Vigilia de Pentecostés (Ciclo B): Homilías

Lecturas (Solemne Vigilia de Pentecostés – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

1ª) Gén 11, 1-9: Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
Sal 32: R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
2ª) Ex 19, 3-8a. 16-20b: El Señor bajó al monte Sinaí, a la vista del pueblo.
Dan 3, 52-56: R. A ti, gloria y alabanza por los siglos. O bien:
Sal 18, 8-11: R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
3ª) Ez 37, 1-14: Huesos secos, traeré sobre vosotros espíritu, y viviréis.
Sal 106: R. Dad gracias al Señor, porque es eterna tu misericordia.
4ª) Jl 3, 1-5: Sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu.
Sal 103: R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
5ª) Rom 8, 22-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables.
6ª) Jn 7, 37-39: Manarán torrentes de agua viva.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ireneo, obispo

Tratado contra las herejías

Lib 3, 17 1-3: SC 34, 302-306 – Liturgia de las Horas

El envío del Espíritu Santo

El Señor dijo a los discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios.

Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.

Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas, al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.

Por esto el Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.

Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.

El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quien nos acusa, tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis: Audiencia General (30-05-1979)

Pentecostés, fiesta de la evangelización

1. Ya en las primeras frases de los Hechos de los Apóstoles leemos que Jesús, después de su pasión y resurrección, “se presentó a ellos vivo… con muchas pruebas evidentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Act 1, 3). Entonces anunció que, pasados no muchos días, serían “bautizados en el Espíritu Santo” (Act 1, 5). Y antes de la separación definitiva, como observa el autor de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas, pero ahora en su Evangelio, les ordenó “…permanecer en la ciudad, hasta que seáis revestidos del poder de lo alto” (Lc 24, 49). Por eso, los Apóstoles, después que Él los dejó, subiendo al cielo, “volvieron a Jerusalén” (Lc 24, 52), donde —como informan de nuevo los Hechos— “perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús” (Act 1, 14). Ciertamente el lugar de esta oración común, recomendada explícitamente por el Maestro, era el templo de Jerusalén, como leemos al final del Evangelio de San Lucas (24, 53). Pero era también el Cenáculo, como se deduce de los Hechos de los Apóstoles. El Señor Jesús les había dicho; “pero recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra” (Act 1, 8).

Año tras año, la Iglesia en su liturgia celebra la Ascensión del Señor cuarenta días después de la Pascua. Año tras año, también ese período de diez días, que van de la Ascensión a Pentecostés, transcurre en oración al Espíritu Santo. En cierto sentido la Iglesia, año tras año se prepara al aniversario de su nacimiento. Ella —como enseñan los Padres— nació en la cruz el Viernes Santo; pero manifestó su nacimiento ante el mundo el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles fueron “revestidos del poder de lo alto” (Act 1, 5). “Ubi enim Ecclesia, ibi et Spiritus Dei; et ibi Spiritus Dei, illic Ecclesia at omnis gratia: Spiritus autem veritas” (Donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia: el Espíritu es la verdad) (S. Ireneo, Adversus haereses III, 24, 1: PG 7, 966).

2. Procuremos perseverar en este ritmo de la Iglesia. Durante éstos días ella nos invita a participar en la novena al Espíritu Santo. Se puede decir que, entre las diversas novenas, ésta es la más antigua; que nació, en cierto sentido, por institución de Cristo Señor. Es claro que Jesús no ha señalado las oraciones que debemos rezar durante estos días. Pero indudablemente recomendó a los Apóstoles pasar estos días en oración, esperando la venida del Espíritu Santo. Esta recomendación era válida no sólo entonces. Es válida siempre. Y el período de diez días después de la Ascensión del Señor lleva en sí, cada año, la misma llamada del Maestro. Encierra también en sí el mismo misterio de la gracia, vinculada al ritmo del tiempo litúrgico. Es necesario aprovechar este tiempo. Procurar recogernos de modo especial y, en cierto sentido, entrar en el cenáculo junto con María y los Apóstoles, preparando el alma para recibir al Espíritu Santo, y su acción en nosotros. Todo esto tiene una gran importancia para la madurez interna de nuestra fe, de nuestra vocación cristiana. Y tiene también una gran importancia para la Iglesia como comunidad: cada una de las comunidades en la Iglesia y toda la Iglesia, como comunidad de todas las comunidades, maduren, año tras año, mediante el Don de Pentecostés.

“El soplo oxigenador del Espíritu ha venido a despertar en la Iglesia energías latentes, a suscitar carismas adormecidos, a infundir aquel sentido de vitalidad y de alegría que, en cada época de la historia, hace joven y actual a la Iglesia, dispuesta y feliz para anunciar su eterno mensaje a los tiempos nuevos” (Pablo VI, Discurso a los Emmos. Cardenales, 21 de diciembre de 1973: AAS 66, 1974, 18; L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 30 diciembre 1973, pág. 3).

También este año es necesario prepararse para la aceptación de este Don. Procuremos participar en la oración de la Iglesia. “… Il est imposible d’entendre l’Esprit sans écouter ce qu’il dit a l’Eglise” (es imposible entender al Espíritu sin escuchar lo que Él dice a la Iglesia) (H. de Lubac, Meditations sui l’Eglise, París, 1973, Aubier 168).

