Natividad del Señor: Misa de Medianoche (Homilías)

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 9, 1-3. 5-6:
- Salmo: Sal 95, 1-13:
- 2ª Lectura: Tit 2, 11-14; 3, 4-7:
+ Evangelio: Lc 2, 1-14:


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Nota: Esta página no está del todo trabajada, se podrían incluir más homilías.

Pablo VI, papa

Homilía (1977)

MISA DE NOCHEBUENA. Basílica de San Pedro. Sábado 24 de diciembre de 1977

¡Hermanos e hijos amadísimos!

Esperáis de nosotros una palabra que resuena ya en vuestros espíritus; el hecho de escucharla una vez más en esta noche y en este lugar os haga reconocer su perenne novedad, su fuerza de verdad, su maravillosa y beatificante alegría. No es nuestra, es celestial. Nuestros labios repiten el anuncio del ángel, que resplandeció en la noche, en Belén, hace 1977 años, y que tras confortar a los humildes y asustados pastores, vigilantes al raso sobre su rebaño, vaticinó el hecho inefable que se estaba realizando en un pesebre cercano: “Os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, Señor, en la ciudad de David (Belén)” (Lc 2, 10-11).

¡Así es, así, hermanos e hijos! Y puesto que es así, queremos extender nuestro grito humilde e impávido a cuantos “tienen oídos para escuchar” (cf. Mt 11, 15). Un hecho y una alegría; ¡he aquí la doble grande noticia!

El hecho parece casi insignificante. Un niño que nace y ¡en qué condiciones tan humillantes! Lo saben nuestros muchachos cuando preparan sus belenes, ingenuos pero auténticos documentos de la realidad evangélica. La realidad evangélica transparenta una concomitante realidad inefable: ese Niño vive de una trascendente filiación divina, “será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32). Hagamos nuestras las expresiones entusiastas de nuestro gran predecesor, San León Magno, que exclama: “Nuestro Salvador, amadísimos, ha nacido hoy: ¡gocemos! ¡No hay lugar para la tristeza cuando nace la vida que, apagando el temor de la muerte, nos infunde la alegría de la promesa eterna (Serm. I de Nativ. Dom).

Así que mientras el misterio supremo de la vida trinitaria del Dios único se nos revela en las tres distintas Personas, Padre generante; Hijo engendrado, unidos ambos en el Espíritu Santo, otro misterio llena de maravilla inextinguible nuestra relación religiosa con Dios, abriendo el cielo a la visión de la gloria de la infinita trascendencia divina y, superando en un don de incomparable amor toda distancia, la proximidad, la cercanía de Cristo-Dios hecho hombre nos muestra que El está con nosotros, que está en busca de nosotros: “Porque se ha manifestado la gracia salutífera de Dios a todos los hombres” (Tit 2, 11; 3, 4).

¡Hermanos, hombres todos! ¿Qué es la Navidad sino este acontecimiento histórico, cósmico, sumamente comunitario porque asume proporciones universales y al mismo tiempo incomparablemente íntimo y personal para cada uno de nosotros, pues el Verbo eterno de Dios, en virtud del cual vivimos ya en nuestra existencia natural (cf. Act 17, 23-28) ha venido en busca de nosotros? El, eterno, se ha inscrito en el tiempo; El, infinito, se ha como anonadado, “en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 6 ss.). Nuestros oídos están habituados a semejante mensaje y nuestros corazones se han hecho sordos a semejante llamada, una llamada de amor: “tanto amó Dios al mundo…” (Jn 3, 16); más aún, seamos precisos: cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: “me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

La Navidad es esta llegada del Verbo de Dios hecho hombre entre nosotros. Cada uno puede decir: ¡por mí! Navidad es este prodigio. Navidad es esta maravilla. Navidad es esta alegría. Nos vienen a los labios las palabras de Pascal: ¡alegría, alegría, alegría, llantos de alegría!

¡Oh! Que esta celebración nocturna de la Natividad de Cristo sea de veras para todos nosotros, para la Iglesia entera, para el mundo, una renovada revelación del misterio inefable de la Encarnación, un manantial de felicidad inagotable! ¡Así sea!

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1978)

MISA DE NOCHEBUENA. Basílica de San Pedro. Domingo 24 de diciembre de 1978

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Nos hallamos en la basílica de San Pedro, a esta hora insólita. Nos hace de marco la arquitectura dentro de la cual enteras generaciones, a través de los siglos, han expresado su fe en el Dios encarnado, siguiendo el mensaje traído aquí a Roma por los Apóstoles Pedro y Pablo. Todo cuanto nos rodea habla con la voz de los dos milenios que nos separan del nacimiento de Cristo. El segundo milenio se está acercando rápidamente a su fin. Permitidme que, así como estamos, en este contexto de tiempo y de lugar, yo vaya con vosotros a aquella gruta en las cercanías de la ciudad de Belén, situada al sur de Jerusalén. Hagámoslo de manera que estemos todos juntos más allí que aquí: allí, donde “en el silencio de la noche” se ha oído el vagido del recién nacido, expresión perenne de los hijos de la tierra. En este mismo tiempo se ha hecho oír el cielo, “mundo” de Dios que habita en el tabernáculo inaccesible de la gloria. Entre la majestad de Dios eterno y la tierra-madre, que se hace presente con el vagido del Niño recién nacido, se deja entrever la perspectiva de una nueva paz, de la reconciliación, de la Alianza:

«Nos ha nacido el Salvador del mundo: todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios».

2. No obstante, en este momento, a esta hora insólita, los confines de la tierra quedan distantes. Están invadidos por un tiempo de espera, lejos de la paz. El cansancio llena más bien los corazones de los hombres que se han adormecido, lo mismo que se habían adormecido no lejos los pastores, en los valles de Belén. Lo que ocurre en el establo, en la gruta de roca, tiene una dimensión de profunda intimidad: es algo que ocurre entre la Madre y el Niño que va a nacer. Nadie de fuera tiene entrada. Incluso José, el carpintero de Nazaret, permanece como un testigo silencioso. Ella sola es plenamente consciente de su Maternidad. Y sólo Ella capta la expresión propia del vagido del Niño. El nacimiento de Cristo es ante todo su misterio, su gran día. Es la fiesta de la Madre.

Es una fiesta extraña: sin ningún signo de la liturgia de la sinagoga, sin lecturas proféticas y sin canto de los Salmos. «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo» (Heb 10, 5), parece decir, con su vagido, el que siendo Hijo Eterno, Verbo consustancial al Padre, «Dios de Dios, Luz de luz», se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14). El se revela en aquel cuerpo como uno de nosotros, pequeño infante, en toda su fragilidad y vulnerabilidad. Sujeto a la solicitud de los hombres, confiado a su amor, indefenso. Llora y el mundo no lo siente, no puede sentirlo. El llanto del niño recién nacido apenas puede oírse a pocos pasos de distancia.

3. Os ruego por tanto, hermanos y hermanas que llenáis esta basílica: tratemos de estar más presentes allí que aquí. No hace muchos días manifesté mi gran deseo de hallarme en la gruta de la Navidad, para celebrar precisamente allí el comienzo de mi pontificado. Dado que las circunstancias no me lo consienten, y encontrándome aquí con todos vosotros, trato de estar más allí espiritualmente con vosotros todos, para colmar esta liturgia con la profundidad, el ardor, la autenticidad de un intenso sentimiento interior. La liturgia de la noche de Navidad es rica en un realismo particular: realismo de aquel momento que nosotros renovamos y también realismo de los corazones que reviven aquel momento. Todos, en efecto, nos sentimos profundamente emocionados y conmovidos, por más que lo que celebramos haya ocurrido hace casi dos mil años.

Para tener un cuadro completo de la realidad de aquel acontecimiento, para penetrar aún más en el realismo de aquel momento y de los corazones humanos, recordemos que Esto sucedió tal como sucedió: en el abandono, en la pobreza extrema. en el establo-gruta, fuera de la ciudad, porque los hombres, en la ciudad, no quisieron acoger a la Madre y a José en ninguna de sus casas. En ninguna parte había sitio. Desde el comienzo, el mundo se ha revelado inhospitalario hacia Dios que debía nacer como Hombre

4. Reflexionemos ahora brevemente sobre el significado perenne de esta falta de hospitalidad del hombre respecto a Dios. Todos nosotros, los que aquí estamos, queremos que sea diversamente. Queremos que a Dios, que nace como hombre, le esté abierto todo en nosotros los hombres. Con este deseo hemos venido aquí.

