Domingo XXX Tiempo Ordinario (A)

Lecturas (Domingo XXX Tiempo Ordinario – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Ex 22, 20-26 : Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros
-Salmo: Sal 17 : Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza
-2ª Lectura: 1Tes 1, 5c-10 : Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo
+Evangelio: Mt 22, 34-40 : Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Diálogo con los jóvenes: El amor es más que un sentimiento

Tokio (24-02-1981)

[…] 4. La primera pregunta que se me plantea en esta parte de nuestro coloquio es muy importante.

Es sabido que el Evangelio, la enseñanza de Cristo, proclama al amor como el mandamiento más grande. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente… Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37. 39). Son éstos los dos mandamientos que se unen uno al otro y se condicionan recíprocamente. Según la enseñanza y el ejemplo de Cristo, debemos amar a Dios por encima de todo, y al prójimo a medida del hombre. Al mismo tiempo, leemos en la Carta de San Juan: “Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Por lo tanto, el amor de Dios se realiza y, en cierto sentido, encuentra su verificación en el amor al hombre, al prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos. Y el prójimo es cada uno de los hombres sin excepción; por esto Cristo habla incluso del amor a los enemigos.Dice así: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lc 6, 27-28). Por lo demás. El mismo ha dado ejemplo de este amor cuando, durante la crucifixión, oró por aquellos que le daban la muerte.

Aquí nace vuestra pregunta: ¿Cómo es posible que el hombre ame cuando se siente odiado, y mucho más cuando él mismo siente odio en sí mismo, o al menos, rencor, digamos, antipatía, en relación con algunas personas?

Efectivamente, desde el punto de vista de nuestros sentimientos, hay aquí una dificultad, más aún, “una contradicción”: cuando “siento” aversión u odio, ¿cómo puedo, a la vez, “sentir” amor?

Sin embargo, el amor no se reduce sólo a lo que sentimos. Tiene en el hombre raíces más profundas, que se hallan en su “yo” espiritual, en su entendimiento y en su voluntad. Cuando queremos cumplir el mandamiento del amor (en particular cuando se trata del amor a los enemigos), debemos remontarnos precisamente a esas raíces profundas. De esto se sigue que el amor se hace quizá “más difícil”, pero se convierte también en “más grande”. En el amor nos dejamos guiar no sólo por la reacción de los sentimientos, sino por la consideración del verdadero bien. Y de este modo aprendemos a guiar nuestros sentimientos, los educamos. Esto requiere paciencia y perseverancia. Cristo dijo una vez: “In patientia vestra possidebitis animas vestras” (Lc 21, 19 Vulg.). Pues bien, amar verdadera y plenamente sólo sabe aquel que es capaz de “poseer” su alma, poseerse a si mismo: poseer para convertirse en “don para los demás”. Todo esto nos lo enseña Cristo no sólo con su palabra, sino también con su ejemplo.

5. Bien, ahora responderé más brevemente a las otras preguntas. El hecho de que los hombres son hermanos, quiere decir primeramente que, a pesar de todo lo que los divide —raza, lengua, nacionalidad, religión—, sin embargo, se parecen. Cada uno es un hombre y todos son hombres.

Sin embargo, es necesario completar este significado primero con el segundo. Llamamos hermanos y hermanas a aquellos que son hijos de los mismos padres y de las mismas madres. Los hombres son hermanos, según la enseñanza de Cristo (e incluso según el sentir religioso más común) porque Dios es su Padre. Cristo pone en el centro de su Evangelio esta verdad sobre la paternidad de Dios. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar. El enseña una oración que comienza con las palabras: “Padre nuestro…” (Mt 6, 9).

Esta oración nos ayuda mucho por lo que se refiere al amor del prójimo y en particular al amor de los hombres malévolos para con nosotros. En ella decimos, entre otras cosas: Padre “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12).

Homilía: El amor es fundamento de la moral

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE JESÚS OBRERO DIVINO
25-10-1981: Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo A

3. Hoy, en la primera lectura del libro del Éxodo escuchamos las llamadas que el autor del texto dirige, de parte de Dios, a los hombres de la Antigua Alianza, y que no pierden su actualidad en ninguna época:

“No vejarás…”, “no oprimirás…”, “no explotarás a viudas ni a huérfanos”, “no serás… usurero”, “si tomas en prenda… lo devolverás”.

El autor del libro del Éxodo, con estas órdenes tan fuertes y perentorias, quiere hacernos reflexionar sobre la realidad fundamental de la existencia de una “ley moral natural”, ingénita en la misma estructura del hombre, ser inteligente y volitivo. Dios no ha creado al hombre por casualidad, sino según un proyecto de amor y de salvación. Por el hecho mismo de que una persona es viviente y consciente, no puede dejarse llevar y dominar por el arbitrio, por la autonomía, por el impulso de los instintos y de las pasiones. Desgraciadamente hoy se enseña y se propala por los medios de comunicación, especialmente por los audiovisuales, un “humanismo del instinto”, que exalta el valor arbitrario de la espontaneidad instintiva, del hedonismo, de la agresividad. Pero no es así: hay una ley moral inscrita en la conciencia misma del hombre que impone respetar los derechos del Creador y del prójimo y la dignidad de la propia persona; ley que se expresa prácticamente con los “Diez Mandamientos”.

