Domingo IV Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Sof 2, 3; 3, 12-13: Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre
- Salmo: Sal 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos
- 2ª Lectura: 1 Co 1, 26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo
+ Evangelio: Mt 5, 1-12a: Bienaventurados los pobres en el espíritu




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Pablo II, Papa

Homilía (01-02-1981): Cristo nos lleva más lejos


Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San José Cafasso
Domingo IV del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
Domingo 01 de febrero del 1981

1. "Dichosos vosotros..." (Mt 5, 11). Con estas palabras, que acabamos de escuchar, deseo saludaros a todos los que estáis aquí reunidos...

"Dichosos vosotros...". Son las palabras del "sermón de la montaña", con las que Jesús trató de delinear la esencia de su mensaje. Alguno las ha calificado como la "carta magna" del Reino de Cristo. Son palabras revolucionarias, porque proponen un radical trastrueque de los "valores", en los que se inspira la mentalidad corriente: la de los tiempos de Jesús no menos que la de nuestros tiempos. Efectivamente, la gente ha creído siempre mucho en el dinero, en el poder en sus varias formas, en los placeres sensuales, en la victoria sobre el otro a cualquier precio, en el éxito y en el reconocimiento mundano. Se trata de "valores" que se sitúan, como aparece claramente, dentro del horizonte limitado de las realidades terrenas.

Jesús rompe este círculo limitado y limitante: impulsa la visual sobre realidades que escapan a la comprobación de los sentidos, porque trascienden la materia y se colocan, más allá del tiempo, en el ámbito de lo eterno. El habla de "reino de los cielos", de "tierra prometida", de "filiación divina", de "recompensa celeste", y en esta perspectiva afirma la preeminencia de la "pobreza en espíritu", de la "mansedumbre", de la "pureza de corazón", del "hambre de justicia", que se manifiesta no en la violencia, sino en soportar valientemente la "persecución".

Innumerables cristianos, de generación en generación, han subido idealmente a esta montaña, para escuchar al Maestro Divino. [Así las escuchó y puso en práctica el patrono de vuestra parroquia, San José Cafasso, cuya urna he visitado, no hace mucho, en mi peregrinación a Turín. El, en tiempos no lejanos de los nuestros, tomó estas palabras como programa concreto de vida, inspirando en ellas su conducta, en la separación de los bienes de la tierra, oyendo con mansedumbre y paciencia a los penitentes en el confesonario, en la asistencia delicada y amable a los necesitados, y especialmente a los encarcelados y a los condenados a muerte.]

Os repito estas palabras de las bienaventuranzas al comienzo de nuestro encuentro; y lo hago no sólo por venerar a vuestro patrono, sino también para que os comprometáis con ellas, como individuos y como comunidad parroquial: leed de nuevo estas palabras, aprendedlas de memoria, tratad de "medir" con ellas vuestra vida. Esto es lo primero que os deseo.

[...]

3. "Considerad vuestra llamada, hermanos", nos ha repetido oportunamente San Pablo (1 Cor 1, 26). Se trata de palabras que debemos escuchar como dirigidas a nosotros hoy, en esta asamblea litúrgica. Nos invitan a reflexionar sobre una dimensión fundamental de nuestra existencia: nuestra vida forma parte del designio amoroso de Dios. San Pablo es explícito a este respecto. Por tres veces, en la lectura de hoy, afirma que "Dios ha elegido" a cada uno de nosotros, de manera que "somos en Cristo Jesús", el cual "se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención" (cf. 1 Cor 1, 27-30).

Este es, en efecto, el maravilloso mensaje de la fe: en los orígenes de nuestra vida hay un acto de amor de Dios, una elección eterna, libre y gratuita, mediante la cual. El, al llamarnos a la existencia, ha hecho de cada uno de nosotros su interlocutor: "La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios" (Gaudium et spes, 19).

Este diálogo, como es sabido, lo interrumpió el hombre con el pecado. Dios, en su misericordia, ha querido abrirlo de nuevo, dirigiéndose nuevamente a nosotros con la Palabra misma de su amor eterno, el Verbo consustancial, que, haciéndose hombre y muriendo por nosotros, nos ha puesto de nuevo en comunicación con el Padre. He aquí por qué San Pablo dice que estamos llamados "en Cristo Jesús": la esencia de la vocación cristiana está precisamente en este "ser en Cristo". Esto es obra de Dios mismo, es don de su amor y de su gracia. Por esto, justamente concluye San Pablo que cada uno de nosotros puede "gloriarse en el Señor" (cf. 1 Cor 1, 31).

Sin embargo, a la llamada de Dios debe corresponder, por nuestra parte, una respuesta adecuada. ¿Qué respuesta? La que tiene su raíz fundamental en el bautismo y que se hace consciente y responsable en el acto de fe personal, suscitado por la escucha de la Palabra, alimentado por la participación en los sacramentos, testimoniado por una vida que se inspira en las bienaventuranzas de Cristo y se extiende al cumplimiento generoso de sus mandamientos, entre los cuales el más grande es el mandamiento del amor.

4. En el ámbito de esta vocación común, que Dios dirige a cada uno de los hombres, destacan las vocaciones específicas, mediante las cuales Dios "elige" a cada una de las personas para una tarea particular. Como es obvio, éstas son vocaciones múltiples y complementarias entre sí, idénticas por el fin de la comunión con Dios, pero diversas en cuanto a los caminos y a los medios necesarios para lograrlo.

Pienso, por ejemplo, desde el punto de vista de la profesión, en la elección de un cierto tipo de estudio y de especialización, con la perspectiva de un determinado trabajo, del que se espera, ciertamente, una ganancia para sí mismos, pero también la posibilidad de prestar la aportación personal a la construcción de un mundo mejor. Pienso, sobre todo, desde el punto de vista del estado de vida, en la elección del matrimonio, en la de dar la vida a un nuevo ser humano o de adoptar una criatura que ha quedado sola en el mundo, etc. Y pienso, además, en otras situaciones: por ejemplo, la del cónyuge que queda viudo, la del cónyuge abandonado, la del huérfano. Pienso en la condición de los enfermos, de los ancianos enfermos y solos, de los pobres: "Dios ha elegido la flaqueza del mundo, nos recuerda San Pablo, para confundir a los fuertes". En el designio misterioso de Dios, la acción renovadora de la gracia pasa a través de la debilidad humana: por esto, pasa, de modo particular, a través de estas situaciones de sufrimiento y abandono.

Quiero reservar una palabra aparte para la vocación sacerdotal y religiosa. La Iglesia tiene necesidad de almas generosas que, consagrándose totalmente a Cristo y a su Reino, acepten gastar sus energías en servicio del Evangelio. Particularmente tiene necesidad de ellas nuestra Iglesia de Roma, que ha conocido en los últimos decenios un fortísimo incremento demográfico, al que, por desgracia, no ha acompañado un proporcional aumento de sacerdotes y de religiosas. Es un problema grave que afecta a toda la comunidad, porque de la presencia de estas almas consagradas depende, sobre todo, la animación cristiana de la ciudad. Como Obispo de Roma, hago una llamada a la oración, al testimonio, a la ayuda de todos los fieles de la diócesis: ¡el florecimiento de las vocaciones depende del compromiso de cada uno! ¡No lo olvidemos!

