Domingo III Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 8, 23b—9, 3: En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande
- Salmo: Sal 26, 1bcde. 4. 13-14: El Señor es mi luz y mi salvación
- 2ª Lectura: 1 Co 1, 10-13. 17: Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros
+ Evangelio: Mt 4, 12-23: Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (25-01-1981): Luz y salvación


Visita a la Parroquia Romana de Santa Gala.
III domingo del tiempo ordinario (Ciclo A)
Domingo 25 de enero del 1981

1. "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26, [27], 1).

Estas palabras del Salmo responsorial son, a la vez, confesión de fe y expresión de júbilo: fe en el Señor y en lo que El representa de luminoso para nuestra vida; júbilo por el hecho de que El es esta luz y esta salvación, en la que podemos encontrar seguridad e impulso para nuestro camino cotidiano.

Nos podemos preguntar: ¿de qué modo es el Señor nuestra luz y nuestra salvación? Cristo se convierte para nosotros en luz y salvación a partir de nuestro bautismo, en el que se nos aplican los frutos infinitos de su bendita muerte en la cruz: entonces viene a ser "para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Cor 1, 30). Precisamente para los bautizados, conscientes de su identidad de salvados, valen con plenitud las palabras de la Carta a los Efesios: "Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz. El fruto de la luz es todo bondad, justicia y verdad" (Ef 5, 8-9).

Pero la vida cristiana, queridos hermanos y hermanas, no es sólo un hecho individual y privado. Tiene necesidad de desarrollarse a nivel comunitario e incluso público, puesto que la salvación del Señor "está preparada ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes" (Lc 2, 31-32). Pues bien, la parroquia es la comunidad en la que el Señor se convierte en luz y salvación de cada uno y de todos para un testimonio común ante la sociedad.

[...]

2. El Evangelio de este domingo nos manifiesta cómo Cristo se ha convertido históricamente, al comienzo de su vida pública, en la luz y en la salvación del pueblo al que ha sido enviado. Citando al Profeta Isaías (9, 1), el Evangelista Mateo nos dice que este pueblo "habitaba en tinieblas..., en tierra y sombras de muerte"; pero finalmente "vio una luz grande". Después que la gloria del Señor había envuelto de luz, ya en Belén, a los pastores en la noche (cf. Lc 2, 9), con ocasión del nacimiento de Jesús, ésta es la primera vez que el Evangelio habla de una luz que se manifiesta a todos. Efectivamente, cuando Jesús, después de haber dejado Nazaret y haber sido bautizado en el Jordán, va a Cafarnaún para dar comienzo a su ministerio público, es como si se verificase un segundo nacimiento suyo, que consistía en el abandono de la vida privada y oculta, para entregarse al compromiso total e irrevocable de una vida gastada por todos, hasta el supremo sacrificio de sí. Y Jesús, en este momento, se encuentra en un ambiente de tinieblas. que cayeron nuevamente sobre Israel con motivo del encarcelamiento de Juan Bautista, el precursor.

Pero Mateo nos dice también que Jesús iluminó enseguida eficazmente a algunos hombres, "mientras caminaba junto al lago de Galilea", es decir, en las riberas del lago de Genesaret. Se trata de la llamada a los primeros discípulos, los hermanos Simón y Andrés, y luego a los otros dos hermanos, Santiago y Juan, todos ellos trabajadores dedicados a la pesca. Ellos "inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron". Ciertamente experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de El, y sin demora la siguieron para iluminar con su fulgor el camino de su vida. Pero esa luz de Jesús resplandece para todos. En efecto, El se hace conocer por sus paisanos de Galilea, como anota el Evangelista, "enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo". Como se ve, la suya es una luz que ilumina y también caldea, porque no se limita a esclarecer las mentes, sino que interviene también para redimir situaciones de necesidad material. "Pasó haciendo el bien y curando" (Act 10, 38).

3. Una de las mayores conquistas de esta luz fue la de Saulo de Tarso, el Apóstol Pablo, de cuya conversión hace memoria precisamente la liturgia de hoy, 25 de enero. Teniendo presente su propio caso personal, escribió así a los Corintios: "Porque Dios, que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo" (2 Cor 4, 6; cf. Act 9, 3). Diría que esta luz brilla particularmente sobre el rostro de Cristo crucificado, "Señor de la gloria" (1 Cor 2, 8), por quien el Apóstol precisamente fue enviado a predicar el Evangelio de la cruz (cf. ib., 1, 17; 2, 2). Esto nos dice lo que es una conversión: una iluminación especial, que nos hace ver de modo nuevo a Dios, a nosotros mismos, y a nuestros hermanos. Así, de maneras diversas, Jesucristo se da a conocer a los distintos hombres y a las sociedades en el curso de los tiempos y en diversos lugares. Los que lo siguen, lo hacen porque han encontrado en El la luz y la salvación: "El Señor es mi luz y mi salvación".

Y también vosotros, queridos hermanos y hermanas, ¿seguís a Cristo? ¿Lo habéis conocido verdaderamente? ¿Sabéis y estáis convencidos a fondo de que El es la luz y la salvación de nosotros y de todos? Este es un conocimiento que no se improvisa; es necesario que os ejercitéis en él cada día, en las situaciones concretas en que está colocado cada uno de vosotros. Se puede, al menos, intentar y llevar esta luz al propio ambiente de vida y de trabajo y dejar que ella ilumine todas las cosas para mirarlo todo a través de esa luz. Esto vale de modo particular para los enfermos y para los que sufren, puesto que, si es verdad que el dolor hunde en la oscuridad, entonces más que nunca se confirma la verdad de la gozosa confesión del Salmista: "Señor, Tú eres mi lámpara; Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas" (Sal 18 [17], 29). Pero esto vale para todos: efectivamente, Cristo es luz y salvación de las familias, de los cónyuges, de la juventud, de los niños, y luego también de todos los que se ejercitan en varias profesiones: para los médicos, los empleados, los obreros; cada una de estas categorías, aunque sea en modos diversos, ejercita un servicio para los otros y del conjunto resulta una sociedad bien ordenada y armoniosa. Mas para que todo esto se logre bien, sin roces o conflictos, es preciso que cada uno sepa decir al Señor con humildad y con deseo: "Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero" (Sal 119 [118], 105). Esto es posible si juntamente, y a fondo, se vive la vida parroquial, donde cada uno recibe alimento de todos y todos concurren al crecimiento de cada uno.

4. Volvamos una vez más al Salmo responsorial de la Misa, para hacer un análisis profundo de su contenido.

Desde las primeras palabras aprendemos que la luz y la salvación están en contraste con el temor y el terror.

"El Señor es la defensa de mi vida; ¿quién me hará temblar? El me protegerá en su tienda el día del peligro".

Sin embargo, ¡cuánto temor pesa sobre los hombres de nuestro tiempo! Es una inquietud múltiple, caracterizada precisamente por el miedo al porvenir, de una posible autodestrucción de la humanidad, y luego también, más en general, por un cierto tipo de civilización materialista, que pone el primado de las cosas sobre las personas, y además por el miedo de ser víctimas de violencias y opresiones que priven al hombre de su libertad interior y exterior. Pues bien, sólo Cristo nos libera de todo esto y permite que nos consolemos espiritualmente, que encontremos la esperanza, que confiemos en nosotros mismos en la medida en que confiamos en El: "Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 34 [33], 6).

Juntamente con esto, como nos sugiere la segunda estrofa, nace el deseo de poder "habitar en la casa del Señor" (Sal 26 [27], 4).

"Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo".

¿Qué quiere decir esto? Significa ante todo la condición interior del alma en la gracia santificante, mediante la cual el Espíritu Santo habita en el hombre; y significa además permanecer en la comunidad de la Iglesia y participar en su vida. En efecto, precisamente aquí se ejercita en abundancia esa "misericordia", de la que habla el Salmo y que ha sido el tema de mi última Carta Encíclica, aquí cada uno puede repetir con el Salmista, seguro de ser escuchado: "Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad. Señor" (Sal 25 [24], 7).

Finalmente, estamos orientados hacia la esperanza última, que da a toda la existencia del cristiano su plena dimensión.

"Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor".

El cristiano es hombre de gran esperanza, y precisamente en ella se refleja esa luz y se realiza esa salvación, que es Cristo. Efectivamente, El "hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes" (Sal 25 [24], 9).

5. Queridos hermanos y hermanas, hoy concluye también la Semana de oraciones por la Unidad de los Cristianos. Estos días hemos orado por la unión de todas las denominaciones cristianas, que se han separado en el curso de los siglos. Sabemos que Cristo es único e "indivisible", como proclama San Pablo en la primera Carta a los Corintios: "...Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir" (1 Cor 1, 10). Son palabras que se dirigen particularmente a nosotros el día en que termina este octavario de oraciones. Y debemos ponerlas en práctica ante todo nosotros mismos. Pero es necesario que siempre todas las comunidades y parroquias rueguen juntamente con fervor en este espíritu, ¡todas y cada una! Según el Evangelio de Juan, la oración de Jesús en la última Cena tiene esta invocación central: "Que todos sean uno, como tú, Padre estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). Debemos reconocer que los cristianos, en el curso del tiempo, no han hecho honor a este supremo deseo del Señor, y todavía perduran las divisiones que Jesús temía y que no dan buen testimonio ante el mundo. La intención de las oraciones de la pasada semana se formuló con palabras del Apóstol Pablo: "Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu... Un solo cuerpo" (cf. 1 Cor 12, 3b-13). Así se nos ha propuesto de nuevo el ideal que se debe perseguir incesantemente, en concreto, cada día: el de formar todos juntos el único Cuerpo de Cristo, que es, al mismo tiempo, uno y múltiple, variadamente compuesto y, sin embargo, armónicamente ordenado. Una cosa es cierta: la realización de esta obra puede manifestar mejor a todos la verdad de las palabras del Salmo de la liturgia de hoy: "El Señor es mi luz y mi salvación".

