Homilías Domingo I de Adviento (B): Velad

Lecturas (Domingo I Tiempo de Adviento – Ciclo B)

Haga clic en el enlace de cada texto para ver su comentario por versículos.

-1ª Lectura: Is 63, 16b-17.19b; 64, 2b-7 : ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras!
-Salmo: Sal 79 : Que brille tu rostro y nos salve
-2ª Lectura: 1Cor 1, 3-9 : Esperamos la revelación de Nuestro Señor Jesucristo
+Evangelio: Mc 13, 33-37 : Estad alerta ya que no sabéis cuando será el tiempo


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón: Viene el Señor a salvar

Sermón 18 (1-2: CCL 61, 245-246)- Liturgia de las Horas

Dios no envió a su Hijo a condenar, sino a salvar

Viene nuestro Dios, y no callará. Cristo, el Señor, Dios nuestro e Hijo de Dios, en su primera venida se presentó veladamente, pero en su segunda venida aparecerá manifiestamente. Al presentarse veladamente, sólo se dio a conocer a sus siervos; cuando aparezca manifiestamente, se dará a conocer a buenos y malos. Al presentarse veladamente, vino para ser juzgado; cuando aparezca manifiestamente, vendrá para juzgar. Finalmente, cuando era juzgado guardó silencio, y de este su silencio había predicho el profeta: Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Pero viene nuestro Dios, y no callará. Guardó silencio cuando era juzgado, pero no lo guardará cuando venga para juzgar. En realidad, ni aun ahora guarda silencio si hay quien le escuche; pero se dijo: Entonces no callará, cuando reconozcan su voz incluso los que ahora la desprecian. Actualmente, cuando se recitan los mandamientos de Dios, hay quienes se echan a reír. Y como, de momento, lo que Dios ha prometido no es visible ni se comprueba el cumplimiento de sus amenazas, se hace burla de sus preceptos. Por ahora, incluso los malos disfrutan de lo que el mundo llama felicidad: en tanto que la llamada infelicidad de este mundo la sufren incluso los buenos.

Los hombres que creen en las realidades presentes, pero no en las futuras, observan que los bienes y los males de la vida presente son participados indistintamente por buenos y malos. Si anhelan las riquezas, ven que entre los ricos los hay pésimos y los hay hombres de bien. Y si sienten pánico ante la pobreza y las miserias de este mundo, observan asimismo que en estas miserias se debaten no sólo los buenos, sino también los malos. Y se dicen para sus adentros que Dios no se ocupa ni gobierna las cosas humanas, sino que las ha completamente abandonado al azar en el profundo abismo de este mundo, ni se preocupa en absoluto de nosotros. Y de ahí pasan a desdeñar los mandamientos, al no ver manifestación alguna del juicio.

Pero aun ahora debe cada cual reflexionar que, cuando Dios quiere, ve y condena sin dilación, y, cuando quiere, usa de paciencia. Y ¿por qué así? Pues porque si al presente jamás ejerciera su poder judicial, se llegaría a la conclusión de que Dios no existe; y si todo lo juzgara ahora, no reservaría nada para el juicio final. La razón de diferir muchas cosas hasta el juicio final y de juzgar otras enseguida, es para que aquellos a quienes se les concede una tregua teman y se conviertan. Pues a Dios no le gusta condenar, sino salvar; por eso usa de paciencia con los malos, para hacer de los malos buenos. Dice el Apóstol, que Dios revela su reprobación de toda impiedad, y pagará a cada uno según sus obras.

Y al despectivo lo amonesta, lo corrige y le dice: ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia? Porque es bueno contigo, porque es tolerante, porque te hace merced de su paciencia, porque te da largas y no te quita de en medio, desprecias y tienes en nada el juicio de Dios, ignorando que esa bondad de Dios es para empujarte a la conversión. Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras.

San Cirilo de Jerusalén, obispo

Catequesis: Dos venidas de Cristo

Catequesis 15 (1-3: PG 33, 870-874) – Liturgia de las Horas

Las dos venidas de Cristo

Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida.

Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.

San Juan Pablo II, papa

Homilía: dos imágenes del Adviento

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA ROMANA (29-11-1981)

1. Regem venturum Dominum, venite adoremus!

Con este domingo, llega a toda la Iglesia esta nueva llamada: la llamada del Adviento. La anuncia la liturgia, pero, al mismo tiempo, la advierte todo el Pueblo de Dios con su sentido de fe. El Adviento constituye no sólo el primer período del año litúrgico de la Iglesia, sino también la linfa misma de la vida de sus hijos e hijas.

[…] 2. En la liturgia de este domingo la Iglesia presenta ante nosotros, en cierto sentido, dos imágenes del Adviento.

