Domingo XIV Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Zac 9, 9-10: Tu rey viene pobre a ti
- Salmo: Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14: Te ensalzaré, Dios mío, mi rey, bendeciré tu nombre por siempre jamás
- 2ª Lectura: Rm 8, 9. 11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
+ Evangelio: Mt 11, 25-30: Soy manso y humilde de corazón




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Dóciles al Espíritu

Rom 8,9.11-13

«Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu». San Pablo quiere inculcarnos la certeza de esta nueva vida que ha sido depositada en nuestra alma por el bautismo. No estamos en la carne, es decir, no estamos abandonados a nuestras fuerzas naturales y a nuestra debilidad pecaminosa. Por tanto, no tiene sentido seguir lamentándonos y apelando a nuestra debilidad cuando estamos en el Espíritu, cuando tenemos en nosotros la fuerza del Espíritu que nos hace capaces de una vida santa. «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente».

«El Espíritu de Dios habita en vosotros». Somos templo del Espíritu Santo. Estamos consagrados. Somos lugar donde Dios mora y donde ha de ser glorificado. Pero el Espíritu Santo no está en nosotros inmóvil. Permanece en nosotros como Ley nueva, como impulso de vida. Su acción omnipotente se vuelca sobre nosotros para hacernos santos, para vivir según Cristo. Ser santo ni es imposible ni es difícil. Se trata de acoger dócilmente la acción del Espíritu, secundando su impulso poderoso, dando muerte con la fuerza del Espíritu a las obras de la carne para que se manifieste en nosotros el fruto del Espíritu (Gal 5,22-23).

«Vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu». Hay una «primera resurrección»: cuando el hombre es arrancado del dominio del pecado y comienza a caminar en novedad de vida por la acción del Espíritu. Pero habrá una «segunda resurrección»: también nuestro cuerpo mortal se beneficiará de esta vida nueva suscitada por Dios en nosotros. El Espíritu Santo tiene por característica propia el ser Creador y desea vivificar nuestra persona entera, alma y cuerpo.

Cristo, nuestro descanso

Mt 11,25-30

Ante la humildad de Cristo, el cristiano aprende también a ser humilde. El Hijo de Dios no ha venido con triunfalismos, sino sumamente humilde y modesto, montado en un asno. A Jesús le gusta la humildad. Es el estilo de Dios. Y el cristiano no tiene otro camino. Dios no se da a conocer a los que se creen sabios y entendidos, a los arrogantes y autosuficientes, a los que creen saberlo todo, sino al que humildemente se pone ante Dios reconociendo su pequeñez y su ceguera.

Al que es humilde de veras, Dios le concede entrar en su intimidad y conocer los misterios de su vida trinitaria, la relación entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Esto no es sólo para algunos pocos privilegiados, sino para todo bautizado, para todo el que es «sencillo» y se deja conducir por Dios. Pues precisamente «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Y conocer no es sólo saber con la cabeza, sino tratar con Dios con familiaridad. ¿Mi vida como cristiano va dirigida a crecer en este trato familiar con el Dios que vive en mí o me quedo en unas simples formas de comportamiento?

Cristo se nos presenta como nuestro descanso. Frente a los cansancios y agobios que nos procuramos a nosotros mismos y frente a las cargas inútiles e insoportables que ponemos en nuestros hombros, Cristo es el verdadero descanso y su ley un alivio. El pecado cansa y agobia. El trato y la familiaridad con Cristo descansan. ¿Me decido a fiarme de Cristo y de su palabra?

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

El Señor se nos presenta en el Evangelio con su Corazón manso y humilde; a Él corresponde la profecía de Zacarías en la que ve al Señor «justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno», como así sucedió en su entrada triunfal en Jerusalén. San Pablo nos recuerda que por el bautismo hemos participado en el Misterio Pascual del Señor. Por lo mismo hemos de vivir, según el Espíritu de Cristo que habita en nosotros.

La figura mesiánica del Redentor, manso y humilde de Corazón, con la que hoy la liturgia nos invita a identificarnos, encarna el designio de Dios de ofrecernos el modelo viviente para la regeneración del hombre degradado por la violencia del mal y del pecado.

Es difícil para un corazón humano siempre dispuesto a la venganza, al rencor, a la violencia, al egoísmo y al odio todo lo que significa el mensaje que nos da el Corazón de Jesucristo. A Él hemos de mirar y aprender de Él la mansedumbre, la humildad y el amor.

