Domingo IV de Pascua (Ciclo B): Homilías

Lecturas (Domingo IV de Pascua – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Hch 4, 8-12 : Ningún otro puede salvar.
-Salmo: Sal 117, 1-29 : Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
-2ª Lectura: 1 Jn 3, 1-2 : Veremos a Dios tal cual es.
+Evangelio: Jn 10, 11-18 : El buen pastor da la vida por las ovejas.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Sermón

Sermón 6: CCL 24, 44-47 – Liturgia de las Horas

Del cielo vino el Pastor para reconducir las ovejas descarriadas a los pastos de la vida

Que el regreso del pastor fue bueno, cuando Cristo vino a la tierra, él mismo acaba de proclamarlo hoy: Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. De aquí que el mismo maestro va buscando por toda la tierra compañeros y colaboradores, diciendo: Aclamad al Señor, tierra entera; de aquí que confíe a Pedro sus ovejas para que las pastoree en su nombre y tome el relevo al subir él al cielo. Pedro –dice–, ¿me amas? Pastorea mis ovejas. Y para no turbar con un comportamiento autoritario los frágiles comienzos de un retorno, sino sostenerlo a base de comprensión, repite: Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos. Encomienda las ovejas, encomienda el fruto de las ovejas, porque el pastor conocía ya de antemano la futura fecundidad de su rebaño. Pedro, ¿me amas? Apacienta mis corderos. A estos corderos, Pablo, colega del pastor Pedro, les ofrecía como alimento espiritual las ubres llenas de leche, cuando decía: Os alimenté con leche, no con comida. Esto es lo que sentía el santo rey David, y por eso exclamaba como con piadoso balido: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas.

A quien retorna a los pastos de la paz evangélica después de tantos gemidos de guerras, después de una triste vida de sangre, el siguiente versículo anuncia la alegría a quienes yacen en la servidumbre. El hombre era siervo del pecado, gemía ‘cautivo de la muerte, sufría las cadenas de sus vicios. ¿Cuándo el hombre no estuvo triste bajo el pecado? ¿Cuándo no gimió atenazado por la muerte? ¿Cuándo no desesperó bajo la tiranía de los vicios? Por esta razón, lanzaba el hombre desesperados gemidos, cuando no le quedaba otro remedio que soportar tales y tan crueles señores. Con razón, pues, el profeta al vernos liberados de tales señores y convertidos al servicio del Creador, a la gracia del Padre y a la libre servidumbre del único Señor bueno, exclama: Servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Porque los que la culpabilidad había arrojado y la conciencia había expulsado, a éstos la gracia los reconduce y la inocencia los reintroduce.

Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Quedó ya demostrado con la autoridad de un proverbio, que del cielo se esperaba un pastor que, con gran júbilo, recondujera a los pastos de la vida a las ovejas descarriadas y desahuciadas a causa de un alimento letal. Entrad —dice–por sus puertas con acción de gracias. Únicamente la acción de gracias nos hace entrar por las puertas de la fe: por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre. Nombre por el que hemos sido salvados, nombre ante el cual dobla la rodilla el cielo, la tierra y el abismo, y por el que toda criatura ama al Señor Dios. El Señor es bueno. ¿Por qué es bueno? porque su misericordia es eterna. En verdad es bueno por su misericordia. En virtud únicamente de su misericordia se dignó revocar la amarguísima sentencia que pesaba sobre todo el mundo. Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

San Juan Damasceno

Exposición de la fe ortodoxa, 1

Oración de un pastor al Buen Pastor

A tal extremo, oh Cristo, mi Dios, te humillaste, para cargarme a mi, oveja descarriada, sobre tus hombros y apacentarme en verdes praderas y nutrirme con las aguas de la sana doctrina por medio de tus pastores, los cuales, apacentados por ti, apacientan a su vez a tu eximia y elegida grey.

Ahora, Señor, me has llamado, por medio de tu obispo, al servicio de tus discípulos. Con qué designio hayas hecho tal cosa, yo lo ignoro; tú eres el único que lo sabes.

Señor, aligera la pesada carga de mis pecados, con los que te he ofendido gravemente; purifica mi mente y mi corazón. Sé para mí como una lámpara encendida que me guíe por el camino recto.

Abre mi boca para que hable rectamente, haz que la lengua de fuego de tu Espíritu me conceda un lenguaje claro y expedito, de modo que tu presencia nunca me abandone.

Apaciéntame, Señor, y haz tú de pastor junto conmigo, para que mi corazón no me desvíe a derecha o izquierda, sino que tu Espíritu bueno me guíe por el camino recto, y así mis obras sean hechas conforme a tu voluntad, hasta el último momento.

San Basilio

Oración 26; PG 44, 129

«Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen»

Miremos a nuestro pastor, Cristo… Se regocija con las ovejas que están cercanas a él y va en busca de las extraviadas. No teme montes y bosques; recorre barrancos hasta llegar a la oveja perdida. Y aunque la encuentre en estado lastimoso, no se encoleriza, sino llevado por la compasión, la toma sobre sus hombros y, de su propio cansancio, cura la oveja cansada (Lc 15,4s)… Con razón Cristo proclama: “Yo soy el Buen Pastor, busco la oveja perdida, recupero a la extraviada, vendo a la que está herida, curo a la que está enferma» (Ez 34,16). He visto al rebaño de los hombres agobiado por la enfermedad; he visto a mis corderos descender al lugar de los demonios; he visto a mi rebaño despedazado por los lobos.

He visto esto y no lo he visto desde lo alto. Por eso tomé la mano desecada, atrapada por el mal, como por un lobo; desaté aquello que la fiebre había atado; hice ver a aquellos, cuyos ojos permanecieron cerrados desde el seno de su madre; saqué a Lázaro de la tumba, donde yacía desde hacía cuatro días (Mc 3,5; 1,31; Jn 9; 11). «Porque soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por sus ovejas “… Los profetas conocieron a este pastor, ya que antes de su Pasión, anunciaban lo que iba a venir: “Como cordero, llevado al matadero; como oveja ante el esquilador, no abría la boca” (Is 53,7). Como una oveja, el pastor ofreció su garganta por sus ovejas… Por su muerte, remedia a la muerte; por su tumba, vacía las tumbas…

Las tumbas son pesadas y la prisión está cerrada, mientras el pastor, desciende de la cruz, no viene para llevar a sus ovejas apresadas la alegre noticia de su liberación. Lo vemos en los infiernos donde da la orden de liberación (1P 3,19); lo vemos llamar de nuevo a sus ovejas, llamarlas por su nombre y llevarlas de la estancia de los muertos a la vida. “El buen pastor da su vida por sus ovejas”. Así es como se propone ganar el afecto de sus ovejas, y a las que saben oír su voz las ama Cristo…

San Agustín

Tratado 46: Comentario a Jn 10, 11-13

Predicado en Hipona un domingo, al día siguiente del tratado 45

Quiénes son buenos, y quiénes malos

1. Al hablar el Señor Jesús a sus ovejas presentes y futuras —éstas estaban entonces presentes porque las que eran sus futuras ovejas estaban donde las ovejas ya suyas—, muestra por igual a las presentes y a las futuras, a ellos, a nosotros y a cuantos también después de nosotros fueren sus ovejas, quién había sido enviado a ellas. Todas, pues, oyen la voz de su pastor, el cual dice: Yo soy el buen pastor(Jn 10,11). No añadiría «bueno» si no hubiera pastores malos. Pero los pastores malos, esos mismos, son ladrones y asesinos o, como muchas veces, ciertamente mercenarios. Por cierto, debemos indagar acerca de todos los personajes que ha presentado aquí, distinguirlos y reconocerlos. De hecho, el Señor ha aclarado ya dos cosas que había propuesto escondidas de alguna manera: ya sabemos que la puerta es él mismo, sabemos que el pastor es él mismo. Quiénes son ladrones y asesinos quedó claro en la lectura de ayer; hoy, en cambio, hemos oído «mercenario», hemos oído también lobo ayer se mencionó también al portero. Entre los buenos, pues, están la puerta, el portero, el pastor y las ovejas; entre los malos, los ladrones y asesinos, los mercenarios, el lobo.

¿Quién es el portero?

2. Por la puerta tomamos al Señor Cristo; por el pastor, a él mismo; por el portero ¿a quién? En efecto, él mismo expuso estas dos cosas; al portero nos lo dejó por investigar. ¿Y qué asevera del portero? A éste, afirma, le abre el portero(Jn 10,3). ¿A quién abre? Al pastor. ¿Qué abre al pastor? La puerta. Y ¿quién es la puerta misma? El pastor mismo. Si el Señor Cristo no hubiese expuesto, no hubiese dicho él mismo «Yo soy el pastor» y «Yo soy la puerta»(Jn 10,9. 7), ¿acaso osaría alguno de nosotros decir que Cristo mismo es el pastor y la puerta?De hecho, si dijera «Yo soy el pastor» y no dijera «Yo soy la puerta», íbamos a preguntar cuál es la puerta y, al suponer que es otra cosa, íbamos quizá a quedarnos ante la puerta. Por su gracia y misericordia nos ha puesto a la vista al pastor, ha dicho que es él mismo; ha puesto a la vista la puerta, ha dicho que es él mismo; al portero nos lo dejó por investigar. ¿De quién vamos a decir nosotros que es el portero? Cualquiera sea a quien hallemos, hay que cuidar de que, porque en las casas de los hombres el portero es más que la puerta, no se lo estime mayor que la puerta misma. En efecto, el portero está colocado delante de la puerta, la puerta no está colocada delante del portero, porque el portero guarda la puerta, no la puerta al portero. No oso decir que alguien es mayor que la puerta, pues ya he oído cuál es la Puerta; no se me oculta, no estoy abandonado a mi conjetura, no tengo opinión humana libre; Dios ha hablado, la Verdad ha hablado, no puede cambiarse lo que el Inmutable ha dicho.

Las metáforas y la realidad, aplicadas a Cristo

3. En medio, pues, de la profundidad de esta cuestión diré lo que me parece; cada uno elija lo que le plazca; opine empero piadosamente, como está escrito: Acerca del Señor opinad con bondad y buscadle con sencillez de corazón(Sab 1,1). Por el portero debemos quizá tomar al Señor en persona. De hecho, en las cosas humanas, un pastor y una puerta son entre sí mucho más diversos que un portero y una puerta; y, sin embargo, el Señor ha dicho que él es el pastor y la puerta. ¿Por qué, pues, no entenderemos que él mismo es también el portero? En efecto, si consideramos las propiedades, el Señor Cristo no es pastor como los pastores que acostumbramos ver y conocer; tampoco es puerta, pues a él no lo hizo un carpintero; si, en cambio, según alguna analogía es la Puerta y el Pastor, oso decir que es también oveja; de seguro, la oveja está sometida al pastor; sin embargo, él es pastoroveja. ¿Dónde está como pastor? He ahí que lo tienes aquí, lee el evangelio: Yo soy el buen pastor. ¿Dónde está en cuanto oveja? Interroga al profeta: Fue conducido como oveja para ser inmolada(Is 53,7). Interroga al amigo del Novio: He ahí el cordero de Dios; he ahí el que quita el pecado del mundo(Jn 1,29). Según esas analogías, aún voy a decir algo más asombroso. Cordero, oveja y pastor son realidades amigas entre sí; ahora bien, los pastores suelen proteger a las ovejas contra los leones y, sin embargo, de Cristo, aunque es oveja y pastor, leemos que está dicho: Venció el león de la tribu de Judá(Ap 5,5). Entended, hermanos, todo esto según las analogías, no según las propiedades. Solemos ver a los pastores sentarse sobre una roca y desde ahí custodiar los ganados encomendados a ellos; evidentemente, el pastor es mejor que la roca sobre la que se sienta el pastor; y, sin embargo, Cristo es el Pastor y la Roca. Todo esto según analogía. Ahora bien, si me preguntas por la propiedad, en el principio existía la Palabra y la Palabra existía en Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Si me preguntas por la propiedad, es el Hijo único, engendrado del Padre para siempre desde siempre, igual al Engendrador, mediante el cual se hizo todo, inconmutable con el Padre y no cambiado al tomar la forma de hombre, hombre en virtud de la encarnación, Hijo de hombre e Hijo de Dios. Todo esto que acabo de decir es no analogía, sino realidad.

Quién es el portero

4. No nos contraríe, pues, hermanos, tomar, según ciertas analogías, por la puerta misma al portero mismo. ¿Qué es, en efecto, la puerta? Por donde entramos. ¿Quién es el portero? El que abre. ¿Quién, pues, se abre a sí mismo, sino quien a sí mismo se pone a la vista? He ahí que el Señor había dicho puerta; no habíamos entendido; cuando no entendimos, estaba cerrada; quien ha abierto, ese mismo es el portero. No hay, pues, ninguna necesidad de buscar alguna otra cosa, ninguna necesidad; pero tal vez hay voluntad. Si hay voluntad, no te salgas de órbita, no te separes de la Trinidad. Si buscas otra persona de portero, venga a tu pensamiento el Espíritu Santo, pues el Espíritu Santo no se desdeñará de ser el portero, siendo así que el Hijo se ha dignado ser la Puerta misma. Mira que el Espíritu Santo es quizá el portero: el Señor mismo dice a sus discípulos sobre el Espíritu Santo: este mismo os enseñará toda la verdad(Jn 16,13). ¿Cuál es la puerta? Cristo. ¿Qué es Cristo? La Verdad. ¿Quién abre la puerta sino quien enseña toda la verdad?

El asalariado

5. Del asalariado, por otra parte, ¿qué decimos? No se le ha recordado aquí entre los buenos. El buen pastor, asevera, da su vida por las ovejas. El asalariado y quien no es pastor, propias del cual no son las ovejas, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa las ovejas (Jn 10,11-12). No desempeña aquí el asalariado un papel bueno, y empero es útil en algo y no se le llamaría asalariado si del empresario no recibiera un salario. ¿Quién es, pues, ese asalariado, culpable y necesario? Aquí, hermanos, ilumínenos de verdad el Señor mismo, para que conozcamos a los asalariados y no seamos asalariados.

¿Quién es, pues, el asalariado? Hay en la Iglesia algunos jefes, de quienes el apóstol Pablo dice: los que buscan lo suyo, no lo de Jesucristo(Flp 2,21). ¿Qué significa «los que buscan lo suyo»? Los que no quieren gratis a Cristo, no buscan a Dios por Dios, persiguen ventajas temporales, codician ganancias, de los hombres apetecen honores. Cuando un jefe ama esto y en atención a esto se sirve a Dios, cualquiera que es así, es asalariado, no se cuente a sí mismo entre los hijos, pues de individuos tales dice el Señor: En verdad os digo, recibieron su salario(Mt 6,5). Escucha qué dice de san Timoteo el apóstol Pablo: Ahora bien, espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para estar también yo de buen ánimo cuando haya sabido lo que hay acerca de vosotros; de hecho no tengo a nadie unánime que por vosotros esté solícito sinceramente, pues todos buscan lo suyo, no lo de Jesucristo(Flp 2,19-21). Entre asalariados gimió el pastor; buscó a alguien que quisiera sinceramente a la grey de Cristo, mas no lo halló cerca de sí entre quienes en ese tiempo habían estado con él. Por cierto, en la Iglesia de Cristo sí había entonces quien, además del apóstol Pablo y de Timoteo, estuviese solícito fielmente por el rebaño; pero había sucedido que, en el tiempo en que envió a Timoteo, no tenía cerca de sí a otro de entre los hijos, sino que estaban con él solos los asalariados, los que buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. Y empero él mismo, solícitofielmente por el rebaño, prefirió enviar un hijo y permanecer entre asalariados. Hemos descubierto también a los asalariados; no los examina sino el Señor; quien inspecciona el corazón, ese mismo lo examina; sin embargo, a veces nosotros nos damos cuenta de ellos, pues el Señor mismo no ha dicho en vano sobre los lobos: Por sus frutos los conoceréis(Mt 7,16). A muchos interrogan las tentaciones y entonces aparecen las intenciones; muchos, en cambio, están ocultos. El aprisco del Señor tenga como jefes a hijos y a asalariados. Ahora bien, pastores son los jefes que son hijos. Si son pastores, ¿cómo hay un único pastor, sino porque todos ellos son miembros del único pastor, propias del cual son las ovejas?Efectivamente, esos mismos son miembros de ese mismo único pastor, oveja también porque Fue conducido como oveja para ser inmolada?

También son necesarios los asalariados

6. Por otra parte, oíd que los asalariados son también necesarios. En efecto, muchos que en la Iglesia persiguen ventajas terrenas, predican empero a Cristo y mediante ellos se oye la voz de Cristo y las ovejas siguen no al asalariado, sino, mediante el asalariado, la voz del pastor. Oíd que el Señor en persona señala a los asalariados: Los escribas y los fariseos,afirma, se sientan en la cátedra de Moisés; haced lo que dicen;en cambio, no hagáis lo que hacen(Mt 23,2-3). ¿Qué otra cosa ha dicho, sino «mediante los asalariados escuchad la voz del pastor»? En efecto, sentándose en la cátedra de Moisés, enseñan la ley de Dios; Dios, pues, enseña mediante ellos; pero, si quieren ellos enseñar lo suyo, no escuchéis, no lo hagáis, pues esos tales buscan lo suyo, no lo de Jesucristo. Ningún asalariado osó decir al pueblo de Cristo: «Busca lo tuyo, no lo de Jesucristo». Por cierto, no predica desde la cátedra de Cristo lo que hace mal; lesiona precisamente por los males que hace, no por las cosas buenas que dice. Tú coge el racimo, guárdate de la espina. Bien, porque habéis entendido; pero en atención a los más torpes diré con toda claridad esto mismo. ¿Cómo he dicho: «Coge el racimo, guárdate de la espina», aunque el Señor dice: ¿Acaso recogen de los espinos uva, o de los abrojos higos?(Mt 7,16). Es absolutamente verdad y empero yo he dicho también una verdad: «Coge el racimo, guárdate de la espina». Es que, a veces, un racimo nacido de la raíz de la vid cuelga entre el seto, crece el sarmiento, se entrelaza con las espinas y la espina lleva un fruto no suyo, pues la vid no produjo la espina, sino que el sarmiento se apoyó en las espinas. No interrogues sino a las raíces. Busca la raíz de la espina, la encuentras fuera de la vid; busca el origen de la uva, la vid la produjo en virtud de la raíz.

La cátedra de Moisés era, pues, la vid; las costumbres de los fariseos eran las espinas; la doctrina verdadera transmitida mediante los malos era el sarmiento en el seto, el racimo entre las espinas. Coge cautamente, no sea que, mientras buscas el fruto, te laceres la mano y, cuando oyes a quien dice cosas buenas, no imites a quien hace maldades. Haced lo que dicen: coged las uvas; en cambio, no hagáis lo que hacen: guardaos de las espinas. Escuchad aun mediante los asalariados la voz del Pastor, pero no seáis asalariados, pues sois miembros del Pastor. Por su parte, el santo apóstol Pablo en persona, quien ha dicho: «No tengo a nadie que por vosotros esté solícito fielmente, pues todos buscan lo suyo, no lo de Jesucristo»(Flp 2,20-21), mirad qué ha dicho en otro lugar, mientras distingue entre asalariados e hijos: Algunos predican al Mesías por envidia y rivalidad; otros, en cambio, incluso con buena voluntad; algunos por amor, pues saben que he sido puesto para defensa del Evangelio; otros, en cambio, anuncian al Mesías por contumacia, no limpiamente, pues estiman que se suscita tribulación a mis cadenas (Flp 1,15-17). Ésos eran asalariados, miraban con malos ojos al apóstol Pablo. ¿Por qué le miraban con malos ojos, sino porque buscaban afanosamente lo temporal? Pero observad qué añade: ¿Pues qué? Mientras de todos modos, aprovechando la ocasión o con sinceridad, sea Cristo anunciado, de esto me alegro; pero también me alegraré(Flp 1,18). La Verdad es Cristo; la Verdad sea anunciada, aprovechando la ocasión , por los asalariados; la Verdad sea anunciada con sinceridad por los hijos; los hijos aguardan pacientemente la eterna herencia del Padre; los asalariados desean vivamente con premura el salario temporal del empresario; la gloria humana, que veo a los asalariados envidiar, méngüese para mí, y empero mediante las lenguas de los asalariados y de los hijos divúlguese la divina gloria de Cristo, siempre que aprovechando la ocasión o con sinceridad sea Cristo anunciado.

Pastores, miembros del Pastor

7. Acabamos de ver también quién es el asalariado. ¿Quién es el lobo sino el diablo? ¿Y qué está dicho del asalariado? Aunque haya visto al lobo venir, huye porque las ovejas no son suyas propias ni se preocupa de las ovejas(Jn 10,12-13) . ¿Acaso era tal el apóstol Pablo? ¡Ni pensarlo! ¿Acaso Pedro era tal? ¡Ni pensarlo! ¿Acaso eran tales los demás apóstoles, exceptuado Judas, el hijo de la perdición? ¡Ni pensarlo! ¿Ellos, pues, eran pastores? Pastores, lisa y llanamente. ¿Y cómo hay un único pastor? Ya lo he dicho: eran pastores por ser miembros del Pastor. Gozaban de esa cabeza, concordaban bajo esa cabeza, gracias al único Espíritu vivían en la trabazón del único cuerpo y por eso pertenecían todos al único Pastor. Si, pues, eran pastores y no asalariados, exponnos, oh Señor, por qué huían cuando padecían persecución. En una carta he visto a Pablo huir: por el muro fue descolgado en una espuerta, para escapar de las manos del perseguidor(Cf 2Co 11,33). ¿No se preocupó, pues, de las ovejas que abandonaba al venir el lobo? Se preocupó simple y llanamente; pero con oraciones las encomendaba al Pastor que está sentado en el cielo; en cambio, él, huyendo, se conservaba para utilidad de ellas, como asevera en cierto lugar: Permanecer en la carne es necesario por vosotros(Flp 1,24). De hecho, todos habían oído al Pastor en persona: Si os persiguieren en una ciudad, huid a otra (Mt 10,23). Dígnese el Señor exponernos esta cuestión: «Señor, tú, a quienes evidentemente querías que fueran pastores fieles, a los que formabas para ser miembros tuyos, has dicho: Si os persiguieren, huid. Les haces, pues, una injuria cuando reprendes a los asalariados que ven al lobo venir y huyen. Te rogamos, pues, que nos indiques qué tiene la profundidad de la cuestión». Aldabeemos; acudirá a abrirse a sí mismo el portero de la puerta, la cual es él en persona.

Pastores y ovejas al mismo tiempo

8. ¿Quién es el asalariado, que ve al lobo venir y huye? Quien busca lo suyo, no lo de Jesucristo: no osa denunciar libremente al pecador (Cf 1Tm 5,20). He ahí que ha pecado no sé quién, ha pecado gravemente; ha de ser increpado, ha de ser excomulgado; pero excomulgado será enemigo, insidiará, dañará cuando pudiere. El que busca lo suyo, no lo de Jesucristo, se calla ya, no corrige, para no perder lo que persigue, la ventaja de la amistad humana, ni exponerse a la molestia de las enemistades humanas. He ahí que el lobo agarra la oveja por la garganta; el diablo ha inducido al adulterio a un fiel; tú callas, no increpas; oh asalariado, has visto al lobo venir y has huido. Quizá responde y dice: «Mira, estoy aquí, no he huido». Has huido porque has callado; has callado porque has temido. El temor es la huida del ánimo. Te has mantenido con el cuerpo, con el espíritu has huido, cosa que no hacía el que decía: Aunque con el cuerpo estoy ausente, con el espíritu estoy con vosotros(Col 2,5). En efecto, ¿cómo huía con el espíritu quien aun ausente con el cuerpo denunciaba por carta a los fornicadores? Nuestros sentimientos son los movimientos de los ánimos. La alegría es la expansión del ánimo; la tristeza, el encogimiento del ánimo; el deseo, el avance del ánimo; el temor, la huida del ánimo. En efecto, te expandes en el ánimo cuando algo te atrae; te encoges en el ánimo cuando algo te apena; avanzas en el ánimo cuando deseas algo; huyes en el ánimo cuando tienes miedo. He ahí por qué se dice que el asalariado, visto el lobo, huye. ¿Por qué? Porque no se preocupa de las ovejas. ¿Por qué no se preocupa de las ovejas? Porque es asalariado. ¿Qué significa «es asalariado»? Uno que busca salario temporal y en la casa no habitará para siempre.

Aún hay aquí cosas que investigar y examinar con vosotros, pero no es de buen juicio abrumaros, pues a consiervos sirvo los alimentos del Señor; en los pastos del Señor apaciento las ovejas y a la vez soy apacentado. Como no ha de rehusarse lo que es necesario, así tampoco la gran cantidad de comida ha sobrecargar al corazón débil. No sea, pues, molesto a Vuestra Caridad el que no examine hoy todo lo que supongo que aún ha de examinarse aquí; pero, en el nombre del Señor, de nuevo se nos leerá públicamente idéntica lectura en los días de pagar el sermón y, con la ayuda de aquél, será tratada más concienzudamente.

