Domingo XXIX Tiempo Ordinario (A)

Lecturas (Domingo XXIX Tiempo Ordinario – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Is 45, 1. 4-6 : Llevo de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones
-Salmo: Sal 95 : Aclamad la gloria y el poder del Señor
-2ª Lectura: 1Tes 1, 1-5b : Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza
+Evangelio: Mt 22, 15-21 : Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Lorenzo de Brindisi, Homilía en el domingo XXII después de Pentecostés

Homilía 1, 2.3.4.6: Opera omnia, t. 8, 335-336.-339-340.346

Tú, cristiano, eres la moneda del impuesto

En el evangelio de hoy se plantean dos interrogantes: uno el que los fariseos plantean a Cristo; otro, el que Cristo plantea a los fariseos; aquél es totalmente terreno, éste, enteramente celestial y divino; aquél es producto de una supina ignorancia y de una refinadísima malicia; éste, de la suprema sabiduría y de la suma bondad.

¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: Del César. Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: hay que dar —dice— a cada uno lo suyo. Sentencia llena realmente de celestial sabiduría y doctrina. Enseña, en efecto, que existe una doble esfera de poder: una, terrena y humana; otra, celestial y divina. Enseña que se nos exige una doble obediencia, que hemos de observar tanto las leyes humanas como las divinas, y que hemos de pagar un doble impuesto: uno al César y otro a Dios. Al César el denario, que lleva grabada la cara y la inscripción del César; a Dios lo que lleva impresa la imagen y la semejanza divina: La luz de tu rostro está impresa en nosotros (Vg).

Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Tú, cristiano, eres ciertamente un hombre: luego eres la moneda del impuesto divino, eres el denario en el que va grabada la efigie y la inscripción del divino emperador. Por eso te pregunto yo con Cristo: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Me respondes: De Dios. Te replico: ¿Por qué, pues, no le devuelves a Dios lo que es suyo?

Pero si realmente queremos ser imagen de Dios, es necesario que seamos semejantes a Cristo. El es, en efecto, la imagen de la bondad de Dios e impronta de su ser; y Dios a los que había escogido, los predestinó a ser imagen de su Hijo. Por su parte, Cristo pagó realmente al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, observando a la perfección las dos losas de la ley divina, rebajándose hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz, y estuvo perfectísimamente dotado de todas las virtudes tanto internas como externas.

Brilla hoy en Cristo una suma prudencia, con la cual sorteó los lazos de los enemigos, dándoles una prudentísima y sapientísima respuesta; brilla asimismo la justicia, con la cual nos enseña a dar a cada uno lo suyo. Por esta razón, él mismo quiso pagar también el impuesto, dando por él y por Pedro un didracma; brilla la fortaleza del alma, con la cual enseñó libremente la verdad, es decir, que debía pagarse al César el impuesto, sin temer a los judíos que se sentían vejados por esto. Este es el camino de Dios que Cristo enseña conforme a la verdad.

Así pues, el que en la vida, en las costumbres y las virtudes se asemeja y conforma a Cristo, ése representa de verdad la imagen de Dios; la restauración de esta divina imagen consiste en una perfecta justicia: Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. A cada cual lo suyo.

San Juan Cristóstomo, Homilía 70, sobre Mateo

Entonces se retiraron los fariseos para deliberar cómo tenderle un lazo, para cogerlo en palabras (Mt 22,15).

ENTONCES. ¿Cuándo? Cuando más convenía que se arrepintieran y admiraran su bondad; cuando lo propio era temblar por las cosas futuras; cuando por lo pasado convenía dar fe a lo que luego había de venir. Hechos y discursos así lo proclamaban. Los publícanos y las meretrices habían creído; profetas y justos habían sido muertos: enseñados por esos sucesos, los judíos no debían negar su futura ruina, sino creer y arrepentirse. Pero ni así desistió su perversidad, sino que creció y fue adelante. Mas como, por temor de las turbas, no se atrevían a prenderlo, echaron por otro camino para ponerlo en peligro y hacer que se le tuviera como reo de públicos crímenes. Le enviaron a sus propios discípulos acompañados de los herodianos, que le propusieron lo siguiente: Maestro, sabemos que eres sincero, y enseñas el camino de Dios, fiel a la verdad, sin servilismos con nadie, pues no tienes acepción de personas. Dinos, pues: ¿qué opinas? ¿Es lícito pagar el tributo al César o no? Porque los judíos ya pagaban el tributo, pues su república había pasado a poder de los romanos. Y como veían que Teudas y Judas un poco antes habían perecido por cuestiones del tributo, como si prepararan una rebelión, querían hacer a Jesús sospechoso de lo mismo y por igual motivo. Por esto le enviaron a sus discípulos mezclados con soldados de Herodes, preparándole por aquí un doble precipicio, según pensaban; y de tal modo disponían el lazo que como quiera que contestara quedara cogido por ellos; de manera que si respondía en favor de los herodianos lo acusaran ante los judíos, y si en favor de ellos mismos, los herodianos lo acusaran.