Pensemos por tanto esta noche en todos los hombres que caen víctima de la humana inhumanidad, de la crueldad, de la falta de todo respeto, del desprecio de los derechos objetivos de cada uno de los hombres. Pensemos en aquellos que están solos, en los ancianos, en los enfermos; en aquellos que no tienen casa, que sufren el hambre y cuya miseria es consecuencia de la explotación y de la injusticia de los sistemas económicos. Pensemos también en aquellos, a los que no les está permitido esta noche participar en la liturgia del nacimiento de Dios y que no tienen un sacerdote que pueda celebrar la Misa. Vayamos también con el pensamiento a aquellos cuyas almas y cuyas conciencias se sienten atormentadas no menos que su propia fe.

El establo de Belén es el primer lugar de la solidaridad con el hombre: de un hombre para con otro y de todos para con todos, sobre todo con aquellos para quienes «no hay sitio en el mesón» (cf. Lc 2, 7), a quienes no se les reconocen los propios derechos.

5. El Niño recién nacido llora.

¿Quién siente el vagido del Niño?

Pero el cielo habla por El y es el cielo el que revela la enseñanza propia de este nacimiento. Es el cielo el que la explica con estas palabras:

«Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14).

Es necesario que nosotros, impresionados por el hecho del nacimiento de Jesús, sintamos este grito del cielo.

Es necesario que llegue ese grito a todos los confines de la tierra, que lo oigan nuevamentetodos los hombres.

Un Hijo se nos ha dado.

Cristo nos ha nacido. Amén.

Homilía (1979)

MISA DE NOCHEBUENA. Lunes 24 de diciembre de 1979

1. He aquí que ha llegado de nuevo la hora de este maravilloso acontecimiento: “se cumplieron para María los días de su parto, y dio a luz su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 6-7). Podemos preguntarnos: ¿Es éste un acontecimiento común o más bien insólito? ¡Cuántos niños nacen en toda la tierra, en el curso de veinticuatro horas, mientras en unas partes del mundo es de día y en otras de noche? Ciertamente, cada uno de estos momentos es algo insólito, algo único para un padre y más para una madre, sobre todo si se trata riel primer niño, del hijo primogénito.

Ese momento es siempre algo grande. No obstante —dado que se realiza continuamente en algún lugar del mundo, en todas las horas del día y de la noche el nacimiento del hombre en su aspecto estadístico es al mismo tiempo algo común y normal.

El mismo nacimiento de Jesús parece entrar también en esta dimensión estadística, tanto más cuanto que va acompañado, en la narración de San Lucas, de la mención de un censo, hecho en los territorios gobernados por el emperador romano César Augusto; el Evangelista precisa que, en el pueblo donde vivían María y José, la orden de hacer el censo vino del gobernador de Siria, Cirino.

A este acontecimiento nos referimos todos los años, al igual que hoy, reuniéndonos en esta basílica a medianoche. Pues bien, si en este acontecimiento hay algo insólito consiste quizá en que no se cumple dentro de las normales condiciones humanas, bajo el techo de una casa, sino en un establo, que ordinariamente da cobijo sólo a los animales. La primera cuna del Niño, recién nacido, fue en efecto un pesebre.

Esta noche nos hemos reunido en esta espléndida basílica del renacimiento para hacer compañía al Niño de una Mujer pobre, nacido en un establo y acostado en un pesebre.

2. Ciertamente ninguno de los habitantes, ni ninguno de los forasteros presentes entonces en Belén, podía pensar que en aquellos momentos y en aquel establo, se estaban cumpliendo las palabras del gran profeta, tantas veces leídas y continuamente meditadas por los hijos de Israel.

Isaías, efectivamente, había escrito palabras que constituían el contenido de una gran expectación y de una esperanza inquebrantable: “Multiplicaste la alegría, has hecho grande el júbilo, y se gozan ante ti, como se gozan los que recogen la mies… Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo que tiene sobre los hombros la soberanía…, pata dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás” (Is 9, 3. 6-7).

Ninguno de los presentes en Belén podía pensar que precisamente en aquella noche se estaban cumpliendo las palabras del gran profeta, ni que ello se realizaba en un establo, donde generalmente habitan los animales, “por no haber sitio para ellos en el mesón” (Lc 2. 7).

3. No obstante, hay algún elemento, algún detalle en las palabras de Isaías que parecen cumplirse ya esta noche al pie de la letra; Isaías había escrito: “El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz” (Is 9, 2).

Ahora bien, Belén y toda Palestina. en aquel momento, es tierra de sombras y sus habitantes yacen en el sueño. Pero fuera de la ciudad —como leíamos en el Evangelio de Lucas— “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso, y de noche se turnaban velando sobre su rebaño” (Lc 2, 8). Los pastores son hijos de aquel “pueblo que camina en las tinieblas” y al mismo tiempo son sus representantes, elegidos en aquel momento, elegidos “para ver la gran luz”. En efecto, así escribe San Lucas a propósito de los pastores de Belén: “Se les presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor” (Lc 2, 9). Y de lo hondo de aquella luz que les viene de Dios y de lo profundo de aquel tenor que es la respuesta de los corazones sencillos a la Luz Divina, llega una voz: “No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría… Hoy os ha nacido un Salvador, que es el Mesías Señor” (Lc 2, 10-11).

Estas palabras debieron producir una alegría inmensa en los corazones de aquellos hombres sencillos, educados y alimentados como todo el pueblo de Israel por una gran Promesa en la tradición de la espera del Mesías. Con razón dice el Mensajero que esta alegría “es para todo el pueblo” (Lc 2, 10); es decir, precisamente para el Pueblo de Dios, que andaba en tinieblas, pero no se cansaba de la Promesa.

4. Con razón era necesario en aquella noche un Mensajero que trajese la “gran luz” de la profecía de Isaías al establo y al pesebre de Belén. Era necesaria esta luz, era necesaria “la manifestación de la gloria” (Tit 2, 13) —como escribe San Pablo— para que se pudiese leer bien la señal. “Encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre” (Lc 2, 12). Los pastores de Belén, hombres sencillos que no sabían leer, han leído bien, de veras, la señal. Fueron los primeros entre quienes lo han leído después y lo leen ahora. Fueron los primeros testigos del misterio. Nosotros, que en esta noche llenamos la basílica de San Pedro, y cuantos en todas partes están presentes en la Misa de medianoche, nos hacemos partícipes de su testimonio. No en vano esta Misa de medianoche es llamada en algunas regiones “Misa de los pastores”.

5. Recordemos que es la noche del Misterio, aunque podría valorarse de diversa manera el acontecimiento, en el que apareció la “manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador” (Tit 2, 13) con el nacimiento del Niño, cuando Este vino al mundo por la Virgen y cuando en la noche de su nacimiento no pudo disponer de un techo doméstico sobre su cabeza, sino únicamente de un establo y de un pesebre.

Ahora bien, ya que estamos reunidos aquí, haciéndonos partícipes del primer testimonio, dado por los pastores de Belén, acerca de este Misterio, tratemos de reflexionar a fondo sobre él.

“Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que él ama” (Lc 2, 14). Estas palabras provienen de la misma luz que resplandeció en aquella noche en el corazón de hombres de buena voluntad.

/Dios se complace en los hombres!

Esta noche constituye un testimonio singular de la complacencia divina para con el hombre. ¿Acaso no lo creó a su imagen y semejanza? Las imágenes y las semejanzas se crean para ver en ellas el reflejo de uno mismo. Por esto se miran con complacencia.

¿Acaso no se ha complacido Dios en el hombre, cuando, después de haberlo creado, “vio que era bueno?” (Gén 1, 31).

He aquí que en Belén nos encontramos en el culmen de esta complacencia. ¿Es quizá posible expresar de modo diverso lo que sucedió entonces?

¿Es posible comprender diversamente el Misterio, por el cual el Verbo se hace carne, el Hijo de Dios asume la naturaleza humana y nace como niño del seno de la Virgen? ¿Es posible leer de otra manera esta señal?

6. Por esto precisamente, a medianoche de Navidad, muchos pueblos entonan un gran canto. Este se difunde cada año desde el mismo establo de Belén. Resuena en los labios de los hombres de tantas tierras y razas. Resuena el gran canto del gozo y asume tantas formas. Cantan en Italia, cantan en Polonia, cantan en todas las lenguas y dialectos, en todos los países y continentes. ¡Dios ha manifestado su complacencia en el hombre!