Oremos también a solas. Hay una oración especial que resonará con la debida fuerza en la liturgia de Pentecostés; pero podemos repetirla frecuentemente, sobre todo en el período actual de espera: “Ven, Espíritu Santo/ y mándanos desde el cielo/ un rayo de tu luz./ Ven, padre de los pobres,/ ven, dado de los dones,/ ven, luz de los corazones,/ …dulce huésped del alma/ y dulcísimo consuelo./ Descanso en la fatiga,/ alivio en el bochorno/ y en nuestro llanto consuelo./ …Lava lo que está manchado,/ riega lo que está seco,/ sana lo que está enfermo./ Doblega lo que está rígido,/ calienta lo que está frío,/ endereza lo extraviado./

Quizá algún día volveremos otra vez sobre esta magnífica secuencia y procuraremos comentarla. Hoy baste sólo un breve recuerdo de algunas palabras y frases.

Dirigimos, pues, nuestras plegarias en este tiempo al Espíritu Santo. Pedimos sus dones. Pedimos por la transformación de nuestras almas. Pedimos fortaleza en la confesión de la fe, coherencia de la vida con la fe. Pedimos por la Iglesia para que realice su misión en el Espíritu Santo, a fin de que la acompañe el consejo y el Espíritu del Esposo y de su Dios (cf. Sanctus Bernardus, In vigilia Nativitatis Domini, Sermo 3, n. 1: PL 183, 941). Pedimos por la unión de todos los cristianos. Por la unión en realizar la misma misión.

3. La descripción de este momento en el que los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén recibieron el Espíritu Santo, está unida de modo particular con la revelación de las lenguas. Leemos: “Se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre vado uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse” (Act 2, 2-4). El suceso, que tuvo lugar en el Cenáculo, no pasó desapercibido fuera, entre la gente que entonces se encontraba en Jerusalén, y eran —como leemos— judíos de diversas naciones: “…se juntó una muchedumbre, que se quedó confusa, al oírles hablar a cada uno en su propia lengua” (Act 2, 6). Y los que se admiraban así, oyendo hablar la propia lengua, son enumerados sucesivamente en la descripción de los Hechos de los Apóstoles: “Partos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” (Act 2, 9-11). Todos estos oían el día de Pentecostés a los Apóstoles, que eran galileos, hablar en sus propias lenguas y anunciar las grandezas de Dios (cf. Act 2, 11).

Así, pues, Pentecostés es el día del anuncio visible y perceptible de la realización del mandato de Cristo: “Id… y enseñad a todas las gentes” (Mt 28, 19). Mediante la revelación de las lenguas vemos ya, en cierto modo, y percibimos a la Iglesia que, cumpliendo este mandato, nace y vive entre las distintas naciones de la tierra.

Dentro de algunos días, en la celebración del jubileo de San Estanislao, tendré la suerte de ir a Polonia, a mi patria. Precisamente allí celebraré Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo. Con este motivo he agradecido ya más de una vez al Episcopado y a las Autoridades estatales polacas esta invitación. Hoy lo reitero una vez más.

En esta perspectiva, deseo manifestar mi particular alegría porque a esa revelación de las lenguas, en el día de Pentecostés, se han añadido también, a lo largo de la historia, cada una de las lenguas eslavas desde Macedonia a través de Bulgaria, Croacia, Eslovenia, Bohemia, Eslovaquia, Lusacia, en occidente. Y del Oriente: Rús (hoy llamada Ucrania), Rusia y Bielorrusia. Deseo manifestar alegría especial porque a la revelación de las lenguas en el Cenáculo de Jerusalén, el día de Pentecostés, se añada también mi nación y su lengua: la lengua polaca.

Ya que se me ofrece la oportunidad de visitar mi Patria en la solemnidad de Pentecostés, deseo expresar mi agradecimiento porque el Evangelio es anunciado desde hace tantos siglos en todas estas lenguas y particularmente en mi lengua nacional. Y al mismo tiempo deseo servir a esta importante causa de nuestro tiempo: para que “las grandezas de Dios” continúen anunciándose con fe y con valentía como siembra de la esperanza y del amor que Cristo ha injertado en nosotros, mediante el Don de Pentecostés.

Homilía (02-06-1979)

Peregrinación Apostólica a Polonia. Varsovia, Plaza de la Victoria. Sábado 2 de junio de 1979

2. Me es dado hoy, en la primera etapa de mi peregrinación papal a Polonia, celebrar el Sacrificio Eucarístico en Varsovia, en la plaza de la Victoria. La liturgia de la tarde del sábado, vigilia de Pentecostés, nos lleva al Cenáculo de Jerusalén en el que los Apóstoles —reunidos en torno a María, Madre de Cristo— recibieron, al día siguiente, el Espíritu Santo. Recibieron el Espíritu que Cristo, por medio de la cruz, obtuvo para ellos, a fin de que con la fuerza de este Espíritu pudieran cumplir su mandato. “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Con estas palabras Cristo el Señor, antes de dejar el mundo, transmitió a los Apóstoles su último encargo, su “mandato misionero”. Y añadió: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20).