Sólo en El puede volver a encontrar la Iglesia su propia unidad y, en cierto modo, permanecer indivisa, a pesar de todas las divisiones históricas.

Queridísimos, os deseo, ante todo, esto: que vuestra comunidad parroquial de Santa Gala realice en su propio interior una semejante comunión mutua, hecha de fraternidad y de compromiso dinámico, de manera que experimente la belleza de formar una sola familia para ofrecer un auténtico y eficaz testimonio cristiano. ¡Amén!

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

Homilía (21-01-1990): ¿Partido de Cristo o Iglesia de Jesucristo?


Homilía pronunciada en el seminario de Filadelfia (EEUU).
Publicada en el libro La Iglesia, una comunidad siempre en camino.
Domingo 21 de enero del 1990

La lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios que acabamos de escuchar es una actualidad verdaderamente desconcertante. Pablo habla ciertamente de la comunidad de Corinto de aquel tiempo al dirigirse a la conciencia de los fieles a propósito de todo lo que allí estaba en contradicción con la verdadera existencia cristiana. Sin embargo, nos percatamos inmediatamente de que no se trata sólo de problemas de una comunidad cristiana perteneciente a un lejano pasado, sino lo que entonces se escribió nos atañe también a nosotros ahora.

Al hablar a los Corintios, Pablo nos habla a nosotros y pone el dedo en las llagas de nuestra vida eclesial de hoy. Como los corintios, también nosotros corremos peligro de dividir a la Iglesia en una disputa de partidos, donde cada uno se hace su idea del cristianismo. Y, así, tener razón es más importante para nosotros que las justas razones de Dios respecto a nosotros, más importante que ser justos delante de él. Nuestra idea propia nos encubre la palabra del Dios vivo, y la Iglesia desaparece detrás de los partidos que nacen de nuestro modo personal de entender.

La semejanza entre la situación de los corintios y la nuestra no se puede pasar por alto. Pero Pablo no quiere simplemente describir una situación, sino sacudir nuestra conciencia y volvernos nuevamente a la debida integridad y unidad de la existencia cristiana. Por eso debemos preguntarnos: ¿Qué hay de verdaderamente falso en nuestro comportamiento? ¿Qué hemos de hacer para ser no el partido de pablo, de Apolo o de cefas o un partido de Cristo, sino Iglesia de Jesucristo? ¿Cuál es la diferencia entre un partido de Cristo y la justa fidelidad a la piedra sobre la cual se ha edificado la casa del Señor?

Intentemos, pues, en primer lugar comprender lo que realmente ocurre por aquel tiempo en Corintio y que, a causa de los peligros siempre iguales para el hombre, amenaza con repetirse de continuo nuevamente en la historia.

La diferencia de que se trata podríamos resumirla muy sintéticamente en esta afirmación: si yo me declaro por un partido, entonces se convierte por lo mismo en mi partido; pero la Iglesia de Jesucristo no es nunca mi Iglesia, sino siempre su Iglesia.

La esencia de la conversión consiste justamente en esto: que yo no busca nunca mi partido, lo que salvaguarda mis intereses y responde a mis inclinaciones, sino que en lugar de ello me pongo en manos de Jesucristo y me hago suyo, miembro de su cuerpo, de su Iglesia.

Vamos a aclarar un poco más este pensamiento. Los corintios ven en el cristianismo una interesante teoría religiosa, de acuerdo con sus gustos y expectativas. Escogen lo que va con su genio, y lo escogen en la forma que les resulta simpática. Pero donde la voluntad y el deseo personales son decisivos, allí está ya presente la ruptura de entrada, pues los gustos son muchos y contrapuestos. De semejante elección ideológica puede nacer un club, un círculo de amigos, un partido, pero no una Iglesia que trascienda los contrastes y congregue a los hombres en la paz de Dios. El principio en virtud del cual se forma un club es la inclinación personal; en cambio el principio en el que se apoya la Iglesia es la obediencia a la llamada del Señor, como lo leemos en el evangelio de hoy: «Los llamó, y ellos al instante, abandonando la barca con su padre, le siguieron» (Mt 4,21ss).

Con esto hemos llegado al punto decisivo: la fe no es la elección de un programa que me satisface o la adhesión a un club de amigos por los que me siento comprendido; la fe es conversión que me transforma a mí y a mis gustos, o al menos hace que mis gustos y deseos pasen a segunda línea.

La fe alcanza una profundidad completamente diversa de la elección que me liga a un partido. Su capacidad de cambio llega a tal punto que la Iglesia la llama un nuevo nacimiento (cfr Pe 1,3.23).

Con esto estamos en presencia de una intuición muy importante, que debemos profundizar un poco más, porque así se oculta el núcleo central de los problemas que hoy debemos afrontar en la Iglesia.

Nos resulta difícil pensar en la Iglesia según un modelo diverso del de una sociedad que se autogestiona, que con los mecanismos de mayoría y de minoría intenta darse una forma que sea aceptable por todos sus miembros. Nos resulta difícil concebir la fe como algo diverso de una decisión por algo que me agrada y por lo que en consecuencia deseo comprometerme. Pero de ese modo somos sólo y siempre nosotros quienes obramos. Nosotros hacemos la Iglesia, nosotros intentamos mejorarla y disponerla como una casa confortable. Nosotros queremos proponer programas e ideas que sean simpáticas al mayor número posible de personas. El hecho de que Dios mismo esté actuando, de que él mismo obre, no constituye ya en el mundo moderno un supuesto. Sin embargo al obrar así nos estamos comportando como los corintios; confundimos la Iglesia con un partido y la fe con un programa de partido. El círculo del propio yo permanece cerrado.

Quizá ahora comprendamos un poco mejor el giro que representa la fe, la cual implica una conversión, un cambio de rumbo. Reconozco que Dios mismo habla y actúa: que no hay sólo lo que es nuestro, sino también lo que es suyo. Mas si esto es así, si no somos sólo nosotros los que decidimos y hacemos algo, sino que él mismo dice y hace algo, entonces todo cambia. Entonces debo obedecerle y seguirle, aunque ello me lleve donde no quisiera (Jn 21,8). Entonces es razonable y hasta necesario dejar a un lado lo que me gusta, renunciar a mis deseos e ir detrás del único que puede indicarme el camino de la verdadera vida, porque él mismo es la vida (Jn 14,6).

Esto es lo que quiere decir el carácter sacrificial del seguimiento que Pablo pone al fin de relieve como respuesta a los partidos que dividían a Corinto (10,17): yo renuncio a mi gusto y me someto a él. Pero así es como me hago libre, porque la verdadera esclavitud es ser prisionero de nuestros propios deseos.

Todo esto lo comprenderemos aún mejor observándolo desde otro ángulo; no basándonos ya en nosotros, sino partiendo de la acción misma de Dios. Cristo no es el fundador de un partido ni un filósofo de la religión, como también indica Pablo incisivamente en nuestra lectura (1 Co 10,17). No es alguien que inventa ideas de cualquier tipo, para las cuales intenta reclutar defensores. La Carta a los Hebreos describe la entrada de Cristo en el mundo con palabras del salmo 39: «No has querido sacrificios ni ofrendas, pero en su lugar me has formado un cuerpo» (Sal 39,7; Hb 10,5). Cristo es la palabra viva de Dios mismo que se ha hecho carne por nosotros. No es sólo alguien que habla, sino que es él mismo su palabra. Su amor, por el cual Dios se nos da ya hasta el fin, hasta la cruz (cfr. Jn 13,1).

Si asentimos a él, no escogemos sólo ideas, sino que ponemos nuestra vida en sus manos y nos convertimos en una «criatura nueva» (2 Co 5,17; Gal 6,5). Por eso la Iglesia no es un club ni un partido, ni tampoco una especie de estado religioso, sino un cuerpo, su cuerpo. Y por eso la Iglesia no es hecha por nosotros, sino que es él mismo el que la construye, purificándonos con la palabra y el sacramento y haciéndonos de ese modo sus miembros.

Naturalmente hay muchas cosas en la Iglesia que debemos hacer nosotros mismos, ya que ella penetra profundamente en situaciones humanas de carácter práctico. No pretendo defender aquí ningún tipo de falso sobrenaturalismo.

Pero lo que hay de peculiar en la Iglesia no puede venir de nuestra voluntad o de una decisión nuestra, «ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre» (Jn 1,13); debe venir de él.

Cuanto más nos esforzamos nosotros en obrar en la Iglesia, tanto menos habitable resulta, porque todo lo que es humano es limitado y toda cosa humana se opone a otra. La Iglesia será para los hombres la patria del corazón cuanto más le prestemos atención y más sea central en ella lo que viene de él: la palabra y los sacramentos que nos ha dado. Obedecerle es la garantía de nuestra libertad.

Todo esto tiene importantes consecuencias para el ministerio del sacerdote. Éste ha de atender mucho a no construirse su Iglesia. Pablo examina ansiosamente su conciencia y se pregunta cómo han podido algunos llegar hasta el punto de hacer de la Iglesia de Cristo un partido religioso de Pablo. Y se declara a sí mismo, y por tanto a los corintios, que ha hecho todo lo posible por evitar lazos que pudieran oscurecer la comunión con Cristo. El que es convertido por Pablo no se convierte en seguidor de Pablo, sino en un cristiano, en un miembro de aquella Iglesia común que es siempre la misma, «ya se trate de Pablo, de Apolo o de Cefas» (1 Co 3,22). En cualquier caso, «vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios» (3,23).

Vale la pena volver a leer y considerar atentamente lo que Pablo ha escrito sobre el tema, porque en sus palabras adquiere relieve la esencia del ministerio sacerdotal con una claridad que, por encima de todas las teorías, nos dice lo que hemos de hacer y lo que hemos de evitar. «Pues, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Simples servidores, por medio de los cuales habéis abrazado la fe... Yo planté y Apolo regó, pero quien hizo crecer fue Dios. Nada son ni el que planta ni el que riega, sino Dios, que hace crecer. El que planta y el que riega son los mismos. Nosotros somos colaboradores de Dios; vosotros labrantía de Dios, edificio de Dios» (1 Co 3,5-9).

