Domingo IV Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo IV Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Haga clic en el enlace de cada texto para ver su comentario por versículos.

-1ª Lectura: Dt 18, 15-20 : Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca.
-Salmo: Sal 94 : R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
-2ª Lectura: 1 Cor 7, 32-35 : La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos.
+Evangelio: Mc 1, 21-28 : Enseñaba con autoridad.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Benedicto XVI, papa

Ángelus: Callar los engaños del diablo

Domingo 1 de febrero de 2009

Este año, en las celebraciones dominicales, la liturgia propone a nuestra meditación el evangelio de san Marcos, una de cuyas características es el así llamado “secreto mesiánico”, es decir, el hecho de que Jesús no quiere que por el momento se sepa, fuera del grupo restringido de sus discípulos, que él es el Cristo, el Hijo de Dios. Por eso, en varias ocasiones, tanto a los Apóstoles como a los enfermos que cura, les advierte de que no revelen a nadie su identidad.

Por ejemplo, el pasaje evangélico de este domingo (Mc 1, 21-28) habla de un hombre poseído por el demonio, que repentinamente se pone a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Y Jesús le ordena: “Cállate y sal de él”. E inmediatamente —constata el evangelista— el espíritu maligno, con gritos desgarradores, salió de aquel hombre.

Jesús no sólo expulsa los demonios de las personas, liberándolas de la peor esclavitud, sino que también impide a los demonios mismos que revelen su identidad. E insiste en este “secreto”, porque está en juego el éxito de su misma misión, de la que depende nuestra salvación. En efecto, sabe que para liberar a la humanidad del dominio del pecado deberá ser sacrificado en la cruz como verdadero Cordero pascual. El diablo, por su parte, trata de distraerlo para desviarlo, en cambio, hacia la lógica humana de un Mesías poderoso y lleno de éxito. La cruz de Cristo será la ruina del demonio; y por eso Jesús no deja de enseñar a sus discípulos que, para entrar en su gloria, debe padecer mucho, ser rechazado, condenado y crucificado (cf. Lc 24, 26), pues el sufrimiento forma parte integrante de su misión.

Jesús sufre y muere en la cruz por amor. De este modo, bien considerado, ha dado sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas han comprendido y hecho suyo, experimentando profunda serenidad incluso en la amargura de duras pruebas físicas y morales. Y precisamente “la fuerza de la vida en el sufrimiento” es el tema que los obispos italianos han elegido para su tradicional Mensaje con ocasión de esta Jornada por la vida. Me uno de corazón a sus palabras, en las que se percibe el amor de los pastores por la gente y la valentía de anunciar la verdad, la valentía de decir con claridad, por ejemplo, que la eutanasia es una falsa solución para el drama del sufrimiento, una solución que no es digna del hombre. En efecto, la verdadera respuesta no puede ser provocar la muerte, por “dulce” que sea, sino testimoniar el amor que ayuda a afrontar de modo humano el dolor y la agonía. Estemos seguros de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios.

La Virgen María guardó en su corazón de madre el secreto de su Hijo y compartió con él la hora dolorosa de la pasión y la crucifixión, sostenida por la esperanza de la resurrección. A ella le encomendamos a las personas que sufren y a quienes se esfuerzan cada día por sostenerlas, sirviendo a la vida en cada una de sus fases: padres, profesionales de la salud, sacerdotes, religiosos, investigadores, voluntarios y muchos otros más. Oramos por todos.

Ángelus: Significado de la autoridad para Dios

Plaza de San Pedro. Domingo 29 de enero de 2012

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo (Mc 1, 21-28) nos presenta a Jesús que, un sábado, predica en la sinagoga de Cafarnaún, la pequeña ciudad sobre el lago de Galilea donde habitaban Pedro y su hermano Andrés. A su enseñanza, que despierta la admiración de la gente, sigue la liberación de «un hombre que tenía un espíritu inmundo» (v. 23), el cual reconoce en Jesús «al santo de Dios», es decir, al Mesías. En poco tiempo su fama se difunde por toda la región, que él recorre anunciando el reino de Dios y curando a los enfermos de todo tipo: palabra y acción. San Juan Crisóstomo pone de relieve cómo el Señor «alterna el discurso en beneficio de los oyentes, en un proceso que va de los prodigios a las palabras y pasando de nuevo de la enseñanza de su doctrina a los milagros» (Hom. in Matthæum 25, 1: pg 57, 328).

