Homilías Domingo II de Adviento (B)

Lecturas (Domingo II Tiempo de Adviento – Ciclo B)

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-1ª Lectura: Is 40, 1-5. 9-11 : Preparadle un camino al Señor
-Salmo: Sal 84 : Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación
-2ª Lectura: 2Pe 3, 8-14 : Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva
+Evangelio: Mc 1, 1-8 : Allanad los senderos del Señor


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Orígenes, presbítero

Homilía: Preparar el camino del Señor

Hom. 22, 1-2: SC 87, 301-302. Liturgia de las Horas.

Allanad los senderos del Señor (Mc 1,3)

Veamos qué es lo que se predica a la venida de Cristo. Para comenzar, hallamos escrito de Juan: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Lo que sigue se refiere expresamente al Señor y Salvador. Pues fue él y no Juan quien elevó los valles. Que cada uno considere lo que era antes de acceder a la fe, y caerá en la cuenta de que era un valle profundo, un valle escarpado, un valle que se precipitaba al abismo.

Mas cuando vino el Señor Jesús y envió el Espíritu Santo como lugarteniente suyo, todos los valles se elevaron. Se elevaron gracias a las buenas obras y a los frutos del Espíritu Santo. La caridad no consiente que subsistan en ti valles; y si además posees la paz, la paciencia y la bondad, no sólo dejarás de ser valle, sino que comenzarás a ser «montaña» de Dios.

Diariamente podemos comprobar cómo estas palabras: elévense los valles, encuentran su plena realización en los paganos; y cómo en el pueblo de Israel, despojado ahora de su antigua grandeza, se cumplen estas otras: Desciendan los montes y las colinas. Este pueblo fue en otro tiempo un monte y una colina, y ha sido abatido y desmantelado. Por haber caído ellos, la salvación ha pasado a los gentiles, para dar envidia a Israel. Ahora bien, si dijeras que estos montes y colinas abatidos son las potencias enemigas que se yerguen contra los mortales, no dices ningún despropósito. En efecto, para que estos valles de que hablamos sean allanados, necesario será realizar una labor de desmonte en las potencias adversas, montes y colinas.

Pero veamos si la profecía siguiente, relativa a la venida de Cristo, ha tenido también su cumplimiento. Dice en efecto: Que lo torcido se enderece. Cada uno de nosotros estaba torcido —digo que estaba, en el supuesto de que todavía no continúe en el error–, y, por la venida de Cristo a nuestra alma, ha quedado enderezado todo lo torcido. Porque ¿de qué te serviría que Cristo haya venido un día en la carne, si no viniera también a tu alma? Oremos para que su venida sea una realidad diaria en nuestras vidas y podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Vino, pues, mi Señor Jesús y limó tus asperezas y todo lo escabroso lo igualó, para trazar en ti un camino expedito, por el que Dios Padre pudiera llegar a ti con comodidad y dignamente, y Cristo el Señor pudiera fijar en ti su morada y decirte: Mi Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él.

San Máximo de Turín, obispo

Sermones: La voz de Juan nos interpela

Sermón 88, 1-3: CCL 23, 359-360. Liturgia de las Horas

Todavía hoy la voz de Juan nos interpela

La Escritura divina no cesa de hablar y gritar, como se escribió de Juan: Yo soy la voz que grita en el desierto. Pues Juan no gritó solamente cuando, anunciando a los fariseos al Señor y Salvador, dijo: Preparad el camino del Señor, allanad los senderos de nuestro Dios, sino que hoy mismo sigue su voz resonando en nuestros oídos, y con el trueno de su voz sacude el desierto de nuestros pecados. Y aunque él duerme ya con la muerte santa del martirio, su palabra sigue todavía viva. También a nosotros nos dice hoy: Preparad el camino del Señor, allanad los senderos de nuestro Dios. Así, pues, la Escritura divina no cesa de gritar y hablar.

