Homilías Domingo IV de Adviento (B)

Lecturas (Domingo IV Tiempo de Adviento – Ciclo B)

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-1ª Lectura: 2Sam 7, 1-5. 8b-12. 14a. 16 : El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor
-Salmo: Sal 88 : Cantaré eternamente tus misericordias, Señor
-2ª Lectura: Rom 16, 25-27 : Vuestro espíritu entero se conserve para cuando vuelva el Señor
+Evangelio: Lc 1, 26-38 : Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Cirilo de Alejandría, obispo

Comentario: promesa del Mesías

Comentario sobre el profeta Isaías, Lib 4, or 4: PG 70,1035-1038. En la Liturgia de las Horas

El profeta inspirado vaticinó al Dios-con-nosotros

Está escrito: Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. El ángel Gabriel, al revelar a la santa Virgen Madre de Dios el misterio, le dice: No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él salvará a su pueblo de los pecados. ¿Se contradijeron aquí, acaso, el santo ángel y el profeta? En absoluto. Pues el profeta de Dios, hablando en espíritu del misterio, vaticinó al Dios-con-nosotros, dándole un nombre en sintonía con la naturaleza y la economía de la encarnación, mientras que el santo ángel le impuso un nombre de acuerdo con la misión y su eficacia propia: salvará a su pueblo. Por eso le llamó salvador.

Efectivamente: cuando por nosotros se sometió a esta generación según la carne, una multitud de ángeles anunció este fausto y feliz parto a los pastores, diciendo: No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor. Es llamado Emmanuel porque se hizo por naturaleza Dios-con-nosotros, es decir, hombre; y Jesús, porque debía salvar al mundo, él, Dios mismo hecho hombre. Así que cuando salió del vientre de su madre —pues de ella nació según la carne—, entonces se pronunció su nombre. Sería inexacto llamar a Cristo el Dios Verbo antes de su nacimiento que tuvo lugar —repito— según la carne. ¿Cómo llamarle Cristo si todavía no había sido ungido?

Cuando nació hombre del vientre de su madre, entonces recibió una denominación adecuada a su nacimiento en la carne. Dice que Dios hizo de su boca una espada afilada. También esto es verdad. Pues de él está escrito, o mejor, dice el mismo profeta Isaías: La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Herirá al violento con la vara de su boca. La predicación divina y celestial, es decir, evangélica, anunciada por Cristo, era una espada aguda y sobremanera penetrante, blandida contra la tiranía del diablo, que eliminaba a los poderes que dominan este mundo de tinieblas y a las fuerzas del mal. De hecho, disipó las tinieblas del error, irradió sobre los corazones de todos el verdadero conocimiento de Dios, indujo al orbe entero a una santa transformación de vida, convirtió a todos los hombres en entusiastas de las instituciones santas, destruyó y erradicó del mundo el pecado: justificando al impío por la fe, colmando del Espíritu Santo a quienes se acercan a él y haciéndoles hijos de Dios, comunicándoles un ánimo esforzado y valiente para la lucha, poniendo en sus manos la espada del espíritu, es decir, la palabra de Dios, para que, resistiendo a los que antes eran superiores a ellos, corran sin tropiezo a la consecución del premio al que Dios llama desde arriba.

Que esta disciplina e iniciación a los divinos misterios aportada por Cristo haya derrocado en los habitantes de la tierra el poder tiránico del demonio, lo afirma claramente el profeta Isaías cuando dice: Aquel día, castigará el Señor con su espada, grande, templada, robusta, al Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al Dragón.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis: cada día es Adviento, cada día es Navidad

Audiencia general (22-12-1982)

1. Nos encontramos ya en el culmen del Adviento. La Iglesia, por medio de su liturgia, nos ha hecho meditar, estos días de gracia, en el misterio de la doble venida de Cristo: la venida en la humildad de nuestra naturaleza humana, y la de su parusía definitiva. Por tanto, la liturgia nos recomienda que el Señor, que nos concede prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza (cf. Prefacio de Adviento, II).