Ha habido y hay en Alemania Iglesias protestantes donde es costumbre indicar en los avisos litúrgicos el nombre del que celebra la misa y el del que pronuncia la homilía. Detrás de esos nombres se ocultan a menudo corrientes religiosas; cada uno quiere seguir las celebraciones de su propia corriente. Por desgracia, algo similar ocurre ahora también en las parroquias católicas; pero esto significa que la Iglesia ha desaparecido detrás de los partidos y que en definitiva escuchamos opiniones humanas y no la común palabra de Dios, que está por encima de todos y de la que es garante la única Iglesia.

Sólo la unidad de su fe y su carácter vinculante para cada uno de nosotros nos permite no seguir opiniones humanas y no formar parte de facciones con pretensiones autonómicas, sino ser del partido del Señor y obedecerle a él.

Es grande hoy para la Iglesia el peligro de disgregarse en partidos religiosos agrupados en torno a maestros o predicadores particulares. Tenemos de nuevo: el yo soy de Pablo, yo de Cefas, con lo que también Cristo se convierte en un partido.

El metro del ministerio sacerdotal es el desinterés, que establece como norma la palabra de Jesús: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). Sólo si podemos decir esto con toda verdad somos «colaboradores de Dios», que plantan, riegan y son partícipes de su misma obra.

Si algunos hombres apelan a nuestro nombre y oponen nuestro cristianismo al de los demás, ello ha de ser para nosotros motivo de examen de conciencia. Nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a él. Esto exige nuestra humildad, la cruz del seguimiento. Pero esto precisamente es lo que nos libera, lo que hace fecundo y grande nuestro ministerio. Pues si nos anunciamos a nosotros mismos, permanecemos escondidos en nuestro pobre yo y arrastramos a él a los demás. Si le anunciamos a él, nos convertimos en «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9); ¿y puede haber algo más hermoso y liberador?

Pidamos al Señor que nos haga probar nuevamente el gozo de esta misión. Entonces serán realidad las palabras del profeta, que siempre se cumplen en los lugares por los que pasa Cristo: «El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz... Has acrecentado su alegría, has agrandado su júbilo como en la algazara de la siega» (Is 9,1-3; cfr Mt 4,15). Amén.

Congregación para el Clero

Homilía: Luz que nos hace libres

En la página del Profeta Isaías se presenta un evento de liberación y por lo tanto, de grande alegría por toda la Galilea, a través de la imagen de la luz que rompe las tinieblas entre las cuales el pueblo camina. Así el Evangelio, citando textualmente el mismo paso del profeta Isaías, presenta a Jesús como la luz que realiza tal profecía: Él es la luz prometida venida a destruir las tinieblas del pecado y a librar al hombre de la oscuridad en la cual se ha encerrado.

La luz se convierte en vehículo eficaz para expresar la participación de Dios en la historia del hombre. Dios se manifiesta como «la Luz» que disuelve las tinieblas. La luz ilumina y esclarece, envuelve y define las cosas, y hace evidentes los colores, da volumen a los espacios, la luz, además, tranquiliza y conforta: encontrarse en un lugar iluminado permite acoger la realidad tal cual es y hace sentir más felices y tranquilos, más seguros.

La iniciativa que Dios toma con relación a los hombres nos permite una nueva relación con la realidad: en la luz de Dios todo asume un nuevo perfil, el perfil auténtico y definitivo. Una luz que calma, te da fuerza, permite el despliegue del cosmos y del hombre. Es por esto que, después de haber dicho: «sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz», el texto agrega: «Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo».

Una alegría y un gozo que se hacen reales a la presencia de Jesús. Él es aquella luz prometida desde siempre, venida a habitar entre nosotros. Con su encarnación ha ocurrido el adviento definitivo de la luz.

La luz que resplandece señala la iniciativa de Dios, que en su gran misericordia y gratuidad viene al encuentro de la humanidad herida.

Esta dinámica se expresa a través de la llamada de los primeros apóstoles de parte de Jesús. Ha sido Él quien los a elegido, con una invitación que no deja lugar a dudas: «seguidme». Frente a la repentina "aprensión" de Dios en su existencia, ellos son invitados a abandonar las propias redes, o sea, a confiar totalmente en el Señor, para una nueva «pesca», para un nuevo y definitivo horizonte. Precisamente al epílogo de su vida terrena, en la Última Cena, Jesús recordará a sus discípulos: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido».

La palabra de Dios este domingo, viene por tanto a recordarnos que nuestra vocación personal está fundada en una elección original y absolutamente gratuita de Dios. La invitación que Él nos dirige es pues a decidirnos, para dejarnos conquistar o reconquistar por Él. Es una llamada seria a un cambio definitivo de nuestra existencia.

Pidamos al Señor, para nosotros y para toda la Iglesia, el don de una verdadera conversión del corazón, que sepa acoger a Cristo como la única Luz a seguir, la única que disuelve realmente las tinieblas, en nosotros y en torno a nosotros.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Desgarrar a Cristo

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Os conjuro por el nombre de nuestro Señor Jesucristo... que no haya entre vosotros divisiones». San Pablo arremete con todas sus energías contra las divisiones en la Iglesia. El evitar las divisiones no es algo simplemente «deseable». Si la Iglesia es una y la unidad es una nota tan esencial como la santidad, cualquier división –por pequeña que parezca– desfigura el rostro de la Iglesia, destruye la Iglesia.

«Yo soy de Pablo, yo de Apolo...» Todas las divisiones nacen de una consideración puramente humana. Mientras nos quedemos en los hombres estaremos echando todo a perder. Los hombres somos sólo instrumentos, siervos inútiles: «yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor 3,6). Quedarse en los hombres es una idolatría, y todo protagonismo es una forma de robar la gloria que sólo a Dios corresponde. Por eso San Pablo responde con absoluta contundencia: «¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?» Es como decir: No hay más salvador que Cristo Jesús. El instrumento debe permanecer en su lugar. Lo demás es mentir y desfigurar la realidad.

«¿Está dividido Cristo?» Puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12,12), toda división en la Iglesia es en realidad desgarrar al mismo Cristo. La falta de unidad en nuestros criterios, en nuestras actuaciones, en nuestras relaciones... tiene el efecto horrible de presentar un Cristo en pedazos. En consecuencia, se hace imposible que la gente crea.

Por eso San Pablo se muestra tan intransigente en este punto y apela a la necesidad absoluta de estar todos «unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir». Lo cual viene a significar no pensar ni actuar desde un punto de vista humano, sino siempre y en todo desde la fe, que es la que da realmente consistencia y unidad: «poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu... Un sólo cuerpo y un sólo Espíritu... Un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre de todos» (Ef 4,3-6).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Nuestro Salvador comienza a evangelizar precisamente en Galilea, región menospreciada desde Judea y tenida por escasamente religiosa.

Isaías 9,1-4: En la Galilea de los Gentiles el pueblo vio una luz grande. Isaías proclama la condición mesiánica del Emmanuel, como Luz divina destinada a disipar las tinieblas de la vida humana. El tema de la luz es de gran importancia en la Sagrada Escritura. Aquí el tema de la luz anuncia la liberación ya próxima de las provincias caídas en manos de los asirios. Se trata de una liberación vinculada a la persona del futuro Rey, que no es otro que el Mesías.

La luz, elemento esencial de la felicidad futura, significa a la vez salvación, liberación de la opresión y del pecado, participación en la gloria del personaje mesiánico. Como veremos en la lectura evangélica, esa profecía la ve cumplida San Mateo cuando comienza la predicación de Jesucristo en Galilea.–

Con razón, pues, cantamos con el Salmo 26: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la Casa del Señor por todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, espera en el Señor».

1 Corintios 1,10-13.17: Poneos de acuerdo y no andéis divididos. Jesús sigue siendo en la Iglesia la única luz verdadera que ilumina y salva. Los valores humanos pueden deslumbrar las conciencias, con el riesgo de oscurecer en ellas la primacía absoluta de Cristo, la necesidad del Salvador. El gran principio que surge de esta lectura paulina es el hecho de la unidad de los cristianos en la única fe en Cristo, ya que los ministros del Evangelio no son más que instrumentos de una única salvación, realizada por Jesucristo. San Gregorio de Nisa dice que

«si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación (1 Cor 1,30), nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación, no con palabras, sino con los actos de nuestra vida» (Tratado sobre el perfecto modelo cristiano).

Mateo 4,12-23: Vino a Cafarnaún para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías. Al Corazón redentor de Cristo se llega mediante una conversión que nos disponga a ser iluminados por Él, y que nos permita seguirle con fidelidad de discípulos. Y no debe maravillarnos que la luz del Salvador llegue a veces a hombres que están muy lejos de Él. Así dice San Juan Crisóstomo:

««El pueblo sentado en las tinieblas vio una luz grande». Tinieblas llama aquí el profeta no a las tinieblas sensibles, sino al error y a la impiedad. De aquí que añade: «A los sentados en la región y sombras de la muerte una luz les ha salido». Para que os dierais cuenta de que ni la luz ni las tinieblas son aquí las tinieblas y la luz sensibles, hablando de luz, no la llamó así simplemente, sino «luz grande», la misma que en otra parte llama la Escritura «luz verdadera» (Jn 1,9); y, explicando las tinieblas, les dio el nombre de «sombras de muerte».

