Solemnidad Sagrado Corazón de Jesús (Ciclo B) – Homilías

Lecturas (Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Os 11, 1-3-4. 8c-9 : Se me conmueven las entrañas.
-Salmo: Is 12, 2-3. 5. 5-6 : R. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
-2ª Lectura: Ef 3, 8-12. 14-19 : Comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano.
+Evangelio: Jn 19, 31-37 : Le atravesó el costado con una lanza y salió sangre y agua.

* Otras homilías podrías aparecer más adelante


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Buenaventura, obispo

Obras: En ti está la fuente de la vida

Opúsculo 3, El árbol de la vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79

«En ti está la fuente de la vida»

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, Y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!
De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz.»

San Columbano, abad

Instrucción: Cristo, fuente de vida

Instrucción 13, 2-3. Liturgia de las Horas Jueves XXI semana

«Uno de los soldados, le atravesó el costado y al instante brotó sangre y agua»

Hermanos, seamos fieles a nuestra vocación. A través de ella nos llama a la fuente de la vida aquel que es la vida misma, que es fuente de agua viva(Jn 4,10), y fuente de vida eterna, fuente de luz y fuente de resplandor, ya que de él procede todo esto: sabiduría y vida, luz eterna… Señor, tú mismo eres esa fuente que hemos de anhelar cada vez más, aunque no cesemos de beber de ella. Cristo Señor, danos siempre esa agua, para que haya también en nosotros un surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn 4,15.14)…

Es verdad que pido grandes cosas, ¿quién lo puede ignorar? Pero tú eres el rey de la gloria y sabes dar cosas excelentes, y tus promesas son magníficas. No hay ser que te aventaje. Y te diste a nosotros. Y te diste por nosotros.

Por eso, te pedimos que vayamos ahondando en el conocimiento de lo que tiene que constituir nuestro amor. No pedimos que nos des cosa distinta de ti. Porque tú eres todo lo nuestro: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Infunde en nuestro corazones, Jesús querido, el soplo de tu espíritu e inflama nuestras almas en tu amor, de modo que cada uno de nosotros pueda decir con verdad: ” Muestrame al amado de mi alma” (Ct 3,3), porque estoy herido de amor.

Que no falte en mí esas heridas,Señor. Dichosa el alma que está así herida de amor. Ésa va en busca de la fuente. Ésa va a beber. Y, por más que bebe, siempre tiene sed. Siempre sorbe con ansia, porque siempre bebe con sed. Y, así, siempre va buscando con amor, porque halla la salud en las mismas heridas.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis: Audiencia General (20-06-1979)

El misterio del Corazón de Cristo

1. Pasado mañana, próximo viernes, la liturgia de la Iglesia se concentra, con una adoración y un amor especial, en torno al misterio del Corazón de Cristo. Quiero, pues, ya hoy, anticipando este día y esta fiesta, dirigir junto con vosotros la mirada de nuestros corazones sobre el misterio de ese Corazón. El me ha hablado desde mi juventud. Cada año vuelvo a este misterio en el ritmo litúrgico del tiempo de la Iglesia.

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

2. Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del viernes, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. “Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 31-34).

Ni siquiera una palabra sobre el corazón.

El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este corazón —este corazón humano— ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de toda la “crudeza” histórica del texto— nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora. El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37; Zac 12, 10).

En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.

3. Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertida de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido “anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas” (Ef 3, 8-9).

Esa “riqueza de Cristo” es, al mismo tiempo, el “designio eterno de salvación” de Dios que el Espíritu Santo dirige al “hombre interior”, para que así “Cristo habite por la fe en nuestros corazones” (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición “de comprender con nuestro espíritu humano” (es decir, precisamente con este “corazón”) “cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia…” (Ef 3, 18-19).

Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. “…Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce” (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón “invita”. Para esto fue abierto con la lanza del soldado.

4. El misterio del corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de misericordia de nuestro Dios (San Bernardo, Sermo 61, 4; PL 183, 1072).

Cristo dice en la liturgia del viernes: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: “mansedumbre y humildad”. Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante “la mansedumbre y la humildad”. Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren, en cierto sentido, toda la “riqueza” del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa “mansedumbre y humildad” lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención ese día.

5. Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Este Corazón es “fuente de vida y de santidad”.

Catequesis: Audiencia General (08-06-1994)

1. Pasado mañana celebraremos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Es una fiesta litúrgica que irradia una peculiar tonalidad espiritual sobre todo el mes de junio. Es importante que en los fieles siga viva la sensibilidad ante el mensaje que de ella brota: en el Corazón de Cristo el amor de Dios salió al encuentro de la humanidad entera.

Se trata de un mensaje que, en nuestros días, cobra una actualidad extraordinaria. En efecto, el hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva, mientras que el centro de la persona no es ni la pura razón, ni el puro instinto. El centro de la persona es lo que la Biblia llama «el corazón».

Al final del siglo XX, parece ya superada la incredulidad de corte iluminista, que dominó durante mucho tiempo. Las personas, experimentan una gran nostalgia de Dios, pero dan la impresión de haber perdido el camino del santuario interior en donde es preciso acoger su presencia: ese santuario es precisamente el corazón, donde la libertad y la inteligencia se encuentran con el amor del Padre que está en los cielos.

El Corazón de Cristo es la sede universal de la comunión con Dios Padre, es la sede del Espíritu Santo. Para conocer a Dios, es preciso conocer a Jesús y vivir en sintonía con su Corazón, amando, como él, a Dios y al prójimo.

2. La devoción al Sagrado Corazón, tal como se desarrolló en la Europa de hace dos siglos, bajo el impulso de las experiencias místicas de santa Margarita María Alacoque, fue la respuesta al rigorismo jansenista, que había acabado por desconocer la infinita misericordia de Dios. Hoy, a la humanidad reducida a una sola dimensión o, incluso, tentada de ceder a formas de nihilismo, si no teórico por lo menos práctico, la devoción al Corazón de Jesús le ofrece una propuesta de auténtica y armoniosa plenitud en la perspectiva de la esperanza que no defrauda.

