Domingo XXVI Tiempo Ordinario (A)

Lecturas (Domingo XXVI Tiempo Ordinario – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Ez 18, 25-28 : Cuando el malvado se convierta de su maldad, salvará su vida
-Salmo: Sal 24 : Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna
-2ª Lectura: Flp 2, 1-11 : Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús
+Evangelio: Mt 21, 28-32 : Recapacitó y fue


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Clemente de Alejandría, Homilía, 39-40

«Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios»

Las puertas están abiertas para cualquiera que se gire sinceramente hacia Dios, con todo su corazón, y el Padre recibe con gozo a un hijo que se arrepiente de verdad. ¿Cuál es el signo del verdadero arrepentimiento? No volver a caer en las viejas faltas y arrancar de tu corazón, desde sus raíces, los pecados que te han puesto en peligro de muerte. Una vez borradas éstas, Dios vendrá a habitar en ti. Porque, como dice la Escritura, un pecador que se convierte y se arrepiente dará un gozo inmenso e incomparable al Padre y a los ángeles del cielo (Lc 15,10). Por eso el Señor exclamó: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13). «No quiero la muerte del pecador sino que se convierta» (Ez 33,11). «Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve blanquearán; aunque sean rojos como la escarlata, como lana blanca quedarán» (Is 1,18).

En efecto, Dios sólo puede perdonar los pecados y no imputar las faltas, mientras que el Señor Jesús nos exhorta a perdonar cada día a los hermanos que se arrepienten. Y si nosotros que somos malos sabemos dar cosas buenas a los demás (Mt 7,11), ¿cuánto más lo hará «el Padre lleno de ternura»? (2 Co 1,3). El Padre de toda consolación, que es bueno, lleno de compasión, misericordia y paciencia por naturaleza, atiende a los que se convierten. Y la conversión verdadera supone dejar de pecar y no mirar ya más hacia atrás. […] Lamentemos, pues, amargamente nuestras faltas pasadas y pidamos al Padre que las olvide. En su misericordia puede deshacer todo lo que se había hecho y, por el rocío del Espíritu, borrar las fechorías pasadas.

Benedicto XVI, Homilía (extracto), en Friburgo de Brisgovia el 25-09-2011

Jesús retoma en el Evangelio este tema fundamental de la predicación profética. Narra la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: “«No quiero». Pero después se arrepintió y fue” (Mt 21,29). El otro, sin embargo, dijo al padre: “«Voy, señor». Pero no fue” (Mt 21,30). A la pregunta de Jesús sobre quién de los dos ha hecho la voluntad del padre, los que le escuchaban responden justamente: “El primero” (Mt 21,31). El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Jesús – lo hemos oído – dirige este mensaje a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, es decir, a los expertos en religión de su pueblo. En un primer momento, ellos dicen “sí” a la voluntad de Dios. Pero su religiosidad acaba siendo una rutina, y Dios ya no los inquieta. Por esto perciben el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia. Así, el Señor concluye su parábola con palabras drásticas: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” (Mt 21,31-32). Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe.

De este modo, la palabra nos debe hacer reflexionar mucho, es más, nos debe impactar a todos. Sin embargo, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella como alejados de Jesús y del Reino de Dios. Absolutamente no. No, este el momento de decir más bien una palabra de profundo agradecimiento a tantos colaboradores, empleados y voluntarios, sin los cuales sería impensable la vida en las parroquias y en toda la Iglesia. La Iglesia… tiene muchas instituciones sociales y caritativas, en las cuales el amor al prójimo se lleva a cabo de una forma también socialmente eficaz y que llega a los confines de la tierra. Quisiera expresar en este momento mi gratitud y aprecio a todos los que colaboran en Caritas… u otras organizaciones, o que ponen generosamente a disposición su tiempo y sus fuerzas para las tareas de voluntariado en la Iglesia. Este servicio requiere ante todo una competencia objetiva y profesional. Pero en el espíritu de la enseñanza de Jesús se necesita algo más: un corazón abierto, que se deja conmover por el amor de Cristo, y así presta al prójimo que nos necesita más que un servicio técnico: amor, con el que se muestra al otro el Dios que ama, Cristo. Entonces, también a partir de Evangelio de hoy, preguntémonos: ¿Cómo es mi relación personal con Dios en la oración, en la participación en la Misa dominical, en la profundización de la fe mediante la meditación de la Sagrada Escritura y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica? Queridos amigos, en último término, la renovación de la Iglesia puede llevarse a cabo solamente mediante la disponibilidad a la conversión y una fe renovada.