Tratado 47: Comentario a Jn 10, 14-21

Predicado en Hipona en otoño de 414, a escasos días del tratado 46

Cristo es la entrada

1. Quienes escucháis no sólo gustosa sino diligentemente la palabra de nuestro Dios, recordáis sin duda mi promesa. La lectura evangélica que se había leído el pasado domingo, la misma, en efecto, también hoy se ha leído precisamente porque, por haberme detenido en ciertos puntos necesarios, no pude examinar todo lo que yo debía a vuestras inteligencias. Por ende, lo que ha quedado ya dicho y tratado no lo investigaremos hoy, no sea que, repitiendo aún idénticas cosas, no se me permita en absoluto llegar a lo que aún no se ha dicho.

En el nombre del Señor sabéis ya quién es el buen pastor, cómo los pastores buenos son miembros suyos y que por eso hay un único pastor; sabéis quién es el asalariado que tolerar, quiénes el lobo, los ladrones y asesinos que evitar; quiénes son las ovejas, cuál es la puerta por la que entran las ovejas y el pastor; cómo ha de entenderse al portero; sabéis también que cualquiera que no entrare por la puerta es ladrón y asesino y no viene sino a robar, asesinar y destruir. Según opino, está suficientemente tratado todo esto que he dicho. Porque Jesucristo mismo, Salvador nuestro, ha dicho que él es el pastor y la puerta y ha dicho que el pastor bueno entra por la puerta, debemos decir hoy, en la medida en que ayuda el Señor, cómo él en persona entra por sí mismo. En efecto, si nadie es pastor bueno sino quien entra por la puerta, y si principalmente éste es en persona el buen Pastory él mismo es la Puerta, no puedo entender sino que él mismo entra a sus ovejas por sí mismo, les da la voz de seguirle, y que ellas, al entrar y salir, hallan pastos, que son la vida eterna.

Dar la vida por las ovejas

2. Digo, pues, inmediatamente: yo, porque busco entrar a vosotros, esto es, a vuestro corazón, predico a Cristo; si predico otra cosa, intentaré trepar por otra parte. Así pues, Cristo es mi entrada hacia vosotros; por Cristo entro no a vuestras paredes, sino a vuestros corazones. Por Cristo entro, en mí habéis oído gustosamente a Cristo. ¿Por qué habéis oído gustosamente en mí a Cristo? Porque sois ovejas de Cristo, porque habéis sido adquiridos por la sangre de Cristo. Reconocéis vuestro precio, que por mí no es dado, pero mediante mí es predicado. En efecto, os ha comprado el que su sangre preciosa ha derramado; preciosa sangre es la del sin pecado. Sin embargo, él mismo ha hecho preciosa también la sangre de los suyos, por los que ha dado precio de sangre, porque, si no hiciera preciosa la sangre de los suyos, no se diría: Es preciosa en presencia del Señor la muerte de sus santos (Sal 115,15). Así pues, él no es el único en haber hecho incluso esto que asevera, El buen pastor depone su alma por las ovejas(Jn 10,11), y empero, si quienes lo hicieron son sus miembros, él mismo en persona es el único que lo hizo, pues él pudo hacerlo sin ellos, mas ellos ¿en virtud de qué lo pudieron sin él, ya que él en persona ha dicho: Sin mí nada podéis hacer?P(Jn 15,5). Pues bien, que también otros lo hicieron lo demuestro, precisamente porque el apóstol Juan mismo, que predicó este evangelio que acabáis de escuchar, dijo en una carta suya: como Cristo depuso por nosotros su alma, así también nosotros debemos deponer por los hermanos las almas(1Jn 3,16). Debemos, dijo: nos hace deudores el primero que lo ha efectuado. Por eso está escrito en cierto lugar: Si te sentares a cenar a la mesa de un poderoso, entiende sabiamente lo que se te sirve y echa tu mano sabedor de que es preciso que tú prepares algo igual (Pr 23,1-2 sec. LXX). Sabéis cuál es la mesa del Poderoso: ahí están el cuerpo y la sangre de Cristo; quien se acerca a tal mesa, prepare algo igual. Y ¿qué significa «prepare algo igual»? Como él mismo depuso por nosotros su alma, así también nosotros, para dar buen ejemplo al pueblo y sostener la fe, debemos deponer por los hermanos las almas. Por eso, a Pedro, de quien quería hacer un pastor bueno, dice no en atención a Pedro mismo, sino en atención a su cuerpo: Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas(Jn 21,15). Esto una vez, esto de nuevo, esto por tercera vez, hasta entristecerlo. Y tras haberlo interrogado el Señor tanto cuanto juzgó que había de interrogársele para que confesase tres veces quien tres veceshabía negado, y tras haberle encomendado tres veces sus ovejas para apacentarlas, le dice: Cuando eras más joven, te ceñías y caminabas adonde querías; en cambio, cuando hayas envejecido, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y conducirá adonde tú no quieres. Y el evangelista ha explicado qué había dicho el Señor: Ahora bien, afirma, dijo esto para significar con qué muerte iba a glorificar a Dios(Jn 21,18-19). A esto, pues, se refiere «Apacienta mis ovejas»: a que depongas por mis ovejas tu alma.

Cristo se predica a sí mismo

3. ¿Quién desconoce ya lo que asevera: Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre? Por sí, en efecto, conoce él al Padre, nosotros mediante él. Que por sí lo conoce él, lo sabemos, y que nosotros le conocemos mediante él, también lo sabemos porque aun esto lo sabemos mediante él, pues él mismo ha dicho: Nadie ha visto nunca a Dios, sino el Unigénito Hijo que está en el seno del Padre; ese mismo lo explicó con todo detalle. Mediante él mismo, pues, también nosotros, a quienes lo explicó con todo detalle(Jn 1,18). Asimismo asevera en otra parte: Nadie conoce al Hijo sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo(Mt 11,27). Como, pues, por sí conoce él al Padre y, en cambio, mediante él conocemos nosotros al Padre, así entra por sí mismo al redil, y nosotros mediante él.

Decíamos que mediante Cristo tenemos nosotros una puerta hacia vosotros; ¿por qué? Porque predicamos a Cristo. Nosotros predicamos a Cristo y, por eso, entramos por la puerta. Cristo, en cambio, predica a Cristo, porque se predica a sí mismo; y por eso el pastor entra por sí mismo. Cuando la luz muestra otras cosas que se ven a la luz, ¿acaso necesita alguna otra cosa para mostrarse? La luz, pues, manifiesta tanto las otras cosas como a sí misma. Con el entendimiento entendemos cualesquiera cosas que entendemos; y ¿cómo entendemos el entendimiento mismo sino con el entendimiento? ¿Acaso ves así con el ojo de la carne tanto las otras cosas como a él mismo? En efecto, aunque los hombres ven con sus ojos, no ven empero sus ojos. El ojo de la carne ve las otras cosas; a sí mismo no puede verse; el entendimiento, en cambio, entiende las otras cosas y a sí mismo. Como el entendimiento se ve, así también Cristo se predica. Si se predica, predicándose entra a ti, por sí entra a ti. También él es la puerta hacia el Padre, porque no hay por dónde venir al Padre sino mediante él mismo, pues hay un único Dios y un único mediador de Dios y hombres, Cristo Jesús hombre(1Tm 2,5). Con la palabra se dicen muchas cosas; evidentemente, con la palabra he dicho estas mismas que he dicho. Si quisiere describir también la palabra misma, ¿cómo la describo sino con la palabra? Y, por eso, mediante la palabra se dicen otras cosas que no son lo que la palabra, y la palabra misma no puede describirse sino mediante la palabra. Porque el Señor ha ayudado, he abundado en ejemplos.

Retened, pues, cómo el Señor Jesucristo es puerta y pastor: puerta, abriéndose; pastor, entrando por sí. Además, hermanos, ciertamente ha dado también a sus miembros lo que él es en cuanto pastor, porque Pedro es pastor, Pablo es pastor, los demás apóstoles son pastores y los obispos buenos son pastores, pero nadie de nosotros dice que él es puerta; él mismo ha retenido para sí como propio esto por donde entren las ovejas. Por eso, cuando el apóstol Pablo predicaba a Cristo, cumplía el oficio de pastor bueno porque entraba por la Puerta; mas, cuando ovejas indisciplinadas comenzaron a hacer cismas y a ponerse otras puertas no para entrar a fin de ser congregadas, sino para extraviarse a fin de dividirse pues unos decían «Yo soy de Pablo», otros «Yo de Cefas», otros «Yo de Apolo», otros «Yo de Cristo», espantado ante quienes dijeron «Yo soy de Pablo», como si gritase a las ovejas: «Desgraciadas, ¿por dónde vais? No soy la puerta», pregunta: ¿Acaso Pablo fue crucificado por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?(1Co 1,12-13). En cambio, quienes decían«Yo soy de Cristo», habían hallado la puerta.

Quiso él mismo ser pastor de Israel

4. Por otra parte, acerca del único redil y del único pastor soléis ya oír asiduamente por cierto, pues mucho he encomiado el único redil, al predicar la unidad para que todas las ovejas entrasen por Cristo, y ninguna siguiera a Donato. Sin embargo, aparece suficientemente por qué el Señor ha dicho esto en sentido propio. Hablaba, en efecto, entre los judíos; ahora bien, había sido enviado a los judíos mismos no en atención a ciertos pertinaces en el odio descomunal y perseverantes en las tinieblas, sino en atención a algunos entre esta nación misma a los que llama ovejas suyas, de quienes aseveró: No fui enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel(Mt 15,24). Los conocía incluso entre la turba de furiosos, y los preveía en la paz de los creyentes. ¿Qué significa, pues, «No fui enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel», sino que no mostró su presencia corporal sino al pueblo de Israel? A las gentes no se dirigió él mismo, sino que envió; en cambio, al pueblo de Israel envió y vino él mismo, para que quienes lo despreciaban recibieran un juicio mayor, porque también se les mostró su presencia. En persona estuvo allí el Señor, allí eligió madre, allí quiso ser concebido, allí nacer y derramar su sangre; allí están sus huellas, se adoran ahora mismo, donde estuvo en pie por última vez, de donde ha ascendido al cielo; en cambio, a las gentes envió.

Cristo habla y actúa en sus pastores

5. Pero, porque él no ha venido en persona a nosotros, sino que ha enviado a nosotros, alguien supone quizá que nosotros hemos oído no la voz de él mismo, sino la voz de esos que ha enviado. ¡Ni pensarlo! Sea expulsado de vuestros corazones ese pensamiento: también en estos que ha enviado estaba él en persona. Escucha a Pablo mismo, al que envió, pues a las gentes envió principalmente a Pablo apóstol, y Pablo mismo, para meter miedo no de sí sino de aquél, pregunta: ¿O queréis recibir una prueba de ese que en mí habla, Cristo? (2Co 13,3). Escuchad también al Señor mismo: Tengo también otras ovejas, esto es, entre las gentes, que no son de este redil, esto es, del pueblo de Israel; es preciso que también a ellas las conduzca. Aun mediante los suyos, pues, no las conduce otro. Escucha aún: Oirán mi voz. He ahí que mediante los suyos habla él en persona y mediante los que envía se oye su voz.Para que haya un único redil y un único pastor(Jn 10,16). Para esos dos rebaños, como para dos paredes, él se hizo piedra angular(Ef 2,20). Es, pues, la Puerta y la Piedra angular; todo por analogía, nada de esto con propiedad.

Hablar de Cristo en sentido propio y figurado

6. Por cierto, ya dije e hice valer vehementemente —y quienes captan saborean, mejor dicho, quienes saborean captan; y quienes aún no saborean con la inteligencia, con la fe sujeten lo que aún no pudieran entender—: por analogía Cristo es muchas cosas que no es por propiedad. Por analogía Cristo es la Roca, Cristo es la Puerta, Cristo es la piedra angular, Cristo es el Pastor, Cristo es el Cordero y Cristo es el León. ¡Cuán numerosas cosas por analogías, y otras que es largo citar! Pues bien, si examinas las propiedades de las cosas que sueles ver, no es roca, puesto que no es duro e insensible; tampoco es puerta, porque no lo ha hecho un carpintero; ni es piedra angular, porque ningún constructor lo ha colocado; tampoco es pastor, porque no es guardián de las cuadrúpedas ovejas; tampoco es león, porque no es una fiera; tampoco es cordero, porque no es un ganado. Todo eso, pues, por analogía. Con propiedad, pues, ¿qué? En el principio existía la Palabra y la Palabra existía en Dios y la Palabra era Dios(Jn 1,1). ¿Qué se dice del hombre que apareció? Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros(Jn 1,14).

Entregó su vida porque quiso

7. Escucha también lo demás. Afirma: El Padre me quiere precisamente porque yo depongo mi alma para tomarla de nuevo(Jn 10,17). ¿Qué asevera? El Padre me quiere precisamente porque muero para resucitar. Por cierto, con gran fuerza está dicho «Yo».Porque yo depongo, afirma, depongo mi alma. Yo depongo. ¿Qué significa «Yo depongo»? Yo la depongo; no se gloríen los judíos: pudieron ensañarse, no pudieron tener potestad; ensáñense cuanto pueden; si yo no quisiere deponer mi alma, ¿qué van a hacer ensañándose? Una única respuesta los postró: cuando se les dijo «¿A quién buscáis?», dijeron «A Jesús», y les asevera «Yo soy»; retrocedieron y cayeron(Jn 18,4-6). Quienes cayeron ante una única voz de Cristo, que iba a morir, ¿qué harán bajo la voz de quien va a juzgar? Yo, yo, insisto, depongo mi alma para tomarla de nuevo. No se gloríen los judíos, cual si hubieran prevalecido; él mismo depuso su alma. Yo me dormí, dice.Conocéis el salmo: Yo me dormí y cogí el sueño; y me levanté, porque el Señor me acogerá. Hace un momento se ha leído ese salmo mismo, hace un momento hemos oído: Yo me dormí y cogí el sueño; me levanté, porque el Señor me acogerá(Sal 3,6). ¿Qué significa «Yo me dormí»? Porque quise me dormí. ¿Qué significa «Me dormí? He muerto. ¿Acaso no se durmió quien, cuando quiso, se levantó del sepulcro como del lecho? Pero, para edificarnos en cuanto a dar gloria al Creador, se complace en dar gloria al Padre. Efectivamente, porque ha añadido «Me levanté, porque el Señor me acogerá», ¿suponéis que aquí, por así decirlo, falló su fuerza, de manera que por su potestad ha podido morir, mas por su potestad no ha podido resucitar? Así, en efecto, parecen sonar, no entendidas con total diligencia, las palabras: Yo me dormí —esto es, porque quise me dormí— y me levanté, ¿por qué?, porque el Señor me acogerá. Pues ¿qué? ¿No serías capaz de levantarte por ti mismo? Si no fueses capaz, no dirías: Tengo potestad de deponer mi alma y tengo potestad de tomarla de nuevo(Jn 10,18). En otro lugar del evangelio oye que no sólo el Padre resucitó al Hijo, sino también el Hijo a sí mismo: Destruid este templo, afirma, y en un triduo lo levantaré. Y el evangelista afirma: «Ahora bien, del templo de su cuerpo decía»(Jn 2,19 21) esto, pues era levantado lo que moría, porque la Palabra no murió, esa alma no murió. Si ni la tuya muere, ¿moriría la del Señor?

Vida y muerte del alma

8. ¿Cómo sé, preguntas, si mi alma no muere? No la mates, y no muere. ¿Cómo, preguntas, puedo yo matar mi alma? Por no mencionar de momento otros pecados, la boca que miente mata al alma(Sab 1,11). ¿Cómo, preguntas, estoy seguro de que no muere? Escucha al Señor mismo dar seguridad al siervo: No temáis a quienes matan el cuerpo, mas después no tienen qué hacer. Pero ¿qué asevera claramente? Temed al que tiene potestad de matar en el quemadero cuerpo y alma(Mt 10,28; Lc 12,4-5). He ahí que muere, he ahí que no muere. ¿Qué es su morir? ¿Qué es para tu carne morir? Para tu carne morir es perder su vida; para tu alma morir es perder su vida. La vida de tu carne es tu alma; la vida de tu alma es tu Dios. Como muere la carne, perdida el alma, que es su vida, así muere el alma, perdido Dios, que es su vida. Ciertamente, pues, el alma es inmortal. Simple y llanamente inmortal porque vive incluso muerta. En efecto, lo que el Apóstol dijo de la viuda sensual, puede decirse también del alma si perdiere a su Dios: Aun viva, está muerta(1Tm 5,6).

El verdadero Cristo: Verbo, cuerpo y alma

9. ¿Cómo, pues, depone su alma el Señor? Hermanos, investiguemos esto un poco más atentamente. No nos estrecha la hora que suele estrecharnos en el día del Señor; tenemos tiempo, benefíciense de esto quienes también en el día hodierno acuden a la palabra de Dios. Depongo mi alma, afirma. ¿Quién depone? ¿Qué alma depone? ¿Qué es Cristo? La Palabra y hombre. Y hombre no de forma que sea carne sola, sino que, por ser hombre, consta de carne y alma; pues bien, en Cristo está entero el hombre, pues no habría tomado la parte peor y abandonado la parte mejor; por cierto, la parte del hombre, mejor que el cuerpo, es el alma. Porque, pues, en Cristo está entero el hombre, ¿qué es Cristo? La Palabra, repito, y hombre. ¿Qué significa «la Palabra y hombre»? La Palabra, alma y carne. Retened esto, porque tampoco respecto a esa sentencia han faltado herejes, ciertamente expulsados de la verdad católica hace ya tiempo; pero sin embargo, como ladrones y asesinos que no entran por la puerta, no cesan de andar rondando al redil. Apolinaristas se han llamado los herejes que han osado establecer la doctrina de que Cristo no es sino la Palabra y carne; defienden que él no ha asumido alma humana. Por cierto, algunos de ellos tampoco han podido negar que en Cristo hubo alma. Ved un absurdo y locura intolerables: sostuvieron que él tenía alma irracional, negaron la racional; le dieron alma de ganado, sustrajeron la de hombre; pero por no haber mantenido la razón quitaron ellos a Cristo la razón. Lejos de nosotros esto, nutridos y cimentados en la fe católica.

Con esta ocasión, pues, querría recordar a Vuestra Caridad que, como a propósito de las lecturas precedentes os equipé suficientemente contra sabelianos y arrianos —los sabelianos, que dicen que el Padre es el mismo que el Hijo; los arrianos, que dicen que una cosa es el Padre, otra es el Hijo, cual si no fuesen de idéntica sustancia el Padre y el Hijo—, también, según recordáis y debéis recordar, os equipé contra los herejes fotinianos, los cuales dijeron que Cristo es hombre solo, sin Dios, y contra los maniqueos, que dijeron que es Dios solo, sin hombre; con esta ocasión, a propósito del alma quiero también equiparos contra los apolinaristas, que dicen que nuestro Señor Jesucristo no tuvo alma humana, esto es, alma racional, alma inteligente, alma, insisto, gracias a la que diferimos de las bestias porque somos hombres.

Realidad del alma de Cristo

10. ¿Cómo, pues, ha dicho aquí el Señor: Tengo potestad de deponer mi alma? ¿Quién depone el alma y la toma de nuevo? Cristo, porque es la Palabra, ¿depone el alma y la toma de nuevo? O porque es alma humana ¿se depone ella misma y se toma de nuevo ella misma? O, porque es carne, ¿la carne depone el alma y la toma de nuevo? He propuesto tres cosas, estudiemos todo a fondo y elijamos la que se ajusta a la regla de la verdad.

Si, en efecto, dijéremos que la Palabra de Dios depuso su alma y la tomó de nuevo, ha de temerse que penetre subrepticiamente un pensamiento torcido y se nos diga: «Esa alma, pues, está a veces separada de la Palabra y esa Palabra, desde que tomó esa alma, estuvo a veces sin alma». Efectivamente, veo que la Palabra estuvo sin alma humana, pero cuando en el principio existía la Palabra y la Palabra existía en Dios y la Palabra era Dios. Por cierto, desde que la Palabra se hizo carne para habitar entre nosotros (Jn 1,1 14) , y la Palabra asumió al hombre, esto es, al hombre entero, alma y carne, ¿qué hizo la pasión, qué hizo la muerte, sino separar del cuerpo al alma? Pero no separó de la Palabra al alma. En efecto, si el Señor murió, mejor dicho, porque murió el Señor —de hecho murió por nosotros en la cruz—, sin duda, su carne exhaló el alma; por un tiempo exiguo abandonó el alma la carne, pero para resucitar al regresar el alma. En cambio, no digo que el alma se separó de la Palabra. Dijo al alma del asesino: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). No abandonaba al alma fiel del asesino, y ¿abandonaba la suya? ¡Ni pensarlo! Sino que, como Señor, custodió la de aquél, mas tuvo inseparablemente la suya.

Si, en cambio, dijéremos que el alma misma se depuso, y que ella misma se tomó de nuevo, es un modo de ver absurdísimo, pues no podía separarse de sí misma la que no estaba separada de la Palabra.

El cuerpo entrega el alma

11. Digamos, pues, lo que es verdadero y que puede entenderse fácilmente. He ahí un hombre cualquiera, que no consta de la Palabra, de alma y carne, sino de alma y carne; respecto a ese hombre interroguemos cómo depone su alma cualquier hombre. ¿O acaso ningún hombre depone su alma? Puedes decirme: «Ningún hombre tiene potestad para deponer su alma y tomarla de nuevo». Si un hombre no pudiera deponer su alma, el apóstol Juan no diría: Como Cristo depuso por nosotros su alma, así también nosotros debemos deponer por los hermanos las almas (1Jn 3,16). También, pues, si, porque sin él nada podemos hacer, su fuerza nos llena también a nosotros, nos es posible deponer por los hermanos nuestras almas. Cuando cualquier mártir santo depuso por los hermanos su alma, ¿quién la depuso y qué alma depuso? Si entendiéremos esto, ahí veremos cómo ha sido dicho por Cristo: Tengo potestad de deponer mi alma. «Oh hombre, ¿estás dispuesto a morir por Cristo?». «Dispuesto», afirma. Lo diré con otras palabras: «¿Estás dispuesto a deponer por Cristo tu alma?». También a esas palabras me responderá «Estoy dispuesto», como me había respondido tras decir yo: «¿Estás dispuesto a morir?». Deponer, pues, el alma es lo mismo que morir. Pero ¿en favor de quién sucede ahí el combate? En efecto, todos los hombres, cuando mueren, deponen el alma; pero no todos la deponen por Cristo y nadie tiene potestad para tomar lo que depuso. Cristo, en cambio, la depuso por nosotros, la depuso cuando quiso y la tomó cuando quiso. Deponer, pues, el alma es morir. Así, también el apóstol Pedro dijo al Señor: «Mi alma depondré por ti»(Jn 13,37), esto es, moriré por ti.

Atribuye tú esto a la carne; la carne depone su vida y la carne la toma de nuevo; no empero la carne por su potestad, sino por la potestad de quien habita en la carne; expirando, pues, depone su alma la carne. Mira al Señor mismo en la cruz; «Tengo sed», dijo; quienes estaban presentes empaparon una esponja en vinagre, la ataron a una caña y la aplicaron a su boca; tras haber tomado esto, asevera: Está terminado. ¿Qué significa «Está terminado»? Se ha cumplido todo lo que sobre mí había sido profetizado que sucedería antes de la muerte. Y, porque tenía potestad de deponer su alma cuando quisiera, después que dijo «Está terminado», ¿qué asevera el evangelista? E inclinada la cabeza, entregó el aliento. Esto es deponer el alma. En seguida atienda aquí Vuestra Caridad. Inclinada la cabeza, entregó el aliento(Jn 19,28-30). ¿Quién entregó? ¿Qué entregó? El aliento entregó, la carne lo entregó. ¿Qué significa «la carne lo entregó»? La carné lo echó fuera, la carne lo exhaló. De hecho, por eso se llama «exhalar» a hacer que el aliento esté fuera. Como expatriar significa hacer estar fuera de la patria y exorbitar significa hacer estar fuera de órbita, así exhalar significa hacer que el aliento esté fuera; este aliento es el alma. Cuando, pues, el alma sale de la carne y la carne queda sin alma, entonces se dice que el hombre depone el alma. ¿Cuándo depuso Cristo el alma? Cuando la Palabra quiso, pues la hegemonía estaba en la Palabra; allí estaba la potestad de cuándo la carne depondría el alma y cuándo la tomaría.

Un solo Cristo, Verbo, cuerpo y alma

12. Si, pues, la carne depuso el alma, ¿cómo Cristo depuso el alma? En efecto, ¿Cristo no es carne? Así, simple y llanamente: Cristo es carne, Cristo es alma, Cristo es la Palabra; sin embargo, estas tres realidades no son tres Cristos, sino un único Cristo. Interroga al hombre y de ti mismo haz una escalera hacia lo que está sobre ti, y si no para entenderlo aún, al menos para creerlo. En efecto, como un único hombre es alma y cuerpo, así el único Cristo es la Palabra y hombre. Ved qué he dicho y entended. El alma y el cuerpo son dos realidades, pero un único hombre; la Palabra y el hombre son dos realidades, pero un único Cristo. Pregunta, pues, por el hombre. ¿Dónde está ahora mismo el apóstol Pablo? Si alguien responde «En el descanso con Cristo», dice la verdad. Asimismo, si alguien responde «En Roma, en el sepulcro», también ese mismo dice la verdad. Acerca del alma me responde aquello, acerca de su carne esto. Sin embargo, no por eso decimos que hay dos apóstoles Pablos —uno que descansa en Cristo, otro que está puesto en el sepulcro—, aunque digamos que el apóstol Pablo vive en Cristo, y digamos que idéntico apóstol Pablo yace muerto en el sepulcro. Muere alguien; decimos «Un buen hombre, un hombre leal, en la paz está con el Señor», y a continuación: «Vayamos a sus exequias y enterrémoslo». Vas a sepultar a ese de quien, aunque una cosa es el alma, la cual es inmortalmente robusta, y otra el cuerpo, que yace corruptiblemente, habías ya dicho que en la paz está con Dios. Pero desde que el consorcio de carne y alma recibió el nombre de hombre, cualquiera de estos dos, cada uno y por separado, ha conservado ya el nombre de hombre.

