Domingo IV Tiempo de Cuaresma (B) – Homilías

Lecturas (Domingo IV Tiempo de Cuaresma – Ciclo B)

Haga clic en el enlace de cada texto para ver su comentario por versículos.

-1ª Lectura: 2 Crón 36, 14-16.19-23 : La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.
-Salmo: 136, 1-6 : R. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
-2ª Lectura: Ef 2, 4-10 : Estando muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo.
+Evangelio: Jn 3, 14-21 : Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

* Otras homilías podrían aparecer más adelante

San Juan Crisóstomo, obispo

Tratado: Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros

Tratado sobre la Providencia 17, 1-8: PG 52, 516-518 – Liturgia de las Horas

Honrando como honramos por tan diversos motivos a nuestro común Señor, ¿no debemos, sobre todo, honrarlo, glorificarlo y admirarlo por la cruz, por aquella muerte tan ignominiosa? ¿O es que Pablo no aduce una y otra vez la muerte de Cristo como prueba de su amor por nosotros? Y morir, ¿por quiénes? Silenciando todo lo que Cristo ha hecho para nuestra utilidad y solaz, vuelve casi obsesivamente al tema de la cruz, diciendo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros. De este hecho, san Pablo intenta elevarnos a las más halagüeñas esperanzas, diciendo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! El mismo Pablo tiene esto por motivo de gozo y de orgullo, y salta de alegría escribiendo a los Gálatas: Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Y ¿por qué te admiras de que esto haga saltar, brincar y alegrarse a Pablo? El mismo que padeció tales sufrimientos llama al suplicio su gloria: Padre –dice–, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo.

Y el discípulo que escribió estas cosas, decía: Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado, llamando gloria a la cruz. Y cuando quiso poner en evidencia la caridad de Cristo, ¿de qué echó mano Juan? ¿De sus milagros?, ¿de las maravillas que realizó?, ¿de los prodigios que obró? Nada de eso: saca a colación la cruz, diciendo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Y nuevamente Pablo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

Y cuando desea incitarnos a la humildad, de ahí toma pie su exhortación y se expresa así: Tened entre vosotros los sentimientos de una vida en Cristo Jesús. El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

En otra ocasión, dando consejos acerca de la caridad, vuelve sobre el mismo tema, diciendo: Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor.

Y, finalmente, el mismo Cristo, para demostrar cómo la cruz era su principal preocupación y cómo su pasión primaba en él, escucha qué es lo que le dijo al príncipe de los apóstoles, al fundamento de la Iglesia, al corifeo del coro de los apóstoles, cuando, desde su ignorancia, le decía: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte: Quítate –le dijo—de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Con lo exagerado del reproche y de la reprimenda, quiso dejar bien sentado la gran importancia que a sus ojos tenía la cruz.

¿Por qué te maravillas, pues, de que en esta vida sea la cruz tan célebre como para que Cristo la llame su «gloria» y Pablo en ella se gloríe?

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1979): El signo de Dios

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA CRUZ DE JERUSALÉN
Domingo 25 de marzo de 1979

1. […] La liturgia dominical de hoy comienza con la palabra: Laetare: “¡Alégrate!”, es decir, con la invitación a la alegría espiritual. Yo me alegro porque también en este domingo, se me ha concedido encontrarme en un lugar santificado por la tradición de tantas generaciones; en el santuario de la Santa Cruz, que hoy es estación cuaresmal y, al mismo tiempo, vuestra iglesia parroquial.

