Domingo de Ramos (A) – Homilías

San Andrés de Creta, Sermón 9 sobre el domingo de Ramos

PG 97, 990-994

Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos corno estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

Benedicto XVI, papa

Homilía, 17-04-2011

XXVI Jornada Mundial de la Juventud

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

Nuestra procesión de hoy por tanto quiere ser imagen de algo más profundo, imagen del hecho que, junto con Jesús, comenzamos la peregrinación: por el camino elevado hacia el Dios vivo. Se trata de esta subida. Es el camino al que Jesús nos invita. Pero, ¿cómo podemos mantener el paso en esta subida? ¿No sobrepasa quizás nuestras fuerzas? Sí, está por encima de nuestras posibilidades. Desde siempre los hombres están llenos – y hoy más que nunca – del deseo de “ser como Dios”, de alcanzar esa misma altura de Dios. En todos los descubrimientos del espíritu humano se busca en último término obtener alas, para poderse elevar a la altura del Ser, para ser independiente, totalmente libre, como lo es Dios. Son tantas las cosas que ha podido llevar a cabo la humanidad: tenemos la capacidad de volar. Podemos vernos, escucharnos y hablar de un extremo al otro del mundo. Sin embargo, la fuerza de gravedad que nos tira hacía abajo es poderosa. Junto con nuestras capacidades, no ha crecido solamente el bien. También han aumentado las posibilidades del mal que se presentan como tempestades amenazadoras sobre la historia. También permanecen nuestros límites: basta pensar en las catástrofes que en estos meses han afligido y siguen afligiendo a la humanidad.

Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles  para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Se ha hecho humilde, dice hoy la segunda lectura. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto.

El salmo procesional 23, que la Iglesia nos propone como “canto de subida” para la liturgia de hoy, indica algunos elementos concretos que forman parte de nuestra subida, y sin los cuales no podemos ser levantados: las manos inocentes, el corazón puro, el rechazo de la mentira, la búsqueda del rostro de Dios. Las grandes conquistas de la técnica nos hacen libres y son elementos del progreso de la humanidad sólo si están unidas a estas actitudes; si nuestras manos se hacen inocentes y nuestro corazón puro; si estamos en busca de la verdad, en busca de Dios mismo, y nos dejamos tocar e interpelar por su amor. Todos estos elementos de la subida son eficaces sólo si reconocemos humildemente que debemos ser atraídos hacia lo alto; si abandonamos la soberbia de querer hacernos Dios a nosotros mismos. Le necesitamos. Él nos atrae hacia lo alto, sosteniéndonos en sus manos –es decir, en la fe– nos da la justa orientación y la fuerza interior que nos eleva. Tenemos necesidad de la humildad de la fe que busca el rostro de Dios y se confía a la verdad de su amor.

La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía, 16-03-2008

XXIII Jornada Mundial de la Juventud

Año tras año el pasaje evangélico del domingo de Ramos nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén. Junto con sus discípulos y con una multitud creciente de peregrinos, había subido desde la llanura de Galilea hacia la ciudad santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos han transmitido tres anuncios de Jesús relativos a su Pasión, aludiendo así, al mismo tiempo, a la subida interior que se estaba realizando en esa peregrinación. Jesús está en camino hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el Deuteronomio, había querido «fijar la morada» de su nombre (cf. Dt 12, 11; 14, 23).

El Dios que creó el cielo y la tierra se dio un nombre, se hizo invocable; más aún, se hizo casi palpable por los hombres. Ningún lugar puede contenerlo y, sin embargo, o precisamente por eso, él mismo se da un lugar y un nombre, para que él personalmente, el verdadero Dios, pueda ser venerado allí como Dios en medio de nosotros.

Por el relato sobre Jesús a la edad de doce años sabemos que amaba el templo como la casa de su Padre, como su casa paterna. Ahora, va de nuevo a ese templo, pero su recorrido va más allá: la última meta de su subida es la cruz. Es la subida que la carta a los Hebreos describe como la subida hacia una tienda no fabricada por mano de hombre, hasta la presencia de Dios. La subida hasta la presencia de Dios pasa por la cruz. Es la subida hacia «el amor hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios, el lugar definitivo del contacto entre Dios y el hombre.

Durante la entrada en Jerusalén, la gente rinde homenaje a Jesús como Hijo de David con las palabras del Salmo 118 de los peregrinos: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» (Mt 21, 9). Después, llega al templo. Pero en el espacio donde debía realizarse el encuentro entre Dios y el hombre halla a vendedores de palomas y cambistas que ocupan con sus negocios el lugar de oración.

Ciertamente, los animales que se vendían allí estaban destinados a los sacrificios para inmolar en el templo. Y puesto que en el templo no se podían usar las monedas en las que estaban representados los emperadores romanos, que estaban en contraste con el Dios verdadero, era necesario cambiarlas por monedas que no tuvieran imágenes idolátricas. Pero todo esto se podía hacer en otro lugar: el espacio donde se hacía entonces debía ser, de acuerdo con su destino, el atrio de los paganos.

En efecto, el Dios de Israel era precisamente el único Dios de todos los pueblos. Y aunque los paganos no entraban, por decirlo así, en el interior de la Revelación, sin embargo en el atrio de la fe podían asociarse a la oración al único Dios. El Dios de Israel, el Dios de todos los hombres, siempre esperaba también su oración, su búsqueda, su invocación.

En cambio, entonces predominaban allí los negocios, legalizados por la autoridad competente que, a su vez, participaba en las ganancias de los mercaderes. Los vendedores actuaban correctamente según el ordenamiento vigente, pero el ordenamiento mismo estaba corrompido. «La codicia es idolatría», dice la carta a los Colosenses (cf. Col 3, 5). Esta es la idolatría que Jesús encuentra y ante la cual cita a Isaías: «Mi casa será llamada casa de oración» (Mt 21, 13; cf. Is 56, 7), y a Jeremías: «Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de ladrones» (Mt 21, 13; cf. Jr 7, 11). Contra el orden mal interpretado Jesús, con su gesto profético, defiende el orden verdadero que se encuentra en la Ley y en los Profetas.

Todo esto también nos debe hacer pensar a los cristianos de hoy: ¿nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta como para que, gracias a ella también los “paganos”, las personas que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan vislumbrar la luz del único Dios, se asocien en los atrios de la fe a nuestra oración y con sus interrogantes también ellas quizá se conviertan en adoradores? La convicción de que la codicia es idolatría, ¿llega también a nuestro corazón y a nuestro estilo de vida? ¿No dejamos entrar, de diversos modos, a los ídolos también en el mundo de nuestra fe? ¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar continuamente por el Señor, permitiéndole arrojar de nosotros y de la Iglesia todo lo que es contrario a él?

Sin embargo, en la purificación del templo se trata de algo más que de la lucha contra los abusos. Se anuncia una nueva hora de la historia. Ahora está comenzando lo que Jesús había anunciado a la samaritana a propósito de su pregunta sobre la verdadera adoración: «Llega la hora —ya estamos en ella— en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23). Ha terminado el tiempo en el que a Dios se inmolaban animales. Desde siempre los sacrificios de animales habían sido sólo una sustitución, un gesto de nostalgia del verdadero modo de adorar a Dios.

Sobre la vida y la obra de Jesús, la carta a los Hebreos puso como lema una frase del salmo40: «No quisiste sacrificio ni oblación; pero me has formado un cuerpo» (Hb 10, 5). En lugar de los sacrificios cruentos y de las ofrendas de alimentos se pone el cuerpo de Cristo, se pone él mismo. Sólo «el amor hasta el extremo», sólo el amor que por los hombres se entrega totalmente a Dios, es el verdadero culto, el verdadero sacrificio. Adorar en espíritu y en verdad significa adorar en comunión con Aquel que es la verdad; adorar en comunión con su Cuerpo, en el que el Espíritu Santo nos reúne.

Los evangelistas nos relatan que, en el proceso contra Jesús, se presentaron falsos testigos y afirmaron que Jesús había dicho: «Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reconstruirlo»(Mt 26, 61). Ante Cristo colgado de la cruz, algunos de los que se burlaban de él aluden a esas palabras, gritando: «Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, sálvate a ti mismo» (Mt 27, 40).

La versión exacta de las palabras, tal como salieron de labios de Jesús mismo, nos la transmitió san Juan en su relato de la purificación del templo. Ante la petición de un signo con el que Jesús debía legitimar esa acción, el Señor respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 18 s). San Juan añade que, recordando ese acontecimiento después de la Resurrección, los discípulos comprendieron que Jesús había hablado del templo de su cuerpo (cf. Jn 2, 21s).

No es Jesús quien destruye el templo; el templo es abandonado a su destrucción por la actitud de aquellos que, de lugar de encuentro de todos los pueblos con Dios, lo transformaron en «cueva de ladrones», en lugar de negocios. Pero, como siempre desde la caída de Adán, el fracaso de los hombres se convierte en ocasión para un esfuerzo aún mayor del amor de Dios en favor de nosotros.