Hace más o menos un siglo, un conocido pensador denunció la muerte de Dios. Pues bien, precisamente del Corazón del Hijo de Dios, muerto en la cruz, ha brotado la fuente perenne de la vida que da esperanza a todo hombre. Del Corazón de Cristo crucificado nace la nueva humanidad, redimida del pecado. El hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Cristo para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; tiene necesidad de él para construir la civilización del amor.

Os invito, por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, a mirar con confianza al Sagrado Corazón de Jesús y a repetir a menudo, sobre todo durante este mes de junio: ¡Sacratísimo Corazón de Jesús, en ti confío!

Mensaje (04-06-1999)

MENSAJE A MONS. LOUIS-MARIE BILLÉ, ARZOBISPO DE LYON,
CON MOTIVO DE LA PEREGRINACIÓN A PARAY-LE-MONIAL (FRANCIA)

1. Mientras numerosos peregrinos se preparan para celebrar solemnemente en Paray-le-Monial la fiesta del Sagrado Corazón y a recordar la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús realizada hace cien años por el Papa León XIII, me complace dirigirles, a través de usted, mi cordial saludo y unirme mediante la oración a su itinerario espiritual y al de todas las personas que en este día hacen un acto de consagración al Sagrado Corazón.

2. Siguiendo el ejemplo de san Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María y a hacer amar a ambos, el culto tributado al Sagrado Corazón se difundió, sobre todo gracias a santa Margarita María, religiosa de la Visitación en Paray-le-Monial. El 11 de junio de 1899, León XIII, invitando a todos los obispos a unirse a su iniciativa, pidió al Señor que fuera el Rey de todos los fieles, así como de los hombres que lo han abandonado o de los que no lo conocen, suplicándole que los lleve a la verdad y los conduzca a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.

3. La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime y particular en el Calvario, durante la pasión de Cristo, sacrificio que se hace sacramentalmente presente en cada eucaristía. «Del Corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor, por el cual Jesús ha querido ser el compañero de nuestra vida, el alimento de nuestra alma, sacrificio de un valor infinito» (San Alfonso María de Ligorio, Meditación II sobre el Corazón amoroso de Jesús con ocasión de la novena de preparación para la fiesta del Sagrado Corazón). Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: «Venid a mí (…) que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-29).

El Corazón del Verbo encarnado es el signo del amor por excelencia; por eso, he destacado personalmente la importancia para los fieles de penetrar el misterio de este Corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual (cf. Redemptor hominis, 8). Como escribió san Claudio de La Colombière: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor» (Escritos espirituales, n. 9).

4. En el umbral del tercer milenio, «el amor de Cristo nos impulsa» (2 Co 5, 14) a hacer que sea conocido y amado el Salvador, que derramó su sangre por los hombres. «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17, 19). Por tanto, exhorto encarecidamente a los fieles a adorar a Cristo, presente en el santísimo Sacramento del altar, permitiéndole que cure nuestra conciencia, nos purifique, nos ilumine y nos unifique. En el encuentro con él los cristianos hallarán la fuerza para su vida espiritual y para su misión en el mundo. En efecto, en la relación de corazón a corazón con el divino Maestro, descubriendo el amor infinito del Padre, serán realmente adoradores en espíritu y verdad. Su fe se reavivará; entrarán en el misterio de Dios y serán profundamente transformados por Cristo. En las pruebas y en las alegrías conformarán su vida al misterio de la cruz y de la resurrección del Salvador (cf. Gaudium et spes, 10). Serán cada día más hijos en el Hijo. Así, a través de ellos, el amor se derramará en el corazón de los hombres, para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad. Serán intercesores de la humanidad entera, pues toda alma que se eleva hacia Dios, a la vez eleva al mundo y contribuye de modo misterioso a la salvación ofrecida gratuitamente por nuestro Padre celestial.

Por consiguiente, invito a todos los fieles a proseguir con piedad su devoción al culto del Sagrado Corazón de Jesús, adaptándola a nuestro tiempo, para que no dejen de acoger sus insondables riquezas, a las que responden con alegría amando a Dios y a sus hermanos, encontrando así la paz, siguiendo un camino de reconciliación y fortaleciendo su esperanza de vivir un día en la plenitud junto a Dios, en compañía de todos los santos (cf. Letanías del Sagrado Corazón). También conviene transmitir a las generaciones futuras el deseo de encontrarse con el Señor, de fijar su mirada en él, para responder a la llamada a la santidad y descubrir su misión específica en la Iglesia y en el mundo, realizando así su vocación bautismal (cf. Lumen gentium, 10). En efecto, «la caridad divina, don preciosísimo del Corazón de Cristo y de su Espíritu» (Haurietis aquas, III), se comunica a los hombres para que sean, a su vez, testigos del amor de Dios.

5. Invocando la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, a la que el 13 de mayo de 1982 consagré los hombres y las naciones, le imparto de buen grado la bendición apostólica a usted y a todos los fieles que, con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, se dirijan en peregrinación a Paray-le-Monial o que participen con devoción en una celebración litúrgica o en otro momento de oración al Sagrado Corazón.

Homilía (15-06-1999)

VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
VÍSPERAS DEL SAGRADO CORAZÓN
Gliwice, 15 de junio de 1999

1. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1).

Este encuentro nos introduce directamente en lo más íntimo del misterio del amor de Dios. En efecto, estamos participando en las Vísperas en honor del Sagrado Corazón de Jesús, que nos permiten vivir y experimentar el amor que Dios tiene al hombre. «Pues tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Dios ama al mundo y lo amará hasta el final. El Corazón del Hijo de Dios, traspasado en la cruz y abierto, testimonia de modo profundo y definitivo el amor de Dios.

San Buenaventura escribe: «Uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina Providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud» (Liturgia de las Horas, Oficio de lectura de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, vol. III, p. 541).

Nos presentamos con el corazón conmovido y humildemente ante el gran misterio de Dios, que es amor. Hoy, aquí, en Gliwice, queremos manifestarle nuestra alabanza y nuestra inmensa gratitud.