He aquí ante todo a Isaías, gran Profeta del único y santísimo Dios, que da expresión al tema de Dios que se aleja del hombre. En su maravilloso texto, un verdadero poema teológico, que hemos escuchado hace poco, nos da una imagen penetrante de la situación de su época y de su pueblo, el cual, después de haber perdido el contacto vital con Dios, se encontró en caminos impracticables:

“Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema?” (Is 63, 17).

Pero precisamente al encontrarse en este alejamiento, el hombre llega a percibir muy dolorosamente que, sin la presencia de Dios en su vida, se convierte en presa de la propia culpa, y madura en él la convicción de que sólo Dios es quien lo arranca de la esclavitud, sólo Dios salva, y de este modo siente en sí mismo, más ardiente aún, el deseo de su venida: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63, 19).

Sin embargo, Isaías no se detiene en el análisis devoto del estado de cosas y en la manifestación de una llamada ferviente y dramática a Dios para que rasgue los cielos y venga de nuevo a estar con su pueblo. ¡No se cura la enfermedad sólo mediante su descripción y un vivo deseo de salir de ella! Es necesario encontrar sus causas. Hacer un diagnóstico. ¿Qué es lo que provoca este alejamiento de Dios? La respuesta  del Profeta es unívoca: ¡el pecado!

“Estabas airado y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento” (Is 64, 4-5).

¡Juntamente con el pecado va el olvido de Dios!

“Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa (Is 64, 6).

El diagnóstico del Profeta es penetrante: Dios se aleja del hombre a causa de la culpa del hombre: la ausencia de Dios es resultado de que el hombre se haya alejado de El. Simultáneamente con esto, el hombre queda entregado al poder de su culpa.

3. Sorprende que este diagnóstico del libro de Isaías, que expresa la situación del hombre que vivió hace tantos siglos, es válido también para hoy. Muchos de nosotros, hombres del segundo milenio después de Cristo, que está para terminar, ¿acaso no estamos atormentados por un sentido semejante de lejanía de Dios? Este sentido resulta mucho más dramático porque aparece no en el contexto de la Antigua, sino de la Nueva Alianza. ¿Acaso no es un drama de nuestro mundo de hoy, de la humanidad actual y del hombre, el hecho de que 20 siglos después del cumplimiento del ardiente grito del Profeta —cuando los cielos se han rasgado y Dios, revistiéndose de un cuerpo humano, bajó y habitó entre su pueblo para renovar en cada uno de los hombres su imagen, grabada en el acto de la creación, y para darle la dignidad de hijo suyo—, que todavía hoy, y quizá más aún que antes, el hombre se encuentre en poder de su culpa, y sufre dolorosamente las consecuencias de esta esclavitud?

¿En qué medida el mundo y el hombre de hoy, su vida y actividad, sus instituciones saben expresar la verdad de que toda la realidad que nos rodea, y de modo especial el hombre, corona de la creación, brotan del amor de Dios que lo abraza todo? ¿En qué medida vosotros, ciudadanos dé Roma, fieles dé la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles y miembros de la comunidad parroquial dedicada a Santa Francisca Romana, en qué medida nosotros presentes aquí en este encuentro de Adviento, y todos nuestros hermanos y hermanas “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Cor 1, 2), en qué medida somos portadores y reveladores de este amor? ¿No estamos en poder de nuestra iniquidad? Un andar a la deriva que aleja de Dios y crea el pecado y el vacío. ¿No somos testigos y frecuentemente víctimas de un pecado creciente y de sus consecuencias? De este “pecado del mundo” que obliga a Dios a alejarse del hombre y de sus problemas, como son hoy la indiferencia y el odio.

Todo esto que con una fuerza tan grande, jamás registrada hasta ahora, amenaza al hombre, a su “ser hombre” e incluso a su existencia, ¿acaso no es una señal y una advertencia urgente de que éste no es el camino? Y las palabras: paz, justicia, amor, hoy tan frecuente y celosamente pronunciadas y divulgadas, quizá como nunca hasta ahora, y que con tanta fatiga se abren camino hacia su realización, ¿acaso no son otra versión, más o menos consciente, de las palabras del Profeta que hemos leído hoy: “Señor, por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema” (Is 63, 17)?

4. Vengo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, no para dibujar ante vuestros ojos una visión catastrófica del hombre y del mundo. Pero a todos nosotros, que hemos creído en el Amor, no nos puede faltar hoy la valentía y la agudeza del “diagnóstico” del Profeta de hace tantos siglos acerca de la verdad humana sobre el hombre. Efectivamente, cuando éste se encuentre con valentía y humildad con esta su verdad humana, entonces se abrirá también la verdad divina sobre él.

