Domingo II Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo II Tiempo Ordinario – Ciclo B)

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-1ª Lectura: 1 Sam 3, 3b-10.19 : Habla, Señor, que tu siervo te escucha.
-Salmo: Sal 39 : R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
-2ª Lectura: 1 Cor 6, 13c-15a.17-20 : Vuestros cuerpos son miembros de Cristo.
+Evangelio: Jn 1, 35-42 : Vieron dónde vivía y se quedaron con él.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Meditación: El Cordero de Dios

1ª Meditación para la Octava de Navidad

«He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,36)

Señor, yo soy la oveja que, por andar tras mis placeres y caprichos, me he perdido miserablemente; mas Vos, Pastor y juntamente Cordero divino, sois aquel que habéis venido del cielo a salvarme, sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados. Si yo quiero enmendarme, ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de vos, mi Salvador, que habéis nacido para salvarme? ¿Qué mayor señal de misericordia podíais darme?

Oh dulce Redentor mío, para inspirarme confianza, os habéis dado vos mismo. Yo os he hecho llorar en el establo de Belén; pero si vos habéis venido a buscarme, yo me arrojo confiado a vuestros pies; y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre, reclinado sobre la paja, os reconozco por mi Rey y Soberano. Oigo ya esos vuestros dulces vagidos, que me convidan a amaros, y me piden el corazón. Aquí le tenéis, Jesús mío. Hoy lo presento a vuestros pies; mudadlo, inflamadlo Vos, que a este fin habéis venido al mundo, para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor.

Oigo también que desde ese pesebre me decís: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”. Y yo respondo ¡Ah, Jesús mío! Y si no amo a Vos, que sois mi Dios y Señor ¿a quién he de amar?

Ruperto de Deutz

Homilía: Guardaba el vivo deseo de ver a su Señor

Hom. sobre San Juan

«Vio a Jesús que pasaba…» (Jn 1,36)

«Juan estaba allí, de pie, con dos de sus discípulos cuando Jesús pasaba.» Se trata de una postura corporal que traduce algo de la misión de Juan, de su vehemencia de palabra y de acción. Pero, según el evangelista, se trata también, más profundamente, de esta viva tensión, siempre presente entre los profetas. Juan no se contentaba de desempeñar exteriormente su papel de precursor. El guardaba en su corazón el vivo deseo de ver a su Señor a quien había reconocido en el bautismo… Sin duda alguna, Juan tendía hacia el Señor con todo su ser. Deseaba verlo de nuevo, porque ver a Jesús era la salvación para quien le confesaba, la gloria para quien lo anunciaba, la alegría para quien lo mostraba. Juan se tenía de pie, alerta por el deseo profundo de su corazón. Se mantenía de pie, esperaba a Cristo todavía disimulado en la sombra de su humildad…

Con Juan estaban dos de sus discípulos, de pie como su maestro, primicias de aquel pueblo preparado por el precursor, no por él mismo, sino por el Señor. Viendo a Jesús que pasaba, Juan dice. «Este es el Cordero de Dios!» Prestad atención a las palabras de esta narración. A primera vista, todo parece claro, pero para quien penetra en el sentido profundo, todo se manifiesta cargado de significado y misterio. «Jesús pasaba…» Qué significa sino que Jesús vino a participar en nuestra naturaleza humana que pasa, que cambia. El, a quien los hombres no conocían, se da a conocer y amar pasando por en medio de nosotros. Vino en el seno de la Virgen. Luego, pasó del seno de su madre al pesebre y del pesebre a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro se levantó al cielo… Nuestro corazón también, si aprende a desear a Cristo como Juan, reconocerá a Jesús cuando pase. Si le sigue, llegará como los discípulos al sitio donde mora Jesús: en el misterio de su divinidad.

San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario:

Comentario al Evangelio de San Juan 2, Prol. : PG 73, 192

«He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,36)

Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Ya no es el tiempo de decir: “Preparad el camino del Señor» (Mt 3,3), ya que donde su llegada ha sido preparada, se deja ver: se presenta desarmado a las miradas de todos. La naturaleza del acontecimiento pide otro discurso: hay que dar a conocer al que está aquí, explicarse por qué descendió del cielo y vino hasta nosotros. Por eso Juan declara: “He aquí el Cordero de Dios”. El profeta Isaías nos lo anunció diciendo que él “es llevado al matadero como una oveja, como un cordero mudo delante del esquilador” (Is 53,7). La Ley de Moisés lo prefiguró, pero… esta proporcionaba sólo una salvación incompleta y su misericordia no se extendía a todos los hombres. Entonces, hoy, el Cordero verdadero, representado antaño por símbolos, la víctima sin mancha, es llevado al matadero.

Esto es para desterrar el pecado del mundo, derribar al Exterminador de la tierra, destruir a la muerte muriendo por todos, quebrantar la maldición que nos golpeaba y poner fin a esta palabra: “Eres polvo y al polvo devolverás” (Gn 3,19). Llega a ser así, el segundo Adán, de origen celeste y no terrestre (1Co 15,47), es la fuente de todo bien para la humanidad, el camino que lleva al Reino de los cielos. Porque un solo Cordero murió por todos ellos, recobrando para Dios Padre, todo el rebaño de los que habitan la tierra. «Uno sólo murió por todos», con el fin de someterlos a Dios; «Uno sólo murió por todos» con el fin de ganarlos a todos, con el fin de que todos «los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Co 5,14-15).

