Domingo VII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Lv 19, 1-2. 17-18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo
- Salmo: Sal 102, 1bc-2. 3-4. 8 y 10. 12-13: El Señor es compasivo y misericordioso
- 2ª Lectura: 1 Co 3, 16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios
+ Evangelio: Mt 5, 38-48: Amad a vuestros enemigos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (23-02-2014): Ser santos


Santa Misa con los nuevos Cardenales
Domingo 23 de febrero del 2014

«Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu» (Colecta).

Esta oración del principio de la Misa indica una actitud fundamental: la escucha del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia y el alma. Con su fuerza creadora y renovadora, el Espíritu sostiene siempre la esperanza del Pueblo de Dios en camino a lo largo de la historia, y sostiene siempre, como Paráclito, el testimonio de los cristianos. En este momento, todos nosotros, junto con los nuevos cardenales, queremos escuchar la voz del Espíritu, que habla a través de las Escrituras que han sido proclamadas.

En la Primera Lectura ha resonado el llamamiento del Señor a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2). Y Jesús, en el Evangelio, replica: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Estas palabras nos interpelan a todos nosotros, discípulos del Señor; y hoy se dirigen especialmente a mí y a vosotros, queridos hermanos cardenales, sobre todo a los que ayer habéis entrado a formar parte del Colegio Cardenalicio. Imitar la santidad y la perfección de Dios puede parecer una meta inalcanzable. Sin embargo, la Primera Lectura y el Evangelio sugieren ejemplos concretos de cómo el comportamiento de Dios puede convertirse en la regla de nuestras acciones. Pero recordemos todos, recordemos que, sin el Espíritu Santo, nuestro esfuerzo sería vano. La santidad cristiana no es en primer término un logro nuestro, sino fruto de la docilidad ―querida y cultivada― al Espíritu del Dios tres veces Santo.

El Levítico dice: «No odiarás de corazón a tu hermano... No te vengarás, ni guardarás rencor... sino que amarás a tu prójimo...» (19,17-18). Estas actitudes nacen de la santidad de Dios. Nosotros, sin embargo, normalmente somos tan diferentes, tan egoístas y orgullosos...; pero la bondad y la belleza de Dios nos atraen, y el Espíritu Santo nos puede purificar, nos puede transformar, nos puede modelar día a día. Hacer este trabajo de conversión, conversión en el corazón, conversión que todos nosotros –especialmente vosotros cardenales y yo– debemos hacer. ¡Conversión!

También Jesús nos habla en el Evangelio de la santidad, y nos explica la nueva ley, la suya. Lo hace mediante algunas antítesis entre la justicia imperfecta de los escribas y los fariseos y la más alta justicia del Reino de Dios. La primera antítesis del pasaje de hoy se refiere a la venganza. «Habéis oído que se os dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Pues yo os digo: ...si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra» (Mt 5,38-39). No sólo no se ha devolver al otro el mal que nos ha hecho, sino que debemos de esforzarnos por hacer el bien con largueza.

La segunda antítesis se refiere a los enemigos: «Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo». Yo, en cambio, os digo: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (vv. 43-44). A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo. Queridos hermanos, Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino de santidad es la misericordia, que Él ha tenido y tiene cada día con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Esto es lo que el Señor nos pide.

Queridos hermanos cardenales, el Señor Jesús y la Madre Iglesia nos piden testimoniar con mayor celo y ardor estas actitudes de santidad. Precisamente en este suplemento de entrega gratuita consiste la santidad de un cardenal. Por tanto, amemos a quienes nos contrarían; bendigamos a quien habla mal de nosotros; saludemos con una sonrisa al que tal vez no lo merece; no pretendamos hacernos valer, contrapongamos más bien la mansedumbre a la prepotencia; olvidemos las humillaciones recibidas. Dejémonos guiar siempre por el Espíritu de Cristo, que se sacrificó a sí mismo en la cruz, para que podamos ser «cauces» por los que fluye su caridad. Esta es la actitud, este debe ser el comportamiento de un cardenal. El cardenal –lo digo especialmente a vosotros– entra en la Iglesia de Roma, hermanos, no en una corte. Evitemos todos y ayudémonos unos a otros a evitar hábitos y comportamientos cortesanos: intrigas, habladurías, camarillas, favoritismos, preferencias. Que nuestro lenguaje sea el del Evangelio: «Sí, sí; no, no»; que nuestras actitudes sean las de las Bienaventuranzas, y nuestra senda la de la santidad. Pidamos nuevamente: «Que tu ayuda, Padre misericordioso, nos haga siempre atentos a la voz del Espíritu».

El Espíritu Santo nos habla hoy por las palabras de san Pablo: «Sois templo de Dios...; santo es el templo de Dios, que sois vosotros» (cf. 1 Co 3,16-17). En este templo, que somos nosotros, se celebra una liturgia existencial: la de la bondad, del perdón, del servicio; en una palabra, la liturgia del amor. Este templo nuestro resulta como profanado si descuidamos los deberes para con el prójimo. Cuando en nuestro corazón hay cabida para el más pequeño de nuestros hermanos, es el mismo Dios quien encuentra puesto. Cuando a ese hermano se le deja fuera, el que no es bien recibido es Dios mismo. Un corazón vacío de amor es como una iglesia desconsagrada, sustraída al servicio divino y destinada a otra cosa.

Queridos hermanos cardenales, permanezcamos unidos en Cristo y entre nosotros. Os pido vuestra cercanía con la oración, el consejo, la colaboración. Y todos vosotros, obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y laicos, uníos en la invocación al Espíritu Santo, para que el Colegio de Cardenales tenga cada vez más ardor pastoral, esté más lleno de santidad, para servir al evangelio y ayudar a la Iglesia a irradiar el amor de Cristo en el mundo.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (20-02-2011): ¿En qué consiste nuestra perfección?


Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Domingo 20 de febrero del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En este séptimo domingo del tiempo ordinario, las lecturas bíblicas nos hablan de la voluntad de Dios de hacer partícipes a los hombres de su vida: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo», se lee en el libro del Levítico (19, 1). Con estas palabras, y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se había elegido a ser fiel a la alianza con él caminando por sus senderos, y fundaba la legislación social sobre el mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Y si escuchamos a Jesús, en quien Dios asumió un cuerpo mortal para hacerse cercano a cada hombre y revelar su amor infinito por nosotros, encontramos esa misma llamada, ese mismo objetivo audaz. En efecto, dice el Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). ¿Pero quién podría llegar a ser perfecto? Nuestra perfección es vivir como hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad. San Cipriano escribía que «a la paternidad de Dios debe corresponder un comportamiento de hijos de Dios, para que Dios sea glorificado y alabado por la buena conducta del hombre» (De zelo et livore, 15: ccl 3a, 83).

¿Cómo podemos imitar a Jesús? Él dice: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial» (Mt 5, 44-45). Quien acoge al Señor en su propia vida y lo ama con todo su corazón es capaz de un nuevo comienzo. Logra cumplir la voluntad de Dios: realizar una nueva forma de vida animada por el amor y destinada a la eternidad. El apóstol san Pablo añade: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3, 16). Si de verdad somos conscientes de esta realidad, y nuestra vida es profundamente plasmada por ella, entonces nuestro testimonio es claro, elocuente y eficaz. Un autor medieval escribió: «Cuando todo el ser del hombre se ha mezclado, por decirlo así, con el amor de Dios, entonces el esplendor de su alma se refleja también en el aspecto exterior» (Juan Clímaco, Scala Paradisi, XXX: pg 88, 1157 B), en la totalidad de su vida. «Gran cosa es el amor —leemos en el libro de la Imitación de Cristo—, y bien sobremanera grande; él solo hace ligero todo lo pesado, y lleva con igualdad todo lo desigual. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido de ninguna cosa baja. Nace de Dios y sólo en Dios puede encontrar descanso» (III, v, 3).

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Sois el templo de Dios

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«Vosotros sois el templo de Dios». He aquí una realidad fundamental de nuestro ser de cristianos que por si sola es capaz de transformar una vida. Somos lugar santo donde Dios habita. Somos templo de la gloria de Dios. Somos buscados, deseados, amados por las Personas Divinas, que hacen de nosotros su morada (Jn 14,23). Todo hombre en gracia es templo de Dios. Saber esto y vivirlo es una inagotable fuente de alegría, pues tenemos el cielo en la tierra. Somos algo sagrado: ¡Cuánta gratitud, cuánto sentido de recogimiento y adoración, cuánto respeto de nosotros mismos y de los demás debe brotar de esta realidad!

«Ese templo sois vosotros». Antes que cada individuo, el templo es la Iglesia, la comunidad cristiana en su conjunto. La Iglesia, la comunidad eclesial, es sagrada, es santuario que contiene la realidad más preciosa: Dios mismo. Desde aquí se entiende lo que sigue: « Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él». No estamos para destruir, sino para construir. También nosotros hemos de escuchar como San Francisco la llamada de Cristo: «Reedifica mi Iglesia». Eso es lo que significa la llamada insistente del Papa a colaborar todos en la nueva evangelización. Debemos preguntarnos: ¿Construyo o destruyo? ¿Embellezco la Iglesia con mi vida o la afeo? ¿Contribuyo a su crecimiento en número y en santidad o la profano? No cabe término medio, pues « el templo de Dios es santo», y las manos profanas, carentes de santidad, en vez de construir destruyen.

«Todo es vuestro y vosotros de Cristo». Dios ha puesto todo en nuestras manos, la creación entera nos pertenece, somos dueños y señores de ella. Pero para dominarla de verdad es preciso que nosotros vivamos perteneciendo a Cristo. Cuando nos olvidamos de que Cristo es el Señor, de que todo le pertenece y de que nosotros mismos somos de Cristo, entonces en realidad esclavizamos y frustramos la creación (Rom 8,20) a la vez que nosotros nos hacemos esclavos de las cosas.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La fe y la caridad cristiana se ejercitan necesariamente en nuestra convivencia diaria con los hombres. El amor, incluso a los enemigos, el perdón sincero de toda injuria y el esfuerzo constante de pasar por el mundo haciendo a todos el mayor bien posible, constituyen el gran signo que autentifica nuestra fe y que es al mismo tiempo la garantía cierta de nuestro amor real a Dios.

Levítico 19,1-2.17-18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor a Dios nos exige una actitud de fidelidad amorosa a su voluntad. Pero es también urgencia de amor fraterno entre quienes conviven con un mismo Dios y Padre. La lectura presente del Levítico está tomada del llamado Código de Santidad. La exigencia de justicia, que en él se manifiesta con respecto al prójimo, alcanzará su perfección en los profetas, y sobre todo en Cristo, en el Nuevo Testamento. Escribe Orígenes:

«Esto es lo que sucede cuando el hombre se hace «perfecto, como es perfecto el Padre celestial» (Mt 5,48), cuando obedece al mandamiento que dice: «sed santos, porque yo, el Señor Dios vuestro, soy santo» (Lev 19,2), y cuando presta atención al que dice: «sed imitadores de Dios» (Ef 5,1). Sucede entonces que el alma virtuosa del hombre recibe los rasgos de Dios; y también el cuerpo del que tiene tal alma se convierte en templo del que, recibiendo los rasgos de Dios, ha llegado a ser imagen de Dios, y ha alcanzado a tener en su alma, por razón de esta imagen, al mismo Dios...» (Contra Celso 6,63).