En el primer domingo de Adviento —en el período en que la Iglesia nos mostrará de nuevo toda la historia de la salvación, y en el período en que se realizarán “las grandezas de Dios” (Act 2, 11)—, vengo para que, juntamente con vosotros y en conformidad con esta primera imagen delineada por el Profeta, repetir y confesar ante Dios con una particular convicción interna y con fe: Tú eres nuestro Padre” (Is 63, 16).

5. Encontramos la segunda imagen del Adviento en la primera Carta a los Corintios.

La imagen, que pertenece a la Nueva Alianza, nace de la realidad de la venida de Cristo y, al mismo tiempo, se abre hacia su Adviento definitivo.

El fondo de esa imagen constituye la fundamental profesión de la fe del Profeta: “Tú, Señor, eres nuestro Padre”, verdad que es el ápice de la Revelación ya en el Antiguo Testamento; pero su plena dimensión y significado fueron revelados ” al hombre en Cristo, al realizarse su Adviento histórico.

Al escuchar las palabras de San Pablo, con las que él da gracias a Dios Padre por los fieles de la Iglesia de Corinto, que recibieron la fe mediante su servicio apostólico, no podemos menos de pensar, con profunda emoción y preocupación, en el mismo don que hay en nosotros.

Juntamente con la fe hemos recibido en el bautismo toda la riqueza interior, las dotes espirituales y la garantía de ser capaces de realizar lo que sin ese don es absolutamente inaccesible al hombre. Nuestra garantía es Dios mismo, que permanece fiel a sus promesas, con tal de que el hombre no retire su fidelidad. Para nosotros es garantía Cristo, que nos confirma hasta el fin para ser irreprensibles en el día de la segunda venida de nuestro Redentor (cf. 1 Cor 1, 8),

No podemos pensar en este don sin un sentido de gratitud y de responsabilidad ante él. Y por esto es necesario hacerse la pregunta: ¿Soy yo, quiero ser fiel a Dios para hallarme irreprensible en el encuentro definitivo con mi Redentor? He aquí la pregunta más fundamental que me plantea este domingo, que me plantea mi Adviento de este año. Teniendo asegurados por Dios todos los medios de la salvación, debemos vigilar en la perspectiva del último Adviento, para no disipar las posibilidades puestas en nuestras manos y esperar con temor y temblor nuestra salvación (cf. Flp 2, 1-2).

6. Tratemos de sacar las conclusiones de los textos de la liturgia de hoy.

El modo justo con que debemos vivir el Adviento es el que se encierra en la segunda imagen.

Pero —si, en conformidad con esta imagen, debemos de modo particular dar gracias a nuestro Dios por el don que nos ha sido dado en Cristo Jesús—, al mismo tiempo no puede ser para nosotros indiferente la imagen del Profeta, la imagen del “alejamiento de Dios”, causado por el pecado de la humanidad y por el olvido con relación a El. Imagen que pertenece no sólo al Antiguo Testamento, sino que tiene, a la vez, valor para hoy.

Y por esto es necesario que viviendo el Adviento renazca esa fe heroica, que se manifiesta en las palabras del Profeta: “Tú, Señor, eres nuestro Padre; tu nombre de siempre es ‘nuestro redentor’. Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema?” (Is 63, 16-17).

El hombre, cuando reconoce su debilidad, el error, cuando reconoce su pecado, debe añadir inmediatamente: “Tú, Señor, eres nuestro Padre”, y entonces su lamento: “Señor, por qué nos extravías de tus caminos” es sincero, adquiere una fuerza de transformación, se hace conversión. Toda reflexión sobre la miseria, la infidelidad, la desventura, el pecado del hombre, que profesa ante Dios: “Tú eres nuestro Padre”, es creadora, no lleva a la depresión, a la desesperación, sino al reconocimiento y a la aceptación de Dios como Padre, por lo tanto, como amor que perdona y sana.

Al mismo tiempo, con esta fe, que se manifiesta también mediante la confesión de los propios pecados va, por lo tanto, una ardiente esperanza: “Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en El” (Is 64, 3).

Y de aquí el grito; “Vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad” (Is 63, 17).

7. ¿Cuál debe ser, pues, nuestro Adviento? ¿Cuál debe ser el Adviento de los hombres, del siglo XX, el Adviento vivido en esta parroquia?

Debe unir en sí un nuevo deseo de acercamiento de Dios a la humanidad, al hombre, y la prontitud para vigilar, es decir, la disposición personal a estar cerca de Dios. “Pero, ¿cómo podremos alegrarnos en el Señor —pregunta San Agustín— si El está tan lejos de nosotros? ¿Lejos? No. El no está lejos, a menos que tú mismo le obligues a alejarse de ti. Ama y lo sentirás cercano. Ama y El vendrá a habitar en ti” (Serm. 21, 1-4; CCL 41, 278).

