Domingo II Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 49, 3. 5-6: Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación
- Salmo: Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
- 2ª Lectura: 1 Co 1, 1-3: A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo
+ Evangelio: Jn 1, 29-34: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (19-01-2014): Amor y mansedumbre


Visita pastoral a la parroquia romana "Sacro Cuore di Gesù a Castro Pretorio"
Domingo 19 de enero del 2014

Es hermoso este pasaje del Evangelio. Juan que bautizaba; y Jesús, que había sido bautizado antes —algunos días antes—, se acercaba, y pasó delante de Juan. Y Juan sintió dentro de sí la fuerza del Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús. Mirándole, y mirando a la gente que estaba a su alrededor, dijo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Y da testimonio de Jesús: éste es Jesús, éste es Aquél que viene a salvarnos; éste es Aquél que nos dará la fuerza de la esperanza.

Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que..., no puedo cargarlo ni siquiera con un camión...». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa... Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.

Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener esta confianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado...»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo.

Y ahora os invito a hacer una cosa: cerremos los ojos, imaginemos esa escena, a la orilla del río, Juan mientras bautiza y Jesús que pasa. Y escuchemos la voz de Juan: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Miremos a Jesús en silencio, que cada uno de nosotros le diga algo a Jesús desde su corazón. En silencio. (Pausa de silencio).

Que el Señor Jesús, que es manso, es bueno —es un cordero—, y vino para quitar los pecados, nos acompañe por el camino de nuestra vida. Así sea.

Juan Pablo II, Papa

Homilía (18-01-1981): ¡Cordero de Dios!


Visita pastoral a la Parroquia Romana de San José
Domingo 18 de enero del 1981

1. "La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (1 Cor 1, 3).

Con estas palabras, con las que el Apóstol Pablo saludaba una vez a la Iglesia de Corinto,saludo hoy a vuestra parroquia...

3. El tiempo de Navidad, que hemos vivido hace poco, ha renovado en nosotros la concienciade que "el Verbo se hizo , carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14). Esta conciencia no nos abandona jamás; sin embargo, en este período se hace particularmente viva y expresiva. Se convierte en el contenido de la liturgia, pero también en el contenido de la vida cristiana, familiar y social. Nos preparamos siempre para esa santa noche del nacimiento temporal de Dios mediante el Adviento, tal como lo proclama hoy el Salmo responsorial: "Yo esperaba con ansia al Señor: El se inclinó y escuchó mi grito" (Sal 39 [40], 2).

Es admirable este inclinarse del Señor sobre los hombres. Haciéndose hombre, y ante todo como Niño indefenso, hace que más bien nos inclinemos sobre El, igual que María y José, como los pastores, y luego los tres Magos de Oriente. Nos inclinamos con veneración, pero también con ternura. ¡En el nacimiento terreno de su Hijo, Dios se "adapta" al hombre tanto, que incluso se hace hombre!

Y precisamente este hecho —si seguimos el hilo del Salmo— nos "puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios" (Sal 39 [40], 4). ¡Qué candor se trasluce en nuestros cantos navideños! ¡Cómo expresan la cercanía de Dios, que se ha hecho hombre y débil niño! ¡Que jamás perdamos el sentido profundo de este misterio! Que lo mantengamos siempre vivo, tal como nos lo han transmitido los grandes santos, y aquí, bajo el cielo italiano, de modo particular San Francisco de Asís. Esto es muy importante, queridos hermanos y hermanas: ¡De ello depende el modo de mirarnos a nosotros mismos y a cada uno de los hombres, el modo de vivir nuestra humanidad!

Lo expresa también el Profeta Isaías cuando proclama hoy en la primera lectura: "Mi Dios fue mi fuerza" (Is 49, 3). Y en la segunda lectura San Pablo se dirige a los Corintios —y al mismo tiempo indirectamente a nosotros— como a "los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que El llamó" (1 Cor 1, 2).

¡Pensemos en nosotros, a la luz de estas palabras! ¡Cada uno de nosotros piense en sí de esta manera, y pensemos mutuamente así los unos en los otros! En efecto, el reciente Concilio nos ha recordado la vocación de todos a la santidad. ¡Esta es precisamente nuestra vocación en Jesucristo! Y es don esencial del nacimiento temporal de Dios. ¡Al nacer como hombre, el Hijo de Dios confiesa la dignidad del ser humano, y a la vez le hace una nueva llamada, la llamada a la santidad!

4. ¿Quién es Jesucristo?

El que nació la noche de Belén. El que fue revelado a los pastores y a los Magos de Oriente. Pero el Evangelio de este domingo nos lleva una vez más a las riberas del Jordán, donde, después de 30 años de su nacimiento, Juan Bautista prepara a los hombres para su venida. Y cuando ve a Jesús, "que venía hacia él", dice: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).

Juan afirma que bautiza en el Jordán "con agua, para que —Jesús de Nazaret— sea manifestado a Israel" (Jn 1, 31).

Nos habituamos a las palabras: "Cordero de Dios". Y, sin embargo, éstas son siempre palabras maravillosas, misteriosas, palabras potentes. ¡Cómo podían comprenderlas los oyentes inmediatos de Juan, que conocían el sacrificio del cordero ligado a la noche del éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto!

¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Los versos siguientes del Salmo responsorial de hoy explican más plenamente lo que se reveló en el Jordán a través de las palabras de Juan Bautista, y que ya había comenzado la noche de Belén. El Salmo se dirige a Dios con las palabras del Salmista, pero indirectamente nos trae de nuevo la palabra del Hijo eterno hecho hombre: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero" (Sal 39 [40], 7-9).

Así habla, con las palabras del Salmo, el Hijo de Dios hecho hombre. Juan capta la misma verdad en el Jordán, cuando, señalándolo, grita: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).

5. Hermanos y hermanas: Hemos sido, pues, "santificados en Cristo Jesús". Y estamos"llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo Señor nuestro" (1 Cor 1, 2).

Jesucristo es el Cordero de Dios, que dice de Sí mismo: "Dios mío, quiero hacer tu voluntad, y llevo tu ley en las entrañas" (cf. Sal 39 [40], 9).

¿Qué es la santidad? Es precisamente la alegría de hacer la voluntad de Dios.

