Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo B) – Homilías

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Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Atanasio

Carta: Luz, resplandor y gracia en la Trinidad y por la Trinidad

Carta 1 a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599 – Liturgia de las Horas

Luz, resplandor y gracia en la Trinidad y por la Trinidad

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia de Jesucristo el Señor, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que hechos partícipes del mismo poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu.

San Agustín, obispo

Sermón 53: La Trinidad

1. La lectura del Evangelio (Mt 3,13-17) me ha propuesto el tema de hablar a Vuestra Caridad como por mandato del Señor; y en verdad por imposición del Señor. Pues de él ha estado esperando mi corazón como una orden de predicar el sermón, que me hiciese entender que desea que os hable sobre lo que él ha querido que se lea. Escuche, por tanto, vuestra ansia y devoción, y una y otra cosa sean, ante el mismo Señor, Dios nuestro, ayuda a mi fatiga. Pues vemos y —como si se nos hubiera presentado un espectáculo divino— advertimos que, junto al río Jordán, se nos presenta nuestro Dios en su ser trinitario. Llegó Jesús y fue bautizado por Juan, el Señor por su siervo, acción que tenía por objeto darnos ejemplo de humildad. En efecto, cuando, al decirle Juan: Soy yo quien debe ser bautizado por ti y ¿tú vienes a mí?(Mt 3,4), respondió: Deja eso ahora; que se cumpla toda justicia (Mt 3,15), manifestó que es en la humildad donde se cumple la justicia. Así, pues, una vez bautizado, se abrieron los cielos y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma; luego siguió una voz de lo alto: Este es mi Hijo amado, en quien me he sentido complacido(Mt 3,17). Aquí tenemos, pues, la Trinidad con una cierta distinción de las personas: en la voz, al Padre; en el hombre, al Hijo; en la paloma, al Espíritu Santo. Ciertamente [solo] era necesario recordarlo, pues verlo es facilísimo. Con toda evidencia, por tanto, y sin lugar a escrúpulo de duda, se propone esta Trinidad, puesto que Cristo mismo, el Señor, que viene hasta Juan en la condición de siervo(Cf Flp 2,7), es ciertamente el Hijo; no puede decirse que es el Padre o el Espíritu Santo. Vino —dice— Jesús (Mt 3,13): ciertamente el Hijo de Dios. Respecto a la paloma, ¿quién puede dudar?, o ¿quién hay que diga: «Qué es la paloma», cuando el Evangelio mismo lo atestigua clarísimamente: Descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma?(Cf Mt 3,16; Mc 1,11; Lc 3,22; Jn 1,32). Igualmente, en cuanto a la voz, tampoco existe duda alguna de que sea la del Padre, puesto que dice: Tú eres mi Hijo(Mc 1,11; Lc 3,22). Tenemos, pues, la Trinidad con la distinción [de personas].

2. Y si ponemos atención a los lugares, me atrevo a decir —aunque tímidamente, me atrevo a decirlo—, tenemos la Trinidad en cierto modo separable: cuando Jesús llegó al río: de un lugar a otro; la paloma descendió del cielo a la tierra: de un lugar a otro; la misma voz del Padre no sonó ni desde la tierra ni desde el agua, sino desde el cielo. Estas tres realidades se hallan en cierto modo separadas en razón de los lugares, de las funciones y de las acciones. Alguien podrá decirme: «Muestra ahora a la Trinidad como inseparable». No olvides que hablas como católico y a católicos. Pues así lo deja ver nuestra fe, es decir, vuestra fe, la recta, la fe católica, colegida no de una opinión preconcebida, sino del testimonio de la lectura, no dudosa como resultado de una temeridad herética sino fundada en la verdad apostólica. Esto sabemos, esto creemos. Y aunque no lo vemos con los ojos y ni siquiera con el corazón mientras nos purificamos mediante la fe, gracias a esa misma fe, mantenemos con toda verdad y firmeza que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una Trinidad inseparable: un único Dios, no tres. Pero un Dios tal que el Hijo no es el Padre, que el Padre no es el Hijo, que el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo. Sabemos que esta inefable divinidad que permanece en sí misma, que renueva todo y todo lo crea, recrea, envía y llama a sí, que juzga y absuelve, que esta Trinidad inefable es, al mismo tiempo, inseparable.

3. ¿Qué hacer, pues? He aquí que separadamente llegó el Hijo en cuanto hombre; separadamente descendió el Espíritu Santo del cielo en forma de paloma; separadamente también sonó la voz del Padre desde el cielo: Este es mi Hijo(Mt 3,17). ¿Dónde está, pues, la Trinidad inseparable? Sirviéndose de mí, Dios despertó vuestra atención. Orad por mí, y, como abriendo vuestro regazo, os conceda él mismo con qué llenarlo, una vez abierto. Colaborad conmigo. Estáis viendo qué tarea he asumido —no sólo la tarea asumida, sino también quién la ha asumido—; desde dónde lo quiero explicar, dónde me hallo, cómo me encuentro en un cuerpo que se corrompe y oprime al alma y cómo la morada terrena abruma al espíritu lleno de pensamientos. Cuando aparto este mi espíritu de los muchos pensamientos y lo recojo en el único Dios, Trinidad inseparable, con el fin de ver algo que deciros, ¿piensas que, para hablaros algo digno, podré decir: A ti, Señor, he levantado mi alma(Sal 85,4), viviendo en este cuerpo que oprime al alma? Que él me ayude, que él la levante conmigo, pues soy débil frente a ella y me resulta pesada.

4. Hay hombres que dicen: «¿Hace algo el Padre que no haga el Hijo? ¿O hace algo el Hijo que no haga el Padre?» Estas preguntas suelen plantearlas hermanos muy afanosos de saber; suelen ocupar las conversaciones de quienes aman la palabra de Dios, y a causa de ellas suele llamarse con insistencia a las puertas de Dios. Hablemos, de momento, del Padre y del Hijo. Una vez que aquel al que decimos: Sé mi ayuda, no me abandones(Sal 26,9) haya coronado nuestro esfuerzo a este respecto, será el momento de entender que tampoco el Espíritu Santo se separa nunca de la operación [común] al Padre y al Hijo. Escuchad, pues, la cuestión planteada, referida al Padre y al Hijo. «¿Hace algo el Padre sin el Hijo?» Respondemos: «No». ¿Acaso tenéis dudas? ¿Qué hace él sin aquel por quien fueron hechas todas las cosas? Todas las cosas —dice— fueron hechas por medio de él. Y recalcándolo hasta la saciedad para los rudos, duros de mollera y litigantes, añadió: Y sin él nada fue hecho(Jn 1,3).

5. ¿Qué decir, entonces, hermanos? Por medio de él fueron hechas todas las cosas(Jn 1,3). Entendemos ciertamente que toda criatura hecha por medio del Hijo la hizo el Padre mediante su Palabra, Dios por medio de su Poder y Sabiduría. ¿O hemos de decir, acaso: «en el momento de la creación, todo fue hecho efectivamente por medio de él, pero ahora el Padre no lo gobierna todo por medio de él»? En ningún modo. Aléjese este pensamiento de los corazones de los creyentes, rechácelo el espíritu devoto y la inteligencia piadosa. Es imposible que, habiendo creado todas las cosas por medio de él, no las gobierne también por medio de él. Lejos de nosotros pensar que no es regido por medio de él, siendo así que tiene el ser por medio de él. Pero enséñenoslo también el testimonio de la Escritura; es decir, no sólo que por medio de él han sido hechas y creadas todas las cosas, como he recordado a partir del evangelio: Por medio de él han sido hechas todas las cosas y sin él nada se hizo(Jn 1,3), sino también que por medio de él son regidas y dispuestas cuantas cosas han sido hechas. Reconocéis que Cristo es el Poder y la Sabiduría de Dios(1Co 1,24); reconoced que también se dijo de la Sabiduría: Se extiende con fortaleza de un confín a otro y lo dispone todo con suavidad(Sab 8,1). No dudemos, pues, de que todas las cosas son gobernadas por medio de aquel por cuyo medio fueron hechas. Por tanto, nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre.

6. Sale al paso la dificultad cuya solución asumí en el nombre y por voluntad del Señor. Si nada hace el Padre sin el Hijo y nada el Hijo sin el Padre, ¿no será casi lógico afirmar también que el Padre nació de la Virgen María, que el Padre padeció bajo Poncio Pilatos, que el Padre resucitó y subió al cielo? En ningún modo. No decimos esto porque no lo creemos. Pues creí, y por eso también hablé; también nosotros creemos, y por eso hablamos(2Co 4,13; Sal 115,10). ¿Qué contiene la fe? Que fue el Hijo quien nació de la Virgen, no el Padre. ¿Que contiene la fe? Que fue el Hijo quien padeció bajo Poncio Pilatos y quien murió, no el Padre. Queda fuera de nuestro interés el que algunos, por entenderlo mal, reciben el nombre de Patripasianos. Estos sostienen que el Padre mismo nació de mujer, que él fue quien padeció, que el Padre es a la vez Hijo, que se trata de dos nombres, no de dos realidades. Pero la Iglesia los apartó de la comunión de los santos para que no engañasen a nadie, de modo que, separados de ella, discutiesen entre sí.

7. Traigamos, pues, de nuevo ante vuestras mentes la dificultad del problema. Puede que alguien me diga: —«Tú has afirmado que nada hace el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre; además adujiste testimonios tomados de la Escritura según los cuales nada hace el Padre sin el Hijo, puesto que por medio de él fueron hechas todas las cosas(Cf Jn 1,3), y nada es gobernado sin el Hijo, puesto que es la Sabiduría del Padre que se extiende de un confín a otro con fortaleza y lo dispone todo con suavidad(Cf Sab 8,1). Ahora, como contradiciéndote, me dices que fue el Hijo quien nació de una virgen, no el Padre; que fue el Hijo quien padeció, no el Padre; que el Hijo resucitó, no el Padre. He aquí, pues, que tengo algo que hace el Hijo y que no hace el Padre. Por tanto, confiesa o bien que el Hijo hace algo sin el Padre, o bien que el Padre nació, padeció, murió y resucitó. Afirma una cosa u otra. Elige una de las dos». —«No elijo ninguna; no afirmo ni lo uno ni lo otro. Ni digo que el Hijo hace algo sin el Padre, pues mentiría si lo dijera; ni tampoco que el Padre nació, padeció, murió y resucitó, porque si lo dijera mentiría igual». —«¿Cómo —dice— vas a salir de estos aprietos?»