Así, pues, con esta conciencia, hacemos nuestras y decimos con el corazón las palabras del Salmo responsorial: “Pastor de Israel, escucha… resplandece… Despierta tu poder y ven a salvarnos. Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate; ven a visitar tu viña… Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre” (Sal 80 [79], 2. 3. 15. 18-19).

Este deseo se hace tanto más vivo, cuanto más profundamente volvemos a sentir “la amenaza” unida con el alejamiento de Dios.

Y la vigilancia no es otra cosa que el esfuerzo sistemático para quedar cercanos a Dios y no permitir su alejamiento. Significa estar constantemente dispuestos al encuentro.

8. Este programa del Adviento lo anuncia el Evangelio de hoy. Este pasaje es el epílogo del discurso escatológico que Jesús pronunció al dejar el templo, algunos días antes de su pasión y resurrección. En este breve texto se repite cuatro veces la palabra “vigilar” o “velar”, y una vez “estad atentos”. ¡Qué elocuente es la última frase: “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: velad” (Mc 13, 37)!

Cristo, pues, nos dice a todos, reunidos hoy aquí para celebrar la Eucaristía, dice a cada uno: “Vigilad”, porque es desconocido el momento, pero es seguro que vendrá. Lo más importante es la fidelidad a la tarea confiada y al don que nos hace capaces de realizarla. A cada uno se le ha confiado un deber que le es propio, esa “casa” de la que debe tener cuidado. Esta casa es cada uno de los hombres, es su familia, el ambiente en que vive, trabaja, descansa. Es la parroquia, la ciudad, el país, la Iglesia, el mundo, del cual cada uno es corresponsable ante Dios y ante los hombres. ¿Cuál es mi solicitud por esta “casa”, que me ha sido confiada, para que reine en ella el orden querido por Dios, que corresponde a las aspiraciones y a los deseos más profundos del hombre? ¿Cuál es mi aportación a esta obra, que exige un constante poner orden, renovación, fidelidad? He aquí nuestras preguntas y los deberes del Adviento.

9. “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Canto antes del Evangelio).

Lo que en nosotros hay de débil grita a tu misericordia, porque es más fuerte el deseo de tu salvación:
“Nosotros somos la arcilla, y tú el alfarero”.
¡No nos pongamos en poder de nuestra culpa, que nuestras culpas no nos arrebaten como el viento!
Danos el Adviento feliz, “porque Tú eres nuestro Padre”.

Discurso a los jóvenes: “Velar”

VI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD. VIGILIA DE ORACIÓN EN CZESTOCHOWA (14-08-1991)

[…] 4. «Velar»: esta palabra tiene su etimología rigurosamente evangélica. Cuántas veces Cristo ha dicho: «Velad» (cf., por ejemplo, Mt 24, 42; 25, 13; 26, 38. 41; Mc 13, 33. 35. 37; 14, 34; 21, 36). «Velad, y orad para que no caigáis en tentación» (Mc 14, 38). Entre todos los discípulos de Cristo, María es la primera «que vela». Es preciso que de ella aprendamos a velar, que velemos con ella: «Estoy cercano a ti, me acuerdo de ti, velo».

5. «¿Qué quiere decir “velo”?» Quiere decir: me esfuerzo para ser un hombre de conciencia. No apago esta conciencia y no la deformo; llamo por su nombre al bien y al mal, no los confundo; hago crecer en mí el bien y trato de corregirme del mal, superándolo en mí mismo. Éste es el problema fundamental, que nunca se podrá disminuir, ni trasladar a un plano secundario. ¡No!, siempre y en todo lugar, se trata de un problema de primer plano. Tanto más importante, cuanto más numerosas son las circunstancias que parecen favorecer nuestra tolerancia del mal, y el hecho de que fácilmente nos absolvemos de él, particularmente si así hacen los demás… «Velo» quiere decir, además, veo a los otros… Velo quiere decir: amor al prójimo; quiere decir: fundamental solidaridad «interhumana».

Aquí ya he pronunciado una vez estas palabras, en Jasna Góra, durante el encuentro con los jóvenes, en 1983, año particularmente difícil para Polonia.

Hoy las repito: ¡«Estoy cercano a ti, me acuerdo de ti, velo»!