Una persona así está dispuesta a amar a Dios con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, y al prójimo, sinceramente, como a sí mismo.

–Con el bellísimo Salmo 102 decimos: «El Señor es compasivo y misericordioso. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades». Todos esos beneficios proceden de que Él es bueno, y porque es bueno, nos ama.

1 Corintios 3,16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios. En el Corazón de Cristo Jesús, que es Dios y Hombre, la misma santidad divina se ha hecho modelo y fuente para nosotros. Y su caridad se ha constituido entre nosotros vínculo de unidad y de perfección. San Agustín comenta:

«Tu mismo cuerpo es el templo del Espíritu Santo en ti. Mira, pues, qué has de hacer en el templo de Dios. Si eligieses cometer un adulterio en la iglesia, dentro de estas paredes ¿quien habría más criminal que tú? Ahora bien, tú mismo eres templo de Dios. Cuando entras, cuando sales, cuando estás en tu casa, cuando te levantas, tú eres templo. Mira lo que haces; procura no ofender al que mora en él, no sea que te abandone y te conviertas en ruinas... Si desprecias tu cuerpo, considera tu precio: «habéis sido comprados a gran precio» (1 Cor 6,20)» (Sermón 82, 13).

Somos de Cristo, somos de Dios, y hemos de actuar en consecuencia. Todos somos corresponsables en la edificación de la Iglesia. No podemos estar divididos entre nosotros.

Mateo 5,38-48: Amad a vuestros enemigos. Jesucristo, que nos ha garantizado con su vida y su sacrificio la bondad del Padre para con nosotros, nos comunica a nosotros por su Espíritu Santo la bondad humilde y generosa para todos los hombres, incluso para quienes nos quieren mal. Así dice San Juan Crisóstomo:

«¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a ceder la túnica; no sólo a andar la milla a que nos esfuerzan, sino otra más por nuestra cuenta, todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo eso.

««¿Y qué hay, me dices, superior a eso?» Que a quien cometa todos esos desafueros con nosotros, ni siquiera le tengamos por enemigo. Y todavía algo más, porque el Señor no dijo: «no le aborrecerás», sino: «le amarás». No dijo: «no le harás daño», sino: «hazle el bien».

«Y si examinamos atentamente las palabras del Señor, aún descubrimos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también «rogar por ellos». ¡Mirad por cuantos escalones nos ha ido subiendo, y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la virtud!» (Homilías Sobre San Mateo 18,3-4).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 144-146

-Amar a nuestros enemigos (Mt 5, 38-48)

"Habéis oído que se dijo... Yo, en cambio, os digo". En el pasaje proclamado hoy, oímos esta solemne contraposición.

En todo este capítulo de san Mateo, se repite la antítesis seis veces; el texto de hoy ha conservado las dos últimas relativas al prójimo. Como el propio Jesús afirma, él no ha venido a abolir la Ley, sino a perfeccionarla. El código de la Alianza declara:
Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente,
mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura,
herida por herida, cardenal por cardenal (Ex 21, 24-25).

Es la ley del talión, en lo que tiene de horrible y de más humillante para el hombre esclavo de la pasión de la venganza. Jesús se opone a ella con toda su autoridad mesiánica. Más adelante -siempre en san Mateo- dirá Cristo que hay que perdonar hasta setenta veces siete; era la actitud opuesta a Génesis 4, 24, donde se lee que Caín es vengado siete veces, pero Lamek, setenta y siete. Cristo da además un consejo sugestivo: ofrecer la otra mejilla. A quien nos pone pleito para reclamar la túnica, darle también el manto; si nos requieren para caminar una milla, caminar dos; dar al que pide.

Amar al enemigo es una orden que parece aún más paradójica. No limitarse a no tomar venganza, sino amar. Incluso hay que pedir por el enemigo. Quizá piensa san Mateo en las dificultades con que tropieza su Iglesia en el momento en que él escribe. De hecho, el tema de la persecución se repite tres veces (5, 10-11; 10-23; 23, 33).

Actuar como Cristo aconseja que se actúe, es portarse como hijo del Padre que está en los cielos. Quien sigue este mandato, se coloca a la altura de Dios, que hace salir el sol sobre justos e injustos. La característica del cristiano, que le distingue de los publicanos y de los gentiles, es la actitud de perdón y de amor al prójimo.

Quienes siguen este programa, coinciden en la perfección con el mismo Padre celestial, que es perfecto.

-Amar a nuestro prójimo (Lv 19, 1...18)

Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. El evangelio nos propone parecernos al Padre celestial en su perfección. En realidad Israel ya es santo, pues fue puesto aparte que es el primer significado de la palabra "Santo". Pero en ese estado de santidad en que se ha colocado a Israel, siempre es necesario ir progresando.

Precisamente en este texto, el precepto del Señor contradice a las costumbres existentes: "No te vengarás... No tendrás ningún pensamiento de odio contra tu hermano..." Esto no significa que haya que aceptar todo lo que hacen los otros. Por eso no se debe vacilar en reprender al compañero, para no tener parte en su pecado; nuestro texto pretende lograr un justo equilibrio: por un lado, no dudar en reprochar y por otro no odiar ni vengarse. Se trata de odiar al pecado, pero amar al pecador. En el contexto de esta lectura es probable que se trate de un intento de establecer relaciones sociales entre miembros de un mismo clan.