8. Os agrada la cuestión propuesta. Dios me ayude para que os agrade también una vez resuelta. Ved lo que afirmo, para que el Señor nos saque tanto a mí como a vosotros de estos aprietos. En el nombre de Cristo nos mantenemos en una misma fe, bajo un mismo Señor vivimos en una misma casa, bajo una sola cabeza somos miembros de un mismo cuerpo, y un mismo Espíritu nos anima. Así, pues, para que el Señor nos saque de los aprietos de este molestísimo problema a todos, a mí que os hablo y a vosotros que me escucháis, esto es lo que afirmo: «Es el Hijo, no el Padre, quien nació de la Virgen María; pero ese mismo nacimiento del Hijo —no del Padre— de la virgen María fue obra del Padre y del Hijo. Sin duda, no fue el Padre quien padeció, sino el Hijo; no obstante, la pasión del Hijo fue obra del Padre y del Hijo. No resucitó el Padre, sino el Hijo; pero la resurrección del Hijo fue obra del Padre y del Hijo». Al parecer estamos ya libres del problema, pero quizá sólo por mis palabras; veamos si también por las divinas. Así, pues, me corresponde a mí demostrar con testimonios de los libros sagrados que el nacimiento del Padre lo obraron el Padre y el Hijo; dígase lo mismo de la pasión y resurrección. El resultado ha de ser que, aún siendo sólo del Hijo el nacimiento, la pasión y la resurrección, estas tres realidades que pertenecen solamente al Hijo, no son obra del Padre solo, ni del Hijo solo, sino con certeza del Padre y del Hijo. Probemos cada una de estas cosas; vosotros hacéis de jueces; la causa ha sido expuesta, desfilen los testigos. Dígame vuestro tribunal lo que suele decirse a los que llevan las causas: «Prueba lo que prometes probar». Con la ayuda del Señor lo pruebo claramente, y recito el texto del derecho celeste. Me escuchasteis atentamente cuando proponía la causa; escuchadme más atentamente ahora al probarla.

9. He de empezar con el nacimiento de Cristo, probando cómo fue obra del Padre y del Hijo, aunque lo que hicieron ambos pertenezca sólo al Hijo. Cito a Pablo, jurisconsulto competente en derecho divino —pues también los abogados tienen hoy un Pablo que dicta los derechos de los litigantes, aunque no cristianos—; cito —repito— a Pablo que dicta los derechos de la paz y no los del litigio. Muéstrenos el santo Apóstol cómo el nacimiento del Hijo fue obra del Padre. Cuando llegó —dijo—la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, hecho bajo la ley para redimir a los que estaban bajo la ley(Ga 4,4-5). Lo habéis escuchado y, dado que su testimonio es llano y patente, lo habéis entendido. Ved que fue obra del Padre el que el Hijo naciese de una virgen. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, ciertamente el Padre a Cristo.¿Cómo lo envió? Hecho de mujer, hecho bajo la ley. El Padre, por tanto, le hizo de mujer, sometido a la ley.

10. ¿O acaso os turba el que yo haya dicho «de una virgen» y Pablo de mujer? No os turbe; no nos detengamos demasiado en esto, pues no estoy hablando a gente sin instrucción alguna. Una y otra cosa están tomadas de la Escritura: «de una virgen» y «de una mujer». ¿Cómo«de una virgen»? He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo(Is 7,14). ¿Cómo«de una mujer»? Ya lo escuchasteis. No existe contradicción. Es característico de la lengua hebrea llamar mujeres a las personas de sexo femenino, no sólo a las que han perdido su virginidad. Tienes un texto claro del Génesis: cuando al comienzo fue creada Eva misma, Dios la formó como mujer (Cf Gn 2,22). En otro lugar dice también la Escritura que Dios mandó separar a las mujeres que no habían conocido lecho de varón(Cf Nm 31,17-18; Jc 21,11). Así, pues, esto debe resultaros ya conocido; que no me retenga para poder explicar, con la ayuda del Señor, otras cosas que, con razón, me retendrán.

11. Hemos probado, pues, que el nacimiento del Hijo fue obra del Padre; probemos que lo fue también del Hijo. ¿En qué consiste el nacimiento del Hijo, de la Virgen María? Sin duda en el haber asumido la condición de siervo. ¿Qué otra cosa significa para el Hijo nacer, sino recibir la condición de siervo en el seno de la Virgen? Escucha que también esto es obra del Hijo: El cual, existiendo en la condición divina, no juzgó objeto de rapiña el ser igual a Dios; antes bien se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo(Flp 2,6-7). Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer, [Hijo] que, según la carne, le fue hecho a ella del linaje de David(Ga 4,4; Rm 1,3). Vemos, pues, que el nacimiento del Hijo fue obra del Padre; mas como el mismo Hijo se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, vemos que fue también obra del Hijo mismo. Probado esto, pasemos adelante. Acoged atentamente lo que, por su orden, sigue a continuación.

12. Probemos que también la pasión del Hijo fue obra tanto del Padre como del Hijo. Obre el Padre la pasión de Hijo: El cual no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8,32). Obre también el Hijo su pasión: El cual me amó y se entregó por mí(Ga 2,20). Entregó el Padre al Hijo y se entregó el Hijo a sí mismo. Esta pasión fue hecha para uno solo, pero fue obra de los dos. Por tanto, igual que el nacimiento, tampoco la pasión de Cristo fue obra del Padre sin el Hijo, ni del Hijo sin el Padre. Entregó el Padre al Hijo y se entregó el Hijo a sí mismo. ¿Qué hizo aquí Judas, a excepción del pecado? Dejemos también esto y pasemos a la resurrección.

13. Veamos que, en efecto, es el Hijo quien resucita, no el Padre, pero que la resurrección del Hijo es obra del Padre y del Hijo. Es obra del Padre: Por esto lo elevó de entre los muertos y le dio un nombre sobre todo nombre(Flp 2,9). Resucitó, pues, el Padre al Hijo, elevándole y despertándole de entre los muertos. Y el Hijo ¿se resucita acaso a sí mismo? Sí, en efecto. Del templo, tomado como figura de su cuerpo, dijo: Destruid este templo y en tres días lo levantaré de nuevo (Jn 2,19). Finalmente, dado que en la pasión está incluido el entregar la vida, así también en la resurrección el recuperarla; veamos, pues, si el Hijo entregó su vida efectivamente y se la devolvió el Padre, no él a sí mismo. Que se la devolvió el Padre, es cosa manifiesta. Pues, refiriéndose a ello, dice el salmo: Resucítame y les daré [lo merecido](Sal 40,11). ¿Por qué esperáis que diga yo que también el Hijo se devolvió la vida? Que lo diga él mismo: Tengo poder para entregar mi vida. Aún no he dicho lo que prometí; solamente he dicho: para entregar y ya habéis aclamado, porque vais más de prisa que yo. Instruidos en la escuela del maestro celeste, como quienes siguen con atención sus lecciones y con piedad muestran haberlas aprendido, no ignoráis lo que sigue: Tengo poder —dijo— para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego y la recupero(Jn 10,18).

14. He cumplido mi promesa; he probado mis afirmaciones con los documentos solidísimos —como creo— de los testimonios [de la Escritura]. Retened lo que habéis oído. Lo repito brevemente, y os confío una cosa —según mi opinión, útil en extremo—, para que la guardéis en vuestras mentes. El Padre no nació de la Virgen; sin embargo, este nacimiento, de la Virgen, fue obra del Padre y del Hijo. El Padre no padeció en la cruz; sin embargo, la pasión del Hijo fue obra del Padre y del Hijo. El Padre no resucitó de entre los muertos; sin embargo, la resurrección del Hijo fue obra del Padre y del Hijo. Tenéis la distinción de las personas y la inseparabilidad en la acción. No digamos, entonces, que el Padre hace algo sin el Hijo, o algo el Hijo sin el Padre. ¿Acaso nos inquietan los milagros que hizo Jesús, como si él hubiese hecho algo que no hizo el Padre? ¿Y dónde queda: Pero el Padre que permanece en mí, él hace sus obras(Jn 14,10)? Lo que he dicho eran cosas claras; solamente había que decirlas.

Comprenderlas no causaba fatiga, pero había que preocuparse de recordarlas.

15. Quiero añadir todavía algo, para lo que requiero de verdad de vosotros una atención más viva y una súplica devota a Dios. En efecto, sólo los cuerpos están sometidos al espacio y ocupan lugar. La divinidad trasciende los lugares corpóreos. Nadie la busque como si residiera en un lugar. Está en todas partes, invisible e inseparable: no aquí más y allí menos, sino en todas partes en su totalidad, en ningún lugar dividida. ¿Quién ve esto? ¿Quién lo comprende? Pisemos el freno; recordemos quién habla y de qué habla. Cualquier cosa que sea lo que Dios es, esto o lo otro, créase piadosamente, medítese santamente, y en la medida que se nos conceda, en la medida que sea posible, compréndase aunque no sea posible expresarlo. Cesen las palabras, calle la lengua; despiértese y levántese hacia allí el corazón. Pues no es algo que suba al corazón del hombre (Cf 1Co 2,9), sino algo a lo que ha de subir el corazón del hombre. Miremos a la creación —a partir de la creación del mundo, lo invisible de él se hace perceptible a la inteligencia a través de lo que ha sido hecho— (Rm 1,20) por si en las cosas que hizo Dios, con las que tenemos un cierto trato habitual, encontramos alguna semejanza con que probar que existe algún conjunto de tres cosas, que se mencionan por separado, pero obran inseparablemente.

16. ¡Ea!, hermanos; manteneos con la máxima atención. Ved ante todo qué prometo, por si tal vez lo encuentro en una criatura, teniendo en cuenta de que el creador está muy por encima de nosotros. Y quizá alguno de nosotros, a quien el resplandor de la verdad haya deslumbrado la mente con una como especie de relámpago, pueda afirmar: Yo dije en mi arrobamiento. ¿Qué dijiste en tu arrobamiento? He sido arrojado lejos de tus ojos(Sal 30,23). Me parece que quien dijo esto levantó a Dios su alma y la derramó por encima de sí mismo; como se le preguntaba a diario ¿Dónde está tu Dios?(Sal 41,4), mediante cierto contacto espiritual alcanzó aquella luz inmutable, luz que no pudo soportar por la debilidad de su mirada, recayó de nuevo en su como enfermedad y debilidad, se comparó con la luz y experimentó que la mirada de su mente no podía todavía adecuarse a la luz de la Sabiduría de Dios. Y como esto le había sucedido en estado de arrobamiento, arrancado de los sentidos corporales y aupado hasta Dios, cuando en cierto modo fue revocado por Dios a su condición de hombre, exclamó: «Yo dije en mi arrobamiento. En ese arrobamiento vi no sé qué, que no pude soportar mucho tiempo, y devuelto a los miembros mortales y a los muchos pensamientos de los mortales procedentes del cuerpo que oprime al alma (Cf Sab 9,15), dije. ¿Qué dije? He sido arrojado lejos de tus ojos. Muy por encima de mí estás tú; muy por debajo de ti estoy yo». Entonces, ¿qué podemos decir, hermanos, de Dios? Si lo que quieres decir lo has comprendido, no es Dios; si pudiste como comprenderlo, has comprendido otra cosa en lugar de Dios. Si crees haberlo comprendido, te dejaste engañar por tu imaginación. Si lo has comprendido, entonces no es Dios; si en verdad se trata de él, no lo has comprendido. ¿Cómo, pues, quieres hablar de lo que no has podido comprender?

