Santos Inocentes mártires, fiesta (28 de Diciembre) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Jn 1, 5—2, 2:
- Salmo: Sal 123, 2-5. 7-8:
+ Evangelio: Mt 2, 13-18:


San Quodvultdeus, obispo

Sermón: Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo.

Sermón 2 sobre el Símbolo: PL 40, 655 (Liturgia de las Horas).

«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven» (Mt 2,18).

Nace un niño pequeño, un gran Rey. Los magos son atraídos desde lejos; vienen para adorar al que todavía yace en el pesebre, pero que reina al mismo tiempo en el cielo y en la tierra. Cuando los magos le anuncian que ha nacido un Rey, Herodes se turba, y, para no perder su reino, lo quiere matar; si hubiera creído en él, estaría seguro aquí en la tierra y reinaría sin fin en la otra vida.

¿Qué temes, Herodes, al oír que ha nacido un Rey? Él no ha venido para expulsarte a ti, sino para vencer al Maligno. Pero tú no entiendes estas cosas, y por ello te turbas y te ensañas, y, para que no escape el que buscas, te muestras cruel, dando muerte a tantos niños.

Ni el dolor de las madres que gimen, ni el lamento de los padres por la muerte de sus hijos, ni los quejidos y los gemidos de los niños te hacen desistir de tu propósito. Matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón. Crees que, si consigues tu propósito, podrás vivir mucho tiempo, cuando precisamente quieres matar a la misma Vida.

Pero aquél, fuente de la gracia, pequeño y grande, que yace en el pesebre, aterroriza tu trono; actúa por medio de ti, que ignoras sus designios, y libera las almas de la cautividad del demonio. Ha contado a los hijos de los enemigos en el número de los adoptivos.

Los niños, sin saberlo, mueren por Cristo; los padres hacen duelo por los mártires que mueren. Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar. He aquí de qué manera reina el que ha venido para reinar. He aquí que el liberador concede la libertad, y el salvador la salvación.

Pero tú, Herodes, ignorándolo, te turbas y te ensañas y, mientras te encarnizas con un niño, lo estás enalteciendo y lo ignoras.

¡Oh gran don de la gracia! ¿De quién son los merecimientos para que así triunfen los niños? Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la victoria.

San Beda el Venerable, presbítero

Homilía: Están de pie delante del Cordero contemplando su gloria.

Homilía 1, 10: CCL 122, 68.71-72 (Liturgia de las Horas).

«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2,13).

Se nos ha leído, carísimos hermanos, la página del santo evangelio que nos habla de la preciosa muerte de los Inocentes mártires de Cristo. El que fueran degollados siendo niños significa que a la gloria del martirio hay que acceder por el camino de la humildad y que si uno no se convierte y vuelve a ser como niño no puede dar su vida por Cristo.

Por lo cual, hermanos carísimos, es necesario que, al venerar en este día de fiesta, las primicias de los mártires, reflexionemos atentamente sobre la fiesta eterna que a todos los mártires se hace en el cielo y, siguiendo en la medida de lo posible sus huellas, procuremos ser también nosotros partícipes de esta festividad celestial. El Apóstol nos asegura que si somos compañeros en el sufrir, también lo seremos en el gozar del consuelo.

Y no nos limitemos a deplorar su muerte: alegrémonos más bien en la percepción de las palmas merecidas. Pues cuando uno de ellos moría en medio de los tormentos, en luto y lágrimas era acompañado por la inconsolable Raquel, es decir, por la Iglesia que los engendró; pero a los ya expulsados de esta vida los recibe inmediatamente en la otra la Jerusalén celestial que es la madre de todos, saliendo a su encuentro acompañada de los ministros de la alegría y los introduce en el gozo de su Señor para ser coronados eternamente. Por eso dice Juan que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Están ahora de pie delante del trono de Dios coronados los que anteriormente yacían, abrumados de penas, delante de los estrados de los jueces. Están de pie en presencia del Cordero y nada será capaz de privarles allí de la contemplación de la gloria de aquel de cuyo amor aquí ni los suplicios pudieron separarlos. Lucen vestiduras blancas y tienen palmas en sus manos los que han recibido el premio por sus obras, mientras reciben sus cuerpos glorificados por la resurrección, aquellos cuerpos que por amor al Señor consintieron ser abrasados por el fuego, triturados por las bestias, lacerados por los azotes, arrojados por los precipicios, destrozados por garfios de hierro, matados con toda clase de suplicios.