«Luego, para hacer ver que no fueron ellos quienes, por haberle buscado, encontraron a Dios, sino que fue éste quien del cielo se les apareció, dice: «una luz salió para ellos», es decir, la luz misma salió y brilló para ellos, no que ellos corrieran primero hacia la luz. Y ésta es la verdad, pues antes de la venida de Cristo, la situación del género humano era extrema. Porque no solamente caminaban los hombres en tinieblas, sino que estaban «sentados» en ellas, que es señal de no tener ni esperanza de salir de ellas. Como si no supieran por dónde tenían que andar, envueltos por las tinieblas, se habían sentado en ellas, pues ya no tenían fuerza ni para mantenerse en pie» (Homilía sobre San Mateo 14,1).

Raniero Cantalamessa

Homilía (23-01-2005)

Domingo 23 de enero del 2005

El pasaje del Evangelio del tercer domingo del tiempo ordinario concluye así: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Aproximadamente un tercio del Evangelio está ocupado por las curaciones obradas por Jesús en el breve período de su vida pública. Es imposible eliminar estos milagros, o darles una explicación natural, sin descomponer todo el Evangelio y hacerlo incomprensible.

Los milagros del Evangelio presentan características inconfundibles. Nunca se realizan para sorprender o para encumbrar a quien los realiza. Algunos hoy se dejan encantar escuchando a ciertos personajes que aparentan poseer ciertos poderes de levitación, de hacer aparecer o desaparecer objetos y cosas por el estilo. ¿A quién sirve este tipo de milagros, suponiendo que sean tales? A ninguno, o sólo a sí mismos, para hacer discípulos o para hacer dinero. Jesús obra milagros por compasión, porque ama a la gente: obra milagros también para ayudarles a creer. Obra curaciones, en fin, para anunciar que Dios es el Dios de la vida y que al final, junto con la muerte, también la enfermedad será vencida y «ya no habrá luto ni llanto».

No sólo Jesús cura, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo detrás de él: «Les envió a anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9,2); «Predicad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos» (Mt 10,7-8). Siembre encontramos las dos cosas juntas: predicar el Evangelio y curar a los enfermos. El hombre tiene dos medios para intentar superar sus enfermedades: la naturaleza y la gracia. Naturaleza indica la inteligencia, la ciencia, la medicina, la técnica; gracia indica el recurso directo a Dios, a través de la fe y la oración y los sacramentos. Estos últimos son los medios que la Iglesia tienen a disposición para «curar a los enfermos». El mal empieza cuando se intenta una tercera vía: la vía de la magia, la que hace presión sobre pretendidos poderes ocultos de la persona, que no se basan ni en la ciencia ni en la fe. En este caso, o estamos ante pura charlatanería y engaño o, peor, ante la acción del enemigo de Dios.

No es difícil distinguir cuándo se trata de un verdadero carisma de sanación y cuándo de su falsificación en la magia. En el primer caso, la persona no atribuye nunca a los propios poderes los resultados obtenidos, sino a Dios; en el segundo la gente no hace sino ostentar los propios pretendidos «poderes extraordinarios». Cuando por esto se leen anuncios del tipo: Mago de tal y cual «llega donde otros fracasan..., resuelve problemas de todo tipo..., reconocidos poderes extraordinarios..., expulsa demonios, aleja el mal de ojo», no hay que tener ni un instante de duda: se trata de tramposos. Jesús decía que los demonios se expulsan «con el ayuno y la oración», ¡no sacándole dinero a la gente!

Pero debemos plantearnos otra cuestión: ¿Qué pensar de quien, a pesar de todo, no sana? ¿Que no tiene fe, o que Dios no le ama? Si la persistencia de una enfermedad fuera señal de que una persona no tiene fe, o de que Dios no la ama, habría que concluir que los santos eran los más pobres de fe y los menos amados por Dios, porque algunos pasaron la vida en cama. La respuesta es otra. El poder de Dios no se manifiesta sólo de un modo –eliminando el mal, curando físicamente–, sino también dando la capacidad, y a veces hasta la alegría, de llevar la propia cruz con Cristo, completando lo que falta a sus padecimientos. Cristo ha redimido también el sufrimiento y la muerte. Esta ya no es signo del pecado, participación en la culpa de Adán, sino que es instrumento de redención.

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 105-107

-Galilea, encrucijada de los gentiles (Mt 4, 12-23)

¿Hoy comienza la lectura cuasi-continuada del evangelio de san Mateo. Ha sido un acierto el haber elegido este capítulo pues recuerda el principio de la predicación de Jesús en la encrucijada de los gentiles, en Galilea. Presenta a Cristo en su labor de anunciador de la Buena Noticia. Le sitúa cumpliendo la profecía de Isaías proclamada en la primera lectura. El tema del evangelio de Mateo se basa en demostrar que Jesús es el verdadero Mesías. Pero cuando Jesús es reconocido como tal por los gentiles, no es admitido por los judíos. Juan Bautista le había anunciado. Jesús cambia de lugar y se va a Galilea. Este es el comienzo de los desplazamientos de Jesús, el primero de los cuales se sitúa precisamente en Galilea, encrucijada de los gentiles. Juan Bautista había anunciado a Jesús, pero antes lo había hecho ya Isaías. Anunciado así por partida doble, el Señor comienza su predicación. Su tema es sencillo, pero mueve: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos". Jesús recorre Galilea entera llevando el mismo mensaje: el Reino ya está aquí; y lo prueba "curando las enfermedades y dolencias del pueblo". En diversas ocasiones nos ha sido dado comprobar que aquello era la señal del Reino.

Pero Jesús manifiesta de manera aún más particular la presencia del Mesías y del Reino: empieza a fundar su Iglesia, a preparar su edificación construyendo progresivamente las columnas que habrán de sustentarla. Busca entre los hombres a los que, junto con él, ayudarán al mundo a liberarse; ellos serán los pescadores de hombres. Así se va llamando sucesivamente a Simón, al que se da el nombre de Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. Dos veces subraya san Mateo un hecho: los discípulos siguen inmediatamente a Jesús, abandonando sus redes, su embarcación y a su propio padre. Es evidente que san Mateo quiere subrayar esta prontitud con que los discípulos siguen el llamamiento de Cristo. En esta encrucijada de los gentiles es tan potente la luz que es Cristo, que no hay nada que se le resista. Los primeros Apóstoles no se ponen a discutir; reconocen sencillamente a Cristo. Y Jesús empieza a enseñar en las sinagogas.

-El pueblo vio una luz grande (Is 8, 23--9, 4)

San Mateo se ha complacido en recoger la profecía de Isaías que él ve realizada en los primeros pasos dados por Jesús. El texto de Isaías alude a los acontecimientos del año 732, cuando los asirios invaden el norte de Palestina, Zabulón y Neftalí. La población sufrió entonces el destierro. Pero Isaías devuelve al pueblo la confianza: "El pueblo que habitaba en tinieblas, vio una luz grande".

Es patente la aplicación del acontecimiento a la llegada del Mesías y de la Buena Noticia. El pueblo que vive inmerso en la ignorancia de Dios y en la esclavitud de sus propias tinieblas, ve ahora surgir al Mesías que le proporciona la luz. Sobre los que habitan en el país de la sombra ha brillado una luz. El yugo que les oprimía ha quedado roto. Se anuncia así toda la misión de Cristo, que san Mateo ha querido caracterizar al recoger, al principio de su evangelio, el oráculo de Isaías.

También a nosotros se nos presenta esta luz y la Buena Noticia. La obra de la evangelización no se detiene, y nosotros no estamos sólo para confirmarla o ser sus destinatarios, sino para tomar parte en ella. Así, la profecía y el pasaje evangélico leídos hoy, van dirigidos a ponernos en movimiento. Cristo nos pone en acción de doble manera. Se impone un primer paso de índole espiritual: ahí está el reino, anunciado por la luz que recibimos cuando fuimos bautizados; se trata, por lo tanto, de continuar sin descanso la obra de nuestra conversión; pero es preciso también seguir a Cristo y dejar todo lo demás para ir en pos de él y ser pregonero de la Buena Noticia.

Así, pues, el evangelio se muestra exigente: haber visto la luz y haberla aceptado lleva consigo dar unos pasos que resultan costosos a nuestra debilidad. Sin embargo, la extensión del reino depende en parte de nosotros. La Iglesia fue fundada y los Apóstoles son sus pilares. Pero se nos llama a cada uno de nosotros a cooperar en la expansión de la Iglesia y a difundir la Buena Noticia. Los sacrificios que para ello se nos piden pueden ser duros. Los Apóstoles, llamados los primeros, no muestran vacilación alguna; no ocurrirá lo mismo con relación a otros, y el joven rico, aunque había guardado todos los mandamientos, renunciará a seguir a Jesús.

En este seguimiento de Cristo, difícil a veces, la respuesta elegida en el salmo 26 infunde nuevos ánimos: "EI Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?" Sin embargo, esta seguridad sólo puede conseguirse con una condición: buscar una sola cosa, que es habitar en la casa del Señor. La espera activa siguiendo las indicaciones del Señor proporciona esta fuerza y estos ánimos para seguir a Cristo. "Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida".

Alessandro Pronzato

El Pan del Domingo (Ciclo A)


pp. 115ss

El evangelio nos presenta un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el lago de Galilea. Y esto empalma con el esquema habitual de las llamadas tal como se narran en el AT.

Moisés es llamado mientras pastorea el rebaño de su suegro Jetró. Gedeón está majando trigo en el lagar de su casa. David está pastoreando las ovejas de su padre. También Amós tiene el oficio de pastor.

-Jesús pasa y llama en el marco de las ocupaciones ordinarias. Leví está sentado en el despacho de impuestos. Los discípulos de quienes habla el evangelio de hoy están empeñados en colocar las redes.

Jesús encuentra al hombre en las cosas ordinarias de la vida. La vocación de los primeros discípulos se puede resumir en dos verbos: "vio y dijo". Una mirada y una palabra. Son las únicas armas de que dispone este maravilloso Maestro que, a diferencia de los demás maestros de Israel, elige él a sus discípulos. Para dirigirse a uno hay que verlo. Se trata de una mirada que enfoca a un individuo, una mirada que elige, escoge, arranca de la gente. "Esa es la persona que me interesa, que me conviene". No es una mirada lejana, fría. Es una mirada calurosa, llena de afecto. Una voz que suena como ninguna, de timbre único, inconfundible. El discípulo escucha esa voz única y se callan todas las demás.

