Domingo V Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo V Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Haga clic en el enlace de cada texto para ver su comentario por versículos.

-1ª Lectura: Job 7, 1-4. 6-7 : Mis días se consumen sin esperanza.
-Salmo: Sal 146 : R. Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
-2ª Lectura: 1 Cor 9, 16-19.22-23 : ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
+Evangelio: Mc 1, 29-39 : Curó a muchos enfermos de diversos males.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Ángelus (1985): Buscar a Cristo

Plaza de San Pedro. 10-02-1985

En el Evangelio según San Marcos de este domingo, Simón Pedro se acerca a Jesús, inmerso en la oración, y le dice: “Todo el mundo te busca” (Mc 1, 37).

Es necesaria nuestra oración frecuente; es necesario el “Ángelus Domini” tres veces al día; es necesario también este “Ángelus Domini” comunitario en la plaza de San Pedro, para decir a Cristo: “Todo el mundo te busca”; para decírselo en unión con María, Madre suya y nuestra.

¡Sí, “todo el mundo te busca”, Jesucristo!

Muchos te buscan directamente, llamándote por tu nombre, con la fe, la esperanza y la caridad.

Hay algunos que te buscan indirectamente: a través de los otros.

Y hay otros que te buscan sin saberlo…

Y están incluso los que te buscan, aún cuando niegan esta búsqueda.

A pesar de esto, te buscan todos, te buscan antes de nada porque tú los buscas primero; porque tú te has hecho hombre por todos en el seno de la Virgen Madre, porque tú has redimido a todos con el precio de tu cruz.

De este modo has abierto, en las sendas intrincadas e impracticables de los corazones humanos y del destino del hombre, el camino.

A ti, que eres el camino, la verdad y la vida, nos dirigimos en esta oración por medio del corazón de tu Madre, la Virgen, María Santísima.

2. Mientras hoy en esta plaza, en Roma, rezamos nuestro “Ángelus” dominical, tengo todavía en los ojos a todos aquellos, hermanos y hermanas, a quienes he podido visitar en el continente americano: Venezuela, Ecuador, Perú y Trinidad-Tobago (en el camino de regreso). Tengo en los ojos aquellas multitudes de hijos e hijas de la Iglesia que, durante estos días, no abandonaban al Papa en todos los caminos de su peregrinación.

Me ha quedado profundamente grabado en el espíritu el grito de bendición que tanto dice sobre el deseo de Dios que esas poblaciones llevan en los corazones. Y al mismo tiempo resuena en él también el deseo de pan, el deseo de justicia social, a cuyo encuentro debe salir la verdad del Evangelio mediante el ministerio de evangelización de la Iglesia.

A todos ellos —tan lejanos desde el punto de vista de la distancia, y a la vez tan cercanos al corazón de la Iglesia, que late aquí en Roma— respondo una vez más con ferviente gratitud y con la bendición en el nombre de la Santísima Trinidad.

Benedicto XVI, papa

Homilía (05-02-2006): ¿Cuál es nuestra fiebre?

Misa celebrada en la Parroquia Romana de Santa Ana. 5 de febrero de 2006.

El evangelio que acabamos de escuchar comienza con un episodio muy simpático, muy hermoso, pero también lleno de significado. El Señor va a casa de Simón Pedro y Andrés, y encuentra enferma con fiebre a la suegra de Pedro; la toma de la mano, la levanta y la mujer se cura y se pone a servir. En este episodio aparece simbólicamente toda la misión de Jesús. Jesús, viniendo del Padre, llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma, enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. El Señor nos da su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano con su palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano en los sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediante la absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, de estar de pie delante de Dios y delante de los hombres. Y precisamente con este contenido de la liturgia dominical el Señor se encuentra con nosotros, nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de su palabra, con el don de sí mismo.

