Domingo I Tiempo de Cuaresma (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 2, 7-9; 3, 1-7:
- Salmo: Sal 50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17:
- 2ª Lectura: Rm 5, 12-19:
+ Evangelio: Mt 4, 1-11:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Ángelus (09-03-2014): Quería apartarle del proyecto de Dios


I Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Domingo 09 de marzo del 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio del primer domingo de Cuaresma presenta cada año el episodio de las tentaciones de Jesús, cuando el Espíritu Santo, que descendió sobre Él después del bautismo en el Jordán, lo llevó a afrontar abiertamente a Satanás en el desierto, durante cuarenta días, antes de iniciar su misión pública.

El tentador busca apartar a Jesús del proyecto del Padre, o sea, de la senda del sacrificio, del amor que se ofrece a sí mismo en expiación, para hacerle seguir un camino fácil, de éxito y de poder. El duelo entre Jesús y Satanás tiene lugar a golpes de citas de la Sagrada Escritura. El diablo, en efecto, para apartar a Jesús del camino de la cruz, le hace presente las falsas esperanzas mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de convertir las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de tirarse desde el punto más alto del templo de Jerusalén y hacer que los ángeles le salven; y, por último, el atajo del poder y del dominio, a cambio de un acto de adoración a Satanás. Son los tres grupos de tentaciones: también nosotros los conocemos bien.

Jesús rechaza decididamente todas estas tentaciones y ratifica la firme voluntad de seguir la senda establecida por el Padre, sin compromiso alguno con el pecado y con la lógica del mundo. Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, porque es muy astuto. Por ello, Jesús, en lugar de dialogar como había hecho Eva, elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará. En sus respuestas a Satanás, el Señor, usando la Palabra de Dios, nos recuerda, ante todo, que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3); y esto nos da fuerza, nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que abaja al hombre al nivel de las necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello, el hambre de Dios y de su amor. Recuerda, además, que «está escrito también: «No tentarás al Señor, tu Dios»» (v. 7), porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, la duda, y se alimenta de paciencia y de espera perseverante. Jesús recuerda, por último, que «está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto»» (v. 10); o sea, debemos deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas, y construir nuestra vida sobre lo esencial.

Estas palabras de Jesús encontrarán luego confirmación concreta en sus acciones. Su fidelidad absoluta al designio de amor del Padre lo conducirá, después de casi tres años, a la rendición final de cuentas con el «príncipe de este mundo» (Jn 16, 11), en la hora de la pasión y de la cruz, y allí Jesús reconducirá su victoria definitiva, la victoria del amor.

Queridos hermanos, el tiempo de Cuaresma es ocasión propicia para todos nosotros de realizar un camino de conversión, confrontándonos sinceramente con esta página del Evangelio. Renovemos las promesas de nuestro Bautismo: renunciemos a Satanás y a todas su obras y seducciones —porque él es un seductor—, para caminar por las sendas de Dios y llegar a la Pascua en la alegría del Espíritu (cf. Oración colecta del IV Domingo de Cuaresma, Año A).

Juan Pablo II, Papa

Homilía (08-03-1981): Convertirse, vencer la tentación


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Juan Bautista
I Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Domingo 08 de marzo del 1981

1. "Al Señor, tu Dios, adorarás, y a El sólo darás culto" (Mt 4. 10).

Estas categóricas palabras, dirigidas por nuestro Señor Jesucristo a Satanás, tentador, y colocadas por la liturgia en los umbrales de la Cuaresma, son un programa incisivo y perenne de vida para el hombre, llamado por la fuerza del Amor eterno al servicio al Reino de Dios y sólo de Dios, y sin embargo, desde el comienzo de su existencia contingente y durante toda su vida, tan expuesto y susceptible frente a todas las "tentaciones", a las que le impulsan continuamente el "reino" de este mundo y el "príncipe de este mundo" (cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). que hacen todo lo posible para dominar y manipular al hombre tratando de ponerle en oposición a Dios.