La vocación cristiana es una mirada y una llamada de Jesús. ¿Qué es lo que hace el discípulo? Simplemente, dar una respuesta:

-dejarse encontrar;
-dejarse hacer.

La iniciativa y la acción principal es siempre de Cristo.

La vida cristiana es respuesta a la acción de la gracia, no decisión autónoma. Si me decido, es porque he sido solicitado en este sentido por alguien que se ha decidido a favor mío. El hombre sólo puede ponerse en camino, después que Dios ha comenzado a caminar por los caminos de los hombres. No somos nosotros los que salimos a la búsqueda de Dios. Es Dios quien se pone a buscar al hombre. La vocación cristiana no es una conquista. Sino un ser conquistado. El discípulo no captura al Maestro. El es agarrado por el Maestro. La respuesta a la iniciativa de Jesús se expresa también con un verbo: "dejar". La decisión se manifiesta con un distanciamiento: de las redes, del oficio, de las cosas, de los lazos familiares, de un presente. Cristo debe ocupar el puesto de las cosas y de las personas. Se trata de dejarle espacio. Vacío en torno y dentro de la persona. No existe respuesta que no se traduzca en una separación, en una renuncia, en un alejamiento. Y estas operaciones jamás son indoloras. Y ni siquiera se pueden considerar acabadas de una vez para siempre. Hay distanciamientos (sobre todo de sí mismos), cortes que hay que realizar cada día. Y, además, nunca hay que separar el verbo "dejar" del verbo «seguir» . Dejar y seguir son dos actos de un gesto unitario. Indican el desplazamiento de los ejes de la propia vida. No se deja por dejar. Se deja para seguir. Se deja para no estar más "encorvados sobre sí mismos" (como dice Lutero), sino para salir fuera junto con él, para moverse detrás de él. Es necesario, por tanto, estar atentos para no poner el acento sólo en el "dejar". Discípulo no es uno que ha abandonado algo, ha renunciado a algo. Es uno que ha encontrado a alguien. La pérdida es absorbida abundantemente por la ganancia. El descubrimiento hace palidecer lo que se ha dejado a la espalda. El desprendimiento no es el fin, sino la condición del «seguimiento». También para nosotros, discípulos de hoy, que no participamos en la aventura terrena de Jesús, es válida la dimensión de «seguimiento», que algunos traducen por «imitación». Se trata de recorrer el mismo camino de Cristo, hacer las mismas opciones, repetir sus gestos, asumir sus pensamientos y sus posturas, inspirarse en sus criterios, tener sus preferencias.

Pero lo que caracteriza al discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir, esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a "fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona, establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro, no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente, todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas explicaciones.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 35 s

1. La fe comienza a brillar.

Nada es precipitado, la luz aparece poco a poco. En el evangelio, Jesús, tras enterarse de que habían arrestado al Bautista, al lado del cual estuvo y actuó (según Juan) en los primeros momentos de su vida pública, se retira primero a Nazaret (Lc 4 y el episodio de Caná) y desde allí baja a Cafarnaún, pues su predicación había enfurecido a la gente de Nazaret. Galilea era considerada por Judea -muy celosa de la ley y de la que se esperaba que vendría la salvación- como una región espiritualmente oscura y medio pagana. Pero es precisamente en esta «región de los gentiles» (primera lectura) -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46), y no en la ciudad santa, donde «brilla una luz grande» que acrece la alegría y aumenta el gozo. (También los lugares donde actúan los santos o se aparece la Madre de Dios son a menudo rincones ocultos, pueblos o regiones apartados e insignificantes). El que Jesús sea oriundo de esta región medio judía y medio pagana, y comience su actividad en ella, es como una profecía. Pero en el fondo tanto los judíos como los paganos han habitado hasta ahora «en tierra y sombras de muerte». Sólo Uno puede designarse como «la luz del mundo» y «la luz de la vida» Un 8,12). El «¡levántate, brilla!» que se grita a Jerusalén (Is 60,1) es escatológico, esta dirigido al Mesías, pues los que entonces volvían a casa clamaban: «Esperamos la luz, y vienen tinieblas, claridad, y caminamos a oscuras» (Is S9,9).

2. Jesús es la luz que brilla.

Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar solo; todo hombre, incluso el Hombre-Dios, es hombre con otros hombres. Por eso Jesús busca enseguida colaboradores: unos sencillos pescadores a los que promete desde el principio que hará de ellos pescadores de hombres. Ellos le siguen inmediatamente. De momento todavía no los vemos actuar; primero tienen que aprender a contemplar y a comprender lo que hace y dice su maestro; sólo después podrán anunciar el mensaje del reino de Dios (del «reino de los cielos») y (por medio de él) curar a los hombres de sus enfermedades. Ahora son contemplativos, para poder ser enviados muy pronto a realizar activamente los fines que Jesús se ha propuesto (cfr. Mc 3,14-15).

3. La misión recibida.

Las misiones que los discípulos reciben en seguida son tanto las mismas para todos como las adecuadas para cada uno de ellos. En la comunidad en la que Jesús elige a sus discípulos no hay ni colectivismo ni individualismo. Pablo inculca la "unidad en un mismo pensar y sentir" dentro de la Iglesia (en la segunda lectura), aunque en otros pasajes (Rm 12; 1 Co 12) pone de relieve la particularidad de la tarea de cada cristiano. En la Iglesia quedan totalmente excluidas «las divisiones y las discordias», los «partidos» que se designan según determinados jefes y se oponen mutuamente: «¿Está dividido Cristo?». Los relatos vocacionales muestran que los llamados dejan todo por amor del único Cristo (también sus opiniones particulares anteriores) y, con la mirada puesta en él, única cabeza, tienen todos un mismo espíritu. Seguir a Cristo significará en definitiva y necesariamente seguir el camino que lleva a la cruz; si en este camino reinan las divisiones y las discordias, «la cruz de Cristo pierde su eficacia» (1 Co 1,17).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (22-01-1984)

Parrocchia romana di Santa Rita a Torbellamonaca
Domingo 22 de enero del 1984

1. «Il popolo che camminava nelle tenebre vide una grande luce» (Is 9, 1).

Sono parole del profeta Isaia, che abbiamo testé ascoltate nella prima lettura. Esse, che richiamano ancora il Natale, ci presentano il popolo in una situazione di «angustia e tenebre e oscurità desolante» (Is 8, 22). Ma ecco che, improvvisamente, esplode la luce: la «caligine sarà dissipata, / poiché non ci sarà più oscurità dove ora è angoscia» (Is 8, 23). Le terre di Zabulon e di Neftali, al nord della Palestina, esposte al continuo pericolo di invasioni e saccheggi, saranno finalmente liberate e la grande «via del mare», che dalla Mesopotamia giungeva all’Egitto attraverso la Palestina, sarà resa gloriosa.

L’evangelista san Matteo usa questa profezia come prologo dell' attività magisteriale di Gesù in Galilea, quando, dalla casa di Nazaret, era venuto ad abitare nella città di Cafarnao. Il primo Vangelo sottolinea il compimento delle parole del Libro di Isaia: «Gesù . . . venne ad abitare a Cafarnao, presso il mare, perché si adempisse ciò che era stato detto per mezzo del profeta Isaia: «Il paese di Zabulon e il paese di Neftali, sulla via del mare, al di là del Giordano, Galilea delle genti; / il popolo immerso nelle tenebre / ha visto una grande luce; / su quelli che dimoravano in terra e ombre di morte / una luce si è levata» (Mt 4, 13-16; cf. Is 8, 22; 9,1).

Gesù comincia ad insegnare a Cafarnao; e il contenuto del suo magistero è racchiuso nelle parole: «Convertitevi, perché il regno dei cieli è vicino» (Mt 4, 17).

«Convertirsi» significa appunto vedere «una luce»!

Vedere «una grande luce»!

La luce che proviene da Dio.

La luce che è Dio stesso.

Mediante il Vangelo, che il Cristo annuncia, si compiono le parole profetiche di Isaia: «Su coloro che abitavano in terra tenebrosa una luce rifulse» (Is 9, 1).

Nella tenebra - simbolo di confusione, di errore e anche di morte - irrompe improvvisa la luce, che è lo stesso Figlio di Dio, il quale ha assunto la natura umana; lui, il Verbo, «la luce vera, quella che illumina ogni uomo» (Gv 1, 9).

2. La Liturgia dell’odierna domenica si concentra in modo particolare su questa luce: «Il Signore è mia luce e mia salvezza» (Sal 27, 1) abbiamo cantato nel Salmo responsoriale, che è tutto un inno, carico di fiducia incrollabile e di speranza indefettibile nei confronti di Dio, che è la luce della nostra salvezza.

Imitando l’atteggiamento del Salmista, il cristiano si abbandona in Dio, con la piena sicurezza del bimbo che si getta nelle braccia salde e amorose del proprio padre, perché è sicuro di trovare in lui il forte difensore: «Il Signore è difesa della mia vita, / di chi avrò timore?» (Sal 27, 1); non solo, Dio è la sorgente e la garanzia della certezza e del coraggio riconquistati per suo dono: «Egli mi offre un luogo di rifugio / nel giorno della sventura» (Sal 27, 5); Dio è la scaturigine della gioia vera, che il cristiano prova dopo aver superato, con la grazia divina, i pericoli del male, felice di poter «abitare nella casa del Signore / tutti i giorni della sua vita» (Sal 27, 4); questa «casa» di sicuro rifugio, per il Salmista, era il Tempio di Gerusalemme, centro religioso di tutto il Popolo eletto; per il battezzato essa è la Chiesa, tempio vivo, costruito con pietre viventi (cf. 1 Pt 2, 5).