Estos consejos dados por el Señor, se sitúan en otro nivel y preparan la Ley nueva. En resumen, habrá que amar al prójimo como a sí mismo. No se trata aquí de una afectividad de tipo pasional, sino de un reconocimiento del derecho del prójimo, como a nosotros nos gusta que nos hagan justicia. Respetar a los demás, como nos gusta que nos respeten a nosotros. Así pues, el que quiera obedecer al Señor, ha de sentirse obligado con su prójimo y confesarse unido a él con lazos de solidaridad.

El responsorio expresa la manera que el Señor tiene de conducirse con nosotros:

No nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas.

Al elevarse así a la dignidad de perdonador, el cristiano se coloca en el mismo plano de Dios. La venganza es una bajeza y no tiene posibilidad alguna de ser reconocida como una actitud propia de un hombre de Dios. El que quiera ser perfecto como el Señor es perfecto, tiene que amar a su prójimo. El evangelio dirá incluso: amar al propio enemigo.

El amor al prójimo continuará siendo hasta el fin la verdadera característica del cristiano. Sigue habiendo peligro de una ilusión más o menos consciente: tener la buena fe de las observancias, puede adormecernos y hacernos olvidar la obligación de amar al prójimo. Lecturas como las de este domingo deben mantener el sentido crítico de la vida cristiana de hoy. ¿Existen aún cristianos tentados por la ilusión de que viven una vida cristiana sin tener un amor real a los demás, incluido el enemigo?

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 41 s

1. Lo católico en Dios.

Si Dios es el amor, no puede odiar nada de lo que él ha creado; eso es lo que dice ya el libro de la Sabiduría (Sb 1,6.13-15). Su amor no se deja desconcertar por el odio, la aversión y la indiferencia del hombre; Dios derrama su gracia sobre buenos y malos, ya aparezca esta gracia ante los hombres como sol o como lluvia. Tolera que se le acuse, que se le insulte o que se le niegue sin más. Pero no lo tolera en virtud de una indiferencia sublime, pues la adhesión o la aversión humanas le afectan hasta lo más profundo. Cuando un hombre rechaza seriamente el amor de Dios, no es Dios el que le condena sino que es el propio hombre el que se condena a sí mismo, porque no quiere conocer y practicar lo que Dios es: el amor. La justicia de Dios no es la del "ojo por ojo y diente por diente"; más bien hay que decir que cuando el hombre no supera la justicia penal de este mundo (que es necesaria), ni comprende a Dios ni quiere estar a su lado. Dios nunca ama parcialmente, sino totalmente. Esto es lo que significa la palabra «católico».

2. Lo católico en Jesucristo.

Jesús es el Hijo único de Dios que nos revela «lo que ha visto y oído» junto al Padre (Jn 3,32): que Dios no ama parcialmente, ni es justo sólo a medias, ni responde a la agresión de los pecadores privándoles de su amor. El manifiesta esto humanamente no respondiendo a la violencia con más violencia, sino ofreciendo, en la pasión, la otra mejilla, caminando dos millas con los pecadores, e incluso todo el camino. Se deja quitar por los soldados no sólo el manto, sino también la túnica. Contra él se desencadena toda la violencia del pecado precisamente «porque pretendía ser Hijo de Dios» (Jan 19,7). Pero su no-violencia tiene mayor proyección que toda la violencia del mundo. Sería un error querer convertir la actitud de Jesús en un programa político, porque está claro (incluso para él) que el orden público no puede renunciar al poder penal (Jesús habla incluso de este poder en sus parábolas, por ejemplo: Mt 12,29; Lc 14,31; Mt 22,7.13, etc.). Cristo representa, en este mundo de violencia, una forma divina de no-violencia que él ha declarado bienaventurada para sus seguidores (Mt 5,5) y a la práctica de la cual les invita encarecidamente aquí.

3. Lo católico de la alianza.

El Antiguo Testamento conocía el amor primariamente para los miembros de la propia tribu (primera lectura, vv. 17-18): ellos eran entonces «el prójimo». Pero para Cristo todo hombre por el que él ha vivido y sufrido se convierte en «prójimo». Por eso los cristianos, a ejemplo de Cristo, tienen que superar también la solidaridad humana limitada y amar a los «publicanos» y a los «paganos». Pablo muestra (en la segunda lectura) la forma de la catolicidad de la alianza. La sabiduría cristiana comprende que no debe ser parcial ni partidista, porque, en virtud de la catolicidad de la redención, toda la humanidad, incluso el mundo entero, pertenece al cristiano, pero en la medida en que éste ha hecho suya la catolicidad de Cristo, que revela a su vez la del Padre. «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». La verdadera forma de la catolicidad del cristiano no consiste tanto en un dejar-hacer exterior cuanto en una actitud interior: «Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo».



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (18-02-1996)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Vicente Pallotti
Domingo 18 de febrero del 1996

1. "Siate santi, perché io, il Signore Dio vostro, sono santo" ( Lv 19, 2 ).

Con queste parole Dio, parlando a Mosè nel contesto dell’Antica Alleanza, chiama Israele ad una vita di comunione con Lui. La santità di Dio è costantemente al centro della liturgia della Chiesa. Celebrando l’Eucaristia, infatti, l’assemblea proclama questa santità che è Dio stesso: "Santo, Santo, Santo il Signore Dio dell’universo", e voi l’avete fatto con grande entusiasmo.

La santità di Dio ci viene comunicata in Cristo. Da questa santità ha origine l’Eucaristia, il grande "mistero della fede". Quando la celebriamo o, meglio, quando Cristo la celebra mediante il sacerdote, abbiamo la consapevolezza di attingere la santità per la nostra vita da Colui che è "fonte di ogni santità".