Con gran alegría vengo a visitaros, porque os quiero mucho. Todo el pueblo de Silesia me es muy querido. Como arzobispo metropolitano de Cracovia, cada año iba en peregrinación a la Virgen de Piekary y allí nos reuníamos para orar en común. Apreciaba mucho cada invitación. Siempre era para mí una experiencia profunda. Sin embargo, en la diócesis de Gliwice me encuentro por primera vez, ya que es una diócesis joven, instituida hace pocos años. Por eso, recibid mi cordial saludo, que dirijo ante todo a vuestro obispo Jan Wieczorek y al obispo auxiliar Gerard Kusz. Saludo también a los sacerdotes, a las familias religiosas, a todas las personas consagradas y al pueblo fiel de esta diócesis.

Me alegra que en el itinerario de mi visita a la patria esté también Gliwice, una ciudad que visité muchas veces, y a la que me unen gratos recuerdos. Con gran gozo visito esta tierra de hombres avezados al trabajo duro: es la tierra del minero polaco, la tierra de las acererías, de las minas, de los hornos y de las fábricas, pero también es una tierra de rica tradición religiosa. Mi pensamiento y mi corazón se dirigen hoy a vosotros, aquí presentes, a todos los hombres de la alta Silesia y de toda Silesia. Os saludo a todos en el nombre de Dios, uno y trino.

2. «Dios es amor» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de san Juan evangelista constituyen el lema que guía la peregrinación del Papa a Polonia. En vísperas del gran jubileo del año 2000, es preciso transmitir nuevamente al mundo esta alegre e impresionante noticia sobre un Dios que ama. Dios es una realidad que supera nuestra capacidad de comprensión. Precisamente por ser Dios, nunca podremos entender con nuestra razón su infinitud; no podremos nunca encerrarla en nuestras estrechas dimensiones humanas. Es él quien nos juzga, quien nos gobierna, quien nos guía y nos comprende, aunque no nos demos cuenta. Pero este Dios, inalcanzable en su esencia, se acercó al hombre mediante su amor paterno. La verdad sobre Dios que es amor constituye casi una síntesis y a la vez el culmen de todo lo que Dios ha revelado de sí mismo, de lo que nos ha dicho por medio de los profetas y por medio de Cristo sobre lo que él es.

Dios ha revelado este amor de muchas maneras. Primero, en el misterio de la creación. La creación es obra de la omnipotencia de Dios, guiada por su sabiduría y su amor. «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31, 3), dice Dios a Israel a través del profeta Jeremías. Dios ama al mundo que ha creado y, dentro del mundo, ama sobre todo al hombre. Incluso cuando el hombre prevaricó contra ese amor original, Dios no dejó de amarlo y lo elevó de su caída, pues es Padre, es amor.

Dios reveló del modo más perfecto y definitivo su amor en Cristo, en su cruz y en su resurrección. San Pablo dice: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo» (Ef 2, 4-5).

En mi mensaje de este año a los jóvenes escribí: «El Padre os ama». Esta magnífica noticia ha sido depositada en el corazón del hombre que cree, el cual, como el discípulo predilecto de Jesús, reclina su cabeza en el pecho del Maestro y escucha sus confidencias: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21).

«El Padre os ama»: estas palabras del Señor Jesús constituyen el centro mismo del Evangelio. Al mismo tiempo, nadie pone de relieve mejor que Cristo el hecho de que ese amor es exigente: «haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), enseñó del modo más perfecto que el amor espera una respuesta de parte del hombre. Exige la fidelidad a los mandamientos y a la vocación que ha recibido de Dios.

3. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16).

Mediante la gracia, el hombre está llamado a la alianza con su Creador, a dar la respuesta de fe y amor que nadie puede dar en su lugar. Esa respuesta no ha faltado aquí, en Silesia. La habéis dado a lo largo de siglos enteros con vuestra vida cristiana. En la historia siempre habéis estado unidos a la Iglesia y a sus pastores; os habéis mantenido fieles a la tradición religiosa de vuestros antepasados. En particular durante el largo período de la posguerra, hasta los cambios acaecidos en nuestro país en 1989, habéis vivido una época de gran prueba para vuestra fe. Habéis perseverado con fidelidad a Dios, resistiendo a la ateización, a la laicización de la nación y a la lucha contra la religión.

Recuerdo que miles de obreros de Silesia repetían con firmeza, en el santuario de Piekary: «El domingo es de Dios y nuestro». Siempre habéis sentido necesidad de la oración y de los lugares donde puede realizarse mejor. Por eso, no os ha faltado la fuerza de espíritu y la generosidad para comprometeros en la construcción de nuevas iglesias y lugares de culto, que surgieron en gran número en ese tiempo en las ciudades y en las aldeas de la alta Silesia.

Os interesabais por el bien de la familia. Por eso, reivindicabais los derechos debidos a ella, especialmente el de poder educar libremente a vuestros hijos y a los jóvenes en la fe. A menudo os reuníais en santuarios y en muchos otros lugares escogidos, para expresar vuestra adhesión a Dios y para dar testimonio de él. También me invitabais a mí a esas celebraciones comunes en Silesia. De buen grado os anunciaba yo la palabra de Dios, porque teníais necesidad de aliento en el difícil período de luchas por conservar la identidad cristiana, a fin de tener fuerza para obedecer «a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29).

Hoy, al contemplar el pasado, damos gracias a la Providencia por ese examen sobre la fidelidad a Dios y al Evangelio, a la Iglesia y a sus pastores. También era un examen sobre la responsabilidad con respecto a la nación, a la patria cristiana y a su patrimonio milenario, que a pesar de todas las grandes pruebas no fue destruido ni cayó en el olvido. Así sucedió porque «habéis conocido el amor que Dios nos tiene, y habéis creído en él», y habéis querido responder siempre con amor a Dios.

4. «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos (…) sino que se complace en la ley del Señor, y medita su ley día y noche» (Sal 1, 1-2).