El hombre experimenta esta alegría por medio de una constante acción profunda sobre sí mismo, por medio de la fidelidad a la ley divina, a los mandamientos del Evangelio. E incluso con renuncias.

El hombre participa de esta alegría siempre y exclusivamente por obra de Jesucristo, Cordero de Dios. ¡Qué elocuente es que escuchemos las palabras pronunciadas por Juan en el Jordán, cuando debemos acercarnos a recibir a Cristo en nuestros corazones con la comunión eucarística!

Viene a nosotros el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios. El que trae la santidad.

La parroquia, como una pequeña parte viva de la Iglesia, es la comunidad en la que constantemente escuchamos las palabras: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Y continuamente sentimos la llamada a la santidad. La parroquia es una comunidad, cuya finalidad principal es hacer de esa común llamada a la santidad, que nos llega en Jesucristo, el camino de cada uno y de todos, el camino de toda nuestra vida y, a la vez, de cada día.

6. Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y continuamente nos da la fuerza de la santificación. Continuamente nos da "el poder de llegar a ser hijos de Dios", como lo proclama la liturgia de hoy en el canto del Aleluya.

Esta potencia de santificación del hombre, potencia continua e inagotable, es el don del Cordero de Dios. Juan, señalándolo en el Jordán, dice:' "Este es el Hijo de Dios" (Jn 1, 34), "Ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo" (Jn 1, 33), es decir, nos sumerge en ese Espíritu al que Juan vio, mientras bautizaba, "que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre El" (Jn 1, 32). Este fue el signo mesiánico. En este signo, El mismo, que está lleno de poder y de Espíritu Santo, se ha revelado como causa de nuestra santidad: el Cordero de Dios, el autor de nuestra santidad.

¡Dejemos que El actúe en nosotros con la potencia del Espíritu Santo!

¡Dejemos que el nos guíe por los caminos de la fe, de la esperanza, de la caridad, por el camino de la santidad!

¡Dejemos que el Espíritu Santo —Espíritu de Jesucristo— renueve la faz de la tierra a través de cada uno de nosotros!

De este modo, resuene en toda nuestra vida el canto de Navidad.

Congregación para el Clero

Homilía: Testimonio auténtico

La página del Evangelio nos presenta a Juan Bautista como ejemplo representativo del «testigo perfecto», del anunciador excelente y ejemplar. La eminencia del testimonio del Bautista es afirmada en un doble sentido: respecto al contenido del testimonio y respecto a su estilo.

Respecto al contenido.

El Bautista define a Jesús: «el cordero de Dios», que vino a quitar los pecados del mundo. El cuarto evangelista abre así su relato, anticipando rápidamente el rol de mediación y salvación de Jesús, a través de las palabras del Bautista. El cordero, de hecho, nos recuerda la idea de la salvación: es el don de la liberación, que el pueblo de Israel, sacrifica después de la fuga de Egipto; el cordero nos recuerda la figura del Siervo del Señor, imagen mesiánica descrita por el profeta Isaías en el capitulo 53: «como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el esquilador». Y por último, el cordero nos recuerda la imagen del cordero victorioso del Apocalipsis, el cual al final de la historia destruirá definitivamente el mal y el pecado.

Juan Bautista es por lo tanto el testigo autorizado que conoce exactamente la identidad de Jesús y el propósito de su venida entre los hombres.

Respecto al estilo.

El Evangelio de Juan (cfr. Jn. 3,28-29) presenta la figura del Bautista a través de la imagen del amigo del esposo. Él da testimonio, pero no se pone al centro. Su atención es toda centrada en Cristo.

Juan indica al Señor presente y después se pone al margen: «No soy yo el Cristo» - afirma- «pero he sido enviado delante de él. En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya» (Jn. 3,28-30)

El Evangelio del día nos ofrece por tanto un ejemplo eficaz a imitar para ser nosotros mismos testigos auténticos. El testimonio de un creyente se puede definir auténtico solo si en el mismo conviven en perfecta armonía las dos cualidades esenciales del testimonio del Bautista: el conocimiento de Cristo, que se cultiva a través de la oración, la vida sacramental y eclesial, las sanas lecturas, las relaciones edificantes, etc...; y el comportamiento constante del amigo del esposo, que se busca a través de la virtud de la humildad, para que siempre en la vida de cada uno, Cristo crezca y nosotros disminuyamos.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Iglesia de Dios

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

A partir de hoy, durante los próximos domingos, leeremos la primera carta a los corintios. Intentaremos recoger algunas de las indicaciones que San Pablo hace a esta joven comunidad, llena de vitalidad, pero también con problemas y dificultades de crecimiento. Esas indicaciones, el Espíritu Santo nos las hace también a nosotros hoy.

«Llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios». Llama la atención la profunda conciencia que San Pablo tiene de haber sido llamado personalmente al apostolado. Si ha recibido esta misión no es por iniciativa suya, sino por voluntad de Dios. Por eso la realiza en nombre de Cristo, con la autoridad del mismo Cristo, como embajador suyo (2 Cor 5, 20). También nosotros hemos de considerarnos así. Cada uno ha recibido una llamada de Cristo y una misión dentro de la Iglesia para contribuir al crecimiento de la Iglesia. Debe sentirse apóstol de Cristo Jesús, colaborador suyo, instrumento suyo (1 Cor 3,9).

«A la Iglesia de Dios». Cualquier comunidad, por pequeña que sea, es Iglesia de Dios. Así debe considerarse a sí misma. Esta es nuestra identidad y a la vez la fuente única de nuestra seguridad: somos Iglesia de Dios, a Él pertenecemos, somos obra suya, construcción suya (1 Cor 3,9). No somos una simple asociación humana.