Jesús había ya pagado la didracma, pero ellos no lo sabían; y esperaban poder cogerlo de cualquier modo que respondiera. Hubieran preferido que dijera algo en contra de los herodíanos Por esto envían juntamente discípulos suyos propios, que lo indujeran a ese paso con su presencia y poder así entregarlo al presidente romano como si tratara de instituir la tiranía. Así lo deja entender Lucas cuando dice que fue interrogado delante de las turbas, sin duda para que fuera de más fuerza el testímonio. Pero sucedió exactamente lo contrario, pues dieron una demostración de su necedad delante de una más amplia multitud. Observa la forma adulatoria y el dolo oculto. Dicen! Sabemos que eres sincero. Entonces ¿por qué antes clamabais que es engañador y que seduce a las turbas y que es un poseso y no viene de Dios? ¿Por qué antes andabais buscando el modo de matarlo? Proceden con él en la forma que las asechanzas les van sugiriendo.

Poco antes con arrogancia le preguntaban: ¿Con qué potestad haces esto? Mas no lograron obtener ninguna respuesta. Ahora esperan que mediante la adulación lo ablandarán y lo inducirán a que algo diga en contrario de las leyes que estaban vigentes y al poder que los dominaba. Por esto lo llaman veraz y sincero, confesando así lo que El de verdad era. Pero no lo dicen con buenos fines ni con sinceridad, ni tampoco lo que enseguida añaden: No tienes acepción de personas. Mira cuan claro aparece que ellos anhelan implicarlo en palabras que ofendan a Herodes y lo hagan caer en sospecha de buscar la tiranía, como quien se levanta contra las leyes; y por este Camino entregarlo al suplicio debido por sedicioso y por tirano. Porque con eso de: No tienes servilismo y No miras ni tienes acepción de personas, disimuladamente se referían a Herodes y al César.

Dinos, pues: ¿qué opinas? ¿De modo que ahora honráis y tenéis por doctor al que despreciasteis y con frecuencia injuriasteis cuando trataba de vuestra salvación? De modo que también en esto anduvieron concordes Pero observa su astucia perversa. No le dicen: Dinos qué sea lo bueno, qué sea lo útil, qué sea lo legal; sino: Tú ¿qué opinas? De manera que lo único que procuraban era entregarlo y declararlo enemigo de la autoridad imperante. Dando a entender esto y demostrando el ánimo sanguinario y la arrogancia de ellos, dice que le dijeron: ¿Debemos pagar el censo al César o no debemos pagarlo? Así, mientras que simulaban reverenciar al Maestro, respiraban furor y le ponían asechanzas. ¿Qué les responde El? ¡Hipócritas! ¿por qué me tentáis? Advierte cómo contesta con cierta mayor acrimonia. Pues su perversidad era completa y manifiesta, con mayor acritud los punza, comenzando por confundirlos y cerrarles la boca y trayendo al medio los secretos de su corazón, para poner de manifiesto ante todos la finalidad con que se le habían acercado.

Procedía así para reprimir su maldad y para que en adelante ya no se atrevieran a tales cosas dañinas. Aun cuando las palabras eran de sumo honor, pues lo llamaban Maestro y sincero y nada servil; pero El, por ser Dios, no podía ser engañado. Podían, pues, ellos darse cuenta de que no lo decía por conjeturas cuando los increpaba, sino que aquello era señal de que conocía los secretos de sus corazones. Pero no se contentó con increparlos, cuando el reprenderles el ánimo con que lo hacían podía haber bastado para ponerles vergüenza. Pero en fin, no se detuvo aquí Jesús, sino que por otro camino les cosió la boca, diciéndoles: Mostradme la moneda del tributo. Y en cuanto se la mostraron, luego, según su costumbre, pronunció la sentencia; pero por la lengua de ellos mismos, y los obligó a declarar que sí era lícito pagar el tributo, lo cual constituyó para El una brillante y preclara victoria. De modo que cuando les preguntaba, no les preguntaba porque El ignorara, sino para demostrarles por las palabras de ellos que eran reos.

Habiendo ellos respondido a su pregunta: ¿De quién es esta imagen?, que era la del César, El les dijo: Dad pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Lo cual en realidad no es dar sino devolver, como lo demostraban la imagen y la inscripción de la didracma. Mas para que no objetaran que así los sujetaba a los hombres, añadió: Y lo que es de Dios, a Dios. Porque cosa lícita es dar a los hombres lo que a los hombres pertenece y dar a Dios lo que de parte de los hombres se le debe. Por lo cual dijo Pablo: Pagad a todos las deudas: A quien contribución, contribución; a quien impuesto, impuesto; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.- Pero tú, cuando oyes: Dad al César lo que es del César, entiéndelo únicamente de las cosas que no dañan a la piedad, porque si dañan, ya no son tributo del César sino impuestos del diablo.

