Domingo XXXIV Tiempo Ordinario (A) – Solemnidad de Cristo Rey

Lecturas (Domingo XXXIV Tiempo Ordinario Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo A)

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-1ª Lectura: Ez 34, 11-12. 15-17 : A vosotros mis ovejas voy a juzgar entre oveja y oveja
-Salmo: Sal 22 : El Señor es mi pastor, nada me falta
-2ª Lectura: 1Cor 15, 20-26a.28 : Devolverá a Dios Padre su reino y así Dios lo será todo para todos
+Evangelio: Mt 25, 31-46 : Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Cirilo de Alejandría

Comentario: Reinar con Cristo

Comentario sobre el evangelio de san Juan, Lib 9: PG 74, 266 (Liturgia de las Horas)

Cuando aparezca Cristo, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en la gloria

Después de su resurrección de entre los muertos, devuelta a su primitivo estado nuestra naturaleza, liberado el hombre de la corrupción, en calidad de primicias y en su primer templo, ascendió Jesús a Dios Padre, que está en los cielos. Pero transcurrido un breve intervalo de tiempo descenderá nuevamente —según creemos—, y volverá otra vez a nosotros en la gloria de su Padre, acompañado de sus santos ángeles, para convocar a todos, buenos y malos, al tremendo tribunal.

En efecto, todas las criaturas comparecerán a juicio: y retribuyendo lo que es equitativo de acuerdo con el mérito de la vida, dirá a los que estarán situados a su izquierda, esto es, a cuantos en el pasado se guiaron por sentimientos mundanos: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. En cambio, a los de su derecha, es decir, a los santos y a los buenos, les dirá: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

Convivirán, pues, y co-reinarán con Cristo y disfrutarán con grandísimo placer de los bienes celestiales, hechos semejantes a él en la resurrección, liberados de los lazos de la antigua corrupción, rodeados de larga e inefable vida para vivir eternamente con el Señor que vive para siempre. Y que han de vivir incesantemente con Cristo quienes hubieran vivido una vida buena y virtuosa, contemplando su divina e inefable belleza, lo declaraba Pablo cuando decía: Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Y dirigiéndose a quienes se esforzaron en mortificar las concupiscencias mundanas, dice nuevamente: Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en la gloria. Por lo cual, para resumir en pocas palabras la fuerza y el significado de este texto, diré que los que aman los males del mundo caerán en el infierno y serán arrojados lejos de la presencia de Cristo; en cambio, los amantes de la virtud y cuantos hubieren custodiado íntegras las arras del Espíritu convivirán con él, vivirán en su compañía y contemplarán su divina hermosura. Será —dice— el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor.

San Hipólito de Roma

Homilía: Procurar el Reino

Homilía (atribuida), Tratado sobre el fin del mundo 41-43 : GCS I, 2, 305-307

“Venid, benditos de mi Padre” (Mt 25,34)

Venid, benditos de mi Padre, recibid el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25,34). Venid, vosotros que habéis amado a los pobres y a los extranjeros. Venid, vosotros que habéis permanecido fieles a mi amor, porque yo soy el amor. Venid, vosotros los pacíficos porque yo soy la paz. Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros.

No habéis rendido homenaje a la riqueza sino que habéis dado limosna a los pobres. Habéis sostenido a los huérfanos, ayudado a las viudas, habéis dado de beber a los que tenían sed y de comer a los que tenían hambre. Habéis acogido a los extranjeros, vestido al que estaba desnudo, habéis visitado al enfermo, consolado a los presos, acompañado a los ciegos. Habéis guardado intacto el sello de la fe y os habéis reunido con la comunidad en las iglesias. Habéis escuchado mis Escrituras deseando mi Palabra. Habéis observado mi ley día y noche (Sal 1,2) y habéis participado en mis sufrimientos como soldados valientes para encontrar gracia ante mí, vuestro rey del cielo. “Venid, tomad en posesión el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.” He aquí que mi reino está preparado y mi cielo está abierto. He aquí que mi inmortalidad se manifiesta en toda su belleza. Venid todos, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

San Cesareo de Arlés

Sermón: Somos miembros de Cristo

Sermones al pueblo, n. 24 : SC 243

«A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40)

Reflexionad, hermanos, y ved el ejemplo que nos da nuestro Señor, que hizo de nosotros viajeros y nos ordenó venir hasta la ciudad celeste (He 11, 13s) corriendo por el camino de la caridad… Aunque su lugar está en el cielo, por compasión hacia los que penaban, porque es la cabeza de los miembros y del cuerpo en el mundo entero (Col 2,19), dijo: “Cuando no hicisteis esto a uno de los más pequeños, tampoco me lo hicisteis a mí”… Cuando convirtió a Pablo el perseguidor en predicador, le dijo desde lo alto del cielo: ” ¿Pablo, Pablo, por qué me persigues?” (Hech. 9,4)… Pablo perseguía a los cristianos: ¿acaso perseguía a Cristo, que estaba en el cielo? Pero Cristo mismo estaba en los cristianos, sufriendo en todos sus miembros, para que en Él esta palabra sea verdadera: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él” (1Co 12,26)…

Llevemos pues las cargas unos de otros (Ga 6,2); allí donde fue la cabeza, están destinados a ir los otros miembros… Si nuestro Señor y Salvador, que no tenía pecado, se digna amarnos, a nosotros pecadores, con un afecto tan grande que Él afirma sufrir lo que sufrimos nosotros, ¿por qué nosotros, que no estamos sin pecado y que podemos rescatar nuestros pecados por la caridad, no nos amamos con un amor tan perfecto que nos compadezcamos por caridad de todo el dolor que padece uno de nosotros? Una mano u otro miembro arrancado del cuerpo no siente nada; así es el cristiano que no sufre la desgracia, el desamparo o hasta la muerte de otro.

