Domingo VIII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

+ Evangelio: Mt 6, 24-34: No os angustiéis por el mañana




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Ángelus (02-03-2014): La Divina Providencia


Domingo VIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
Domingo 02 de marzo del 2014

En el centro de la liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más consoladoras: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura, y dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (49, 15). ¡Qué hermoso es esto! Dios no se olvida de nosotros, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Qué buen pensamiento... Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del Evangelio de Mateo: «Mirad los pájaros del cielo —dice Jesús—: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta... Fijaos cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos» (Mt 6, 26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones precarias, o totalmente en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. Pero en realidad son más que nunca actuales. Nos recuerdan que no se puede servir a dos señores: Dios y la riqueza. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Debemos escuchar bien esto. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Si, en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por el afán de poseer es un corazón lleno de este anhelo de poseer, pero vacío de Dios. Por ello Jesús advirtió en más de una ocasión a los ricos, porque es grande su riesgo de poner su propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, no hay mucho sitio para la fe: todo está ocupado por las riquezas, no hay sitio para la fe. Si, en cambio, se deja a Dios el sitio que le corresponde, es decir, el primero, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, incluso recientes, en la historia de la Iglesia. Y así la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en este gesto de solidaridad. Si, en cambio, alguien acumula sólo para sí, ¿qué sucederá cuando sea llamado por Dios? No podrá llevar las riquezas consigo, porque —lo sabéis— el sudario no tiene bolsillos. Es mejor compartir, porque al cielo llevamos sólo lo que hemos compartido con los demás.

La senda que indica Jesús puede parecer poco realista respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si se piensa bien, nos conduce a la justa escala de valores. Él dice: «¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?» (Mt 6, 25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y, por lo tanto, hermanos entre nosotros, y nos comportemos en consecuencia. Esto lo recordaba en el Mensaje para la paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad: este ir juntos, compartir las cosas juntos.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En especial, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos por vivir con un estilo sencillo y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más carecientes.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (27-02-2011): Yo no te olvidaré


VIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
Domingo 27 de febrero del 2011

La liturgia de hoy se hace eco de una de las palabras más conmovedoras de la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo nos la ha dado a través de la pluma del llamado «segundo Isaías», el cual, para consolar a Jerusalén, afligida por desventuras, dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). Esta invitación a la confianza en el amor indefectible de Dios se nos presenta también en el pasaje, igualmente sugestivo, del evangelio de san Mateo, en el que Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia del Padre celestial, que alimenta a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo, y conoce todas nuestras necesidades (cf. 6, 24-34). Así dice el Maestro: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso».

Ante la situación de tantas personas, cercanas o lejanas, que viven en la miseria, estas palabras de Jesús podrían parecer poco realistas o, incluso, evasivas. En realidad, el Señor quiere dar a entender con claridad que no es posible servir a dos señores: a Dios y a la riqueza. Quien cree en Dios, Padre lleno de amor por sus hijos, pone en primer lugar la búsqueda de su reino, de su voluntad. Y eso es precisamente lo contrario del fatalismo o de un ingenuo irenismo. La fe en la Providencia, de hecho, no exime de la ardua lucha por una vida digna, sino que libera de la preocupación por las cosas y del miedo del mañana. Es evidente que esta enseñanza de Jesús, si bien sigue manteniendo su verdad y validez para todos, se practica de maneras diferentes según las distintas vocaciones: un fraile franciscano podrá seguirla de manera más radical, mientras que un padre de familia deberá tener en cuenta sus deberes hacia su esposa e hijos. En todo caso, sin embargo, el cristiano se distingue por su absoluta confianza en el Padre celestial, como Jesús. Precisamente la relación con Dios Padre da sentido a toda la vida de Cristo, a sus palabras, a sus gestos de salvación, hasta su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos demostró lo que significa vivir con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo y, al mismo tiempo, teniendo siempre el corazón en el cielo, sumergido en la misericordia de Dios.

Queridos amigos, a la luz de la Palabra de Dios de este domingo, os invito a invocar a la Virgen María con el título de Madre de la divina Providencia. A ella le encomendamos nuestra vida, el camino de la Iglesia y las vicisitudes de la historia. En particular, invocamos su intercesión para que todos aprendamos a vivir siguiendo un estilo más sencillo y sobrio en la actividad diaria y en el respeto de la creación, que Dios ha encomendado a nuestra custodia.

Congregación para el Clero

Homilía


Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Año A)

Continúa el discurso de la montaña, que ya la liturgia nos ha presentado los anteriores domingos.

El marco de esta parte del discurso está constituido por una notable atención a la creación, como signo de la presencia del Misterio Creador. Jesús invita con renovada insistencia a una total confianza en Dios, y no en las cosas o en las dinámicas del mundo, como punto de apoyo real del abandono confiado y de la vida nueva introducida por Él en el mundo.

El discípulo que se deja absorber completamente, casi de modo obsesivo, por la materialidad de la existencia (de la obsesión por «la comida» y por «el vestido»), revela una fe incierta y vacilante, que no ha hecho experiencia todavía y por tanto no da razón apropiadamente del amor paternal de Dios; el cual cuida de los propios hijos, con el amor y la ternura de una madre, mucho más allá de cualquier expectativa humana, como nadie más lo podría hacer.

En realidad, haciendo eco al texto de Isaías de la primera lectura, podríamos afirmar que la atención que Dios tiene para con el hombre supera a la de una madre con respecto a su hijo. Efectivamente leemos en el texto: «aunque hubiera una madre que se olvidase, yo no te olvidaré jamás».