Da questa certezza di fede scaturisce nell’animo dei credenti l’inno di lode e di ringraziamento suggerito dal Salmo responsoriale: "Benedici il Signore, anima mia, quanto è in me benedica il suo santo nome" ( Sal 102, 1 ). Poiché "buono e pietoso è il Signore... Egli perdona tutte le tue colpe" ( Sal 102, 8 . 3 ). Egli, che è per se stesso Santo, santifica ogni essere, comunicando alle creature spirituali, mediante la grazia, la santità che gli è propria.

2. La santità di Dio consiste nella sua perfezione e, allo stesso tempo, diventa una chiamata per l’uomo. L’esortazione, che nell’Antico Testamento fu indirizzata a Mosè, viene ripresa da Cristo nel cosiddetto "Discorso della Montagna": "Siate voi dunque perfetti come è perfetto il Padre vostro celeste" ( Mt 5, 48 ).

Questa perfezione, cioè la santità di Dio, coincide con la pienezza dell’amore. Nell’odierno brano evangelico Cristo propone a coloro che lo ascoltano le grandi esigenze dell’amore, giungendo fino a proclamare il dovere di amare i nemici. "Avete inteso che fu detto: Amerai il tuo prossimo e odierai il tuo nemico; ma io vi dico: amate i vostri nemici e pregate per i vostri persecutori, perché siate figli del Padre vostro celeste" ( Mt 5, 43-45 ).

Cristo offre la motivazione più profonda di un amore tanto esigente: amate i nemici, amate i persecutori, perché Dio ama tutti. Egli, infatti, "fa sorgere il suo sole sopra i malvagi e sopra i buoni, e fa piovere sopra i giusti e sopra gli ingiusti" ( Mt 5, 45 ). Per questo anche voi dovete cercare di amare tutti, senza nessuna esclusione! Certo, si tratta di un’esigenza difficile, ma "l’amore di Dio è veramente perfetto" soltanto in colui che "osserva la sua parola" (cf. 1 Gv 2, 5 ). In tale impegnativo compito di conformarci alla santità di Dio, amando come Lui ama, ci conforta la presenza dello Spirito Santo, Spirito di amore: "Non sapete che siete tempio di Dio e che lo Spirito di Dio abita in voi?" ( 1 Cor 3, 16 ).

3.

"Siate santi, perché io, il Signore Dio vostro, sono santo" ( Lv 19, 2 ).

È con queste parole che vi saluto tutti con affetto, carissimi Fratelli e Sorelle... Anche per voi risulta attuale l’invito del Libro del Levitico ad essere santi perché Dio è santo.

[...]

5. Carissimi Fratelli e Sorelle, sin dalle sue origini apostoliche la Chiesa ha scritto e continua a scrivere una storia di santità. Essa mostra come l’esortazione dell’Antico e del Nuovo Testamento ad essere santi, come lo è Dio stesso, non cessi di portare abbondanti frutti umani e spirituali. Ne sono eloquente testimonianza i Santi, sempre presenti in ogni secolo.

Il Concilio Vaticano II, nella Costituzione dogmatica sulla Chiesa, Lumen gentium, ha dedicato un intero capitolo al tema dell’universale vocazione alla santità. "Tutti i fedeli di qualsiasi stato o grado - sottolinea il Concilio - sono chiamati alla pienezza della vita cristiana e alla perfezione della carità: da questa santità è promosso, anche nella società terrena, un tenore di vita più umano" (n. 40). Coloro che seguono fedelmente la chiamata alla santità scrivono la storia della Chiesa nella sua dimensione più essenziale, quella cioè dell’intimità con Dio. Sono Vescovi e sacerdoti, religiosi e religiose, persone consacrate; sono laici di varia età e di diversa professione. Quelli che la Chiesa ha elevato alla gloria degli altari possiamo trovarli nel calendario e, in particolare, nel martirologio, cioè nel libro che raccoglie i nomi dei "testimoni" di Cristo. Nella Lettera apostolica Tertio Millennio adveniente ho ricordato come il nostro secolo abbia accresciuto il martirologio in misura straordinaria: "Nel nostro secolo sono ritornati i martiri, spesso sconosciuti, quasi militi ignoti" della grande causa di Dio" (n. 37).

Mentre entrava a Gerusalemme, prima della Pasqua, Cristo fu acclamato dalla folla con le parole: "Benedetto colui che viene nel nome del Signore" ( Gv 12, 13 ). Egli sta ora per entrare nel terzo millennio circondato da fedeli che, diventati nel corso dei secoli suoi imitatori, cantano all’unisono: "Santo, santo, santo il Signore..., Colui che era, che è e che viene" ( Ap 4, 8 ). "Osanna nell’alto dei cieli. I cieli e la terra sono pieni della tua gloria" (cf. Te Deum).

Anche noi, nell’odierna Celebrazione eucaristica, ci uniamo al coro dei "testimoni" di Cristo, per proclamare la gloria di Dio e fare nostra l’universale vocazione alla santità. Egli, che è il tre volte santo, ci conceda di partecipare pienamente alla sua stessa santità.

Beato Colui che viene nel nome del Signore.

Amen!

Homilía (18-02-1990)

Visita pastoral a la Parroquia romana de Santa Silvia
Domingo 18 de febrero del 1990

«Siate . . . perfetti come è perfetto il Padre vostro celeste» (Mt 5, 48).

1. Il discorso della montagna, vero «codice di perfezione» per i discepoli del Signore Gesù, raggiunge in queste parole - carissimi fratelli e sorelle - il suo vertice e la sua più alta e impegnativa sintesi. Quale ne è il significato e quali le implicazioni per la vita?