Beata Teresa de Calcuta

Escritos: El otro es Cristo

Jesús, la palabra hablada, c. 8

«Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,45)

Jesús dice: “Cualquier cosa que hagáis al último de vuestros hermanos, es a mí a quien me lo hacéis. Cuando acogéis a un niño, es a mí a quien me acogéis. Si en mi nombre ofrecéis un vaso de agua, es a mí a quien me lo ofrecéis” (Mc 9,37; Mt 10,42). Con el fin de estar seguro de que habíamos comprendido bien lo que decía, afirmó que así es como seríamos juzgados a la hora de nuestra muerte: ” Tuve hambre, y me distéis de comer. Estaba desnudo, y me vestisteis. No tenía hogar, y me alojasteis”.

No es simplemente hambre de pan de la que se trata; es de un hambre de amor. La desnudez no concierne sólo al vestido; la desnudez es también la falta de dignidad humana y de esta magnífica virtud como es la pureza, así como la falta de respeto unos hacia otros. Estar sin hogar, no es sólo no tener casa; estar sin hogar, también es ser rechazado, excluido, no amado.

San Juan Pablo II, papa

Homilía: El Reino de la Vida

VISITA PASTORAL A COLLEVALENZA, ORVIETO Y TODI
SANTA MISA EN EL SANTUARIO DEL AMOR MISERICORDIOSO
Collevalenza, Perusa (22-11-1981)

1. “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 43), Hemos escuchado estas palabras hace poco, en el Evangelio de la solemnidad de hoy. El Hijo del hombre pronunciará estas palabras cuando, como rey, se encuentre ante todos los pueblos de la tierra, al fin del mundo. Entonces, cuando “El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras” (Mt 25, 32), a todos los que se hallen a su derecha, les dirá las palabras: heredad el reino”.

Este reino es el don definitivo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es el don madurado “desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), en el curso de toda la historia de la salvación. Es don del amor misericordioso.

Por esto, hoy, fiesta de Cristo Rey del universo y último domingo del año litúrgico, he deseado venir al santuario del Amor Misericordioso. La liturgia de este domingo nos hace conscientes, de modo particular, que en el reino revelado por Cristo crucificado y resucitado se debe cumplir definitivamente la historia del hombre y del mundo: “Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto” (1 Cor 15, 20).

2. El reino de Cristo, que es don del amor eterno, del amor misericordioso, ha sido preparado “desde la creación del mundo”.

Sin embargo, “por un hombre vino la muerte” (1 Cor 15, 21) y “por Adán murieron todos” (1 Cor 15, 22).

A la esencia del reino, nacido del amor eterno, pertenece la Vida y no la muerte.

La muerte entró en la historia del hombre juntamente con el pecado.

A la esencia, del reino, nacido del amor eterno, pertenece la gracia, no el pecado.

El pecado y la muerte son enemigos del reino porque en ellos se sintetiza, en cierto sentido, la suma del mal que hay en el mundo, el mal que ha penetrado en el corazón del hombre y en su historia.

El amor misericordioso tiende a la plenitud del bien. El reino “preparado desde la creación del mundo” es reino de la verdad y de la gracia, del bien y de la vida. Tendiendo a la plenitud del bien, el amor misericordioso entra en el mundo signado con la marca de la muerte y de la destrucción. El amor misericordioso penetra en el corazón del hombre oprimido por el pecado la concupiscencia, que es “del mundo”. El amor misericordioso establece un encuentro con el mal; afronta el pecado y la muerte. Y en esto precisamente se manifiesta y se vuelve a confirmar el hecho de que este amor es más grande que todo mal.

Sin embargo, San Pablo nos hace caer en la cuenta de lo largo que es el camino que este amor debe recorrer, el camino que lleva al cumplimiento del reino “preparado desde la creación del mundo”. Escribiendo sobre Cristo Rey, se expresa así: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Cor 15, 25 s.).

La muerte ya fue aniquilada por primera vez en la resurrección de Cristo, que en esta victoria se ha manifestado Señor y Rey.

Sin embargo, en el mundo continúa dominando la muerte: “por Adán murieron todos”, porque sobre el corazón del hombre y sobre su historia pesa el pecado. Parece pesar de modo especial sobre nuestra época.

¡Qué grande es la potencia del amor misericordioso que esperamos hasta que Cristo haya puesto a todos los enemigos bajo sus pies, venciendo hasta el fondo el pecado y aniquilando, como último enemigo, a la muerte!

El reino de Cristo es una tensión hacia la victoria definitiva del amor misericordioso, hacia la plenitud escatológica del bien y de la gracia, de la salvación y de la vida.

Esta plenitud tiene su comienzo visible sobre la tierra en la cruz y en la resurrección. Cristo, crucificado y resucitado, es revelación auténtica del amor misericordioso en profundidad. El es rey de nuestros corazones.

3. “Cristo tiene que reinar” en su cruz y resurrección, tiene que reinar hasta que “devuelva a Dios Padre su reino…”(1 Cor 15, 24). Efectivamente, cuando haya “aniquilado todo principado, poder y fuerza” que tienen al corazón humano en la esclavitud del pecado, y al mundo sometido a la muerte; cuando “todo le esté sometido”, entonces también el Hijo hará acto de sumisión a Aquel que le ha sometido todo, “y así Dios lo será todo para todos” (1 Cor15, 28).