2. Vengo aquí para adorar en espíritu, junto con vosotros, el misterio de la cruz del Señor. Hacia este misterio nos orienta el coloquio de Cristo con Nicodemo, que volvemos a leer hoy en el Evangelio. Jesús tiene ante sí a un escriba, un perito en la Escritura, un miembro del Sanedrín y, al mismo tiempo, un hombre de buena voluntad. Por esto decide encaminarlo al misterio de la cruz. Recuerda, pues, en primer lugar, que Moisés levantó en el desierto la serpiente de bronce durante el camino de 40 años de Israel desde Egipto a la Tierra Prometida. Cuando alguno a quien había mordido la serpiente en el desierto, miraba aquel signo, quedaba con vida (cf. Núm 21, 4-9). Este signo, que era la serpiente de bronce, preanunciaba otra Elevación: «Es preciso —dice, desde luego, Jesús— que sea levantado el Hijo del hombre» —y aquí habla de la elevación sobre la cruz—«para que todo el que creyere en El tenga la vida eterna» (Jn 3, 14-15). ¡La cruz: ya no sólo la figura que preanuncia, sino la Realidad misma de la salvación!

Y he aquí que Cristo explica hasta el fondo a su interlocutor, estupefacto pero al mismo tiempo pronto a escuchar y a continuar el coloquio, el significado de la cruz:

«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

La cruz es una nueva revelación de Dios. Es la revelación definitiva. En el camino del pensamiento humano, en el camino del conocimiento de Dios, se realiza un vuelco radical. Nicodemo, el hombre noble y honesto, y al mismo tiempo discípulo y conocedor del Antiguo Testamento, debió sentir una sacudida interior. Para todo Israel Dios era sobre todo Majestad y Justicia. Era considerado como Juez que recompensa o castiga. Dios, de quien habla Jesús, es Dios que envía a su propio Hijo no «para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El» (Jn 3, 17). Es Dios del amor, el Padre que no retrocede ante el sacrificio del Hijo para salvar al hombre.

3. San Pablo, con la mirada fija en la misma revelación de Dios, repite hoy por dos veces en la Carta a los efesios: «De gracia habéis sido salvados» (Ef 2. 5). «De gracia habéis sido salvados por la fe» (Ef 2, 8). Sin embargo, este Pablo, así como también Nicodemo, hasta su conversión fue el hombre de la Ley Antigua. En el camino de Damasco se le reveló Cristo y desde ese momento Pablo entendió de Dios lo que proclama hoy: «…Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo —de gracia habéis sido salvados—» (Ef 2, 4-5).

¿Qué es la gracia? «Es un don de Dios». El don que se explica con su amor. El don está allí donde está el amor. Y el amor se revela mediante la cruz. Así dijo Jesús a Nicodemo. El amor, que se revela mediante la cruz, es precisamente la gracia. En ella se desvela el más profundo rostro de Dios. El no es sólo el juez. Es Dios de infinita majestad y de extrema justicia. Es Padre, que quiere que el mundo se salve; que entienda el significado de la cruz. Esta es la elocuencia más fuerte del significado de la ley y de la pena. Es la palabra que habla de modo diverso a las conciencias humanas. Es la palabra que obliga de modo diverso a las palabras de la ley y a la amenaza de la pena. Para entender esta palabra es preciso ser un hombre transformado. El de la gracia y de la verdad. ¡La gracia es un don que compromete! ¡El don de Dios vivo, que compromete al hombre para la vida nueva! Y precisamente en esto consiste ese juicio del que habla también Cristo a Nicodemo: la cruz salva y, al mismo tiempo, juzga. Juzga diversamente. Juzga más profundamente. «Porque todo el que obra el mal, aborrece la luz»… —¡precisamente esta luz estupenda que emana de la cruz!—. «Pero el que obra la verdad viene a la luz» (Jn 3, 20-21). Viene a la cruz. Se somete a las exigencias de la gracia. Quiere que lo comprometa ese inefable don de Dios. Que forje toda su vida. Este hombre oye en la cruz la voz de Dios, que dirige la palabra a los hijos de esta tierra nuestra, del mismo modo que habló una vez a los desterrados de Israel mediante Ciro, rey de Persia, con la invocación de esperanza. La cruz es invocación de esperanza.

