Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret (B) – Homilías

Lecturas (Domingo dentro de la Octava de Navidad: Sagrada Familia de Nazaret – Ciclo B)

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-1ª Lectura: Eclo 3, 2-6. 12-14 : El que teme al Señor honra a sus padres
-Salmo: Sal 127 : Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos
-2ª Lectura: Col 3, 12-21 : La vida de familia vivida en el Señor
+Evangelio: Lc 2, 22-40 : El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Beato Pablo VI, papa

Alocución: El ejemplo de Nazaret

Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964 – Liturgia de las Horas

La casa de Nazaret es la escuela donde somos iniciados a comprender la vida de Jesús, es decir, la escuela del Evangelio.

Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios. Hasta aprendemos, casi sin darnos cuenta, a imitar.

Aquí se nos revela el método que nos permitirá conocer quién es Cristo. Aquí descubrimos la necesidad de observar el ambiente que rodeó su vida entre nosotros: los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, los ritos sagrados, todo cuanto le sirvió a Jesús para manifestarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene sentido.

Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.

¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos empezar a aprender de nuevo, junto con María, la verdadera ciencia de la vida y la más alta sabiduría de la verdad divina!

Pero sólo estamos de paso y nos es necesario abandonar el deseo de seguir conociendo en esta casa, la jamás acabada formación al estudio del Evangelio. Pero no dejaremos este lugar sin haber recogido, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la casa de Nazaret.

En primer lugar nos enseña el silencio. Ojalá se renovara en nosotros el amor al silencio, esta admirable e indispensable atmósfera del espíritu, tan necesaria para nosotros, que estamos aturdidos por tantos ruidos, rumores y voces estridentes en la agitada y tumultuosa vida de nuestro tiempo. Silencio de Nazaret, enséñanos a ser perseverantes en las buenas decisiones, atentos a la vida interior, listos para secundar las inspiraciones secretas de Dios y las exhortaciones de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente preparación, del estudio, de la meditación, de la vida interior, de la oración que sólo Dios ve en lo secreto.

Aquí descubrimos cómo vivir en familia. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado inviolable nos ayude a ver lo dulce e irreemplazable que es la educación en familia, nos enseñe su función natural en el plano social.

Finalmente, aquí aprendemos la lección del trabajo. ¡Oh morada de Nazaret, la casa del hijo del carpintero! Cómo deseamos comprender y celebrar sobre todo en este lugar la austera pero redentora ley de la fatiga humana, ennoblecer aquí la dignidad del trabajo para que todos lo aprecien, recordar aquí, bajo su techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su excelencia y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo del llamado valor económico, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.

Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al profeta de todas sus causas justas, es decir, a Cristo nuestro Señor.

San Cirilo de Alejandría, obispo

Homilía: Cristo tomó la condición de esclavo

Hom. 12: PG 77, 1042.1047.1050 – – Liturgia de las Horas

Al asumir la condición de esclavo, Cristo, en cierto modo, fue contado entre los siervos

Acabamos de ver al Emmanuel acostado en un pesebre como un niño recién nacido, envuelto en pañales según la humana costumbre, pero divinamente celebrado por el santo ejército de los ángeles. Estos serán los encargados de anunciar a los pastores su nacimiento. Pues Dios Padre otorgó a los celestes espíritus este altísimo privilegio: ser los primeros en predicar a Cristo. Acabamos de ver también hoy cómo Cristo se somete a las leyes mosaicas; más aún, hemos visto cómo Dios, el legislador, se sometía, como un hombre cualquiera, a sus propias leyes. Esta es la razón por la que el sapientísimo Pablo nos da esta lección: Cuando éramos menores estábamos esclavizados por lo elemental del mundo. Pero, cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Así pues, Cristo rescató de la maldición de la ley a los que estaban bajo la ley, pero no a los que eran observantes de la ley. Y ¿cómo los rescató? Cumpliéndola. O dicho de otro modo, mostrándose morigerado y obediente en todo a Dios Padre, a fin de reparar los pecados de prevaricación cometidos en Adán. Pues está escrito que así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos. Por tanto, sometió como nosotros la cerviz al yugo de la ley, y lo hizo por razones de justicia.

Convenía, en efecto, que él cumpliera toda la justicia. Pues al asumir realmente la condición de siervo, quedaba, por su humanidad, inscrito en el número de los súbditos: pagó, como uno de tantos, a los que cobraban el impuesto de las dos dracmas, aun cuando por su calidad de Hijo era naturalmente libre y exento del tributo.

Ahora bien, al verle observar la ley, cuidado no te escandalices ni lo catalogues entre los siervos, a él que es libre; esfuérzate más bien en penetrar la profundidad del plan divino. Al cumplirse, pues, los ocho días, en cuya fecha y por prescripción de la ley, era costumbre practicar la circuncisión de la carne, le impusieron un nombre, y precisamente el nombre de Jesús, que significa Salvación del pueblo.

Tal fue, en efecto, el nombre que Dios Padre eligió para su Hijo, nacido de mujer según la carne. Pues fue ciertamente en ese momento cuando de manera muy especial se llevó a cabo la salvación del pueblo: y no de un solo pueblo, sino de muchos, mejor, de todas las naciones y de la universalidad de la tierra. A un mismo tiempo fue circuncidado y se le impuso el nombre, convirtiéndose efectivamente Cristo en luz que alumbra a las naciones y, a la vez, en gloria de Israel. Y si bien hubo en Israel algunos injustos, obstinados e insensatos, no obstante un resto fue salvado y glorificado por Cristo. Las primicias fueron los discípulos del Señor, cuya gloria resplandece en todo el mundo. Otra gloria de Israel es que Cristo, según la carne, procede de su raza, si bien, en cuanto Dios, está sobre todos y es bendito por los siglos. Amén.

Nos presta, pues un buen servicio el sapientísimo evangelista al relatarnos todo lo que por nosotros y para nosotros soportó el Hijo hecho carne, sin desdeñarse en asumir nuestra pobreza, a fin de que le glorifiquemos como Redentor, como Señor, como Salvador y como Dios, porque a él y, con él a Dios Padre, le es debida la gloria y el poder, juntamente con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II, papa

Ángelus, 27-12-1981

1. Hoy nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hacia la Sagrada Familia de Nazaret. Mediante el misterio de la Navidad del Señor, el Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre, viniendo a formar parte de la familia humana. Dios, que es Amor, ha entrado en una familia, queriendo hacer así de ella un lugar particular del amor y una verdadera “Iglesia doméstica”.

Sólo conocemos algunos hechos de la historia de la Familia Nazarena; sin embargo, cada uno de ellos está lleno de elocuencia. El pasaje del Evangelio de San Lucas, que leemos hoy, recuerda la presentación del Niño en el templo de Jerusalén, a los 40 días de su nacimiento en Belén: “Llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor” (Lc 2, 22). De este modo cumplieron el deber previsto por la ley de la Antigua Alianza, que establecía: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor” (cf. Ex 13, 2).

Sin embargo, ninguno de los hijos de los hombres, que ha venido al mundo en cualquier tiempo, en cualquier familia humana, ha sido tan consagrado a Dios como Jesús, ya en la misma concepción y en su nacimiento. Por tanto, Él revela más plenamente a la humanidad esta verdad, a saber, que la familia humana es la comunidad en la que nace el hombre a fin de vivir para Dios y para los hombres. Nace para vivir a medida de estos destinos, que tienen su comienzo en el Amor eterno.

2. Durante el Sínodo de los Obispos de 1980, dedicado a la misión de la familia cristiana, la Iglesia rezó la siguiente oración, que yo mismo compuse y que ahora os invito a seguir, mientras la repito ante vosotros:
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra,
Padre, que eres Amor y Vida,
haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta,
por medio de tu Hijo, Jesucristo, “nacido de Mujer”,
y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina,
en verdadero santuario de la vida y del amor
para las generaciones que siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos
hacia el bien de sus familias
y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo
para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis,
por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret,
que la Iglesia en todas las naciones de la tierra
pueda cumplir fructíferamente su misión
en la familia y por medio de la familia.

Por Cristo nuestro Señor que es el camino, la verdad y la vida,
por los siglos de los siglos. Amén.

3. […] “Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado: “Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (Exh. Apost. Familiaris consortio, 86).

En este espíritu oremos hoy, abrazando con el pensamiento y con el corazón a todas las familias del mundo entero.

Ángelus, 30-12-1984

1. “El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo“.

Esta concepción por obra del Espíritu Santo da comienzo a la vida humana del Verbo eterno. Es concebido en el seno de la Virgen Madre Él que es engendrado eternamente por el Padre como Hijo consustancial con Él.

La concepción por obra del Espíritu Santo es premisa para el nacimiento de Dios. En el tiempo establecido para ello, el Hijo de Dios, concebido en el seno de la Virgen, viene al mundo la noche de Belén y se revela como Hombre.

Con el nacimiento de Jesús de Nazaret alcanza fecunda plenitud, en medio de la humanidad, esta Familia maravillosa en la que el Hijo de Dios llegó a ser Hombre.

Antes de la concepción por obra del Espíritu Santo, María era ya esposa de José; y tras el nacimiento ―también éste por obra del Espíritu Santo―, el esposo de la Virgen pasa a ser ante los hombres “padre putativo” de Jesús. A él se concedió compartir la solicitud del mismo Padre eterno hacia su Hijo eterno, que nació en cuanto hombre la noche de Belén.

2. Hoy se dirige la Iglesia con veneración y amor particular a la Sagrada Familia de Nazaret. Al mismo tiempo se dirige a todas las familias humanas, a través de esta Familia única en la historia de la humanidad. Y ora por ellas.

Con las palabras del Apóstol, que se oyen en la liturgia de este domingo, les dice:

“La paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón” (Col 3, 15).

“La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza” (Col 3, 16).

Toda familia comienza con la alianza matrimonial del hombre y la mujer, y éstos llegan a ser padres colaborando con la potencia creadora de Dios.

En el misterio del nacimiento de Dios están llamados a mirar con los ojos de la fe su vocación, tanto humana como cristiana.

La salvación del mundo vino a través del corazón de la Sagrada Familia y se enraizó en la historia del hombre una vez por siempre.

La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad de los pueblos y sociedades pasa siempre por el corazón de toda familia. Aquí se forma.

Oremos hoy por todas las familias del mundo para que logren responder a su vocación tal y como respondió la Sagrada Familia de Nazaret.

Oremos especialmente por las familias que sufren, pasan por muchas dificultades o se ven amenazadas en su indisolubilidad y en el gran servicio al amor y a la vida para el que Dios las eligió.

Ángelus, 27-12-1987

1. Este domingo, que viene a continuación de la solemnidad de la Natividad del Señor, la Iglesia lo dedica a la celebración de la Sagrada Familia. Después de haber concentrado nuestra atención los días pasados en el misterio del Hijo, de Dios que se ha hecho un Niño para la salvación de todos, se nos invita a meditar en esa cuna de amor y de acogida que llamamos “familia”.