Cuando eso oyeron, contra su voluntad callaron y se admiraron de su sabiduría. De modo que, en consecuencia, lo conveniente era creer, quedar estupefactos. Pues al revelar los secretos del corazón de ellos, les daba una demostración de su divinidad y suavemente les cerraba la boca. Y ¿qué? ¿acaso creyeron? De ninguna manera. Porque dice el evangelista: Y dejándolo, se fueron. Pero después de ellos se acercaron los saduceos. ¡Oh locura! Tras de haberse visto obligados a callar los otros, ahora se acercan éstos y acometen al Maestro, cuando convenía que se llegaran a El con cierto temor. Pero así es la audacia: impudente, petulante, atrevida para intentar aun lo imposible. Por eso el evangelista, estupefacto ante tal arrogancia, lo significó diciendo: En aquel día se le acercaron. En aquel. ¿En cuál? En el mismo en que reprimió la maldad de ellos y los cubrió de vergüenza.

San Juan Pablo II, papa

Homilía, 17-10-1999

EN LA PARROQUIA ROMANA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

1. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

En el pasaje del evangelio de hoy resalta la respuesta de Jesús a algunos judíos que, como en otras circunstancias, trataban de ponerlo a prueba. Jesús evita la trampa, actuando como un Maestro de gran sabiduría, que enseña fielmente el camino de Dios sin ceder a componendas.

Dad a Dios lo que es de Dios. Resulta evidente que lo que más cuenta es el reino de Dios. Las palabras de Cristo iluminan la línea de conducta del cristiano en el mundo. La fe no le pide que se aísle de las realidades temporales; por el contrario, es un estímulo mayor para que se comprometa con generoso empeño a transformarlas desde dentro, contribuyendo así a la instauración del reino de los cielos.

También la primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, subraya esta verdad. Para los creyentes existe un solo Dios, que, con su providencia, guía el camino de la humanidad a través de la historia (cf. Is 45, 5-6). Precisamente por esto, se comprometen en la construcción de la ciudad terrena, a fin de hacerla más justa y humana. Los sostiene en este esfuerzo la esperanza de participar un día en la comunión de la ciudad celestial, donde Dios será todo en todos.

Homilía, 18-10-1981

VISITA AL PONTIFICIO COLEGIO ALEMÁN DE ROMA

1. En la primera Carta a los Tesalonicenses, cuya lectura comienza en la liturgia dominical de hoy, el Apóstol Pablo, junto con Silvano y Timoteo, escribe: “Nos habíamos propuesto resueltamente ir a vosotros…” (2, 18). Entre los dos viajes pastorales a dos de vuestros países, Alemania y Suiza, estaba especialmente indicado que el Papa hiciera también una visita al Pontificio Colegio Germánico-Húngaro. Conocéis bien la causa que hizo imposible realizar a su debido tiempo, tanto esta visita a vosotros, como mi viaje a Suiza. Pero sabéis también “que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rom 8, 28). Así, pues, se nos ha concedido hoy este encuentro tan deseado, en medio de la alegría profunda que brota de la fe y con un redoblado deseo de abrir el corazón ante Dios para darle gracias, queriendo compartir a la vez con todos vosotros estos mismos sentimientos.

Como dice la lectura de hoy, yo también veo en vosotros una “comunidad…, que vive en Dios Padre y en el Señor Jesucristo” (1 Tes 1, 1) y, lo mismo que Pablo, “doy gracias a Dios por todos vosotros, por la actividad de vuestra fe, por el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza” (cf. 1, 2 s.). Lleno de alegría puedo afirmar con el Apóstol: “Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que El os ha elegido” (1, 4). Esta gratuita vocación en Cristo concierne a todos los miembros del nuevo Pueblo de Dios; pero va dirigida de una manera especial a quienes han sido llamados a seguirle más de cerca como discípulos suyos.

[…] 3. Lo inmerecida que es la elección de la que hemos sido objeto y la situación tan radical a que conduce nos lo pone claramente ante los oíos la lectura que hemos hecho del Antiguo Testamento en la liturgia de hoy: “Te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro: fuera de mí no hay dios” (Is 45. 4 s.).

El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra con qué fuerza contrapone el Señor esta exigencia radical de Dios a las pretensiones del mundo: “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Estas palabras conservadas por el Evangelista van más allá del contexto inmediato des la discusión de Jesús con los fariseos, convirtiéndose en clave fundamental para superar la tensión entre nuestro estar en el mundo y nuestro ser para Dios. Quien tome en serio nuestra implicación con él cosmos y con la humanidad debe guardarse de menospreciar dicha exigencia de Dios. Quien ponga a Dios resueltamente en el centro de su vida tiene que pensar que, al mismo tiempo, debe estar en consonancia con la creación de Dios y con las exigencias que surgen de vivir con los demás hombres.

[…] En el esfuerzo personal por descubrir de manera realmente católica y por vivir luego en consecuencia esa orientación nuestra a Dios y nuestra vinculación con el mundo, os puede ser de provecho [lo dicho por] San Ignacio de Loyola. Según el “principio y fundamento” que nos dio en el libro de sus Ejercicios, el hombre ha sido “criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado” (Ejercicios espirituales, núm. 23).