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía: Hemos encontrado al Mesías

Hom. sobre el Evangelio de Juan, n. 19

Andrés, tras haber conversado con Jesús y aprendido su doctrina, no la reservó para sí como un tesoro, sino que acudió corriendo a casa de su hermano para hacerle partícipe de los bienes que había recibido…

Observad que Pedro tiene un espíritu dócil y obediente… sin ninguna vacilación echó a correr: «Y dice el evangelista, le llevó hasta Jesús». Que nadie le reproche una excesiva credulidad porque prestó fe a lo que le fue dicho sin informarse de más detalles. Es verosímil que su hermano le hubiera hablado ya extensamente e, informándole de los particulares del caso. Pero los evangelistas acostumbran a resumir hechos y palabras, movidos por el deseo de ser breves y concisos. Sea de ello lo que fuere, San Juan no dice que Pedro creyera sin más, sino que su hermano «lo condujo a Jesús», para confiárselo, para que de El aprendiera toda la doctrina.

San Gregorio Nacianceno, obispo y doctor de la Iglesia

Discurso: Seguir al Cordero de Dios

Discurso teológico 4

Jesús es Hijo del hombre, por ser descendiente de Adán y por ser hijo de Maria… Es el Cristo, el Ungido, el Mesías, por su divinidad; esta divinidad es la que unge su humanidad…, presencia total de Aquel que lo consagra como tal… Es el Camino porque es él mismo quien nos conduce. Es la Puerta porque es él quien nos introduce en el Reino. Es el Pastor porque es él quien conduce el rebaño a las praderas y le hace beber una agua refrescante; le enseña el camino a seguir y le defiende contra los animales salvajes; hace regresar a la oveja errante, encuentra a la oveja perdida, cura a la oveja herida, guarda a las ovejas que gozan de buena
salud y, gracias a las palabras que le inspira su sabiduría de pastor, las reúne en el redil de arriba.

Él es también la Oveja, porque es la víctima. Es el cordero porque no tiene defecto. Es el Gran sacerdote, porque ofrece el sacrificio. Es Sacerdote según Melquisedec, porque es Rey de Salem, Rey de paz, Rey de justicia… Estos son los nombres del Hijo, Jesucristo: «él es el mismo ayer, hoy», corporal y espiritualmente, «y lo será por siempre». Amén

San Juan Pablo II, papa

Homilía: Cristo nos invita a seguirle

VIAJE APOSTÓLICO A COLOMBIA. CELEBRACIÓN DE LA PALABRA EN TUMACO (04-07-1986)

[…] 2. Con cuánta actualidad resuenan las palabras del Maestro… Jesús, dirigiéndose a los discípulos, como hemos escuchado en el Evangelio de San Juan, les dice: “¿que buscáis?” (Jn 1, 38) .

La humanidad busca, de muchas maneras, a Dios. Tiene sed de salvación. Desea la verdadera felicidad, la verdadera libertad. Como la tierra necesita la lluvia, el mundo tiene necesidad del Evangelio, de la Buena Nueva de Jesús. La historia toda se orienta hacia Cristo, hacia su verdad, que nos hace libres (cf. Ibid., 8, 32).  El Espíritu Santo conduce a los pueblos hacia el Señor. «El es la fuente del valor, de la audacia y del heroísmo: “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2Co 3, 17)» (Congr. para la Doctrina de la Fe, Libertatis Conscientia, 4).

Los hombres, a veces entre dudas y sombras, buscan al Mesías, el único capaz de iluminar la vida y la historia porque El es la luz del mundo (cf. Jn 8, 12).

La Iglesia fundada por Jesucristo tiene como misión esencial hacer que esa luz llegue hasta los extremos del orbe. Por eso la Iglesia es evangelizadora y misionera: “Id, pues, enseñad a todas las gentes” (Mt 28, 19).

3. […] Nos podemos preguntar: ¿de dónde deriva esta preocupación permanente de la Iglesia por una evangelización sin fronteras?

Desde el comienzo de la narración evangélica, constatamos como todos los llamados a seguir a Cristo fueron llamados también a la evangelización: “Llamó a los que él quiso… para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 1, 13-14).  El “estar con El”, característica del seguimiento vocacional (Jn 1, 39; 15, 27),  se traduce espontáneamente en el anuncio: “hemos encontrado a Jesús de Nazaret” (Ibid. 1, 45).

Este encargo misionero corresponde principalmente a Pedro y a los demás Apóstoles, como principio de unidad y como estímulo de la responsabilidad misionera de todo el Pueblo de Dios: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15).

Los Apóstoles cumplieron su tarea misionera con toda fidelidad. A Pedro, el Señor le había confiado la misión de mantener la unidad, confirmando la fe de los demás Apóstoles (cf. Lc 22, 32; Jn 21, 15-17). Los sucesores del Colegio Apostólico han extendido incansablemente la fe, y los Papas, como Sucesores de Pedro, la han confirmado y animado, defendido y propagado. Y aquí está con vosotros, queridos hermanos y hermanas, el Papa, Sucesor de Pedro, para confirmaros en vuestra fe, en vuestra entrega total y en vuestra misión sin fronteras.

6. […]  ¡Cuántos jóvenes sienten hoy el llamado fascinante de Cristo y se deciden a arriesgarlo todo por El! ¡Cuántas familias se ofrecen a evangelizar plenamente su círculo familiar de “iglesia doméstica” (cf. Lumen gentium, 11)  y todo el ámbito de influencia en la sociedad humana y eclesial! Todos necesitan experimentar vivencialmente que la misión es el dinamismo operante de Cristo presente en la Iglesia. La Iglesia es signo “de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa. Ahora bien, es ante todo su misión y su condición de evangelizar lo que ella está llamada a continuar” (Evangelii Nuntiandi, 15).

En efecto, la Iglesia, que se siente unida a Cristo, no puede dejar de ser misionera; pues la vitalidad misionera brota espontáneamente del mismo ser de la Iglesia, como Cuerpo vivo de Cristo que tiende a difundirse a todos los lugares, culturas y tiempos.

