Domingo VI Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Lv 13, 1-2. 44-46: El leproso tendrá su morada fuera del campamento
- Salmo: Sal 31, 1-2. 5. 11: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación
- 2ª Lectura: 1 Co 10, 31: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo
+ Evangelio: Mc 1, 40-45: La lepra se le quitó y quedó limpio



Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1979)

Basílica de San Pedro, 11-02-1979

[…] 2. El Señor Jesús, en el Evangelio de hoy, encuentra a un hombre gravemente enfermo: un leproso que le pide: “Si quieres puedes limpiarme” (Mc 1,40). E inmediatamente después Jesús le prohíbe divulgar el milagro realizado, es decir, hablar de su curación. Y aunque sepamos que ” Jesús iba… predicando el, Evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,35), sin embargo la restricción, “la reserva” de Cristo respecto a la curación que El había realizado es significativa. Quizá hay aquí una lejana previsión de aquella “reserva”, de aquella cautela con que la Iglesia examina todas las presuntas curaciones milagrosas, por ejemplo, las que desde hace más de cien años se realizan en Lourdes. Es sabido a qué severos controles médicos se somete cada una de ellas.

La Iglesia ruega por la salud de todos los enfermos, de todos los que sufren, de todos los incurables humanamente condenados a invalidez irreversible. Ruega por los enfermos y ruega con los enfermos. Acoge cada curación, aunque sea parcial y gradual, con el mayor reconocimiento. Y al mismo tiempo con toda su actitud hace comprender —como Cristo— que la curación es algo excepcional, que desde el punto de vista de la “economía” divina de la salvación es un hecho extraordinario y casi “suplementario”.

3. Esta economía divina de la salvación —como la ha revelado Cristo— se manifiesta indudablemente en la liberación del hombre de ese mal que es el sufrimiento “físico”. Pero se manifiesta aún más en la transformación interior de ese mal que es el sufrimiento espiritual, en el bien “salvífico”, en el bien que santifica al que sufre y también, por medio de él, a los otros…

[Cristo nos invita esencialmente a “seguirle”] Estas palabras no tienen la fuerza de curar, no libran del sufrimiento. Pero tienen una fuerza transformante. Son una llamada a ser un hombre nuevo, a ser particularmente semejante a Cristo, para encontrar en esta semejanza, a través de la gracia, todo el bien interior en lo que de por sí mismo es un mal que hace sufrir, que limita, que quizá humilla o trae malestar. Cristo que dice al hombre que sufre “ven y sígueme”, es el mismo Cristo que sufre Cristo de Getsemaní, Cristo flagelado, Cristo coronado de espinas, Cristo caminando con la cruz, Cristo en la cruz… Es el mismo Cristo que bebió hasta el fondo el cáliz del sufrimiento humano “que le dio el Padre” (cf. Jn Jn 18,11). El mismo Cristo que asumió todo el mal de la condición humana sobre la tierra, excepto el pecado, para sacar de él el bien salvífico: el bien de la redención, el bien de la purificación, y de la reconciliación con Dios, el bien de la gracia.

Queridos hermanos y hermanas, si el Señor dice a cada uno de vosotros: “ven y sígueme”, os invita y os llama a participar en la misma transformación, en la misma transmutación del mal del sufrimiento en el bien salvífico: de la redención, de la gracia, de la purificación, de la conversión… para sí y para los demás.

Precisamente por esto San Pablo, que quería tan apasionadamente ser imitador de Cristo, afirma en otro lugar: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1,24).

Cada uno de vosotros puede hacer de estas palabras la esencia de la propia vida y de la propia vocación.

Os deseo una transformación tal que es “un milagro interior”, todavía mayor que el milagro de la curación; esta transformación que corresponde a la vía normal de la economía salvífica de Dios como nos la ha presentado Jesucristo. Os deseo esta gracia y la imploro para cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas.

Congregación para el Clero

«Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 11,1) Las palabras de San Pablo resuenan fuertemente en la liturgia de este sexto Domingo del Tiempo Ordinario y nos señalan cuál es el camino de la vida: la imitación de Cristo. Pero es una imitación que, si se entiende en sentido voluntarioso, ninguno es capaz de alcanzar. Solamente aquellos a los que Cristo da la gracia de conocerlo y de imitarlo, de vivir el ensimismamiento con Él, pueden lograrla.

La vida de quienes, como el apóstol Pablo, acogen totalmente esta gracia, se hace ocasión de encuentro y de real seguimiento del Señor, también para los hermanos. Esta es la vida de los santos: han llegado a ser una sola cosa con Cristo y, presentando la fascinación, la belleza y la permanente novedad de estar en Él, son “caminos concretos” para vivir realmente en relación con Él.

Basta pensar en los grandes santos como san Benito de Nursia, san Francisco de Asís, santo Domingo de Guzmán: cuántos, a lo largo de la historia, han emprendido un camino de santificación, reconocido por la Iglesia como don del Espíritu.