El nombre oficial de la fiesta litúrgica es “Sagrada Familia: Jesús, María y José”. Y el título expresa por sí solo toda la sublime realidad de un hecho humano-divino, al presentar ante nosotros un modelo que reproducir en la vida, para que cada familia, especialmente la cristiana, se empeñe en realizar en sí misma esa armonía, honradez, paz, amor, que fueron prerrogativas admirables de la Familia de Nazaret.

2. La santidad de la familia es el camino real y el recorrido obligado para construir una sociedad nueva y mejor, para volver a dar esperanza en el futuro a un mundo sobre el que pesan tantas amenazas. Por eso, las familias cristianas de hoy han de saber aprender de ese núcleo de amor y de entrega sin reservas que fue la Sagrada Familia. El Hijo de Dios hecho un niño, como todos los nacidos de mujer, recibía allí continuamente los cuidados de la Madre. María, que siempre había permanecido Virgen, consagraba diariamente su vida a la sublime misión de la maternidad, y por eso también hoy todas las generaciones la llaman bienaventurada. José, designado para proteger el misterio de la filiación divina de Jesús y la maternidad virginal de María, cumplía su papel, de forma consciente, en silencio y en obediencia a la voluntad divina. ¡Qué escuela, qué misterio!

3. El Hijo de Dios vino a la tierra para salvar a todos los seres humanos, transformándolos profundamente desde dentro, para hacerlos semejantes a Él, Hijo del Padre celestial. Para llevar a cabo esa misión, pasó la mayor parte de su vida terrena en el seno de una familia, con el fin de hacernos comprender la importancia insustituible de esta primera célula de la sociedad, que contiene virtualmente todo el organismo.

La familia de por sí es sagrada, porque sagrada es la vida humana, que solamente en el ámbito de la institución familiar se engendra, se desarrolla y perfecciona de forma digna del hombre. La sociedad del mañana será lo que sea hoy la familia.

Ésta, por desgracia, en la actualidad está sometida a toda clase de insidias por parte de quien busca herir su tejido y minar la natural y sobrenatural unidad, disgregando los valores morales sobre los que se funda con todos los medios que hoy pone a su alcance el permisivismo social, especialmente con los “massmedia”, y negando el principio esencial del respeto a la sacralidad de toda vida humana, desde el primer estadio de la existencia. Hay que recuperar el sentido vivo de las prerrogativas humanas y cristianas de la familia y de su inderogable función: la de ser una comunidad profundamente imbuida del amor, de modo que ofrezca a la vida que nace un nido cálido y seguro, en el que el nuevo ser humano pueda educarse en la estima de sí mismo y de los demás, reconociendo los verdaderos valores, conociendo y amando al Padre celestial “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15).

Queridos hermanos y hermanas: Recemos a Jesús, María y José, para que renazca por todas partes el don inigualable de la santidad de la familia.

Homilía (10-05-1988)

MISA PARA LAS FAMILIAS EN EL AEROPUERTO «EL ALTO». VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY
La Paz (Bolivia). Martes 10 de mayo de 1988

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 128 [127], 1).

1. A todos los que escucháis quiero hacer llegar la bendición anunciada en el Salmo de la liturgia de este día. ¡Dios Omnipotente, nuestro Padre y Creador, bendiga a todos! Saludo en primer lugar con afecto fraterno a Monseñor Luis Sáinz, Pastor de esta Iglesia local. Saludo así mismo a todos mis amados hermanos obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los fieles de esta ciudad capital y de la arquidiócesis de La Paz, y a todo el Pueblo de Dios que habita en Bolivia.

Con especial predilección saludo también a la familia aymara, con quienes me encuentro par primera vez: Munata jilanaca, jumanacaja, chuymajantawa. (Queridos hermanos y hermanas, vosotros estáis en mi corazón).

A todos os traigo el ósculo de la paz, como Obispo de Roma que viene a vosotros desde la Sede del Apóstol Pedro. A todos os deseo que caminéis por los caminos del Señor, dejándoos guiar por el temor de Dios que es el “comienzo de la sabiduría” (Pr 9, 10).

2. De modo particularquiero dirigirme a todas las familias bolivianas sin excepción.

La liturgia de hoy nos hace partícipes de la vida de la Sagrada Familia, en el hogar de Nazaret. Dios inaugura la plenitud de los tiempos, en las circunstancias más normales y ordinarias: en una familia, en una casa, en una pequeña aldea de Galilea. Allí, junto a José, maestro carpintero, vive y trabaja Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre y nacido de la Virgen María. En esta familia, el que sería la salvación del mundo, aprende como cualquier niño a caminar por la vida. El Hijo de Dios vive en Nazaret hasta que cumple treinta años, junto a su madre terrena y junto a aquel que, por encargo del Padre del cielo, asume la responsabilidad de padre en la tierra.

El Evangelista compendia en una sola frase aquellos años de vida oculta: “El niño iba creciendo y robusteciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba” (Lc2, 40).

La Sagrada Familia, ejemplo y modelo de toda familia cristiana, manifiesta los ideales que, según el eterno designio de Dios, toda familia debe buscar para ser digna del nombre con el cual ha sido designada por la tradición cristiana: iglesia doméstica.

3. El Salmo que hemos cantadonos muestra la vida familiar y matrimonial donde todos y cada uno –el padre, la madre y los hijos–, hallan su lugar adecuado. Siendo fieles a la propia vocación, dentro de la familia, encuentran también –junto con la bendición divina– una verdadera felicidad humana.

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 128 [127], 1).

Dichoso el esposo que, como San José, manifiesta su amor ganando el sustento para su casa con el trabajo de sus manos. “Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien” nos dice el Salmo (Sal 128 [127], 2).

Vuestra sabiduría ancestral, queridos hermanos de Aymara, enseña: Jani lun thata: No seas ladrón. Jani qaira: no seas flojo. Jani kari: no seas mentiroso.

Son éstas unas virtudes que, aplicadas a vuestro trabajo, han de ser manifestación del amor a Dios y al prójimo, ejemplo de fortaleza para vuestros hijos, y que traerán la felicidad a vuestras familias.

Dichosa la esposa, cuya maternidad compara el Salmista a la “vid fecunda” (Ibíd. 3),  mujer y madre, corazón de la familia, que constituye verdaderamente la “intimidad de la casa” (Ibíd.), y en torno a la cual todos se congregan sintiendo su amor solícito. La mujer, como María, con su amor y su trabajo, oculto y esforzado, da consistencia al hogar.

Dichosos los hijos, –en palabras del Salmo– que crecen desde niños en la familia “como brotes de olivo” (Ibíd.). No sólo “en torno a la mesa común” (Ibíd.), sino sobre todo en torno a sus padres, que deben ser el mejor modelo para “crecer en sabiduría y gracia” como Jesús en Nazaret.

Dichosa, finalmente, la sociedad que permite y hace posible que crezcan dignamente sus familias, que favorece el sereno y fecundo desarrollo de la vocación de cada uno dentro de los hogares.

4. Dios es amor. Así nos lo muestra la Sagrada Familia, ya que ninguna otra cosa puede ocupar el centro de la vida familiar, y de toda vida cristiana sino el amor. Es más, según el designio divino, la familia está constituida precisamente como “íntima comunidad de vida y de amor” (Gaudium et spes, 48; cf. Familiaris consortio, 17)  y a ella le compete “la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la comunidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia, su esposa” (Familiaris consortio, 17).

Por el amor conyugal, el hombre y la mujer “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6; Gen 2, 24),  llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total (Familiaris consortio, 19).

Dios Padre quiso, además, confirmar, purificar y elevar a la perfección la unión entre varón y mujer, convirtiéndola en sacramento grande, símbolo de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf Ef 5, 32). En este misterio, el Espíritu Santo da a los esposos la gracia necesaria para desarrollar esta comunión de vida y mantenerla indisoluble hasta la muerte (Familiaris consortio, 19-20).  Por eso, siguiendo la enseñanza de Jesucristo, es preciso recordar con firmeza la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio, haciendo llegar la ayuda maternal de la Iglesia a “cuantos consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona de por vida, y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad” (Ibíd. 20).

Hermanos míos … No os dejéis seducir por el fácil recurso al divorcio, ni rechacéis la gracia del sacramento, optando por modos de unión contrarios al querer de Dios y a la ley natural, como el concubinato, en donde no puede estar presente el amor pleno. Ayudad a vuestros amigos, parientes y conocidos que puedan hallarse todavía en estas situaciones, o en lo que vosotros llamáis “sirviñacuy”, a que entiendan el verdadero significado del matrimonio cristiano y lleguen, con la gracia de Dios, a la riqueza y plenitud del sacramento, como os han aconsejado vuestros obispos (cf. Episcopado boliviano, Epistula Pastoralis «De familia», 109). Sólo un matrimonio indisoluble puede ser la base firme y duradera de una comunidad familiar, que cumpla su vocación de centro de manifestación y difusión del amor. “El amor no pasa nunca” (1Co 13, 8), nos dice San Pablo.

5. El verdadero amor es fiel. Construid, pues vuestra familia, vuestro hogar sobre la base de la fidelidad, de la donación sin reservas, dando vida en vosotros al amor que “es comprensivo, es servicial, no busca su interés, no se irrita, todo lo excusa, todo lo soporta” (Ibíd. 13, 4-7), compartiendo bienes, alegrías y sufrimientos.

El amor es grande y auténtico no sólo cuando parece sencillo y agradable, sino también y sobre todo cuando se confirma en las pequeñas o grandes pruebas de la vida. Los sentimientos que animan a las personas manifiestan su más honda consistencia en los momentos difíciles. Es entonces cuando arraigan en los corazones la entrega mutua y el cariño, porque el verdadero amor no piensa en sí mismo, sino en cómo acrecentar el verdadero bien de la persona amada.

Las pequeñas discrepancias, lógicas en una convivencia tan intensa, no deben enfriar la mutua unión; han de ser motivo para renovar la donación generosa. Vuestras familias cristianas y bolivianas deben ser un remanso de paz donde, por encima de las pequeñas contrariedades cotidianas, se pueda palpar un amor hondo y sincero, una serenidad profunda, fruto del cariño y de una fe real y vivida.

Evitad asimismo la altanería, el amor propio, que es el mayor enemigo de la armonía entre los esposos. No huyáis de las obligaciones familiares poniendo el corazón en otros objetivos –como los problemas del trabajo, de la sociedad o de la política–, o peor aún, buscando refugio en la bebida excesiva u otros hábitos degradantes para la persona, o en una liberación femenina que no proporciona, sino que subyuga aún más a la mujer.

La familia debe ser vuestro lugar de encuentro con Dios. Cada familia está llamada por el Dios de la paz a construir día a día su felicidad en la comunión. En esta ciudad, que vive bajo la advocación de la Reina de la Paz, os aliento a acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, a la comunión del único Cuerpo de Cristo y a cuidar el cumplimiento del precepto dominical. Fundaréis así sólidamente la presencia del amor de vuestras familias y vuestra paz en Cristo será fuente de felicidad para toda Bolivia (Familiaris consortio, 21).