Homilía: espera y preparación interior

Parroquia de San Inocencio I Papa y San Guido Obispo (28-11-1999)

1. “Vigilad…, velad” (Mc 13, 35. 37). Esta insistente llamada a la vigilancia y esta invitación urgente a estar preparados para acoger al Señor que viene, son característicos del tiempo litúrgico de Adviento, que comenzamos hoy. El Adviento es tiempo de espera y preparación interior para el encuentro con el Señor. Por tanto, dispongamos nuestro espíritu para emprender con alegría y decisión esta peregrinación espiritual que nos llevará a la celebración de la santa Navidad…

Queridos hermanos y hermanas, iluminados por la palabra de Dios y sostenidos por la gracia del Señor, pongámonos en camino hacia el Señor que viene. Pero, ¿para qué “viene Dios” o, como dice a menudo la Biblia, “nos visita”? Dios viene para salvar a sus hijos, para hacer que entren en la comunión de su amor.

4. Queridos hermanos, demos gracias al Señor por cuanto se ha realizado hasta ahora. Ojalá que las infraestructuras de que disponéis os ayuden a realizar una labor eficaz de evangelización, respondiendo a los desafíos de la secularización y de un cierto desapego de los valores tradicionales del cristianismo. Ojalá que las experiencias espirituales que viváis aquí os estimulen a intensificar vuestro esfuerzo por anunciar el Evangelio, dispuestos a dar razón de vuestra fe ante todos.

Frente a la actual crisis de valores, vuestro testimonio cristiano en las familias ha de ser claro y generoso; sed los primeros custodios de la pureza de los niños y los jóvenes; esforzaos para que se abran de par en par las puertas de los corazones, y Cristo pueda entrar en la existencia de todos los habitantes de vuestro barrio.

No os desaniméis ante las dificultades inevitables. Dios os sostiene con su gracia y hará que vuestras iniciativas pastorales den fruto…

5. “¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!” (Is 63, 19). Esta intensa invocación del profeta Isaías expresa de modo eficaz cuáles deben ser los sentimientos de nuestra espera del Señor que está a punto de venir. ¡Sí! El Señor ya vino a nosotros hace dos mil años, y nos preparamos para celebrar, en la próxima Navidad, el gran acontecimiento de la Encarnación. Cristo cambió radicalmente el curso de la historia. Al final, volverá en su gloria, y nosotros lo esperamos, esforzándonos por vivir nuestra existencia como un adviento de esperanza confiada. Es lo que queremos pedir con esta celebración litúrgica.

Que Dios nos asista con su gracia, para que iniciemos con impulso y buena voluntad el itinerario del Adviento, saliendo al encuentro de Cristo, nuestro Redentor, con las buenas obras (cf. Oración colecta). María, Hija de Sión, elegida por Dios para ser Madre del Redentor, nos guíe y acompañe; haga fecunda y llena de alegría nuestra preparación para la Navidad y para el gran acontecimiento del jubileo.

¡Alabado sea Jesucristo!

Catequesis: Tres actitudes para el Adviento

Audiencia general (26-07-2000)

Espera y asombro del hombre ante el misterio“.

1. “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 63, 19). Esta gran invocación de Isaías, que sintetiza bien la espera de Dios presente ante todo en la historia del Israel bíblico, pero también en el corazón de cada hombre, no ha caído en el olvido. Dios Padre ha cruzado el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo, Jesucristo, ha recorrido los senderos del hombre y su Espíritu de vida y amor ha penetrado en el corazón de sus criaturas. No permite que nos alejemos de sus caminos ni deja que nuestro corazón se endurezca para siempre (cf. Is 63, 17). En Cristo, Dios se acerca a nosotros, sobre todo cuando nuestro “rostro está triste”, y entonces, al calor de su palabra, como sucedió con los discípulos de Emaús, nuestro corazón empieza a arder dentro de nosotros (cf. Lc 24, 17. 32). Sin embargo, el paso de Dios es misterioso y exige una mirada pura para descubrirlo, y oídos dispuestos a escucharlo.

2. Desde esta perspectiva, queremos reflexionar hoy sobre dos actitudes fundamentales que es preciso adoptar en relación con el Dios-Emmanuel, el cual ha decidido encontrarse con el hombre en el espacio y en el tiempo, así como en la intimidad de su corazón. La primera actitud es la espera, bien ilustrada en el pasaje del evangelio de san Marcos que acabamos de escuchar (cf. Mc 13, 33-37). En el original griego encontramos tres imperativos que articulan esta espera. El primero es: “Estad atentos”; literalmente: “Mirad, vigilad”. “Atención”, como indica la misma palabra, significa tender, estar orientados hacia una realidad con toda el alma. Es lo contrario de distracción que, por desgracia, es nuestra condición casi habitual, sobre todo en una sociedad frenética y superficial como la contemporánea. Es difícil fijar nuestra atención en un objetivo, en un valor, y perseguirlo con fidelidad y coherencia. Corremos el riesgo de hacer lo mismo también con Dios, que, al encarnarse, ha venido a nosotros para convertirse en la estrella polar de nuestra existencia.