Non solo, ma la speranza cristiana ci apre verso l’infinito: l’uomo è chiamato all’eterna, ineffabile visione di Dio! Visione di Dio e presenza eterna di Dio, che colmeranno le esigenze di felicità, racchiuse nel cuore umano! «Il tuo volto, Signore, io cerco . . . Sono certo di contemplare la bontà del Signore / nella terra dei viventi» (Sal 27, 8.13).

Ma qui, sulla terra, noi siamo pellegrini non nella visione, ma nella fede, che ci conduce alla tanto attesa, sublime visione di Dio!

La vita dell’uomo è presentata pertanto, nella rilettura cristiana dello splendido Salmo responsoriale, come una coraggiosa attesa di Dio!

3. Tutto questo ha avuto il suo inizio in Gesù Cristo; nel fatto che Egli era in mezzo agli uomini.

Annunciava il Vangelo.

Curava le malattie e le infermità (cf. Mt 4, 23.24).

In tal modo egli ha dato inizio ad una nuova Comunità del Popolo di Dio: la comunità della luce e della vita; la comunità del Vangelo e della fede.

Ha dato inizio a una Nuova alleanza e a una nuova via. Ha dato inizio a una nuova attesa e ha dato un nuovo coraggio.

All’esistenza umana ha dato una nuova certezza.

Con ciò egli inizia a plasmare la Chiesa; mirando ad essa chiama gli Apostoli alla sua sequela: Simone (Pietro), Andrea, Giacomo, Giovanni (cf. Mt 4, 18.21); e dice loro: «Seguitemi. Vi farò pescatori di uomini» (Mt 4, 19).

Queste parole indicano l’impegno e la missione dell’evangelizzazione e altresì la nuova comunità dei credenti: la Chiesa.

4. L’odierna Liturgia si svolge durante l’Ottavario di preghiera per l’unità dei cristiani e ci mostra anche la verità sull’unità della Chiesa.

L’unità della Chiesa ha il suo fondamento nell’unità di Cristo stesso: «Cristo è stato forse diviso?» (1Cor 1,13), esclama turbato san Paolo, al quale erano state riferite le dolorose divisioni, provocate da diverse fazioni esistenti nella giovane comunità cristiana di Corinto.

L’Apostolo supplica i cristiani di quella Chiesa particolare a superare e ad eliminare tali fazioni, causa di profonde lacerazioni e di deplorevoli discordie; raccomanda «unanimità» nel parlare e «perfetta unione di pensiero e di intenti» (1 Cor 1, 10). Cristo è uno! Cristo non si può dividere! È Cristo che è stato crocifisso per tutti gli uomini! È nel nome di Cristo che i fedeli sono stati battezzati!

Divisioni e discordie attraverso i secoli hanno purtroppo dolorosamente lacerato l’unione dei cristiani, provocando, anche nei non credenti, turbamento e scandalo e danneggiando la causa della propagazione del Vangelo.

Il Concilio Vaticano II ha avuto come uno dei suoi intenti quello del ristabilimento dell’unità fra tutti i cristiani, impegno che coinvolge tutta la Chiesa, sia i fedeli sia i Pastori e ognuno secondo le proprie capacità.

Il medesimo Concilio ha sottolineato con particolare incisività che «ecumenismo vero non c’è senza interiore conversione; poiché il desiderio dell’unità nasce e matura dal rinnovamento della mente (cf. Ef 4, 23), dall’abnegazione di se stessi e dal pieno esercizio della carità . . . Questa conversione del cuore e questa santità di vita, insieme con le preghiere private e pubbliche per l’unità dei cristiani, si devono ritenere come l’anima di tutto il movimento ecumenico» (Unitatis redintegratio, 7.8).

In questa Settimana di preghiera per l’unione dei cristiani, tutti coloro che credono in Cristo sparsi per il mondo sono invitati a meditare insieme sul tema: «Chiamati all’unità dalla croce di Nostro Signore»: questo tema - ho detto il 18 gennaio corrente - è «centrale nel mistero della salvezza; esso richiama il fondamento della nostra fede. Sì, è una grazia, e grande, che i cristiani siano chiamati a stare insieme all’ombra e al riparo della croce, di quella croce che è nel contempo per noi motivo di dolore e di gioia, ed è simbolo di quello "scandalo" che per i credenti è vera gloria».

Il 25 gennaio concluderò solennemente l’Ottavario di preghiera nella patriarcale Basilica romana dedicata a san Paolo, il cui instancabile apostolato e la cui ardente parola sono un esempio e uno sprone per vivere e avverare fra noi cristiani quella piena unità, per la quale il Cristo ha intensamente pregato nel corso della sua dolorosa passione.

[...]

6. Oggi, in cui ho avuto la gioia di poter visitare come Vescovo di Roma la vostra parrocchia, desidero che questo mio servizio costituisca veramente una continuazione di quella missione evangelica che Cristo stesso ha iniziato in Galilea; desidero inoltre che in questo mio servizio si compiano le parole dell’Apostolo: «Cristo mi ha mandato a predicare il Vangelo; non però con un discorso sapiente, perché non venga resa vana la croce di Cristo» (cf. 1 Cor 1, 17); desidero infine che questo Vangelo diventi per tutti noi, per me e per voi, cari fratelli e sorelle della parrocchia di Santa Rita a Torre Angela, «una grande luce» che ci preparerà già fin da questa terra a «contemplare la bontà del Signore nella terra dei viventi» (Sal 27, 13).

Homilía (21-01-1996)

Visita alla Parrocchia romana di Sant'Antonio da Padova alla Circonvallazione Appia
Domingo 21 de enero del 1996

1. «Il Signore è mia luce e mia salvezza» (Sal 26[27], 1).

Le letture dell’odierna domenica sembrano ancora riferirsi al Natale del Signore. Risuonano le stesse parole del libro del Profeta Isaia, che abbiamo udito alla Messa di mezzanotte: «Il popolo che camminava nelle tenebre vide una grande luce; su coloro che abitavano in terra tenebrosa una luce rifulse» (Is 9, 1). Insieme a questa luce, sgorga nel cuore degli uomini la gioia: «Hai moltiplicato la gioia, hai aumentato la letizia. Gioiscono davanti a te come si gioisce quando si miete» (Is 9, 2).

Mentre gustiamo ancora il gaudio tipico del Natale la liturgia ci fa fare un balzo in avanti di circa trent’anni, ci porta all’inizio dell’attività messianica di Gesù. La luce che brillava sulla stalla di Betlemme, ora deve manifestarsi mediante le parole della Buona Novella, di cui Gesù s’è fatto banditore. Egli «predicava la buona novella del Regno e curava ogni sorta di malattie e di infermità nel popolo» (cf. Mt 4, 23). Gesù è venuto come colui che annunzia il Regno dei cieli e chiama gli uomini alla conversione: «Convertitevi, perché il regno dei cieli è vicino» (Mt 4, 17).

2. Questo accadeva in Galilea, dopo il battesimo di Gesù, quando Giovanni venne rinchiuso in carcere da Erode.

Abbandonata Nazaret, città della sua giovinezza, Gesù si stabilisce a Cafarnao, sul Lago di Galilea dove incontra i primi discepoli. L’odierno Vangelo parla della chiamata di Pietro e di Andrea, di Giovanni e di Giacomo: «Vide due fratelli, Simone, chiamato Pietro, e Andrea suo fratello, che gettavano la rete in mare, poiché erano pescatori. E disse loro: ‘Seguitemi, vi farò pescatori di uomini’. Ed essi subito, lasciate le reti, lo seguirono» (Mt 4, 18-19). In modo simile, chiama poi altri due fratelli: Giacomo, figlio di Zebedeo e il fratello Giovanni. Anch’essi, udita la chiamata di Cristo, immediatamente lasciano la barca e il padre e lo seguono (cf. Mt 4, 21-22). Così dunque Gesù non è più solo. Con lui ci sono i primi discepoli, insieme ai quali egli attraversa tutta la Galilea, insegnando nelle sinagoghe. Ovunque annunzia il Vangelo del Regno e guarisce malati ed infermi.

3. Il brano della Prima Lettera di san Paolo ai Corinzi, che è stato proclamato come seconda lettura, ci trasferisce in un futuro ancor più lontano. Dopo l’ascesa di Cristo al Padre, gli Apostoli s’impegnano a compiere la missione che Egli ha loro affidato: edificare la sua Chiesa. Paolo si sente, come egli stesso afferma, il più piccolo degli Apostoli, essendo stato l’ultimo ad essere chiamato (cf. 1 Cor 15, 19).

La Lettera ai Corinzi testimonia come si è formata e si è sviluppata la prima Chiesa cristiana, all’interno della quale non mancavano, purtroppo, le divisioni. L’Apostolo scrive: «Vi esorto pertanto, fratelli, per il nome del Signore nostro Gesù Cristo, ad essere tutti unanimi nel parlare, perché non vi siano divisioni tra voi, ma siate in perfetta unione di pensiero e d’intenti» (1 Cor 1, 10). E domanda: «Cristo è stato forse diviso?» (1 Cor 13). Può essere diviso Cristo che ha mandato me, Paolo, ad annunziare il Vangelo, non nella sapienza della parola, ma in virtù della sua croce (cf. 1 Cor 1, 17)? Possono dire alcuni tra voi: «‘Io sono di Paolo’, ‘Io invece sono di Apollo’, ‘e io di Cefa’, ‘e io di Cristo’»? Forse Paolo è stato crocifisso per voi, o è nel nome di Paolo, che siete stati battezzati (cf. 1 Cor 1, 13)? Ci sono molti apostoli, molti servi di Cristo, fondatori di nuove comunità cristiane, ma attraverso di loro opera sempre lo stesso Cristo crocifisso e risorto. La Chiesa è di Cristo - soltanto di Cristo!