El cristiano está pues continuamente llamado a vigilar sobre la tentación de «atar el corazón» a lo que a la vida no puede bastar; a la necesidad de hacer una elección: entre basar la propia existencia en la mentira ilusoria de las «cosas del mundo» o confiarse totalmente a Aquel que mucho más que cualquier otro lo ama y que proveerá, paternalmente, también a sus necesidades, en la óptica del uso de los bienes terrenales al servicio del Reino. Ésta es la única pobreza que la Iglesia, desde hace dos mil años vive y propone a todos los hombres.

La página del Evangelio se abre con una advertencia que constituye la llave hermenéutica de fondo: no se puede servir al mismo tiempo a dos señores, porque se acabará inevitablemente por amar a uno y odiar el otro.

El hombre aferrado a las cosas del mundo, corre el riesgo de acabar como esclavo del mundo, porque el mundo siempre cobra un precio a cambio de cuánto, falsamente, otorga; mientras que quién elige servir a Dios, experimentará la verdadera libertad, ya que el único «Señor» que libera es sólo el Dios de la vida.

Quien elige la primera vía podría incluso poseer riquezas, pero estará afligido en el corazón y en la conciencia; quien sigue en cambio la segunda, puede descubrir un sabor particular de la vida, una gozosa y segura satisfacción y una inesperada libertad, hecha de alegría y de paz interior.

Porque a final de cuentas, ¿qué persona con sentido común podría pensar que realmente un objeto material cualquiera, por el solo hecho de poseerlo, puede cambiar algo de lo que ella es?

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Dios o el dinero

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

«No podéis servir a Dios y al dinero». Ha llegado a convertirse en un lugar común el hablar del dinero como ídolo. Sin embargo, es una trágica realidad. Se sirve al dinero, se vive para él, se piensa constantemente en él, en él se busca la seguridad... No es casual que la Sagrada Escritura hable tantas veces del peligro de las riquezas. El apego al dinero, el deseo de tener, enfría y debilita la fe y acaba por destruirla. «La raíz de todos los males es el afán de dinero» (1Tim 6,10).

«Ya sabe vuestro Padre...» La actitud opuesta a la codicia es la confianza. Jesús exhorta una y otra vez a no preocuparnos. Lo mismo que el niño no se preocupa porque cuenta con sus padres, el verdadero creyente no se deja dominar por las preocupaciones: es real que Dios es Padre, que sabe lo que necesitamos, que se ocupa de nosotros, que nos ama... Si de verdad creemos, contaremos con Dios para todo. Ni un solo cabello de nuestra cabeza cae sin su permiso. Si cuida de las flores y de los pajarillos, ¡cuánto más de sus hijos queridos! En la medida en que uno no confía, inevitablemente se afana y se preocupa.

«Sobre todo buscad el Reino de Dios». Lo principal es lo que dejamos en segundo plano para preocuparnos de lo secundario. Pero Jesús insiste: si buscamos a Dios por encima de todo, también lo secundario nos será dado. Lo único absoluto y necesario es dejar a Dios reinar en nuestra vida. Lo demás –que tanto nos preocupa– nos será regalado cuando y como Dios quiera, del modo mejor para nosotros. La experiencia de los santos y de multitud de cristianos durante XX siglos lo atestigua sobradamente...

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana I-IX del Tiempo Ordinario. , Vol. 4, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Hemos de utilizar los bienes temporales de modo que no perdamos los eternos. Ése es el espíritu cristiano, que se opone a la mentalidad del mundo, materialista, hedonista y consumista, y que supera con la gracia divina.

Isaías 49,14-15: Aunque tu madre te olvide, yo no te olvidaré. La providencia permanente de Dios sobre nosotros es un gran misterio. Es el ejercicio de un amor entrañable, que supera infinitamente nuestra misma capacidad de comprensión. El Señor jamás nos olvida. Israel, estando en el exilio, se sintió como olvidado y abandonado de Yahvé. Pero el Señor, por sus profetas, le hace ver lo contrario: es imposible que una madre olvide a su hijo; pero aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré, dice el Señor. A la luz de esa fe, Casiano ve que todo es providencia amorosa de Dios:

«Conviene que creamos con una fe incondicional que nada acontece en el mundo sin la intervención de Dios. Debemos reconocer, en efecto, que todo sucede o por su voluntad o por su permisión. El bien, por su voluntad, mediante su ayuda; el mal por su permisión» (Colaciones 3,20).

En la Carta de Bernabé leemos:

«Cualquier cosa que te suceda recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuesto» (19).

–Es lo que confesamos en el Salmo 61: «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; sólo Él es mi Roca y mi salvación, mi alcázar. No vacilaré».

2 Corintios 4,1-5: El Señor manifestará los designios de cada corazón. El amor providente de Dios se ha servido de otras criaturas para nuestra salvación; pero es siempre Él quien nos salva y nos juzga. Él nos habla y nos guía por medio de sus enviados, que han de ser fieles al mensaje recibido. Escribe San Jerónimo:

«Cuando el pueblo sea llevado al cautiverio, porque no tuvo ciencia, y perezca de hambre y arda de sed, y el infierno agrande su alma; cuando bajen los fuertes y los altos y gloriosos a lo profundo, y sea humillado el hombre, y haya recibido conforme a sus méritos, entonces el Señor será exaltado en el juicio, que antes parecía injusto; y Dios santo será santificado por todos en la justicia...

