Vigilia de Pentecostés (Ciclo A): Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 11, 1-9: Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra
Ez 37, 1-14: ¡Huesos secos! Os infundiré espíritu y viviréis
Sal 50, 3-4. 8-9. 12-13. 14-15: Renuévame, Señor, con tu gracia
Jl 3, 1-5: Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu
Sal 103, 1-2a. 24. 27-28. 29bc-30: Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
Rm 8, 22-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables
Jn 7, 37-39: Manarán torrentes de agua viva
- Salmo: Sal 32, 10-11. 12-13. 14-15: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad
- 2ª Lectura: Ex 19, 3-8a. 16-20b: El Señor bajó al monte Sinaí a la vista del pueblo
+ Evangelio: Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7. 17-18: La misericordia del Señor dura siempre para los que cumplen sus mandatos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Crisóstomo, Obispo

Homilía: La fuerza del Espíritu Santo


Homilía 2, 1 en la solemnidad de Pentecostés: PG 50, 463-465

Amadísimos: Ningún humano discurso es capaz de dar a entender los grandiosos dones que en el día de hoy nos ha otorgado nuestro benignísimo Dios. Por eso, gocémonos todos a la par, y alabemos a nuestro Señor rebosando de alegría.

La festividad de este día debe, en efecto, reunir a todo el pueblo en pleno. Pues así como en la naturaleza las cuatro estaciones o solsticios del año se suceden unos a otros, así también en la Iglesia del Señor una solemnidad sucede a otra solemnidad transmitiéndonos sucesivamente las variadas facetas del misterio. Así, hemos recientemente celebrado la fiesta de la Pasión, de la Resurrección y, finalmente, la Ascención de nuestro Señor a los cielos; hoy, por último, hemos llegado al mismo culmen de los bienes, al fruto mismo de las promesas del Señor.

Porque si me voy –dice– os enviaré otro Paráclito, y no os dejaré desamparados. ¡Ved cuánta solicitud! ¡Ved qué inefable bondad! Hace sólo unos días subió al cielo, recibió el trono real, recuperó su sede a la derecha del Padre; y hoy hace descender sobre nosotros el Espíritu Santo y, con él, nos colma de mil bienes celestiales. Porque —pregunto—, ¿hay alguna de cuantas gracias operan nuestra salvación, que no nos haya sido dispensada a través del Espíritu Santo?

Por él somos liberados de la esclavitud, llamados a la libertad, elevados a la adopción, somos —por decirlo así– plasmados de nuevo, y deponemos la pesada y fétida carga de nuestros pecados; gracias al Espíritu Santo vemos los coros de los sacerdotes, tenemos el colegio de los doctores; de esta fuente manan los dones de revelación y las gracias de curar, y todos los demás carismas con que la Iglesia de Dios suele estar adornada emanan de este venero. Es lo que Pablo proclama, diciendo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. Como a él le parece –dice–, no como se le ordena; repartiendo, no repartido; por propia autoridad no sujeto a autoridad. Pablo, en efecto, atribuye al Espíritu Santo el mismo poder que, según él tiene el Padre.

Y así como dice del Padre: Dios es el que obra todo en todos, afirma igualmente del Espíritu Santo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. ¿No advertís su plena potestad? Los que poseen idéntica naturaleza, es lógico que posean idéntica potestad; y los que tienen una igual majestad de honor, también tienen una misma fuerza y poder. Por él hemos obtenido la remisión de los pecados; por él nos purificamos de todas nuestras inmundicias; por la donación del Espíritu, de hombres nos convertimos en ángeles, nosotros que nos acogimos a la gracia, no cambiando de naturaleza, sino —lo que es todavía más admirable— permaneciendo en nuestra humana naturaleza, llevamos una vida de ángeles. ¡Tan grande es el poder del Espíritu Santo!

Ireneo de Lyon, Obispo

Contra las herejías: El envío del Espíritu Santo


Libro 3, 17, 1-3: SC 34, 302-306

El Señor dijo a los discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios.

Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.

Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.

Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.

Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.

El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quien nos acusa, tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya.
(Rm 5, 5; 8, 11)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
que has querido que celebráramos
el misterio pascual durante cincuenta días,
renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés
para que los pueblos divididos por el odio y el pecado
se congreguen por medio de tu Espíritu
y, reunidos, confiesen tu nombre
en la diversidad de sus lenguas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

O bien:

Dios todopoderoso,
brille sobre nosotros el esplendor de tu gloria
y que el Espíritu Santo, luz de tu luz,
fortalezca los corazones de los regenerados por tu gracia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Derrama, Señor, la bendición de tu Espíritu
sobre estos dones que te presentamos,
para que, al participar en ellos,
tu Iglesia quede inundada de tu amor
y sea ante el mundo signo visible de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
El último día de las fiestas, Jesús en pie gritaba:
El que tenga sed, que venga a mí y que beba. Aleluya.
(Jn 7, 37)

Oración post-comunión
La comunión que acabamos de recibir, Señor,
nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo
que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo.
Él, que vive y reina.

Homilías del día de Pentecostés

Ver también: Homilías de la Misa del Día (Ciclo A)

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