La hora del templo de piedra, la hora de los sacrificios de animales, había quedado superada: si el Señor ahora expulsa a los mercaderes no sólo para impedir un abuso, sino también para indicar el nuevo modo de actuar de Dios. Se forma el nuevo templo: Jesucristo mismo, en el que el amor de Dios se derrama sobre los hombres. Él, en su vida, es el templo nuevo y vivo. Él, que pasó por la cruz y resucitó, es el espacio vivo de espíritu y vida, en el que se realiza la adoración correcta. Así, la purificación del templo, como culmen de la entrada solemne de Jesús en Jerusalén, es al mismo tiempo el signo de la ruina inminente del edificio y de la promesa del nuevo templo; promesa del reino de la reconciliación y del amor que, en la comunión con Cristo, se instaura más allá de toda frontera.

Al final del relato del domingo de Ramos, tras la purificación del templo, san Mateo, cuyo evangelio escuchamos este año, refiere también dos pequeños hechos que tienen asimismo un carácter profético y nos aclaran una vez más la auténtica voluntad de Jesús. Inmediatamente después de las palabras de Jesús sobre la casa de oración de todos los pueblos, el evangelista continúa así: «En el templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó». Además, san Mateo nos dice que algunos niños repetían en el templo la aclamación que los peregrinos habían hecho a su entrada de la ciudad: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 14s).

Al comercio de animales y a los negocios con dinero Jesús contrapone su bondad sanadora. Es la verdadera purificación del templo. Él no viene para destruir; no viene con la espada del revolucionario. Viene con el don de la curación. Se dedica a quienes, a causa de su enfermedad, son impulsados a los extremos de su vida y al margen de la sociedad. Jesús muestra a Dios como el que ama, y su poder como el poder del amor. Así nos dice qué es lo que formará parte para siempre del verdadero culto a Dios: curar, servir, la bondad que sana.

Y están, además, los niños que rinden homenaje a Jesús como Hijo de David y exclaman «¡Hosanna!». Jesús había dicho a sus discípulos que, para entrar en el reino de Dios, deberían hacerse como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero, se hizo niño para salir a nuestro encuentro, para llevarnos hacia Dios. Para reconocer a Dios debemos abandonar la soberbia que nos ciega, que quiere impulsarnos lejos de Dios, como si Dios fuera nuestro competidor. Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. Debemos aprender a ver con un corazón de niño, con un corazón joven, al que los prejuicios no obstaculizan y los intereses no deslumbran. Así, en los niños que con ese corazón libre y abierto lo reconocen a él la Iglesia ha visto la imagen de los creyentes de todos los tiempos, su propia imagen.

Queridos amigos, ahora nos asociamos a la procesión de los jóvenes de entonces, una procesión que atraviesa toda la historia. Juntamente con los jóvenes de todo el mundo, vamos al encuentro de Jesús. Dejémonos guiar por él hacia Dios, para aprender de Dios mismo el modo correcto de ser hombres. Con él demos gracias a Dios porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha dado un espacio de paz y de reconciliación que, con la sagrada Eucaristía, abraza al mundo. Invoquémoslo para que también nosotros lleguemos a ser con él, y a partir de él, mensajeros de su paz, adoradores en espíritu y en verdad, a fin de que en nosotros y a nuestro alrededor crezca su reino. Amén.

Juan Pablo II, papa

Homilía, 24-03-2002

1. “Pueri hebraeorum, portantes ramos olivarum… Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor”.

Así canta la antífona litúrgica que acompaña la solemne procesión con ramos de olivo y de palma en este domingo, llamado precisamente de Ramos y de la Pasión del Señor. Hemos revivido lo que sucedió aquel día:  en medio de la multitud llena de alegría en torno a Jesús, que montado en un pollino entraba en Jerusalén, había muchísimos niños. Algunos fariseos querían que Jesús los hiciera callar, pero él respondió que si ellos callaban, gritarían las piedras (cf. Lc 19, 39-40).

También hoy, gracias a Dios, hay un gran número de jóvenes aquí, en la plaza de San Pedro.Los “jóvenes hebreos” se han convertido en muchachos y muchachas de todas las naciones, lenguas y culturas. Queridos jóvenes, ¡sed bienvenidos! Os dirijo a cada uno mi más cordial saludo. Esta cita nos proyecta hacia la próxima Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en Toronto, ciudad canadiense, una de las más cosmopolitas del mundo. Allí ya se encuentra la Cruz de los jóvenes, que hace un año, con ocasión del domingo de Ramos, los jóvenes italianos entregaron a sus coetáneos canadienses.

2. La cruz es el centro de esta liturgia. Vosotros, queridos jóvenes, con vuestra participación atenta y entusiasta en esta solemne celebración, mostráis que no os avergonzáis de la cruz. No teméis la cruz de Cristo. Es más, la amáis y la veneráis, porque es el signo del Redentor muerto y resucitado por nosotros. Quien cree en Jesús crucificado y resucitado lleva la cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor. Con la entrega total de sí, precisamente con la cruz, nuestro Salvador venció definitivamente el pecado y la muerte. Por eso aclamamos con júbilo:  “Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, porque con tu cruz has redimido al mundo”.

3. “Cristo por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el nombre que está sobre todo nombre” (Aclamación antes del Evangelio). Con estas palabras del apóstol san Pablo, que ya han resonado en la segunda lectura, acabamos de elevar nuestra aclamación antes del comienzo de la narración de la Pasión. Expresan nuestra fe:  la fe de la Iglesia.

Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. La lectura de su Pasión nos sitúa ante Cristo, vivo en la Iglesia. El misterio pascual, que reviviremos durante los días de la Semana santa, es siempre actual. Nosotros somos hoy los contemporáneos del Señor y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si estamos con él o escapamos o somos simples espectadores de su muerte.

Todos los años, durante la Semana santa, se renueva la gran escena en la que se decide el drama definitivo, no sólo para una generación, sino para toda la humanidad y para cada persona.

4. La narración de la Pasión pone de relieve la fidelidad de Cristo, en contraste con la infidelidad humana. En la hora de la prueba, mientras todos, también los discípulos, incluido Pedro, abandonan a Jesús (cf. Mt 26, 56), él permanece fiel, dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que le confió el Padre. Junto a él permanece María, silenciosa y sufriente.

Queridos jóvenes, aprended de Jesús y de su Madre, que es también nuestra madre. La verdadera fuerza del hombre se ve en la fidelidad con la que es capaz de dar testimonio de la verdad, resistiendo a lisonjas y amenazas, a incomprensiones y chantajes, e incluso a la persecución dura y cruel. Por este camino nuestro Redentor nos llama para que lo sigamos.
Sólo si estáis dispuestos a hacerlo, llegaréis a ser lo que Jesús espera de vosotros, es decir, “sal de la tierra” y “luz del mundo” (Mt 5, 13-14). Como sabéis, este es precisamente el tema de la próxima Jornada mundial de la juventud. La imagen de la sal “nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido “sazonado” con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4)” (Mensaje para la XVII Jornada mundial de la juventud, 2).

Queridos jóvenes, ¡no perdáis vuestro sabor de cristianos, el sabor del Evangelio! Mantenedlo vivo, meditando constantemente el misterio pascual:  que la cruz sea vuestra escuela de sabiduría. No os enorgullezcáis de ninguna otra cosa, sino sólo de esta sublime cátedra de verdad y amor.

5. La liturgia nos invita a subir hacia Jerusalén con Jesús aclamado por los muchachos hebreos. Dentro de poco “padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día” (Lc 24, 46). San Pablo nos ha recordado que Jesús “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (Flp2, 7) para obtenernos la gracia de la filiación divina. De aquí brota el verdadero manantial de la paz y de la alegría para cada uno de nosotros. Aquí está el secreto de la alegría pascual, que nace del dolor de la Pasión.

Queridos jóvenes amigos, espero que cada uno de vosotros participe de esta alegría. Aquel a quien habéis elegido como Maestro no es un mercader de ilusiones, no es un poderoso de este mundo, ni un astuto y hábil pensador. Sabéis a quién habéis elegido seguir:  a Cristo crucificado, a Cristo muerto por vosotros, a Cristo resucitado por vosotros.

Y la Iglesia os asegura que no quedaréis defraudados. En efecto, nadie, excepto él, puede daros el amor, la paz y la vida eterna que anhela profundamente vuestro corazón. ¡Dichosos vosotros, jóvenes, si sois fieles discípulos de Cristo! ¡Dichosos vosotros si estáis dispuestos a testimoniar, en cualquier circunstancia, que verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios! (cf. Mt 27, 39).

Que os guíe y acompañe María, Madre del Verbo encarnado, dispuesta a interceder por todo hombre que viene a esta tierra.

Homilía, 24-03-1999

1. «Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8).

La celebración de la Semana santa comienza con el «¡Hosanna!» de este domingo de Ramos, y llega a su momento culminante en el «¡Crucifícalo!» del Viernes santo. Pero no se trata de un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que la liturgia quiere proclamar: Jesús se entregó voluntariamente a su pasión, no se vio obligado por fuerzas superiores a él (cf. Jn 10, 18). Él mismo, escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado su hora, y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres.

Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is 53, 5). A David, que buscaba al responsable del delito que le había contado Natán, el profeta le responde: «Tú eres ese hombre» (2 S 12, 7). La palabra de Dios nos responde lo mismo a nosotros, que nos preguntamos quién hizo morir a Jesús: «Tú eres ese hombre». En efecto, el proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual, y los renueva cada persona que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: «No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!».

2. Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo los sufrimientos de la humanidad, así como nuestras situaciones personales. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios ama a todos, perdona a todos y da el sentido último a la existencia humana.

Nos encontramos aquí, esta mañana, para recoger este mensaje del Padre que nos ama. Podemos preguntarnos: ¿qué quiere de nosotros? Quiere que, al contemplar a Jesús, aceptemos seguirlo en su pasión, para compartir con él la resurrección. En este momento nos vienen a la memoria las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: «El cáliz que yo voy a beber, también vosotros lo beberéis y seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado» (Mc10, 39). «Si alguno quiere venir en pos de mí, (…) tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25).

El «Hosanna» y el «Crucifícalo» se convierten así en la medida de un modo de concebir la vida, la fe y el testimonio cristiano: no debemos desalentarnos por las derrotas, ni exaltarnos por las victorias, porque, como sucedió con Cristo, la única victoria es la fidelidad a la misión recibida del Padre: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9).

3. La primera parte de la celebración de hoy nos ha hecho revivir la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ¿Quién intuyó, en aquel día fatídico, que Jesús de Nazaret, el Maestro que hablaba con autoridad (cf. Lc 4, 32), era el Mesías, el hijo de David, el Salvador esperado y prometido? Fue el pueblo, y los más entusiastas y activos en medio del pueblo fueron los jóvenes, que se convirtieron así, en cierto modo, en «heraldos» del Mesías. Comprendieron que aquella era la hora de Dios, la hora anhelada y bendita, esperada durante siglos por Israel, y, llevando ramos de olivo y de palma, proclamaron el triunfo de Jesús.

Continuando espiritualmente ese acontecimiento, se celebra desde hace ya catorce años la Jornada mundial de la juventud, durante la cual los jóvenes, reunidos con sus pastores, profesan y proclaman con alegría su fe en Cristo, se interrogan sobre sus aspiraciones más profundas, experimentan la comunión eclesial, confirman y renuevan su compromiso en la urgente tarea de la nueva evangelización.

Buscan al Señor en el centro del misterio pascual. El misterio de la cruz gloriosa se convierte para ellos en el gran don y, al mismo tiempo, en el signo de la madurez de la fe. Con su cruz, símbolo universal del amor, Cristo guía a los jóvenes del mundo a la gran «asamblea» del reino de Dios, que transforma los corazones y la sociedad.

¿Cómo no dar gracias al Señor por las Jornadas mundiales de la juventud, que empezaron en 1985 precisamente en la plaza de San Pedro y que, siguiendo la «cruz del Año santo», han recorrido el mundo como una larga peregrinación hacia el nuevo milenio? ¿Cómo no alabar a Dios, que revela a los jóvenes los secretos de su reino (cf. Mt 11, 25), por todos los frutos de bien y de testimonio cristiano que ha suscitado esta feliz iniciativa?

Esta Jornada mundial de la juventud es la última antes de la gran cita jubilar, última de este siglo y de este milenio; por eso, reviste una importancia singular. Ojalá que, con la contribución de todos, sea una fuerte experiencia de fe y de comunión eclesial.

4. Los jóvenes de Jerusalén aclamaban: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 9). Jóvenes, amigos míos, ¿queréis también vosotros, como vuestros coetáneos de aquel día lejano, reconocer a Jesús como el Mesías, el salvador, el maestro, el guía, el amigo de vuestra vida? Recordad: sólo él conoce a fondo lo que hay en todo ser humano (cf. Jn 2, 25); sólo él le enseña a abrirse al misterio y a llamar a Dios con el nombre de Padre, «Abbá»; sólo él lo capacita para un amor gratuito a su prójimo, acogido y reconocido como «hermano» y «hermana».

Queridos jóvenes, salid con gozo al encuentro de Cristo, que alegra vuestra juventud. Buscadlo y encontradlo en la adhesión a su palabra y a su misteriosa presencia eclesial y sacramental. Vivid con él en la fidelidad a su Evangelio, que en verdad es exigente hasta el sacrificio, pero que, al mismo tiempo, es la única fuente de esperanza y de auténtica felicidad. Amadlo en el rostro de vuestro hermano necesitado de justicia, de ayuda, de amistad y de amor.

En vísperas del nuevo milenio, ésta es vuestra hora. El mundo contemporáneo os abre nuevos senderos y os llama a ser portadores de fe y alegría, como expresan los ramos de palma y de olivo que lleváis hoy en las manos, símbolo de una nueva primavera de gracia, de belleza, de bondad y de paz. El Señor Jesús está con vosotros y os acompaña.

5. Todos los años la Iglesia entra con emoción, durante la Semana santa, en el misterio pascual, conmemorando la muerte y la resurrección del Señor.

Precisamente en virtud del misterio pascual, que la engendra, puede proclamar ante el mundo, con las palabras y las obras de sus hijos: «Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp2, 11). ¡Sí! Jesucristo es el Señor. Es el Señor del tiempo y de la historia, el Redentor y el Salvador del hombre. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! Amén.

Homilía, 31-03-1996

XI Jornada Mundial de la Juventud

1. «Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor» (Antífona de entrada).

El domingo de Ramos, en el que la Iglesia hace memoria de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, es como un solemne pórtico que introduce en la Semana santa. Mirando este día en clave de espiritualidad litúrgica, podemos considerarlo, en cierto modo, presente en toda celebración eucarística. En efecto, así como en su momento constituyó el umbral de los acontecimientos de la semana pascual de Cristo, así también representa constantemente el umbral del misterio eucarístico. Más aún, el umbral mismo de la liturgia. En el momento en que cruzamos este umbral, nos acercamos al centro del mysterium fidei.

Cristo celebra y realiza este mysterium, «siempre y en todo lugar», mediante el servicio del sacerdote, ministro de la Eucaristía. Cristo sumo y eterno Sacerdote, llega a Jerusalén para realizar su único sacrificio, el sacrificio de la nueva alianza: primero, en la ultima cena del Jueves santo, como sacramento; después, en el Calvario, como realidad redentora.

«Bendito el que viene en nombre del Señor».

2. Su venida es una revelación, a revelación radical e integral de la santidad de Dios: «Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth». «Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria».

Precisamente esta semana —que, humanamente hablando, esta completamente llena del sufrimiento, de la humillación y del anonadamiento, en una palabra, de la kénosis de Dios— encierra la revelación de la santidad de Dios, culmen de la historia del mundo. “Santo, santo, santo (…). Hosanna en el cielo».

Del fondo de la humillación redentora de Cristo, el hombre recibe, como don, la fuerza para alcanzar la cumbre de su propio ser y de su, propio destino. En este día y en esta semana, que con razón se llama Santa, el Hosanna en el cielo encuentra la plenitud de su significado.

3. Desde hace once años, en el domingo de Ramos se celebra la Jornada mundial de la juventud. En cierto sentido, puede decirse que la «jornada de la juventud» comenzó a ser tal ya desde el principio, desde el día que hoy conmemoramos, cuando los jóvenes de Jerusalén salieron al encuentro de Cristo que entraba en la ciudad, manso y humilde, montado en un asno, según la profecía de Zacarías (cf. Zc 9, 9). Salieron a saludarlo y a acogerlo con las palabras del salmo: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Sal 117, 26).

Cristo no olvida. Recuerda todo lo que sucedió entonces. Y también los jóvenes recuerdan. Cristo es fiel. Y también los jóvenes saben ser fieles a quien les da confianza.

Los jóvenes vuelven, año tras año, a este encuentro, nacido de su incontenible entusiasmo por Jesús y por el Evangelio. Así, empezó una peregrinación que atraviesa las diócesis del mundo entero y, cada dos años, converge en un gran encuentro internacional, construyendo puentes de fraternidad y de esperanza entre los continentes, los pueblos y las culturas. Se trata de un camino siempre en acto, como la vida. Como la juventud.

Este año, a mitad de camino, por decirlo así, entre la inolvidable etapa de Manila y la prevista para París en agosto de 1997, el itinerario del pueblo joven vuelve a detenerse hoy en las Iglesias particulares, enriquecido también de la peregrinación europea a la Santa Casa de Loreto.

4. Amadísimos jóvenes presentes hoy en la plaza de San Pedro, os dirijo mi saludo especial. Doy una calurosa bienvenida a cuantos han venido de lejos y, en particular, a los jóvenes filipinos, que dentro de poco pasarán la cruz de la Jornada mundial a las manos de sus amigos franceses.

Abrazar este día la cruz, y pasarla de mano en mano, es un gesto muy elocuente. Es como decir: Señor, no queremos permanecer contigo solamente en el momento de los hosanna; sino que, con tu ayuda, queremos acompañarte en el camino de la cruz, como hicieron María, Madre tuya y nuestra, y el apóstol Juan. Sí, Señor, porque «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y nosotros hemos creído que precisamente tu cruz es palabra de vida eterna.

Amadísimos jóvenes, bien sabéis que el Señor no os engaña con falsos espejismos de felicidad, sino que nos dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí (…), tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Este lenguaje es duro, pero sincero, y encierra la verdad fundamental para la vida: sólo por el amor se realiza el hombre, y no hay amor sin sacrificio.

Id, queridos jóvenes, y llevad esta palabra de vida por los senderos del mundo, que ya se aproxima al tercer milenio. La cruz de Cristo es la esperanza del mundo.

