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza y de compasión, que evoca palabras como estas: «No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; y por esto ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú, ha llegado a ser Jesús, Dios-hombre, semejante en todo a ti, pero sin el pecado; se ha entregado por ti, hasta morir en la cruz, y así te ha dado una vida nueva, libre, santa e inmaculada» (cf. Ef 1, 3-5).

    María nos da este mensaje, y cuando vengo aquí, en esta fiesta, me conmueve, porque siento que va dirigido a toda la ciudad, a todos los hombres y las mujeres que viven en Roma: también a quien no piensa en ello, a quien hoy ni siquiera recuerda que es la fiesta de la Inmaculada; a quien se siente solo y abandonado. La mirada de María es la mirada de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice. Se comporta como nuestra «abogada» y así la invocamos en la Salve, Regina: «Advocata nostra». Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. Ella ve así la ciudad: no como un aglomerado anónimo, sino como una constelación donde Dios conoce a todos personalmente por su nombre, uno a uno, y nos llama a resplandecer con su luz. Y los que, a los ojos del mundo, son los primeros, para Dios son los últimos; los que son pequeños, para Dios son grandes. La Madre nos mira como Dios la miró a ella, joven humilde de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo, pero elegida y preciosa para Dios. Reconoce en cada uno la semejanza con su Hijo Jesús, aunque nosotros seamos tan diferentes. ¿Quién conoce mejor que ella el poder de la Gracia divina? ¿Quién sabe mejor que ella que nada es imposible a Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?

    Queridos hermanos y hermanas, este es el mensaje que recibimos aquí, a los pies de María Inmaculada. Es un mensaje de confianza para cada persona de esta ciudad y de todo el mundo. Un mensaje de esperanza que no está compuesto de palabras, sino de su misma historia: ella, una mujer de nuestro linaje, que dio a luz al Hijo de Dios y compartió toda su existencia con él. Y hoy nos dice: este es también tu destino, el vuestro, el destino de todos: ser santos como nuestro Padre, ser inmaculados como nuestro hermano Jesucristo, ser hijos amados, todos adoptados para formar una gran familia, sin fronteras de nacionalidad, de color, de lengua, porque existe un solo Dios, Padre de todo hombre.

    ¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra ciudad: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y elegir el bien, incluso cuando cuesta e implica ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por él, predestinados a ser sus hijos.

    Virgen Inmaculada, Madre nuestra dulcísima, ¡ruega por nosotros!

    Ángelus: “llena de gracia”

    Plaza de San Pedro (08-12-2011)

    Hoy la Iglesia celebra solemnemente la Inmaculada Concepción de María. Como declaró el beato Pío IX en la carta apostólica Ineffabilis Deus de 1854, ella «fue preservada, por particular gracia y privilegio de Dios todopoderoso, en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, inmune de toda mancha de pecado original». Esta verdad de fe está contenida en las palabras de saludo que le dirigió el arcángel Gabriel: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo» (Lc 1, 28). La expresión «llena de gracia» indica la obra maravillosa del amor de Dios, que quiso devolvernos la vida y la libertad, perdidas con el pecado, mediante su Hijo Unigénito encarnado, muerto y resucitado. Por esto, desde el siglo II, tanto en Oriente como en Occidente, la Iglesia invoca y celebra a la Virgen que, con su «sí», acercó el cielo a la tierra, convirtiéndose en «madre de Dios y nodriza de nuestra vida», como dice san Romano el Melode en un antiguo cántico (Canticum XXV in Nativitatem B. Mariae Virginis, en J.B. Pitra, Analecta Sacra t. I, París 1876, p. 198). En el siglo VII, san Sofronio de Jerusalén elogia la grandeza de María porque en ella el Espíritu Santo estableció su morada, y dice: «Tú superas todos los dones que la magnificencia de Dios ha derramado sobre cualquier persona humana. Más que todos, eres rica por la posesión de Dios que ha puesto su morada en ti» (Oratio II, 25 in SS. Deiparæ Annuntiationem: pg 87, 3, 3248 AB). Y san Beda el Venerable explica: «María es bendita entre las mujeres, porque con el adorno de la virginidad ha gozado de la gracia de ser madre de un hijo que es Dios» (Hom I, 3: CCL 122, 16).