«A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos». Es casi una definición de lo que significa ser Iglesia de Dios: Los santificados llamados a ser santos. Por el bautismo hemos sido santificados, consagrados; pertenecemos a Dios, hemos entrado en el ámbito de lo divino, formamos parte de la casa de Dios. Pero este don conlleva el impulso, la llamada y la exigencia a «completar nuestra consagración», a «ser santos en toda nuestra conducta». Esta es la voluntad de Dios (1 Tes 4,3). La Iglesia es santa. La santidad es una nota esencial e irrenunciable de la Iglesia. Si nosotros no somos santos, estamos destruyéndonos a nosotros mismos... y estamos destruyendo la Iglesia.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La finalidad de la Encarnación del Verbo se manifiesta en el ansia profunda del Corazón de Cristo Redentor para llevar a los hombres, purificados de sus pecados, hasta la condición de hijos de Dios. Para conseguirlo, los ilumina primero con su palabra y su vida, y los santifica, al fin, con su propio sacrificio, como Cordero destinado a expiar los pecados de todos los hombres. Así lo vemos en las lecturas siguientes:

Isaías 49,3.5-6: Te hago Luz de las naciones, para que seas mi salvación. Todo hombre, de cualquier condición y origen, necesita de la salvación. Jesús es el Siervo de Dios, que tiene poder para iluminar y reconciliar a todos los hombres hasta el último confín de la tierra. El Siervo, en su condición difícil, pero preciosa, experimenta la dureza del corazón del Pueblo elegido. Pero sufre pacientemente, para que todos podamos ser como Él. Comenta San Gregorio Nacianceno:

«Vengamos a ser como Cristo, ya que Cristo es como nosotros. Lleguemos a ser dioses por Él, ya que Él es hombre por nosotros. Él ha tomado lo que es inferior para darnos lo que es superior. Se ha hecho pobre para que su pobreza nos enriquezca (2 Cor 8,9); ha tomado forma de esclavo (Flp 2,7) para que nosotros recobremos la libertad (Rom 8,1); se ha abajado para alzarnos a nosotros; aceptó la tentación para hacernos vencedores; ha sido deshonrado para glorificarnos; murió para salvarnos y subió al cielo para unirnos a su séquito, a nosotros que estábamos derribados a causa del pecado» (Sermón 1,5).

–Con el Salmo 39 unimos nuestra voz a la de Cristo y cantamos: ««Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... He proclamado su salvación ante la gran asamblea».

1 Corintios 1,1-3: Gracia y paz os dé nuestro Padre y Jesucristo, nuestro Señor. Es por Cristo, Salvador por quien el Padre nos ofrece la gracia que nos reconcilia y la paz que nos salva. En la Carta a Diogneto leemos:

«Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero Él ha querido manifestarse a Sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios es Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún Él, es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.

«Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para Sí, parecía abandonarnos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?

«Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados... Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales...

«¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea cubierta por un solo justo, y que la justicia de uno solo justifique a tantos impíos!» (Diogneto 8).

Juan 1,29-34: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Tras proclamar la necesidad de la penitencia y de la conversión, el Bautista coronó su misión de Precursor, señalando en Jesús la presencia santificadora del Cordero de Dios. Unas ocho veces ha comentado San Agustín este pasaje evangélico :

«Demuestra que tienes amor al Pastor amando a las ovejas, pues también las ovejas son miembros del Pastor. Para que las ovejas se conviertan en miembros suyos, fue conducido al sacrificio como una oveja (Is 53, 7); para que las ovejas se hicieran miembros suyos, se dijo de Él: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). Pero, grande es la fortaleza de este Cordero. ¿Quieres conocer cuánta fortaleza mostró tener? Fue crucificado el Cordero y resultó vencido el león. Ved y considerad con cuánto poder rige el mundo Cristo, el Señor, si con su muerte venció al diablo. Amémosle, pues; nada tengamos en mayor aprecio» (Sermón 225,1-2).

Jesús es el único justo en medio de aquella muchedumbre que confesaba sus pecados. Él es «el Cordero de Dios». ¿A quién se refiere esta imagen?: ¿Al cordero sacrificado en el templo?, ¿al cordero pascual?, ¿al Siervo de Yahvé? A los tres al mismo tiempo. Y esa imagen significa que Él es inocente, lleno de mansedumbre, de perfección ritual y de santidad, y que será sacrificado en la Cruz para salvar a todos los hombres de sus pecados, para irradiar en todas partes la Luz sin ocaso con su palabra y con su vida.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 96-99

-Este es el Hijo de Dios (Jn 1, 29-34)

Todavía no empezamos la lectura continuada del evangelio de San Mateo. A veces se han utilizado determinados pasajes del evangelio de san Juan, por otra parte tradicionalmente vinculado con la Cuaresma y con el Tiempo pascual, para completar algunas series de los domingos ordinarios. Es lo que sucede en este caso.

El presente pasaje va asociado a la celebración del Bautismo del Señor que, en realidad, abre la primera semana del Tiempo ordinario. Parece como si el evangelista hubiera querido prolongar la meditación de dicha escena, con esta obra en la que Juan Bautista quiere dar fe de Jesús. En las palabras del Bautista llama especialmente la atención la designación de Cristo y de su papel, por el Espíritu que bajó del cielo y reposó sobre él. El tema es el típico de la designación de un profeta elegido por el Señor.

Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el Espíritu del Señor (Is 11, 1-2).

Es preciso continuar la lectura de este capítulo, donde leemos las cualidades y el papel del así designado por el Espíritu.

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu (Is 42, 1).

Es el espíritu profético del que habla el capítulo 11 de Isaías, y la efusión de ese espíritu es el signo mesiánico por excelencia:

Después de esto derramaré mi espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán... Realizaré prodigios en el cielo (Joel 3, 1-4).

El evangelio de san Lucas nos describe a Cristo entrando en la sinagoga de Nazaret, en el momento en que se estaba leyendo el profeta; Cristo desenrolla el volumen y lee:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los Pobres,
a vendar los corazones rotos... (Is 61, 1).

Y Cristo comenta este pasaje aplicándoselo a sí mismo. Pero para Juan Bautista, estos textos proféticos que él tenía que conocer, adquieren un vivo significado al verlos realizarse concretamente en el bautismo de Jesús. El tuvo la suerte de poder identificar con la mayor claridad posible al elegido y señalado por el Señor: "El que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo". Y concluye Juan Bautista: "Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios".

Pero Juan Bautista entendió lo que significa el Hijo de Dios y su misión. Da testimonio de él atribuyéndole todas las cualidades de Hijo. Y lo primero que le interesa afirmar es la eternidad del Hijo: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo" (1, 30). Pero la cualidad del verdadero Hijo es cumplir la voluntad de su Padre. Por eso Juan Bautista señala claramente a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (1, 29).