La palabra que Jesús dirige a los hombres abre inmediatamente el acceso a la voluntad del Padre y a la verdad de sí mismos. En cambio, no sucedía lo mismo con los escribas, que debían esforzarse por interpretar las Sagradas Escrituras con innumerables reflexiones. Además, a la eficacia de la palabra Jesús unía la de los signos de liberación del mal. San Atanasio observa que «mandar a los demonios y expulsarlos no es obra humana sino divina»; de hecho, el Señor «alejaba de los hombres todas las enfermedades y dolencias. ¿Quién, viendo su poder… hubiera podido aún dudar de que él era el Hijo, la Sabiduría y el Poder de Dios?» (Oratio de Incarnatione Verbi 18.19: pg 25, 128 bc.129 b). La autoridad divina no es una fuerza de la naturaleza. Es el poder del amor de Dios que crea el universo y, encarnándose en el Hijo unigénito, abajándose a nuestra humanidad, sana al mundo corrompido por el pecado. Romano Guardini escribe: «Toda la vida de Jesús es una traducción del poder en humildad…, es la soberanía que se abaja a la forma de siervo» (Il Potere, Brescia 1999, pp. 141-142).

A menudo, para el hombre la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos (cf. Jn 13, 5), que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor. En una de sus cartas santa Catalina de Siena escribe: «Es necesario que veamos y conozcamos, en verdad, con la luz de la fe, que Dios es el Amor supremo y eterno, y no puede desear otra cosa que no sea nuestro bien» (Ep. 13 en: Le Lettere, vol. 3, Bolonia 1999, p. 206).

Queridos amigos, el próximo jueves 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, Jornada mundial de la vida consagrada. Invoquemos con confianza a María santísima, para que guíe nuestro corazón a recurrir siempre a la misericordia divina, que libera y cura nuestra humanidad, colmándola de toda gracia y benevolencia, con el poder del amor.

Congregación para el Clero

 Jesús, enseñando en la sinagoga de Cafanaúm, despierta el estupor de los que lo escuchan porque, como subraya Marcos, “les enseñaba como quien tiene autoridad”.
La autoridad con la que enseña Jesús está anunciada en la primera Lectura, en la cual se habla de un profeta como Moisés, suscitado por Dios, en cuya boca Dios pondrá sus mismas palabras. La figura de este profeta, por tanto, tendrá plena autoridad porque su palabra coincidirá con la palabra misma del Señor.

Esto se encuentra subrayado particularmente, por el juicio que Dios reservará a quienes no escuchen la palabra del profeta. El juicio será idéntico al que tendrán quienes rechacen al mismo Dios: “Si alguno no escucha las palabras que hablará en mi nombre, yo le pediré cuentas” (Dt 18, 19).

En la sinagoga, Jesús se presenta como la realización, el cumplimiento de esta promesa. Aparece como el profeta “perfecto”, superior a cualquier otro profeta humano. Esta perfeccción se hace evidente en su autoridad.

El evangelista Marcos no describe lo que dijo Jesús aquel día, no recoge el contenido de su predicación: solamente manifiesta la reacción de los que le escuchan, que aparecen asombrados. Es necesario comprender que este asombro, que nace de lo que han escuchado, está motivado fundamentalemnte porque han tomado conciencia de que la promesa del Mesías, el tan esperado “profeta perfecto”, finalmente se está cumpliendo.
En esto se hace evidente la autoridad: no sólo en lo que dice Jesús, sino también en el modo en que lo dice y, sobre todo, en la realización de la promesa de Dios.

Después, esa autoridad encuentra un gran signo en la capacidad de Jesús de mandar a los espíritus inmundos y obtener su obediencia. La reacción del espíritu inmundo frente a la intervención de Jesús muestra que su enseñanza, aunque se describe aquí con un  solemne comienzo, no es un “grito” y menos aún una agresión o un signo taumatúrgico, sino más bien una enseñanza de vida para ser recibida en actitud de búsqueda y de filial escucha.