    También a nosotros se nos ha otorgado la «plenitud de la gracia» que debemos hacer resplandecer en nuestra vida, porque «el Padre de nuestro Señor Jesucristo —escribe san Pablo— nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales (…), nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables (…), y nos ha destinado por medio de Jesucristo (…) a ser sus hijos» (Ef 1, 3-5). Esta filiación la recibimos por medio de la Iglesia, en el día del Bautismo. A este respecto, santa Hildegarda de Bingen escribe: «La Iglesia es, por tanto, la virgen madre de todos los cristianos. Con la fuerza secreta del Espíritu Santo los concibe y los da a luz, ofreciéndolos a Dios para que también sean llamados hijos de Dios» (Scivias, visio III, 12: CCL Continuatio Mediævalis XLIII, 1978, p. 142). Y, por último, entre los numerosísimos cantores de la belleza espiritual de la Madre de Dios destaca san Bernardo de Claraval, el cual afirma que la invocación «Dios te salve, María, llena de gracia» es «grata a Dios, a los ángeles y a los hombres. A los hombres gracias a la maternidad, a los ángeles gracias a la virginidad, a Dios gracias a la humildad» (Sermo XLVII, De Annuntiatione Dominica: SBO VI, 1, Roma 1970, p. 266). Queridos amigos, en espera de realizar esta tarde, como es tradición, el homenaje a María Inmaculada en la plaza de España, dirijamos nuestra ferviente oración a Aquella que intercede ante Dios, para que nos ayude a celebrar con fe la Navidad del Señor, ya cercana.

    Ángelus: María nos enseña a abrirnos a Dios

    Plaza de San Pedro (08-12-2012)

    Os deseo a todos feliz fiesta de María Inmaculada. En este Año de la fe desearía subrayar que María es la Inmaculada por un don gratuito de la gracia de Dios, que encontró en Ella perfecta disponibilidad y colaboración. En este sentido es «bienaventurada» porque «ha creído» (Lc 1, 45), porque tuvo una fe firme en Dios. María representa el «resto de Israel», esa raíz santa que los profetas anunciaron. En ella encuentran acogida las promesas de la antigua Alianza. En María la Palabra de Dios encuentra escucha, recepción, respuesta; halla aquel «sí» que le permite hacerse carne y venir a habitar entre nosotros. En María la humanidad, la historia, se abren realmente a Dios, acogen su gracia, están dispuestas a hacer su voluntad. María es expresión genuina de la Gracia. Ella representa el nuevo Israel, que las Escrituras del Antiguo Testamento describen con el símbolo de la esposa. Y san Pablo retoma este lenguaje en la Carta a los Efesios donde habla del matrimonio y dice que «Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentarse a Él mismo la Iglesia toda gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (5, 25-27). Los Padres de la Iglesia desarrollaron esta imagen y así la doctrina de la Inmaculada nació primero en referencia a la Iglesia virgen-madre, y sucesivamente a María. Así escribe poéticamente Efrén el Sirio: «Igual que los cuerpos mismos pecaron y mueren, y la tierra, su madre, está maldita (cf. Gn3, 17-19), así, a causa de este cuerpo que es la Iglesia incorruptible, su tierra está bendita desde el inicio. Esta tierra es el cuerpo de María, templo en el cual se ha puesto una semilla» (Diatessaron 4, 15: SC 121, 102).

    La luz que promana de la figura de María nos ayuda también a comprender el verdadero sentido del pecado original. En María está plenamente viva y operante esa relación con Dios que el pecado rompe. En Ella no existe oposición alguna entre Dios y su ser: existe plena comunión, pleno acuerdo. Existe un «sí» recíproco, de Dios a ella y de ella a Dios. María está libre del pecado porque es toda de Dios, totalmente expropiada para Él. Está llena de su Gracia, de su Amor.

    En conclusión, la doctrina de la Inmaculada Concepción de María expresa la certeza de fe de que las promesas de Dios se han cumplido: su alianza no fracasa, sino que ha producido una raíz santa, de la que ha brotado el Fruto bendito de todo el universo, Jesús, el Salvador. La Inmaculada demuestra que la Gracia es capaz de suscitar una respuesta; que la fidelidad de Dios sabe generar una fe verdadera y buena.

    Queridos amigos: esta tarde, como es costumbre, me acercaré a la Plaza de España al homenaje a María Inmaculada. Sigamos el ejemplo de la Madre de Dios, para que también en nosotros la gracia del Señor encuentre respuesta en una fe genuina y fecunda.

    Discurso: silencio, gracia y alegría

    Veneración a la Inmaculada Concepcion en la Plaza de España – Roma (08-12-2012)

    Queridos hermanos y hermanas:

    Es siempre una alegría especial reunirnos aquí, en la Plaza de España, en la fiesta de María Inmaculada. Reencontrarnos juntos —romanos, peregrinos y visitantes— a los pies de la imagen de nuestra Madre espiritual, nos hace sentirnos unidos en el signo de la fe. Me gusta subrayarlo en este Año de la fe que toda la Iglesia está viviendo. Os saludo con gran afecto y desearía compartir con vosotros algunos pensamientos sencillos, sugeridos por el Evangelio de esta solemnidad: el Evangelio de la Anunciación.

