Domingo XIII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 2 R 4, 8-11. 14-16a: Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí
- Salmo: Sal 88, 2-3. 16-17. 18-19: Cantaré eternamente las misericordias del Señor
- 2ª Lectura: Rm 6, 3-4. 8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva
+ Evangelio: Mt 10, 37-42: El que no toma su cruz, no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: La gracia ha desbordado

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Injertados en Cristo: Rom 6,3-4,8-11

«Así como Cristo ... también nosotros». He aquí la base de la novedad cristiana. Lo que Cristo es y vive estamos llamados a serlo y vivirlo también nosotros. Pero no como una imitación «desde fuera». Por el bautismo hemos sigo injertados a Cristo y Él vive en nosotros (Gal 2,20). Todo lo suyo es nuestro: sus virtudes, sus sentimientos, sus actitudes... Por eso, para un cristiano lo más natural es vivir como Cristo. No se nos pide nada extraño o imposible: se trata sencillamente de dejar que se desarrolle plenamente esa vida que ya está en nosotros.

«Consideraos muertos al pecado...» La fe nos hace vernos a nosotros mismos como Dios nos ve. Por el bautismo hemos muerto al pecado, a quedado destruida «nuestra personalidad pecadora» y hemos cesado de ser esclavos del pecado (Rom 6,6). Se trata de tomar conciencia de este don recibido. ¿Por qué seguir pensando y actuando como si el pecado fuera insuperable? El pecado no tiene por qué esclavizarnos, pues Cristo nos ha liberado y la fuerza del pecado ha quedado radicalmente neutralizada. Hemos muerto al pecado: vivamos como tales muertos. «Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él? (Rom 6,2).

«...Y vivos para Dios en Cristo Jesús». La muerte al pecado es sólo la cara negativa. Lo más importante es la vida nueva que ha sido depositada en nuestra alma. Y esta vida nueva es esencialmente positiva: consiste en vivir –lo mismo que Cristo– para Dios, en la pertenencia total y exclusiva a Dios, dedicados a Él en alma y cuerpo. Esta es la riqueza y la eficacia de nuestro bautismo. Se trata sencillamente de cobrar conciencia de ello y dejar que aflore en nuestra vida lo que ya somos. ¡Reconoce, cristiano tu dignidad! ¡Sé lo que eres!

Un gran negocio: Mt 10,37-42

Ante evangelios como este, hemos adquirido el hábito de no darnos por aludidos, como si fueran dirigidos sólo a las monjas de clausura. Y, sin embargo, estas palabras de Jesús van dirigidas a todos (cfr. Lc 14,25-26), para indicar que ningún lazo familiar, incluso bueno y legítimo, debe ser estorbo para seguirle a Él; y en el caso de que se plantease conflicto entre un lazo familiar y el seguir a Jesús, habría que elegir seguir a Jesús. Lo contrario significa no ser dignos de Él.

Se necesita la lógica de la fe y la luz del Espíritu para entender que lo que parece perder la vida es ganarla y lo que parece muerte es en realidad vida. Porque se trata de preferir a Cristo no solo por encima de los cariños familiares, sino incluso antes que la propia vida, antes que la propia comodidad, antes que la propia fama... estando dispuestos a ser despreciados y perseguidos por Cristo, a perderlo todo por Él, a sacrificarlo todo por Él. Perderlo todo por Cristo: en realidad este evangelio nos está proponiendo un gran negocio, pues se trata de ganar a Cristo, cuyo amor vale infinitamente más que todo lo demás. Deberíamos mirar más a Cristo para dejarnos embelesar por Él. Es infinitamente más lo que recibimos que lo que damos.

Además, el evangelio de hoy nos propone otro «negocio» continuo. Un simple vaso de agua dado a un pobrecillo cualquiera, sólo porque es discípulo de Jesús, no perderá su paga. ¿Cuántas pagas perdemos cada día?

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

La primera y la tercera lecturas se corresponden. En la primera Dios bendice el hogar que había acogido al profeta Eliseo; en el Evangelio, Jesús, después de haber invitado a los apóstoles a dejarlo todo para que le sigan a Él solo, promete su bendición a los que los acojan con generosidad y cariño. En la segunda lectura San Pablo que ya nos enseñó que hemos sido salvados por la muerte y resurrección del Señor, nos muestra ahora cómo el bautismo nos introduce en este misterio.