6. El auténtico amor de Dios dentro de la comunión matrimonial se manifiesta necesariamente en una actitud positiva ante la vida, y fructifica en la procreación, como enseñó el Papa Pablo VI: “Todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de la vida” (Humanae vitae, 11),  El anticoncepcionismo es una falsificación del amor conyugal, que convierte el don de participar en la acción creadora de Dios en una mera convergencia de egoísmos mezquinos (Familiaris consortio, 30 y 32).

Además, defender la vida es defender la dignidad de las personas. Es defender vuestra patria, vuestros recursos naturales y vuestra riquísima cultura y tradiciones. No permitáis que otros, persiguiendo propios intereses materiales, os impongan soluciones que pretenden induciros a cegar las fuentes de la vida; ni toleréis la injusticia de que condicionen la ayuda económica para la promoción de vuestras comunidades a la limitación de los nacimientos (Sollicitudo rei socialis, 25).

La Iglesia, como Madre y Maestra, sabe que los esposos pueden pasar por situaciones difíciles y, en consecuencia, quiere ayudarles a encontrar los modos de resolverlas según el designio divino. También aquí, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos será la sólida base sobre la cual edificar la cooperación con la divina Providencia (Familiaris consortio, 33) .

Y, ¿cómo no recordar en este momento, que si no se pueden poner obstáculos a la vida, menos aún se puede eliminar a pequeños no nacidos aún, como se hace con el aborto? Quien niegue la defensa del ser humano más inocente y débil, esto es, la persona humana ya concebida pero todavía no nacida, cometerá una gravísima violación del orden moral y de los derechos humanos, que ninguna persona o institución puede justificar (cf. Gaudium et spes, 51; Homilía durante la santa misa para las familias, Madrid, 2 de noviembre de 1982).

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 128 [127], 1).  Dichosos los esposos que aceptan el amor del Señor en el amor mutuo, dando vida a nuevos seres, creados a imagen y semejanza de Dios, que serán su alegría y el sentido de sus vidas.

7. El Evangelio que acabamos de proclamar nos muestra en detalle una escena muy significativa de la Sagrada Familia con ocasión de las fiestas de la Pascua: Jesús, muchacho de doce años, sube a Jerusalén con sus padres, y se queda en el templo, de modo que no lo encuentran hasta después de tres días de haber emprendido el regreso a Nazaret. El Evangelista nos cuenta cómo lo buscaron, y cómo finalmente “lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc2, 46).

Jesús, de manos de María y de José, sube al templo como nos narra San Lucas. También vosotros, como Jesús, María y José, habéis de ir a la casa del Señor. En vuestras iglesias y parroquias, sed asiduos en la oración, en los sacramentos, en la catequesis, llevando a vuestros hijos por los caminos del bien mediante la constante y íntegra educación en las verdades de la fe y de las virtudes cristianas.

El niño debe recibir de sus padres y del ambiente familiar la primera catequesis. Las breves oraciones que le enseñan sus padres son el principio de un diálogo cariñoso con ese Dios oculto, cuya Palabra comienzan a escuchar más tarde, en la escuela y en el templo, donde son introducidos de una manera progresiva y pedagógica en la vida de Dios y de su Iglesia (Catechesi tradendae, 36).

La acción del amor de Dios en el amor de los padres y de los hijos se manifiesta como principio de construcción de la Iglesia. Una deseada primavera de vocaciones sacerdotales y religiosas que sigan más de cerca a Jesús, tiene estrecha relación con la vida en familia. Donde sea normal acoger la vida como don de Dios, donde el amor ponga a los niños en contacto inmediato con el Padre celestial, es fácil que se oiga su voz y encuentre una acogida generosa para entregarse al servicio total de los hermanos en la Iglesia.

8. Al encontrar a Jesús en el templo, nos cuenta el Evangelista San Lucas que su Madre le preguntó: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. El les contestó: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc2, 49). ¡Cómo nos hace meditar la respuesta de Jesús a su Madre!A los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la Divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (cf. Ibíd. 2, 48. 50).

¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios al servicio de los demás; una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para vosotros y para vuestros hijos.

Pero María guardaba todas estas cosas en su corazón, concluye el Evangelista (cf. Ibíd. 2, 50. 51). Como nos manifiesta el último Concilio, María, guiada por la luz interior del Espíritu Santo desde el momento de la Anunciación, seguía a su divino Hijo en “la peregrinación de la fe”, y en ese camino se mantuvo hasta la cruz en el Gólgota (cf. Lumen gentium, 58-61).

María siempre, y de modo particular en este Año Mariano, acompañará a las familias bolivianas, y a toda la gran familia de la Iglesia en este país, siendo su fundamento oculto y silencioso, firme en las adversidades y fuente de sus alegrías.

También la esposa boliviana, estrechamente unida a María Santísima, ha de ser la base, columna y consuelo de los esposos y hijos de esta tierra, cualesquiera que sean las dificultades que deban superar, para poder caminar todos por las sendas del Señor con la seguridad de su guía maternal.

9. Cuando ayer, sobrevolaba los nevados andinos, me aproximaba a esta querida ciudad, pude apreciar, tras el inmenso altiplano, el espléndido lago azul, el Titicaca, en cuyas orillas, en Copacabana, se venera a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que ha querido quedarse junto a sus hijos, para compartir sus penas y alegrías.

María es fruto de ese amor maravilloso de Dios a los hombres. El amor es a su vez el mayor don de Dios y la virtud más grande del hombre. Por el amor se construye la familia y la comunidad, y sólo el amor permanecerá para siempre en nuestra eterna unión con Dios.

Por tanto, ¿qué cosa puedo desearos más ardientemente, queridos hijos y hijas de esta tierra boliviana, sino aquel amor del que nos habla San Pablo en su Carta a los Corintios? ¿Qué cosa mejor puedo desearos a vosotros esposos, madres, hijos; a ti, familia boliviana?

No existe un don más grande que el verdadero amor; y no existe mayor bien para la persona y para la comunidad que el amor.

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 128 [127], 1).

¡Caminad por las sendas del Señor! Las sendas del Señor son el amor. El amor es lo más grande (cf. 1Co 13, 13).

Ángelus, 30-12-1990

1. La fiesta de la Sagrada Familia, que celebramos hoy, nos lleva con el pensamiento a la casa de Jesús, de su madre y de su padre putativo. La liturgia nos hace recorrer una línea no sólo geográfica, sino también espiritual, que va desde Belén, lugar del nacimiento del Niño, hasta Jerusalén, lugar de su oblación a Dios, y desde Egipto, lugar del refugio de la primera persecución, hasta Nazaret en Galilea, patria de María. Allí se establece esa familia de artesanos, compuesta por José, carpintero, María, ama de casa; y Jesús, al que le quedará el sobrenombre de “hijo del carpintero” (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3).

Esa familia de pobres se encuentra en el centro de la economía de la salvación como custodio del misterio de la Encarnación, pero también como espejo de los pobres, de los necesitados, cuya exaltación cantó María (cf. Lc 1, 52-53) y cuya bienaventuranza proclamaría Jesús (cf. Mt 5, 3)

2. La familia de Nazaret, sin embargo, no se encuentra en la condición de los miserables, de los que nada poseen, o de los llamados “proletarios” que con la revolución industrial irán multiplicándose y terminarán constituyendo una enorme masa de hombres obligados a trabajar y a vivir en un estado de inseguridad y de envilecimiento.

Sensible a la situación de estas personas, León XIII intervino con la encíclica “Rerum novarum” no sólo para proponer a la atención de todos el ejemplo de la Sagrada Familia, sino también para defender los derechos humanos y civiles de los esposos y de sus hijos. El gran Pontífice presenta a la familia como “sociedad doméstica, sociedad pequeña, pero verdadera y anterior a todo tipo de sociedad civil y, por tanto, con derechos y obligaciones independientes del Estado”.

3. La familia es una institución que tiene su fundamento en la ley natural: de allí -insiste León XIII- el derecho de la familia a adquirir los bienes económicos necesarios para su mantenimiento, de allí la prioridad de los derechos de la familia sobre la sociedad civil y el Estado en lo que atañe al matrimonio y la educación de los hijos; y de allí la función de apoyo, que el Estado debe desempeñar con respecto a la familia. La enseñanza de la Rerum novarum es clara: “Si el hombre, si la familia, al entrar a formar parte de la sociedad civil, no encontraran en el Estado ayuda, sino ofensa y no encontraran tutela, sino disminución de sus propios derechos, sería mejor rechazar que desear la convivencia civil…”.

Por la misma razón, León XIII, que tenía presente de forma especial a la masa obrera, cuyas familias son las más necesitadas de tutela y de apoyo, reivindicaba para los trabajadores un salario justo que les permitiera vivir decorosamente y proveer también a un ahorro razonable.

Es una enseñanza de cosas sanas y buenas, que la Iglesia no puede menos de repetir también hoy, exhortando a todos a esforzarse especialmente por solucionar el problema de la seguridad del trabajo y de la casa, y por practicar esa parsimonia que es fruto de virtud y manantial de verdadero bienestar.

Esta línea de sabiduría, en el trabajo y en la vida, nos viene de la familia artesana de Nazaret, cuya luz y bendición recibimos principalmente en este día.

Ángelus, 26-12-1993

1. … Fue allí [en Nazaret] donde, en la Anunciación, «la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1 14). Fue allí donde Cristo, viviendo bajo la mirada amorosa de la Virgen santísima y de san José, valorizó y santificó la familia.

Hace casi exactamente treinta años, el 5 de enero de 1964, mi venerado predecesor Pablo VI, precisamente desde la basílica de la Anunciación en Nazaret, pronunciaba una vigorosa meditación, que conserva una palpitante actualidad. Presentaba a Nazaret como escuela de Evangelio y escuela de vida familiar. «Enseñe Nazaret —decía— lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología».

2. Hoy es más urgente que nunca, amadísimos hermanos y hermanas, redescubrir el valor de la familia, como comunidad basada en el matrimonio indisoluble de un hombre y de una mujer que en el amor funden juntos su existencia y se abren al don de la vida; redescubrir la familia como ambiente vital donde cada niño que viene al mundo es acogido, desde su concepción, con ternura y gratitud, y encuentra todo lo que necesita para crecer serenamente, como dice el evangelio refiriéndose a Jesús, «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). El redescubrimiento de ese originario plan divino es de importancia decisiva, en la crisis que atraviesa la humanidad en nuestra época. El futuro depende, en gran parte, de la familia, pues, como escribí en el mensaje para la próxima Jornada mundial de la paz, «lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad, su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz» (n. 2; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de diciembre de 1993, p. 5).

3. Encomendamos este Año … a la intercesión maternal de la Virgen de Nazaret.

Quiera Dios que sea un año de gracia, que traiga la consolidación de ese valor fundamental, y que sea un año de bendición para todas las familias, de consuelo y serenidad para cuantos viven una situación de crisis y dificultad.