En la liturgia del domingo de Ramos, los jóvenes desempeñan un papel de protagonistas, como los «los niños hebreos» que, «llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, aclamando: “Hosanna en el cielo”» (Antífona de la procesión).

Salieron al encuentro del Señor.

Jóvenes de Roma y del mundo, Cristo os llama: salid a su encuentro.

Homilía, 08-04-1990

1. “¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!… Viva el Altísimo” (Mt 21, 9).

Hoy viene Jesús a Jerusalén. Y hoy es el día que la liturgia recuerda una semana antes de la Pascua.

Hoy es el día en el que las multitudes rodean a Jesús. Entre la muchedumbre están los jóvenesEste es en especial su día. Este es vuestro día, queridísimos jóvenes —que estáis aquí en la plaza de San Pedro, y al mismo tiempo en tantos otros lugares de la tierra donde la Iglesia celebra la liturgia del Domingo de Ramos— como vuestra fiesta particular.

Este es vuestro día. Como Obispo de Roma salgo junto con vosotros al encuentro de Cristo que viene. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Junto con vosotros aquí, y junto con todos vuestros coetáneos en todas las partes del mundo. Me uno espiritualmente también a aquellos casos en los que la fiesta de la juventud se celebra en otro día del año litúrgico.

¡He aquí que la gran muchedumbre se extiende a través de las naciones y los continentes! Esta muchedumbre está en torno a Cristo, mientras entra en Jerusalén, mientras va al encuentro de su “hora”. Mientras se acerca a su misterio pascual.

2. Jesús de Nazaret hizo sólo una vez su ingreso solemne en Jerusalén para la Pascua. Y sólo una vez se cumplió lo que los próximos días confirmarán. Pero, al mismo tiempo, El permanece en esta su venida. Y ha escrito en la historia de la humanidad, una vez para siempre, lo que proclama san Pablo en la liturgia de hoy.

“A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo” (Flp 2, 6-9).

Jesucristo —el Hijo de Dios de la misma sustancia del Padre— se humilló como hombre…, se despojó de su rango, aceptando la muerte en la cruz, que, humanamente hablando, es el mayor oprobio.

En ese despojo Jesucristo fue exaltado por encima de todo. Dios mismo lo exaltó y unió la exaltación del Hijo a la de la historia del hombre y del mundo.

En El la historia del hombre y del mundo tienen una medida divina. “Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 11).

3. Todos nosotros, que estamos aquí presentes en la plaza de San Pedro o en cualquier otro lugar de la tierra, nosotros que entramos con Cristo en Jerusalén, profesamos, anunciamos y proclamamos el misterio pascual de Cristo que perdura. Perdura en la Iglesia y, mediante la Iglesia, en la humanidad y en el mundo.

Profesamos, anunciamos y proclamamos el misterio de esta humillación, que exalta, y de este despojo, que da la vida eterna.

En este misterio —en el misterio pascual de Cristo— Dios se ha revelado plenamente. Dios que es amor.

Y en este misterio —en el misterio pascual de Cristo— el hombre ha sido revelado plenamente. Cristo ha revelado basta el fondo el hombre al hombre, y le ha dado a conocer su altísima vocación (cf. Gaudium et spes, 22).

Efectivamente, el hombre existe entre el limite de la humillación y del despojo a través de la muerte y el del insuprimible deseo de la exaltación, de la dignidad y de la gloria.

Esa es la medida del ser humano. Esa es la dimensión de sus exigencias terrenas. Ese es el sentido de su irrenunciable dignidad y el fundamento de todos sus derechos.

En el misterio pascual Cristo entra en esta medida del ser humano. Abraza toda esta dimensión de la existencia humana. La toma toda en sí. La confirma. Y al mismo tiempo la supera.

Cuando entra en Jerusalén, El va al encuentro del propio sufrimiento —y al mismo tiempo, va al encuentro del sufrimiento de todos los hombres— para revelar no tanto la miseria de ese sufrimiento cuanto más bien su poder redentor.

Cuando entra en Jerusalén, El va al encuentro de la exaltación que, en El, el Padre ofrece a todos los hombres. “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25).

4. Así, pues, entramos con Cristo, en Jerusalén. “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

Caminando junto con El, somos la Iglesia que habla con las lenguas de tantos pueblos, naciones, culturas y generaciones. En efecto, ella anuncia en todas las lenguas el mismo misterio de Jesucristo: el misterio pascual. En este misterio se encierra de modo especial la medida del hombre. En este misterio la medida del hombre resulta penetrada por el poder divino, por el poder más grande que es el amor.

Todos llevamos en nosotros a Cristo, que es “la vid” (cf. Jn 15, 5), de la que germina la historia del hombre y del mundo. A Cristo, que es la perenne levadura de la nueva vida en Dios…

Bendito el que viene…

¡Hosanna!

Homilía, 12-04-1987

Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16).

1. “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21, 9).

La Iglesia repite hoy en toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret.

“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Ibíd.).

Jesús, rodeado por sus discípulos, entra en la Ciudad Santa montado sobre un asno. También en esta ocasión, como subraya el Evangelista, se cumple en Jesús lo anunciado por el Profeta:

“Decid a la hija de Sión: he aquí que viene a ti tu Rey con mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga” (Mt 21, 5).

La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos, en recuerdo de los ramos que extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús, saludado con todo entusiasmo por la multitud.

Los cantos litúrgicos de este domingo nos recuerdan que la juventud participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los “pueri Hebraeorum” –los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como protagonistas de la aclamación popular al Hijo de David.

Parece como si los jóvenes, presentes en aquella primera entrada jubilosa de Cristo en Jerusalén, quisieran acompañarlo para siempre de manera especial, cada vez que la Iglesia celebra esta fiesta, singularmente vuestra.

2. En el Año Santo de la Redención 1983-1984, multitud de jóvenes de distintos países y continentes acudieron en peregrinación a Roma, el Domingo de Ramos, para celebrar aquel Jubileo conmigo. Fue una jornada maravillosa e inolvidable, que volvimos a revivir el año siguiente, con ocasión del Año Internacional de la Juventud. Desde entonces el Domingo de Ramos ha sido proclamado como Jornada de la Juventud para la Iglesia, en todo el mundo. Este año la vivimos juntos aquí, en Buenos Aires. Con vosotros, jóvenes de toda la Argentina, están los que han venido de los diversos países de América y de otras partes del mundo, entre los que se cuentan delegaciones de jóvenes de Roma, que es la diócesis del Papa, y de diversas asociaciones y movimientos internacionales.

Saludo afectuosamente a todos los que formáis parte de la gran comunidad juvenil de todo el mundo. Al mismo tiempo, mi saludo se dirige a los Pastores de la Iglesia aquí presentes: al cardenal Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires; al cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina; al cardenal Eduardo Francisco Pironio, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, organismo que prepara estas Jornadas mundiales. Saludo especialmente a los obispos, venidos de países próximos y lejanos para acompañar a los jóvenes de sus diócesis y celebrar junto al Papa esta Jornada de particular significado eclesial. Saludo también a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a todos aquellos que han acompañado a los jóvenes en esta peregrinación. Gracias por vuestra presencia.

Desde la capital de la República Argentina, nos unimos en espíritu con la basílica de San Pedro y con Roma, centro de la Iglesia universal, donde el Señor ha querido que naciera esta fiesta de la juventud: y también nos sentimos muy unidos a los jóvenes de todos los lugares de la tierraque celebran, junto a sus Pastores, esta fiesta anual, ya sea el Domingo de Ramos, o bien cualquier otro día del año, adecuado a la situación y a las circunstancias locales.

3. Al unir la Jornada de la Juventud al Domingo de Ramos, señalando la presencia de los jóvenes en el Hosanna gozoso que saludó a Cristo cuando entraba a la Ciudad Santa, la Iglesia no se fija solamente en el entusiasmo de la juventud de todos los tiempos; se fija, sobre todo, en el significado que aquella entrada tuvo en la vida de Cristo y. a través de El, en la vida de cada hombre, de cada joven.

Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban: “¿Quién es éste?”, sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos durante los días decisivos de su muerte y resurrección. También vosotros, jóvenes, alcanzaréis la comprensión plena del significado de vuestra vida, de vuestra vocación, mirando a Cristo muerto y resucitado. Añadid, pues, al natural atractivo que Cristo despierta en vuestros corazones –y que aquellos jóvenes de Jerusalén expresaron con el entusiasmo de su Hosanna– la consideración atenta y reposada de los acontecimientos de la Semana Santa.

Hoy hemos escuchado la narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en nosotros. Cuando del texto emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.

Isaías escribía del futuro Mesías: “Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me escupían” (Is 50, 6).

Comparando sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como si fuera testigo de aquellas escenas.

Con igual precisión, el Salmo de la liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo:

“ Todos los que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: / Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama ” (Sal 22 [21], 8-9).

Son palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las llagas de Cristo –“Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis huesos”(Ibíd., 17-18)– y la división de sus vestiduras –“ Se repartieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes” (Ibíd., 19)–.

4. El relato de la pasión del Señor nos acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena dimensióndel misterio divino.

¿Quién es Jesucristo? podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en Jerusalén.

Jesucristo, “siendo de naturaleza divina, no consideró como presa codiciada el ser igual a Dios. Por el contrario, se anonadó a Sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2, 6-7).