Todavía hoy Juan grita y dice: Preparad los caminos del Señor, allanad los senderos de nuestro Dios. Se nos manda preparar el camino del Señor, a saber: no de las desigualdades del camino, sino la pureza de la fe. Porque el Señor no desea abrirse un camino en los senderos de la tierra, sino en lo secreto del corazón.

Pero veamos cómo ese Juan que nos manda preparar el camino del Señor, se lo preparó él mismo al Salvador. Dispuso y orientó todo el curso de su vida a la venida de Cristo. Fue en efecto amante del ayuno, humilde, pobre y virgen. Describiendo todas estas virtudes, dice el evangelista: Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

¿Cabe mayor humildad en un profeta que, despreciando los vestidos muelles, cubrirse con la aspereza de la piel de camello? ¿Cabe fidelidad más ferviente que, la cintura ceñida, estar siempre dispuesto para cualquier servicio? ¿Hay abstinencia más admirable que, renunciando a las delicias de esta vida, alimentarse de zumbones saltamontes y miel silvestre?

Pienso que todas estas cosas de que se servía el profeta eran en sí mismas una profecía. Pues el que el Precursor de Cristo llevara un vestido trenzado con los ásperos pelos del camello, ¿qué otra cosa podía significar sino que al venir Cristo al mundo se iba a revestir de la condición humana, que estaba tejida de la aspereza de los pecados? La correa de cuero que llevaba a la cintura, ¿qué otra cosa demuestra sino esta nuestra frágil naturaleza, que antes de la venida de Cristo estaba dominada por los vicios, mientras que después de su venida ha sido encarrilada a la virtud?

Gregorio Taumaturgo

Homilía (atribuida): ¿Tú vienes a mi?

Sobre la santa Teofanía, 4; PG 10, 1181

«No soy digno de desatarle las sandalias» (Mc 1,7)

[Jesús fue a Juan para que lo bautizara. Juan dijo: ¡soy yo quien tengo que ser bautizado por ti! (Mt 3,3.14).] En tu presencia, Señor, no me puedo callar, porque «yo soy la voz, y la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,3.14).

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (Jn 1,1) ; eres el reflejo resplandeciente de la gloria del Padre, la expresión perfecta del Padre(He 1,3); eres la verdadera luz que ilumina el mundo(Jn 1,9); tú que aunque estabas en el mundo, viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne, pero que habitas en nosotros(Jn 1,14; 14,23) y que te mostraste a tus siervos en condición de siervo(Fil 2,7); tú que uniste la tierra y el cielo con tu santo nombre como puente; ¿Eres tú quien vienes a mi? ¿Tú que eres tan poderoso en comparación a mi pobreza? El rey hacia el servidor, el Señor hacia el servidor…

“Yo sé cuál es el abismo entre la tierra y el Creador». Cuál la diferencia entre el barro de la tierra y el que la ha modelado (Gen 2,7). Yo sé que tú eres el sol de justicia mayor que yo, que soy la lámpara de tu gracia (Mt 3,20 y Jn 5,35). Y mientras estás cubierto por la nube de tu cuerpo puro, yo, sin embargo, reconozco mi condición de siervo, que proclama tu gloria. “Yo no soy digno de desatar la correa de tus sandalias.” ¿Y cómo me atrevo a tocar tu cabeza? Cómo extenderé la mano sobre ti, »que has extendido los cielos como una tienda de campaña” y que has afianzado «las aguas sobre la tierra” (Salmo 103,2, 135,6) … ¿Qué oración voy a hacer sobre ti, que acoges las oraciones de aquellos que te ignoran?

San Juan Pablo II, papa

Homilía: Adviento es venida y encuentro

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN GASPAR DEL BÚFALO
06-12-1981: II Domingo de Adviento

1. “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Sal 84, [85], 11).

Adviento quiere decir “venida” y quiere decir también “encuentro”. Dios, que viene, se acerca al hombre, para que el hombre se encuentre con El y sea fiel a este encuentro. Para que permanezca en él, hasta el fin.