Que toda familia del mundo pueda repetir con verdad lo que afirma el salmista: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal 133, 1).

Catequesis: sobre la Familia

Audiencia general, 29-12-1993

1. El domingo pasado, en la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia, la Iglesia ha dado inicio al Año de la familia, en sintonía con la iniciativa promovida por la Organización de las Naciones Unidas. La inauguración eclesial de ese Año se ha realizado con la eucaristía celebrada por el legado pontificio en Nazaret. En efecto, el Año de la familia debe ser sobre todo un año de oración, para implorar al Señor gracia y bendición para todas las familias del mundo.

Pero la ayuda que pedimos al Señor, como siempre, supone nuestro esfuerzo y exige nuestra correspondencia. Debemos pues, ponernos a la escucha de la palabra de Dios, valorando este año como ocasión privilegiada para una catequesis sobre la familia, realizada sistemáticamente en todas las Iglesias locales esparcidas por el mundo, a fin de ofrecer a las familias cristianas la oportunidad de una reflexión que les ayude a crecer en la conciencia de su vocación. En esta catequesis deseo, por tanto, ofrecer algunos puntos de meditación, tomados de varios pasajes de la sagrada Escritura.

2. Un primer tema nos lo propone el evangelio de san Mateo (2, 13-23) y se refiere a la amenaza que sufrió la Sagrada Familia casi inmediatamente después del nacimiento de Jesús. La violencia gratuita que pone en peligro su vida afecta también a muchas otras familias provocando la muerte de los santos inocentes, cuya memoria celebramos ayer.

Recordando esa terrible prueba vivida por el Hijo de Dios y sus coetáneos, la Iglesia se siente invitada a orar por todas las familias amenazadas desde dentro o desde fuera. Y ora, en particular, por los padres, cuya gran responsabilidad pone de relieve especialmente el evangelio de san Lucas. En efecto, Dios confía su Hijo a María, y ambos a José. Es preciso orar con insistencia por todas las madres y todos los padres, para que sean fieles a su vocación y sean dignos de la confianza que Dios deposita en ellos al encomendarles el cuidado de sus hijos.

3. Otro tema es el de la familia como lugar donde madura la vocación. Podemos ver este aspecto en la respuesta que dio Jesús a María y a José, que lo buscaban angustiados mientras él se encontraba con los doctores en el templo de Jerusalén: “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). En la carta que dirigí a los jóvenes de todo el mundo el año 1985 con ocasión de la Jornada de la juventud, quise destacar el gran valor que tiene ese proyecto de vida que cada joven debe tratar de elaborar precisamente durante el tiempo de su juventud. Como Jesús, a sus doce años, estaba completamente entregado a las cosas del Padre, así cada uno está llamado a plantearse la pregunta: ¿Cuáles son esas “cosas del Padre”, de las que debo ocuparme durante toda la vida?

4. La parenesis apostólica, como se encuentra por ejemplo en las cartas de san Pablo a los Efesios y a los Colosenses, nos presenta otros aspectos de la vocación de la familia. Para los Apóstoles al igual que más tarde para los Padres dé la Iglesia, la familia es la iglesia doméstica. A esta gran tradición permanece fiel el Papa Pablo VI en su admirable homilía sobre Nazaret y sobre el ejemplo que nos da la Sagrada Familia: “Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable…” (cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española. 23 de enero de 1964. p. 3)

5. Así, desde el inicio, la Iglesia escribe su Carta a las familias, y yo mismo he querido seguir esa tradición, preparando una Carta para el Año de la familia, que se publicará dentro de poco tiempo. La Sagrada Familia de Nazaret es para nosotros un desafío permanente, que nos obliga a profundizar el misterio de la iglesia doméstica y de toda familia humana. Nos sirve de estímulo para orar por las familias y con las familias, y a compartir todo lo que para ellas constituye alegría y esperanza, pero también preocupación e inquietud.

6. La experiencia familiar, dentro de la vida cristiana, está llamada a convertirse en el contenido de un ofertorio diario, como una ofrenda santa, un sacrificio agradable a Dios (cf. 1 P 2, 5; Rm 12, 1). Nos lo sugiere también el evangelio de la presentación de Jesús en el templo. Jesús, que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12), pero también “signo de contradicción” (Lc 2, 34), desea aceptar este ofertorio de toda familia como acepta el pan y el vino en la eucaristía. Quiere unir esas alegrías y esperanzas humanas, pero también los inevitables sufrimientos y preocupaciones, propios de toda vida de familia, al pan y al vino destinados a la transubstanciación asumiéndolos así, en cierto modo, en el misterio de su cuerpo y su sangre. Este cuerpo y esta sangre nos los ofrece en la comunión como fuente de energía espiritual, no sólo para cada persona sino también para cada familia.

7. La Sagrada Familia de Nazaret nos ayude a comprender cada vez más profundamente la vocación de toda familia que encuentra en Cristo la fuente de su dignidad y de su santidad. En la Navidad Dios ha salido al encuentro del hombre y lo ha unido indisolublemente a sí: este “admirabile consortium” incluye también el “familiare consortium“. Contemplando esta realidad la Iglesia se pone de rodillas como ante un “gran misterio” (cf. Ef 5, 32): en la experiencia de comunión a que está llamada la familia ve un reflejo, en el tiempo, de la comunión trinitaria y sabe bien que el matrimonio cristiano no es sólo una realidad natural sino también el sacramento de la unidad esponsal de Cristo con su Iglesia. El concilio Vaticano II nos ha invitado a promover esta sublime dignidad de la familia y del matrimonio. Benditas las familias que sepan comprender y realizar este proyecto originario y maravilloso de Dios, caminando por las sendas marcadas por Cristo.

Catequesis: El Espíritu Santo en el crecimiento espiritual del joven Jesús

Audiencia general, 27-06-1990

1. San Lucas concluye el “evangelio de la infancia” con dos textos que abarcan todo el arco de la niñez y de la juventud de Jesús. Entre los dos textos se halla la narración del episodio del niño Jesús perdido y hallado durante la peregrinación de la Sagrada Familia al templo. En ninguno de estos dos pasajes se nombra explícitamente al Espíritu Santo, pero quien ha seguido al evangelista en la narración de los acontecimientos de la infancia y lo sigue en el capítulo sucesivo, en el que se recoge la predicación de Juan Bautista y el bautismo de Jesús en el Jordán, donde el protagonista invisible es el Espíritu Santo (cf. Lc 3, 16. 22), percibe la continuidad de la concepción y de la narración de Lucas, que comprende bajo la acción del Espíritu Santo también los años juveniles de Jesús, vividos en el silencioso misterio que luego constituirá siempre la dimensión más íntima de la humanidad de Jesús.

2. En los dos textos conclusivos del “evangelio de la infancia” el evangelista, después de habernos informado que, cumplido el rito de la presentación en el templo, “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret”, añade: “El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40). Y de nuevo, como conclusión de la narración sobre la peregrinación al templo y la vuelta a Nazaret, anota: “Jesús crecía en sabiduría, es estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). De estos textos resulta que existió realmente un desarrollo humano de Jesús, Verbo eterno de Dios que asumió la naturaleza humana al ser concebido y nacer de María. La infancia, la niñez, la adolescencia y la juventud son los momentos de su crecimiento físico como se realiza en todos los “nacidos de mujer”, entre los que también él se encuentra con pleno título, como afirma san Pablo (cf. Ga 4, 4).

Según el texto de Lucas, se dio también en Jesús un crecimiento espiritual. Como médico atento a todo hombre, Lucas tuvo cuidado de anotar la realidad integral de los hechos humanos, incluido el del desarrollo del niño, en el caso de Jesús así como en el de Juan Bautista, del que también escribe que “el niño crecía y su espíritu se fortalecía” (Lc 1, 80). De Jesús dice aún más específicamente que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría”; “crecía en sabiduría… y en gracia ante Dios y ante los hombres”; y también: “la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40. 52).

En el lenguaje del evangelista el “estar sobre” una persona elegida por Dios para una misión suele atribuirse al Espíritu Santo, como en el caso de María (Lc 1, 35) y de Simeón (Lc 2, 26). Eso significa trascendencia, señoría, acción íntima de Aquel que proclamamos “Dominum et vivificantem”. La gracia que, siempre según Lucas, estaba “sobre Jesús”, y en la que “crecía”, parece indicar la misteriosa presencia y acción del Espíritu Santo, en el que, según el anuncio del Bautista referido por los cuatro evangelios, Jesús habría de bautizar (cf. Mt 3, 11; Mc 1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 33).

3. La tradición patrística y teológica nos da una mano para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el “crecimiento en gracia y en sabiduría” en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de la gracia, la llama repetidamente “gratia Spiritus Sancti” (cf. Summa Theol., I-II, q. 106, a. 1), como don gratuito en el que se expresa y se concreta el favor divino hacia la creatura amada eternamente por el Padre (cf. I, q. 37, a. 2; q. 110, a. 1). Y, hablando de la causa de la gracia, dice expresamente que “la causa principal es el Espíritu Santo” (I-II, q. 112, a. 1 ad 1, 2).

Se trata de la gracia justificante y santificante, que hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (cf. I-II, q. 111, a. 1). “Según esta gracia se entiende la misión del Espíritu Santo y su inhabitación en el hombre” (I, q. 43, a. 3). Y en Cristo, por la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, por la excelsa nobleza de su alma, por su misión santificadora y salvífica hacia todo el género humano, el Espíritu Santo infundía la plenitud de la gracia. Santo Tomás lo afirma basándose en el texto mesiánico de Isaías: “Reposará sobre él el espíritu de Yahveh” (Is 11, 2): “Espíritu que está en el hombre mediante la gracia habitual (o santificante)” (III, q. 7, a. 1, sed contra); y basándose en el otro texto de Juan: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14) (Summa Theol., III, q. 7, aa. 9-10).

Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad.

4. Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que “son perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos dice Lucas que ‘Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto’ (Lc 4, 1). Por consiguiente, se hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa” (III, q. 7, a. 5). La sabiduría sobresalía entre esos dones.

5. Sería conveniente proseguir ilustrando el tema con las admirables páginas de santo Tomás, así como de otros teólogos que han investigado la sublime grandeza espiritual del alma de Jesús, en la que habitaba y obraba de modo perfecto el Espíritu Santo, ya en su infancia, y luego a lo largo de toda la época de su desarrollo. Aquí sólo podemos señalar el estupendo ideal de santidad que Jesús, con su vida, ofrece a todos, incluso a los niños y a los jóvenes, llamados a “crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres”, como Lucas escribe del niño de Nazaret, y como el mismo evangelista escribirá en los Hechos de los Apóstoles a propósito de la Iglesia primitiva, que “crecía en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31). Es un magnifico paralelismo, más aún, una repetición, no sólo lingüística sino también conceptual, del misterio de la gracia que Lucas veía presente en Cristo y en la Iglesia como continuación de la vida y de la misión del Verbo encarnado en la historia. De este crecimiento de la Iglesia bajo el soplo del Espíritu Santo son partícipes y actores privilegiados los numerosos niños que la historia y la hagiografía nos muestran como particularmente iluminados por sus santos dones. También en nuestro tiempo la Iglesia se alegra de saludarlos y proponerlos como imágenes límpidas del joven Jesús, lleno de Espíritu Santo.