Transgredir la ley moral natural es fuente de consecuencias terribles y ya lo hacía ver San Pablo en la Carta a los Romanos: “Tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal…; pero gloria, honor y paz para todo el que hace el bien” (Rom 2, 9-10). Lo que San Pablo decía a los pueblos paganos, que no habían actuado en conformidad con el conocimiento racional de Dios, único Creador y Señor, y habían despreciado la ley moral natural, se constata de forma impresionante en todos los tiempos, y por lo tanto también en nuestra época: “Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad…” (Rom 1, 28-29). El descenso de la moral, tanto en el campo social como en el ámbito personal, causado por la desobediencia a la ley de Dios inscrita en el corazón del hombre, es la amenaza más terrible a cada persona y a toda la humanidad.

Esta dramática situación ya existía en los tiempos de la Encíclica “Rerum novarum“; y, por desgracia, después de 90 años, aún somos testigos de ella con la caída de la moral y la consiguiente gran amenaza para el hombre.

4. En el Evangelio de hoy un doctor de la ley pregunta a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22, 36). Cristo responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los Profetas” (Mt 22, 37-40).

Con estas palabras Cristo define cuál es el fundamento último de toda la moral humana, esto es, aquello sobre lo que se apoya toda la construcción de esta moral. Cristo afirma que se apoya en definitiva sobre estos dos mandamientos. Si amas a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo, si amas verdadera y realmente, entonces sin duda “no vejarás”, ni “oprimirás”, “no explotarás a ninguno, en particular a la viuda y al huérfano”, “no serás tampoco usurero” y si “tomas en prenda… lo devolverás” (Ex 22, 20-25).

La liturgia de la Palabra de hoy nos enseña de qué modo se construye el edificio de la moral humana desde sus mismos fundamentos y, al mismo tiempo, nos invita a construir este edificio precisamente así. Del mismo modo en cada uno como en todos: en el hombre que es sujeto consciente de sus actos, en la familia y en toda la sociedad.

Puesto que debemos aprovecharnos honestamente de la participación en la liturgia de hoy, debemos pensar si y cómo construimos el edificio de nuestra moral. Y si la conciencia comienza a reprobar nuestras obras, reflexionemos si a esta moral no le falta el fundamento del amor.

[…] 5. “Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Sal 17 [18], 3).

El hombre, en diversas situaciones de la vida, se dirige a Dios para encontrar en El la ayuda, por ejemplo con las palabras del Salmo responsorial de hoy. Se dirige a El en las dificultades y en los peligros.

Los peligros más amenazadores son los de naturaleza moral, tanto por lo que respecta a los individuos, como también a las familias y a toda la sociedad.

Y entonces es necesario un esfuerzo más grande y una cooperación más ferviente con Dios para construir sobre roca sólida, sobre el fundamento de sus mandamientos y sobre la potencia de su gracia. Este fundamento perdura incesantemente. Y Dios no niega la gracia a los que sinceramente aspiran a ella.

A todos vosotros… os deseo de todo corazón que construyáis sobre este fundamento, que aspiréis a la gracia de Cristo.

Que se cumplan en vosotros estas palabras: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador” (Sal 17 [18] 2).

Catequesis: La medida del amor es la cruz de Cristo

Audiencia general: 27-04-1988

7. […] El Padre celestial ofrece a los hombres, mediante Cristo y en Cristo, el perdón de sus pecados y la salvación, y, lleno de amor, espera su regreso, como el padre de la parábola esperaba el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15, 20-32), porque Dios es verdaderamente “rico en misericordia” (Ef 2, 4).

Bajo esta luz se coloca todo el Evangelio de la conversión que, desde el comienzo, anunció Jesús: “convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). La conversión al Padre, al Dios que “es amor” (1 Jn 4, 16), va unida a la aceptación del amor como mandamiento “nuevo”: amor a Dios, “el mayor y el primer mandamiento” (Mt 22, 38) y amor al prójimo, “semejante al primero” (Mt 22, 39). Jesús dice: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros”. “Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y nos encontramos aquí con la esencia del “reino de Dios” en el hombre y en la historia. Así, la ley entera —es decir, el patrimonio ético de la Antigua Alianza— debe cumplirse, debe alcanzar su plenitud divino-humana. El mismo Jesús lo declara en sermón de la montaña: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17).

En todo caso, El libra al hombre de la “letra de la ley”, para hacerle penetrar en su espíritu, puesto que, como dice San Pablo, “la letra (sola) mata”, mientras que “el Espíritu da la vida” (cf. 2 Cor 3, 6). El amor fraterno, como reflejo y participación del amor de Dios, es, pues, el principio animador de la Nueva Ley, que es como la base constitucional del reino de Dios (cf. Summa Theol., I-II, q. 106. a. 1; q. 107. aa. 1-2).

9. […] La ley del amor se deriva de la gracia divina en el hombre que la acoge y la conserva, participando vitalmente en el misterio pascual de Cristo. Es un amor que se realiza en la historia, no obstante cualquier rechazo por parte de los invitados, sin importar su indignidad. Al cristiano le sonríe la esperanza de que el amor se realice también en todos los “invitados”: precisamente porque la “medida” pascual de ese amor esponsal es la cruz, su perspectiva escatológica ha quedado abierta en la historia con la resurrección de Cristo. Por Él el Padre “nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo querido” (cf. Col 1, 13). Si acogemos la llamada y secundamos la atracción del Padre, en Cristo “tenemos todos la redención” y la vida eterna.

