Domingo IV de Cuaresma (A)

Lecturas (Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A)

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-1ª Lectura: 1Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a David es ungido rey de Israel.
-Salmo: 22 El Señor es mi pastor, nada me falta.
-2ª Lectura: Ef 5, 8-14 Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.
+Evangelio: Jn 9, 1-41 Fue, se lavó y volvió con vista.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio de Milán, Carta 80,1-6: PL 16, 1271- 1272

La carne de nuestro barro recibe la luz de la vida eterna, mediante el sacramento del bautismo

Has escuchado, hermano, la lectura del evangelio, en la que se narra que, al pasar el Señor Jesús, vio a un ciego de nacimiento. Ahora bien, si el Señor lo vio, no pasó de largo: por consiguiente tampoco nosotros debemos pasar de largo junto al ciego que el Señor juzgó no deber evitar, máxime tratándose de un ciego de nacimiento, detalle éste que no en vano el evangelista subrayó.

Porque existe una ceguera que reduce la capacidad visual y es ordinariamente provocada por una enfermedad; y existe una ceguera causada por una exudación humoral y que, a veces, suprimida la causa, es también curada por la ciencia médica. Digo esto para que te des cuenta de que, la curación de este ciego de nacimiento, no es fruto de la habilidad médica, sino del poder divino. En efecto, el Señor le hizo don de la salud, no ejerció la medicina, ya que el Señor Jesús sanó a los que ningún otro consiguió curar. Corresponde efectivamente al creador rectificar las deficiencias de la naturaleza, puesto que él es autor de la misma. Por eso añadió: Mientras estoy en elmundo, soy la luz del mundo. Que es como si dijera: todos los ciegos podrán recuperar la vista, con tal de que me busquen a mí que soy la luz. Contempladlo también vosotros y quedaréis radiantes, de modo que podáis ver.

A continuación, una pregunta: ¿Qué sentido tiene que quien devolvía la vida con imperio y proporcionaba la salud mediante una orden, diciendo al muerto: Ven afuera, y Lázaro salió del sepulcro; diciendo al paralítico: Levántate, coge tu camilla, y el paralítico se levantó y comenzó a transportar su propia camilla, en la que era llevado cuando tenía dislocados todos sus miembros? ¿qué sentido tiene, vuelvo a preguntar, el que escupiera e hiciera barro, y se lo untara en los ojos al ciego, y le dijera: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado); y fue, se lavó, y volvió con vista? ¿Cuál es la razón de todo esto? Una muy importante, si no me engaño: pues ve más aquel a quien Jesús toca.

Considera al mismo tiempo su divinidad y su fuerza santificadora. Como luz, tocó y la infundió; como sacerdote y prefigurando el bautismo, llevó a cabo los misterios de la gracia espiritual. Escupió, para que advirtieras que el interior de Cristo es luz. Y ve realmente, quien es purificado por lo que procede del interior de Cristo. Lava su saliva, lava su palabra, como está escrito: Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado.

El que hiciera barro y se lo untara en los ojos al ciego, ¿qué otra cosa significa, sino que debes caer en la cuenta de que es uno mismo el que devolvió al hombre la salud untándole con barro, y el que de barro modeló al hombre? ¿y que la carne de nuestro barro recibe la luz de la vida eterna, mediante el sacramento del bautismo? Vete también tú a Siloé, esto es, al enviado del Padre, según aquello: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado. Que te lave Cristo, para que veas. Acude al bautismo: es el momento oportuno. Acude presuroso, para que puedas decir: Fui, me lavé y empecé a ver; para que también tú puedas repetir: Era ciego y ahora veo; para que tú puedas decir como dijo aquel inundado de luz: La noche está avanzada, el día se echa encima.

San Efrén, Comentario al Diatessaron, 16, 28-31

« Yo he venido a este mundo para un desafío: para que los que no ven puedan ver»
“Hizo barro con su saliva y la aplicó sobre los ojos del ciego” Y la luz ha brotado de la tierra, como al principio, como cuando… la tiniebla lo cubría todo y le ordenó a la luz que surgiera de la oscuridad (Gn 1,2-3). Por lo tanto curó un defecto que existía después del nacimiento, para mostrar que Él, da la mano acabando aquello que falta a la naturaleza. Era bueno que le diera la mano a aquellos que había formado en la creación al principio. Y como nos negamos a creer que Él era anterior a Abraham (Jn 8,57), Él ha probado por sus obras que es el Hijo de Aquel que, de su mano, “forma de tierra al primer Adán>>. (Gn 2,7).