Catequesis: La presentación de Jesús en el templo

Audiencia general 11-12-1996

1. En el episodio de la presentación de Jesús en el templo, San Lucas subraya el destino mesiánico de Jesús. Según el texto lucano, el objetivo inmediato del viaje de la Sagrada Familia de Belén a Jerusalén es el cumplimiento de la Ley: “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lc 2, 22-24).

Con este gesto, María y José manifiestan su propósito de obedecer fielmente a la voluntad de Dios, rechazando toda forma de privilegio. Su peregrinación al templo de Jerusalén asume el significado de una consagración a Dios, en el lugar de su presencia.

María, obligada por su pobreza a ofrecer tórtolas o pichones, entrega en realidad al verdadero Cordero que deberá redimir a la humanidad, anticipando con su gesto lo que había sido prefigurado en las ofrendas rituales de la antigua Ley.

2. Mientras la Ley exigía sólo a la madre la purificación después del parto, Lucas habla de “los días de la purificación de ellos” (Lc 2, 22), tal vez con la intención de indicar a la vez las prescripciones referentes a la madre y a su Hijo primogénito.

La expresión “purificación” puede resultarnos sorprendente, pues se refiere a una Madre que, por gracia singular, había obtenido ser inmaculada desde el primer instante de su existencia, y a un Niño totalmente santo. Sin embargo, es preciso recordar que no se trataba de purificarse la conciencia de alguna mancha de pecado, sino solamente de recuperar la pureza ritual, la cual, de acuerdo con las ideas de aquel tiempo, quedaba afectada por el simple hecho del parto, sin que existiera ninguna clase de culpa.

El evangelista aprovecha la ocasión para subrayar el vínculo especial que existe entre Jesús, en cuanto “primogénito” (Lc 2, 7. 23), y la santidad de Dios, así como para indicar el espíritu de humilde ofrecimiento que impulsaba a María y a José (cf. Lc 2, 24). En efecto, el “par de tórtolas o dos pichones” era la ofrenda de los pobres (cf. Lv 12, 8).

3. En el templo, José y María se encuentran con Simeón, “hombre justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel” (Lc 2, 25).

La narración lucana no dice nada de su pasado y del servicio que desempeña en el templo; habla de un hombre profundamente religioso, que cultiva en su corazón grandes deseos y espera al Mesías, consolador de Israel. En efecto, “estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2, 25), y “le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Mesías del Señor” (Lc 2, 26). Simeón nos invita a contemplar la acción misericordiosa de Dios, que derrama el Espíritu sobre sus fieles para llevar a cumplimiento su misterioso proyecto de amor.

Simeón, modelo del hombre que se abre a la acción de Dios, “movido por el Espíritu” (Lc 2, 27), se dirige al templo, donde se encuentra con Jesús, José y María. Tomando al Niño en sus brazos, bendice a Dios: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz” (Lc 2, 29).

Simeón, expresión del Antiguo Testamento, experimenta la alegría del encuentro con el Mesías y siente que ha logrado la finalidad de su existencia; por ello, dice al Altísimo que lo puede dejar irse a la paz del más allá.

En el episodio de la Presentación se puede ver el encuentro de la esperanza de Israel con el Mesías. También se puede descubrir en él un signo profético del encuentro del hombre con Cristo. El Espíritu Santo lo hace posible, suscitando en el corazón humano el deseo de ese encuentro salvífico y favoreciendo su realización.

Y no podemos olvidar el papel de María, que entrega el Niño al santo anciano Simeón. Por voluntad de Dios, es la Madre quien da a Jesús a los hombres.

4. Al revelar el futuro del Salvador, Simeón hace referencia a la profecía del “Siervo”, enviado al pueblo elegido y a las naciones. A él dice el Señor: “Te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes” (Is 42, 6). Y también: “Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is49, 6).

En su cántico, Simeón cambia totalmente la perspectiva, poniendo el énfasis en el universalismo de la misión de Jesús: “Han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc2, 30-32).

¿Cómo no asombrarse ante esas palabras? “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él” (Lc 2, 33). Pero José y María, con esta experiencia, comprenden más claramente la importancia de su gesto de ofrecimiento: en el templo de Jerusalén presentan a Aquel que, siendo la gloria de su pueblo, es también la salvación de toda la humanidad.

Catequesis: La profecía de Simeón asocia a María al destino doloroso de su Hijo

Audiencia general, 18-12-1996

1. Después de haber reconocido en Jesús la “luz para alumbrar a las naciones” (Lc 2, 32), Simeón anuncia a María la gran prueba a la que está llamado el Mesías y le revela su participación en ese destino doloroso.

La referencia al sacrificio redentor, ausente en la Anunciación, ha impulsado a ver en el oráculo de Simeón casi un “segundo anuncio” (Redemptoris Mater, 16), que llevará a la Virgen a un entendimiento más profundo del misterio de su Hijo.

Simeón, que hasta ese momento se había dirigido a todos los presentes, bendiciendo en particular a José y María, ahora predice sólo a la Virgen que participará en el destino de su Hijo. Inspirado por el Espíritu Santo, le anuncia: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ―¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!― a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35).

2. Estas palabras predicen un futuro de sufrimiento para el Mesías. En efecto, será el “signo de contradicción”, destinado a encontrar una dura oposición en sus contemporáneos. Pero Simeón une al sufrimiento de Cristo la visión del alma de María atravesada por la espada, asociando de ese modo a la Madre al destino doloroso de su Hijo.

Así, el santo anciano, a la vez que pone de relieve la creciente hostilidad que va a encontrar el Mesías, subraya las repercusiones que esa hostilidad tendrá en el corazón de la Madre. Ese sufrimiento materno llegará al culmen en la pasión, cuando se unirá a su Hijo en el sacrificio redentor.

Las palabras de Simeón, pronunciadas después de una alusión a los primeros cantos del Siervo del Señor (cf. Is 42, 6; 49, 6), citados en Lc 2, 32, nos hacen pensar en la profecía del Siervo paciente (cf. Is 52, 13 – 53, 12), el cual, “molido por nuestros pecados” (Is 53, 5), se ofrece “a sí mismo en expiación” (Is 53, 10) mediante un sacrificio personal y espiritual, que supera con mucho los antiguos sacrificios rituales.

Podemos advertir aquí que la profecía de Simeón permite vislumbrar en el futuro sufrimiento de María una semejanza notable con el futuro doloroso del “Siervo”.

3. María y José manifiestan su admiración cuando Simeón proclama a Jesús “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 32). María, en cambio, ante la profecía de la espada que le atravesará el alma, no dice nada. Acoge en silencio, al igual que José, esas palabras misteriosas que hacen presagiar una prueba muy dolorosa y expresan el significado más auténtico de la presentación de Jesús en el templo.

En efecto, según el plan divino, el sacrificio ofrecido entonces de “un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley” (Lc 2, 24), era un preludio del sacrificio de Jesús, “manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); en él se haría la verdadera “presentación” (cf. Lc 2, 22), que asociaría a la Madre a su Hijo en la obra de la redención.

4. Después de la profecía de Simeón se produce el encuentro con la profetisa Ana, que también “alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). La fe y la sabiduría profética de la anciana que, “sirviendo a Dios noche y día” (Lc 2, 37), mantiene viva con ayunos y oraciones la espera del Mesías, dan a la Sagrada Familia un nuevo impulso a poner su esperanza en el Dios de Israel. En un momento tan particular, María y José seguramente consideraron el comportamiento de Ana como un signo del Señor, un mensaje de fe iluminada y de servicio perseverante.

A partir de la profecía de Simeón, María une de modo intenso y misterioso su vida a la misión dolorosa de Cristo: se convertirá en la fiel cooperadora de su Hijo para la salvación del género humano.

Ángelus, 29-12-1996

1. En este primer domingo después de la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia.

Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo. ¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad! Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre, para la familia humana y para cada familia. ¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José! ¡Cómo consuela a los padres, especialmente si tienen un hijo pequeño! ¡Cómo ilumina a los novios, que piensan en sus proyectos de vida!

El hecho de reunirnos ante la cueva de Belén, para contemplar en ella a la Sagrada Familia, nos permite gustar de modo especial el don de la intimidad familiar, y nos impulsa a brindar calor humano y solidaridad concreta en las situaciones, por desgracia numerosas, en las que, por varios motivos, falta la paz, falta la armonía, en una palabra, falta la «familia».

2. El mensaje que viene de la Sagrada Familia es, ante todo, un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia.

3. Es necesario alimentar esa atmósfera de fe. En esta perspectiva se va preparando el segundo Encuentro mundial con las familias, que tendrá lugar en Río de Janeiro los días 4 y 5 de octubre de 1997. Se tratará de una gran fiesta de las familias de América Latina y de todo el mundo, que renovará el mensaje del primer Encuentro, celebrado aquí, en Roma, con ocasión del Año internacional de la familia.

Encomiendo a María, «Reina de la familia», a todas las familias del mundo, especialmente a las que atraviesan grandes dificultades, e invoco sobre ellas su protección materna.

Catequesis: María en la vida oculta de Jesús

Audiencia general, 29-01-1997

1. Los evangelios ofrecen pocas y escuetas noticias sobre los años que la Sagrada Familia vivió en Nazaret. San Mateo refiere que san José, después del regreso de Egipto, tomó la decisión de establecer la morada de la Sagrada Familia en Nazaret (cf. Mt 2, 22-23), pero no da ninguna otra información, excepto que José era carpintero (cf. Mt 13, 55). Por su parte, san Lucas habla dos veces de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret (cf. Lc 2, 39 y 51) y da dos breves indicaciones sobre los años de la niñez de Jesús, antes y después del episodio de la peregrinación a Jerusalén: «El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él» (Lc 2, 40), y «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

Al hacer estas breves anotaciones sobre la vida de Jesús, san Lucas refiere probablemente los recuerdos de María acerca de ese período de profunda intimidad con su Hijo. La unión entre Jesús y la «llena de gracia» supera con mucho la que normalmente existe entre una madre y un hijo, porque está arraigada en una particular condición sobrenatural y está reforzada por la especial conformidad de ambos con la voluntad divina.

Así pues, podemos deducir que el clima de serenidad y paz que existía en la casa de Nazaret y la constante orientación hacia el cumplimiento del proyecto divino conferían a la unión entre la madre y el hijo una profundidad extraordinaria e irrepetible.

2. En María la conciencia de que cumplía una misión que Dios le había encomendado atribuía un significado más alto a su vida diaria. Los sencillos y humildes quehaceres de cada día asumían, a sus ojos, un valor singular, pues los vivía como servicio a la misión de Cristo.