Jesús le impone el silencio al espíritu inmundo, ya sea por exigencia del secreto mesiánico o porque el camino de la fe, que nace siempre de un encuentro y de la correspondencia humana despertada por él con la ayuda de la gracia, exige “el tiempo de la escucha y del silencio”.

Como recordaba recientemente el Santo Padre Benedicto XVI: “el silencio y la palabra (…) deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado”.

El espíritu grita que Jesús es el Santo de Dios. Esto no puede entenderse de manera superficial o expeditiva: debe acogerse como el corazón de la verdad de Dios para el mundo, en un itinerario de fe que, arrancando del misterio de Cristo, culminará con su Pascua.

La invitación que hoy nos propone la liturgia, es ir en pos de Jesús en actitud de búsqueda atenta y profunda, escuchando su palabra sin igual. Somos invitados a dejarnos asombrar por su autoridad, y a implorar y a conseguir una verdadera conversión de fe en nuestra vida.

Que María Santísima, Virgen de la escucha y del silencio, eduque nuestro corazón y nos conduzca a saber meditar “todas estas cosas”, como fieles discípulos de su Hijo.

Manuel Garrido B.: Año Litúrgico-Patrístico

En este Domingo se considera a Cristo como Profeta, y ciertamente lo fue de modo excepcional, verdadero, definitivo y único. Por eso su magisterio es de supremo valor para todos los hombres, de todos los tiempos y de todas las naciones y culturas. El profetismo, como medio de comunicación de los designios divinos a los hombres, fue ya una institución querida por Dios en el Antiguo Testamento. Así lo quiso Dios, a pesar del riesgo inevitable de los falsos profetas, hijos de la presunción y de la osadía humana, que son posibles en todos los tiempos.

Después del Concilio Vaticano II, concretamente, se ha utilizado mucho el calificativo de «profeta», a veces exageradamente y sin fundamento. Para ser profeta hace falta ser elegido, enseñado y enviado por el mismo Dios; hay que saber interpretar la situación presente a la luz de la Palabra divina, y es necesario también ser personalmente un ejemplo vivo y fidedigno de esa Palabra divina, que viene ya expuesta por la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Son éstas las condiciones señaladas, por ejemplo, en el concilio Vaticano II  (Dei Verbum 10). Por eso, el que se dice profeta, pero no reúne todas y cada una de esas condiciones, se engaña a sí mismo y engaña a los demás. Es un falso profeta.

Deutoronomio 18,15,20Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca. Es bueno tener presente lo que en el siglo primero se decía ya en un documento venerable, la Didajé: «Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

«Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya, no tome nada consigo, si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

«No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta que habla en espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso… Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta…» (cp.11-12).

–A esta lectura conviene bien el Salmo 94: «Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia, dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro; porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».Dios nos sigue hablando por medio de su Palabra, proclamada en la celebración litúrgica, en los documentos del Magisterio de la Iglesia, y comunicada también por sus inspiraciones en lo más íntimo de nuestros corazones. Escuchemos siempre con docilidad la voz del Señor.

1 Corintios 7,32-35El célibe se preocupa de los asuntos del Señor. El don vocacional del celibato facilita en la Iglesia una imitación más plena de Cristo, nuestro Salvador, y muestra un signo de la dedicación personal al servicio evangélico de los demás.