17. Veamos, pues, si tal vez encontramos algo en las criaturas con que probar la existencia de un conjunto de tres cosas que se manifiestan por separado, pero obran inseparablemente. ¿A dónde nos dirigiremos? ¿Al cielo para discutir sobre el sol, la luna y los astros? ¿O, acaso, a la tierra para especular, tal vez, sobre los frutales, los demás árboles y los animales que la llenan? ¿O hemos de pensar en el cielo mismo, o en la tierra misma, que contienen todo cuanto hay en cielo y tierra? ¡Oh hombre!, ¿hasta cuándo vas a estar girando en torno a las criaturas? Vuélvete a ti mismo, mírate a ti mismo, contémplate, examínate. Buscas en la criatura un conjunto de tres cosas que se manifiesten por separado y obren inseparablemente. Si lo buscas en una criatura, búscalo antes en ti mismo. ¿No eres también tú criatura? Buscas una semejanza, ¿vas, acaso, a buscarla en una bestia? Hablabas de Dios cuando te vino la idea de buscar una semejanza, hablabas de la Trinidad de majestad inefable. Pero como fracasaste [al buscarla] en las realidades divinas y confesaste con la debida humildad tu debilidad, te volviste a las realidades humanas. Investiga en ellas. ¿Buscas esa semejanza en una bestia? ¿La buscas en el sol? ¿En una estrella? ¿Cuál de estos seres fue hecho a imagen y semejanza de Dios? Con toda certeza, en ti puedes buscar algo que te es más conocido y mejor que esos seres. En efecto, Dios hizo el hombre a su imagen y semejanza(Cf Gn 1,26). Busca en ti mismo por si, tal vez, la imagen de la Trinidad tiene alguna huella de la Trinidad misma. Pero ¿qué imagen? Una imagen creada que dista mucho del modelo. Con todo, aunque diste mucho del original, una semejanza y una imagen. No como es imagen el Hijo, que es lo mismo que el Padre. Una cosa es la imagen que se reproduce en un hijo y otra la que se reproduce en un espejo. Mucho dista la una de la otra. En la persona de tu hijo, tú mismo eres tu imagen. Tu hijo es lo mismo que tú en cuanto a la naturaleza. En cuanto a la sustancia, es lo mismo que tú; en cuanto a la persona, es distinta de ti. El hombre no es, por tanto, una imagen como lo es el Hijo unigénito, sino que fue hecho según cierta imagen y a cierta semejanza. Por si puede encontrarlo, busque dentro de sí algo, incluidas tres realidades que se pronuncien por separado, pero que obren inseparablemente. Yo buscaré; buscad conmigo. No yo en vosotros o vosotros en mí, sino vosotros dentro de vosotros mismos, y yo dentro de mí. Busquemos conjuntamente y exploremos juntos hasta el final nuestra común naturaleza y sustancia.

18. Mira, ¡oh hombre!, y advierte si no es verdad lo que digo. —«¿Tienes cuerpo? ¿Tienes carne?» —«La tengo —dices—. Pues ¿de dónde me viene el ocupar un lugar, de dónde el moverme de un lugar a otro? ¿Con qué oigo las palabras de quien habla, sino con los oídos de la carne? ¿Con qué veo la boca de quien habla sino con los ojos de la carne?» La tienes; de ello hay constancia, y no hay por qué fatigarse mucho tiempo por una cosa manifiesta. Observa otra cosa; observa lo que obra a través de la carne. Pues oyes con el oído, pero no oyes desde el oído. Hay otro dentro que oye mediante el oído. Ves mediante el ojo; fíjate en él. ¿Conociste la casa y descuidaste al que mora en ella? ¿Acaso ve el ojo por sí mismo? ¿No es acaso otro quien ve por medio de él? No digo: «No ve el ojo de un muerto, de cuyo cuerpo consta que se fue quien lo habitaba»; lo que digo es que el ojo de quien está pensando en otra cosa no ve la cara de quien tiene ante sí. Vuelve, pues, la mirada a tu interior. En efecto, es allí sobre todo donde se ha de buscar la semejanza consistente en un conjunto de tres realidades que se manifiestan por separado, pero que obran inseparablemente. ¿Qué tiene tu espíritu? Tal vez, si me pongo a buscar, encuentre muchas cosas. Pero hay algo cercano [a lo que se busca], que se comprende más fácilmente. ¿Qué tiene tu alma dentro de sí? Te lo traigo a la memoria, recuérdalo. En efecto, no pido que se me crea lo que voy a decir; no lo aceptes si no lo descubres en ti. Centra tu mirada, pues. Pero antes consideremos lo que se me había pasado, a saber, si el hombre es imagen solamente del Hijo, o solamente del Padre, o del Padre y del Hijo y también, ya como consecuencia, del Espíritu Santo. Habla el Génesis: Hagamos —dice— al hombre a nuestra imagen y semejanza(Gn 1,26). No lo hace, pues, el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Hagamos; no dijo «Haga yo», o «Haz tú», o «Haga él», sino Hagamos. No a imagen «tuya» o «mía», sino nuestra.

19. Pregunto, por tanto, y hablo de algo muy desemejante. Que nadie diga: «Mira con qué ha comparado a Dios». Ya lo he dicho, ahora y antes; os puse sobre aviso y me mostré cauto. Son cosas tan distantes como el cielo y el abismo, lo inmutable y lo mutable, el creador y lo creado, lo divino y lo humano. He aquí, pues, mi primera recomendación: lo que voy a decir es algo muy distante. Que nadie me acuse. Para que no suceda que, tal vez, yo busque sus oídos y él prepare sus dientes, esto he prometido mostraros: un conjunto de tres cosas que se manifiestan por separado, pero obran inseparablemente. No trato ahora del grado de su semejanza o desemejanza con la Trinidad omnipotente. Lo cierto es que en una criatura ínfima y mudable encontramos tres cosas que se manifiestan por separado, pero obran inseparablemente. ¡Oh pensamiento carnal, oh conciencia obstinada e incrédula! ¿Por qué dudas de que exista en la Majestad inefable lo que has podido encontrar en ti mismo? Ved que digo, ved que pregunto: Hombre, ¿tienes memoria? Si no la tienes, ¿cómo has retenido lo que he dicho? Quizá ya has olvidado lo que dije antes. Pero este mismo dije, estas dos sílabas no las retendrías sino por la memoria. Pues ¿cómo sabrías que son dos si, al sonar la segunda, hubieras olvidado la primera? ¿Por qué, entonces, emplear más tiempo en esto? ¿Por qué me siento tan urgido, tan obligado a convencerte? Es evidente; tienes memoria. Pregunto aún: ¿Tienes entendimiento? —«Lo tengo», contestas. Si, pues, no tuvieras memoria, no retendrías lo que he dicho; si no tuvieras entendimiento, no reconocerías lo que has retenido en la memoria. Tienes, pues, también entendimiento. Aplicas tu entendimiento a lo que tienes dentro, y lo ves, y viéndolo te da forma, de modo que se considera que lo sabes. Busco una tercera realidad. Tienes memoria para retener lo que se [te] dice; tienes entendimiento para entender lo que retienes; respecto a estas dos cosas, te pregunto: —«El retener y el entender, ¿lo hiciste queriendo?» —«Ciertamente» —respondes—. —«Tienes, pues, voluntad». Estas son las tres realidades que había prometido que iba a señalar a vuestros oídos y mentes. Estas tres realidades, que se hallan en ti, que puedes contar y no puedes separar; estas tres: memoria, entendimiento y voluntad. Advierte que estas tres realidades —repito— se pronuncian por separado, pero obran inseparablemente.

20. El Señor nos asistirá; mejor, veo que nos asiste. En el hecho de haber entendido vosotros percibo esa asistencia. Por vuestros gritos advierto que, efectivamente, habéis entendido; doy por hecho que él os ayudará a entender todo. He prometido mostrar tres cosas que se manifiestan por separado y obran inseparablemente. Advierte que yo no sabía lo que había en tu espíritu; me lo mostraste al decir «la memoria». Esta palabra, este sonido, esta voz llegó desde tu espíritu hasta mis oídos. Pues esta palabra, a saber, «memoria», la pensabas en silencio, pero no la decías. Estaba en ti y aún no había venido a mí. Para que llegase a mí lo que estaba en ti, pronunciaste el nombre mismo, es decir, «memoria». Lo oí; oí estas tres sílabas que componen la palabra «memoria». Es un nombre de tres sílabas, es un sonido; sonó, llegó hasta mi oído y sugirió algo a mi mente. Lo que sonó pasó —de ahí el pasado «sugirió»—, pero lo sugerido permanece. Mas lo que quiero saber es esto: que al pronunciar el nombre «memoria», ves ciertamente que no corresponde sino a la memoria. Pues las otras dos realidades tienen sus nombres particulares. En efecto, una se llama entendimiento, no memoria; la otra voluntad, no memoria; solo a otra se la llama memoria. Mas para decir esto, para articular estas sílabas, ¿de qué te has servido? Este nombre que corresponde a solo a la memoria, lo ha obrado en ti la memoria para retener lo que decías; el entendimiento, para saber lo que retenías, y la voluntad, para proferir lo que sabías. ¡Gracias al Señor, Dios nuestro! Nos ha ayudado, tanto a vosotros como a mí. Sinceramente lo digo a Vuestra Caridad: lleno de miedo me había lanzado a discutir y manifestaros esto. Temía, en efecto, que, deleitando a los de ingenio más capaz, aburriera solemnemente a los más tardos. Ahora, en cambio, por vuestra atención en escuchar y rapidez en comprender, veo que no solamente habéis entendido lo dicho, sino que os anticipasteis a lo que iba a decir. ¡Gracias al Señor!

21. Mirad, pues. Depuesto ya el temor, os encarezco lo que habéis comprendido; no inculco algo desconocido, sino que, al repetirlo, encarezco lo percibido. Observad que, de las tres cosas, una sola he nombrado; de una sola he dicho el nombre: «Memoria» es el nombre de una de las tres realidades, y, sin embargo, el nombre de una sola de ellas es obra de las tres. No se pudo nombrar la sola «memoria» sin la acción de la voluntad, del entendimiento y de la memoria. No se puede pronunciar la sola palabra «entendimiento» sin la acción de la memoria, de la voluntad y del entendimiento; ni se puede decir «voluntad»sin la acción de la memoria, del entendimiento y de la voluntad. He explicado —pienso yo— lo que prometí: lo que he pronunciado por separado, lo he pensado inseparablemente. Cada uno de estos nombres fue obra de las tres facultades; sin embargo, cada uno de ellos, obra de las tres, no corresponde a las tres, sino a una sola. Fue obra de las tres el nombre «memoria»; pero éste no corresponde más que a la memoria. Fue obra de las tres el nombre «entendimiento», nombre que corresponde solamente al entendimiento. Fue obra de las tres el nombre «voluntad», pero no corresponde sino únicamente a la voluntad. Del mismo modo la carne de Cristo fue obra de la Trinidad, pero no pertenece más que a Cristo. Obra de la Trinidad fue la paloma que bajó del cielo, pero no corresponde sino únicamente al Espíritu Santo. Obra de la Trinidad fue la voz del cielo, pero esta voz pertenece al Padre solamente.

22. Por tanto, que nadie malintencionado intente urgir a un débil como yo; que nadie me diga: «Entonces, en relación con estas tres facultades que has mostrado que existen en nuestra mente o en nuestra alma, ¿cuál de ellas corresponde al Padre, esto es, guarda como una semejanza con el Padre, cuál al Hijo, cuál al Espíritu santo?» No puedo decirlo, no puedo explicarlo. Dejemos algo también para los que discurren, concedamos también algo al silencio. Entra dentro de ti mismo y apártate de todo ruido exterior. Vuelve la vista a tu interior, mira si tienes allí algún lugar retirado y grato para tu conciencia, donde no hagas ruido, donde no te querelles o pongas pleitos, donde no maquines disensiones o obstinación. Escucha la palabra con mansedumbre para entenderla. Tal vez llegarás a decir: Darás gozo y alegría a mi oído y exultarán los huesos, pero los humillados(Sal 50,10), no los enorgullecidos.