Que vuestra vida sepa dar siempre al cuerpo, a la naturaleza, a las cosas, a las estructuras humanas, lo que les corresponde, pero sin quedarse ahí, sino más bien ofreciéndose en todo a Dios, como nos enseña San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid…” (Ejercicios espirituales,núm. 234).

Catequesis, Audiencia general, 28-07-1993

[…] Jesús nunca quiso empeñarse en un movimiento político, rehuyendo todo intento de implicarlo en cuestiones o asuntos terrenos (cf. Jn 6, 15). El Reino que vino a fundar no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). Por eso, a quienes querían que tomara posición respecto al poder civil, les dijo: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios” (Mt 22, 21). Nunca prometió a la nación judía, a la que pertenecía y amaba, la liberación política, que muchos esperaban del Mesías. Jesús afirmaba que había venido como Hijo de Dios para ofrecer a la humanidad, sometida a la esclavitud del pecado, la liberación espiritual y la vocación al reino de Dios (cf. Jn 8, 34.36); que había venido para servir, no para ser servido (cf. Mt 20, 28); y que también sus seguidores, especialmente los Apóstoles, no debían pensar en el poder terreno y el dominio de los pueblos, como los príncipes de la tierra, sino ser siervos humildes de todos (cf. Mt 20, 20.28), como su “Señor y Maestro” (Jn 13, 13.14).

Esa liberación espiritual que trajo Jesús debía tener ciertamente consecuencias decisivas en todos los sectores de la vida individual y social, abriendo una era de valoración nueva del hombre-persona y de las relaciones entre los hombres según justicia. Pero el empeño directo del Hijo de Dios no iba en ese sentido.

Discurso, 11-10-1998

A los miembros del Parlamento Europeo, Estrasburgo (Francia)

[…] La función más alta de la ley es la de garantizar igualmente a todos los ciudadanos el derecho de vivir de acuerdo con su conciencia y de no contradecir las normas del orden moral natural reconocidas por la razón.

9. […] Me parece importante recordar que es del humus del cristianismo del que la Europa moderna ha extraído el principio —con frecuencia perdido de vista durante los siglos de “cristiandad”—, que gobierna fundamentalmente su vida pública: quiero decir el principio, proclamado por primera vez por Cristo, de la distinción entre “lo que es del Cesar” y “lo que es de Dios” (cf. Mt 22, 21). Esta distinción esencial entre la esfera de la organización del marco exterior de la ciudad terrestre y la de la autonomía de las personas se ilumina desde la naturaleza de la comunidad política a la cual pertenecen necesariamente todos los ciudadanos, y de la comunidad religiosa a la que se adhieren libremente los creyentes.

Tras Cristo, ya no es posible idolatrar la sociedad como grandeza colectiva devoradora de la persona humana y de su destino irreductible. La sociedad, el Estado, el poder político, pertenecen al cuadro cambiante y siempre perfeccionable de este mundo. Ningún proyecto de sociedad podrá jamás establecer el reino de Dios, es decir, la perfección escatológica sobre la tierra. Los mesianismos políticos desembocan casi siempre en las peores tiranías. Las estructuras que las sociedades se dan, nunca valen de modo definitivo; no pueden tampoco ofrecer por sí mismas todos los bienes a los cuales el hombre aspira. Particularmente, no pueden sustituir la conciencia del hombre ni su búsqueda de la verdad y del Absoluto.

La vida pública, el recto orden del Estado, reposa sobre la virtud de los ciudadanos, la cual invita a subordinar los intereses individuales al bien común, a no darse y a no reconocer como ley más que lo que es objetivamente justo y bueno. Ya los antiguos griegos habían descubierto que no hay democracia sin la sujeción de todos a la ley, y que no hay ley que no este fundada sobre una norma trascendente de lo verdadero y lo justo.

Decir que corresponde a 1a comunidad religiosa, y no al Estado, administrar “lo que es de Dios”, equivale a poner un límite conveniente al poder de los hombres, y este límite es el del campo de 1a conciencia, de los últimos fines, del sentido último de 1a existencia, de la apertura al absoluto, de la tensión hacia un perfeccionamiento jamás conseguido, que estimula los esfuerzos e inspira las justas opciones. Todas las familias de pensamiento de nuestro viejo continente tendrían que reflexionar sobre 1as sombrías perspectivas a las que podría conducir la eliminación de Dios de la vida pública, de Dios como última instancia de la ética y garantía suprema contra todos los abusos de poder del hombre sobre el hombre.

10. Nuestra historia europea enseña abundantemente con qué frecuencia la frontera entre “lo que es del Cesar” y “lo que es de Dios” ha sido sobrepasada en los dos sentidos. La cristiandad latina medieval —para no mencionar nada más que a esta—, si bien elaboró teóricamente, volviendo a tomar la gran tradición de Aristóteles, la concepción natural del Estado, no escapó siempre a la tentación integrista de excluir de la comunidad temporal a aquellos que no profesaban la verdadera fe. El integrismo religioso, sin distinción entre la esfera de la fe y la de la vida civil, aún hoy practicado bajo otros cielos, parece incompatible con el genio propio de Europa tal como la configuró el mensaje cristiano.