¡Dios se complace en el hombre!

Los hombres entonces se despiertan; se despierta el hombre, “pastor de su destino” (Heidegger).

¡Cuántas veces el hombre es aplastado por este destino, cuántas veces es prisionero suyo, cuántas veces muere de hambre, está próximo a la desesperación, es amenazado en la conciencia del significado de la propia humanidad! ¡Cuántas veces —no obstante todas las apariencias que se crea— el hombre está lejos de complacerse de sí mismo!

Pero hoy él se despierta y oye el anuncio: ¡Dios nace en la historia humana!

Dios se complace en el hombre. Dios se ha hecho hombre.

Dios se complace en ti. Amén.

Homilía (1980)

SANTA MISA DE NOCHEBUENA. Basílica de San Pedro. Miércoles 24 de diciembre de 1980

1. Queridos hermanos y hermanas, reunidos en la basílica de San Pedro en Roma, y vosotros todos, los que me escucháis en este momento, desde cualquier parte del globo terrestre.

He aquí que estoy ante vosotros, yo, siervo de Cristo y administrador de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), como mensajero de la noche de Belén: la noche de Belén 1980.

La noche del nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios, nacido de María Virgen, de la casa de David, de la estirpe de Abraham, padre de nuestra fe, de la generación de los hijos de Adán.

El Hijo de Dios, de la misma sustancia que el Padre, viene al mundo como hombre.

2. Es una noche profunda: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (palabras del Profeta Isaías, 9, 2).

¿Cómo se cumplen estas palabras en la noche de Belén? He aquí que las tinieblas envuelven la región de Judá y los países cercanos. Sólo en un lugar aparece la luz. Sólo llega a un pequeño grupo de hombres sencillos.

Son los pastores, que estaban en aquella región “velando por turno su rebaño” (Lc 2, 8).

Solamente en ellos se cumple, esa noche, la profecía de Isaías. Ven una gran luz: “La gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor” (Lc 2, 9).

Esta luz deslumbra sus ojos y, al mismo tiempo, ilumina sus corazones. He aquí que ellos ya saben: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11). Son los primeros en saberlo. En cambio, hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que se hace más intensa…

¿Qué puedo pedir en mis plegarías esta noche de Belén 1980, yo, siervo de Cristo y administrador de los misterios de Dios?, ¿qué puedo pedir principalmente, junto con todos vosotros, los que participáis en la luz de esta noche, sino que esta luz llegue a todas partes, que encuentre acceso a todos los corazones, que vuelva allá, donde parece que se ha apagado…? ¡Que ella “despierte”!, tal como despertó a los pastores en los campos de las cercanías de Belén.

3. “Acreciste la alegría, aumentaste el gozo”, palabras del Profeta Isaías.

Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios.

No importa que esta luz, por el momento sea participada, solamente por algunos corazones: que participe de ella la Virgen de Nazaret y su esposo, la Virgen a la que no fue dado traer a su Hijo al mundo bajo el techo de una casa en Belén, “porque no tenían sitio en la posada”(Lc 2, 7). Y participan de esta alegría los pastores, iluminados por una gran luz en los campos cerca de la ciudad.

No importa que, en esa primera noche, la noche del nacimiento de Dios, la alegría de este acontecimiento llegue sólo a estos pocos corazones. No importa.

Está destinada a todos los corazones humanos. ¡Es la alegría del género humano, alegría sobrehumana! ¿Acaso puede haber una alegría mayor que ésta, puede haber una Nueva mejor que ésta: el hombre ha sido aceptado por Dios para convertirse en hijo suyo en este Hijo de Dios, que se ha hecho hombre?

Y ésta es una alegría cósmica. Llena a todo el mundo creado: creado por Dios —mundo que se alejó de Dios a causa del pecado— y he aquí: restituido de nuevo a Dios mediante el nacimiento de Dios en cuerpo humano.

Es la alegría cósmica. 

La alegría que llena toda la creación, llamada esta noche a compartirla de nuevo según estas palabras que descienden del cielo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (a los hombres de buena voluntad) (Lc 2, 14).

Esta noche quiero estar particularmente cercano a vosotros, a todos vosotros los que sufrís 

y a vosotros, las víctimas del terremoto,
y a vosotros, los que vivís atemorizados por las guerras y las violencias,
y a vosotros, los que os halláis privados de la alegría de esta Santa Misa a medianoche en la Navidad del Señor,
y a vosotros, los que estáis inmovilizados en el lecho del dolor,
y a vosotros, los que habéis caído en la desesperación, en la duda sobre el sentido de la vida y sobre el sentido de todo.

Cercano a todos vosotros.

A vosotros de modo especial está destinada esta alegría, que llena los corazones de los pastores de Belén, ella es sobre todo para vosotros. Porque es la alegría de los hombres de buena voluntad, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los que lloran, de los que sufren persecución por la justicia.

Que se cumplan en vosotros las palabras del Profeta: “Acreciste la alegría, aumentaste el gozo…” (Is 9, 2).

4. “Se gozan en tu presencia, como se gozan al segar”, palabras de Isaías.

Ciertamente: los hombres sencillos, que viven del trabajo de sus manos, no se presentan ante el recién nacido con las manos vacías. No se presentaron con los corazones vacíos. Llevan los dones.

Responden con dones al don.

Queridos hermanos y hermanas, los que estáis reunidos en la basílica de San Pedro y todos los que me escucháis en este momento y en cualquier punto del globo terrestre: ¡en esta noche toda la humanidad ha recibido el don más grande! ¡Esta noche cada uno de los hombres recibe el don más grande! Dios mismo se convierte en el don para el hombre. El hace de si mismo el “don” para la naturaleza humana. ¡Entra en la historia del hombre no sólo ya mediante la palabra que de El viene al hombre, sino mediante el Verbo que se ha hecho carne!

Os pregunto a todos: ¿tenéis conciencia de este don?

Estáis dispuestos a responder con el don al don? Tal como los pastores de Belén, que respondieron…

Y os deseo desde lo profundo de esta nueva noche de Belén 1980, que aceptéis el don de Dios, que se ha hecho hombre.

¡Os deseo que respondáis con el don al don!

Homilía (1981)

MISA DE NOCHEBUENA. Basílica Vaticana. Jueves 24 de diciembre de 1981

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado” (Is 9, 6).

1. Nace un Niño. Estamos reunidos en esta venerable basílica —así como muchos hermanos y hermanas nuestros en la fe se reúnen hoy, a medianoche, en todo el mundo— porque: nace un Niño.

Viene al mundo del seno de la Madre, al igual que tantos niños desde el comienzo y continuamente…

Nace…

Durante el censo ordenado en todo el Estado romano por César Augusto, cuando José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, debía dirigirse a Belén, pues pertenecía a la estirpe de David, y Belén era precisamente la ciudad de David.

Allí se cumplieron para María los días del parto.

Nace, por consiguiente, un Niño, el Hijo primogénito de María de Nazaret.

La Madre lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada.

Aunque único e irrepetible por su divinidad, así como por su virginal concepción y nacimiento, el Niño ha nacido como nacen los hijos de los pobres. Esto no lo había profetizado Isaías, aunque sí había anunciado este nacimiento en lo más profundo de la noche, al escribir:

“El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande; habitaban, tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is 9, 2).

2. Nosotros, los aquí reunidos, así como todos nuestros hermanos y hermanas del mundo entero, vamos al encuentro de esa Luz:

Se nos ha dado un hijo: Hijo de la Luz, Dios de Dios, Luz de Luz. Un hijo nos ha sido dado: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo…” (Jn 3, 16).

Este es el momento en el que se manifiesta al mundo el Don del Padre: un Hijo.

Desde la profundidad de esta noche de Adviento, que describe Isaías, El es el esperado desde hace tanto tiempo…

Y, a la vez, del todo inesperado ya que rodean su nacimiento la noche silenciosa con el vacío de la gruta —establo para el ganado, en las cercanías de Belén— y únicamente dos personas, María y José, en este vacío y en esta soledad.

Este vacío y esta soledad son penetrantes.

Pero son grandes por el nacimiento de Dios: un hijo nos ha sido dado.

En El hemos recibido todo. El Eterno Padre no nos podía dar más.

3. Escribe el Apóstol Pablo: “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tit 2, 11).

¿Qué es la gracia? Es precisamente el amor que dona.

En el vacío y en la soledad de esa noche de Belén, el amor “que dona” el Padre, viene al mundo en el Hijo, nacido de la Virgen: un Hijo se nos ha dado.