Las expresiones "Cordero" y "quitar los pecados del mundo" nos hacen remontarnos a Isaías y, al mismo tiempo, nos introducen en el estilo y en las preocupaciones propias del evangelista Juan. "Cordero de Dios" recuerda inmediatamente el sacrificio (Ex 13, 13; 29, 38; 34, 25 - Lv 3, 7 - Nm 28, 9 - Is 7, 9 - Eclo 46, 19 - Is 53, 7 - Jr 1 1,19), y pensamos muy especialmente en el cordero pascual y en su inmolación (Ex 12, 3 - 2 Cro 35, 7; 35, 11). Isaías y Jeremías mencionan la inmolación del Cordero: "Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca" (Is 53, 7). "Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban" (Jr 11, 19).

Cuando Isaías designa al Siervo de Yahvéh (Is 53, 4.7.12), prefigura el anuncio que Juan Bautista hace de Jesús: "Este es el Cordero de Dios". Es Hijo y Cordero, Siervo para cargar con los pecados del mundo. La palabra "Cordero" indica, como en los profetas, la inocencia del que va a ser inmolado. Cargar con los pecados es el papel del Siervo. "El Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes" (Is 53, 6). "Soportó nuestros sufrimientos" (Is 53, 4).

"Tomó el pecado de muchos" (Is 53, l2). Jesús es verdaderamente el Cordero, el Siervo, el Hijo amado porque cumple la voluntad del Padre. Como lo hizo el Padre cuando el bautismo en el Jordán y en la Transfiguración, también Juan Bautista presenta a Cristo: "Este es el Cordero".

El Padre designó a su Hijo único como Cordero y como Siervo para cargar con los pecados del mundo. El Espíritu se posó sobre él y le escogió. La encarnación del Verbo viene a desembocar en esta obra de servicio hasta morir para redimir al mundo, a fin de que quienes le reciban vean la salvación de Dios (Canto del Aleluya).

-La elección del Siervo (Is 49, 3.5-6)

La lectura de Isaías nos lleva a los grandes tipos del Siervo Jesús, que lo anunciaron a lo largo de los siglos. Poseemos cuatro cantos del Siervo (Is 42, 1-7; 49, 1-9; 50, 4-9; 52, 13- 53, 12). Es bastante general que la exégesis actual piense que estos poemas, insertos progresivamente en la obra de Isaías, sean sin embargo obra de otro autor llamado por ellos el Deutero-Isaías. De esta lectura se han conservado sobre todo los versículos en que se trata de la elección del Siervo (Is 49, 1-4).

"Me dijo: tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso" (Is 49, 3). Esta elección por parte del Señor va a conferir al Siervo una elevada misión: reunir a Israel y ser luz de las naciones, para que la salvación alcance hasta los confines de la tierra (Is 49, 6).

El salmo 39, que sirve de responsorio a la primera lectura, se canta con un estribillo que expresa la cualidad del Servidor y del Cordero: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. El Siervo se ofrece a sí mismo como víctima, pero lo que el Señor exige es el cumplimiento de su voluntad: Como está escrito en mi libro: "Para hacer tu voluntad" (Sal 39, 9).

-El Apóstol es llamado y también nosotros (1 Co 1, 1-3)

Este domingo, la segunda lectura coincide casualmente con el tema propuesto por la primera lectura y por el evangelio: la elección para una misión. Desde las primeras palabras de su primera carta a los Corintios, san Pablo se presenta como llamado por la voluntad de Dios para ser Apóstol de Cristo Jesús. Como se llamó a Juan Bautista a dar testimonio de Jesús, se elige a Pablo para anunciar la Buena Noticia de Cristo.

Pero también los fieles han sido objeto de una elección por parte de Dios. Por el llamamiento de Dios, ellos son el pueblo santo, y su papel es invocar el nombre del Señor Jesús. Así han sido los fieles entresacados, elegidos por el Señor, separados para ser testigos de Cristo. Si a Pablo se le eligió para el apostolado, a los cristianos se les elige para la santidad. Esta santidad se vive en la comunión, en la Iglesia que invoca el nombre de su Cristo y cuya principal vocación consiste en una alabanza de adoración, base de su testimonio y de su apostolado.

-La elección que Dios hace hoy

Todo esto no es más que pasado; y nosotros, por el contrario, nos encontramos en plena actualidad que es lo que hemos de tratar de vivir. Palpamos la ocasión de entender mejor lo que son la enseñanza y la espiritualidad de la liturgia. No es un concepto: es una entrada en lo concreto: ya hemos visto lo que significa ser elegido y la misión que esta elección lleva consigo. Tampoco es teología abstracta de la elección que Dios realiza, sino mostrar a Dios que hace la elección. Así es también en lo que a nosotros respecta. No se precisan teorías sobre la elección de Dios. Sabemos que fuimos elegidos por él por nuestro bautismo; y este mismo término se utilizaba en la antigüedad para designar a los que se preparaban a recibirlo: "los elegidos", los "escogidos" para participar de la vida divina y de sus consecuencias. A nosotros corresponde sacarlas.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 33 s

1. El testimonio.

Del bautismo de Jesús (al que se referían también las dos lecturas), se habló en el evangelio del domingo pasado, que es además el primero del tiempo ordinario: Jesús es el siervo preferido de Dios (primera lectura) que ha sido «ungido con la fuerza del Espíritu Santo» que descendió sobre él (Crisma-Cristo-Mesías). El evangelio de hoy habla del Bautista como testigo que da testimonio de este acontecimiento. La figura del Bautista está tan centrada en el testimonio, que el evangelista Juan, para quien el «testimonio» es una noción central (testimonio del Padre, de Moisés, del Bautista, testimonio que los discípulos dan de Jesús, testimonio que Jesús da de sí mismo), ni siquiera menciona la acción bautismal. El Bautista está tan centrado en su misión de dar testimonio del que es mayor que él, que su acto personal ni siquiera es digno de mención: «A él le toca crecer, a mí menguar» (Jn 3,30). Todo su ser y obrar remite al futuro, al ser y al obrar de otro; él sólo es comprensible como una función al servicio de ese otro.

