Domingo XVII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 R 3, 5. 7-12: Pediste discernimiento
- Salmo: Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130: Cuánto amo tu voluntad, Señor
- 2ª Lectura: Rm 8, 28-30: Nos predestinó a ser imagen de su Hijo
+ Evangelio: Mt 13, 44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Congregación para el Clero

Homilía

Las cuatro breves parábolas de este Domingo concluyen el ciclo sobre el «Reino de los Cielos», y el Señor Jesús las narra para suscitar en el corazón de los discípulos de entonces, como en los de ahora, el deseo del encuentro con Dios. Estas parábolas representan una exhortación de Jesús a la decisión y a la responsabilidad, en pocas palabras, a aquel seguimiento decisivo que implica el corazón y la libertad, la vida entera del hombre.

Las primeras dos parábolas enfatizan la importancia del «decidirse por aquello que de verdad tiene valor». El verbo «encontrar» es acompañado por la alegría de aquel que vende todo, que renuncia a todo por algo que es más grande.

¿Qué es lo que realmente buscamos?

¡El tesoro de la vida es Cristo! ¿Cuánto lo buscamos? No hay alegría verdadera y que nos hace libres si no nos decidimos por Él; y es muy grande el valor autobiográfico de la parábola de Mateo: es la experiencia del evangelista después de haber encontrado a Jesús.

La alegría es la fuente de la fuerza necesaria para decidirse por el Reino y surge de seguir a Aquel que responde a todo el deseo de felicidad custodiado en el corazón. El drama de cada tiempo, y particularmente del nuestro, es que el hombre no reconoce ya en sí mismo este deseo o, dramáticamente, lo confunde con el el efímero gozo narcisista.

Las dos parábolas sucesivas llaman a la responsabilidad del hombre frente a la propuesta de Cristo. La imagen de la red y de los diferentes tipos de peces, que son después separados, en su conclusión propone la parábola del trigo y de la cizaña, pero pide también un comportamiento de prudente vigilancia, por parte de quien siguiendo al Señor Jesús, ve toda la realidad con los ojos de Dios y reconoce su presencia.

Así como aquel escriba que «trae cosas nuevas y cosas antiguas» del tesoro. La oración de Salomón, que deseoso de ejercitar la propia autoridad según Dios, pide un corazón capaz de discernir y juzgar rectamente, es la oración de quien ha decidido resueltamente seguir al Señor.

Quien se decide por Cristo lo sigue y siguiéndolo vive por Él, o sea, le pertenece totalmente.

Es el testimonio de lo que escribió en 1238, Santa Clara a Inés, princesa de Bohemia, Clarisa en Praga: «Admiro estrechar hacia ti, mediante la humildad, con la fuerza de la fe y los brazos de la pobreza, el tesoro incomparable escondido en el campo del mundo y de los corazones humanos, con el cual se compra Aquel que de la nada formó todas las cosas.

Coloca tu mente frente al espejo de la eternidad, tu alma en el esplendor de la gloria, tu corazón en Aquel que es figura de la divina sustancia y transfórmate enteramente por la vía de la contemplación, en la imagen de la divinidad de Él: y también tu probarás entonces lo que sienten sus amigos, gustando la secreta dulzura que Dios mismo ha reservado desde el principio a aquellos que lo aman».

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Verdadero tesoro

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

El verdadero tesoro
Mt 13,44-52


Con el evangelio en la mano, no entiendo cómo se puede hablar de que ser cristiano es difícil y costoso. Es verdad que hay que dejar cosas –muchas más de las que dejamos–, es verdad que hay que morir al pecado que todavía reside en nosotros, pero todo esto se hace con facilidad, porque hemos encontrado un Tesoro que vale mucho más sin comparación. Más aún, las renuncias se realizan «con alegría», como el hombre de la parábola, con la alegría de haber encontrado el tesoro, es decir, sin costar, sin esfuerzo, de buen humor y con entusiasmo.

Si todavía vemos el cristianismo como una carga, ¿no será que no hemos encontrado aún el Tesoro? ¿No será que no nos hemos dejado deslumbrar lo suficiente por la Persona de Cristo? ¿No será que le conocemos poco, que le tratamos poco? ¿No será que no oramos bastante? El que ama la salud hace cualquier sacrificio por cuidarla y el que ama a Cristo está dispuesto a cualquier sacrificio por Él. Cristo de suyo es infinitamente atractivo, como para llenar nuestro corazón y hacernos fácil toda renuncia.

El mejor comentario a este evangelio son las palabras de san Pablo: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo» (Fil 3,7-8). El que de verdad ha encontrado a Cristo está dispuesto a perderlo todo por Él, pues todo lo estima basura comparado con la alegría de haber encontrado el verdadero Tesoro.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Parábola del tesoro escondido. Todo se sacrifica a fin de conseguirlo. Nada supera a la Sabiduría que procede de Dios. San Pablo nos inculca el plan de Dios sobre nosotros que no es otro que el amor que Dios nos tiene y quiere que reproduzcamos en nosotros la imagen de su Hijo bien amado para compartir su gloria.

Sólo así es posible entrar en el Reino de Dios y aquí en la tierra. Esto nos prepara, a su vez, para la santidad de vida y para la liberación y santificación consumada en la eternidad.