13. Nadie, pues, titubee cuando oye que el Señor ha dicho: Depongo mi alma y la tomo de nuevo(Jn 10,17). La depone la carne, pero por la potestad de la Palabra; la toma la carne, pero por la potestad de la Palabra. Aun al Señor Cristo en persona se le ha nominado sola carne. «¿Cómo lo pruebas?», pregunta. Oso decir: aun a sola la carne de Cristo se le ha nominado Cristo. Creemos ciertamente no sólo en Dios Padre, sino también en Jesucristo, su Hijo único, nuestro Señor; ahora mismo acabo de decir todo entero: en Jesucristo, su Hijo único, nuestro Señor. Entiende tú ahí todo entero: la Palabra, el alma y la carne. Pero, evidentemente, también confiesas lo que idéntica fe tiene: que tú crees en este Cristo que fue crucificado y sepultado. No niegas, pues, que Cristo fue también sepultado; y sin embargo, sola la carne fue sepultada, ya que, si estaba allí el alma, no estaba muerto; ahora bien, si la muerte fue auténtica para que sea auténtica la resurrección, sin alma había estado en el sepulcro y sin embargo fue sepultado Cristo. Cristo, pues, aun sin alma era carne, porque no fue sepultada sino la carne. Aprende esto también en las palabras apostólicas: Entre vosotros, afirma, sentid esto que hubo en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró rapiña ser igual a Dios. ¿Quién sino Cristo Jesús, en cuanto atañe a lo que es la Palabra, Dios en Dios? Ahora bien, ve qué sigue: Sino que se vació a sí mismo al tomar forma de esclavo, hecho a semejanza de hombres y, en el porte, hallado como hombre. Y esto, ¿quién sino idéntico Cristo Jesús en persona? Pero aquí está ya todo:la Palabra en forma de Dios, la cual tomó forma de esclavo, y el alma y la carne en forma de esclavo, las cuales han sido asumidas por la forma de Dios. Se rebajó a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte(Flp 2,5-8). En la muerte, los judíos mataron ya la carne sola. En efecto, si dijo a los discípulos: «No temáis a quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»(Mt 10,28),  ¿acaso pudieron matar en él algo más que el cuerpo? Y empero, matada la carne, Cristo fue matado. Así, cuando la carne depuso el alma, Cristo depuso el alma, y cuando la carne, para resucitar, tomó el alma, Cristo tomó el alma. Sin embargo, hizo esto no la potestad de la carne, sino la de ese que, para que se cumpliera esto, asumió alma y carne.

Lo que el Hijo tiene es por generación

14. Este mandato, afirma, recibí de mi Padre. La Palabra no recibió de palabra un mandato, sino que en la Palabra unigénita del Padre está todo mandato. Pues bien, cuando se dice que el Hijo recibe del Padre lo que tiene sustancialmente —igual que está dicho «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio también al Hijo tener en sí mismo vida»(Jn 5,26), pues el Hijo es en persona la Vida—, no se disminuye su potestad, sino que se manifiesta su generación, porque el Padre no añadió nada al Hijo que nació imperfecto, por así decirlo, sino que, a quien ha engendrado perfecto, engendrándolo le ha dado todo. Así dio su igualdad al que no ha engendrado desigual. Pero, porque la luz lucía en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendían(Cf Jn 1,5), tras decir esto el Señor, se hizo de nuevo entre los judíos una disensión por estas palabras. Ahora bien, muchos de ellos decían: Tiene un demonio y está loco; ¿por qué le escucháis? Ésas fueron densísimas tinieblas. Otros decían: Éstas no son palabras de quien tiene un demonio; ¿acaso puede un demonio abrir ojos de ciegos?(Jn 10,19-21). Ya comenzaban a abrirse los ojos de ésos.

 Sermón 137: El buen pastor (Jn 10,1-15)

1. Vuestra fe no ignora, amadísimos, y sé que lo habéis aprendido enseñándooslo desde el cielo el Maestro en quien habéis depositado vuestra esperanza, que nuestro Señor Jesucristo, que ya padeció por nosotros y resucitó, es cabeza de la Iglesia; que la Iglesia es cuerpo suyo y que, en este cuerpo, la unión de sus miembros y la trabazón de la caridad es el equivalente a la salud. A su vez, aquel en quien se enfríe la caridad está enfermo en el cuerpo de Cristo. Pero el que ya glorificó a nuestra cabeza tiene poder también para sanar a sus miembros enfermos, a condición de que una excesiva impiedad no los ampute, sino que permanezcan adheridos al Cuerpo hasta lograr la salud. En efecto, para todo miembro que aún esté adherido al cuerpo hay esperanza de salud; en cambio, el que haya sido amputado no puede ser curado, ni sanado. Así, pues, como él es la cabeza de la Iglesia y la Iglesia su cuerpo, el Cristo entero lo forma el conjunto de la cabeza y el cuerpo. Él ya resucitó: por tanto, la cabeza la tenemos ya en el cielo. Nuestra cabeza intercede por nosotros. Nuestra cabeza, libre del pecado y de la muerte, nos hace propicio a Dios ante nuestros pecados, a fin de que también nosotros, una vez resucitados al fin del tiempo y transformados con vistas a la gloria celeste, sigamos a nuestra cabeza. Pues adonde va la cabeza, van también los restantes miembros. Con todo, mientras estamos aquí, somos miembros suyos; no perdamos la esperanza de seguir a nuestra cabeza.

2. Ved, pues, hermanos, el amor de nuestra Cabeza. Ya está en el cielo, pero padece aquí, cuando aquí padece la Iglesia. Aquí tiene Cristo hambre, aquí tiene sed, está desnudo, es forastero, está enfermo, está encarcelado. En efecto, todo lo que aquí padece su Cuerpo, él mismo ha dicho que lo padece él; y al final, separando ese su Cuerpo hacia la derecha y poniendo a la izquierda a los que ahora le pisan, dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino preparado para vosotros desde el comienzo del mundo(Mt 25,34). ¿En virtud de qué méritos? Porque tuve hambre, y me disteis de comer, y otras benéficas que señala como si las hubiera recibido él en persona, hasta tal punto que, al no entenderlo, los de la derecha le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, forastero y en la cárcel? Él les dirá: Lo que hicisteis con uno de estos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis(Mt 25,37-40). De manera semejante, también en nuestro cuerpo la cabeza está en la parte superior y los pies en la tierra; no obstante, si en algún apiñamiento y apretura de gente alguien te pisa, ¿no dice la cabeza: «Me estás pisando»? Nadie te ha pisado ni la cabeza ni la lengua; está arriba y a buen recaudo; nada malo le ha sucedido y, sin embargo, como reina la unidad de la cabeza a los pies, fruto de la trabazón que produce la caridad, la lengua no se separó de ella, sino que dijo: «Me estás pisando», no obstante que a ella nadie la tocó. Así, pues, igual que la lengua, aunque nadie la haya tocado, dice: «Me estás pisando», así Cristo cabeza, a quien nadie pisa, dijo: Tuve hambre, y me disteis de comer. Y a los que le prestaron ese servicio les dijo: Tuve hambre y no me disteis de comer(Mt 25,42). ¿ Y cómo terminó? De esta manera: Estos irán al fuego eterno, y los justos a la vida eterna (Mt 25,46).

3. Por tanto, al hablar ahora el Señor, dijo que él era el pastor, que él era la puerta. En el pasaje leído tienes tanto Yo soy el pastor(Jn 10,11), como yo soy la puerta(Jn 10,7.9). Es puerta en cuanto cabeza; es pastor en cuanto cuerpo. En efecto, a Pedro, el único sobre el que establece la Iglesia: Pedro, ¿me amas? Él respondió: Señor, te amo. — Apacienta mis ovejas(Jn 21,15). Y, cuando le preguntó por tercera vez: Pedro, ¿me amas?, Pedro se entristeció por habérselo preguntado tantas veces (Cf Jn 21,15-17), como si quien había visto la conciencia de quien le negó no viese la fe de quien le confesaba su amor. Lo conocía en todo momento, incluso cuando Pedro mismo no se conocía. En efecto, Pedro no se conocía a sí mismo cuando dijo: Estaré a tu lado hasta la muerte (Lc 22,33). ¡E ignoraba cuán enfermo estaba! Es algo que también acontece con frecuencia a los enfermos: que ellos no saben qué les pasa, pero sí el médico, no obstante que sean ellos los que padecen el mal y no el médico. Antes dice el médico lo que pasa en otro que el enfermo lo que pasa en sí mismo. Así, pues, Pedro era entonces el enfermo y el Señor el médico. Aquel afirmaba tener las fuerzas de que carecía; éste, tomando el pulso a su corazón, le decía que le iba a negar tres veces. Y sucedió como lo predijo el médico, no como presumió el enfermo(Cf Lc 22,34.55-61). Por tanto, después de su resurrección, le interrogó el Señor, no porque desconociera la disposición interior con que confesaba el amor a Cristo, sino para que anulase con la triple confesión de amor la triple negación por temor.

4. Así, pues, esto es lo que reclama el Señor a Pedro: Pedro, ¿me amas?, que es como decirle: «¿Qué me darás, qué me concederás en prueba de tu amor?» ¿Qué iba a dar Pedro al Señor resucitado, que sube al cielo para sentarse a la diestra del Padre? Era como decirle: «Esto me darás, esto me concederás si me amas: apacentar mis ovejas; entrar por la puerta y no saltar por otro lado». Cuando se leyó el evangelio, oísteis: El que entra por la puerta, ése es el pastor; mas el que sube por otra parte es un ladrón y un salteador (Jn 10,1-2), y lo que busca es disgregar, dispersar y matar(Jn 10,10). ¿Quién entra por la puerta? Quien entra por Cristo. Y ¿quién es éste? Quien imita la pasión de Cristo, quien conoce la humildad de Cristo, de modo que, como Dios se hizo hombre por nosotros, el hombre reconozca que no es Dios, sino sólo un hombre. En efecto, quien quiere pasar por Dios, siendo sólo un hombre, no imita a quien, siendo Dios, se hizo hombre. Pero a ti no se te dice: «Sé algo menos de lo que eres», sino: «Conoce lo que eres.» Reconoce que eres débil, que eres hombre, que eres pecador, que es él quien hace justos, que estás manchado. Si tu confesión incluye la mancha de tu corazón, pertenecerás a la grey de Cristo. La razón es que la confesión de los pecados es una invitación al médico que te ha de sanar, de igual manera que el enfermo que dice: «Yo estoy sano», no busca médico. ¿No habían subido al templo el fariseo y el publicano? El primero se ufanaba de tener salud, el segundo mostraba al Médico sus llagas. En efecto, el primero decía: ¡Oh Dios!, yo te doy gracias, porque no soy como ese publicano (Lc 18,11). Se gloriaba de estar por encima del otro. En consecuencia, si aquel publicano hubiese estado sano, el fariseo le hubiese mirado con malos ojos porque no habría tenido sobre quién ensalzarse. ¿En qué estado de salud había llegado quien tales sentimientos tenía? Desde luego, no estaba sano; mas como se decía sano, no bajó curado. En cambio, el otro, con la vista puesta en el suelo y sin atreverse a levantarla al cielo, golpeaba su pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador. Y ¿qué dijo el Señor? En verdad que este bajó del templo hecho justo y no el fariseo. Porque todo el que se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado(Lc 18,13-14)  Luego los que se ensalzan quieren subir al aprisco por otro lado que por la puerta; por la puerta entran en el redil los que se humillan. Por esa razón, refiriéndose a estos, se sirve del verbo entrar, y, refiriéndose a los otros, del verbo subir. El que sube —lo estáis viendo—, el que busca alturas, no entra, sino que cae; en cambio, el que se agacha para entrar por la puerta, no cae, sino que es el pastor.

5. Pero el Señor mencionó a tres personas, y debemos examinarlas en el evangelio: el pastor, el mercenario y el ladrón. Cuando se leyó —así pienso— advertisteis que retrató al pastor, al mercenario y al ladrón. Del pastor dijo que daba la vida por sus ovejas y entraba por la puerta; del ladrón y del salteador, que subía por otra parte; del mercenario, que, viendo al lobo o al ladrón, huye, porque no le preocupan las ovejas: por eso es mercenario, no pastor. El primero entra por la puerta, porque es pastor; el segundo sube por otra parte, porque es ladrón; el último, viendo a los que tratan de llevarse las ovejas, teme y huye porque es mercenario, porque le tienen sin cuidado las ovejas: al fin es mercenario. Si hemos topado con estas tres personas, Vuestra Santidad ha hallado también a quiénes amar, a quiénes tolerar y a quiénes evitar. Hay que amar al pastor, tolerar al mercenario, evitar al ladrón. Hay en la Iglesia hombres que, según dice el Apóstol, anuncian el Evangelio por conveniencias, buscando de los hombres sus intereses (Cf Flp 1,21), ya en dinero, ya en cargos públicos, ya en alabanzas humanas. Queriendo conseguir sea como sea compensaciones, anuncian el Evangelio, pero no buscan tanto la salud del destinatario de su anuncio como su interés. A su vez, en el caso de que uno escuche la salud de boca de quien carece de ella, si cree en aquel que le anuncia, sin poner su esperanza en quien se la anuncia, el que la anuncia sufrirá una pérdida; el que recibe el anuncio, una ganancia.

6. Tienes al Señor que dice, refiriéndose a los fariseos: Se han sentado en la cátedra de Moisés (Mt 23,1). El Señor no pensaba sólo en ellos, como si enviara a la escuela judía a los que creyeran en Cristo, para que aprendiesen en ella cuál es el camino hacia el reino de los cielos. ¿Acaso no vino el Señor precisamente para fundar la Iglesia y para separar, como trigo de la paja, a los judíos mismos que poseían una recta fe, esperanza y caridad y, con ellos, levantar la única pared de la circuncisión a la que se uniría la otra, la del prepucio gentil, dos paredes que, al provenir de distinta dirección, tendrían a Cristo como piedra angular? Entonces, ¿acaso no pensaba el Señor mismo en estos dos pueblos que iban a constituirse en uno solo, al decir: Tengo también otras ovejas que no son de este redil?(Jn 10,16). Hablaba a los judíos: Conviene —dice— que también a esas las traiga, para que haya un solo rebaño y un solo pastor(Jn 10,16). Por eso eran dos las barcas de donde había llamado a sus discípulos. Las dos barcas simbolizaban también a los dos pueblos cuando echaron las redes y sacaron tal carga y número de peces, que casi se rompían las redes: Y llenaron —dice— las dos barcas(Lc 5,6). Las dos barcas significaban la Iglesia única, pero hecha de dos pueblos; unida en Cristo, aunque procedente de distintas direcciones. Esto mismo significaban también las dos mujeres, Lía y Raquel, que tuvieron a un único varón como marido, Jacob(Cf Gn 29,9-30). Estos dos pueblos estaban figurados también en los dos ciegos sentados a la vera del camino, a quienes el Señor devolvió la vista(Cf Mt 20,30-34). Y, si prestáis atención a las Escrituras, en muchos pasajes hallaréis simbolizadas dos Iglesias, que no son dos, sino una sola. En efecto, para esto sirve la piedra angular, para hacer de las dos una; para esto sirve aquel pastor, para hacer de dos rebaños uno solo. Así, pues, el Señor, que iba a enseñar a la Iglesia e iba a fundar una escuela propia distinta de la de los judíos, como estamos viendo ahora, ¿pensaba enviar acaso a los que creyeran en él a la escuela judía para instruirse? Pero bajo la denominación de fariseos y escribas simbolizó a algunos que habían de existir en su Iglesia que dirían y no harían; a sí mismo, en cambio, se había simbolizado en la persona de Moisés. Moisés, en efecto, era figura de Jesucristo y por esa razón, al hablar al pueblo, se velaba el rostro. De hecho, todo el tiempo que ellos, estando bajo la ley, se habían entregado a los goces y placeres carnales, tenían puesto un velo ante su cara(Cf 2Co 3,15) que no les permitía ver a Cristo en las Escrituras. En efecto, quitado el velo después de la pasión del Señor, quedaron al descubierto los secretos del templo. Por esa misma razón, cuando el Señor estaba colgado de la cruz, el velo del santuario se rasgó de arriba abajo(Cf Mt 27,51), y el apóstol Pablo dice claramente: Cuando hayas pasado a Cristo te será quitado el velo (2Co 3,16). En cambio, quien no haya pasado a Cristo, aunque lea a Moisés, tiene puesto sobre su corazón un velo, como dice el Apóstol (Cf 2Co 3,15). Así, pues, ¿qué dice el Señor cuando anticipaba figuradamente que en el futuro existirán tales sujetos en su Iglesia? En la cátedra de Moisés se sientan escribas y fariseos; haced lo que dicen y no hagáis lo que hacen(Mt 23,2-3).

7. Cuando los clérigos malvados oyen lo dicho contra ellos, pretenden tergiversarlo. De hecho, he oído cómo algunos quieren tergiversar la mencionada frase. Y, si se les permitiese, ¿no la borrarían del Evangelio? Mas, como no pueden suprimirla, buscan cómo tergiversarla. Pero la gracia y misericordia del Señor se hace presente, y no les deja hacerlo, puesto que amuralló con su verdad todas sus afirmaciones y calibró su peso, de modo que si alguien quisiera quitar o añadir algo con su incorrecta lectura o interpretación, el hombre con criterio añada a la Escritura lo que de ella se quitó, luego lea lo anterior o lo siguiente y hallará el sentido que el otro quería que se interpretase indebidamente. Así, pues, ¿qué pensáis que dicen los aludidos en las palabras: Haced lo que dicen?(Mt 23,3). Porque está fuera de duda que se les dice a los laicos. Pues cuando un laico que quiere vivir bien ve a un clérigo malo, ¿qué se dice a sí mismo? El Señor ha dicho: Haced lo que dicen; no hagáis lo que ellos hacen(Mt 23,3). «Yo he de caminar por la vía del Señor; y no seguir sus costumbres. Oiré no sus palabras, sino las de Dios. Yo seguiré a Dios, vaya él tras sus apetencias. Porque, si quisiera defenderme ante Dios diciendo: «Vi a aquel clérigo tuyo que vivía mal y por eso he vivido mal», me diría: «Siervo malvado, ¿no me habías escuchado a mí decirte: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen?». En cambio, el mal laico, el infiel, el que no pertenece a la grey de Cristo, el que no pertenece al trigo de Cristo, el que, como la paja, es tolerado en la era, ¿qué se dice cuando empieza a reprocharle la palabra de Dios? «Lárgate; ¿con qué me vienes? Los mismos obispos, los clérigos mismos, no lo hacen, y ¿exiges que lo haga yo?» Este no se busca un abogado para un juicio en que lleva las de perder, sino un compañero de suplicio. En efecto, en el día del juicio, el malo a quien quiso imitar, fuera quien fuese, no le defenderá en el día del juicio. Pensemos en los que seduce el diablo: a ninguno lo seduce para que le haga compañía en el reino, sino para que le acompañe en la condenación; de igual manera, todos los que siguen a los malos se buscan compañeros para el infierno, no defensores con los ojos puestos en el reino de los cielos.

8. Así, pues, cuando a esos clérigos que viven mal se les dice: «Con razón mandó el Señor: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen»(Mt 23,3), ¿cómo tergiversan este mandato? «Con toda razón lo dijo —responden—; pues se os ha dicho que hagáis lo que decimos, y que no hagáis lo que hacemos. La razón es que nosotros ofrecemos el sacrificio, cosa que a vosotros no os es lícito». Ved a qué argucias recurren esos ¿puedo llamarlos mercenarios? Pues si fueran pastores, no dirían eso. Por eso mismo, el Señor, para cerrarles la boca, continuó diciendo: Se sientan en la cátedra de Moisés. Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, pues dicen pero no hacen(Mt 23,3). ¿Qué decir, entonces, hermanos? Si hablara el Señor de ofrecer el sacrificio, ¿habría dicho: Dicen, pero no hacen? De hecho,hacen el sacrificio, lo ofrecen a Dios. ¿Qué es lo que dicen y no hacen? Oye lo que viene a continuación: Atan y las echan sobre los cuellos de los hombres cargas pesadas e insoportables, que ellos ni con un dedo quieren tocar (Mt 23,4). Esta descripción y ejemplo son un reproche diáfano. Pero ellos, al querer tergiversar de ese modo la frase, demuestran que en la Iglesia no buscan otra cosa que sus intereses(Cf Flp 2,21) y que ni han leído el evangelio, pues si conociesen la página entera y la hubiesen leído en su totalidad, nunca hubieran osado decir tal cosa.

9. Pero advertid más claramente que la Iglesia tiene tales sujetos. Que nadie venga diciéndonos: «Lo dijo sin duda de los fariseos, de los escribas, de los judíos, porque la Iglesia no tiene gente así». ¿Quiénes son, entonces, aquellos de los que dice el Señor: No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos? Y añadió: En aquel día muchos me dirán: «Señor, Señor», ¿acaso no profetizamos e hicimos muchos milagros en tu nombre, y en tu nombre comimos y bebimos?(Mt 7,22). ¿Acaso hacen estas cosas los judíos en el nombre de Cristo? Ciertamente está claro que se refiere a los que tienen el nombre de Cristo. Pero ¿cómo sigue? Entonces les diré: «Jamás os conocí. Apartaos de mí todos los que obráis iniquidad»(Mt 7,23). Oye los gemidos que esos arrancan al Apóstol; unos —dice— anuncian el Evangelio por caridad; otros, por oportunismo; con referencia a estos indica que no anuncian el Evangelio correctamente(Flp 1,17). Anuncian una cosa recta, pero ellos no son rectos. Lo que anuncian es recto, mas quienes lo anuncian no son rectos. ¿Por qué no es recto? Porque en la Iglesia busca otra cosa, no a Dios. Si buscase a Dios, sería casto, puesto que el alma tiene a Dios por legítimo esposo. Todo el que busca obtener de Dios otra cosa fuera de Dios mismo, no busca a Dios castamente. Vedlo, hermanos: Si una mujer ama a su marido porque es rico, no es mujer casta, pues no ama al marido, sino al oro del marido. En cambio, si ama al marido, le ama desnudo y le ama pobre. Efectivamente, si le ama porque es rico, ¿qué sucederá si, por contingencias de la vida, es proscrito y de la noche a la mañana se queda en la miseria? Quizá lo abandone, pues lo que amaba no era al marido, sino sus bienes. Si, al contrario, ama en verdad al marido, lo ama incluso más en su pobreza, puesto que el amor se combina con la misericordia.

10. Y, sin embargo, hermanos, nuestro Dios nunca puede ser pobre. Él es rico, él hizo todas las cosas: el cielo y la tierra (Cf Gn 1,1), el mar y los ángeles. Todo lo que vemos y todo lo invisible del cielo, él lo hizo. No obstante, no debemos amar las riquezas, sino a quien las hizo. De hecho, a ti no te prometió otra cosa que él mismo. Halla algo de más valor y él te lo dará. Hermosa es la tierra, hermoso el cielo y hermosos los ángeles; pero más hermoso es quien hizo todo esto. Por eso, los que anuncian a Dios porque le aman, los que anuncian a Dios por Dios mismo, apacientan las ovejas y no son mercenarios. Esa castidad exigía del alma nuestro Señor Jesucristo cuando le decía a Pedro: Pedro, ¿me amas? ¿Qué significa: Me amas? ¿Eres casto? ¿No es adúltero tu corazón? ¿No buscas en la Iglesia tus intereses, sino los míos?(Cf Flp 2,21). Si eres así, apacienta mis ovejas (Jn 21,15), pues no serás mercenario, sino pastor.