Es providencial que mi peregrinación a Polonia, con ocasión del IX centenario del martirio de San Estanislao, coincida con el período de Pentecostés, y con la solemnidad de la Santísima Trinidad. De este modo puedo, realizando el deseo póstumo de Pablo VI, vivir una vez más el milenio del bautismo en tierra polaca, y encuadrar el jubileo de San Estanislao de este año en este milenio, con el que empezó la historia de la nación y de la Iglesia. Precisamente la solemnidad de Pentecostés y de la Santísima Trinidad nos acercan a este comienzo. En los Apóstoles, que reciben el Espíritu Santo el día de Pentecostés, están ya de alguna manera espiritualmente presentes todos sus Sucesores, todos los obispos. también aquellos a quienes tocaría, mil años después, anunciar el Evangelio en tierra polaca. También este Estanislao de Szczepanów, el cual pagó con la sangre su misión en la cátedra de Cracovia hace nueve siglos.

Y entre estos Apóstoles —y alrededor de ellos— el día de Pentecostés, están reunidos no sólo los representantes de aquellos pueblos y lenguas, que enumera el libro de los Hechos de los Apóstoles. Ya entonces estaban reunidos a su alrededor diversos pueblos y naciones que, mediante la luz del Evangelio y la fuerza del Espíritu Santo, entrarán en la Iglesia en distintas épocas y siglos. El día de Pentecostés es el día del nacimiento de la fe y de la Iglesia también en nuestra tierra polaca. Es el comienzo del anuncio de grandes cosas del Señor, también en nuestra lengua polaca. Es el comienzo del cristianismo también en la vida de nuestra nación: en su historia, en su cultura, en sus pruebas.

3. a) La Iglesia llevó a Polonia Cristo, es decir, la clave para comprender esa gran y fundamental realidad que es el hombre. No se puede de hecho comprender al hombre hasta el fondo sin Cristo. O más bien, el hombre no es capaz de comprenderse a sí mismo hasta el fondo sin Cristo. No puede entender quién es, ni cuál es su verdadera dignidad, ni cuál es su vocación, ni su destino final. No puede entender todo esto sin Cristo.

Y por esto no se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte del globo, y en ninguna longitud y latitud geográfica. Excluir a Cristo de la historia del hombre es un acto contra el hombre. Sin El no es posible entender la historia de Polonia, y sobre todo la historia de los hombres que han pasado o pasan por esta tierra. Historia de los hombres. La historia de la nación es sobre todo historia de los hombres. Y la historia de cada hombre se desarrolla en Jesucristo. En El se hace historia de la salvación.

La historia de la nación merece una adecuada valoración según la aportación que ella ha dado al desarrollo del hombre y de la humanidad, a la inteligencia, al corazón y a la conciencia. Esta es la corriente de cultura más profunda. Y es su apoyo más sólido. Su médula, su fuerza. Sin Cristo no es posible entender y valorar la aportación de la nación polaca al desarrollo del hombre y de su humanidad en el pasado y su aportación también hoy: “Esta vieja encina ha crecido asf y no la ha abatido viento alguno, porque su raíz es Cristo” (Piotr Skarga, Kazania sejmowe IV, Biblioteca Narodowa, I, 70, pág. 92). Es necesario caminar siguiendo las huellas de lo que (o más bien, quien) fue Cristo. a través de las generaciones, para los hijos e hijas de esta tierra. Y esto no solamente para aquellos que creyeron abiertamente en El y lo han profesado con la fe de la Iglesia, sino también para aquellos que aparentemente estaban alejados, fuera de la iglesia. Para aquellos que dudaban o se oponían.

3. b) Si es justo entender la historia de la nación a través del hombre, cada hombre de esta nación, entonces simultáneamente no se puede comprendes al hombre fuera de esta comunidad que es la nación. Es natural que ésta no sea la única comunidad, pero es una comunidad especial, quizá la más íntimamente ligada a la familia, la más importante para la historia espiritual del hombre. Por lo tanto no es posible entender sin Cristo la historia de la nación polaca —de esta gran comunidad milenaria— que tan profundamente incide sobre mí y sobre cada uno de nosotros. Si rehusamos esta clave para la comprensión de nuestra nación, nos exponemos a un equívoco sustancial. No nos comprendemos entonces a nosotros mismos. Es imposible entender sin Cristo a esta nación con un pasado tan espléndido y al mismo tiempo tan terriblemente difícil. No es posible comprender esta ciudad, Varsovia, capital de Polonia, que en 1944 se decidió a una batalla desigual con el agresor, a una batalla en la que fue abandonada por las potencias aliadas, a una batalla en la que quedó sepultada bajo sus propios escombros; si no se recuerda que bajo los mismos escombros estaba también Cristo Salvador con su cruz, que se encuentra ante la iglesia en Krakowskie Przedmiescie. Es imposible comprender la historia de Polonia desde Estanislao en Skalka, a Maximiliano Kolbe en Oswiecim, si no se aplica a ellos también ese único y fundamental criterio que lleva el nombre de Jesucristo.

El milenio del bautismo de Polonia, del que San Estanislao es el primer fruto maduro —el milenio de Cristo en nuestro ayer y hoy—, constituye el motivo principal de mi peregrinación, de mi oración de acción de gracias junto con todos vosotros, amadísimos connacionales, a quienes Jesucristo no cesa de enseñar la gran causa del hombre: junto con vosotros, para quienes Jesucristo no cesa de ser un libro siempre abierto sobre el hombre, sobre su dignidad, sobre sus derechos y también un libro de ciencia sobre la dignidad y los derechos de la nación.