En el Evangelio de este domingo – lo hemos oído – se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. El primer hijo dice no, pero después hace lo que se le ordena. El segundo dice sí, pero no cumple la voluntad del padre. El tercero dice “sí” y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo, que nos ha reunido a todos aquí. Jesús, entrando en el mundo, dijo: “He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (He 10,7). Este “sí”, no solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta en la muerte. […] Jesús ha cumplido la voluntad del Padre en humildad y obediencia, ha muerto en la cruz por sus hermanos y hermanas – por nosotros – y nos ha redimido de nuestra soberbia y obstinación. Démosle gracias por su sacrificio, doblemos las rodillas ante su Nombre y proclamemos junto con los discípulos de la primera generación: “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Ph 2,10).

[…] Pidamos a Dios el ánimo y la humildad de avanzar por el camino de la fe, de alcanzar la riqueza de su misericordia y de tener la mirada fija en Cristo, la Palabra que hace nuevas todas las cosas, que para nosotros es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), que es nuestro futuro. Amén.

Juan Pablo II

Homilía (extracto), en la Misa para los Universitarios Romanos, Basílica de San Pedro, el 16-12-1997

[…] 2. La palabra de Dios que acabamos de proclamar hace referencia a la viña del Señor, alegoría sugestiva que aparece a menudo en los evangelios y constituye el tema principal del pasaje de hoy. ¿Qué evoca la imagen de la viña? Siguiendo los textos evangélicos, podríamos decir que representa a todo el universo creado que, gracias a la venida de Cristo, se convierte de una manera particular en propiedad de Dios. En efecto, gracias a la redención de Cristo, el universo y el hombre comienzan a pertenecer de modo nuevo a Dios. Por tanto, podemos afirmar que la Navidad es, en cierto sentido, el día santo en el que el mundo visible y el hombre se convierten en la viña del Señor. A partir de dicho acontecimiento, el universo animado e inanimado cobra un significado diverso e inesperado, puesto que «Dios —como nos recuerda el evangelista san Juan— amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). ¿No encierran estas palabras el sentido profundo de la imagen de la viña, a la que Jesús se refiere con frecuencia en su predicación?

Por el misterio de la encarnación del Verbo, el hombre y el universo pueden alegrarse, sintiéndose «viña del Señor», objeto del amor salvífico de Dios.

3. «Ve (…) a trabajar en mi viña» (cf. Mt 21,28), dice el padre de la parábola evangélica a sus dos hijos, y espera de ellos una respuesta; no se contenta con palabras; quiere que lo hagan realmente. Los dos responden de modo diferente: el primero dice que va, pero después no lo hace; el segundo, en cambio, aparentemente rechaza la invitación del padre, pero luego se arrepiente y hace lo que se le pide. El evangelista san Mateo presenta así las dos actitudes típicas que los hombres, en el arco de la historia, adoptan con respecto a Dios. La invitación evangélica a trabajar en la viña del Señor resuena en la vida y en el corazón de todo hombre y toda mujer, llamados a comprometerse concretamente en la viña divina y a participar en la misión de salvación. En esta parábola, cada uno de nosotros puede reconocer su propia experiencia personal.

4. Queridos hermanos y hermanas, el mundo universitario, al que representáis aquí, constituye una tierra particularmente fértil para el desarrollo de los talentos humanos, con los que el Señor dota a cada uno para el bien de todos. Quien los usa y aprovecha mediante el estudio y la investigación, es capaz de emprender iniciativas que sirvan para promover el auténtico progreso del mundo.

Como recuerda el concilio ecuménico Vaticano II, «el progreso humano, que es un gran bien del hombre, lleva consigo, sin embargo, una gran tentación: la de que los individuos y los grupos, turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien con el mal, miren sólo sus intereses propios y no los de los demás. Lo que hace que el mundo no sea ya un espacio de verdadera fraternidad, mientras el poder acrecentado de la humanidad amenaza con destruir al propio género humano » (Gaudium et spes GS 37).