Hemos escuchado estas palabras del salmista en la lectura breve de las Vísperas. Permaneced fieles a la experiencia de las generaciones que han vivido en esta tierra con Dios en el corazón y con la oración en los labios. Que en Silesia triunfe siempre la fe y la sana moralidad, el verdadero espíritu cristiano y el respeto a los mandamientos divinos. Conservad como el mayor tesoro lo que constituía la fuente de fuerza espiritual para vuestros padres. Ellos sabían incluir a Dios en su vida y en él vencer todas las manifestaciones del mal. Un símbolo elocuente de eso es el saludo: «Dios te sea propicio», que suelen decir los mineros. Conservad el corazón siempre abierto a los valores transmitidos por el Evangelio; vividlos, pues son característicos de vuestra identidad.

Queridos hermanos y hermanas, quería deciros que conozco vuestras dificultades, los temores y sufrimientos que estáis viviendo en la actualidad; los temores y sufrimientos que experimenta el mundo del trabajo en esta diócesis y en toda Silesia. Soy consciente de los peligros que acompañan a este estado de cosas, especialmente para muchas familias y para toda la vida social. Es necesario analizar atentamente las causas de esos peligros y buscar las posibles soluciones. Ya he hablado de ello, en Sosnowiec, durante esta peregrinación. Hoy me dirijo una vez más a todos mis compatriotas. Construid el futuro de la nación sobre el amor a Dios y a los hombres, sobre el respeto de los mandamientos de Dios y la vida de gracia, pues es feliz el hombre, es feliz la nación que se complace en la ley del Señor.

La certeza de que Dios nos ama debería impulsar al amor a los hombres, a todos los hombres, sin excepción alguna y sin distinguir entre amigos y enemigos. El amor al hombre consiste en desear a cada uno el verdadero bien. Consiste también en la solicitud por garantizar ese bien y rechazar toda forma de mal e injusticia. Es preciso buscar siempre y con perseverancia los caminos de un justo desarrollo para todos, a fin de «hacer más humana la vida del hombre» (cf. Gaudium et spes, 38). Ojalá que abunden en nuestro país el amor y la justicia, produciendo cada día frutos en la vida de la sociedad. Sólo gracias a ellos esta tierra podrá llegar a ser una casa feliz. Sin un amor grande y auténtico no hay casa para el hombre. Aun logrando grandes éxitos en el campo del progreso material, sin él estaría condenado a una vida sin sentido

 «El hombre es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (ib., 24). Ha sido llamado a participar en la vida de Dios; ha sido llamado a la plenitud de gracia y de verdad. La grandeza, el valor y la dignidad de su humanidad los encuentra precisamente en esa vocación.

Dios, que es amor, sea la luz de vuestra vida hoy y en el futuro. Sea la luz para toda nuestra patria. Construid un porvenir digno del hombre y de su vocación.

Os encomiendo a todos vosotros, a vuestras familias y vuestros problemas a María santísima, venerada en muchos santuarios de esta diócesis y en toda Silesia. Que ella nos enseñe el amor a Dios y al hombre, como lo practicó en su vida.

A todos os deseo: «Dios os sea propicio».

Benedicto XVI, papa

Carta 15-05-2006

AL PREPÓSITO GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
CON MOTIVO DEL 50° ANIVERSARIO DE LA ENCÍCLICA HAURIETIS AQUAS

Al reverendísimo padre
PETER-HANS KOLVENBACH
Prepósito general
de la Compañía de Jesús

Las palabras del profeta Isaías, “sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3), con las que comienza la encíclica con la que Pío XII recordaba el primer centenario de la extensión a toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no han perdido nada de su significado hoy, cincuenta años después. La encíclica Haurietis aquas, al promover el culto al Corazón de Jesús, exhortaba a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por él. Cincuenta años después, sigue siendo siempre actual la tarea de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su vida.

El costado traspasado del Redentor es la fuente a la que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas:  debemos recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás.

En efecto, como escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II, “junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así -y esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la civilización del  Corazón de Cristo” (Carta de Juan Pablo II al prepósito general de la Compañía de Jesús, 5 de octubre de 1986:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de octubre de 1986, p. 4).

En la encíclica Deus caritas est cité la afirmación de la primera carta de san Juan:  “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”, para subrayar que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona (cf. n. 1). Dado que Dios se manifestó del modo más profundo a través de la encarnación de su Hijo, haciéndose “visible” en él, es en la relación con Cristo donde podemos reconocer quién es verdaderamente Dios (cf. Haurietis aquas, 29-41; Deus caritas est, 12-15). Más aún, dado que el amor de Dios encontró su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la cruz, es sobre todo al contemplar su sufrimiento y su muerte como podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites que Dios nos tiene:  “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Por lo demás, este misterio del amor que Dios nos tiene no sólo constituye el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús:  es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el cristianismo. En efecto, sólo se puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la cruz de nuestro Redentor, “al que traspasaron” (Jn 19, 37; cf. Zc 12, 10). La encíclica Haurietis aquas recuerda, con razón, que la herida del costado y las de los clavos han sido para innumerables almas los signos de un amor que ha transformado cada vez más eficazmente su vida (cf. n. 52). Reconocer el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para ellas en una experiencia interior que les ha llevado a confesar, como santo Tomás:  “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda acogiendo sin reservas el amor de Dios (cf. Haurietis aquas, 49).

El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también, y sobre todo, a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio (cf. ib., 62). Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse:  están íntimamente relacionados. Por lo demás, conviene destacar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado por la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada puesta en el costado traspasado del Señor, del que brotan “sangre y agua” (cf. Jn 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de allí proceden (cf. Haurietis aquas, 34-41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.

La fe, entendida como fruto de la experiencia del amor de Dios, es una gracia, un don de Dios. Pero el hombre sólo podrá experimentar la fe como una gracia en la medida en la que la acepta dentro de sí como un don, del que trata de vivir. El culto del amor de Dios, al que la encíclica Haurietis aquas (cf. n. 72) invitaba a los fieles, debe ayudarnos a recordar incesantemente que él cargó con este sufrimiento voluntariamente “por nosotros”, “por mí”. Cuando practicamos este culto, no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por él.

Dios, que ha derramado su amor “en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (cf. Rm 5, 5),  nos  invita incesantemente a acoger su amor. Por consiguiente, la invitación  a entregarse totalmente al amor salvífico de Cristo (cf. Haurietis aquas, 4) tiene como primera finalidad la relación con Dios. Por eso, este culto, totalmente orientado al amor de Dios que se sacrifica por nosotros, reviste una importancia insustituible para nuestra fe y para nuestra vida en el amor.