7. A este cometido nos impulsa la presencia de Cristo resucitado, especialmente en la Eucaristía, que es “como la fuente y la culminación de toda la evangelización” (Presbyterorum Ordinis, 5) .  Cuando somos y nos sentimos Iglesia contamos con la fuerza del Espíritu Santo, que fue prometido y comunicado a la misma Iglesia, para que ésta se abriera al mundo entero (Cf. Hch 1, 8; 13, 3 ss.; Ad gentes, 4).

Y, ¿cómo no alegrarnos al ver aquí presentes a tantos grupos de cristianos que buscan una auténtica renovación a la luz de la Palabra de Dios y de la acción del Espíritu enviado por Jesús? Hoy todos queremos ver renovada nuestra Iglesia; pero no podemos olvidar que “la gracia de la renovación de las comunidades no puede crecer si no extiende cada uno los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, y no tiene por los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros” (Ad gentes, 37).

9. Finalmente, quiero insistir en el deber particular de todo creyente y de toda comunidad eclesial de orar y sacrificarse por la obra misionera. La oración y el sufrimiento cristiano son imprescindibles para la evangelización. “Rogad al Señor de la mies” (Mt 9, 37),  nos enseñó Cristo.

Orad, pues, todos, a ejemplo de Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las misiones, por la labor abnegada, muchas veces difícil, a menudo incomprendida, de los misioneros y de todos los agentes de la evangelización.

Homilía: Búsqueda y encuentro

VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA DE LA ESPERANZA. II Domingo del Tiempo Ordinario (B) (19-01-1997)

1. «El Señor llamó a Samuel y él respondió: “Aquí estoy“» (1 S 3, 4).

La liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta el tema de la vocación. Se delinea, ante todo, en la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel. Acabamos de escuchar nuevamente el sugestivo relato de la vocación del profeta, a quien Dios llama por su nombre, despertándolo del sueño. Al principio, el joven Samuel no sabe de dónde proviene esa voz misteriosa. Sólo después y gradualmente, también gracias a la explicación del anciano sacerdote Elí, descubre que la voz que ha escuchado es la voz de Dios. Entonces, responde enseguida: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha» (1 S 3, 10).

Se puede decir que la llamada de Samuel tiene un significado paradigmático, pues es la realización de un proceso que se repite en todas las vocaciones. En efecto, la voz de Dios se hace oír cada vez con mayor claridad y la persona adquiere progresivamente la conciencia de su proveniencia divina. La persona llamada por Dios aprende con el tiempo a abrirse cada vez más a la palabra de Dios, disponiéndose a escuchar y realizar su voluntad en su propia vida.

2. El relato de la vocación de Samuel en el contexto del Antiguo Testamento coincide, en cierto sentido, con lo que escribe san Juan sobre la vocación de los Apóstoles. El primer llamado fue Andrés, hermano de Simón Pedro. Precisamente él llevó a su hermano a Cristo, anunciándole: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41). Cuando Jesús vio a Simón, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)» (Jn 1, 42).

En esta breve pero solemne descripción de la vocación de los discípulos de Jesús, destaca el tema de la «búsqueda» y del «encuentro». En la actitud de los dos hermanos, Andrés y Simón, se manifiesta la búsqueda del cumplimiento de las profecías, que era parte esencial de la fe del Antiguo Testamento. Israel esperaba al Mesías prometido; lo buscaba con mayor celo, especialmente desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán. El Bautista no sólo anunció la próxima venida del Mesías, sino que también señaló su presencia en la persona de Jesús de Nazaret, que había ido al Jordán para ser bautizado. La llamada de los primeros Apóstoles se realizó precisamente en este ámbito, es decir, nació de la fe del Bautista en el Mesías ya presente en medio del pueblo de Dios.

También el salmo responsorial de hoy habla de la venida del Mesías al mundo. La liturgia de este domingo pone las palabras del salmista en la boca de Jesús: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad» (Sal 39, 8-9). Esta presencia del Mesías, que Dios anunció en los libros proféticos, cuando llegó la plenitud de los tiempos se convirtió enrealidad histórica en el misterio de la Encarnación. Todos nosotros, que acabamos de vivir el período de Navidad, tiempo de alegría y de fiesta por el nacimiento del Salvador, tenemos grabada aún en nuestros ojos y en nuestro corazón la celebración del cumplimiento de las profecías mesiánicas en la noche de Belén. Terminado el tiempo navideño, la liturgia nos muestra ahora el comienzo gradual de la misión salvífica de Jesús a través de los relatos sencillos e inmediatos de la vocación de los Apóstoles.

4. […] no existe ninguna noticia más sorprendente que la que contiene el Evangelio: «Dios mismo —en Jesús— salió personalmente a nuestro encuentro, se hizo uno de nosotros, fue crucificado, resucitó y nos llama a todos a participar en su misma vida para siempre». Os exhorto a llevar esta buena nueva también a cuantos hoy no están aquí con nosotros; llevadla a todos los muchachos y muchachas, a las familias, a las personas solas, a los ancianos y a los enfermos. Ofreced a todos la buena nueva del Evangelio, para que puedan decir, como el apóstol Andrés: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41).

5. «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (…). ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros? » (1 Co 6, 15.19). Estas palabras del apóstol Pablo a los Corintios merecen una reflexión particular, puesto que describen la vocación cristiana. Sí, el Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, y nosotros lo hemos recibido de Dios. Por tanto, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos (cf. 1 Co 6, 19), puesto que Cristo nos «ha comprado pagando un alto precio» (cf. 1 Co 6, 20).

San Pablo quiere que los Corintios, destinatarios de su carta, sean conscientes de esta verdad: el hombre pertenece a Dios, ante todo porque es criatura suya, pero más aún por el hecho de haber sido redimido del pecado por obra de Cristo. Darse cuenta de esto significa llegar a las raíces mismas de toda vocación.