Jesucristo es por tanto verdadero Dios, Hijo de Dios, el cual, habiendo asumido la naturaleza humana, se hizo hombre. Vivió sobre esta tierra como Hijo del hombre. Y en El, precisamente en cuanto Hijo del hombre, tuvo cumplimiento la figura del Siervo de Yavé, anunciado por Isaías.

5. Mientras Jesús hace su entrada en Jerusalén montado sobre un borrico, nosotros nos seguimos preguntando, como lo haría seguramente aquella muchedumbre que le rodeaba: ¿Qué ha hecho Jesucristo en su vida?

Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: “Hacía y enseñaba” (cf. Hch 1, 1); “Pasó haciendo el bien… a todos…” (cf. Ibíd., 10, 38); “¡Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre!” (Jn 7, 46). Y no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien a la pregunta antes formulada:

“Mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).

El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple “su hora” (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros.

Es importante subrayar la afirmación paulina: Cristo “se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte”. No es lícito medir la muerte de Cristo con la medida corriente de la debilidad y limitación humanas. Debe mirarse con la verdadera medida de la obediencia salvífica. Su muerte no es sólo el término de la vida. Cristo se hace libremente obediente hasta la muerte de cruz, para dar con su muerte un nuevo inicio a la vida: “Ya que así como la muerte vino por un hombre, también por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así también todos serán vivificados en Cristo” (1Co 15, 21-22).

6. Junto al infinito anonadamiento de Cristo, Hijo consubstancial del Padre –como hombre, como Siervo de Yavé, como Varón de dolores–, el Apóstol proclama al mismo tiempo suexaltación. Al misterio pascual pertenecen tanto la muerte como la resurrección gloriosa de Cristo, su exaltación. Y su exaltación comienza ya en la cruz, que es no sólo el patíbulo, sino también el trono glorioso de Dios hecho hombre; en la cruz, Cristo muerto nos obtiene la verdadera vida: en la cruz, Cristo vence el pecado y la muerte.

Por eso Dios exalta a Cristo, que se ha entregado a Sí mismo por nosotros en la cruz. Lo exalta en el horizonte de toda la historia del hombre sometido a la muerte, y esta exaltación es de dimensión cósmica.

San Pablo escribe: “Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).

Sí, Jesucristo es el Señor.

Creemos en Jesucristo nuestro Señor.

7. Queridos jóvenes amigos: ¿Por qué este día, Domingo de Ramos, se ha convertido en vuestra Jornada?

Esto ha ocurrido poco a poco: desde hace tiempo, este día atraía y reunía, sobre todo en Roma, a muchos jóvenes peregrinos.

Quizá de este modo habéis querido sumaros a los jóvenes y a las jóvenes de Jerusalén, “pueri hebraeorum”, que asistieron a la llegada de Jesús para las fiestas. Habéis querido asumir su entusiasmo, que se expresaba en las palabras ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Sin embargo, el entusiasmo dura poco. Puede acabarse en un solo día. En cambio, el Domingo de Ramos nos introduce en todos los sucesos de la Semana Santa, en el misterio total de Jesucristo: en su entrega hasta la muerte en la cruz por obediencia al Padre, en el anonadamiento del Hijo que, siendo igual al Padre, ha asumido la condición de siervo hasta sus últimas consecuencias.

Se podría decir que los jóvenes habéis sido atraídos por la cruz de Cristo; que vuestro entusiasmo, precedido por los “pueri hebraeorum” y expresado también con el “¡Hosanna… Bendito el que viene en nombre del Señor!”, adquiere ante el misterio pascual todo su significado. Alabando al Profeta de Galilea, Jesús de Nazaret, proclamáis a la vez vuestra fe en Jesucristo Dios y Hombre, Redentor del hombre y del mundo.

8. Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto “Dios es amor” (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor.

Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (Ibíd., 4, 16). Así se expresa San Juan en el texto que meditaremos como lema de esta Jornada mundial de la Juventud. Queridos jóvenes: Celebrad siempre en vuestra vida el misterio pascual de Jesús, acogiendo en vuestros corazones el don del amor de Dios: “Me ha amado y se ha entregado por mi” (Ga 2, 20). Empapados por la fuerza divina del amor, comprometed vuestras energías juveniles en la construcción de la civilización del amor.

Guiados por el “sentido de la fe” seguid, al mismo tiempo, la voz de aquello que en el corazón humano y en la conciencia es lo más profundo y lo más noble, de aquello que corresponde a la verdad interior del hombre y de su dignidad. Así seréis capaces de entender la lógica divina, capaces de superar las pobres razones humanas, y penetraréis en la dimensión nueva del amor que Cristo nos ha manifestado.

Esta es la verdadera razón por la que venís a celebrar este día.

¡Venid, jóvenes! ¡Acercaos a Cristo, Redentor del hombre! Ese es el sentido que tiene vuestra presencia en la plaza de San Pedro en Roma, y hoy en esta gran avenida de la capital argentina. Es Cristo quien os atrae, es El quien os llama. Y junto a Jesucristo, nuestra Madre Santa María, que ha venido desde su santuario de Luján para estar con nosotros. A Ella os encomiendo al final de esta celebración. Sé muy bien todo lo que Nuestra Señora de Luján significa para vosotros, jóvenes argentinos, como meta de vuestras peregrinaciones anuales, a las que concurrís en gran número, llenos de devoción a la Madre de Dios, con manifiesta generosidad y esperanza.

Veo en vosotros a todos vuestros coetáneos: a los jóvenes y a las jóvenes con los que he tenido la dicha de reunirme en tantas partes del mundo, y también a aquellos otros con los que nunca he podido estar. A todos ellos nos unimos en espíritu, para invitarles a acercarse a Cristo en este día santo.

9. A todos me dirijo y a todos os digo: Dejaos abrazar por el misterio del Hijo del hombre, por el misterio de Cristo muerto y resucitado. ¡Dejaos abrazar por el misterio pascual!

Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta.

El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo.

Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.

10. Sólo acogiendo el misterio pascual en vuestras vidas podréis “responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que está en vosotros” (1P 3, 15). Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y nobles anhelos de vuestro corazón.

¡Jóvenes: Cristo, la Iglesia, el mundo esperan el testimonio de vuestras vidas, fundadas en la verdad que Cristo nos ha revelado!

¡Jóvenes: El Papa os agradece vuestro testimonio, y os anima a que seáis siempre testigos del amor de Dios, sembradores de esperanza y constructores de paz!

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna.

Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.

Homilía, 12-04-1981

1. ¿Por qué Jesús quiso entrar en Jerusalén sobre un borriquillo?

¿Por qué el Domingo de Ramos está al comienzo de la Semana Santa, que es la Semana de la Pasión del Señor?

La respuesta que el Evangelio de San Mateo da a esta pregunta es sencilla: “Para que se cumpliese lo que dijo el Profeta” (Mt 21, 4). En realidad, el Profeta Zacarías se expresa con estas palabras: “Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu rey. Justo y salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna” (Zac 9, 9).

Así viene precisamente: manso y humilde, no tanto como soberano o rey, cuanto, más bien, como el Ungido, a quien el Eterno inscribió en los corazones y en las expectativas del pueblo de Israel.

Y ante todo no se refieren al soberano, al rey, estas palabras que pronuncia la muchedumbre con relación a El:

“¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21, 9).

Una vez, cuando después de la milagrosa multiplicación de los panes, los testigos del acontecimiento quisieron arrebatarlo para hacerle rey (cf. Jn 6, 15), Jesús se ocultó de ellos.

Pero ahora les permite gritar: “¡Hosanna al hijo de David!”, y, efectivamente, David fue rey. Sin embargo, no hay en este grito asociación de ideas con un poder temporal, con un reino terreno. Más bien, se ve que esa muchedumbre ya está madura para acoger al Ungido, esto es, al Mesías, a Aquel “que viene en nombre del Señor”.

2. La entrada en Jerusalén es un testimonio de la heredad profética en el corazón de ese pueblo que aclama a Cristo. Al mismo tiempo, es una verificación y una confirmación de que el Evangelio, anunciado por El durante todo este tiempo, a partir del bautismo en el Jordán, da sus frutos. En efecto, el Mesías debía revelarse precisamente como este rey: manso, que cabalga sobre un borrico, un borriquillo hijo de asna; un rey que dirá de sí mismo: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz” (Jn 18, 37).

Este rey, que entra en Jerusalén sobre un asno, es precisamente tal rey. Y los hombres que le siguen, parecen cercanos a este reino: al Reino que no es de este mundo. Efectivamente, gritan: “Hosanna en las alturas”. Parecen ser precisamente aquellos que han escuchado su voz y que “son de la verdad”.

Hoy, Domingo de Ramos, también nosotros hemos venido para revivir litúrgicamente ese acontecimiento profético. Repetimos las mismas palabras que entonces —en la entrada en Jerusalén— pronunció la muchedumbre. Tenemos las palmas en las manos. Estamos dispuestos a tender nuestros mantos en el camino por el que viene a nuestra comunidad Jesús de Nazaret, igual que entonces entró en Jerusalén.

Jesús de Nazaret acepta esta liturgia nuestra, como aceptó espontáneamente el comportamiento de la muchedumbre de Jerusalén, porque quiere que de este modo se manifieste la verdad mesiánica sobre el reino, que no indica dominio sobre los pueblos, sino que revela la realeza del hombre: esa verdadera dignidad que le ha dado, desde el principio, Dios Creador y Padre, y la que le restituye Cristo, Hijo de Dios, en el poder del Espíritu, de Verdad.