11. Al contrario, no lo anunciaban castamente los que provocaban los gemidos del Apóstol. Pero ¿qué dice? Entonces ¿qué? Con tal de que sea anunciado, sea como sea, ya por oportunismo, ya con sinceridad (Flp 1,18). Así, pues, permite que haya mercenarios. El pastor anuncia a Cristo sinceramente, el mercenario lo anuncia por oportunismo, buscando otra cosa. Con todo, uno y otro anuncian a Cristo. Escucha la voz del pastor Pablo: Sea anunciado Cristo, ya por oportunismo, ya con sinceridad. Siendo él mismo pastor, quiso que hubiera mercenarios, pues actúan donde pueden, son útiles en la medida en que pueden serlo. En cambio, cuando el Apóstol, con otros objetivos, buscaba a alguien cuya conducta imitasen los débiles, dijo: Os he enviado a Timoteo, que os recordará mi manera de comportarme(1Co 4,17). ¿Pero qué es lo que dice? Os he enviado un pastor para que traiga a la memoria mi manera de comportarme, es decir, que se comporta como yo me comporto. Pero ¿qué les dice al enviarles el pastor? Pues no tengo a nadie tan íntimamente unido a mí que se preocupe de vosotros con afecto sincero(Flp 2,20). ¿No eran muchos los que estaban con él? Pero ¿cómo sigue? Pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo(Ef 2,21). Es decir: He querido mandaros un pastor; pues hay abundancia de mercenarios, pero no convenía enviaros un mercenario. Para llevar a cabo otros asuntos y negocios se envía a un mercenario; para lo que Pablo tenía entonces en mente, era necesario un pastor. Y a duras penas, entre tantos mercenarios, halló un pastor, puesto que los pastores escasean, pero los mercenarios abundan. Y ¿qué se dice de los mercenarios? En verdad os digo que ya recibieron su recompensa(Mt 6,2). En cambio, ¿qué dice el Apóstol del pastor? Todo el que se purifique de estas cosas, será objeto santificado para un uso honroso, y útil al Señor, preparado siempre para toda obra buena(2Tm 2,21). No preparado para unas cosas sí y para otras no, sino para toda obra buena. Esto he dicho acerca de los pastores.

12. Hablemos ya de los mercenarios. El mercenario, cuando ve que el lobo acecha a las ovejas, huye(Jn 10,12). Son palabras del Señor. ¿Por qué huye? Porque no le importan las ovejas (Jn 10,13). En consecuencia, el mercenario es útil mientras no ve al lobo, mientras no ve al ladrón y al salteador pues, cuando los ve, huye. Y ¿quién es el mercenario que no huye de la Iglesia cuando ve venir al lobo y al salteador? Abundan los lobos, abundan los salteadores. Tales son los que suben por otra parte (Jn 10,2) ¿Quiénes son esos que suben? Los del partido de Donato, que quieren depredar las ovejas de Cristo, ésos suben por otra parte.No entran por Cristo, porque no son humildes. ¿Qué significa suben? Se enorgullecen. ¿Por dónde suben? Por otra parte; por eso quiere que se diga que pertenecen a una parte. Los que no son de la unidad son de otra parte y desde esa parte suben, esto es, se enorgullecen, y quieren llevarse las ovejas. Ved como suben. «Nosotros —dicen— somos los que santificamos, los que justificamos, los que hacemos justos». Ved por dónde subieron. Pero quien se ensalza será humillado(Lc 14,11). Poderoso es Dios nuestro Señor para derribarlos. El lobo, en cambio, es el diablo; tiende asechanzas para engañar, y lo mismo los que le siguen, pues se ha dicho que están vestidos de piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces(Cf Mt 7,15). Si un mercenario ve que alguien habla lo que no debe, o que piensa de manera dañina para su alma, o que hace algo delictivo y obsceno, y, sin embargo, como parece que ocupa un puesto de cierta importancia en la Iglesia, si espera sacar beneficio de él, es un mercenario; y si ve que el hombre perece en su pecado, si ve seguir al lobo, si ve que, habiéndole echado sus dientes a la garganta, le arrastra al tormento, no le dice: «Estás cometiendo un pecado», no le reprende, para no perder su beneficio. En esto consiste, pues, lo dicho: Cuando ve al lobo, huye: no le dice: «Te comportas como un malvado». No se trata de una fuga física, sino espiritual. Uno, al que estás viendo que se mantiene físicamente estático, está huyendo en su espíritu cuando ve que alguien está pecado y no le dice: «Estás cometiendo un pecado», cuando incluso entra en deliberaciones con él.

13. Hermanos míos, ¿acaso no sube alguna vez ya el presbítero, ya el obispo, y desde su sitial más elevado no os dicen sino que no robéis cosas ajenas, que no hagáis trampas, que no realicéis acciones malvadas? Los que ocupan la cátedra de Moisés no pueden proclamar otra cosa, y es la cátedra misma la que habla por medio de ellos, no ellos mismos. ¿Qué significa, entonces: Acaso se recogen uvas de las zarzas, o higos de los abrojos y A todo árbol se le conoce por sus frutos?(Mt 7,16). ¿Puede un fariseo decir cosas buenas? Si el fariseo es zarza, ¿cómo recojo de ella uvas? Porque tú, Señor, has dicho: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen(Mt 23,3). ¿Me ordenas que coja uvas de las zarzas, habiendo dicho:Acaso se recogen unas de las zarzas? El Señor te responde: «Yo no te he mandado coger uvas de las zarzas; pero mira, fíjate bien, no sea que, como suele suceder, que la vid al expandirse por la tierra, se halle enredada en las zarzas». Es algo con lo que topamos a veces, esto es, con una parra apoyada sobre un zarzal; como tiene al lado un seto espinoso, extiende sus sarmientos, entran dentro del seto y el racimo cuelga en medio de las zarzas. Y el que ve el racimo lo coge, pero no de las zarzas, sino de la parra que está entrelazada con ellas. Así ellos están llenos de espinas, pero, al estar sentados en la cátedra de Moisés, los envuelve la vid y, a su lado, cuelgan los racimos, esto es, las buenas palabras, los buenos preceptos. Tú coge la uva; no te pincha la zarza si oyes: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen. En cambio, sí te pinchan si haces lo que hacen ellos. Por tanto, para coger las uvas sin que se te claven las zarzas: Haced lo que dicen, pero no hagáis lo que hacen. Sus obras son las zarzas; sus palabras, las uvas, pero uvas de la vid, o sea decir, de la cátedra de Moisés.

14. Los mercenarios, pues, huyen cuando ven al lobo, cuando ven al salteador. Había empezado a deciros que, desde su sitial más elevado, no pueden decir sino «Haced el bien, no perjuréis, no defraudéis, no engañéis a nadie». No obstante, a veces viven de tal manera que tratan con el obispo sobre cómo desposeer a otro de su quinta y le piden consejo al respecto. Alguna vez me ha sucedido a mí; hablo por experiencia; si no fuera así, no lo creería. Son muchos los que me piden consejos malvados: sobre cómo mentir, sobre como engañar, pensando que me siento complacido. Pero, en el nombre de Cristo, si agrada al Señor lo que estoy diciendo, ninguno de los que me mentaron en ese sentido halló en mí lo que quería. Porque, si así lo quiere el que me llamó, soy pastor, no mercenario. Pero ¿qué dice el Apóstol?: A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por algún tribunal humano; pero tampoco me juzgo a mí mismo; pues aun cuando de nada me acuse la conciencia, no por eso quedo justificado; quien me juzga es el Señor(1Co 4,3-4). Mi conciencia no es buena por el hecho de alabarme vosotros. ¿Por qué alabáis lo que no veis? Alabe quien la ve, sea él también quien me corrija, si ve en ella algo ofensivo para sus ojos. Porque tampoco yo me tengo por totalmente sano, sino que golpeo mi pecho y digo a Dios: «Séme propicio, para no pecar». Con todo, creo —hablo en su presencia— que nada busco fuera de vuestra salvación; que a menudo gimo por los pecados de nuestros hermanos, que me hacen violencia y atormentan mi espíritu, y a veces los corrijo; mejor, nunca dejo de corregirlos. Testigos son cuantos recuerdan lo que estoy diciendo: cuántas veces he corregido, y duramente, a hermanos pecadores.

15. Y ahora entro en cuentas con Vuestra Santidad. Vosotros sois, en el nombre de Cristo, el pueblo de Dios; el pueblo católico, miembros de Cristo. No estáis separados de la unidad; estáis en comunión con los miembros de los apóstoles, en comunión con las memorias de los santos mártires, extendidos por todo el orbe de la tierra; estáis confiados a mis desvelos, para dar de vosotros buena cuenta. La cuenta, en fin, que tengo que dar, vosotros la sabéis. Señor, tú sabes que hablé, sabes que no callé, sabes con qué intención hablé, sabes que lloré ante ti cuando hablaba y no se me escuchaba. Ésta pienso que es toda la cuenta que tengo que dar. El Espíritu Santo me ha dado seguridad por medio del profeta Ezequiel. Conocéis el pasaje del centinela: Hijo del hombre —dice—, yo te he puesto de centinela de la casa de Israel. Si yo digo al malvado: «Malvado, vas a morir…» y tú no le hablas —esto es, yo te digo a ti esto para que lo digas tú— si no se lo anuncias, y viene la espada y se le lleva — es decir, aquello con que amenacé al pecador— el malvado morirá, desde luego, por su maldad, pero reclamaré su sangre al centinela. ¿Por qué? Porque no habló. Pero si el centinela ve venir la espada y toca la trompeta para que huya, y el malvado no reflexiona, —o sea, no se corrige para no encontrarse en el suplicio con que Dios le amenaza—; y viene la espada y se lleva a alguien, el malvado morirá en su maldad, pero tú has salvado tu vida (Ez 33,7-9). Y en aquel otro pasaje del evangelio, ¿qué otra cosa dice al siervo? Al decirle este: Señor, sabía que eres hombre difícil o severo, porque siegas donde no sembraste y recoges donde nada esparciste; por lo cual, temeroso, me fui y escondí tu talento bajo la tierra; ve que tienes aquí lo tuyo?(Lc 19,20-21). A lo que el Señor respondió: Siervo malvado y holgazán, puesto que sabías que soy hombre difícil y duro, y que siego donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido(Lc 19,22),  esta mi avaricia debía haberte advertido aún más de que busco obtener ganancia de mi dinero. Convenía, pues, que hubieses entregado mi dinero a los prestamistas y, al venir yo, hubiese reclamado lo mío(Lc 19,23). ¿Acaso habló de dar y reclamar? Yo, hermanos, me limito a dar; llegará él, que será quien exija. Orad para que nos encuentre preparados.

San Juan de Ávila

Sermón: Los pastos del cielo (Jn 10,11-18)

Yo daré- dice el Señor- a mis ovejas vida eterna, yo las apacentaré en unos montes muy viciosos, muy fértiles, donde no les falte nunca qué comer. En mi divinidad, en aquella infinita bondad, en la infinita luz, allí las apacentaré yo, allí les daré yo el manjar de vida, allí gozarán de mí, allí pacerán en aquella fertilidad de aguas, en aquellos suavísimos ríos que corren agua de infinita bondad y suavidad, allí las recrearé yo de una parte de ángeles, por otra de santos, de otra parte de vírgenes. Allí las apacentaréis, allí pacerán ellas, y a su placer; allí tendrán aquello que nunca acabaron de entender, lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre arriba a comprender. Allí gozarán de pastos tan dulces, de gozos inefables, que se queden espantados de cuanto Dios les pusiere a la mesa; allí no habrán ya hambre ni cansancio; gozarán y pacerán juntamente tan suavísimo manjar, quien pueda pensar el pato que el Señor dará a sus ovejas.

¡Y que, oyendo esto, no me den fastidio ni asco las ollas de Egipto! ¡Gran mal! ¿Quién hay que no desee ser oveja de Jesucristo? Si alguno hay que no lo es, no salga de aquí sin ello, no salga de aquí sin esperanza de gozar el pasto tan excelente que el Señor da a sus ovejas.

Apasiónenos ya andar con tal pastor como el demonio. Mire a dónde Dios lleva a apacentar a sus ovejas, en montibus altis; son más altos que el cielo, son mucho más altos; distan estos montes tanto del cielo, como dista de la tierra el cielo, y los infiernos de la superficie de la tierra. In montis altis. En la altura del Padre, allí gozará de aquella conversación suavísima con la Santísima Trinidad, aquella agua clarísima de su unidad en esencia; allí se le hará muy claro lo que acá se le hacía muy oscuro; en los montes altos. – Y el demonio, ¿dónde apacienta las suyas? – En una hondura la más obscura y temerosa, la más espantable que se pueda imaginar. ¿Pues por qué queremos ser del demonio? ¿Por qué nos sabe su pasto tan bien, y, llamándonos el Buen Pastor, no le oímos, sino, encenegados no le oímos, sino, encenegados en aquel manjar malo, hacemos pero que puercos?

Nadie arrebatará al buen Pastor sus ovejas

Mis ovejas me siguen. Yo les doy la vida eterna, y no se perderán para siempre. ¿Quién habrá que pueda con una oveja de Jesucristo? ¿A dónde se quedará, que no torne el Señor por ella? No se caerá ya de su mano. Ni hambre, ni hartura, ni frío, ni calor, ni dolor, ninguna cosa las apremiará. Terné yo tanto cuidado de mis ovejas, que ya no tendrán temor de perecer. Yo buscaré mis ovejas, y las visitaré. Las pone donde lobo ninguno las pueda tocar. Librarlas he de todos los peligros en que se pueden perder.

¡Oh ovejas de Jesucristo! ¡Oh siervos de Jesucristo! ¡Qué guarda tenéis! ¿Qué habéis?, decid. ¿Qué teméis? Ya ha muerto el diablo, ya no hay lobo; ya no hay que temer. ¿Quién, si seguís a Jesucristo, os podrá derribar de donde Él os pondrá? Si os ha puesto en gracia, y con ella no estáis fuertes, poneros ha mucha más, para fortaleceros. Alegraos, que, si alguna vez cayeres, buen pastor tenéis que volverá y os sacará del barranco. ¡Qué placer tenía el diablo cuando vio caído a David! Pero como David era oveja de Dios, aunque abarrancase, le dijo: “No te alegres, que buen pastor tengo, que no me olvidará; él me sacará de donde yo estoy”.

Piensa, ovejita; piensa, pecador, que si te quieres poner, si quieres volver al rebaño del Señor, que de tu pecado sacará el Señor misericordia. Para todos habrá remedio bueno. Espera en su misericordia y en su pasión. Piensa, si te hallas fuera de la manada, qué es lo que pasó por ti, si te hallas fuera de la manada, qué es lo que pasó por ti, para traerte a pacer en su dehesa. Piensa cuánto desea darte su yerba, y no tendrás temor de venir a Él coja o como quiere que estuvieres, a que te cure. Y si te hallas que has caído, yendo cansada, de esa caída hallarás la gran misericordia del pastor; aunque hayas pecado hallas y hallarás misericordia. Y esto si no te vas tú. Y si te vas, dice Agustín que miris modis reddit Deus voluntarios, por mil maneras, por muy maravillosas maneras hace Dios que el hombre le quiera. Se le va la oveja, y Él con predicadores, con misericordias, con halagos, con amenazas, con enfermedades, miris modis, de muchas e infinitas maneras os llama.

-¡Oh qué guarda! ¡Oh qué pastor! ¡Oh que pasto! ¡Y qué palabras: No morirá para siempre! ¿Quiénes son estos que tanta guarda tienen? ¡Quién son los que oyen esto? -_Ovejas de Jesucristo. – ¡Oh siervos de Dios! ¡Oh amadores de aquella suma Bondad!¡Y qué os está aparejado! Pluguiese a Dios que pudiésemos decir. “Todos cuantos aquí estamos somos ovejas de Dios. ¡Si pudiésemos decir: todos hemos de gozar de Dios, todos hemos de ser guardados de tal pastor, ninguno se perderá para siempre!” ¿Quién oye esto, que no se hace amigo de Dios? ¿Quién no desea ser su oveja?

-Pues, padre, ¿qué prenda tenemos para conocer esto será así, que seremos apacentados? –San Pablo: nos ha dado Dios el Espíritu Santo. Gran señal tenemos, pues que nos ha dado el Señor aquel fuego que abrasa, aquel fuego que hace encender el corazón y subir a los montes altos, aquel viento que lleva la nave adonde Él va, aquel amor, aquella caridad encendida, aquella lumbre que ni hambre, ni tribulación ni angustia, ni desnudez, ni peligro, ni persecución, ni cuchillo, la puede apartar de Dios. En las persecuciones, nuestro; en cárceles, con nosotros; en hambre, nuestra hartura; en el peligro, nuestro amparo; en la persecución, nuestro consuelo. ¿Quién nos tiene de apartar de Jesucristo?

Si el mundo nos ensalzare: Jesucristo está en la cruz por nosotros, ¿quién nos ensalzará? ¿Cómo podrá la ovejita decir que puede o decir que quiere ser honrada, viendo al Señor en la Cruz, muriendo deshonrado de todas las gentes? La muerte no nos apartará del Señor. ¿Qué vida nos podrá apartar de la muerte del Señor? ¿Qué muerte nos quitará la vida sempiterna? no habrá cosa que nos aparte del Señor. Nos ha enviado Dios el fuego que tanto abrasa, que no hay agua que lo apague. Ángeles no me lo quitarán. Pues luego grande prenda tenemos.

Lleguemos al Señor; bebamos de su fuente; apacentémonos en sus prados; amémosle. Sacaréis aguas que beber de las fuentes del Salvador, dice Isaías. Refrescaréis vuestras llagas; lavaréis lo podrido; beberéis de aquella agua suavísima que da vida; y si os hallares fatigados, tiene Dios unos montes muy altos, que da el sol en el lado de ellos, y de la otra parte hace sombra y frescura. Sentaos a su sombra. Llegaos al Señor y decíd, Debajo de la sombra me asentaré, allí me repastaré, allí descansaré y me quitaré el sudor. Da en aquellos montes el sol de justicia, y por la otra parte hace sombra el sol de misericordia. Miraré al Cordero sin mancilla, miraré aquel Dios omnipotente, que por nosotros, sin deber nada, quiso ser azotado y escarnecido, y sobre todos sus trabajos y angustias, crucificado. Me sentaré yo a esta sombra. Miraré las frescuras de ella; miraré las esperanzas y consuelos que hay en ella para pasar mi camino refrigerando mis llagas, rociando mis pasiones, consolándome con el desconsuelo que por mí el Señor pasó, y mirando que mi pastor, sólo por sacar de mi ánima de entre las espinas, porque no me espinase, quiso Él entrar en ellas y espinarse.

Debajo de la sombra me asentaré y allí descansaré para ir tras mi pastor. Oye oveja del Señor su voz y sígueles, y le dice el Señor: Yo les doy la vida eterna y nunca perecerán, y no habrá nadie que las arrebate de mi mano. ¡Oh dichosas ovejas que en su fortísima mano están! ¡Oh cristiano! Mira quién te guarda; mira: si eres oveja de Jesucristo, segura estás del lobo. Él dice: No habrá nadie que me las pueda tomar; no será bastante el demonio para derribarla, que ni mano está.

-Señor, ¿tan gran poder tenéis vos, que no os la arrebatará nadie? – Sí, que grande poder tengo, porque estas ovejas son de mi Padre, y yo y mi Padre unum sumus, mi Padre es muy poderoso; no habrá nadie que me las pueda quitar. -¡Oh! ¡Bendígante los ángeles, Señor, que tan buen pastor eres, y que a tanto recaudo pones tus ovejas, que no hay cosa bastante par derribadlas! ¿A dónde están ahora los pastores? ¿A dónde los prelados, que así velen su ganado, que puedan decir como el Señor: No me las arrebatará nadie? Consuelo grande es del cristiano que oveja de Jesucristo.

Si oyes la voz de tu pastor y le sigues, él te seguirá, él te guardará que no perezcas para siempre. Darte ha a beber de aquellas aguas dulces; apacentarte ha en los montes altos; tenerte ha de tal manera, que no haya quien te pueda empecer, no habrá quien te arrebate de su mano. ¡Hermanos! Por la sangre suya y por su pasión, que miremos si somos ovejas suyas, para que, conociendo su dehesa y paciendo su yerba, nos dé aquí su gracia y después su gloria, ad quam nos perducat. Amen.

(SAN JUAN DE ÁVILA, Sermones, Ciclo Temporal, Obras completas, BAC, Madrid, 1970, pp. 259-264)

Fray Luis de León

De los nombres de Cristo: Cristo Pastor

Tomo 1, capítulo 5

A) Pastor, nombre de Cristo

Llámase también Cristo Pastor. El mismo lo dice en San Juan: Yo soy el Buen Pastor. Y en la Epístola a los Hebreos:Que resucitó a Jesús, Pastor grande de ovejas (13,20). Y San Pedro dice lo mismo: Cuando apareciere el Príncipe de los pastores (1 Pe. 5,4). Y por los profetas es llamado de la misma manera. Por Isaías en el capítulo 40 (v.11), por Ezequiel en el capítulo 34 (v.23), por Zacarías en el capítulo 11 (v.16)…

Es excusado probar que es nombre de Cristo, pues El mismo se lo pone… En esto que llamamos pastor se pueden considerar muchas cosas, unas que miran propiamente a su oficio y otras que pertenecen a las condiciones de su persona.

B) Cualidades del oficio de pastor

El pastor vive una vida sosegada y apartada del ruido de la ciudad, con deleites puros y naturales; el cielo libre, la pureza del aire y de las flores… Ha sido achaque de poetas representar el amor en ellos, y con razón, ‘porque puede ser que en las ciudades se sepa hablar mejor, pero la fineza del sentir es del campo y de la soledad’. Y cosa de notar que hasta los poetas más lascivos atendieron mucho a pintar castamente el amor de los pastores.

Su oficio es de gobernar, pero no dando leyes, sino pastos; acomodándose a las necesidades de cada momento y ejerciendo su poder directamente y por medio de ministros. Finalmente, el pastor recoge en un rebaño ovejas de muchos que andarían cada una por su lado.

Es, pues, la vida del pastor, inocente, inclinada al amor casto, y su oficio, gobernar como llevamos dicho.

C) El oficio pastoral de Cristo

a) Soledad

Goza del cielo libre y ama la soledad y el sosiego; y en el silencio de todo aquello que pone en alboroto la vida, tiene El puesto su deleite. Campo hermoso el del cielo y sencillez de la Verdad en que mora. Comparado con ello, todo lo nuestro es desasosiego.

Demuéstrame, ¡oh querido de mi alma!, adónde apacientas y adónde reposas en el mediodía (Cant. 1 ,6), dice la esposa, y con razón, porque Cristo mora en la luz y reposo del mediodía. Cuando quiso hablar a Abrahán y Elías, mandóles fueran a la soledad (Gen. 12,1; 3 Reg. 19,4). En ella vivieron los profetas y a ella convidó a la esposa (Cant. 2, 10-13).

Y, a la verdad, los que han de seguir a Cristo deben abandonar el ruido del mundo.

b) Amor

Pastor es también por la condición de sus amorosas entrañas. Todo lo hizo por amor, desde nacer hasta morir, y, asentado hoy a la derecha del Padre, por amor negocia, entiende y lo gobierna todo para nuestro bien. Antes que le amemos nos ama, y si le despreciamos nos busca. ‘No puede tanto la ceguedad de mi vista ni obstinada dureza, que no puede más la blandura ardiente de su misericordia dulcísima’. Madruga y no reposa. Ábreme, hermosa mía…, que la cabeza traigo llena de rocío, y las guedejas de mis cabellos, llenas de gotas de la noche (Cant. 5,2). No duerme, dice David (Ps. 120,4), ni se adormece el que guarda a Israel.

Dios es caridad, y la humanidad en que se mostró es toda amor. ‘Y como el sol, que de suyo es fuente de luz, todo cuanto hace perpetuamente es lucir, enviando sin cesar rayos de claridad de sí mismo, así Cristo, como fuente viva de amor que nunca se agota, mana de continuo amor, y en su rostro y su figura está bullendo siempre este fuego.

c) Gobierno

1. Cristo cuida siempre de los suyos

Gobierna también coma los pastores, apacentando, porque rige mediante la gracia, que es alimento del alma, ‘fuerzas de todo lo flaco que hay en nosotros, y reparo de lo que gastan vicios, y antídoto eficaz contra su veneno y ponzoña, y restaurativo saludable, y, finalmente, mantenimiento que cría en nosotros inmortalidad resplandeciente y gloriosa’. El Señor me rige, no me faltará nada: en lugar de pastos abundantes me pone… (Ps. 22,2). Feliz crecimiento del que se deja regir por Cristo, que dijo: El que por mí entrare… entrará a saldrá, y siempre hallará pastos (Jn. 10,9).

En vida y en muerte, en salud y flaqueza, en tiempos buenos y malos, Cristo se cuida de los suyos. Sobre los caminos serán apacentados, y en todos los llanos, pastos para ellos; no tendrán hambre ni sed, ni los fatigará ni el bochorno ni el sol. Porque el piadoso de ellos los rige y los lleva a las fuentes del agua (Sap. 5,7). ‘Los rige Cristo, que es el que sólo con obra y con verdad se condolió de los hombres… Su regir es dar gobierno y sustento y guiar siempre a los suyos a las fuentes del agua, que es en la Escritura la gracia del Espíritu, que refresca y cría y engruesa y sustenta’.

2. Nos da la gracia y la vida sobrenaturales

La ley de la sabiduría es fuente de vida, dijo el Sabio (Prov. 13.4), y en realidad la ley de Cristo produce en nosotros la vida: en primer lugar, porque ya hemos dicho que su gobierno consiste en darnos la gracia, y en segundo, porque sus leyes se ordenan a darnos aquella vida y paz feliz, cuyo apetito puso El mismo en nuestra naturaleza ciegos, buscamos la vida en donde se encuentra la muerte, y El nos ordena hacia la felicidad eterna y verdadera.