Hoy, en esta plaza de la Victoria, en la capital de Polonia, pido, por medio de la gran plegaria eucarística con todos vosotros, que Cristo no cese de ser para nosotros libro abierto de la vida para el futuro. Para nuestro mañana polaco.

4. Nos encontramos ante la tumba del Soldado Desconocido. En la historia de Polonia —antigua y contemporánea—esta tumba tiene un fundamento y una razón de ser particulares. ¡En cuántos lugares de la tierra nativa ha caído ese soldado! ¡En cuántos lugares de Europa y del mundo gritaba él con su muerte que no puede haber una Europa justa sin la independencia de Polonia, señalada sobre su mapa! ¡En cuántos campos de batalla ese soldado ha dado testimonio de los derechos del hombre, grabados profundamente en los inviolables derechos del pueblo, cayendo por “nuestra y vuestra libertad”! “¿Dónde están las queridas tumbas, oh Polonia? ¿Y dónde no están? Tú lo sabes mejor que nadie y Dios lo sabe desde el cielo” (Artur Oppman, Pacierz za zmalych).

¡La historia de la patria escrita a través de la tumba de un Soldado Desconocido!

Deseo arrodillarme ante esta tumba para venerar cada semilla que cayendo en la tierra y muriendo produce fruto en sí misma. Será ésta la semilla de la sangre del soldado derramada sobre el campo de batalla o el sacrificio del martirio en los campos de concentración o en las cárceles. Será la semilla del duro trabajo diario, con el sudor de la frente, en el campo, en el taller, en la mina, en las fundiciones y en las fábricas. Será la semilla de amor de los padres que no rehúsan dar la vida a un nuevo ser humano y que aceptan toda la responsabilidad educativa. Será ésta la semilla del trabajo creativo en las universidades, en los institutos superiores, en las bibliotecas, en los centros de cultura nacional. Será la semilla de la oración, del servicio a los enfermos, a los que sufren, a los abandonados: “todo lo que constituye Polonia”.

¡Todo esto en las manos de la Madre de Dios, a los pies de la cruz en el Calvario, y en el Cenáculo de Pentecostés!

Todo esto: la historia de la patria plasmada durante un milenio en el sucederse de las generaciones —también la presente y la futura— por cada hijo e hija, aunque anónimos y desconocidos, como ese soldado, ante cuya tumba nos encontramos ahora…

Todo esto: también la historia de los pueblos que han vivido con nosotros y entre nosotros, como aquellos que a cientos de miles han muerto entre los muros del gueto de Varsovia.

Todo esto lo abrazo con el recuerdo y con el corazón en esta Eucaristía y lo incluyo en este único santísimo Sacrificio de Cristo, en la plaza de la Victoria.

Y grito, yo, hijo de tierra polaca, y al mismo tiempo yo: Juan Pablo II Papa, grito desde lo más profundo de este milenio, grito en la vigilia de Pentecostés:         

¡Descienda tu Espíritu!

¡Descienda tu Espíritu!

¡Y renueve la faz de la tierra!

¡De esta tierra!

Amén.

Homilía (10-06-2000)

Vigilia de Pentecostés. 10 de junio del 2000

1. “Cuando venga el Consolador, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26).

Estas son las palabras que el evangelista san Juan recogió de los labios de Cristo en el Cenáculo, durante la última Cena, en la víspera de la pasión. Resuenan con singular intensidad para nosotros hoy, solemnidad de Pentecostés de este Año jubilar, cuyo contenido más profundo nos revelan.
Para captar este mensaje esencial es preciso permanecer en el Cenáculo, como los discípulos.
Por eso la Iglesia, también gracias a una oportuna selección de los textos litúrgicos, ha permanecido en el Cenáculo durante el tiempo de Pascua. Y esta tarde, la plaza de San Pedro se ha transformado en un gran Cenáculo, en el que nuestra comunidad se ha reunido para invocar y acoger el don del Espíritu Santo
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La primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos ha recordado lo que sucedió en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua. Antes de subir al cielo, Cristo había encomendado a los Apóstoles una gran tarea:  “Id (…) y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). También les había prometido que, después de su marcha, recibirían “otro Consolador”, que les enseñaría todo (cf. Jn 14, 16. 26).

Esta promesa se cumplió precisamente el día de Pentecostés:  el Espíritu, bajando sobre los Apóstoles, les dio la luz y la fuerza necesarias para hacer discípulos a todas las gentes, anunciándoles el evangelio de Cristo. De este modo, en la fecunda tensión entre Cenáculo y mundo, entre oración y anuncio, nació y vive la Iglesia.

2. Cuando el Señor Jesús prometió el Espíritu Santo, habló de él como el Consolador, el Paráclito, que enviaría desde el Padre (cf. Jn 15, 26). Se refirió a él como el “Espíritu de la verdad”, que guiaría a la Iglesia hacia la verdad completa (cf. Jn 16, 13). Y precisó que el Espíritu Santo daría testimonio de él (cf. Jn 15, 26). Pero en seguida añadió:  “Y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo” (Jn 15, 27). En el momento en que el Espíritu desciende en Pentecostés sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, comienza este doble testimonio:  el del Espíritu Santo y el de los Apóstoles.