Él hace esto para aquellos que buscan milagros a fin de creer: “Los judíos buscan milagros” (1Co 1,22). No es la piscina de Siloé lo que ha abierto los ojos del ciego, como no son las aguas del Jordán las que purifican a Naamán (2R 5,14): es el poder del Señor el que lo hace todo. Por lo tanto, no es el agua de nuestro bautismo, sino el nombre de la Trinidad que se pronuncia sobre ella lo que nos purifica. “Él frotó sus ojos con barro”, con el fin de que los fariseos limpien la ceguera de su corazón…

Aquellos que vieron la luz material estaban conducidos por un ciego que vio la luz del espíritu; y, en su noche, el ciego estuvo conducido por aquellos que veían externamente, pero eran espiritualmente ciegos.

El ciego ha lavado el barro de sus ojos, y se ha visto a sí mismo; otros han lavado la ceguera de su corazón, y se han examinado a sí mismos. De este modo, abriendo exteriormente los ojos de un ciego, nuestro Señor abre secretamente los ojos de muchos otros ciegos… En estas pocas palabras del Señor están escondidos tesoros admirables, y en esta curación, fue esbozado un símbolo: Jesús, hijo del Creador.

Benedicto XVI, papa

Ángelus, 03-04-2011

El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.

Ángelus, 02-03-2008

En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del “agua viva”; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como “la luz del mundo”; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como “la resurrección y la vida”. Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que “sumerge” a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: “Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: “Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9, 4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son “expulsados” por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el “gran pecado” (cf. Sal 19, 14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

Juan Pablo II, papa

Ángelus, 10-03-2002

1. “Laetare, Jerusalem…”. Con estas palabras del profeta Isaías la Iglesia nos invita hoy a la alegría, en la mitad del itinerario penitencial de la Cuaresma. La alegría y la luz son el tema dominante de la liturgia de hoy. El evangelio narra la historia de “un hombre ciego de nacimiento” (Jn 9, 1). Al verlo, Jesús hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos y le dijo:  “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”). Él fue, se lavó, y volvió con la vista” (Jn 9, 6-7).

El ciego de nacimiento representa al hombre marcado por el pecado, que desea conocer la verdad sobre sí mismo y sobre su destino, pero se ve impedido por una enfermedad congénita. Sólo Jesús puede curarlo: él es “la luz del mundo” (Jn 9, 5). Al confiar en él, todo ser humano espiritualmente ciego de nacimiento tiene la posibilidad de “volver a la luz”, es decir, de nacer a la vida sobrenatural.

2. Además de la curación del ciego, el evangelio da gran relieve a la incredulidad de los fariseos, que se niegan a reconocer el milagro, dado que Jesús lo ha realizado en sábado, violando, a su parecer, la ley de Moisés. Se manifiesta así una elocuente paradoja, que Cristo mismo resume con estas palabras: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos” (Jn 9, 39).

Para quien encuentra a Jesús, no hay términos medios:reconoce que lo necesita a él y su luz, o elige prescindir de él. En este último caso, tanto a quien se considera justo ante Dios como a quien se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión auténtica.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, nadie debe cerrar su corazón a Cristo. A quien lo acoge, él le da la luz de la fe, una luz capaz de transformar los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales, políticas y económicas dominadas por el pecado. “Creo, Señor” (Jn 9, 38). Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento, debe estar dispuesto a profesar humildemente su adhesión a él.

Homilía, Parroquia San Matías Apóstol (Roma), 14-03-1999

1. «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría» (Antífona de entrada).

Con esta invitación a la alegría, se abre la liturgia de hoy. Ella da un tono particularmente gozoso a este cuarto domingo de Cuaresma, llamado tradicionalmente domingo laetare. Sí, debemos alegrarnos, puesto que el auténtico espíritu cuaresmal es búsqueda de la alegría profunda, fruto de la amistad con Dios. Nos alegramos porque la Pascua ya está cerca, y dentro de poco celebraremos nuestra liberación del mal y del pecado, gracias a la vida nueva que nos trajo Cristo muerto y resucitado.

En este camino hacia la Pascua, la liturgia nos exhorta a recorrer el itinerario catecumenal con los que se preparan para recibir el bautismo. El domingo pasado meditamos en el don del agua viva del Espíritu (cf. Jn 4, 5-42); hoy nos detenemos con el ciego de nacimiento junto a la piscina de Siloé, para acoger a Cristo, luz del mundo (cf. Jn 9, 1-41).

«El ciego fue, se lavó, y volvió con vista» (Jn 9, 7). Como él, debemos dejarnos iluminar por Cristo, y renovar la fe en el Mesías sufriente, que se revela como la luz de nuestra existencia: «Yo soy la luz del mundo; (…) quien me sigue tendrá la luz de la vida» (Aclamación antes del Evangelio).