Y gritaban –dice– con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!». Ensalzan con voz potente la victoria de Dios, quienes recuerdan con vivo sentimiento de acción de gracias, que si superaron las vejaciones de sus enemigos no fue por el propio esfuerzo, sino por la ayuda de Dios.

Dice nuevamente describiendo los superados combates y las coronas perpetuas: Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Los mártires lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero cuando sus miembros que a los ojos de los insensatos parecían afeados por la sangre de sus heridas, fueron precisamente purificados de toda mancha con la sangre derramada por Cristo. Más aún, se hicieron dignos de la luz de la bienaventurada inmortalidad, pues una vez lavadas, blanquearon sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso –dice– están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo.

No es un servicio laborioso, sino amable y deseable estar delante de Dios alabándolo eternamente. La expresión «día y noche» no significa propiamente la sucesión del tiempo, sino típicamente la eternidad. Pues allí no habrá noche sino un día que en los atrios de Cristo vale más que mil y en el que Raquel ya no llora a sus hijos, sino que Dios enjugará las lágrimas de sus ojos y hace resonar cantos de victoria en las tierras de los justos el que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

San Gregorio de Nisa, monje y obispo

Sermón: Hoy comienza el misterio de la Pasión

Sermón sobre la Natividad de Cristo: PG 46, 1128s.

«Herodes se sobresaltó, y todo Jerusalén con él» (Mt 2,2).

“Al enterarse el rey Herodes del nuevo nacimiento del Salvador, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él” (Mt 2,2)… Es el misterio de la Pasión del cual la mirra de los magos era figura; se hace matar sin piedad a los recién nacidos… ¿Qué significa la muerte de estos niños? ¿Por qué atreverse a un crimen tan horrible? “Es que, dicen Herodes y sus consejeros, ha aparecido en el cielo un signo extraño; que, aseguran los magos, significa la venida de otro rey”. ¿Comprendes tú lo que son estos signos precursores?… Si Jesús es Señor de los astros, no queda a salvo de tus ataques? Tú crees tener el poder de hacer vivir o morir, pero no tienes nada que temer de alguien tan dulce. Dios lo somete a tu poder; ¿por qué conspirar contra él?…

Pero dejemos allá el duelo, “el llanto amargo de Raquel que llora a sus hijos” porque hoy el Sol de justicia (Mal 3,20) disipa las tinieblas del mal y hace brillar su luz sobre toda la naturaleza, el que asume nuestra naturaleza humana… En esta fiesta de la Natividad “las puertas de la muerte se han destrozado, se han roto las barras de hierro” (Sal 107,16); hoy “se abren las puertas de la justicia” (Sal 118,19)… Porque por un hombre, Adán, vino la muerte; hoy por un hombre viene la salvación (Rm 5,18)… Después del árbol del pecado se levanta el árbol de la bondad, la cruz… Hoy comienza el misterio de la Pasión.

San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Colmados de honor y triunfantes antes de vivir

Sermón 152: PL 52, 604.

«Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte» (Misal Romano).

¿Hasta dónde pueden llegar los celos?… El crimen de hoy nos lo demuestra: el miedo de un rival para su reino terrenal llena de angustia a Herodes; monta un complot para suprimir «al Rey que acaba de nacer» (Mt 2,2), el Rey eterno; lucha contra su Creador y hace matar a unos inocentes… ¿Qué mal habían cometido esos niños? Sus mantillas eran mudas, su ojos no habían visto nada, sus oídos nada habían escuchado, nada habían hecho sus manos. Sufrieron la muerte cuando todavía no habían conocido la vida… Cristo lee el porvenir y conoce los secretos de los corazones, juzga los pensamientos y escudriña las intenciones (Sal 138): ¿por qué les ha abandonado?… El Rey del cielo que acaba de nacer ¿por qué ha ignorado a sus compañeros tan inocentes como él, olvidado a los centinelas apostados alrededor de su cuna hasta el punto que el enemigo que ha querido herir al Rey ha devastado a todo su ejército?