Comenta San Agustín:«No es Dios capaz de dar riquezas al hombre exterior y dejar en la miseria al interior; al invisible hombre interior le dio riquezas invisibles y lo enalteció de forma invisible. Suspirando por estas joyas, las hijas de Dios, las vírgenes santas, no desearon lo que les era lícito, ni dieron su consentimiento a algo a lo que a veces se las obligaba. Muchas de ellas vencieron  con el fuego del divino amor los esfuerzos en dirección opuesta de sus padres. El padre se llenó de ira y la madre lloraba; pero esto a ella no le hizo desistir, pues tenía puestos sus ojos en el más hermoso de los hijos de los hombres: Cristo. Pensando en Él, deseaba verse embellecida para “preocuparse de las cosas del Señor” (cf. 1 Cor 7,34). «Fijáos en lo que es el amor. No dice: “se preocupa de que no la condene Dios”. Esto es todavía temor servil, que guarda sin duda a los malos, para que se abstengan de obrar perversamente y, absteniéndose, se hagan dignos de admitir en su interior la caridad. Pero ellas no piensan en cómo evitar el castigo, sino en cómo agradarle con la hermosura interior… con la belleza del corazón. Sean las vírgenes quienes enseñen a los casados y casadas para no caer en el adulterio. ¡Al menos ellas! Si ellas sobrepasan lo lícito, ellos no se salgan de lo lícito» (Sermón 161,11-12).

Marcos 1,21-28Les enseñaba con autoridad. «Dios ha hablado a nuestros padres muchas veces y de muchos modos en el pasado por el ministerio de los profetas. Ahora, en la plenitud de los tiempos, nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,2). El Corazón de Cristo es la plena revelación del Padre… Oigamos a Orígenes:«Así, pues, quien investigue, y no de pasada, la naturaleza de las cosas, no podrá menos de admirar profundamente a Jesús, que dejó atrás a cuantos gloriosos en el mundo han sido. En efecto, han sido muy pocos los hombres gloriosos que fueron capaces de ganar renombre por más de un concepto al mismo tiempo. Unos han sido admirados y se han hecho gloriosos por su ciencia; otros por el arte de la guerra; algunos bárbaros, por los prodigios obrados en virtud de sus fórmulas mágicas; otros, en fin, por otros motivos que nunca han sido muchos a la vez. «Jesús, sin embargo, es admirado al mismo tiempo por su sabiduría, por sus prodigios y por su inmensa autoridad. Y es así que Él no persuade a los suyos, como lo hace un tirano, a que, como él, se aparten de las leyes, ni como un forajido arma a sus bandas contra los hombres, ni como un ricachón provee a cuantos se le acercan, ni es tampoco como alguno que, acusados por todos, merecen reprobación. No. Jesús habló como Maestro de la doctrina acerca del Dios supremo, del culto que se le debe y de toda la materia moral, que puede unir con el Dios de todas las cosas a cualquiera que viva como Él enseña» (Contra Celso 1,30).

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El cuarto domingo nos sitúa ante la fascinación irresistible de la palabra de Jesús (1,21-28). Es una palabra como la de Yahvé: eficaz, que «dice y hace»; tiene, sobre todo, poder y autoridad, que se manifiesta expulsando a los demonios con la sola palabra. Por eso no es sólo un profeta, sino el profeta que habla en nombre de Dios hasta el punto de que Dios pide cuentas al que no le escucha (1ª lectura: Dt 18,15-20). Demuestra así con los hechos que es real su proclamación de que ha llegado el Reino de Dios (1,15).

Un corazón poseído por Cristo: 1Cor 7,32-35

El texto de la primera carta a los corintios en la segunda lectura de hoy es uno de esos que choca a primera vista, porque da la impresión de que san Pablo no valorase el matrimonio. Sin embargo no hay tal, porque en el mismo capítulo indica que «cada cual tiene de Dios su gracia particular» (7,7), unos el celibato y otros el matrimonio, e insiste en que cada uno debe santificarse en el estado al que Dios le ha llamado (7,17), casado o célibe.

Supuesto eso, hace una llamada especial al celibato como un estado de especial consagración. Y da las razones: el célibe se preocupa exclusivamente de los asuntos del Señor, busca únicamente contentar el Señor, vive consagrado a Él en cuerpo y alma, se dedica al trato con Él con corazón indiviso.

Con ello traza las líneas maestras de esta preciosa vocación dentro de la Iglesia. Resaltar el celibato no quiere decir despreciar el matrimonio. Pero la Iglesia siempre ha apreciado como un don singular de Cristo la virginidad consagrada a Él. La virginidad testimonia belleza de un corazón poseído sólo por Cristo Esposo. Manifiesta al mundo el infinito atractivo de Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 45,3), y la inmensa dicha de pertenecer sólo a Él. Grita el que quiera entender que Cristo basta, que Cristo sacia plenamente los más profundos anhelos del corazón humano.