Pero es de otra parte de donde han venido, en nuestro tiempo, las mayores amenazas, cuando ciertas ideologías han absolutizado la sociedad misma o un grupo dominante, en detrimento de la persona humana y de su libertad. Allí donde el hombre no se apoya ya sobre una grandeza que le trasciende, corre el riesgo de entregarse al poder sin freno de lo arbitrario y de los seudo absolutos que lo destruyen.

11. Otros continentes conocen hoy una simbiosis más o menos profunda entre la fe cristiana y la cultura, que está llena de promesas. Pero, desde hace ya cerca de dos milenios, Europa ofrece un ejemplo muy significativo de la fecundidad cultural del cristianismo que, por su naturaleza, no puede ser relegado a la esfera privada. El cristianismo, en efecto, tiene vocación de profesión pública y de presencia activa en todos los dominios de la vida. También es mi deber destacar con fuerza que si el substrato religioso y cristiano de este continente tuviese que llegar a ser marginado en su papel de inspirador de la ética y en su eficacia social, no solamente toda la herencia del pasado europeo sería negada, sino que además un futuro digno del hombre europeo —digo de todo hombre europeo, creyente o no creyente— estaría gravemente comprometido.

12. Finalizando, recordaría tres campos donde me parece que la Europa integrada del mañana, abierta hacia el Este del continente, generosa hacia el otro hemisferio, tendría que retomar un papel de faro en la civilización mundial:
— Primero, reconciliar al hombre con la creación, cuidando de preservar la integridad de la naturaleza, su fauna y su flora, su aire y sus aguas, sus sutiles equilibrios, sus recursos limitados, su belleza que alaba la gloria del Creador.

— Seguidamente, reconciliar al hombre con sus semejantes, aceptándose los unos a los otros entre europeos de diversas tradiciones culturales o escuelas de pensamiento, siendo acogedores para con el extranjero y el refugiado, abriéndose a las riquezas espirituales de los pueblos de los otros continentes.

— Finalmente, reconciliar al hombre consigo mismo: sí, trabajar por reconstituir una visión integrada y completa del hombre y del mundo, frente a las culturas de la desconfianza y de la deshumanización, una visión en la cual la ciencia, la capacidad técnica y el arte no exc1uyan, sino que reclamen la fe en Dios.

Señor Presidente, Señores y Señoras Diputados: Respondiendo a vuestra invitación de dirigirme a vuestra ilustre Asamblea, tenía ante los ojos a los millones de hombres y de mujeres europeos a los que representáis. A vosotros ellos han confiado la gran tarea de mantener y desarrollar los valores humanos —culturales y espirituales— que corresponden a la herencia de Europa y que serán la mejor salvaguarda de su identidad, de su libertad y de su progreso. Ruego a Dios que os inspire y os fortalezca en este gran intento.

Benedicto XVI, papa

Homilía, 16-10-2011

SANTA MISA PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

[…] Pasemos ahora a las lecturas bíblicas, en las que hoy el Señor nos habla. La primera, tomada del libro de Isaías, nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor, e incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante. Esta lectura nos da el sentido teológico de la historia: los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede ponerse en su lugar. La teología de la historia es un aspecto importante, esencial de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo, tras el nefasto periodo de los imperios totalitarios del siglo XX, necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre, pacífica, esa visión que el concilio Vaticano II transmitió en sus documentos, y que mis predecesores, el siervo de Dios Pablo VI y el beato Juan Pablo II, ilustraron con su magisterio.

La segunda lectura es el inicio de la Primera Carta a los Tesalonicenses, y esto ya es muy sugerente, pues se trata de la carta más antigua que nos ha llegado del mayor evangelizador de todos los tiempos, el apóstol san Pablo. Él nos dice ante todo que no se evangeliza de manera aislada: también él tenía de hecho como colaboradores a Silvano y Timoteo (cf. 1 Ts1, 1), y a muchos otros. E inmediatamente añade otra cosa muy importante: que el anuncio siempre debe ir precedido, acompañado y seguido por la oración. En efecto, escribe: «En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones» (v. 2). El Apóstol asegura que es bien consciente de que los miembros de la comunidad no han sido elegidos por él, sino por Dios: «él os ha elegido», afirma (v. 4). Todo misionero del Evangelio siempre debe tener presente esta verdad: es el Señor quien toca los corazones con su Palabra y su Espíritu, llamando a las personas a la fe y a la comunión en la Iglesia. Por último, san Pablo nos deja una enseñanza muy valiosa, extraída de su experiencia. Escribe: «Cuando os anuncié nuestro Evangelio, no fue sólo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción» (v. 5). La evangelización, para ser eficaz, necesita la fuerza del Espíritu, que anime el anuncio e infunda en quien lo lleva esa «plena convicción» de la que nos habla el Apóstol. Este término «convicción», «plena convicción», en el original griego, es pleroforía: un vocablo que no expresa tanto el aspecto subjetivo, psicológico, sino más bien la plenitud, la fidelidad, la integridad, en este caso del anuncio de Cristo. Anuncio que, para ser completo y fiel, necesita ir acompañado de signos, de gestos, como la predicación de Jesús. Palabra, Espíritu y convicción —así entendida— son por tanto inseparables y concurren a hacer que el mensaje evangélico se difunda con eficacia.