Este importante pensamiento, proclamado por la liturgia del II domingo de Adviento, quiero meditarlo juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas…

2. En la liturgia de hoy, como de costumbre, habla primero Isaías, Profeta del gran adviento. Su mensaje es hoy gozoso, lleno de confianza: “Consolad, consolad a mi pueblo… Hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen… Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión… Alza con fuerza la voz, no temas, di…: Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza… Mirad: le acompaña el salario… Como un pastor apacienta su rebaño, su mano los reúne” (Is 40, 1-2. 9-11).

Al mismo tiempo que este mensaje, tenemos la llamada a “preparar” y “allanar” el camino, la misma que hará suya, en las riberas del Jordán, Juan Bautista, último Profeta de la venida del Señor. En síntesis, Isaías afirma: El Señor viene… como Pastor; es preciso crear las condiciones necesarias para el encuentro con El. Es necesario prepararse.

“Mirad: Dios, el Señor, llega”, se nos ha dicho, pero, al mismo tiempo, la voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor…, que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo  torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor…” (Is 40, 3-5).

Aceptemos, pues, con alegría tanto la buena noticia como los deberes que ella pone ante nosotros. Dios quiere estar con nosotros; viene como dominador, “su brazo domina, pero, sobre todo, viene como Pastor, y como tal, “apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres.” (Is 40, 11).

Estamos aquí para fortalecernos en nuestra alegría y en nuestra esperanza y, a la vez, para que podamos siempre de nuevo, llevados por la convicción acerca de la presencia de Dios en nuestros caminos, prepararle el sendero, removiendo de él todo lo qué hace difícil e incluso imposible el encuentro; para que podamos retornar siempre a El.

3. Por esto, escuchemos con atención las palabras de la segunda lectura de la liturgia de hoy, en la que nos habla el Apóstol Pedro, es decir, uno que fue testigo de la primera venida. Su tema de adviento está orientado, sobre todo, hacia los últimos tiempos, hacia “el día del Señor”; los que han experimentado la primera venida, justamente viven en espera de la segunda, conforme a la promesa del Señor.

Para la lectura de Pedro parece característica la “dialéctica” de la eternidad y del tiempo, o mejor, la dialéctica del “tiempo de Dios” y del “tiempo del hombre”. Como se sabe, en las comunidades cristianas de los primeros siglos, era fuerte la espera de la parusía, esto es, de la segunda venida, del segundo adviento de Cristo. Algunos empezaban a dudar de la veracidad de esta promesa. El fragmento de la segunda Carta de San Pedro, que hemos escuchado hace poco, responde a estas dificultades: “No perdáis de vista una cosa, queridísimos hermanos: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Esto quiere decir: los hombres tenéis vuestra concepción del tiempo, la unidad de su medida, el calendario, el reloj; tenéis vuestros criterios, según los cuales juzgáis que el tiempo se prolonga demasiado o corre poco veloz. Vosotros vivís en el tiempo, lo vivís a vuestro modo, y así debe ser; pero no trasladéis esta concepción a Dios, porque ante El vuestros miles de años son como un solo día; y un día es como vuestros mil años. Por esto, no juzguéis con vuestras categorías y no digáis que Dios se ha dado prisa o que tarda.

Y luego escuchamos: “El Señor no tarda en cumplir…, sino que tiene mucha paciencia con vosotros porque no quiere que nadie perezca sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9).

4. Así, pues, de modo inesperado se nos pone delante la imagen de Dios Pedagogo, de ese Pastor al que conocemos bien, que espera pacientemente a todos los que todavía no han cogido la pala y no han comenzado a “preparar” y “allanar” sus caminos; que han permanecido sordos al grito gozoso: “Mirad a vuestro Dios… Mirad: Dios, el Señor, viene”.