Pero también la segunda parte de este episodio es importante; esta mujer, recién curada, se pone a servirlos, dice el evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición de los demás, y así se convierte en representación de tantas buenas mujeres, madres, abuelas, mujeres de diversas profesiones, que están disponibles, se levantan y sirven, y son el alma de la familia, el alma de la parroquia.

Como se ve en el cuadro pintado sobre el altar, no sólo prestan servicios exteriores. Santa Ana introduce a su gran hija, la Virgen, en las sagradas Escrituras, en la esperanza de Israel, en la que ella sería precisamente el lugar del cumplimiento. Las mujeres son también las primeras portadoras de la palabra de Dios del evangelio, son verdaderas evangelistas. Y me parece que este episodio del evangelio, aparentemente tan modesto, precisamente aquí, en la iglesia de Santa Ana, nos brinda la ocasión de expresar sinceramente nuestra gratitud a todas las mujeres que animan esta parroquia, a las mujeres que sirven en todas las dimensiones, que nos ayudan siempre de nuevo a conocer la palabra de Dios, no sólo con el intelecto, sino también con el corazón.

Volvamos al evangelio:  Jesús duerme en casa de Pedro, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reina la oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar. Aquí aparece el verdadero centro del misterio de Jesús. Jesús está en coloquio con el Padre y eleva su alma humana en comunión con la persona del Hijo, de modo que la humanidad del Hijo, unida a él, habla en el diálogo trinitario con el Padre; y así hace posible también para nosotros la verdadera oración. En la liturgia, Jesús ora con nosotros, nosotros oramos con Jesús, y así entramos en contacto real con Dios, entramos en el misterio del amor eterno de la santísima Trinidad.

Jesús habla con el Padre; esta es la fuente y el centro de todas las actividades de Jesús; vemos cómo su predicación, las curaciones, los milagros y, por último, la Pasión salen de este centro, de su ser con el Padre. Y así este evangelio nos enseña el centro de la fe y de nuestra vida, es decir, la primacía de Dios. Donde no hay Dios, tampoco se respeta al hombre. Sólo si el esplendor de Dios se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen de Dios, está protegido con una dignidad que luego nadie puede violar.

La primacía de Dios. Las tres primeras peticiones del “Padre nuestro” se refieren precisamente a esta primacía de Dios:  pedimos que sea santificado el nombre de Dios; que el respeto del misterio divino sea vivo y anime toda nuestra vida; que “venga el reino de Dios” y “se haga su voluntad” son las dos caras diferentes de la misma medalla; donde se hace la voluntad de Dios, es ya el cielo, comienza también en la tierra algo del cielo, y donde se hace la voluntad de Dios está presente el reino de Dios; porque el reino de Dios no es una serie de cosas; el reino de Dios es la presencia de Dios, la unión del hombre con Dios. Y  Dios quiere guiarnos a este objetivo.

El centro de su anuncio es el reino de Dios, o sea, Dios como fuente y centro de nuestra vida, y nos dice:  sólo Dios es la redención del hombre. Y la historia del siglo pasado nos muestra cómo en los Estados donde se suprimió a Dios, no sólo se destruyó la economía, sino que se destruyeron sobre todo las almas. Las destrucciones morales, las destrucciones de la dignidad del hombre son las destrucciones fundamentales, y la renovación sólo puede venir de la vuelta a Dios, o sea, del reconocimiento de la centralidad de Dios.

En estos días, un obispo del Congo en visita ad limina me dijo:  los europeos nos dan generosamente muchas cosas para el desarrollo, pero no quieren ayudarnos en la pastoral; parece que consideran inútil la pastoral, creen que sólo importa el desarrollo técnico-material. Pero es verdad lo contrario —dijo—, donde no hay palabra de Dios el desarrollo no funciona, y no da resultados positivos. Sólo si hay antes palabra de Dios, sólo si el hombre se reconcilia con Dios, también las cosas materiales pueden ir bien.