En este tiempo los cristianos estamos invitados a meditar los acontecimientos admirables y misteriosos de la Encarnación del Hijo de Dios que se hace humilde, pobre, débil, frágil, en la conmovedora realidad de un Niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre.

Pero este Niño es precisamente el que guía, orienta, marca el comportamiento, las opciones y la vida de las personas que están a su lado o a quienes afecta de lleno su aparición. Está la anciana Isabel, que ha sentido florecer milagrosamente en su seno la vida de un hijo, esperado desde años, como una gracia del Señor: Juan el Bautista será el precursor del Mesías; está su marido Zacarías, cuya lengua se desata para cantar las grandes gestas de Dios en favor de su pueblo; están los pastores que pueden contemplar al Salvador, losMagos, desde años en búsqueda del Absoluto en los signos de los cielos y de los astros, y que se prosternan en adoración ante el recién Nacido, está el anciano Simeón, que ha esperado también desde hace mucho tiempo al Mesías, “luz de las gentes y gloria de Israel” (cf. Lc 2, 32); Ana, la venerada profetisa que exulta de júbilo por la “redención de Jerusalén ” (cf. Lc 2, 38); José, el silencioso, vigilante, atento, tierno, paternal custodio y protector de la fragilidad del Niño; finalmente y, sobre todo Ella, la Madre, María Santísima, que ante el designio inefable de Dios se sumergió en su pequeñez, definiéndose “esclava” del Señor e insertándose con plena disponibilidad en el proyecto divino.

Pero al lado y alrededor de este Niño están, por desgracia, no sólo personas que lo han esperado, buscado, amado adorado; está también la muchedumbre indiferente de los peregrinos y de los habitantes de Belén, o, incluso el rey, potente y suspicaz, Herodes, que, con tal de mantener su poder, asesina a los pequeños inocentes con el propósito de eliminar al hipotético pretendiente al trono.

2. Ante el pesebre de Belén —como luego ante la cruz en el Gólgota— la humanidad hace ya una opción de fondo con relación a Jesús, una opción que, en último análisis, es la que el hombre está llamado a hacer improrrogablemente, día tras día, con relación a Dios, Creador y Padre. Y esto se realiza, ante todo y sobre todo, en el ámbito de lo íntimo de la conciencia personal. Aquí tiene lugar el encuentro entre Dios y el hombre.

Esta es la tercera venida, de la que hablan los Padres, o el “Adviento intermedio” analizado teológica y ascéticamente por San Bernardo: “En la primera venida, al Verbo se le vio en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua El mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, verá toda carne la salvación de Dios, y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos lo ven en su interior, y así sus almas se salvan” (Sermo V, De medio adventu et triplici innovatione, 1: Opera, Ed. Cisterc., IV, 1966, pág. 188).

Este Adviento, en el que el hombre se inserta, impulsado por la gracia, imitando las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, está vivificado por la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual; está fecundado y animado por la plegaria de adoración y alabanza a Dios, de la cual son modelos incomparables los cánticos del “Benedictus” de Zacarías, el “Nunc dimittis” de Simeón, pero especialmente el “Magnificat” de María Santísima. Este Adviento interior se refuerza con la práctica constante de los sacramentos, en particular el de la reconciliación y el de la Eucaristía, que, purificándonos y enriqueciéndonos con la gracia de Cristo, nos hacen “hombres nuevos”, en sintonía con la invitación urgente de Jesús: “Convertíos” (cf. Mt 3, 2; 4, 17; Lc 5, 32; Mc 1, 15).

En esta perspectiva, para nosotros, cristianos, cada día puede y debe ser Adviento, puede y debe ser Navidad. Porque, cuanto más purifiquemos nuestras almas, cuanto más espacio demos al amor de Dios en nuestro corazón, tanto más podrá venir y nacer en nosotros Cristo. “Isabel —escribe San Ambrosio— es colmada después de haber concebido, María, antes… Se alegra de que María no haya dudado, sino creído, y por esto, había conseguido el fruto de su fe. “Feliz”, le dice “tú que has creído”. Pero felices también vosotros, los que habéis oído y creído; pues toda alma creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras. Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios” (Expos. Evang. sec. Lucam II, 23. 26: CCL 14, págs. 41, 42).