Discurso a los jóvenes: ¿Qué quiere decir amar a Dios y al prójimo?

VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES EN EL CAMPO ÑU GUAZÚ
Asunción, Paraguay (18-05-1988)

[…] Cuando un doctor de la ley, con ánimo de tentar a Jesús, le pregunta cuál es el mandamiento más grande, el Señor le responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Ibíd., 22, 37). 

[…] Con las mismas palabras de Cristo, yo os digo: amad al Señor con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma y con toda vuestra mente. No veáis nunca los mandamientos como algo negativo, como preceptos que limitan la libertad o como avisos de castigo. Los mandamientos se entienden, se convierten en fuerza liberadora, cuando uno procura entender y cumplir el gran mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas.

Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir sencillamente aspirar a ser santos. Jóvenes que me escucháis, con esa valentía tan propia de vuestro pueblo guaraní, con el coraje de vuestros mayores, no rehuyáis iniciar la exigente y tenaz tarea de vuestra santificación personal. Vuestro país y el mundo entero siguen necesitando santos: personas de todas las edades, pero especialmente jóvenes, dispuestos a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.

Amar a Dios sobre todas las cosas es además el secreto para conseguir la felicidad incluso ya en esta vida… No busquéis la felicidad en el placer, en la posesión de bienes materiales, en el afán de dominio. Se es feliz por lo que se es, no por lo que se tiene: la felicidad está en el corazón, está en amar, está en darse por el bien de los demás sin esperar nada a cambio.

4. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente…; amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37. 39).  En esta respuesta de Jesús al doctor de la ley se compendian todos los mandamientos. Y San Juan precisa a este respecto en su primera Carta: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4, 20). 

El camino señalado por los mandamientos para llegar al cielo, para alcanzar la felicidad, pasa por el amor, por el servicio al hermano. El Señor espera que confirméis la autenticidad de vuestro amor a Dios con obras de caridad hacia el prójimo. Cristo os da cita junto al hermano sufriente, olvidado, oprimido. El os llama a un decidido compromiso con el hombre, en la defensa de sus derechos y dignidad como hijo de Dios que es. Tenéis que amar a Dios y a vuestros semejantes contribuyendo así a la edificación de una sociedad en la que los bienes sean compartidos por todos, una sociedad donde todos puedan vivir de modo conforme a su condición de personas.

El camino para entrar en la vida nueva que Cristo os presenta, os exigirá construir vuestro futuro con la conciencia de que la formación, profesional o laboral –el estudio–, así como el trabajo, son medios de santificación, de realización personal y instrumentos de servicio a los demás. Aliento por ello a todos vosotros, jóvenes trabajadores, estudiantes universitarios, a un renovado empeño en vuestra formación laboral, en vuestros estudios. […] Invito a los alumnos y profesores… a incrementar su voluntad de servicio y su preparación doctrinal, profesional y científica en fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia, bajo la guía de los obispos. No es el provecho material o el afán de poseer lo que ha de motivaros en vuestro estudio o en vuestro trabajo.

El camino hacia la vida os exigirá también ser conscientes en todo momento de que se debe evitar el lucro fácil por medios que sean contrarios a la ley de Dios, pues cualquier ventaja obtenida de ese modo es ciertamente injusta y supone un perjuicio para el prójimo –“no robarás, no levantarás testimonio falso” (Mt 19, 18), dijo Jesús al joven–. Asumid dentro de vosotros como un imperioso deber la defensa de la moralidad pública, viviéndola, en primer lugar, vosotros mismos, por el pudor, la sobriedad y la templanza de vida. Asimismo os aliento a la práctica constante de la solidaridad con los demás, lo cual os llevará a participar en tantas iniciativas en favor de vuestros hermanos, y a crearlas allí donde falten, empeñando lo mejor de vuestra inteligencia y iniciativas.

[…] 9. La vida de María fue un continuo sí al amor. A Ella que, desde el anuncio del ángel, “se ha abandonado a Dios completamente, manifestando la obediencia de la fe a Aquel que le hablaba a través de su mensajero” (Redemptoris Mater, 13),  a Ella acudo… para que os ayude en vuestro camino y en vuestra misión. Con Ella, que es la Estrella de la mañana, la Causa de nuestra alegría, nunca os marcharéis tristes, porque siempre os indicará el camino que lleva a su divino Hijo: el camino de la fraternidad, del servicio al hermano, de la honradez y la justicia; el camino del amor.

Mulieris dignitatem: Sólo el amor corresponde a lo que es la persona

Carta encíclica : 15-08-1988

[…] Sólo la persona puede amar y sólo la persona puede ser amada. Esta es ante todo una afirmación de naturaleza ontológica, de la que surge una afirmación de naturaleza ética. El amor es una exigencia ontológica y ética de la persona. La persona debe ser amada ya que sólo el amor corresponde a lo que es la persona. Así se explica el mandamiento del amor, conocido ya en el Antiguo Testamento (cf. Dt 6, 5; Lev 19, 18) y puesto por Cristo en el centro mismo del «ethos» evangélico (cf. Mt 22, 36-40; Mc 12, 28-34). De este modo se explica también aquel primado del amor expresado por las palabras de Pablo en la Carta a los Corintios: «La mayor es la caridad» (cf. 1 Cor 13, 13).