Esto es verdad, en primer lugar, para la vocación cristiana y, sobre este fundamento, es verdad para toda vocación particular: para la vocación sacerdotal, para la vocación religiosa y para la vocación al matrimonio, así como para cualquier otra vocación relacionada con las diversas actividades y profesiones, por ejemplo, médico, ingeniero, artista, profesor, etc. Para un cristiano, todas estas vocaciones particulares encuentran su fundamento en el gran misterio de la Redención.

Precisamente por haber sido redimido por Cristo y haberse convertido en morada del Espíritu Santo, todo cristiano puede encontrar en sí mismo los diversos talentos y carismas que le permiten desarrollar de modo creativo su propia vida. Así, es capaz de servir a Dios y a los hombres, respondiendo de modo adecuado a su vocación particular en la comunidad cristiana y en el ambiente social en el que vive. Os deseo que siempre seáis conscientes de la dignidad de vuestra vocación cristiana, que estéis atentos a la voz de Dios que os llama, y que seáis generosos al anunciar su presencia salvífica a vuestros hermanos.

¡Habla Señor, que nosotros, tus siervos, estamos dispuestos a escucharte!

«Tú solo tienes palabras de vida eterna » (cf. Aleluya de la misa). Amén.

Homilía: ¿Dónde vive el Maestro?

SANTA MISA XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD. Hipódromo de Longchamp, París (24-08-1997)

1. “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38). Dos jóvenes hicieron un día esta pregunta a Jesús de Nazaret. Esto ocurría al borde del Jordán. Jesús había venido para recibir el bautismo de Juan, pero el Bautista, al ver a Jesús que venía a su encuentro, dice: “Este es el Cordero de Dios” (Jn 1,36). Estas palabras proféticas señalaban al Redentor, al que iba a dar su vida por la salvación del mundo. Así, desde el bautismo en el Jordán, Juan indicaba al Crucificado. Fueron precisamente dos discípulos de Juan el Bautista quienes, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. ¿No tiene esto un rico significado? Cuando Jesús les pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38), contestaron también ellos con una pregunta: “Rabbi (es decir Maestro), ¿dónde moras?” (Ibíd ). Jesús les respondió: “Venid y veréis”. Ellos le siguieron, fueron donde vivía y se quedaron con Él aquel día” (Jn 1,39). Se convirtieron así en los primeros discípulos de Jesús. Uno de ellos era Andrés, el que condujo también a su hermano Simón Pedro a Jesús.

2. […] La pregunta es el fruto de una búsqueda. El hombre busca a Dios. El hombre joven comprende en el fondo de sí mismo que esta búsqueda es la ley interior de su existencia. El ser humano busca su camino en el mundo visible; y, a través del mundo visible, busca el invisible a lo largo de su itinerario espiritual. Cada uno de nosotros puede repetir las palabras del salmista “Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro” (Sal. 27/26, 8-9). Cada uno de nosotros tiene su historia personal y lleva en sí mismo el deseo de ver a Dios, un deseo que se experimenta al mismo tiempo que se descubre el mundo creado. Este mundo es maravilloso y rico, despliega ante la humanidad sus maravillosas riquezas, seduce, atrae la razón tanto como la voluntad. Pero, a fin de cuentas, no colma el espíritu. El hombre se da cuenta de que este mundo, en la diversidad de sus riquezas, es superficial y precario; en un cierto sentido, esta abocado a la muerte. Hoy tomamos conciencia cada vez más de la fragilidad de nuestra tierra, demasiado a menudo degradada por la misma mano del hombre a quien el Creador la ha confiado.

En cuanto al hombre mismo, viene al mundo, nace del seno materno, crece y muere; descubre su vocación y desarrolla su personalidad a lo largo de los años de su actividad; después se aproxima cada vez más al momento en que debe abandonar este mundo. Cuanto más larga es su vida, más se resiente el hombre de su propio carácter precario, mas se pone la cuestión de la inmortalidad; ¿qué hay más allá de las fronteras de la muerte? Entonces, en lo profundo de ser, surge la pregunta planteada a Aquel que ha vencido la muerte: “Maestro, ¿dónde moras?” Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación! “Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro” (Sal. 27/26, 8-9).

3. En la orilla del Jordán, y más tarde aún, los discípulos no sabían quién era verdaderamente Jesús. Hará falta mucho tiempo para comprender el misterio del Hijo de Dios. También nosotros llevamos muy dentro el deseo de conocer aquel que revela el rostro de Dios. Cristo responde a la pregunta de sus discípulos con su entera misión mesiánica. Enseñaba y, para confirmar la verdad de lo que proclamaba, hacía grandes prodigios, curaba a los enfermos, resucitaba a los muertos, calmaba las tempestades del mar. Pero todo este proceso excepcional llegó a su plenitud en el Gólgota. Es contemplando a Cristo en la Cruz, con la mirada de la fe cuando se puede “ver” quien es Cristo Salvador, el que cargó con nuestros sufrimientos, el justo que hizo de su vida un sacrificio y que justificará a muchos (cf. Is 53, 4.10-11).

4. “Maestro, ¿dónde moras?”. La Iglesia nos responde cada día: Cristo está presente en la Eucaristía, el sacramento de su muerte y de su resurrección. En ella y por ella reconocéis la presencia del Dios vivo en la historia del hombre. La Eucaristía es el sacramento del amor vencedor de la muerte, es el sacramento de la Alianza, puro don de amor para la reconciliación de los hombres; es el don de la presencia real de Jesús, el Redentor, en el pan que es su Cuerpo entregado, y en el vino que es su Sangre derramada por la multitud. Por la Eucaristía, renovada sin cesar en todos los pueblos del mundo, Cristo constituye su Iglesia: nos une en la alabanza y en la acción de gracias para la salvación, en la comunión que sólo el amor infinito puede sellar. Nuestra reunión mundial adquiere todo su sentido actual por la celebración de la Misa. Jóvenes, amigos míos, ¡que vuestra presencia sea una real adhesión en la fe! He ahí que Cristo responde a vuestra pregunta y, al mismo tiempo, a las preguntas de todos los hombres que buscan al Dios vivo. Él responde con su invitación: esto es mi cuerpo, comed todos. Él confía al Padre su deseo supremo de la unidad en la misma comunión de los que ama en la misma comunión.