3. Por tanto, no podemos transformar y degradar la Navidad en una fiesta de inútil despilfarro, en una manifestación caracterizada por el fácil consumismo: la Navidad es la fiesta de la humildad, de la pobreza, Al desasimiento, del abajamiento del Hijo de Dios, que viene a darnos su amor infinito; por tanto, se debe celebrar con auténtico espíritu de compartir, de compartir con los hermanos que tienen necesidad de nuestra ayuda cariñosa. Debe ser una etapa fundamental para meditar sobre nuestra conducta con relación a; “Dios que viene”; y a este Dios que viene podemos encontrarlo en un niño indefenso que gime; en un enfermo que siente decaer inexorablemente las fuerzas de su cuerpo; en un anciano, que después de haber trabajado durante toda la vida, se halla de hecho marginado y soportado en nuestra sociedad moderna, basada sobre la productividad y el éxito.

En las Vísperas de hoy la Iglesia eleva a Cristo esta espléndida oración: “¡O Rex gentium et desideratus; earum, lapisque angularis, qui facis utraque unum: veni et salva hominem quem de limo formasti”! ¡Oh Cristo, Rey de las naciones, esperado y deseado durante siglos por la humanidad herida y dispersa por el pecado; Tú que eres la piedra angular sobre la que la humanidad puede volver a construirse a sí misma y recibir una definitiva e iluminadora guía para su caminar en la historia; Tú que has unificado, mediante tu entrega sacrificial al Padre, los pueblos divididos, ven y salva al hombre, mísero y grande, hecho por Ti “con barro de la tierra”, y que lleva en sí tu imagen y semejanza!

Con estos deseos doy a todos los que estáis aquí mi felicitación afectuosa y cordial: ¡Feliz Navidad!

Ángelus: el Nombre de Jesús

IV Domingo de Adviento (22-12-1996)

1. Hoy, cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos prepara para la Navidad, ya inminente, invitándonos a meditar en el evangelio de la Anunciación. Se trata de la conocida escena, representada también por célebres artistas, en la que el ángel Gabriel manifiesta a María el plan divino de la Encarnación: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 31; cf. Mt 1, 21 y 25).

El nombre de Jesús, con el que Cristo era llamado en su familia y por sus amigos en Nazaret, exaltado por las multitudes e invocado por los enfermos en los años de su ministerio público, evoca su identidad y su misión de Salvador. En efecto, Jesús significa: «Dios salva». Nombre bendito, que se reveló también signo de contradicción, y acabó escrito en la cruz, dentro de la motivación de la condena a muerte (cf. Jn 19, 19). Pero este nombre, en el sacrificio supremo del Calvario resplandeció como nombre de vida, en el que Dios ofrece a todos los hombres la gracia de la reconciliación y de la paz.

2. En este nombre la Iglesia encuentra todo su bien, lo invoca sin cesar y lo anuncia con un ardor siempre nuevo. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, «el nombre de Jesús significa que el nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados» (n. 432). Este nombre divino es el único que trae la salvación, porque «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12). Jesús mismo nos indica el poder salvífico de su nombre, cuando nos da esta consoladora certeza: «lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará» (Jn 16, 23). Así, quien invoca con fe el nombre de Jesús, puede hacer una experiencia semejante a la que señala el evangelista Lucas, cuando refiere que la multitud procuraba tocar a Jesús, «porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 19). Aprendamos a repetir con amor el santo nombre de Jesús…

3. ¡Con qué ternura maternal debió pronunciar el nombre de Jesús la Virgen santísima, a quien contemplamos en la espera del nacimiento de su Hijo! En la oración que la Iglesia le dirige con el Avemaría, ella está asociada a la bendición misma de su Hijo: «Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Que María ponga en nuestros labios e imprima en nuestro corazón ese nombre santísimo, del que viene nuestra salvación.