Este tiempo nuestro humano, vivido de modo humano, con su contenido y su sustancia, que nosotros realizamos, continúa gracias a la paciencia de Dios. Así, lo que a alguno puede parecer como falta de cumplimiento de la promesa por parte de Dios es, en cambio, el misericordioso don que El hace al hombre.

Sin embargo es cierto que “el día del Señor” vendrá, y vendrá inesperadamente; será una sorpresa para cada uno de los hombres. Por esto, el problema de la “conversión”, el problema del “encuentro”, y de “estar con Dios” es cuestión de cada día; porque cada día puede ser para cada hombre, para mí, “el día del Señor”. Debemos hacernos, pues, la pregunta de Pedro: ¿Cómo debemos ser nosotros en la santidad de la conducta, y en la piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios? (cf. 2 Pe 3, 11-12).

5. La perspectiva escatológica de la Carta del Apóstol: “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia” (2 Pe 3, 13) habla del encuentro definitivo del Creador con la creación en el reino del siglo venidero, para el cual debe madurar cada hombre mediante el adviento interior de la fe, esperanza y caridad.

El testigo de esta verdad es Juan Bautista, que en la región del Jordán predica “que se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados” (Mc 1, 4). Se cumplen así las palabras de la primera lectura del libro de Isaías. Efectivamente, Juan predicaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero El os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

Juan distingue claramente el “adviento de preparación” del “adviento de encuentro”. El adviento de encuentro es obra del Espíritu Santo, es el bautismo con el Espíritu Santo. Es Dios mismo que va al encuentro del hombre; quiere encontrarlo en el corazón mismo de su humanidad, confirmando así esta humanidad como imagen eterna de Dios y, al mismo tiempo, haciéndola “nueva”.

Las palabras de Juan sobre el Mesías, sobre Cristo: “El os bautizará con Espíritu Santo” alcanzan la raíz misma del encuentro del hombre con Dios viviente, encuentro que se realiza en Jesucristo y se inscribe en el proceso de la espera de los nuevos cielos y de la nueva tierra, en que habite la justicia: adviento del “mundo futuro”. En El, en Cristo, Dios ha asumido la figura concreta del Pastor anunciado por los Profetas, y al mismo tiempo se ha convertido en el Cordero que quita el pecado del mundo; por esto, se mezcló con la muchedumbre que seguía a Juan, para recibir de sus manos el bautismo de penitencia y hacerse solidario con cada hombre, para transmitirle luego, a su vez, el Espíritu Santo, esa potencia divina que nos hace capaces de liberarnos de los pecados y de cooperar a la preparación y a la venida “de los nuevos cielos y de la nueva tierra”.

“La espera de una nueva tierra —enseña el Concilio Vaticano II— no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar una vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (Gaudium et spes, 39).

6. Escuchemos la Palabra de Dios con la convicción de que ella, cuando es escuchada por el hombre, tiene la potencia del “Adviento” y por lo tanto, la capacidad de transformar y renovar. Entonces digamos desde lo profundo del corazón las palabras del Salmista: “Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra” (Sal 84 [85], 9-10)J

Digamos con alegría estas palabras, porque ellas infunden en nuestros corazones la nueva esperanza y la nueva fuerza, porque anuncian que la gloria de Dios habitará en la tierra, que la salvación, está cerca de los que le buscan. Dios anuncia la paz, y hace posibles los tiempos de la fidelidad y de la justicia.

“La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto” (vv. 12-13).

7. Queridos hermanos y hermanas: Nuestro adviento transcurre en esta perspectiva, y en ella se realiza también nuestro encuentro, tan deseado. He querido estar entre vosotros, veros, miraros a los ojos y desearos, en la presencia de Cristo, piedra angular de nuestra construcción (cf. Ef 2, 20-22), que vuestra tierra, es decir, vuestra parroquia, vuestro barrio, den sus frutos. Y quiero también desear a cada uno de vosotros que la propia tierra, esto es, vosotros mismos, vuestras casas, vuestras familias, den su fruto.

