Domingo XX Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas (Domingo XX Tiempo Ordinario – Ciclo A)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Is 56, 1. 6-7 : A los extranjeros los traeré a mi monte santo
-Salmo: Sal 66 : Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
-2ª Lectura: Rom 11, 13-15. 29-32 : Los dones y la llamada de Dios son irrevocables
+Evangelio: Mt 15, 21-28 : Mujer, qué grande es tu fe

Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Atanasio de Alejandría, Cartas Pascuales n. 7, 6-8: PG 26, 1393-1394

El Señor otorgó a la mujer el fruto de su fe

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Conviene, pues, que los santos y amantes de la vida en Cristo se eleven al deseo de este alimento, y digan suplicantes: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Siendo esto así, también nosotros, hermanos míos, debemos dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros y alimentarnos del pan vivo con fe y caridad para con Dios; tanto más cuando sabemos que sin fe es imposible participar de este pan. El mismo Salvador, al tiempo de hacer una llamada general para que todos acudieran a él, decía: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. E inmediatamente después de haber hecho mención de la fe, sin la cual nadie debiera tomar este alimento, dijo: Como dice la Escritura: de las entrañas del que cree en mí manarán torrentes de agua viva. Por esta razón, él mismo alimentaba continuamente con sus palabras a los discípulos, esto es, a los creyentes, y les comunicaba la vida con la presencia de su divinidad.

En cambio, a aquella mujer cananea, que todavía no había accedido a la fe, ni se dignó siquiera responderla, aun cuando estaba muy necesitada de ser por él alimentada. Actuó de esta forma, no por desprecio —¡ni pensarlo!—, pues de lo contrario no se hubiera dirigido al país de Tiro y Sidón, sino porque todavía no era creyente y porque a causa de su origen no podía exhibir derecho alguno. Con razón obró así, hermanos míos, pues de nada servían sus ruegos antes de haber recibido la fe, puesto que sus ruegos debían estar en sintonía con su fe.

Por lo cual, quien se acerca a Dios, ante todo es necesario que crea en él, y entonces él le concederá lo que pide. Porque, como enseña Pablo, sin fe es imposible agradar a Dios. Careciendo, pues, ella todavía de fe y siendo además extranjera, hubo de oír de labios del maestro: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero inmediatamente, dirigiéndose a la que había humillado con palabras tan duras y que, liberada de su paganismo había conseguido la fe, no la trata ya como a un perro, sino como a una persona humana, y le dice: ¡Mujer, qué gran-de es tu fe! Habiendo ella creído, en seguida él le otorgó el fruto de su fe, y le dijo: Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre san Mateo, nº 52, 1-3

El poder de una oración perseverante

Siendo así que debería haberse sentido desanimada, la Cananea se acerca aún más y, adorando a Jesús, le dice: «¡Señor, ayúdame!». Pero mujer, ¿es que tú no has oído lo que ha dicho: «He sido enviado sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel»? Sí, lo he entendido, contesta ella, pero es el Señor…

Es porque Cristo había previsto su respuesta que difiere conceder su petición. Rehusó su petición para subrayar su piedad. Si no la hubiera querido escuchar, no le hubiera concedido su petición, al final… Sus respuestas no fueron para apenarla, sino más bien para atraerla y revelar ese tesoro escondido.

Pero te pido que consideres, al mismo tiempo que su fe, su profunda humildad. Jesús dio a los judíos el nombre de hijos; la Cananea va todavía más allá de este título y les llama los amos, tan lejos estaba ella de ser sujeto del elogio de otro: «Los perritos comen de la migajas que caen de la mesa de sus amos»… Y es a causa de ello que fue admitida entre los hijos. Cristo le dice entonces: «Mujer, grande es tu fe». Y tardó en pronunciar esta palabra y recompensar a esta mujer: «¡Que se cumpla según deseas!». Ya lo ves, la Cananea tuvo una parte grande en la curación de su hija. En efecto, Cristo no le dice: que tu hija sea curada, sino: «¡Grande es tu fe, que se cumpla según deseas!» Y aún fíjate bien en esto: allí donde los apóstoles habían fracasado y nada habían obtenido, ella lo consigue. Este es el poder de una oración perseverante.