3. Sin embargo, el día de hoy es sólo una introducción. Apenas constituye el preludio de los acontecimientos, que la Iglesia desea vivir de modo particular y excepcional en el curso de la Semana Santa.

Y este preludio exteriormente es diferente de lo que traerán consigo los días sucesivos de la semana, especialmente los últimos.

La liturgia nos habla también de esto, más aún, habla sobre todo de esto. Es la liturgia de la pasión: es el Domingo de la Pasión del Señor.

Por esto el Salmo responsorial, en lugar de las aclamaciones de bendición, llenas de entusiasmo, y de los gritos de “Hosanna”, nos hace escuchar ya hoy las voces de escarnio, que comenzarán la noche del Jueves Santo y alcanzarán su culmen en el Calvario:

“Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: Acudió al Señor, que le ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere” (Sal 21 [22], 8-9).

En las últimas palabras el escarnio llega a la profundidad. Asume la forma más dolorosa y, a la vez, más provocadora.

Y a continuación, ese penetrante Salmo 21 describe (desde la perspectiva de los siglos) los acontecimientos de la pasión del Señor, tal como si los viese de cerca:

“Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (vv. 17-19).

Y el gran “evangelista del Antiguo Testamento”, el Profeta Isaías, completa lo demás:

“Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Is 50, 6).

Y como si desde el Gólgota respondiese al escarnio más doloroso, añade:

“Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50, 7). 4. Así, de esa prueba de obediencia hasta la muerte, Cristo sale victorioso en el espíritu, mediante su entrega absoluta al Padre, mediante su radical confianza en la voluntad del Padre, que es la voluntad de vida y salvación.

Y por esto, la descripción completa de los acontecimientos de esta Semana, en la que nos introduce el Domingo de hoy, se resume en las palabras de San Pablo: Cristo Jesús «se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”», y añade: “De modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble —en el cielo, en la tierra, en el abismo—, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 8-11).

Por esto, también nosotros llevamos las palmas en la procesión y cantamos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21, 9).

Cristo permitió que en el umbral de los acontecimientos de su pasión, precisamente hoy, Domingo de Ramos, se delinease ante los ojos del pueblo de elección divina, ese Reino de la expectación definitiva de los corazones humanos y de las conciencias.

Lo hizo en el momento en que todo estaba ya dispuesto para que El mismo, con la propia humillación y la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, abriese el Reino de Dios mediante su exaltación por obra del Padre: ese Reino al que están llamados todos los que confiesan su nombre.

Ángelus, 12-04-1981

1. Durante la celebración de la liturgia de este Domingo de Ramos, todos nosotros hemos oído las voces que nos llegan a través de los siglos y las generaciones: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mc 11, 9-10). Hemos oído estas voces y las hemos repetido confesando nuestra fe en el Mesías, el Ungido de Dios.

Pero he aquí que de la misma parte del mundo, de la misma ciudad, ante la perspectiva de la Semana Santa nos llegan otras voces y otros gritos que contienen en sí la condena a muerte: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (Jn 19, 6).

Por tanto hoy, mientras en la ora cien del “Ángelus” profesamos como siempre que el Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros (cf. Jn 1, 14), miramos con grandísimo amor al mismo Verbo que está ante nosotros cual “varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro” (Is 53, 3).

2. Sí. Verdaderamente quisiéramos volver la cara y no mirar. Estamos aterrorizados por su aspecto nos impresiona hondamente cuando aparece ante nosotros “despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores” (Is 53, 3). “¿Quién creerá lo que hemos oído? ¿A quién fue revelado el brazo de Yavé?” (ib., 1).

Y sin embargo “quiso quebrantarle Yavé con padecimientos” (ib., 10), ya aquella misma tarde y aquella misma noche de Getsemaní cuando apenas había terminado de comer la Pascua con los discípulos.

Y también “… de Él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su rostro que no parecía ser de hombre” (Is 52, 14), cuando lo sometieron a los tormentos de la flagelación y le pusieron en la cabeza la corona de espinas. “Tan desfigurado estaba su rostro que no parecía ser de hombre” (ib.), cuando después de aquel tormento terrible, el gobernador romano lo mostró a la asamblea y dijo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19, 5).

Fue entonces precisamente cuando se oyeron los gritos de “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Y se lo entregó para que lo crucificaran (cf. ib., 19, 16).

Dice el Profeta: “Pero fue Él ciertamente quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado” (Is53, 4).

“… Es que quiso Yavé quebrantarlo con padecimientos” (Is 53, 10).

El peso de la cruz lo aplastó muchas veces en el camino por las calles de la Ciudad Santa porque “Yavé cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros… como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores, y no abrió la boca”. Y después en la colina del Gólgota fue clavado en la cruz. “Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados… Maltratado y afligido no abrió la boca” (Is 53, 5-7).

Y de este modo la sentencia dada se cumplió en la cruz ignominiosa: “Fue eliminado de la tierra de los vivientes… Fue arrebatado por un juicio inicuo y… muerto por las iniquidades de su pueblo” (Is 53, 8).

3. Queridos hermanos y hermanas:

Nuestro pensamiento y nuestro corazón, nuestra conciencia y nuestra oración se dirijan en esta Semana Santa de modo particular a Cristo dolorido, despojado, crucificado; a Cristo ¡Redentor nuestro!

“Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados” (Is 53, 5).

“Por haberse entregado a la muerte y haber sido contado entre los pecadores” (ib., 12). Reciba Él, en los días de su Pasión, veneración, recuerdo y agradecimiento especiales de toda la Iglesia, de todos los hombres de buena voluntad y corazón generoso.

Pablo VI, papa

Homilía, 19-03-1978

Vuestro grito de júbilo “Hosanna al Hijo de David” se ha levantado hacia el cielo como potente coro, mientras palpitaban los ramos de palma y olivo, agitados por vuestras manos.

De este modo presentáis un espectáculo de paz, de esperanza y de amor, que ofrece motivo sereno de consuelo en el trágico momento que estamos viviendo. En efecto, aún estamos todos desconcertados, turbados y sobrecogidos porque una vez más las fuerzas disgregadoras de la sociedad han atacado con frialdad y cinismo. Hace días fueron bárbaramente asesinados cinco ciudadanos que se ganaban la vida con su honrado trabajo. Una alta personalidad política ha sido secuestrada, en abierto desafío al Estado. Al comportamiento vil y feroz de los anónimos asesinos, vosotros respondéis hoy con vuestra compacta presencia de católicos, que rechazáis cualquier tipo de violencia y proclamáis el respeto y el amor universal.

Y entonces —podemos preguntarnos—, ¿por qué tan gran número de jóvenes, trabajadores y estudiantes, que viven en su propia carne los problemas y las vicisitudes de este año 1978, se han reunido en este lugar para cantar, para rezar, para participar en un rito?

La respuesta a esta legitima pregunta la dais vosotros mismos con vuestra presencia: habéis venido para revivir, para renovar, para celebrar hoy la entrada triunfal de Jesucristo en la Ciudad Santa; entrada mesiánica, signo de pasión, pero asimismo de su inminente glorificación definitiva. Y vosotros, como los habitantes de Jerusalén, deseáis “salir al encuentro” (cf. Jn 12, 12) de Jesús el Mesías, el Señor, hombre verdadero y Dios verdadero, el Hijo predilecto del Padre. El vuestro quiere ser un gesto público y comunitario de fe auténtica, capaz de renovar íntegramente vuestra vida.

¿Quién es este Jesús, a quien deseáis salir al encuentro? Desde pace dos mil años, esta pregunta fundamental está clavada en el corazón mismo de la historia y de la cultura humana; pero es la misma pregunta que se hacían en Palestina los contemporáneos de Jesús, oyentes de su palabra y testigos de sus signos prodigiosos: “¿Quién es Este?” (Mc 4, 41; Mt 21, 10). El “misterio de Jesús” inquietaba y sigue inquietando a los hombres, los cuales han respondido y responden o con la repulsa preconcebida, o con la indiferencia abúlica, o, por el contrario, con la ardiente adhesión de fe, que implica y transforma toda la persona.

Para nosotros y para vosotros, queridísimos jóvenes, Jesús de Nazaret no es simplemente un genio religioso, que ha de ser situado junto o aun por encima de tantas personalidades que en el transcurso de la historia lanzaron a la humanidad un mensaje sobre Dios; no es solamente un gran profeta, en quien se habría manifestado la presencia de lo divino de un modo peculiar y sobreabundante; no es un superhombre o un supermístico, cuya acción y cuya doctrina podrían aún estimular o fascinar a almas particularmente sensibles.