Dios ha dicho: “Hablad al corazón de Jerusalén” (Is 40, 2). Yo quisiera hablar al corazón de cada uno y cada una de vosotros y, así, a todos vuestros amigos, a todos los feligreses, para que aceptéis con alegría tanto el mensaje de este do mingo de Adviento, como los deberes que él pone ante nosotros.

¡Preparad el camino al Señor! ¡Enderezad sus senderos! Que esto se realice en el sacramento de la reconciliación en la humilde y confiada confesión de Adviento, a fin de que ante el recuerdo de la primera venida de Cristo, que es Navidad, y a la vez en la perspectiva escatológica de su Adviento definitivo, el pecado quede eliminado y expiado, para que la Iglesia pueda proclamar a cada uno de vosotros que ha terminado la esclavitud, y que el Señor Dios viene con fuerza.

Preparadle el camino en vuestros corazones, en vuestras casas, en vuestra comunidad parroquial.

Que en cada uno de vosotros, y entre vosotros, se encuentren la misericordia y la verdad, que la justicia y la paz se besen.

¡Que la gloria de Dios habite en esta tierra! Amén.

Angelus: Tiempo de espera y esperanza

En el contexto del Jubileo del año 2000: 05-12-1999

1. En este segundo domingo de Adviento, resuena en el evangelio la voz de Juan Bautista, profeta enviado por Dios como precursor del Mesías. Se presenta en el desierto de Judá y, haciéndose eco de un antiguo oráculo de Isaías, grita: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Este mensaje atraviesa los siglos y llega hasta nosotros, cargado de extraordinaria actualidad.
Ante todo, “preparad el camino del Señor”. Preparar el camino al Salvador significa… disponerse a recibir la sobreabundancia de gracia que Cristo ha traído al mundo…

… Dispongamos nuestro espíritu con la oración, para que la próxima Navidad nos encuentre preparados para el encuentro con el Salvador que viene.

2. “Allanad sus senderos”. Para encontrarnos con nuestro Redentor necesitamos “convertirnos”, es decir, caminar hacia él con fe gozosa, abandonando los modos de pensar y vivir que nos impiden seguirlo plenamente.

Ante la buena nueva de un Dios que por amor a nosotros se despojó de sí mismo y asumió nuestra condición humana, no podemos menos de abrir nuestro corazón al arrepentimiento; no podemos encerrarnos en el orgullo y la hipocresía, desaprovechando la posibilidad de encontrar la verdadera paz. [Este tiempo] nos recuerda el sobreabundante amor tierno y misericordioso de Dios. Como el padre de la parábola, está dispuesto a acoger con los brazos abiertos a los hijos que tienen la valentía de volver a él (cf.Lc 15, 20).

Este esfuerzo de conversión se funda en la certeza de que la fidelidad de Dios es inquebrantable, a pesar de todo lo negativo que pueda haber en nosotros y en nuestro entorno. Por eso el Adviento es tiempo de espera y de esperanza. La Iglesia hace suya en este domingo la promesa consoladora de Isaías: “Todos verán la salvación de Dios” (Aleluya; cf. Is 40, 5).

3. [Amadísimos hermanos y hermanas, dentro de tres días, en la Inmaculada Concepcióncontemplaremos la primera realización -y la más acabada- de dicha promesa. En María, “llena de gracia”, se cumple lo que Dios quiere obrar en todo hombre]. La Madre del Redentor fue preservada de la culpa y colmada de la gracia divina. Su belleza espiritual nos invita a la confianza y a la esperanza; la Virgen, toda hermosa y santa, nos estimula a preparar el camino del Señor y allanar sus senderos, para contemplar un día, junto a ella, la salvación de Dios.

Redemptoris Missio: Conversión y bautismo

CARTA ENCÍCLICA SOBRE LA PERMANENTE VALIDEZ DEL MANDATO MISIONERO (07-12-1990)

46. El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y « confesarlo » (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por la fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).