Come sono attuali queste parole, specialmente in questa settimana che la Chiesa dedica alla preghiera per l’unione dei cristiani! Come abbiamo bisogno di prendere a cuore queste riflessioni dell’Apostolo per abbattere, al termine del ventesimo secolo, i muri delle divisioni e ritrovare la strada della piena unità!

[...]

5. «Il Signore è mia luce e mia salvezza». Ecco la luce che illumina le vie di ogni uomo, e che guida i passi anche della vostra Comunità parrocchiale e dell’intera diocesi nell’itinerario di costante conversione al Vangelo.

È la luce che rifulse una volta su Betlemme e che, sin dall’inizio dell’attività messianica di Cristo, si spostò sulla riva del Lago di Galilea; è la luce che accompagna la chiamata degli Apostoli: Pietro, Andrea, Giacomo e Giovanni, e più tardi - ormai dopo la risurrezione - seguirà anche la vocazione di Paolo presso le porte di Damasco. «Il Signore è mia luce e mia salvezza, di chi avrò paura? Il Signore è difesa della mia vita, di chi avrò timore?» (Sal 26[27], 1). Così canta la Chiesa nell’odierno Salmo responsoriale. La luce di Cristo illumina il cammino della vita dell’uomo e dell’intera umanità; essa va oltre i confini dell’esistenza terrena, oltre la soglia della morte. «Sono certo di contemplare la bontà del Signore nella terra dei viventi (...) Una cosa ho chiesto al Signore, questa sola io cerco: abitare nella casa del Signore tutti i giorni della mia vita, per gustare la dolcezza del Signore ed ammirare il suo santuario» (Sal 26[27], 13.4). E perciò il Salmista esclama: «Spera nel Signore, sii forte, si rinfranchi il tuo cuore e spera nel Signore» (Sal 26[27], 14).

Carissimi Fratelli e Sorelle, camminiamo nella luce della fede! Essa ci prepara a vedere il volto di Dio nella gloria. Possa la speranza della vita eterna, la speranza di giungere alle eterne dimore di Dio stesso infondere in ciascuno di voi il coraggio necessario per affrontare le difficoltà dell’esistenza quotidiana.

Come ci dice la liturgia:
«Spera nel Signore, sii forte,
si rinfranchi il tuo cuore e spera nel Signore!».

Homilía (24-01-1993)

Visita pastorale alla Parrocchia romana di Sant'Antonio di Padova a Settebagni
Domingo 24 de enero del 1993

«Convertitevi, perché il Regno dei Cieli è vicino» (Mt 4, 17).

Carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia di Sant’Antonio di Padova a Settebagni!

1. Le parole del Vangelo di Matteo, appena proclamate, ci riconducono alla prima predicazione del Divino Maestro, che dette inizio al suo ministero pubblico con un segno di profonda umiltà, come la liturgia ci ha fatto meditare nella domenica conclusiva del tempo natalizio. L’Evangelista narra che Gesù si recò al Giordano, mescolandosi al popolo peccatore, e volle essere battezzato da Giovanni Battista. Pur sapendo e professando che Gesù era il Santo per eccellenza, il Precursore obbedì e, mentre il Redentore usciva dalle acque del Giordano, lo Spirito Santo si posò su di lui in forma di colomba. Si udì allora proclamare dall’Alto: «Questi è il mio Figlio prediletto, nel quale mi sono compiaciuto» (Mt 3, 17). Dopo il battesimo di penitenza, il Messia – continua il racconto evangelico – fu trasportato dallo Spirito nel deserto, dove trascorsi quaranta giorni e quaranta notti di preghiera e di digiuno, fu tentato dal diavolo, che Egli respinse con vigore. Ritornò quindi in Galilea, ci riferisce il Vangelo odierno, e lì chiamò i primi discepoli mentre «gettavano la rete in mare»: da pescatori del «mare di Galilea» li rese «pescatori di uomini». Tutti questi episodi anticipano la grande verità, che si renderà evidente e luminosa nel seguito della vita pubblica: Gesù è vero uomo inviato nel mondo con una missione ben precisa, alla quale egli si dedica in atteggiamento di docile abbandono nelle mani del Padre celeste; Gesù è anche vero Dio, venuto sulla terra per riunire le pecore disperse del popolo di Israele e per essere luce di tutte le genti.

2. «Convertitevi, perché il Regno dei Cieli è vicino». Queste parole noi le accogliamo con venerazione e fiducia, perché pronunciate non da un semplice uomo, ma dal Figlio di Dio. Le sentiamo rivolte a ciascuno di noi: Gesù, infatti, non parlava solo per i suoi contemporanei, ma per tutti gli uomini, di ogni epoca e di ogni condizione. Per tutti, infatti, è la salvezza. «Il popolo che camminava nelle tenebre vide una grande luce; su coloro che abitavano in terra tenebrosa una luce rifulse» (Is 9, 1). L’annuncio del Profeta, echeggiato nella prima Lettura, si avvera definitivamente in Cristo, luce e salvezza del genere umano immerso nelle tenebre dell’errore e del peccato. Egli ci chiama alla luce, alla santità. Convertitevi! Convertirsi è un termine dal significato profondo. Vuol dire, nella dimensione spirituale, capovolgere la direzione stessa della vita: aprirsi alla fede, passare dal culto delle cose materiali all’uso intelligente di esse come strumenti per meglio servire Dio e i fratelli; passare dalla dissipazione mondana alla serietà cristiana, dalla delusione e dallo scoraggiamento alla speranza e alla gioia di un’esistenza piena di senso. Convertirsi vuol dire credere al Vangelo, familiarizzare con gli insegnamenti del Salvatore, farli diventare norma del proprio vivere quotidiano.

[...]

5. Camminate uniti! «Vi esorto, fratelli – ripete oggi l’Apostolo – ad essere tutti unanimi», superando la tentazione della divisione e dell’incomprensione. La grazia è sostegno alla nostra umana limitatezza e debolezza. Con l’aiuto di Dio possiamo raggiungere ciò che, da sola, la fragile natura dell’uomo non riesce ad ottenere: possiamo cioè rispondere appieno a quanto Gesù ci chiede. Occorre mettere in pratica l’esortazione poc’anzi ascoltata da san Paolo: «Non vi siano divisioni tra voi, ma siate in perfetta unione di pensiero e di intenti» (1 Cor 1, 10). Durante l’Ultima Cena, Gesù ha chiesto al Padre che i suoi discepoli siano «una cosa sola», come Egli e il Padre sono una cosa sola. Essere una cosa sola! Avere la stessa fede; volersi bene nel Signore, aiutandosi e servendosi reciprocamente, fino a perdonarsi l’un l’altro le offese per amore di Gesù, fino a pregare per i nemici e a beneficiarli con una grande carità. Ecco ciò a cui il Vangelo ci chiama. Fratelli e sorelle carissimi, lo Spirito Santo vi aiuti ad essere cristiani autentici, che poggiano la loro speranza sulla croce di Cristo: testimoni ed apostoli del Signore, che diventano «segno di salvezza e di speranza per tutti coloro che dalle tenebre anelano alla luce» (dalla Colletta).

6. Unisci, Signore questa comunità nel vincolo del tuo amore! Così vogliamo ora pregare insieme con l’intera cristianità che in questi giorni celebra la settimana di preghiera per l’unità dei cristiani. La famiglia dei credenti ha subito, lungo i secoli, lacerazioni e divisioni profonde che costituiscono un grave ostacolo sulla via dell’evangelizzazione. Quanto vorremmo poter finalmente godere in pienezza della verità e della grazia lasciateci in eredità dal nostro comune Signore! Il traguardo dell’unità è la nostra aspirazione: è la nostra ardente e incessante invocazione. Ci illumini lo Spirito Santo arricchendo i nostri poveri sforzi con la potenza della sua grazia. È quanto intendiamo domandare insieme, quest’oggi, nel corso di questa Visita pastorale alla vostra parrocchia, a conclusione ormai della «Settimana di preghiera per l’unità dei cristiani». Sappiamo, però, che l’unità non può che scaturire da una reale adesione alla verità tutta intera. L’unità è dono, frutto dello Spirito che riconcilia e rinnova.

7. Lasciamo risuonare nel nostro spirito l’invito di Cristo: «Convertitevi perché il Regno dei Cieli è vicino». Convertitevi! Avvertiamo l’urgenza di aderire con tutta l’anima al Vangelo! Apriamo il cuore al Signore: egli ha spezzato il giogo che opprimeva il suo popolo, «la sbarra che gravava le sue spalle e il bastone del suo aguzzino» (Is 9, 2). Gesù è «nostra luce e nostra salvezza». «Spera nel Signore, sii forte». Amen.

Homilía (21-01-1990)

Visita pastorale alla Parrocchia romana della Santissima Annunziata
Domingo 21 de enero del 1990

«Vi esorto, fratelli, per il nome del Signore nostro Gesù Cristo ad essere tutti unanimi nel parlare, perché non vi siano divisioni tra voi, siate in perfetta unione di pensieri e di intenti» (1 Cor 1, 10).

1. Raccogliamo, fratelli e sorelle, questo pressante appello dell’apostolo Paolo all’unità, nel contesto di queste prime domeniche del tempo liturgico «ordinario», che ci riportano agli inizi della missione del nostro Salvatore.

È nella terra di Zabulon e di Neftali, la «Galilea delle genti», immagine dell’Israele circondato dalle tenebre dell’incredulità e dell’idolatria, che Gesù comincia il suo ministero di Inviato di Dio per la salvezza del mondo. Egli appare sulla scena delle vicende umane per riunire le pecore disperse e sbandate d’Israele e farne il popolo della nuova alleanza. Egli viene come «luce», per dissipare queste tenebre e dare forma a una nuova umanità, riunita nella pace e nella gioia.

