Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (A)

Lecturas (Domingo XXVIII Tiempo Ordinario – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Is 25, 6-10a : El Señor preparará un festín y enjugará las lágrimas de todos los rostros
-Salmo: Sal 22 : Habitaré en la casa del Señor, por años sin término
-2ª Lectura: Flp 4, 12-14. 19-20 : Todo lo puedo en aquel que me conforta
+Evangelio: Mt 22, 1-14 : A todos los que encontréis, convidadlos a la boda


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio Magno, Homilía 38 sobre Mateo

«Dichosos los invitados alas bodas del Cordero»

¿Habéis comprendido quién es ese rey, padre de un hijo que es también rey? Es aquel de quien dice el salmista: «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes» (71,1)… «Celebraba la boda de su hijo». El Padre celebra, pues la boda del rey, su Hijo cuando le ha unido a la Iglesia en el misterio de la Encarnación. Y el seno de la virgen María ha sido la cámara nupcial de este Esposo. Por eso dice también un salmo: «Allí le ha puesto su tienda al sol, él sale como el esposo de su alcoba» (Sal 18, 5-6).

Envió a sus siervos para invitar a sus amigos a estas bodas. Les envió una primera y una segunda vez, es decir, primero mandando a los profetas, después a los apóstoles para que anunciaran la encarnación del Señor… A través de los profetas anunció como futura la encarnación de su hijo único, y a través de los apóstoles la predico como ya cumplida…

«Pero los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios». Ir a sus tierras significa entregarse sin medida a las tareas de aquí abajo. Ir a sus negocios es buscar ávidamente un provecho personal en los negocios de este mundo. Uno y otro son negligentes a la hora de pensar en el misterio de la encarnación del Verbo y vivir conforme a él… Todavía es más grave es lo que hacen algunos que, no contentos con menospreciar el favor del que los llama, le persiguen… De todas maneras el Señor no dejará lugares vacíos en el banquete de bodas de su Hijo. Manda ir a buscar a otros convidados, porque la palabra de Dios, aunque todavía es desconocida por muchos, un día encontrará quién donde descansar…

Pero vosotros, hermanos, que por la gracia de Dios habéis entrado ya en la sala del banquete, es decir, en la santa Iglesia, examinaos atentamente por miedo a que, cuando el rey entre, no encuentre ninguna cosa reprensible en la vestidura de vuestra alma.

San Agustín, sermones

(Sermón 90,1.5.6: PL 38, 559.561-563)

El traje de fiesta es el amor

Todos los fieles conocen la parábola de las bodas del hijo del rey y su banquete, así como la magnificencia de la mesa del Señor, dispuesta para quienes tengan la voluntad de gustarla. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?»

¿De qué se trata, pues? Indaguemos, hermanos míos, quienes de entre los fieles tienen algo que no tienen los malos, y ése será el traje de fiesta. Si dijéramos que son los sacramentos, ya veis que son comunes a buenos y malos. ¿Quizá el bautismo? Sin el bautismo, en efecto, nadie llega a Dios; pero no todo el que ha recibido el bautismo llega a Dios. En consecuencia, no puedo entender por traje de fiesta el bautismo, me refiero al sacramento en sí, pues es un traje que veo así en los buenos como en los malos. Podría ser el altar o lo que se recibe en el altar. Vemos que muchos comen, pero se comen y beben su propia sentencia. ¿De qué se trata, pues? ¿Del ayuno? Pero también ayunan los malos. ¿De la asistencia a la Iglesia? También acuden los malos. ¿Cuál es, pues, el traje de fiesta aquél? Este es el traje de fiesta: Esa orden —dice el Apóstol—tiene por objeto el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Este es el traje de fiesta.

Pero no un amor cualquiera, pues muchas veces parecen amarse incluso hombres cómplices de una mala conciencia. Pero en ellos no hallamos ese amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Un amor así es el traje de fiesta.

Dice el Apóstol: Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Ya podría —dice—tener todo esto, si no tengo a Cristo, no soy nada. ¿Es que la profecía no sirve para nada? ¿Es que el conocimiento de todos los secretos es inútil? No es que estas cosas no sean nada: soy yo el que no soy nada si, poseyendo esos carismas, no tengo amor. ¡Cuántos bienes no sirven de nada si falta el único Bien! Si no tengo amor, aunque repartiese cuantiosas limosnas a los pobres, aunque llegase en la confesión del nombre de Cristo hasta el derramamiento de sangre o hasta dejarme quemar vivo, estas cosas pueden también llevarse a cabo por amor a la gloria y estar en consecuencia desprovistas de valor salvífico. Como quiera que la vanagloria puede hacer estériles acciones que la divina caridad haría sobremanera fecundas, el mismo Apóstol enumera dichas acciones, que tú puedes escuchar: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. Este es el traje de fiesta. Examinaos: si lo tenéis, estad tranquilos en el banquete del Señor.