23. Basta, pues, haber demostrado un conjunto de tres realidades que se manifiestan por separado, pero obran inseparablemente. Si lo has encontrado en ti mismo, si lo has hallado en el hombre, si lo has advertido en una persona cualquiera que deambula por la tierra arrastrando un cuerpo frágil que oprime al alma(Cf Sab 9,15), cree entonces que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo pueden manifestarse por separado mediante algunos signos visibles, mediante determinadas formas tomadas de las criaturas, y obrar inseparablemente. Basta con esto. No digo: «El Padre es la memoria, el Hijo el entendimiento, el Espíritu Santo la voluntad». No lo afirmo; de cualquier manera que se entienda, no me atrevo Dejemos lo más elevado para quienes lo comprenden; para los débiles, lo que los débiles pueden comprender. No digo que estas facultades hayan de ser como equiparadas a la Trinidad, que hayan de ser puestas en relación analógica, es decir, de cierta comparación; no es esto lo que afirmo. ¿Qué es, entonces, lo que digo? Mira: he descubierto en ti tres realidades que se manifiestan por separado, pero obran inseparablemente, y que el nombre de cada una de ellas ha sido obra de las tres, sin que, sin embargo, pertenezca a las tres, sino a una sola de las tres. Cree ya allí [en Dios] lo que no puedes ver, si lo has oído, visto y retenido aquí [en ti]. Lo que existe en ti puedes conocerlo; pero ¿cómo podrás conocer lo que existe en quien te creó, sea lo que sea? Y aunque llegues a poderlo, aún no puedes. Con todo, aunque se dé el caso, ¿podrás conocer tú a Dios como se conoce él mismo? Baste esto a Vuestra Caridad; lo que he podido, eso he dicho. He cumplido la promesa a quienes me la exigíais. Las restantes cosas que deberían añadirse para completar vuestro conocimiento, pedídselas al Señor.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (02-06-1985). En italiano, para posterior traducción…

CELEBRAZIONE EUCARISTICA PER L’ORDINAZIONE DI 70 NUOVI SACERDOTI
Domenica, 2 giugno 1985

1. “Ammaestrate tutte le nazioni, battezzandole nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo” (Mt 28, 19).

Con queste parole Cristo ha rivelato il più grande mistero della nostra fede. Questo è il mistero di Dio uno e trino. Questo Dio, uno nella natura divina, è al tempo stesso Padre, Figlio e Spirito Santo. È Trinità. È comunione di persone. Questa comunione è la vita di Dio.

Oggi insieme con tutta la Chiesa ci presentiamo davanti all’ineffabile maestà della Trinità. Ci mettiamo in ginocchio, ci prostriamo, per confessare che la santissima Trinità è il Dio vivo e vero. È il Dio “che abita una luce inaccessibile” (1 Tm 6, 16) e supera infinitamente con la sua divinità tutto il creato. Anche ciò che l’uomo può, con il suo intelletto creato, comprendere ed esprimere su Dio.

2. “Andate . . . e ammaestrate tutte le nazioni” (Mt 28, 19).

Le parole che Cristo ha rivolto agli apostoli al momento della sua ascensione al cielo, oggi le rivolge alla Chiesa intera, che ha ereditato dagli apostoli il mandato missionario. È la Chiesa “in statu missionis”.

Cristo rivolge queste parole in modo particolare a voi, che oggi vi accostate a quest’altare e al vescovo di Roma, per ricevere l’ordinazione sacerdotale.

Anche voi dovete in modo particolare assumere la missione trasmessa agli apostoli il giorno del congedo del Signore, e segnata dal mistero della santissima Trinità.

E perciò, accostandovi all’Ordine sacro, vi prostrerete, mentre tutta la Chiesa pregherà per ottenere la grazia del sacramento del sacerdozio per ciascuno di voi.

3. Ognuno di voi è battezzato nel nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo. Questo sacramento, ricevuto all’inizio della vita, perdura in voi mediante un segno indelebile: il carattere del santo Battesimo.

Questo è il segno del Figlio: ed è il segno dei figli di Dio. “. . . Avete ricevuto uno spirito da figli adottivi per mezzo del quale gridiamo: “Abba, Padre”. Lo Spirito stesso attesta al nostro spirito che siamo figli di Dio” (Rm 8, 15-16).

In questo modo, mediante il sacramento del Battesimo, la santissima Trinità inabita in voi. Abita in ciascuno di noi, in ogni battezzato. E anche in ognuno di noi si sviluppa quella potente e insieme misteriosa economia della salvezza, operata dal Padre, dal Figlio e dallo Spirito Santo, preparando in noi il definitivo regno di Dio stesso.

Ognuno vive nel Figlio, portando l’indelebile segno della figliolanza e, grazie alla testimonianza dello Spirito e sotto il suo soffio, si avvicina al Padre.

Proprie dunque di ognuno di noi e di tutti i battezzati nel nome della santissima Trinità, sono quelle parole del salmo dell’odierna liturgia, con le quali esclamiamo: “Signore, sia su di noi la tua grazia, perché in te speriamo” (Sal 33, 22).

4. Questo giorno è per ciascuno di voi, cari figli e fratelli, un giorno decisivo. In esso deve compiersi su ciascuno di voi ciò che ha detto il Cristo: “Mi è stato dato ogni potere in cielo e in terra” (Mt 28, 18).

In forza di questo potere, Cristo – eterno sacerdote e anche vittima santissima – desidera rendere ciascuno di voi, in particolare, partecipe del suo sacerdozio: ministro dell’Eucaristia, del suo sacrificio sacramentale. Fa di ognuno di voi uno speciale erede dell’istituzione dell’ultima cena, quando disse: “Fate questo in memoria di me” (Lc 22, 19); un erede particolare della sera della risurrezione, quando disse: “Ricevete lo Spirito Santo; a chi rimetterete i peccati saranno rimessi” (Gv 20, 22-23).

In forza di questo potere, che vi è dato in cielo e sulla terra, Cristo, mediante il servizio della Chiesa, attraverso l’imposizione delle mani del vescovo, vuole innestare in voi un nuovo segno indelebile: un nuovo carattere. In esso è contenuta una particolare somiglianza a lui: a Cristo, che si offre in sacrificio; a Cristo che in forza di questo sacrificio rimette i peccati; a Cristo, che come il buon pastore dà la propria vita per le sue pecore; a Cristo, che ammaestra; a Cristo, che salva.

5. Il sacerdozio viene da Dio stesso. Per mezzo di esso diventate in modo particolare “eredi di Dio” e “coeredi di Cristo” (Rm 8, 17) per il servizio di tutto il popolo messianico, redento dal sangue della croce di Cristo.

Congiuntamente a questo sacramento la santissima Trinità in modo nuovo inabiterà in voi. In ognuno di voi abitano e operano: il Padre, il Figlio, lo Spirito Santo.

Ecco, lo Spirito Santo – il Consolatore, al quale tra poco innalzeremo preghiere – renderà ciascuno di voi partecipe della potenza del Figlio: della potenza del sacerdozio di Cristo, affinché possiate in lui donare al Padre voi stessi e tutto ciò che esiste.

6. Tutta la Chiesa prega: “Signore, che la tua grazia circondi questi nostri figli e nostri fratelli”.

Che in ognuno di loro nasca un sacerdote per sempre: sacerdote, uomo segnato in modo speciale dalla vita di Dio, dal mistero della santissima Trinità!

Catequesis: Audiencia General (09-10-1985)

Miércoles 9 de octubre de 1985

El Dios único es la inefable y Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo

1. La Iglesia profesa su fe en el Dios único, que es al mismo tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los más antiguos Símbolos de Fe, y recordada en nuestros tiempos por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo presentó y que se conoce universalmente como “Credo del Pueblo de Dios”.

Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que “habitando una luz inaccesible” (1 Tim 6, 16) es en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada… puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz perpetua… (cf. Insegnamenti di Paolo VI, Vol. VI, 1968, págs. 302-303.).

2. Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial: Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad.

Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.

3. Este misterio —el más profundo: el misterio de la vida íntima de Dios mismo— nos lo ha revelado Jesucristo: “El que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Según el Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección, fueron dirigidas a los Apóstoles: “Id… y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”(Mt 28, 19). Estas palabras inauguraban la misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bautizar —y bautizar quiere decir “sumergir” (por esto, se bautiza con agua)— en la vida trinitaria de Dios.

Jesucristo encierra en estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”, Jesús había respondido: “El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor” (Mc 12, 29). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a “su Padre“, hasta asegurar: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30). Del mismo modo había revelado también al “Espíritu de verdad, que procede del Padre” y que —aseguró— “yo os enviaré de parte del Padre” (Jn 15, 26).

4. Las palabras sobre el bautismo “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, confiadas por Jesús a los Apóstoles al concluir su misión terrena, tienen un significado particular, porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad, poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las fórmulas trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los Corintios: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros” (2 Cor 13, 13). Encontramos otras en la primera Carta a los Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de San Pedro, al comienzo del primer capítulo (1 Pe 1, 1-2).

Como un reflejo, todo el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.

5. De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido —y es— por su esencia, trinitaria, en cuanto que es expresión de la divina economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno de la Trinidad eterna proceden “del Padre”, revelando la “economía trinitaria” presente en la redención y en la santificación. La Santa Trinidad se anuncia ante todo mediante la soteriología, es decir, mediante el conocimiento de la “economía de la salvación”, que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad “inmanente”, del misterio de la vida íntima de Dios.

6. En este sentido el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una parte desvela quién es Dios para el hombre y, por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad “Dios es amor” (1 Jn 4, 16), expresada en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el hombre, entonces se desvela también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen), quién es Él en Sí mismo. Él es Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

7. El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito, pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu (Cf., por ejemplo, Sab 7, 22-30; Prov 8, 22-30; Sal 32/33, 4-6; 147, 15; Is 55, 11; Sab 12, 1; Is 11, 2; Sir 48, 12). El Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas, como en el testimonio del kerygma, de la catequesis y de la oración de la Iglesia.

8. Un tema aparte es la formación del dogma trinitario en el contexto de la defensa contra las herejías de los primeros siglos. La verdad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la fe y también el más difícil de comprender: se presentaba, pues, la posibilidad de interpretaciones equivocadas, especialmente cuando el cristianismo se puso en contacto con la cultura y la filosofía griega. Se trataba de “inscribir correctamente el misterio del Dios trino y uno “en la terminología del ‘ser’ “, es decir, de expresar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época los conceptos que definían inequívocamente tanto la unidad como la trinidad del Dios de nuestra Revelación.

Esto sucedió ante todo en los dos grandes Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381). El fruto del magisterio de estos Concilios es el “Credo” niceno-constantinopolitano, con el que, desde aquellos tiempos, la Iglesia expresa su fe en el Dios uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Recordando la obra de los Concilios, hay que nombrar a algunos teólogos especialmente beneméritos, sobre todo entre los Padres de la Iglesia. En el período pre-niceno citamos a Tertuliano, Cipriano, Orígenes, Ireneo, en el niceno a Atanasio y Efrén Sirio, en el anterior al Concilio de Constantinopla recordamos a Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Gregorio Niseno, Hilario, hasta Ambrosio, Agustín, León Magno.