«Por eso debemos cuidar de no adelantarnos al juicio de Dios, juicio grande e inescrutable, y del cual dice el Apóstol: «inestimables son sus juicios e imposibles de conocer sus caminos» (Rom 11, 35). «Él iluminará las cosas ocultas en las tinieblas y abrirá los pensamientos de los corazones» (1 Cor 4,5)» (Comentario sobre el profeta Isaías 3,6).

Mateo 6,24-34: No os angustiéis por el mañana. El verdadero cristiano se distingue del pagano en que éste ignora el amor providente del Padre, y aquél en cambio vive confiado en su insondable providencia amorosa, solo empeñado en ser fiel a los planes divinos de salvación. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Una vez, pues, que por todos estos caminos nos ha mostrado el Señor la conveniencia de despreciar la riqueza –para guardar la riqueza verdadera, la felicidad del alma, para la adquisición de la sabiduría y para la seguridad de la piedad–, pasa después a demostrarnos que es posible aquello mismo a que nos exhorta. Porque éste es señaladamente oficio del buen legislador; no sólo ordenar lo conveniente, sino hacerlo también posible.

«Por eso prosigue el Señor diciendo: «no os preocupéis... sobre qué comeréis». No quiso que nadie pudiera objetarle: «¡Muy bien! Si todo lo tiramos, ¿cómo podremos vivir?» Contra semejante reparo va ahora el Señor a decir muy oportunamente: «no os preocupéis»... Si de lo que fue criado por amor nuestro tiene Dios tanta providencia, mucho mayor la tendrá de nosotros mismos. Si así cuida de los criados, mucho más cuidará del señor... No dijo el Señor que no haya que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes, ni dejarse abatir por las inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos angustiados por el alimento» (Homilía 21,2 y 3).

Adrien Nocent

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo 5


pp. 150-153

-El deber de la imprevisión (Mt 6, 24-34)

Un libro ya antiguo llevaba este título: "EI deber de la imprevisión". Este es el tema del evangelio de este día. No es que recomiende al cristiano la negligencia y la indiferencia en lo que respecta a sus asuntos o a la seguridad de su familia. Se trata de algo completamente distinto; sin embargo este "algo completamente distinto" puede extenderse incluso a fiarse del Señor y, en ciertos casos, hasta a abandonar la habitual prudencia basada en criterios meramente humanos. Cuando en los Diálogos de san Gregorio se cuenta cómo el despensero del monasterio se negó a dar a un pobre mendigo el poco de aceite que quedaba para las necesidades de los Hermanos, y cómo san Benito, encendido en santa cólera ante esta negativa, tomó la alcuza para arrojarla por la ventana, tras de lo cual todos los recipientes destinados a contener el aceite de la casa se llenaron hasta rebosar, los Diálogos, legendarios o no, tratan de inculcar cierto deber de imprevisión. Pero los Diálogos, lo mismo que el evangelio, quieren hacer especial hincapié en lo único necesario: la primacía que se debe conceder al servicio de Dios, ya se tribute éste directamente a El o ya a través del prójimo. El ideal evangélico de san Francisco de Asís y el de muchas asociaciones contemporáneas, incluso fuera de las Ordenes religiosas, consiste en la búsqueda del desinterés en beneficio de la exclusividad en el servicio de Dios y del Reino.

Raras veces se dirige un evangelio al mundo y a los cristianos de hoy, de una manera tan clara, y nos atreveríamos a decir que tan "brutal". No servir a dos señores. Final de un compromiso que no puede engañar a Dios. El celo de Dios es un tema predilecto del Antiguo Testamento, y en el Éxodo se aplica este calificativo cinco veces al Señor, quien se designa a sí mismo ante Moisés como un "Dios celoso" (Ex 20, 5). Lo mismo leemos en el Decálogo: "El Señor es un Dios celoso" (Ex 34, 14). Por lo que al Deuteronomio se refiere, emplea tres veces este calificativo para designar con él al Señor (Dt 4, 24- 5, 9; 6, 15). El proverbio citado aquí por Jesús alude al mismo tema de un Dios celoso y al celo de Dios, sobre todo en lo relativo a adorar a otros dioses. El Deuteronomio, por ejemplo muestra cómo el pueblo excita al celo de Dios, por adorar a dioses extraños (Dt 32, 16).

En nuestro texto, la oposición se expresa en términos sencillos: el dinero que toma figura de dios: Mammona. Pero en realidad se trata de una oposición entre lo que es definitivo y eterno y lo que es frágil, pasajero, baladí y perecedero: el dinero. Para el cristiano existe una absoluta incompatibilidad entre la inquietud angustiosa por el mañana y la búsqueda del Reino. Por otra parte, en la segunda parte del pasaje que hoy se nos proclama, el Señor insiste en este Reino. Nuevamente se impone la incondicionalidad que debería distinguir al cristiano. Se nos vienen a la mente las Bienaventuranzas, especialmente la que se promete al pobre. Se trata de ser libres para poder entrar en el Reino; por eso le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino (Mt 19, 23). La Escritura está preocupada con el tema de la riqueza y del rico. Es normal; con eso tocamos uno de los puntos más sensibles del mundo de ayer y de hoy. Por eso insiste la Biblia en la inutilidad de la riqueza, cuando se sabe reflexionar sobre el fin del hombre. Señalemos aquí las fuertes expresiones de la Escritura cuando considera la riqueza: "engulló riquezas, las vomitará" (Job 20, 15); "el hombre no perdura en la opulencia, sino que perece como los animales" (Sal 48, 13); "el precio de un hombre es su riqueza" (Prov 13, 8); "ni la plata ni el oro pueden salvar" (Sof 1, 18). En contraposición con esta riqueza, inútil para la salvación e incluso perjudicial puesto que impide prestar oído a la Palabra (Mc 4, 18-19; Lc 8, 14), la Escritura presenta lo que constituye la verdadera riqueza: "EI Señor es su heredad" (Dt l0, 9); "tendrás un tesoro en el cielo" (Mc 10, 21); el papel del apóstol es anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo (Ef 3, 8).