Quien acepta el amor de Dios interiormente queda modelado por él. El hombre vive la experiencia del amor de Dios como una “llamada” a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que “tomó sobre sí nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las necesidades de los demás. La contemplación, en la adoración, del costado traspasado por la lanza nos hace sensibles a la voluntad salvífica de Dios. Nos hace capaces de abandonarnos a su amor salvífico y misericordioso, y al mismo tiempo nos fortalece en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos.

Los dones recibidos del costado abierto, del que brotaron “sangre y agua” (cf. Jn 19, 34), hacen que nuestra vida se convierta también para los demás en fuente de la que brotan “ríos de agua viva” (Jn 7, 38) (cf. Deus caritas est, 7). La experiencia del amor vivida mediante el culto del costado traspasado del Redentor nos protege del peligro de encerrarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. “En esto hemos conocido lo que es amor:  en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16) (cf. Haurietis aquas, 38).

La respuesta al mandamiento del amor sólo se hace posible experimentando que este amor ya nos ha sido dado antes por Dios (cf. Deus caritas est, 14). Por tanto, el culto del amor que se hace visible en el misterio de la cruz, actualizado en toda celebración eucarística, constituye el fundamento para que podamos convertirnos en personas capaces de amar y entregarse (cf. Haurietis aquas, 69), siendo instrumentos en las manos de Cristo:  sólo así se puede ser heraldos creíbles de su amor.

Sin embargo, esta disponibilidad a la voluntad de Dios debe renovarse en todo momento:  “El amor nunca se da por “concluido” y completado” (cf. Deus caritas est, 17). Así pues, la contemplación del “costado traspasado por la lanza”, en el que resplandece la ilimitada voluntad salvífica por parte de Dios, no puede considerarse como una forma pasajera de culto o de devoción:  la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del “corazón traspasado” su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios (cf. Haurietis aquas, 62).

Con el deseo de que el 50° aniversario contribuya a impulsar en muchos corazones una respuesta cada vez más fervorosa al amor del Corazón de Cristo, le imparto una especial bendición apostólica a usted, reverendísimo padre, y a todos los religiosos de la Compañía de Jesús, siempre muy activos en la promoción de esta devoción fundamental.

Vaticano, 15 de mayo de 2006

Ángelus (25-06-2006)

Domingo 25 de junio de 2006

Este domingo, XII del tiempo ordinario, en cierto modo se encuentra “rodeado” por solemnidades litúrgicas significativas. El viernes pasado celebramos el Sagrado Corazón de Jesús, solemnidad en la que se unen felizmente la devoción popular y la profundidad teológica. Era tradición —y en algunos países lo sigue siendo— la consagración de las familias al Sagrado Corazón, que conservaban una imagen suya en su casa. Esta devoción hunde sus raíces en el misterio de la Encarnación; precisamente a través del Corazón de Jesús se manifestó de modo sublime el amor de Dios a la humanidad. Por eso, el culto auténtico al Sagrado Corazón conserva toda su validez y atrae especialmente a las almas sedientas de la misericordia de Dios, que encuentran en él la fuente inagotable de la que pueden sacar el agua de la vida, capaz de regar los desiertos del alma y hacer florecer la esperanza.

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es también la Jornada mundial de oración por la santificación de los sacerdotes:  aprovecho la ocasión para invitaros a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, a rezar siempre por los sacerdotes, para que sean auténticos testigos del amor de Cristo.

Ayer la liturgia nos invitó a celebrar la Natividad de san Juan Bautista, el único santo cuyo nacimiento se conmemora, porque marcó el inicio del cumplimiento de las promesas divinas:  Juan es el “profeta”, identificado con Elías, que estaba destinado a preceder inmediatamente al Mesías a fin de preparar al pueblo de Israel para su venida (cf. Mt 11, 14; 17, 10-13). Su fiesta nos recuerda que toda nuestra vida está siempre “en relación con” Cristo y se realiza acogiéndolo a él, Palabra, Luz y Esposo, de quien somos voces, lámparas y amigos (cf. Jn 1, 1. 23; 1, 7-8; 3, 29). “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30):  estas palabras del Bautista constituyen un programa para todo cristiano.

Dejar que el “yo” de Cristo ocupe el lugar de nuestro “yo” fue de modo ejemplar el anhelo de los apóstoles san Pedro y san Pablo, a quienes la Iglesia venerará  con  solemnidad  el próximo 29 de junio. San Pablo escribió de sí mismo:  “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Antes que ellos y que cualquier otro santo vivió esta realidad María santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. Ayer contemplamos su Corazón inmaculado, Corazón de Madre, que sigue velando con tierna solicitud sobre todos nosotros. Que su intercesión nos obtenga ser siempre fieles a la vocación cristiana.

Homilía (19-06-2009)

REZO DE LAS SEGUNDAS VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
INAUGURACIÓN DEL AÑO SACERDOTAL
EN EL 150° ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY
Basílica de San Pedro
Viernes 19 de junio de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

1. En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: “Nos acogió el Señor en su seno y en su corazón”, “Suscepit nos Dominus in sinum et cor suum“. En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (v. 1). En realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. “Cuanto más los llamaba —se ve obligado a constatar el Señor—, más se alejaban de mí” (v. 2). Sin embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues “mi corazón —dice el Creador del universo— se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas” (v. 8).

2. ¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: “Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34).

4. Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (…) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2, 4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista san Juan escribe: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.

5. Aunque es verdad que la invitación de Jesús a “permanecer en su amor” (cf. Jn 15, 9) se dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación sacerdotal, esa invitación resuena con mayor fuerza para nosotros, los sacerdotes, de modo particular esta tarde, solemne inicio del Año sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Me viene inmediatamente a la mente una hermosa y conmovedora afirmación suya, recogida en el Catecismo de la Iglesia católica: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús” (n.1589).