Si no recurrimos a este orden y a este primado no se puede dar una respuesta completa y adecuada a la cuestión sobre la dignidad de la mujer y su vocación. Cuando afirmamos que la mujer es la que recibe amor para amar a su vez, no expresamos sólo o sobre todo la específica relación esponsal del matrimonio. Expresamos algo más universal, basado sobre el hecho mismo de ser mujer en el conjunto de las relaciones interpersonales, que de modo diverso estructuran la convivencia y la colaboración entre las personas, hombres y mujeres. En este contexto amplio y diversificado la mujer representa un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como aquella persona concreta, por el hecho de su femineidad.Esto se refiere a todas y cada una de las mujeres, independientemente del contexto cultural en el que vive cada una y de sus características espirituales, psíquicas y corporales, como, por ejemplo, la edad, la instrucción, la salud, el trabajo, la condición de casada o soltera.

Catequesis: No una ley externa, sino escrita en el corazón

Audiencia general 09-08-1989

3. […] La nueva (futura) Alianza anunciada por los profetas se debía establecer por medio de un cambio radical de la relación del hombre con la ley de Dios. En vez de ser una regla externa, escrita sobre tablas de piedra, la Ley debía convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo sobre el corazón del hombre, en una orientación interna, establecida “en lo profundo del ser humano”.

Esta Ley se resume, según el Evangelio, en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Cuando Jesús afirma que “de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt22, 40), da a entender que estaban ya contenidos en el Antiguo Testamento (cf. Dt 6, 5; Lv19, 18). El amor de Dios es el mandamiento “mayor y primero”; el amor al prójimo es “el segundo y semejante al primero” (cf. Mt 22, 37-39), y es también condición necesaria para la observancia del primero: “Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley”, como escribirá San Pablo (Rm 13, 8).

4. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo, esencia de la nueva Ley instituida por Cristo con la enseñanza y el ejemplo (hasta dar “su vida por sus amigos”: cf. Jn 15, 13), es “escrito” en los corazones por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en “la ley del Espíritu”.

Como escribe el Apóstol a los Corintios: “Evidentemente sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (2 Co 3, 3). La Ley del Espíritu es, por consiguiente, el imperativo interior del hombre, en el que actúa el Espíritu Santo: es, más aún, el mismo Espíritu Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior del corazón.

5. Una Ley entendida así está muy lejos de toda forma de imposición externa por la que el hombre queda sometido en sus propios actos. La Ley del Evangelio, contenida en la palabra y confirmada por la vida y la muerte de Cristo, consiste en una revelación divina, que incluye la plenitud de la verdad sobre el bien de las acciones humanas, y al mismo tiempo sana y perfecciona la libertad interior del hombre, como escribe San Pablo: “La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8, 2). Según el Apóstol, el Espíritu Santo que “da vida”, porque por medio de Él el espíritu del hombre participa en la vida de Dios, se transforma al mismo tiempo en el nuevo principio y la nueva fuente del actuar del hombre: “a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu” (Rm 8, 4).

En esta enseñanza San Pablo hubiera podido hacer referencia a Jesús mismo que en el Sermón de la Montaña advertía: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5, 17). Precisamente este cumplimiento, que Jesucristo ha dado a la Ley de Dios con su palabra y con su ejemplo, constituye el modelo del “caminar según el Espíritu”. En este sentido, en los creyentes en Cristo, partícipes de su Espíritu, existe y actúa la “Ley del Espíritu”, escrita por Él “en la carne de los corazones”.

Redemptoris Missio: Sólo el amor vence en mal y hace presente el Reino de Dios

Carta encíclica: 07-12-1990

14. […] La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En la perspectiva de Jesús, las curaciones son también signo de salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras cura, Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf. Lc 5, 24). Recibida la fe, la curación anima a ir más lejos: introduce en la salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos liberadores de la posesión del demonio, mal supremo y símbolo del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que « ha llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt12, 28).

15. El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Jesús se refiere a toda la ley, centrándola en el mandamiento del amor (cf. Mt 22, 34-40); Lc 10, 25-28). Antes de dejar a los suyos les da un « mandamiento nuevo »: « Que os améis los unos a los otros como yo os he amado » (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así el amor que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por tanto la naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios.

El Reino interesa a todos: a las personas, a sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud. 

Catequesis: Jesucristo demuestra lo que significa amar

Audiencia general: 20-05-1992

4. […] Cristo es la respuesta divina que la Iglesia da a los problemas humanos fundamentales: Cristo, que es el hombre perfecto. El Concilio dice que «el que sigue a Cristo… se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (Gaudium et spes, 41). La Iglesia, al dar testimonio de la vida de Cristo, «hombre perfecto», señala a todo hombre el camino que lleva a la plenitud de realización de su propia humanidad. Asimismo, presenta a todos con su predicación un auténtico modelo de vida e infunde en los creyentes con los sacramentos la energía vital que permite el desarrollo de la vida nueva, que se transmite de miembro a miembro en la comunidad eclesial. Por esto, Jesús llama a sus discípulos «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5, 13-14).