A questo disegno di riconciliazione e di comunione sono orientate già le prime parole e i primi atti del Redentore. La venuta del Regno che in lui si compie, e quindi la realizzazione del progetto divino della comunione, passa infatti prima di tutto attraverso la conversione e l’adesione alla «buona notizia», di cui Gesù è annunciatore. Si tratta, per l’uomo, di abbandonare la via che conduce al peccato e alla morte e di intraprendere un cammino di rinnovamento nella mentalità e nello stile di vita, al seguito di Cristo, luce del mondo, e in piena docilità al suo messaggio.

In questa prospettiva la chiamata-risposta dei primi discepoli acquista valore esemplare: è anzitutto la testimonianza concreta di chi è disponibile alla proposta e lascia tutto per seguire il Maestro, unendosi a lui; nello stesso tempo, diventa l’iniziale realizzazione di quella «convocazione» degli uomini intorno a Cristo concretamente costituita dalla Chiesa, nuovo Israele, «segno e strumento dell’intima unione con Dio e dell’unità di tutto il genere umano» (Lumen gentium, 1). Di questa Chiesa infatti gli apostoli sono i primi testimoni e costruttori: «Vi farò pescatori di uomini», dice loro Gesù (Mt 4, 19).

2. Vogliamo cogliere l’attualità di questo messaggio nella luce dell’«oggi», che la Chiesa di Roma sta vivendo. Anzitutto della «Settimana di preghiera per l’unità», che si svolge in questi giorni, e poi del cammino sinodale già intrapreso.

La prima conversione che i discepoli del Signore sono chiamati a realizzare aderendo a Cristo, luce di verità e parola di vita, consiste appunto nell’accoglienza della comunione come dono dello Spirito. L’amore di Cristo, che è in loro, si manifesterà di conseguenza nell’impegno a diffondere e dilatare la comunione con i fratelli, senza soffocare per questo le legittime diversità, che sono pure dono dello Spirito. Assolutizzare il ruolo di coloro che sono semplici strumenti, inseguendo maestri di sapienza umana fino a creare contrapposizioni e lacerazioni all’interno del tessuto ecclesiale, è un gravissimo attentato al disegno di comunione che Dio ha per l’umanità e soprattutto un peccato grande che divide la Chiesa, separando il corpo da Cristo che ne è il suo capo. I battezzati non sono di Paolo, di Apollo, di Cefa, ma appartengono soltanto a Cristo che è morto e risorto «per riunire i figli di Dio dispersi» (Gv 11, 52) e farne un solo corpo. Contrapporsi e dividersi significa rompere l’unità da lui voluta, ignorare il senso del suo sacrificio pasquale, compromettere l’efficacia dell’annuncio evangelico. La luce di Cristo, infatti, risplenderà sul mondo nella misura in cui le Chiese e ogni comunità cristiana daranno testimonianza di unità. Lo ha detto Gesù: «Siano una cosa sola, affinché il mondo creda» (Gv 17, 21).

3. Queste riflessioni, carissimi fratelli e sorelle, sono anche di stimolo per approfondire e sviluppare alcuni aspetti dell’impegno di comunione e di missione al quale la Chiesa di Roma, in tutte le sue articolazioni, è sollecitata con il Sinodo pastorale diocesano.

Un primo aspetto concerne il compito ecumenico, l’impegno cioè di lavorare al ristabilimento dell’unità fra i cristiani, compromessa dalle divisioni avvenute nel corso dei secoli. È stato questo uno dei principali intenti del Concilio Vaticano II ed è tuttora uno degli obiettivi fondamentali della missione ecclesiale, conseguenza naturale della visione della Chiesa come popolo di Dio, uno e unico, in cammino nella storia e in dialogo con tutti gli uomini.

La Chiesa di Dio che è in Roma, per la sua singolare identità e vocazione, è chiamata ad assumere con particolare forza e determinazione questo compito, in quanto sede del successore di Pietro, di colui cioè al quale è stato affidato in modo particolare il ministero dell’unità.

Molto cammino è stato fatto in questo senso negli ultimi tempi: sono caduti tanti pregiudizi, si è avviato un proficuo scambio teologico, si è dato più spazio alla preghiera comune. Molto cammino però rimane ancora da compiere. Deve maturare in molti cristiani una più profonda mentalità ecumenica che comporti rispetto ed accoglienza vicendevoli: devono approfondirsi l’ascolto e il dialogo reciproci, senza tuttavia indulgere a compromessi che intacchino i contenuti della fede e della morale cristiana; devono crescere le occasioni e i luoghi di incontro per camminare insieme incontro al Signore. Tutto ciò comporta un’adeguata «strategia», nella quale il primo posto va riservato alla conversione personale, al rinnovamento spirituale e alla preghiera. Grande importanza sarà pure attribuita all’educazione ecumenica da assicurare a tutti i livelli e nelle sedi più idonee; alla messa in atto dei mezzi più opportuni per la ricerca dei valori comuni; all’amore appassionato per la verità che tutti sono chiamati a servire.

Il compito ecumenico, in tale prospettiva, non può considerarsi un’esigenza facoltativa e un impegno riservato a pochi addetti ai lavori, ma si pone come dovere di ogni cristiano e quindi come dimensione fondamentale di tutta la vita e missione della Chiesa.

4. C’è ancora un aspetto della comunione ecclesiale che merita di essere sottolineato, alla luce del messaggio biblico appena ascoltato: riguarda l’armonizzazione dei carismi personali e comunitari, con i quali lo Spirito arricchisce la Chiesa e la rende più idonea alla missione. L’unità della Chiesa non è rigida uniformità e neppure livellamento e appiattimento; è frutto piuttosto di doni ed esperienze diverse, che fanno pensare alle membra molteplici e differenti di un unico corpo. Come tale è una ricchezza da coltivare e da promuovere, nel rispetto e nella valorizzazione dei singoli carismi, che vanno tuttavia sempre finalizzati all’edificazione della comunità e al servizio che essa deve rendere agli uomini, affinché venga il regno di Dio.

Purtroppo, come ai tempi di Paolo nella Chiesa di Corinto, così anche ai giorni nostri nelle nostre comunità, può accadere che un esercizio scorretto dei carismi generi conflitto, contrapposizioni e divisioni. Ciò avviene o perché ci si chiude nel particolarismo di un piccolo gruppo, assolutizzando la propria esperienza, ovvero perché si mira più all’affermazione personale che non alla costruzione della comunità. È questa una tentazione del maligno, che tende sempre a seminare divisione nella Chiesa. Se assecondata, la tentazione può diventare un grande peccato che lacera il corpo di Cristo e arreca grave pregiudizio alla credibilità del messaggio evangelico. Bisogna guardarsi da questo pericolo, facendo sì che la vivacità dei carismi, che caratterizza anche la presente stagione ecclesiale, diventi sorgente di comunione ed espressione concreta di quell’«unità sinfonica» che nasce e si afferma mettendo insieme doni e beni elargiti dallo Spirito per il fine comune dell’evangelizzazione e della missione.

5. Auspico, carissimi fedeli della parrocchia della SS.ma Annunziata, che anche nella vostra comunità si attui tale «unità sinfonica» di carismi e di iniziative pastorali...

Vi esorto a perseverare nell’adesione operosa alle iniziative intraprese sotto la guida dei vostri pastori, cercando di moltiplicare i momenti di comunione nelle celebrazioni liturgiche, negli incontri di catechesi, nelle attività caritative. È infatti in tali esperienze di comunione che si ravviva nell’animo di ciascuno la consapevolezza della chiamata ad essere annunciatore del messaggio evangelico tra fratelli.

Nella vostra testimonianza a Cristo vi guidi sempre l’ammonimento dell’apostolo Paolo, a cui ho fatto cenno all’inizio del mio dire: «Non vi siano divisioni tra voi, ma siate in perfetta unione di pensiero e d’intento». Tutto deve compiersi nella verità e nella carità, che è il vincolo dell’unità, vera origine e ragion d’essere della comunità e finalmente nella concretezza della Chiesa locale, «casa comune», a cui presiede il vescovo che in essa è principio visibile e garante della comunione.

«Una cosa ho chiesto al Signore, questa sola io cerco: abitare nella casa del Signore tutti i giorni della mia vita». Sì, fratelli e sorelle, chiediamo al Signore che conceda a tutti i cristiani di ritrovarsi nella casa comune, per gustare insieme la dolcezza del Signore e la gioia della comunione.

«Che tutti siano una cosa sola, perché il mondo creda . . .». Amen!

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  • Me entusiasma tu labor. Muchísimas gracias. Yo tengo material que enviarte, especialmente sobre los pasajes marianos, y también comentarios de orientación mariana de otros pasajes, incluso donde menos se imaginaba a la Madre.

    Pero necesito que me precises si el autor ha de ser padre o santo, o puede ser otro, incluso algún teólogo, o poeta, o escritor, o una homilía publicada o sin publicar, etc. Un abrazo en lo hondo.

    • Hola Miguel.

      El objetivo del sitio es recopilar homilías o comentarios que sirvan de puntos de referencia, por eso prefiero que sean de los Padres de la Iglesia, del Magisterio o de los santos. Ello no impide que si hay algún escrito de un teólogo o autor católico, la publique (de hecho he publicado algunos comentarios de J. A. Ampuero por ejemplo). La Iglesia es muy rica, se que hay homilías muy buenas, muy inspiradas, escritas o no… la lista sería interminable. También por eso he limitado el tipo de publicaciones.
      Si ves que alguna homilía puede servir como punto de referencia, bienvenida será. Puedes enviarlas y las incluiré, sin por tanto comprometerme a publicarlas todas.
      Un saludo fraternal en Cristo Jesús, Señor nuestro.

  • Carlos

    Cordial saludo.

    Por favor revisar que los enlaces de los textos funcionen. Gracias.

    • Saludos Carlos. Si algún texto no tiene enlace significa que aún no hay comentario de ese texto, más adelante, Dios mediante, recopilaré comentarios de las Primeras y Segundas Lecturas, por el momento estoy dando prioridad a los Evangelios. La paz.