2. La situación del que da testimonio es extraña.

Es muy probable que el Bautista conociera personalmente a Jesús, con el que (según Lucas) estaba emparentado como hombre. Por eso cuando dice: «Yo no lo conocía», en realidad quiere decir: Yo no sabía que este hijo de un humilde carpintero era el esperado de Israel. El no lo sabe, pero tiene una triple presciencia para su propia misión. En primer lugar sabe que el que viene después de él es el importante, incluso el único importante, pues «existía antes que él», es decir: procede de la eternidad de Dios. Por eso es consciente también de la provisionalidad de su misión. (Que él, que es anterior, ha recibido su misión, ya en el seno materno, del que viene detrás de él, tampoco lo sabe). En segundo lugar conoce el contenido de su misión: dar a conocer a Israel, mediante su bautismo con agua, al que viene detrás de él. Con lo que conoce también el contenido de su tarea, aunque no conozca la meta y el cumplimiento de la misma. Y en tercer lugar ha tenido un punto de referencia para percibir el instante en que comienza dicho cumplimiento: cuando el Espíritu Santo en forma de paloma descienda y se pose sobre el elegido. Gracias a estas tres premoniciones puede Juan dar su testimonio total: si el que viene detrás de mí «existía antes que yo», debe venir de arriba, debe proceder de Dios: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios». Si él ha de bautizar con el Espíritu Santo, entonces «éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Sacar semejantes conclusiones de tales indicios es, junto con la gracia de Dios, la obra suprema del Bautista. Juan retoma la profecía de Isaías: «Yo te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

3. El Bautista

El Bautista es el modelo del testimonio de los cristianos que, de otra manera, deben ser también precursores y testigos del que viene detrás de ellos (cfr. Lc 10,1). Por eso Pablo los bendice en la segunda lectura. Ellos saben más de Jesús que lo que sabía el Bautista, pero también ellos tienen que conformarse con los indicios que se les dan y que son al mismo tiempo promesas. Al principio también ellos están lejos de conocer a aquel del que dan testimonio como lo conocerán en su día gracias a la ejecución de su tarea: cuanto mejor cumplen su tarea, tanto más descollará aquél sobre su pequeña acción como el "semper maior". Entonces reconocerán su insignificancia y provisionalidad, pero al mismo tiempo experimentarán el gozo de haber podido cooperar por la gracia al cumplimiento de la tarea principal del Cristo: «Por eso mi alegría ha llegado a su colmo» (Jn 3,29).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (15-01-1984)

Visita a la Parroquia romana de San Giovanni Battista al Collatino
Domingo 15 de enero del 1984

1. «Grazia a voi e pace da Dio, Padre nostro, e dal Signore Gesù Cristo» (1 Cor 1, 3).

Con queste parole dell’apostolo Paolo, che abbiamo ascoltato nella seconda lettura dell’odierna liturgia, mi rivolgo a tutti voi, carissimi fratelli e sorelle di questa parrocchia di San Giovanni Battista al Collatino, e vi esprimo la mia profonda gioia di poter celebrare con voi il Sacrificio eucaristico.

[...]

2. A questo nostro incontro presiede spiritualmente san Giovanni Battista, sia perché egli è qui venerato come titolare della parrocchia, sia ancora perché il brano del Vangelo di Giovanni, che abbiamo poco fa ascoltato, ce lo presenta come testimone intrepido del Cristo. La figura del Battista ci richiama quel tempo dell’anno liturgico che va dalla prima domenica di Avvento fino alla festa del Battesimo del Signore, che abbiamo celebrato la scorsa settimana. In questo periodo l’abbiamo visto come il battezzatore e il precursore del Signore nello scenario austero e suggestivo insieme del fiume Giordano e del deserto di Giuda. Oggi egli con la proclamazione di Gesù, quale «Agnello di Dio... che toglie il peccato del mondo» (Gv 1, 29) apre il ciclo del tempo ordinario dell’anno liturgico, che è tutto incentrato sulla storia della salvezza, operata da Cristo.

Poiché l’immagine dell’Agnello di Dio è strettamente collegata con quella del servo sofferente, descritto dal profeta Isaia come «agnello condotto al macello» (Is 53, 7) e all’agnello pasquale (Es 12) che è simbolo della redenzione di Israele, con essa Giovanni ci addita il Cristo come Redentore. Gesù deve passare attraverso la passione, morte e risurrezione per poter battezzare «nello Spirito Santo» e operare la salvezza, come «figlio di Dio». L’atteggiamento del Battista in questo brano è quello di colui che, a tappe, progredisce nella fede e nella conoscenza di Dio: dapprima dice di non conoscerlo (Gv 1, 31), poi vede in lui il Messia-sofferente (Gv 1, 29), infine il Santificatore (Gv 1, 31) e il Figlio di Dio (Gv 1, 34). Questo atteggiamento è per noi esemplare, perché ci insegna ad accogliere il Cristo come colui che con il Battesimo instaura in noi una nuova realtà, una «nuova creazione», un nuovo regno: quello che è vivificato dallo Spirito Santo; ma ci insegna anche a iniziare un cammino di fede, in cui ci sentiamo sempre più impegnati nel rendere testimonianza a Cristo non solo come Figlio dell’uomo, ma anche come Figlio di Dio venuto a togliere dal cuore dell’uomo la radice di ogni male, cioè il peccato. Tutto questo evoca la delicata e commovente immagine dell’Agnello, con cui Giovanni Battista ha «manifestato» Cristo al mondo, in quel lontano giorno lungo le rive del Giordano.

3. Dobbiamo avere la mente e il cuore aperti per ricevere questa manifestazione, che non vuol essere tanto una conoscenza del mistero di Cristo, quanto una nostra immersione e un nostro assorbimento in esso. Si tratta in qualche modo di far nostri quei sentimenti espressi nel Salmo responsoriale, nei quali la tradizione cristiana ha visto raffigurato il Cristo stesso (cf. Eb 10, 5.7): «Sacrificio ed offerta non gradisci, / gli orecchi mi hai aperto. / Non hai chiesto olocausto e vittima per la colpa. / Allora ho detto: «Ecco io vengo». / Sul rotolo del libro, di me è scritto / di compiere il tuo volere» (Sal 40, 7-9).