5. La respuesta a la pregunta “Maestro, ¿dónde moras?” conlleva numerosas dimensiones. Tiene una dimensión histórica, pascual y sacramental. La primera lectura de hoy nos sugiere aún otra dimensión más de la respuesta a la pregunta-lema de la Jornada Mundial de la Juventud: Cristo habita en su pueblo. Es el pueblo del cual habla el Deuteronomio en relación con la historia de Israel: ” Por el amor que os tiene, os ha sacado el Señor con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre, (…) Has de saber, pues que el Señor tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7, 8-9). Israel es el pueblo que Dios eligió y con el cual hizo la Alianza.

En la nueva Alianza, la elección de Dios se extiende a todos los pueblos de la tierra. En Jesucristo Dios ha elegido a toda la humanidad. Él ha revelado la universalidad de la elección por la redención. En Cristo no hay judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, todos son una cosa (cf. Ga 3, 28). Todos han sido llamados a participar de la vida de Dios, gracias a la muerte y a la resurrección de Cristo. ¿Nuestro encuentro, en esta Jornada Mundial de la Juventud, no ilustra esta verdad? Todos vosotros, reunidos aquí, venidos desde tantos países y continentes, ¡sois los testigos de la vocación universal del pueblo de Dios adquirido por Cristo! La última respuesta a la pregunta “Maestro, ¿dónde moras?” debe ser entendida así: yo moro en todos los seres humanos salvados. Sí, Cristo habita con su pueblo, que ha extendido sus raíces en todos los pueblos de la tierra, el pueblo que le sigue, a Él, el Señor crucificado y resucitado, el Redentor del mundo, el Maestro que tiene las palabras de vida eterna; Él, “la Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios” (Lumen gentium, 13). El Concilio Vaticano II ha dicho de modo admirable: es Él quien “nos dio su Espíritu, que es el único y el mismo en la Cabeza y en los miembros” (Ibíd. 7). Gracias a la Iglesia que nos hace participar de la misma vida del Señor, nosotros podemos ahora retomar la palabra de Jesús: “¿A quien iremos? ¿A quién otro iremos?” (cf. Jn 6, 68).

6. Queridos jóvenes, vuestro camino no se detiene aquí. El tiempo no se para hoy. ¡Id por los caminos del mundo, sobre las vías de la humanidad permaneciendo unidos en la Iglesia de Cristo!

Continuad contemplando la gloria de Dios, el amor de Dios, y seréis iluminados para construir la civilización del amor, para ayudar al hombre a ver el mundo transfigurado por la sabiduría y el amor eterno.

Perdonados y reconciliados, ¡sed fieles a vuestro bautismo! ¡Testimoniad el Evangelio! Como miembros de la Iglesia, activos y responsables, ¡sed discípulos y testigos de Cristo que revela al Padre, permaneced en la unidad del Espíritu que da la vida!

Benedicto XVI, papa

Discurso: Ver a Dios

PEREGRINACIÓN AL SANTUARIO DE LA SANTA FAZ DE MANOPELLO (01-09-2006)

[…] Cuando, hace poco, me encontraba orando, pensaba en los dos primeros Apóstoles, los cuales, impulsados por Juan Bautista, siguieron a Jesús junto al río Jordán, como leemos en el evangelio de san Juan (cf. Jn 1, 35-37). El evangelista narra que Jesús se volvió hacia ellos y les preguntó:  “¿Qué buscáis?”. Ellos respondieron:  “Rabbí, ¿dónde vives?”. Y él a su vez les dijo:  “Venid y lo veréis” (Jn 1, 38-39).

Ese mismo día los dos que lo siguieron hicieron una experiencia inolvidable, que los impulsó a decir:  “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). Aquel a quien pocas horas antes consideraban un simple “rabbí”, había adquirido una identidad muy precisa, la del Cristo esperado desde hacía siglos. Pero, en realidad, ¡cuán largo camino tenían aún por delante esos discípulos! No podían ni siquiera imaginar cuán profundo podía ser el misterio de Jesús de Nazaret; cuán insondable e inescrutable sería su “rostro”; hasta el punto de que, después de haber convivido con él durante tres años, Felipe, uno de ellos, escucharía de labios de Jesús estas palabras durante la última Cena:  “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?”, y luego las palabras que expresan toda la novedad de la revelación de Jesús:  “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

Sólo después de su pasión, cuando se encontraron con él resucitado, cuando el Espíritu iluminó su mente y su corazón, los Apóstoles comprendieron el significado de las palabras que Jesús les había dicho y lo reconocieron como el Hijo de Dios, el Mesías prometido para la redención del mundo.
Entonces se convirtieron en sus mensajeros incansables, en sus testigos valientes hasta el martirio.
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Sí, queridos hermanos y hermanas, para “ver a Dios” es preciso conocer a Cristo y dejarse modelar por su Espíritu, que guía a los creyentes “hasta la verdad completa” (Jn 16, 13). El que encuentra a Jesús, el que se deja atraer por él y está dispuesto a seguirlo hasta el sacrificio de la vida, experimenta personalmente, como hizo él en la cruz, que sólo el “grano de trigo” que cae en tierra y muere da “mucho fruto” (cf. Jn12, 24).

Este es el camino de Cristo, el camino del amor total, que vence a la muerte:  el que lo recorre y “el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12, 25). Es decir, vive en Dios ya en esta tierra, atraído y transformado por el resplandor de su rostro.