4. Es preciso que nosotros reunidos en esta estación cuaresmal de la cruz de Cristo, nos hagamos estas preguntas fundamentales, que fluyen de la cruz hacia nosotros. ¿Qué hemos hecho y qué hacemos para conocer mejor a Dios? Este Dios que nos ha revelado Cristo. ¿Quién es El para nosotros? ¿Qué lugar ocupa en nuestra conciencia, en nuestra vida?

Preguntémonos por este lugar, porque tantos factores y tantas circunstancias quitan a Dios este puesto en nosotros. ¿No ha venido a ser Dios para nosotros ya sólo algo marginal? ¿No está cubierto su nombre en nuestra alma con un montón de otras palabras? ¿No ha sido pisoteado como aquella semilla caída «junto al camino» (Mc 4, 4)? ¿No hemos renunciado interiormente a la redención mediante la cruz de Cristo, poniendo en su lugar otros programas puramente temporales, parciales, superficiales?

5.[…]confesemos con humildad nuestras culpas, nuestras negligencias nuestra indiferencia en relación con este Amor que se ha revelado en la cruz. Y a la vez renovémonos en el espíritu con gran deseo de la vida, de la vida de gracia, que eleva continuamente al hombre. lo fortifica, lo compromete. Esa gracia que da la plena dimensión a nuestra existencia sobre la tierra.

Así sea.

Ángelus (1985): Caridad concreta

Domingo 17 de marzo de 1985

“Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo” (Jn 3, 16).

1. La liturgia del IV domingo de Cuaresma invita a perseverar en la práctica de la penitencia como preparación a la Pascua, en el sublime contexto del amor de Dios. Dios, que es amor en la intimidad de su ser, envió por amor su Hijo unigénito al mundo, para que sufriese, muriese y resucitase por nosotros.

La respuesta del hombre a este inefable proyecto que tiene a Dios como protagonista, está grabada en el axioma sobre el que se apoya la perfección de toda la ley: “Ama al Señor tu Dios; ama al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). El cristianismo es la religión del amor. El cristianismo es la religión de la “sociabilidad”, de esa sociabilidad que encuentra en la parábola del samaritano su paradigma programático y vital, su explicitud existencial más concreta e imperativa: “Anda, haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).

2. La Cuaresma, por su conexión íntima con la vicisitud pascual del Hombre-Dios, es un tiempo privilegiado para el ejercicio del amor al prójimo. Tiempo de genuina caridad.

En la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, a la que quiero referirme en los encuentros dominicales de esta Cuaresma, he subrayado que la penitencia tiene una dimensión social. La Iglesia, entre las varias formas penitenciales, ha recomendado siempre la limosna, y la recomienda aún como “medio para hacer concreta la caridad, compartiendo lo que se tiene con quien sufre las consecuencias de la pobreza” (n. 26).

No es raro encontrar en la mentalidad contemporánea, marcadamente sensible a los cánones de la justicia, varias contraindicaciones para con la caridad menuda. Y sin embargo, Jesús asegura que ni un vaso de agua, dado en su nombre, será olvidado en el balance de la vida (cf. Mc 9, 41). Basta la palabra del Maestro para precaver contra las diversas insinuaciones del egoísmo, que querría inducir al cristiano a cerrar la mano y volver la espalda a quien le pide algo (cf. Mt 5, 42).

Las privaciones penitenciales, realizadas tanto por obediencia a la norma eclesial, como por impulso de creatividad personal, encuentran un campo casi ilimitado de aplicación. El drama del hambre, que existe en más de una región de nuestro planeta, interpela apremiantemente a las conciencias.

Cada hermano que muere de hambre, pesa sobre la conciencia de todos. Para estimularnos en este grave deber de solidaridad, contribuye la Virgen María con las palabras amonestadoras del Magníficat: “A los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 53).