Gesù chiede ai suoi seguaci, che intendono vivere secondo la legge della nuova alleanza, di realizzare nel loro modo di pensare e di comportarsi quella perfezione che ha nella santità del Padre celeste il suo fondamento e il suo modello.

Dio è santo, perché «è buono e grande nell’amore»: tale infatti si è mostrato in tutta la storia della salvezza. Infinitamente superiore all’uomo, egli è entrato nella vicenda umana e si è fatto Dio «con» gli uomini e «per» gli uomini: ha parlato e compiuto gesta meravigliose, per liberarli da ogni forma di schiavitù e farli «suo» popolo mediante l’alleanza. Come ci ha ricordato il salmo responsoriale, Dio è santo perché perdona le colpe degli uomini, li guarisce da ogni malattia, salva dalla fossa la loro vita, li corona di grazia e di misericordia.

2. Rivelazione piena e definitiva della santità divina è Gesù Cristo, «il solo santo», sul quale si è posato lo Spirito di santità; colui che con la parola e la vita è diventato maestro e modello, fonte e meta di ogni perfezione. Asceso, dopo la sua morte e risurrezione, alla destra del Padre, Gesù ha effuso e continua a effondere su tutti coloro che credono in lui e formano la sua Chiesa lo Spirito di santità che li fa «uno» in lui, li arricchisce di molteplici doni, li muove interiormente ad amare Dio con tutto il cuore e ad amarsi a vicenda come fratelli. In una parola: li fa «santi».

La santità, dunque, è innanzitutto un dono, che ci rende partecipi della vita stessa di Dio, per mezzo di Cristo, nella comunione dello Spirito. Così noi diventiamo tralci della vera vite che è Cristo, templi viventi di Dio, dimore dello Spirito. È un dono che occorre non sciupare, ma accogliere e vivere con gioiosa consapevolezza, «benedicendo» con gratitudine il Signore, come facciamo in ogni celebrazione dell’Eucaristia.

3. La santità cristiana, però, oltreché dono, è per i discepoli di Cristo un compito da realizzare nella vita di ogni giorno, una vocazione alla quale dare concreta risposta. Una vocazione che interpella tutti indistintamente, anche se può assumere forme diverse e domandare a qualcuno impegni più radicali di servizio a Dio e ai fratelli.

Il Concilio Vaticano II, specialmente nella costituzione Lumen gentium (n. 39), ha scritto su questo argomento pagine bellissime e assai stimolanti: «Tutti nella Chiesa - ha ricordato - sono chiamati alla santità, secondo il detto dell’Apostolo: Certo la volontà di Dio è questa, che vi santifichiate. Orbene questa santità nella Chiesa si manifesta e si deve manifestare nei frutti della grazia che lo Spirito produce nei fedeli».

4. Tra questi frutti meritano particolare attenzione le opere dell’amore fraterno, sulle quali insiste la pagina del Vangelo che abbiamo appena ascoltato. Sono opere che hanno nell’amore di Dio per gli uomini il fondamentale punto di riferimento e nell’insegnamento e nella vita di Gesù la loro piena realizzazione. L’amore che il cristiano attende dal suo Maestro divino è un amore universale, cioè non circoscritto ai fedeli di sangue e di fede, ma aperto a tutti, anche ai cattivi, ai peccatori, agli stranieri e ai nemici; un amore che non si limita ai benefattori, ma si estende pure a chi non lo apprezza e non lo ricambia; un amore che riesce a giungere al «paradosso» del perdono.

Gesù ci conduce così fino all’intimo nucleo della predicazione del regno di Dio. Coloro che si sentono e sono amati da una misericordia senza limiti, che a tutti concede il sole e la pioggia, tutti ammaestra e perdona, tutti chiama alla vita eterna, non possono non sentirsi impegnati a riversare sugli altri uomini questa multiforme tenerezza di Dio, da cui essi per primi, gratuitamente, sono avvolti e colmati.

In ciò consiste l’originalità della santità cristiana, che è «perfezione della carità». I fedeli sono chiamati ad annunciare e testimoniare l’amore di Dio, perché tutti gli uomini ne scoprano la bellezza e ne facciano l’esperienza.

5. La vostra comunità parrocchiale, carissimi fratelli e sorelle, e l’intera Chiesa di Roma, che si sta preparando alla celebrazione del Sinodo pastorale diocesano, deve sentirsi particolarmente interpellata da questo messaggio, e orientare alla sua luce le scelte di vita e gli impegni pastorali.

L’evento sinodale, che chiama tutti a «camminare insieme» nella verità e nella carità sulle vie del rinnovamento, esige infatti, da parte di ogni cristiano e dell’intera comunità ecclesiale, una presa di coscienza più chiara della comune vocazione alla santità, e, quindi, una più incisiva e corale risposta all’appello fatto da Gesù ai suoi ad essere perfetti come è perfetto il Padre celeste e ad «essere santi e immacolati al suo cospetto nella carità» (Ef 1, 4).

Il primo obiettivo da perseguire con decisione nel cammino sinodale, che la Chiesa di Roma in tutte le sue articolazioni sta compiendo è dunque quello di favorire e incrementare sempre più un rinnovamento spirituale personale che metta al primo posto Dio, la sua volontà, il suo progetto di amore, la comunione con lui. Ciò comporta lo sforzo per una più elevata qualità della vita cristiana; per una più forte esperienza dell’incontro-dialogo con lui, realizzato nella preghiera personale e comunitaria; per una più consapevole e attiva partecipazione ai sacramenti, in particolare alla riconciliazione e all’Eucaristia, nella quale il Signore ha posto la sorgente della santità della Chiesa.