3. Al imperativo “estad atentos” se añade “velad”, que en el original griego del evangelio equivale a “estar en vela”. Es fuerte la tentación de abandonarse al sueño, envueltos en las tinieblas de la noche, que en la Biblia es símbolo de culpa, de inercia y de rechazo de la luz. Por eso, se comprende la exhortación del apóstol san Pablo: “Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas, (…) porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados” (1 Ts 5, 4-6). Sólo liberándonos de la oscura atracción de las tinieblas y del mal lograremos encontrar al Padre de la luz, en el cual “no hay fases ni períodos de sombra” (St 1, 17).

4. Hay un tercer imperativo, repetido dos veces con el mismo verbo griego: “Vigilad”. Es el verbo del centinela que debe estar alerta, mientras espera pacientemente que pase la noche y despunte en el horizonte la luz del alba. El profeta Isaías describe de modo intenso y vivo esta larga espera, introduciendo un diálogo entre dos centinelas, que se convierte en símbolo del uso correcto del tiempo: “”Centinela, ¿qué hay de la noche?”. Dice el centinela: “Se hizo de mañana y también de noche. Si queréis preguntar, preguntad, convertíos, venid” (Is 21, 11-12).

Es preciso interrogarse, convertirse e ir al encuentro del Señor. Las tres exhortaciones de Cristo: “Estad atentos, velad y vigilad” resumen muy acertadamente la espera cristiana del encuentro con el Señor. La espera debe ser paciente, como nos recomienda Santiago en su Carta: “Tened paciencia (…) hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca” (St 5, 7-8). Para que crezca una espiga o brote una flor hace falta cierto período de tiempo, que no se puede recortar; para que nazca un niño se necesitan nueve meses; para escribir un libro o componer música de valor, a menudo se requieren años de búsqueda paciente. Esta es también la ley del espíritu: “Todo lo que es frenético pasará pronto”, cantaba un poeta (Rainer María Rilke, Sonetos a Orfeo). Para el encuentro con el misterio se requiere paciencia, purificación interior, silencio y espera.

5. Hablábamos antes de dos actitudes espirituales para descubrir a Dios que viene a nuestro encuentro. La segunda -después de la espera atenta y vigilante- es la admiración, el asombro. Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas, y que nos introduce en los espacios del misterio. La cultura tecnológica y, más aún, la excesiva inmersión en las realidades materiales nos impiden con frecuencia percibir el aspecto oculto de las cosas. En realidad, todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos en profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios. Por tanto, son muchos los signos que revelan la presencia de Dios. Pero, para descubrirlos debemos ser puros y sencillos como niños (cf. Mt 18, 3-4), capaces de admirar, de asombrarnos, de maravillarnos, de embelesarnos por los gestos divinos de amor y de cercanía a nosotros. En cierto sentido, se puede aplicar al entramado de la vida diaria lo que el concilio Vaticano II afirma sobre la realización del gran designio de Dios mediante la revelación de su Palabra: “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

Benedicto XVI, papa

Ángelus: Esperanza de renovar el mundo

Plaza de San Pedro (27-11-2005)

Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: “Nacido de mujer, nacido bajo la ley”, como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4, 4).

El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: “Velad -dice Jesús-: pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa” (Mc 13, 35. 37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su “manifestación”, y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren “irreprensibles” (cf. 1 Co 1, 7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84, 8).

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado “Tierra nueva y cielo nuevo”. En él se lee: “La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5, 2; 2 P 3, 13). (…) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra”. En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.

Homilía: lo que significa “Velar”

VISITA PASTORAL A LA BASÍLICA DE SAN LORENZO EXTRAMUROS
CON OCASIÓN DEL 1750° ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DEL SANTO DIÁCONO (30-11-2008)

Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas con que inicia un nuevo año litúrgico y que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y ya nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Adventus es palabra latina que podría traducirse por “llegada”, “venida”, “presencia”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino: su presencia se celebraba solemnemente en el culto.

Los cristianos, al adoptar el término “Adviento”, quisieron expresar la relación especial que los unía a Cristo crucificado y resucitado. Él es el Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa presencia en la asamblea litúrgica.

En efecto, al celebrar la Eucaristía, proclamamos que él no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros, porque puede atraer a sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón. Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.

Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; en particular, esta certeza debería prepararnos para acogerlo cuando “de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, como repetiremos dentro de poco en el Credo. En esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, con tal de que se dejen guiar por la liturgia, que invita a salir al encuentro del Señor que viene.