    Ante todo nos impresiona siempre, y nos hace reflexionar, el hecho de que ese momento decisivo para el destino de la humanidad, el momento en el que Dios se hizo hombre, está envuelto de un gran silencio. El encuentro entre el mensajero divino y la Virgen Inmaculada pasa completamente inadvertido: ninguno lo sabe, nadie habla de ello. Es un acontecimiento que, si sucediera en nuestros tiempos, no dejaría rastro en periódicos ni revistas, porque es un misterio que ocurre en el silencio. Lo que es verdaderamente grande a menudo pasa desapercibido y el quieto silencio se revela más fecundo que la frenética agitación que caracteriza nuestras ciudades, pero que —con las debidas proporciones— se vivía ya en ciudades importantes como la Jerusalén de entonces. Ese activismo que nos hace incapaces de detenernos, de estar tranquilos, de escuchar el silencio en el que el Señor hace oír su voz discreta. María, el día en que recibió el anuncio del Ángel, estaba completamente recogida y al mismo tiempo abierta a la escucha de Dios. En ella no hay obstáculo, no hay pantalla, no hay nada que la separe de Dios. Este es el significado de su ser sin pecado original: su relación con Dios está libre de la más mínima fisura; no hay separación, no hay sombra de egoísmo, sino una perfecta sintonía: su pequeño corazón humano está perfectamente «centrado» en el gran corazón de Dios. Así, queridos hermanos, venir aquí, a este monumento a María en el centro de Roma, nos recuerda ante todo que la voz de Dios no se reconoce en el estruendo y en la agitación; su proyecto sobre nuestra vida personal y social no se percibe permaneciendo en la superficie, sino bajando a un nivel más profundo, donde las fuerzas que actúan no son las económicas y políticas, sino las morales y espirituales. Es allí donde María nos invita a descender y a sintonizarnos con la acción de Dios.

    Hay una segunda cosa, más importante aún, que la Inmaculada nos dice cuando venimos aquí, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre —de la ciencia, de la técnica, de la ideología—, sino que viene de la Gracia. ¿Qué significa esta palabra? Gracia quiere decir el Amor en su pureza y belleza; es Dios mismo así como se ha revelado en la historia salvífica narrada en la Biblia y enteramente en Jesucristo. María es llamada la «llena de gracia» (Lc 1, 28) y con esta identidad nos recuerda la primacía de Dios en nuestra vida y en la historia del mundo; nos recuerda que el poder de amor de Dios es más fuerte que el mal, puede colmar los vacíos que el egoísmo provoca en la historia de las personas, de las familias, de las naciones y del mundo. Estos vacíos pueden convertirse en infiernos donde es como si la vida humana fuera arrastrada hacia abajo y hacia la nada, privada de sentido y de luz. Los falsos remedios que el mundo propone para llenar estos vacíos —emblemática es la droga— en realidad amplían la vorágine. Sólo el amor puede salvar de esta caída, pero no un amor cualquiera: un amor que tenga en sí la pureza de la Gracia —de Dios, que transforma y renueva— y que pueda así introducir en los pulmones intoxicados nuevo oxígeno, aire limpio, nueva energía de vida. María nos dice que, por bajo que pueda caer el hombre, nunca es demasiado bajo para Dios, que descendió a los infiernos; por desviado que esté nuestro corazón, Dios siempre es «mayor que nuestro corazón» (1 Jn 3, 20). El aliento apacible de la Gracia puede desvanecer las nubes más sombrías, puede hacer la vida bella y rica de significado hasta en las situaciones más inhumanas.

    Y de aquí se deriva la tercera cosa que nos dice María Inmaculada: nos habla de la alegría, esa alegría auténtica que se difunde en el corazón liberado del pecado. El pecado lleva consigo una tristeza negativa que induce a cerrarse en uno mismo. La Gracia trae la verdadera alegría, que no depende de la posesión de las cosas, sino que está enraizada en lo íntimo, en lo profundo de la persona y que nadie ni nada pueden quitar. El cristianismo es esencialmente un «evangelio», una «alegre noticia», aunque algunos piensan que es un obstáculo a la alegría porque ven en él un conjunto de prohibiciones y de reglas. En realidad el cristianismo es el anuncio de la victoria de la Gracia sobre el pecado; de la vida sobre la muerte. Y si comporta renuncias y una disciplina de la mente, del corazón y del comportamiento es precisamente porque en el hombre existe la raíz venenosa del egoísmo que le hace daño a él mismo y a los demás. Así que es necesario aprender a decir no a la voz del egoísmo y a decir sí a la del amor auténtico. La alegría de María es plena, pues en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida: Jesús concebido y llevado en el seno, después niño confiado a sus cuidados maternos, luego adolescente y joven y hombre maduro; Jesús a quien ve partir de casa, seguido a distancia con fe hasta la Cruz y la Resurrección: Jesús es la alegría de María y es la alegría de la Iglesia, de todos nosotros.