A la apremiante pregunta de Jesús: “Vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”, respondemos con Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16), y con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28),

El es quien tiene poder para asegurar a un pobre paralítico: “Hijo, se te perdonan los pecados” (Mc 2, 5), sanándole asimismo en prueba de su desconcertante afirmación; es quien, ante los escribas y fariseos, estupefactos, se declara “señor del sábado” (Mc 2, 28), capaz de revisar y de modificar desde dentro la legislación mosaica (cf. Mt 5, 21 ss.). Es quien afirma ser “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), “la resurrección y la vida” (Jn 11, 25) de todos los hombres que crean en El; es quien sale al encuentro de la muerte como dominador y con su resurrección desconcierta los planes mezquinos de sus contrarios. Jesús de Nazaret es verdaderamente el centro de la historia, como proclamó San Pablo: “Es imagen de Dios invisible, engendrado antes que toda creatura; pues por su medio se creó el universo celeste y terrestre, lo visible y lo invisible… Todo fue creado por El y para El. El es antes que todo y el universo tiene en El su consistencia” (Col 1, 15 ss.).

A Cristo Jesús, Verbo encarnado, Hijo eterno de Dios, nuestra adoración humilde, nuestra fe firme, nuestra esperanza serena, nuestro amor incondicional. Vale verdaderamente la pena queridísimos hijos, comprometer la propia vida en seguirle a El, sólo a El, aun sabiendo que esta decisión Ilevará consigo renuncias, sacrificios, riesgos e incomprensiones. Pero Jesucristo, escribió Pascal, “es un Dios al que uno se acerca sin orgullo y se somete sin desesperación” (B. Pascal, Pensamientos, fr. 528).

Vosotros, jóvenes, buscáis apasionadamente la alegría, la buscáis en los demás, en los acontecimientos, en las cosas. Jesús os promete su alegría plena (cf. Jn 15, 11; 16, 22. 24; 1 Jn1, 4).

Vosotros buscáis la autenticidad y aborrecéis la doblez: Jesús desenmascaró la hipocresía de quienes querían instrumentalizar al hombre, especialmente en sus relaciones con Dios (cf. Mt23, 5-7; Mc 3, 4).

Vosotros queréis ser estimados por lo que sois y no por lo que poseéis. Jesús dijo: “Cuidado, guardaos de toda codicia, que aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12, 15).

Vosotros tenéis miedo a la soledad, que entristece e1 corazón y acentúa e1 individualismo egoísta. Jesús nos da parte en la comunión que existe entre El y el Padre (cf. Jn 14, 23 ss.) y dilata nuestro corazón para amar a todos los hombres, hijos del mismo Padre (cf. Jn 15, 12 ss.).

Vosotros buscáis la liberación del pecado, que degrada al hombre, la liberación del mal, de los condicionamientos sociales, de las tinieblas de la ignorancia. Cristo es la luz que “ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9; 8, 12), es nuestra liberación (cf. Jn 8, 36; Gál 4. 31).

Vosotros, jóvenes, queréis transformar el mundo, hacerlo más bello y más justo: Cristo, con su encarnación, pasión y resurrección, renovó la realidad y a nosotros mismos: “El que es de Cristo, es una creatura nueva; lo viejo pasó; mirad, existe algo nuevo” (2 Cor 5, 17).

Así, pues, que Cristo esté en el centro de vuestro corazón, para entregaros generosamente a los demás; en el centro de vuestra inteligencia, para dar a la historia y a la cultura una perspectiva cristiana; en el centro de vuestra vida de ciudadanos en una sociedad que cada vez tiene más necesidad de las ideas y de las fuerzas de los jóvenes. “En Cristo lo tenemos todo —escribió San Ambrosio— …Cristo es todo para nosotros. Si deseas curarte una herida, El es el médico; si ardes de fiebre, El es el manantial que reanima; si te abruma la culpa, El es la justificación; si necesitas ayuda, El es la fuerza; si temes la muerte, El es la vida; si deseas el Cielo, El es el camino; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si necesitas alimento, El es la comida” (San Ambrosio, La Virginidad, XVI; PL 16, 291).

¡Así, queridísimos, así; para vosotros y para todos los jóvenes del mundo!

Congregación para el Clero

Este es el domingo en el cual la gran puerta del la semana santa se abre de frente a la vida de cada cristiano. Hoy, el tiempo se hace verdaderamente más breve y el discípulo esta llamado a seguir con paso más firme al señor Jesús que entra en Jerusalén.
La identificación con los discípulos de Cristo puede ciertamente ayudarnos a comprender lo que la liturgia del día nos invita a contemplar. Ellos, como los habitantes de la ciudad santa, habían sido testigos de los milagros que Jesús había cumplido en los días precedentes y de como Aquel que de meses seguían con interés había de hecho resucitado un hombre de entre los muertos, Lázaro de Betania. Si en un tiempo, al escuchar el propósito de Jesús de dirigirse a Jerusalén, habían sentido temor y desconcierto, ahora, a guiar sus pasos era la euforia que perdía el sentimiento del la gente, sorprendida por el cumplimiento de las promesas reveladas por los profetas.
Pero como acabamos de escuchar, el clima,  esta destinado a cambiar rápidamente y, el titulo mesiánico de «Hijo de David» (Mt. 21,9) –a pesar de revelarse en su personalidad real: «Rey de los Judíos» (Mt. 27,29-37) – se convierte en motivo de burla por parte de los soldados.

Sin embargo, el Señor Jesús, hasta en la hora de la agonía más atroz , mientras fue abandonado por todos, no sede a  la tentación de “apartar de Él” el cáliz que el Padre desea que Él beba. De hecho, es precisamente en aquel momento que se manifiesta lo que el profeta Isaías había pre-anunciado a través de uno de los cuatro poemas del siervo, propuesto en la primera lectura: en esto surge por lo tanto, el estilo que cada uno de nosotros debería de asumir: «Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche» (Is. 50,4). El “escuchar” para los pueblos semitas  no es diferente del “seguir” ; y es precisamente el tema del “seguimiento” a ser como el hilo rojo que enlaza todos los textos de la Sagrada Escritura que hoy hemos escuchado: un seguimiento que cuando no es negado como en el caso de los discípulos que «lo abandonaron y escaparon» (Mt. 26,56), es signo inequívoco del amor de Dios Padre, única posibilidad para amar verdaderamente a los hermanos.

Es sólo a través del “seguimiento de Cristo” que se actúa nuestra redención: la vida del Señor Jesús ha sido toda definida por la escucha de la voluntad del Padre. No nos debe sorprender, por lo tanto, si la Iglesia nos propone también uno de los textos más antiguos que hablan de Jesús, un pasaje de la carta a los Filipenses que en seis versículos logra diseñar de frente a nosotros la vida de Cristo a través del camino de la obediencia.
No existe otra posibilidad, para nosotros, si no aquella de entrar en la contemplación de estos días de Pasión a través del “seguimiento de Cristo”: vivamos estos días buscando su presencia en las llagas de nuestra historia –en el trabajo, con la familia, con los amigos- ; sigámoslo por los caminos de Jerusalén, teniendo cuidado de regresar a Él  cada vez que, durante esta semana nos demos cuenta de haberlo traicionado, abandonado, perdido de vista; subamos con Él hasta el Calvario y pidámosle que,  Su abandono total a la muerte de cruz, nos permita reconocerlo como Aquel que es el único que puede cambiar nuestra vida,  así como hizo el Centurión que antes se había burlado de Él: «verdaderamente éste era  Hijo de Dios» (Mt. 27,54)

Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, 2ª parte

[Marcos relata que] Bartimeo recobró la vista «y le seguía por el camino» (Mc10,48-52). Una vez que ya podía ver, se unió a la peregrinación hacia Jerusalén. De repente, el tema «David», con su intrínseca esperanza mesiánica, se apoderó de la muchedumbre: este Jesús con el que iban de camino ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? Con su entrada en la Ciudad Santa, ¿no habrá llegado la hora en que Él restablezca el reino de David?

Los preparativos que Jesús dispone con sus discípulos hacen crecer esta expectativa. Jesús llega al Monte de los Olivos desde Betfagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías. Manda por delante a dos discípulos, diciéndoles que encontrarían un borrico atado, un pollino, que nadie había montado. Tienen que desatarlo y llevárselo; si alguien les pregunta el porqué, han de responder: «El Señor lo necesita» (Mc 11,3; Lc 19,31). Los discípulos encuentran el borrico, se les pregunta —como estaba previsto— por el derecho que tienen para llevárselo, responden como se les había ordenado y cumplen con el encargo recibido. Así, Jesús entra en la ciudad montado en un borrico prestado, que inmediatamente después devolverá a su dueño.

Todo esto puede parecer más bien irrelevante para el lector de hoy, pero para los judíos contemporáneos de Jesús está cargado de referencias misteriosas. En cada uno de los detalles está presente el tema de la realeza y sus promesas. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad (cf. Pesch, Markusevangelium, II, p. 180). El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie ha montado todavía remite también a un derecho real. Y, sobre todo, se hace alusión a ciertas palabras del Antiguo Testamento que dan a todo el episodio un sentido más profundo.

En primer lugar, las palabras de Génesis 49,10s, la bendición de Jacob, en las que se asigna a Judá el cetro, el bastón de mando, que no le será quitado de sus rodillas «hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». Sc dice de Él que ata su borriquillo a la vid (49,11). Por tanto, el borrico atado hace referencia al que tiene que venir, al cual «los pueblos deben obediencia».