5. "Vosotros sois en Cristo Jesús", escribe el Apóstol. Esta vez me dirijo no ya a cada uno en particular, sino a la comunidad, a toda la parroquia. Si alguno os preguntase a vosotros, parroquia de San José Cafasso, ¿quiénes sois?, ¿sabéis cuál sería la respuesta que deberíais dar? La que os sugiere San Pablo: "Nosotros somos en Cristo Jesús" como comunidad de su Iglesia. Nuestro "nosotros" de cristianos es El, Cristo.

Pero si, como parroquia estáis llamados a formar una sola cosa en Cristo, vosotros estáis obligados a testimoniar en la vida vuestra vocación comunitaria. En otras palabras, vosotros debéis comprometeros a crecer en Cristo no sólo individualmente, sino también como parroquia. ¿Queréis saber cómo se forma y cómo se desarrolla una comunidad parroquial? La comunidad se forma, ante todo, en torno a la Palabra de Dios. He aquí, por esto, la importancia de la catequesis, mediante la cual se nos lleva a un conocimiento cada vez más profundo de las riquezas de verdad contenidas en la Escritura. Después, la comunidad se desarrolla con la participación en las celebraciones litúrgicas, especialmente con la participación en la Eucaristía. Sé que en vuestra parroquia la liturgia está particularmente cuidada y me alegro de ello: es un signo de vitalidad, que anima a esperar mucho.

Además, la comunidad crece y se consolida gracias al testimonio de vida cristiana, que sus miembros saben ofrecer. A este respecto, es fundamental la actitud de valiente coherencia que los padres deben llevar a sus familias y los miembros de los varios grupos organizados sepan asumir ante aquellos que aún se muestran refractarios al mensaje cristiano. Finalmente, un elemento particular de crecimiento comunitario está constituido por el compromiso de caridad hacia las personas que, por una u otra razón, se hallan en necesidad: en vuestra parroquia no faltan los pobres, las personas enfermas, los ancianos; tenéis un instituto para la rehabilitación de los minusválidos. Las ocasiones, pues, son numerosas y estimulantes. Representan también otras tantas "llamadas" con las que Dios pulsa a la puerta de vuestro corazón. Que El os conceda la generosidad necesaria para responder con valentía y de manera adecuada.

6. Al terminar ahora esta meditación sobre el tema de la vocación cristiana, sobre el cual nos ha invitado a detenernos la liturgia de hoy, quiero dirigiros dos deseos. El primero está tomado del Profeta:

"Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación" (Sof 2, 3).

Si os comprometéis a buscarla, como dice el Profeta o, mejor aún, como dice Cristo en el "sermón de la montaña", entonces podrá realizarse en vosotros el segundo deseo: "Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo" (Mt 5, 12).

Aceptad, queridos hermanos y hermanas, estos dos deseos como un fruto particular de la visita que hoy os hace vuestro Obispo. Que ellos reaviven la participación en esta Eucaristía. Que ellos se conviertan en la fuente y en el camino de toda vuestra vida.

Homilía (24-03-2000): Dos montes que conducen a la cima de la vida


A los jóvenes, en el Monte de las Bienaventuranzas, Galilea
Viernes 24 de marzo del 2000

"¡Mirad, hermanos, vuestra vocación!" (1 Co 1, 26).

1. Hoy estas palabras de san Pablo se dirigen a todos los que hemos venido aquí, al monte de las Bienaventuranzas. Estamos sentados en esta colina como los primeros discípulos, y escuchamos a Jesús. En silencio escuchamos su voz amable y apremiante, tan amable como esta tierra y tan apremiante como una invitación a elegir entre la vida y la muerte.

¡Cuántas generaciones antes que nosotros se han sentido conmovidas profundamente por el sermón de la Montaña! ¡Cuántos jóvenes a lo largo de los siglos se han reunido en torno a Jesús para aprender las palabras de vida eterna, como vosotros estáis reunidos hoy aquí! ¡Cuántos jóvenes corazones se han sentido impulsados por la fuerza de su personalidad y la verdad apremiante de su mensaje! ¡Es maravilloso que estéis aquí!...

2. Hace precisamente un mes, tuve la gracia de ir al Monte Sinaí, donde Dios habló a Moisés y le entregó la Ley, "escrita por el dedo de Dios" (Ex 31, 18) en tablas de piedra. Estos dos montes, el Sinaí y el de las Bienaventuranzas, nos ofrecen el mapa de nuestra vida cristiana y una síntesis de nuestras responsabilidades ante Dios y ante nuestro prójimo. La Ley y las bienaventuranzas señalan juntas la senda del seguimiento de Cristo y el camino real hacia la madurez y la libertad espiritual.
Los diez mandamientos del Sinaí pueden parecer negativos: "No habrá para ti otros dioses delante de mí. (...) No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso..." (Ex 20, 3. 13-16). Pero, de hecho, son sumamente positivos. Yendo más allá del mal que mencionan, señalan el camino hacia la ley del amor, que es el primero y el mayor de los mandamientos: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. (...) Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 37. 39). Jesús mismo dice que no vino a abolir la Ley, sino a cumplirla (cf. Mt 5, 17). Su mensaje es nuevo, pero no cancela lo que había antes, sino que desarrolla al máximo sus potencialidades. Jesús enseña que el camino del amor hace que la Ley alcance su plenitud (cf. Ga 5, 14). Y enseñó esta verdad tan importante aquí, en este monte de Galilea.

3. "Bienaventurados -dice- los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los que lloráis, los que tenéis hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los que trabajáis por la paz y los perseguidos". ¡Bienaventurados! Pero las palabras de Jesús pueden resultar extrañas. Es raro que Jesús exalte a quienes el mundo por lo general considera débiles. Les dice: "Bienaventurados los que parecéis perdedores, porque sois los verdaderos vencedores: es vuestro el reino de los cielos". Estas palabras, pronunciadas por él, que es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29), plantean un desafío que exige una profunda y constante metánoia del espíritu, un gran cambio del corazón.

Vosotros, los jóvenes, comprendéis por qué es necesario este cambio del corazón. En efecto, conocéis otra voz dentro de vosotros y en torno a vosotros, una voz contradictoria. Es una voz que os dice: "Bienaventurados los orgullosos y los violentos, los que prosperan a toda costa, los que no tienen escrúpulos, los crueles, los inmorales, los que hacen la guerra en lugar de la paz y persiguen a quienes constituyen un estorbo en su camino". Y esta voz parece tener sentido en un mundo donde a menudo los violentos triunfan y los inmorales tienen éxito. "Sí", dice la voz del mal, "ellos son los que vencen. ¡Dichosos ellos!".

4. Jesús presenta un mensaje muy diferente. No lejos de aquí, Jesús llamó a sus primeros discípulos, como os llama ahora a vosotros. Su llamada ha exigido siempre una elección entre las dos voces que compiten por conquistar vuestro corazón, incluso ahora, en este monte: la elección entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. ¿Qué voz elegirán seguir los jóvenes del siglo XXI? Confiar en Jesús significa elegir creer en lo que os dice, aunque pueda parecer raro, y rechazar las seducciones del mal, aunque resulten deseables o atractivas.