Ya desde el primer instante de su venida: “nos enseña —como escribe el Apóstol— a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa…” (Tit 2, 12-13).

Esto nos enseña el Niño que ha nacido, el Hijo que se nos ha dado.

Sin embargo, en este momento, ninguno parece escuchar su voz. Da la impresión que nadie siente su nacimiento. Nadie, excepto María y José.

¿Nadie? Y, con todo, hay ya algunos que han sido los primeros en conocerlo. Han sido los primeros en acoger la buena noticia. Y han venido los primeros.

Son los pastores. El Ángel les había dicho: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

Se encaminaron a la dirección indicada.

Son los primeros entre los habitantes de la tierra que se unieron “al ejército celestial”, proclamando la llegada del Hijo Eterno y el comienzo del reino de Dios en el corazón de los hombres.

4. ¿Qué poder se da sobre los hombros de este Niño que nace en la soledad y el vacío de la noche de Belén?

En efecto, dice el Profeta: “Lleva al hombro el principado” (Is 9, 6).

Y añade a continuación: “Para dilatar el principado con una paz sin límites… desde ahora y por siempre…” (Is 9, 6).

Nada parece confirmar esta soberanía y dominio en el vacío y soledad de la noche de Belén.

Antes bien, todo habla de pobreza, de “desheredación”….

La primera noche terrena del Hijo del Hombre contiene ya en sí como un lejano presagio de la última noche, cuando “se humilló haciéndose obediente hasta la muerte…” (Flp 2, 8).

Esta primera noche sin techo del Hijo que se nos ha dado, está libre de cualquier signo depoderío y fuerza humana.

Todo lo contrario…

5. Y, sin embargo, esta noche de Belén, que recordamos cada año con la mayor emoción posible, suscita esperanza y es portadora de alegría: una alegría que el mundo no puede dar a pesar de todos y sus bien conocidos medios de poderío y fuerza terrena.

De esta alegría está llena la liturgia de la Iglesia, que “canta al Señor un cántico nuevo” (Sal95 [96], 1), e invita “toda la tierra” a este canto.

“Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque” (Sal 95 [96], 11-12).

El reino de Dios sobre la tierra comienza en el transcurso de la noche de esta vigilia, no con los signos del poderío y la fuerza humana, sino con la alegría de las almas y los corazones, que llena a todos los que le han acogido.

Así, hace ocho siglos, esta misma alegría llenó el alma y el corazón de San Francisco, el Pobrecillo de Asís.

6. A todos vosotros, los que me escucháis aquí —en esta basílica— y en cualquier lugar de la tierra, os deseo de todo corazón la revelación de esta Gracia.

¡Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad! Así sea.

Homilía (1997)

MISA DE NOCHEBUENA. Basílica de San Pedro. Miércoles 24 de diciembre de 1997

  1. «Os anuncio una gran alegría (…): hoy os ha nacido (…) un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11).

¡Hoy! Este «hoy» que resuena en la liturgia no se refiere sólo al acontecimiento que tuvo lugar hace ya casi dos mil años y que cambió la historia del mundo. Tiene que ver también con esta Noche santa, en la que nos hemos congregado aquí, en la basílica de San Pedro, unidos espiritualmente a cuantos, en todos los rincones de la tierra, celebran la solemnidad de la Navidad. Incluso en los lugares más apartados de los cinco continentes resuenan, en esta noche, las palabras de los ángeles que escucharon los pastores de Belén: «Os anuncio una gran alegría (…): hoy os ha nacido (…) un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2, 10-11).

Jesús nació en un establo, como cuenta el evangelio de san Lucas, «porque no había sitio para ellos en la posada » (Lc 2, 7). María, su Madre, y José no encontraron alojamiento en ninguna casa de Belén. María depositó al Salvador del mundo en un pesebre, única cuna disponible para el Hijo de Dios hecho hombre. Esta es la realidad de la Navidad del Señor. La recordamos cada año: de ese modo la descubrimos de nuevo, la vivimos cada vez con el mismo asombro.

  1. ¡El nacimiento del Mesías! Es el acontecimiento central de la historia de la humanidad. Lo esperaba con oscuro presentimiento todo el género humano; lo esperaba con conciencia explícita el pueblo elegido.

Testigo privilegiado de esa espera, durante el tiempo litúrgico del Adviento y también en esta solemne vigilia, es el profeta Isaías, que, desde la lejanía de los siglos, fija la mirada inspirada en esta única, futura, noche de Belén. Él, que vivió muchos siglos antes, habla de este acontecimiento y de su misterio como si fuese testigo ocular: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»; «Puer natus est nobis, Filius datus est nobis» (Is 9, 5).

Este es el acontecimiento histórico cargado de misterio: nace un tierno niño, plenamente humano, pero que es al mismo tiempo el Hijo unigénito del Padre. Es el Hijo no creado, sino engendrado eternamente. Hijo de la misma naturaleza que el Padre, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero ». Es la Palabra, «por medio de la cual fueron creadas todas las cosas».

Proclamaremos estas verdades dentro de poco en el Credo y añadiremos: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Profesando con toda la Iglesia nuestra fe, también en esta noche reconoceremos la gracia sorprendente que nos concede la misericordia del Señor.

Israel, el pueblo de Dios de la antigua Alianza, fue elegido para traer al mundo, como «renuevo de la estirpe de David », al Mesías, al Salvador y Redentor de toda la humanidad. Junto con un miembro insigne de ese pueblo, el profeta Isaías, dirijámonos, pues, hacia Belén con la mirada de la espera mesiánica. A la luz divina podemos entrever cómo se está cumpliendo la antigua Alianza y cómo, con el nacimiento de Cristo, se revela una Alianza nueva y eterna.

  1. De esta Alianza nueva habla san Pablo en el pasaje de la carta a Tito que acabamos de escuchar: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11). Precisamente esta gracia permite a la humanidad vivir «aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo », que «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras» (Tt 2, 14).

A nosotros, queridísimos hermanos y hermanas, se dirige hoy este mensaje de gracia. Por tanto, escuchad. A todos los «que Dios ama», a los que acogen la invitación a orar y velar en esta santa Noche de Navidad, repito con alegría: Se ha manifestado el amor que Dios nos tiene. Su amor es gracia y fidelidad, misericordia y verdad. Es él quien, librándonos de las tinieblas del pecado y de la muerte, se ha convertido en firme e indestructible fundamento de la esperanza de cada ser humano.

El canto litúrgico lo repite con alegre insistencia: ¡Venid, adoremos! Venid de todas las partes del mundo a contemplar lo que ha sucedido en el portal de Belén. Nos ha nacido el Redentor y esto constituye hoy, para nosotros y para todos, un don de salvación.

  1. ¡Qué insondable es la profundidad del misterio de la Encarnación! Muy rica es, por ello, la liturgia de la Navidad del Señor: en las misas de medianoche, de la aurora y del día los diversos textos litúrgicos iluminan sucesivamente este gran acontecimiento que el Señor quiere dar a conocer a los que lo esperan y lo buscan (cf. Lc 2, 15).

En el misterio de la Navidad se manifiesta en plenitud la verdad de su designio de salvación sobre el hombre y sobre el mundo. No sólo el hombre es salvado, sino toda la creación, a la que se invita a cantar al Señor un cántico nuevo y a alegrarse con todas las naciones de la tierra (cf. Sal 96).

Precisamente este cántico de alabanza ha resonado con solemne grandeza sobre el pobre establo de Belén. Leemos en san Lucas que las milicias celestiales alababan a Dios diciendo: «Gloria Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14).

En Dios está la plenitud de la gloria. En esta noche la gloria de Dios se convierte en patrimonio de toda la creación y, de un modo particular, del hombre. Sí, el Hijo eterno, Aquel que es la eterna complacencia del Padre se ha hecho hombre, y su nacimiento terreno, en la noche de Belén, testimonia de una vez para siempre que en él cada hombre está comprendido en el misterio de la predilección divina, que es la fuente de la paz definitiva.

«Paz a los hombres que ama el Señor ». Sí, paz para toda la humanidad. Esta es mi felicitación navideña. Queridos hermanos y hermanas, durante esta noche y a lo largo de toda la octava de Navidad imploremos del Señor esta gracia tan necesaria. Pidamos para que toda la humanidad sepa reconocer en el Hijo de María, nacido en Belén, al Redentor del mundo, que trae como don el amor y la paz.

Amén.