Frente a Satanás, que le promete Incluso "todos los reinos del mundo y su esplendor", en contrapartida de la adoración, Jesús responde con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, el cual había puesto en guardia al pueblo elegido contra la fascinante y peligrosa tentación de la idolatría: "Guárdate de olvidarte de Yavé, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. Teme a Yavé, tu Dios; sírvele a El... Haz lo que es recto y bueno a los ojos de Yavé" (Dt 6, 12-13. 18).

Y hoy es necesario que sepamos escuchar una vez más y meditar profundamente estas categóricas palabras de Jesús como un programa auténtico para la Cuaresma del año del Señor 1981; es necesario que las escuchemos y las meditemos, de modo particular, en esta basílica parroquial de San Juan Bautista de los Florentinos, que tengo hoy la dicha de visitar como Obispo de Roma.

[...]

3. La Cuaresma, tiempo litúrgico privilegiado, es —como sabemos— un tiempo de conversión.La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como unacontinua conversión interior, en cuanto que Dios, en su infinito amor, llama al hombre a vivir en comunión con El. Pero el hombre es frágil, débil, pecador; por lo tanto, para ponerse en comunión con Dios, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia: debe orientarse hacia Dios, "buscar el rostro de Dios" (cf. Os 5, 15; Sal 24. 6); debe invertir el camino que lo lleva hacia el mal; cambiar el propio comportamiento ético; cambiar incluso concepciones y modos de pensar individuales, que estén en oposición a la voluntad y a la Palabra de Dios.

Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, ya desde el comienzo de su ministerio mesiánico lanza a los hombres su llamada a la conversión: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cercano; convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17).

Y precisamente la Cuaresma representa en la vida de la Iglesia como un especial grito a la conversión: "Utinam hodie vocem Eius audiatis, nolite obdurare corda vestral: ¡Ojalá escuchéishoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!" (Sal 94 [95], 8). Este "hoy" se refiere precisamente a la Cuaresma, que en la extraordinaria riqueza evocativa de sus textos litúrgicos es una continua, apremiante llamada a la urgencia de la auténtica conversión interior.

4. La conversión es fundamentalmente un alejarse del pecado y un dirigirse, un retornar al Dios viviente, al Dios de la Alianza. "Venid y volvamos a Yavé; El desgarró, El nos curará; El hirió. El nos vendará" (Os 6, 1): es la invitación del Profeta Oseas, que insiste sobre el carácter interior de la auténtica conversión, que siempre debe estar inspirada y animada por el amor y por el conocimiento de Dios. Y el Profeta Jeremías, el gran maestro de la religiosidad interior, anuncia de parte de Dios una extraordinaria transformación espiritual de loa miembros del Pueblo elegido: "Les daré un corazón capaz de conocerme, de saber que yo soy Yavé; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues se convertirán a mí de todo corazón (Jer 24, 7).

La conversión es un don de Dios, que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo, "nuevo Adán". Esto es lo que la liturgia de hoy nos ha hecho meditar en el pasaje de la Carla de San Pablo a los Romanos: por la desobediencia del primer Adán el pecado y la muerte entraron en el mundo y dominan al hombre. Pero si es verdad que "por la culpa de aquél, que era uno solo (es decir, Adán), la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo" (cf. Rom 5, 17).

El cristiano, fuerte con la fuerza que le viene de Cristo, se aleja cada vez más del pecado, de los pecados concretos, mortales o veniales, superando las malas inclinaciones, los vicios, elpecado habitual y, al obrar así, hará cada vez más débil el fomes del pecado, esto es, la triste herencia de la desobediencia originaria. Esto ocurre en la medida en que abunda en nosotros cada vez más la gracia, don de Dios, concedido por los méritos "de un solo hombre, Jesucristo" (cf. Rom 5, 15). De este modo, la conversión es un paso casi gradual, eficaz, continuo, del "viejo" Adán, al "nuevo", que es Cristo. Este exaltante proceso espiritual, en el período de la Cuaresma, debe hacerse en cada cristiano particularmente consciente e incisivo.