Ángelus (1997): Esperanza, no consuelos baratos

09-03-1997

1. A mitad de nuestro camino cuaresmal, en este cuarto domingo de Cuaresma, se nos invita a meditar sobre un tema que está en el centro del anuncio cristiano, es decir, el gran amor que Dios siente por la humanidad. En el evangelio de hoy leemos: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn3, 16).

El hombre de nuestro tiempo, ¿siente la necesidad de este anuncio? A primera vista parecería que no, ya que, sobre todo en las manifestaciones públicas y en cierta cultura dominante, emerge la imagen de una humanidad segura de sí misma, que prescinde tranquilamente de Dios, reivindicando también una libertad absoluta contra la ley moral.

2. Pero cuando miramos de cerca la realidad de cada persona, obligada a confrontarse con su fragilidad y su soledad, nos damos cuenta de que, mucho más de lo que se cree, los ánimos están dominados por la angustia, por el ansia ante el futuro, y por el miedo a la enfermedad y a la muerte. Esto explica por qué tantas personas, buscando un camino de salida, toman a veces atajos aberrantes, como por ejemplo el túnel de la droga o el de supersticiones y ritos mágicos desconcertantes.

El cristianismo no ofrece consuelos baratos, porque es exigente cuando pide una fe auténtica y una vida moral rigurosa. Pero nos da motivo de esperanza, al indicarnos a Dios como Padre rico en misericordia, que nos ha entregado a su Hijo, mostrándonos así su inmenso amor.

3. Que María, Madre de misericordia, ponga en nuestro corazón la certidumbre de que Dios nos ama. Que ella esté cercana a nosotros en los momentos en que nos sentimos solos, cuando tenemos la tentación de rendirnos ante las dificultades de la vida, y nos inculque los sentimientos de su Hijo divino, para que nuestro itinerario cuaresmal se convierta en experiencia de perdón, de acogida y de caridad.

Ángelus (2003): El amor de Dios en medio de la oscuridad del mundo

23-03-2003

1. Hoy, IV domingo de Cuaresma, el evangelio nos recuerda que Dios “amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn3, 16).

Escuchamos este anuncio consolador en un momento en el que dolorosos enfrentamientos armados amenazan la esperanza de la humanidad en un futuro mejor. Dios “amó tanto al mundo…“, afirma Jesús. Por tanto, el amor del Padre llega a todo ser humano que vive en el mundo. ¿Cómo no ver el compromiso que brota de esa iniciativa de Dios? El ser humano, consciente de un amor tan grande, no puede menos de abrirse a una actitud de acogida fraterna con respecto a sus semejantes.

2. Dios “amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único…“. Eso es lo que sucedió en el sacrificio del Calvario:  Cristo murió y resucitó por nosotros, sellando con su sangre la nueva y definitiva alianza con la humanidad.

El sacramento de la Eucaristía es el memorial perenne de este supremo testimonio de amor. En él Jesús, Pan de vida y verdadero “maná”, sostiene a los creyentes en el camino a través del “desierto” de la historia hacia la “tierra prometida” del cielo (cf. Jn 6, 32-35).

3. Precisamente al tema de la Eucaristía he dedicado la encíclica que, con ocasión del próximo Jueves santo, Dios mediante, firmaré durante la misa in cena Domini. La entregaré simbólicamente a los sacerdotes en lugar de la carta que para esa circunstancia suelo dirigirles, y, a través de ellos, a todo el pueblo de Dios.

Encomiendo desde ahora a María este importante documento, que recuerda el valor intrínseco y la importancia que tiene para la Iglesia el sacramento que nos dejó Jesús como memorial vivo de su muerte y resurrección, y de nuestra redención.

Nos dirigimos también a María, pidiéndole una vez más por las víctimas de los conflictos actuales. Invocamos con ferviente y confiada insistencia su intercesión por la paz en Irak y en todas las demás regiones del mundo.

Benedicto XVI, papa

Homilía (2006): Laetare, ¿por qué hemos de alegrarnos?