La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida « según la carne » a la « vida según el Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos.

La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, « proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados » (Mc 1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después que Juan fue entregado, marchó … a Galilea y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” » (Mc 1, 14-15).

Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de « proselitismo »; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva » de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: « Si conocieras el don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed » (Jn 4,10.15).

47. Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo. Inmediatamente después del acontecimiento de Pentecostés, Pedro habla a la multitud de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles: “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día cerca de tres mil personas. Pedro mismo, después de la curación del tullido, habla a la multitud y repite: « Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados » (Act 3, 19).

La conversión a Cristo está relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf. Mt 28, 19); está relacionada también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: « En verdad, en verdad te digo: —dice Jesús a Nicodemo— el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios » (Jn 3, 5). En efecto, el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero sello de la conversión, como un signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Todo esto hay que recordarlo, porque no pocos, precisamente donde se desarrolla la misión ad gentes, tienden a separar la conversión a Cristo del bautismo, considerándolo como no necesario. Es verdad que en ciertos ambientes se advierten aspectos sociológicos relativos al bautismo que oscurecen su genuino significado de fe y su valor eclesial. Esto se debe a diversos factores históricos y culturales, que es necesario remover donde todavía subsisten, a fin de que el sacramento de la regeneración espiritual aparezca en todo su valor. A este cometido deben dedicarse las comunidades eclesiales locales. También es verdad que no pocas personas afirman que están interiormente comprometidas con Cristo y con su mensaje, pero no quieren estarlo sacramentalmente, porque, a causa de sus prejuicios o de las culpas de los cristianos, no llegan a percibir la verdadera naturaleza de la Iglesia, misterio de fe y de amor (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 6-9). Deseo alentar, pues, a estas personas a abrirse plenamente a Cristo, recordándoles que, si sienten el atractivo de Cristo, él mismo ha querido a la Iglesia como « lugar » donde pueden encontrarlo realmente. Al mismo tiempo, invito a los fieles y a las comunidades cristianas a dar auténtico testimonio de Cristo con su nueva vida.

Ciertamente, cada convertido es un don hecho a la Iglesia y comporta una grave responsabilidad para ella, no sólo porque debe ser preparado para el bautismo con el catecumenado y continuar luego con la instrucción religiosa, sino porque, especialmente si es adulto, lleva consigo, como una energía nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar en la Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión para él, si después de ingresar en la comunidad eclesial encontrase en la misma una vida que carece de fervor y sin signos de renovación. No podemos predicar la conversión, si no nos convertimos nosotros mismos cada día.

Benedicto XVI, papa

Ángelus: levantar la mirada

II Domingo de Adviento (07-12-2008)

Desde hace una semana estamos viviendo el tiempo litúrgico de Adviento: tiempo de apertura al futuro de Dios, tiempo de preparación para la santa Navidad, cuando él, el Señor, que es la novedad absoluta, vino a habitar en medio de esta humanidad decaída para renovarla desde dentro. En la liturgia de Adviento resuena un mensaje lleno de esperanza, que invita a levantar la mirada al horizonte último, pero, al mismo tiempo, a reconocer en el presente los signos del Dios-con-nosotros.

En este segundo domingo de Adviento la Palabra de Dios asume el tono conmovedor del así llamado segundo Isaías, que a los israelitas, probados durante decenios de amargo exilio en Babilonia, les anunció finalmente la liberación: “Consolad, consolad a mi pueblo —dice el profeta en nombre de Dios—. Hablad al corazón de Jerusalén, decidle bien alto que ya ha cumplido su tribulación” (Is 40, 1-2). Esto es lo que quiere hacer el Señor en Adviento: hablar al corazón de su pueblo y, a través de él, a toda la humanidad, para anunciarle la salvación.