El ejemplo de María ilumina y estimula la experiencia de tantas mujeres que realizan sus labores diarias exclusivamente entre las paredes del hogar. Se trata de un trabajo humilde, oculto, repetitivo que, a menudo, no se aprecia bastante. Con todo, los muchos años que vivió María en la casa de Nazaret revelan sus enormes potencialidades de amor auténtico y, por consiguiente, de salvación. En efecto, la sencillez de la vida de tantas amas de casa, que consideran como misión de servicio y de amor, encierra un valor extraordinario a los ojos del Señor.

Y se puede muy bien decir que para María la vida en Nazaret no estaba dominada por la monotonía. En el contacto con Jesús, mientras crecía, se esforzaba por penetrar en el misterio de su Hijo, contemplando y adorando. Dice san Lucas: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51).

«Todas estas cosas» son los acontecimientos de los que ella había sido, a la vez, protagonista y espectadora, comenzando por la Anunciación, pero sobre todo es la vida del Niño. Cada día de intimidad con él constituye una invitación a conocerlo mejor, a descubrir más profundamente el significado de su presencia y el misterio de su persona.

3. Alguien podría pensar que a María le resultaba fácil creer, dado que vivía a diario en contacto con Jesús. Pero es preciso recordar, al respecto, que habitualmente permanecían ocultos los aspectos singulares de la personalidad de su Hijo. Aunque su manera de actuar era ejemplar, él vivía una vida semejante a la de tantos coetáneos suyos.

Durante los treinta años de su permanencia en Nazaret, Jesús no revela sus cualidades sobrenaturales y no realiza gestos prodigiosos. Ante las primeras manifestaciones extraordinarias de su personalidad, relacionadas con el inicio de su predicación, sus familiares (llamados en el evangelio «hermanos») se asumen —según una interpretación— la responsabilidad de devolverlo a su casa, porque consideran que su comportamiento no es normal (cf. Mc 3, 21).

En el clima de Nazaret, digno y marcado por el trabajo, María se esforzaba por comprender la trama providencial de la misión de su Hijo. A este respecto, para la Madre fue objeto de particular reflexión la frase que Jesús pronunció en el templo de Jerusalén a la edad de doce años: «¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). Meditando en esas palabras, María podía comprender mejor el sentido de la filiación divina de Jesús y el de su maternidad, esforzándose por descubrir en el comportamiento de su Hijo los rasgos que revelaban su semejanza con Aquel que él llamaba «mi Padre».

4. La comunión de vida con Jesús, en la casa de Nazaret, llevó a María no sólo a avanzar «en la peregrinación de la fe» (Lumen gentium, 58), sino también en la esperanza. Esta virtud, alimentada y sostenida por el recuerdo de la Anunciación y de las palabras de Simeón, abraza toda su existencia terrena, pero la practicó particularmente en los treinta años de silencio y ocultamiento que pasó en Nazaret.

Entre las paredes del hogar la Virgen vive la esperanza de forma excelsa; sabe que no puede quedar defraudada, aunque no conoce los tiempos y los modos con que Dios realizará su promesa. En la oscuridad de la fe, y a falta de signos extraordinarios que anuncien el inicio de la misión mesiánica de su Hijo, ella espera, más allá de toda evidencia, aguardando de Dios el cumplimiento de la promesa.

La casa de Nazaret, ambiente de crecimiento de la fe y de la esperanza, se convierte en lugar de un alto testimonio de la caridad. El amor que Cristo deseaba extender en el mundo se enciende y arde ante todo en el corazón de la Madre; es precisamente en el hogar donde se prepara el anuncio del evangelio de la caridad divina.

Dirigiendo la mirada a Nazaret y contemplando el misterio de la vida oculta de Jesús y de la Virgen, somos invitados a meditar una vez más en el misterio de nuestra vida misma que, como recuerda san Pablo, «está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 3).

A menudo se trata de una vida humilde y oscura a los ojos del mundo, pero que, en la escuela de María, puede revelar potencialidades inesperadas de salvación, irradiando el amor y la paz de Cristo.

Catequesis: María, Madre animada por el Espíritu Santo

Audiencia general 09-12-1998

1. Como culminación de la reflexión sobre el Espíritu Santo, en este año dedicado a él durante el camino hacia el gran jubileo, elevamos la mirada hacia María. El consentimiento que dio en la Anunciación, hace dos mil años, constituye el punto de partida de la nueva historia de la humanidad. En efecto, el Hijo de Dios se encarnó y comenzó a habitar entre nosotros cuando María declaró al ángel: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

La cooperación de María con el Espíritu Santo, manifestada en la Anunciación y en la Visitación, se expresa en una actitud de constante docilidad a las inspiraciones del Paráclito. Consciente del misterio de su Hijo divino, María se dejaba guiar por el Espíritu para actuar de modo adecuado a su misión materna. Como verdadera mujer de oración, la Virgen pedía al Espíritu Santo que completara la obra iniciada en la concepción para que el niño creciera «en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). En esta perspectiva, María se presenta como un modelo para los padres, al mostrar la necesidad de recurrir al Espíritu Santo para encontrar el camino correcto en la difícil tarea de la educación.

2. El episodio de la presentación de Jesús en el templo coincide con una intervención importante del Espíritu Santo. María y José habían ido al templo para «presentar» (Lc 2, 22), es decir, para ofrecer a Jesús, según la ley de Moisés, que prescribía el rescate de los primogénitos y la purificación de la madre. Viviendo profundamente el sentido de este rito, como expresión de sincera oferta, fueron iluminados por las palabras de Simeón, pronunciadas bajo el impulso especial del Espíritu.

El relato de san Lucas subraya expresamente el influjo del Espíritu Santo en la vida de este anciano. Había recibido del Espíritu la garantía de que no moriría sin haber visto al Mesías. Y precisamente «movido por el Espíritu, fue al templo» (Lc 2, 27) en el momento en que María y José llegaban con el niño. Así pues, fue el Espíritu Santo quien suscitó el encuentro. Fue él quien inspiró al anciano Simeón un cántico para celebrar el futuro del niño, que vino como «luz para iluminar a las naciones» y «gloria del pueblo de Israel» (Lc 2, 32). María y José se admiraron de estas palabras, que ampliaban la misión de Jesús a todos los pueblos.

También es el Espíritu Santo quien hace que Simeón pronuncie una profecía dolorosa: Jesús será «signo de contradicción» y a María «una espada le traspasará el alma» (Lc 2, 34. 35). Con estas palabras, el Espíritu Santo preparaba a María para la gran prueba que la esperaba, y confirió al rito de presentación del niño el valor de un sacrificio ofrecido por amor. Cuando María recibió a su hijo de los brazos de Simeón, comprendió que lo recibía para ofrecerlo. Su maternidad la implicaría en el destino de Jesús y toda oposición a él repercutiría en su corazón.

3. La presencia de María al pie de la cruz es el signo de que la madre de Jesús siguió hasta el fondo el itinerario doloroso trazado por el Espíritu Santo a través de Simeón.

En las palabras que Jesús dirige a su Madre y al discípulo predilecto en el Calvario se descubre otra característica de la acción del Espíritu Santo: asegura fecundidad al sacrificio. Las palabras de Jesús manifiestan precisamente un aspecto «mariano» de esta fecundidad: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Jn 19, 26). En estas palabras el Espíritu Santo no aparece expresamente. Pero, dado que el acontecimiento de la cruz, como toda la vida de Cristo, se desarrolla en el Espíritu Santo (cf. Dominum et vivificantem, 40-41), precisamente en el Espíritu Santo el Salvador pide a la Madre que se asocie al sacrificio del Hijo, para convertirse en la madre de una multitud de hijos. A este supremo ofrecimiento de su Madre Jesús asegura un fruto inmenso: una nueva maternidad destinada a extenderse a todos los hombres.

Desde la cruz el Salvador quería derramar sobre la humanidad ríos de agua viva (cf. Jn 7, 38), es decir, la abundancia del Espíritu Santo. Pero deseaba que esta efusión de gracia estuviera vinculada al rostro de una madre, su Madre. María aparece ya como la nueva Eva, madre de los vivos, o la Hija de Sión, madre de los pueblos. El don de la madre universal estaba incluido en la misión redentora del Mesías: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado…», escribe el evangelista, inmediatamente después de la doble declaración: «Mujer, he ahí a tu hijo», y «He ahí a tu madre» (Jn 19, 26-28).

Esta escena permite intuir la armonía del plan divino con respecto al papel de María en la acción salvífica del Espíritu Santo. En el misterio de la Encarnación su cooperación con el Espíritu había desempeñado una función esencial; también en el misterio del nacimiento y la formación de los hijos de Dios, el concurso materno de María acompaña la actividad del Espíritu Santo.

4. A la luz de la declaración de Cristo en el Calvario, la presencia de María en la comunidad que espera la venida del Espíritu en Pentecostés asume todo su valor. San Lucas, que había atraído la atención sobre el papel de María en el origen de Jesús, quiso subrayar su presencia significativa en el origen de la Iglesia. La comunidad no sólo está compuesta de Apóstoles y discípulos, sino también de mujeres, entre las que san Lucas nombra únicamente a «María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14).

La Biblia no nos brinda más información sobre María después del drama del Calvario. Pero es muy importante saber que ella participaba en la vida de la primera comunidad y en su oración asidua y unánime. Sin duda estuvo presente en la efusión del Espíritu el día de Pentecostés. El Espíritu que ya habitaba en María, al haber obrado en ella maravillas de gracia, ahora vuelve a descender a su corazón, comunicándole dones y carismas necesarios para el ejercicio de su maternidad espiritual.

5. María sigue cumpliendo en la Iglesia la maternidad que le confió Cristo. En esta misión materna la humilde esclava del Señor no se presenta en competición con el papel del Espíritu Santo; al contrario, ella está llamada por el mismo Espíritu a cooperar de modo materno con él. El Espíritu despierta continuamente en la memoria de la Iglesia las palabras de Jesús al discípulo predilecto: «He ahí a tu madre», e invita a los creyentes a amar a María como Cristo la amó. Toda profundización del vínculo con María permite al Espíritu una acción más fecunda para la vida de la Iglesia.

Catequesis: La Virgen María: Icono de la fe obediente

>udiencia general, 19-12-2012

[…] Quisiera detenerme aún sobre un aspecto que surge en los relatos sobre la Infancia de Jesús narrados por san Lucas. María y José llevan al hijo a Jerusalén, al Templo, para presentarlo y consagrarlo al Señor como prescribe la ley de Moisés: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» (cf. Lc 2, 22-24). Este gesto de la Sagrada Familia adquiere un sentido aún más profundo si lo leemos a la luz de la ciencia evangélica de Jesús con doce años que, tras buscarle durante tres días, le encuentran en el Templo mientras discutía entre los maestros. A las palabras llenas de preocupación de María y José: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados», corresponde la misteriosa respuesta de Jesús: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 48-49). Es decir, en la propiedad del Padre, en la casa del Padre, como un hijo. María debe renovar la fe profunda con la que ha dicho «sí» en la Anunciación; debe aceptar que el verdadero Padre de Jesús tenga la precedencia; debe saber dejar libre a aquel Hijo que ha engendrado para que siga su misión. Y el «sí» de María a la voluntad de Dios, en la obediencia de la fe, se repite a lo largo de toda su vida, hasta el momento más difícil, el de la Cruz.