Come abbiamo già accennato, il mistero di Cristo è mistero di obbedienza e di sacrificio: egli è come un docile agnello che si offre per tutti noi. Si direbbe che Giovanni Battista, dopo la sua confessione, abbia cominciato a tacere per dare voce a Cristo, il quale in questo salmo messianico, che è uno dei più avvincenti di tutto il Salterio, annunzia il compimento della nuova alleanza, cioè quel «canto nuovo» (Sal 40, 4) che si realizzerà con la venuta nella sua persona: «nel profondo del mio cuore»(Sal 40, 9). Non più i sacrifici dell’antica alleanza, ma l’unico e irripetibile sacrificio del «Figlio di Dio», il sacrificio del suo cuore, squarciato per la redenzione dell’uomo. È questa «la giustizia» che egli ha annunziato «nella grande assemblea»(Sal 40, 10), cioè la salvezza operata in faccia al mondo, a riscatto di ogni uomo e di ogni donna che sono sotto il cielo.

4. Le ultime parole di questo Salmo rivelano la dimensione universale dell’opera del Redentore, la quale è stata già espressa nella prima lettura dal profeta Isaia: «È troppo poco che tu sia mio servo per restaurare le tribù di Giacobbe e ricondurre i superstiti di lsraele. Io ti renderò luce delle nazioni, perché porti la mia salvezza fino all’estremità della terra» (Is 49, 5-6). A questa visione profetica fa eco san Paolo nella seconda lettura di questa domenica, il quale parla dei cristiani di Corinto come di coloro che «sono stati santificati in Cristo Gesù, chiamati ad essere santi insieme a tutti quelli che in ogni luogo invocano il nome del Signore nostro e loro» (1 Cor 1, 1-2).

Come appare con chiara evidenza sia nella prima che nella seconda lettura, si tratta di una salvezza universale, avente carattere spirituale. In Isaia si parla di una grande luce, che apporterà alle Nazioni la conoscenza dell’unico vero Dio e del suo inviato, Cristo Signore. Così infatti il vecchio Simeone salutò il fanciullo Gesù, allorché i genitori glielo presentarono al tempio: «Luce per illuminare le genti e gloria del tuo popolo lsraele» (Lc 2, 32). Appunto di Cristo, luce e salvezza, hanno bisogno oggi, come ieri, tutti gli uomini: quelli vicini e quelli lontani, quelli credenti e quelli non credenti, essendo egli diventato per tutti «causa di salvezza eterna» (Eb 5, 9).

[...]

6. Cari fratelli e sorelle!

Sono passati quasi duemila anni da quando i vostri lontani antenati – i romani – nei tempi dei Cesari dell’antico impero, hanno ricevuto dalle labbra degli apostoli Pietro e Paolo il messaggio evangelico.

Dall’inizio il raggio del mistero della Redenzione si è esteso su questa città, di cui voi siete oggi cittadini.

Vengo a voi come Vescovo di Roma per dare testimonianza a questo mistero salvifico:

- per professare il Verbo che si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi.

Contemporaneamente, in virtù di questo mio ministero episcopale, vi faccio la domanda che nasce dalla liturgia di oggi:

-accolgono tutti questo Verbo che si fece carne?

-attingono tutti da lui questa potenza per diventare figli di Dio?

Sono domande fondamentali.

Il servizio vescovile consiste appunto nel porre instancabilmente queste domande fondamentali perché se ne trovino sempre le risposte nella comunità di ogni parrocchia.

Infatti l’intera comunità della Chiesa porta in sé una viva partecipazione a quel «Battesimo con lo Spirito Santo» che, secondo le parole del suo Precursore, ebbe inizio sulle sponde del Giordano con Gesù di Nazaret: nato da Maria Vergine, Figlio del Dio vivente.

Che anche questa comunità partecipi sempre vitalmente a questo mistero di grazia e di rinnovamento e viva della grazia della Redenzione.

Homilía (18-01-1987)

Visita pastorale a la Parroquia romana de Santa Lucía
Domingo 18 de enero del 1987

[...] Vivere nella quotidianità la verità del Verbo che abita tra noi

Ecco io vengo, / per compiere il tuo volere. / Mio Dio, questo io desidero (cf. Sal 40, 8-9).

1. In queste parole dell’odierna liturgia ascoltiamo colui che è venuto. Abbiamo vissuto la sua venuta nella notte di Natale insieme con i pastori. L’abbiamo vissuta di nuovo nel giorno dell’Epifania, quando vennero da lontano i Re Magi, cercando dove era nato lui, il Re messianico.

Oggi viviamo ancora una volta la sua venuta al Giordano. Dopo trent’anni circa dalla nascita a Betlemme, Gesù di Nazaret viene sul luogo in cui Giovanni stava battezzando col battesimo di penitenza, per preparare la gente alla venuta del Messia. Egli diceva: «Sono venuto a battezzare con acqua perché egli fosse fatto conoscere a Israele» (Gv 1, 31).

Il giorno in cui Gesù di Nazaret venne al Giordano, Giovanni proclamò al popolo: «Ecco l’agnello di Dio, ecco colui che toglie il peccato del mondo» (Gv 1, 29).

2. La liturgia dell’odierna domenica ci permette di meditare ancora una volta sulla venuta di Gesù al Giordano, perché lo riceviamo in ogni comunità della Chiesa in tutta la verità della sua missione.

Meditiamo oggi su tale venuta in questa comunità che costituisce la vostra parrocchia, riunita insieme al suo Vescovo in occasione della visita pastorale.

Chi è Gesù di Nazaret? Giovanni Battista dice che egli è l’agnello di Dio che toglie i peccati del mondo. In tal modo pronunzia fino in fondo, per così dire, la verità circa il Messia-Redentore.

Vediamo, mediante le letture dell’odierna liturgia, come questa verità si delinea nell’Antico Testamento.

Innanzitutto Isaia. Il profeta parla di un misterioso personaggio che incarna, in certo modo, il popolo d’Israele, tanto che lo chiama con questo stesso nome. Tuttavia, che non si tratti del popolo come tale ma di un suo membro - rappresentativo di tutto il popolo - appare chiaro nei versetti seguenti, dove Dio dà l’incarico a questo suo «servo» di «riunire Israele, di restaurare le tribù di Giacobbe e ricondurre i superstiti di Israele».