San Hilario, Comentario al evangelio de Mateo, 15 : SC 258

«Mi hija está atormentada por un demonio» (Mt 15,22)

Esta Cananea pagana no necesita para ella más curación, ya que confiesa a Cristo como el Señor e Hijo de David, pero ella pide ayuda para su hija, es decir para la muchedumbre pagana, prisionera por la dominación de espíritus impuros. El Señor se calla, guardando por su silencio el privilegio de la salvación a Israel… Llevando en él el misterio de la voluntad del Padre, responde que ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel, para que quedara claro, que la hija de la Cananea es el símbolo de la Iglesia… No se trata de que la salvación no sea dada también a los paganos, sino que el Señor había venido “para los suyos y en su casa” (Jn 1,11), y guarda las primicias de la fe para este pueblo del que había salido, después el resto deberá ser salvado por la predicación de los apóstoles…

Y para que comprendamos que el silencio del Señor proviene de la consideración del tiempo y no de un obstáculo puesto por él, añade: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Quería decir que esta mujer, conocedora de su salvación, tenía fe – o lo que es mejor todavía – en la alianza de los paganos, ya cercana, por su fe, serán liberados como la niña de toda forma de dominación de los espíritus impuros. Y la confirmación de esto llega: en efecto, después de la representación del pueblo pagano en la hija de la Cananea, hombres aquejados de diversas enfermedades son presentados al Señor por la muchedumbre, sobre la montaña (Mt 15,30). Son hombres descreídos, es decir enfermos, que son traídos por creyentes a la adoración y prosternación y a quienes se les devuelve la salvación con vistas a acoger, estudiar, y seguir a Dios.

Isaac de la Stella, Sermón 35, n. 3 para el 2º domingo de Cuaresma : SC 207

«Enviado a las ovejas perdidas de Israel» (cf. Mt 15, 24)

«Yo no he sido enviado, declara el Señor, más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Se puede decir en breve…: fue enviado a aquél a quien él fue prometido. «Es a Abraham, dijo, a quien se le hicieron las promesas y a su descendencia» (Ga 3,16). La promesa hecha en el tiempo, se realizada en su tiempo, y para los judíos a partir de los judíos, según está escrito: “La salvación viene por los judíos” (Jn 4,22). Es a ellos a quienes Cristo, nacido de ellos en la carne, fue enviado al final de los tiempos; a ellos a los que había sido prometido al comienzo del tiempo, predestinado antes todos los tiempos. Predestinado para los judíos y los paganos, nacido sólo de judíos, sin intermediario en la carne, que fue presentado en su nacimiento, según la carne, a aquellos a quienes se les había prometido…

Pero el nombre “Israel” significa “hombres que ven a Dios”: ello se aplica, con razón, a todo espíritu humano. En consecuencia, se puede comprender que «la casa de Israel» abarca también a los ángeles, espíritus poseedores de la visión de Dios… Mientras que noventa y nueve ovejas…, disfrutan en la montaña y son el deleite de su pastor, es decir del Verbo de Dios, y caminan y descansan sin temor en abundantes pastos siempre exuberantes de verdor (Sal 22,2), el buen Pastor descendió desde el Padre, cuando llegó “el tiempo de la misericordia» (Sal 101,14), y fue enviado misericordiosamente en el tiempo, aquel que había sido prometido desde la eternidad; Vino a buscar a la única oveja que se le había perdido (Lc 15,4s)…

El Buen Pastor, por consiguiente, fue enviado para recuperar lo que estaba perdido y para fortalecer a los débiles (Ez 34,16). Lo que estaba perdido y debilitado, era el libre arbitrio de los humanos. En el pasado, queriendo enaltecerse, cayó; no teniendo fuerza para sostenerse, se estrelló y se rompió…, y quedó totalmente incapaz de recuperarse. Al final, es consolidado y alentado por el mismo Cristo…, pero sin estar completamente fortalecido, de tal manera, que al recobrarlo, no es depositado con las noventa y nueve ovejas restantes, en los abundantes pastos, sino que fue llevado en los brazos del Pastor: “Lleva en brazos los corderos y hace recostar a las madres» (Is 40,11).