He aquí la definición del reino preparado “desde la creación del mundo”.

He aquí el cumplimiento definitivo del amor misericordioso: ¡Dios todo en todos!

Cuantos en el mundo repiten cada día las palabras “venga a nosotros tu reino”, rezan en definitiva “para que Dios sea todo en todos”. Sin embargo, “por un hombre vino la muerte”(1 Cor 15, 21), la muerte, cuya dimensión interna en el espíritu humano es el pecado.

El hombre, pues, permaneciendo en esta dimensión de muerte y de pecado, el hombre tentado desde el comienzo con las palabras: “seréis como Dios” (cf. Gén 3, 5), mientras reza “venga tu reino”, por desgracia, se opone a su venida, incluso la rechaza. Parece decir: si en definitiva Dios será “todo en todos”, ¿qué quedará para mi, hombre? ¿Acaso este reino escatológico no absorberá al hombre, no lo aniquilará?

Si Dios es todo, el hombre es nada; no existe. Así proclaman los autores de las ideologías y programas que exhortan al hombre a volver las espaldas a Dios, a oponerse a su reino con absoluta firmeza y determinación, porque sólo así puede construir el propio reino; esto es, elreino del hombre en el mundo, el reino indivisible del hombre.

4. Así creen, así proclaman, y por esto luchan. Al comprometerse en esta batalla, parecen no advertir que el hombre no puede reinar mientras en él continúe dominando el pecado; que no es verdaderamente rey cuando la muerte domina sobre él… ¿Qué tipo de reino puede ser éste, si no libera al hombre de ese “principado, potestad y fuerza”, que arrastran al mal su conciencia y su corazón, y hacen brotar de las obras del genio humano horribles amenazas de destrucción?

Esta es la verdad sobre el mundo en que vivimos. La verdad sobre el mundo, en el cual el hombre, con toda su firmeza y determinación, rechaza el Reino de Dios, para hacer de este mundo el propio reino indivisible. Y, al mismo tiempo, sabemos que en el mundo está ya el reino de Dios. Está de modo irreversible. Está en el mundo: ¡está en nosotros!

¡Oh!, ¡de cuánta potencia de amor tiene necesidad el hombre y el mundo de hoy! ¡De cuánta potencia del amor misericordioso! Para que ese reino, que ya está en el mundo, pueda reducir a la nada el reino del “principado, poder y fuerza”, que inducen el corazón del hombre al pecado, y extienden sobre el mundo la horrible amenaza de la destrucción.

¡Oh!, ¡cuánta potencia del amor misericordioso se debe manifestar en la cruz y en la resurrección de Cristo!

“Cristo tiene que reinar…”.

5. Cristo reina por el hecho de que lleva al Padre a todos y a todo, reina para entregar “el reino a Dios Padre” (1 Cor 15, 24), para someterse a sí mismo a Aquel que le ha sometido todas las cosas (1 Cor 15, 28).

El reina como Pastor, como el Buen Pastor.

Pastor es aquel que ama a las ovejas y tiene cuidado de ellas, las protege de la dispersión, las reúne “de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad” (Ez 34, 12).

La liturgia de hoy contiene un emocionante diálogo del Pastor con el rebaño.

Dice el Pastor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear… Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente” (Ez 34, 15-16).

Dice el rebaño: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas, y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor, por años sin término” (Sal 22 [23], 1-3. 6).

Este es el diálogo cotidiano de la Iglesia: el diálogo que tiene lugar entre el Pastor y el rebaño y en este diálogo madura el reino “preparado desde la creación del mundo” (Mt 25, 24).

Cristo Rey, como Buen Pastor, prepara de diversos modos a su rebaño, esto es, a todos aquellos a quienes El debe entregar al Padre “para que Dios sea todo para todos” (1 Cor 15, 28).

6. ¡Cuánto desea El decir un día a todos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino” (Mt25, 34)!

¡Cómo desea encontrar, al culminar la historia del mundo, a aquellos a los que podrá decir: “…tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36)!

¡Cómo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas,incluso por el vaso de agua dado en su nombre (cf. Mc 9, 41)!

¡Cómo desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas “a su derecha” y decir: “heredad… el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”!

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán “a la izquierda”. Son los que han rechazado el reino. Han rechazado no sólo a Dios, considerando y proclamando que su reino aniquila el indiviso reino del hombre en el mundo, sino que han rechazado también al hombre: no le han hospedado, no le han visitado, no le han dado de comer ni de beber.

Efectivamente, el reino de Cristo se confirma, en las palabras del último juicio, como reino del amor hacia el hombre. La última base de la condenación será precisamente esa motivación: “cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 45).

Este es, pues, el reino del amor al hombre, del amor en la verdad; y, por esto, es el reino del amor misericordioso. Este reino es el don “preparado desde la creación del mundo”, don del amor. Y también fruto del amor, que en el curso de la historia del hombre y del mundo se abre constantemente camino a través de las barreras de la indiferencia, del egoísmo, de la despreocupación y del odio; a través de las barreras de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2, 16); a través del fomes del pecado que cada uno lleva en sí, a través de la historia de los pecados humanos y de los crímenes, como por ejemplo los que gravitan sobre nuestro siglo y nuestra generación… ¡a través de todo esto!

Amor misericordioso,
te pedimos que no nos faltes!
¡Amor misericordioso,
sé infatigable!
¡Sé constantemente
más grande que todo el mal
que hay en el hombre y en el mundo!
¡Sé más grande que ese mal,
que ha crecido en nuestro siglo
y en nuestra generación!
¡Sé más potente
con la fuerza del Rey crucificado!

