Domingo XI Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ez 17, 22-24: Ensalzo los árboles humildes
- Salmo: Sal 91, 2-16: Es bueno darte gracias, Señor
- 2ª Lectura: 2 Cor 5, 6-10: En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor
+ Evangelio: Mc 4, 26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas



Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
(Sal 26, 7-9)

Oración colecta
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan,
escucha nuestras súplicas,
y pues el hombre es frágil y sin ti nada puede,
concédenos la ayuda de tu gracia
para guardar tus mandamientos
y agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Tú nos has dado, Señor,
por medio de estos dones que te presentamos,
el espíritu del cuerpo
y el sacramento que renueva nuestro espíritu;
concédenos con bondad
que siempre gocemos del auxilio de estos dones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.
(Sal 26, 4)

O bien:
Padre santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros -dice el Señor-.
(Jn 17, 11)

Oración post-comunión
Que esta comunión en tus misterios, Señor,
expresión de nuestra unión contigo,
realice la unidad de tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Congregación para el Clero

Tres parábolas dominan la Liturgia de la Palabra de este domingo. Una se encuentra en la primera Lectura; las otras dos, en el texto del Evangelio. Tienen mensajes en común, que nos ayudan a reflexionar sobre la realidad del Reino de Dios y sobre el modo de actuar de Dios.
De las tres parábolas sobresale la lógica de la antítesis entre el “antes” y el “después”.
En la parábola del cedro encontramos el brote que es tomado y trasplantado y llega a ser un árbol exuberante; en la de la semilla, la atención se centra en ella, echada en la tierra, y en la planta que germina de manera casi misteriosa; en la parábola del grano de mostaza, en cambio, se encuentra el paso de la pequeñísima semilla a la planta exuberante, subrayando la desproporción entre el “antes” y el “después”.

El Reino de Dios, en primer lugar, es una realidad que comienza de manera casi imperceptible, silenciosa y aparentemente frágil; crece de modo progresivo y, no obstante, no depende de la voluntad del hombre.
En segundo lugar, el Reino, aunque comience de ese modo, está destinado a producir un resultado final lleno de frutos.
En todo caso, aparece también una lógica del crecimiento: el Reino de Dios no se impone mediante la fuerza o de repente: entra en la historia, se mezcla con la historia del hombre y crece en medio de ella. Todo esto nos recuerda que, ante todo, el Reino es un don de Dios y obra suya. El Reino es, sobre todo, una persona, la Persona de Jesucristo, y el misterio de la Encarnación del Verbo obedece exactamente a las citadas características del Reino.

El Reino comienza por la acción del Padre, de un modo aparentemente oscuro y escondido, como la vida del Señor en la casa de Nazaret, pero está destinado a tener un formidable florecimiento: la promesa, mantenida, es que desde un comienzo en la pequeñez, llegue a un término glorioso.
Incluso hoy, en el tiempo de la segunda misión trinitaria del Espíritu Santo, en el tiempo de la Iglesia, la lógica permanece incambiada: el Reino vive y crece de manera humanamente imperceptible, casi insensiblemente. Se le descuida y a menudo es obstaculizado por las fuerzas del mundo, pero de manera inexorable es esperado en los corazones y en las mentes de aquellos que son de Cristo, y en ellos triunfa.
A través del triunfo del Reino en los corazones, llega también el triunfo del Reino en la historia, cuya evidencia y fuerza no se manifestará plenamente hasta el último día.

Esta profunda conciencia del obrar de Dios en los corazones y en la historia, despierta en cada uno el consuelo de que la propia pequeñez, la insuficiencia de las propias fuerzas, puesta en la “pequeñez” de Dios, puede producir frutos inimaginables.
El Reino es ante todo obra del Padre, pero para realizarse pide la contribución de cada uno. Somos llamados a ser humildes obreros en la viña del Señor, obreros del Reino, con la conciencia de que, a partir de nuestras pequeñas pero indispensables semillas, Dios puede generar frutos sobre abundantes, prueba tangible de la belleza y de la potencia de su Reino.

Dios puede hacer maravillas con un solo, auténtico, real, pequeño acto de fe humano. “Como un grano de mostaza”: ¡no se nos pide más! Poner el propio corazón y la propia mente al servicio del Reino, al servicio de Cristo, significa pronunciar el sí de la fe. No en la soledad de la semilla, que no lleva fruto, sino en la comunión de la Iglesia. La fe eclesial, el creer con la Iglesia, es condición imprescindible para dar fruto y para que el Reino realmente crezca según el proyecto del Padre, no esté ahogado por proyectos solo y demasiado humanos.

Que la Santísima Virgen María, que es la semilla más fecunda y exuberante del Reino de Dios, nos sostenga para acoger la acción de Dios en nuestra historia y nos haga partícipes de su fe plena y total,  “gloriosa et benedicta”.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Dadas las dificultades con que tropieza su palabra y su actuación, Jesús se ve obligado a explicar que la fuerza del Reino de Dios es imparable. El domingo undécimo nos presenta las parábolas de la semilla que crece por sí sola y del grano de mostaza (4,26-34). La primera insiste en el dinamismo del Reino de Dios: la semilla depositada en tierra tiene vigor para crecer; a pesar de las dificultades, Dios mismo está actuando y su acción es invencible. La segunda pone más de relieve el resultado impresionante a que ha dado lugar una semilla insignificante. Una vez más queda de relieve que en la persona de Jesús se cumplen las profecías (1ª lectura: Ez 17,22-24).

Echar raíces en Dios

Sal 91

El Salmo 91 es un canto de acción de gracias al Altísimo por su providencia, por sus obras magnificas y sus profundos designios, por su misericordia y fidelidad. Por tanto, quiere ante todo estimular en nosotros la gratitud –«es bueno dar gracias a Señor»–. Muchos salmos insisten en dar gracias a Dios, pero para agradecer es preciso descubrir que recibamos, reconocer que todo nos viene de Dios, que todo es gracia.

