Domingo II Tiempo de Cuaresma (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 12, 1-4a:
- Salmo: Sal 32, 4-5. 18-20. 22:
- 2ª Lectura: 2 Tm 1, 8b-10:
+ Evangelio: Mt 17, 1-9:


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, papa

Homilía, Parroquia San Corbiniano (Roma), 20-03-2011

[…] El evangelista Mateo nos ha narrado lo que aconteció cuando Jesús subió a un monte alto llevando consigo a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Mientras estaban en lo alto del monte, ellos solos, el rostro de Jesús se volvió resplandeciente, al igual que sus vestidos. Es lo que llamamos «Transfiguración»: un misterio luminoso, confortante. ¿Cuál es su significado? La Transfiguración es una revelación de la persona de Jesús, de su realidad profunda. De hecho, los testigos oculares de ese acontecimiento, es decir, los tres Apóstoles, quedaron cubiertos por una nube, también ella luminosa —que en la Biblia anuncia siempre la presencia de Dios— y oyeron una voz que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). Con este acontecimiento los discípulos se preparan para el misterio pascual de Jesús: para superar la terrible prueba de la pasión y también para comprender bien el hecho luminoso de la resurrección.

El relato habla también de Moisés y Elías, que se aparecieron y conversaban con Jesús. Efectivamente, este episodio guarda relación con otras dos revelaciones divinas. Moisés había subido al monte Sinaí, y allí había tenido la revelación de Dios. Había pedido ver su gloria, pero Dios le había respondido que no lo vería cara a cara, sino sólo de espaldas (cf. Ex 33, 18-23). De modo análogo, también Elías tuvo una revelación de Dios en el monte: una manifestación más íntima, no con una tempestad, ni con un terremoto o con el fuego, sino con una brisa ligera (cf. 1 R 19, 11-13). A diferencia de estos dos episodios, en la Transfiguración no es Jesús quien tiene la revelación de Dios, sino que es precisamente en él en quien Dios se revela y quien revela su rostro a los Apóstoles. Así pues, quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre. Además, recordemos que en el monte Sinaí Moisés tuvo también la revelación de la voluntad de Dios: los diez Mandamientos. E igualmente en el monte Elías recibió de Dios la revelación divina de una misión por realizar. Jesús, en cambio, no recibe la revelación de lo que deberá realizar: ya lo conoce. Más bien son los Apóstoles quienes oyen, en la nube, la voz de Dios que ordena: «Escuchadlo». La voluntad de Dios se revela plenamente en la persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharlo, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas. Esta es la primera invitación que deseo haceros, queridos amigos, con gran afecto: creced en el conocimiento y en el amor a Cristo, como individuos y como comunidad parroquial; encontradlo en la Eucaristía, en la escucha de su Palabra, en la oración, en la caridad.

[…] el Señor Jesús, que llevó a los Apóstoles al monte a orar y les manifestó su gloria, hoy nos ha invitado a nosotros a esta nueva iglesia: aquí podemos escucharlo, aquí podemos reconocer su presencia al partir el Pan eucarístico, y de este modo llegar a ser Iglesia viva, templo del Espíritu Santo, signo del amor de Dios en el mundo. Volved a vuestras casas con el corazón lleno de gratitud y de alegría, porque formáis parte de este gran edificio espiritual que es la Iglesia. A la Virgen María encomendamos nuestro camino cuaresmal, así como el de la toda la Iglesia. Que la Virgen, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, para poder participar juntamente con ella en la alegría de la Pascua. Amén.

Ángelus, 20-03-2011

[…] Este domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10: pg 91, 1128 b).

Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 361). Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre» (Kontákion eis ten metamórphosin, en: Menaia, t. 6, Roma 1901, 341).

Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, os exhorto, como escribe el siervo de Dios Pablo vi, «a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria» (const. ap. Pænitemini, 17 de febrero de 1966, iii, c: aas 58 [1966] 182). Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria.