La intencionada incondicionalidad no puede conseguirse sin una fe profunda en la Providencia de Dios y sin una clara visión de nuestro verdadero destino. Cuando san Pablo escribe a los Filipenses: "El Señor está cerca. Nada os preocupe" (Flp 4, 5-6), apela a esta fe viva; fe viva, fe en el Reino que llega.

Hay que rechazar por lo tanto toda inquietud temporal, para creer en la Providencia y dedicarse a buscar el Reino.

La Liturgia de las Horas ha elegido, para este domingo, un pasaje del Comentario de san Gregorio al libro de Job: "Todo el que anhela la patria eterna vive con simplicidad y honradez; con simplicidad en sus obras, con honradez en su fe; con simplicidad en las buenas obras que realiza aquí abajo, con honradez por su intención que tiende a las cosas de arriba. Hay algunos, en efecto, a quienes les falta simplicidad en las buenas obras que realizan, porque buscan no la retribución espiritual, sino el aplauso de los hombres. Por esto dice con razón uno de los libros sapienciales: ¡Ay del hombre que va por dos caminos! Va por dos caminos el hombre pecador que, por una parte, realiza lo que es conforme a Dios, pero, por otra, busca con su intención un provecho mundano" (PL 75, 529-530, 543-544).

-Dios no nos olvida (Is 49, 14-15)

Isaías ha encontrado imágenes vigorosas para subrayar con ellas la preocupación continua de Dios por nosotros: "Aunque fuera posible que una madre se olvidara de su criatura, el Señor no podría olvidarnos a nosotros". Imposible sería mencionar aquí todos los pasajes en que la Escritura habla de Dios como de un Padre. El Nuevo Testamento insistirá aún más en ello, al desarrollar el tema de nuestra adopción.

El salmo 61, elegido como responsorio, canta nuestro abandono en el Señor, nuestro único refugio:

Dios es mi refugio,
Pueblo suyo, confiad en él;
desahogad ante él vuestro corazón.

Al celebrar la Eucaristía, no podemos por menos de pensar en las palabras del evangelio proclamado hoy, en el que el Señor nos pedía que no nos preocupemos del alimento terreno. Ahora, como lo hizo cuando multiplicó los panes, él mismo nos alimenta con su cuerpo y con su sangre, y sabemos que el que come esta carne y bebe esta sangre permanece en Dios y Dios en él (Jn 6, 56).

No por eso es menos cierto que las anteriores reflexiones podrían parecer piadosa palabrería a muchos cristianos de hoy. Tendrían razón si nosotros descuidáramos no el contraer compromiso, sino el tratar de hacer una síntesis realista de las exigencias del evangelio y las de la vida.

¿En qué debería consistir para un cristiano de hoy el deber de la imprevisión?

Ciertamente no se confunde con el desinterés por el progreso del mundo y por el bienestar de la sociedad. En este nivel interviene, por el contrario, la palabra de Cristo. Si desde el relato del Génesis, Dios hace de los hombres los colaboradores de la creación -"Creced y multiplicaos"-, es porque con ello intenta que se interesen por el mundo y se preocupen por él. El cristiano no puede eximirse de interesarse activamente por el progreso del mundo, sean progresos técnicos o sociales. Desinteresarse del progreso técnico y social del mundo con el pretexto de que Jesús recomienda que se busque el Reino y que no se esté preocupado por las cosas pasajeras, sería no haber entendido nada del evangelio de este día. Cuando el cristiano presta su ayuda para lograr el progreso del mundo, si pone en ello todas sus cualidades humanas al servicio de todos, es decir primero al servicio de su propia familia, incluyéndola en las necesidades del mundo entero y sin reservar exclusivamente para ella sus cualidades y esfuerzos, sino abriéndose a las necesidades del mundo, entonces se puede decir que ese cristiano sirve a Dios y no a Mammona. Desde el momento en que el cristiano comprometido en el progreso técnico, social y político no reserva sus esfuerzos para lograr solamente su honor, su riqueza personal, el relieve y el autoritarismo de su grupo, sino que busca ante todo la promoción humana en la línea de Dios se coloca perfectamente en lo que Dios ha querido, y no está dividido. Se reconoce que esta actitud es difícil; que está sujeta a continuas revisiones de vida es también evidentísimo. Una elección como la que se impone a todo cristiano, supone una verdadera humildad de conciencia y una continua prontitud para abandonar unos caminos que pueden parecer normales pero que, en realidad e inconscientemente, son desViaciones del sentido cristiano de la actividad del hombre. Aquí debería intervenir una verdadera comunidad cristiana en la que cada uno de sus miembros pudiera someter su problema a un juicio cristiano de valor, no apasionado ni politizado, sino que no tuviera más criterio que el del Reino, último punto de referencia.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
p. 78 s.