2 Reyes 4,8-11.14-16: Este hombre de Dios es un santo, se quedará aquí. Todo profeta auténtico es un signo de la presencia de Dios en la vida de los hombres. La plenitud del profetismo fue Cristo Jesús. El Hijo de Dios comprometido en la vida de los hombres y conviviendo con ellos.

–Por siempre jamás cantamos las misericordias del Señor. Así lo proclamamos en el Salmo 88. En Cristo nos lo ha dado todo. La alianza sellada por Dios con la casa de David no fue quebrantada nunca por parte de Dios, aun cuando por parte de los hombres hubo muchos fallos e infidelidades. Dios conducía la historia por caminos desconcertantes hasta que llegara el Descendiente de David esperado, el Ungido por antonomasia, Cristo Jesús, Salvador de los hombres. Desde entonces la Alianza sellada con su sangre será eterna, irrompible, no obstante las deficiencias de unos y los insultos y persecuciones de otros. «Reinará para siempre en la Casa de Jacob» (Lc 1,32).

Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte para que andemos en una vida nueva.

La vocación cristiana es, por su propia naturaleza, vocación de santidad cristiforme; ruptura total con el pecado y nueva existencia en Cristo. Comenta San Agustín:

«Mas centremos nuestra reflexión, amadísimos, en la resurrección de Cristo, pues del mismo modo que su pasión era símbolo de nuestra antigua vida, así su resurrección encierra el misterio de la vida nueva. Por eso dice el Apóstol: «Hemos sido sepultados con Cristo por medio del bautismo, para la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rom 6,4). Has creído y te has bautizado: murió la vida antigua, recibió la muerte en la cruz, fue sepultado en el bautismo. Ha sido sepultada la vida antigua, en la que viviste mal; resucita la vida nueva. Vive bien; vive para vivir; vive de tal manera que cuando mueras, no mueras... Comenzad a realizar en el espíritu, viviendo santamente, lo que Cristo nos manifestó mediante la resurrección de su cuerpo» (Sermón 229,E,3-4).

Mateo 10,37-42: El que no toma su cruz, no es digno de Mí. El que os recibe a vosotros a Mí me recibe. San Juan Crisóstomo explica las palabras de Jesús:

«Mirad la dignidad del Maestro. Mirad cómo se muestra a Sí mismo hijo legítimo del Padre, pues manda que todo se abandone y todo se posponga a su amor... La propia vida que antepongáis a mi amor, estáis ya lejos de ser mis discípulos... Y si es cierto que Pablo ordena muchas cosas acerca de los padres y manda que se les obedezca en todo, no hay que maravillarse de ello, pues sólo manda que se les obedezca en aquello que no va contra la piedad para con Dios... Con este modo de hablar quería el Señor templar el valor de los hijos y amansar también a los padres que tal vez hubieran de oponerse al llamamiento de sus hijos...

«Nada hay más íntimo al hombre que su propia vida. Pues bien, si aun a tu propia vida no aborreces, sufrirás todo lo contrario del que ama, será como si no me amaras. Y no nos manda simplemente que la aborrezcamos, sino que lleguemos hasta entregarla a la guerra, a las batallas, a la espada y a la sangre. Porque el que no lleva su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. Porque no dijo simplemente que hay que estar preparado para la muerte, sino para la muerte violenta y no sólo para la muerte violenta, sino también para la ignominia...

«Ahora bien, ¿no es cosa de admirarse y pasmarse que, oyendo todo esto, no se les saliera a los apóstoles el alma de su cuerpo? Porque lo duro por todas partes se les venía a la mano; pero el premio estaba todo en esperanza. ¿Cómo es pues, que no se les salió? Porque era mucha la virtud del que hablaba y mucho también el amor de los que oían... Un simple vaso de agua fría que des, que nada ha de costarte, aun de tan sencilla obra tienes señalada recompensa. Porque por vosotros, que acogéis a mis enviados, yo estoy dispuesto a hacerlo todo» (Homilía 35,1-2 sobre San Mateo).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.
(Sal 46, 2)

Oración colecta
Padre de bondad,
que por la gracia de la adopción
nos has hecho hijos de la luz;
concédenos vivir fuera de las tinieblas del error
y permanecer siempre en el esplendor de la verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, que obras con poder en tus sacramentos,
concédenos que nuestro servicio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.
(Sal 102, 1)

O bien:
Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado -dice el Señor-.
(Jn 17, 20-21)

Oración post-comunión
La víctima eucarística
que hemos ofrecido y recibido en comunión,
nos vivifique, Señor,
para que, unidos a ti, en caridad perpetua,
demos frutos que siempre permanezcan.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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