Ángelus, 17-02-2008

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, prosiguiendo el camino penitencial, la liturgia, después de habernos presentado el domingo pasado el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, lo contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad. De este modo, podríamos decir que estos dos domingos son como dos pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, más aún, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.

El monte —tanto el Tabor como el Sinaí— es el lugar de la cercanía con Dios. Es el espacio elevado, con respecto a la existencia diaria, donde se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en la presencia del Señor, como Moisés y Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del “éxodo” que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua.
La Transfiguración es un acontecimiento de oración: orando, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere con su voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y así la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. También el vestido de Jesús se vuelve blanco y resplandeciente. Esto nos hace pensar en el Bautismo, en el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (cf. Ap 7, 9. 13).

Aquí está el punto crucial: la Transfiguración es anticipación de la resurrección, pero esta presupone la muerte. Jesús manifiesta su gloria a los Apóstoles, a fin de que tengan la fuerza para afrontar el escándalo de la cruz y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al reino de Dios. La voz del Padre, que resuena desde lo alto, proclama que Jesús es su Hijo predilecto, como en el bautismo en el Jordán, añadiendo: “Escuchadlo” (Mt 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirlo por el camino de la cruz, llevando en el corazón, como él, la esperanza de la resurrección. Spe salvi, salvados en esperanza. Hoy podemos decir: “Transfigurados en esperanza”.

Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconozcamos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo, y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma.

Juan Pablo II, papa

Ángelus, 24-02-2002

1. Hoy, domingo segundo de Cuaresma, la liturgia nos vuelve a proponer la narración evangélica de la transfiguración de Cristo. Antes de afrontar la pasión y la cruz, Jesús subió “a un monte alto” (Mt 17, 1), identificado por lo general con el Tabor, juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Delante de ellos “se transfiguró”: su rostro y toda su persona resplandecieron de luz.

La liturgia de hoy nos invita a seguir al Maestro al Tabor, monte del silencio y de la contemplación. Es lo que, juntamente con mis colaboradores de la Curia romana, he tenido la gracia de hacer durante esta semana de “ejercicios espirituales”, una experiencia que recomiendo a todos, aunque en las formas adecuadas a las diversas vocaciones y condiciones de vida. Especialmente en el tiempo de Cuaresma, es importante que las comunidades cristianas sean auténticas escuelas de oración (cf. Novo millennio ineunte, 33), donde cada uno se deje “conquistar” por el misterio de luz y amor de Dios (cf. Flp 3, 12).

2. En el Tabor comprendemos mejor que el camino de la cruz y el de la gloria son inseparables. Acogiendo plenamente el designio del Padre, en el que estaba escrito que debía sufrir para entrar en su gloria (cf. Lc 24, 26), Cristo experimenta de forma anticipada la luz de la resurrección.

De igual modo nosotros, al llevar cada día la cruz con fe rebosante de amor, no sólo experimentamos su peso y su dureza, sino también su fuerza de renovación y de consolación.Con Jesús, recibimos esta luz interior especialmente en la oración.

Cuando el corazón ha sido “conquistado” por Cristo, la vida cambia. Las opciones más generosas y, sobre todo, perseverantes son fruto de una profunda y prolongada unión con Dios en el silencio orante.

3. A la Virgen del silencio, que supo conservar la luz de la fe incluso en las horas más oscuras, pidámosle la gracia de una Cuaresma vivificada por la oración. Que María nos ilumine el corazón y nos ayude a cumplir fielmente en todas las circunstancias los designios de Dios.

Homilía, Parroquia Stella Maris (Roma), 28-02-1999

1. «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadlo» (Mt 17, 5).

La invitación que el Padre dirige a los discípulos, testigos privilegiados del extraordinario acontecimiento de la transfiguración, resuena de nuevo hoy para nosotros y para toda la Iglesia. Como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros estamos invitados a subir al monte Tabor junto con Jesús y a quedar fascinados por el resplandor de su gloria. En este segundo domingo de Cuaresma contemplamos a Cristo envuelto en luz, en compañía de los autorizados portavoces del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. A él le renovamos nuestra adhesión personal: es el «Hijo amado» del Padre.