5. Pero la conversión sólo es posible basándose en la superación de las tentaciones, como pone en clara evidencia la Liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma.

La pluralidad y la multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en esa triple concupiscencia, de la que habla la primera Carta de San Juan: "No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo" (1 Jn 2, 15 s.).

Como es sabido, en la concepción de San Juan, el "mundo" del que debe alejarse el cristiano, no es la creación, la obra de Dios, que ha sido confiada al dominio del hombre: sino que es el símbolo y el signo de todo lo que nos separa de Dios o que quiere excluir a Dios, esto es, lo opuesto al "Reino de Dios". Por tanto, son tres los aspectos del mundo, del que debe mantenerse alejado el cristiano para ser fiel al mensaje de Jesús: los apetitos sensuales: el ansia excesiva de los bienes terrenos, sobre los cuales el hombre cree ilusoriamente poder construir toda su vida: y finalmente la autosuficiencia orgullosa en relación con Dios.

En las tres "tentaciones" con las que Satanás incita a Cristo en el desierto, se pueden encontrar fácilmente las "tres concupiscencias" ya mencionadas; son las tres grandes tentaciones, a las cuales también el cristiano será sometido en el curso de su vida terrena.

Pero en la base de esta triple tentación encontramos de nuevo la primitiva y omnicomprensiva tentación, dirigida por el mismo Satanás a nuestros progenitores: "Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal" (cf. Gén 3, 5). Satanás promete al hombre la omnipotencia y la omnisciencia de Dios, es decir, la total autosuficiencia e independencia. Ahora bien, el hombre no es así sino por su posibilidad de "elegir" a Dios, a cuya imagen fue creado. Pero el primer Adán se elige a sí mismo en lugar de Dios; cede a la tentación y se encuentra miserable, frágil, débil, "desnudo", "esclavo del pecado" (cf. Jn 8, 34). El segundo Adán, Cristo, en cambio, afirma de nuevo contra Satanás la fundamental, estructural y ontológica dependencia del hombre en relación con Dios. El hombre —nos dice Cristo— no es humillado, sino más bien exaltado en su misma dignidad cada vez que se postra para adorar al Ser Infinito, su Creador y Padre: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a El sólo darás culto" (Mt 4. 10).

6. Esta llamada cuaresmal a la conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, trabajo que llega al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo.

A este trabajo, que requiere empeño y constancia, estamos llamados todos y cada uno, sin excepción, tanto a nivel personal, como a nivel comunitario, a fin de que podamos ayudarnos mutuamente en el camino de la conversión, la cual es siempre fruto de "volver a encontrar" a Dios Padre, rico en misericordia. «El auténtico conocimiento de Dios —he escrito en mi segunda Encíclica—, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo "ven" así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de lodo hombre por la tierra in statu viatoris» (Dives in misericordia, 13).

Toda la parroquia, a imagen de la Iglesia, debe realizar este ideal y ayudar a sus fieles a vivir este mensaje de conversión permanente a Dios, el cual debe estar siempre presente en la comunidad y debe constituir el único y solo Ser, al que nos gloriamos de servir y de rendir el homenaje de nuestra filial adoración: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a El sólo darás culto" (Mt4, 10)

¡Amén!

Homilía (21-02-1999): Pasó por las tres tentaciones fundamentales


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Ramón Nonato
Domingo I de Cuaresma (A)
Domingo 21 de febrero del 1999

1. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1).

Al comienzo del tiempo cuaresmal, la liturgia nos presenta a Jesús que, en el desierto, afronta al tentador. El Hijo de Dios, probado duramente por el maligno, supera las tres tentaciones fundamentales que insidian toda existencia humana: la concupiscencia, la manipulación de Dios y la idolatría.