Nos detenemos ahora en el pasaje del Evangelio. Se trata del texto sobre la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero antes de llegar a este punto, hay un pasaje que se puede referir a quienes tienen la misión de evangelizar. De hecho, los interlocutores de Jesús —discípulos de los fariseos y herodianos— se dirigen a él con palabras de aprecio, diciendo: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie» (v. 16). Precisamente esta afirmación, aunque brote de hipocresía, debe llamar nuestra atención. Los discípulos de los fariseos y los herodianos no creen en lo que dicen. Sólo lo afirman como una captatio benevolentiae para que los escuche, pero su corazón está muy lejos de esa verdad; más bien quieren tender una trampa a Jesús para poderlo acusar. Para nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es sincero y enseña el camino de Dios según la verdad y no depende de nadie. Él mismo es este «camino de Dios», que nosotros estamos llamados a recorrer. Podemos recordar aquí las palabras de Jesús mismo, en el Evangelio de san Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (14, 6). Es iluminador al respecto el comentario de san Agustín: «era necesario que Jesús dijera: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” porque, una vez conocido el camino, faltaba conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y nosotros ¿a dónde vamos sino a él? y ¿por qué camino vamos sino por él?» (In Ioh 69, 2). Los nuevos evangelizadores están llamados a ser los primeros en avanzar por este camino que es Cristo, para dar a conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. Y en este camino, nunca avanzamos solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad que se ofrece a cuantos encontramos, para hacerlos partícipes de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio unido al anuncio puede abrir el corazón de quienes están en busca de la verdad, para que puedan descubrir el sentido de su propia vida.

Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, vinculado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. Un autor anónimo escribe: «La imagen de Dios no está impresa en el oro, sino en el género humano. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad… Por tanto, da tu riqueza material al César, pero reserva a Dios la inocencia única de tu conciencia, donde se contempla a Dios… El César, en efecto, ha impreso su imagen en cada moneda, pero Dios ha escogido al hombre, que él ha creado, para reflejar su gloria» (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42). Y san Agustín utilizó muchas veces esta referencia en sus homilías: «Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda —afirma—, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (En. in Ps., Salmo 94, 2). Y también: «Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre» (Ib., Salmo 4, 8).

Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir únicamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida.

Precisamente para dar renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto —en el que a menudo se encuentran— hacia el lugar de la vida, la amistad con Cristo que nos da su vida en plenitud, quiero anunciar en esta celebración eucarística que he decidido convocar un «Año de la fe» que ilustraré con una carta apostólica especial. Este «Año de la fe» comenzará el 11 de octubre de 2012, en el 50º aniversario de la apertura del concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey del Universo. Será un momento de gracia y de compromiso por una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo.

Queridos hermanos y hermanas, vosotros estáis entre los protagonistas de la nueva evangelización que la Iglesia ha emprendido y lleva adelante, no sin dificultad, pero con el mismo entusiasmo de los primeros cristianos. En conclusión, hago mías las palabras del apóstol san Pablo que hemos escuchado: doy gracias a Dios por todos vosotros. Y os aseguro que os llevo en mis oraciones, consciente de la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Ts 1, 3). La Virgen María, que no tuvo miedo de responder «sí» a la Palabra del Señor y, después de haberla concebido en su seno, se puso en camino llena de alegría y esperanza, sea siempre vuestro modelo y vuestra guía. Aprended de la Madre del Señor y Madre nuestra a ser humildes y al mismo tiempo valientes, sencillos y prudentes, mansos y fuertes, no con la fuerza del mundo, sino con la de la verdad. Amén.

Discurso, 22-12-2005

A la Curia Romana

[…] El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.

La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.

Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe. Quiere transmitir el don de la verdad que existe para todos y, al mismo tiempo, asegura a los pueblos y a sus gobiernos que con ello no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que, al contrario, les lleva una respuesta que esperan en lo más íntimo de su ser, una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de las culturas, sino que se promueve la unidad entre los hombres y también la paz entre los pueblos.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2242-2243

2242 El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. “Dad […] al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt22, 21). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29):

«Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica» (GS 74, 5).

2243 La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.

Congregación para el Clero

En el pasaje evangélico que la Liturgia nos presenta este Domingo, el Señor se dirige a nosotros en distintos planos: desde su actitud e infinita paciencia que manifiesta a sus interlocutores; desde el contenido mismo de su respuesta; desde la clara indicación de método que en ella se presenta. Vamos a detenernos especialmente en este último aspecto: la indicación sobre el método.