5. Sólo cuando el hombre, dejándose guiar por el Espíritu divino, se esfuerza por animar las realidades terrenas en la perspectiva del reino de Dios (cf. ib., 72), coopera en la realización del auténtico progreso de la humanidad. Es el Espíritu quien, favoreciendo el encuentro con el Hijo de Dios vivo, aleja del corazón del hombre toda presunción intelectual y lo lleva al verdadero bien y a la verdadera sabiduría, un don que hay que pedir y acoger con humildad…

En efecto, el saber que se funda en la fe, tiene dignidad cultural auténtica. El saber de la fe ilumina la búsqueda del hombre, la hace plenamente humana, porque «el misterio del hombre —como enseña el concilio Vaticano II— sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…). Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (ib., 22).

Así, se desarrolla una cultura que es del hombre y para el hombre; una cultura densa de valores, atraída por el esplendor de la verdad, evangelio de vida para el hombre de todos los tiempos, que se difunde y se enraíza en los campos del saber, en las formas de vida y de costumbres, y en el recto ordenamiento de la sociedad. En efecto, la jerarquía de los valores éticos desempeña un papel de importancia fundamental en todas las culturas.

7. Queridos hermanos y hermanas que vivís y formáis parte del mundo universitario, el clima sugestivo de la Navidad, que ya gustamos, nos invita a acoger con plena disponibilidad al Verbo que se hace carne para salvar y ennoblecer a la criatura humana. Reunidos en torno al altar para la celebración eucarística, contemplando el misterio del nacimiento de Cristo, nos sentimos impulsados a preguntarnos cómo podemos ser obreros fieles y generosos al servicio de su viña.

Jesús llama a cada uno a multiplicar en nuestra ciudad los lugares donde se proclame y profundice su Palabra de verdad, a fin de que se convierta en luz y apoyo para todos.

Abramos nuestro corazón al Señor que viene, para que, cuando llegue, nos encuentre a todos dispuestos a cumplir su voluntad.

María, Madre de la Sabiduría, ayúdanos a ser, como tú, dóciles servidores de tu Hijo Jesús. Amén.

Homilía (extracto), en la Misa para los Universitarios Romanos (Basílica de San Pedro) el 18-12-1979

[…] 2. El Evangelio de hoy es muy interesante. Se podría decir que en él se contiene, de algún modo, una lección concisa de caracterología. Se podría decir que este pasaje ha sido escrito por los hombres que quieren mirar con atención dentro de sí mismos. Efectivamente, cuánto hace pensar el comportamiento de estos dos jóvenes a los que, uno después del otro, dice el padre: `”Hijo, ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,25), primero se manifiesta inmediatamente dispuesto y no mantiene su palabra. En cambio, el otro, primero dice: “No quiero” (Mt 21, 29); pero después se puso a trabajar. Cuando Cristo pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” (Mt 21, 31), la respuesta espontánea es: obviamente este “último”.

Al escuchar estas palabras, estamos dispuestos a aplicarlas a nosotros mismos. Nos proponemos, pues, la pregunta: ¿a cuál de estos dos hermanos me parezco más? ¿A cuál de su comportamiento se parece mi comportamiento habitual? ¿Pertenezco a esos que se entusiasman fácilmente, prometen en seguida, y luego no hacen nada? Olvidan muy pronto que están obligados. O más bien ¿soy el hombre que primero dice “no”? Quizá en este primer “no” se ha convertido incluso en una costumbre, casi en una regla de mi conducta. Digo que “no”, sin darme cuenta de poder agraviar con ello a alguien… Pero… pero… necesito ese “no” para poder reflexionar, meditar sobre todos los “pros” y los “contras”. Para tomar una decisión finalmente. Y, como resultado, después de haber dicho primero “no”, al final digo que “sí”. En este caso, ¿no soy mejor que el que con su inicial “sí” no había ofendido; pero luego, nada ha hecho al fin? A la luz de las palabras de Cristo tengo derecho a pensar que obro mejor. Estas y semejantes meditaciones sobre el comportamiento y el carácter propio puede desarrollar cada uno de nosotros, escuchando el Evangelio de hoy. Son muy útiles. Especialmente son útiles para los jóvenes, que frecuentemente se preguntan: ¿quién soy?, ¿cómo soy?, ¿cuáles son mis predisposiciones?, ¿qué carácter debo formarme? Todo educador diligente, todo pedagogo experto dirá al joven: ¡Haceos estas preguntas! ¡Hacéoslas lo más pronto posible! ¡No tardéis!