También hoy se eleva la voz de la Iglesia: “En el desierto preparadle un camino al Señor” (Is40, 3). Para las poblaciones agotadas por la miseria y el hambre, para las multitudes de prófugos, para cuantos sufren graves y sistemáticas violaciones de sus derechos, la Iglesia se pone como centinela sobre el monte alto de la fe y anuncia: “Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza” (Is 40, 11).

Este anuncio profético se realizó en Jesucristo. Él, con su predicación y después con su muerte y resurrección, cumplió las antiguas promesas, revelando una perspectiva más profunda y universal. Inauguró un éxodo ya no sólo terreno, histórico y como tal provisional, sino radical y definitivo: el paso del reino del mal al reino de Dios, del dominio del pecado y la muerte al del amor y la vida. Por tanto, la esperanza cristiana va más allá de la legítima esperanza de una liberación social y política, porque lo que Jesús inició es una humanidad nueva, que viene “de Dios”, pero al mismo tiempo germina en nuestra tierra, en la medida en que se deja fecundar por el Espíritu del Señor. Por tanto, se trata de entrar plenamente en la lógica de la fe: creer en Dios, en su designio de salvación, y al mismo tiempo comprometerse en la construcción de su reino. En efecto, la justicia y la paz son un don de Dios, pero requieren hombres y mujeres que sean “tierra buena”, dispuesta a acoger la buena semilla de su Palabra.

Primicia de esta nueva humanidad es Jesús, Hijo de Dios e hijo de María. Ella, la Virgen Madre, es el “camino” que Dios mismo se preparó para venir al mundo. Con toda su humildad, María camina a la cabeza del nuevo Israel en el éxodo de todo exilio, de toda opresión, de toda esclavitud moral y material, hacia “los nuevos cielos y la nueva tierra, en los que habita la justicia” (2 P 3, 13). A su intercesión materna encomendamos las esperanza de paz y de salvación de los hombres de nuestro tiempo.

Ángelus: sobriedad y conversión

II Domingo de Adviento (04-12-2011)

Este domingo marca la segunda etapa del Tiempo de Adviento. Este período del año litúrgico pone de relieve las dos figuras que desempeñaron un papel destacado en la preparación de la venida histórica del Señor Jesús: la Virgen María y san Juan Bautista. Precisamente en este último se concentra el texto de hoy del Evangelio de san Marcos. Describe la personalidad y la misión del Precursor de Cristo (cf. Mc 1, 2-8). Comenzando por el aspecto exterior, se presenta a Juan como una figura muy ascética: vestido de piel de camello, se alimenta de saltamontes y miel silvestre, que encuentra en el desierto de Judea (cf. Mc 1, 6). Jesús mismo, una vez, lo contrapone a aquellos que «habitan en los palacios del rey» y que «visten con lujo» (Mt 11, 8). El estilo de Juan Bautista debería impulsar a todos los cristianos a optar por la sobriedad como estilo de vida, especialmente en preparación para la fiesta de Navidad, en la que el Señor —como diría san Pablo— «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9).

Por lo que se refiere a la misión de Juan, fue un llamamiento extraordinario a la conversión: su bautismo «está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios» (Jesús de Nazaret, I, Madrid 2007, p. 36) y de la inminente venida del Mesías, definido como «el que es más fuerte que yo» y «bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 7.8). La llamada de Juan va, por tanto, más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: invita a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquel que es «el más Grande» y se hizo pequeño, «el más Fuerte» y se hizo débil.

Los cuatro evangelistas describen la predicación de Juan Bautista refiriéndose a un pasaje del profeta Isaías: «Una voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”» (Is 40, 3). San Marcos inserta también una cita de otro profeta, Malaquías, que dice: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino» (Mc 1, 2; cf. Mal 3, 1). Estas referencias a las Escrituras del Antiguo Testamento «hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino» (Jesús de Nazaret, I, p. 37).