Juan Taulero, Sermón 9

Mujer ¡qué grande es tu fe! (Mt 15,28)

“Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!” (Mt 15,22) Es un grito, una llamada de una fuerza inmensa… Es un gemido que viene como de un abismo sin fondo. Supera en mucho la naturaleza, es el Espíritu Santo mismo que profiere en nosotros este gemido (Rm 8,26)… Pero Jesús dice: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.” (Mt 15,24) y “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.” (Mt 15,26)… No podía poner a prueba a la mujer con más fuerza, ni ahuyentarla con más vehemencia. Ahora bien ¿qué hizo la mujer rechazada de esta manera? Se dejó decir y se humilló ella misma hasta lo más hondo. Llegó hasta el extremo de la humildad, del abismo. Con todo, mantuvo la confianza y dijo: “Esto es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.” (Mt 15,27)

¡Oh, si vosotros también supierais penetrar realmente hasta el fondo de la verdad, no por comentarios muy sabios ni por palabras muy altisonantes, ni con los sentidos, sino yendo al fondo de vosotros mismos! Ni Dios, ni otra criatura alguna podría anihilaros si permanecéis en la verdad, en la confianza humilde. Podríais padecer afrentas, menosprecios y burlas, resistiríais en la perseverancia, os humillaríais más todavía, animados por una confianza ilimitada, y aumentaría más y más vuestro celo. Todo depende de esta actitud y el que llega aquí ha vencido. Sólo estos caminos llevan de verdad, sin obstáculo alguno, hasta Dios. Pero, permanecer así en esta gran humildad, con perseverancia, con una seguridad entera y verdadera, como esta mujer pobre, no es de muchos.

San Juan Pablo Magno, papa

Catequesis, Audiencia general, 16-12-1987

[…] 6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mt 15, 21-28).

¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cf. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a Él para que los socorra con su poder divino.

8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en Él” (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar lamultiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: “¿Queréis iros vosotros también?”. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Cfr. Jn 6, 66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritaspara que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).

Benedicto XVI

Ángelus, 14-08-2011

El pasaje evangélico de este domingo comienza con la indicación de la región a donde Jesús se estaba retirando: Tiro y Sidón, al noroeste de Galilea, tierra pagana. Allí se encuentra con una mujer cananea, que se dirige a él pidiéndole que cure a su hija atormentada por un demonio (cf.Mt 15, 22). Ya en esta petición podemos descubrir un inicio del camino de fe, que en el diálogo con el divino Maestro crece y se refuerza. La mujer no tiene miedo de gritar a Jesús: «Ten compasión de mí», una expresión recurrente en los Salmos (cf. 50, 1); lo llama «Señor» e «Hijo de David» (cf. Mt 15, 22), manifestando así una firme esperanza de ser escuchada. ¿Cuál es la actitud del Señor frente a este grito de dolor de una mujer pagana? Puede parecer desconcertante el silencio de Jesús, hasta el punto de que suscita la intervención de los discípulos, pero no se trata de insensibilidad ante el dolor de aquella mujer. San Agustín comenta con razón: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo» (Sermo 77, 1: PL 38, 483). El aparente desinterés de Jesús, que dice: «Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel» (v. 24), no desalienta a la cananea, que insiste: «¡Señor, ayúdame!» (v. 25). E incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza —«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26)—, no desiste. No quiere quitar nada a nadie: en su sencillez y humildad le basta poco, le bastan las migajas, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios. Y Jesús queda admirado por una respuesta de fe tan grande y le dice: «Que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