Escuchadlo. Esta apremiante exhortación nos impulsa a intensificar el camino cuaresmal. Es una invitación a dejar que la luz de Cristo ilumine nuestra vida y nos comunique la fuerza para anunciar y testimoniar el Evangelio a nuestros hermanos. Como bien sabemos, es un compromiso que implica a veces muchas dificultades y sufrimientos. También lo subraya san Pablo, al dirigirse a su fiel discípulo Timoteo: «Toma parte en los duros trabajos del Evangelio» (2 Tm 1, 8).

La experiencia de la transfiguración de Jesús prepara a los Apóstoles para afrontar los dramáticos acontecimientos del Calvario, presentándoles anticipadamente lo que será la plena y definitiva revelación de la gloria del Maestro en el misterio pascual. Al meditar en esta página evangélica, nos preparamos para revivir también nosotros los acontecimientos decisivos de la muerte y resurrección del Señor, siguiéndolo por el camino de la cruz, para llegar a la luz y a la gloria. En efecto, «sólo por la pasión podemos llegar con él al triunfo de la resurrección» (Prefacio).

5. Oh Dios, «que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra» (Oración colecta). Así hemos orado al comienzo de nuestra celebración eucarística. La actividad pastoral está ordenada totalmente a esta apertura del espíritu, para que el creyente escuche la palabra del Señor y acepte dócilmente su voluntad. Escuchar realmente a Dios, significa obedecerle. De aquí brota el celo apostólico indispensable para evangelizar: sólo quien conoce profundamente al Señor y se convierte a su amor podrá transformarse en mensajero y testigo intrépido en toda circunstancia.

¿No es verdad que, precisamente por conocer a Cristo, su persona, su amor y su verdad, cuantos lo experimentan personalmente sienten un deseo irresistible de anunciarlo a todos, de evangelizar y de guiar también a los demás al descubrimiento de la fe? Os deseo de corazón a cada uno que este anhelo de Cristo, fuente de auténtico espíritu misionero, os anime cada vez más.

6. «Abraham partió, como le había dicho Yahveh» (Gn 12, 4).

Abraham, ejemplo y modelo del creyente, confía en Dios. Llamado por Yahveh, deja su tierra, con toda la seguridad que implica, sostenido sólo por la fe y la obediencia confiada en su Señor. Dios le pide el «riesgo» de la fe, y él obedece, convirtiéndose así, por la fe, en padre de todos los creyentes.

Como Abraham, también nosotros queremos proseguir nuestro camino cuaresmal, renunciando a nuestra seguridad y abandonándonos a la voluntad divina. Nos anima la certeza de que el Señor es fiel a sus promesas, a pesar de nuestra debilidad y de nuestros pecados.

Con espíritu auténticamente penitencial, hagamos nuestras las palabras del Salmo responsorial: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».

Virgen, Estrella de la evangelización, ayúdanos a acoger las palabras de tu Hijo, para anunciarlas con generosidad y coherencia a nuestros hermanos… Amén.

Homilía, Parroquia Ntra. Sra. de Coromoto (Roma), 15-03-1981

[…] 2. La Cuaresma es presentada en la liturgia de hoy como un camino, como el camino al que Dios llamó a Abraham.