9. Del siglo V proviene el llamado Símbolo atanasiano, que comienza con la palabra “Quicumque”, y que constituye una especie de comentario al Símbolo niceno-constantinopolitano.

El “Credo del Pueblo de Dios” de Pablo VI confirma la fe de la Iglesia primitiva cuando proclama: “Los mutuos vínculos que constituyen eternamente las tres Personas, que son cada una el único e idéntico Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces Santo, infinitamente más allá de todo lo que nosotros podemos concebir según la humana medida (cf. D.-Sch. 804)” (Insegnamenti di Paolo VI, 1968, pág. 303): realmente, ¡inefable y santísima Trinidad – único Dios!

Catequesis: Audiencia General (27-11-1985)

Miércoles 27 de noviembre de 1985

Unidad y distinción de la eterna comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

1. Unus Deus Trinitas…

En esta concisa formula el Sínodo de Toledo (675) expresó de acuerdo con los grandes Concilios reunidos en el siglo IV en Nicea y en Constantinopla, la fe de la Iglesia en Dios uno y trino.

En nuestros días, Pablo VI en el “Credo del Pueblo de Dios“, ha formulado la misma fe con palabras que ya hemos citado durante las catequesis precedentes: “Los lazos mutuos que constituyen eternamente las tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo Ser divino, son la bienaventurada vida íntima del Dios tres veces Santo, infinitamente superior a lo que podemos concebir con la capacidad humana” (Insegnamenti di Paolo VI, vol. VI, 1968, pág. 303).

Dios es inefable e incomprensible, Dios es en su esencia un misterio inescrutable, cuya verdad hemos tratado de iluminar en las catequesis anteriores. Ante la Santísima Trinidad, en la que se expresa la vida íntima del Dios de nuestra fe, hay que repetirlo y constatarlo con una fuerza de convicción todavía mayor. La unidad de la divinidad en la Trinidad de las Personas es realmente un misterio inefable e inescrutable. “Si lo comprendes no es Dios”.

2. Por esto, Pablo VI, continúa diciendo en el texto antes citado: “Damos con todo gracias a la Bondad divina por el hecho de que gran número de creyentes puedan atestiguar juntamente con nosotros delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad” (ib).

La Santa Iglesia en su fe trinitaria se siente unida a todos los que confiesan al único Dios. La fe en la Trinidad no destruye la verdad del único Dios: por el contrario, pone de relieve su riqueza, su contenido misterioso, su vida íntima.

3. Esta fe tiene su fuente —la única fuente— en la revelación del Nuevo Testamento. Sólo mediante esta revelación es posible conocer la verdad sobre Dios uno y trino. Efectivamente, éste es uno de los “misterios escondidos en Dios, que —como dice el Concilio Vaticano I— si no son revelados, no pueden ser conocidos” (Const. Dei Filius, De Fide cath., IV).

El dogma de la Santísima Trinidad en el cristianismo se ha considerado siempre un misterio: el más fundamental y el más inescrutable. Jesucristo mismo dice: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el hijo quiera revelárselo” (Mt 11, 27).

Como enseña el Concilio Vaticano I: «Los divinos misterios por su naturaleza superan el entendimiento creado de tal modo que, aún entregados mediante la revelación y acogidos por la fe, sin embargo permanecen cubiertos por el velo de la misma fe y envueltos por una especie de oscuridad, mientras en esta vida mortal “estamos en destierro lejos del Señor, porque caminamos en fe y no en visión” (2 Cor 5, 6)» (ib.).

Esta afirmación vale de modo especial para el misterio de la Santísima Trinidad : incluso después de la Revelación sigue siendo el misterio más profundo de la fe, que el entendimiento por sí solo no puede comprender ni penetrar. En cambio, el mismo entendimiento, iluminado por la fe, puede, en cierto modo, aferrar y explicar el significado del dogma. Y de este modo puede acercar al hombre al misterio de la vida íntima del Dios uno y trino.

4. En la realización de esta obra excelsa —tanto por medio del trabajo de muchos teólogos y ante todo de los Padres de la Iglesia, como mediante las definiciones de los Concilios—, se demostró particularmente importante y fundamental el concepto de “persona” como distinto del de “naturaleza” (o esencia). Persona es aquel o aquella que existe como ser humano concreto, como individuo que posee la humanidad, es decir, la naturaleza humana. La naturaleza (la esencia) es todo aquello por lo que el que existe concretamente es lo que es. Así, por ejemplo, cuando hablamos de “naturaleza humana”, indicamos aquello por lo que cada hombre es hombre, con sus componentes esenciales y con sus propiedades.

Aplicando esta distinción a Dios, constatamos la unidad de la naturaleza, esto es, la unidad de la Divinidad, la cual pertenece de modo absoluto y exclusivo a Aquel que existe como Dios. Al mismo tiempo —tanto a la luz del solo entendimiento, como, y todavía más, a la luz de la Revelación—, alimentamos la convicción de que Él es un Dios personal. También a quienes no ha llegado la revelación de la existencia en Dios de tres Personas, el Dios Creador debe aparecerles como un Ser personal. Efectivamente, siendo la persona lo que hay de más perfecto en el mundo (“id quod est perfectissimum in tota natura”: Santo Tomás, S.Th., I, q. 29, a. 3), no se puede menos de atribuir esta calificación al Creador, aún respetando su infinita transcendencia (cf. Santo Tomás, ib., in c. et ad 1 m.). Precisamente por esto las religiones monoteístas no cristianas entienden a Dios como persona infinitamente perfecta y absolutamente transcendente con relación al mundo.

Uniendo nuestra voz a la de todo otro creyente, elevamos también en este momento nuestro corazón al Dios viviente y personal, al único Dios que ha creado los mundos y que está en el origen de todo lo que es bueno, bello y santo. A Él la alabanza y la gloria por los siglos.

Homilía (25-05-1997)

Visita a la Parroquia Romana de San Lino, Papa
Solemnidad de la Santísima Trinidad. Domingo 25 de mayo de 1997

1. «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: al Dios que es, que era y que vendrá» (Aclamación del Aleluya).

La Iglesia repite sin cesar esta aclamación a la santísima Trinidad. En efecto, la oración cristiana comienza con el signo de la cruz: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y concluye a menudo con la doxología trinitaria: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos».

La comunidad de los creyentes eleva cada día una ininterrumpida aclamación trinitaria, pero hoy, primer domingo después de Pentecostés, celebramos de modo especial este gran misterio de la fe.

Gloria tibi, Trinitas, aequalis, una Deitas, et ante omnia saecula et nunc et in perpetuum! «Gloria a ti, Trinidad, en la igualdad de las Personas, único Dios, antes de todos los siglos, ahora y por siempre» (Primeras Vísperas de la solemnidad de la santísima Trinidad).

En esta fórmula litúrgica contemplamos el misterio de la unidad inefable y de la inescrutable Trinidad de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es lo que profesamos en el Credo apostólico:

«Creo en un solo Dios (…).
Creo en un solo Señor, Jesucristo (…).
Por obra del Espíritu Santo
se encarnó en el seno de María,
la Virgen,
y se hizo hombre».

El Credo niceno-constantinopolitano prosigue:

«Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas».

Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Este es el Dios de nuestra fe: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

2. La liturgia de la Palabra nos invita a profundizar nuestra fe trinitaria. En la primera lectura, tomada del Deuteronomio, hemos escuchado las palabras de Moisés, que nos recuerdan cómo Dios se eligió un pueblo y se le manifestó de modo especial. El concilio Vaticano II, después de afirmar que el hombre, por la creación, puede llegar a conocer a Dios como Ser primero y absoluto, anota que Dios mismo se reveló a la humanidad, en primer lugar a través de mediadores y, luego, por medio de su Hijo (cf. Dei Verbum, 3-4). El Dios que hoy confesamos es el Dios de la Revelación y creemos todo lo que él ha querido revelar de sí mismo.

Las lecturas bíblicas de este domingo ponen de relieve que Dios vino a hablar de sí mismo al hombre, revelándole quién es. Y eligió a Israel como destinatario de su manifestación. Dijo al pueblo escogido: «Pregunta (…) a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás (…) algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?» (Dt 4, 32-33). Con estas palabras Moisés quiere aludir a la manifestación de Dios en el monte Sinaí y a la entrega de los diez mandamientos, así como a su experiencia personal en el monte Horeb. En esa ocasión Dios le había hablado desde la zarza ardiente, encomendándole la misión de liberar a Israel de la esclavitud de Egipto y le había revelado su propio nombre: «Yahveh» «Yo soy el que soy» (cf. Ex 3, 1-14).

3. Estos textos bíblicos nos sirven de guía en un camino de profundización del misterio trinitario, que lleva desde Moisés hasta Cristo. El evangelista san Mateo refiere que, antes de subir al cielo, el Resucitado dijo a los discípulos: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19). El misterio manifestado a Moisés desde la zarza ardiente es revelado plenamente en Cristo en su aspecto trinitario. En efecto, por medio de él descubrimos la unidad de la divinidad, la trinidad de las Personas. Misterio del Dios vivo, misterio de la vida de Dios. Jesús es profeta de este misterio. Él se ofreció a sí mismo en sacrificio sobre el altar de este inmenso misterio de amor.

[…]

6. «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15).

San Pablo, con estas palabras, pone de manifiesto que la Iglesia apostólica anuncia a la santísima Trinidad. Dios se revela como dador de vida por medio de Cristo, único Mediador.

Creemos en el Hijo de Dios, que trajo la vida divina como fuego, para que se encendiera sobre la tierra. Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida. Por obra del Espíritu Santo los creyentes son constituidos hijos en el Hijo, como escribe san Juan en el Prólogo de su evangelio (cf. Jn 1, 13). Los hombres, engendrados por el Espíritu, se dirigen a Dios con las mismas palabras de Cristo, llamándolo: «¡Abbá, Padre! ».

Por el bautismo hemos sido injertados en la comunión trinitaria. Todo cristiano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; es inmerso en la vida de Dios. ¡Qué gran don y gran misterio!

Con mucha razón, por consiguiente, la Iglesia canta con profunda gratitud en el Te Deum su fe en la Trinidad:

 «Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus sabaoth».
«Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria.
Te aclama el coro de los Apóstoles
y el blanco ejército de los mártires;
la santa Iglesia proclama tu gloria,
adora a tu único Hijo,
y al Espíritu Santo Paráclito».

Catequesis: Audiencia General (07-06-2000)

La gloria de la Trinidad en el hombre vivo

1. En este Año jubilar nuestra catequesis trata de buen grado sobre el tema de la glorificación de la Trinidad. Después de haber contemplado la gloria de las tres divinas personas en la creación, en la historia, en el misterio de Cristo, nuestra mirada se dirige ahora al hombre, para descubrir en él los rayos luminosos de la acción de Dios.