“Bendito su reino que viene”.

Catequesis, Audiencia general, 19-04-1989

8. Cristo es el Señor de la vida eterna. A Él pertenece el juicio último, del que habla el Evangelio de Mateo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria… Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre. recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’” (Mt 25, 31. 34).

El derecho pleno de juzgar definitivamente las obras dé los hombres y las conciencias humanas. pertenece a Cristo en cuanto Redentor del mundo. El, en efecto, “adquirió” este derecho mediante la cruz. Por eso el Padre “todo juicio lo ha entregado al Hijo” (Jn 5, 22). Sin embargo el Hijo no ha venido sobre todo para juzgar, sino para saldar. Para otorgar la vida divina que está en Él. “Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre” (Jn 5, 26-27).

Un poder, por tanto, que coincide con la misericordia que fluye en su corazón desde el seno del Padre, del que procede el Hijo y se hace hombre “propter nos homines et propter nostram salutem”. Cristo crucificado y resucitado, Cristo que “subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Cristo que es, por tanto, el Señor de la vida eterna, se eleva sobre el mundo y sobre la historia como un signo de amor infinito rodeado de gloria, pero deseoso de recibir de cada hombre una respuesta de amor para darles la vida eterna.

Catequesis, Audiencia general, 30-09-1987

3. El poder divino de juzgar a todos y a cada uno pertenece al Hijo del hombre. El texto clásico en el Evangelio de Mateo (25, 31-46) pone de relieve en especial el hecho de que Cristo ejerce este poder no sólo como Dios-Hijo, sino también como Hombre. Lo ejerce —y pronuncia las sentencias— en nombre de la solidaridad con todo hombre, que recibe de los otros el bien o el mal: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35), o bien: “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25, 42). Una “materia” fundamental del juicio son las obras de caridad con relación al hombre-prójimo. Cristo se identifica precisamente con este prójimo: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40); “Cuando dejasteis de hacer eso…, conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25, 45).

Según este texto de Mateo, cada uno será juzgado sobre todo por el amor. Pero no hay duda de que los hombres serán juzgados también por su fe: “A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios” (Lc 12, 8); “Quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre” (Lc 9, 26; cf. también Mc 8, 38).

4. Así, pues, del Evangelio aprendemos esta verdad —que es una de las verdades fundamentales de fe—, es decir, que Dios es juez de todos los hombres de modo definitivo y universal y que este poder lo ha entregado el Padre al Hijo (cf. Jn 5, 22) en estrecha relación con su misión de salvación. Lo atestiguan de modo muy elocuente las palabras que Jesús pronunció durante el coloquio nocturno con Nicodemo: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvado por Él” (Jn 3, 17).

Si es verdad que Cristo, como nos resulta especialmente de los Sinópticos, es juez en el sentido escatológico, es igualmente verdad que el poder divino de juzgar está conectado con la voluntad salvífica de Dios que se manifiesta en la entera misión mesiánica de Cristo, como lo subraya especialmente Juan: “Yo he venido al mundo para un juicio, para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos” (Jn 9, 39). “Si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo” (Jn 12, 47).

5. Sin duda Cristo es y se presenta sobre todo como Salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos (cf. Jn 8, 15). Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables. “No penséis que vaya yo a acusaros ante mi Padre; hay otro que os acusará, Moisés…, pues de mí escribió él” (Jn 5, 45-46). ¿En qué consiste, pues, el juicio? Jesús responde: “El juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 19).

6. Por tanto, hay que decir que ante esta Luz que es Dios revelado en Cristo, ante tal Verdad, en cierto sentido, las mismas obras juzgan a cada uno. La voluntad de salvar al hombre por parte de Dios tiene su manifestación definitiva en la palabra y en la obra de Cristo, en todo el Evangelio hasta el misterio pascual de la cruz y de la resurrección. Se convierte, al mismo tiempo, en el fundamento más profundo, por así decir, en el criterio central del juicio sobre las obras y conciencias humanas. Sobre todo en este sentido “el Padre… ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar” (Jn 5, 22), ofreciendo en Él a todo hombre la posibilidad de salvación.

7. Por desgracia, en este mismo sentido el hombre ha sido ya condenado, cuando rechaza la posibilidad que se le ofrece: “el que cree en Él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado” (Jn 3, 18). No creer quiere decir precisamente: rechazar la salvación ofrecida al hombre en Cristo (“no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios”: ib.). Es la misma verdad a la que se alude en la profecía del anciano Simeón, que aparece en el Evangelio de Lucas cuando anunciaba que Cristo “está para caída y levantamiento de muchos en Israel” (Lc 2, 34). Lo mismo se puede decir de a alusión a la “piedra que reprobaron los edificadores” (cf. Lc 20, 17-18).

8. Pero es verdad de fe que “el Padre… ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar” (Jn 5, 22). Ahora bien, si el poder divino de juzgar pertenece a Cristo, es signo de que Él —el Hijo del hombre— es verdadero Dios, porque sólo a Dios pertenece el juicio y puesto que este poder de juicio está profundamente unido a la voluntad de salvación, como nos resulta del Evangelio, este poder es una nueva revelación del Dios de la Alianza, que viene a los hombres como Emmanuel, para librarlos de la esclavitud del mal. Es la revelación cristiana del Dios que es Amor.