Homilía (1998)

MISA DE MEDIANOCHE. (Navidad, 25 de diciembre de 1998)

1. “No temáis, pues os anuncio una gran alegría… os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,10-11).

En esta Noche Santa la liturgia nos invita a celebrar con alegría el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén. Como hemos escuchado en el Evangelio de Lucas, viene a la luz en una familia pobre de medios materiales, pero rica de alegría. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada (cf. Lc 2,7); es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna; llega al mundo en pleno abandono, ignorándolo todos y, al mismo tiempo, acogido y reconocido en primer lugar por los pastores, que reciben del ángel el anuncio de su nacimiento.

Este acontecimiento esconde un misterio. Lo revelan los coros de los mensajeros celestiales que cantan el nacimiento de Jesús y proclaman “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2,14). La alabanza a lo largo de los siglos se hace oración que sube del corazón de las multitudes, que en la Noche Santa siguen acogiendo al Hijo de Dios.

2. Mysterium: acontecimiento y misterio. Nace un hombre, que es el Hijo eterno del Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra: en este acontecimiento extraordinario se revela el misterio de Dios. En la Palabra que se hace hombre se manifiesta el prodigio de Dios encarnado. El misterio ilumina el acontecimiento del nacimiento: un niño es adorado por los pastores en la gruta de Belén. Es “el Salvador del mundo”, es “Cristo Señor” (cf. Lc 2,11). Sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, y en aquella “señal”, gracias a la luz interior de la fe, reconocen al Mesías anunciado por los Profetas.

3. Es el Emmanuel, «Dios-con-nosotros», que viene a llenar de gracia la tierra. Viene al mundo para transformar la creación. Se hace hombre entre los hombres, para que en Él y por medio de Él todo ser humano pueda renovarse profundamente. Con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad, concediendo a quien acoge su don con fe la posibilidad de participar de su misma vida divina.

Éste es el significado de la salvación de la que oyen hablar los pastores en la noche de Belén: “Os ha nacido un Salvador” (Lc 2,11). La venida de Cristo entre nosotros es el centro de la historia, que desde entonces adquiere una nueva dimensión. En cierto modo, es Dios mismo que escribe la historia entrando en ella. El acontecimiento de la Encarnación se abre así para abrazar totalmente la historia humana, desde la creación a la parusía. Por esto en la liturgia canta toda la creación expresando su propia alegría: aplauden los ríos; vitorean los campos; se alegran las numerosas islas (cf. Sal 98,8; 96,12; 97,1).

Todo ser creado sobre la faz de la tierra acoge este anuncio. En el silencio atónito del universo, resuena con eco cósmico lo que la liturgia pone en boca de la Iglesia: Christus natus est nobis. Venite adoremus!

4. Cristo ha nacido para nosotros, ¡venid a adorarlo! Pienso ya en la Navidad del próximo año cuando, si Dios quiere, daré inicio al Gran Jubileo con la apertura de la Puerta Santa. Será un Año Santo verdaderamente grande, porque de manera muy singular se celebrará el bimilenario del acontecimiento-misterio de la Encarnación, con la cual la humanidad alcanzó el culmen de su vocación. Dios se hizo Hombre para hacer al ser humano partícipe de su propia divinidad.

¡Éste es el anuncio de la salvación; éste es el mensaje de la Navidad! La Iglesia lo proclama también, en esta noche, mediante mis palabras, para que lo oigan los pueblos y las naciones de toda la tierra: Christus natus est nobis – Cristo ha nacido para nosotros. Venite, adoremus! – ¡Venid a adorarlo!

Homilía (1999)

MISA DE MEDIANOCHE. Apertura del Gran Jubileo del Año 2000. Viernes, 24 de diciembre de 1999

1. “Hodie natus est nobis Salvator mundi” (Salmo resp.)

Desde hace veinte siglos brota del corazón de la Iglesia este anuncio alegre. En esta Noche Santa el ángel lo repite a nosotros, hombres y mujeres del final de milenio: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría… Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador” (Lc2,10-11). Nos hemos preparado a acoger estas consoladoras palabras durante el tiempo de Adviento: en ellas se actualiza el “hoy” de nuestra redención.

En esta hora, el “hoy” resuena con un tono singular: no es sólo el recuerdo del nacimiento del Redentor, es el comienzo del Gran Jubileo. Nos unimos, pues, espiritualmente a aquel momento singular de la historia en el cual Dios se hizo hombre, revistiéndose de nuestra carne.

Sí, el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, engendrado eternamente por el Padre, tomó cuerpo de la Virgen y asumió nuestra naturaleza humana. Nació en el tiempo. Dios entró en la historia humana. El incomparable “hoy” eterno de Dios se ha hecho presencia en las vicisitudes cotidianas del hombre.

2. “Hodie natus est nobis Salvator mundi” (cf. Lc 2,10-11).

Nos postramos ante el Hijo de Dios. Nos unimos espiritualmente a la admiración de María y de José. Adorando a Cristo, nacido en una gruta, asumimos la fe llena de sorpresa de aquellos pastores; experimentemos su misma admiración y su misma alegría.

Es difícil no dejarse convencer por la elocuencia de este acontecimiento: nos quedamos embelesados. Somos testigos de aquel instante del amor que une lo eterno a la historia: el “hoy” que abre el tiempo del júbilo y de la esperanza, porque “un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros la señal del principado” (Is 9,5), como leemos en el texto de Isaías.

Ante el Verbo encarnado ponemos las alegrías y temores, las lágrimas y esperanzas. Sólo en Cristo, el hombre nuevo, encuentra su verdadera luz el misterio del ser humano.

Con el apóstol Pablo, meditamos que en Belén “ha aparecido la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres” (Tt 2,11). Por esta razón, en la noche de Navidad resuenan cantos de alegría en todos los rincones de la tierra y en todas las lenguas.

3. Esta noche, ante nuestros ojos se realiza lo que el Evangelio proclama: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él…tenga vida” (Jn 3,16).

¡Su Hijo unigénito!

¡Tú, Cristo, eres el Hijo unigénito del Dios vivo, venido en la gruta de Belén! Después de dos mil años vivimos de nuevo este misterio como un acontecimiento único e irrepetible. Entre tantos hijos de hombres, entre tantos niños venidos al mundo durante estos siglos, sólo Tú eres el Hijo de Dios: tu nacimiento ha cambiado, de modo inefable, el curso de los acontecimiento humanos.

Ésta es la verdad que en esta noche la Iglesia quiere transmitir al tercer milenio. Y todos vosotros, que vendréis después de nosotros, procurad acoger esta verdad, que ha cambiado totalmente la historia. Desde la noche de Belén, la humanidad es consciente de que Dios se hizo Hombre: se hizo Hombre para hacer al hombre partícipe de la naturaleza divina.

4. ¡Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo! En el umbral del tercer milenio, la Iglesia te saluda, Hijo de Dios, que viniste al mundo para vencer a la muerte. Viniste para iluminar la vida humana mediante el Evangelio. La Iglesia te saluda y junto contigo quiere entrar en el tercer milenio. Tú eres nuestra esperanza. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna.

Tú, que viniste al mundo en la noche de Belén, ¡quédate con nosotros!

Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida, ¡guíanos!

Tú, que viniste del Padre, llévanos hacia Él en el Espíritu Santo, por el camino que sólo Tú conoces y que nos revelaste para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia.

Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, ¡sé para nosotros la Puerta!

¡Sé para nosotros la verdadera Puerta, simbolizada por aquélla que en esta Noche hemos abierto solemnemente!

Sé para nosotros la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. ¡Haz que nadie quede excluido de su abrazo de misericordia y de paz!

Hodie natus est nobis Salvator mundi“: ¡Cristo es nuestro único Salvador! Éste es el mensaje de Navidad de 1999: el “hoy” de esta Noche Santa da inicio al Gran Jubileo.

María, aurora de los nuevos tiempos, quédate junto a nosotros, mientras con confianza recorremos los primeros pasos del Año Jubilar.

Amén.

Homilía (2001)

MISA DE MEDIANOCHE. Navidad, 24 diciembre de 2001

1. “Populus, quí ambulabat in tenebris, vidit lucem magnam – El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1).

Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías, en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se le apareció “una gran luz”. Sí, una luz verdaderamente “grande”, porque la que irradia de la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y “grande” es la luz que da comienzo a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!

La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz: en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza.

2. “Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló” (Is 9, 1).

El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para escucharlo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche Santa para todos.

Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del nuevo Día.¡El Mesías ha nacido, el Enmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido Aquel que fue preanunciado por los profetas e invocado constantemente por cuantos “habitaban en tierras de sombras”. En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos rodeados por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a Dios y a los hermanos.

3. “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tt 2, 11).

En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e inquietos por la persistencia en muchas regiones del mundo de la guerra, de tensiones sociales y de la penuria en que se encuentran muchos seres humanos. Todo buscamos una respuesta que nos tranquilice.

El texto de la Carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda cómo el nacimiento del Hijo unigénito del Padre “trae la salvación” a todos los rincones del planeta y a cada momento de la historia. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” (Is 9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas.

Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder redentor de la Palabra hecha carne. Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡no temáis! Con su venida al mundo, Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida.

Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer con Él “el misterio de la iniquidad”, haciéndose testigo de la solidaridad y constructor de la paz. Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para encontrar, en Él, a todos los niños del mundo, a todo hermano lacerado en el cuerpo u oprimido en el espíritu.

4. Los pastores “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho” (Lc 2, 17).

Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este “Niño envuelto en pañales”, en el cual se revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos.

Hemos de volver de prisa a nuestro camino. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el amor.

5. “Un Niño nos ha nacido…”

Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño “en Judea, en la ciudad de David, que se llama Belén” (cf. Lc 2, 4).

Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del mundo.

Te acogemos como a nuestro hermano, “Príncipe de la paz“, que has hecho “de los dos pueblos una sola cosa” (Ef 2, 14).

Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cf. S. Agustín, Sermón 184).

Tú, “Maravilla de Consejero”, promesa segura de paz; Tú, presencia eficaz del “Dios poderoso”; Tú, nuestro único Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de tu cuna.

¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre nosotros en esta noche preparada por siglos.

Noche de alegría y de luz.

¡Venite, adoremus!

Homilía (2002)

MISA DE MEDIANOCHE. Martes 24 de diciembre de 2002

  1. “Dum medium silentium tenerent omnia…“. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos” (Antífona del Magníficat, 26 de diciembre).En esta Noche santa se cumple la antigua promesa:  el tiempo de la espera ha terminado, y la Virgen da a luz al Mesías.Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre  oprimido  por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza.

    Dios responde en esta noche al clamor incesante de los pueblos:  ¡Ven, Señor, a salvarnos!:  su eterna Palabra de amor ha asumido nuestra carne mortal. “Sermo tuus, Domine, a regalibus sedibus venit“. El Verbo ha entrado en el tiempo:  ha nacido el Emmanuel, el Dios con nosotros.
    En las catedrales y en las basílicas, así como en las iglesias más pequeñas y diseminadas por todos los lugares de la tierra, se eleva con emoción el canto de los cristianos:  “Hoy nos ha nacido el Salvador”(Salmo responsorial).

    2. María “dio a la luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” (Lc 2, 7).

    He aquí el icono de la Navidad:  un recién nacido frágil, que las manos de una mujer envuelven con ropas pobres y acuestan en el pesebre.

    ¿Quién puede pensar que ese pequeño ser humano es el “Hijo del Altísimo”? (Lc 1, 32). Sólo ella, su Madre, conoce la verdad y guarda su misterio.

    En esta noche también nosotros podemos “pasar” a través de su mirada, para reconocer en este Niño el rostro humano de Dios. También para nosotros, hombres del tercer milenio, es posible encontrar a Cristo y contemplarlo con los ojos de María.

    La noche de Navidad se convierte así en escuela de fe y vida.

    3. En la segunda lectura, que se acaba de proclamar, el apóstol san Pablo nos ayuda a comprender el acontecimiento-Cristo, que celebramos en esta noche de luz. Escribe:  “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tt 2, 11).

    La “gracia de Dios aparecida” en Jesús es su amor misericordioso, que dirige toda la historia de la salvación y la lleva a su cumplimiento definitivo. La revelación de Dios “en la humildad de nuestra carne” (Prefacio de Adviento I) anticipa  en  la  tierra  su “manifestación” gloriosa  al final  de los tiempos (cf. Tt 2, 13).

    No sólo eso. El acontecimiento histórico que estamos viviendo en el misterio es el “camino” que se nos ofrece para llegar al encuentro con Cristo glorioso. En efecto, con su Encarnación, Jesús, -como dice el Apóstol- nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos” (Tt 2, 12-13).

    ¡Oh Navidad del Señor, que has inspirado a santos de todos los tiempos! Pienso, entre otros, en san Bernardo y en sus elevaciones espirituales ante la conmovedora escena del belén; pienso en san Francisco de Asís, inventor inspirado de la primera animación “en vivo” del misterio de la Noche santa; pienso en santa Teresa del Niño Jesús, que con su “caminito” propuso nuevamente el auténtico espíritu de la Navidad a la orgullosa conciencia moderna.

    4. “Encontraréis  un  niño  envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

    El Niño acostado en la pobreza de un pesebre:  esta es la señal de Dios. Pasan los siglos y los milenios, pero queda la señal, y vale también para nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio. Es señal de esperanza para toda la familia humana:  señal de paz para cuantos sufren a causa de todo tipo de conflictos; señal de liberación para los pobres y los oprimidos; señal de misericordia para quien se encuentra encerrado en el círculo vicioso del pecado; señal de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado.

    Señal pequeña y frágil, humilde y silenciosa, pero llena de la fuerza de Dios, que por amor se hizo hombre.

    5. Señor Jesús,
    junto con los pastores,
    nos acercamos al Portal
    para contemplarte
    envuelto en pañales
    y acostado en el pesebre.

    ¡Oh Niño de Belén,
    te adoramos en silencio con María,
    tu Madre siempre virgen.
    A ti la gloria y la alabanza
    por los siglos,
    divino Salvador del mundo! Amén.

Homilía (2003)

MISA DE MEDIANOCHE. Martes 24 de diciembre de 2003

  1. Puer natus est nobis, filius datus est nobis” (Is9,5).

En las palabras del profeta Isaías, proclamadas en la primera Lectura, se encierra la verdad sobre la Navidad, que esta noche revivimos juntos.

Nace un Niño. Aparentemente, uno de tantos niños del mundo. Nace un Niño en un establo de Belén. Nace, pues, en una condición de gran penuria: pobre entre los pobres.

Pero Aquél que nace es “el Hijo” por excelenciaFilius datus est nobis. Este Niño es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre. Anunciado por los profetas, se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de una Virgen, María.

Cuando, dentro de poco cantemos en el Credo “… et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et homo factus est“, todos nos arrodillaremos. Meditaremos en silencio el misterio que se realiza: “Et homo factus est“! Viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas.

  1. “Y la Palabra se hizo carne” (Jn1,14). En esta noche extraordinaria la Palabra eterna, el “Príncipe de la paz” (Is9,5), nace en la mísera y fría gruta de Belén.

“No temáis, dice el ángel a los pastores, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). También nosotros, como los pastores desconocidos pero afortunados, corramos para encontrar al que cambió el curso de la historia.

En la extrema pobreza de la gruta contemplamos a “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). En el recién nacido inerme y frágil, que da vagidos en los brazos de María, “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” (Tt2,11).
Permanezcamos en silencio y adorémosle!

  1. ¡Oh Niño, que has querido tener como cuna un pesebre; oh Creador del universo, que te has despojado de la gloria divina; oh Redentor nuestro, que has ofrecido tu cuerpo inerme como sacrificio para la salvación de la humanidad!

Que el fulgor de tu nacimiento ilumine la noche del mundo. Que la fuerza de tu mensaje de amor destruya las asechanzas arrogantes del maligno. Que el don de tu vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano.

Demasiada sangre corre todavía sobre la tierra. Demasiada violencia y demasiados conflictos turban la serena convivencia de las naciones!

Tú vienes a traernos la paz. Tú eres nuestra paz. Sólo tú puedes hacer de nosotros “un pueblo purificado” que te pertenezca para siempre, un pueblo “dedicado a las buenas obras” (Tt2,14).

  1. Puer natus est nobis, filius datus est nobis!¡Qué misterio inescrutable esconde la humildad de este Niño! Quisiéramos como tocarlo; quisiéramos abrazarlo.

Tú, María, que velas sobre tu Hijo omnipotente, danos tus ojos para contemplarlo con fe: danos tu corazón para adorarlo con amor.

En su sencillez, el Niño de Belén nos enseña a descubrir el sentido auténtico de nuestra existencia; nos enseña a “llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa” (Tt2,12).