Se le pregunta y se le pone a prueba en relación con las llamadas “cuestiones temporales”. El Verbo encarnado no inventa una nueva doctrina, no revoluciona el orden de las cosas, no pretende el reconocimiento abstracto de su propia divina Realeza, sino que, sencillamente, lleva a sus adversarios a “leer” la realidad, la realidad misma en la cual Él, que es verdadero Dios, ha querido entrar definitivamente como verdadero hombre.

“Enseñadme la moneda del tributo”. Para comprender el real valor de las cosas, de las relaciones interpersonales, de los propios deberes y responsabilidades, para recibir la respiesta auténtica a cada pregunta, el método es uno solo: presentar cada realidad a la mirada de Cristo. Haciéndolo así no se recibirá una indicación extraña a la inteligencia humana. Los mismos fariseos y herodianos que interrogaban a Jesús, no recibieron de Él una respuesta basada sobre criterios nuevos y desconocidos, que podría ser rechazada por ellos como incomprensible o subversiva del orden constituido.

“Él les preguntó: ¿de quién es esta imagen y esta inscripción? – Del César, contestaron”. Cristo no le responde al hombre saltando por encima de su inteligencia y libertad, sino, más bien, a través de ellas. Al mismo tiempo, no obstante, la verdad y profundidad de su respuesta son siempre increíblememnte nuevas. “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. El les pide que le muestren la realidad en cuestión –la moneda del tributo-, para después guiar a los presentes a la observación simple y atenta de ese objeto. Cristo no ofrece doctrinas nuevas, en virtud de su Sabiduría divina, ni quiere sobrepasar a los hombres en virtud de su perfección humana. Él decide vivir desde dentro nuestra propia condición, para llevarnos como de la mano al real significado de las cosas que nos rodean, a la verdad de nuestro corazón y de todo nuestro ser, a la verdad del prójimo, a la Verdad última que sostiene todo y que es Dios: hasta alcanzar una familiaridad “ontológica” con Él, que es llegar a participar de su misma filiación divina.

“¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” ¿Dónde podemos experimentar hoy una compañía tal en nuestra existencia, que alcanza a ofrecer el propio amor a cada hombre, incluso al más hostil? ¿Dónde podemos experimentar al Emmanuel, el Dios-con-nosotros que, poniéndose a nuestro lado, camina con nosotros para llevarnos, a través de su humanidad perfecta, al océano eterno de la Divinidad? ¿Dónde permanece hoy la presencia de Cristo, que sigue dirigiéndole a los hombres la misma pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripciòn?”.

Es en la unidad de quienes Él ha querido asociar a Sí mismo, como los sarmientos a la vid, donde Él continúa presente y operante en la historia de la humanidad. Es en la comunidad de los creyentes, regenerados a una Vida nueva en el Bautismo, conformados cada vez más a su Corazón adorable, a través de la comunión del Pan eucarístico y guiados en el camino por el “dulce Cristo en la tierra”, el Sucesor de Pedro, que Él recuerda a los hombres: “Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Pero, ¿qué es lo que pertenece al César? ¿Qué es lo que él puede, también hoy, reclamar a los hombres? Puede exigir el tributo; el respeto por su autoridad, indispensable para la convivencia; la colaboración en favor de la paz social, que permite al hombre cumplir con las exigencias propias de su altísima dignidad. Esta colaboración se presta con la honradez de la propia vida y la obediencia, en las materias legales-administrativas que están “disponibles” a la voluntad del legislador.

¿Y qué es lo que pertenece a Dios? ¿En dónde está impresa su imagen y la inscripción? Todo, también el César, es decir, la autoridad, que nunca está solamente más allá de cada uno para servir al pueblo, sino que con cada uno y con el pueblo, está “bajo el Cielo”, bajo la mirada de Dios, teniendo como coordenadas de la propia actuación la naturaleza y la razón. Como afirmaba Tertuliano: “¡Es grande el emperador porque es más pequeño que el Cielo!”.

El hombre, pues, tiene como coordenadas fundamentales para comprender qué es lo justo, la ley natural, que está inscrita en las cosas, y la intelgencia, capaz de reconocerla.
Como ha enseñado recientemente el Santo Padre Benedicto XVI en su visita al Parlamento federal, en el Reichstag de Berlín: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín. Nosotros, los alemanes, (…) hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada (…)Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente”.

Queridos hermanos, miremos el mandamiento de amor que Cristo nos ha dado en la misma comunión con la vida divina; seamos promotores auténticos de los “derechos de Dios”, sin relativimos ni anarquías, sino conscientes de la única verdadera dependencia que anima y sostiene toda la realidad: la dependencia de Dios, Creador y Redentor. Y repitamos al mundo, junto con la Santísima Virgen: “Familia de los pueblos, dad al Señor la gloria de su nombre”.