Hermanos míos, Cristo no ha abandonado a sus soldados sino que les ha colmado de honor haciéndoles triunfar antes de vivir y llevarse la victoria sin haber luchado… Ha querido que posean el cielo y lo prefieran a la tierra…, les ha enviado delante de él como a sus heraldos. No les ha abandonado: ha salvado a los que eran su vanguardia, no se ha olvidado de ellos…

Bienaventurados los que han cambiado el trabajo por el descanso, los dolores por el bienestar, los sufrimientos por el gozo. Están vivos, están vivos, verdaderamente viven estos que han sufrido la muerte por Cristo… Dichosas las lágrimas que por estos niños derramaron sus madres: les han valido la gracia del bautismo… Que aquél que se dignado acostar en un establo nuestro quiera conducirnos también a nosotros a los pastos del cielo.

San Cipriano de Cartago, obispo y mártir

Homilía: Todo el que es matado por Cristo es inocente.

Carta 58.

«Herodes mandó matar a todos los niños de menos de dos años en Belén» (Mt 2, 16).

«No es el siervo más que su amo» (Lc ,).

El apóstol Juan escribe: “Quien dice que permanece en Él, debe caminar como Él caminó” (1Jn 2,6); y san Pablo: ” Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y, si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con Él” (Rm 8,16s)… Hermanos queridísimos, imitemos a Abel el justo, que inauguró el martirio, sufriendo el primero la muerte por la justicia (Gn 4,8)…; imitemos a los tres jóvenes, Ananias, Azarias, Misael, que vencieron a un rey por la valentía de su fe (Dn 3) … ¿ Los profetas a los que el Espíritu Santo había dado el conocimiento del futuro y los apóstoles a los que el Señor había escogido, acaso estas personas justas no nos enseñan, dejándose matar, a morir cuando nos toque por la justicia?

El nacimiento de Cristo queda marcado en seguida por el martirio de los niños menores de dos años, a causa de su nombre; incapaces de combatir, consiguieron conquistar la corona. Para que quede bien claro, que aquellos a los que se mata por Cristo son inocentes, niños inocentes han sido matados por su nombre… ¡Qué grave sería para un siervo que llevara el nombre de cristiano, no querer sufrir cuando su dueño, Cristo, sufrió primero! ¿El Hijo de Dios sufrió para hacernos hijos de Dios, y los hijos de los hombres no quieren sufrir para continuar siendo hijos de Dios? El Señor del mundo nos lo recuerda: ” si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo… Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo” (Jn 15,18-20)…

Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. ¡Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo! Revistámonos de fuerza, hermanos amadísimos, y preparémonos para la lucha con un espíritu sin tacha, con una fe sincera, con una total entrega.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, mártir

Meditación: Los santos Inocentes, pobres como Cristo pobre

Meditación para el 6 de enero 1941.

«Herodes mandó matar a todos los niños de Belén menores de dos años» (Mt 2, 16).

No muy lejos del primer mártir [Esteban] se encuentran las «flores martyrum», las tiernas flores que fueron arrancadas antes que pudieran ofrecerse como víctimas. La piedad popular ha creído siempre que la gracia se adelantó al proceso natural y concedió a los niños inocentes la comprensión de lo que sucedería con ellos para hacerles capaces de entregarse libremente y asegurarse así el premio de los mártires. Sin embargo, ni aún así pueden equipararse al confesor consciente que con heroísmo se compromete en la causa de Cristo. Ellos se asemejan más bien a los corderos que, en su indefensa inocencia, «son llevados al matadero» (Is 53,7; Hch 8,32).

De este modo son la imagen de la pobreza más extrema. No poseen más riqueza que su vida. Y ésta también se les quita, sin que ellos opongan resistencia. Ellos rodean el pesebre para indicarnos cual es la mirra que hemos de ofrecer al Niño Dios: quien quiera pertenecerle totalmente, tiene que entregarse a Él sin reservas y abandonarse a la voluntad divina como esos niños.

San Francisco de Sales, obispo

Sermón: Ser mártir es pertenecer totalmente a Dios.

Sermón. IX, 79.

«Entonces Herodes mandó matar a todos los niños de Belén de dos años para abajo» (Mt 2, 16).

… Los mártires beben su cáliz de un trago; unos en una hora, como los Santos Inocentes; otros, en dos o tres días, otros en un mes.

Nosotros podemos ser mártires y beberlo no en dos o tres días sino durante toda la vida, mortificándonos continuamente, como hacen o deberían hacer los religiosos y religiosas, a los cuales Dios ha llamado a la Religión para que lleven su cruz. ¿No es un gran martirio el de no hacer nunca su propia voluntad, someter su juicio, vaciar su corazón de todo lo que no es Dios, no vivir según sus inclinaciones y humores sino según la voluntad divina y la razón?