El texto evangélico, con su continuación, confirma esto con fuerza. Los Apóstoles dicen a Jesús:  vuelve, todos te buscan. Y él dice:  no, debo ir a las otras aldeas para anunciar a Dios y expulsar los demonios, las fuerzas del mal; para eso he venido. Jesús no vino —el texto griego dice:  “salí del Padre”— para traer las comodidades de la vida, sino para traer la condición fundamental de nuestra dignidad, para traernos el anuncio de Dios, la presencia de Dios, y para vencer así a las fuerzas del mal. Con gran claridad nos indica esta prioridad:  no he venido para curar —aunque lo hago, pero como signo—; he venido para reconciliaros con Dios. Dios es nuestro creador, Dios nos ha dado la vida, nuestra dignidad:  a él, sobre todo, debemos dirigirnos.

[…] La Iglesia celebra hoy en Italia la Jornada por la vida. Los obispos italianos han querido recordar en su mensaje el deber prioritario de “respetar la vida”, al tratarse de un bien del que no se puede disponer:  el hombre no es el dueño de la vida; es, más bien, su custodio y administrador. Y bajo la primacía de Dios automáticamente nace esta prioridad de administrar, de custodiar la vida del hombre, creada por Dios. Esta verdad de que el hombre es custodio y administrador de la vida constituye un punto fundamental de la ley natural, plenamente iluminado por la revelación bíblica. Se presenta hoy como “signo de contradicción” con respecto a la mentalidad dominante. En efecto, constatamos que, a pesar de que existe en general una amplia convergencia sobre el valor de la vida, cuando se llega a este punto —es decir, si se puede, o no, disponer de la vida—, dos mentalidades se oponen de manera irreconciliable.

De una forma más sencilla podríamos decir:  la primera de esas dos mentalidades considera que la vida humana está en las manos del hombre; la segunda reconoce que está en las manos de Dios. La cultura moderna ha enfatizado legítimamente la autonomía del hombre y de las realidades terrenas, desarrollando así una perspectiva propia del cristianismo, la de la encarnación de Dios. Pero, como afirmó claramente el concilio Vaticano II, si esta autonomía lleva a pensar que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces se origina un profundo desequilibrio, porque “sin el Creador la criatura se diluye” (Gaudium et spes, 36). Es significativo que el documento conciliar, en el pasaje citado, afirme que esta capacidad de reconocer la voz y la manifestación de Dios en la belleza de la creación es propia de todos los creyentes, independientemente de la religión a la que pertenezcan.

Podemos concluir que el pleno respeto de la vida está vinculado al sentido religioso, a la actitud interior con la que el hombre afronta la realidad, actitud de dueño o de custodio. Por lo demás, la palabra “respeto” deriva del verbo latino respicere (mirar), e indica un modo de mirar las cosas y las personas que lleva a reconocer su realidad, a no apropiarse de ellas, sino a tratarlas con consideración, con cuidado. En definitiva, si se quita a las criaturas su referencia a Dios, como fundamento trascendente, corren el riesgo de quedar a merced del arbitrio del hombre, que, como vemos, puede hacer un uso indebido de ellas…

Ángelus (08-02-2009): Sentido y valor de la enfermedad

Plaza de San Pedro. Domingo 8 de febrero de 2009.

Hoy el Evangelio (cf. Mc 1, 29-39) —en estrecha continuidad con el domingo precedente— nos presenta a Jesús que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga de Cafarnaúm, curó a muchos enfermos, comenzando por la suegra de Simón. Al entrar en su casa, la encontró en la cama con fiebre e, inmediatamente, tomándola de la mano, la curó e hizo que se levantara. Después de la puesta del sol, curó a una multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades. La experiencia de la curación de los enfermos ocupó gran parte de la misión pública de Cristo, y nos invita una vez más a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad en todas las situaciones en las que el ser humano pueda encontrarse. También la Jornada mundial del enfermo, que celebraremos el miércoles próximo, 11 de febrero, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, nos ofrece esta oportunidad.

Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Justamente nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos:  ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante. Por ejemplo, en el pasaje de hoy leemos que “Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios” (Mc 1, 34); en otro pasaje de san Mateo se dice que “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).

Jesús no deja lugar a dudas:  Dios —cuyo rostro él mismo nos ha revelado— es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza:  así demuestra que el reino de Dios está cerca, devolviendo a hombres y mujeres la plena integridad de espíritu y cuerpo. Digo que estas curaciones son signos:  no se quedan en sí mismas, sino que guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. El reino de Dios es precisamente la presencia de la verdad y del amor; y así es curación en la profundidad de nuestro ser. Por tanto, se comprende por qué su predicación y las curaciones que realiza siempre están unidas. En efecto, forman un único mensaje de esperanza y de salvación.

Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las numerosas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna, mostrando así el verdadero rostro de Dios, su amor. Es verdad:  ¡cuántos cristianos —sacerdotes, religiosos y laicos— han prestado y siguen prestando en todas las partes del mundo sus manos, sus ojos y su corazón a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que de ningún modo pueden valerse por sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros:  que cada uno de ellos experimente, en la solicitud de quienes están a su lado, la fuerza del amor de Dios y la riqueza de su gracia, que nos salva. Que María, Salud de los enfermos, ruegue por nosotros.

Ángelus (05-02-2012): Dios está cerca

Plaza de San Pedro. Domingo 5 de febrero de 2012.

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que cura a los enfermos: primero a la suegra de Simón Pedro, que estaba en cama con fiebre, y él, tomándola de la mano, la sanó y la levantó; y luego a todos los enfermos en Cafarnaún, probados en el cuerpo, en la mente y en el espíritu; y «curó a muchos… y expulsó muchos demonios» (Mc 1, 34). Los cuatro evangelistas coinciden en testimoniar que la liberación de enfermedades y padecimientos de cualquier tipo constituía, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública. De hecho, las enfermedades son un signo de la acción del Mal en el mundo y en el hombre, mientras que las curaciones demuestran que el reino de Dios, Dios mismo, está cerca. Jesucristo vino para vencer el mal desde la raíz, y las curaciones son un anticipo de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección.

Un día Jesús dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mc 2, 17). En aquella ocasión se refería a los pecadores, que él había venido a llamar y a salvar, pero sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la que experimentamos fuertemente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento saludable, en el que se puede experimentar la atención de los demás y prestar atención a los demás. Sin embargo, la enfermedad es siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y el sufrimiento se prolonga, podemos quedar como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del Mal? Ciertamente con el tratamiento apropiado —la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y por ello estamos agradecidos—, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a las personas a quienes sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5, 34.36). Incluso frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que humanamente es imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera que derrota radicalmente al Mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que le venía del Padre, así también nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios. Todos conocemos personas que han soportado sufrimientos terribles, porque Dios les daba una profunda serenidad. Pienso en el reciente ejemplo de la beata Chiara Badano, segada en la flor de la juventud por un mal sin remedio: cuantos iban a visitarla recibían de ella luz y confianza. Pero en la enfermedad todos necesitamos calor humano: para consolar a una persona enferma, más que las palabras, cuenta la cercanía serena y sincera.

Queridos amigos, el próximo sábado, 11 de febrero, memoria de Nuestra Señora de Lourdes, se celebra la Jornada mundial del enfermo. Hagamos también como la gente en tiempos de Jesús: presentémosle espiritualmente a todos los enfermos, confiando en que él quiere y puede curarlos. E invoquemos la intercesión de Nuestra Señora, en especial por las situaciones de mayor sufrimiento y abandono. María, Salud de los enfermos, ruega por nosotros.

Congregación para el Clero

La liturgia de la palabra, en la primera lectura, nos presenta en la figura de Job el tema del sufrimiento inocente. Job es un hombre justo pero muy probado, que dirige al Cielo un grito casi de oración rebelde, por el cansancio y la fugacidad de la propia vida. En él, el problema del sufrimiento del justo se presenta de manera muy enigmática, interiormente dolorosa y, al terminar el pasaje, la respuesta queda como abierta, suspensa en cierto sentido, a la espera de una respuesta de lo alto.