Tomás Moro, mártir: primacía de la conciencia

Esta tensión hacia Dios permeaba toda su conducta. Su familia, a la que se afanó por procurar una instrucción de elevado nivel moral, fue llamada por sus contemporáneos “academia cristiana“. En su faceta de hombre público demostró ser enemigo absoluto de los favoritismos y de los privilegios del poder: profesó un ejemplar desprendimiento de los honores y los cargos y, a la vez, vivió con sencillez y humildad su condición de altísimo servidor del Rey.

Fiel hasta las últimas consecuencias a sus deberes civiles, se expuso a riesgos extremos por servir a su propio País. Consiguió ser un perfecto servidor del Estado porque luchó por ser un perfecto cristiano. «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt22, 21): Santo Tomás Moro comprendió que estas palabras de Cristo, que por una parte afirman la relativa autonomía de lo temporal en relación con lo espiritual, por otra —en cuanto pronunciadas por Dios mismo— obligan a la conciencia del cristiano a proyectar sobre la esfera civil los valores del Evangelio, rechazando todo compromiso y llegando, si es preciso, hasta el heroísmo del martirio, de un martirio que él personalmente afrontó con profunda humildad.

Su Martirio, dentro de los límites de la prudencia con que debe ser examinada la historia imperfecta de los hombres, es la prueba suprema de esta unidad de valores —fruto de la asidua búsqueda de la verdad y de una no menos tenaz lucha interior— a la que Santo Tomás Moro supo condicionar toda su existencia. Su extraordinario buen humor, su perenne serenidad, la atenta consideración de las posturas contrarias a la suya y el sincero perdón de quienes lo condenaban muestran cómo su coherencia se compaginaba con un profundo respeto de la libertad de los demás.

Precisamente la actualidad de esta convergencia de responsabilidad política y coherencia moral, de esta armonía entre lo sobrenatural y lo humano, de esta unidad de vida sin residuos, ha movido a numerosas personalidades públicas de varios Países del mundo a expresar su adhesión al Comité para la proclamación de Sir Thomas More, Santo y Mártir, como Patrono de los Gobernantes. Entre los firmantes de la presente instancia hay católicos y no católicos: son hombres de Estado que ejercen su actividad en circunstancias políticas y culturales muy heterogéneas, pero que comparten una misma sensibilidad ante el ejemplo moreano, un ejemplo fecundo que, por encima del mero arte de gobernar, comprende las virtudes indispensables del buen gobierno.

La política nunca fue para él una profesión interesada, sino un servicio con frecuencia arduo al que se había preparado concienzudamente no sólo con el estudio de la historia, las leyes y la cultura de su propio País, sino, sobre todo, por medio de un paciente examen de la naturaleza humana, con su grandeza y sus debilidades, y de las condiciones siempre perfectibles de la vida social. En la política encontró su cauce un asiduo esfuerzo personal de comprensión. Gracias a ese esfuerzo pudo mostrar la justa jerarquía de fines que, en virtud del primado de la Verdad sobre el poder y del Bien sobre la utilidad, todo gobierno debe perseguir. Orientó siempre su actuación en la perspectiva de los fines últimos, esos fines que ningún cambio histórico podrá nunca anular.

Ahí reside la fuerza que lo sostuvo cuando hubo de afrontar el martirio. Fue un mártir de la libertad en el sentido más moderno del término, porque se opuso a la pretensión del poder de dominar sobre las conciencias, tentación perenne —trágicamente atestiguada por la historia del siglo XX— de sistemas políticos que no reconocen nada por encima de ellos. Fiel a las instituciones de su pueblo —Ecclesia anglicana libera sit, rezaba la Magna Charta— y atento a las lecciones de la historia, que le mostraban que el primado de Pedro constituye una garantía de libertad para las Iglesias particulares, Santo Tomás Moro dio la vida por defender una Iglesia libre del dominio del Estado. A la vez estaba defendiendo también la libertad y el primado de la conciencia del ciudadano frente al poder civil.

Fue mártir de la libertad porque fue mártir de la primacía de la conciencia, una primacía que, sólidamente enraizada en la búsqueda de la verdad, nos hace plenamente responsables de nuestras decisiones y, por tanto, libres de todo vínculo que no sea el propio del ser creado, esto es, el vínculo que nos une a Dios. Su Santidad nos ha recordado que la conciencia moral rectamente entendida es «testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma» (Enc. Veritatis splendor, n. 58). Nos parece que esa es la lección fundamental de Santo Tomás Moro a los hombres de Gobierno: la lección de la huida del éxito y el consenso fáciles cuando ponen en entredicho la fidelidad a los principios irrenunciables, de los que dependen la dignidad del hombre y la justicia del orden civil. Y nos parece una lección altamente inspiradora para todos los que, en el umbral del nuevo Milenio, se sienten llamados a conjurar las insidias disimuladas pero recurrentes de nuevas tiranías.

Por eso, seguros de actuar por el bien de la sociedad futura y confiando en que nuestra súplica encontrará benévola acogida en Su Santidad, pedimos que Sir Tomás Moro, Santo y Mártir, fiel servidor del Rey, pero sobre todo de Dios, sea proclamado “Patrono de los Hombres de Gobierno”.

www.deiverbum.org [*]

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