Domingo XXII Tiempo Ordinario (A) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jer 20, 7-9: La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí
- Salmo: Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío
- 2ª Lectura: Rm 12, 1-2: Ofreceos vosotros mismos como sacrificio vivo
+ Evangelio: Mt 16, 21-27: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Ángelus (31-08-2014): Saber discernir la voluntad de Dios

Domingo 31 de agosto del 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, tras verificar que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho..., ser ejecutado y resucitar al tercer día» (16, 21). Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Pedro, incluso, siente el deber de reprender al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final tan infame. Entonces Jesús, a su vez, reprende duramente a Pedro, lo pone «a raya», porque no piensa «como Dios, sino como los hombres» (cf. v. 23) y sin darse cuenta hace las veces de Satanás, el tentador.

Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, quien, al escribir a los cristianos de Roma, les dice: «No os amoldéis a este mundo —no entrar en los esquemas de este mundo—, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).

En efecto, nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús (cf. Mt 5, 13), es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor y del Espíritu Santo. En cambio, tendría que ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ella puede transformar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 19). Es triste encontrar cristianos «aguados», que se parecen al vino diluido, y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino diluido no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrar cristianos que ya no son la sal de la tierra, y sabemos que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Su sal perdió el sabor porque se entregaron al espíritu del mundo, es decir, se convirtieron en mundanos.

Por ello es necesario renovarse continuamente recurriendo a la savia del Evangelio. ¿Cómo se puede hacer esto en la práctica? Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, de modo que la Palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida. Recordadlo: os ayudará llevar siempre el Evangelio con vosotros: un pequeño Evangelio, en el bolsillo, en la cartera, y leer un pasaje durante el día. Pero siempre con el Evangelio, porque así se lleva la Palabra de Jesús y se la puede leer. Además, participando en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y además son muy importantes para la renovación espiritual las jornadas de retiro y de ejercicios espirituales. Evangelio, Eucaristía y oración. No lo olvidéis: Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo (v. 25). «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.

La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella.

Benedicto XVI, Papa

Ángelus (31-08-2008): ¿Por qué morir en la cruz?

Domingo 31 de agosto del 2008

Queridos hermanos y hermanas:

También hoy, en el Evangelio, aparece en primer plano el apóstol san Pedro, como el domingo pasado. Pero, mientras que el domingo pasado lo admiramos por su fe sincera en Jesús, a quien proclamó Mesías e Hijo de Dios, esta vez, en el episodio sucesivo, muestra una fe aún inmadura y demasiado vinculada a la "mentalidad de este mundo" (cf. Rm 12, 2).

En efecto, cuando Jesús comienza a hablar abiertamente del destino que le espera en Jerusalén, es decir, que tendrá que sufrir mucho y ser asesinado para después resucitar, san Pedro protesta diciendo: "¡Lejos de ti, Señor! De ningún modo te sucederá eso" (Mt 16, 22). Es evidente que el Maestro y el discípulo siguen dos maneras opuestas de pensar. San Pedro, según una lógica humana, está convencido de que Dios no permitiría nunca que su Hijo terminara su misión muriendo en la cruz. Jesús, por el contrario, sabe que el Padre, por su inmenso amor a los hombres, lo envió a dar la vida por ellos y que, si esto implica la pasión y la cruz, conviene que suceda así. Por otra parte, sabe también que la última palabra será la resurrección. La protesta de san Pedro, aunque fue pronunciada de buena fe y por amor sincero al Maestro, a Jesús le suena como una tentación, una invitación a salvarse a sí mismo, mientras que sólo perdiendo su vida la recibirá nueva y eterna por todos nosotros.

Ciertamente, si para salvarnos el Hijo de Dios tuvo que sufrir y morir crucificado, no se trata de un designio cruel del Padre celestial. La causa es la gravedad de la enfermedad de la que debía curarnos: una enfermedad tan grave y mortal que exigía toda su sangre. De hecho, con su muerte y su resurrección, Jesús derrotó el pecado y la muerte, restableciendo el señorío de Dios. Pero la lucha no ha terminado: el mal existe y resiste en toda generación y, como sabemos, también en nuestros días. ¿Acaso los horrores de la guerra, la violencia contra los inocentes, la miseria y la injusticia que se abaten contra los débiles, no son la oposición del mal al reino de Dios? Y ¿cómo responder a tanta maldad si no es con la fuerza desarmada y desarmante del amor que vence al odio, de la vida que no teme a la muerte? Es la misma fuerza misteriosa que utilizó Jesús, a costa de ser incomprendido y abandonado por muchos de los suyos.