Esta es la experiencia de los verdaderos amigos de Dios, los santos, que han reconocido y amado en los hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados, el rostro de aquel Dios largamente contemplado con amor en la oración. Ellos son para nosotros ejemplos estimulantes, dignos de imitar; nos aseguran que si recorremos con fidelidad ese camino, el camino del amor, también nosotros, como canta el salmista, nos saciaremos de gozo en la presencia de Dios (cf. Sal 16, 15).

Lectio Divina: La llamada

VISITA AL PONTIFICIO SEMINARIO ROMANO MAYOR CON OCASIÓN DE LA FIESTA DE LA VIRGEN DE LA CONFIANZA
Capilla del Seminario (04-03-2011)

[…] Entramos ahora en el tema central de nuestra meditación, al encontrar una palabra que nos impresiona de modo especial: la palabra «llamada», «vocación». San Pablo escribe: «comportaos como pide la llamada —de la κλήσις— que habéis recibido» (ib.). Y poco después la repetirá al afirmar que «una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación» (v. 4). Aquí, en este caso, se trata de la vocación común de todos los cristianos, es decir, de la vocación bautismal: la llamada a ser de Cristo y a vivir en él, en su cuerpo. Dentro de esta palabra se halla inscrita una experiencia, en ella resuena el eco de la experiencia de los primeros discípulos, que conocemos por los Evangelios: cuando Jesús pasó por la orilla del lago de Galilea y llamó a Simón y Andrés, luego a Santiago y Juan (cf.Mc 1, 16-20). Y antes aún, junto al río Jordán, después del bautismo, cuando, dándose cuenta de que Andrés y el otro discípulo lo seguían, les dijo: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). La vida cristiana comienza con una llamada y es siempre una respuesta, hasta el final. Eso es así, tanto en la dimensión del creer como en la del obrar: tanto la fe como el comportamiento del cristiano son correspondencia a la gracia de la vocación.

He hablado de la llamada de los primeros Apóstoles, pero con la palabra «llamada» pensamos sobre todo en la Madre de todas las llamadas, en María santísima, la elegida, la Llamada por excelencia. El icono de la Anunciación a María representa mucho más que ese episodio evangélico particular, por más fundamental que sea: contiene todo el misterio de María, toda su historia, su ser; y, al mismo tiempo, habla de la Iglesia, de su esencia de siempre, al igual que de cada creyente en Cristo, de cada alma cristiana llamada.

Al llegar a este punto, debemos tener presente que no hablamos de personas del pasado. Dios, el Señor, nos ha llamado a cada uno de nosotros; cada uno ha sido llamado por su propio nombre. Dios es tan grande que tiene tiempo para cada uno de nosotros, me conoce, nos conoce a cada uno por nombre, personalmente. Cada uno de nosotros ha recibido una llamada personal. Creo que debemos meditar muchas veces este misterio: Dios, el Señor, me ha llamado a mí, me llama a mí, me conoce, espera mi respuesta como esperaba la respuesta de María, como esperaba la respuesta de los Apóstoles. Dios me llama: este hecho debería impulsarnos a estar atentos a la voz de Dios, atentos a su Palabra, a su llamada a mí, a fin de responder, a fin de realizar esta parte de la historia de la salvación para la que me ha llamado a mí.

En este texto, además, san Pablo nos indica algunos elementos concretos de esta respuesta con cuatro palabras: «humildad», «mansedumbre», «magnanimidad» y «sobrellevándoos mutuamente con amor». Tal vez podemos meditar brevemente estas palabras, en las que se expresa el camino cristiano. Al final volveremos una vez más sobre esto.

«Humildad»: la palabra griega es ταπεινοφροσυνης. Se trata de la misma palabra que san Pablo usa en la Carta a los Filipenses cuando habla del Señor, que era Dios y se humilló, se hizo ταπεινος, se rebajó hasta hacerse criatura, hasta hacerse hombre, hasta la obediencia de la cruz (cf. Flp 2, 7-8). Humildad, por consiguiente, no es una palabra cualquiera, una modestia cualquiera, algo…, sino una palabra cristológica. Imitar a Dios que se rebaja hasta mí, que es tan grande que se hace mi amigo, sufre por mí, muere por mí. Esta es la humildad que es preciso aprender, la humildad de Dios. Quiere decir que debemos vernos siempre a la luz de Dios; así, al mismo tiempo, podemos conocer la grandeza de que somos personas amadas por Dios, pero también nuestra pequeñez, nuestra pobreza, y así comportarnos como debemos, no como amos, sino como siervos. Como dice san Pablo: «No porque seamos señores de vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría» (2 Co 1, 24). Ser sacerdote, mucho más que ser cristiano, implica esta humildad.

«Mansedumbre». El texto griego utiliza aquí la palabra πραΰτης, la misma palabra que aparece en las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5, 4). Y en el Libro de los Números, el cuarto libro de Moisés, encontramos la afirmación según la cual Moisés era el hombre más manso del mundo (cf. 12, 3); y, en este sentido, era una prefiguración de Cristo, de Jesús, que dice de sí mismo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Así pues, también la palabra «manso», «mansedumbre», es una palabra cristológica e implica de nuevo este imitar a Cristo. Dado que en el Bautismo hemos sido configurados con Cristo, también debemos configurarnos con Cristo, encontrar este espíritu de ser mansos, sin violencia, de convencer con el amor y con la bondad.

«Magnanimidad», μακροθυμία, quiere decir generosidad de corazón, no ser minimalistas que dan sólo lo estrictamente necesario: démonos a nosotros mismos con todo lo que podamos, y crezcamos también nosotros en magnanimidad.

«Sobrellevándoos con amor». Es una tarea de cada día sobrellevarse unos a otros en su alteridad y, precisamente sobrellevándonos con humildad, aprender el verdadero amor.