1. Los dos amos.

El evangelio de hoy puede parecernos difícil de comprender, pues ¿cómo puede alguien no preocuparse del mañana? Eso significaría probablemente condenarse a morir de hambre. ¿Cómo no preocuparse al menos del porvenir de los hijos, de la propia familia? Más aún: si Dios alimenta a los pájaros y viste a las flores, ¿por qué deja morir de hambre o vegetar en una miseria indecible a tantos hombres? Si estas preguntas surgen en nosotros espontáneamente, entonces hemos de tener en cuenta que todo este evangelio tiene el siguiente título: dos amos; dos señores que en el fondo son incompatibles, y debemos elegir uno de ellos para servirle. Uno es Dios, del que procede todo bien y, según la parábola de los talentos, nos entrega sus bienes también para que los administremos y se los devolvamos aumentados, con intereses. El otro es el bienestar entendido como valor supremo, y ya se sabe que un bien supremo siempre es elevado al rango de una divinidad. Aquí se indica que el hombre no puede tener al mismo tiempo dos bienes supremos, dos fines últimos, sino que debe elegir. Debe jerarquizarlos, de modo que, en el caso de una prueba decisiva, quede claro cuál de ellos prefiere.

2. "Me ha abandonado el Señor".

Así se lamenta Sión en la primera lectura, así se lamentan también hoy centenares de miles de personas que sufren en la indigencia o en desgracia. Así gritó también Jesús sobre la cruz, en el momento del oscurecimiento de su espíritu. Se sentía abandonado por Dios, porque quería experimentar y sufrir hasta el fondo nuestro auténtico abandono: no el de nuestra indigencia terrena, sino el de nuestro rechazo de Dios, el de nuestro pecado. La respuesta de Dios es la de una suprema solicitud amorosa que supera incluso a la que una madre tiene por el hijo de sus entrañas. Por eso Jesús, antes de entrar en las tinieblas de nuestro pecado, ya sabía esto: «Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre» (/Jn/16/32). El Padre estará a su lado más que nunca cuando llegue la hora de la cruz, pero a Jesús ya no le estará permitido saberlo. El está con los pobres, los oprimidos y los hambrientos más que con los ricos y opulentos, está más con el pobre Lázaro que con el rico epulón, con Job más que con sus amigos; pero pertenece a su servicio supremo, a imitación del Crucificado, el que todos los pobres profieran su grito de angustia -por la salvación del mundo- en el sentimiento del abandono.

3. Dejar todo en manos de Dios.

La actitud decisiva en este sentido la describe Pablo en la segunda lectura. «Ni siquiera yo me pido cuentas». Ni siquiera sobre la situación que Dios me asigna: si soy reconocido como administrador de los misterios de Dios o llevado ante el tribunal. Ni siquiera sobre si soy culpable ante Dios o no. Incluso si no fuera consciente de ningún pecado, no por ello me consideraría justo, «mi juez es el Señor». Esto significa «buscar sobre todo el reino de Dios y su justicia», y no el propio bienestar material o espiritual. Pablo ha trabajado para ganarse el pan. Los siervos de la parábola tienen que esforzarse para acrecentar los bienes que les ha confiado el Señor. La pereza no es precisamente «dejar todo en manos de Dios». Pero los buenos siervos no trabajan para aumentar su bienestar personal, sino para acrecentar las propiedades de su Señor. Y esto sin especular de antemano con el salario, pues éste está escondido en el «dejarlo todo»: «lo demás se os dará por añadidura».



Homilías en Italiano para posterior traducción

Juan Pablo II

Homilía (25-02-1990)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante en Vitinia
Domingo 25 de febrero del 1990

«Cercate prima il regno di Dio e la sua giustizia, e tutte queste cose vi saranno date in aggiunta» (Mt 6, 33).

1. Carissimi fratelli e sorelle, il discorso della montagna che ci ha accompagnati nella liturgia di queste prime domeniche del tempo ordinario, giunge oggi in certo senso alla sua conclusione. «Cercate prima il regno di Dio . . .». Con queste parole Gesù vuole introdurre i suoi discepoli nella conoscenza di ciò che veramente conta e perciò deve essere posto a fondamento della vita personale e comunitaria.

Il regno di Dio! Annunciato già nell’Antico Testamento e pienamente rivelato in Cristo, esso si identifica col dono della comunione, alla quale Dio invita e ammette gli uomini che lo riconoscono nella verità e fedelmente lo servono. Un dono gratuitamente offerto, da accogliere nella fede come germe di vita nuova e da far crescere fino a che non giunga a maturazione, allorché Dio sarà tutto in tutti.

Un’esperienza, nella quale si è introdotti e si vive, nella misura in cui Dio e la sua volontà sono collocati al primo posto nella scala dei valori e degli obiettivi da perseguire. Un bene da desiderare e ricercare quotidianamente vivendo «secondo giustizia», testimoniando nella propria vita la sovranità del padre celeste e orientando a lui e al suo progetto di comunione tutti gli avvenimenti e le realtà terrene.

2. Essere discepoli di Cristo comporta quindi l’impegno di compiere con coraggio la scelta prioritaria di Dio e del suo regno. Una scelta che consente a chi liberamente la fa, illuminato e guidato dallo Spirito, di realizzare tutto il resto: di discernere con sapienza evangelica ciò che veramente conta nella vita per costruire la comunione; di soppesare nel modo giusto, e cioè nell’ottica del progetto di Dio, i beni creati e la stessa attività umana.