    Que en este tiempo de Adviento María Inmaculada nos enseñe a escuchar la voz de Dios que habla en el silencio; a acoger su Gracia, que nos libra del pecado y de todo egoísmo; para gustar así la verdadera alegría. María, llena de gracia, ¡ruega por nosotros!

    San Juan XXIII, papa

    Homilía: el combate por la pureza

    Basílica de Santa María la Mayor (08-12-1960)

    Venerables hermanos y queridos hijos: 

    Llevamos con Nos el feliz recuerdo de la visita que hicimos a la iglesia de los Santos Apóstoles el año pasado, justamente el 7 de diciembre de 1959, para terminar la novena de la Inmaculada. Aquel gesto renovó de repente, después de casi un siglo de silencio la tradición de la visita pastoral del Papa que solía hacer a aquel templo insigne.

    Las gracias pedidas a la venerable Madre de Jesús y Madre nuestra en aquella circunstancia nos fueron concedidas o están en camino de concedérsenos amablemente.

    Se ha llevado a feliz término el Sínodo Diocesano, en el que teníamos tanto interés, y a satisfacción de todos. El volumen que contiene la sustancia viva de sus disposiciones, inspiradas en el fervor de progreso espiritual, circula por el mundo más allá de los límites de la Urbe, y su cumplimiento es objeto de detenido estudio y de ferviente adhesión por parte de las almas más generosas y sensibles a las necesidades espirituales y apostólicas de Roma.

    Durante la celebración de la novena de la Inmaculada, y estando para renovar también este año con nuestros queridos hijos un encuentro de piedad religiosa, no podemos por menos de acoger tantos deseos que nos llegan de personas confiadas y piadosas para que, más que en la vigilia, el Papa celebrase con mayor solemnidad el gran misterio de la Inmaculada en la fecha faustísima de la fiesta litúrgica y precisamente entre los esplendores de la Basílica Liberiana, que no sólo en la Urbe, sino en todo el mundo, es saludada y muy venerada como la glorificación monumental, la más alta en dignidad, de la devoción mariana en la Iglesia católica desde los más gloriosos tiempos de su historia.

    Los templos dedicados a María son, de hecho, innumerables, y los hay espléndidos y suntuosísimos en toda nación, pero la Basílica de Santa María la Mayor, en el Monte Esquilino de Roma, los supera a todos por sus sagrados y vetustos monumentos, y a todos sus visitantes aparece devotísima y fascinante.

    Nos alegramos, por tanto, queridos hijos de Roma, de acogeros este año aquí y saludaros en esta áurea morada de la Madre de Jesús, que es nuestra Madre buena y bendita para todos y cada uno.

    Y puesto que este encuentro nuestro nos da ocasión y nos invita a ello, deseamos, queridos hijos, os unáis a nuestro espíritu para que fijéis vuestra devota mirada en tres puntos luminosos que queremos sea objeto de vuestra despierta atención en esta esplendorosa atmósfera de historia religiosa, de arte y de piedad mariana. No podremos recibir mayor alegría ni más persuasiva edificación y estímulo para obrar bien y confiar.

    Estos tres puntos, cuyo resplandor nos emociona y entusiasma, son: 1) La Inmaculada; 2) El recuerdo de los pontífices nuestros predecesores y del Papa Pío IX —digno de mención especial—, que la exaltó como privilegiada y santísima; 3) El gran Concilio Ecuménico Vaticano II, que, en su bien organizada preparación, es ya anhelo y participación afanosa y feliz de todos los creyentes del mundo entero.

    1. La Inmaculada

    La doctrina católica que concierne a la concepción inmaculada de María y ensalza sus glorias es familiar a todo buen cristiano, delicia y encanto de las más nobles almas. Está en la liturgia, en los acentos de los Padres de la Iglesia, en el afanoso suspirar de tantos corazones que quieren honrarla esparciendo el perfume de su pureza y fervor de apostolado para mejorar las buenas costumbres privadas y públicas.

    ¡Oh, venerables hermanos y queridos hijos, qué gran misión es verdaderamente ésta para nosotros: cooperar todos, con la gracia de María Inmaculada y a la luz de sus enseñanzas, en la purificación de las costumbres privadas y públicas!

    Sabemos que pulsamos una nota triste, pero nos obliga a ello nuestra conciencia.

    Realmente, el olvido de la pureza, la perversión de las costumbres con alardes y exhibicionismos mediante tantas formas de seducción y de prevaricación, causan espanto al alma sacerdotal y —podéis imaginar que con mayor amargura— al alma del Papa que os habla.