Además, Jesús no sólo proclama las bienaventuranzas; también las vive. Él encarna las bienaventuranzas. Al contemplarlo, veréis lo que significa ser pobres de espíritu, ser mansos y misericordiosos, llorar, tener hambre y sed de justicia, ser limpios de corazón, trabajar por la paz y ser perseguidos. Por eso tiene derecho a afirmar: "¡Venid, seguidme!". No dice simplemente: "Haced lo que os digo". Dice: "¡Venid, seguidme!".

Escucháis su voz en este monte, y creéis en lo que os dice. Pero, como los primeros discípulos en el mar de Galilea, debéis dejar vuestras barcas y vuestras redes, y esto nunca es fácil, especialmente cuando afrontáis un futuro incierto y sentís la tentación de perder la fe en vuestra herencia cristiana. Ser buenos cristianos puede pareceros algo superior a vuestras fuerzas en el mundo actual. Pero Jesús no está de brazos cruzados; no os deja solos al afrontar este desafío. Está siempre con vosotros para transformar vuestra debilidad en fuerza. Confiad en él cuando os dice: "Mi gracia te basta, pues mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12, 9).

5. Los discípulos pasaron algún tiempo con el Señor. Llegaron a conocerlo y amarlo profundamente. Descubrieron el significado de lo que el apóstol san Pedro dijo una vez a Jesús: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Descubrieron que las palabras de vida eterna son las palabras del Sinaí y las palabras de las bienaventuranzas. Este es el mensaje que difundieron por todo el mundo.

En el momento de su Ascensión, Jesús encomendó a sus discípulos una misión y les dio una garantía: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes. (...) Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20). Desde hace dos mil años los seguidores de Cristo han cumplido esta misión.
Ahora, en el alba del tercer milenio, os toca a vosotros. Toca a vosotros ir al mundo a predicar el mensaje de los diez mandamientos y de las bienaventuranzas. Cuando Dios habla, habla de cosas que son muy importantes para cada persona, para todas las personas del siglo XXI, del mismo modo que lo fueron para las del siglo I. Los diez mandamientos y las bienaventuranzas hablan de verdad y bondad, de gracia y libertad: de todo lo que es necesario para entrar en el reino de Cristo. ¡Ahora os corresponde a vosotros ser apóstoles valientes de este reino!

Jóvenes de Tierra Santa, jóvenes del mundo, responded al Señor con un corazón dispuesto y abierto. Dispuesto y abierto, como el corazón de la más grande de las hijas de Galilea, María, la madre de Jesús. ¿Cómo respondió ella? Dijo: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Oh, Señor Jesucristo, en este lugar que conociste y amaste tanto, escucha a estos corazones jóvenes y generosos. Sigue enseñando a estos jóvenes la verdad de los mandamientos y de las bienaventuranzas. Haz que sean testigos gozosos de tu verdad y apóstoles convencidos de tu reino. Permanece siempre junto a ellos, especialmente cuando seguirte a ti y tu Evangelio sea difícil y exigente. Tú serás su fuerza, tú serás su victoria.

Oh, Señor Jesús, tú has hecho de estos jóvenes tus amigos: mantenlos siempre junto a ti.
Amén.

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Gloriarse en el Señor

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Dios ha elegido lo necio del mundo, ... lo débil del mundo... lo plebeyo y despreciable del mundo, lo que no es». Cuando San Pablo escribe estas palabras a los corintios no sólo está poniendo de relieve una situación de hecho –la inmensa mayoría de los cristianos eran gente pobre, sencilla, inculta, que no contaba a los ojos del mundo, despreciable para los que se creían algo¬–, sino que está enunciando un principio, un criterio de la acción de Dios, que elige con preferencia lo humanamente inútil para manifestar que Él y sólo Él es el Salvador.

«Para que nadie pueda gloriarse en presencia de Dios». Tenemos que estar muy atentos para ver si nuestros criterios y modos de actuar son los del evangelio. El mayor pecado es el gloriarnos en presencia de Dios, el enorgullecernos pensando que somos algo o podemos algo por nosotros mismos. El Señor nos dice tajantemente: «Sin mí no podéis hacer nada». No dice que sin Él no podemos mucho o sólo una parte, sino «nada». Cuando nos apoyamos –en la vida personal o apostólica– en la sabiduría humana, estamos perdidos. Cuando confiamos en el prestigio humano o en el poder, el resultado es el fracaso total, la esterilidad más absoluta.

«El que se gloríe, que se gloríe en el Señor». En Él y sólo en Él vale la pena apoyarse. «En cuanto a mí –dirá San Pablo– me glorío en mis debilidades» (2 Cor 12,9). Gozarnos en ser nada, en sabernos inútiles e incapaces, para apoyarnos sólo en Él, que nos dice: «Te basta mi gracia». Apoyarnos en los hombres no sólo conduce al fracaso, sino que es reproducir el primer pecado, el querer «ser como dioses», el prescindir de Dios.

Esto es tan serio, que San Pablo exclamará con vehemencia: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6,14). Sólo Cristo crucificado y humillado salva, pues Él es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él es para nosotros «sabiduría, justicia, santificación y redención». Fuera de Él no hay santidad, no hay salvación, no hay sabiduría.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Las bienaventuranzas nos exhortan a una profunda regeneración interior. Solo si las recibimos podremos «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).

Sofonías 2,3; 3.12-13: Dejaré en medio de ti un resto pobre y humilde. Ya desde el Antiguo Testamento, y a pesar de la universalidad de la Redención prometida, los destinatarios directos de la salvación de Dios son los humildes de corazón. Ellos son ese «resto de Israel», que solo espera de Dios su salvación.

Todos los hombres estamos llamados a formar parte de ese pueblo de quienes se reconocen pobres ante el Señor, según ese texto de Sofonías. Muchas veces los Santos Padres llaman a la humildad, presentándola como la condición primera de los que pertenecen a Cristo. Así lo hace San Juan Crisóstomo:

«Puesta la humildad por fundamento, el arquitecto puede construir con seguridad sobre ella todo el edificio. Pero si ésta se pierde, por más que tu santidad parezca tocar el cielo, todo se vendrá abajo y terminará catastróficamente. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad, cualquier otro bien que juntes, si falta la humildad, todo se escurre como el agua y todo se pierde» (Homilía sobre San Mateo 15, 2).

–Con el Salmo 145 proclamamos: «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y le da vida... El Señor reina eternamente».

Adoptando esta actitud de humildad y de disponibilidad radical, el creyente participa de la gloria de los tiempos nuevos. Cristo ha vivido esta realidad. Él ha dicho: «aprended de Mí a ser mansos y humildes» (Mt 11,29). Él es en la Cruz el representante por antonomasia del pueblo pobre y humilde. Resucitado, es el centro vivificante para todo hombre y para todo pueblo, a condición de que sigamos su camino, que entremos en su escuela de santidad, en la que Él nos comunica la difícil fortaleza de su mansedumbre y la grandeza formidable de su humildad.