Queda así corregido ese modo demasiado humano de concebir el juicio de Dios, visto sólo como fría justicia, o incluso como venganza. En realidad, dicha expresión, que tiene una clara derivación bíblica, aparece como el último anillo del amor de Dios. Dios juzga porque ama y en vistas al amor. El juicio que el Padre confía a Cristo es según la medida del amor del Padre y de nuestra libertad.

Francisco, papa

Catequesis, Audiencia general, 11-12-2013

Hoy quisiera iniciar la última serie de catequesis sobre nuestra profesión de fe, tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En especial me detengo en el juicio final. No debemos tener miedo: escuchemos lo que nos dice la Palabra de Dios. Al respecto, leemos en el Evangelio de Mateo: Entonces «cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él… serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda… Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 31-33.46). Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá omitido realizar durante su vida terrena, percibimos encontrarnos ante un misterio que nos sobrepasa, que no logramos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros un sentido de temor, y tal vez también de ansia. Sin embargo, si reflexionamos bien sobre esta realidad, ella ensancha el corazón de un cristiano y constituye un gran motivo de consolación y de confianza.

Al respecto, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena más sugestivo que nunca. Las mismas, en efecto, acompañaban las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathà, una expresión formada por dos palabras arameas que, según como se silabeen, se pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o bien como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca». Es la exclamación en la que culmina toda la Revelación cristiana, al término de la maravillosa contemplación que nos ofrece el Apocalipsis de Juan (cf. Ap 22, 20). En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de toda la humanidad y como primicia, se dirige a Cristo, su esposo, no viendo la hora de ser envuelta por su abrazo: el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y plenitud de amor. Así nos abraza Jesús. Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo y vacilación disminuye y deja espacio a la espera y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que finalmente seremos juzgados dispuestos para ser revestidos de la gloria de Cristo, como con un vestido nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.

Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del juicio, no estaremos solos. Jesús mismo, en el Evangelio de Mateo, anuncia cómo, al final de los tiempos, quienes le hayan seguido tendrán sitio en su gloria, para juzgar juntamente con Él (cf. Mt 19, 28). El apóstol Pablo, luego, al escribir a la comunidad de Corinto, afirma: «¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? (…) Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana» (1 Cor 6, 2-3). Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cf. 1 Jn 2, 1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos precedieron en el camino de la fe, que ofrecieron su vida por nosotros y siguen amándonos de modo indescriptible. Los santos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria intercediendo por nosotros que aún vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta que no encuentre su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.

Una ulterior sugestión nos llega del Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18). Entonces, esto significa que el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva. Si somos pecadores —y lo somos todos— le pedimos perdón; y si vamos a Él con ganas de ser buenos, el Señor nos perdona. Pero para ello debemos abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas. El amor de Jesús es grande, el amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona. Pero tú debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, acusarse de las cosas que no son buenas y que hemos hecho. El Señor Jesús se entregó y sigue entregándose a nosotros para colmarnos de toda la misericordia y la gracia del Padre. Por lo tanto, podemos convertirnos, en cierto sentido, en jueces de nosotros mismos, autocondenándonos a la exclusión de la comunión con Dios y con los hermanos. No nos cansemos, por lo tanto, de vigilar sobre nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios —y estó será bellísimo—, que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. Adelante, pensando en este juicio que comienza ahora, ya ha comenzado. Adelante, haciendo que nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo, porque el amor de Jesús es más grande y si nosotros pedimos perdón por nuestros pecados Él nos perdona. Jesús es así. Adelante, entonces, con esta certeza, que nos conducirá a la gloria del cielo.

Benedicto XVI, papa

Ángelus: El Reino no es honor ni apariencia

Plaza de San Pedro, 23-11-2008

Celebramos hoy, último domingo del año litúrgico, la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Sabemos por los Evangelios que Jesús rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político, al estilo de los “jefes de las naciones” (cf. Mt 20, 25). En cambio, durante su Pasión, reivindicó una singular realeza ante Pilato, que lo interrogó explícitamente:  “¿Tú eres rey?”, y Jesús respondió:  “Sí, como dices, soy rey” (Jn 18, 37); pero poco antes había declarado:  “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36).

En efecto, la realeza de Cristo es revelación y actuación de la de Dios Padre, que gobierna todas las cosas con amor y con justicia. El Padre encomendó al Hijo la misión de dar a los hombres la vida eterna, amándolos hasta el supremo sacrificio y, al mismo tiempo, le otorgó el poder de juzgarlos, desde el momento que se hizo Hijo del hombre, semejante en todo a nosotros (cf. Jn 5, 21-22. 26-27).

El evangelio de hoy insiste precisamente en la realeza universal de Cristo juez, con la estupenda parábola del juicio final, que san Mateo colocó inmediatamente antes del relato de la Pasión (cf. Mt 25, 31-46). Las imágenes son sencillas, el lenguaje es popular, pero el mensaje es sumamente importante:  es la verdad sobre nuestro destino último y sobre el criterio con el que seremos juzgados. “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis” (Mt 25, 35), etc. ¿Quién no conoce esta página? Forma parte de nuestra civilización. Ha marcado la historia de los pueblos de cultura cristiana:  la jerarquía de valores, las instituciones, las múltiples obras benéficas y sociales. En efecto, el reino de Cristo no es de este mundo, pero lleva a cumplimiento todo el bien que, gracias a Dios, existe en el hombre y en la historia. Si ponemos en práctica el amor a nuestro prójimo, según el mensaje evangélico, entonces dejamos espacio al señorío de Dios, y su reino se realiza en medio de nosotros. En cambio, si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo no puede menos de ir hacia la ruina.