Zacarías 9,9-10: Tu Rey viene pobre a ti. Frente las esperanzas mesiánicas de Israel, cifradas en el triunfo violento de la fuerza y del poderío político, el profeta Zacarías anunció el verdadero Mesías, lleno de bondadosa y humilde mansedumbre.

Pablo VI dijo en la clausura del Concilio Vaticano II:

«La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque así es– del hombre que se hace dios.

«Este endiosamiento del hombre moderno representa una de las crisis más graves de la humanidad actual. De ahí el ateísmo; de ahí el temporalismo absoluto; de ahí la fobia a las llamadas virtudes pasivas tan queridas en el Evangelio; de ahí la repulsa obsesiva contra la moral y la ascética evangélica. Hemos de seguir a nuestro Rey que viene a nosotros justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno».

–Como Salmo responsorial se ha escogido el Salmo 144 que aclama a Dios como Rey y bendice su nombre por siempre jamás, y es un himno a la grandeza y a la bondad de Dios. El objeto directo de la alabanza es Yavé, pero no de un modo didáctico, sino vivido y paladeado con la fruición del que contempla extasiado el ser y el obrar de Dios. Así van apareciendo los atributos divinos, vivos y operantes, excitando por sí mismos la admiración y la alabanza del orante: su majestad, su grandeza, su fidelidad protectora, su providencia generosa, sus cuidados paternales y su delicadeza.

Romanos 8,9,11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo viviréis. Cuando se vive al impulso de las pasiones humanas y del espíritu del mundo, resulta imposible vivir una genuina imitación de Cristo y alcanzar la santidad cristiana. San Jerónimo explica:

«Y no sólo ellos (Timoteo y Silvano), sino todo aquél que en el conocimiento y en la conducta es semejante a Pablo, puede decir: «Nosotros, los que vivimos». Su cuerpo puede estar muerto a causa del pecado, pero su espíritu vive a causa de la justicia (Rom 8,10), y sus miembros han sido mortificados sobre la tierra, de modo que la carne no tenga deseos contrarios al espíritu. Pues si la carne aún codicia, es que vive, y porque vive, codicia. Sus miembros aún no han sido mortificados sobre la tierra. Porque si estuvieran mortificados no desearían contra el espíritu, pues por la fuerza de la mortificación hubieran perdido esa especie de pasión. Del mismo modo que quienes han abandonado la vida presente y han pasado a cosas mejores viven más cabalmente por haber depuesto este cuerpo mortal y los incentivos de todos los vicios, así los que llevan en su cuerpo la mortificación de Jesús y no viven según la carne, sino según el espíritu, éstos viven en Aquél que es la Vida y en ellos vive Cristo» (Carta 119,9, A Minervio y Alejandro).

Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón. San Hilario de Poitiers explica:

«Llama a Sí a cuantos están probados por las dificultades de la ley y oprimido por los pecados del mundo (Mt 11,28-29)? Promete librarlos de las fatigas y de su peso sólo con que ellos tomen su yugo, esto es, acepten las prescripciones de sus mandatos. Acercándose a Él por el misterio de su Cruz, ya que Él es manso y humilde de Corazón, encontrarán descanso para sus almas. Él ofrece la suavidad de su yugo y su carga ligera (Mt. 11,30) para dar a los creyentes la ciencia del bien, que sólo Él conoce en el Padre. ¿Y qué hay más suave que su yugo y más ligero que su carga, que consiste en ser dignos de aprobación, abstenerse del mal, amar a todos los hombres, no odiar a ninguno, conseguir la eternidad, no dejarse dominar por el tiempo presente, ni querer devolver a nadie el daño que no se hubiera querido recibir? (Comentario al Evangelio de San Mateo 11,13).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra;
tu diestra está llena de justicia.
(Sal 47, 10-11)

Oración colecta
Oh Dios,
que por medio de la humillación de tu Hijo
levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría,
para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado
alcancen también la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique,
y cada día nos haga participar con mayor plenitud
de la vida del reino glorioso.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él.
(Sal 33, 9)

O bien:
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados
y yo os aliviaré -dice el Señor-.
(Mt 11, 28)

Oración post-comunión
Alimentados, Señor,
con un sacramento tan admirable,
concédenos sus frutos de salvación
y haz que perseveremos siempre cantando tu alabanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.