5. En su testimonio de la vida de Cristo, la Iglesia da a conocer a los hombres a aquel que en su existencia terrena realizó del modo más perfecto «el mayor y el primer mandamiento» (Mt 22, 38-40), que él mismo enunció. Lo realizó en su doble dimensión. En efecto, con su vida y con su muerte, Jesucristo mostró lo que significa amar a Dios «sobre todas las cosas», con una actitud de reverencia y obediencia al Padre, que le llevaba a decir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). También confirmó y realizó de modo perfecto el amor al prójimo, con respecto al cual se definía y se comportaba como «el Hijo del hombre (que) no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mt 20, 28).

Veritatis splendor: Mandamiento del amor, un camino hacia la libertad

Carta encíclica: 06-08-1993

Los mandamientos… están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares.El «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio», son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.

Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad —dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes…, como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta…» (In Iohannis Evangelium Tractatus, 41, 9-10: CCL 36, 363).

14. Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del amor a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la vida eterna: «Haz eso y vivirás» (Lc 10, 28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29). El Maestro responde con la parábola del buen samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).

Los dos mandamientos, de los cuales «penden toda la Ley y los profetas» (Mt 22, 40), están profundamente unidos entre sí y se compenetran recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la cruz que redime (cf.Jn 3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Jn 4, 20). El evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo, expresada de modo admirable e inequívoco en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y en el «discurso» sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46).

[…] Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14). Así, el mandamiento «No matarás», se transforma en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo; el precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal… Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13, 34-35).

Catequesis: El amor es fruto del dinamismo trinitario

Audiencia general: 20-10-1999

1. «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21).

La virtud teologal de la caridad, de la que hablamos en la catequesis anterior, se expresa en dos direcciones: hacia Dios y hacia el prójimo. En ambos aspectos es fruto del dinamismo de la vida de la Trinidad en nuestro interior.

En efecto, la caridad tiene su fuente en el Padre, se revela plenamente en la Pascua del Hijo, crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella Dios nos hace partícipes de su mismo amor.

Quien ama de verdad con el amor de Dios, amará también al hermano como él lo ama. Aquí radica la gran novedad del cristianismo: no puede amar a Dios quien no ama a sus hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor.

2. La enseñanza de la sagrada Escritura a este respecto es inequívoca. El amor a los semejantes es recomendado ya a los israelitas: «No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Aunque este mandamiento en un primer momento parece restringido únicamente a los israelitas, progresivamente se entiende en sentido cada vez más amplio, incluyendo a los extranjeros que habitan en medio de ellos, como recuerdo de que Israel también fue extranjero en tierra de Egipto (cf. Lv 19, 34; Dt 10, 19).

En el Nuevo Testamento este amor es ordenado en un sentido claramente universal: supone un concepto de prójimo que no tiene fronteras (cf. Lc 10, 29-37) y se extiende incluso a los enemigos (cf. Mt 5, 43-47). Es importante notar que el amor al prójimo se considera imitación y prolongación de la bondad misericordiosa del Padre celestial, que provee a las necesidades de todos y no hace distinción de personas (cf. Mt 5, 45). En cualquier caso, permanece vinculado al amor a Dios, pues los dos mandamientos del amor constituyen la síntesis y el culmen de la Ley y de los Profetas (cf. Mt 22, 40). Sólo quien practica ambos mandamientos, está cerca del reino de Dios, como dice Jesús respondiendo al escriba que le había hecho la pregunta (cf. Mc 12, 28-34).

3. Siguiendo este itinerario, que vincula el amor al prójimo con el amor a Dios, y a ambos con la vida de Dios en nosotros, es fácil comprender por qué el Nuevo Testamento presenta el amor como fruto del Espíritu, es más, como el primero entre los muchos dones enumerados por san Pablo en la carta a los Gálatas: «el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).

La tradición teológica ha distinguido las virtudes teologales, los dones y los frutos del Espíritu Santo, aunque los ha puesto en correlación (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1830-1832). Mientras las virtudes son cualidades permanentes conferidas a la criatura con vistas a las obras sobrenaturales que debe realizar y los dones perfeccionan tanto las virtudes  teologales como las morales, los frutos del Espíritu son actos virtuosos que la persona realiza con facilidad, de modo habitual y con gusto (cf. santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 70, a.1, ad 2). Estas distinciones no se oponen a lo que san Pablo afirma cuando habla en singular de fruto del Espíritu. En efecto, el Apóstol quiere indicar que el fruto por excelencia es la caridad divina, el alma de todo acto virtuoso. De la misma forma que la luz del sol se expresa en una variada gama de colores, así la caridad se manifiesta en múltiples frutos del Espíritu.

4. En este sentido, la carta a los Colosenses dice: «Por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14). El himno a la caridad, contenido en la primera carta a los Corintios (cf. 1 Co 13) celebra este primado de la caridad sobre todos los demás dones (cf. 1 Co 13, 1-3), incluso sobre la fe y la esperanza (cf. 1 Co 13, 13). En efecto, el Apóstol afirma: «La caridad no acaba nunca» (1 Co 13, 8).