È questa dunque la prima risposta d’amore da dare a Dio che ci ha fatto suoi figli, cioè «santi», e ci chiama come discepoli a camminare al seguito di Cristo.

6. Per giungere a ciò occorrerà riproporre antichi itinerari personali e comunitari di fede e di preghiera e crearne di nuovi, rispondenti alla situazione e alle istanze dei credenti di oggi. Occorrerà risvegliare l’attenzione e l’impegno per una vita spirituale più autentica e più legata alle implicazioni di carattere etico e morale. Bisognerà riscoprire virtù e atteggiamenti interiori, che la società secolarizzata di oggi sembra aver dimenticato, ma di cui conserva la nostalgia e che giustamente esige di vedere riflessi nel comportamento di quanti si professano cristiani: la nonviolenza, la solidarietà e la condivisione con i più deboli, e soprattutto il perdono offerto a tutti, anche ai nemici. Sono questi i «segni» più credibili e più efficaci di santità che la Chiesa è chiamata a dare alla comunità degli uomini, se vuole davvero annunciare il regno di Dio. Anche perché «da questa santità è promosso, anche nella società terrena, un tenore di vita più umano» (Lumen gentium, 40).

La «nuova evangelizzazione», che il Sinodo vuole rilanciare nella città, muove dunque da questo presupposto e passa necessariamente attraverso questi gesti. La santità personale nella Chiesa, amata da Cristo e santificata dallo Spirito, è fondamento e condizione insostituibile perché si possa avere una Chiesa evangelizzatrice e missionaria.

7. Le «opere» della carità ne scaturiranno logicamente e immediatamente, come è avvenuto e avviene nella vita dei santi. In caso contrario, esse si ridurrebbero a forme di semplice attivismo umano e politico. Il che tradirebbe il significato genuino e la portata salvifica della missione affidata da Cristo alla sua Chiesa.

In una società come l’attuale basata talora sull’intolleranza nei confronti del povero e dello «straniero»; su una pretesa giustizia lasciata all’arbitrio dei singoli o peggio ancora fondata sull’odio e sulla vendetta personale, i gesti dell’amore cristiano, che promanano dalla comunione con colui che è l’Amore e assumono le medesime sue caratteristiche di gratuità, di misericordia, di universalità, diventano la più efficace proclamazione del regno di Dio.

8. [...] Fratelli e sorelle, ascoltiamo nuovamente la parola di Dio, che ci è stata annunciata: «Siate santi, perché io, il Signore vostro Dio, sono santo». Accogliamo con gioia questo invito. Viviamo questo impegno; daremo così gloria al Padre celeste e offriremo un grande contributo all’edificazione della «civiltà dell’amore».

Homilía (22-02-1987)

Visita pastorale a la Parroquia romana de Santa Clara en Vigna Clara-Due Pini
Domingo 22 de febrero del 1987

«Siate santi, perché io, il Signore Dio vostro, sono santo».

1. Così Dio disse a Mosè, dando i comandamenti al suo popolo. Qui si tratta in modo particolare del comandamento dell’amore verso il prossimo, e l’amore è la contrapposizione dell’odio. Occorre ponderare bene tutte le parole della prima lettura che è stata proclamata (Lv 19, 1-2.17-18), perché vi troviamo come una preparazione al discorso della montagna, che leggiamo nell’odierno Vangelo di Matteo (Mt 5, 38-48).

Nell’insegnamento di Gesù di Nazaret è contenuta un’analoga motivazione del comandamento dell’amore. Infatti il Maestro dice: «Siate perfetti come è perfetto il Padre vostro celeste» (Mt 5, 48). In base a una tale motivazione Cristo proclama l’amore del prossimo, che comprende anche l’amore dei nemici.

2. Questo brano evangelico contiene uno degli insegnamenti più importanti e più caratteristici della morale cristiana: la prevalenza dell’amore sulla giustizia. «Prevalenza» non vuol dire che le esigenze della giustizia vengano ignorate o tanto meno contraddette; al contrario - come ho spiegato nell’enciclica Dives in Misericordia (Ioannis Pauli PP. II, Dives in Misericordia, 12.14) - l’amore cristiano, che si manifesta in modo speciale nella misericordia, rappresenta una realizzazione superiore della giustizia; mentre dal canto suo «l’autentica misericordia è, per così dire, la fonte più profonda della giustizia» (Ivi, n. 15).

«Ma io vi dico - afferma Gesù - di non opporvi al malvagio» (Mt 5, 39). Non si tratta qui certamente di acconsentire al male. E neppure ci viene proibita una legittima difesa nei confronti dell’ingiustizia, del sopruso o della violenza. Anzi è a volte soltanto con un’energica difesa che certe violenze possono e debbono essere respinte.

Quello che Gesù ci vuole insegnare innanzitutto con quelle parole, come con le altre che abbiamo letto nel Vangelo, è la netta distinzione che dobbiamo fare tra la giustizia e la vendetta. Ci è consentito di chiedere giustizia; è nostro dovere praticare la giustizia. Ci è invece proibito vendicarci o fomentare in qualunque modo la vendetta, in quanto espressione dell’odio e della violenza.

3. Ma Gesù ci vuole anche e soprattutto insegnare questa preminenza, che ho detto, dell’amore e della misericordia sulla giustizia.

L’amore cristiano, infatti, promuove tra gli uomini un rapporto più profondo di quello che non possa essere garantito dalla semplice giustizia; e di fatto l’amore, in quanto animato dalla grazia divina, corregge i difetti della giustizia umana e la conduce a una perfezione che da sola non potrebbe raggiungere.