“Él tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre” (Jb 12, 10). Esta sugestiva declaración de Job revela el vínculo radical que une a los seres humanos con “el Señor que ama la vida” (Sb 11, 26). La criatura racional lleva inscrita en su ser una íntima relación con el Creador, un vínculo profundo, constituido ante todo por el don de la vida. Don que es concedido por la Trinidad misma e implica dos dimensiones principales, como trataremos ahora de ilustrar a la luz de la palabra de Dios.

2. La primera dimensión fundamental de la vida que se nos concede es la física e histórica, el “alma” (nefesh) y el “espíritu” (ruah), a los que se refería Job. El Padre entra en escena como fuente de este don en los mismos inicios de la creación, cuando proclama solemnemente:  “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza (…). Creó Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27). Con el Catecismo de la Iglesia católica podemos sacar esta consecuencia:  “La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas, a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí” (n. 1702). En la misma comunión de amor y en la capacidad generadora de las parejas humanas brilla un reflejo del Creador. El hombre y la mujer en el matrimonio prosiguen la obra creadora de Dios, participan en su paternidad suprema, en el misterio que san Pablo nos invita a contemplar cuando exclama:  “Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está presente en todos” (Ef 4, 6).

La presencia eficaz de Dios, al que el cristiano invoca como Padre, se manifiesta ya en los inicios de la vida de todo hombre, y se extiende luego sobre todos sus días. Lo atestigua una estrofa muy hermosa del Salmo 139:  “Tú has creado mis entrañas; me has tejido en el seno materno. (…) Conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra. Mi embrión (golmi) tus ojos lo veían; en tu libro estaban inscritos todos mis días, antes que llegase el primero” (Sal 139, 13. 15-16).

3. En el momento en que llegamos a la existencia, además del Padre, también está presente el Hijo, que asumió nuestra misma carne (cf. Jn 1, 14) hasta el punto de que pudo ser tocado por nuestras manos, ser escuchado con nuestros oídos, ser visto y contemplado por nuestros ojos (cf. 1 Jn 1, 1). En efecto, san Pablo nos recuerda que “no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos nosotros; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual existimos nosotros” (1 Co 8, 6). Asimismo, toda criatura viva está encomendada también al soplo del Espíritu de Dios, como canta el Salmista:  “Envías tu Espíritu y los creas” (Sal 104, 30). A la luz del Nuevo Testamento es posible leer en estas palabras un anuncio de la tercera Persona de la santísima Trinidad. Así pues, en el origen de nuestra vida se halla una intervención trinitaria de amor y bendición.

4. Como he insinuado, existe otra dimensión en la vida que Dios da a la criatura humana. La podemos expresar mediante tres categorías teológicas neotestamentarias. Ante todo, tenemos la zoê aiônios, es decir, la “vida eterna”, celebrada por san Juan (cf. Jn 3, 15-16; 17, 2-3) y que se debe entender como participación en la “vida divina”. Luego, está la paulina kainé ktisis, la “nueva criatura” (cf. 2 Co 5, 17; Ga 6, 15), producida  por  el  Espíritu, que  irrumpe en la  criatura  humana  transfigurándola y comunicándole una “vida nueva” (cf. Rm 6, 4; Col 3, 9-10; Ef 4, 22-24). Es la vida pascual:  “Del mismo modo que en Adán  mueren  todos,  así  también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 22). Y tenemos, por último, la vida de los hijos de Dios, la hyiothesía (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5), que expresa nuestra comunión de amor con el Padre, siguiendo a Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo:  “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:  ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero” (Ga 4, 6-7).

5. Esta vida trascendente, infundida en nosotros por gracia, nos abre al futuro, más allá del límite de nuestra caducidad propia de criaturas. Es lo que san Pablo afirma en la carta a los Romanos, recordando una vez más que la Trinidad es fuente de esta vida pascual:  “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos (es decir, el Padre) habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11).

“Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo (…) (cf. 1 Jn 3, 1-2). Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad, san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre:  “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (cf. san Ireneo, Adversus haereses IV, 20, 7)” (Evangelium vitae, 38).

Concluyamos nuestra reflexión con la oración que eleva un sabio del Antiguo Testamento al Dios vivo y amante de la vida:  “Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas” (Sb 11, 24 12, 1).

Benedicto XVI, papa

Ángelus (07-06-2009)

Solemnidad de la Santísima Trinidad
Domingo 7 de junio de 2009

Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy, la Santísima Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi, que en muchos países, entre ellos Italia, se celebrará el domingo próximo; y, por último, el viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, respectivamente, la realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.

Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el “nombre” de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

“¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del “nombre”, la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el “tejido” del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. “En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su “genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.

La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.

Congregación para el Clero

Al concluir el Tiempo pascual el Domingo pasado, con la Solemnidad de Pentecostés, la Liturgia de la Iglesia da la impresión de no poder hacer menos que recurrir a su tesoro para colmarnos de aún mayores dones. Hoy nos llama a tomar conciencia de la gran novedad que el Cristianismo ha traído al mundo: desde la Navidad a Pentecostés, es decir, desde que el Salvador nació en Belén hasta su muerte, resurrección y ascensión al Cielo, ha enviado a los suyos el Espíritu Santo y ha cambiado por completo nuestra concepción de Dios.

No es por mérito alguno, sino por su gracia, que se nos ha dado conocer al Dios “verdadero”, Uno en la Esencia divina y Trino en Personas. Por eso están dirigidas a nosotros las palabras de Moisés escuchadas en la primera Lectura: «Pregunta a los tiempos antiguos, que fueron antes que tú: desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra y de un extremo al otro del cielo, ¿se ha visto algo más grande que esto y se ha oído algo semejante a esto? » (Dt 4,32).

Dios nos ha hablado, nos ha dirigido su palabra Eterna, Jesucristo; nos ha “elegido” entre todas las naciones como su propiedad; nos ha rescatado con la Sangre de su Hijo y nos ha dado las arras del Espíritu, (cfr. 2Cor 1,22), realizando todo esto bajo nuestra mirada.

La certeza y la esperanza que provienen de esta divina predilección, nos permiten una breve reflexión acerca del modo con el que, en la época contemporánea, es tratada  la “cuestión” de Dios..

Hemos dicho que, desde el Misterio de Navidad al de Pentecostés, se le ha dado al hombre la “verdadera” concepción de Dios. Obviamente, este don vale solamente, como dice el Prólogo de san Juan, para los que lo han recibido, a los cuales se les «ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). En efecto, no podemos contemplar el Misterio de la Santísima Trinidad como si fuéramos espectadores delante de una obra de arte, sino sólo dentro de la amistad con Dios, que nos introduce en su misma filiación divina, por medio del Don del Espíritu Santo.

Pero el hecho de que el conocimiento del Dios “verdadero” sea dado sólo a los que acogen a Cristo, ¿significa quizás que fuera del Evangelio no se le da al hombre algún conocimiento “verdadero” sobre Dios? ¿Será la escasa difusión del Evangelio la causa del ateísmo occidental? No.

La misión, para la Iglesia, es una exigencia irrenunciable, que deriva de su misma naturaleza, y hoy es más urgente que nunca; tanto que el Santo Padre Benedicto XVI ha constituido un Pontificio Consejo para la “Nueva Evangelización” y ha anunciado el comienzo del Año de la Fe partir del próximo 11 de octubre. Pero la “crisis” del conocimiento de Dios hunde sus raíces, ante todo, en la “crisis” de la razón, que parece haberse hecho “impermeable” a la realidad y, por tanto, al mismo Evangelio.

Mientras el hombre, ya siglos antes de la venida de Cristo, había llegado a afirmar la existencia de un único Dios, origen y fin de todo lo que existe, hoy parece incapaz de definirse al respecto considerando la cuestión simplemente “imposible” de ser afrontada. La existencia de Dios sería “indemostrable” porque no hay ninguna “premisa mayor” desde la cual puede ser deducida, y no está “disponible” a los  sentidos porque, escrutando las galaxias y analizando la composición química –molecular de la materia, a algunos les parece “ausente”; aún más, lo consideran como una “invención” humana que, en el pasado, tenía la virtud singular de justificar todo lo que el hombre entonces no conocía, pero que hoy ya es obsoleta.

Estos, en verdad, mutilan gravemente la propia razón, impidiéndole reconocer la realidad como “signo” por medio del cual, de manera discreta pero incesante, Dios nos llama a la relación con Él. El conocimiento de Dios, en efecto, siendo siempre perfectible, sucede en un movimiento de la “libertad”, que desde lo finito y contingente se eleva hasta el Autor de todas las cosas. No por casualidad, el único límite que Él ha puesto a la propia Omnipotencia, es justamente nuestra libertad. Sólo dejándose interpelar por este “signo”, que es la creación, podemos llegar a afirmar a Dios. Y sólo dejándonos provocar y ser vencidos por el gran “signo” que es la Iglesia, presencia de lo Divino en el mundo, podemos dejarnos implicar por Cristo en el íntimo conocimiento del Padre que es, juntamente, amor y adoración, y comunicarlo a cuantos podamos encontrarnos.

Grande es la confianza que el Señor tiene con nosotros, al pedirnos anunciarlo en esta época tan difícil. Pero confiemos en Él, que frente a la duda que aún albergaban en sus corazones los discípulos, les aseguraba: «He aquí, que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,20).

Que nos guíe la Santísima Virgen María, para que sepamos recibir siempre mejor el Don del Espíritu Santo y para servir fielmente a su Hijo, a fin de que, con Ella, toda nuestra vida pueda llegar a cantar en el Cielo, «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos». Amén.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Familiaridad con Dios

A muchos cristianos el misterio de la Trinidad les echa para atrás. Les parece demasiado complicado y prefieren dejarlo de lado. Y sin embargo las páginas del Nuevo Testamento nos hablan a cada paso de Cristo, del Padre y del Espíritu Santo. Ellos son el fundamento de toda nuestra vida cristiana.

Explicar el misterio de la Trinidad no es difícil, es imposible, precisamente porque es misterio. Pero lo mismo que un niño puede tener gran familiaridad con su padre aunque no sepa decir muchas cosas de él, nosotros podemos vivir también en una profunda familiaridad con el Padre, con Cristo, con el Espíritu y tener experiencia de estas Personas divinas. No sólo podemos: estamos llamados a ello en virtud de nuestro bautismo. No es un privilegio de algunos místicos.

Podemos conocer al Padre como Fuente y Origen de todo, Principio sin principio, fuente última y absoluta de la vida, no dependiendo de nadie. El Hijo es engendrado por el Padre, recibe de Él todo su ser: por eso es Hijo; pero el Padre se da totalmente: por eso el hijo es Dios, igual al Padre. Nada tiene el Hijo que no reciba del Padre; nada tiene el Padre que no comunique al Hijo. El ser del Hijo consiste en recibir todo del Padre y el Hijo vuelve al Padre en un movimiento eterno de amor, gratitud y donación. Y ese abrazo de amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo.

«El Espíritu todo lo sondea, incluso lo profundo de Dios» (1Cor 2,10). El Espíritu nos da a conocer a Cristo y al Padre y nos pone en relación con ellos. Las Personas divinas viven como en un templo en el hombre que está en gracia. Estamos habitados por Dios. Somos templo suyo. Vivimos en el seno de la Trinidad. ¿Se puede imaginar mayor familiaridad? Todo nuestro cuidado consiste en permanecer en esta unión.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo III

Antífonas y Oraciones

Entrada: «Bendito sea Dios Padre y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros».