¿Cómo se puede imitar a los santos? ¿En qué consiste su santidad? ¿De qué manera nos ha sido dado poder hacer algo para abrazar, como ellos, nuestra nueva identidad bautismal de hijos de Dios? De ellos no podemos, sin duda, imitar las obras, que fueron suscitadas por el Espíritu Santo en un determinado lugar y tiempo, para el bien de toda la Iglesia y de la humanidad. Pero podemos imitar su corazón, es decir, pidiendo y buscando la misma sed de verdad y de bien que ellos tuvieron; su total disponibilidad para la obra de Dios –la obra que Dios quiere realizar en cada uno de nosotros- y su prontitud para adherirse, con todo su ser, a su Voluntad.

Debemos pedir la verdadera humildad, la que vemos en el leproso del evangelio, que supo encaminarse hacia Cristo –“vino hacia Él un leproso”- y suplicarle –“le suplicaba de rodillas”- poniendo en sus manos toda su vida: “¡si quieres, puedes limpiarme!”.

Pero podemos preguntarnos: ¿qué fue lo que movió al leproso a este completo abandono a la Voluntad de Otro? ¿Qué movió a los santos a dejar la propia vida a los pies de Cristo, para que hiciera con ella lo que quisiera? ¿Qué es lo que puede llevarnos a esta completa confianza en Él, para que nos limpie de verdad? No puede ser más que la profunda certeza que animó al Corazón de María delante del anuncio del Ángel y al pie de la Cruz; la que dio fuerzas a San José para cumplir lo  que Dios quería; la que sostuvo a los apóstoles frente al martirio: la compasión de Dios inclinada hacia nosotros, la misericordia del Padre Eterno que ha bajado a la tierra y ha asumido un rostro humano.

Cristo es nuestro único Bien y no quiere otra cosa más que nuestro bien. Él nació y murió por este motivo; resucitó y está aquí, presente en la Eucaristía, para esto. Por eso podemos abandonarnos en Él sin reservas; podemos ir hasta Él y, arrodillándonos suplicantes, podemos depositar en su Voluntad toda nuestra vida, para sentir que, hoy como ayer, Él nos dice: “¡Quiero, queda limpio!”

Manuel Garrido B.: Año Litúrgico Patrístico (IV)

Antífonas y oraciones

Entrada: «Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde me salve, tú, que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame» (Sal 30,3-4).

Colecta (Gelasiano): «Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios y sinceros de corazón, concédenos vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros».

Ofertorio (del Misal anterior, con retoques tomados del Veronense): «Señor, que esta oración nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa para los que cumplen tu voluntad».

Comunión: «Comieron y se hartaron; así el Señor satisfizo su avidez» (Sal 77,29-30). «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3,16).

Postcomunión (del Misal anterior, con retoques tomados del Gelasiano): «Alimentados con el manjar del cielo, te pedimos, Señor, que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera».

Lecturas

La realidad salvadora de Cristo se hace luz para nosotros por el don de la fe. Ella es la luz sobrenatural que nos infunde los mismos criterios y sentimientos propios del Corazón de Jesús, en su relación con el Padre y con los hombres. La santidad cristiana no depende, pues, del formalismo puritano de una fidelidad material a unos preceptos, sino de la fe y del amor a Dios que, a través de la fidelidad a esos preceptos, aseguran nuestra conducta de hijos y nos impulsan a buscar en cada momento su Voluntad amorosa, que está empeñada en perfeccionar la vida nuestra de cada día.

Levítico 13,1-2.44-46El leproso vivirá solo, y tendrá su morada fuera del campamento. La ley mosaica, además de proclamar la santidad trascendente del Señor, velaba también por el bien común del pueblo a Él consagrado. Ésta es la razón de sus preceptos sobre la pureza cultual y comunitaria. La lepra aquí aparece como símbolo del pecado y de sus consecuencias.En efecto, cuando el hombre peca gravemente, se arruina para sí mismo y para Dios. Anda perdido, sin sentido y sin dirección, pues el pecado desorienta y extravía. El pecado es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano. En unos pocos momentos de malicia ha negado a Dios y se ha negado también a sí mismo. Su vida honrada, su vocación, las promesas que un día hiciera él mismo o hicieron por él en el bautismo, las esperanzas que Dios había puesto en él, su pasado, su futuro, todo se ha venido abajo… Queda como un leproso, solo, fuera del campamento, sin participación en la vida de la Iglesia, de la que se ha excluído. Por eso dice San Juan Crisóstomo:«El pecado no sólo es nocivo para el alma, sino también para el cuerpo, porque a causa de él el fuerte se hace débil, el sano enfermo, el ligero pesado, el hermoso deforme y viejo» (Homilía sobre 1 Corintios 99).Pero toda esa ruina podrá ser restaurada, por la misericordia del Salvador, con el arrepentimiento y con el sacramento de la penitencia.–

Con el Salmo 31 proclamamos: «Tú, Señor, eres mi refugio; me rodeas de cantos de liberación. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta su delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito. Propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado».El sacramento de la penitencia nos hace pasar de la muerte a la vida, de la enfermedad a la salud espiritual.