Gesù pone dunque i suoi di fronte a una scelta radicale: o Dio e il suo regno, oppure la ricchezza, il potere e il successo. Quando tutte queste cose vengono considerate «beni assoluti», si trasformano inevitabilmente in «idoli» e l’uomo finisce per diventarne schiavo. E «chi è schiavo delle ricchezze diventa schiavo anche di colui che il Cristo ha definito principe di questo mondo» (Giovanni Crisostomo, In Matth. Om., 21, 4). L’uomo perde così il senso pieno della sua esistenza, è diviso in se stesso e diviene artefice di divisioni e di ingiustizia nella società di cui è cittadino.

3. Il primato di Dio nella vita del discepolo esige da lui un atteggiamento interiore che appartiene al dinamismo stesso della fede: la fiducia in lui e l’abbandono alla sua volontà e alla sua provvidenza. Dio, infatti, è un Padre che ama i suoi figli ed è sollecito per il loro bene, così come è attento a tutte le sue creature: «nutre gli uccelli del cielo» e «veste i gigli del campo», conferendo ad essi una bellezza e uno splendore che superano quelli delle corti di questo mondo.

Dubitare dell’amore di Dio, che è di gran lunga superiore alla tenerezza che una madre ha nei confronti del suo bambino, è un peccato. «Si dimentica forse una donna del suo bambino, così da non commuoversi per il figlio del suo grembo? Anche se vi fosse una donna che si dimenticasse, io invece non ti dimenticherò mai» (Is 49, 15). Alla luce di questa fiducia sta la certezza che Dio è fedele, mantiene sempre le sue promesse e veglia su tutte le sue creature, dando a ciascuna il cibo a suo tempo. Egli è fedele nonostante le infedeltà degli uomini e le loro continue cadute nell’«idolatria». È la «rupe» a cui bisogna aggrapparsi per essere salvati; è la «roccia» di difesa che consente di non vacillare e cadere (salmo responsoriale).

4. Tuttavia, il «non affannarsi» che Gesù chiede ai suoi discepoli non è affatto cieco fatalismo o attesa passiva di ciò che è necessario all’uomo per vivere; e neppure è un rifiuto d’impegnarsi a costruire un mondo più giusto e fraterno, lasciando ogni cosa all’azione di Dio. Tutt’altro!

Il cristiano, consapevole della sua responsabilità, vive, soffre e lavora come se tutto dipendesse da lui; al tempo stesso però, memore di questa rassicurante parola del suo Maestro, resta fiducioso e sereno, come se tutto dipendesse da Dio. Egli è, perciò, disposto a posporre ogni cosa al progetto di Dio e alla sua volontà. Il dovere prioritario di cercare il regno di Dio e la sua giustizia non elimina, dunque, ma potenzia e dà pieno significato all’attività del cristiano per la piena realizzazione di sé, l’integrale promozione dell’uomo e l’autentico sviluppo della società. «L’attività umana individuale e collettiva - ha ricordato il Concilio -, ossia quell’ingente sforzo col quale gli uomini nel corso dei secoli cercano di migliorare le proprie condizioni, corrisponde al disegno di Dio . . .» (Gaudium et spes, 34).

5. Carissimi fratelli e sorelle ... [questo tempo] deve costituire per voi e per tutta la Chiesa... un importante momento di verifica: occorre cioè esaminare se e come l’insegnamento di Gesù, che abbiamo appena ascoltato, è accolto e vissuto da coloro che si professano suoi discepoli. Ciascuno dovrà perciò interrogarsi: Cerco davvero prima di tutto il regno di Dio e la sua giustizia, oppure cedo alla tentazione dell’«idolatria», che rende schiavi e genera schiavitù intorno a me? Il mio lavoro e tutte le mie azioni sono fondati sulla fiducia in Dio e orientati alla costruzione del regno di Dio nella società?

Si vive oggi in un clima di secolarismo, che fa perno più sull’«avere» che sull’«essere». Ciò crea in molti una sete mai paga di possesso e una corsa sfrenata verso la ricchezza, considerata talvolta come unico fattore per contare nella società. D’altra parte lo sviluppo disordinato e il consumismo esasperato ingenerano la convinzione che si valga in base a ciò che si produce e a ciò che si possiede. Sono le nuove forme del peccato di idolatria, che mentre cancellano Dio dall’orizzonte della propria vita, determinano anche situazioni drammatiche di emarginazione e di ingiustizia, che sono in aperto contrasto col regno di Dio e col progetto di fraternità e di comunione rivelatoci da Cristo, e per il quale egli ha dato la vita.

6. In questo contesto il ruolo dei cristiani nella comunità degli uomini diventa determinante. Si tratta di superare la logica diffusa dell’affanno e dell’accumulo dei beni materiali, la brama del successo ad ogni costo e del potere senza scrupoli, la tentazione di traffici illeciti per arricchire sempre di più.

Ciò è possibile solo a chi si fida di Dio e crede nella sua sovranità e nella sua provvidenza. Egli assume di fronte alle cose un atteggiamento di libertà interiore: si serve di esse per la gloria di Dio e per costruire una convivenza umana più giusta e fraterna e non ne rimane asservito.