Dichosos los que por la oración y disponibilidad humilde saben descubrir en el tiempo las posibilidades de la eternidad bienaventurada que nos ofrece el misterio de Cristo, revelación de la plenitud de la Sabiduría divina.

1 Reyes 3, 5.7-12: Pediste discernimiento. Salomón es en la historia de la salvación un símbolo típico de la exaltación de la sabiduría como actitud religiosa, como don gratuito y como responsabilidad bienhechora entre los hombres.

El don del juicio a Salomón señala un momento importante en la historia del movimiento sapiencial de Israel. El carisma consiste en una especial prerrogativa del soberano para gobernar al pueblo con rectitud, en el contexto no de una justicia humana, sino en el de la elección de Israel y de la fidelidad a la Alianza, es decir, en un sentido religioso y mesiánico. Esto es un carisma concedido de lo alto para bien del pueblo, un don del Espíritu que ha aparecido en otros personajes como Moisés y, sobre todo, aparecerá en el Rey-Mesías.

Las inevitables deficiencias de varios reyes de Israel en el gobierno, en la administración de la justicia y en la fidelidad a la Alianza, conducirá a una espera cada vez más apremiante del futuro Rey ideal, el que sólo ejercerá plena y perfectamente la justicia, sueño de todos los hombres. Esto sucederá en el Nuevo Testamento, más aún será propio del Mesías «la justicia de Dios» (Jer 23,5): Cristo, más que Salomón (Mt 12,42).

–Unos versos del Salmo 118 nos ofrecen materia de reflexión y meditación, como Salmo responsorial: «¡Cuánto amo tu voluntad, Señor! Mi porción es el Señor, he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos del Señor que miles de monedas de oro y plata. Que tu voluntad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias será tu voluntad. Yo amo tus mandatos, más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos, y detesto el camino de la mentira. Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes».

Romanos 8, 28-30: Nos predestinó a ser imagen de su Hijo. La sabiduría salvífica de Dios ha culminado su revelación en Cristo. Y nos ofrece el don de descubrir en Él la Sabiduría divina que nos ilumina y santifica. Su Corazón es el diseño perfecto que nos ha trazado el Padre.

Es conocida la distinción evangélica de «llamados» y «elegidos» (Mt 22,14). Los israelitas estaban todos llamados al Reino, pero no todos fueron elegidos, es decir, miembros efectivos del Reino de Dios. El Apóstol insiste aquí en el don inefable de la vocación divina, pero esto no excluye la responsabilidad de la colaboración activa y total al don de Dios. Comenta San Agustín:

«Me dirá alguno: Entonces no obramos nosotros, sino que otro obra en nosotros. Le respondo: Es más acertado decir que obras tú y que otro obra en ti; y sólo obras bien cuando actúa en ti el que es bueno. El Espíritu de Dios que obra en ti, te ayuda cuando obras tú. Su mismo apelativo de auxiliador te indica que también tú haces algo. Reconoce lo que pides, reconoce lo que proclamas cuando dices: «sé mi auxiliador, no me abandones» (Sal 26,9). Invocas ciertamente a Dios como auxiliador, pero nadie recibe ayuda si él nada hace. Quienes son movidos por el Espíritu de Dios, dice, esos son hijos de Dios; movidos no por la letra, sino por el Espíritu, no por la ley que ordena, amenaza y promete, sino por el Espíritu que exhorta, ilumina y ayuda. «Sabemos, dice el Apóstol, que todo coopera para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). Si tú no hicieres nada, él no sería tu colaborador» (Sermón 156,11).

Mateo 13, 44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo. La genuina sabiduría evangélica consiste en la apertura humilde y decidida a la gracia divina y a los dones salvíficos que el Padre nos ofrece amorosamente en Cristo y que transforman nuestras vidas. El anuncio del Reino de Dios es el punto principal del mensaje de Cristo (Mc 1,15) realidad o una situación espiritual, en la cual el hombre reconoce, en espíritu de amor y de temor filial, la soberanía o el primado absoluto de Dios y cumple lo más perfectamente posible su Voluntad (Mt 6,10). San Jerónimo explica:

«Este tesoro en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,3), es el Verbo de Dios que parece escondido en la carne de Cristo, o bien las sagradas Escrituras en las que está guardado el conocimiento del Salvador. Cuando alguien lo descubre en ellas, debe despreciar todas las ganancias de este mundo para poder poseer a aquel a quien ha encontrado. Lo que sigue: el hombre que lo encuentra, lo vuelve a esconder, no significa que lo hace por maldad sino por temor y como no quiere perder ese bien, esconde en su corazón el tesoro que ha preferido a sus antiguas riquezas» (Comentario al Evangelio de San Mateo 44).

«Las perlas finas que busca el mercader son la ley y los profetas, el conocimiento del Antiguo Testamento. Pero hay una perla única, la más valiosa: el conocimiento del Salvador, el misterio de su pasión, el secreto de su resurrección. Cuando un mercader la encuentra, como el Apóstol Pablo, desprecia todos los misterios de la ley y de los profetas y las antiguas observancias en las que vivía irreprochablemente; las considera como inmundicias y basura, para ganar a Cristo (Flp 3,8). No es que el descubrimiento de la nueva perla sea condenación de las perlas antiguas, sino que en comparación con aquélla, todas las otras joyas son menos valiosas» (ib. 45,46).

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