Queridos amigos, el reino de Dios no es una cuestión de honores y de apariencias; por el contrario, como escribe san Pablo, es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Al Señor le importa nuestro bien, es decir, que todo hombre tenga la vida y que, especialmente sus hijos más “pequeños”, puedan acceder al banquete que ha preparado para todos. Por eso, no soporta las formas hipócritas de quien dice:  “Señor, Señor”, y después no cumple sus mandamientos (cf. Mt 7, 21). En su reino eterno, Dios aco

ge a los que día a día se esfuerzan por poner en práctica su palabra. Por eso la Virgen María, la más humilde de todas las criaturas, es la más grande a sus ojos y se sienta, como Reina, a la derecha de Cristo Rey. A su intercesión celestial queremos encomendarnos una vez más con confianza filial, para poder cumplir nuestra misión cristiana en el mundo.

Homilía: Un Rey que se hace cercano

VIAJE APOSTÓLICO A BENÍN. 18-20 DE NOVIEMBRE DE 2011
SANTA MISA Y ENTREGA DE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL A LOS OBISPOS DE ÁFRICA
Estadio de la Amistad, Cotonú (20-11-2011)

[…] El Evangelio que acabamos de escuchar, nos dice que Jesús, el Hijo del hombre, el juez último de nuestra vida, ha querido tomar el rostro de los hambrientos y sedientos, de los extranjeros, los desnudos, enfermos o prisioneros, en definitiva, de todos los que sufren o están marginados; lo que les hagamos a ellos será considerado como si lo hiciéramos a Jesús mismo. No veamos en esto una mera fórmula literaria, una simple imagen. Toda la vida de Jesús es una muestra de ello. Él, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha compartido nuestra existencia hasta en los detalles más concretos, haciéndose servidor de sus hermanos más pequeños. Él, que no tenía donde reclinar su cabeza, fue condenado a morir en una cruz. Este es el Rey que celebramos.

Sin duda, esto puede parecernos desconcertante. Aún hoy, como hace 2000 años, acostumbrados a ver los signos de la realeza en el éxito, la potencia, el dinero o el poder, tenemos dificultades para aceptar un rey así, un rey que se hace servidor de los más pequeños, de los más humildes, un rey cuyo trono es la cruz. Sin embargo, dicen las Sagradas Escrituras, así es como se manifiesta la gloria de Cristo; en la humildad de su existencia terrena es donde se encuentra su poder para juzgar al mundo. Para él, reinar es servir. Y lo que nos pide es seguir por este camino para servir, para estar atentos al clamor del pobre, el débil, el marginado. El bautizado sabe que su decisión de seguir a Cristo puede llevarle a grandes sacrificios, incluso el de la propia vida. Pero, como nos recuerda san Pablo, Cristo ha vencido a la muerte y nos lleva consigo en su resurrección. Nos introduce en un mundo nuevo, un mundo de libertad y felicidad. También hoy son tantas las ataduras con el mundo viejo, tantos los miedos que nos tienen prisioneros y nos impiden vivir libres y dichosos. Dejemos que Cristo nos libere de este mundo viejo. Nuestra fe en Él, que vence nuestros miedos, nuestras miserias, nos da acceso a un mundo nuevo, un mundo donde la justicia y la verdad no son una parodia, un mundo de libertad interior y de paz con nosotros mismos, con los otros y con Dios. Este es el don que Dios nos ha dado en nuestro bautismo.

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). Acojamos estas palabras de bendición que el Hijo del hombre dirigirá el Día del Juicio a quienes habrán reconocido su presencia en los más humildes de sus hermanos con un corazón libre y rebosante de amor de Dios. Hermanos y hermanas, este pasaje del Evangelio es verdaderamente una palabra de esperanza, porque el Rey del universo se ha hecho muy cercano a nosotros, servidor de los más pequeños y más humildes. Y quisiera dirigirme con afecto a todos los que sufren, a los enfermos, a los aquejados del sida u otras enfermedades, a todos los olvidados de la sociedad. ¡Tened ánimo! El Papa está cerca de vosotros con el pensamiento y la oración. ¡Tened ánimo! Jesús ha querido identificarse con el pequeño, con el enfermo; ha querido compartir vuestro sufrimiento y reconoceros a vosotros como hermanos y hermanas, para liberaros de todo mal, de toda aflicción. Cada enfermo, cada persona necesitada merece nuestro respeto y amor, porque a través de él Dios nos indica el camino hacia el cielo.

[…] Queridos hermanos y hermanas, todos los que han recibido ese don maravilloso de la fe, el don del encuentro con el Señor resucitado, sienten también la necesidad de anunciarlo a los demás. La Iglesia existe para anunciar esta Buena Noticia. Y este deber es siempre urgente. […] Hay todavía muchos que aún no han escuchado el mensaje de salvación de Cristo. Hay también muchos que se resisten a abrir sus corazones a la Palabra de Dios. Y son numerosos aquellos cuya fe es débil, y su mentalidad, costumbres y estilo de vida ignoran la realidad del Evangelio, pensando que la búsqueda del bienestar egoísta, la ganancia fácil o el poder es el objetivo final de la vida humana. ¡Sed testigos ardientes, con entusiasmo, de la fe que habéis recibido! Haced brillar por doquier el rostro amoroso de Cristo, especialmente ante los jóvenes que buscan razones para vivir y esperar en un mundo difícil.