2 Corintios 1,26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo. Los criterios de Dios no son los criterios de los hombres (cf. Is 55,8). Unas diez veces ha comentado San Agustín este pasaje paulino:

«Hemos dicho, hermanos, que el Dios humilde descendió hasta el hombre soberbio. Reconózcase el hombre como hombre y manifiéstese Dios al hombre. Si Cristo vino para que el hombre se humillara y a partir de esa humildad creciera, convenía que cesara ya la gloria del hombre y se exaltara la de Dios, de modo que la esperanza del hombre radicase en la gloria de Dios y no en la suya propia, según las palabras del Apóstol: «quien se gloríe que se gloríe en el Señor» (1 Cor 1,31)...

«He aquí, hermanos, que la gloria de Dios es nuestra propia gloria, y cuanto más dulcemente se glorifique a Dios tanto es mayor el provecho que obtendremos nosotros. Dios no ganará en excelsitud por el hecho de que le honremos nosotros. Humillémonos y ensalcémoslo a Él... Confiese, pues el hombre su condición de hombre; mengüe primero, para crecer después» (Sermón 380,6)

.–Mateo 5,1-12: Dichosos los pobres de espíritu. La carta magna de la autenticidad cristiana ha quedado en el Evangelio con el nombre de Bienaventuranzas. Ellas reflejan exactamente las maneras de ser el Hijo de Dios, que se hace hombre para hacernos a los hombres hijos de Dios. San Juan Crisóstomo comenta:

«Escuchemos con toda diligencia Sus palabras. Fueron pronunciadas para los que las oyeron sobre el monte, pero se consignaron por escrito para cuantos sin excepción habían de venir después. De ahí justamente que mirara el Señor, al hablar, a sus discípulos, pero sin limitar a ellos sus palabras. Las bienaventuranzas se dirigen, sin limitación alguna a todos los hombres. No dijo en efecto: «bienaventurados vosotros, si sois pobres», sino: «bienaventurados los pobres». Cierto que a ellos se lo dijo, pero el consejo tenía validez para todos...

«Hay muchas maneras de ser humilde. Hay quienes son humildes moderadamente, y hay quienes llevan la humildad a su último extremo. Ésta es la humildad que alaba el bienaventurado profeta cuando, describiéndonos un alma no contrita simplemente, sino un alma hecha pedazos por el dolor, nos dice: «mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias» (Sal 50,19). Ésta es la humildad que Cristo proclama ahora bienaventurada» (Homilía 15,1).

También San Agustín ha comentado muchas veces las bienaventuranzas:

«Escucha y compréndeme, a ver si con Su ayuda consigo explicarme. Que Él nos ayude a comprender los deberes y recompensas, de que hemos hablado, y a entender cómo se corresponden entre sí. ¿Qué premio fue mencionado, en efecto, [en cada bienaventuranza] que no vaya de acuerdo con la obligación respectiva? Ved cómo, una a una, todas tienen el complemento apropiado, y nada se promete como premio que no se ajuste al precepto.

«El precepto es que seas pobre de espíritu; el premio consiste en la posesión del reino de los cielos. El precepto es que seas manso, el premio consiste en la posesión de la tierra. El precepto ordena que llores, el premio es ser consolado. El precepto es que tengas hambre y sed de justicia, el premio es ser saciado. El precepto es que seas misericordioso, el premio conseguir misericordia. Del mismo modo el precepto es que tengas el corazón limpio, el premio es la visión de Dios» (Sermón53).



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (01-02-1987)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa María de la Providencia.
IV Domingo del Tiempo Ordinario, Año A.
Domingo 01 de febrero del 1987

«Considerate la vostra vocazione, fratelli» (1 Cor 1, 26).

1. L’apostolo Paolo rivolgeva queste parole alla comunità cristiana di Corinto: una comunità formata da gente umile e povera, probabilmente da schiavi, liberti, lavoratori del porto; gente considerata con poca stima secondo la mentalità del tempo, tant’è vero che lo stesso Apostolo aggiungeva: «Non ci sono tra voi molti sapienti secondo la carne, non molti potenti, non molti nobili». Tuttavia a costoro la parola di Dio è rivolta con grande considerazione e amore; è per loro il messaggio: «Considerate la vostra vocazione», cioè pensate bene alla scelta che di voi ha fatto il Signore. Egli vi ha eletti, proprio voi siete stati oggetto della sua particolare attenzione. Dio non si è rivolto a coloro che hanno un’orgogliosa consapevolezza del proprio valore, ma a coloro che il mondo considera deboli, a coloro che sono disprezzati. Questi sono i destinatari di una singolare vocazione, sono invitati a una risposta consapevole e generosa, riconoscendo che in loro il Signore si è compiaciuto. Essi seguiranno Cristo, sapienza vera che introduce nei disegni di Dio e li svela, Cristo giustizia e santificazione, che libera dalla schiavitù del peccato e mediante la comunicazione dello Spirito santifica e rende giusti, riscatta e libera. La vocazione del cristiano, infatti, si attua «in Gesù Cristo il quale per opera di Dio è diventato per noi sapienza, giustizia, santificazione e redenzione» (1 Cor 1, 30). Oggi l’impegnativo e consolante monito di Paolo è rivolto anche a noi raccolti per questa celebrazione: considerate la vostra vocazione.

2. La vocazione cristiana - la vocazione in Gesù Cristo - trova la sua particolare espressione nell’insegnamento delle otto beatitudini, che abbiamo ascoltate nel Vangelo. Con queste parole Gesù Cristo ci indica che cosa Dio «sceglie», che cosa egli «apprezza», dove egli trova il suo «compiacimento», chi sono coloro che egli chiama «beati». Egli, infatti, li chiama così perché in questa elezione divina si apre per loro un nuovo orizzonte dell’esistenza. Le beatitudini segnano un confronto e un confine, tra il mondo che poggia sul suo egoismo, sulla sua vanagloria, sulla sua prospettiva terrena, e il regno di Dio, nel quale il credente è chiamato a un’esistenza che Dio ha tratto a sé e ha arricchito della sua vita e della sua grazia. Beati saranno coloro che in quanto poveri, afflitti, affamati di giustizia, misericordiosi, puri di cuore, operatori di pace e perseguitati a causa della giustizia sono stati invitati a seguire Gesù Cristo, a essere suoi imitatori, raccogliendo con fede la testimonianza della croce per la sofferenza che viene loro addossata dal mondo. Essi hanno dimostrato di avere accolto la vocazione, sul modello di Cristo, hanno testimoniato di voler donare a Dio con animo generoso e grato la loro esistenza sofferta; e Dio dice loro di avere gradito il loro dono: «Beati».

3. Anche la lettura dell’Antico Testamento ci conduce su questa direzione. I poveri della terra che eseguono gli ordini di Dio potranno nutrirsi dei suoi doni (cf. Sof 3, 13). Il popolo «umile e povero» può confidare nel Signore, perché la bontà misericordiosa di Dio si chinerà su di lui. Dio scriverà per questo popolo una nuova storia, quella della fedeltà, della santificazione. La buona novella, la promessa che troverà in Gesù il suo compimento, presenta una esigenza rigorosa di fedeltà, suscita un impegno esclusivo, «non commetteranno più iniquità»; ma impegna altresì Dio verso di noi: è solo Dio che ci rende felici e con la sua giustizia misericordiosa promuove in noi una vita santificata e rinnovata.