Justa queja es la suya de que le abandonemos, fuente de agua viva, y cavemos cisternas quebradas, en que el agua no para (Jer. 2,13). Cisternas quebradas con el gran esfuerzo que suponen los vicios, grandes y aparentes de lejos, pero sin agua.

3. Se acomoda a la necesidad de cada uno

Rige y apacienta también acomodándose a la necesidad de cada uno, por lo que puede decir que conoce por su nombre a las ovejas. Que Cristo tiene su estilo con los flacos y el suyo con los crecidos. Multiforme en sus gracias (1 Pe. 4,10), coma lo fue en el modo de curar a los enfermos durante su vida, según convino a cada cual.

Dijo Platón que no es la mejor gobernación la de las leyes escritas, porque carecen de flexibilidad, parecidas al hombre tozudo e inflexible, pero con poder para imponerse, lo que es trabajoso y fuerte caso. La perfecta gobernación es la ley viva, que se ajusta siempre a lo particular. Sólo Cristo, con su infinita bondad y sabiduría, puede gobernar de ese modo.

4. Cumple con las almas todos los oficios de buen pastor

Cumple, en suma, todos los muy variados oficios del pastor, porque El nos llama, y nos corrige, y nos lava, y nos sana, y nos santifica, y nos deleita, y nos viste de gloria.

A continuación copia todo el pasaje de Ezequiel (34, 11 ss), subrayando que el profeta promete que dará un pastor siervo suyo, que será único pastor, levantado en medio de sus ovejas, ‘que es decir que ha de residir en lo secreto de sus entrañas, enseñoreándose de ellas, y que las ha de apacentar dentro de sí’…

Porque es cierto que el verdadero pasto del hombre está dentro del mismo hombre y en los bienes de que es señor cada uno. Ya Epícteto dividió los bienes humanos de esta forma: ‘De las cosas, unas están en nuestras manos y otras fuera de nuestro poder. En nuestras manos están los juicios, los apetitos, los deseos y los desvíos, y, en una palabra, todo lo que son nuestras obras. Fuera de nuestro poder están el cuerpo y la hacienda, las honras y los mandos, y, en una palabra, todo lo que no son obras nuestras. Las que están en nuestras manos son libres de suyo, que no padecen estorbo ni impedimento’. Por manera que el gobernar al hombre es hacerle que use bien de lo que tiene en su poder dentro de sí mismo, y por eso pone Dios a su Pastor en nuestro interior. Pastor alto, que nos lleva a los cielos. Pastor que busca la unidad. Los que están fuera de El dividen con sus apetitos y pretensiones, y su rebaño no es de unidad, sino gavilla de enemigos.

d) El mejor de los pastores

Digamos ahora como sobrepuja a todos los demás. Esto quiso indicar al decir que era el Buen Pastor por excelencia. Lo es, porque no ocupa su cargo por caso o suerte, sino nacido y destinado por el Padre para ello; porque no guarda el ganado que halla, sino que El mismo se hace su rebaño y de animales fieros nos torna ovejas; porque murió por nosotros, y porque no nos da otro pasto que a sí mismo; Pastor, finalmente, ahora y siempre por los siglos de los siglos.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1979)

Visita Pastoral a la Parroquia Romana de San Antonio
Domingo 6 de mayo de 1979

Queridísimos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra, en toda la Iglesia católica, la Jornada de las Vocaciones sacerdotales y religiosas, y yo estoy contento de celebrarla con vosotros, aquí en Roma, en el centro de la cristiandad, y en vuestra parroquia, confiada a los sacerdotes de la congregación de los “Rogacionistas”, a quienes saludo cordialmente.

El domingo de hoy está dedicado a esta suprema y esencial necesidad, precisamente porque la liturgia nos presenta la figura de Jesús “Buen Pastor”.

Ya el Antiguo Testamento habla comúnmente de Dios como Pastor de Israel, del pueblo de la alianza, elegido por El para realizar el proyecto de salvación. El Salmo 22 es un himno maravilloso al Señor, Pastor de nuestras almas: “El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo…” (Sal 22, 1-3).

Los Profetas Isaías, Jeremías y Ezequiel, vuelven a menudo sobre el tema del pueblo “grey del Señor”: “He aquí a vuestro Dios… El apacentará su rebano como pastor, El le reunirá con su brazo…” (Is 40, 11) y sobre todo anuncian al Mesías como Pastor que apacentará verdaderamente a sus ovejas y no las dejará más dispersarse: “Suscitaré para ellas un pastor único, que las apacentará. Mi siervo David, él las apacentará, él será su pastor…” (Ez 34, 23).

En el Evangelio es familiar esta dulce y conmovedora figura del pastor, la cual, aun cuando los tiempos han cambiado a causa de la industrialización y del urbanismo, mantiene siempre su fascinación y eficacia; y todos recordamos la parábola tan conmovedora y sugestiva del Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida (cf. Lc 15, 3-7).

Después, en los primeros tiempos de la Iglesia la iconografía cristiana se sirvió grandemente y desarrolló este terna del Buen Pastor, cuya imagen aparece frecuentemente, pintada o esculpida, en las catacumbas, en los sarcófagos, en los baptisterios. Esta iconografía, tan interesante y devota, nos atestigua que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, Jesús “Buen Pastor” impresionó y conmovió los ánimos de los creyentes y de los no creyentes, y fue motivo de conversión, de compromiso espiritual y de consuelo. Pues bien, Jesús “Buen Pastor” está vivo y real todavía hoy en medio de nosotros, en medio de toda la humanidad, y quiere hacer sentir a cada uno su voz y su amor.

1. ¿Qué significa ser el Buen Pastor?

Jesús nos lo explica con claridad convincente:

el pastor conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen a él: ¡qué hermoso y consolador es saber que Jesús nos conoce uno por uno, que no somos anónimos para El, que nuestro nombre —el nombre que fue concordado por el amor de los padres y de los amigos— lo conoce El! ¡No somos “masa”, “multitud”, para Jesús! ¡Somos personas individuales con un valor eterno, tanto como criaturas cuanto como personas redimidas! ¡El nos conoce! ¡El me conoce y me ama y se ha entregado a Sí mismo por mí! (cf. Gál2, 20);

— el pastor apacienta a sus ovejas y las conduce a pastos frescos y abundantes: Jesús ha venido para traer la vida a las almas, y darla en medida sobreabundante. Y la vida de las almas consiste esencialmente en tres realidades supremas: la verdad, la gracia, la gloria. Jesús es la verdad, porque es el Verbo encarnado, es, como decía San Pedro a los jefes del pueblo y a los ancianos, la “piedra angular”, la única sobre la que es posible construir el edificio familiar, social, político. “En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” (Act 4, 11-12). Jesús nos da la “gracia”, o sea, la vida divina, por medio del bautismo y de los otros sacramentos. ¡Mediante la “gracia” nos hacemos partícipes de la misma naturaleza trinitaria de Dios! ¡Misterio inmenso, pero de inefable alegría y consuelo!

Finalmente, Jesús nos dará la gloria del paraíso, gloria total y eterna, donde seremos amados y amaremos, ¡partícipes de la misma felicidad de Dios, que es Infinito también en alegría! “Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser —comenta San Juan—. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2);

el pastor defiende a sus ovejas; no es como el mercenario que, cuando llega el lobo, huye, porque no le importan nada sus ovejas. Por desgracia sabemos bien que en el mundo siempre hay mercenarios que siembran el odio, la malicia, la duda, la confusión de las ideas y de los sentimientos. En cambio, Jesús, con la luz de su palabra divina y con la fuerza de su presencia sacramental y eclesial, forma nuestra mente, fortalece nuestra voluntad, purifica los sentimientos y así defiende y salva de tantas experiencias dolorosas y dramáticas;

el pastor, incluso da la vida por las ovejas: ¡Jesús ha realizado el proyecto del amor divino mediante su muerte en cruz! ¡El se ha ofrecido en cruz para redimir al hombre, a cada uno de los hombres, creados por el amor para la eternidad del Amor!;

— finalmente, el pastor siente el deseo de ampliar su grey: Jesús afirma claramente su ansia universal: “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16). Jesús quiere que todos los hombres lo conozcan, lo amen, lo sigan.

2. Jesús ha querido en la Iglesia al sacerdote como “Buen Pastor”.

La parroquia es la comunidad cristiana, iluminada por el ejemplo del Buen Pastor, en torno al propio párroco y los sacerdotes colaboradores.

En la parroquia el sacerdote continúa la misión y la tarea de Jesús; y por esto debe “apacentar la grey”, debe enseñar, instruir, dar la gracia, defender a las almas del error y del mal, consolar, ayudar, convertir, y sobre todo amar.

Por esto, con toda el ansia de mi corazón de Pastor de la Iglesia universal os digo: ¡Amad a vuestros sacerdotes! Estimadlos, escuchadlos, seguidlos! Orad cada día por ellos. ¡No los dejéis solos ni en el altar ni en la vida cotidiana!

Y nunca ceséis de rezar por las vocaciones sacerdotales y por la perseverancia en el compromiso de la consagración al Señor y a las almas. Pero sobre todo cread en vuestras familias una atmósfera adecuada para que nazcan vocaciones. Y vosotros, padres, sed generosos en corresponder a los designios de Dios sobre vuestros hijos.

3. Finalmente, Jesús quiere que cada uno sea “buen pastor”.

Cada cristiano, en virtud del bautismo, esta llamado a ser él mismo un “buen pastor” en el ambiente en que vive. Vosotros, padres, debéis ejercitar las funciones del buen pastor hacia vuestros hijos; y también vosotros, hijos, debéis servir de edificación con vuestro amor, vuestra obediencia y sobre todo con vuestra fe animosa y coherente. Incluso las recíprocas relaciones entre los cónyuges deben llevar la impronta del Buen Pastor, para que la vida familiar esté siempre a la altura de sentimientos e ideales queridos por el Creador, por lo cual la familia ha sido definida “Iglesia doméstica”. Así también en la escuela, en el trabajo, en los lugares de juego y de tiempo libre, en los hospitales y donde se sufre, trate siempre cada uno de ser “buen pastor” como Jesús. Pero sobre todo sean “buenos pastores” en la sociedad las personas consagradas a Dios: los religiosos, las religiosas, los que pertenecen a los institutos seculares. Hoy y siempre debemos orar por todas las vocaciones religiosas, masculinas y femeninas, para que este testimonio de la vida religiosa sea cada vez más numeroso, más vivo, más intenso y cada vez más eficaz en la Iglesia ¡El mundo tiene necesidad, hoy más que nunca, de testigos convencidos y totalmente consagrados!

Queridísimos fieles, termino recordando la apremiante invocación de Jesús, Buen Pastor: “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37; Lc 10, 2).

Quiera el cielo que mi visita pastoral suscite en vuestra parroquia alguna vocación sacerdotal entre vosotros, jóvenes y niños, inocentes y piadosos; alguna vocación religiosa y misionera entre vosotras, niñas y muchachas que os abrís a la vida, llenas de entusiasmo.

¡Encomendemos este deseo a Maria Santísima, Madre de Jesús, Buen Pastor, Madre nuestra e inspiradora de toda vocación sagrada!

Invoquemos también la intercesión del Siervo de Dios, el canónigo Anibale di Francia, fundador de la congregación de los “Rogacionistas” que, con el centro vocacional “Rogate”, dedica su actividad principalmente a la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Regina Caeli (1979)

Domingo 6 de mayo de 1979

La Iglesia dedica el IV domingo de Pascua al Buen Pastor. Esta es una figura muy interesante y querida para la antigua Iglesia de Roma, como consta por tantos testimonios históricos; es una figura rica de significado para cuantos están familiarizados con la Sagrada Escritura.

El Buen Pastor es Jesucristo, Hijo de Dios y de María, nuestro hermano y redentor; aún más, hay que decir que ¡Él es el único, verdadero y eterno Pastor de nuestras almas! Mientras se atribuye este título a Sí mismo, se apresura a justificar el motivo y la validez de esta atribución personal: en efecto, sólo Él conoce a sus ovejas y ellas le conocen (cf. Jn 10, 14); sólo Él da la vida por las ovejas (Jn 10, 11); sólo Él las guía y conduce por caminos seguros; sólo Él las defiende del mal, simbolizado por el lobo rapaz. Pero Cristo, en esta obra admirable, no quiere estar y actuar solo, sino que quiere asociar colaboradores ―hombres elegidos entre los hombres en favor de otros hombres (cf. Heb 5, 1)― a los que llama con “vocación” particular de amor, les concede sus poderes sagrados y los envía como Apóstoles al mundo, para que continúen, siempre y por todas partes, su misión salvífica hasta el fin de los siglos. ¡Cristo, pues, tiene necesidad, quiere tener necesidad de la respuesta, del celo, del amor de los “llamados”, para poder todavía conocer, guiar, defender y amar a muchas otras ovejas, inmolando, si es necesario, también la vida por ellas!

Por lo tanto, el IV domingo de Pascua, juntamente con la figura del Buen Pastor, recuerda también a quienes son elegidos y enviados a prolongar, en el tiempo y en el espacio, la misión (obispos y sacerdotes), y remite, además, al problema de las vocaciones eclesiásticas, motivo de tantas esperanzas y preocupaciones de la Iglesia. Teniendo presente que ―como afirma el Concilio― “el deber de promover las vocaciones sacerdotales compete a toda la comunidad cristiana” (Optatam totius, 2), y considerando la urgencia y gravedad de dicho problema, surge espontánea la idea de unir el domingo del Buen Pastor con la necesidad de recurrir a la oración ferviente y confiada al Señor. La oración realmente permite volver a descubrir continuamente las dimensiones del Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras que Cristo nos ha enseñado. Entonces advertimos cuál es nuestro puesto en la realización de esta petición: “Venga tu Reino… “; cuando oramos, entrevemos más fácilmente los “campos que ya están blanquecinos para la siega” (Jn 4, 35) y comprendemos el significado que tienen las palabras que Cristo pronunció al verlos: “Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38).

Para la solución efectiva y consoladora del problema de las vocaciones, la comunidad cristiana debe sentirse, pues, comprometida, ante todo, a orar, orar mucho, con confianza y perseverancia, no dejando, además, de promover oportunas iniciativas pastorales, y de ofrecer, de modo especial por medio de las almas “consagradas”, el testimonio luminoso de una existencia vivida en fidelidad a la vocación divina. Es preciso hacer dulce violencia al corazón del Señor, que nos hace el honor de llamarnos a colaborar con Él para la afirmación y dilatación de su Reino sobre la tierra, para que “la caridad de Cristo” (2 Cor 5, 14) despierte la llamada divina en el corazón de muchos jóvenes y en otras almas nobles y generosas, empuje a los vacilantes a una decisión, sostenga en la perseverancia a quienes han realizado su opción para servicio de Dios y de los hermanos. Dios conceda a todos comprender completamente que la presencia, la calidad, el número y la fidelidad de las vocaciones constituyen un signo de la presencia viva y operante de la Iglesia en el mundo, y motivo de esperanza para su porvenir.

Finalmente, dirijo una llamada particular y cordial a los jóvenes. Queridísimos, mirad al ideal representado por la figura del Buen Pastor ―ideal de luz, de vida, de amor― y, a la vez, considerad que nuestro tiempo tiene necesidad de recurrir a estos ideales. Si Cristo os mira con predilección, si os elige, si os llama a ser sus colaboradores, no vaciléis un momento en decirle ―como la Virgen Santísima al Ángel― vuestro generoso “Sí”. ¡No tendréis pesar de ello; vuestro gozo será auténtico y pleno, y vuestra vida aparecerá rica de frutos y de méritos, porque os convertiréis con Él y por Él en mensajeros de paz, operadores de bien, colaboradores de Dios en la salvación del mundo!

Catequesis: Audiencia General 16-05-1979

Miércoles 16 de mayo de 1979

La figura del Buen Pastor

1. Deseo insistir hoy una vez más en la figura del Buen Pastor. Esta figura, como dijimos hace una semana, está profundamente encuadrada en la liturgia del período pascual. Y es así porque está profundamente impresa en la conciencia de la Iglesia, particularmente en la Iglesia de las primeras generaciones cristianas. Dan testimonio de ello, entre otras cosas, las efigies del Buen Pastor que provienen de aquel período histórico. Evidentemente esta figura es una síntesis singular del misterio de Cristo y, al mismo tiempo, de su misión siempre en acción. “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11).

Para nosotros que participamos constantemente en la Eucaristía, que obtenemos la remisión de los pecados en el sacramento de la reconciliación; para nosotros que experimentamos la incesante solicitud de Cristo por el hombre, por la salvación de las almas, por la dignidad de la persona humana, por la rectitud y limpidez de los caminos terrestres de la vida humana, la figura del Buen Pastor es tan elocuente como lo era para los primeros cristianos, que en las pinturas de las catacumbas, representaban a Cristo como Buen Pastor, expresaban la misma fe, el mismo amor y la misma gratitud. Y lo expresaban en períodos de persecución, cuando estaban amenazados de muerte por la confesión de Cristo; cuando se veían obligados a buscar los cementerios subterráneos para orar allí en común y participar en los santos misterios. Las catacumbas de Roma v de las otras ciudades del antiguo Imperio no cesan de serun testimonio elocuente del derecho del hombre a profesar la fe en Cristo y a confesarlo públicamente. No cesan de ser el testimonio de esa potencia espiritual que brota del Buen Pastor. El se mostró más potente que el antiguo Imperio, y el secreto de esta fuerza es la verdad y el amor de los que el hombre tiene siempre la misma hambre y de los que nunca se sacia.

2. “Yo soy el buen pastor —dice Jesús— y conozco a las mías y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre” (Jn 10, 14-15). ¡Qué maravilloso es este conocimiento! ¡Qué conocimiento! ¡Llega hasta la verdad y el amor eterno cuyo nombre es el “Padre”! Precisamente de esta fuente proviene ese conocimiento particular que hace nacer la auténtica confianza. El conocimiento recíproco: “Yo conozco… y ellas conocen”.

No se trata de un conocimiento abstracto, de una certeza meramente intelectual, que se expresa con la frase “sé todo de ti”. Más aún, un conocimiento tal suscita el miedo, induce más bien a cerrarse: “No tocar mis secretos, déjame en paz . “Malheur à la connaissance… qui ne tourne point à aimer!: ¡Ay del conocimiento… que no tiende a amar!” (Bossuet, De la connaissance de Dieu e de soi-même, Oeuvre Complètes. Bar-le-Duc 1870, Guérin, pág. 86). En cambio, Cristo dice: “Conozco a las mías”, y lo dice del conocimiento liberador que suscita la confianza. Porque, aunque el hombre defienda el acceso a sus secretos, aunque quiera conservarlos para sí mismo, sin embargo tiene todavía más necesidad, “tiene hambre y sed” de Alguien ante quien poder abrirse, a quien poder manifestarse y revelarse. El hombre es persona, y corresponde a la “naturaleza” de la persona, al mismo tiempo, la necesidad del secreto y la necesidad de abrirse. Estas dos necesidades están estrechamente unidas la una con la otra. La una se explica a través de la otra. En cambio, las dos juntas indican la necesidad de Alguien, ante el cual el hombre puede manifestarse. Cierto, pero todavía más; tiene necesidad de Alguien que pueda ayudar al hombre a entrar en su propio misterio. Ese “Alguien”, sin embargo, debe conquistar la confianza absoluta, debe, revelándose a sí mismo, confirmar que es digno de tal confianza. Debe confirmar y revelar que es Señor y, a la vez, Siervo del misterio interior del hombre.

Precisamente así se ha revelado Cristo. Sus palabras: “Conozco a las mías…” y “las mías… me conocen” encuentran una confirmación definitiva en las palabras que siguen: “Doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 11. 15).

He aquí el perfil interior del Buen Pastor.

3. Durante la historia de la Iglesia del cristianismo jamás han faltado hombres que han seguido a Cristo-Buen Pastor. Ciertamente no faltan tampoco hoy. La liturgia se refiere más de una vez a esta alegoría para presentarnos las figuras de algunos santos, cuando en el calendario litúrgico llega el día de su fiesta. El miércoles último hemos recordado a San Estanislao, Patrono de Polonia, cuyo noveno centenario celebramos este año. En la fiesta de este obispo-mártir leemos una vez más el Evangelio del Buen Pastor.

Hoy quiero referirme a otro personaje, dado que este año se celebra también el 250 aniversario de su canonización. Se trata de la figura de San Juan Nepomuceno. Con este motivo, a petición del cardenal Tomásek, arzobispo de Praga, le he dirigido personalmente una carta especial para la Iglesia en Checoslovaquia.

He aquí algunas frases de esta carta:

«La figura grandiosa de San Juan encierra ejemplos y gracias para todos. La historia nos lo presenta primero como dedicado al estudio y a la preparación para el sacerdocio: consciente como era de que, según la expresión de San Pablo, habría de ser transformado en otro Cristo, él encarna en sí ya el ideal del conocedor de los misterios de Dios, en tensión como estaba a la perfección de las virtudes; ya el ideal de párroco, que santifica a sus fieles con el ejemplo de su vida y con el celo por las almas; ya el de vicario general, ejecutor escrupuloso de sus deberes en el espíritu de la obediencia eclesial.

.»En este ministerio encontró su martirio por la defensa de los derechos y de la legítima libertad de la Iglesia, frente a los caprichos del Rey Wenceslao IV. Este participó personalmente en su tortura, después lo hizo arrojar desde el puente al río Moldava.

»Algún decenio después de la muerte del hombre de Dios, se difundió la voz de que el Rey lo había hecho matar por no haber querido violar el secreto de la confesión. Y así el mártir de la libertad eclesiástica fue venerado también como testigo del sigilo sacramental.

»Puesto que él fue sacerdote, parece natural que los sacerdotes sean los primeros en beber de su fuente, en revestirse de sus virtudes y ser excelentes Pastores. El buen pastor conoce a sus ovejas, sus exigencias, sus necesidades. Les ayuda a desenredarse del pecado, a vencer los obstáculos y las dificultades que encuentran. A diferencia del mercenario, él va en busca de ellas, les ayuda a llevar su peso y sabe animarlas siempre. Cura sus heridas con la gracia, sobre todo a través del sacramento de la reconciliación.

»En efecto, el Papa, el obispo y el sacerdote no viven para sí mismos, sino para los fieles, así como los padres viven para los hijos y como Cristo se entregó al servicio de sus Apóstoles: ‘El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’ (Mt 20, 28)».

4. Cristo Señor en su alegoría del Buen Pastor pronuncia todavía estas palabras: “Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16).

Se puede adivinar con facilidad que Jesucristo, hablando directamente a los hijos de Israel, indicaba la necesidad de la difusión del Evangelio y de la Iglesia y, gracias a esto, la extensión de la solicitud del Buen Pastor más allá de los límites del pueblo de la Antigua Alianza.

Sabemos que este proceso comenzó a realizarse ya en los tiempos apostólicos; que constantemente se ha realizado más tarde y continúa realizándose. Tenemos conciencia del alcance universal del misterio de la redención y también del alcance universal de lamisión de la Iglesia.

Por esto, terminando esta nuestra meditación de hoy sobre el Buen Pastor, oremos con ardor particular por todas esas “otras ovejas” que Cristo debe conducir todavía a la unidad del redil (cf. Jn 10, 16). Quizá son los que aún no conocen el Evangelio. O quizá los que, por cualquier motivo, lo han abandonado; más aún, quizá también los que se han convertido en sus encarnizados adversarios, los perseguidores.

Que Cristo tome sobre sus hombros y estreche junto a Sí a los que por sí solos no son capaces de volver.

El Buen Pastor da la vida por las ovejas. Por todas.

Catequesis: Audiencia General 09-05-1979

Miércoles 9 de mayo de 1979

La Iglesia, redil de Cristo

1. Durante los 40 días que se paran la Ascensión del Señor de la fiesta de la resurrección, la Iglesia vive el misterio pascual, meditándolo en su liturgia, donde se refleja podríamos decir, como en un prisma. La figura del Buen Pastor ocupa un lugar particular en esta contemplación litúrgica pascual. En el IV domingo de Pascua volvemos a leer la alegoría del Buen Pastor, que San Juan ha descrito en el capítulo 10 de su Evangelio.

Ya las primeras palabras de esta alegoría explican su significado pascual. Cristo dice: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 19, 11). Sabemos que estas palabras fueron confirmadas durante la pasión. Cristo dio su vida en la cruz. Y lo ha hecho con amor. Sobre todo ha deseado corresponder al amor del Padre que “tanto amó al mundo que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).
Cumpliendo “este mandato… recibido del Padre” (Jn 10, 18) y revelando su amor, también Cristo ha manifestado de modo particular el mismo amor del Padre. Lo afirma en el mismo discurso, cuando dice: “Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo” (Jn 10, 17). El sacrificio del Calvario es, sobre todo, la donación de Sí mismo, y el don de la vida que, permaneciendo en el poder del Padre, le es restituida al Hijo de una forma nueva, espléndida. Así, pues, la resurrección es el mismodon de la vida restituida al Hijo en recompensa de su sacrificio. Cristo es consciente de esto, y lo expresa también en la alegoría del Buen Pastor: “Nadie me la quita (esto es, la vida), soy yo quien la doy por Mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla” (Jn 10, 18).