L’amore cristiano, con la sua disponibilità al perdono, con la sua attitudine alla generosità, alla pazienza e alla benevolenza assicura una superiore giustizia nei rapporti umani, garantisce, nelle comunità, una pace e uno spirito di fratellanza, che la giustizia da sola non saprebbe assicurare.

Certamente la disponibilità al perdono, così propria dell’etica cristiana, non cancella l’ordine fondamentale della giustizia: «in ogni caso, la riparazione del male e dello scandalo, il risarcimento del torto, la soddisfazione dell’oltraggio sono condizioni del perdono» (Ioannis Pauli PP. II, Dives in Misericordia, 14).

Così pure il basilare principio cristiano: «Amate i vostri nemici» (Mt 5, 44) evidentemente non va inteso nel senso di un’approvazione del male compiuto dal nemico. Gesù invece ci invita a una veduta superiore, magnanima, simile a quella del Padre celeste, per la quale, anche nel nemico e nonostante sia nemico, il cristiano sa scoprire e apprezzare aspetti positivi, meritevoli di stima e degni d’essere amati: primo fra tutti, la persona stessa del nemico, creata, come tale, a immagine di Dio, anche se, al presente, è offuscata da un’indegna condotta.

4. Il fondamento ultimo di questa concezione morale del Vangelo ha le radici nell’Antico Testamento, come possiamo vedere dalla prima lettura, e consiste nel riferimento a Dio che è «buono e pietoso, lento all’ira e grande nell’amore». Egli esige sì soddisfazione, e tuttavia è anche clemente, e non ci punisce tanto quanto meriteremmo; è un Dio «pietoso», perché «sa di che siamo plasmati, ricorda che noi siamo polvere». Così il «Signore ha pietà di quanti lo temono» (Sal 103, 8.14.13), cioè di coloro che si pentono e fanno ritorno a lui. Egli è insomma un Dio di misericordia, la quale è amore che perdona, l’amore che si piega su ogni male come su di una ferita dolente che dev’essere curata. L’amore che è sempre più grande di qualsiasi male: che è sempre capace di andare «oltre» la misura della giustizia e dell’uguaglianza. L’amore che si sente in dovere di dare all’altro non soltanto il «suo», ma anche molto più del «suo». Quell’amore per il quale non doniamo solo qualcosa, ma noi stessi.

5. Quindi, anche a uno che si comporta nello spirito di un tale amore è dato di dimostrarsi superiore a qualunque umiliazione possa aver ricevuto. Questa superiorità, questa larghezza d’animo, è la forza specifica dell’amore. Essa suppone una sorgente di bontà in certo qual modo inesauribile, che non si lascia spaventare dai torti ricevuti, che non viene intaccata dalle offese subite. Una specie di sorgente d’acqua pura che sempre rinasce limpida, nonostante il fango che le si possa gettar sopra. Tale è la bontà divina. E noi siamo chiamati a partecipare, sia pure in modo evidentemente limitato, di questa infinita generosità.

Gesù è per noi modello assoluto, a nostra misura, di questa per dir così incoercibile generosità, che nulla è capace di scoraggiare: anzi essa sembra farsi sempre più nobile e delicata, quanto più penosi e pesanti sono gli attacchi che riceve, fino a giungere al vertice dell’estremo sacrificio proprio per coloro che maggiormente ci hanno fatto del male, come dice Gesù sulla croce: «Padre, perdonali, perché non sanno quello che fanno» (Lc 23, 33). Mentre poco prima, «nella notte in cui fu tradito», il divino Salvatore aveva istituito il sacramento dell’amore più sublime e generoso: il sacramento dell’Eucaristia.

[...]

8. «Chi osserva l’insegnamento di Cristo, in lui l’amore di Dio è veramente perfetto». Queste parole della prima Lettera di san Giovanni (Gv 2, 5) in un certo senso riassumono tutto il ricco contenuto dell’odierna liturgia della parola.

Dinanzi a tutto ciò che abbiamo ascoltato, particolarmente nel Vangelo, sull’amore dei nemici possiamo chiederci: come è possibile? Come gli uomini possono essere perfetti come è perfetto il Padre celeste? Questo può sembrare impossibile all’uomo. Del resto l’esperienza quotidiana non riconferma forse un tale dubbio? Non siamo forse sommersi, da diverse parti, dalle notizie che testimoniano contro il Vangelo? Contro il discorso della montagna?

Eppure.

L’uomo è da Dio. E in definitiva Dio rimane la «misura suprema» per l’uomo.

San Paolo dice: «Tutto è vostro! Ma voi siete di Cristo e Cristo è di Dio» (1 Cor 3, 21.23).

Così ciò che umanamente è impossibile, diventa possibile in Cristo. In lui la «divina misura» della vita dell’uomo si è rivelata come «umana».

Ritorniamo sempre a questa misura! Non cancelliamola! Non permettiamo che si offuschi né si ottenebri! È la misura della dignità dell’uomo. La misura del vero bene. La misura della salvezza del mondo.


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Señor, yo confío en tu misericordia: alegra mi corazón con tu auxilio
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.
(Sal 12, 6)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
concede a tu pueblo
que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra,
lo que a ti te complace.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Al celebrar tus misterios con culto reverente,
te rogamos, Señor,
que los dones ofrecidos para glorificarte
nos obtengan de ti la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Proclamaré todas tus maravillas; quiero alegrarme y regocijarme en ti
y cantar himnos a tu nombre, Altísimo.
(Cf. Sal 9, 2-3)

O bien:
Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo.
(Jn 11, 27)

Oración post-comunión
Concédenos, Dios todopoderoso,
alcanzar un día la salvación eterna,
cuyas primicias nos has entregado
en estos sacramentos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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