El traje de fiesta tiene como finalidad honrar la unión conyugal, esto es, se le pone en honor del esposo y de la esposa. Conocéis al esposo: es Cristo. Conocéis a la esposa: es la Iglesia. Honrad a la Esposa, honrad al Esposo. Si os mostráis obsequiosos con los desposados, os convertiréis en hijos suyos. En esto, pues, habéis de progresar. Amad al Señor, y así aprenderéis a amaros a vosotros mismos. De suerte que si al amar al Señor os amarais a vosotros mismos podréis con toda seguridad amar al prójimo como a vosotros mismos.

Juan Taulero, Sermón 74

En honor de Santa Cordula

«Venid al banquete de bodas»

“Todo está preparado”. Pero los invitados se excusan. “Uno se iba a su campo, el otro a su negocio.” Se ve demasiado en nuestros días este asombroso afán por los negocios, esta continua agitación que mueve el mundo entero. A uno se le va la cabeza al considerar tantos vestidos, tanta comida, tantas edificaciones y muchas otras cosas, que con la mitad habría bastante y de sobras. Debemos alejarnos con todas nuestras fuerzas de esta exceso de actividad y de multiplicidad, a todo lo que no es estrictamente necesario, recogernos en nosotros mismos, dedicarnos a nuestra vocación, considerar dónde, cómo y de qué manera el Señor nos ha llamado, a uno a la contemplación interior, a otro a la acción, a un tercero más allá de los primeros, hacia un reposo interior afable, en el silencio tranquilo de las divinas tinieblas, en la unidad de espíritu.

Pero si el hombre, llamado al silencio interior sereno y noble, en el vacío de la nube oscura (cf. Ex 24, 18) quisiera abstenerse por ello, de toda obra de caridad, no haría bien. Este hombre también tiene que hacer las obras de caridad según las circunstancias le inviten a ello…

“Mi banquete está preparado, he matado becerros y cebones, y todo está a punto…” (Mt 22,4) El festín es figura del reposo interior en el que uno goza de Dios como él goza de sí mismo, de manera activa, donde el amo, el rey, viene toda hora a hacerse presente en el banquete. Pero el evangelio cuenta, a renglón seguido, que el amo encontró uno e los comensales del festín sin el vestido de fiesta. El vestido nupcial que le faltaba al huésped es la caridad pura, auténtica y divina, la caridad que no quiere más que lo que Dios quiere…El amor y la intención de algunos no son del todo según Dios, sino que se buscan a si mismos. A éstos dice el Señor: “Amigo ¿cómo has venido aquí sin en el vestido de la caridad auténtica? Has venido a buscar más bien los dones de Dios que a Dios mismo.”

San Juan Pablo II

Homilía, 10-10-1999

En la parroquia romana de Santa Catalina de Siena

1. “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo” (Mt 22, 2).
En el evangelio que acabamos de proclamar, Jesús describe el reino de Dios como un gran banquete de boda, con abundancia de alimentos y bebidas, en un clima de alegría y fiesta que embarga a todos los convidados. Al mismo tiempo, Jesús subraya la necesidad del “traje de fiesta” (Mt 22, 11), es decir, la necesidad de respetar las condiciones requeridas para la participación en esa fiesta solemne.

La imagen del banquete está presente también en la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, donde se subrayan la universalidad de la invitación “para todos los pueblos” (Is 25, 6) y la desaparición de todos los sufrimientos y dolores: “Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25, 8).

Son las grandes promesas de Dios, que se cumplieron en la redención realizada por Cristo, y que la Iglesia, en su misión evangelizadora, anuncia y ofrece a todos los hombres. La comunión de vida con Dios y con los hermanos, que por obra del Espíritu Santo se actúa en la existencia de los creyentes, tiene su centro en el banquete eucarístico, fuente y cumbre de toda la experiencia cristiana. Nos lo recuerda la liturgia cada vez que nos disponemos a recibir el cuerpo de Cristo. Antes de la comunión, el sacerdote se dirige a los fieles con estas palabras: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Sí, somos verdaderamente dichosos, porque hemos sido invitados al banquete eterno de la salvación, preparado por Dios para todo el mundo.