Ángelus: auténtico sentido navideño

IV Domingo de Adviento (22-12-2002)

1. El recuerdo más sugestivo del nacimiento del Señor, ya inminente, viene del belén, que en numerosas casas ya ha sido montado.

Pero la sencillez del belén contrasta con la imagen de la Navidad que los mensajes publicitarios proponen a veces de modo insistente. También la hermosa tradición de intercambiarse, entre familiares y amigos, los regalos con ocasión de la Navidad, bajo el influjo de cierta mentalidad consumista corre el riesgo de perder su auténtico sentido “navideño”. En efecto, esta costumbre se comprende partiendo del hecho de que Jesús en persona es el Don de Dios a la humanidad, del que nuestros regalos en esta fiesta quieren ser reflejo y expresión. Por esta razón, es muy oportuno privilegiar los gestos que manifiestan solidaridad y acogida con respecto a los pobres y los necesitados.

2. Ante el belén, la mirada se detiene sobre todo en la Virgen y en José, que esperan el nacimiento de Jesús. El evangelio de este IV domingo de Adviento, con la narración de la Anunciación, nos muestra a María a la escucha de la Palabra de Dios y dispuesta a cumplirla fielmente. Así, en ella y en su castísimo esposo vemos realizadas las condiciones indispensables para prepararnos a la Navidad de Cristo. Ante todo, el silencio interior y la oración, que permiten contemplar el misterio que se conmemora. En segundo lugar, la disponibilidad a acoger la voluntad de Dios, sea cual sea la forma en que se manifieste.

3. El “sí” de María y de José es pleno y compromete toda su persona: espíritu, alma y cuerpo.
¡Que así sea en cada uno de nosotros! Ojalá que Jesús, que dentro de pocos días vendrá a llenar de alegría nuestro belén, encuentre en cada familia cristiana una generosa acogida, como sucedió en Belén durante la Noche santa.

Benedicto XVI, papa

Ángelus: san José nos enseña a vivir la Navidad

IV Domingo de Adviento (18-12-2005)

En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. En la página evangélica de hoy san Lucas presenta a la Virgen María como “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como “hijo de David”.

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre “justo” (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, “Custodio del Redentor”. Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su “padre” José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la “justicia superior”, que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20). Dejémonos “contagiar” por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.

Ángelus: aprendamos con María y José

IV Domingo de Adviento (21-12-2008)

El evangelio de este cuarto domingo de Adviento nos vuelve a proponer el relato de la Anunciación (Lc 1, 26-38), el misterio al que volvemos cada día al rezar el Ángelus. Esta oración nos hace revivir el momento decisivo en el que Dios llamó al corazón de María y, al recibir su “sí”, comenzó a tomar carne en ella y de ella. La oración “Colecta” de la misa de hoy es la misma que se reza al final del Ángelus:  “Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección”.

A pocos días ya de la fiesta de Navidad, se nos invita a dirigir la mirada al misterio inefable que María llevó durante nueve meses en su seno virginal:  el misterio de Dios que se hace hombre. Este es el primer eje de la redención. El segundo es la muerte y resurrección de Jesús, y estos dos ejes inseparables manifiestan un único plan divino:  salvar a la humanidad y su historia asumiéndolas hasta el fondo al hacerse plenamente cargo de todo el mal que las oprime.

Este misterio de salvación, además de su dimensión histórica, tiene también una dimensión cósmica:  Cristo es el sol de gracia que, con su luz, “transfigura y enciende el universo en espera” (Liturgia). La misma colocación de la fiesta de Navidad está vinculada al solsticio de invierno, cuando las jornadas, en el hemisferio boreal, comienzan a alargarse. A este respecto, tal vez no todos saben que la plaza de San Pedro es también una meridiana; en efecto, el gran obelisco arroja su sombra a lo largo de una línea que recorre el empedrado hacia la fuente que está bajo esta ventana, y en estos días la sombra es la más larga del año. Esto nos recuerda la función de la astronomía para marcar los tiempos de la oración. El Ángelus, por ejemplo, se recita por la mañana, a mediodía y por la tarde, y con la meridiana, que en otros tiempos servía precisamente para conocer el “mediodía verdadero”, se regulaban los relojes…

Volvamos ahora nuestra mirada a María y José, que esperan el nacimiento de Jesús, y aprendamos de ellos el secreto del recogimiento para gustar la alegría de la Navidad. Preparémonos para acoger con fe al Redentor que viene a estar con nosotros, Palabra de amor de Dios para la humanidad de todos los tiempos.