Estas palabras evidentemente se refieren a la resurrección y expresan toda la profundidad del misterio pascual.

2. Jesús es el Buen Pastor por el hecho de dar su vida al Padre de este modo: entregándola en sacrificio, la ofrece por las ovejas.

Aquí entramos en el terreno de una espléndida y fascinante semejanza, ya tan familiar a los Profetas del Antiguo Testamento. He aquí las palabras de Ezequiel:

“Por eso, así dice el Señor Yavé: Yo mismo iré a buscar a mis ovejas/ y las reuniré…/ Yo mismo apacentaré a mis ovejas/ y yo mismo las llevaré a la majada” (Ez 34, 11. 15; cf. Jr 23, 3-4).

Recogiendo esta imagen, Jesús reveló un aspecto del amor del Buen Pastor que el Antiguo Testamento no presentía aún: dar la vida por las ovejas.

Jesús en su enseñanza, como se sabe, se servía frecuentemente de parábolas para hacer comprensible a los hombres, generalmente sencillos y habituados a pensar mediante imágenes, la verdad divina, que El anunciaba. La imagen del pastor y del redil era familiar a la experiencia de sus oyentes, como no deja de ser familiar a la mentalidad del hombre contemporáneo. Aún cuando la civilización y la técnica hacen grandes progresos, sin embargo, esta imagen es todavía actual en nuestra realidad. Los pastores llevan las ovejas a los pastos (como, por ejemplo, en las montañas polacas, de donde provengo), y allí permanecen con ellas durante el verano. Las acompañan en los cambios de pastizales. Las guardan para que no se pierdan, y de modo particular las defienden del animal salvaje, tal como vemos en el pasaje evangélico: “el lobo arrebata y dispersa las ovejas” (Jn 10, 12).

El Buen Pastor, según las palabras de Cristo, es precisamente el que “viendo venir al lobo”, no huye, sino que está dispuesto a exponer la propia vida, luchando con el ladrón, para que ninguna de las ovejas se pierda. Si no estuviese dispuesto a esto, no sería digno del nombre de Buen Pastor. Sería mercenario, pero no pastor.

Este es el discurso alegórico de Jesús. Su significado esencial está precisamente en esto, que “el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11) y esto, en el contexto de los acontecimientos de la Semana Santa, significa que Jesús, muriendo en la cruz, ha dado la vida por cada hombre y por todos los hombres.

“Sólo Él podía hacerlo; sólo Él podía llevar el peso del mundo entero, el peso de un mundo culpable, la carga del pecado del hombre, la deuda acumulada en el pasado, en el presente y en el futuro; los sufrimientos que nosotros deberíamos, pero no podríamos pagar; ‘en su cuerpo, sobre el madero de la cruz’ (1 Pe 2, 24) ‘por el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo inmaculado a Dios… para dar culto al Dios vivo’ (Heb 9, 14).

“Esto fue la obra de Cristo, que dio la vida por todos: y por esto es llamado el Buen Pastor” cardenal J. H. Newman, Parochial and Plain Sermons, 16, London 1899, pág. 235).

Mediante el sacrificio pascual, todos se han convertido en su redil, porque Él ha asegurado a cada uno la vida divina y sobrenatural que, desde la caída del hombre a causa del pecado original, se había perdido. Sólo Él podía devolvérsela al hombre.

3. La alegoría del Buen Pastor y, en ella, la imagen del redil, tienen importancia fundamental para entender lo que es la Iglesia y las tareas que debe realizar en la historia del hombre. La Iglesia no sólo debe ser “redil”, sino que debe realizar este misterio, que siempre se está realizando entre Cristo y el hombre: el misterio del Buen Pastor que da su vida por las ovejas. Así dice San Agustín: “¿Acaso el que primero te buscó, cuando lo despreciabas en vez de buscarlo, te despreciará, oveja, si lo buscas? Comienza, pues, a buscar a quien primero te buscó y te llevó sobre sus hombros. Haz que se realice su palabra: las ovejas que me pertenecen escuchan mi voz y me siguen” (Enarrationes in Psalmos, Sal 69, 6).

La Iglesia, que es el Pueblo de Dios, es al mismo tiempo una realidad histórica y social, en la que este misterio se renueva y se realiza continuamente y de diversos modos. Y hombres diversos tienen su parte activa en esta solicitud por la salvación del mundo, por la santificación del prójimo, que es y no cesa de ser la solicitud propia de Cristo crucificado y resucitado. Ciertamente, ésta es, por ejemplo, la solicitud de los padres en relación con sus hijos. Más aún: la solicitud de cada uno de los cristianos, sin diferencia, en relación con el prójimo, con los hermanos y hermanas, que Dios pone en su camino.

Evidentemente esta solicitud pastoral es de modo particular la vocación de los Pastores: presbíteros y obispos. Y ellos deben de modo particular fijar la mirada en la figura del Buen Pastor, meditar todas las palabras del discurso de Cristo y ajustar a ellas la propia vida.

Dejemos hablar una vez más a San Agustín: “¡Con tal que no vengan a faltar buenos pastores! Lejos de nosotros que falten, y lejos de la misericordia divina el no hacerlos surgir y constituirlos. Es cierto que allí donde hay buenas ovejas, hay también buenos pastores: en efecto, de las buenas ovejas salen los buenos pastores” (Sermones ad poputum, 1, Sermo 44, 13, 30).

4. De acuerdo con el tema evangélico sobre el Buen Pastor, la Iglesia cada año, en la propia liturgia, reconstruye la vida y la muerte de San Estanislao, obispo de Cracovia. Su memoria en el calendario litúrgico de la Iglesia universal se celebra el 11 de abril —fecha de la muerte que sufrió en 1079, a manos del Rey Boleslao Ardito—; en cambio, en Polonia, la fiesta de este principal Patrono se celebra tradicionalmente el 8 de mayo.

Han pasado ya 900 años, 9 siglos, desde el momento en que —siguiendo los textos litúrgicos— podemos repetir de él que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11). Y aún cuando esta muerte queda tan distante de nosotros en el tiempo, no cesa de tener la elocuencia de un testimonio particular.

En el curso de la historia los compatriotas se unían espiritualmente en torno a la figura de San Estanislao, sobre todo en los períodos difíciles.

El año en curso, año del gran jubileo, como primer Papa polaco, hasta hace poco todavía sucesor de San Estanislao en la sede episcopal de Cracovia, deseo participar en la solemnidad en honor del Santo Patrono de Polonia.

Junto con todos los que celebran esta solemnidad deseamos acercarnos de nuevo a Cristo Buen Pastor que “da la vida por las ovejas”, para que Él sea nuestra fuerza en los siglos venideros y en las nuevas generaciones.

Mensaje (1982)

Para la XIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Venerables hermanos en el Episcopado y
amadísimos hijos e hijas del mundo entero:

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10, 10).

1. Estas palabras del Señor preceden inmediatamente a la lectura evangélica del IV domingo de Pascua, en el que celebramos la XIX Jornada mundial de Oración por las Vocaciones consagradas de modo especial a Dios, en el servicio a la Iglesia y para la salvación del mundo.

En este fragmento del Evangelio (Jn 10, 11-18), que os invito a meditar en la intimidad de vuestro corazón, Jesús repite cinco veces que el Buen Pastor ha venido a ofrecer la vida por su rebaño, un rebaño que deberá abarcar a toda la humanidad: “y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (Jn 10, 16).

Con estas palabras el Señor Jesús nos revela el misterio de la vocación cristiana y, en particular, el misterio de cada vocación totalmente consagrada a Dios en la Iglesia. En efecto, ésta consiste en ser llamados a ofrecer la propia vida, para que otros tengan vida y la tengan abundante. Así hizo Jesús, primicia y modelo de cada llamado y consagrado: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Heb 10, 9; cf. Sal 39 [40]. 8). Y por esto Él ha dado la vida, para que otros tengan vida. Así debe hacer cada hombre y cada mujer, llamados a seguir a Cristo en la entrega total de sí.

La vocación es una llamada a la vida: a recibirla y a darla.

1. ¿De qué vida habla aquí el Señor Jesús?

Nos habla de la vida que viene de Aquel que Él llama su Padre (cf. Jn 17, 1) y nuestro Padre (cf. Mt 6, 9): el cual es “la fuente de la vida” (Sal 35 [36], 10); el Padre que, “por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina” (Lumen gentium, 2).

Vida que “se ha manifestado” (1 Jn 1, 2) en el mismo Señor Jesús, el cual la posee en plenitud: “En Él estaba la vida” (Jn 1, 4); “Yo soy… la vida” (Jn 14, 6), y quiere darla en abundancia (cf. Jn 10, 10).

Vida, que sigue siendo ofrecida a los hombres mediante el Espíritu Santo; el Espíritu, “que es Señor y da la vida”, según la fe que profesamos en el Credo de la Misa y que “es fuente de agua que salta hasta la vida eterna” (Lumen gentium, 4; cf. Jn 4, 14; 7, 38-39).

Es pues la vida del “Dios vivo” (Sal 41 [42], 3), que Él da a todos los hombres regenerados en el bautismo y llamados a ser sus hijos, su familia, su Pueblo, su Iglesia. Es la vida divina que celebramos en este tiempo litúrgico, reviviendo el misterio pascual del Señor resucitado; es la vida divina que pronto celebraremos, reviviendo el misterio siempre operante de Pentecostés.

3. La Iglesia nació para vivir y para dar la vida.

Como el Señor Jesús vino para dar la vida, así también instituyó la Iglesia, su Cuerpo, para que en Él su vida se comunique a los creyentes (cf. Lumen gentium, 7). Para vivir y dar la vida, la Iglesia recibe de su Señor todo don, mediante el Espíritu Santo: la Palabra de Dios es para la vida; los sacramentos son para la vida; los ministerios ordenados del episcopado, del presbiterado, del diaconado, son para la vida; los dones o carismas de la consagración religiosa, secular, misionera, son para la vida.

Don que sobresale entre todos, en virtud del orden sagrado, es el sacerdocio ministerial, que participa del único Sacerdocio de Cristo, el cual se ofreció a Sí mismo en la cruz y sigue ofreciéndose en la Eucaristía para la vida y salvación del mundo. Sacerdocio y Eucaristía: misterio admirable de amor y de vida, revelado y perpetuado por Jesús con las palabras de la última Cena: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24; cf. Concilio Tridentino, Denz.-Sch., 1740, 1752). Misterio admirable de divina fecundidad, porque el sacerdocio ha sido dado para la multiplicación espiritual de toda la Iglesia, principalmente mediante la Eucaristía (cf. Concilio Florentino, Denz.-Sch., 1211: Presbyterorum ordinis, 5). Cada vocación sacerdotal debe ser comprendida, acogida, vivida como íntima participación en ese misterio de amor, de vida y de fecundidad.

4. La vida engendra la vida.

Con estas palabras me dirigí al Congreso Internacional de los obispos y de los otros responsables de las vocaciones consagradas, con ocasión de la precedente Jornada mundial de Oración por las Vocaciones (cf. Homilía del 10 de mayo de 1981). Me complazco en repetirlo a todos: la Iglesia viva es madre de vida y por tanto madre de vocaciones, que son entregadas a Dios para la vida. Las vocaciones son un signo visible de su vitalidad. Al mismo tiempo son condición fundamental para su vida, para su desarrollo y para la misión que debe desempeñar al servicio de toda la familia humana, “poniendo a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador” (Gaudium et spes, 3).

Invito a cada comunidad cristiana, y a cada creyente, a tomar conciencia de la propia y grave responsabilidad de incrementar las vocaciones consagradas. Tal deber se cumple “ante todo con una vida plenamente cristiana” (Optatam totius, 2). La vida engendra la vida. ¿Con qué coherencia podremos rezar por las vocaciones, si la oración no está efectivamente acompañada por una búsqueda sincera de conversión?

Invito con insistencia y particular afecto a las personas consagradas, a que con toda su buena voluntad hagan un examen de la propia vida. Su vocación, consagrada totalmente a Dios y a, la Iglesia, debe vivir el ritmo del “recibir-donar”. Si han recibido mucho, deben dar mucho. La riqueza de su vida espiritual, la generosidad de su entrega apostólica constituyen un elemento muy favorable para que surjan otras vocaciones. Su testimonio y cooperación corresponden a las amables disposiciones de la Providencia divina (cf. Ib., 2).

Finalmente invito con confianza serena a todas las familias creyentes a que reflexionen sobre la misión que han recibido de parte de Dios en orden a la educación de los hijos en la fe y en la vida cristiana. Es una misión que conlleva además responsabilidades incluso sobre la vocación de los hijos. “La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada” (Gaudium et spes, 52). La cooperación entre familia e Iglesia, incluso en orden a las vocaciones, encuentra raíces profundas en el misterio y “ministerio” mismo de la familia cristiana: “Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primer y mejor semillero de vocaciones a la vida consagrada al reino de Dios” (Familiaris consortio, 53).

Como final de estas consideraciones y exhortaciones, os invito a recitar conmigo la siguiente oración.

Señor Jesús,
Pastor bueno,
que has ofrecido tu vida
para que todos tengan la vida,
danos a nosotros, comunidad creyente extendida por todo el mundo,
la abundancia de tu vida,
y haznos capaces de testimoniarla y comunicarla a los demás.

Señor Jesús,
concede la abundancia de tu vida
a todas las personas consagradas a Ti,
para el servicio de la Iglesia:
hazles felices en su entrega,
infatigables en su ministerio,
generosas en su sacrificio.
Que su ejemplo abra otros corazones
para escuchar y seguir tu llamada.

Señor Jesús,
da la abundancia de tu vida a las familias cristianas,
para que sean fervorosas en la fe
y en el servicio eclesial,
favoreciendo así el nacimiento
y el desarrollo de nuevas vocaciones consagradas.

Señor Jesús,
da la abundancia de tu vida a todas las personas,
de manera especial a los jóvenes y a las jóvenes
que llamas a tu servicio;
ilumínalas en la elección:
ayúdalas en las dificultades;
sostenlas en la fidelidad;
haz que estén dispuestas a ofrecer generosamente su vida,
según tu ejemplo, para que otros tengan la vida.

Con la seguridad de que la Santísima Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, corroborará esta súplica con su poderosa intercesión y la hará agradable a su Hijo Jesús, invoco sobre todos vosotros, venerados hermanos en el Episcopado, sacerdotes, religiosos y religiosas, y sobre todo el pueblo cristiano, y en particular sobre los alumnos de los seminarios y de los institutos religiosos, la abundancia de las gracias celestiales, en prenda de las cuales imparto de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, año 1982, IV de mi pontificado.

JOANNES PAULUS PP. II

Regina Caeli (1985)

Domingo 28 de abril de 1985

“Tengo además otras ovejas… también a éstas las tengo que traer” (Jn 10, 16).

 En el centro de la liturgia del tiempo pascual hoy se yergue la figura del Buen Pastor. Cristo que “entrega su vida” en el sacrificio de la cruz y revela en la resurrección su poder de “recuperarla” (Jn 10, 17) es el Buen Pastor de todos los hombres.

La vida nueva revelada en su resurrección es al mismo tiempo “vida para nosotros”, don para todos.

En Jesucristo nos nutre el Padre Eterno con esta vida divina. La injerta en nuestras almas. Y de este modo Cristo camina continuamente en la historia del hombre como Buen Pastor.

2. Cristo-Buen Pastor es a la vez una inspiración continua para la Iglesia.

Desde el principio la Iglesia ha sido llamada a compartir con Él —Buen Pastor— la solicitud por la vida de Dios en las almas humanas: por esta vida que es prenda de inmortalidad, prenda de la vida eterna del hombre en Dios.

3. Aquí tiene su principio la vocación cristiana con toda su riqueza y con cada forma concreta a un tiempo. Cristo, Buen Pastor, nos da una motivación peculiar para las vocaciones sacerdotales y religiosas entre el Pueblo de Dios.

Precisamente por referencia a ello, este domingo es la Jornada principal de las vocaciones en toda la Iglesia.

4. En la oración del “Regina coeli” nos dirigimos a la Engendradora de Dios, Madre del Señor resucitado, y le suplicamos fervientemente, como a Madre de la Iglesia, que interceda por la promoción de esta causa importante.

Acerque Ella la figura del Buen Pastor a muchos corazones jóvenes a fin de que quieran seguirle y guiar a otros.

El Buen Pastor en cada generación tiene “otras ovejas” que “debe traer” y en cada generación va en busca de quienes compartan su solicitud evangélica: la solicitud pastoral por las almas de los hombres.

Catequesis: Audiencia General 15-06-1988

Miércoles 15 de junio de 1988

7. El reino que Jesús, como Hijo de Dios encarnado, ha inaugurado en la historia del hombre, siendo de Dios, se establece y crece en el espíritu del hombre con la fuerza de la verdad y de la gracia, que proceden de Dios, como nos han hecho comprender las parábolas del sembrador y de la semilla, que hemos resumido. Cristo es el sembrador de esta verdad. Pero, en definitiva será por medio de la cruz como realizará su realeza y llevará a cabo la obra de la salvación en la historia de la humanidad: “Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

8. Todo esto se trasluce también de la enseñanza de Jesús sobre el Buen Pastor, que “da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). Estaimagen del pastor está estrechamente ligada con la del rebaño y de las ovejas que escuchan la voz del pastor. Jesús dice que es el Buen Pastor que “conoce a sus ovejas y ellas le conocen” (Jn 10, 14). Como Buen Pastor, busca a la oveja perdida (cf. Mt 18, 12; Lc15, 4) e incluso piensa en las “otras ovejas que no son de este redil”; también a ésas las “tiene que conducir” para que “escuchen su voz y haya un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16). Se trata, pues, de una realeza universal, ejercida con ánimo y estilo de pastor, para llevar a todos a vivir en la verdad de Dios.

9. Como se ve, toda la predicación de Cristo, toda su misión mesiánica se orienta a “reunir” el rebaño. No se trata solamente de cada uno de sus oyentes, seguidores, imitadores. Se trata de una “asamblea”, que en arameo se dice “kehala” y, en hebreo, “qahal“, que corresponde al griego “ekklesia“. La palabra griega deriva de un verbo que significa “llamar” (“llamada” en griego se dice “klesis“) y esta derivación etimológica sirve para hacernos comprender que, lo mismo que en la Antigua Alianza Dios había “llamado” a su pueblo Israel, así Cristo llama al nuevo Pueblo de Dios escogiendo y buscando sus miembros entre todos los hombres. Él los atrae a Sí y los reúne en torno a su persona por medio de la palabra del Evangelio y con el poder redentor del misterio pascual. Este poder divino, manifestado de forma definitiva en la resurrección de Cristo, confirmará el sentido de las palabras que una vez se dijeron a Pedro: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18), es decir: la nueva asamblea del reino de Dios.

10. La Iglesia-Ecclesia-Asamblea recibe de Cristo el mandamiento nuevo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado… en esto conocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 34-35; cf. Jn 15, 12). Es cierto que la “asamblea-Iglesia” recibe de Cristo también su estructura externa (de lo que trataremos próximamente), pero su valoresencial es la comunión con el mismo Cristo: es Él quien “reúne” la Iglesia, es El quien la “edifica” constantemente como su Cuerpo (cf. Ef 4, 12), como reino de Dios con dimensión universal. “Vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur y se pondrán a la mesa (con Abraham, Isaac y Jacob) en el reino de Dios” (cf. Lc 13, 28-29).

Catequesis: Audiencia General 02-09-1998

Miércoles 2 de septiembre de 1998

El Espíritu Santo, fuente de verdadera libertad

2. Jesucristo es la verdad plena del proyecto de Dios sobre el hombre, que goza del don altísimo de la libertad. «Quiso Dios .dejar al hombre en manos de su propia decisión. (Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» (Gaudium et spes, 17; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1730). Aceptar el proyecto de Dios sobre el hombre, revelado en Jesucristo, y realizarlo en la propia vida significa descubrir la vocación auténtica de la libertad humana, según la promesa de Jesús a sus discípulos: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).

«No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (Veritatis splendor, 19).

El evangelio de san Juan pone de relieve que no son sus adversarios quienes le quitan la vida a Cristo con la necesidad brutal de la violencia, sino que es él quien la entrega libremente (cf. Jn 10, 17-18). Aceptando plenamente la voluntad del Padre, «Cristo crucificado revela el significado auténtico de la libertad, lo vive plenamente en el don total de sí y llama a los discípulos a tomar parte en su misma libertad» (Veritatis splendor, 85). En efecto, con la libertad absoluta de su amor, redime para siempre al hombre que, abusando de su libertad, se aleja de Dios, lo libra de la esclavitud del pecado y, comunicándole su Espíritu, le hace el don de la auténtica libertad (cf. Rm 8, 2; Ga 5, 1. 13).

3. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3, 17), nos dice el apóstol Pablo. Con la efusión de su Espíritu, Jesús resucitado crea el espacio vital en el que la libertad humana puede realizarse plenamente.

En efecto, por la fuerza del Espíritu Santo, el don de sí mismo al Padre, realizado por Jesús en su muerte y resurrección, se convierte en manantial y modelo de toda relación auténtica del hombre con Dios y con sus hermanos. «El amor de Dios .escribe san Pablo. ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

También el cristiano, viviendo en Cristo por la fe y los sacramentos, se entrega «de modo total y libre» a Dios Padre (cf. Dei Verbum, 5). El acto de fe con que él opta responsablemente por Dios, cree en su amor manifestado en Cristo crucificado y resucitado, y se abandona responsablemente al influjo del Espíritu Santo (cf. 1 Jn 4, 6-10), es expresión suprema de libertad.

Y el cristiano, cumpliendo la voluntad del Padre con alegría, en todas las circunstancias de la vida, a ejemplo de Cristo y con la fuerza del Espíritu, avanza por el camino de la auténtica libertad y se proyecta en la esperanza hacia el momento del paso a la «vida plena» de la patria celestial. «Por el trabajo de la gracia —enseña el Catecismo de la Iglesia católica, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo» (n. 1742).

4. Este horizonte nuevo de libertad creado por el Espíritu orienta también nuestras relaciones con los hermanos y hermanas que encontramos en nuestro camino.

Precisamente porque Cristo me ha liberado con su amor, dándome el don de su Espíritu, puedo y debo entregarme libremente por amor al prójimo. Esta profunda verdad se halla expresada en la primera carta del apóstol san Juan: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16). El mandamiento «nuevo» de Jesús resume la ley de la gracia; el hombre que lo cumple realiza su libertad de manera más plena: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 12-13).

A esta cima de amor, alcanzada por Cristo crucificado, nadie puede llegar sin la ayuda del Paráclito. Más aún, santo Tomás de Aquino escribió que la «ley nueva» es la misma gracia del Espíritu Santo, que nos ha sido dada mediante la fe en Cristo (cf. Summa Theol., I-II, q. 106, a. 1, conclusio et ad 2).

5. Esta «ley nueva» de libertad y amor está personificada en Jesucristo, pero, al mismo tiempo, con total dependencia de él y de su redención, se expresa en la Madre de Dios. La plenitud de la libertad, que es don del Espíritu, «se ha manifestado, de modo sublime, precisamente mediante la fe de María, mediante .la obediencia a la fe. (cf.Rm 1, 5). Sí, “¡feliz la que ha creído!”» (Dominum et vivificantem, 51).

Así pues, que María, Madre de Cristo y Madre nuestra, nos guíe a descubrir cada vez con mayor profundidad y gozo al Espíritu Santo como fuente de la verdadera libertad en nuestra vida.

Homilía (2003)

XXV Aniversario de Pontificado
Jueves 16 de octubre de 2003

2. “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). Mientras Jesús pronunciaba estas palabras, los Apóstoles no sabían que hablaba de sí mismo. No lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo comprendió en el Calvario, al pie de la cruz, viéndolo ofrecer silenciosamente la vida por “sus ovejas”.

Cuando llegó para él y para los demás Apóstoles el momento de cumplir esta misma misión, se acordaron de sus palabras. Se dieron cuenta de que, sólo porque había asegurado que él mismo actuaría por medio de ellos, serían capaces de cumplir la misión.

Fue muy consciente de ello en particular Pedro, “testigo de los sufrimientos de Cristo” (1 P 5, 1), que exhortaba a los ancianos de la Iglesia:  “Apacentad la grey de Dios que os está encomendada” (1 P 5, 2).

A lo largo de los siglos los sucesores de los Apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, han seguido congregando a la grey de Cristo y guiándola hacia el reino de los cielos, conscientes de poder asumir una responsabilidad tan grande sólo “por Cristo, con Cristo y en Cristo”.

Tuve esta misma conciencia cuando el Señor me llamó a desempeñar la misión de Pedro en esta amada ciudad de Roma y al servicio del mundo entero. Desde el comienzo de mi pontificado, mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones han estado animados por un único deseo:  testimoniar que Cristo, el buen Pastor, está presente y actúa en su Iglesia. Él va continuamente en busca de la oveja perdida, la lleva al redil y venda sus heridas; cuida de la oveja débil y enferma y protege a la fuerte. Por eso, desde el primer día, no he dejado jamás de exhortar:  “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y aceptar su poder!”. Repito hoy con fuerza:  “¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Dejaos guiar por él. Fiaos de su amor.