3. El contexto completo de la liturgia de hoy indica que este acontecimiento significativo del Evangelio de San Mateo, cuyos protagonistas son los dos jóvenes, revela la dimensión más grande de la vida humana. Precisamente a esta dimensión se la debe llamar “adviento”. Permitidme que yo la llame así. Y permitidme que explique por qué he llamado así a esta dimensión de la vida humana, que se revela a través del acontecimiento que narra el Evangelio de hoy.

Ante todo, vosotros sentís ciertamente necesidad de la siguiente explicación introductoria y fundamental: nos hemos acostumbrado a definir con la palabra “adviento” a un cierto período litúrgico que precede a la Navidad y nos prepara a ella. ¿Pero se puede afirmar que el “adviento” es una “dimensión de la misma vida humana”?

Según la liturgia de hoy quisiera probar que es indispensable tal extensión del significado, si no debe resultar vacío el adviento entendido como un período litúrgico. Este “Adviento” litúrgico, efectivamente, lo vivimos sólo en tanto en cuanto seamos capaces de descubrir el “adviento” en nosotros como una dimensión fundamental de nuestra vida, de nuestra existencia terrestre.

Precisamente a esto llama el padre, propietario de la viña, en el Evangelio de hoy, a sus dos hijos.

4. En efecto, ¿qué significa la “viña”?

La viña significa a la vez un conjunto y cada una de las partes de ese conjunto. Significa todo el mundo creado por Dios para el hombre: para cada uno de los hombres y para todos los hombres. Y simultáneamente significa esa partícula del mundo, ese “fragmento” que es un deber concreto para cada hombre concreto.

En este significado segundo la “viña” está a la vez “dentro de nosotros” y “fuera de nosotros”. Debemos cultivarla, mejorando el mundo y mejorándonos a nosotros mismos. Más aún, lo uno depende de lo otro: hago al mundo mejor, en tanto en cuanto mejoro yo mismo.De lo contrario soy sólo un “técnico” del desarrollo del mundo y no un “trabajador en la viña”.

Así pues, esa “viña”, a la que he sido enviado como había sido enviado cada uno de los dos hijos del Evangelio de hoy, debe convertirse, al mismo tiempo, en lugar de mi trabajo por el mundo y de mi trabajo en mí mismo. Y eso es así en cuanto tengo una sólida conciencia de que Dios ha creado el mundo para el hombre. En este mundo visible Dios ha venido por vez primera al hombre y viene a él continuamente. Viene mediante todo lo que este mundo es, mediante todo lo que oculta en sí. Cada vez que el hombre avanza en descubrir lo que el mundo creado esconde en sí, se elogia el genio del hombre y la mayoría de las veces se detiene aquí. Mientras —si se reflexiona profundamente sobre el problema— ese mundo que el hombre descubre cada vez mejor, es el adviento cada vez irás pleno del Creador. Si vivimos el período litúrgico del Adviento cada año, lo hacemos para extenderlo también a ese adviento cada vez más pleno del Creador. Cada vez se le amplía más al hombre esa “viña” a la que ha sido llamado.

5. Sin embargo, la “viña” significa también el mundo interior.Este mundo es el hombre mismo. Cada hombre constituye este mundo único e irrepetible. Dios-Creador viene a este mundo interior a través del mundo exterior, pero a la vez viene también directamente. Viene de modo incomparable, diferente de todos los seres creados. Porque el hombre es imagen y semejanza de Dios. Y por esto ese adviento de Dios se realiza también directamente en el hombre. No sólo mediante el mundo que lleva en sí las huellas de la Sabiduría y del Poder creadores, sino directamente. En esta venida directa al hombre, Dios es no sólo Creador, sino sobre todo Padre. Viene, pues, al hombre en su Hijo, en el Verbo eterno. Viene como Padre en el Hijo, de otro modo no sería el adviento del Padre.