    Volviendo la mirada atrás en el transcurso de nuestra larga vida y evocando encuentros e impresiones diversas de lejanos tiempos, nos sentimos todavía como penetrados por una íntima y temerosa impresión al recordar innumerables falanges de esposas y de madres, de humildes amas de casa y de vírgenes consagradas, cuyos servicios de caridad y de prudencia eran fuerza y nobleza verdaderas de las familias y cooperación en el ministerio sacerdotal. Todo este trabajo silencioso se llevaba a cabo a la luz de la ley divina con la manifestación de virtudes humanas y cristianas, que florecían con la dignidad y pureza de las costumbres.

    De tales dulces recuerdos brota a este propósito una afirmación que hace precisamente un año tuvimos ocasión de hacer hablando a una escogida reunión de juristas católicos y que queremos repetir:

    “Desde la adolescencia —decíamos— nos hallábamos como sumergidos en una tradición familiar y cristiana que siempre estuvo despierta al conocimiento de lo verdadero y de lo bello… Pues bien, volviendo con el pensamiento a las cosas vistas y sentidas, a las personas que tratamos, tenemos la alegría de decir que jamás en los años de nuestra juventud nuestra alma se sintió ofendida por visiones, palabras y conversaciones desordenadas, y podemos, por lo tanto, dar testimonio de la rectitud y de la delicadeza de conciencia de nuestros familiares y gente nuestra.”

    Las tradiciones de nuestro buen pueblo cristiano son todavía, en su mayoría, sanas y robustas, aferradas a una fidelidad serena y consciente con el patrimonio de verdad y de sabiduría que la Iglesia guarda celosamente como su más precioso tesoro espiritual. Sin embargo, es necesario que todos los que se interesan por la suerte de la sociedad familiar y civil manifiesten cada vez mayor firmeza frente a las tentativas hoy premeditadas de anegar las buenas costumbres morales en una ofensiva sin precedente, que no conoce tregua. En este esfuerzo común, al que están llamados todos los hombres de buena voluntad y especialmente los padres y madres de familia, debemos implorar a la Inmaculada nos ayude para no dejarnos engañar, una inspiración luminosa y fuerte para mantenernos fieles y fortalecernos en la buena lucha para protección nuestra, gran ejemplo y consuelo nuestro, en una labor de penetración y apostolado que es gran responsabilidad para todos.

    ¡Oh, María Inmaculada, estrella de la mañana que disipas las tinieblas de la noche oscura, a Ti acudimos con gran confianza! Vitam praesta puram, iter para tutum. Aparta de nuestro camino tantas seducciones del gusto mundano de la vida; robustece las energías no sólo de la edad juvenil, sino de todas las edades, ya que están también expuestas a las tentaciones del Maligno.

    1. Y ahora permitidnos, queridos hijos, que hablemos de los Papas de la Inmaculada y, a título de especial mérito y honor, de Pío IX

    En este ocho de diciembre, que todos los años evoca la solemne y multisecular proclamación del dogma dulce y luminosísimo de la Inmaculada, nuestro pensamiento se dirige espontáneamente a aquel que fue su voz autorizada, su oráculo infalible. La dulce figura de nuestro predecesor Pío IX, de grande y santa memoria, nos es particularmente venerable y querida, porque tuvo hacia la Virgen un afectuosísimo amor y desde sus años juveniles se aplicó al estudio y penetración del privilegio de la inmaculada concepción de María Santísima. Volviendo la mirada a los siglos posteriores, quiso cubrirse con el mismo manto de gloria con que se adornaron tantos ilustres antecesores suyos en el Pontificado romano, en las repetidas muestras de devoción y de amor a María que el pueblo romano reconoce oficialmente como a su Salvación invocada y venerada como Salus Populi Romani y a quien todo el mundo aclama Reina de cielos y tierra.

    He aquí algún ejemplo más valioso de estos ilustres pontífices. En primer lugar aparece el tan majestuoso Benedicto XIV, que instituyó la solemne capilla papal para la fiesta de la Inmaculada Concepción, aquí mismo, en esta nuestra Basílica de Santa María la Mayor.

    Entre los benemeritísimos del desarrollo dado a liturgia de la Inmaculada antes de la definición dogmática hay que mencionar a Clemente XI, que impuso la fiesta de la Inmaculada de praecepto a toda la Iglesia (6 de diciembre de 1708); a Inocencio XI que dispuso la octava elevándola al grado de segunda clase (15 de mayo de 1693); a Clemente IX (1667) que ya la había concedido a todo el Estado Pontificio, en tanto que Alejandro VII (1665) había extendido el mismo favor a las diócesis de la República de Venecia. Mucho antes, siempre hacia atrás, Clemente VIII, en su edición del Breviario, elevó la fiesta a duplex maius, así como San Pío V había añadido nuevas lecciones. Más fervoroso promotor del culto de María es el Papa Sixto IV (1472), que extendió a la fiesta litúrgica del 8 de diciembre las mismas indulgencias concedidas por sus antecesores a la fiesta del Corpus Domini, y en un documento en que exhorta a edificar la iglesia de Santa María de las Gracias (1472) llamaba a María Immaculata Virgo, denominación todavía insólita en los documentos de la Curia Papal. Preclaro título para recuerdo de Sixto IV y de su devoción a la Concepción Inmaculada de María fu siempre la grandiosa y suntuosísima capilla del Coro, en San Pedro, donde el Cabildo Vaticano realiza las sagradas funciones ordinarias y en cuyas paredes, entre los estucos de las bóvedas que representan al Antiguo y Nuevo Testamento, se encuentra el admirable mosaico de la Inmaculada Concepción con los santos Juan Crisóstomo, Francisco y Antonio, glorias de la Orden Seráfica, arrodillados para venerarla.