Ahora demos un paso más. Después de la palabra «llamada» sigue la dimensión eclesial. Hemos hablado ahora de la vocación como de una llamada muy personal: Dios me llama, me conoce, espera mi respuesta personal. Pero, al mismo tiempo, la llamada de Dios es una llamada en comunidad, es una llamada eclesial. Dios nos llama en una comunidad. Es verdad que en este pasaje que estamos meditando no aparece la palabra εκκλησία, la palabra «Iglesia», pero sí está muy presente la realidad. San Pablo habla de un Espíritu y un cuerpo. El Espíritu se crea el cuerpo y nos une como un único cuerpo. Y luego habla de la unidad, habla de la cadena del ser, del vínculo de la paz. Con esta palabra alude a la palabra «prisionero» del comienzo. Siempre es la misma palabra: «yo estoy en cadenas», «me hallo en cadenas», pero detrás de ella está la gran cadena invisible, liberadora, del amor. Nosotros estamos en este vínculo de la paz que es la Iglesia; es el gran vínculo que nos une con Cristo. Tal vez también debemos meditar personalmente en este punto: estamos llamados personalmente, pero estamos llamados en un cuerpo. Y este cuerpo no es algo abstracto, sino muy real.

[…] La unidad de la Iglesia no deriva de un «molde» impuesto desde el exterior, sino que es fruto de una concordia, de un compromiso común de comportarse como Jesús, con la fuerza de su Espíritu. San Juan Crisóstomo tiene un comentario muy bello de este pasaje. Comentando la imagen del «vínculo», el «vínculo de la paz», el Crisóstomo dice: «Es bello este vínculo, con el que nos unimos tanto unos con otros como con Dios. No es una cadena que hiere. No produce calambres en las manos, las deja libres, les da amplio espacio y una valentía mayor» (Homilías sobre la carta a los Efesios 9, 4, 1-3). Aquí encontramos la paradoja evangélica: el amor cristiano es un vínculo, como hemos dicho, pero un vínculo que libera. La imagen del vínculo, como os he dicho, nos remite a la situación de san Pablo, que es «prisionero», está «en vínculo». El Apóstol está en cadenas por causa del Señor; como Jesús mismo, se hizo esclavo para liberarnos. Para conservar la unidad del espíritu es necesario que nuestro comportamiento esté marcado por la humildad, la mansedumbre y la magnanimidad que Jesús testimonió en su pasión; es necesario tener las manos y el corazón unidos por el vínculo de amor que él mismo aceptó por nosotros, haciéndose nuestro siervo. Este es el «vínculo de la paz». En el mismo comentario dice también san Juan Crisóstomo: «Uníos a vuestros hermanos. Los que están así unidos en el amor lo soportan todo con facilidad… Así quiere él que estemos unidos los unos a los otros, no sólo para estar en paz, no sólo para ser amigos, sino para ser todos uno, una sola alma» (ib.).

Ángelus: El papel del mediador

Domingo 2 del Tiempo Ordinario. Plaza de San Pedro (15-01-2012)

Las lecturas bíblicas de este domingo —el segundo del tiempo ordinario—, nos presentan el tema de la vocación: en el Evangelio encontramos la llamada de los primeros discípulos por parte de Jesús; y, en la primera lectura, la llamada del profeta Samuel. En ambos relatos destaca la importancia de una figura que desempeña el papel de mediador, ayudando a las personas llamadas a reconocer la voz de Dios y a seguirla. En el caso de Samuel, es Elí, sacerdote del templo de Silo, donde se guardaba antiguamente el arca de la alianza, antes de ser trasladada a Jerusalén. Una noche Samuel, que era todavía un muchacho y desde niño vivía al servicio del templo, tres veces seguidas se sintió llamado durante el sueño, y corrió adonde estaba Elí. Pero no era él quien lo llamaba. A la tercera vez Elí comprendió y le dijo a Samuel: «Si te llama de nuevo, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”» (1 S 3, 9). Así fue, y desde entonces Samuel aprendió a reconocer las palabras de Dios y se convirtió en su profeta fiel.

En el caso de los discípulos de Jesús, la figura de la mediación fue Juan el Bautista. De hecho, Juan tenía un amplio grupo de discípulos, entre quienes estaban también dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, y Santiago y Juan, pescadores de Galilea. Precisamente a dos de estos el Bautista les señaló a Jesús, al día siguiente de su bautismo en el río Jordán. Se lo indicó diciendo: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36), lo que equivalía a decir: Este es el Mesías. Y aquellos dos siguieron a Jesús, permanecieron largo tiempo con él y se convencieron de que era realmente el Cristo. Inmediatamente se lo dijeron a los demás, y así se formó el primer núcleo de lo que se convertiría en el colegio de los Apóstoles.

A la luz de estos dos textos, quiero subrayar el papel decisivo de un guía espiritual en el camino de la fe y, en particular, en la respuesta a la vocación de especial consagración al servicio de Dios y de su pueblo. La fe cristiana, por sí misma, supone ya el anuncio y el testimonio: es decir, consiste en la adhesión a la buena nueva de que Jesús de Nazaret murió y resucitó, y de que es Dios. Del mismo modo, también la llamada a seguir a Jesús más de cerca, renunciando a formar una familia propia para dedicarse a la gran familia de la Iglesia, pasa normalmente por el testimonio y la propuesta de un «hermano mayor», que por lo general es un sacerdote. Esto sin olvidar el papel fundamental de los padres, que con su fe auténtica y gozosa, y su amor conyugal, muestran a sus hijos que es hermoso y posible construir toda la vida en el amor de Dios.

Queridos amigos, pidamos a la Virgen María por todos los educadores, especialmente por los sacerdotes y los padres de familia, a fin de que sean plenamente conscientes de la importancia de su papel espiritual, para fomentar en los jóvenes, además del crecimiento humano, la respuesta a la llamada de Dios, a decir: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

Francisco, papa

Evangelii Gaudium: Memoria y llamada bautismal

13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice» (2 Tm 1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».