El problema encuentra un eco adecuado en la página del Evangelio, que describe también el misterio del sufrimiento físico. Aquí aparece la suegra de Pedro, afectada por la fiebre.
En este contexto, finalmente, se presenta también una respuesta, que el Señor no da con una explicación teórica, sino con un gesto. Jesús no habla con la mujer enferma, pero se acerca a ella, la toma de la mano y, según afirma el texto, “la fiebre enseguida la dejó”.
La intervención de Jesús no es una enseñanza sobre el tema del sufrimiento humano: es una intervención silenciosa y, precisamente por este silencio, llena de significado, enmarcada en una fuerte presencia de lo físico, que hunde sus raíces en el misterio insondable de la Encarnación. Él toca a la mujer, la levanta, la toma de la mano: establece una relación directa que revela la profunda y perfecta participación de Jesús en el dolor humano, en el dolor “encarnado” en la suegra de Pedro.

De este modo, el Señor ofrece la más perfecta respuesta a la pregunta de Job. Él participa en el dolor del hombre, lo comparte, lo enfrenta y lo vence. Su acción es realmente salvífica, tanto que lleva a los habitantes de Cafarnaúm a apiñarse junto a la puerta de la casa de Pedro. Conmovido por el dolor de los hombres, Jesús cura a muchos enfermos y expulsa a muchos espíritus inmundos.

Pero lo que se nos ofrece no es solamente el panorama de los que sufren y pueden ser curados. En la segunda lectura, San Pablo describe la posibilidad que tiene el hombre de participar en la obra salvífica de Cristo, contribuyendo a contrarrestar el sufrimiento con una vida dedicada al incansable anuncio del Evangelio.

Como el Apóstol, cada cristiano es llamado a trabajar en la “viña del Señor”, en la Iglesia, para salvar “a cualquier precio” a alguno, curándolo, o sea, rogando al Señor que, si es útil para la salvación eterna, sane también hoy las enfermedades físicas, como ocurre aún en muchísimos casos. Además, se trata de cooperar en la curación de las enfermedades interiores y espirituales de quienes tenemos cerca. Con el ejemplo de vida –debe ser una vida de fe, una vida santa- estamos llamados a desafiar al mundo ofreciendo la alternativa de un estilo profundamente cristiano, capaz de dar una respuesta concreta al problema del mal, aun en las pruebas que hay que afrontar, pidiendo la fuerza del Espíritu para superarlas.

Entonces el sufrimiento, incluso del justo, puede realmente transformarse en “bendición”. Esto sucede si llega a hacerse ocasión para que Dios intervenga directamente en la vida del hombre. Para el hombre, si es ocasión de contemplar la “participación” y la proximidad de Dios en la propia existencia. Y, sobre todo, si es ocasión de completar en uno mismo lo que falta a los sufrimientos de Cristo y de participar así, misteriosa y realmente, en la obra universal de la salvación.

La Santísima Virgen María, experta en el sufrimiento, pero sobre todo en el significado del sufrimiento “junto” a su Hijo, nos obtenga de la Divina Providencia la luz y la fuerza necesarias para vivir cada circunstancia con la fe de su stabat, que la distinguió al pie de la Cruz.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El domingo quinto nos lleva a contemplar a un Jesús que salva a todo el hombre –curación de enfermos en su cuerpo y sanación de endemoniados en su espíritu– y a todos los hombres –las multitudes que acuden a Él–. De ese modo levanta de su postración y abatimiento –a la suegra de Pedro «la cogió de la mano y la levantó»– a los hombres que bajo el peso del mal ven pasar sus días como un soplo y consumirse sin dicha y sin esperanza –personificados en Job 7,1-4.6-7–.

¡Ay de mí si no evangelizo!