5. “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13). Con estas palabras, san Pablo expresa el sentido profundo de su vida misionera. Ésta es también la síntesis de la experiencia espiritual de de todos los fieles servidores del Evangelio. Deseo que también vuestra comunidad repita con el apóstol san Pablo y con los verdaderos discípulos de Cristo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.

Pidamos al Señor, con las palabras de la oración Colecta de la liturgia de hoy, que su gracia continuamente nos preceda y acompañe en nuestro camino personal y comunitario, de manera que, sostenidos por su ayuda paterna y por la intercesión materna de María, Madre de la Iglesia, no nos cansemos jamás de hacer el bien.

Amén

Homilía, 11-10-1981

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA DE CASTELGANDOLFO

La liturgia de hoy, con las palabras del Salmo 23, habla del Señor que es el Pastor de su pueblo, Pastor de cada una de las almas: realmente el Buen Pastor.

El es quien garantiza a su grey, que somos nosotros, la abundancia y la seguridad de los pastos de su gracia. Por esto, el Señor es la fuente de nuestra alegría:. “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 23, 4). Bajo su guía estamos tranquilos y avanzamos decididamente por el camino de nuestra vida y de nuestras responsabilidades.

3. San Pablo en la Carta a los Filipenses traduce, en cierto sentido, el texto del antiguo Salmo a la lengua del Nuevo Testamento, cuando escribe: “En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús” (Flp 4, 19).

¡Os exhorto, queridos hermanos y hermanas, a vivir la misma fe del Apóstol! ¡Busquemos esta riqueza que Dios ofrece a los hombres en Jesucristo! Sepamos repetir con el Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

Por desgracia, hoy, muchos hombres no parecen tener el sentido de las riquezas espirituales que se derivan de la comunión con el Señor. Muchos son seducidos por una actitud materialista y laicista, que no quiere darse cuenta de esta dimensión superior del hombre. Es necesario estar en guardia ante estas perspectivas secularizantes. Por esto es necesaria una conversión continua de la mente y del corazón. Sólo así las riquezas de Dios, ofrecidas a los hombres en Cristo, se revelan cada vez más plenamente a la mirada de nuestras almas.

4. Y por esto también, con la ocasión de la visita de hoy a vuestra parroquia, deseo a cada uno y a todos que ante la invitación al “banquete de la boda de su hijo”, no os comportéis como hemos escuchado en el Evangelio.

Efectivamente, los primeros invitados “no quisieron ir” (Mt 22, 3); después, otros “no hicieron’ caso” (ib., 22, 5); otros hasta insultaron o mataron a los criados que llevaban la invitación (cf. ib., 22, 6). Todos ellos, en realidad “no se lo merecían” (ib., 22, 8), probablemente porque con inaudita presunción y autosuficiencia juzgaron el banquete inútil o, al menos, inferior a las propias exigencias y pretensiones. En efecto, fueron los pobres quienes aceptaron la invitación, aquellos que estaban parados “en los cruces de los caminos… buenos y malos” (ib., 22, 9. 10), esto es, aquellos que en su humildad conocieron la riqueza inmerecida del don de Dios y lo aceptaron con sencillez. Es preciso que también nosotros seamos ante todo conscientes de la invitación a una comunión transformante con el Señor, invitación que se nos hace por la Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia; y, además, que sepamos acogerla con todo el corazón, con plena disponibilidad, en la certeza de que el Señor sólo quiere nuestra promoción, nuestra salvación. Finalmente, como sugiere la alegoría del traje nupcial con la que se concluye la parábola, también estamos llamados a presentarnos al Señor llevando un traje adecuado; consiste en las buenas obras que deben acompañar nuestra fe, como nos advierte el mismo Jesús: “Si vuestra justicia (esto es, vuestra vida real) no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (ib., 5, 20). Pero si esto se realiza, entonces la fiesta es plena e intensa.

5. Pienso que los deseos qué presento hoy a la parroquia… a todos sus feligreses, se resumen del modo mejor y más incisivo en las palabras que hemos escuchado juntos en el canto del “Alleluia”: “El Padre de nuestro Señor Jesucristo nos dé espíritu de sabiduría para que podamos conocer cuál es la esperanza de nuestra llamada” (cf. Ef 1, 17-18).