6. ¿Cómo no recordar con conmoción que de este Corazón ha brotado directamente el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que los presbíteros hemos sido consagrados para servir, humilde y autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo, que exige fidelidad plena a Cristo y unión incesante con él, o sea, permanecer en su amor; esto exige que busquemos constantemente la santidad, el permanecer en su amor, como hizo san Juan María Vianney.

En la carta que os he dirigido con motivo de este Año jubilar especial, queridos hermanos sacerdotes, he puesto de relieve algunos aspectos que caracterizan nuestro ministerio, haciendo referencia al ejemplo y a la enseñanza del santo cura de Ars, modelo y protector de todos nosotros los sacerdotes, y en particular de los párrocos. Espero que esta carta os ayude e impulse a hacer de este año una ocasión propicia para crecer en la intimidad con Jesús, que cuenta con nosotros, sus ministros, para difundir y consolidar su reino, para difundir su amor, su verdad. Y, por tanto, “a ejemplo del santo cura de Ars —así concluía mi carta—, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz”.

7. Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Este fue el objetivo de toda la vida de san Pablo, al que hemos dirigido nuestra atención durante el Año paulino, que ya está a punto de concluir; y esta fue la meta de todo el ministerio del santo cura de Ars, a quien invocaremos de modo especial durante el Año sacerdotal. Que este sea también el objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio es ciertamente útil y necesario el estudio, con una esmerada y permanente formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la “ciencia del amor”, que sólo se aprende de “corazón a corazón” con Cristo. Él nos llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño en su nombre. Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz.

8. Sólo así podremos cooperar eficazmente al misterioso “designio del Padre”, que consiste en “hacer de Cristo el corazón del mundo”. Designio que se realiza en la historia en la medida en que Jesús se convierte en el Corazón de los corazones humanos, comenzando por aquellos que están llamados a estar más cerca de él, precisamente los sacerdotes. Las “promesas sacerdotales”, que pronunciamos el día de nuestra ordenación y que renovamos cada año, el Jueves santo, en la Misa Crismal, nos vuelven a recordar este constante compromiso.

Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario “dolor de los pecados” que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en “ladrones de las ovejas” (cf. Jn 10, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.

9. Hace poco he podido venerar, en la capilla del Coro, la reliquia del santo cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino, que se conmovía al pensar en la dignidad del sacerdote y hablaba a los fieles con un tono conmovedor y sublime, afirmando que “después de Dios, el sacerdote lo es todo… Él mismo no se entenderá bien sino en el cielo” (cf. Carta para el Año sacerdotal). Cultivemos queridos hermanos, esta misma conmoción, ya sea para cumplir nuestro ministerio con generosidad y entrega, ya sea para conservar en el alma un verdadero “temor de Dios”: el temor de poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa, a las almas que nos han sido encomendadas, o —¡Dios no lo quiera!— de poderlas dañar.

La Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos. En la adoración eucarística, que seguirá a la celebración de las Vísperas, pediremos al Señor que inflame el corazón de cada presbítero con la “caridad pastoral” capaz de configurar su “yo” personal al de Jesús sacerdote, para poderlo imitar en la entrega más completa.

Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, cuyo Inmaculado Corazón contemplaremos mañana con viva fe. El santo cura de Ars sentía una filial devoción hacia ella, hasta el punto de que en 1836, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, ya había consagrado su parroquia a María “concebida sin pecado”. Y mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima Virgen, enseñando a los fieles que “basta con dirigirse a ella para ser escuchados”, por el simple motivo de que ella “desea sobre todo vernos felices”.

Que nos acompañe la Virgen santísima, nuestra Madre, en el Año sacerdotal que hoy iniciamos, a fin de que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que el Señor encomienda a nuestro cuidado pastoral. ¡Amén!

Congregación para el Clero

Toda la Iglesia se reúne hoy, al celebrar el Sagrado Corazón de Jesús, como animada por el deseo de obedecer a las palabras del profeta Isaías: «Sacaréis agua con alegría de las  fuentes de la salvación » y «dad gracias al Señor e invocad Su Nombre, proclamad sus obras entre los pueblos» (Is 12,3-4).

Estamos reunidos en esta Celebración Eucarística para saciar nuestra sed con el Sagrado Corazón y para proclamar la obra de nuestra Salvación, contenida en este Corazón. En verdad, el corazón humano, cuya imagen es de por sí símbolo de amor, en Cristo se ha hecho el compendio real del Amor de Dios por los hombres. Amor que, frente a la indiferencia de Israel, llega a decir: «Mi corazón se conmueve dentro de mí y se enciende toda mi ternura» (Os 11,8); Amor que supera toda nuestra capacidad de bien y de comprensión, hasta llegar a afirmar frente al rechazo: «No desfogaré el ardor de mi ira […] porque soy Dios y no hombre“ (Os 11,9).

El Corazón de Cristo, no obstante, no sólo “simboliza“, como una metáfora el Amor de Dios, sino que es su concreta y perfecta realización, la Presencia misma, viva y vivificadora. La Iglesia no celebra un amor genérico e indefinido, ni solamente alaba las obras que Dios ha realizado por nosotros, como si fueran un recuerdo lejano del cual nos beneficiamos, y menos aún promueve un malentendido sentimentalismo, al cual cierta cultura laicista quisiera reducir el precioso sentido de la devoción cristiana. La Iglesia, más bien, adora el Sagrado Corazón. Adora el Corazón de la Santísima Humanidad de Jesús, que hipostáticamente unido a la Persona del Verbo divino, es destinatario “legítimo” del culto de latría.

Delante del Corazón de Jesús, por tanto, la Iglesia dobla sus rodillas y en Él contempla al Dios-con-nosotros, el cual, no contento con llamar y educar a los hombres por medio de la voz de los profetas, Él mismo se ha hecho “hombre” en el seno de María, nos ha amado con un amor todo divino y todo humano, y ha tomado sobre sí nuestro pecado, derramando a cambio toda su Sangre.