Ángelus: la pregunta de María

IV Domingo de Adviento (18-12-2011)

En este cuarto y último domingo de Adviento la liturgia nos presenta este año el relato del anuncio del ángel a María. Contemplando el estupendo icono de la Virgen santísima, en el momento en que recibe el mensaje divino y da su respuesta, nos ilumina interiormente la luz de verdad que proviene, siempre nueva, de ese misterio. En particular, quiero reflexionar brevemente sobre la importancia de la virginidad de María, es decir, del hecho de que ella concibió a Jesús permaneciendo virgen.

En el trasfondo del acontecimiento de Nazaret se halla la profecía de Isaías. «Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel» (Is 7, 14). Esta antigua promesa encontró cumplimiento superabundante en la Encarnación del Hijo de Dios.

De hecho, la Virgen María no sólo concibió, sino que lo hizo por obra del Espíritu Santo, es decir, de Dios mismo. El ser humano que comienza a vivir en su seno toma la carne de María, pero su existencia deriva totalmente de Dios. Es plenamente hombre, hecho de tierra —para usar el símbolo bíblico—, pero viene de lo alto, del cielo. El hecho de que María conciba permaneciendo virgen es, por consiguiente, esencial para el conocimiento de Jesús y para nuestra fe, porque atestigua que la iniciativa fue de Dios y sobre todo revela quién es el concebido. Como dice el Evangelio: «Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). En este sentido, la virginidad de María y la divinidad de Jesús se garantizan recíprocamente.

Por eso es tan importante aquella única pregunta que María, «turbada grandemente», dirige al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). En su sencillez, María es muy sabia: no duda del poder de Dios, pero quiere entender mejor su voluntad, para adecuarse completamente a esa voluntad. María es superada infinitamente por el Misterio, y sin embargo ocupa perfectamente el lugar que le ha sido asignado en su centro. Su corazón y su mente son plenamente humildes, y, precisamente por su singular humildad, Dios espera el «sí» de esa joven para realizar su designio. Respeta su dignidad y su libertad. El «sí» de María implica a la vez la maternidad y la virginidad, y desea que todo en ella sea para gloria de Dios, y que el Hijo que nacerá de ella sea totalmente don de gracia.

Queridos amigos, la virginidad de María es única e irrepetible; pero su significado espiritual atañe a todo cristiano. En definitiva, está vinculado a la fe: de hecho, quien confía profundamente en el amor de Dios, acoge en sí a Jesús, su vida divina, por la acción del Espíritu Santo. ¡Este es el misterio de la Navidad! A todos os deseo que lo viváis con íntima alegría.

Homilía: tres palabras del Evangelio

En la Parroquia Romana de Nuestra Señora de Consolación. IV Domingo de Adviento (18-12-2005)

[…] Ahora queremos meditar brevemente el hermosísimo evangelio de este IV domingo de Adviento, que para mí es una de las páginas más hermosas de la sagrada Escritura. Y, para no alargarme mucho, quisiera reflexionar sólo sobre tres palabras de este rico evangelio.

La primera palabra que quisiera meditar con vosotros es el saludo del ángel a María. En la traducción italiana el ángel dice:  “Te saludo, María”. Pero la palabra griega original —”Kaire”— significa de por sí “alégrate”, “regocíjate”. Y aquí hay un primer aspecto sorprendente:  el saludo entre los judíos era “shalom”, “paz”, mientras que el saludo en el mundo griego era “Kaire”, “alégrate”. Es sorprendente que el ángel, al entrar en la casa de María, saludara con el saludo de los griegos:  “Kaire”, “alégrate”, “regocíjate”. Y los griegos, cuando leyeron este evangelio cuarenta años después, pudieron ver aquí un mensaje importante:  pudieron comprender que con el inicio del Nuevo Testamento, al que se refería esta página de san Lucas, se había producido también la apertura al mundo de los pueblos, a la universalidad del pueblo de Dios, que ya no sólo incluía al pueblo judío, sino también al mundo en su totalidad, a todos los pueblos. En este saludo griego del ángel aparece la nueva universalidad del reino del verdadero Hijo de David.