Permitidme que con estas palabras de San Pablo exprese todo lo que, en mi corazón, siento por vosotros, queridos hermanos y hermanas, que vivís aquí… en la perspectiva de la Asunción de la Madre de Dios. A Ella me dirijo también con oración ferviente, para que os ayude en el cumplimiento de estos santos deseos. Amén.

Catequesis, Audiencia general, 18-09-1991

2. Dice Jesús: «El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (Mt 22, 2). La parábola del banquete nupcial presenta el reino de Dios como una iniciativa real ―y, por tanto, soberana― de Dios mismo. Incluye también el tema del amor y, con mayor propiedad, del amor nupcial: el hijo, para el que el padre prepara el banquete de bodas, es el esposo. Aunque en esta parábola no se habla de la esposa por su nombre, las circunstancias permiten suponer su presencia y su identidad. Esto resultará más claro en otros textos del Nuevo Testamento, que identifican a la Iglesia con la Esposa (Jn 3, 29; Ap 21, 9; 2 Co 11, 2; Ef 5, 23-27. 29).

3. Por el contrario, la parábola contiene de modo explícito la indicación acerca del Esposo, Cristo, que lleva a cumplimiento la Alianza nueva del Padre con la humanidad. Ésta es una alianza de amor, y el reino mismo de Dios se presenta como una comunión (comunidad de amor), que el Hijo realiza por voluntad del Padre. El «banquete» es la expresión de esta comunión. En el marco de la economía de la salvación descrita por el Evangelio, es fácil descubrir en este banquete nupcial una referencia a la Eucaristía: el sacramento de la Alianza nueva y eterna, el sacramento de las bodas de Cristo con la humanidad en la Iglesia.

4. A pesar de que en la parábola no se nombra a la Iglesia como Esposa, en su contexto se encuentran elementos que recuerdan lo que el Evangelio dice sobre la Iglesia como reino de Dios. Por ejemplo, la universalidad de la invitación divina: «Entonces [el rey] dice a sus siervos (…): «a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (Mt 22, 9). Entre los invitados al banquete nupcial del Hijo faltan los que fueron elegidos en primer lugar: esos debían ser huéspedes, según la tradición de la antigua Alianza. Rechazan asistir al banquete de la nueva Alianza, aduciendo diversos pretextos. Entonces Jesús pone en boca del rey, dueño de la casa: «Muchos son llamados, mas pocos escogidos» (Mt 22, 14). En su lugar, la invitación se dirige a muchos otros, que llenan la sala del banquete. Este episodio nos hace pensar en otras palabras que Jesús había pronunciado en tono de admonición: «Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mientras que los hijos del reino serán echados a las tinieblas de fuera» (Mt 8, 11-12). Aquí se observa claramente cómo la invitación se vuelve universal: Dios tiene intención de sellar una alianza nueva en su Hijo, alianza que ya no será sólo con el pueblo elegido, sino con la humanidad entera.

5. El desenlace de esta parábola indica que la participación definitiva en el banquete nupcial está supeditada a ciertas condiciones esenciales. No basta haber entrado en la Iglesia para estar seguro de la salvación eterna: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de bodas?» (Mt 22, 12), pregunta el rey a uno de los invitados. La parábola, que en este punto parece pasar del problema del rechazo histórico de la elección por parte del pueblo de Israel al comportamiento individual de todo aquel que es llamado, y al juicio que se pronunciará sobre él, no especifica el significado de ese «traje» Pero se puede decir que la explicación se encuentra en el conjunto de la enseñanza de Cristo. El Evangelio, en particular el sermón de la montaña, habla del mandamiento del amor, que es el principio de la vida divina y de la perfección según el modelo del Padre: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). Se trata del «mandamiento nuevo» que, como enseña Cristo, consiste en esto: «Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Por ello, parece posible colegir que el «traje de bodas», como condición para participar en el banquete, es precisamente ese amor.

Esa apreciación es confirmada por otra gran parábola, de carácter escatológico: la parábola del juicio final. Sólo quienes ponen en práctica el mandamiento del amor en las obras de misericordia espiritual y corporal para con el prójimo, pueden tomar parte en el banquete del reino de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros des de la creación del mundo» (Mt 25, 34).