Colecta (del Misal anterior): «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la Verdad y el Espíritu de la santificación, para revelar a los hombres tu admirable misterio; concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa».

Ofertorio (del Misal anterior): «Por la invocación de tu santo nombre, santifica, Señor, estos dones que te presentamos y transfórmanos en ofrenda perenne a su gloria».

Comunión: «Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá! Padre”» (Gál 4,6).

Postcomunión: «Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible, concédenos, Señor y Dios nuestro, encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido».

La fiesta de la Santísima Trinidad comenzó a celebrarse en algunos monasterios benedictinos ya en el siglo IX. Antes San Benito de Aniano había redactado un formulario litúrgico en honor de la Santísima Trinidad para el Suplemento del Sacramentario Gregoriano-Adriano. Esta fiesta se extendió a varias diócesis de Francia y Alemania. En 1334 Juan XXII la extendió a toda la Iglesia.

Liturgia de la Palabra

En profunda actitud de adoración y de amor responsable nos reunimos para vivir en común los lazos entrañables que nos vinculan al misterio insondable de la vida íntima de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, para cobrar conciencia de nuestra condición de criaturas suyas que, por el bautismo, fuimos elegidos y consagrados para ser testigos del amor del Padre, coherederos del Hijo y santificados por el don de Espíritu Santo.

Deuteronomio 4,32-34.39-40: El Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra. No hay otro. Una amorosa iniciativa divina nos hizo Pueblo de Dios; más aún, nos hizo hijos suyos. No podemos degradarnos con el culto de dioses falsos, que son también el dinero, los honores, la fama, el poder, el orgullo… Oigamos a San Ireneo:

«Así, pues, según la condición natural, podemos decir que todos somos hijos de Dios, ya que todos hemos sido creados por Él. Pero, según la obediencia y la enseñanza seguida, no todos son hijos de Dios, sino sólo los que confían en Él y hacen su voluntad. Los que no se le confían ni hacen su voluntad son hijos del diablo, puesto que hacen las obras del diablo. Que esto sea así se deduce de Isaías: “Engendré hijos y los crié, pero ellos me despreciaron” (Is 1,2). Y en otro lugar: “Los hijos extraños me han defraudado” (Sal 17, 46)» (Tratado contra las herejías 4,41).

–Proclamamos con el Salmo 32: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor. La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales. Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque Él lo dijo y existió, Él lo mandó y surgió. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti».

Romanos 8,14-17: Habéis recibido un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abbá! Padre. Por el don de su Espíritu, Dios nos ha hecho además hijos suyos, coherederos con Cristo, su Hijo amado. Comenta San Basilio:

«Por el Espíritu se nos restituye el Paraíso, por Él podemos subir al Reino de los cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de llamar a Dios con el nombre de Padre, la participación de la gracia de Cristo, el derecho de ser llamados hijos de la luz, el ser partícipes de la gloria eterna y, para decirlo todo de una vez, la plenitud de toda la bendición, tanto en la vida presente como en la futura. Por Él podemos contemplar como en un espejo, cual si estuvieran ya presentes, los bienes prometidos que nos están preparados y que por la fe esperamos llegar a disfrutar» (Sobre el Espíritu Santo 15,35-36).

Mateo 28,16-20: Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por la fe y el bautismo todos hemos sido elegidos de Dios. San Ambrosio dice:

«Tú has sido bautizado en nombre de la Trinidad. Has profesado -no lo olvides- tu fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios… Descendiste a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la Cruz se refiere únicamente a la Persona del Señor» (Sobre los Misterios 21 y 38).

Catecismo de la Iglesia Católica

El Cielo

1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos […] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron […]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte […] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo” . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

1025 Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven “en Él”, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):

«Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino» (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121).

1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha “abierto” el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.

1027 Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9).

1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica”:

«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios […], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58, 10).

1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él “ellos reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).

La Trinidad en la Liturgia

LA LITURGIA, OBRA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

I. El Padre, fuente y fin de la liturgia

1077 “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado” (Ef 1,3-6).

1078 Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don (“bene-dictio”, “eu-logia”). Aplicado al hombre, este término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias.

1079 Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. Desde el poema litúrgico de la primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los autores inspirados anuncian el designio de salvación como una inmensa bendición divina.

1080 Desde el comienzo, Dios bendice a los seres vivos, especialmente al hombre y la mujer. La alianza con Noé y con todos los seres animados renueva esta bendición de fecundidad, a pesar del pecado del hombre por el cual la tierra queda “maldita”. Pero es a partir de Abraham cuando la bendición divina penetra en la historia humana, que se encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la vida, a su fuente: por la fe del “padre de los creyentes” que acoge la bendición se inaugura la historia de la salvación.

1081 Las bendiciones divinas se manifiestan en acontecimientos maravillosos y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de Egipto (Pascua y Éxodo), el don de la Tierra prometida, la elección de David, la presencia de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de un “pequeño resto”. La Ley, los Profetas y los Salmos que tejen la liturgia del Pueblo elegido recuerdan a la vez estas bendiciones divinas y responden a ellas con las bendiciones de alabanza y de acción de gracias.

1082 En la liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.

1083 Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las “bendiciones espirituales” con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y “bajo la acción el Espíritu Santo” (Lc 10,21), bendice al Padre “por su don inefable” (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre “la ofrenda de sus propios dones” y de implorar que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1,6).

II. La obra de Cristo en la liturgia

Cristo glorificado…

1084 “Sentado a la derecha del Padre” y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

1085 En la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.

…desde la Iglesia de los Apóstoles…

1086 “Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, Él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6).

1087 Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21- 23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta “sucesión apostólica” estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.

…está presente en la liturgia terrena…

1088 “Para llevar a cabo una obra tan grande” —la dispensación o comunicación de su obra de salvación— «Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (SC 7).

1089 “Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno” (SC 7).

…la cual participa en la liturgia celestial

1090 “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria” (SC 8; cf. LG 50).

III. El Epíritu Santo y la Iglesia en la liturgia

1091 En la liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las “obras maestras de Dios” que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia.

1092 En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo.

El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo

1093 El Espíritu Santo realiza en la economía sacramental las figuras de la Antigua Alianza. Puesto que la Iglesia de Cristo estaba “preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza” (LG 2), la liturgia de la Iglesia conserva como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos elementos del culto de la Antigua Alianza:

– principalmente la lectura del Antiguo Testamento;

– la oración de los Salmos;

– y sobre todo la memoria de los acontecimientos salvíficos y de las realidades significativas que encontraron su cumplimiento en el misterio de Cristo (la Promesa y la Alianza; el Éxodo y la Pascua; el Reino y el Templo; el Exilio y el Retorno).

1094 Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf DV 14-16) se articula la catequesis pascual del Señor (cf Lc 24,13- 49), y luego la de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis “tipológica”, porque revela la novedad de Cristo a partir de “figuras” (tipos) que lo anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son explicadas (cf 2 Co 3, 14-16). Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo (cf 1 P 3, 21), y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo (cf 1 Co 10,1-6); el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía “el verdadero Pan del Cielo” (Jn 6,32).

1095 Por eso la Iglesia, especialmente durante los tiempos de Adviento, Cuaresma y sobre todo en la noche de Pascua, relee y revive todos estos acontecimientos de la historia de la salvación en el “hoy” de su Liturgia. Pero esto exige también que la catequesis ayude a los fieles a abrirse a esta inteligencia “espiritual” de la economía de la salvación, tal como la liturgia de la Iglesia la manifiesta y nos la hace vivir.

1096 Liturgia judía y liturgia cristiana. Un mejor conocimiento de la fe y la vida religiosa del pueblo judío tal como son profesadas y vividas aún hoy, puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos de la liturgia cristiana. Para los judíos y para los cristianos la Sagrada Escritura es una parte esencial de sus respectivas liturgias: para la proclamación de la Palabra de Dios, la respuesta a esta Palabra, la adoración de alabanza y de intercesión por los vivos y los difuntos, el recurso a la misericordia divina. La liturgia de la Palabra, en su estructura propia, tiene su origen en la oración judía. La oración de las Horas, y otros textos y formularios litúrgicos tienen sus paralelos también en ella, igual que las mismas fórmulas de nuestras oraciones más venerables, por ejemplo, el Padre Nuestro. Las plegarias eucarísticas se inspiran también en modelos de la tradición judía. La relación entre liturgia judía y liturgia cristiana, pero también la diferencia de sus contenidos, son particularmente visibles en las grandes fiestas del año litúrgico como la Pascua. Los cristianos y los judíos celebran la Pascua: Pascua de la historia, orientada hacia el porvenir en los judíos; Pascua realizada en la muerte y la resurrección de Cristo en los cristianos, aunque siempre en espera de la consumación definitiva.

1097 En la liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la “comunión del Espíritu Santo” que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.

1098 La asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser “un pueblo bien dispuesto” (cf. Lc 1, 17). Esta preparación de los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la asamblea, en particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.

El Espíritu Santo recuerda el misterio de Cristo

1099 El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la liturgia. Principalmente en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la liturgia es Memorial del Misterio de la salvación. El Espíritu Santo es la memoria viva de la Iglesia (cf Jn 14,26).

1100 La Palabra de Dios. El Espíritu Santo recuerda primeramente a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida:

«La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones e himnos litúrgicos están impregnados de su aliento y su inspiración; de ella reciben su significado las acciones y los signos» (SC 24).

1101 El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de una celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo, Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.

1102 “La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra […] de la salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes” (PO 4). El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la comunidad. La asamblea litúrgica es ante todo comunión en la fe.

1103 La Anámnesis. La celebración litúrgica se refiere siempre a las intervenciones salvíficas de Dios en la historia. “El plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; […] las palabras proclaman las obras y explican su misterio” (DV 2). En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo “recuerda” a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros. Según la naturaleza de las acciones litúrgicas y las tradiciones rituales de las Iglesias, la celebración “hace memoria” de las maravillas de Dios en una Anámnesis más o menos desarrollada. El Espíritu Santo, que despierta así la memoria de la Iglesia, suscita entonces la acción de gracias y la alabanza (Doxología).

El Espíritu Santo actualiza el misterio de Cristo

1104 La liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio.

1105 La Epíclesis (“invocación sobre”) es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios.

1106 Junto con la Anámnesis, la Epíclesis es el centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía:

«Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino […] en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento […] Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana» (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 86 [De fide orthodoxa, 4, 13]).

1107 El poder transformador del Espíritu Santo en la liturgia apresura la venida del Reino y la consumación del misterio de la salvación. En la espera y en la esperanza nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa. Enviado por el Padre, que escucha la epíclesis de la Iglesia, el Espíritu da la vida a los que lo acogen, y constituye para ellos, ya desde ahora, “las arras” de su herencia (cf Ef 1,14; 2 Co 1,22).

La comunión en el Espíritu Santo

1108 La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (cf 1 Jn 1,3-7).

1109 La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la asamblea con el Misterio de Cristo. “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.

Antonio Royo Marín, O.P. : La inhabitación trinitaria en el alma del justo

Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 2008, pp. 60-65

1. La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para hacernos participantes de su vida íntima divina y transformarnos en Dios.