A la materna intercesión de María, Virgen de la espera, confiamos nuestro camino al encuentro del Señor que viene, mientras proseguimos nuestro itinerario de Adviento para preparar en nuestro corazón y en nuestra vida la venida del Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Después del Ángelus, antes de dirigir sus saludos en diversas lenguas a los grupos presentes, el Pontífice pidió solidaridad hacia quienes se ven obligados a abandonar su propio país.

Congregación para el Clero

«Una voz grita: en el desierto preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios » (Is. 40,1).

Este es el centro en torno al cual “gira” toda la liturgia del segundo domingo del tiempo de Adviento. El Señor pide a todos una auténtica apertura del corazón, para acoger su venida. El corazón, que a menudo anda por “caminos desviados” (cfr. Is. 40, 4-5) revive gracias a dos factores fundamentales: el impacto con la realidad y el encuentro con una Presencia. Ambos se encuentran en la raíz de la vigilancia que debe caracterizar al hombre, y que se nos pide especialmente en el tiempo del Adviento.

El modelo supremo de discípulo de Cristo, ejemplo para ser siempre imitado, es sin duda, en sintonía con los Padres de la Iglesia, la Madre de Dios. María, la más sublime y alta criatura, que supo “aplanar” y “abajar” toda su existencia delante del Señor, marchando por el camino que Él le indicaba: el camino de la humildad. Mirando a la Santísima Virgen, cada uno es llamado a revestirse con la humildad: la verdadera senda que “revelará la gloria del Señor”, dándole a todos la posibilidad de gritar, exultando en su alma y con la fidelidad de su vida: “¡He aquí que viene el Señor!”.

La Iglesia, de la cual María es imagen, ofrece a sus hijos y a cada hombre este tiempo de gracia, con el fin de que “todos tengan la oportunidad de arrepentirse”, de reconocer las necesidades fundamentales del propio corazón y, de este modo, “abrirlo” a la única posibilidad real de una respuesta plena: Cristo el Señor, que llega.

En verdad, que “todos tengan la oportunidad de arrepentirse” es también una fuerte llamada a la conversión, a cortar –dolorosamente, pero sólo así será fecundo el corte- con el pecado, pero en la perspectiva de una respuesta a un regalo más grande, de un sí a un encuentro que revela un modo nuevo de vivir: más verdadero, más justo, más humano y que nos hace más felices.

El apóstol Pedro nos invita, en este sentido, a buscar vivir una nueva y auténtica conducta, que pueda conducir a la plena santidad, para ser encontrados “sin mancha e irreprensibles delante de Dios” (cfr. 2Pe. 3, 8-14).

La venida de Jesús, como recuerda el evangelio de hoy, pide, también históricamente, un tiempo de preparación, anunciado por Juan el Bautista por medio de “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”, en espera del adviento definitivo del Señor, que siempre se renueva en el bautismo “en el Espíritu Santo”.

El modo más auténtico, más sencillo, más inmediato y, en el fondo, más humano para “preparar la venida del Señor”, es comenzar a recorrerlo: ponerse en marcha, aunque sea con pasos tímidos e inseguros, hacia Aquel que con todo su Ser, misericordioso y amante, viene gratuitamente al encuentro del hombre. Y teniendo siempre, como insuperable modelo, el “paso presuroso” de la Santísima Virgen que va al encuentro de su prima Isabel.

Hugo de San Víctor afirma: «¡Oh grandeza del Amor, por medio del cual amamos a Dios, lo elegimos, nos dirigimos hacia Él, lo alcanzamos, lo poseemos! (…) Me doy cuenta de que eres la vía maestra, la cual acoge, dirige y conduce a la meta; eres el camino del hombre hacia Dios y el camino de Dios hacia la humanidad. ¡Oh dichosa vía!” (…) Tú conduces Dios a los hombres; Tú diriges los hombres a Dios” (Hugo de San Víctor, Alabanza del divino amor, p. 280).

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