Catequesis, Audiencia general, 11-12-1991

3. Jesús de Nazaret es, pues, introducido en medio de su pueblo como el Esposo que había sido anunciado por los profetas. Lo confirma él mismo cuando, a la pregunta de los discípulos de Juan: «¿Por qué… tus discípulos no ayunan?» (Mc 2, 18), responde: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Mientras tengan consigo al esposo no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán, en aquel día» (Mc 2, 19-20). Con esta respuesta, Jesús da a entender que el anuncio de los profetas sobre el Dios-Esposo, sobre «el Redentor, el Santo de Israel», encuentra en él mismo su cumplimiento. Él revela su conciencia del hecho de ser Esposo entre sus discípulos, aunque al final «les será arrebatado». Es una conciencia de mesianidad y de la cruz en la que realizará su sacrificio en obediencia al Padre, como anunciaron los profetas (cf. Is 42, 1-9; 49, 1-7; 50, 4-11; 52, 13-53, 12).

4. Lo que expresan la declaración de Juan a orillas del Jordán y la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos del Bautista, a saber, que ya ha llegado el Esposo anunciado por los profetas, encuentra confirmación también en las parábolas, en las que la expresión del motivo nupcial es indirecta, pero bastante transparente. Jesús dice que «el reino de los cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo» (Mt 22, 2). Todo el conjunto de la parábola da a entender que Jesús habla de sí mismo, pero lo hace en tercera persona, cosa frecuente en las parábolas. En el contexto de la parábola del rey que invita al banquete de bodas de su hijo, Jesús, con la analogía del banquete nupcial, quiere poner de relieve la verdad acerca del reino de Dios, que él mismo trae al mundo, y las invitaciones de Dios al banquete del Esposo, o se la aceptación del mensaje de Cristo en la comunión del nuevo pueblo, que la parábola presenta como convocado a las bodas. Pero añade la referencia a los rechazos de la invitación, que Jesús tiene ante sus ojos en la realidad de muchos de sus oyentes. También añade, para todos los invitados de su tiempo y de todos los tiempos, la necesidad de una actitud digna de la vocación recibida, simbolizada por el «vestido nupcial» que deben llevar quienes quieran participar del banquete, hasta el punto de que quien no lo tenga será rechazado por el rey, es decir, por Dios Padre que llama a la fiesta de su Hijo en la Iglesia.

5. Al parecer, en el mundo de Israel, con ocasión de los grandes banquetes, se ponían a disposición de los convidados, en el atrio de la casa del banquete, los vestidos que se habían de llevar. Eso explicaría aún mejor el significado de ese detalle de la parábola de Jesús: la responsabilidad no sólo de quien rechaza la invitación, sino también de los que pretenden participar sin respetar las condiciones exigidas para ser dignos. Lo mismo se ha de decir de quien se considerase o se declarase seguidor de Cristo y miembro de la Iglesia, sin llevar el «vestido nupcial» de la gracia, que engendra la fe viva, la esperanza y la caridad. Es verdad que este «vestido» ―interior, más que exterior― es dado por Dios mismo, autor de la gracia y de todo bien del alma. Pero la parábola subraya la responsabilidad de cada invitado, cualquiera que sea su procedencia, con respecto al sí que debe dar al Señor que lo llama y con respecto a la aceptación de su ley, la respuesta total a las exigencias de la vocación cristiana y la participación cada vez más plena en la vida de la Iglesia.

Catequesis, Audiencia general, 27-04-1988

8. Entre las parábolas, con las que Jesús reviste de comparaciones y alegorías su predicación sobre el reino de Dios, se encuentra también la de un rey “que celebró el banquete de bodas de su hijo” (Mt 22, 2). La parábola narra que muchos de los que fueron invitados primero no acudieron al banquete, buscando distintas excusas y pretextos para ello, y que, entonces, el rey mandó llamar a otra gente, de los “cruces de los caminos”, para que se sentaran a su mesa. Pero, entre los que llegaron, no todos se mostraron dignos de aquella invitación, por no llevar el “vestido nupcial” requerido.

Esta parábola del banquete, comparada con la del sembrador y la semilla, nos hace llegar a la misma conclusión: si no todos los invitados se sentarán a la mesa del banquete, ni todas las semillas producirán la mies, ello depende de las disposiciones con las que se responde a la invitación o se recibe en el corazón la semilla de la Palabra de Dios. Depende del modo con que se acoge a Cristo, que es el sembrador, y también el hijo del rey y el esposo, como El mismo se presenta en distintas ocasiones: “¿Pueden ayunar los invitados a las bodas cuando el esposo está todavía con ellos?” (Mc 2, 19), preguntó una vez a quien lo interrogaba, aludiendo a la severidad de Juan el Bautista. Y Él mismo dio la respuesta: “Mientras el esposo está con ellos no pueden ayunar” (Mc 2, 19).