Pero conviene destacar, en primer lugar, que las palabras del ángel son la repetición de una promesa profética del libro del profeta Sofonías. Encontramos aquí casi literalmente ese saludo. El profeta Sofonías, inspirado por Dios, dice a Israel:  “Alégrate, hija de Sión; el Señor está contigo y viene a morar dentro de ti” (cf. Sf 3, 14). Sabemos que María conocía bien las sagradas Escrituras.
Su Magníficat es un tapiz tejido con hilos del Antiguo Testamento. Por eso, podemos tener la seguridad de que la Virgen santísima comprendió en seguida que estas eran las palabras del profeta Sofonías dirigidas a Israel, a la “hija de Sión”, considerada como morada de Dios.

Y ahora lo sorprendente, lo que hace reflexionar a María, es que esas palabras, dirigidas a todo Israel, se las dirigen de modo particular a ella, María. Y así entiende con claridad que precisamente ella es la “hija de Sión”, de la que habló el profeta y que, por consiguiente, el Señor tiene una intención especial para ella; que ella está llamada a ser la verdadera morada de Dios, una morada no hecha de piedras, sino de carne viva, de un corazón vivo; que Dios, en realidad, la quiere tomar como su verdadero templo precisamente a ella, la Virgen. ¡Qué indicación! Y entonces podemos comprender que María comenzó a reflexionar con particular intensidad sobre lo que significaba ese saludo.

Pero detengámonos ahora en la primera palabra:  “alégrate”, “regocíjate”. Es propiamente la primera palabra que resuena en el Nuevo Testamento, porque el anuncio hecho por el ángel a Zacarías sobre el nacimiento de Juan Bautista es una palabra que resuena aún en el umbral entre los dos Testamentos. Sólo con este diálogo, que el ángel Gabriel entabla con María, comienza realmente el Nuevo Testamento. Por tanto, podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría:  “alégrate”, “regocíjate”. El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “buena noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros, tan cerca que se hace niño, y podemos tratar de “tú” a este Dios.

El mundo griego, sobre todo, percibió esta novedad; sintió profundamente esta alegría, porque para ellos no era claro que existiera un Dios bueno, o un Dios malo, o simplemente un Dios. La religión de entonces les hablaba de muchas divinidades; por eso, se sentían rodeados por divinidades muy diversas entre sí, opuestas unas a otras, de modo que debían temer que, si hacían algo en favor de una divinidad, la otra podía ofenderse o vengarse.

Así, vivían en un mundo de miedo, rodeados de demonios peligrosos, sin saber nunca cómo salvarse de esas fuerzas opuestas entre sí. Era un mundo de miedo, un mundo oscuro. Y ahora escuchaban decir:  “Alégrate; esos demonios no son nada; hay un Dios verdadero, y este Dios verdadero es bueno, nos ama, nos conoce, está con nosotros hasta el punto de que se ha hecho carne”. Esta es la gran alegría que anuncia el cristianismo. Conocer a este Dios es realmente la “buena noticia”, una palabra de redención.

Tal vez a nosotros, los católicos, que lo sabemos desde siempre, ya no nos sorprende; ya no percibimos con fuerza esta alegría liberadora. Pero si miramos al mundo de hoy, donde Dios está ausente, debemos constatar que también él está dominado por los miedos, por las incertidumbres:  ¿es un bien ser hombre, o no?, ¿es un bien vivir, o no?, ¿es realmente un bien existir?, ¿o tal vez todo es negativo? Y, en realidad, viven en un mundo oscuro, necesitan anestesias para poder vivir.