Queridos hermanos y hermanas, para llevar a pleno cumplimiento la obra de la salvación, el Redentor sigue asociando a sí y a su misión a hombres y mujeres dispuestos a tomar la cruz y seguirlo. Como para Cristo, también para los cristianos cargar la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor. En nuestro mundo actual, en el que parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo no deja de proponer a todos su invitación clara: quien quiera ser mi discípulo, renuncie a su egoísmo y lleve conmigo la cruz. Invoquemos la ayuda de la Virgen santísima, la primera que siguió a Jesús por el camino de la cruz, hasta el final. Que ella nos ayude a seguir con decisión al Señor, para experimentar ya desde ahora, también en las pruebas, la gloria de la resurrección.

Ángelus (28-08-2011): El Camino para seguir a Jesús

Domingo 28 de agosto del 2011

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús explica a sus discípulos que deberá «ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21). ¡Todo parece alterarse en el corazón de los discípulos! ¿Cómo es posible que «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16) pueda padecer hasta la muerte? El apóstol Pedro se rebela, no acepta este camino, toma la palabra y dice al Maestro: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (v. 22). Aparece evidente la divergencia entre el designio de amor del Padre, que llega hasta el don del Hijo Unigénito en la cruz para salvar a la humanidad, y las expectativas, los deseos y los proyectos de los discípulos. Y este contraste se repite también hoy: cuando la realización de la propia vida está orientada únicamente al éxito social, al bienestar físico y económico, ya no se razona según Dios sino según los hombres (cf. v. 23). Pensar según el mundo es dejar aparte a Dios, no aceptar su designio de amor, casi impedirle cumplir su sabia voluntad. Por eso Jesús le dice a Pedro unas palabras particularmente duras: «¡Aléjate de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo» (ib.). El Señor enseña que «el camino de los discípulos es un seguirle a él [ir tras él], el Crucificado. Pero en los tres Evangelios este seguirle en el signo de la cruz se explica también... como el camino del «perderse a sí mismo», que es necesario para el hombre y sin el cual le resulta imposible encontrarse a sí mismo» (cf. Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 337).

Como a los discípulos, también a nosotros Jesús nos dirige la invitación: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). El cristiano sigue al Señor cuando acepta con amor la propia cruz, que a los ojos del mundo parece un fracaso y una «pérdida de la vida» (cf. ib. 25-26), sabiendo que no la lleva solo, sino con Jesús, compartiendo su mismo camino de entrega. Escribe el siervo de Dios Pablo VI: «Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta... morir en una cruz» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 de mayo de 1975: aas 67 [1975] 300-301). Aceptando voluntariamente la muerte, Jesús lleva la cruz de todos los hombres y se convierte en fuente de salvación para toda la humanidad. San Cirilo de Jerusalén comenta: «La cruz victoriosa ha iluminado a quien estaba cegado por la ignorancia, ha liberado a quien era prisionero del pecado, ha traído la redención a toda la humanidad» (Catechesis Illuminandorum XIII, 1: de Christo crucifixo et sepulto: PG 33, 772 b).

Queridos amigos, confiamos nuestra oración a la Virgen María y también a san Agustín, cuya memoria litúrgica se celebra hoy, para que cada uno de nosotros sepa seguir al Señor en el camino de la cruz y se deje transformar por la gracia divina, renovando —como dice san Pablo en la liturgia de hoy— su modo de pensar para «poder discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12, 2).

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico

Fundación Gratis Date, Pamplona, 2004

Piensas como los hombres
Mt 16,21-27


Cuando Jesús presenta el plan del Padre sobre su propia vida –muchos padecimientos y muerte en cruz–, Pedro se rebela y se pone a increpar a Jesús; se escandaliza de la manera como Dios actúa, y se pone a decir que eso no puede ser. ¿Acaso no es también esta nuestra postura muchas veces cuando la cruz se presenta en nuestra vida?

Pero fijémonos en la respuesta de Jesús a Pedro: «¡Apártate de mi vista, Satanás!». La expresión es tremendamente dura, pues Jesús le llama a Pedro «Satanás». Y ¿por qué? Porque piensa como los hombres y no como Dios. Pues bien, también nosotros tenemos que aprender a ver la cruz –nuestras cruces de cada día: dolores, enfermedades, problemas, dificultades...– como Dios, es decir, con los ojos de la fe. De esa manera no nos rebelaremos contra Dios ni contra sus planes.