Las tres insinuaciones solapadas de satanás: «Si eres hijo de Dios...» son el contrapunto de la proclamación solemne del Padre celestial en el momento del bautismo en el Jordán: «Éste es mi Hijo amado» (Mt 3, 17). Constituyen, por tanto, una prueba que guarda una profunda relación con la misión del Salvador. Y la victoria de Cristo, al comienzo de su vida pública, anuncia su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, que se realizará en el misterio pascual.

Con su muerte y resurrección, Jesús no sólo borrará el pecado de los primeros padres, sino que también comunicará al hombre, a todo hombre, la sobreabundancia de la gracia de Dios. Es lo que recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, que acabamos de proclamar: «Como por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos» (Rm 5, 19).

2. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4).

Al comienzo de la Cuaresma, tiempo litúrgico «fuerte» que nos invita a la conversión, estas palabras de Jesús resuenan para cada uno de nosotros. Dejemos que la «palabra que sale de la boca de Dios» nos interpele y alimente nuestro espíritu, puesto que «no sólo de pan vive el hombre». Nuestro corazón tiene necesidad, sobre todo, de Dios.

[...]

4. «Misericordia, Señor: hemos pecado» (Salmo responsorial).

Como todos sabemos, la Cuaresma es un tiempo fuerte de penitencia y de gracia. Este año, invita de manera mucho más significativa al arrepentimiento y a la conversión, con vistas al jubileo del año 2000. Ya sabéis que la conversión «comprende tanto un aspecto negativo de liberación del pecado, como un aspecto positivo de elección del bien, manifestado por los valores éticos contenidos en la ley natural, confirmada y profundizada por el Evangelio» (Tertio millennio adveniente, 50).

Queridos hermanos, vivamos todos la Cuaresma con este espíritu. Poned especial atención en la celebración del sacramento de la penitencia. En la recepción frecuente de este sacramento, el cristiano experimenta la misericordia divina y, a su vez, se hace capaz de perdonar y amar. Ojalá que la cercanía del acontecimiento jubilar despierte en cada creyente un interés activo por este sacramento; que los sacerdotes estén dispuestos a desempeñar con esmero y dedicación este ministerio sacramental indispensable; que se multipliquen en la ciudad los lugares de celebración de la penitencia, con confesores disponibles en los diversos horarios de la jornada, preparados para dispensar en abundancia la inagotable misericordia de Dios.

5. «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, (...) lava del todo mi delito. (...) Crea en mí un corazón puro. (...) Devuélveme la alegría de tu salvación; afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza» (Salmo responsorial).

Resuena en nuestro espíritu el eco de esta oración de David, conmovido por las palabras del profeta Natán. Es el salmo llamado Miserere, muy utilizado por la liturgia y apreciado por la piedad popular. La Cuaresma es el tiempo propicio para hacerlo nuestro y suscitar en nuestro corazón las disposiciones oportunas para encontrar al Dios de la reconciliación y de la paz con «un espíritu contrito, un corazón quebrantado y humillado».

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad»: como nos sugiere la liturgia de hoy, así emprenderemos, Señor, el camino cuaresmal con la fuerza de tu palabra, «para vencer las tentaciones del maligno y llegar a la Pascua con la alegría del Espíritu». Amén.

Homilía (17-02-2002): Derrotó el pecado y la muerte


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Enrique.
Domingo I de Cuaresma (Ciclo A)
Domingo 17 de febrero del 2002

1. "Misericordia, Señor: hemos pecado". La invocación del Salmo responsorial, que acaba de resonar en nuestra asamblea, expresa de manera significativa el sentimiento que nos anima en este primer domingo de Cuaresma. Estamos al comienzo de un singular itinerario de penitencia y conversión. Nos damos cuenta de que se trata de una ocasión favorable para reconocer el pecado, que ofusca nuestra relación con Dios y con los hermanos: "Yo reconozco mi culpa -proclama el salmista-, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces" (Sal 50, 5-6).