1Cor 9,16-19.22-23

«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!». Estas palabras de san Pablo son para todos. Anunciar el evangelio es un deber, una obligación que incumbe a todo cristiano. Todo bautizado es hecho profeta para proclamar ante el mundo las hazañas maravillosas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz admirable. Todo cristiano es un apóstol, un enviado de Cristo en el mundo. Para anunciar el evangelio no hace falta subir a un púlpito. Podemos hablar de Cristo en casa y por la calle, a los vecinos y a los compañeros de trabajo, con nuestra palabra y con nuestra vida. ¡Pero es necesario que lo hagamos! No podemos seguir pensando que es tarea sólo de los sacerdotes. ¿Cómo puede creer la gente sin que alguien les hable de Cristo? (Rom 10,14). Esta es la maravillosa y sublime misión que nos encarga el Señor.

«Me he hecho todo a todos para ganar, como sea, a algunos». ¡Admirable testimonio de san Pablo! Hacerse todo a todos significa renunciar a sus costumbres, a sus gustos, a sus formas… Y todo para que se salven, para llevarles al evangelio. Exactamente lo que hizo el mismo Cristo, que se despojó de su rango y se hizo uno de nosotros para hablarnos al modo humano, con palabras y gestos que pudiéramos entender. A la luz de esto, nunca podemos decir que hemos hecho bastante para llevar a los demás a Cristo. Un rasgo esencial del evangelizador es este amor ardiente a los hombres que le lleva a despojarse de sí mismo para darles a Cristo.

«…Sin usar el derecho que me da la predicación de esta Buena Noticia». San Pablo reconoce que el que predica tiene derecho a vivir el evangelio (v. 14). Sin embargo, gustosamente ha renunciado a este derecho, no recibiendo nada de los corintios y trabajando con sus propias manos, «para no crear obstáculo alguno al evangelio» (v. 12). El que anuncia el evangelio debe dar testimonio de absoluto desinterés, renunciando incluso a lo justo y a lo necesario. Sólo así podrá ser testigo creíble de una palabra que anuncia el amor gratuito de Dios. Sin ello el anuncio del evangelio no puede dar fruto. «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8-10).

Todos te buscan

Mc 1,29-39

«Todos te buscan». Estas palabras de los discípulos centran la atención en la persona de Jesús. «¿Quién es éste?» (Mc 4,41). Jesús es la «luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). «En Él quiso Dios que residiera toda la plenitud» (Col 1,19). Todo hombre ha sido creado para Cristo y todo hombre –aun sin saberlo– busca a Cristo; incluso el que le rechaza, en el fondo necesita a Cristo. Su búsqueda de alegría, de bien, de justicia, es búsqueda de Cristo, el único que puede colmar todos los anhelos del corazón humano. Y el cristiano debe estar cierto de ello para presentar sin temor Cristo a los hombres con obras y palabras.

Es enormemente bello en los evangelios el misterio de la oración de Jesús. El Hijo de Dios hecho hombre vive una continua y profunda intimidad con el Padre. A través de su conciencia humana Jesús se sabe intensamente amado por el Padre. Y su oración es una de las expresiones más hermosas de su conciencia filial. Se sabe recibiéndolo todo del Padre y a Él lo devuelve todo en una entrega perfecta de amor agradecido.

San Marcos nos presenta a Jesús realizando curaciones. De esta manera se expresa mejor que con palabras su poder de salvar del pecado (Mc 2,9-11). Con este evangelio la Iglesia quiere afianzar nuestra fe en este Jesús que es capaz de sanar a un mundo –el nuestro– y a unos hombres –nuestros hermanos y nosotros mismos– profundamente enfermos. Cristo puede hacerlo; la única condición para hacer el milagro es nuestra fe: «¿Crees que puedo hacerlo?» (Mt 9,28).