4. Anche il salmo responsoriale, a modo suo, annuncia la stessa beatitudine. Il Signore «ama i giusti», «protegge lo straniero . . . sostiene l’orfano e la vedova» e «sconvolge la via degli empi» (Sal 146, 9). La nostra esistenza nel tempo è soggetta all’impeto di poteri fisici e spirituali, che tendono a sopraffare l’uomo e lo inducono a non riconoscere la sua verità di creatura, a espandersi in un contesto egoistico che sfocia nel rifiuto di Dio. Immerso in questa situazione terrena e negativa l’uomo sarebbe perduto, avulso dalla pace interiore e dalla speranza. Ma «il Signore rialza chi è caduto» (Sal 146, 8), e si china con sentimenti di misericordia verso colui che è rimasto vittima dell’iniquità; egli ha compassione dell’uomo quando questi sa di non poter presumere di se stesso perché si sente peccatore, quando vive nell’afflizione della sua umiliazione interiore, e lo rialza. Solo chi non vuole sentirsi debitore di Dio rimane invischiato nell’inquieta inclinazione verso se stesso, mentre al cuore del credente veramente umile il Signore, che «sconvolge le vie degli empi», rivela la sua presenza, la sua sovranità nella potenza salvatrice, la sua giustizia nell’infinita grandezza della misericordia.

5. Questo programma del compiacimento di Dio, questa vera e propria scala di valori secondo Dio trova la sua espressione concreta proprio nel discorso della montagna, e mediante le otto beatitudini. E ad esso il cristiano è chiamato a uniformarsi fin dal battesimo, cioè fin dalla sua origine, come ad una regola di vita, in maniera tale da testimoniare al mondo la miracolosa trasformazione operata in lui dalla grazia e dalla fede. Il programma delle beatitudini ha realizzato nel credente un dono che si compie «nello spirito», cioè là dove si opera un rapporto con Dio. Scoprendosi figlio amato dal Padre celeste, il cristiano è messo in grado di rispondere alla chiamata di Cristo che suscita in lui un impegno morale sempre più alto, fino alla beatitudine somma, quella che illumina ogni discepolo di Cristo a comprendere come si possa vivere nella propria carne il destino del Maestro, «perseguitato a causa della giustizia».

6. L’ideale delle beatitudini, infatti, trova la sua più perfetta incarnazione nella vita di Gesù Cristo. Egli è il modello di ogni beatitudine, perché si è presentato a noi come povero, mite, sofferente, assetato e affamato di giustizia, puro di cuore, operatore di pace, perseguitato e crocifisso. Egli è il testimone concreto delle beatitudini, il modello perfetto di ciascuna di esse. Sulla figura di Gesù ogni cristiano dovrà considerare la propria vocazione impegnandosi a seguire l’esempio del Figlio di Dio. «Considerate la vostra vocazione» vuol dire, perciò: guardate il Cristo mediante il prisma delle otto beatitudini. Compie la vocazione cristiana colui che cerca di avvicinarsi a questo «esempio» vivo, a colui che si è fatto modello per noi. Le beatitudini svelano così il loro vero significato solo nella luce di Cristo: «Egli è divenuto per noi sapienza» (1 Cor 1, 30).

7. Ciascuno, poi, si impegni a incarnare il messaggio nel modo corrispondente allo stato di vita che gli è proprio. Varie sono le strade per le quali il Signore ci ha chiamati. C’è chi si è dedicato a Dio mediante una consacrazione totale nel sacerdozio o nella vita religiosa; c’è chi è stato chiamato a vivere nello stato laicale, nel sacramento del matrimonio, nell’attività professionale, nel servizio ai fratelli. Diverse sono le vie, molteplice il modo di percorrerle, ma unico e comune è l’orientamento fondamentale della vocazione cristiana: Gesù, Figlio di Dio, fondamento delle beatitudini, donatore della speranza, colui che ispira e sorregge la nostra vita fino al pieno realizzarsi dell’opera della grazia.

8. [...] La parrocchia è una grande famiglia, voi lo sapete e lo sperimentate; è una comunità nell’ambito della quale tutti sono aiutati a considerare la vita cristiana come una vocazione, a cercare la personale vocazione divina, e a intraprendere la strada per realizzarla. Dalla parrocchia continuamente trova eco l’invito dell’apostolo Paolo: «Considerate la vostra vocazione, fratelli». Il senso della parrocchia è proprio qui: una famiglia nella quale si cerca, si conosce, si realizza la vocazione che il Signore ha donato ad ogni uomo. Si può dire che la parrocchia è se stessa quando serve la vocazione e la realizzazione della vocazione cristiana di ciascuno e di tutti.

9. La vostra parrocchia è dedicata a Maria santissima «Madre della Provvidenza». La Madre di Dio, che più perfettamente di tutti ha realizzato la vocazione cristiana sul modello del Figlio suo, aiuti maternamente tutti e ciascuno a camminare per la stessa strada e a seguire Cristo. Maria santissima vigili su di voi, quale prima serva della Provvidenza di Dio e insegni a voi come si conosce e come si comprende tutto quello in cui Dio trova «compiacimento». Maria vi insegni a vivere nello spirito delle otto beatitudini e vi aiuti a cercare il regno di Dio e la sua giustizia.

Homilía (29-01-1984)

Visita a la Parroquia Romana de san Marcos Evangelista.
Domingo IV del Tiempo Ordinario. Año A.
Domingo 29 de enero del 1984

1. «Considerate la vostra vocazione, o fratelli» (1 Cor 1, 26).

Con questa esortazione si rivolse un giorno l’apostolo san Paolo ai Corinzi nella sua prima lettera, e oggi io desidero ripeterla visitando la vostra parrocchia. Questa esortazione, infatti, è sempre attuale, e se ha già un senso universale, in quanto può essere riferita a ogni uomo, ha però un senso più preciso e ben determinato per noi cristiani. È lecito, perciò, domandarci: qual è la sostanza della nostra vocazione? Che cos’è la vocazione cristiana?

Il fatto che per volontà di Dio «siete in Cristo Gesù» (1 Cor 1, 0); il fatto che Cristo Gesù «per opera di Dio è diventato per noi sapienza, giustizia, santificazione e redenzione» (1 Cor 1, 30); ecco, proprio il fatto che noi siamo «in Cristo Gesù» costituisce il fondamento della nostra nuova grandezza, della nostra nuova dignità, e soprattutto rappresenta la nostra vocazione. È proprio questo essere «in Cristo Gesù» che crea una scala di valori completamente nuova, ben diversa da quella che dispone «il mondo». L’apostolo mette in evidenza molto bene questo concetto quando, rilevato che la grandezza del cristiano non è né sapienza, né potenza, né nobiltà «secondo la carne», cioè secondo il comune metro di giudizio degli uomini, dice che tutto per lui si concentra nell’essere «in Cristo Gesù». Proprio in base e in conseguenza di questa nuova grandezza, derivante da Cristo Gesù, cambia pure radicalmente la fonte della valutazione e della qualificazione di tutto. E se Cristo per il cristiano è il tutto, allora giusta e logica appare la conclusione che l’apostolo esprime con una formula concisa: «Chi si vanta, si vanti nel Signore» (1 Cor 1, 31). Difatti, per la nostra presenza «in Cristo Gesù» quanto di positivo è in noi viene solo da lui!