El testimonio del Espíritu es divino en sí mismo:  proviene de la profundidad del misterio trinitario. El testimonio de los Apóstoles es humano:  transmite, a la luz de la revelación, su experiencia de vida junto a Jesús. Poniendo los fundamentos de la Iglesia, Cristo atribuye gran importancia al testimonio humano de los Apóstoles. Quiere que la Iglesia viva de la verdad histórica de su Encarnación, para que, por obra de los testigos, en ella esté siempre viva y operante la memoria de su muerte en la cruz y de su resurrección.

3. “También vosotros daréis testimonio” (Jn 15, 27). La Iglesia, animada por el don del Espíritu, siempre ha sentido vivamente este compromiso y ha proclamado fielmente el mensaje evangélico en todo tiempo y en todos los lugares. Lo ha hecho respetando la dignidad de los pueblos, su cultura y sus tradiciones, pues sabe bien que el mensaje divino que se le ha confiado no se opone a las aspiraciones más profundas del hombre; antes bien, ha sido revelado por Dios para colmar, por encima de cualquier expectativa, el hambre y la sed del corazón humano. Precisamente por eso, el Evangelio no debe ser impuesto, sino propuesto, porque sólo puede desarrollar su eficacia si es aceptado libremente y abrazado con amor.

Lo mismo que sucedió en Jerusalén con ocasión del primer Pentecostés, acontece en todas las épocas:  los testigos de Cristo, llenos del Espíritu Santo, se han sentido impulsados a ir al encuentro de los demás para expresarles en las diversas lenguas las maravillas realizadas por Dios. Eso sigue sucediendo también en nuestra época. Quiere subrayarlo la actual jornada jubilar, dedicada a la “reflexión sobre los deberes de los católicos hacia los demás hombres:  anuncio de Cristo, testimonio y diálogo”.

La reflexión que se nos invita a hacer no puede menos de considerar, ante todo, la obra que el Espíritu Santo realiza en las personas y en las comunidades. El Espíritu Santo esparce las “semillas del Verbo” en las diferentes tradiciones y culturas, disponiendo a las poblaciones de las regiones más diversas a acoger el anuncio evangélico. Esta certeza debe suscitar en los discípulos de Cristo una actitud de apertura y de diálogo con quienes tienen convicciones religiosas diversas. En efecto, es necesario ponerse a la escucha de cuanto el Espíritu puede sugerir también a los “demás”. Son capaces de ofrecer sugerencias útiles para llegar a una comprensión más profunda de lo que el cristiano ya posee en el “depósito revelado”. Así, el diálogo podrá abrirle el camino para un anuncio más adecuado a las condiciones personales del oyente.

4. De todas formas, lo que sigue siendo decisivo para la eficacia del anuncio es el testimonio vivido. Sólo el creyente que vive lo que profesa con los labios, tiene esperanzas de ser escuchado. Además, hay que tener en cuenta que, a veces, las circunstancias no permiten el anuncio explícito de Jesucristo como Señor y Salvador de todos. En este caso, el testimonio de una vida respetuosa, casta, desprendida de las riquezas y libre frente a los poderes de este mundo, en una palabra, el testimonio de la santidad, aunque se dé en silencio, puede manifestar toda su fuerza de convicción.
Es evidente, asimismo, que la firmeza en ser testigos de Cristo con la fuerza del Espíritu Santo no impide colaborar en el servicio al hombre con los seguidores de las demás religiones. Al contrario, nos impulsa a trabajar junto con ellos por el bien de la sociedad y la paz del mundo.
En el alba del tercer milenio, los discípulos de Cristo son plenamente conscientes de que este mundo se presenta como “un mapa de varias religiones” (Redemptor hominis, 11). Si los hijos de la Iglesia permanecen abiertos a la acción del Espíritu Santo, él les ayudará a comunicar, respetando las convicciones religiosas de los demás, el mensaje salvífico único y universal de Cristo.

5. “Él dará testimonio de mí; y también  vosotros  daréis  testimonio, porque desde el principio estáis conmigo” (Jn 15, 26-27). Estas palabras encierran toda la lógica de la Revelación y de la fe, de la que vive la Iglesia:  el testimonio del Espíritu Santo, que brota de la profundidad del misterio trinitario de Dios, y el testimonio humano de los Apóstoles, vinculado a su experiencia histórica de Cristo. Uno y otro son necesarios. Más aún, si lo analizamos bien, se trata de un único testimonio:  el Espíritu sigue hablando a los hombres de hoy con la lengua y con la vida de los actuales discípulos de Cristo.

En el día en que celebramos el memorial del nacimiento de la Iglesia, queremos elevar una ferviente acción de gracias a Dios por este testimonio doble y, en definitiva, único, que abraza a la gran familia de la Iglesia desde el día de Pentecostés. Queremos darle gracias por el testimonio de la primera comunidad de Jerusalén, que, a través de las generaciones de los mártires y de los confesores, ha llegado a ser a lo largo de los siglos la herencia de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo.

La Iglesia, animada por la memoria del primer Pentecostés, reaviva hoy la esperanza de una renovada efusión del Espíritu  Santo. Asidua  y concorde en la oración con María, la Madre de Jesús, no deja de invocar:  “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra” (Sal 103, 30).

Veni, Sancte Spiritus:  Ven, Espíritu Santo, enciende en los corazones de tus fieles la llama de tu amor.