3. Al iniciar mi pontificado, pedí:  “¡Ayudad al Papa y a cuantos quieren servir a Cristo y, con el poder de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!”. A la vez que con vosotros doy gracias a Dios por estos veinticinco años, marcados plenamente por su misericordia, siento la necesidad particular de expresaros mi gratitud también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, que habéis respondido y seguís respondiendo de varios modos a mi petición de ayuda. Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y sufrimientos se han ofrecido para sostenerme en mi servicio a la Iglesia. Cuánta benevolencia y solicitud, cuántos signos de comunión me han rodeado cada día. ¡Que el buen Dios recompense a todos con generosidad! Os ruego, amadísimos hermanos y hermanas, que no interrumpáis esta gran obra de amor al Sucesor de Pedro. Os lo pido una vez más:  ayudad al Papa, y a cuantos quieren servir a Cristo, a servir al hombre y a la humanidad entera.

A ti, Señor Jesucristo,
único Pastor de la Iglesia,
te ofrezco los frutos
de estos veinticinco años de ministerio
al servicio del pueblo
que me has encomendado.

Perdona el mal realizado
y multiplica el bien:
todo es obra tuya
y sólo a ti se debe la gloria.

Con plena confianza en tu misericordia
vuelvo a presentarte, también hoy,
a quienes hace años
has encomendado
a mi solicitud pastoral.

Consérvalos en el amor,
reúnelos en tu redil,
toma sobre tus hombros a los débiles,
venda a los heridos, cuida a los fuertes.

Sé tú su Pastor,
para que no se dispersen.
Protege a la amada Iglesia
que está en Roma
y a las Iglesias del mundo entero.

Penetra con la luz
y la fuerza de tu Espíritu
a cuantos has puesto
a la cabeza de tu grey:
que cumplan con entusiasmo su misión
de guías, maestros y santificadores,
en espera de tu retorno glorioso.

Te renuevo, en las manos de María,
Madre amada,
el don de mí mismo,
del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad.

Pastor supremo,
permanece en medio de nosotros,
para que contigo avancemos seguros
hacia la casa del Padre.

Amén.

Benedicto XVI, papa

Homilía (2009)

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Misa de Ordenación Sacerdotal y Diaconal de la Diócesis de Roma
Basílica de San Pedro. IV Domingo de Pascua, 3 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Según una hermosa tradición, el domingo “del Buen Pastor” el Obispo de Roma se reúne con su presbiterio para la ordenación de nuevos sacerdotes de la diócesis. Cada vez es un gran don de Dios; es su gracia. Por tanto, despertemos en nosotros un profundo sentimiento de fe y agradecimiento al vivir esta celebración. En este clima me complace saludar al cardenal vicario Agostino Vallini, a los obispos auxiliares, a los demás hermanos en el episcopado y en el sacerdocio y, con especial afecto, a vosotros, queridos diáconos candidatos al presbiterado, juntamente con vuestros familiares y amigos.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece abundantes sugerencias para la meditación: consideraré algunas, para que pueda proyectar una luz indeleble sobre el camino de vuestra vida y sobre vuestro ministerio.

“Jesús es la piedra; (…) no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Hch 4, 11-12). En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles —la primera lectura—, impresiona y hace reflexionar esta singular “homonimia” entre Pedro y Jesús: Pedro, que recibió su nuevo nombre de Jesús mismo, afirma que él, Jesús, es “la piedra”. En efecto, la única roca verdadera es Jesús. El único nombre que salva es el suyo. El apóstol, y por tanto el sacerdote, recibe su propio “nombre”, es decir, su propia identidad, de Cristo. Todo lo que hace, lo hace en su nombre. Su “yo” es totalmente relativo al “yo” de Jesús. En nombre de Cristo, y desde luego no en su propio nombre, el apóstol puede realizar gestos de curación de los hermanos, puede ayudar a los “enfermos” a levantarse y volver a caminar (cf. Hch 4, 10).

En el caso de Pedro, el milagro que acaba de realizar manifiesta esto de modo evidente. Y también la referencia a lo que dice el Salmo es esencial: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular” (Sal 117, 22). Jesús fue “desechado”, pero el Padre lo prefirió y lo puso como cimiento del templo de la Nueva Alianza. Así, el apóstol, como el sacerdote, experimenta a su vez la cruz, y sólo a través de ella llega a ser verdaderamente útil para la construcción de la Iglesia. Dios quiere construir su Iglesia con personas que, siguiendo a Jesús, ponen toda su confianza en Dios, como dice el mismo Salmo: “Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes” (Sal 117, 8-9).

Al discípulo le toca la misma suerte del Maestro, que, en última instancia, es la suerte inscrita en la voluntad misma de Dios Padre. Jesús lo confesó al final de su vida, en la gran oración llamada “sacerdotal”: “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido” (Jn 17, 25). También lo había afirmado antes: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo” (Mt 11, 27). Jesús experimentó sobre sí el rechazo de Dios por parte del mundo, la incomprensión, la indiferencia, la desfiguración del rostro de Dios. Y Jesús pasó el “testigo” a los discípulos: “Yo —dice también en su oración al Padre— les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 26).

Por eso el discípulo, y especialmente el apóstol, experimenta la misma alegría de Jesús al conocer el nombre y el rostro del Padre; y comparte también su mismo dolor al ver que Dios no es conocido, que su amor no es correspondido. Por una parte exclamamos con alegría, como san Juan en su primera carta: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”; y, por otra, constatamos con amargura: “El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él” (1 Jn 3, 1). Es verdad, y nosotros, los sacerdotes, lo experimentamos: el “mundo” —en la acepción que tiene este término en san Juan— no comprende al cristiano, no comprende a los ministros del Evangelio. En parte porque de hecho no conoce a Dios, y en parte porque no quiere conocerlo. El mundo no quiere conocer a Dios, para que no lo perturbe su voluntad, y por eso no quiere escuchar a sus ministros; eso podría ponerlo en crisis.

Aquí es necesario prestar atención a una realidad de hecho: este “mundo”, interpretado en sentido evangélico, asecha también a la Iglesia, contagiando a sus miembros e incluso a los ministros ordenados. Bajo la palabra “mundo” san Juan indica y quiere aclarar una mentalidad, una manera de pensar y de vivir que puede contaminar incluso a la Iglesia, y de hecho la contamina; por eso requiere vigilancia y purificación constantes. Hasta que Dios no se manifieste plenamente, sus hijos no serán plenamente “semejantes a él” (1 Jn 3, 2). Estamos “en” el mundo y corremos el riesgo de ser también “del” mundo, mundo en el sentido de esta mentalidad. Y, de hecho, a veces lo somos.
Por eso Jesús, al final, no rogó por el mundo —también aquí en ese sentido—, sino por sus discípulos, para que el Padre los protegiera del maligno y fueran libres y diferentes del mundo, aun viviendo en el mundo (cf. Jn 17, 9.15). En aquel momento, al final de la última Cena, Jesús elevó al Padre la oración de consagración por los Apóstoles y por todos los sacerdotes de todos los tiempos, cuando dijo: “Conságralos en la verdad” (Jn 17, 17). Y añadió: “Por ellos me consagro yo, para que ellos también sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 19).

Ya comenté estas palabras de Jesús en la homilía de la Misa Crismal, el pasado Jueves santo. Hoy me remito a esa reflexión, haciendo referencia al evangelio del buen pastor, donde Jesús declara: “Yo doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 15.17.18).

Ser sacerdote en la Iglesia significa entrar en esta entrega de Cristo, mediante el sacramento del Orden, y entrar con todo su ser. Jesús dio la vida por todos, pero de modo particular se consagró por aquellos que el Padre le había dado, para que fueran consagrados en la verdad, es decir, en él, y pudieran hablar y actuar en su nombre, representarlo, prolongar sus gestos salvíficos: partir el Pan de la vida y perdonar los pecados. Así, el buen Pastor dio su vida por todas las ovejas, pero la dio y la da de modo especial a aquellas que él mismo, “con afecto de predilección”, ha llamado y llama a seguirlo por el camino del servicio pastoral.

Además, Jesús rogó de manera singular por Simón Pedro, y se sacrificó por él, porque un día, a orillas del lago Tiberíades, debía decirle: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 16-17). De modo análogo, todo sacerdote es destinatario de una oración personal de Cristo, y de su mismo sacrificio, y sólo en cuanto tal está habilitado para colaborar con él en el apacentamiento de la grey, que compete de modo total y exclusivo al Señor.

Aquí quiero tocar un punto que me interesa de manera particular: la oración y su relación con el servicio. Hemos visto que ser ordenado sacerdote significa entrar de modo sacramental y existencial en la oración de Cristo por los “suyos”. De ahí deriva para nosotros, los presbíteros, una vocación particular a la oración, en sentido fuertemente cristocéntrico: estamos llamados a “permanecer” en Cristo —como suele repetir el evangelista san Juan (cf. Jn 1, 35-39; 15, 4-10)—, y este permanecer en Cristo se realiza de modo especial en la oración. Nuestro ministerio está totalmente vinculado a este “permanecer” que equivale a orar, y de él deriva su eficacia.

Desde esta perspectiva debemos pensar en las diversas formas de oración de un sacerdote, ante todo en la santa misa diaria. La celebración eucarística es el acto de oración más grande y más elevado, y constituye el centro y la fuente de la que reciben su “savia” también las otras formas: la liturgia de las Horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el santo rosario y la meditación. Todas estas formas de oración, que tienen su centro en la Eucaristía, hacen que en la jornada del sacerdote, y en toda su vida, se realicen las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas” (Jn 10, 14-15).

En efecto, este “conocer” y “ser conocido” en Cristo, y mediante él en la santísima Trinidad, es la realidad más verdadera y más profunda de la oración. El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y Servidor de los hermanos. Al igual que él, también el sacerdote “da su vida” por las ovejas que le han sido encomendadas. Nadie se la quita: él mismo la da, en unión con Cristo Señor, que tiene el poder de dar su vida y el poder de recuperarla no sólo para sí, sino también para sus amigos, unidos a él por el sacramento del Orden. Así, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, se comunica a toda la grey mediante los ministros consagrados.

Queridos diáconos, que el Espíritu Santo grabe esta divina Palabra, que he comentado brevemente, en vuestro corazón, para que dé frutos abundantes y duraderos. Lo pedimos por intercesión de los apóstoles san Pedro y san Pablo, así como de san Juan María Vianney, el cura de Ars, bajo cuyo patrocinio he puesto el próximo Año sacerdotal. Os lo obtenga la Madre del buen Pastor, María santísima. En todas las circunstancias de vuestra vida contempladla a ella, estrella de vuestro sacerdocio. Como a los sirvientes en las bodas de Caná, también a vosotros María os repite: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). Siguiendo el ejemplo de la Virgen, sed siempre hombres de oración y de servicio, para llegar a ser, en el ejercicio fiel de vuestro ministerio, sacerdotes santos según el corazón de Dios.

Homilía (2012)

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Misa de Ordenación Sacerdotal y Diaconal de la Diócesis de Roma
Basílica de San Pedro. IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2012

Venerados hermanos,
queridos ordenandos,
queridos hermanos y hermanas:

1. La tradición romana de celebrar las ordenaciones sacerdotales en este IV domingo de Pascua, el domingo «del Buen Pastor», contiene una gran riqueza de significado, ligada a la convergencia entre la Palabra de Dios, el rito litúrgico y el tiempo pascual en que se sitúa. En particular, la figura del pastor, tan relevante en la Sagrada Escritura y naturalmente muy importante para la definición del sacerdote, adquiere su plena verdad y claridad en el rostro de Cristo, en la luz del misterio de su muerte y resurrección. De esta riqueza también vosotros, queridos ordenandos, podéis siempre beber, cada día de vuestra vida, y así vuestro sacerdocio se renovará continuamente.

2. Este año el pasaje evangélico es el central del capítulo 10 de san Juan y comienza precisamente con la afirmación de Jesús: «Yo soy el buen pastor», a la que sigue enseguida la primera característica fundamental: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). He ahí que se nos conduce inmediatamente al centro, al culmen de la revelación de Dios como pastor de su pueblo; este centro y culmen es Jesús, precisamente Jesús que muere en la cruz y resucita del sepulcro al tercer día, resucita con toda su humanidad, y de este modo nos involucra, a cada hombre, en su paso de la muerte a la vida. Este acontecimiento —la Pascua de Cristo—, en el que se realiza plena y definitivamente la obra pastoral de Dios, es un acontecimiento sacrificial: por ello el Buen Pastor y el Sumo Sacerdote coinciden en la persona de Jesús que ha dado la vida por nosotros.

3. Pero observemos brevemente también las primeras dos lecturas y el salmo responsorial (Sal 118). El pasaje de los Hechos de los Apóstoles (4, 8-12) nos presenta el testimonio de san Pedro ante los jefes del pueblo y los ancianos de Jerusalén, después de la prodigiosa curación del paralítico. Pedro afirma con gran franqueza: «Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular»; y añade: «No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (vv. 11-12).

4. El Apóstol interpreta después, a la luz del misterio pascual de Cristo, el Salmo 118, en el que el orante da gracias a Dios que ha respondido a su grito de auxilio y lo ha puesto a salvo. Dice este Salmo: «La piedra que desecharon los arquitectos / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente» (Sal 118, 22-23). Jesús vivió precisamente esta experiencia de ser desechado por los jefes de su pueblo y rehabilitado por Dios, puesto como fundamento de un nuevo templo, de un nuevo pueblo que alabará al Señor con frutos de justicia (cfr. Mt 21, 42-43). Por lo tanto la primera lectura y el salmo responsorial, que es el mismo Salmo 118, aluden fuertemente al contexto pascual, y con esta imagen de la piedra desechada y restablecida atraen nuestra mirada hacia Jesús muerto y resucitado.

5. La segunda lectura, tomada de la Primera Carta de Juan (3,1-2), nos habla en cambio del fruto de la Pascua de Cristo: el hecho de habernos convertido en hijos de Dios. En las palabras de san Juan se oye de nuevo todo el estupor por este don: no sólo somos llamados hijos de Dios, sino que «lo somos realmente» (v. 1). En efecto, la condición filial del hombre es fruto de la obra salvífica de Jesús: con su encarnación, con su muerte y resurrección, y con el don del Espíritu Santo, él introdujo al hombre en una relación nueva con Dios, su propia relación con el Padre. Por ello Jesús resucitado dice: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20, 17). Es una relación ya plenamente real, pero que aún no se ha manifestado plenamente: lo será al final, cuando —si Dios lo quiere— podremos ver su rostro tal cual es (cfr. v. 2).

6. […] Volvamos al Evangelio, y a la palabra del pastor. «El buen pastor da su vida por la ovejas» (Jn 10, 11). Jesús insiste en esta característica esencial del verdadero pastor que es él mismo: «dar la propia vida». Lo repite tres veces, y al final concluye diciendo: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18). Este es claramente el rasgo cualificador del pastor tal como Jesús lo interpreta en primera persona, según la voluntad del Padre que lo envió. La figura bíblica del rey-pastor, que comprende principalmente la tarea de regir el pueblo de Dios, de mantenerlo unido y guiarlo, toda esta función real se realiza plenamente en Jesucristo en la dimensión sacrificial, en el ofrecimiento de la vida. En una palabra, se realiza en el misterio de la cruz, esto es, en el acto supremo de humildad y de amor oblativo. Dice el abad Teodoro Studita: «Por medio de la cruz nosotros, ovejas de Cristo, hemos sido reunidos en un único redil y destinados a las eternas moradas» (Discurso sobre la adoración de la cruz: PG 99, 699).

Congregación para el Clero

Hoy celebramos el cuarto Domingo de Pascua, conocido como el “Domingo del Buen Pastor”. En la liturgia, el Señor Resucitado se nos presenta como el Pastor de nuestras almas, como Aquel  «que da la vida por las ovejas» (Jn 10,11). Mirando a Cristo Buen Pastor, somos llamados sobre todo a rezar por aquellos a quienes Él ha puesto como pastores en su Iglesia, así como por los jóvenes que llama a esta misión.

En las Lecturas aparece varias veces el verbo “conocer”. Cuando la Sagrada Escritura habla del “conocimiento”, especialmente del conocimiento entre las personas, quiere decir algo más profundo del significado que nuestra cultura suele atribuirle a ese vocablo.

El “conocimiento” bíblico no se refiere solamente al aprehender informaciones, externas o marginales, acerca de la realidad o de la persona conocida; ese conocimiento se da más bien como íntima comunión y recíproca posesión, de tal manera que abarca  enteramente la inteligencia, la libertad y la voluntad.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado, el Señor afirmaba: «Yo […] conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí» (Jn 10,14) y, en la segunda Lectura, san Juan dice: «El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a Él» (1Jn 3,1).

Se habla de dos tipos diferentes de conocimiento. Hay un conocimiento que es dado y hay otro que no es posible –y que, por tanto, es inútil buscar y perseguir directamente. Miremos ante todo al primero.

El conocimiento que nos es dado –dado porque, por la gracia, somos cristianos- es el recíproco conocimiento con Cristo. Se nos ha dado con Él la íntima comunión y la recíproca posesión, por las cuales el apóstol Juan llega a exclamar: «Mirad qué amor que nos ha dado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios y ¡lo seamos realmente!» (1 Jn 3,1). El conocimiento de Cristo no se reduce al simple conocimiento de lo que el Evangelio nos cuenta acerca de Él, de las verdades que la Iglesia enseña –que no sólo son necesarias, sino urgentes, sobre todo en esta época tan fuertemente marcada por el analfabetismo religioso– (cf. Benedicto XVI, Homilía Misa Crismal 2012).

El conocimiento que nos es dado de Cristo es la íntima comunión en su misma Vida, comunión que nos transforma y eleva a la realidad de hijos de Dios, por obra del Espíritu Santo recibido en el Bautismo. Por esto, somos llamados hijos de Dios “¡y lo somos realmente!”. Este conocimiento, además, aun comprometiendo a toda nuestra persona, no depende de nosotros, sino que llega como “don”: hunde sus raíces en la soberana iniciativa de Dios, que asume la carne y la sangre en Jesucristo, el único Buen Pastor que ofrece la propia vida por las ovejas, por nosotros (cfr. Jn 10,17-18).

Cristo ofrece la propia vida y la vuelve a tomar. ¿Qué significa que “vuelve a tomar” la vida?

Hay un primer significado: Él, ofreciéndose voluntariamente a la muerte de Cruz por nosotros, resucita de entre los muertos y vive para siempre. Pero podemos extraer algo más. Cristo, resucitando, retoma la vida que nos ha dado en la Cruz, atrayéndonos así hacia el Cielo, en su relación de amor con el Padre. Llegamos a ser hijos y partícipes de su mismo Amor, por el Padre y por los hombres.

Esto sucede de manera del todo especial en aquellos que son llamados al sacerdocio: quien recibe el don de la Vocación, es “retomado”, atraído a la vida de Cristo y hecho partícipe de su misma obra salvífica. Quien es sacerdote, hasta tal punto es objeto de amor y de misericordia, que puede hacer presente, a través de su propia persona, al mismo Jesús Buen Pastor.

En cuanto al segundo conocimiento, el del mundo, san Juan dice que este no se nos da: «el mundo no nos conoce». Quienes han encontrado a Cristo y poseen el conocimiento de Él, deben saber que este tesoro es radicalmente incompatible con el “reconocimiento” mundano. El Señor mismo nos lo ha enseñado. No podemos servir a dos señores (cfr. Lc 16,13). El único modo para hacer que el mundo nos conozca y nos reconozca es llevarlo al conocimiento de Cristo y abrirlo así a Dios.

Pidámosle a la Santísima Virgen, Puerta del Cielo y Reina de los Apóstoles, que nos dejemos determinar por completo, como Ella, por el verdadero conocimiento de Cristo,  el único que puede llevarnos a las praderas celestiales. Amén.

Raniero Cantalamessa: Homilía (07-05-2006)

Yo soy el Buen Pastor

Se llama al IV domingo del tiempo pascual «domingo del Buen Pastor». Para comprender la importancia que tiene en la Biblia el tema del pastor hay que remontarse a la historia. Los beduinos del desierto nos brindan hoy una idea de la que fue, en un tiempo, la vida de las tribus de Israel. En esta sociedad la relación entre pastor y rebaño no es sólo de tipo económico, basada en el interés. Se desarrolla una relación casi personal entre el pastor y el rebaño. Pasan días y días juntos en lugares solitarios, sin nadie más alrededor. El pastor acaba conociendo todo de cada oveja; la oveja reconoce y distingue entre todas la voz del pastor, quien frecuentemente habla con las ovejas.

Esto explica por qué Dios se ha servido de este símbolo para expresar su relación con la humanidad. Uno de los salmos más bellos del salterio describe la seguridad del creyente de tener a Dios como pastor: «El Señor es mi pastor, nada me falta…»

Posteriormente se da el título de pastor, por extensión, también a quienes hacen las veces de Dios en la tierra: los reyes, los sacerdotes, los jefes en general. Pero en este caso el símbolo se divide: ya no evoca sólo imágenes de protección, de seguridad, sino también las de explotación y opresión. Junto a la imagen del buen pastor hace su aparición la del mal pastor, la del mercenario. En el profeta Ezequiel encontramos una terrible acusación contra los malos pastores que se apacientan sólo a sí mismos, y a continuación la promesa de Dios de ocuparse Él mismo de su rebaño (Ez 34, 1 ss.).

Jesús en el Evangelio retoma este esquema del buen y mal pastor, pero con una novedad: «¡Yo –dice– soy el Buen Pastor!». La promesa de Dios se ha hecho realidad, superando cualquier expectativa. Cristo hace lo que ningún pastor, por bueno que fuera, estaría dispuesto a hacer: «Yo doy mi vida por las ovejas».

El hombre de hoy rechaza con desdén el papel de oveja y la idea de rebaño, pero no se percata de que está completamente dentro. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. Nos dejamos guiar de manera supina por todo tipo de manipulación y de persuasión oculta. Otros crean modelos de bienestar y de comportamiento, ideales y objetivos de progreso, y nosotros los seguimos; vamos detrás, temerosos de perder el paso, condicionados y secuestrados por la publicidad. Comemos lo que nos dicen, vestimos como nos enseñan, hablamos como oímos hablar, por eslogan. El criterio por el que la mayoría se deja guiar en la propias opciones es el «Così fan tutti» («Todos son así». Ndr) de mozartiana memoria.

Mirad cómo se desarrolla la vida de la multitud en una gran ciudad moderna: es la triste imagen de un rebaño que sale junto, se agita y se amontona a hora fija en los vagones del tren y del metro y después, por la tarde, regresa junto al redil, vacío de sí y de libertad. Sonreímos divertidos cuando vemos una filmación a cámara rápida con las personas que se mueven a saltos, velozmente, como marionetas, pero es la imagen que tendríamos de nosotros mismos si nos miráramos con ojos menos superficiales.

El Buen Pastor que es Cristo nos propone hacer con Él una experiencia de liberación. Pertenecer a su rebaño no es caer en la masificación, sino ser preservados de ella. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Corintios 3, 17), dice San Pablo. Allí surge la persona con su irrepetible riqueza y con su verdadero destino. Surge el hijo de Dios aún escondido, del que habla la segunda carta de este domingo: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos».

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Amor que da la vida

«El Buen Pastor da la vida por las ovejas». Da la vida. No sólo la dio. La da continuamente. Jesús Resucitado permanece eternamente en la actitud que le llevó a la muerte. Ahora ya no muere. No puede morir. Pero el amor que le llevó a dar la vida es el mismo. Y eso continuamente. Instante tras instante Cristo es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, que da su vida por mí. Su amor «hasta el extremo», el que le llevó hasta la cruz, ha quedado eternizado mediante la resurrección. Su vida de resucitado es un acto continuo, perfecto y eficaz de amor a su Padre y de amor a los hombres, a cada uno de todos los hombres. Él mismo es el Amor que da la vida.

«Por su nombre se presenta éste sano ante vosotros». Su entrega es eficaz. Su amor es capaz de transformar. Al morir por nosotros nos sana. Al entregar su vida engendra vida. Es el nombre de Jesucristo nazareno el único capaz de salvar totalmente, definitivamente. La acción del Buen Pastor una vez resucitado se caracteriza por la fuerza, por la energía salvadora. La Resurrección pone de relieve que el amor del Buen Pastor no era inútil o estéril, sino muy eficaz. Las conversiones y sanaciones realizadas por medio de los Apóstoles lo atestiguan.

«¡Somos hijos de Dios!» También en esto se manifiesta la fuerza de la Resurrección. En su victoria, Cristo nos arrastra a vivir su misma vida de Hijo, su misma relación con el Padre. Somos hijos en el Hijo. En Cristo somos hijos de Dios. En la Vigilia Pascual hemos renovado las promesas de nuestro bautismo y el mejor fruto de la Pascua es un acrecentamiento de la vivencia de nuestro ser hijos de Dios.

Confianza plena: Jn 10,11-18

A la luz de la Pascua, el evangelio de hoy nos invita a contemplar al Resucitado como Buen Pastor. Cristo Resucitado continúa presente en su Iglesia, camina con nosotros. Conduce a su Pueblo: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Y como Buen Pastor es el Señor de la historia, que domina y dirige todos los acontecimientos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Nuestra reacción no puede ser otra que la confianza plena: «El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23).