7. Pericolo grave per molti cristiani che vivono in una società pluralistica è quello del compromesso. Formalmente ed esplicitamente Dio non viene eliminato dall’orizzonte dei propri interessi, anzi si cerca in qualche modo di rispettare e onorare il suo nome con atti di culto e di ossequio. Solo che tutto questo lo si vorrebbe poi accordare con scelte e comportamenti di vita che obbediscono ad altri criteri: quelli dell’interesse, della ricchezza e del potere. Ciò contraddice totalmente il messaggio che abbiamo appena ascoltato.

Gesù lo afferma con chiarezza e con forza: Dio non sopporta la coabitazione dell’idolo accanto a lui. «Io sono il Signore tuo Dio: non avrai altri dei di fronte a me» (Es 20, 2). Egli non tollera nessun comodo compromesso tra il bene e il male: non sopporta cuori e comunità divisi. O Dio o il denaro; o la giustizia che rende figli di Dio o l’ingiustizia che produce il peccato e la divisione; o il regno di Dio o il regno dell’uomo. «Nessuno può servire due padroni . . .» (Mt 6, 24).

Una testimonianza di fedeltà e di coerenza, di distacco e di servizio, è richiesta a tutti i cristiani, ma particolarmente a coloro che hanno pubbliche responsabilità nella vita sociale e politica. Ad essi è richiesta una fede robusta, che non sia smentita sul piano dei fatti; è richiesta la trasparenza nella gestione dei beni di tutti; il rigore morale che non sopporta compromessi e l’impegno generoso - anche se non sempre compreso - per il bene comune.

8. Carissimi fratelli e sorelle di Vitinia! Di fronte a compiti tanto ardui e non conformi al corrente modo di pensare e di agire, potreste provare un senso di timore e di scoramento. Vi sostenga la certezza che l’amore fedele di Dio e la sua provvidenza vi accompagnano. Il Papa è qui, tra voi, per portarvi la sua parola di incoraggiamento e di sostegno. Ciò che è impossibile agli uomini è possibile a Dio. Coraggio, dunque!

[...]

«Confida sempre in lui, o popolo; davanti a lui effondi il tuo cuore. Il potere appartiene a Dio; tua, Signore, è la grazia» (salmo responsoriale). Sì, la grazia di Dio è con voi, carissimi fedeli di Vitinia. Con voi essa rimanga sempre, affinché il regno di Dio e la sua grazia siano in cima ai vostri pensieri e al centro delle vostre anime di discepoli del Signore nella città degli uomini! Amen.

Homilía (01-03-1987)

Visita pastoral a la Parroquia romana del SS. Nombre de María
Domingo 01 de marzo del 1987

«Cercate prima il regno di Dio . . .» (Mt 6, 33).

1. Nel discorso della montagna Gesù di Nazaret parla ai suoi contemporanei e nello stesso tempo parla agli uomini di tutte le generazioni. Oggi parla in modo particolare a noi. Le sue parole sono oggi quelle della liturgia domenicale.

Che cosa vuol dire che dobbiamo cercare prima il regno di Dio? Significa che dobbiamo vivere secondo la preghiera che il Signore ci ha insegnato, quella che tutti i giorni recitiamo: «sia santificato il tuo nome, venga il tuo regno, sia fatta la tua volontà».

Dio deve essere primo nella vostra vita.

L’ordine morale, che in lui ha il suo fondamento, deve regnare nella nostra esistenza. La sua volontà - la sua volontà santa - deve avere la precedenza. Di qui proviene, nello stesso tempo, l’unità interiore della nostra vita.

2. L’uomo infatti non può servire a due padroni, così insegna Gesù, non può servire a Dio e a Mammona (cf. Mt 6, 24).

«Non avrai altri dèi di fronte a me» (Es 20, 3), dice Dio per mezzo di Mosè.

 «Altri dèi» - cioè altri idoli - come per esempio questa «Mammona» menzionata da Gesù.

Così è stato comandato per il tempo in cui Israele viveva circondato da popoli pagani, che si erano creati degli «dèi» a somiglianza delle debolezze e dei desideri umani.

Oggi questi «idoli», queste divinità, questi falsi dèi hanno rivestito un’altra forma. Mammona è divenuta proprio il simbolo di una tale «idolatria», in forza della quale l’uomo considera come suo fine esclusivo e ultimo l’uno o l’altro bene temporale e caduco. Il «mondo», e particolarmente il complesso mondo dei prodotti dell’uomo stesso, diventa, in un certo senso, un dio per l’uomo.

Il secolarismo «divinizza», per così dire, il mondo.

L’uomo quindi vive come se Dio non esistesse, come se Dio stesso non fosse il Creatore del mondo e di tutto ciò che esso contiene, di tutte le sue ricchezze e risorse. Noi riteniamo invece che tutto quanto nel mondo è opera dell’uomo, del suo genio e delle sue capacità, in definitiva ha la sua sorgente e il suo inizio nell’opera divina della creazione.

3. Così dunque l’avvertimento di Cristo si rivolge anche contro le diverse forme di secolarismo, tipiche dei nostri tempi. Anche a noi, uomini e donne d’oggi, Gesù dice: «Nessuno può servire a due padroni: o odierà l’uno e amerà l’altro, o preferirà l’uno e disprezzerà l’altro» (Mt 6, 24).

L’uomo non può essere diviso. L’uomo deve lasciarsi guidare nella vita da una chiara gerarchia dei valori: deve cercare «prima» (!) il regno di Dio e la sua giustizia (cf. Mt 6, 33).