Sancte Spiritus, veni!

Benedicto XVI, papa

Homilía (03-06-2006)

Primeras Vísperas de la Vigilia de Pentecostés. Encuentro con los Movimientos y Nuevas Comunidades Eclesiales
Plaza de San Pedro, Sábado 3 de junio de 2006

[…] Ahora, en esta Vigilia de Pentecostés, nos preguntamos:  ¿Quién o qué es el Espíritu Santo?
¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos nosotros a él y él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace?

Una primera respuesta nos la da el gran himno pentecostal de la Iglesia, con el que hemos iniciado las Vísperas:  “Veni, Creator Spiritus…“, “Ven, Espíritu Creador…”. Este himno alude aquí a los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice, ante todo, que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios. El mundo en que vivimos es obra del Espíritu Creador. Pentecostés no es sólo el origen de la Iglesia y, por eso, de modo especial, su fiesta; Pentecostés es también una fiesta de la creación.
El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu Creador de Dios, de la Palabra Creadora de Dios.

Por eso refleja también la sabiduría de Dios. La creación, en su amplitud y en la lógica omnicomprensiva de sus leyes, permite vislumbrar algo del Espíritu Creador de Dios. Nos invita al temor reverencial. Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu Creador es consciente de que no podemos usar el mundo y abusar de él y de la materia como si se tratara simplemente de un material para nuestro obrar y querer; es consciente de que debemos considerar la creación como un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en el jardín de Dios y así también en un jardín del hombre. Frente a las múltiples formas de abuso de la tierra que constatamos hoy, escuchamos casi el gemido de la creación, del que habla san Pablo (cf. Rm 8, 22); comenzamos a comprender las palabras del Apóstol, es decir, que la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios, para ser libre y alcanzar su esplendor.

Queridos amigos, nosotros queremos ser esos hijos de Dios que la creación espera, y podemos serlo, porque en el bautismo el Señor nos ha hecho tales. Sí, la creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia. Si repasamos la historia, vemos que la creación pudo prosperar en torno a los monasterios, del mismo modo que con el despertar del Espíritu de Dios en el corazón de los hombres ha vuelto el fulgor del Espíritu Creador también a la tierra, un esplendor que había quedado oscurecido y a veces casi apagado por la barbarie del afán humano de poder. Y de nuevo sucede lo mismo en torno a Francisco de Asís. Y acontece en cualquier lugar donde llega a las almas el Espíritu de Dios, el Espíritu que nuestro himno define como luz, amor y vigor.

Así hemos encontrado una primera respuesta a la pregunta de qué es el Espíritu Santo, qué hace y cómo podemos reconocerlo. Sale a nuestro encuentro a través de la creación y su belleza. Sin embargo, a lo largo de la historia de los hombres, la creación buena de Dios ha quedado cubierta con una gruesa capa de suciedad, que hace difícil, por no decir imposible, reconocer en ella el reflejo del Creador, aunque ante un ocaso en el mar, durante una excursión a la montaña o ante una flor abierta, se despierta en nosotros siempre de nuevo, casi espontáneamente, la conciencia de la existencia del Creador.

Pero el Espíritu Creador viene en nuestra ayuda. Ha entrado en la historia y así nos habla de un modo nuevo. En Jesucristo Dios mismo se hizo hombre y nos concedió, por decirlo así, contemplar en cierto modo la intimidad de Dios mismo. Y allí vemos algo totalmente inesperado:  en Dios existe un “Yo” y un “Tú”. El Dios misterioso no es una soledad infinita; es un acontecimiento de amor. Si al contemplar la creación pensamos que podemos vislumbrar al Espíritu Creador, a Dios mismo, casi como matemática creadora, como poder que forja las leyes del mundo y su orden, pero luego también como belleza, ahora llegamos a saber que el Espíritu Creador tiene un corazón. Es Amor.
Existe el Hijo que habla con el Padre. Y ambos son uno en el Espíritu, que es, por decirlo así, la atmósfera del dar y del amar que hace de ellos un único Dios. Esta unidad de amor, que es Dios, es una unidad mucho más sublime de lo que podría ser la unidad de una última partícula indivisible. Precisamente el Dios trino es el único Dios.

A través de Jesús, por decirlo así, penetra nuestra  mirada  en la intimidad de Dios. San Juan, en su evangelio, lo expresó de este modo:  “A Dios nadie lo ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1, 18). Pero Jesús no sólo nos ha permitido penetrar con nuestra mirada en la intimidad de Dios; con él Dios, de alguna manera, salió también de su intimidad y vino a nuestro encuentro. Esto se realiza ante todo en su vida, pasión, muerte y resurrección; en su palabra. Pero Jesús no se contenta con salir a nuestro encuentro. Quiere más. Quiere unificación. Y este es el significado de las imágenes del banquete y de las bodas. Nosotros no sólo debemos saber algo de él; además, mediante él mismo, debemos ser atraídos hacia Dios. Por eso él debe morir y resucitar, porque ahora ya no se encuentra en un lugar determinado, sino que su Espíritu, el Espíritu Santo, ya emana de él y entra en nuestro corazón, uniéndonos así con Jesús mismo y con el Padre, con el Dios uno y trino.