2. «Considerate la vostra vocazione, o fratelli». Facendo seguito a questa esortazione, la liturgia odierna ci fa rileggere nel Vangelo, secondo la redazione di san Matteo, la descrizione delle otto Beatitudini. È una descrizione, questa, che è fondamentale nell’economia evangelica: è una descrizione che ha il valore di una legge-quadro per l’ampiezza di impostazione e per l’impegno che esige dal cristiano, deciso a vivere secondo la sua vocazione. Se egli è «in Cristo Gesù», che per lui è il tutto, allora come potrebbe non aderire a questa legge fondamentale, da Cristo stesso emanata? Come potrebbe fare a meno di attingere da essa - prima ancora di passare ai singoli concreti adempimenti - l’ispirazione globale e, direi, la direttrice di marcia per la sua intera esistenza?

Dovrei, a questo punto, esaminare uno ad uno gli otto articoli di questa legge, che molto significativamente comincia con la povertà in spirito, che vuol dire sincera umiltà, distacco del cuore dai beni terreni, per far posto a Dio, per far posto al suo Figlio, per ricevere da lui ciò che - come ci ha detto l’apostolo Paolo - egli «è diventato» per noi: la sapienza e la giustizia, la santificazione e la redenzione. Rinunciando all’analisi, a me preme di sottolineare qui il valore complessivo di questa legge nell’economia del Regno di Dio.

3. In realtà, il Vangelo delle otto Beatitudini - forse ancor di più di qualsiasi altro testo del Nuovo Testamento - risponde alla domanda: come dobbiamo essere nella vita quotidiana per corrispondere adeguatamente alla nostra vocazione? Oppure, formulando la domanda in altre parole: che cosa significa nella pratica il nostro essere «in Cristo Gesù»? Dobbiamo essere - ecco la risposta - poveri nello spirito, e miti, e disposti al perdono, e puri di cuore, eccetera. Insomma, per esser in Cristo Gesù, dobbiamo essere come Cristo Gesù. Questi, infatti, è il vero protagonista delle otto Beatitudini: egli non è soltanto colui che le ha insegnate o enunciate, ma è soprattutto colui che le ha realizzate nel modo più perfetto durante e con tutta la sua vita. Si può dire che esse costituiscono come un «riassunto» della vita terrena di Cristo, ed è per tale ragione che si presentano anche come un «programma di vita» per i suoi discepoli, confessori, seguaci. E si deve aggiungere, o meglio precisare: esse sono un «programma di fede viva». Tutta la vita terrena del cristiano, fedele a Cristo, può essere racchiusa in questo programma nella prospettiva del Regno di Dio, del Regno dei cieli, perché - come ci dice il Salmo responsoriale - «Il Signore è fedele per sempre».

Dunque: il programma della vita umana, della vita terrena del cristiano deve essere basato sull’affidamento alla parola del Dio vivente! A un tale programma ci prepara già la prima lettura, ricavata dalla liturgia dell’Antico Testamento, quando il profeta Sofonia ripete: «Cercate il Signore, voi tutti poveri della terra, che eseguite i suoi ordini .  . .», cercate «per trovarvi al riparo nel nome del Signore» (cf. Sof  2,3; 3,12).

4. Dato che, per volontà e grazia di Dio stesso, noi «siamo in Cristo Gesù», dato che siamo appunto cristiani, noi dobbiamo seguire coerentemente questa esortazione sia nel considerare bene la nostra vocazione, sia, soprattutto, nel mantenerci sempre fedeli ad essa. Noi non possiamo «perdere» ciò che siamo. Non possiamo contraddire, con la nostra condotta, col nostro modo di pensare e di valutare, ciò che confessiamo con la bocca.

Per non cadere in una tale contraddizione bisogna che durante tutta la vita, giorno dopo giorno, un passo dopo l’altro, noi ci avviciniamo a poco a poco a questo programma del Regno di Dio, che Cristo ci ha lasciato.

A questo scopo si rivela particolarmente importante la preghiera: intendo la vera preghiera, anche breve e concisa, ma che sia costante e sistematica. Intendo, cioè, una preghiera solida.

Io ritengo, infatti, che la preghiera deve aprire, nella vita di ciascuno di noi, ogni giorno di nuovo, la prospettiva del Regno di Dio, come viene espressamente indicato nelle parole del Padre nostro, dove si invoca l’avvento di questo Regno.

Non basta: la preghiera deve unirci col mistero del Verbo Incarnato e della Chiesa, e ciò appare concisamente nella salutazione angelica, cioè nell’Ave Maria; e deve, ancora, ricordarci le principali verità della nostra fede, quali sono espresse nel Simbolo Apostolico, nonché i fondamentali principi della morale, contenuti nel Decalogo (Comandamento di amore).

Nel ricordarvi e raccomandarvi il significato e il valore di queste singole preghiere, desidero però precisare che noi possiamo e dobbiamo introdurre ancora altri «motivi», o intenzioni, nelle nostre orazioni quotidiane, pensando per esempio alle nostre particolari necessità, o facendo memoria dei nostri defunti.

Tuttavia, quale che sia la forma prescelta e usata, resta molto importante che nella nostra preghiera noi «consideriamo la nostra vocazione», e proprio per tale ragione è bene che nel programma della preghiera entrino pure, e spesso, le otto Beatitudini. Questa menzione e, direi, la stessa recita di questo testo fondamentale del Vangelo darà consistenza alla nostra preghiera e ci aiuterà a tener sempre presente la nostra vocazione e quindi ad essere veri cristiani.

[...]

6. «Rallegratevi ed esultate, perché grande, è la vostra ricompensa nei cieli» (Mt 5, 12). Mi piace riprendere dal Vangelo delle Beatitudini questo versetto conclusivo, che è come il punto di arrivo delle singole enunciazioni: questo punto è la gioia, e precisamente ad una tale gioia ci invita la liturgia odierna insieme col canto dell’«Alleluia». È l’invito alla gioia della vocazione cristiana.

Auspico di cuore che questa gioia, cari fratelli e sorelle, trovi il suo quotidiano appoggio nella preghiera e, in ragione della fedeltà allo spirito delle Beatitudini, si compia effettivamente nella vita di ciascuno di voi.

Auspico, altresì, che la vostra parrocchia, dedicata a san Marco Evangelista, sia una comunità viva, nella quale, mediante l’attuazione della vocazione cristiana, possa formarsi e svilupparsi la vostra vita nello spirito delle Beatitudini, e che anche a questo livello comunitario fiorisca tra voi la vera gioia, e quindi la pace, l’unità e l’amore.

«Cercate il Signore, voi tutti, poveri della terra - ripeterò ancora col profeta - ; cercate la giustizia, cercate l’umiltà...». Troverete così riparo, cioè protezione e conforto «nel nome del Signore».

Homilía (28-01-1996)

Visita a la Parroquia Romana de san Cleto, papa.
IV Domingo del Tiempo Ordinario (A)
Domingo 28 de enero del 1996

1. "Beati i poveri in spirito, perché di essi è il Regno dei cieli" (Mt 5, 3).