“¡Ven, Señor Jesús!”: esta ferviente invocación de la comunidad cristiana de los orígenes debe ser también, queridos amigos, nuestra aspiración constante, la aspiración de la Iglesia de todas las épocas, que anhela y se prepara para el encuentro con su Señor. “¡Ven hoy, Señor!”; ilumínanos, danos la paz, ayúdanos a vencer la violencia. ¡Ven, Señor! rezamos precisamente en estas semanas. “Señor, ¡que brille tu rostro y nos salve!”: hemos rezado así, hace unos instantes, con las palabras del salmo responsorial. Y el profeta Isaías, en la primera lectura, nos ha revelado que el rostro de nuestro Salvador es el de un padre tierno y misericordioso, que cuida de nosotros en todas las circunstancias, porque somos obra de sus manos: “Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es “Nuestro redentor”” (Is 63,16).

Nuestro Dios es un padre dispuesto a perdonar a los pecadores arrepentidos y a acoger a los que confían en su misericordia (cf. Is 64, 4). Nos habíamos alejado de él a causa del pecado, cayendo bajo el dominio de la muerte, pero él ha tenido piedad de nosotros y por su iniciativa, sin ningún mérito de nuestra parte, decidió salir a nuestro encuentro, enviando a su Hijo único como nuestro Redentor. Ante un misterio de amor tan grande brota espontáneamente nuestro agradecimiento, y nuestra invocación se hace más confiada: “Muéstranos, Señor, hoy, en nuestro tiempo, en todas las partes del mundo, tu misericordia; haz que sintamos tu presencia y danos tu salvación” (cf. Aleluya).

[…] Queridos hermanos y hermanas, en este inicio del Adviento, el mejor mensaje que recibimos de san Lorenzo es el de la santidad. Nos repite que la santidad, es decir, el salir al encuentro de Cristo que viene continuamente a visitarnos, no pasa de moda; más aún, con el paso del tiempo resplandece de modo luminoso y manifiesta la perenne tensión del hombre hacia Dios. Por tanto, que esta celebración jubilar sea para vuestra comunidad parroquial ocasión para renovar vuestra adhesión a Cristo, para profundizar aún más vuestro sentido de pertenencia a su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y para vivir un compromiso constante de evangelización a través de la caridad. Que san Lorenzo, testigo heroico de Cristo crucificado y resucitado, sea para cada uno ejemplo de dócil adhesión a la voluntad divina, a fin de que, como el apóstol san Pablo recordaba a los Corintios, también nosotros vivamos de modo que seamos “irreprensibles” en el día del Señor (cf. 1 Co 1, 7-9).

Prepararnos para la venida de Cristo es también la exhortación que nos dirige el evangelio de hoy: “¡Velad!”, nos dice Jesús en la breve parábola del dueño de casa que se va de viaje y no se sabe cuándo volverá (cf. Mc 13, 33-37). Velar significa seguir al Señor, elegir lo que Cristo eligió, amar lo que él amó, conformar la propia vida a la suya. Velar implica pasar cada instante de nuestro tiempo en el horizonte de su amor, sin dejarse abatir por las dificultades inevitables y los problemas diarios… Pidamos al Señor que nos conceda su gracia, para que el Adviento sea para todos un estímulo a caminar en esta dirección. Que nos guíen y nos acompañen con su intercesión María, la humilde Virgen de Nazaret, elegida por Dios para ser la Madre del Redentor; [san Andrés, cuya fiesta celebramos hoy; y san Lorenzo, ejemplo de intrépida fidelidad cristiana hasta el martirio]. Amén.

Ángelus: Verdadero Señor

Plaza de San Pedro (27-11-2011)

Hoy iniciamos con toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, para vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, para recorrer dentro de la historia del mundo, a fin de abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año litúrgico comienza con el tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera del retorno de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.

«¡Velad!». Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: «¡Velad!» (Mc 13, 37). Es una exhortación saludable que nos recuerda que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un «más allá», como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos.

Del mismo modo, Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar hoy con una apremiante oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en cierto momento dice: «Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa» (Is 64, 6). ¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo posmoderno: las ciudades donde la vida resulta anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y, a veces, en este mundo que se presenta casi perfecto, suceden cosas desconcertantes, en la naturaleza o en la sociedad, por las que pensamos que Dios se ha retirado, que, por así decir, nos ha abandonado a nosotros mismos.

En realidad, el verdadero «señor» del mundo no es el hombre, sino Dios. El Evangelio dice: «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos» (Mc 13, 35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto, para que nuestra vida recupere su orientación correcta, hacia el rostro de Dios. El rostro no de un «señor», sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta. «Señor, tú eres nuestro padre; nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano» (Is 64, 7).