Es un martirio muy largo y muy molesto pues dura toda la vida, pero obtendremos al final una hermosa corona en recompensa, si hemos sido fieles.

Cuando nuestro Señor entregó su Espíritu en el árbol de la cruz, no podían creer que hubiese muerto pues le acababan de oír hablar con una voz potente que no parecía la de alguien que va a morir enseguida. Por eso, el jefe de los soldados vino a cerciorarse de si verdaderamente había fallecido, y, al verlo muerto, mandó que con la lanza le atravesasen el costado. Y así lo hicieron, precisamente en el corazón.

Una vez abierto el costado, supieron que estaba realmente muerto. Y la herida de su Corazón nos habla del amor de ese Corazón.

Quiso nuestro Señor que le abrieran el costado para que viésemos cuánto desea darnos su Corazón.

¡Qué cierto es que las almas piadosas no deben tener otro corazón sino el de Dios; otro espíritu sino el Suyo; otra voluntad sino la Suya; otros afectos sino los Suyos. Es decir, que esas almas deben ser todas de Él!

Eusebio el Galicano, monje y obispo

Sermón: La impiedad se turba por el nacimiento de la Bondad.

Sermón 219; PL 39, 2150.

«¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2).

El traidor Herodes, engañado por los magos, manda a sus esbirros a Belén y a todos sus alrededores para matar a los niños menores de dos años… Pero nada has obtenido bárbaro cruel y arrogante: puedes hacer mártires, pero no logras encontrar a Cristo. Ese malvado tirano creía que la venida del Señor nuestro Salvador era para echarle de su trono real. Pero no fue así. Cristo no vino a usurpar la gloria de otro, sino para hacernos don de la suya. No vino a apoderarse de un reinado terrenal, sino a concedernos el Reino de los cielos. No vino a quitar dignidades, sino a sufrir injurias y malos tratos. No vino a preparar su cabeza sagrada para una diadema de pedrerías, sino para una corona de espinas. No vino para sentarse gloriosamente encima de los cetros, sino para ser escarnecido y crucificado.

Por el nacimiento del Señor «Herodes se turbó y toda Jerusalén con él» (Mt 2,3). ¿Qué hay de extraño que la impiedad se turbe por el nacimiento de la bondad? He aquí que un hombre armado se asusta del que está acostado en un establo, un orgulloso rey tiembla ante el humilde, el que está revestido de púrpura teme al pequeño envuelto en pañales… Fingió querer adorar al que buscaba para hacerlo matar (Mt, 2,8). Pero la verdad no teme a las tramoyas de la mentira… La traición no puede encontrar a Cristo porque no es a través de la crueldad sino de la fe que se debe buscar a Dios que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

John Henry Newman, beato

Sermón: Sufrir por Cristo es un privilegio inmerecido.

Sermón “The Mind of Little Children” PPS 2,6.

«Mártires, incapaces de confesar el nombre de tu Hijo, son glorificados por el nacimiento de Cristo» (Misal).

Es justo que celebremos la muerte de estos inocentes pues es una muerte santa. Cuando los acontecimientos nos acercan a Cristo, cuando sufrimos por Cristo, lo hemos de considerar como un inmerecido privilegio sea el que fuere el sufrimiento, incluso cuando en un principio no somos conscientes de sufrir por él. Los niños que Jesús cogió en sus brazos no podían tampoco comprender enseguida la admirable condescendencia de la que eran objeto. No obstante, esta bendición del Señor ¿no era un verdadero privilegio? Del mismo modo, esta masacre de los niños de Belén es para ellos un sacramento. Era la prenda del amor del Hijo de Dios para ellos que sufrieron por él. Todos los que se acercaron a Jesús han sufrido, más o menos, por el mismo hecho del contacto, como si emanara de él una fuerza secreta que purifica y santifica las almas por medio de las penas de este mundo. Este fue el caso de los Santos Inocentes.

Verdaderamente, la presencia misma de Jesús es un sacramento. Todos sus actos, todos sus miradas, todas sus palabras comunican la gracia a los que aceptan este don… ¡cuánto más a los que quieren ser sus discípulos! Desde los orígenes de la Iglesia, pues, esta clase de martirio fue considerado como una especie de bautismo, un auténtico bautismo de sangre que tiene la misma eficacia sacramental que el agua que regenera. Estamos, pues, invitados a considerar estos niños como mártires y a aprovecharnos del testimonio de su inocencia.

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