La página del libro del Génesis, que acabamos de escuchar (cf. Gn 3, 1-7), indica bien qué es el pecado y las consecuencias que produce en la vida del hombre. Nuestros antepasados cedieron a las lisonjas del tentador, interrumpiendo bruscamente el diálogo de confianza y de amor que tenían con Dios. El mal, el sufrimiento y la muerte entran así en el mundo, y habrá que esperar al Salvador prometido para restablecer, de modo incluso más admirable, el plan originario del Creador (cf. Gn 3, 8-24).

2. A la acción insidiosa del Maligno tampoco escapa el Mesías, como narra san Mateo en la página evangélica de hoy: "Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo" (Mt 4, 1). En el desierto es sometido a una triple tentación por parte de Satanás, a la que resiste con decisión. Jesús reitera con firmeza que no es lícito poner a prueba a Dios; no está permitido rendir culto a otro dios; nadie puede decidir por sí mismo su propio destino. La referencia última de todo creyente es la Palabra que sale de la boca del Señor.

En estas pocas líneas se bosqueja el programa de nuestro camino cuaresmal. También nosotros estamos llamados a atravesar el desierto de la cotidianidad, afrontando la tentación recurrente de alejarnos de Dios. Estamos invitados a imitar la actitud del Señor, que obedece con decisión la palabra del Padre celestial y, de este modo, restablece la jerarquía de los valores según el proyecto divino originario.

[...]

5. "Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos" (Rm 5, 19). Estas consoladoras palabras del apóstol san Pablo a los Romanos nos confortan en nuestro camino espiritual. En el mundo, dominado a menudo por el mal y el pecado, resplandece victoriosa la luz de Cristo. Él, con su pasión y resurrección, ha derrotado el pecado y la muerte, abriendo a los creyentes las puertas de la salvación eterna. Este es el mensaje alentador que nos transmite la liturgia de hoy.

Sin embargo, para participar plenamente en la victoria de Cristo es preciso comprometerse a cambiar el propio modo de pensar y de actuar, a la luz de la palabra de Dios.

"Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 50, 12). Hagamos nuestra esta invocación del salmista. Es una súplica muy oportuna en el tiempo de Cuaresma.

Señor, ¡crea en nosotros un corazón nuevo! Renuévanos en tu amor. Obténnos tú, Virgen María, un corazón nuevo y un espíritu firme. Así llegaremos a celebrar la Pascua, renovados y reconciliados con Dios y con los hermanos.

Ángelus (17-02-2002): Combatir, vigilar


I Domingo de Cuaresma (Año A)
Domingo 17 de febrero del 2002

1. El miércoles pasado emprendimos el itinerario penitencial de la Cuaresma con el rito de la imposición de la ceniza, rito cargado de simbolismo, radicado en la tradición bíblica y muy apreciado por la devoción popular. La ceniza nos recuerda cuán frágil es la existencia terrena y nos lleva a mirar a Cristo que, con su muerte y su resurrección, la ha rescatado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Con estas íntimas disposiciones nos ponemos en camino hacia la Pascua, manteniendo el corazón abierto a la insistente invitación del Señor: "Convertíos y creed el Evangelio" (Mc 1, 15).

2. Hoy, primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos vuelve a proponer la impresionante página evangélica de las tentaciones de Jesús: "En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo" (Mt 4, 1). La misión del Redentor inicia precisamente con su victoria sobre la triple insidia del príncipe del mal.

"Vete, Satanás" (Mt 4, 10). La actitud decidida del Mesías constituye para nosotros un ejemplo y una invitación a seguirlo con valiente determinación. El demonio, "Príncipe de este mundo" (Jn 12, 31), continúa aún hoy su acción engañosa. Todo hombre, además de por su propia concupiscencia y por el mal ejemplo de los demás, es tentado por el demonio, y lo es aún más cuando menos lo nota. ¡Cuántas veces cede con ligereza a las falaces lisonjas de la carne y del maligno, y experimenta luego amargas desilusiones! Es preciso permanecer vigilantes, para reaccionar con prontitud a todos los ataques de la tentación.