Queridos amigos, también nosotros estamos llamados a crecer en la fe, a abrirnos y acoger con libertad el don de Dios, a tener confianza y gritar asimismo a Jesús: «¡Danos la fe, ayúdanos a encontrar el camino!». Es el camino que Jesús pidió que recorrieran sus discípulos, la cananea y los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos, cada uno de nosotros. La fe nos abre a conocer y acoger la identidad real de Jesús, su novedad y unicidad, su Palabra, como fuente de vida, para vivir una relación personal con él. El conocimiento de la fe crece, crece con el deseo de encontrar el camino, y en definitiva es un don de Dios, que se revela a nosotros no como una cosa abstracta, sin rostro y sin nombre; la fe responde, más bien, a una Persona, que quiere entrar en una relación de amor profundo con nosotros y comprometer toda nuestra vida. Por eso, cada día nuestro corazón debe vivir la experiencia de la conversión, cada día debe vernos pasar del hombre encerrado en sí mismo al hombre abierto a la acción de Dios, al hombre espiritual (cf. 1 Co 2, 13-14), que se deja interpelar por la Palabra del Señor y abre su propia vida a su Amor.

Queridos hermanos y hermanas, alimentemos por tanto cada día nuestra fe, con la escucha profunda de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como «grito» dirigido a él y con la caridad hacia el prójimo. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, a la que mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo en alma y cuerpo, para que nos ayude a anunciar y testimoniar con la vida la alegría de haber encontrado al Señor.

Ángelus, 14-08-2005

En este XX domingo del tiempo ordinario la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que “tenía un demonio muy malo”. El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 21-28).

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.

Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo. En los días pasados hemos conmemorado a varios: los Papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo. Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración; y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: san Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.

Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada mundial de la juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico. Invoco sobre todos su protección y en particular la de santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia. Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo.

Congregación para el Clero

Al grito de Pedro: «Señor, sálvame», del domingo pasado; y a la súplica llena de fe de la mujer pagana: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David», responde el corazón de Dios que se dona como Salvador y Salvación a sus hijos.

Todavía, una vez más la liturgia nos invita a contemplar no tanto el “Evangelio de los méritos”, si no más bien aquel evangelio de la Gracia y del deseo de salvación. Oramos en la Colecta: «Infunde en nosotros la dulzura de tu amor, para que amándote en todas las cosas, obtengamos los bienes por ti prometidos y que superan todos los deseos».
Estamos así puestos en el horizonte infinito del amor de Dios por nosotros; amor que nos conduce hacia  «el monte santo» y nos «colmará de alegría en su casa».
En esta lógica del amor infinito de Dios se inserta y se comprende la escena narrada por el Evangelista San Mateo: se lleva a cabo “en tierra extranjera”, la mujer, que es una madre oprimida por el dolor vivo y angustiante («Mi hija es muy atormentada por un demonio»), es una cananea, sin ningún derecho de acercarse al Señor a pedirle su intervención. Y a pesar de todo, viendo al Maestro, no se calló el grito del propio sufrimiento, expresando en tal modo el materno deseo de salvación  y de liberación para la propia hija: un amor natural capaz de ir más allá de los obstáculos, permaneciendo en una mendigante imploración. La mujer no pretende la intervención del Señor como un derecho, si no que lo pide como un don a Aquel que es Don total, reconociendo en el Señor al Mesías. Su fe se encierra toda en la expresión «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».

Surge así un diálogo cercano y dramático entre Jesús y la mujer cananea. Es el diálogo que abre aquel corazón de madre, adolorido pero lleno de fe, y se abre al horizonte de la salvación que Cristo trae a toda la humanidad. Y así toma forma la historia de un dolor abierto a la fe y de una fe convertida en milagro y liberación: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Por la fe, creída y profesada en las palabras y en las obras, se cumple el deseo del corazón del hombre; la felicidad y la salvación se realizan en el encuentro con el Señor y Su potencia.

Como conclusión San Mateo señala que «en aquel momento quedó curada su hija». Existe una extraordinaria y sobrenatural sincronía entre “la hora de la fe” y  “la hora de la salvación”; seguir a Cristo es garantía cierta de salvación, mientras que el trágico rechazo a la Verdad y a la Gracia es camino a la desesperación.

La Santísima Virgen, que en estos días contemplamos Asunta al Cielo y Reina del Universo, nos ayude en el camino de la vida para que sepamos desear y caminar activamente hacia la Salvación que Cristo gratuitamente nos dona, para ser «herederos de la gloria de los cielos». (Oración después de la Comunión).

www.deiverbum.org [*]

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