Por lo demás, la vocación a la virginidad o al celibato no es una cuestión privada. Existe en la Iglesia y para la Iglesia. Es un don de Cristo a su Esposa la Iglesia. El testimonio de los célibes debe recordar a los que tienen mujer que vivan como si no la tuvieran (7,29), que la apariencia de este mundo pasa (7,31) y que en el mundo futuro ni ellos ni ellas se casarán (Lc 20,34-35). El celibato debe testimoniar palpablemente que Cristo se quiere dar del todo a todos. Por ello el Papa puede afirmar que los esposos «tienen derecho» a esperar de las personas vírgenes el testimonio de la fidelidad plena a su vocación (FC 16).

Asombro y admiración: Mc 1,21-28

«Cállate y sal de él». Los evangelistas tienen mucho interés en presentar a Jesús curando endemoniados y expulsando demonios. Quieren resaltar el dominio de Jesús sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte; pero sobre todo ponen de relieve que Jesús ha vencido a Satanás, que –directa o indirectamente– es la causa de todo mal. Ningún mal tiene poder sobre el cristiano adherido a Cristo, pues todo está sometido a Cristo: «¡Veía a Satanás caer como un rayo!» (Lc 10,18). Frente al mal en todas sus manifestaciones, Dios es el Dios de la vida. «Si echo los demonios con el dedo de Dios es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20). Y también al discípulo de Cristo se someten incluso los demonios (Mc 16,17).
«Quedaban asombrados». Con breves pinceladas, san Marcos nos pinta el poder de Jesús. Desde el principio de su evangelio pretende presentarnos la grandeza de Cristo, que produce asombro a su paso en todo lo que hace y dice. Y la Iglesia nos presenta a Cristo para que también nosotros quedemos admirados. Pero para admirar a Cristo, hace falta antes que nada mirarle y tratarle. Y es sobre todo en la oración y en la meditación del evangelio donde vamos conociendo a Jesús. Por lo demás, también la vida del cristiano de-be producir asombro y admiración. Mi vi-da, ¿produce asombro con la novedad del evangelio o pasa sin pena ni gloria?

«Enseñaba con autoridad». Jesús no da opiniones. Enseña la verdad eterna de Dios. Por eso habla con seguridad. Y, sobre todo, su palabra tiene poder para realizar lo que dice. Si escuchamos la palabra de Cristo con fe, esa palabra nos transforma, nos purifica, crea vida en nosotros, porque «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» (Heb 4,12).

Catecismo de la Iglesia Católica

La caída de los ángeles

n. 391-395

391 Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali (“El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos”) (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS, 800).

392 La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: “Seréis como dioses” (Gn 3,5). El diablo es “pecador desde el principio” (1 Jn 3,8), “padre de la mentira” (Jn 8,44).

393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. “No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte” (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 2,4: PG 94, 877C).

394 La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11). “El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

395 Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños —de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física—en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8,28).

Líbranos del mal

n. 2850-2854

2850 La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el “nosotros”, en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. La Oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la Economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en “comunión con los santos” (cf RP 16).

2851 En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” (diá-bolos) es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

2852 “Homicida […] desde el principio […] mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44), “Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap 12, 9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota toda la creación entera será “liberada del pecado y de la muerte” (Plegaria Eucarística IV, 123: Misal Romano). “Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5, 18-19):

«El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8, 31)» (San Ambrosio, De sacramentis, 5, 30).

2853 La victoria sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está “echado abajo” (Jn 12, 31; Ap 12, 11). “Él se lanza en persecución de la Mujer” (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, “llena de gracia” del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). “Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos” (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará del Maligno.

2854 Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que “tiene las llaves de la Muerte y del Hades” (Ap 1,18), “el Dueño de todo, Aquel que es, que era y que ha de venir” (Ap 1,8; cf Ap 1, 4):

«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» (Rito de la Comunión [Embolismo]: Misal Romano).

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