3. La Iglesia, experta maestra de humanidad y de santidad, nos indica instrumentos antiguos y siempre nuevos para el combate diario contra las sugestiones del mal: son la oración, los sacramentos, la penitencia, la escucha atenta de la palabra de Dios, la vigilancia y el ayuno.

Emprendamos con un compromiso más fuerte el camino penitencial de la Cuaresma, para estar dispuestos a vencer toda seducción de Satanás y llegar a la Pascua con la alegría del espíritu (cf. Oración colecta).

Nos acompañe María, Madre de la divina Misericordia. A ella quisiera encomendarle, de modo especial, los ejercicios espirituales que comenzaré esta tarde en el Vaticano, juntamente con mis colaboradores de la Curia romana. A todos vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, os pido que nos acompañéis con la oración, para que sean días provechosos no sólo para cuantos participan en ellos, sino también para toda la Iglesia.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (13-03-2011): Se trata de seguir a Jesús


I Domingo de Cuaresma (A)
Domingo 13 de marzo del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, el tiempo litúrgico de cuarenta días que constituye en la Iglesia un camino espiritual de preparación para la Pascua. Se trata, en definitiva, de seguir a Jesús, que se dirige decididamente hacia la cruz, culmen de su misión de salvación. Si nos preguntamos: ¿por qué la Cuaresma? ¿Por qué la cruz? La respuesta, en términos radicales, es esta: porque existe el mal, más aún, el pecado, que según las Escrituras es la causa profunda de todo mal. Pero esta afirmación no es algo que se puede dar por descontado, y muchos rechazan la misma palabra «pecado», pues supone una visión religiosa del mundo y del hombre. Y es verdad: si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado. Al igual que cuando se oculta el sol desaparecen las sombras —la sombra sólo aparece cuando hay sol—, del mismo modo el eclipse de Dios conlleva necesariamente el eclipse del pecado. Por eso, el sentido del pecado —que no es lo mismo que el «sentido de culpa», como lo entiende la psicología—, se alcanza redescubriendo el sentido de Dios. Lo expresa el Salmo Miserere, atribuido al rey David con ocasión de su doble pecado de adulterio y homicidio: «Contra ti —dice David, dirigiéndose a Dios—, contra ti sólo pequé» (Sal 51, 6).

Ante el mal moral, la actitud de Dios es la de oponerse al pecado y salvar al pecador. Dios no tolera el mal, porque es amor, justicia, fidelidad; y precisamente por esto no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Para salvar a la humanidad, Dios interviene: lo vemos en toda la historia del pueblo judío, desde la liberación de Egipto. Dios está decidido a liberar a sus hijos de la esclavitud para conducirlos a la libertad. Y la esclavitud más grave y profunda es precisamente la del pecado. Por esto, Dios envió a su Hijo al mundo: para liberar a los hombres del dominio de Satanás, «origen y causa de todo pecado». Lo envió a nuestra carne mortal para que se convirtiera en víctima de expiación, muriendo por nosotros en la cruz. Contra este plan de salvación definitivo y universal, el Diablo se ha opuesto con todas sus fuerzas, como lo demuestra en particular el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, que se proclama cada año en el primer domingo de Cuaresma. De hecho, entrar en este tiempo litúrgico significa ponerse cada vez del lado de Cristo contra el pecado, afrontar —sea como individuos sea como Iglesia— el combate espiritual contra el espíritu del mal (Miércoles de Ceniza, oración colecta).

Por eso, invocamos la ayuda maternal de María santísima para el camino cuaresmal que acaba de comenzar, a fin de que abunde en frutos de conversión. Pido un recuerdo especial en la oración por mí y por mis colaboradores de la Curia romana, que esta tarde comenzaremos la semana de ejercicios espirituales.

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