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE DIOS, PADRE MISERICORDIOSO
IV Domingo de Cuaresma, 26 de marzo de 2006

Este IV domingo de Cuaresma, tradicionalmente designado como “domingo Laetare“, está impregnado de una alegría que, en cierta medida, atenúa el clima penitencial de este tiempo santo:  “Alégrate Jerusalén —dice la Iglesia en la antífona de entrada—, (…) gozad y alegraos vosotros, que por ella estabais tristes”. De esta invitación se hace eco el estribillo del salmo responsorial:  “El recuerdo de ti, Señor, es nuestra alegría”. Pensar en Dios da alegría.

Surge espontáneamente la pregunta:  pero ¿cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar “obstinado”, y nos envuelve con su inagotable ternura.

Esto es lo que resalta ya en la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento (cf. 2 Cr 36, 14-16. 19-23):  el autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde:  el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia.

Como hemos dicho, la destrucción de la ciudad santa y del templo, y el exilio, tocarán el corazón del pueblo y harán que vuelva a su Dios para conocerlo más a fondo. Y entonces el Señor, demostrando el primado absoluto de su iniciativa sobre cualquier esfuerzo puramente humano, se servirá de un pagano, Ciro, rey de Persia, para liberar a Israel.

En el texto que hemos escuchado, la ira y la misericordia del Señor se confrontan en una secuencia dramática, pero al final triunfa el amor, porque Dios es amor. ¿Cómo no recoger, del recuerdo de aquellos hechos lejanos, el mensaje válido para todos los tiempos, incluido el nuestro? Pensando en los siglos pasados podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.

Eso mismo nos lo ha confirmado, en la segunda lectura, el apóstol san Pablo, recordándonos que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo” (Ef 2, 4-5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término “misericordia”, eleos, utiliza también la palabra “amor”, agape, recogida y amplificada ulteriormente en la bellísima afirmación que hemos escuchado en la página evangélica:  “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).

Sabemos que esa “entrega” por parte del Padre tuvo un desenlace dramático:  llegó hasta el sacrificio de su Hijo en la cruz. Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente, siempre, pero especialmente en este tiempo cuaresmal, la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor.

Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia la gloria del Crucificado. La cruz —la entrega de sí mismo del Hijo de Dios— es, en definitiva, el “signo” por excelencia que se nos ha dado para comprender la verdad del hombre y la verdad de Dios:  todos hemos sido creados y redimidos por un Dios que por amor inmoló a su Hijo único. Por eso, como escribí en la encíclica Deus caritas est, en la cruz “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo:  esto es amor en su forma más radical” (n. 12).

¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe.

¡Cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un “signo” que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único “signo” es Jesús elevado en la cruz:  Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar:  como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor.

[…]

Dirigiendo la mirada a María, “Madre de la santa alegría”, pidámosle que nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe, para que, como nos exhorta la liturgia hoy, renovados en el espíritu y con corazón alegre correspondamos al amor eterno e infinito de Dios. Amén.

Ángelus (2012): Jesús será levantado en la cruz

Plaza de San Pedro. Domingo 18 de marzo de 2012

En nuestro itinerario hacia la Pascua, hemos llegado al cuarto domingo de Cuaresma. Es un camino con Jesús a través del «desierto», es decir, un tiempo para escuchar más la voz de Dios y también para desenmascarar las tentaciones que hablan dentro de nosotros. En el horizonte de este desierto se vislumbra la cruz. Jesús sabe que la cruz es el culmen de su misión: en efecto, la cruz de Cristo es la cumbre del amor, que nos da la salvación. Lo dice él mismo en el Evangelio de hoy: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Se hace referencia al episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce, quedaba curado (cf. Nm 21, 4-9). También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. «Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17).