2 Corintios 10,31–11,1Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. En la ley nueva no basta la santidad legalista o cultual. La salvación evangélica es obra de la fe, que da siempre la primacía a la caridad interior y exterior (Gál 5,6). Es la santidad de un corazón nuevo. La ley fundamental de la convivencia entre cristianos es la caridad. En la medida en que nos amamos, encontramos los puntos de acuerdo y de fraternidad, sabiendo todos renunciar a cualquier cosa en favor de los hermanos. El criterio último de nuestra conducta es siempre imitar a Cristo, que en todo ha buscado la gloria del Padre y el bien de los hombres. La vida cristiana ha de ser en todas sus manifestaciones una fiel imitación de Cristo, abriéndose a la acción de su Espíritu. San Gregorio Magno afirma:«Tanto los predicadores del Señor como los fieles deben estar en la Iglesia de tal manera que compadezcan al prójimo con caridad; pero sin separarse de la vía del Señor por una falsa compasión» (Homilía 37 sobre los Evangelios).

Marcos 1,40-45Le desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús ha venido a perfeccionar la ley. Él no desprecia la fidelidad a los preceptos, pero supera el formalismo puritano con una caridad verdadera ante las necesidades de los hombres, sus hermanos. Cristo tiene compasión del leproso, no sólo por lo horrible de la enfermedad, sino también por el estado de muerte civil y religiosa que, según la ley, implicaba.Nosotros podemos ver en el leproso del Evangelio no solo una imagen del pecador, sino también un símbolo de todos los marginados de la sociedad. A todos hemos de tender nuestra mano en una ayuda fraternal y verdadera. Pero hemos de tener siempre conciencia de que no seremos solidarios con los demás, sino en la medida en que seamos fieles al Padre. Nada frena tanto el buen desarrollo de la ciudad terrena como la pretensión del hombre de bastarse a sí mismo en su búsqueda perso-nal y comunitaria de la felicidad. Siempre lleva a Dios el amor que procede de Él mismo. San Pedro Crisólogo elogia la fuerza transformadora de la verdadera caridad, aquella que participa de la fecundidad del amor divino: «La fuerza del amor no mide las posibilidades, ignora las fronteras, no reflexiona, no conoce razones. El amor no se resigna ante la imposibilidad, no se intimida ante ninguna dificultad» (Sermón 147).

Julio A. Ampuero: Año Litúrgico

El domingo sexto nos encara con otro acto sumamente revelador de Jesús (1,40-45). Al leproso, que estaba totalmente marginado de la sociedad humana y de la comunidad religiosa (1ª lectura: Lev 13,1-2.44-46), Jesús no sólo no le rechaza, sino que se acerca a él y le toca: de ese modo el que era impuro queda purificado, sanado y reintegrado a la normalidad al ser tocado por el Santo de Dios. Aunque Jesús le impone silencio, el gozo de la salvación es demasiado grande como para seguir callado.

Todo para gloria de Dios: 1Cor 10,31-11,1

«Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios». El cristiano, consagrado por el bautismo, puede y debe ver todo santamente. El valor de lo que hacemos no está en lo externo, sino en cómo lo hacemos. Cristo en los treinta años de su vida oculta no hizo cosas grandes o vistosas; vivió con un corazón lleno de amor a su Padre y a los hombres las cosas pequeñas e insignificantes. Y esos actos tenían un valor infinito y estaban redimiendo al mundo. Lo mismo nosotros: la vida cotidiana, sencilla y corriente, puede tener un inmenso valor. No esperemos a hacer cosas grandes. Hagamos grande lo pequeño. Todo puede ser orientado a la gloria de Dios. Todo: la comida, la bebida, cualquier cosa que hagamos… Cristo ha asumido todo lo humano y nada debe quedar fuera de la órbita del Señor.

«No deis motivo de escándalo…» Esta advertencia de san Pablo es también para nosotros. Incluso sin quererlo positivamente, sin darnos cuenta, podemos estar poniendo estorbos para que otros se acerquen a Cristo. Escándalo es todo lo que sirve de tropiezo al hermano o le frena en su entrega al Señor. Nuestra palabra poco evangélica, nuestra conducta mediocre o incoherente, son escándalo para el hermano por el que Cristo murió. Y las palabras de Cristo sobre el escándalo son terribles: «¡Ay del que escandaliza! Más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar» (Mt 18,6).

«Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo». Sólo la imitación de Cristo no escandaliza. Al contrario, estimula en el camino del evangelio. Cuando vemos a alguien seguir el ejemplo de Cristo, comprobamos que su palabra se puede cumplir y ese ejemplo aviva nuestra esperanza. En cambio, decir una cosa y hacer otra es escandaloso, porque es dar a entender con nuestras obras que el evangelio no se puede cumplir o que estas cosas están bien para decirlas pero no para vivirlas…

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