Queste parole, che leggiamo nel Discorso della Montagna, secondo la versione dell’evangelista Matteo, costituiscono in un certo senso il pensiero guida di tutta la Liturgia odierna. Cristo dice: "Beati i poveri in spirito". Lo stesso udiamo nel ritornello del Salmo responsoriale: "Beati i poveri in spirito". Analogo concetto viene espresso nella prima Lettura, tratta dal Libro del profeta Sofonia: vi si loda "un popolo umile e povero" che "confida nel nome del Signore" (cf. Sof 3, 12 ).

Chi sono i poveri in spirito? Non si tratta prima di tutto di povertà materiale. Secondo la Sacra Scrittura, la povertà in spirito concerne coloro che vivono in una prospettiva soprannaturale: vivono nel mondo, lavorando e cercando di guadagnarsi il pane quotidiano, ma allo stesso tempo sono consapevoli che ogni bene proviene da Dio. Anche il bene temporale, da loro prodotto con il sudore della fronte, è dono di Dio. Poveri in spirito sono coloro che non attribuiscono a se stessi né ciò che sono, né quanto possiedono. Riconoscono, infatti, che tutto hanno ricevuto dalle mani di Dio, solitamente attraverso l’apporto degli altri. Non si vantano dunque, ma lodano il Signore per il bene che nella vita riescono a conseguire, e in questo modo vivono nella verità. Si potrebbe dire che povero in spirito è proprio chi vive nella verità e mediante essa diventa capace di accogliere beni sempre più grandi.

Gesù assicura che i poveri in spirito possiedono il Regno dei cieli. In effetti, l’atteggiamento interiore di povertà rappresenta un’accesso sicuro al possesso del Regno dei cieli. In un certo senso crea nell’uomo lo spazio interiore necessario per diventare partecipe della vita e della felicità di Dio.

2. Carissimi Fratelli e Sorelle! È passato poco più di un mese dalle feste del Natale. La nascita di Gesù come, del resto, tutta la sua vita, offrono una significativa conferma di questa beatitudine. Cristo venne nel mondo povero, visse nella povertà e morì sulla croce spogliato di tutto. In questa beatitudine Cristo esprime se stesso. E contemporaneamente si rivolge a noi perché lo imitiamo, accogliendo nella nostra vita lo stesso ordine di valori e vivendo nella sua stessa prospettiva.

I poveri in spirito sono oggetto particolare dell’elezione divina. In questo senso, come leggiamo nella seconda Lettura, san Paolo scrive oggi ai Corinzi: "Dio ha scelto ciò che nel mondo è stolto per confondere i sapienti, Dio ha scelto ciò che nel mondo è debole per confondere i forti, Dio ha scelto ciò che nel mondo è ignobile e disprezzato e ciò che è nulla per ridurre a nulla le cose che sono, perché nessun uomo possa gloriarsi davanti a Dio" ( 1 Cor 1, 27-29 ). Il poeta Adam Mickiewicz domanda: "Che cosa sono davanti al tuo volto?", e risponde: "Polvere e nulla".

Povertà in spirito indica, secondo il Vangelo, quasi un tipico spazio che l’uomo apre all’azione divina, permettendole di dispiegare la sua potenza salvifica. Lo proclama il Salmo responsoriale: "Il Signore ridona la vista ai ciechi, /il Signore rialza chi è caduto, /il Signore ama i giusti, /il Signore protegge lo straniero. /Egli sostiene l’orfano e la vedova ( . . .) /. Egli è fedele per sempre, /rende giustizia agli oppressi, /dà il pane agli affamati. /Il Signore libera i prigionieri" ( Sal 145[146] , 8-9 . 6-7 ).

Il Regno di Dio si attua in vari modi: quando l’uomo gli apre lo spazio interiore dell’anima, quando non è pieno di sé, ma si apre alla Pienezza con un atteggiamento di umiltà, perché in lui venga lodato Dio stesso. Allora l’uomo vive della verità della Redenzione, come leggiamo nella Lettera di san Paolo: "Ed è per lui che voi siete in Cristo Gesù, il quale per opera di Dio è diventato per noi sapienza, giustizia, santificazione e redenzione" ( 1 Cor 1, 30 ).

3. "Considerate, infatti, la vostra vocazione, fratelli"! (

1 Cor 1, 26 ).

Quel che viene proclamato dall’odierna Liturgia, deve indicarci qual è la nostra vocazione e che cosa è la nostra vocazione. La vocazione cristiana si realizza, infatti, nel mettere in pratica le otto beatitudini, secondo il Discorso della Montagna. Realizziamo questa vocazione, quando cerchiamo di essere poveri in spirito, quando siamo afflitti e miti, quando abbiamo fame e sete di giustizia, siamo misericordiosi e conserviamo la purezza del cuore, quando ci adoperiamo per diffondere la pace e quando siamo disposti a sopportare le persecuzioni per la giustizia. La vita, secondo questo programma, ci permette di liberarci da noi stessi, dall’amor proprio; ci permette di aprirci all’azione di Dio che vuole rendere nobile ogni dimensione della nostra esistenza.

Perché il Signore possa compiere questo, dobbiamo essere disponibili ad accogliere la sua azione santificatrice. Le Beatitudini indicano che ciò si compie a prezzo di non pochi sacrifici. "Beati voi quando vi insulteranno, vi perseguiteranno e, mentendo, diranno ogni sorta di male contro di voi per causa mia" ( Mt 5, 11 ). In mezzo a tante esperienze della vita, l’anima è chiamata a nobilitarsi sempre più aprendosi al bene più prezioso preparatole da Dio: il bene della grazia. Aggiunge Gesù: "Rallegratevi ed esultate, perché grande è la vostra ricompensa nei cieli" ( Mt 5, 12 ).

4. [...] Carissimi Fratelli e Sorelle! Questa è la nostra impellente missione: testimoniare ed annunciare il Vangelo della Carità. Missione urgente... Fuori di Dio o, peggio, contro Dio, non si costruisce il vero bene dell’uomo, come dimostrano in modo significativo le vicende di popoli e nazioni, dove l’ateismo ha provocato o continua, purtroppo, a produrre sopraffazione del forte sul debole, mancanza di amore e di perdono, distruzioni, guerre e morte.

Fratelli e Sorelle della Parrocchia di san Cleto Papa, rimanete sempre fedeli alla vostra missione. "Considerate attentamente la vostra vocazione".

5. Considerare la propria vocazione vuol dire, secondo la Liturgia odierna, comprendere ed approfondire i valori umani e cristiani, presenti nella propria vita ed ordinarli secondo una giusta gerarchia. È allora che noi veramente cerchiamo Dio, come ci è stato raccomandato nella prima Lettura: "Cercate il Signore voi tutti, poveri della terra, che eseguite i suoi ordini; cercate la giustizia, cercate l’umiltà" (

Sof 2, 3 ), "confidate nel nome del Signore" (cf. Sof 3, 12 ).