Efectivamente, en la primera lectura hemos oído las palabras del Señor: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré” (Gén 12, 1). Y Abraham se pone en camino sin demora, y sin otro apoyo que la promesa divina. Pues bien, también para nosotros la Cuaresma es un camino, que estamos invitados a afrontar con resolución y fiándonos de los proyectos que Dios tiene sobre nosotros. Aun cuando el viaje esté lleno de pruebas, San Pablo nos asegura en la segunda lectura que, como Timoteo, también cada uno de nosotros es “ayudado por la fuerza de Dios” (2 Tim 1, 8). Y el país hacia el que nos encaminamos es la vida nueva del cristiano, una vida pascual, que sólo puede realizarse con la “fuerza” y con la “gracia” de Dios. Se trata de una potencia misteriosa, que nos ha sido dada “no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal (ib 1, 9-10). La Carta a Timoteo precisa, luego, que el país de la vida nueva se nos ha dado, teniendo como base una misteriosa vocación y asignación por parte de Dios, “no por nuestros méritos, sino en virtud de su propósito y gracia” (ib., 1, 9). Por esto, debemos ser hombres de fe, como Abraham: es decir, hombres que no se apoyan tanto en sí mismos, cuanto en la palabra, en la gracia y en la potencia de Dios.

3. El Señor Jesús, mientras vivió en la tierra, descubría personalmente este camino con sus discípulos. En El realizó también el excepcional acontecimiento que describe el Evangelio de hoy: la Transfiguración del Señor.

“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con El” (Mt “17, 2-3). Pero en el centro del acontecimiento están las palabras divinas, que le confieren su verdadero significado: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (ib, 17, 5). Así comprendemos que se trata de una cristofanía, esto es, la transfiguración representa la revelación del Hijo de Dios, del cual el relato pone en claro algunas cosas: su gloría, a causa del esplendor que adquirió; el hecho de que es el centro y como el compendio de la historia de la salvación, significados por la presencia de Moisés y Elías; su autoridad profética, legítimamente propuesta por la perentoria invitación: “Escuchadlo”; y sobre todo, la denominación de “Hijo”, que subraya las relaciones íntimas y únicas que existen entre Jesús y el Padre celestial.

Además, las palabras de la transfiguración repiten las que ya se oyeron en el relato del bautismo en el Jordán, como para significar que, después de haber recorrido un camino preciso en su vida pública, Jesús es el mismo “Hijo predilecto”, como había sido proclamado ya al comienzo.

Los Apóstoles manifiestan su felicidad: “¡Qué hermoso es estar aquí!” (Mt 17, 4). Pero Cristo les hace saber que el acontecimiento del monte Tabor sólo se encuentra en el camino hacia la revelación del misterio pascual: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9).

El camino de Cuaresma que el Señor Jesús ha realizado durante su vida terrena, con sus discípulos, lo continúa realizando con la Iglesia. La Cuaresma es el período de una presencia de Cristo, particularmente intensa, en la vida de la Iglesia.

4. Es necesario, pues, buscar, de modo especial en este tiempo, la cercanía de Cristo: “¡Qué hermoso es estar aquí!” (Mt 17, 4).

Es preciso vivir en la intimidad con El; abrir ante El el propio corazón, la propia conciencia; hablar con El tal como escuchamos en el Salmo responso-rial de la liturgia de hoy: “Que tu misericordia. Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti (Sal 32 [33], 22).

La Cuaresma es precisamente un período en el que la gracia debe estar de modo particular “sobre nosotros”. Por esto, es necesario que nos abramos sencillamente a ella; en efecto, la gracia de Dios no es tanto objeto de conquista, cuanto de disponible y gozosa aceptación, como para recibir un don, sin ponerle impedimentos. Esto es posible concretamente, ante todo, mediante una actitud de profunda oración, que lleva consigo precisamente entablar un diálogo con el Señor; luego, mediante una actitud de sincera humildad, puesto que la fe es precisamente la adhesión de la mente y del corazón a la Palabra de Dios; y, finalmente, mediante un comportamiento de auténtica caridad, que deje traslucir todo el amor, del que nosotros ya hemos sido hechos objeto por parte del Señor.

5. Como Abraham, a quien Dios ordenó ponerse en camino, así también nosotros nos encaminamos, de nuevo, por esta vía de la Cuaresma, al fin de la cual está la resurrección.

Se ve a Cristo, al Hijo predilecto, en el que se ha complacido el Padre (cf. Mt 17, 5).

Se ve a Cristo, que vence a la muerte y hace resplandecer la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio (cf. 2 Tim 1, 10).