Y es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas. La resurrección nos grita el valor y la eficacia de la sangre de Cristo que nos ha redimido. Nosotros somos fruto de la entrega de Cristo. A diferencia del asalariado, a Cristo le importan las ovejas, porque son suyas; por eso da la vida por ellas. Y ahora, ya resucitado y glorioso, sin derramamiento de sangre, Cristo vive en la misma actitud de entrega. Ahora le importamos todavía más, porque nos ha comprado con su sangre (Ap 5,9).

Más aún, Cristo Buen Pastor no sólo da la vida por nosotros, sino que nos enseña y nos impulsa también a nosotros a dar la vida. La resurrección nos habla con fuerza de que la vida se nos ha concedido para darla, de que vale la pena gastar la vida para que los demás tengan vida eterna, de que el que pierde su vida ese es el que de verdad la gana. Dando la vida colaboramos a que las ovejas que son de Cristo pero no están en su redil escuchen su voz de Buen Pastor, entren en su redil, se sientan amados por Él y experimenten que Él repara sus fuerzas y sacia su sed.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico (Tomo III)

Antífonas y Oraciones

Entrada: «La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6).

Colecta: (textos del Gelasiano, Gregoriano y Sacramentario de Bérgamo): «Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».

Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano y del Gregoriano): «Concédenos, Señor, darte gracias siempre por estos misterios pascuales, para que esta actualización repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante»

Comunión: «Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».

Postcomunión (del Veronense, Gelasiano y Gregoriano): «Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino».

Liturgia de la Palabra

Cristo, el Buen Pastor, es el centro vital que debe polarizar las vivencias de todas las almas integradas en su Iglesia. Signos visibles de Cristo, Príncipe de pastores (1 Pe 5,4) son nuestros pastores, puestos por Dios para regir nuestras almas en su Iglesia hasta que vuelva.

Hechos 4,8-12: Ningún otro puede salvar. Pedro, el Primer Pastor-Vicario de Cristo en su Iglesia, inicia su misión de proclamar ante el mundo que sólo en Cristo, Buen Pastor, es posible nuestra salvación. Cristo es la piedra angular. En Él nos apoyamos y nos sostenemos todos. Es el gran fundamento de nuestra fe, de toda nuestra vida cristiana.

–Decimos con el Salmo 117: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres; mejor es refugiarse en el Señor, que fiarse de los jefes».

1 Juan 3,1-2: Veremos a Dios tal cual es. Toda la autoridad redentora de Cristo y de sus Vicarios o Pastores en la Iglesia, se cifra en hacer visible la amorosa paternidad de Dios sobre nosotros sus hijos. Comenta San Agustín:
«¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del Hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. Busca dónde está tu mérito; busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia; y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios» (Sermón 185).

También San Ambrosio lo dice:
«El que tiene el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Hasta tal punto es hijo de Dios que no recibe un espíritu de servidumbre, sino el espíritu de los hijos, de modo que el Espíritu Santo testimonia a nuestro espíritu que nosotros somos hijos de Dios» (Carta 35,4).

Juan 10,11-18: El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. La garantía de nuestra salvación está en el Corazón de Cristo Jesús que, como Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas. Nos amó y se entregó por nosotros (Ef 2,4).
«Escuchadle deciros tan encarecidamente: “Yo soy el Buen Pastor, todos los demás, todos los pastores buenos, son miembros míos”, porque no hay sino una sola Cabeza y un solo Cuerpo: un solo Cristo. Sólo hay, por tanto ,un Cuerpo, un rebaño único, formado por el Pastor de los pastores, bajo el cayado del Pastor supremo. ¿No es esto lo que dice el Apóstol? “Porque lo mismo que, siendo uno mismo el cuerpo, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así también Cristo” (1 Cor 12,12). Luego, si también Cristo es así y si tiene incorporados a Él todos los pastores buenos, con razón no habla sino de uno solo al decir: “Yo soy el Buen Pastor, Yo el único; todos los demás forman conmigo una sola unidad. Quien apacienta fuera de Mí, apacienta contra Mí; quien conmigo no recoge, desparrama”» (Sermón 138,5).

Y San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor:
«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (Homilía 2 sobre el Cantar).

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

Jesus de Nazaret I: Cristo como Pastor

La imagen del pastor, con la cual Jesús explica su misión tanto en los sinópticos como en el Evangelio de Juan, cuenta con una larga historia precedente. En el antiguo Oriente, tanto en las inscripciones de los reyes sumerios como en el ámbito asirio y babilónico, el rey se considera como el pastor establecido por Dios; el «apacentar» es una imagen de su tarea de gobierno. La preocupación por los débiles es, a partir de esta imagen, uno de los cometidos del soberano justo. Así, se podría decir que, desde sus orígenes, la imagen de Cristo buen pastor es un evangelio de Cristo rey, que deja traslucir la realeza de Cristo.

Los precedentes inmediatos de la exposición en figuras de Jesús se encuentran naturalmente en el Antiguo Testamento, en el que Dios mismo aparece como el pastor de Israel. Esta imagen ha marcado profundamente la piedad de Israel y, sobre todo en los tiempos de calamidad, se ha convertido en un mensaje de consuelo y confianza. Esta piedad confiada tiene tal vez su expresión más bella en el Salmo 23: El Señor es mi pastor. «Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo.» (v. 4). La imagen de Dios pastor se desarrolla más en los capítulos 34-37 de Ezequiel, cuya visión, recuperada con detalle en el presente, se retoma en las parábolas sobre los pastores de los sinópticos y en el sermón de Juan sobre el pastor, como profecía de la actuación de Jesús. Ante los pastores egoístas que Ezequiel encuentra en su tiempo y a los que recrimina, el profeta anuncia la promesa de que Dios mismo buscará a sus ovejas y cuidará de ellas. «Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré a la tierra… Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré sestear… Buscaré las ovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré» (34, 13.15-16).

Ante las murmuraciones de los fariseos y de los escribas porque Jesús compartía mesa con los pecadores, el Señor relata la parábola de las noventa y nueve ovejas que están en el redil, mientras una anda descarriada, y a la que el pastor sale a buscar, para después llevarla a hombros todo contento y devolverla al redil. Con esta parábola Jesús les dice a sus adversarios: ¿no habéis leído la palabra de Dios en Ezequiel? Yo sólo hago lo que Dios como verdadero pastor ha anunciado: buscaré las ovejas perdidas, traeré al redil a las descarriadas.

En un momento tardío de las profecías veterotestamentarias se produce un nuevo giro sorprendente y profundo en la representación de la imagen del pastor, que lleva directamente al misterio de Jesucristo. Mateo nos narra que Jesús, de camino hacia el monte de los Olivos después de la Ultima Cena, predice a sus discípulos que pronto iba a ocurrir lo que estaba anunciado en Zacarías 13, 7: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt 26,31). En efecto, aparece aquí, en Zacarías, la visión de un pastor «que, según el designio de Dios, sufre la muerte, dando inicio al último gran cambio de rumbo de la historia» (Jeremías, ThWNT Vl 487).

Esta sorprendente visión del pastor asesinado, que a través de la muerte se convierte en salvador, está estrechamente unida a otra imagen del Libro de Zacarías: «Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron; harán llanto como llanto por el hijo único… Aquel día será grande el duelo de Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Megido… Aquel día manará una fuente para que en ella puedan lavar su pecado y su impureza la dinastía de David y los habitantes de Jerusalén» (12, 10.11; 13, 1). Hadad-Rimón era una de las divinidades de la vegetación, muerta y resucitada, como ya hemos visto antes en relación con el pan que presupone la muerte y la resurrección del grano. Su muerte, a la que le seguía luego la resurrección, se celebraba con lamentos rituales desenfrenados; para quienes participaban —el profeta y sus lectores forman parte también de este grupo—, estos ritos se convertían en la imagen primordial por excelencia del luto y del lamento. Para Zacarías, Hadad-Rimón es una de las vanas divinidades que Israel despreciaba, que desenmascara como un sueño mítico. A pesar de todo, esta divinidad se convierte a través del rito del lamento en la misteriosa prefiguración de Alguien que existe verdaderamente.

Se aprecia una relación interna con el siervo de Dios del Deutero-Isaías. Los últimos profetas de Israel vislumbran, sin poder explicar mejor la figura, al Redentor que sufre y muere, al pastor que se convierte en cordero. Karl Elliger comenta al respecto: «Pero por otro lado su mirada [de Zacarías] se dirige con gran seguridad a una nueva lejanía y gira en torno a la figura del que ha sido traspasado con una lanza en la cruz en la cima del Gólgota, pero sin distinguir claramente la figura del Cristo, aunque con la mención de Hadad-Rimón se haga una alusión también al misterio de la Resurrección, aunque se trate sólo de una alusión… sobre todo sin ver claramente la relación verdadera entre la cruz y la fuente contra todo pecado e impureza» (ATD vol. 25, 19645, p. 72). Mientras que en Mateo, al comienzo de la historia de la pasión, Jesús cita a Zacarías 13, 7 —la imagen del pastor asesinado—, Juan cierra el relato de la crucifixión del Señor con una referencia a Zacarías 12, 10: «Mirarán al que atravesaron» (19,37). Ahora ya está claro: el asesinado y el salvador es Jesucristo, el Crucificado.

Juan relaciona todo esto con la visión de Zacarías de la fuente que limpia los pecados y las impurezas: del costado abierto de Jesús brotó sangre y agua (cf. Jn 19,34). El mismo Jesús, el que fue traspasado en la cruz, es la fuente de la purificación y de la salvación para todo el mundo. Juan lo relaciona además con la imagen del cordero pascual, cuya sangre tiene una fuerza purificadora: «No le quebrantarán un hueso» (Jn 19, 36; cf. Ex 12, 46). Así se cierra al final el círculo enlazando con el comienzo del Evangelio, cuando el Bautista, al ver a Jesús, dice: «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1, 29). La imagen del cordero, que en el Apocalipsis resulta determinante aunque de un modo diferente, recorre así todo el Evangelio e interpreta a fondo también el sermón sobre el pastor, cuyo punto central es precisamente la entrega de la vida por parte de Jesús.

Sorprendentemente, el discurso del pastor no comienza con la afirmación «Yo soy el buen pastor» sino con otra imagen: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10, 7). Jesús había dicho antes: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas» (10, ls). Este paso tal vez se puede entender sólo en el sentido de que Jesús da aquí la pauta para los pastores de su rebaño tras su ascensión al Padre. Se comprueba que alguien es un buen pastor cuando entra a través de Jesús, entendido como la puerta. De este modo, Jesús sigue siendo, en sustancia, el pastor: el rebaño le «pertenece» sólo a El.

Cómo se realiza concretamente este entrar a través de Jesús como puerta nos lo muestra el apéndice del Evangelio en el capítulo 21, cuando se confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús. Tres veces dice el Señor a Pedro: «Apacienta mis corderos» (respectivamente «mis ovejas»: 21, 15-17). Pedro es designado claramente pastor de las ovejas de Jesús, investido del oficio pastoral propio de Jesús. Sin embargo, para poder desempeñarlo debe entrar por la «puerta». A este entrar —o mejor dicho, ese dejarle entrar por la puerta (cf. 10, 3)— se refiere la pregunta repetida tres veces: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Ahí está lo más personal de la llamada: se dirige a Simón por su nombre propio, «Simón», y se menciona su origen. Se le pregunta por el amor que le hace ser una sola cosa con Jesús. Así llega a las ovejas «a través de Jesús»; no las considera suyas —de Simón Pedro—, sino como el «rebaño» de Jesús. Puesto que llega a ellas por la «puerta» que es Jesús, como llega unido a Jesús en el amor, las ovejas escuchan su voz, la voz de Jesús mismo; no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y a través del cual llega a ellas, de forma que, en su guía, es Jesús mismo quien guía.

Toda esta escena acaba con las palabras de Jesús a Pedro: «Sígueme» (21, 19). El episodio nos hace pensar en la escena que sigue a la primera confesión de Pedro, en la que éste había intentado apartar al Señor del camino de la cruz, a lo que el Señor respondió: «Detrás de mí», exhortando después a todos a cargar con la cruz y a «seguirlo» (cf. Mc 8, 33s) También el discípulo que ahora precede a los otros como pastor debe «seguir» a Jesús. Ello comporta —como el Señor anuncia a Pedro tras confiarle el oficio pastoral— la aceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacen concretas las palabras: «Yo soy la puerta». De este modo Jesús mismo sigue siendo el pastor.

Volvamos al sermón sobre el pastor del capítulo 10. Sólo en el segundo párrafo aparece la afirmación: «Yo soy el buen pastor» (10, 11). Toda la carga histórica de la imagen del pastor se recoge aquí, purificada y llevada a su pleno significado. Destacan sobre todo cuatro elementos fundamentales. El ladrón viene «para robar, matar y hacer estragos» (10, 10). Ve las ovejas como algo de su propiedad, que posee y aprovecha para sí. Sólo le importa él mismo, todo existe sólo para él. Al contrario, el verdadero pastor no quita la vida, sino que la da: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (10, 10).

Esta es la gran promesa de Jesús: dar vida en abundancia. Todo hombre desea la vida en abundancia. Pero, ¿qué es, en qué consiste la vida? ¿Dónde la encontramos? ¿Cuándo y cómo tenemos «vida en abundancia»? ¿Es cuando vivimos como el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y el salteador, tomando todo para nosotros? Jesús promete que mostrará a las ovejas los «pastos», aquello de lo que viven, que las conducirá realmente a las fuentes de la vida. Podemos escuchar aquí como un eco las palabras del Salmo 23: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas… preparas una mesa ante mí… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.» (2.5s). Resuenan más directas las palabras del pastor en Ezequiel: «Las apacentaré en pastizales escogidos, tendrán su dehesa en lo alto de los montes de Israel.» (34, 14).

Ahora bien, ¿qué significa todo esto? Ya sabemos de qué viven las ovejas, pero, ¿de qué vive el hombre? Los Padres han visto en los montes altos de Israel y en los pastizales de sus camperas, donde hay sombra y agua, una imagen de las alturas de la Sagrada Escritura, del alimento que da la vida, que es la palabra de Dios. Y aunque éste no sea el sentido histórico del texto, en el fondo lo han visto adecuadamente y, sobre todo, han entendido correctamente a Jesús. El hombre vive de la verdad y de ser amado, de ser amado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentido de su vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente, el hombre necesita pan, necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, el Amor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da «vida en abundancia». Y así libera también las fuerzas mediante las cuales el hombre puede plasmar sensatamente la tierra, encontrando para sí y para los demás los bienes que sólo podemos tener en la reciprocidad.

En este sentido, hay una relación interna entre el sermón sobre el pan del capítulo 6 y el del pastor: siempre se trata de aquello de lo que vive el hombre. Filón, el gran filósofo judío contemporáneo de Jesús, dijo que Dios, el verdadero pastor de su pueblo, había establecido como pastor a su «hijo primogénito», al Logos (Barrett, p. 374). El sermón sobre el pastor en Juan no está en relación directa con la idea de Jesús como Logos; y sin embargo —precisamente en el contexto del Evangelio de Juan— es éste su sentido: que Jesús, como palabra de Dios hecha carne, no es sólo el pastor, sino también el alimento, el verdadero «pasto»; nos da la vida entregándose a sí mismo, a El, que es la Vida (cf. 1, 4; 3, 36; 11, 25).

Con esto hemos llegado al segundo motivo del sermón sobre el pastor, en el que aparece el nuevo elemento que lleva más allá de Filón, no mediante nuevas ideas, sino por un acontecimiento nuevo: la encarnación y la pasión del Hijo. «El buen pastor da la vida por las ovejas» (10, 11). Igual que el sermón sobre el pan no se queda en una referencia a la palabra, sino que se refiere a la Palabra que se ha hecho carne y don «para la vida del mundo» (6, 51), así, en el sermón sobre el pastor es central la entrega de la vida por las «ovejas». La cruz es el punto central del sermón sobre el pastor, y no como un acto de violencia que encuentra desprevenido a Jesús y se le inflige desde fuera, sino como una entrega libre por parte de Él mismo: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (10, 17s). Aquí se explica lo que ocurre en la institución de la Eucaristía: Jesús transforma el acto de violencia externa de la crucifixión en un acto de entrega voluntaria de sí mismo por los demás. Jesús no entrega algo, sino que se entrega a sí mismo. Así, El da la vida. Tendremos que volver de nuevo sobre este tema y profundizar más en él cuando hablemos de la Eucaristía y del acontecimiento de la Pascua.

Un tercer motivo esencial del sermón sobre el pastor es el conocimiento mutuo entre el pastor y el rebaño: «El va llamando a sus ovejas por el nombre y las saca fuera… y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz» (10, 3s). «Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas» (10, 14s). En estos versículos saltan a la vista dos interrelaciones que debemos examinar para entender lo que significa ese «conocer». En primer lugar, conocimiento y pertenencia están entrelazados. El pastor conoce a las ovejas porque éstas le pertenecen, y ellas lo conocen precisamente porque son suyas. Conocer y pertenecer (en el texto griego, ser «propio de»: ta ídiá) son básicamente lo mismo. El verdadero pastor no «posee» las ovejas como un objeto cualquiera que se usa y se consume; ellas le «pertenecen» precisamente en ese conocerse mutuamente, y ese «conocimiento» es una aceptación interior. Indica una pertenencia interior, que es mucho más profunda que la posesión de las cosas.

Lo veremos claramente con un ejemplo tomado de nuestra vida. Ninguna persona «pertenece» a otra del mismo modo que le puede pertenecer un objeto. Los hijos no son «propiedad» de los padres; los esposos no son «propiedad» uno del otro. Pero se «pertenecen» de un modo mucho más profundo de lo que pueda pertenecer a uno, por ejemplo, un trozo de madera, un terreno o cualquier otra cosa llamada «propiedad». Los hijos «pertenecen» a los padres y son a la vez criaturas libres de Dios, cada uno con su vocación, con su novedad y su singularidad ante Dios. No se pertenecen como una posesión, sino en la responsabilidad. Se pertenecen precisamente por el hecho de que aceptan la libertad del otro y se sostienen el uno al otro en el conocerse y amarse; son libres y al mismo tiempo una sola cosa para siempre en esta comunión.

De este modo, tampoco las «ovejas», que justamente son personas creadas por Dios, imágenes de Dios, pertenecen al pastor como objetos; en cambio, es así como se apropian de ellas el ladrón o el salteador. Ésta es precisamente la diferencia entre el propietario, el verdadero pastor y el ladrón: para el ladrón, para los ideólogos y dictadores, las personas son sólo cosas que se poseen. Pero para el verdadero pastor, por el contrario, son seres libres en vista de alcanzar la verdad y el amor; el pastor se muestra como su propietario precisamente por el hecho de que las conoce y las ama, quiere que vivan en la libertad de la verdad. Le pertenecen mediante la unidad del «conocerse», en la comunión de la Verdad, que es Él mismo. Precisamente por eso no se aprovecha de ellas, sino que entrega su vida por ellas. Del mismo modo que van unidos Logos y encarnación, Logos y pasión, también conocerse y entregarse son en el fondo una misma cosa.

Escuchemos de nuevo la frase decisiva: «Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas» (10, 14s). En esta frase hay una segunda interrelación que debemos tener en cuenta. El conocimiento mutuo entre el Padre y el Hijo se entrecruza con el conocimiento mutuo entre el pastor y las ovejas. El conocimiento que une a Jesús con los suyos se encuentra dentro de su unión cognoscitiva con el Padre. Los suyos están entretejidos en el diálogo trinitario; volveremos a tratar esto al reflexionar sobre la oración sacerdotal de Jesús. Entonces podremos comprender cómo la Iglesia y la Trinidad están enlazadas entre sí. La compenetración de estos dos niveles del conocer resulta de suma importancia para entender la naturaleza del «conocimiento» de la que habla el Evangelio de Juan.

Trasladando esto a nuestra experiencia vital, podemos decir: sólo en Dios y a través de Dios se conoce verdaderamente al hombre. Un conocer que reduzca al hombre a la dimensión empírica y tangible no llega a lo más profundo de su ser. El hombre sólo se conoce a sí mismo cuando aprende a conocerse a partir de Dios, y sólo conoce al otro cuando ve en él el misterio de Dios. Para el pastor al servicio de Jesús eso significa que no debe sujetar a los hombres a él mismo, a su pequeño yo. El conocimiento recíproco que le une a las «ovejas» que le han sido confiadas debe tender a introducirse juntos en Dios y dirigirse hacia Él; debe ser, por tanto, un encontrarse en la comunión del conocimiento y del amor de Dios. El pastor al servicio de Jesús debe llevar siempre más allá de sí mismo para que el otro encuentre toda su libertad; y por ello, él mismo debe ir también siempre más allá de sí mismo hacia la unión con Jesús y con el Dios trinitario.

El Yo propio de Jesús está siempre abierto al Padre, en íntima comunión con El; nunca está solo, sino que existe en el recibirse y en el donarse de nuevo al Padre. «Mi doctrina no es mía», su Yo es el Yo sumido en la Trinidad. Quien lo conoce, «ve» al Padre, entra en esa su comunión con el Padre. Precisamente esta superación dialógica que hay en el encuentro con Jesús nos muestra de nuevo al verdadero pastor, que no se apodera de nosotros, sino que nos conduce a la libertad de nuestro ser, adentrándonos en la comunión con Dios y dando Él mismo su propia vida.

Llegamos al último gran tema del sermón sobre el pastor: el tema de la unidad. Aparece con gran relieve en la profecía de Ezequiel. «Recibí esta palabra del Señor: “hijo de hombre, toma una vara y escribe en ella ‘Judá’ y su pueblo; toma luego otra vara y escribe ‘José’, vara de Efraín, y su pueblo. Empálmalas después de modo que formen en tu mano una sola vara”. Esto dice el Señor: “Voy a recoger a los israelitas de las naciones a las que se marcharon, voy a congregarlos de todas partes… Los haré un solo pueblo en mi tierra, en los montes de Israel… No volverán ya a ser dos naciones ni volverán a desmembrarse en dos reinos”» (Ez 37, 15-17.21s). El pastor Dios reúne de nuevo en un solo pueblo al Israel dividido y disperso.

El sermón de Jesús sobre el pastor retoma esta visión, pero ampliando de un modo decisivo el alcance de la promesa: «Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (10, 16). La misión de Jesús como pastor no sólo tiene que ver con las ovejas dispersas de la casa de Israel, sino que tiende, en general, «a reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (11, 52). Por tanto, la promesa de un solo pastor y un solo rebaño dice lo mismo que aparece en Mateo, en el envío misionero del Resucitado: «Haced discípulos de todos los pueblos» (28, 19); y que además se reitera otra vez en los Hechos de los Apóstoles como palabra del Resucitado: «Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo» (1, 8).

Aquí se nos muestra con claridad la razón interna de esta misión universal: hay un solo pastor. El Logos, que se ha hecho hombre en Jesús, es el pastor de todos los hombres, pues todos han sido creados mediante aquel único Verbo; aunque estén dispersos, todos son uno a partir de Él y en vista de El. La humanidad, más allá de su dispersión, puede alcanzar la unidad a partir del Pastor verdadero, del Logos, que se ha hecho hombre para entregar su vida y dar, así, vida en abundancia (10, 10).

La figura del pastor se convirtió muy pronto —está documentado ya desde el siglo III— en una imagen característica del cristianismo primitivo. Existía ya la figura bucólica del pastor que carga con la oveja y que, en la ajetreada sociedad urbana, representaba y era estimada como el sueño de una vida tranquila. Pero el cristianismo interpretó enseguida la figura de un modo nuevo basándose en la Escritura; sobre todo a la luz del Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por días sin término». En Cristo reconocieron al buen pastor que guía a través de los valles oscuros de la vida; el pastor que ha atravesado personalmente el tenebroso valle de la muerte; el pastor que conoce incluso el camino que atraviesa la noche de la muerte, y que no me abandona ni siquiera en esta última soledad, sacándome de ese valle hacia los verdes pastos de la vida, al «lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Clemente de Alejandría describió esta confianza en la guía del pastor en unos versos que dejan ver algo de esa esperanza y seguridad de la Iglesia primitiva, que frecuentemente sufría y era perseguida: «Guía, pastor santo, a tus ovejas espirituales: guía, rey, a tus hijos incontaminados. Las huellas de Cristo son el camino hacia el cielo» (Paed., III 12, 101; van der Meer, 23).

Pero, naturalmente, a los cristianos también les recordaba la parábola tanto del pastor que sale en busca de la oveja perdida, la carga sobre sus hombros y la trae de vuelta a casa, como el sermón sobre el pastor del Evangelio de Juan. Para los Padres estos dos elementos confluyen uno en el otro: el pastor que sale a buscar a la oveja perdida es el mismo Verbo eterno, y la oveja que carga sobre sus hombros y lleva de vuelta a casa con todo su amor es la humanidad, la naturaleza humana que Él ha asumido. En su encarnación y en su cruz conduce a la oveja perdida —la humanidad— a casa, y me lleva también a mí. El Logos que se ha hecho hombre es el verdadero «portador de la oveja», el Pastor que nos sigue por las zarzas y los desiertos de nuestra vida. Llevados en sus hombros llegamos a casa. Ha dado la vida por nosotros. Él mismo es la vida.

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