Ante todo esto, podemos preguntarnos: ¿cómo pudo María vivir este camino junto a su Hijo con una fe tan firme, incluso en la oscuridad, sin perder la plena confianza en la acción de Dios? Hay una actitud de fondo que María asume ante lo que sucede en su vida. En la Anunciación ella queda turbada al escuchar las palabras del ángel —es el temor que el hombre experimenta cuando lo toca la cercanía de Dios—, pero no es la actitud de quien tiene miedo ante lo que Dios puede pedir. María reflexiona, se interroga sobre el significado de ese saludo (cf. Lc 1, 29). La palabra griega usada en el Evangelio para definir «reflexionar», «dielogizeto», remite a la raíz de la palabra «diálogo». Esto significa que María entra en íntimo diálogo con la Palabra de Dios que se le ha anunciado; no la considera superficialmente, sino que se detiene, la deja penetrar en su mente y en su corazón para comprender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio. Otro signo de la actitud interior de María ante la acción de Dios lo encontramos, también en el Evangelio de san Lucas, en el momento del nacimiento de Jesús, después de la adoración de los pastores. Se afirma que María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19); en griego el término es symballon. Podríamos decir que ella «mantenía unidos», «reunía» en su corazón todos los acontecimientos que le estaban sucediendo; situaba cada elemento, cada palabra, cada hecho, dentro del todo y lo confrontaba, lo conservaba, reconociendo que todo proviene de la voluntad de Dios. María no se detiene en una primera comprensión superficial de lo que acontece en su vida, sino que sabe mirar en profundidad, se deja interpelar por los acontecimientos, los elabora, los discierne, y adquiere aquella comprensión que sólo la fe puede garantizar. Es la humildad profunda de la fe obediente de María, que acoge en sí también aquello que no comprende del obrar de Dios, dejando que sea Dios quien le abra la mente y el corazón. «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45), exclama su pariente Isabel. Es precisamente por su fe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Queridos amigos, la solemnidad del Nacimiento del Señor… nos invita a vivir esta misma humildad y obediencia de fe. La gloria de Dios no se manifiesta en el triunfo y en el poder de un rey, no resplandece en una ciudad famosa, en un suntuoso palacio, sino que establece su morada en el seno de una virgen, se revela en la pobreza de un niño. La omnipotencia de Dios, también en nuestra vida, obra con la fuerza, a menudo silenciosa, de la verdad y del amor. La fe nos dice, entonces, que el poder indefenso de aquel Niño al final vence el rumor de los poderes del mundo.

Ángelus, 26-12-1999

1. En este domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, yes muy significativo que este año tenga lugar al día siguiente de la Navidad y de la apertura del gran jubileo.

Por eso, deseo felicitar de manera especial a las familias: ¡Feliz Navidad y feliz Año jubilar a todas vosotras, familias de Roma y del mundo entero! El jubileo bimilenario del nacimiento de Cristo es vuestro de modo particular, porque recuerda que Dios quiso entrar en la historia humana a través de la familia.

2. La fiesta de hoy me brinda la ocasión propicia para renovar, al inicio del Año santo 2000, un llamamiento en favor de los derechos de la familia, de la vida y de la infancia, reconocidos también por la Declaración universal de derechos del hombre. En efecto, para promover los derechos humanos es necesario defender los de la familia, puesto que a partir de ella se puede dar una respuesta plena a los desafíos del presente y del futuro.

La familia es una comunidad de amor y de vida, que se realiza cuando un hombre y una mujer se entregan de forma recíproca y total en el matrimonio, dispuestos a acoger el don de los hijos. El hombre goza desde la concepción del derecho fundamental a la vida y eso pertenece a la esencia de la ley natural y a las tradiciones de las grandes religiones, así como al espíritu del artículo 3 de la Declaración universal de derechos del hombre.

La unión entre madre y concebido y la función insustituible del padre exigen que el hijo sea acogido en una familia que le garantice, en la medida de lo posible, la presencia de ambos progenitores. La contribución específica que ofrecen a la familia, y a través de ella a la sociedad, es digno de la mayor consideración.

3. Hoy la familia necesita una especial tutela por parte de los poderes públicos, que con frecuencia se hallan sometidos a la presión de grupos interesados en que se considere derecho lo que en realidad es fruto de una mentalidad individualista y subjetivista.

“¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (Familiaris consortio, 86); y la gran familia de las naciones se construye a partir de su célula más pequeña, pero fundamental. Que Dios ilumine a los legisladores, a los gobernantes y a todas las personas de buena voluntad para que promuevan la defensa efectiva de los derechos de la familia, de la vida y de los niños.

Que nos ayude en esto la Sagrada Familia de Nazaret, que acogió y ayudó a crecer al Redentor del mundo.

Ángelus, 29-12-2002

1. Pocos días después de la Navidad, la liturgia nos invita este domingo a contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret, modelo admirable de virtudes humanas y sobrenaturales para todas las familias cristianas. Meditemos en el misterio de esta singular familia, de la que podemos aprender valores y enseñanzas que, hoy más que nunca, son indispensables para dar fundamentos sólidos y estables a la sociedad humana.

2. Deseo fervientemente que en las familias de hoy reinen la serenidad, la concordia y el amor de la casa de Nazaret. En mi oración pido con insistencia al Señor que todos los padres cristianos sean conscientes de la tarea irrenunciable que han de desempeñar, tanto con respecto a sus hijos como con respecto a la sociedad. De ellos se espera un verdadero y eficaz testimonio evangélico.

Toda familia cristiana está llamada a dar “un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto de la de los cónyuges como, sobre todo, de la de los más frágiles, que son los hijos” (Novo millennio ineunte, 47).

Una familia unida, que camina siguiendo estos principios, supera con más facilidad las pruebas y las dificultades que encuentra en su camino. En el amor fiel de los padres, don que es preciso alimentar y conservar continuamente, los hijos pueden hallar las mejores condiciones para madurar ellos mismos, con la ayuda de Jesús, que “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2, 52).

3. A la Sagrada Familia de Nazaret le encomendamos hoy las familias del mundo entero, especialmente las que más sufren y las que se encuentran en dificultades. De modo particular, deseo poner bajo la protección especial de la Virgen santísima, de san José y del Niño Jesús el IV Encuentro mundial de las familias, que tendrá lugar en Manila (Filipinas) del 22 al 26 del próximo mes de enero. El tema elegido -“La familia cristiana: buena nueva para el tercer milenio”- expresa la misión propia de toda familia cristiana y la confianza que la Iglesia deposita en ella. Ojalá que esta cita tan importante produzca los deseados frutos espirituales para la Iglesia y para toda la humanidad.

Benedicto XVI, papa

Ángelus, 28-12-2008

En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de “santa”, porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor…

[…] La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es:  Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Queridos hermanos y hermanas… encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.

Catequesis: La oración en la Familia de Nazaret

Audiencia general, 28-12-2011

El encuentro de hoy tiene lugar en el clima navideño, lleno de íntima alegría por el nacimiento del Salvador. Acabamos de celebrar este misterio, cuyo eco se expande en la liturgia de todos estos días. Es un misterio de luz que los hombres de cada época pueden revivir en la fe y en la oración. Precisamente a través de la oración nos hacemos capaces de acercarnos a Dios con intimidad y profundidad. Por ello, teniendo presente el tema de la oración que estoy desarrollando durante las catequesis en este período, hoy quiero invitaros a reflexionar sobre cómo la oración forma parte de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret. La casa de Nazaret, en efecto, es una escuela de oración, donde se aprende a escuchar, a meditar, a penetrar el significado profundo de la manifestación del Hijo de Dios, siguiendo el ejemplo de María, José y Jesús.

Sigue siendo memorable el discurso del siervo de Dios Pablo VI durante su visita a Nazaret. El Papa dijo que en la escuela de la Sagrada Familia nosotros comprendemos por qué debemos «tener una disciplina espiritual, si se quiere llegar a ser alumnos del Evangelio y discípulos de Cristo». Y agrega: «En primer lugar nos enseña el silencio. Oh! Si renaciese en nosotros la valorización del silencio, de esta estupenda e indispensable condición del espíritu; en nosotros, aturdidos por tantos ruidos, tantos estrépitos, tantas voces de nuestra ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud a prestar oídos a las secretas inspiraciones de Dios y a las palabras de los verdaderos maestros» (Discurso en Nazaret, 5 de enero de 1964).

De la Sagrada Familia, según los relatos evangélicos de la infancia de Jesús, podemos sacar algunas reflexiones sobre la oración, sobre la relación con Dios. Podemos partir del episodio de la presentación de Jesús en el templo. San Lucas narra que María y José, «cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor» (2, 22). Como toda familia judía observante de la ley, los padres de Jesús van al templo para consagrar a Dios a su primogénito y para ofrecer el sacrificio. Movidos por la fidelidad a las prescripciones, parten de Belén y van a Jerusalén con Jesús que tiene apenas cuarenta días; en lugar de un cordero de un año presentan la ofrenda de las familias sencillas, es decir, dos palomas. La peregrinación de la Sagrada Familia es la peregrinación de la fe, de la ofrenda de los dones, símbolo de la oración, y del encuentro con el Señor, que María y José ya ven en su hijo Jesús.