    Precisamente esta imagen, tan noble e imponente, fue la que Pío IX coronó con incomparable solemnidad el 8 de diciembre de 1869 con ocasión de la apertura del Concilio Vaticano I. Y es motivo de afecto y de complacencia espiritual para nuestra alma el vivo recuerdo de haber asistido, medio siglo después de la definición dogmática, exactamente el 8 de diciembre de 1904, y de haber seguido con nuestra mirada de neosacerdote el gesto de San Pío X, el santo sucesor de Pío IX que renovó el acto de la coronación con una diadema todavía más esplendorosa de piedras preciosas recogidas de la piedad mariana de todos los puntos del globo.

    Este breve excursus histórico nos lleva a la humildísima figura de Pío IX. La luz de María Inmaculada reflejada en él nos permite comprender el secreto de Dios en altísimo y santo servicio que rindió a la Santa Iglesia.

    Treinta y dos años de pontificado le permitieron abordar todos los puntos de la doctrina católica, de dirigirse paternal y persuasivamente a sus hijos de todo el mundo en una llamada solemne, afectuosa e infatigable a la disciplina, al honor y al estímulo, frente a las crecientes dificultades, a los ataques encubiertos o declarados, a las provocaciones lanzadas, contra la religión cuando personajes de mucha fama anunciaron que estaba moribunda o ya muerta.

    Pío IX supo “creer contra toda esperanza” (Rom. 4, 18) y mantener unida con increíble firmeza e infinita bondad a la grey atemorizada y vacilante, y, como era humilde, no tuvo miedo ante las maquinaciones tenebrosas de las sectas, no vaciló frente a oposiciones y no retrocedió ante las calumnias.

    ¡Queremos repetirlo!: La luz de María Inmaculada, definida como tal con alta y solemnísima voz en presencia de toda la Iglesia, a pesar del clamor burlón de los incrédulos y el tímido murmullo de algunos vacilantes, la luz de la Inmaculada, repetimos, se reflejaba en la frente y en el corazón del gran Pontífice y fue alentadora de sus fatigas y consuelo de su inmolación. ¡Qué sublime y aleccionadora se alza ante nosotros su figura y cómo nos señala el exacto camino! Nos queremos imitarle con la ayuda de Dios y le imitaremos continuando nuestro ministerio apostólico con calma, humildad, con inquebrantable paciencia, seguridad, ardiente esperanza y victoria espiritual, ocurra lo que ocurra.

    La sucesión de las circunstancias de conveniencias humanas, unas veces propicias, otras adversas o silenciosas a nuestras empresas, no podrá ni exaltarnos más de lo debido ni abatir nuestras energías, que confían, sobre todo, en la intercesión de la Inmaculada Madre de Jesús: Mater Ecclesiae et Mater nostra dulcissima.

    1. El Concilio Ecuménico

    En la visión de la humilde y fuerte figura de Pío IX nos inspiramos para encaminarnos con paso seguro hacia la gran empresa del Concilio Vaticano II, que está a la vista.

    También en este deber, tal vez el más grave de nuestra humilde vida de Servus sorvorum Dei, nos consuela y nos conforta la certeza de obedecer la voluntad buena y poderosa del Señor, y esta certeza es causa de tranquilidad y de acostumbrado abandono a la gracia de lo alto, y, además, afianza nuestra alma, nuestras empresas, levantándolas sobre las alas de una esperanza que descansa en Dios sólo.

    Cada día que pasa nos proporciona consoladoras pruebas de ello.

    En efecto, el corazón se siente hondamente impresionado al considerar la resonancia que han despertado en el mundo entero los trabajos del Concilio y algunos actos inspirados en su solo anuncio.