In caso contrario, l’ordine interiore del cuore umano è minacciato.

Ogni ordine morale deve gettare le sue fondamenta sul terreno sicuro di un valido realismo. Deve fondarsi, cioè, sulla realtà, quella realtà obiettiva che riconosce il posto di Dio, il primo posto dovuto a Dio, creatore di ogni cosa. Dove il posto di Dio è negato, dove si rivendica un’autonomia di ciò che è umano dal divino si nega la base fondamentale dei doveri e dei diritti, e si cade in una insubordinazione di valori che ridonda poi a danno dell’uomo. Solo l’uomo che cerca «prima» Dio, il suo regno e la sua giustizia è conforme alla «realtà», a ciò che è giusto e che garantisce il miglior bene per la persona e per ogni persona.

Se l’uomo concede in se stesso la priorità agli «altri dèi» - agli idoli antichi o contemporanei - cade nel reale pericolo di «disprezzare» o di «odiare» Dio.

Nella storia dell’umanità - sin dall’inizio del Libro della «Genesi» - questo pericolo è esistito e continua a effettuarsi in diversi modi. Le parole di Cristo hanno perciò un’incessante attualità.

4. L’odierna liturgia, parlando di questo pericolo, indica, nello stesso tempo, con le parole dell’Apostolo dei Gentili, che a Dio appartiene un giudizio: il Signore verrà, «Egli metterà in luce i segreti delle tenebre e manifesterà le intenzioni dei cuori» (1 Cor 4, 5).

In definitiva - proclama l’Apostolo - non gli uomini, nemmeno soltanto la propria coscienza, ma il Signore è il mio giudice (cf. 1 Cor 4, 3-4).

Perciò in nome della realtà - non soltanto di questa prima e fondamentale che è la realtà della creazione, ma in nome di quell’ultima realtà che è il giudizio divino - cerchiamo prima di tutto la giustizia che è legata al regnare di Dio sul mondo e sull’eternità.

5. Più ancora che con il linguaggio del timore, l’odierna liturgia cerca di parlare con il linguaggio della fiducia in Dio, così come fa tutta la sacra Scrittura, e come parla, in particolare, il Vangelo. Lo esige, infatti, la piena verità su Dio, l’autentica realtà di Dio. Lo dice chiaramente Isaia nella prima lettura e lo ricorda l’intero salmo responsoriale; e ne sentiamo la chiara eco soprattutto nelle parole di Gesù nel Vangelo di oggi:

«Guardate gli uccelli del cielo: non seminano, né mietono, né ammassano nei granai; eppure il Padre vostro celeste li nutre. Non contate voi forse più di loro? . . . Osservate come crescono i gigli del campo . .  .» (Mt 6, 26-28).

Gesù invita alla fiducia in Dio, alla divina Provvidenza. Tale fiducia manifesta «il primo posto» di Dio nell’anima umana, la prova che egli - il Padre celeste - è l’unico Signore al quale l’uomo serve con tutto il cuore, con cuore indiviso.

6. Se una tale fiducia regna nel cuore dell’uomo, questi trova anche un’appropriata e giusta misura della sollecitudine che deve avere per le cose temporali.

Cristo infatti non dice «non preoccupatevi», ma dice «non affannatevi», cioè non preoccupatevi così da perdere la giusta scala dei valori. Non preoccupatevi così da dimenticare Dio. Non vivete così come se Dio non esistesse.

Infatti, la sollecitudine per il mondo è stata affidata da Dio come compito all’uomo sin dall’inizio. E le opere del genio umano, dell’umana capacità, hanno il loro valore agli occhi di Dio. Solo che, a motivo di esse, l’uomo non deve perdere la prospettiva giusta, non deve smarrire il senso della piena realtà; il «mondo» non deve offuscare per lui il regno di Dio e la sua giustizia.

[...]

9. Terminiamo, tornando ancora alle parole dell’odierna liturgia: «Solo in Dio riposa l’anima mia; da lui la mia salvezza. Lui solo è mia rupe e salvezza, mia roccia di difesa: non potrò vacillare» (Sal 62, 2-3).

Auguro alla vostra parrocchia che diventi, per tutti, l’ambiente spirituale di questa speranza di cui parla il salmista.

La parrocchia è dedicata al nome di Maria. Col nome di Maria sulle labbra e nei cuori cercate prima di tutto il regno di Dio e la sua giustizia. Tutte le altre cose vi saranno date in aggiunta (cf. Mt 6, 33).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor fue mi apoyo: me sacó a un lugar espacioso,
me libró, porque me amaba.
(Sal 17, 19-20)

Oración colecta
Concédenos tu ayuda, Señor,
para que el mundo progrese, según tus designios,
gocen las naciones de una paz estable
y tu Iglesia se alegre de poder servirte
con una entrega confiada y pacífica.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Señor, Dios nuestro,
tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte
y miras esta ofrenda
como un gesto de nuestro devoto servicio;
confiadamente suplicamos que lo que nos otorgas
para que redunde en mérito nuestro
nos ayude también a alcanzar los premios eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Cantaré al Señor, porque me ha favorecido;
alabaré el nombre del Señor Altísimo.
(Cf. Sal 12, 6)
O bien:
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo -dice el Señor-.
(Mt 28, 20)

Oración post-comunión
Alimentados con los dones de la salvación
te pedimos, Padre de misericordia,
que por este sacramento con que ahora nos fortaleces
nos hagas un día ser partícipes de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.