El agua y la luz son elementos esenciales para la vida. Precisamente por eso, Jesús los elevó a la categoría de signos reveladores del gran misterio de la participación del hombre en la vida divina.

[…] 5. «Caminad como hijos de la luz» (Ef 5, 8). Las palabras del apóstol san Pablo, en la segunda lectura, nos estimulan a recorrer este camino de conversión y renovación espiritual. En virtud del bautismo, los cristianos son «iluminados»; ya han recibido la luz de Cristo. Por tanto, están llamados a conformar su existencia con el don de Dios: ¡a ser hijos de la luz!

Amadísimos hermanos y hermanas, el Señor os abra los ojos de la fe, como hizo con el ciego de nacimiento, para que aprendáis a reconocer su rostro en el de vuestros hermanos, especialmente en los más necesitados.

María, que ofreció a Cristo a todo el mundo, nos ayude también a nosotros a acogerlo en nuestras familias, en nuestras comunidades y en todos los ambientes de vida y trabajo de nuestra ciudad. Amén.

Homilía, Parroquia de san Sabas (Roma), 29-03-1981

1. Deseo juntamente con vosotros saludar a Cristo Buen Pastor con las palabras del Salmo responsorial de la liturgia de hoy, que colma nuestros corazones de tanta confianza:

¡El Señor es mi Pastor, nada me falta! (Sal 22 [23], 1).

2. El Salmo responsorial del IV domingo de Cuaresma dirige nuestras almas hacia el misterio pascual, en el que Cristo se revela realmente como Pastor que ofrece la vida por las ovejas (cf.Jn 10, 11-15). La imagen que emerge del Salmo 22 es una preparación en el Antiguo Testamento de la figura que Cristo mismo ha delineado con la parábola del Buen Pastor. Evidentemente, el Salmo refleja una mentalidad oriental y se expresa con modalidades típicas del contexto histórico judío y, por esto, requeriría una esmerada exégesis. Sin embargo, su mensaje es fácilmente comprensible: Jesús, el Verbo Divino, se encarnó precisamente para conducir las almas hacia la verdad: “En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas”.

Jesús vino para alentarnos en el camino de la vida, para guiarnos en el camino justo de la salvación, para prepararnos la mesa de la gracia, para darnos la alegría de la certeza. Jesús está con nosotros todos los días de nuestra existencia: la fe en El nos da seguridad y valentía, aun cuando a veces tengamos que caminar en un valle oscuro. ¡Animo, pues, queridos hijos! Es la primera exhortación que nos sugiere la liturgia de hoy. ¡A pesar de las penas y de los contrastes de la vida, a pesar de las situaciones sociales y públicas que a veces pueden llegar a ser dramáticas, no perdáis la confianza en Cristo Buen Pastor, Redentor de nuestras almas, Salvador de la humanidad 1

3. Cristo es precisamente el Pastor Eterno de toda la humanidad, porque en El todos nosotros hemos sido elegidos por el Padre como sus hijos adoptivos. Y por medio de su obra redentora hemos sido unidos al Espíritu Santo, de manera que participamos así también de la misión de Cristo “Sacerdote, Profeta y Rey” (cf. Lumen gentium, 31). Hacia estos pensamientos nos orienta la primera lectura del libro de Samuel, que narra la elección y la unción del futuro Rey David por parte del Profeta.

Del relato del episodio histórico resulta que en el Antiguo Testamento sólo alguno era elegido por el Altísimo para la realización de sus designios. En este caso, uno solo de los siete hijos de Jesé fue elegido y consagrado Rey de Israel.

En cambio, la revelación de Cristo y la enseñanza perenne de la Iglesia afirman que, en el Nuevo Testamento, la elección es universal: toda la humanidad y, por esto, cada uno de los hombres, es llamado y elegido en Cristo para participar de la misma vida divina mediante la gracia. ¡Así, pues, sentíos dichosos y estad agradecidos por haber no sólo conocido estas realidades divinas, sino por haber recibido la “unción” y la “consagración” mediante el bautismo y la confirmación! ¡Acordaos siempre de vuestra dignidad, de vuestra grandeza, de vuestra riqueza y comportaos de modo que también los demás puedan conocerla y vivirla!

4. Sin embargo, el pensamiento sobre el que pone más fuertemente el acento la liturgia de hoy es que Cristo es el Pastor de nuestras almas en cuanto nos abre los ojos para ver la luz de Dios.