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico (IV)

Todos tenemos profunda necesidad de la redención de Cristo. Y esta necesidad tiene sus raíces en nuestra propia condición humana: débil, limitada y siempre amenazada por el misterio del pecado, del dolor y del sufrimiento. Esto es un enigma, que sólo a la luz de la fe cristiana encuentra su interpretación exacta y salvífica. Una concepción racionalista de la vida no hace más que aumentar el dolor y la angustia del hombre e, incluso, puede llevarle hasta la desesperación. Por el contrario, la Iglesia nos enseña, como hoy lo hace en su liturgia, a iluminar el problema del dolor a la luz de la revelación divina. El Vaticano II dice: «Éste es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida» (Gaudium et spes 22).

Job 7,1-4.6-7: Me asignan noches de fatiga y mis días se consumen sin esperanza. El libro de Job proclama la trascendencia de Dios eterno sobre las limitaciones de la vida humana en el tiempo. El dolor y el sufrimiento son, para el hombre, un signo de sus limitaciones y de su debilidad, y al mismo tiempo una llamada providencial, para purificar su vida y buscar en Dios la salvación. Comenta San Agustín:«… Viéndose en el padecimiento de tantos males, dice Job: “¿acaso no es la vida humana una milicia sobre la tierra?” (7,1). Hallándose, pues, Job en esta vida humana, se halla, sin duda, en medio de la tentación. Y quiere verse libre de tal prueba. Hasta él echa de menos la vida en que no existe tentación. Si la echa de menos, eso significa que aún no es feliz.«En consecuencia, tampoco es feliz ningún hombre que puedas imaginar, describir, diseñar o desear. No lo encontrarás. En esta tierra nadie puede ser feliz… Y qué gran bien hay en la paciencia… Resistimos en esta vida terrena gracias a ella. Quien no la tenga desfallecerá y quien desfallezca no llegará a la patria deseada» (Sermón 396 A, 6-7).

–El Señor es roca en nuestra debilidad y alegría en nuestras penas. Por eso en el Salmo 146 proclamamos: «Alabad al Señor que sana los corazones quebrantados. Alabad al señor que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel. Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes»…

1 Corintios 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! La Iglesia, responsable y depositaria de la obra redentora de Cristo, siente a diario hondamente la necesidad que todos los hombres tienen del Evangelio de salvación. Y la evangelización es misión de todos los cristianos, cada uno según su vocación y circunstancia. Dice San Gregorio Nacianceno:«Jesús, que desde el principio acogió a los pecadores, va de un lugar a otro (Mt 19,1). ¿Con qué fin? No sólo para ganar un mayor número de hombres para el amor de Dios, frecuentando su trato, sino también, a mi parecer, para santificar un mayor número de lugares. Se hizo judío para el judío, para ganar a los judíos. Para rescatar a los que estaban bajo la Ley, se sujetó a la Ley. Con los débiles se hizo débil, a fin de salvar a los débiles; se hizo, en fin, todo a todos, para ganar a todos (1 Cor 9,19-23)» (Sermón 37,1).Y San Gregorio de Nisa: «Considerando que Cristo es la Luz verdadera, sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la Luz verdadera. Los rayos del Sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos… y para que, obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras» (Tratado sobre la ejemplaridad cristiana).

Marcos 1,29-30: Curó de diversos males a muchos enfermos. Cristo Jesús, el Siervo de Dios, padeciendo por los pecados de los hombres (Is 52,13ss.), ha tomado sobre su Corazón redentor nuestras miserias y debilidades, y ha orientado eficazmente nuestras vidas hacia la salvación definitiva y eterna. San Cirilo de Alejandría escribe:Jesús, «una vez vencido Satanás, y coronada la naturaleza humana con la victoria conseguida sobre él, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu, utilizando su poder para obrar milagros varios y causando gran admiración. Obraba milagros, recibiendo la gracia no del exterior y dada por el Espíritu, como ocurría en los otros santos, sino porque es el Hijo natural y verdadero de Dios Padre, y heredero de todo lo que le es propio» (Comentario al Evangelio de San Lucas).

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