  1. ¡Oh Noche Santa y tan esperada, que has unido a Dios y al hombre para siempre! Tú enciendes de nuevo la esperanza en nosotros. Tú nos llenas de extasiado asombro. Tú nos aseguras el triunfo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Por eso permanecemos absortos y rezamos.

En el silencio esplendoroso de tu Navidad, tú, Emmanuel, sigues hablándonos. Y nosotros estamos dispuestos a escucharte. Amén.

Homilía (2004)

MISA DE NOCHEBUENA. Viernes 24 de diciembre de 2004

1. “Adoro Te devote, latens Deitas”.

En esta Noche resuenan en mi corazón las primeras palabras del célebre himno eucarístico, que me acompaña día a día en este año dedicado particularmente a la Eucaristía.

En el Hijo de la Virgen, “envuelto en pañales” y “acostado en un pesebre” (cf. Lc 2,12), reconocemos y adoramos “el pan bajado del cielo” (Jn 6,41.51), el Redentor venido a la tierra para dar la vida al mundo.

2. ¡Belén! La ciudad donde según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa “casa del pan”. Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más tarde diría de sí mismo: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,35.48).

En Belén nació Aquél que, bajo el signo del pan partido, dejaría el memorial de la Pascua. Por esto, la adoración del Niño Jesús, en esta Noche Santa, se convierte en adoración eucarística.

3. Te adoramos, Señor, presente realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás indefenso en el pesebre. “En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).

Naciste en esta Noche, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.

¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas pruebas y dificultades.

¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.

Benedicto XVI, papa

Homilía (2005)

MISA DE MEDIANOCHE. SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. Basílica Vaticana. Sábado 24 de diciembre de 2005

«El Señor me ha dicho: “Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”». Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía al ritual de la coronación del rey de Judá. El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. Como el rey era la personificación de aquel pueblo, su entronización se vivía como un acto solemne de adopción por parte de Dios, en el cual el rey estaba en cierto modo implicado en el misterio mismo de Dios. En la noche de Belén, estas palabras que de hecho eran más la expresión de una esperanza que de una realidad presente, adquirieron un significado nuevo e inesperado. El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios. Dios no es soledad eterna, sino un círculo de amor en el recíproco entregarse y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Más aún, en Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, se hizo hombre. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con él, para que podamos llegar a ser semejantes a él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y en todo niño resplandece algún destello de aquel “hoy”, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; en todo niño, también en el que aún no ha nacido.

Escuchemos una segunda palabra de la liturgia de esta Noche santa, tomada en este caso del libro del profeta Isaías: “Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos” (Is 9,1). La palabra “luz” impregna toda la liturgia de esta santa misa. Se alude a ella nuevamente en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito: “Se ha manifestado la gracia” (Tt 2,11). La expresión “se ha manifestado” proviene del griego y, en este contexto, significa lo mismo que el hebreo expresa con las palabras “una luz brilló”; la “manifestación” –la “epifanía”– es la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver. Por último, el evangelio relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y “los envolvió en su luz” (Lc 2, 9). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. “Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna”, nos dice san Juan (1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida.

Pero luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón. Desde de Belén una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos. Si nos fijamos en los santos –desde san Pablo y san Agustín a san Francisco y santo Domingo, desde san Francisco Javier a santa Teresa de Ávila y a la madre Teresa de Calcuta–, vemos esta corriente de bondad, este camino de luz que se inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en el Dios que se ha hecho Niño. Contra la violencia de este mundo Dios opone, en ese Niño, su bondad y nos llama a seguir al Niño.

Junto con el árbol de Navidad, nuestros amigos austriacos nos han traído también una pequeña llama que encendieron en Belén, para decirnos así que el verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que se encienda en nuestro corazón la llamita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo. No permitamos que esta llama luminosa, encendida en la fe, se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Custodiémosla fielmente y ofrezcámosla a los demás. En esta noche, en que miramos hacia Belén, queremos rezar de modo especial también por el lugar del nacimiento de nuestro Redentor y por los hombres que allí viven y sufren. Queremos rezar por la paz en Tierra Santa: Mira, Señor, a este rincón de la tierra, al que tanto amas por ser tu patria. Haz que en ella resplandezca la luz. Haz que llegue la paz a ella.

Con el término “paz” hemos llegado a la tercera palabra clave de la liturgia de esta Noche santa. Al Niño que anuncia, Isaías mismo lo llama “Príncipe de la paz”. De su reino se dice: “La paz no tendrá fin”. En el evangelio se anuncia a los pastores la “gloria de Dios en lo alto del cielo” y la “paz en la tierra”. Antes se decía: “a los hombres de buena voluntad”; en las nuevas traducciones se dice: “a los hombres que él ama”. ¿Por qué este cambio? ¿Ya no cuenta la buena voluntad? Formulemos mejor la pregunta: ¿Quiénes son los hombres a los que Dios ama y por qué los ama? ¿Acaso Dios es parcial? ¿Es que ama sólo a determinadas personas y abandona a las demás a su suerte? El evangelio responde a estas preguntas presentando algunas personas concretas amadas por Dios. Algunas lo son individualmente: María, José, Isabel, Zacarías, Simeón, Ana, etc. Pero también hay dos grupos de personas: los pastores y los sabios del Oriente, llamados reyes magos. Reflexionemos esta noche en los pastores. ¿Qué tipo de hombres son? En su ambiente, los pastores eran despreciados; se les consideraba poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad? Ciertamente no eran grandes santos, si con este término se alude a personas de virtudes heroicas. Eran almas sencillas. El evangelio destaca una característica que luego, en las palabras de Jesús, tendrá un papel importante: eran personas vigilantes. Esto vale ante todo en su sentido exterior: por la noche velaban cercanos a sus ovejas. Pero también tiene un sentido más profundo: estaban dispuestos a oír la palabra de Dios, el anuncio del ángel. Su vida no estaba cerrada en sí misma; tenían un corazón abierto. De algún modo, en lo más íntimo de su ser, estaban esperando algo. Su vigilancia era disponibilidad; disponibilidad para escuchar, disponibilidad para ponerse en camino; era espera de la luz que les indicara el camino.

Esto es lo que a Dios le interesa. Él ama a todos porque todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Otros, que quizás moralmente son igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz. Dios busca a personas que sean portadoras de su paz y la comuniquen. Pidámosle que no encuentre cerrado nuestro corazón. Esforcémonos por ser capaces de ser portadores activos de su paz, concretamente en nuestro tiempo.

Además, la palabra paz ha adquirido un significado muy especial para los cristianos: se ha convertido en una palabra para designar la comunión en la Eucaristía. En ella está presente la paz de Cristo. A través de todos los lugares donde se celebra la Eucaristía se extiende en el mundo entero una red de paz. Las comunidades reunidas en torno a la Eucaristía forman un reino de paz vasto como el mundo. Cuando celebramos la Eucaristía nos encontramos en Belén, en la “casa del pan”. Cristo se nos da, y así nos da su paz. Nos la da para que llevemos la luz de la paz en lo más hondo de nuestro ser y la comuniquemos a los demás; para que seamos artífices de paz y contribuyamos así a la paz en el mundo. Por eso pidamos: Realiza tu promesa, Señor. Haz que donde hay discordia nazca la paz; que surja el amor donde reina el odio; que surja la luz donde dominan las tinieblas. Haz que seamos portadores de tu paz. Amén.

Homilía (2009)

MISA DE MEDIANOCHE. SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. Basílica Vaticana. 24 de diciembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas

«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). Lo que, mirando desde lejos hacia el futuro, dice Isaías a Israel como consuelo en su angustia y oscuridad, el Ángel, del que emana una nube de luz, lo anuncia a los pastores como ya presente: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). El Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un «Dios con nosotros». Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado. Cristo resucitado lo dijo a los suyos, nos lo dice a nosotros: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí. Y, entonces, también yo debo decir como los pastores: Vayamos, quiero ir derecho a Belén y ver la Palabra que ha sucedido allí. El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos enseñan cómo responder de manera justa al mensaje que se dirige también a nosotros. ¿Qué nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnación de Dios?

Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos. El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intere­ses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia. Hay quien dice «no tener religiosamente oído para la música». La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos «sin oído musical» para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen «no tener este oído musical» y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste. El gran teólogo Orígenes dijo: si yo tuviera la gracia de ver como vio Pablo, podría ahora (durante la Liturgia) contemplar un gran ejército de Ángeles (cf. In Lc 23,9). En efecto, en la sagrada Liturgia, los Ángeles de Dios y los Santos nos rodean. El Señor mismo está presente entre nosotros. Señor, abre los ojos de nuestro corazón, para que estemos vigilantes y con ojo avizor, y podamos llevar así tu cercanía a los demás.