La Iglesia, además, adora y contempla el Sagrado Corazón de Jesús como su propio Corazón, puesto que Ella, con Cristo –como diría Santo Tomás- forma una Mystica Persona. En efecto, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, al Corazón de Cristo está íntimamente unido todo cristiano, llamado así a conformar el propio corazón a este Principio de Amor que arde en Él y que, con la oración y la recepción de los sacramentos, con la escucha de la palabra de Verdad y las buenas obras, que Dios nos da para que las hagamos, llegará a impregnar, purificar e iluminar siempre más toda su persona.

De manera muy especial, todos los sacerdotes están unidos al Sacratísimo Corazón de Jesús. Ellos, como gustaba decir al Santo Cura de Ars, son “partícipes del Amor del Corazón de Jesús”, puesto que es su Amor Sacerdotal el que ellos hacen presente, sobre todo con la celebración eucarística y administrando la Misericordia infinita, que desborda de este Corazón.

Profundizando siempre más en la intimidad con Cristo, ellos son llamados a querer lo que Él quiere, a tener sus mismos sentimientos, su misma caridad pastoral, llegando a sufrir sinceramente por la falta de correspondencia de los hombres al Amor, a interceder incesantemente por ellos y a ofrecer la propia vida en un acto de continua reparación.

Por esta razón, la Iglesia Universal coloca en esta Solemnidad la Jornada Mundial de Oración por la santificación del Clero, consciente de que, rezando por la santidad de sus sacerdotes, Ella obtendrá frutos de santidad también para todos los fieles, que reciben de las manos y de los labios de los ministros sagrados los medios indispensables de salvación, la verdad evangélica, el mismo Cristo Señor.

Recemos, pues, con fe sincera, sabiendo que nos precede y acompaña Aquella que es la Estrella de la Mañana, la que ha adelantado al Sol que saldría de su seno Purísimo y que ahora espera, como nuestra verdadera Madre, nuestro nacer con Cristo a la Vida eterna. Su Corazón Inmaculado interceda incesantemente por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Francisco, papa

Homilía (27-06-2014)

SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
VISITA AL POLICLÍNICO GEMELLI Y A LA FACULTAD
DE MEDICINA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL SACRO CUORE
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCESCO LEÍDA POR EL CARDENAL ANGELO SCOLA
Viernes 27 de junio de 2014

«El Señor se ha unido a vosotros y os ha elegido» (cf. Dt 7, 7).

Dios se ha unido a nosotros, nos ha elegido, este vínculo es para siempre, no tanto porque nosotros somos fieles, sino porque el Señor es fiel y soporta nuestras infidelidades, nuestra lentitud, nuestras caídas.

Dios no tiene miedo de vincularse. Esto nos puede parecer extraño: a veces llamamos a Dios «el Absoluto», que significa literalmente «libre, independiente, ilimitado»; pero, en realidad, nuestro Padre es «absoluto» siempre y solamente en el amor: por amor sella una alianza con Abraham, con Isaac, con Jacob, etc. Quiere los vínculos, crea vínculos; vínculos que liberan, que no obligan.

Con el Salmo hemos repetido: «El amor del Señor es para siempre» (cf. Sal 103). En cambio, de nosotros, hombres y mujeres, otro salmo afirma: «Desaparece la lealtad entre los hombres» (Sal 12, 2). Hoy, en particular, la fidelidad es un valor en crisis porque nos inducen a buscar siempre el cambio, una supuesta novedad, negociando las raíces de nuestra existencia, de nuestra fe. Pero sin fidelidad a sus raíces, una sociedad no va adelante: puede hacer grandes progresos técnicos, pero no un progreso integral, de todo el hombre y de todos los hombres.

El amor fiel de Dios a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo, el cual, para honrar el vínculo de Dios con su pueblo, se hizo nuestro esclavo, se despojó de su gloria y asumió la forma de siervo. En su amor, no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo. Nos lo recuerda san Pablo: «Si somos infieles, Él —Jesús— permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tm 2, 13). Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso.

Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Y el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos hoy, es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.

La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y manso. Es cuanto están llamados a hacer especialmente los médicos y el personal paramédico en este policlínico, que pertenece a la Universidad católica del Sacro Cuore. Aquí, cada uno de vosotros lleva a los enfermos un poco de amor del Corazón de Cristo, y lo hace con competencia y profesionalidad. Esto significa permanecer fieles a los valores fundantes que el padre Gemelli puso en la base del Ateneo de los católicos italianos, para conjugar la investigación científica iluminada por la fe y la preparación de cualificados profesionales cristianos.

Queridos hermanos: En Cristo contemplamos la fidelidad de Dios. Cada gesto, cada palabra de Jesús transparenta el amor misericordioso y fiel del Padre. Y entonces, ante Él, nos preguntamos: ¿cómo es mi amor al prójimo? ¿Sé ser fiel? ¿O soy voluble, sigo mis estados de humor y mis simpatías? Cada uno de nosotros puede responder en su propia conciencia. Pero, sobre todo, podemos decirle al Señor: Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI): Jesús de Nazaret

Tomo I: Capítulo VIII, 2

Sangre y agua, encarnación y cruz… son inseparables

Finalmente, el agua vuelve a aparecer ante nosotros, llena de misterio, al final de la pasión: puesto que Jesús ya había muerto, no le quiebran las piernas, sino que uno de los soldados «con una lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (19, 34). No cabe duda de que aquí Juan quiere referirse a los dos principales sacramentos de la Iglesia —Bautismo y Eucaristía—, que proceden del corazón abierto de Jesús y con los que, de este modo, la Iglesia nace de su costado.

Juan retoma una vez más el tema de la sangre y el agua en su Primera Carta, pero dándole una nueva connotación: «Este es el que vino por el agua y por la sangre, Jesucristo; no por agua únicamente, sino por agua y sangre… Son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres están de acuerdo» (1 Jn 5, 6-8). Aquí hay claramente una implicación polémica dirigida a un cristianismo que, si bien reconoce el bautismo de Jesús como un acontecimiento de salvación, no hace lo mismo con su muerte en la cruz. Se trata de un cristianismo que, por así decirlo, sólo quiere la palabra, pero no la carne y la sangre. El cuerpo de Jesús y su muerte no desempeñan ningún papel. Así, lo que queda del cristianismo es sólo «agua»: la palabra sin la corporeidad de Jesús pierde toda su fuerza. El cristianismo se convierte entonces en pura doctrina, puro moralismo y una simple cuestión intelectual, pero le faltan la carne y la sangre. Ya no se acepta el carácter redentor de la sangre de Jesús. Incomoda a la armonía intelectual.