Quale profondo significato riveste la vocazione cristiana! Quale sfida e quale invito essa costituisce per noi! Come non chiedere a Dio che la nostra vita si formi quotidianamente secondo lo spirito delle otto beatitudini? Solo maturando in tale spirito siamo in grado di consolidare il vero bene nel mondo e di prepararci al Regno dei cieli.

O Signore,
fa’ che possiamo crescere
alla scuola del Tuo Figlio Gesù,
mite e umile di cuore,
per essere associati,
oggi e sempre alla sua beatitudine.

Amen!

Homilía (31-01-1993)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de san Pío X en la Balduina.
Domingo IV del Tiempo Ordinario, Ciclo A.
Domingo 31 de enero del 1993

Carissimi fratelli e sorelle della parrocchia di San Pio X!

1. «Beati i poveri in spirito, perché di essi è il regno dei cieli» (Mt 5, 3). Sono queste le parole con le quali il nostro Signore e Maestro Gesù dà inizio al discorso detto «della montagna» o «delle beatitudini», che delinea alcuni princìpi fondamentali del messaggio evangelico. Domenica scorsa la parola dominante del Vangelo era: «Convertitevi». È questo un verbo molto impegnativo; nel linguaggio del Nuovo Testamento significa: cambiare mentalità, assumere nello spirito un atteggiamento opposto a quello suggerito dalla mondanità, che subordina l’intelligenza e le scelte della volontà alle pulsioni sregolate della natura ferita dalla colpa originale. Ma, in positivo, quale deve essere l’atteggiamento del convertito? La risposta a tale domanda è contenuta nelle nove affermazioni proposte a noi dall’odierno brano evangelico: «Beati!». Beati, ovvero felici, coloro che ispirano la vita ai valori evangelici, esattamente antitetici a quanto predica il mondo. Secondo lo spirito mondano, se la vita ha un senso, esso si ritrova nella conquista della ricchezza, nel godimento dei piaceri terreni, nel conseguimento del potere e del dominio sopra gli altri, anche a prezzo di violenze e di sopraffazioni. Si considerano, al contrario, perdenti i poveri, gli afflitti, i malati e gli handicappati, gli emarginati, coloro che non si fanno giustizia da sé, che coltivano il pudore e la purezza di cuore, che pagano un prezzo per mettere pace tra i fratelli, o che soffrono persecuzioni per essere fedeli al loro ideale di fede, di verità e di giustizia.

2. «Rallegratevi ed esultate, perché grande è la vostra ricompensa nei cieli» (Mt 5, 12). Gesù dice che proprio i «perdenti» secondo la logica di questo mondo sono da considerare beati: perché troveranno serena coscienza e gioia interiore in questa vita, e poi una grande ricompensa nei cieli. Carissimi fratelli e sorelle, a che giova, in effetti, accumulare beni materiali senza rispetto della coscienza né senso di responsabilità verso gli altri, quando l’esperienza quotidiana ci dimostra che ciò comporta affanno e inquietudine gravi e, spesso, anche una resa dei conti di fronte alla comunità civile? A che serve abbandonarsi senza regola ai piaceri, che ottundono la mente e il cuore e quasi sempre feriscono l’amore e la fraternità? Quale bene comporta il prestigio umano, inteso come vanità e affermazione di sé, o peggio ancora come facoltà di opprimere gli altri per conseguire interessi di parte, quando la coscienza universale riconosce la pochezza dell’uomo e giudica valido il potere soltanto se è servizio equanime e generoso alla comunità? agli altri? «Beati voi»! Con il discorso della montagna, Gesù propone ai suoi seguaci una scelta ben diversa: chiede onestà e moralità in tutti i comportamenti. Non solo l’onestà e la moralità del buon senso, del senso comune, bensì quella superiore moralità derivante dalla divina rivelazione, per la quale sappiamo che al primo posto nelle nostre sollecitudini deve stare l’amore verso Dio, che ci ha creati e redenti e, inseparabile da esso, la sollecitudine verso i fratelli, figli tutti dello stesso Padre e destinati alla felicità eterna con Lui. Solo così la persona umana cresce veramente, secondo la misura della chiamata di Dio.

3 «Considerate la vostra chiamata, fratelli... Dio ha scelto ciò che nel mondo è debole per confondere i forti» (1 Cor 1, 26-27). L’invito dell’Apostolo, contenuto nella seconda Lettura proclamata poc’anzi, giunge quanto mai opportuno al nostro spirito, stimolato dalla parola sacra a non porre la sua sicurezza nella potenza di questo mondo. «Chi si vanta si vanti nel Signore» (1 Cor 1, 30), aggiunge san Paolo ricordandoci come sia essenziale per il credente seguire con fiducia il Signore per sperimentare la forza del suo Spirito. Dal fedele ascolto del divino Maestro sgorga l’impegno profetico e coraggioso del cristiano, in questo nostro tempo percorso da affanni ed incertezze, che non sempre derivano da eventi ineluttabili, ma talvolta dai comportamenti di quanti dovrebbero provvedere al benessere e alla pace nella convivenza sociale. Voi sapete come l’inquietudine serpeggi in molte coscienze, frustrate da complessi, da sensi di colpa, da insoddisfazioni profonde. Inserito in tale contesto, il discepolo di Cristo sa di dover testimoniare concretamente, con umiltà e coerenza, che nel programma delle beatitudini evangeliche è contenuta l’indicazione della via della pace interiore e della solidarietà sociale. Gesù rimuove dal centro dell’interesse umano la presunzione, l’orgoglio personale, la vanità, l’egocentrismo come momenti fondamentali dell’esistenza, e sostituisce ad essi la semplicità, lo spirito di povertà, l’altruismo, la mitezza e la misericordia nei rapporti con gli altri, privilegiando chi soffre e chi cerca la giustizia e la pace.

4. «Cercate il Signore voi tutti, poveri della terra» (Sof 2, 3). È l’esortazione del profeta Sofonia, il quale nella prima Lettura ci ha ricordato che Iddio si fa trovare non dai superbi, troppo sicuri di se stessi, ma dai poveri e dagli umili, i quali «cercano la giustizia e l’umiltà», così da trovarsi «al riparo nel giorno dell’ira del Signore». Questa parola si rivolge oggi a tutti i cristiani e a voi, carissimi parrocchiani di San Pio X, che costituite una porzione viva della nostra Diocesi...

5. [...] per tutto quanto il bene che si realizza nelle comunità parrocchiali voglio lodare il Signore, – La lode è la finalità principale di una visita pastorale –. Voglio lodare il Signore, pregandolo di concedervi la perseveranza nel bene, mentre a ciascuno di voi dirigo il mio grato pensiero...

6. «Il Signore è fedele per sempre» (Salmo resp.). Sostenga il vostro cammino apostolico e missionario, carissimi fratelli e sorelle della Parrocchia di San Pio X, la certezza che Dio è sempre presente all’interno del suo popolo. Egli è operante con il suo amore che tutto rinnova: agisce con potenza come fece in Maria, umile serva dell’altissimo, in san Pio X, vostro celeste patrono, in tante persone buone, religiose e laiche, che voi stessi avete conosciuto. E noi, a somiglianza dei «piccoli del Vangelo», seguiamolo con fiducia. Confidiamo nel suo nome. «Beati i poveri in spirito, perché di essi è il regno dei cieli». Amen!

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