    Fieles que piden junto a Nos y desde los más lejanos puntos con humilde fervor; niños invitados a sembrar con las flores de su inocencia el camino y el trabajo de los Padres del Concilio; enfermos que ofrecen sus meritorios sufrimientos; sacerdotes y, en primer lugar, misioneros, monjes y religiosos pertenecientes a instituciones masculinas y femeninas —grandes o pequeñas, antiguas o modernas—que se anticipan con voluntad dispuesta a todo a las deliberaciones del Concilio; jóvenes seminaristas, que tienden hacia el ideal del sacerdocio que se despliega ante ellos, que cumplen con madura reflexión sus deberes de oración y estudio para lograr que desciendan más copiosamente las bendiciones del Señor. Con ellos está toda la familia cristiana, que espera y ora, presentando un espectáculo que emociona y eleva.

    Una comprobación tan consoladora nos ofrece la posibilidad de repetiros hoy animosa y concretamente, queridos hijos, a vosotros y al mundo, nuestro íntimo convencimiento de que verdaderamente el Señor quiere llevar a las almas a una más profunda y viva penetración de la verdad, de la justicia, de la caridad, y las invita a releer más atentamente su Evangelio con especial hincapié en aquellas palabras que constituyen una apreciación más elevada y meritoria de la vida presente y futura. La irradiación ordinaria de la misericordia del Señor en nosotros no nos hace ávidos de carismas especiales ni de milagros. Nos basta con corresponder día tras día a la gracia celestial y anunciar con palabras fácilmente inteligibles el perenne mensaje del destino eterno del hombre tal y como Dios lo encomendó al magisterio infalible de la Iglesia y al sucesor de Pedro.

    La conciencia de que el Señor está con Nos y alienta la diaria solicitud de nuestra actividad pastoral con su poderosa e inspirada ayuda nos infunde mucha paz interior y mucha seguridad.

    Hace dos años, nuestra voz temblaba de emoción al primer anuncio del Concilio, y ha pedido cada vez mayor celo en participar e interesarse por el acontecimiento, ya en marcha con ritmo constante y seguro, de modo que podamos corresponder siempre más a la aspiración de nuestro corazón y a la ansiada espera del mundo cristiano.

    También aquí nuestra esperanza es María, invocada bajo el título de su Concepción Inmaculada.

    ¡Oh, María, Madre, Reina de la Santa Iglesia, qué dulce es repetirte en esta tarde, aquí en tu templo, mientras todo el mundo nos escucha desde los puntos más lejano., la invocación que el Sumo Pontífice Pío IX te dirigió como conclusión del discurso de apertura del Concilio Vaticano l la tarde del 8 de diciembre de 1869 en San Pedro!

    El Concilio Vaticano II todavía no se ha inaugurado oficialmente, pero el trabajo preparatorio, que, como dijimos, implica la elaboración del inmenso material ya presentado al estudio de las diez comisiones, está activándose y es ya el comienzo del Concilio. Ayer leíamos en el Breviario las palabras del profeta Isaías: Ini consilium, coge concilium (Is., 16, 3). Ya están cumplidas.

    Y sobre este trabajo, puesto bajo los auspicios de María Inmaculada, ¡qué armoniosa y querida nos parece la voz de Pío IX, a la que se une la de su sexto sucesor, humilde pero fervorosamente! ¡Tú, oh Madre del amor hermoso y del conocimiento y de la santa esperanza, Reina y defensora de la Iglesia, acoge en su fe y protección material nuestras consultas y fatigas, y alcánzanos, con tus oraciones ante Dios, que tengamos siempre una sola alma y un solo corazón!

    ¡Que preciosas son estas palabras! El augusto anciano Pío IX, al pronunciarlas el día de la Inmaculada de 1869, inaugurando con ellas el Concilio Vaticano, dio la tónica a su lejano sucesor; que con su bendición el Señor las reciba, las repita ya desde ahora e invite a todos los hijos de la Iglesia católica a repetirlas en alabanza y súplica por el nuevo Concilio. Sobre todo, no olvidéis lo que pedimos al Señor por los méritos e intercesión de María Inmaculada: su protección maternal sobre la persona del Papa y sus consultas y fatigas en el Concilio y por el Concilio y para todos los que están llamados a compartir sus preocupaciones, la gracia preciosísima de la unidad del espíritu y del corazón.

    Con los dulces pensamientos y sentimientos que esta reunión de buenos hijos, como somos todos, en torno a nuestra querida Madre en su fiesta, ha proporcionado a todos, dispongámonos ahora con devoto recogimiento a recibir la bendición de Jesús Eucarístico, cuya prenda y prolongación sea nuestra bendición apostólica, que de corazón impartimos sobre todos vosotros, sobre vuestros seres queridos que os esperan y especialmente sobre los ancianos, sobre vuestros pequeños, sobre los que sufren, para que sobre todos resplandezca la alegría cristiana.

    * AAS 53 (1961) 30-38;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 71-80.

    Congregación para el Clero

    « ¡Salve, oh María, llena de gracia!»! Bendigamos a Dios, queridos hermanos y hermanas, porque hoy fue concebida, por nosotros y para nuestra salvación, la Estrella de la Mañana, la mística Aurora de la Redención, Aquella que será la puerta del Cielo, la Madre del Hijo de Dios y de su Cuerpo Místico, de todos nosotros, la Iglesia.