Si tratta dunque di una singola persona, investita da Dio di una straordinaria missione pacificatrice e riconciliatrice a favore non soltanto del suo popolo, ma dell’intera umanità. Una missione di salvezza, che si allarga «fino all’estremità della terra». Dunque, per tutti i luoghi e per tutti i tempi.

Ma quale essere umano, con le sue sole forze naturali, potrebbe mai assolvere a una missione così grande e universale?

Ecco allora che già la prima tradizione cristiana ha ravvisato, in questa profezia di Isaia, un chiaro annunzio della missione redentrice dell’uomo-Dio, dell’agnello di Dio, di Gesù nostro Signore.

3. Il salmo responsoriale dell’odierna liturgia ci consente di avvicinarci ancor di più alle parole pronunziate nei pressi del Giordano.

In questo salmo, infatti, si prospetta il superamento del sacrificio esteriore di animali, che viene sostituito da un sacrificio interiore: l’uomo non deve più offrire qualcosa di esterno a se stesso, ma deve offrire la sua stessa persona, ponendosi in ascolto della parola di Dio, lasciando che la legge divina penetri «nel profondo del cuore», e mettendosi in atteggiamento di totale adesione e obbedienza alla sua volontà: «Ecco, io vengo».

Il salmista preannuncia velatamente la nascita di un nuovo culto, nel quale, nell’agnello divino, ogni uomo può e deve offrire se stesso al Padre per la salvezza propria e di molti fratelli. Questo nuovo culto non sarà altro che la celebrazione eucaristica, come quella che stiamo svolgendo in questo momento.

4. Così dunque ciò che nelle letture dell’Antico Testamento è già parzialmente «svelato» ma ancora «velato», si fa chiaro contemporaneamente con la venuta di Cristo.

Già nei pressi del Giordano il mistero riceve una luce penetrante dalle parole di Giovanni Battista. E poi in un certo senso questa luce si riconfermerà ripetutamente, passo dopo passo, tappa dopo tappa, sulle vie del servizio messianico di Gesù di Nazaret. Il significato delle parole di Giovanni: «l’agnello di Dio . . . che toglie il peccato del mondo» diventerà chiaro fino in fondo mediante la croce sul Golgota, e poi la mattina del giorno di Pasqua.

5. Chi siamo noi, riuniti qui? Siamo tra coloro che in tanti luoghi della terra «invocano il nome del Signore Gesù Cristo» (1 Cor 1, 2).

È di noi che l’Apostolo parla con le parole della Prima Lettera ai Corinzi: siamo tra coloro «che sono stati santificati in Cristo Gesù, chiamati ad essere santi» (1 Cor 1, 2).

Egli ci «ha messo sulla bocca un canto nuovo, lode al nostro Dio» (Sal 40, 4).

Egli ci «ha dato potere di diventare figli di Dio» (Gv 1, 12).

Egli, l’agnello di Dio, mediante il sacrificio del suo corpo e del suo sangue, ci ha portato un battesimo diverso da quello predicato da Giovanni al Giordano. Egli, l’agnello di Dio, «è colui che battezza in Spirito Santo». Per la sua opera siamo rinati «da acqua e da Spirito» (Gv 1, 3; 3,5 ) alla vita di Dio.

6. Chi siamo noi, riuniti qui? Siamo la Chiesa dell’agnello di Dio, Redentore del mondo. Siamo una parrocchia - una parte viva e organica di questa Chiesa.

[...]

9. Cari fratelli e sorelle,

«Il Verbo si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi» (Gv 1, 14).

Viviamo di questa verità divina che è stata ripresentata nelle nostre coscienze nel tempo di Natale appena terminato!

Viviamo di questa verità non soltanto in occasione di una festa, ma nella quotidianità della nostra vita. Poiché essa costituisce il fondamento stesso della nostra esistenza, qui sulla terra.

«Il Verbo... venne ad abitare in mezzo a noi...

A quanti l’hanno accolto, ha dato il potere di diventare figli di Dio».

Viviamo di questa verità! Vivete di essa nella comunità della vostra parrocchia! Accogliete sempre di nuovo il Verbo che si fece carne! Accogliete il Figlio di Maria! Accogliete l’agnello di Dio, il Redentore del mondo!

Durante tutti i giorni della vita, particolarmente in mezzo alle prove e alle sofferenze, sgorghi da lui la vostra potenza!

[...]

Solo una parola, ma è una parola chiave che viene da Gesù Cristo: «Voi conoscerete la verità e la verità vi farà liberi». Per il cammino dell’uomo e non solo dei cristiani sono parole chiave. Si può infatti pensare a una separazione tra la libertà e la verità? Si può pensare che ciascuna vada per la sua strada?

Alcuni oggi lo pensano, pensano che la verità sia di ostacolo alla libertà. Eppure Cristo dice chiaramente: «La verità vi farà liberi». Non possiamo fare come Ponzio Pilato, lavarcene le mani. Tanti lo vogliono, vogliono dispensarci dalla verità, dalla sua ricerca. È più moderno, pensano, più alla moda, vivere senza certezze, nel dubbio. Ma sant’Agostino era un ricercatore appassionato, tra i più appassionati anzi e non solo nella Chiesa. Questa passione per la verità era la sua vita. E se uno possiede questa passione arriva alla verità come lui ci è arrivato. E arrivandoci ha compreso che non ci può essere libertà senza verità. Molte volte l’uomo moderno non vuole conoscerla, perché la verità è sì una luce per la libertà, la sua guida, ma anche un impegno, qualcosa di esigente. Ma io vi auguro di cercare la verità, di non essere indifferenti. E di fare della verità una luce che vi sia di guida verso la libertà. Essere liberi non vuol dire agire secondo i propri piaceri o interessi, perché libertà è scegliere il vero bene. È un problema centrale per ogni epoca, non solo per quella di sant’Agostino e quelle parole sono valide sempre. Vi auguro di non dimenticare l’incontro di oggi, in particolare le parole di sant’Agostino e soprattutto le parole di Cristo: essere liberi seguendo la verità, durante la vostra giovinezza e per tutto il corso della vostra vita. Vi benedico.