Más importante aún es Zacarías 9,9, el texto que Mateo y Juan citan explícitamente para hacer comprender el «Domingo de Ramos»: «Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila» (Mt 21,5;cf. Za 9,9; Jn 12,15).Ya hemos reflexionado ampliamente sobre el sentido de estas palabras del profeta para comprender la figura de Jesús al comentar la bienaventuranza de los humildes, de los mansos (cf. primera parte, pp. 108-112). Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y un rey de la sencillez, un rey de los pobres. Y hemos visto, en fin, que gobierna un reino que se extiende de mar a mar y abarca toda la tierra (cf. ibíd., p. 109); esto nos ha recordado el nuevo reino universal de Jesús que, en las comunidades de la fracción del pan, es decir, en la comunión con Jesucristo, se extiende de mar a mar como reino de su paz (cf. ibíd., p. 112). Todo esto no podía verse entonces, pero lo que, oculto en la visión profética, había sido apenas vislumbrado desde lejos, resulta evidente en retrospectiva.

Por ahora retengamos esto: Jesús reivindica, de hecho, un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. El Antiguo Testamento habla de Él, y viceversa: Él actúa y vive de la Palabra de Dios, no según sus propios programas y deseos. Su exigencia se funda en la obediencia a los mandatos del Padre. Sus pasos son un caminar por la senda de la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, la referencia a Zacarías 9,9excluye una interpretación «zelote» de la realeza: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador.

Volvamos al desarrollo de la narración. Cuando se lleva el borrico a Jesús, ocurre algo inesperado: los discípulos echan sus mantos encima del borrico; mientras Mateo (21,7) y Marcos (11,7) dicen simplemente que «Jesús se montó», Lucas escribe: «Y le ayudaron a montar» (19,35). Ésta es la expresión usada en el Primer Libro de los Reyes cuando narra el acceso de Salomón al trono de David, su padre. Allí se lee que el rey David ordena al sacerdote Zadoc, al profeta Natán y a Benaías: «Tomad con vosotros los veteranos de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadle a Guijón. El sacerdote Zadoc y el profeta Natán lo ungirán allí como rey de Israel…» (1,33s).
También el echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Israel (cf. 2 R 9,13). Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que se ha desarrollado a partir de ella. Los peregrinos que han venido con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo de los discípulos; ahora alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,9s; cf. Sal 118,25s).

Esta aclamación la han transmitido los cuatro evangelistas, aunque con sus variantes específicas. Estas diferencias no son irrelevantes para la historia de la transmisión y la visión teológica de cada uno de los evangelistas, pero no es necesario que nos ocupemos aquí de ellas. Tratamos solamente de comprender las líneas esenciales de fondo, teniendo en cuenta, además, que la liturgia cristiana ha acogido este saludo, interpretándolo a la luz de la fe pascual de la Iglesia.
Ante todo, aparece la exclamación: «¡Hosanna!». Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como: «¡Ayúdanos!». En el séptimo día de la fiesta de las Tiendas, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían monótonamente para implorar la lluvia. Pero, así como la fiesta de las Tiendas se transformó de fiesta de súplica en una fiesta de alegría, la súplica se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo (cf. Lohse, ThWNT, IX, p. 682).

La palabra había probablemente asumido también un sentido mesiánico ya en los tiempos de Jesús. Así, podemos reconocer en la exclamación «¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel.

La palabra siguiente del Salmo 118, «bendito el que viene en el nombre del Señor», perteneció en un primer tiempo, como se ha dicho, a la liturgia de Israel para los peregrinos y con ella se los saludaba a la entrada de la ciudad o del templo. Lo demuestra también la segunda parte del versículo: «Os bendecimos desde la casa del Señor». Era una bendición que los sacerdotes dirigían y casi imponían sobre los peregrinos a su llegada. Pero con el tiempo la expresión «que viene en el nombre del Señor» había adquirido un sentido mesiánico. Más aún, se había convertido incluso en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo, de una bendición para los peregrinos la expresión se transformó en una alabanza a Jesús, al que se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.

La referencia específicamente davídica, que se encuentra solamente en el texto de Marcos, nos presenta tal vez en su modo más originario la expectativa de los peregrinos en aquellos momentos. Lucas, que escribe para los cristianos procedentes del paganismo, ha omitido completamente el «Hosanna» y la referencia a David, reemplazándola con una exclamación que alude a la Navidad: «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!» (19,38; cf. 2,14). De los tres Evangelios sinópticos, pero también de Juan, se deduce claramente que la escena del homenaje mesiánico a Jesús tuvo lugar al entrar en la ciudad, y que sus protagonistas no fueron los habitantes de Jerusalén, sino los que acompañaban a Jesús entrando con Él en la Ciudad Santa.

Mateo lo da a entender de la manera más explícita, añadiendo después de la narración del Hosanna dirigido a Jesús, hijo de David, el comentario: «Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: “¿Quién es éste?”. La gente que venía con él decía: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”» (21,10s). El paralelismo con el relato de los Magos de Oriente es evidente. Tampoco entonces se sabía nada en la ciudad de Jerusalén sobre el rey de los judíos que acababa de nacer; esta noticia había dejado a Jerusalén «trastornada» (Mt 2,3). Ahora se «alborota»: Mateo usa la palabra eseísthe (seíö), que expresa el estremecimiento causado por un terremoto.

Algo se había oído hablar del profeta que venía de Nazaret, pero no parecía tener ninguna relevancia para Jerusalén, no era conocido. La multitud que homenajeaba a Jesús en la periferia de la ciudad no es la misma que pediría después su crucifixión. En esta doble noticia sobre el no reconocimiento de Jesús —una actitud de indiferencia y de inquietud a la vez—, hay ya una cierta alusión a la tragedia de la ciudad, que Jesús había anunciado repetidamente, y de modo más explícito en su discurso escatológico.

Pero en Mateo hay también otro texto importante, exclusivamente suyo, sobre la acogida de Jesús en la Ciudad Santa. Después de la purificación del templo, algunos niños repiten en el templo las palabras del homenaje a Jesús: «¡Hosanna al hijo de David!» (21,15). Jesús defiende la aclamación de los niños ante los «sumos sacerdotes y los escribas» haciendo referencia al Salmo 8,3: «De la boca de los niños y de los que aún maman has sacado una alabanza». Volveremos de nuevo sobre esta escena en la reflexión sobre la purificación del templo. Tratemos aquí de comprender lo que Jesús ha querido decir con la referencia al Salmo 8, una alusión con la cual ha abierto una vasta perspectiva histórico-salvífica.

Lo que quería decir resulta muy claro si recordamos el episodio sobre los niños presentados a Jesús «para que los tocara», descrito por todos los evangelistas sinópticos. Contra la resistencia de los discípulos, que quieren defenderlo frente a esta intromisión, Jesús llama a los niños, les impone las manos y los bendice. Y explica luego este gesto diciendo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc10,13-15). Los niños son para Jesús el ejemplo por excelencia de ese ser pequeño ante Dios que es necesario para poder pasar por el «ojo de una aguja», a lo que hace referencia el relato del joven rico en el pasaje que sigue inmediatamente después (Mc 10,17-27).

Poco antes había ocurrido el episodio en el que Jesús reaccionó a la discusión sobre quién era el más importante entre los discípulos poniendo en medio a un niño, y abrazándole dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,33-37). Jesús se identifica con el niño, Él mismo se ha hecho pequeño. Como Hijo, no hace nada por sí mismo, sino que actúa totalmente a partir del Padre y de cara a Él.

Si se tiene en cuenta esto, se entiende también la perícopa siguiente, en la cual ya no se habla de niños, sino de los «pequeños»; y la expresión «los pequeños» se convierte incluso en la denominación de los creyentes, de la comunidad de los discípulos de Jesús (cf. Mc 9,42). Han encontrado este auténtico ser pequeño en la fe, que reconduce al hombre a su verdad. Volvemos con esto al «Hosanna» de los niños. A la luz del Salmo 8, la alabanza de los niños aparece como una anticipación de la alabanza que sus «pequeños» entonarán en su honor mucho más allá de esta hora.
En este sentido, con buenas razones, la Iglesia naciente pudo ver en dicha escena la representación anticipada de lo que ella misma hace en la liturgia. Ya en el texto litúrgico post-pascual más antiguo que conocemos —en la Didaché, en torno al año 100—, antes de la distribución de los sagrados dones aparece el «Hosanna» junto con el «Maranatha»: «¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; el que no lo es, se convierta. ¡Maranatha! Amén» (10,6).

También el Benedictus fue incluido muy pronto en la liturgia: para la Iglesia naciente el «Domingo de Ramos» no era una cosa del pasado. Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino.

La Iglesia saluda al Señor en la Sagrada Eucaristía como el que ahora viene, el que ha hecho su entrada en ella. Y lo saluda al mismo tiempo como Aquel que sigue siendo el que ha de venir y nos prepara para su venida. Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su Cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo.

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  • Un abrazo, Alfertson, y tantas gracias por tantas cosas.

    Te hago notar, por si quieres tomarlo en consideración, que suele resultarme difícil o imposible encontrar el texto mismo de las lecturas del día.

    Que la Virgen te guarde. Feliz Semana Santa.

    • Saludos Miguel. No entendí bien tu señalamiento. Yo suelo poner el texto del Evangelio de cada día junto a su comentario. Si te refieres a las otras lecturas (1ª, 2ª), vendrá en una segunda etapa, Dios mediante. Apenas me da tiempo de trabajar con los evangelios. Feliz Semana Santa para entrar en la Pascua. Dios te bendiga.