Este adviento del Padre en la historia del hombre es tan antiguo como el hombre. Nos hablan de esto los primeros capítulos de la revelación, las primeras páginas del libro del Génesis. Ya el primer lugar de la existencia humana era esta “viña” interior. Esa “viña” interior la recibimos en herencia del primer hombre, tal como heredamos también el mundo exterior, la tierra que el Creador confió al hombre para que la sometiese (cf. Gn 1,28).

En el mismo lugar, al principio, entra también el pecado en la historia del hombre. El pecado original es una de esas realidades sobre las que la liturgia del Adviento se detiene con atención especial. En este cuadro comprendemos mejor el significado de la fiesta de la Inmaculada Concepción que se celebra en el Adviento. Poniendo de relieve este privilegio excepcional de la Virgen, elegida para convertirse en Madre del Redentor, el Adviento quiere, al mismo tiempo, recordarnos que esta “viña” heredada de nuestros progenitores, produce “espinas y cardos” (Gn 3,18), que encontramos en los campos roturados por el trabajo del agricultor. Los encontramos también en nosotros, en nuestro corazón, También de él se puede decir que produce “espinas y cardos”.

Y por esto es difícil el trabajo en la viña interior. Y no hay que maravillarse de que, a veces, un joven llamado a trabajar en ella, diga su “no iré”. No obstante, el trabajo en la “viña interior” es indispensable. De otro modo el hombre introduce el pecado, introduce el mal, en este mundo que fue creado para él. Y en la “viña interior” se amplía el círculo del pecado, aumentando en poderío las estructuras del pecado. La atmósfera del mundo en que vivimos se vuelve moralmente cada vez más envenenada. No podemos rendirnos a esta destrucción del ambiente humano por parte del pecado. Es necesario oponerse a él.

6. ¿Quién es Jesucristo? ¿Aquel a quien nos dirigimos con la ardiente invocación “Ven… no tardes”? ¿Aquel a cuya venida en la noche de Belén nos preparamos y se prepara cada hombre, mediante el período litúrgico de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad? Es la revelación plena y definitiva del adviento de Dios en la historia del hombre. Dios viene al hombre literalmente. No ya mediante las obras de la creación, esto es a través del mundo que habla de El. No ya sólo mediante los hombres que anuncian la verdad divina, como los profetas y los grandes jefes del Pueblo de la Antigua Alianza, Dios viene al hombre de modo mucho más radical y definitivo: viene por el hecho de que El mismo se hace Hombre, Hijo del hombre. “Con la encarnación —leemos en la Constitución del Concilio Gaudium et spes— el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Nb 22).

Jesucristo es la revelación más plena y definitiva del adviento de Dios en la historia de la humanidad y en la historia de cada uno de los hombres. De cada uno de nosotros. Y en El, en su venida, en su Nacimiento en el establo de Belén, luego en toda su vida de enseñanza, finalmente en su cruz y en su resurrección, somos llamados, todos y cada uno de nosotros, de modo definitivo a la “viña”. El que es la plenitud del adviento de Dios, es también la plenitud de la llamada divina dirigida al hombre. En El parece que Dios nos dice a cada uno de nosotros: ¡”no tardes”!

7. Debemos admitir que esta “viña” nuestra, exterior e interior, ha cambiado mucho por el hecho de la venida de Cristo. Por obra del Verbo divino se ha encontrado en una luz nueva, totalmente expuesta al sol. Por obra de los santos sacramentos se ha hecho fértil de manera nueva. El trabajo en ella es, al mismo tiempo, más fácil (Cristo mismo dice: “mi yugo es blando y mi carga ligera”, Mt 11,30), pero es también más comprometido: efectivamente, Cristo lo llama “yugo” y “carga”.

Es preciso mirar a esta viña con un sentido de máximo realismo.Volverla a encontrar en lo concreto de nuestra, de vuestra vida ele estudiantes, de universitarios.

8. ¿En qué sentido vosotros, universitarios, estáis invitados a trabajar en la viña personal de vuestra vida, en este período. tan importante y tan decisivo para vosotros?