El relato de la curación del ciego de nacimiento, como nos lo presenta el Evangelista Juan, es ciertamente una de las páginas más espléndidas del Evangelio. Sería necesario detenerse largamente para analizar los valores literarios, para saborear la composición, de la escena, para profundizar en la sicología de los diversos personajes, para seguir la dinámica de la acción, para descubrir su valor apologético, para meditar su mensaje doctrinal. Lo podréis hacer en vuestros encuentros de grupo, con comodidad y provecho; para este encuentro es suficiente una sola, pero fundamental, observación: Jesús realizó el llamativo milagro de la curación del ciego de nacimiento para demostrar su divinidad y la consiguiente necesidad de acoger su Persona y su mensaje.

El ciego, una vez curado, no sabe todavía quién es Jesús pero lo intuye, y contra la incredulidad de los judíos y el temor de sus mismos padres, afirma: “Jamás se oyó decir que nadie abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Cuando después Jesús le dice claramente que es el “Hijo del hombre”, esto es, el Mesías, el Hijo de Dios, el ciego curado no tiene duda alguna e inmediatamente hace su profesión de fe: “Creo, Señor”.

He aquí, pues, el significado, inmediato del milagro realizado por Jesús: El es verdaderamente Dios, el cual como pudo dar enseguida la vista a un ciego, mucho más puede dar la vista al alma, puede abrir los ojos interiores para que conozcan las verdades supremas que se refieren a la naturaleza de Dios y al destino del hombre. Por esto, la curación física del ciego, que luego es causa de su fe, se convierte en un símbolo de la conversión espiritual. De este modo Jesús vuelve a confirmar la verdad de las palabras que ya había pronunciado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida” (Jn 8, 12). Cristo es Buen Pastor porque es la luz de nuestras almas. No podemos menos de creer en El, seguirle, amarle, escucharle.

5. De la meditación de las lecturas de la liturgia de hoy debemos sacar ahora alguna conclusión práctica, que pueda servir en el camino ulterior de vuestra vida personal y parroquial.

Ante todo, tened siempre un profundo sentido de responsabilidad sobre vuestra fe cristiana. El relato evangélico nos hace comprender cuán preciosa es la vista de los ojos, pero cuánto más preciosa es aún la luz de la fe. Pero sabemos que esta fe exige firmeza y fortaleza, porque está siempre insidiada. Frente a la luz que es Cristo, hay a veces una actitud de abierta hostilidad, o de rechazo y de indiferencia, o también de crítica injusta y parcial.

Sentíos responsables de vuestra fe en la sociedad moderna en la que debéis vivir, cada uno en su puesto de vida y de trabajo, cada uno en el ámbito de sus relaciones de familia y de profesión. Y por esto, profundizad cada vez más en ella, con una catequesis sana, completa, metódica… ¡Corresponded al celo de vuestros Pastores! ¡Conocer mejor la propia fe significa estimarla más, vivirla más intensamente, irradiarla con más eficaz testimonio!

6. Una segunda consecuencia práctica se puede sacar de la Carta de San Pablo a los cristianos de la ciudad de Éfeso.

“En otro tiempo erais tinieblas —escribía el Apóstol—, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz” (Ef 5, 8). La exhortación de San Pablo es siempre actual: “Buscad lo que agrada al Señor” (Ef 5, 10). “No toméis parte en las obras estériles de las tinieblas” (Ef 5, 11).

¡Sed luz también vosotros en vuestra parroquia, en vuestra ciudad, en vuestra patria! Sed luz, con la frecuencia asidua y convencida a la Santa Misa dominical y festiva; sed luz eliminando escrupulosamente las palabras soeces, la blasfemia, la lectura de diarios y revistas pornográficas, la visión de espectáculos negativos; sed luz con el ejemplo continuo de vuestra bondad y de vuestra fidelidad en todo lugar, pero especialmente en el ambiente privilegiado de la familia, recordando que “toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”.

7. Queridísimos:

El IV domingo de Cuaresma eleva nuestros pensamientos y nuestros corazones hacia Cristo que, al ofrecer su vida por los Hombres en la pasión y en la cruz, se revela el único Buen Pastor que abraza a todos y a cada uno, se cuida del verdadero bien de cada hombre y de la humanidad aquí, en la tierra, y, en definitiva, se cuida de nuestra salvación eterna.

¡Estemos dispuestos para seguir a Cristo por los caminos que El nos indica, también mediante la enseñanza de la Iglesia que El ha instituido!

¡Estemos dispuestos a sacar fuerza de las fuentes de la gracia, que El nos abre en la Iglesia mediante los sacramentos de la fe: Penitencia y Eucaristía!