El amor al prójimo tiene una connotación cristológica, dado que debe adecuarse al don que Cristo ha hecho de su vida: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16). Ese mandamiento, al tener como medida el amor de Cristo, puede llamarse «nuevo» y permite reconocer a los verdaderos discípulos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35). El significado cristológico del amor al prójimo resplandecerá en la segunda venida de Cristo. Precisamente entonces se constatará que la medida para juzgar la adhesión a Cristo es precisamente el ejercicio diario y visible de la caridad hacia los hermanos más necesitados: «Tuve hambre y me disteis de comer…» (cf. Mt 25, 31-46).

Sólo quien se interesa por el prójimo y sus necesidades muestra concretamente su amor a Jesús. Si se cierra o permanece indiferente al «otro», se cierra al Espíritu Santo, se olvida de Cristo y niega el amor universal del Padre.

Benedicto XVI, papa

Caritas in veritate: No hay amor sin verdad

Carta encíclica: 29-06-2009

2. La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas. Para la Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la caridad es todo porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.

Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De aquí la necesidad de unir no sólo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la «veritas in caritate» (Ef 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de «caritas in veritate». Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola.

Homilía (26-10-2008): ¡Shemá!: amor íntegro y total a Dios

La Palabra del Señor, que se acaba de proclamar en el Evangelio, nos ha recordado que el amor es el compendio de toda la Ley divina. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. Mt 22, 34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó:  “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22, 36). La pregunta deja adivinar la preocupación, presente en la antigua tradición judaica, por encontrar un principio unificador de las diversas formulaciones de la voluntad de Dios. No era una pregunta fácil, si tenemos en cuenta que en la Ley de Moisés se contemplan 613 preceptos y prohibiciones. ¿Cómo discernir, entre todos ellos, el mayor? Pero Jesús no titubea y responde con prontitud:  “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento” (Mt 22, 37-38).

En su respuesta, Jesús cita el Shemá, la oración que el israelita piadoso reza varias veces al día, sobre todo por la mañana y por la tarde (cf. Dt 6, 4-9; 11, 13-21; Nm 15, 37-41):  la proclamación del amor íntegro y total que se debe a Dios, como único Señor. Con la enumeración de las tres facultades que definen al hombre en sus estructuras psicológicas profundas:  corazón, alma y mente, se pone el acento en la totalidad de esta entrega a Dios. El término mente, diánoia, contiene el elemento racional. Dios no es solamente objeto del amor, del compromiso, de la voluntad y del sentimiento, sino también del intelecto, que por tanto no debe ser excluido de este ámbito. Más aún, es precisamente nuestro pensamiento el que debe conformarse al pensamiento de Dios.

Sin embargo, Jesús añade luego algo que, en verdad, el doctor de la ley no había pedido:  “El segundo es semejante a este:  Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 39). El aspecto sorprendente de la respuesta de Jesús consiste en el hecho de que establece una relación de semejanza entre el primer mandamiento y el segundo, al que define también en esta ocasión con una fórmula bíblica tomada del código levítico de santidad (cf. Lv 19, 18). De esta forma, en la conclusión del pasaje los dos mandamientos se unen en el papel de principio fundamental en el que se apoya toda la Revelación bíblica:  “De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 40).

La página evangélica sobre la que estamos meditando subraya que ser discípulos de Cristo es poner en práctica sus enseñanzas, que se resumen en el primero y mayor de los mandamientos de la Ley divina, el mandamiento del amor. También la primera Lectura, tomada del libro del Éxodo, insiste en el deber del amor, un amor testimoniado concretamente en las relaciones entre las personas:  tienen que ser relaciones de respeto, de colaboración, de ayuda generosa. El prójimo al que debemos amar es también el forastero, el huérfano, la viuda y el indigente, es decir, los ciudadanos que no tienen ningún “defensor”. El autor sagrado se detiene en detalles particulares, como en el caso del objeto dado en prenda por uno de estos pobres (cf. Ex 22, 25-26). En este caso es Dios mismo quien se hace cargo de la situación de este prójimo.

En la segunda Lectura podemos ver una aplicación concreta del mandamiento supremo del amor en una de las primeras comunidades cristianas. San Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, les da a entender que, aunque los conozca desde hace poco, los aprecia y los lleva con cariño en su corazón. Por este motivo los señala como “modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya” (1 Ts 1, 7). Por supuesto, no faltan debilidades y dificultades en aquella comunidad fundada hacía poco tiempo, pero el amor todo lo supera, todo lo renueva, todo lo vence:  el amor de quien, consciente de sus propios límites, sigue dócilmente las palabras de Cristo, divino Maestro, transmitidas a través de un fiel discípulo suyo.

“Vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor —escribe san Pablo—, acogiendo la Palabra en medio de grandes pruebas”. “Partiendo de vosotros —prosigue el Apóstol—, ha resonado la Palabra del Señor y vuestra fe en Dios se ha difundido no sólo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes” (1 Ts 1, 6.8). La lección que sacamos de la experiencia de los Tesalonicenses, experiencia que en verdad se realiza en toda auténtica comunidad cristiana, es que el amor al prójimo nace de la escucha dócil de la Palabra divina. Es un amor que acepta también pruebas duras por la verdad de la Palabra divina; y precisamente así crece el amor verdadero y la verdad brilla con todo su esplendor. ¡Qué importante es, por tanto, escuchar la Palabra y encarnarla en la existencia personal y comunitaria!