Volvamos al Evangelio de Navidad. Nos dice que los pastores, después de haber escuchado el mensaje del Ángel, se dijeron uno a otro: «Vamos derechos a Belén… Fueron corriendo» (Lc 2,15s.). Se apresuraron, dice literalmente el texto griego. Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad. ¿Qué podía haber de mayor importancia? Ciertamente, les impulsaba también la curiosidad, pero sobre todo la conmoción por la grandeza de lo que se les había comunicado, precisamente a ellos, los sencillos y personas aparentemente irrelevantes. Se apresuraron, sin demora alguna. En nuestra vida ordinaria las cosas no son así. La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto – se piensa – siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una máxima de la Regla de San Benito, reza: «No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)». Para los monjes, la liturgia es lo primero. Todo lo demás va después. Y en lo fundamental, esta frase es válida para cada persona. Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida. Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones – por más importantes que sean – para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas.

Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jesús en el pesebre y han podido encontrar al Redentor del mundo. Los sabios de Oriente, los representantes de quienes tienen renombre y alcurnia, llegaron mucho más tarde. Y los comentaristas añaden que esto es del todo obvio. En efecto, los pastores estaban allí al lado. No tenían más que «atravesar» (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones. Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él. Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí. Transeamus usque Bethleem, dice la Biblia latina. Vayamos allá. Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él. Pero también a través de senderos muy concretos, en la Liturgia de la Iglesia, en el servicio al prójimo, en el que Cristo me espera.

Escuchemos directamente el Evangelio una vez más. Los pastores se dicen uno a otro el motivo por el que se ponen en camino: «Veamos qué ha pasado». El texto griego dice literalmente: «Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí». Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así. El Ángel había dicho a los pastores: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor.

Cuánto desearíamos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su señal nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es así. Él tiene el poder y es la Bondad. Nos invita a ser semejantes a Él. Sí, nos hacemos semejantes a Dios si nos dejamos marcar con esta señal; si aprendemos nosotros mismos la humildad y, de este modo, la verdadera grandeza; si renunciamos a la violencia y usamos sólo las armas de la verdad y del amor. Orígenes, siguiendo una expresión de Juan el Bautista, ha visto expresada en el símbolo de las piedras la esencia del paganismo: paganismo es falta de sensibilidad, significa un corazón de piedra, incapaz de amar y percibir el amor de Dios. Orígenes dice que los paganos, «faltos de sentimiento y de razón, se transforman en piedras y madera» (in Lc 22,9). Cristo, en cambio, quiere darnos un corazón de carne. Cuando le vemos a Él, al Dios que se ha hecho niño, se abre el corazón. En la Liturgia de la Noche Santa, Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos. Escuchemos de nuevo a Orígenes: «En efecto, ¿para qué te serviría que Cristo haya venido hecho carne una vez, si Él no llega hasta tu alma? Oremos para venga a nosotros cotidianamente y podamos decir: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20)» (in Lc 22,3).

Sí, por esto queremos pedir en esta Noche Santa. Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en mí, en mi alma. Transfórmame. Renuévame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra,  nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado.

Homilía (2010)

MISA DE MEDIANOCHE. SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR. Basílica Vaticana. 24 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas 

«Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en «hijo de Dios» mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isaías, que acabamos de escuchar, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: «Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado» (9,5). La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz. En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (9,5). Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

A decir verdad, las palabras del rito de coronación en Israel eran siempre sólo ritos de esperanza, que preveían a lo lejos un futuro que sería otorgado por Dios. Ninguno de los reyes saludados de este modo se correspondía con lo sublime de dichas palabras. En ellos, todas las palabras sobre la filiación de Dios, sobre su designación como heredero de las naciones, sobre el dominio de las tierras lejanas (Sal 2,8), quedaron sólo como referencia a un futuro; casi como carteles que señalan la esperanza, indicaciones que guían hacia un futuro, que en aquel entonces era todavía inconcebible. Por eso, el cumplimiento de la palabra que da comienzo en la noche de Belén es a la vez inmensamente más grande y —desde el punto de vista del mundo— más humilde que lo que la palabra profética permitía intuir. Es más grande, porque este niño es realmente Hijo de Dios, verdaderamente «Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre». Ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos; Él ha «descendido» realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí. Este niño es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra. En la magnitud universal de la santa Eucaristía, Él ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios. Este niño ha encendido en los hombres la luz de la bondad y les ha dado la fuerza de resistir a la tiranía del poder. Él construye su reino desde dentro, partiendo del corazón, en cada generación. Pero también es cierto que no se ha roto la «vara del opresor». También hoy siguen marchando con estruendo las botas de los soldados y todavía hoy, una y otra vez, queda la «túnica empapada de sangre» (Is 9,3s). Así, forma parte de esta noche la alegría por la cercanía de Dios. Damos gracias porque el Dios niño se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo así, nuestro amor, infunde su paz en nuestro corazón. Esta alegría, sin embargo, es también una oración: Señor, cumple por entero tu promesa. Quiebra las varas de los opresores. Quema las botas resonantes. Haz que termine el tiempo de las túnicas ensangrentadas. Cumple la promesa: «La paz no tendrá fin» (Is 9,6). Te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el «reino de justicia, de amor y de paz».

«María dio a la luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7). San Lucas describe con esta frase, sin énfasis alguno, el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel. Designa al niño como «primogénito». En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, «primogénito» no significa el primero de otros hijos. «Primogénito» es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas. Así, en el Libro del Éxodo (Ex 4,22), Dios llama a Israel «mi hijo primogénito», expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sabía que esta palabra había recibido una nueva profundidad en Jesús; que en Él se resumen las promesas hechas a Israel. Así, la Carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente «el primogénito», para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. Hb 1,5-7). El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso —como en muchas religiones— debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentación de Jesús en templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; está destinado al sacrificio, por decirlo así. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz. Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos. San Pablo ha ampliado y profundizado la idea de Jesús como primogénito en las Cartas a los Colosenses y a los Efesios: Jesús, nos dicen estas Cartas, es el Primogénito de la creación: el verdadero arquetipo del hombre, según el cual Dios ha formado la criatura hombre. El hombre puede ser imagen de Dios, porque Jesús es Dios y Hombre, la verdadera imagen de Dios y el Hombre. Él es el primogénito de los muertos, nos dicen además estas Cartas. En la Resurrección, Él ha desfondado el muro de la muerte para todos nosotros. Ha abierto al hombre la dimensión de la vida eterna en la comunión con Dios. Finalmente, se nos dice: Él es el primogénito de muchos hermanos. Sí, con todo, Él es ahora el primero de más hermanos, es decir, el primero que inaugura para nosotros el estar en comunión con Dios. Crea la verdadera hermandad: no la hermandad deteriorada por el pecado, la de Caín y Abel, de Rómulo y Remo, sino la hermandad nueva en la que somos de la misma familia de Dios. Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al «primogénito» y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera hermandad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia.

El Evangelio de Navidad nos relata al final que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14). La Iglesia ha amplificado en el Gloria esta alabanza, que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, haciéndola un himno de alegría sobre la gloria de Dios. «Por tu gloria inmensa, te damos gracias». Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz. Pero el mensaje de los ángeles en la Noche Santa habla también de los hombres: «Paz a los hombres que Dios ama». La traducción latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a Jerónimo, suena de otra manera: «Paz a los hombres de buena voluntad». La expresión «hombres de buena voluntad» ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los últimos decenios. Pero, ¿cuál es la traducción correcta? Debemos leer ambos textos juntos; sólo así entenderemos la palabra de los ángeles del modo justo. Sería equivocada una interpretación que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor. Pero sería también errónea una interpretación moralizadora, según la cual, por decirlo así, el hombre podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. Así, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra.

Lucas no dice que los ángeles cantaran. Él escribe muy sobriamente: el ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo… » (Lc 2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo de los siglos, el canto de los ángeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegría, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Sí, te damos gracias por tu gloria inmensa. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez más personas que aman contigo y, por tanto, personas de paz. Amén.

Francisco, papa

Homilía (2013)

SANTA MISA DE MEDIANOCHE. SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DEL SEÑOR. Basílica Vaticana. Martes 24 de diciembre de 2013

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).

Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”.  Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.

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