Homilía (14-01-1990)

Visita pastoral a la Parroquia romana de San Fabiano e Venanzio
Domingo 14 de enero del 1990

«Ecco l’Agnello di Dio, ecco colui che toglie il peccato del mondo».

1. Con queste parole Giovanni Battista annuncia la venuta del Regno di Dio nella storia umana, l’avveramento delle antiche profezie messianiche, l’inaugurazione del tempo «ultimo», nel quale la salvezza di Dio sarà offerta a tutti gli uomini.

Tutto ciò si compie in Cristo Gesù. È lui il «Figlio Eletto», nel quale Dio manifesta la sua gloria; è lui il «Servo» consacrato dallo Spirito per riunire i dispersi di Israele; è lui «la luce delle nazioni» che porta la salvezza fino all’estremità della terra; è lui, finalmente, l’«Agnello» della nuova Pasqua che con la sua morte realizza la liberazione e sancisce nel suo sangue la nuova ed eterna alleanza.

Con le stesse parole del Battista la comunità cristiana, fin dagli inizi, ha inteso proclamare la sua fede nell’opera della redenzione, che ha avuto il suo preludio nelle mirabili gesta compiute da Dio nell’Antico testamento ed ha raggiunto il suo coronamento nel mistero pasquale del Signore Gesù, «Agnello di Dio, che toglie il peccato del mondo».

La liturgia di questa domenica ci invita a cogliere tutta la profondità e la ricchezza di questo mistero. Ce ne ricorda, anzitutto, gli inizi allorché lo Spirito, nel battesimo al Giordano, si posa su Gesù, il Servo di Dio, affinché egli possa darsi totalmente all’opera affidatagli dal Padre; ce ne descrive il compimento, presentandoci il Cristo come vero Agnello pasquale immolato per noi; ci svela le dimensioni universali del suo sacrificio redentore, ma soprattutto ce ne fa cogliere tutta la «novità», portando l’attenzione sulla sua obbedienza alla volontà del Padre, quale atteggiamento interiore che qualifica la vita del Servo di Dio e soprattutto la sua morte salvifica: «Ecco, io vengo, Signore, per fare la tua volontà» (Salmo responsoriale).

2. L’opera della salvezza, realizzata da Cristo Signore per mezzo del suo mistero pasquale, non è un avvenimento iscritto soltanto nel passato; essa si fa presente nell’«oggi» della Chiesa, proiettandola verso il compimento futuro. Ciò è possibile grazie alla potenza dello Spirito, il quale agisce mediante i santi segni della liturgia, memoriale vivo ed efficace del mistero della redenzione. Celebrando i sacri riti, la Chiesa, fedele al comando del suo Sposo, «apre ai fedeli le ricchezze delle azioni salvifiche e dei meriti del suo Signore così che siano resi in qualche modo presenti a tutti i tempi, perché i fedeli possano venirne a contatto ed essere ripieni della grazia della salvezza» (Sacrosanctum concilium, 102).

Ciò vale specialmente per la celebrazione dell’Eucaristia, che della liturgia è centro e cardine. Infatti «ogni volta che celebriamo questo memoriale del Sacrificio del Signore si compie l’opera della redenzione» (Orazione sulle offerte). Questo è, per la Chiesa, il mistero celebrato nella divina liturgia: memoria e profezia, proclamazione ed ascolto, dono offerto e ricevuto.

Proprio in ragione di questa dimensione di «memoriale», su cui il Concilio ha particolarmente insistito, la celebrazione dei misteri della redenzione si rivela come «culmine verso cui tende tutta l’azione della Chiesa e, insieme, fonte da cui promana tutta la sua virtù» (Sacrosanctum concilium, 102): esperienza privilegiata della comunione degli uomini con Dio e tra loro e, nello stesso tempo sorgente inesauribile di impegno missionario.

Tutto ciò, naturalmente, non in forma automatica o quasi magica, ma in rapporto alla fede alle disposizioni interiori di chi vi prende parte. La liturgia, infatti, presuppone la fede e la conversione per essere esperienza vissuta di salvezza.

3. [...] La celebrazione liturgica è incontro, dialogo, comunione tra Cristo risorto, che in essa è presente e agisce per donare lo Spirito, e la Chiesa sua sposa. È azione sacra per eccellenza (Ivi, 7). La Chiesa non può vivere la comunione e impegnarsi nel mistero della salvezza senza attingere a questa inesauribile fonte.

È nell’assidua, ordinata ed attiva partecipazione all’assemblea liturgica, soprattutto domenicale, che la comunità dei credenti vive l’esperienza della comunione ecclesiale, superando la tentazione dell’isolamento e della chiusura; impara da Cristo a farsi serva, attraverso le molteplici forme di servizio previste nell’azione liturgica; viene sollecitata dalla carità di Cristo a dare come lui la vita per la salvezza del mondo.

In una parola, nella celebrazione dei divini misteri, scuola di fede e di vita cristiana, la Chiesa si manifesta e si edifica come «popolo adunato nell’unità del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo» (Lumen gentium, 4) ed è spinta dallo stesso Spirito ad andare nel mondo per annunciare a tutti gli uomini che solo in Cristo, morto e risorto, è possibile essere salvati.

5. Fratelli e Sorelle... A tutti vada il mio augurio a proseguire con entusiasmo nell’impegno di testimonianza generosamente assunto. Dico a voi quanto San Paolo auspicava per la Chiesa di Dio in Corinto: «A coloro che sono stati santificati in Cristo Gesù, chiamati ad essere santi insieme a tutti quelli che in ogni luogo invocano il nome del Signore nostro Gesù Cristo, Signore nostro e loro, grazia e pace da Dio Padre nostro e dal Signore Gesù Cristo».

Sì, «grazia e pace», carissimi fedeli della parrocchia dei Santi Fabiano e Venanzio! «Grazia e pace» a voi, ai vostri familiari ed a quanti condividono le vostre convinzioni di fede. «Grazia e pace» anche a coloro che si sono allontanati dalla fede o ancora non l’hanno raggiunta. Possa anche ad essi arridere la luce che promana dall’incontro con Cristo.

«Grazia e pace da Dio padre nostro e dal Signore nostro Gesù Cristo»!

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