[…] Advertimos de manera singular el especial vínculo que existe entre la escucha amorosa de la Palabra de Dios y el servicio desinteresado a los hermanos. [Hoy es cada vez mayor] la necesidad de escuchar más íntimamente a Dios, de conocer más profundamente su Palabra de salvación, de compartir más sinceramente la fe que se alimenta constantemente en la mesa de la Palabra divina!

[…] La tarea prioritaria de la Iglesia, al inicio de este nuevo milenio, consiste ante todo en alimentarse de la Palabra de Dios, para hacer eficaz el compromiso de la nueva evangelización, del anuncio en nuestro tiempo. […] Es preciso que se comprenda la necesidad de traducir en gestos de amor la Palabra escuchada, porque sólo así se vuelve creíble el anuncio del Evangelio, a pesar de las fragilidades humanas que marcan a las personas. Esto exige, en primer lugar, un conocimiento más íntimo de Cristo y una escucha siempre dócil de su Palabra.

[…] Haciendo nuestras las palabras del Apóstol:  “Ay de mí si no predicara el Evangelio” (1 Co 9, 16), deseo de corazón que en cada comunidad se sienta con una convicción más fuerte este anhelo de san Pablo como vocación al servicio del Evangelio para el mundo. Al inicio de los trabajos sinodales recordé la llamada de Jesús:  “La mies es mucha” (Mt 9, 37), llamada a la cual nunca debemos cansarnos de responder, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Mucha gente está buscando, a veces incluso sin darse cuenta, el encuentro con Cristo y con su Evangelio; muchos sienten la necesidad de encontrar en él el sentido de su vida. Por tanto, dar un testimonio claro y compartido de una vida según la Palabra de Dios, atestiguada por Jesús, se convierte en un criterio indispensable de verificación de la misión de la Iglesia.

Las lecturas que la liturgia ofrece hoy a nuestra meditación nos recuerdan que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el amor. Por eso, quien cree haber comprendido las Escrituras, o por lo menos alguna parte de ellas, sin comprometerse a construir, mediante su inteligencia, el doble amor a Dios y al prójimo, demuestra en realidad que está todavía lejos de haber captado su sentido profundo. Pero, ¿cómo poner en práctica este mandamiento?, ¿cómo vivir el amor a Dios y a los hermanos sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras?

El concilio Vaticano II afirma que “los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura” (Dei Verbum, 22) para que las personas, cuando encuentren la verdad, puedan crecer en el amor auténtico. Se trata de un requisito que hoy es indispensable para la evangelización. Y, ya que el encuentro con la Escritura a menudo corre el riesgo de no ser “un hecho” de Iglesia, sino que está expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, resulta indispensable una promoción pastoral intensa y creíble del conocimiento de la Sagrada Escritura, para anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad y no de las ideologías del momento e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los hombres (cf. ib., 21).

Con esta finalidad es preciso prestar atención especial a la preparación de los pastores, que luego dirigirán la necesaria acción de difundir la práctica bíblica con los subsidios oportunos. Es preciso estimular los esfuerzos que se están llevando a cabo para suscitar el movimiento bíblico entre los laicos, la formación de animadores de grupos, con especial atención hacia los jóvenes. Debe sostenerse el esfuerzo por dar a conocer la fe a través de la Palabra de Dios, también a los “alejados” y especialmente a los que buscan con sinceridad el sentido de la vida.

Se podrían añadir otras muchas reflexiones, pero me limito, por último, a destacar que el lugar privilegiado en el que resuena la Palabra de Dios, que edifica la Iglesia, como se dijo en el Sínodo, es sin duda la liturgia. En la liturgia se pone de manifiesto que la Biblia es el libro de un pueblo y para un pueblo; una herencia, un testamento entregado a los lectores, para que actualicen en su vida la historia de la salvación testimoniada en lo escrito. Existe, por tanto, una relación de recíproca y vital dependencia entre pueblo y Libro:  la Biblia es un Libro vivo con el pueblo, su sujeto, que lo lee; el pueblo no subsiste sin el Libro, porque en él encuentra su razón de ser, su vocación, su identidad. Esta mutua dependencia entre pueblo y Sagrada Escritura se celebra en cada asamblea litúrgica, la cual, gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, ya que es él quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura y se acoge la alianza que Dios renueva con su pueblo. Así pues, Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor y a la obediencia a su voluntad. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor (cf. Is 55, 10-11).

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que de la escucha renovada de la Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, brote una auténtica renovación de la Iglesia universal en todas las comunidades cristianas… María santísima, que ofreció su vida como “esclava del Señor” para que todo se cumpliera en conformidad con la divina voluntad (cf. Lc1, 38) y que exhortó a hacer todo lo que dijera Jesús (cf. Jn 2, 5), nos enseñe a reconocer en nuestra vida el primado de la Palabra, la única que nos puede dar la salvación. Así sea.

San Juan XXIII, papa

Homilía (06-05-1962): Martín de Porres: Amor y humildad

Rito de Canonización del beato Martín de Porres

[…] Martín, con el ejemplo de su vida, nos demuestra que es posible conseguir la salvación y la santidad por el camino que Cristo enseña: si ante todo amamos a Dios de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismo (Cf. Mt 22, 36-38).