Así, la palabra:  “alégrate, porque Dios está contigo, está con nosotros”, es una palabra que abre realmente un tiempo nuevo. Amadísimos hermanos, con un acto de fe debemos acoger de nuevo y comprender en lo más íntimo del corazón esta palabra liberadora:  “alégrate”.

Esta alegría que hemos recibido no podemos guardarla sólo para nosotros. La alegría se debe compartir siempre. Una alegría se debe comunicar. María corrió inmediatamente a comunicar su alegría a su prima Isabel. Y desde que fue elevada al cielo distribuye alegrías en todo el mundo; se ha convertido en la gran Consoladora, en nuestra Madre, que comunica alegría, confianza, bondad, y nos invita a distribuir también nosotros la alegría.

Este es el verdadero compromiso del Adviento:  llevar la alegría a los demás. La alegría es el verdadero regalo de Navidad; no los costosos regalos que requieren mucho tiempo y dinero. Esta alegría podemos comunicarla de un modo sencillo:  con una sonrisa, con un gesto bueno, con una pequeña ayuda, con un perdón. Llevemos esta alegría, y la alegría donada volverá a nosotros. En especial, tratemos de llevar la alegría más profunda, la alegría de haber conocido a Dios en Cristo. Pidamos para que en nuestra vida se transparente esta presencia de la alegría liberadora de Dios.

La segunda palabra que quisiera meditar la pronuncia también el ángel:  “No temas, María”, le dice. En realidad, había motivo para temer, porque llevar ahora el peso del mundo sobre sí, ser la madre del Rey universal, ser la madre del Hijo de Dios, constituía un gran peso, un peso muy superior a las fuerzas de un ser humano. Pero el ángel le dice:  “No temas. Sí, tú llevas a Dios, pero Dios te lleva a ti. No temas”.

Esta palabra, “No temas”, seguramente penetró a fondo en el corazón de María. Nosotros podemos imaginar que en diversas situaciones la Virgen recordaría esta palabra, la volvería a escuchar. En el momento en que Simeón le dice:  “Este hijo tuyo será un signo de contradicción y una espada te traspasará el corazón”, en ese momento en que podía invadirla el temor, María recuerda la palabra del ángel, vuelve a escuchar su eco en su interior:  “No temas, Dios te lleva”.

Luego, cuando durante la vida pública se desencadenan las contradicciones en torno a Jesús, y muchos dicen:  “Está loco”, ella vuelve a escuchar:  “No temas” y sigue adelante. Por último, en el encuentro camino del Calvario, y luego al pie de la cruz, cuando parece que todo ha acabado, ella escucha una vez más la palabra del ángel:  “No temas”. Y así, con entereza, está al lado de su Hijo moribundo y, sostenida por la fe, va hacia la Resurrección, hacia Pentecostés, hacia la fundación de la nueva familia de la Iglesia.

“No temas”. María nos dice esta palabra también a nosotros. Ya he destacado que nuestro mundo actual es un mundo de miedos:  miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado:  está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice también a nosotros:  “No temas, yo estoy siempre contigo”. Podemos caer, pero al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La  tercera  palabra:   al  final del coloquio, María responde al ángel:  “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. María anticipa así la tercera invocación del Padre nuestro:  “Hágase tu voluntad”. Dice “sí” a la voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice “sí” a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad; con un gran “sí” inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su “no” a la voluntad de Dios habían cerrado esta puerta.

“Hágase la voluntad de Dios”:  María nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero ella nos dice:  “¡Sé valiente!, di también tú:  “Hágase tu voluntad””, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo “sí” a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

Pidamos a María, la Consoladora, nuestra Madre, la Madre de la Iglesia, que nos dé la valentía de pronunciar este “sí”, que nos dé también esta alegría de estar con Dios y nos guíe a su Hijo, a la verdadera Vida. Amén.