Vista la cruz con ojos de fe no es terrible. Primero, porque cruz tiene todo hombre, lo quiera o no, sea cristiano o no. Pero el cristiano la ve de manera distinta, la lleva con paz y serenidad. El cristiano no se «resigna» ante la cruz; al contrario, la toma con decisión, la abraza y la lleva con alegría. El que se ha dejado seducir por el Señor y en su corazón lleva sembrado el amor de Dios no ve la cruz como una maldición. La cruz nos hace ganar la vida, no sólo la futura, sino también la presente, en la medida en que la llevamos con fe y amor.

Ofrenda permanente
Rom 12,1-2


«Os exhorto... a presentar vuestros cuerpos como hostia viva». La vida del cristiano es una ofrenda permanente de la propia existencia a Dios. «Este es vuestro culto razonable». Sin esta ofrenda de la propia vida el culto sería vacío, caeríamos en un mero ritualismo como el que tantas veces atacan los profetas. Cristo se ha ofrecido de verdad. Su ofrenda al Padre ha sido tan real que ha quedado sellada por el sacrificio del Calvario. Vivir la misa, participar en ella, es ofrecerse con Cristo al Padre; realmente, con toda nuestra vida, con todo lo que somos y tenemos. Y hacer que esta ofrenda se mantenga durante todo el día, durante toda la vida.

«No os ajustéis a este mundo». Toda nuestra vida y nuestra conducta ha de estar inspirada por la fe. Pero en el ambiente de la sociedad que nos rodea muchos criterios y muchas conductas no están inspiradas en el evangelio o son positivamente contrarias a él. Por eso no podemos pensar, vivir y actuar «como todo el mundo». El criterio que nos guía no puede ser ni lo que dice la televisión, ni lo que la gente opina, sino siempre y sólo el evangelio.

«Transformáos por la renovación de la mente para que sepáis discernir la voluntad de Dios». Hemos de vivir en conversión continua. Pero no sólo de nuestras obras, sino sobre todo de nuestros criterios. No basta actuar «con buena voluntad». Si nuestra mentalidad y nuestros criterios no son según el evangelio, ciertamente no haremos lo que Dios quiere. Por eso hemos de leer mucho la Palabra de Dios, para impregnarnos de ella. Hemos de leer a los santos, que son los que mejor han entendido y vivido el evangelio. Hemos de ayudarnos unos a otros a «respirar» según los criterios evangélicos. Y hemos de procurar ser coherentes al ponerlos en práctica, sin engañarnos a nosotros mismos (St 1,22).

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Cristo anuncia su Pasión. Figura de ella fue el profeta Jeremías, con las contradicciones que tuvo que pasar. También nosotros tenemos que sufrir y ese sacrificio hemos de ofrecerlo juntamente con el de Cristo, reactualizado sacramental-mente en la Misa, como una «hostia viva, santa y agradable a Dios».

En la cruz debe morir permanentemente nuestro hombre viejo y renovarse constantemente en Cristo. La urgencia y la teología vivenciada de la cruz de Cristo es siempre un imperativo insoslayable de nuestra vocación de cristianos. Es la garantía evangélica de nuestra incorporación a Cristo.

Jeremías 20,7-9: La palabra del Señor se volvió oprobio para mí. Entre los profetas mesiánicos, Jeremías fue un símbolo viviente de la contradicción entre los designios de Dios y las posturas pseudo-religiosas e irresponsables de los hombres. Como una figura del misterio de Cristo, signo de contradicción (Lc 2,34).

San Jerónimo expone el sentido espiritual de los serafines que rodeaban el trono alto y sublime y del que con un carbón ardiente toca la boca del profeta Isaías. Y comenta, sobre otro pasaje de Jeremías:

«Parecido a esto es aquello de Jeremías: «Toma de mi mano esta copa de vino espumoso y hazla beber a todas las naciones a las que yo te envíe; beberán hasta vomitar, enloquecerán y caerán ante la espada que voy a soltar entre ellas» (Jer 25,15-16). Al oír esto el profeta, no se negó ni dijo a ejemplo de Moisés: «¡Por favor, Señor! No soy digno. Busca a otro a quien enviar» (Gen 2,24), sino que como amaba a su pueblo, y creía que, si bebían la copa, serían exterminadas y caerían las naciones enemigas, tomó de buena gana la copa de vino espumoso, sin saber que entre todas las naciones también iba incluida Jerusalén.