Por lo cual, ante todo, Martín, ya desde niño, amó a Dios, dulcísimo Padre de todos: y con tales características de ingenuidad y sencillez que no pudieron menos que agradar a Dios.

Posteriormente cuando entró en la Orden Dominicana, de tal modo ardió en piedad que, no una sola vez, mientras oraba, libre su mente de todas las cosas, parecía estar arrebatado al cielo. Pues tenia en su corazón bien fijo lo que Santa Catalina de Sena había afirmado con estas palabras: “Es normal amar a aquel que ama. Aquel que vuelve amor por amor puede decirse que da un vaso de agua a su Creador” (Carta número 8 de Santa Catalina). Después de haber meditado que Cristo padeció por nosotros…, que llevó en su cuerpo nuestros pecados sobre el madero (Cf. 1P 2, 21-24), se encendió en amor a Cristo crucificado, y al contemplar sus acerbos dolores, no podía dominarse y lloraba abundantemente. Amó también con especial caridad al augusto Sacramento de la Eucaristía al que, con frecuencia escondido, adoraba durante muchas horas en el sagrario y del que se nutría con la mayor frecuencia posible. Amó de una manera increíble a la Virgen María, y la tuvo siempre como una Madre querida. Además, San Martín, siguiendo las enseñanzas del Divino Maestro, amó con profunda caridad, nacida de una fe inquebrantable y de un corazón desprendido a sus hermanos. Amaba a los hombres porque los juzgaba hermanos suyos por ser hijos de Dios; más aún, los amaba más que a sí mismo, pues en su humildad juzgaba a todos más justos y mejores que él. Amaba a sus prójimos con la benevolencia propia de los héroes de la fe cristiana.

Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno  de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad. Hay que tener también en cuenta que en esto siguió caminos, que podemos juzgar ciertamente nuevos en aquellos tiempos, y que pueden considerarse como anticipados a nuestros días. Por esta razón ya nuestro predecesor de feliz memoria Pío XII nombró a Martín de Porres Patrono de todas las instituciones sociales de la República del Perú (Cfr. Carta Apostólica del 10 de junio de 1945).

Con tanto ardor siguió los caminos del Señor que llegó a un alto grado de perfecta virtud y se inmoló como hostia propiciatoria. Siguiendo la vocación del Divido Redentor, abrazó la vida religiosa para ligarse con vínculos de más perfecta santidad. Ya en el convento no se contentó con guardar con diligencia lo que le exigían sus votos, sino que tan íntegramente cultivó la castidad, la pobreza y la obediencia que sus compañeros y superiores lo tenían como una perfecta imagen de la virtud.

La dulzura y delicadeza de su santidad de vida llegó a tanto que durante su vida y después de la muerte ganó el corazón de todos, aun de razas y procedencias distintas; por esto nos parece muy apropiada la comparación de este hijo pequeño de la nación peruana con Santa Catalina de Sena, estrella brillante también de la familia dominicana, elevada al honor de los altares hace ya cinco siglos: ésta, porque sobresalió por su claridad de doctrina y firmeza de ánimo; aquél, porque adaptó sus actividades durante toda su vida a los preceptos cristianos.

Autor anónimo

De un antiguo sermón sobre el amor a Dios y al prójimo

(PL 3, 312-313)

Éste es el camino que recorrió Cristo

Me dispongo a hablar a vuestra caridad sobre la misma caridad de la que el Señor dijo: Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, y amarás al prójimo como a ti mismo. Y lo ha querido así porque estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Amarás, pues, a tu Dios y amarás a tu hermano, porque quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Amaos, pues, carísimos hermanos. Amad a los amigos. Amad a los enemigos. ¿Qué perderéis por intentar ganar a muchos? Oigamos al mismo Señor en persona que nos dice en el evangelio: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros.

Mirad cómo amó a todos el mismo Señor, que nos mandó amarnos unos a otros. Amó a sus discípulos que le seguían, como a compañeros. Amó a los judíos que le perseguían, como a enemigos. Predicó a los discípulos el reino de los cielos: ellos lo oyeron, y, dejándolo todo, le siguieron. Y les dijo: Si hacéis lo que yo os mando, ya no os llamo siervos, sino amigos.

Eran, pues, amigos los que, creyendo, hacían lo que les mandaba. Oró por ellos cuando dijo: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo. Pero, ¿es que oró por los amigos y se olvidó de los enemigos? Escucha y aprende. En el curso de su pasión, viendo que los judíos se ensañaban con él, pidiendo a gritos su crucifixión, clamó con voz potente al Padre y dijo: Padre, perdónalos. porque no saben lo que hacen. Como si dijera: Los cegó su propia maldad, que los perdone tu gran bondad. Y su petición ante el Padre no cayó en el vacío, pues en lo sucesivo fueron muchos los judíos que creyeron. Y la sangre que derramaron, crueles, la bebieron, creyentes. Y se convirtieron en seguidores, los que habían sido perseguidores.

Este es el camino que recorrió Cristo. Sigámosle, para que nuestro nombre de «cristianos» no carezca de sentido.

www.deiverbum.org [*]

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