En el contexto de la liturgia de este domingo, el salmo –del que sólo se incluyen unos pocos versículos– agradece sobre todo la vitalidad y la pujanza que Dios comunica al justo. ¿La razón? Está «plantado en la casa del Señor». Muchas veces la Biblia utiliza esta imagen para indicar lo que supone vivir en Dios. El hombre que confía en el Señor es como un árbol plantado junto al agua, que está siempre frondoso y no deja de dar fruto; en cambio, el que confía en sí mismo es como un cardo en el desierto, totalmente seco y estéril (Jer 17,5-8).
Las imágenes hablan por sí solas. Dios es la fuente de la vida y sólo el que vive en Dios tiene vida. Toda la vitalidad personal –el estar «lozano y frondoso»– y toda la fecundidad –el dar fruto– dependen de estar o no «plantados en la Casa del Señor». Y ello, a pesar de las dificultades, a pesar de la sequía del entorno, a pesar de la vejez… A la luz del evangelio de hoy, este salmo ha de acrecentar en nosotros el deseo de echar raíces en Dios para germinar, ir creciendo, dar fruto abundante… Por los demás, así testimoniaremos que «el Señor es justo», que en Él no hay maldad y hace florecer incluso los árboles secos (1ª Lectura).

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

En la historia de la salvación los acontecimientos salvíficos evidencian la Voluntad de Dios por encima de los proyectos y esperanzas humanos. Aquélla termina siempre superando los planes y la capacidad limitada de los hombres.

Ezequiel 17,22-24: Ensalcé un árbol humilde. El desastre del pueblo de Dios, en los días de Nabucodonosor y de la cautividad babilónica, fue resultado de una política, que confió más en los poderes humanos que en la fidelidad a Dios. Tras la humillación saludable, la iniciativa divina salvaría a su pueblo.

La misión de los profetas, como centinelas de los intereses espirituales de su pueblo, es situar en su debida proporción el alcance de los castigos de Dios a su pueblo. En medio de todas las encrucijadas críticas de la historia de Israel se cierne siempre la esperanza mesiánica, como norte de vida nacional. Esta lectura hace relación con el Evangelio de hoy, sin el cual no se la entiende. Una vez más se trata en la liturgia de la humildad y de su eficacia en orden a la Iglesia. San León Magno elogia la humildad:

«Reconozca la fe católica su nobleza en la humildad del Señor y encuentre su alegría la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en los misterios de su salvación… Mas para curar las enfermedades, para dar vista a los ciegos, para resucitar a los muertos, ¿qué hay más conveniente que curar las heridas del orgullo con los remedios de la humildad? (Sermón 25,5).

–Con el Salmo 91 proclamamos que «Es bueno dar gracias al Señor». Los caminos de la providencia de Dios son, a veces, difíciles de comprender; pero el hombre de fe sencilla y humilde como la de un niño, podrá reconocer fácilmente que Dios va escribiendo en ellos la historia de un Amor infinito y de una fidelidad sin límites: «El justo crecerá como la palmera. Se alzará como cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestros Dios. En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso; para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad» .

2 Corintios 5,6-10: En destierro o en patria nos esforzamos en agradar a Dios. La salvación definitiva del hombre no se debe a los valores humanos, ni es fruto de éxitos espectaculares terrenos. Es obra de Dios que nos la garantiza en Cristo y que habrá de juzgarnos por nuestra fidelidad a Él. San Agustín dice que Cristo es el camino para nuestra peregrinación:

«Mientras dura la peregrinación en este cuerpo mortal, camináis en la fe. Cristo Jesús, en su condición de hombre que se dignó tomar por nosotros, se ha convertido en camino seguro para vosotros; Cristo Jesús a quien tendéis, reservó, en efecto, gran dulzura para quienes le temen; quienes esperan en Él tendrán acceso en plenitud a ella cuando hayamos recibido también en la realidad lo que ahora hemos recibido en esperanza. Pues “somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Lo mismo prometió en el Evangelio: “Quien me ama, dijo, guarda mis mandamientos. Y quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me mostraré a él” (Jn 14,21). Ciertamente le estaban viendo aquellos con quienes hablaba, pero en la forma de siervo, en la que es menos que el Padre. La primera la mostraba a quienes temían; la segunda la reservaba para quienes esperaban en Él; en aquélla se manifestaba a los que iban de viaje, a ésta llamaba a los que iban a habitar con Él; aquélla la mostraba a los caminantes, ésta la prometía a los que llegasen a la meta» (Sermón 260,A,1).

Marcos 4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas. El estado glorioso del Reino futuro sucederá al estado actual de humildad. Comenta San Jerónimo:

«Pienso que las ramas del árbol del Evangelio, que crece del grano de mostaza, son los dogmas diversos, en los que descansa cada una de las aves dichas. Tomemos nosotros también alas de paloma para que, volando a las más altas, podamos habitar en las ramas de este árbol y hacernos nidos de las enseñanzas, huyendo de las cosas de la tierra y corriendo hacia las del cielo» (Comentario al Evangelio de San Mateo).

El Reino tiene en apariencia un comienzo humilde. Pero Cristo predice un notable desarrollo del que la historia da testimonio. No la inmediatez ni la espectacularidad. Sin embargo, no hay nadie que lo pare. Pasan los perseguidores, los detractores, los cismáticos, los malos hijos, los calumniadores. La Iglesia sigue creciendo por doquier y profundizando en santidad. Es admirable la cantidad de procesos de beatificación y canonización que hay en la Congregación para las Causas de los Santos y sigue aumentando sin cesar.

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