[…] Queridos hermanos y hermanas, os invito por tanto a fortalecer vuestra fe en Jesucristo mediante una auténtica conversión a su persona. Sólo Él nos da la verdadera vida, y nos libera de nuestros temores y resistencias, de todas nuestras angustias. Buscad las raíces de vuestra existencia en el bautismo que habéis recibido y que os ha hecho hijos de Dios. Que Jesucristo os dé a todos la fuerza para vivir como cristianos y tratar de transmitir con generosidad a las nuevas generaciones lo que habéis recibido de vuestros padres en la fe.

[En este día de fiesta, nos alegramos del reino de de Cristo Rey en toda la tierra. Él es quien remueve todo lo que obstaculiza la reconciliación, la justicia y la paz. Recordemos que la verdadera realeza no consiste en una ostentación de poder, sino en la humildad del servicio; no en la opresión de los débiles, sino en la capacidad de protegerlos para darles vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Cristo reina desde la cruz y con los brazos abiertos, que abarcan a todos los pueblos de la tierra y les atrae a la unidad. Por la cruz, derriba los muros de la división, y nos reconcilia unos con otros y con el Padre. Hoy oramos por los pueblos…, para que todos puedan vivir en la justicia, la paz y la alegría del Reino de Dios (cf. Rm 14,17).]

[Queridos hermanos y hermanas… os invito a renovar vuestra decisión de pertenecer a Cristo y servir a su reino de reconciliación, de justicia y de paz. Su reino puede estar amenazado en nuestro corazón. En él, Dios se encuentra con nuestra libertad. Nosotros – y sólo nosotros – podemos impedir que reine sobre nosotros y hacer así difícil su señorío sobre la familia, la sociedad y la historia. A causa de Cristo, muchos hombres y mujeres se han opuesto con éxito a las tentaciones del mundo para vivir fielmente su fe, a veces hasta el martirio. Queridos pastores y fieles, sed para ellos ejemplo, sal y luz de Cristo en la tierra… Amén.]

Pío XI: Carta Encíclica Quas Primas sobre la Fiesta de Cristo Rey

En este documento se dan detalles sobre la institución de la Fiesta y su importancia bíblica, teológica y litúrgica. Por ser un poco larga dejo solamente el enlace a la página del Vaticano:
Carta Encíclica Quas Primas (11-12-1925)

Congregación para el Clero

La Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, al finalizar el año litúrgico, tiene el valor de una verdadera sinfonía con la que celebramos en su totalidad el misterio de Dios.

Las Lecturas litúrgicas anuncian la realeza de Dios y su pleno señorío sobre la realidad y nos introducen en la naturaleza impactante de su potestad salvadora: “Yo mismo buscaré mis ovejas y las cuidaré (…) Yo mismo las conduciré a los prados y las haré descansar”. Por medio de las palabras del profeta Ezequiel somos introducidos en el corazón de la fe, colocados delante del Acontecimiento central mediante el cual Dios manifiesta la propia realeza.

El Señor habla al hombre y le muestra su señorío, en primer lugar a través de la Creación: “Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras realizadas por Él, como su eterno poder y divinidad” (Rm 1,20). Además, el Padre viene al encuentro del hombre mediante sus profetas: “Muchas veces y de distintas maneras”, Él ha dirigido su palabra a su pueblo “por medio de los profetas” (Hebr 1, 1). Pero toda la creación y toda la actividad profética estaba orientada a cumplirse en la promesa de Dios: “Yo mismo buscaré (…) yo mismo conduciré a mis ovejas”. Esta promesa se realiza cuando, llegada la plenitud de los tiempos, Dios envía en la carne a su propio Hijo unigénito.

Él no es más “uno” que busca a las ovejas y las cuida “en nombre de Dios”, como los profetas; Jesucristo es Dios mismo hecho hombre. El Padre, en su Hijo, se encuentra “en medio” de sus ovejas que estaban dispersas.

En la Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, del Beato Juan Pablo II, leemos: « Encontramos aquí el punto esencial. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (n. 6). Cristo, Verbo eterno hecho hombre, es la plena manifestación de la gloria de Dios y el definitivo cumplimiento del proyecto del Padre para el hombre.

El profeta Ezequiel revela que la condescendencia divina para con el hombre se manifiesta en la búsqueda de la criatura por parte del Señor: “Iré a buscar a la oveja perdida y devolveré la perdida al rebaño”. En Cristo Jesús, el Padre Dios no solo habla al hombre sino que lo busca. ¡Qué misterio profundo este comportamiento de Dios para con el hombre!

Todo el Cristianismo es el Padre que, en Jesucristo y en el Espíritu, busca al hombre. Esta búsqueda tiene su origen en la inescrutable intimidad de la Santísima Trinidad. Tiene su origen en la decisión del Padre de elegir a cada uno de nosotros, antes de la creación del mundo, para que fuésemos “santos e inmaculados en su presencia en el amor, predestinándonos a ser hijos adoptivos” (Ef. 1,4-5). «Por tanto Dios busca al hombre, que es su propiedad particular de un modo diverso de como lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre». (Juan Pablo II,  Tertio millennio adveniente, n. 7).

¿Por qué el hombre es buscado por el Padre? Porque, como enseña el profeta, los hombres estaban dispersos en los días nublados y oscuros”; y el Señor quiere hacerlos partícipes de la “suerte de los santos en la luz” (Col 1,12).

Afirma San Pablo en la lectura de hoy: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que mueren”. La búsqueda que Dios Padre hace del hombre alcanza su cúlmen en la muerte y resurrección de Jesucristo.