Congregación para el Clero

La liturgia del último Domingo del tiempo de Adviento, nos introduce plenamente en la atmósfera de Navidad. Ella nos sostiene en el reconocimiento del descendimiento del Señor, de su renovada presencia en el mundo, después de la espera en el seno virginal de María. El Dios que ha creado todas las cosas, el Señor del tiempo y de la historia, se manifiesta en la humilde gruta de Belén.

María Santísima, la Virgen del silencio y de la escucha, la Virgen de la espera está en el corazón del evangelio de hoy: por medio de Ella el Señor se manifiesta al mundo. María se hace templo vivo del Señor. Ella representa, para todos los cristianos, el insuperable modelo a seguir, para acoger en sí mismos la palabra que se hace carne, para que cada uno llegue a ser, como Ella, “morada de Dios”.

Mucho antes del nacimiento de Jesús –como narra la primera lectura- David había decidido construir un templo al Señor, pero Dios, por medio del profeta Natán, dijo que Él mismo fijaría su morada en medio de su pueblo y que le aseguraría una larga descendencia (cfr. 2 Sam. 10). Este antiguo proyecto de amor de Dios –fijar su morada en medio de nosotros- ahora es “revelado y anunciado mediante las escrituras proféticas, por mandato de Dios eterno (…) por medio de Jesucristo (Rom 16, 26-27).

Se realiza a través del misterio de la encarnación del Hijo de Dios. El extraordinario encuentro entre María y el ángel sucede en la cotidianidad y es imagen del encuentro permanente que Dios quiere tener con el hombre, con cada hombre.

El anuncio “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc. 1, 28) indica cómo en la Virgen María está presente la plenitud de gracia. Por esto la Hija de Sión se alegra: ¡porque Dios la ama!

Santa María Virgen desea que cada hombre se una a su alegría, por el don de la venida del Hijo y por el anuncio que tal venida implica: un amor incondicionado, gratuito, personal, capaz de cambiar la vida, de transformarla dilatando su horizonte y haciéndole partícipe del Eterno.

El ángel le asegura: “No temas, María” (Lc. 1, 30), no temas el grandioso plan de Dios. Como la Virgen, no debemos turbarnos por los planes que Dios tiene para nuestra vida. Estamos llamados a tener confianza y a ser obedientes como Ella: “He aquí la esclava del Señor: que se haga en mí según me has dicho” (Lc. 1,38). Solamente una confianza tal hace posible que todo se realice según Dios, sin anteponer nada a su divina Voluntad y a su Amor.
Sintámonos particularmente “elegidos” y reconocidos hacia la Santísima Virgen, porque una vez más asistiremos al maravilloso acontecimiento de amor y de gracia, que se irradia en los corazones de toda la humanidad.

Como dice S. Luis M. Grignon de Monfort: “La Virgen María es la afortunada persona a la que fue dirigido este divino saludo para concluir “el negocio” más importante y grande del mundo: la encarnación del Verbo eterno, la paz entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Gracias al saludo angélico, Dios se hace hombre, una virgen es hecha Madre de Dios, el pecado fue perdonado, la gracia nos fue dada. En definitiva, el saludo angélico es el arco iris, el signo de la clemencia y de la gracia que Dios concedió al mundo. El saludo del ángel es uno de los cánticos más bellos con los que podemos glorificar al Altísimo. Por eso repetimos este mismo saludo, para agradecer a la Santísima Trinidad por tantos e inestimables beneficios suyos. Alabamos a Dios Padre porque amó de tal manera al mundo que le dio a su Hijo para salvarlo. Bendecimos a Dios Hijo porque bajó del cielo a la tierra, se hizo hombre y nos redimió. Glorificamos a Dios Espíritu Santo, porque en el seno de la Virgen Santísima formó el cuerpo purísimo que fue la víctima por nuestros pecados” (S. Luis M. G. de Monfort, El secreto admirable del Santo Rosario, nn. 44-45).

Con estos sentimientos, vayamos sin temor a la “gruta de nuestro corazón” y en el reconocimiento, en el estupor y en el amor, esperemos con María Santísima y con San José, ahora y siempre, el nacimiento del Señor, de nuestro Salvador.

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