    El mismo Arcángel Gabriel, presentándose a la Santísima Virgen, antes de anunciarle el Misterio del plan divino para Ella, aparece como “extasiado” ante  tanta belleza, por tanta pureza, él, que día y noche está delante del Trono del Altísimo y no puede sino exclamar: «¡Salve, llena de gracia, el Señor es contigo!». Y nosotros, desde hace dos mil años, repetimos las mismas palabras, la misma invocación, con la que comenzó la historia de nuestra salvación.

     Contemplando la Inmaculada Concepción de María, celebramos su ser que es toda pureza, es decir, libre desde el primer instante de su existencia, de toda mancha de pecado, comprendida la herida del pecado original, en virtud de los futuros méritos de Cristo. Ella es “pre-redimida”, porque el Altísimo y Eterno, que con una sola mirada abarca toda la historia pasada, presente y futura, quiso preparar a su Hijo una morada digna que, al mismo tiempo, fuese la “primicia” de los tesoros que Él nos conquistaría con su Encarnación, Muerte y Resurrección.

    De aquí que María sea el primer fruto del Árbol de la Vida, el primer don que Cristo presenta a la humanidad, la promesa de Salvación que nos conquistaría en la Cruz.

    La Inmaculada Concepción, la pureza originaria de María, sin embargo, no constituye una objeción a su verdadera e íntegra humanidad, ni una limitación de su inteligencia, libertad y voluntad. La Señora, en efecto, fue concebida pura de todo pecado, llena de toda gracia y perfectamente “abierta” al Amor de Dios; abierta a la obediencia verdadera a Su Voluntad y al encuentro con Cristo. Esta gracia, única e irrepetible en la historia, no ha disminuido en nada su humanidad, es más, la ha exaltado en toda su potencialidad. La inteligencia, la libertad y la voluntad de María eran, más aún, mayores que las de cualquier otro hombre que jamás haya existido, puesto que estaban totalmente abiertas al Creador, a Dios, sin ningún freno, sin ningún desorden. Estaban continuamente irrigadas por la oración, iluminadas por la Verdad que viene de lo Alto, robustecidas por la creciente y humilde obediencia a Aquel que lo ha hecho todo y que gobierna la historia con su Providencia.

     Sin el pecado, María no era menos libre que quien ha conocido el mal o más ingenua que las mentes heridas por la malicia y por la concupiscencia. Ella era más que libre, de una inteligencia finísima, de una voluntad firme y determinada que, habiendo nacido en el bien, siempre eligió el bien, huyendo de las tentaciones y venciendo siempre al demonio. Su Corazón, en efecto, no estaba herido por ningún pecado, pero tenía una sola herida: la del Amor de Dios, que encontrando en Ella tanta acogida, la colmaba y dilataba el Corazón hasta hacerla Reina de todos los Santos.

    Baste pensar en el milagro de las bodas de Caná, cuando Ella se da cuenta antes que los esposos de que faltaba el vino… Recurre entonces con firme confianza al Hijo e indica a los servidores lo que deben hacer. Basta contemplarla, más aún, cuando “está” al pie de la Cruz, atravesada por siete dolores…

    María es Inmaculada en su concepción y santa en la vida, porque cuidó, sin sombra alguna, el don recibido y, en la relación con Cristo –relación, en cierto sentido, única e irrepetible- fue hecha la Hija predilecta del Padre, el cual, complaciéndose en su Hijo, se colma, admira y ama a Aquella que es la Toda Hermosa y atrae a la misma Belleza a cada de nosotros, sus hijos.

    Si la pureza de María Santísima es inigualable e incomunicable porque cada hombre nace herido por la culpa de Adán, no obstante podemos acoger la Vida nueva que Cristo nos conquistó y a la cual Él quiere generarnos cada día, con sus inspiraciones, con su intercesión y con su ejemplo.

    Unámonos entonces, queridos hermanos y hermanas, al Corazón Inmaculado de María y, con Ella, adoremos a Cristo presente en su Iglesia, a Cristo que actúa en los sacerdotes, a Cristo que nos da su Cuerpo y su Sangre –el verdadero Cuerpo nacido de María- en la santísima Eucaristía. Unámonos a Ella, que «posee tal plenitud de inocencia y  de santidad, de la cual, después de Dios, no se puede concebir una mayor; y de la cual, fuera de Dios, ninguna mente puede llegar a comprender la profundidad » (B. PÍO IX, Bula Ineffabilis Deus) y pidamos: «Desata la cadena de los culpables, da luz a los ciegos, aleja de nosotros todo mal, obtiene para nosotros todo bien ». Amen.

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