Congregación para el Clero

“Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!” (Mc. 13,37).

Toda la liturgia del tiempo de Adviento está centrada en la “espera vigilante” con la que cada uno, por medio de un auténtico espíritu de oración, humilde y confiada, se prepara a recibir la venida del Señor Jesús.

La actitud con la cual toda la humanidad, y de modo particular todos los cristianos, deberían predisponerse a recibir al “dueño de casa” es “la espera vigilante”.

San Basilio dice al respecto: “¿Qué es lo propio del cristiano? Vigilar cada día y cada hora, y estar pronto para cumplir perfectamente lo que es agradable a Dios, sabiendo que a la hora en que no pensamos llegará el Señor” (BASILIO DI CESAREA, Regole Morali, LXXX 22,869). Por lo tanto, la espera del hombre no es pasiva, estéril o “muerta”, sino vida, activa y participativa. El hombre participa así, de modo particular, a la venida misma del Señor: “ El testimonio de Cristo se ha confirmado en vosotros” (1Cor. 1, 6).

Por este motivo no sólo espera, sino que llama a Dios: “Tú, Señor, eres nuestro padre”. El hombre, reconociendo que pecó al no haber invocado a Dios como Padre, y que por ello ha merecido que le escondiera su propio rostro, pide que regrese “por amor de sus servidores”, y se coloca en una situación de completo abandono en las manos de su Señor, porque “nosotros somos el barro, Tú, nuestro alfarero y todos nosotros la obra de tus manos” (cfr. Is, 64, 6-7).

De aquí que no podamos más que agradecer a Dios: “hemos sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia” (1Cor. 1, 5), para que seamos encontrados “irreprensibles en el día del Señor”.

Todo esto nos empuja a estar vigilantes, porque no conocemos “el momento preciso” en que Él regresará a casa. La “casa” puede ser tomada como imagen de la comunidad cristiana, que se preparara a acoger, de manera vigilante, por medio de una vida en oración y por las obras, a “su dueño”; pero es también el hogar espiritual de cada uno, que debe ser edificado cada día.

Cada uno debe cuidar y llevar a cabo lo que Dios le ha confiado, vigilando para no encontrarse sin preparación cuando venga el Señor. El tiempo de Adviento nos llama a reforzar el espíritu de oración, tratando de combatir la negligencia y la debilidad que lleva a ceder frente al pecado.

El Beato John Henry Newman escribe en su diario espiritual: “Vigilar: ¿qué quiere decir, por Cristo? Estar vigilantes. […] Vigilar con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado. Es no olvidar que Él ha sufrido por nosotros; es perdernos en la contemplación atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio ser la pasión y la agonía de Cristo; es revestirnos con alegría de aquel manto de aflicción con el que Cristo quiso primero vestirse y después dejarlo para irse al cielo. Es despegarse del mundo sensible y vivir en el no sensible. Así Cristo vendrá y lo hará en el modo en que lo dijo que lo hará” (J. H. NEWMAN, Diario spirituale e meditazione, 93).

Que en este fascinante tiempo de Adviento nos acompañe la Santísima Virgen María, Madre de la espera y del silencio. Ella, que más que ninguna otra criatura supo acoger humildemente la voluntad de Dios, permitiendo así la obra de la Redención, sostenga la oración, las obras y la auténtica y permanente renovación del Cuerpo eclesial en la santidad.

Catecismo de la Iglesia Católica

… esperando que todo le sea sometido

671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Ts 2, 7), a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y “mientras no […] haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 20; cf. 1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tribulación” (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel

673 Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32). Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Ts 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios (cf. 2 Ts 2, 3-12).

674 La venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia (cf. Rm 11, 31), se vincula al reconocimiento del Mesías por “todo Israel” (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que “una parte está endurecida” (Rm 11, 25) en “la incredulidad” (Rm 11, 20) respecto a Jesús . San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: “Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas” (Hch 3, 19-21). Y san Pablo le hace eco: “si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?” (Rm 11, 5). La entrada de “la plenitud de los judíos” (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de “la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al pueblo de Dios “llegar a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13) en la cual “Dios será todo en nosotros” (1 Co 15, 28).

La última prueba de la Iglesia

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris, condenando “los errores presentados bajo un falso sentido místico” “de esta especie de falseada redención de los más humildes”; GS 20-21).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.

  • Carlos Rivas

    Muchas gracias por tus aportaciones tan pertinentes, para que podamos preparar nuestras homilías.

    • Gracias Carlos. Me alegro que te sean útiles. Dios te conceda un ministerio lleno de frutos y oramos unos por otros. Un saludo fraterno.