A la luz del mensaje de Navidad, esto es de la Encarnación de Dios en la historia humana, quisiera exhortaros a un serio compromiso en el estudio, es decir, en la preparación a la vida profesional que habéis elegido, entendiéndola como un servicio al hombre, como un acto de amor a la humanidad. Esta necesita de profesionales bien preparados, serios, responsables, porque a ellos está confiada la vida de cada uno y de la comunidad del mañana. La humanidad necesita de personalidades equilibradas, maduras, generosas, comprensivas, que hayan superado todo egoísmo. Y éste es precisamente el tiempo precioso de vuestra formación intelectual, Moral, afectiva, para las tareas que os esperan en la sociedad y para las que asumiréis un día en la familia que estaréis llamados. a formar y que desde hoy debe polarizar vuestras energías morales, a fin de que seáis mañana esos padres y esas madres que Dios quiere, que la Iglesia espera.

Comprometeos en la profundización de vuestra fe. El vivo contraste de hoy de las distintas mentalidades derivadas de diversas filosofías y el pluralismo ideológico exigen un conocimiento más profundo y claro de la propia fe, para poderla vivir y testimoniar con más serena convicción. Más allá de las tensiones y de las crisis, provocadas por las ideologías anti- o acristianas, hay hoy gran necesidad de estudio serio y metódico de la revelación, para comprender que no hay contraste entre fe y ciencia. y cómo la ciencia en sus aplicaciones debe estar iluminada también por la fe.

Éste debe ser también vuestro gozoso compromiso de universitarios.

Finalmente, comprometeos a vivir en “gracia”. Jesús ha nacido en Belén precisamente para esto: para revelarnos la verdad salvífica y para darnos la vida de la gracia. Comprometeos a ser siempre partícipes de la vida divina injertada en nosotros por el bautismo. Vivir en gracia es dignidad suprema, es alegría inefable, es garantía de paz, es ideal maravilloso y debe ser también preocupación lógica de quien se llama discípulo de Cristo. Por tanto, Navidad. significa la presencia de Cristo en el alma mediante la gracia.’

Y si por debilidad de la naturaleza humana se ha perdido la vida divina a causa del pecado grave, entonces Navidad debe significar el retorno a la gracia. mediante la confesión sacramental, realizada con seriedad de arrepentimiento, de propósitos. Jesús viene también para perdonar; el encuentro personal con Cristo es una conversión, un nuevo nacimiento para asumir totalmente las responsabilidades propias de hombre y de cristiano.

9. “Ven, Señor, no tardes”.

Mis queridos amigos, deseo que salgáis de nuestro encuentro de hoy, mejor y más profundamente preparados para la fiesta de Navidad. Deseo que ampliéis en vosotros esa “dimensión interior del Adviento”, que es una dimensión esencial de toda la existencia cristiana.

Finalmente, deseo que este encuentro con Cristo, al que se prepara toda la Iglesia, os traiga la alegría. La verdadera alegría, y que vuestra alegría sea plena (cf. Jn 1; Jn 4).

Ven, Señor, no tardes.

10. Permitidme todavía que formule. algunas intenciones para nuestra oración común.

Los hechos que en los últimos días y semanas han sacudido a la opinión pública, están ciertamente presentes en la conciencia de cada uno de nosotros: No se puede menos de encomendarlos a Dios, no se pueden dejar estos problemas fuera del ámbito de nuestra oración…

[…] Debemos manifestar, de diversos modos, la solidaridad fraterna con los que mueren asesinados. Con los que —ahora no hace mucho— han sido heridos. Con todos los que sufren. Es necesario también —así como lo hizo Cristo— orar por los que hacen sufrir y provocan la muerte, que difunden la violencia y siembran el terror.

Sin embargo, al. mismo tiempo no podemos dejarnos de preguntar: ¿cuál es la finalidad de estos actos que causan tanto sufrimiento a cada uno de los hombres, a familias enteras y a diversos ambientes? Y no podemos dejar de preguntar de qué fuentes, de qué premisas, de qué concepción del mundo (más bien resultaría difícil hablar en estos casos de una “ideología”) toma origen este comportamiento en relación con el hombre, la falta total del respeto a la vida, la tendencia desenfrenada a la violencia, a la destrucción y al homicidio.

Debemos pensar sobre esto. Debemos reflexionar sobre todo esto.

Debemos hacer de estas manifestaciones peligrosas el tema de nuestra oración personal y comunitaria. Y también debemos hacer objeto de nuestra oración la gran amenaza del mundo y en particular de nuestro continente europeo, que se ha manifestado en el curso de las últimas semanas.