San Agustín comenta: «El médico, en lo que depende de él, viene a curar al enfermo. Si uno no sigue las prescripciones del médico, se perjudica a sí mismo. El Salvador vino al mundo… Si tú no quieres que te salve, te juzgarás a ti mismo» (Sobre el Evangelio de Juan, 12, 12: PL 35, 1190). Así pues, si es infinito el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, también es grande nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. Escribe también san Agustín: «Dios condena tus pecados; y si también tú los condenas, te unes a Dios… Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces comienzan tus buenas obras, porque condenas tus malas obras. Las buenas obras comienzan con el reconocimiento de las malas obras» (ib., 13: PL 35, 1191). A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y la verdadera alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Es importante, por tanto, acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, especialmente en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Mirar al Crucificado

Toda Cuaresma converge hacia el Crucificado. Él es el signo que el Padre levanta en medio del desierto de este mundo. Y se trata de mirarle a Él. Pero de mirarle con fe, con una mirada contemplativa y con un corazón contrito y humillado. Es el Crucificado quien salva. El que cree en Él tiene vida eterna. En Él se nos descubre el infinito amor de Dios, ese amor increíble, desconcertante.

Este amor es el que hace enloquecer a san Pablo. Estando muertos por los pecados, Dios nos ha hecho vivir, nos ha salvado por pura gracia. Es este amor gratuito, inmerecido, el que explica todo. Es este amor el que nos ha salvado, sacándonos literalmente de la muerte. Nos ha resucitado. Ha hecho de nosotros criaturas nuevas. Este es el amor que se vuelca sobre nosotros en esta Cuaresma. Esta es la gracia que se nos regala.

A la luz de tanto amor y tanta misericordia entendemos mejor la gravedad enorme de nuestros pecados, que nos han llevado a la muerte y al pueblo de Israel le llevaron al destierro. Entendemos que las expresiones de la primera lectura no son exageradas y se aplican a nosotros en toda su cruda y dolorosa realidad: hemos multiplicado las infidelidades, hemos imitado las costumbres abominables de los gentiles, hemos manchado la casa del Señor, nos hemos burlado de los mensajeros de Dios, hemos despreciado sus palabras…

Que Dios es rico en misericordia no significa que nuestros pecados no tengan importancia. Significa que su amor es tan potente que es capaz de rehacer lo destruido, de crear de nuevo lo que estaba muerto. La conversión a la que la cuaresma nos invita es una llamada a asomarnos al abismo infernal de nuestro pecado y al abismo divino del amor misericordioso de Cristo y del Padre.

Amor sin medida

Jn 3,14-21

Lo mismo que los israelitas al mirar la serpiente de bronce quedaban curados de las consecuencias de su pecado (Núm 21,4-9), así también nosotros hemos de mirar a Cristo levantado en la cruz. Estas últimas semanas de cuaresma son ante todo para mirar abundantemente al crucificado con actitud de fe contemplativa: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Sólo salva la cruz de Cristo (Gál 6,14) y sólo mirándola con fe podremos quedar limpios de nuestros pecados.

«Tanto amó…» Si algo debe calarnos profundamente es ese «tanto», esa medida sin media, del amor del Padre dándonos a su Hijo y del amor de Cristo entregándose por nosotros hasta el extremo (Jn 13,1), por cada uno (Gal 2,20). La contemplación de la cruz tiene que llevar a contemplar el amor que está escondido tras ella e infunde la seguridad de saberse amados: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31-35).

«Tanto amó al mundo». Junto con la contemplación de este amor personal hemos de contemplar que Dios ama al mundo, el único que existe, tal como es, con todos sus males y pecados. Gracias a este amor más fuerte que el pecado y que la muerte, el mundo tiene remedio, todo hombre puede tener esperanza, en cualquier situación en que se encuentre. Por el contrario –según las expresiones de san Juan–, el que no quiere creer en el crucificado ni en el amor del Padre que nos le entrega, ese ya está condenado, en la medida en que da la espalda al único que salva (cfr. He 4,12).

 

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