¿Quién puede dejar de ver en esto algunas de las amenazas que sufre nuestro cristianismo actual? El agua y la sangre van unidas; encarnación y cruz, bautismo, palabra y sacramento son inseparables. Y a esta tríada del testimonio hay que añadir el Pneuma. Schnackenburg (Die johannesbriefe, p. 260) hace notar justamente que, en este contexto, «el testimonio del Espíritu en la Iglesia y a través de la Iglesia se entiende en el sentido de Jn 15, 26; 16, 10».

 

Tomo II: Capítulo VIII, 2

Jesús muere en la cruz

Según la narración de los evangelistas, Jesús murió orando en la hora nona, es decir, a las tres de la tarde. En Lucas, su última plegaria está tomada del Salmo 31: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46; cf. Sal 31,6). Para Juan, la última palabra de Jesús fue: «Está cumplido» (19,30). En el texto griego, esta palabra (tetélestai) remite hacia atrás, al principio de la Pasión, a la hora del lavatorio de los pies, cuyo relato introduce el evangelista subrayando que Jesús amó a los suyos «hasta el extremo (télos)» (13,1). Este «fin», este extremo cumplimiento del amor, se alcanza ahora, en el momento de la muerte. Él ha ido realmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad del amor, se ha dado a sí mismo.

En el capítulo 6, al hablar de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, hemos conocido también otro significado de la misma palabra (teleioün), basándonos en Hebreos 5,9: en la Torá significa «iniciación», consagración en orden a la dignidad sacerdotal, es decir, el traspaso total a la propiedad de Dios. Pienso que, haciendo referencia a la oración sacerdotal de Jesús, también aquí podemos sobrentender este sentido. Jesús ha cumplido hasta el final el acto de consagración, la entrega sacerdotal de sí mismo y del mundo a Dios (cf. Jn 17,19). Así resplandece en esta palabra el gran misterio de la cruz. Se ha cumplido la nueva liturgia cósmica. En lugar de todos los otros actos cultuales se presenta ahora la cruz de Jesús como la única verdadera glorificación de Dios, en la que Dios se glorifica a sí mismo mediante Aquel en el que nos entrega su amor, y así nos eleva hacia Él.

Los Evangelios sinópticos describen explícitamente la muerte en la cruz como acontecimiento cósmico y litúrgico: el sol se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla, muchos muertos resucitan.
Pero hay un proceso de fe más importante aún que los signos cósmicos: el centurión — comandante del pelotón de ejecución—, conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús como Hijo de Dios: «Realmente éste era el Hijo de Dios» (Mc 15,39). Bajo la cruz da comienzo la Iglesia de los paganos. Desde la cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero.

Mientras los romanos, como intimidación, dejaban intencionadamente que los crucificados colgaran del instrumento de tortura después de morir, según el derecho judío debían ser enterrados el mismo día (cf. Dt 21,22s). Por eso el pelotón de ejecución tenía el cometido de acelerar la muerte rompiéndoles las piernas. También se hace así en el caso de los crucificados en el Gólgota. A los dos «bandidos» se les quiebran las piernas. Luego, los soldados ven que Jesús está ya muerto, por lo que renuncian a hacer lo mismo con él. En lugar de eso, uno de ellos traspasa el costado —el corazón— de Jesús, «y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). Es la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales. Estaba prescrito que no se les debía partir ningún hueso (cf. Ex 12,46). Jesús aparece aquí como el verdadero Cordero pascual que es puro y perfecto.

Podemos por tanto vislumbrar también en estas palabras una tácita referencia al comienzo de la obra de Jesús, a aquella hora en que el Bautista había dicho: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Lo que entonces debió ser incomprensible —era solamente una alusión misteriosa a algo futuro— ahora se hace realidad. Jesús es el Cordero elegido por Dios mismo. En la cruz, Él carga con el pecado del mundo y nos libera de él.

Pero resuena al mismo tiempo también el Salmo 34, donde se lee: «Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará» (v. 20s). El Señor, el Justo, ha sufrido mucho, ha sufrido todo y, sin embargo, Dios lo ha guardado: no le han roto ni un solo hueso.

Del corazón traspasado de Jesús brotó sangre y agua. La Iglesia, teniendo en cuenta las palabras de Zacarías, ha mirado en el transcurso de los siglos a este corazón traspasado, reconociendo en él la fuente de bendición indicada anticipadamente en la sangre y el agua. Las palabras de Zacarías impulsan además a buscar una comprensión más honda de lo que allí ha ocurrido.

Un primer grado de este proceso de comprensión lo encontramos en la Primera Carta de Juan, que retoma con vigor la reflexión sobre el agua y la sangre que salen del costado de Jesús: «Este es el que vino con agua y con sangre, Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Tres son los testigos en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo» (5,6ss).

¿Qué quiere decir el autor con la afirmación insistente de que Jesús ha venido no sólo con el agua, sino también con la sangre? Se puede suponer que haga probablemente alusión a una corriente de pensamiento que daba valor únicamente al Bautismo, pero relegaba la cruz. Y eso significa quizás también que sólo se consideraba importante la palabra, la doctrina, el mensaje, pero no «la carne», el cuerpo vivo de Cristo, desangrado en la cruz; significa que se trató de crear un cristianismo del pensamiento y de las ideas del que se quería apartar la realidad de la carne: el sacrificio y el sacramento.

Los Padres han visto en este doble flujo de sangre y agua una imagen de los dos sacramentos fundamentales —la Eucaristía y el Bautismo—, que manan del costado traspasado del Señor, de su corazón. Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres. Pero los Padres, ante el costado abierto del Señor exánime en la cruz, en el sueño de la muerte, se han referido también a la creación de Eva del costado de Adán dormido, viendo así en el caudal de los sacramentos también el origen de la Iglesia: han visto la creación de la nueva mujer del costado del nuevo Adán.

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