La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece a título especial, porque se formó en su seno, tomando de ella también la semejanza humana. Nadie se dedicó con tanta asiduidad a la contemplación de Jesús como María. La mirada de su corazón se concentra en él ya desde el momento de la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos advierte poco a poco su presencia, hasta el día del nacimiento, cuando sus ojos pueden mirar con ternura maternal el rostro del hijo, mientras lo envuelve en pañales y lo acuesta en el pesebre. Los recuerdos de Jesús, grabados en su mente y en su corazón, marcaron cada instante de la existencia de María. Ella vive con los ojos en Cristo y conserva cada una de sus palabras. San Lucas dice: «Por su parte [María] conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19), y así describe la actitud de María ante el misterio de la Encarnación, actitud que se prolongará en toda su existencia: conservar en su corazón las cosas meditándolas. Lucas es el evangelista que nos permite conocer el corazón de María, su fe (cf. 1, 45), su esperanza y obediencia (cf. 1, 38), sobre todo su interioridad y oración (cf. 1, 46-56), su adhesión libre a Cristo (cf. 1, 55). Y todo esto procede del don del Espíritu Santo que desciende sobre ella (cf. 1, 35), como descenderá sobre los Apóstoles según la promesa de Cristo (cf. Hch 1, 8). Esta imagen de María que nos ofrece san Lucas presenta a la Virgen como modelo de todo creyente que conserva y confronta las palabras y las acciones de Jesús, una confrontación que es siempre un progresar en el conocimiento de Jesús. Siguiendo al beato Papa Juan Pablo II (cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae) podemos decir que la oración del Rosario tiene su modelo precisamente en María, porque consiste en contemplar los misterios de Cristo en unión espiritual con la Madre del Señor. La capacidad de María de vivir de la mirada de Dios es, por decirlo así, contagiosa. San José fue el primero en experimentarlo. Su amor humilde y sincero a su prometida esposa y la decisión de unir su vida a la de María lo atrajo e introdujo también a él, que ya era un «hombre justo» (Mt 1, 19), en una intimidad singular con Dios. En efecto, con María y luego, sobre todo, con Jesús, él comienza un nuevo modo de relacionarse con Dios, de acogerlo en su propia vida, de entrar en su proyecto de salvación, cumpliendo su voluntad. Después de seguir con confianza la indicación del ángel —«no temas acoger a María, tu mujer» (Mt 1, 20)— él tomó consigo a María y compartió su vida con ella; verdaderamente se entregó totalmente a María y a Jesús, y esto lo llevó hacia la perfección de la respuesta a la vocación recibida. El Evangelio, como sabemos, no conservó palabra alguna de José: su presencia es silenciosa, pero fiel, constante, activa. Podemos imaginar que también él, como su esposa y en íntima sintonía con ella, vivió los años de la infancia y de la adolescencia de Jesús gustando, por decirlo así, su presencia en su familia. José cumplió plenamente su papel paterno, en todo sentido. Seguramente educó a Jesús en la oración, juntamente con María. Él, en particular, lo habrá llevado consigo a la sinagoga, a los ritos del sábado, como también a Jerusalén, para las grandes fiestas del pueblo de Israel. José, según la tradición judía, habrá dirigido la oración doméstica tanto en la cotidianidad —por la mañana, por la tarde, en las comidas—, como en las principales celebraciones religiosas. Así, en el ritmo de las jornadas transcurridas en Nazaret, entre la casa sencilla y el taller de José, Jesús aprendió a alternar oración y trabajo, y a ofrecer a Dios también la fatiga para ganar el pan necesario para la familia.

Por último, otro episodio en el que la Sagrada Familia de Nazaret se halla recogida y unida en un momento de oración. Jesús, como hemos escuchado, a los doce años va con los suyos al templo de Jerusalén. Este episodio se sitúa en el contexto de la peregrinación, como lo pone de relieve san Lucas: «Sus padre solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre» (2, 41-42). La peregrinación es una expresión religiosa que se nutre de oración y, al mismo tiempo, la alimenta. Aquí se trata de la peregrinación pascual, y el evangelista nos hace notar que la familia de Jesús la vive cada año, para participar en los ritos en la ciudad santa. La familia judía, como la cristiana, ora en la intimidad doméstica, pero reza también junto a la comunidad, reconociéndose parte del pueblo de Dios en camino, y la peregrinación expresa precisamente este estar en camino del pueblo de Dios. La Pascua es el centro y la cumbre de todo esto, y abarca la dimensión familiar y la del culto litúrgico y público.

En el episodio de Jesús a los doce años se registran también sus primeras palabras: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre? (2, 49). Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron en el templo sentado entre los doctores en el templo mientras los escuchaba y los interrogaba (cf. 2, 46). A su pregunta sobre por qué había hecho esto a su padre y a su madre, él responde que hizo sólo cuánto debe hacer como Hijo, es decir, estar junto al Padre. De este modo él indica quién es su verdadero Padre, cuál es su verdadera casa, que él no había hecho nada extraño, que no había desobedecido. Permaneció donde debe estar el Hijo, es decir, junto a su Padre, y destacó quién es su Padre. La palabra «Padre» domina el acento de esta respuesta y aparece todo el misterio cristológico. Esta palabra abre, por lo tanto, el misterio, es la llave para el misterio de Cristo, que es el Hijo, y abre también la llave para nuestro misterio de cristianos, que somos hijos en el Hijo. Al mismo tiempo, Jesús nos enseña cómo ser hijos, precisamente estando con el Padre en la oración. El misterio cristológico, el misterio de la existencia cristiana está íntimamente unido, fundado en la oración. Jesús enseñará un día a sus discípulos a rezar, diciéndoles: cuando oréis decid «Padre». Y, naturalmente, no lo digáis sólo de palabra, decidlo con vuestra vida, aprended cada vez más a decir «Padre» con vuestra vida; y así seréis verdaderos hijos en el Hijo, verdaderos cristianos.

Aquí, cuando Jesús está todavía plenamente insertado en la vida la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en el corazón de María y de José escuchar de labios de Jesús la palabra «Padre», y revelar, poner de relieve quién es el Padre, y escuchar de sus labios esta palabra con la consciencia del Hijo Unigénito, que precisamente por esto quiso permanecer durante tres días en el templo, que es la «casa del Padre». Desde entonces, podemos imaginar, la vida en la Sagrada Familia se vio aún más colmada de un clima de oración, porque del corazón de Jesús todavía niño —y luego adolescente y joven— no cesará ya de difundirse y de reflejarse en el corazón de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, el clima de estar con el Padre. De este modo, la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia donde, en torno a la presencia de Jesús y gracias a su mediación, todos viven la relación filial con Dios Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he señalado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres: vivir en un clima marcado por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en la familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia. Gracias.

Mensaje, 30-12-2011

Al Cardenal Antonio María Rouco Varela, con ocasión de la celebración de la Fiesta de la Sagrada Familia en Madrid

Jesús se hizo hombre para traer al mundo la bondad y el amor de Dios; y lo hizo allí donde el ser humano está más dispuesto a desear lo mejor para el otro, a desvivirse por él, y anteponer el amor por encima de cualquier otro interés y pretensión. Así, vino a una familia de corazón sencillo, nada presuntuoso, pero henchido de ese afecto que vale más que cualquier otra cosa. Según el Evangelio, los primeros de nuestro mundo que fueron a ver a Jesús, los pastores, «vieron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lc 12,6). Aquella familia, por decirlo así, es la puerta de ingreso en la tierra del Salvador de la humanidad, el cual, al mismo tiempo, da a la vida de amor y comunión hogareña la grandeza de ser un reflejo privilegiado del misterio trinitario de Dios.

Esta grandeza es también una espléndida vocación y un cometido decisivo para la familia, que mi venerado predecesor, el beato Juan Pablo II, describía hace treinta años como una participación «viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y amor» (Familiaris consortio, 50). Os animo, pues, especialmente a las familias que participan en esa celebración, a ser conscientes de tener a Dios a vuestro lado, y de invocarlo siempre para recibir de él la ayuda necesaria para superar vuestras dificultades, una ayuda cierta, fundada en la gracia del sacramento del matrimonio. Dejaos guiar por la Iglesia, a la que Cristo ha encomendado la misión de propagar la buena noticia de la salvación a través de los siglos, sin ceder a tantas fuerzas mundanas que amenazan el gran tesoro de la familia, que debéis custodiar cada día.

El Niño Jesús, que crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, en la intimidad del hogar de Nazaret (cf. Lc 2,40), aprendió también en él de alguna manera el modo humano de vivir. Esto nos lleva a pensar en la dimensión educativa imprescindible de la familia, donde se aprende a convivir, se transmite la fe, se afianzan los valores y se va encauzando la libertad, para lograr que un día los hijos tengan plena conciencia de la propia vocación y dignidad, y de la de los demás. El calor del hogar, el ejemplo doméstico, es capaz de enseñar muchas más cosas de las que pueden decir las palabras…

Cuando sigo evocando con emoción inolvidable la alegría de los jóvenes… pido a Dios, por intercesión de Jesús, María y José, [que los jóvenes] no dejen de darle gracias por el don la familia, que sean agradecidos también con sus padres, y que se comprometan a defender y hacer brillar la auténtica dignidad de esta institución primaria para la sociedad y tan vital para la Iglesia. Con estos sentimientos, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

San Juan XXXIII, papa

Discurso, 10-01-1960

En la festividad de la Sagrada Familia

Hoy que la Iglesia pone a la consideración de los fieles el ejemplo de virtud de la Sagrada Familia, nos complacemos en invocar la protección de Jesús, María y José sobre las queridas familias de todos nuestros hijos.

Nos las imaginamos a todas aquí presentes, unidas con Nos en un mismo afecto, y comprendemos los deseos, angustias y temores de cada uno. Nuestro corazón sabe alegrarse con el que se alegra y sufrir con el que sufre (Rom 12,15). Conocemos también las dificultades que hay en las familias, especialmente en las numerosas, cuyos sacrificios suelen ignorarse e incluso, a veces, ni se aprecian.

Sabemos que el espíritu mundano, empleando cada vez mayores incentivos, trata de insinuarse en esta santa institución familiar, que Dios ha querido como custodia y salvaguardia de la dignidad del hombre, del primer despertar de la vida a la juventud impetuosa y de la edad madura a la vejez.

Por tanto, dirigimos, mejor, repetimos a todos la invitación de la liturgia a que miren con segura confianza el ejemplo de la Sagrada Familia que Jesús santificó con inefables virtudes.

El secreto de la verdadera paz, de la mutua y permanente concordia, de la docilidad de los hijos, del florecimiento de las buenas costumbres está en la constante y generosa imitación de la amabilidad, modestia y mansedumbre de la familia de Nazaret, en la que Jesús, Sabiduría eterna del Padre, se nos ofrece junto con María, su madre purísima, y San José, que representa al Padre celestial.

En esta luz todo se transforma en las grandes realidades de la familia cristiana como poco ha hemos puesto de manifiesto en la alocución de la misa de Nochebuena: «Esponsales iluminados por la luz de lo alto; matrimonio sagrado e inviolable dentro de respeto a sus cuatro notas características: fidelidad castidad, amor mutuo y santo temor del Señor; espíritu de prudencia y de sacrificio en la educación cuidadosa de los hijos; y siempre, siempre y en toda circunstancia, en disposición de ayudar, de perdonar, de compartir, de otorgar a otros la confianza que nosotros quisiéramos se nos otorgara. Es así como se edifica la casa que jamás se derrumba».

De nuestro corazón brota el deseo de esta segura esperanza que es garantía de paz inalterable y se une a cada uno de vosotros para acompañaron en el año nuevo, y que reforzamos con una oración especial que elevamos al cielo fervorosamente con las familias de todos los que nos escuchan, especialmente de aquellas que por falta de medios, de trabajo y de salud sufren dolorosas privaciones.

Nuestro pensamiento se dirige sobre todo a la juventud esperanza y consuelo de la Iglesia y futuro sostén de la sociedad y más que nada —ya lo repetimos el pasado año— a cuantos jóvenes van a formar un hogar y no pueden por dificultades económicas. A todos deseamos una vida llena de la divina gracia, que se afiance en la defensa de los valores espirituales, y llena de la prosperidad y suavidad de los bienes de este mundo.

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