Sobre este problema —que justamente inquieta a la opinión de todos— volveré todavía con ocasión de la próxima Jornada mundial de la Paz, a la que se refiere también el mensaje publicado hoy y que se titula: La verdad, fuerza de la paz.

Deseo insertar en nuestra oración de hoy, en nuestra liturgia eucarística, todos estos problemas, cargados de solicitud social. Sí, es necesario orar. Es necesario velar en oración delante de Dios, para que el mal, que está creciendo en los hombres, no se haga más fuerte por nuestra debilidad. Y es necesario gritar juntos en la liturgia de Adviento:

“¡Ven, Señor, no tardes!”.

Congregación para el Clero

¡Nuestras acciones nos siguen!
Es esta la dramática y fascinante realidad que surge con fuerza de las lecturas de este domingo. Dramática, porque la responsabilidad personal de las acciones cumplidas no puede ser cancelada y representada al mismo momento (en este sentido es un drama) de la vida. Fascinante, porque en ella se manifiesta de modo especial la grandeza y la unidad del hombre, única creatura libre.
En un contexto cultural que tiende a aplastar las diferencias y a reducir al hombre a “uno de los animales vivientes”, es necesario cuestionarnos con valor: ¿Mi persona, lo que soy, mis pensamientos, son solamente el fruto de reacciones químicas más o menos complejas?

La tecnociencia pretende dominar la realidad y aumentar indebidamente la posibilidad de tener una única clave de lectura funcionalista de los fenómenos humanos. Esta pretende reducir al hombre al simple éxito de meras  reacciones químicas. Pero en tal modo, no reconoce la libertad y paradójicamente lo hace esclavo de “mecanismos” deterministas, reduciéndolo a una función, tal vez, solo un poco variable de un sistema de control.

La escritura, por el contrario, llama a la responsabilidad del hombre. «Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido». Las acciones humanas no son neutrales ni indiferentes, porque determinan nuestra vida y pueden determinar nuestra “muerte a la Gracia”.

La llamada a la responsabilidad personal, lejos de recordar tonos apocalípticos o  amenazantes, hace presente a un Dios Padre que deja a sus hijos libres. El Señor no quiere esclavos que lo sirvan, si no hijos que libremente lo amen, y no con palabras, si no con hechos, con toda la entera existencia.

Y lo que surge en la pregunta que Jesús pedagógicamente dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué les parece?, como diciendo: juzguen ustedes mismos; experimenten como mis enseñanzas son extraordinariamente en correspondencia a la razón, al corazón de los hombres.

Y es de extraordinaria eficacia que la parábola, utilizada por el Señor no hable de patrones o de esclavos, si no de un hombre y de dos hijos. “Un hombre tenía dos hijos“, para indicar como la relación filial se alimenta en el cumplimiento de la voluntad del Padre; y tal cumplimiento, sucede ante todo en los hechos, en las acciones que cada uno cumple. Los mismos interlocutores del Señor, desarmados, reconocen que es el primer hijo quien cumple la voluntad del Padre; aquel que a pesar de haber dicho: «No quiero. Pero después se arrepintió y fue».

En aquel “arrepentimiento” se encierra toda la belleza y la fuerza del encuentro entre Gracia y libertad; entre la voluntad de Dios conocida y la voluntad de Dios efectuada. En esta, el hombre se expresa plenamente, se vuelve más hombre, siendo más hijo, más responsable, y por lo tanto adulto en sentido relacional de las propias acciones.

Por esta razón y en esta dirección, el Apóstol afirma: «No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús».

Nos invita en tal modo, a una radicalidad existencial que siempre debe caracterizar los discípulos del Señor, los cuales reconocen la importancia de las acciones humanas, libres y racionales y al mismo tiempo la fragilidad de la libertad creada y por lo tanto lo indispensable de la Gracia.

La Beata Virgen María, mujer de acción y de entrega, Ella, que más que ninguna otra creatura cumplió la voluntad de Dios, nos ayude a que nuestra existencia se convierta en un “SI” al Padre, que nos invita a la viña a un efectivo trabajo de colaboración a la Obra divina de salvación para nosotros y  para nuestros hermanos. 

www.deiverbum.org [*]
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