La vida íntima de Dios consiste (…) en la procesión de las divinas personas-el Verbo, del Padre por vía de generación intelectual; y el Espíritu Santo, del Padre y del Hijo por vía de procedencia afectiva-y en la infinita complacencia que en ello experimentan las divinas personas entre sí.

Ahora bien: por increíble que parezca esta afirmación, la inhabitación trinitaria en nuestras almas tiende, como meta suprema, a hacernos participantes del misterio de la vida íntima divina asociándonos a él y transformándonos en Dios, en la medida en que es posible a una simple criatura. Escuchemos a San Juan de la Cruz-doctor de la Iglesia universal explicando esta increíble maravilla1:

“Este aspirar del aire es una habilidad que el alma dice que le dará en la comunicación del Espíritu Santo; el cual, a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo que a ella le aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo. Porque no sería verdadera y total transformación si no se transformase el alma en las tres personas de la Santísima Trinidad en revelado manifiesto grado.

Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay que decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello…

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿que increíble cosa mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? Pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma; porque esto es estar transformada en las tres personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios, y para que pudiese venir a esto la crio a su imagen y semejanza…

¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que en tanto que buscáis grandezas y gloria os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!”

Hasta aquí, San Juan de la Cruz. Realmente el apóstrofe sublime místico fontivereño está plenamente justificado. Ante la perspectiva soberana de nuestra total transformación en Dios, el cristiano debería despreciar radicalmente todas las miserias de la tierra y dedicarse con ardor incontenible a intensificar cada vez más su vida trinitaria hasta remontarse poco a poco a las más altas cumbres de la unión mística con Dios. Es lo que sor Isabel de la Trinidad pedía sin cesar a sus divinos huéspedes:

“Que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable! sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de vuestro misterio”.

No se vaya a pensar, sin embargo, que esa total transformación en Dios de que hablan los místicos experimentales como coronamiento supremo de la inhabitación trinitaria tiene un sentido panteísta de absorción de la propia personalidad en el torrente de la vida divina. Nada más lejos de esto. La unión panteísta no es propiamente unión, sino negación absoluta de la unión, puesto que uno de los dos términos -la criatura-

desaparece al ser absorbido por Dios. La unión mística no es esto. El alma transformada en Dios no pierde jamás su propia personalidad creada. Santo Tomás pone el ejemplo, extraordinariamente gráfico y expresivo, del hierro candente que, sin perder su propia naturaleza de hierro, adquiere las propiedades del fuego y se hace fuego por participación2.

Comentando esta divina transformación a base de la imagen del hierro candente escribe con acierto el P. Ramiére3:

“Es verdad que en el hierro abrasado está la semejanza del fuego, mas no es tal que el más hábil pintor pueda reproducirla sirviéndose de las mis vivos colores; ella no puede resultar sino de la presencia y acción del mismo fuego. La presencia del fuego y la combustión del hierro son dos cosas distintas; pues ésta es una manera de ser del hierro, y aquélla una relación del mismo con una substancia extraña. Pero las dos cosas, por distintas que sean, son inseparables una de otra; el fuego no puede estar unido al hierro sin abrasarle, y la combustión del hierro no puede resultar sino de su unión con el fuego.

Así el alma justa posee en sí misma una santidad distinta del Espíritu Santo; mas ella es inseparable de la presencia del Espíritu Santo en el alma, y, por tanto, es infinitamente superior a la más elevada santidad que pudiera alcanzar un alma en la que no morase el Espíritu Santo. Esta última alma no podría ser divinizada sino moralmente, por la semejanza de sus disposiciones con las de Dios; el cristiano, por el contrario, es divinizado físicamente, y, en cierto sentido, substancialmente, puesto que sin convertirse en una misma substancia y en una misma persona con Dios, posee en sí la substancia de Dios y recibe la comunicación de su vida”.

2. La Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas para darnos la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas personas.

Dos cosas se contienen en esta conclusión, que vamos a examinar por separado:

a) Para darnos la plena posesión de Dios. Decíamos al hablar de la presencia divina de inmensidad que, en virtud de la misma, Dios estaba íntimamente presente en todas las cosas-incluso en los mismos demonios del infierno-por esencia, presencia y potencia. Y, sin embargo, un ser que no tenga con Dios otro contacto que el que proviene únicamente de presencia de inmensidad, propiamente hablando no posee a Dios, puesto que este tesoro infinito no le pertenece en modo alguno. Escuchemos de nuevo al P. Ramiére4:

“Podemos imaginarnos a un hombre pobrísimo junto a un inmenso tesoro, sin que por estar próximo a él se haga rico, pues lo que hace la riqueza no es la proximidad, sino la posesión del oro. Tal es la diferencia entre el alma justa y el alma del pecador. El pecador, el condenado mismo, tienen a su lado y en sí mismos el bien infinito, y, sin embargo, permanecen en su indigencia, porque este tesoro no les pertenece; al paso que el cristiano en estado de gracia tiene en si el Espíritu Santo, y con El la plenitud de las gracias celestiales como un tesoro que le pertenece en propiedad y del cual puede usar cuando y como le pareciere.

¡Qué grande es la felicidad del cristiano! ¡Qué verdad, bien entendida por nuestro entendimiento, para ensanchar nuestro corazón! ¡Qué influjo en nuestra vida entera si la tuviéramos constantemente ante los ojos! La persuasión que tenemos de la presencia real del cuerpo de Jesucristo en el copón nos inspira el más profundo horror a la profanación de ese vaso de metal. ¡Qué horror tendríamos también a la menor profanación de nuestro cuerpo, si no perdiéramos de vista este dogma de fe, tan cierto como el primero, a saber, la presencia real en nosotros del Espíritu de Jesucristo! ¿Es por ventura el divino Espíritu menos santo que la carne sagrada del Hombre-Dios? ¿O pensamos que da El a la santidad de esos vasos de oro y materiales más importancia que a la de sus templos vivos y tabernáculos espirituales?”

Nada, en efecto, debería llenar de tanto horror al cristiano como la posibilidad de perder este tesoro divino por el pecado mortal. Las mayores calamidades y desgracias que podamos imaginar en el plano puramente humano y temporal -enfermedades, calumnias, pérdida de todos los bienes materiales, de los seres queridos, etc., etc.- son cosas de juguete y de risa comparadas con la terrible catástrofe que representa para el alma un solo pecado mortal. Aquí la pérdida es absoluta y rigurosamente infinita.

b) Para darnos el goce fruitivo de las Divinas Personas. Por más que asombre leerlo, es ésta una de las finalidades más entrañables de la divina inhabitación en nuestras almas.

El príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, escribió en su Suma Teológica estas sorprendentes palabras5:

“No se dice que poseamos sino aquello de que libremente podemos usar y disfrutar. Ahora bien, sólo por la gracia santificante tenemos la potestad de disfrutar de la persona divina (“potestatem fruendi divina persona”).

Por el don de la gracia santificante es perfeccionada la criatura racional, no sólo para usar libremente de aquel don

creado, sino para gozar de la misma persona divina (“ut ipsa persona divina fruatur”)”.

Los místicos experimentales han comprobado en la práctica la profunda realidad de estas palabras. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, sor Isabel de la Trinidad y otros muchos hablan de experiencias trinitarias inefables. Sus descripciones desconciertan, a veces, a los teólogos especulativos, demasiado aficionados, quizá, a medir las grandezas de Dios con la cortedad de la pobre razón humana, aun iluminada por la fe.

Escuchemos algunos testimonios explícitos de los místicos experimentales:

Santa Teresa. “Quiere ya nuestro buen Dios quitarle las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una substancia y un poder y un saber y un solo Dios. De manera que -lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendrían El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos.
¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma; en lo muy muy interior, en una cosa muy honda- que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras-siente en sí esta divina compañía”6.

San Juan de la Cruz. Ya hemos citado en la conclusión anterior texto extraordinariamente expresivo. Oigámosle ponderar el deleite inefable que el alma experimenta en su sublime experiencia trinitaria:

“De donde la delicadez del deleite que en este toque se siente, es imposible decirse; ni yo querría hablar de ello, porque no se entienda que aquello no es más de lo que se dice, que no hay vocablos para declarar cosas tan subidas de Dios como en estas almas pasan, de las cuales el propio lenguaje es entenderlo para sí y sentirlo para sí, y callarlo y gozarlo el que lo tiene… y así sólo se puede decir, y con verdad, que a vida eterna sabe; que aunque en esta vida no se goza perfectamente como en la gloria, con todo eso, este toque, por ser toque de Dios, a vida eterna sabe”7.

Sor Isabel de la Trinidad. “He aquí cómo yo entiendo ser la casa de Dios: viviendo en el seno de la tranquila Trinidad, en mi abismo interior, en esta fortaleza inexpugnable del santo recogimiento, de que habla Juan de la Cruz.

David cantaba: ‘Anhela mi alma y desfallece en los atrios del Señor’ (Ps 83,3). Me parece que ésta debe ser la actitud de toda alma que se recoge en sus atrios interiores para contemplar allí a su Dios y ponerse en contacto estrechísimo con El. Se siente desfallecer en un divino desvanecimiento ante la presencia de este Amor todopoderoso, de esta majestad infinita que mora en ella. No es la vida quien la abandona, es ella quien desprecia esta vida natural y quien se retira, porque siente que no es digna de su esencia tan rica, y que se va a morir y a desaparecer en su Dios”8.

Esta es, en toda su sublime grandeza, una de la finalidades más entrañables de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestras almas: darnos una experiencia inefable del gran misterio trinitario, a manera de pregusto y anticipo de la bienaventuranza eterna. Las personas divinas se entregan al alma para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología del Doctor Angélico, plenamente comprobada en la práctica por los místicos experimentales. Y aunque esta inefable experiencia constituye, sin duda alguna, el grado más elevado y sublime de unión mística con Dios, no representa, sin embargo, un favor de tipo extraordinarios a la manera de las gracias “gratis dadas”, entra, por el contrario, en el desarrollo normal de la gracia santificante, y todos los cristianos están llamados a estas alturas y a ellas llegarían, efectivamente, si fueran perfectamente fieles a la gracia y no paralizaran con sus continuas resistencias la acción santificadora progresiva del Espíritu Santo. Escuchemos a Santa Teresa proclamando abiertamente esta doctrina:

“Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque nos llamara, no dijera: “Yo os daré de beber” (Jn 7, 37). Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y a los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Más como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que a todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva”9.

Vale la pena, pues, hacer de nuestra parte todo cuanto podamos para disponernos con la gracia de Dios a gozar, aun en este mundo, de esta inefable experiencia trinitaria.

Notas:

1 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual c. 39 nº 3-4 y 7
2 Cf. I-II, 112, 1; I, 8, 1; I, 44, 1, etc.
3 Enrique Remiére, s.i., El Corazón de Jesús y la divinización del Cristiano, Bilbao 1936, p. 229-30
4 O.C., p. 216-17
5 I, 43, 3c et ad 1
6 Santa Teresa, Moradas séptimas I, 6-7
7 San Juan de la Cruz, Llama de amor viva canc. 2 nº 2
8 Sor Isabel de la Trinidad, Ultimo retiro de “Laudem gloriae”, día 16.
9 Santa Teresa, Camino de Perfección 19, 15; cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva canc. 2 v. 27

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