«...Respecto a esta profecía, y aunque el orden está alterado en la mayoría de los códices, escucha lo que dice en otro pasaje: «Me has seducido, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido; me he convertido en irrisión y en objeto de burla todo el día» (Jer 20,7). El profeta tiene conciencia de la presencia divina en su vida. Esta presencia lo envuelve completamente. El fuego es una imagen muy apta para indicar la acción: quema, purifica, ilumina y calienta. La palabra de Dios es un impulso irresistible. Quien tiene la experiencia de Dios y de su Palabra no puede guardarla para sí. Tiene que transmitirla, hacerla fructificar y salvar a los hombres por ella, aunque los hombres, como sucedió con Jeremías, no quieran atender y se vuelvan contra el que la anuncia» (Carta 18,A,15, a Dámaso).

–Con el Salmo 62 proclamamos: «Mi alma está sedienta de Ti..., mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin vida... Tu gracia vale más que la vida... Mi alma está unida a Ti y tu diestra me sostiene. Por eso canto con júbilo... Te alabarán mis labios».

Romanos 12,1-2: Ofreceos vosotros mismos como sacrificio vivo. Un culto de propiciación es bueno, pero puede tener el peligro de ser utilitarístico. El culto cristiano es ante todo acción de gracias a Dios por todo cuanto hemos recibido de Él. Ha de ser también una respuesta de fe a través del empeño de una vida correspondiente. Ofrenda de cuanto tenemos y somos. Es también una súplica, pues nosotros y todos los hombres tenemos muchas necesidades temporales y eternas. San Juan Crisóstomo comenta:

«¿Cómo, dices, puede ser el cuerpo sacrificio? Que tu ojo no mira nada malo, y se hace sacrificio; no hable tu lengua nada torpe y se hace oblación; que tu mano no haga nada inicuo y se convierte en holocausto. Mas no bastan estas cosas; también es necesario que hagamos buenas obras, que tu mano dé limosnas, que tu boca bendiga a los que te injurian, que tus oídos escuchen asiduamente la predicación. La hostia no tiene mancha, la hostia es primicia. Que nosotros ofrezcamos así a Dios las manos, los pies, la boca y todos los otros miembros como primicias. Esa hostia agrada a Dios, no la de los judíos que era inmunda... Aquellos ofrecían muerto lo que era sacrificado; en nuestro caso, lo que se sacrifica se hace viviente. Cuando mortificamos nuestros miembros, entonces podemos vivir. Esta ley del sacrificio es ciertamente nueva» (Comentario a la Carta a los Romanos 20,1).

Mateo 16,21-27: El que quiere venirse conmigo que se niegue a sí mismo. La vida y la enseñanza de Cristo nos induce al «radicalismo». No podemos contemporizar con los bienes y criterios de este mundo. Hay que sentirse solidarios con las exigencias de un cristianismo total. El genuino cristiano es siempre un hombre conscientemente crucificado con Cristo en medio de los hombres. En esto consiste su sacerdocio y su sacrificio cristiforme. San Juan Crisóstomo dice:

««Tome su cruz». Lo uno se sigue de lo otro. No pensemos que la negación de nosotros mismos ha de llegar solo a las palabras, injurias y agravios. No. El Señor nos señala hasta dónde hemos de negarnos a nosotros mismos: hasta la muerte y la muerte más ignominiosa... «Y sígame». Cabe padecer y, sin embargo, no seguir al Señor, cuando no se padece por causa suya... Que todo se haga y se sufra por seguirle; que todo se soporte por amor suyo; que juntamente con el sufrimiento se practiquen las otras virtudes» (Homilía 55,2 sobre San Mateo).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día,
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
(Sal 85, 3. 5)

Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien,
siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que haciendo más religiosa nuestra vida,
acrecientes el bien en nosotros
y con solicitud amorosa lo conserves.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Esta ofrenda, Señor,
nos atraiga siempre tu bendición salvadora,
para que se cumpla por tu poder
lo que celebramos en estos misterios.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles.
(Sal 30, 20)

O bien:
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
(Mt 5, 9-10)

Oración post-comunión
Saciados con el pan del cielo te pedimos, Señor,
que el amor con que nos alimentas
fortalezca nuestros corazones
y nos mueva a servirte en nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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