Pentecostés es esto:  Jesús, y mediante él Dios mismo, viene a nosotros y nos atrae dentro de sí. “Él manda el Espíritu Santo”, dice la Escritura. ¿Cuál es su efecto? Ante todo, quisiera poner de relieve dos aspectos:  el Espíritu Santo, a través del cual Dios viene a nosotros, nos trae vida y libertad. Miremos ambas cosas un poco más de cerca. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, dice Jesús en el evangelio de san Juan (Jn 10, 10). Todos anhelamos vida y libertad. Pero ¿qué es esto?, ¿dónde y cómo encontramos la “vida”?

Yo creo que, espontáneamente, la inmensa mayoría de los hombres tiene el mismo concepto de vida que el hijo pródigo del evangelio. Había logrado que le entregaran su parte de la herencia y ahora se sentía libre; quería por fin vivir ya sin el peso de los deberes de casa; quería sólo vivir, recibir de la vida todo lo que puede ofrecer; gozar totalmente de la vida; vivir, sólo vivir; beber de la abundancia de la vida, sin renunciar a nada de lo bueno que pueda ofrecer. Al final acabó cuidando cerdos, envidiando incluso a esos animales. ¡Qué vacía y vana había resultado su vida! Y también había resultado vana su libertad.

¿Acaso no sucede lo mismo también hoy? Cuando sólo se quiere ser dueño de la vida, esta se hace cada vez más vacía, más pobre; fácilmente se acaba por buscar la evasión en la droga, en el gran engaño. Y surge la duda de si de verdad vivir es, en definitiva, un bien. No. De este modo no encontramos la vida.

Las palabras de Jesús sobre la vida en abundancia se encuentran en el discurso del buen pastor. Esas palabras se sitúan en un doble contexto. Sobre el pastor, Jesús nos dice que da su vida.
“Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (cf. Jn 10, 18). Sólo se encuentra la vida dándola; no se la encuentra tratando de apoderarse de ella. Esto es lo que debemos aprender de Cristo; y esto es lo que nos enseña el Espíritu Santo, que es puro don, que es el donarse de Dios. Cuanto más da uno su vida por los demás, por el bien mismo, tanto más abundantemente fluye el río de la vida.

En segundo lugar, el Señor nos dice que la vida se tiene estando con el Pastor, que conoce el pastizal, los lugares donde manan las fuentes de la vida. Encontramos la vida en la comunión con Aquel que es la vida en persona; en la comunión con el Dios vivo, una comunión en la que nos introduce el Espíritu Santo, al que el himno de las Vísperas llama “fons vivus“, fuente viva. El pastizal, donde manan las fuentes de la vida, es la palabra de Dios como la encontramos en la Escritura, en la fe de la Iglesia. El pastizal es Dios mismo a quien, en la comunión de la fe, aprendemos a conocer mediante la fuerza del Espíritu Santo.

Queridos amigos, los Movimientos han nacido precisamente de la sed de la vida verdadera, son Movimientos por la vida en todos sus aspectos. Donde ya no fluye la verdadera fuente de la vida, donde sólo se apoderan de la vida en vez de darla, allí está en peligro incluso la vida de los demás; allí están dispuestos a eliminar la vida inerme del que aún no ha nacido, porque parece que les quita espacio a su propia vida. Si queremos proteger la vida, entonces debemos sobre todo volver a encontrar la fuente de la vida; entonces la vida misma debe volver a brotar con toda su belleza y sublimidad; entonces debemos dejarnos vivificar por el Espíritu Santo, la fuente creadora de la vida.

Al tema de la libertad ya aludimos hace poco. En la partida del hijo pródigo se unen precisamente los temas de la vida y de la libertad. Quiere la vida y por eso quiere ser totalmente libre. Ser libre significa, según esta concepción, poder hacer todo lo que se quiera, no tener que aceptar ningún criterio fuera y por encima de mí mismo, seguir únicamente mi deseo y mi voluntad. Quien vive así, pronto se enfrentará con los otros que quieren vivir de la misma manera. La consecuencia necesaria de esta concepción egoísta de la libertad es la violencia, la destrucción mutua de la libertad y de la vida.

La sagrada Escritura, por el contrario, une el concepto de libertad con el de filiación. Dice san Pablo:  “No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:  ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15).

¿Qué significa esto? San Pablo presupone el sistema social del mundo antiguo, en el que existían los esclavos, los cuales no tenían nada y por eso no podían intervenir para hacer que las cosas funcionaran como debían. En contraposición estaban los hijos, los cuales eran también los herederos y, por eso, se preocupaban de la conservación y de la buena administración de sus propiedades o de la conservación del Estado. Dado que eran libres, tenían también una responsabilidad. Prescindiendo del contexto sociológico de aquel tiempo, vale siempre el principio:  libertad y responsabilidad van juntas. La verdadera libertad se demuestra en la responsabilidad, en un modo de actuar que asume la corresponsabilidad con respecto al mundo, con respecto a sí mismos y con respecto a los demás.

Es libre el hijo, al que pertenece la cosa y que por eso no permite que sea destruida. Ahora bien, todas las responsabilidades mundanas, de las que hemos hablado, son responsabilidades parciales, pues afectan sólo a un ámbito determinado, a un Estado determinado, etc. En cambio, el Espíritu Santo nos hace hijos e hijas de Dios. Nos compromete en la misma responsabilidad de Dios con respecto a su mundo, a la humanidad entera. Nos enseña a mirar al mundo, a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios.

Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Esta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos.

Los Movimientos eclesiales quieren y deben ser escuelas de libertad, de esta libertad verdadera. Allí queremos aprender esta verdadera libertad, no la de los esclavos, que busca quedarse con una parte del pastel de todos, aunque luego el otro no tenga. Nosotros deseamos la libertad verdadera y grande, la de los herederos, la libertad de los hijos de Dios. En este mundo, tan lleno de libertades ficticias que destruyen el ambiente y al hombre, con la fuerza del Espíritu Santo queremos aprender juntos la libertad verdadera; construir escuelas de libertad; demostrar a los demás, con la vida, que somos libres y que es muy hermoso ser realmente libres con la verdadera libertad de los hijos de Dios.

El Espíritu Santo, al dar vida y libertad, da también unidad. Son tres dones inseparables entre sí. Ya he hablado demasiado tiempo; pero permitidme decir aún unas palabras sobre la unidad. Para comprenderla puede ser útil una frase que, en un primer momento, parece más bien alejarnos de ella. A Nicodemo que, buscando la verdad, va de noche con sus preguntas, Jesús le dice:  “El Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3, 8). Pero la voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.

El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor que en el único Dios da y acoge. Él nos une de tal manera, que san Pablo pudo decir en cierta ocasión:  “Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3, 28). El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. El Espíritu Santo actúa corporalmente, no sólo obra subjetivamente, “espiritualmente”. A los discípulos que lo consideraban sólo un “espíritu”, Cristo resucitado les dijo:  “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu —un fantasma— no tiene carne y huesos como veis que yo tengo” (Lc 24, 39). Esto vale para Cristo resucitado en cualquier época de la historia.

Cristo resucitado no es un fantasma; no es sólo un espíritu, no es sólo un pensamiento, no es sólo una idea. Sigue siendo el Encarnado. Resucitó el que asumió nuestra carne, y sigue siempre edificando su Cuerpo, haciendo de nosotros su Cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y su voluntad es la unidad hecha cuerpo, la unidad que encuentra el mundo y lo transforma.

En la carta a los Efesios, san Pablo nos dice que este Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, tiene junturas (cf. Ef 4, 16) y también las nombra:  son los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros (cf. Ef 4, 12). El Espíritu es multiforme en sus dones, como lo vemos aquí.
Si repasamos la historia, si contemplamos esta asamblea reunida en la plaza de San Pedro, nos damos cuenta de que él suscita siempre nuevos dones. Vemos cuán diversos son los órganos que crea y cómo él actúa corporalmente siempre de nuevo. Pero en él la multiplicidad y la unidad van juntas. Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas. Y ¡con cuánta multiformidad y corporeidad lo hace!

Y también es precisamente aquí donde la multiformidad y la unidad son inseparables entre sí. Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único cuerpo, en la unión con los órdenes duraderos —las junturas— de la Iglesia, con los sucesores de los Apóstoles y con el Sucesor de san Pedro. No nos evita el esfuerzo de aprender el modo de relacionarnos mutuamente; pero nos demuestra también que él actúa con miras al único cuerpo y a la unidad del único cuerpo. Sólo así precisamente la unidad logra su fuerza y su belleza.

Participad en la edificación del único cuerpo. Los pastores estarán atentos a no apagar el Espíritu (cf. 1 Ts 5, 19) y vosotros aportaréis vuestros dones a la comunidad entera. Una vez más:  el Espíritu Santo sopla donde quiere, pero su voluntad es la unidad. Él nos conduce a Cristo, a su Cuerpo. “De Cristo —nos dice san Pablo— todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor” (Ef 4, 16). 

El Espíritu Santo quiere la unidad, quiere la totalidad. Por eso, su presencia se demuestra finalmente también en el impulso misionero. Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos de su existencia. Lo hace sin temor alguno, porque sabe que ha recibido la filiación adoptiva; sin ninguna presunción, porque todo es don; sin desalentarse, porque el Espíritu de Dios precede a su acción en el “corazón” de los hombres y como semilla en las culturas y religiones más diversas. Lo hace sin confines, porque es portador de una buena nueva destinada a todos los hombres, a todos los pueblos.

Queridos amigos, os pido que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo. Este es el mejor servicio de la Iglesia a los hombres y de modo muy especial a los pobres, para que la vida de la persona, un orden más justo en la sociedad y la convivencia pacífica entre las naciones, encuentren en Cristo la “piedra angular” sobre la cual construir la auténtica civilización, la civilización del amor. El Espíritu Santo da a los creyentes una visión superior del mundo, de la vida, de la historia y los hace custodios de la esperanza que no defrauda.

Así pues, oremos a Dios Padre, por nuestro Señor Jesucristo, en la gracia del Espíritu Santo, para que la celebración de la solemnidad de Pentecostés sea como fuego ardiente y viento impetuoso para la vida cristiana y para la misión de toda la Iglesia.

Pongo las intenciones de vuestros Movimientos y comunidades en el corazón de la santísima Virgen María, presente en el Cenáculo juntamente con los Apóstoles; que ella interceda para que se hagan realidad. Sobre todos vosotros invoco la efusión de los dones del Espíritu, a fin de que también en nuestro tiempo se realice la experiencia de un nuevo Pentecostés. Amén.

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