Y por esto: sostenidos por la fuerza de Dios, ¡debemos tomar parte en las fatigas y en las contrariedades soportadas por el Evangelio! (cf. ib., 1, 8). Estas palabras de la Carta a Timoteo abren también un noble y comprometido programa para todo cristiano en su vida de cada día. Es el programa de la evangelización, es decir, de la participación en la difusión del mensaje evangélico. Como Cristo “sacó a la luz de vida inmortal por medio del Evangelio” (ib, 1, 10), así debemos hacer también nosotros; así debe hacer toda la parroquia. Esto es, se trata de hacer ver a la sociedad y al mundo que el Evangelio, con su luz proyectada sobre el camino de la humanidad (cf. Sal 119 [118], 105), es fuente de vida, y de vida inmortal. Es preciso que el cristiano haga ver a todos la verdad de la exclamación de Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Los hombres deben comprender que con la adhesión a Cristo no sólo no pierden nada, sino que lo ganan todo, porque con Cristo el hombre se hace más hombre (cf. Gaudium et spes, 41). Mas para esto necesitan un testimonio; y sólo pueden darlo los discípulos mismos de Jesús, esto es, los cristianos, a los cuales escribía ya San Pablo: “Aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la palabra de vida” (Flp 2, 15-16).

Y esto se puede hacer de mil modos, según las varias ocupaciones de cada uno: en casa y en el mercado, en la escuela y en la fábrica, en el trabajo y en el tiempo libre.

Y puesto que Jesucristo es “el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29), deseamos y pedimos que, asemejándonos a El, también nosotros podamos ser contados por Dios entre sus hijos predilectos (cf. Mt 17, 5).

¡Amén!

Homilía, Parroquia San Basilio (Roma), 11-03-1979

[…] En el Evangelio de hoy encontramos una manifestación especial de la esperanza que nace de la fe en Jesucristo. Precisamente en el tiempo de Cuaresma la Iglesia nos lee de nuevo el Evangelio de la Transfiguración del Señor. En efecto, este acontecimiento tuvo lugar a fin de preparar a los Apóstoles a las pruebas difíciles de Getsemaní, de la pasión, de la humillación de la flagelación, de la coronación de espinas, del vía crucis, del Calvario. En esta perspectiva Jesús quería demostrar a sus Apóstoles más íntimos el esplendor de la gloria que refulge en El, la que el Padre le confirma con la voz de lo alto, revelando su filiación divina y su misión: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle» (Mt 17, 5).

El esplendor de la gloria de la Transfiguración abraza casi toda la Antigua Alianza y llega a los ojos llenos de estupor de los Apóstoles, que se convertirían en maestros de esa fe que hace nacer la esperanza: de aquellos Apóstoles que deberían anunciar todo el misterio de Cristo.

«Señor, ¡qué bien estamos aquí!» (Mt 17, 4), exclaman Pedro, Santiago y Juan, como si quisieran decir: ¡Tú eres la encarnación de la esperanza que anhelan el alma y el cuerpo humanos! ¡Esperanza que es más fuerte que la cruz y que el Calvario! Esperanza que disipa las tinieblas de nuestra existencia, del pecado y de la muerte.

¡Qué bien estamos aquí: contigo!

Sea vuestra parroquia, y cada vez lo sea más, el lugar, la comunidad donde los hombres, profundizando por medio de la fe en el misterio de Cristo, adquieran más confianza, más conciencia del valor y del sentido de la vida, y repitan a Cristo: «¡Qué bien estamos aquí!»: contigo. Aquí, en este templo. Ante este tabernáculo. Y no sólo aquí, sino acaso en una cama de hospital; acaso en los puestos de trabajo; a la mesa en la comunidad de la familia. En todas partes.

[…] Uno mi oración al Señor para que todos  respondamos con plena disponibilidad a la invitación misteriosa del Espíritu Santo, que hará sentir su llamada apremiante a vivir una vida verdaderamente nueva en Cristo, transfigurados en El.

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