[…]

120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch9,20). ¿A qué esperamos nosotros?

Catecismo de la Iglesia Católica

Los símbolos del Espíritu Santo: La Unción

695 La unción. El simbolismo de la unción con el óleo es también significativo del Espíritu Santo, hasta el punto de que se ha convertido en sinónimo suyo (cf. 1 Jn 2, 20. 27; 2 Co 1, 21). En la iniciación cristiana es el signo sacramental de la Confirmación, llamada justamente en las Iglesias de Oriente “Crismación”. Pero para captar toda la fuerza que tiene, es necesario volver a la Unción primera realizada por el Espíritu Santo: la de Jesús. Cristo [“Mesías” en hebreo] significa “Ungido” del Espíritu de Dios. En la Antigua Alianza hubo “ungidos” del Señor (cf. Ex 30, 22-32), de forma eminente el rey David (cf. 1 S 16, 13). Pero Jesús es el Ungido de Dios de una manera única: la humanidad que el Hijo asume está totalmente “ungida por el Espíritu Santo”. Jesús es constituido “Cristo” por el Espíritu Santo (cf. Lc 4, 18-19; Is 61, 1). La Virgen María concibe a Cristo del Espíritu Santo, quien por medio del ángel lo anuncia como Cristo en su nacimiento (cf. Lc 2,11) e impulsa a Simeón a ir al Templo a ver al Cristo del Señor (cf. Lc 2, 26-27); es de quien Cristo está lleno (cf. Lc 4, 1) y cuyo poder emana de Cristo en sus curaciones y en sus acciones salvíficas (cf. Lc 6, 19; 8, 46). Es él en fin quien resucita a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 1, 4; 8, 11). Por tanto, constituido plenamente “Cristo” en su humanidad victoriosa de la muerte (cf. Hch 2, 36), Jesús distribuye profusamente el Espíritu Santo hasta que “los santos” constituyan, en su unión con la humanidad del Hijo de Dios, “ese Hombre perfecto […] que realiza la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13): “el Cristo total” según la expresión de San Agustín (Sermo 341, 1, 1: PL 39, 1493; Ibíd., 9, 11: PL 39, 1499)

Congregación para el Clero

La liturgia de la Palabra de este domingo está centrada en dos relatos vocacionales que aparecen en la primera lectura y en el Evangelio. El primero de ellos tiene por protagonista a Samuel, llamado a ser profeta y sacerdote; el segundo se refiere a los dos hermanos, Andrés y Pedro, llamados a ser Apóstoles.

Hay que destacar enseguida un aspecto relevante: la iniciativa de la llamada siempre parte de Dios, que actúa con perseverancia y delicadeza. En el caso de Samuel, el Señor llama durante la noche, en el silencio del descanso, reiteradamente, para que el hombre comprenda y acoja la llamada.

En el caso de Pedro y Andrés, Jesús se entretiene dialogando con ellos. “¿A quién buscáis?”. Después propone: “Venid y lo veréis”. La iniciativa vocacional de Dios, pues, se desarrolla a través de recursos humanos, respetando plenamente el tiempo para responderle; es perseverante y al mismo tiempo delicado.

Un ulterior elemento particularmente significativo, en la misma línea de  la concreción de la llamada de  Dios, parece surgir del recurso a los sentidos que Él hace.

Para Samuel, Dios recurre al oído: el joven “siente” la voz de Dios que lo llama y la reconoce como familiar; tres veces la confunde con la de su maestro Elí. Para Pedro y Andrés, el Señor recurre al sentido de la vista: Andrés “ve” pasar a Jesús y lo sigue; Jesús “ve” que lo siguen y luego les dice: “Venid y veréis”. Ellos “vieron” dónde vivía Jesús. Cuando después viene acompañado también Pedro, el Señor fija su mirada en él, revelándole su nueva identidad: “Tú te llamarás Cefas”.  

En el contexto de la vocación adquieren una particular importancia los verbos “buscar” y “encontrar”. En la primera lectura es Dios quien busca a Samuel y éste, por invitación de Elí, se deja encontrar. En el Evangelio, en cambio, son los futuros Apóstoles quienes van al encuentro de Cristo, movidos por la invitación de Juan el Bautista, que lo ve pasar y lo reconoce. Jesús, deteniéndose, se deja encontrar. En esta dinámica, los dos relatos presentan la figura fundamental de un mediador entre Dios y el que es llamado, para ayudar a este último a reconocer la llamada.

La vocación  asume plenamente la humanidad del llamado. Cuando quien es buscado y llamado se deja encontrar, asume plenamente la propia identidad. Samuel, en las tres primeras llamadas, se presenta como el “servidor que escucha”; pero cuando reconoce la voz de Dios y acoge la llamada, es hecho profeta y sacerdote. De aquí surge –y lo vemos con estupor- que en la vocación se manifiesta plenamente la identidad de Dios: Andrés, en el primer encuentro con Jesús, ya lo llamó “Rabí”, pero cuando encuentra a su hermano Pedro y lo invita a acercarse a Jesús, lo llama “el Mesías” que ha sido encontrado.

Estos elementos que hemos destacado, nos recuerdan que toda vocación es siempre la expresión de una profunda relación de amor entre Dios y el que es llamado. Si éste se deja guiar por quien sabe reconocer la voz de Dios y se atreve a responder afirmativamente al proyecto que el Señor tiene para él, la relación de amor se transforma radicalmente, cambia el modo de ver a Dios y el modo de ser vistos por Él.

María Santísima, en cuya vocación surge de modo insuperable la plenitud de lo humano y la manifestación de Dios, guíe y custodie la vocación de cada uno, para que pueda “ver” y “encontrar” al Señor cada día de la propia existencia.

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