¡Y, finalmente, estemos dispuestos a buscar en El el apoyo en todas las dificultades de nuestra vida y de nuestra conciencia!

¡No nos separemos nunca de El! ¡El es la luz del mundo!

Congregación para el Clero

La Liturgia de la Iglesia en este Cuarto Domingo de Cuaresma, nos invita a recorrer una de las dinámicas fundamentales de nuestro renacimiento bautismal, a través del ejemplo evangélico del “ciego de nacimiento”; el paso de las tinieblas del pecado y del error, a la Luz de Dios, que es Cristo Resucitado.

Ya en la Revelación del Antiguo Testamento, el Señor Dios había mostrado al Pueblo de Israel, cómo el juicio del Creador es más profundo y verdadero que los pensamientos de la creatura. Hemos escuchado de hecho, en la Primera Lectura: «No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón» (1Sam 16, 7). El Señor había indicado, de esta  manera, cual es el verdadero criterio para juzgar a un hombre y junto a este, el lugar en el cual el hombre puede encontrar la mirada de Dios y entrar en relación con Él: su corazón. Pero “corazón”, la Biblia, obviamente no lo interpreta como el centro de las palpitaciones más intimas, sino “el sagrario” del hombre, su conciencia,  donde se le ha dado la capacidad de escuchar la misma voz de Dios y reconocer de esta manera el fruto de la Luz: «Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad» (Ef. 5,9).

Sin embargo, incapaz de permanecer fiel a lo más verdadero que hay en él, el hombre regresa a sus pequeños criterios, produciendo toda maldad, injusticia y falsedad, para gobernarse a sí mismo, decidiendo lo que él decide que es para su bien, y ocupando el lugar de Dios (Gen. 3,5). Pero Dios no se da por vencido y se encuentra con cada uno de nosotros, así como lo narra en doble sentido, sobre todo,  el Evangelio: «escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego» (Jn. 9,6). Osea, Dios se hizo hombre, creatura; se unió a nuestra tierra, para que el hombre no escape de Él, sino que pudiera llegar a reconocer, por medio del encuentro con Su Santísima Humanidad, lo que San Juan escribe en el prólogo del Evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros » (Jn. 1,14).
 
En segundo lugar, «Él dice ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa “Enviado”». (Jn.9,7). Cristo el enviado del Padre, tomó sobre sí mismo, todos nuestros pecados, hasta las últimas consecuencias de nuestra ceguera, hasta dejarse despojar de sus vestiduras, coronar de espinas y clavar en una cruz, despreciado por su mismo pueblo y abandonado por sus amigos más íntimos. Este Amor inaudito de Cristo, no hace más que vencer definitivamente, con el tiempo, todo temor de cara a nuestros limites, porque no existe nada en nosotros que le pueda impedir de amarnos: Desde asumir amorosamente nuestro rechazo, desde nuestra obtusidad homicida, más aún, el Señor Jesús cumplió el acto más extraordinario de la historia: ofreció libremente Su Cuerpo al Padre, para nuestra salvación y de esta manera consagró por cada uno de nosotros toda Su Persona. Nos ha introducido en Su Santísimo Corazón, inflamado de Amor por nosotros, o sea, en la misma Luz de Dios, en la Luz de la Resurrección, y ha hecho de nosotros una “creatura nueva” (Cfr. 2 Cor. 5,17). Hemos escuchado, de hecho «El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía » (Jn. 9,7).
 
Precisamente este indestructible lazo con Cristo, fundado sobre Su Amor y Su Fidelidad, es el “nuevo ser” que se nos ha donado el día de nuestro bautismo, y en el cual somos más profundamente introducidos por medio de los Sacramentos de la iniciación cristiana. Pero este nuevo ser, no puede dar fruto en nosotros sin el total consentimiento de nuestra libertad, que en esta vida terrena, se expresa, se fortalece y triunfa a través de aquella extraordinaria unión, a los “hechos”, testimoniados por el ciego, sanado por Cristo.

Él, interrogado por el mundo sobre como había sucedido su curación,  narra simplemente lo que le había sucedido: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: Ve a lavarte a Siloé. Yo fui, me lavé y vi».
 
Pidamos, por intercesión de María Santísima, el ser fieles a la verdad, a los hechos de nuestra vida, aferrando la mano, que en toda circunstancia Cristo nos tiende; dejémonos, así, conmover, no seamos pues insensibles, podemos vivir totalmente de Cristo, Amor, Crucificado y Resucitado, en esta vida y en la Eternidad: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará» (Ef. 5,14)

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