Así, pues, el reino de Dios es como una fiesta de bodas a la que el Padre del cielo invita a los hombres en comunión de amor y de alegría con su Hijo. Todos están llamados e invitados: pero cada uno es responsable de la propia adhesión o del propio rechazo, de la propia conformidad o disconformidad con la ley que reglamenta el banquete.

9. Esta es la ley del amor: se deriva de la gracia divina en el hombre que la acoge y la conserva, participando vitalmente en el misterio pascual de Cristo. Es un amor que se realiza en la historia, no obstante cualquier rechazo por parte de los invitados, sin importar su indignidad. Al cristiano le sonríe la esperanza de que el amor se realice también en todos los “invitados”: precisamente porque la “medida” pascual de ese amor esponsal es la cruz, su perspectiva escatológica ha quedado abierta en la historia con la resurrección de Cristo. Por Él el Padre “nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo querido” (cf. Col 1, 13). Si acogemos la llamada y secundamos la atracción del Padre, en Cristo “tenemos todos la redención” y la vida eterna.

Congregación para el Clero

La fiesta de bodas de la que hablan las Escrituras de hoy tiene un doble valor: eucarístico y escatológico.

La Eucaristía es, en efecto, la “Fiesta de la fe”, como la definía J. Ratzinger en uno de sus conocidos ensayos teológicos. En ella confluye la esencia del misterio cristiano: el misterio de un Dios que se aproxima a la humanidad compartiendo su caminar histórico, hasta el punto de ofrecer su propia vida por la salvación de los hombres, se renueva realmente en la celebración eucarística, la cual, por tanto, se hace “fiesta”.

La celebración de la salvación hunde sus raíces y encuentra su propia razón de ser en el misterio de la Cruz, que hace posible las “nuevas bodas” entre el Creador y la criatura: cada uno es invitado a la “fiesta de bodas”.

Si la invitación es acogida o rechazada –como sucede en la parábola- es por la iniciativa del Señor, que entrega a los hombres la invitación para la fiesta. La salvación no es en ningún caso una “auto redención” que podría estar destinada a fallar, sino la respuesta libre y cierta a una invitación del mismo Dios. Él llama a la comunión consigo mismo, a través de la mediación histórica, hecha de Tradición viva e ininterrumpida, de escucha humilde de su Palabra en la Sagrada Escritura, de dócil acogida del Magisterio y de viva participación y seguimiento de las experiencias, personales y comunitarias, en las cuales la presencia del Resucitado aparece con mayor fuerza y es más atrayente y convincente.

Escribe Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE n. 1). Esta persona es el Señor, que nos invita a la Fiesta de bodas que celebramos en la fe cada domingo y que estamos llamados a celebrarla cada día en la vida.

La Eucaristía, pues, es la real anticipación de aquella “Fiesta de bodas” que es el Banquete escatológico y definitivo. La comunión plena con Dios, a la cual serán llamados los salvados al final de los tiempos, está anticipada en el hoy de la fe por vía pneumática: el Espíritu Santo nos permite gustar, en el banquete eucarístico, las inefables dulzuras del “banquete celestial”, que tiene su razón de ser en la Cruz y Resurrección de Cristo.

Aun permaneciendo la  total gratuidad de la iniciativa divina al invitar a los hombres a participar de su alegría, y en definitiva de su propia vida, para ser admitidos a estas “fiestas de bodas”, la eucarística y la escatológica, es necesario llevar el vestido de fiesta. Es necesario estar revestidos de Cristo.

El primer modo para ser revestidos de Cristo es sacramental, por medio del santo bautismo. Leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna”. (CEC n. 1257).

Revestirse de Cristo, además, significa revestirse de todas aquellas virtudes, humanas y cristianas, naturales y sobrenaturales, que son el fruto maduro de la justa cooperación entre la libertad del hombre y la gracia, y que estamos llamados constantemente a cultivar, para poder ser dignamente admitidos en la “Fiesta de bodas”.

La Santísima Virgen María, Esposa del Señor, que tiene por excelencia un vestido nupcial sin mancha, nos acompañe y nos proteja, para que nuestra participación en la la Sagrada Eucaristía sea siempre digna y, en la hora de nuestra muerte, seamos introducidos por su dulce maternidad en la Fiesta definitiva de la comunión con Dios.

www.deiverbum.org [*]
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