En Jesús de Nazaret, el hombre tantas veces buscado y finalmente encontrado, el hombre perdido desde hace tanto tiempo y finalmente traído a casa, el hombre tan herido y enfermo desde hace tanto tiempo, finalmente es curado. Y todo sucede en la muerte y resurrección de Cristo: “Porque si por causa de un hombre vino la muerte, por medio de un hombre vendrá también la resurrección de los muertos”, desde el momento en que “como todos mueren en Adán, así todos recibirán la vida en Cristo”. En efecto, Cristo, muriendo ha destruido al verdadero enemigo, la muerte.. Resucitando, Él nos ha donado la verdadera vida, y ha reconstituido en los hombres la dignidad de su primer origen. En Jesucristo, Dios ha obrado la liberación de la muerte eterna “nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo predilecto, por obra del cual tenemos la redención” (Col 1, 13-14 ), haciendo de nosotros un pueblo de sacerdotes, reyes y profetas.

¿Adónde apunta todo esto? A que “Dios sea todo en todos”, afirma también el Apóstol. La finalidad de todo es que permanezca Dios en lo íntimo del hombre y que el hombre pueda permanecer en la intimidad de Dios. La encarnación del Hijo de Dios tiene como fin la participación, por parte del hombre, de la misma vida de Dios. Esto es lo que celebra la liturgia de la Iglesia en este día solemne: el misterio del Padre que crea cada cosa y que, en el Hijo, busca incansablemente a cada uno, para que, liberados mediante la pasión redentora de Cristo y el don del Espíritu, cada hombre llegue a ser partícipe, en el Hijo, de la misma vida del Padre.

La realeza de Cristo consiste en el poder presentar al Padre al hombre redimido y hecho hijo de Dios, y a la humanidad reunida en la única Iglesia, su Esposa y su Cuerpo. El señorío real de Cristo es el cumplimiento de este plan admirable. Estamos llamados, ya desde ahora, a participar en él, pareciéndonos siempre más a Él, cooperando en la Iglesia a su mayor gloria y reconociéndolo realmente presente en cada hombre.
Para que esto suceda, es necesario que también las estructuras temporales, en su legítima autonomía, estén orientadas por los cristianos hacia la visibilidad de la realeza de Cristo en el mundo. No se da el señorío únicamente de una forma “íntima o espiritual”, sin un concreto y real señorío sobre y en la historia, visible también en la sociedad, en sus leyes y en la conciencia de que cada uno será llamado a dar cuenta de cada uno de sus actos al único verdadero Señor.

Que María Santísima y todos los santos, en los cuales el poder Real de Cristo ha obrado maravillas, sostengan a la Iglesia en la difícil y permanente obra de instaurare omnia in Christo!

Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n- 48-49

Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y resucitó por nosotros (cf. 2 Co 5, 15). Por eso procuramos agradar en todo al Señor (cf. 2 Co 5, 9) y nos revestimos de la armadura de Dios para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo (cf, Ef 6, 11-13). Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde «habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22, 13 y 25, 30). Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer «ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal» (2 Co 5, 10); y al fin del mundo «saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida; los que obraron el mal, para la resurrección de condenación» (Jn 5, 29; cf. Mt 25, 46). Teniendo, pues, por cierto que «los padecimientos de esta vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros» (Rm 8, 18; cf. 2 Tm 2, 11- 12), con fe firme aguardamos «la esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2, 13), «quien transfigurará nuestro abyecto cuerpo en cuerpo glorioso semejante al suyo» (Flp 3, 12) y vendrá «para ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en todos los que creyeron» (2 Ts 1,10).

49. Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf.Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando «claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es»

Catecismo de la Iglesia Católica

El amor de los pobres (n. 2443-2449

2443 Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “A quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5, 42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25, 31-36). La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11, 5; Lc4, 18)) es el signo de la presencia de Cristo.

2444 “El amor de la Iglesia por los pobres […] pertenece a su constante tradición” (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6, 20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8, 20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12, 41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4, 28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste» (St 5, 1-6).

2446 San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos” (In Lazarum, concio 2, 6). Es preciso “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno,Regula pastoralis, 3, 21, 45).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58, 6-7; Hb 13, 3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17, 22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4):

«El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11). «Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros» (Lc 11, 41). «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16; cf Jn 3, 17).

2448 “Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado de Adán y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 68).

2449 En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: “Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra” (Dt 15, 11). Jesús hace suyas estas palabras: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: “comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias […]” (Am 8, 6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25, 40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo”.

El infierno y el Juicio final (n. 1033-1041)

El infierno

1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

1034 Jesús habla con frecuencia de la “gehenna” y del “fuego que nunca se apaga” (cf. Mt5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles […] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:” ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!” (Mt 25, 41).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes”» (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9):

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)

El Juicio final

1038 La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz […] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles […] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda […] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mt 25, 31. 32. 46).

1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que “Dios no se callará” (Sal 50, 3) […] Se volverá hacia los malos: “Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí”» (San Agustín, Sermo 18, 4, 4).

1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10).

Cristo “con todos sus ángeles” (n. 331)

331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles…” (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para Él: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él” (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1, 14).

«Cristo vendrá para juzgar a vivos y muertos» (n. 678-679)

678 Siguiendo a los profetas (cf. Dn 7, 10; Jl 3, 4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cf. Mt 3, 7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cf. Mc 12, 38-40) y el secreto de los corazones (cf. Lc 12, 1-3; Jn 3, 20-21; Rm 2, 16; 1 Co 4, 5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cf Mt 11, 20-24; 12, 41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

679 Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22; cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10, 42; 17, 31; 2 Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3,17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12- 15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).

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