Domingo XII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Job 38, 1. 8-11 : Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.
-Salmo: 106 : R. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
-2ª Lectura: 2 Cor 5, 14-17 : Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
+Evangelio: Mc 4, 35-40 : ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón

Sermón 43, 1-3: PL 38, 424-425 (Liturgia de las Horas)

A una orden de Cristo se produce la calma

Me dispongo a hablaros, con la gracia de Dios, sobre la lectura del santo evangelio que acabamos apenas de escuchar, para exhortaros en él a que frente a las tempestades y marejadas de este mundo, no duerma la fe en vuestros corazones. Porque —se dice— «no es cierto que Cristo, el Señor, tuviera dominio sobre la muerte, como no es verdad que lo tuviera sobre el sueño: ¿o es que el sueño no venció muy a pesar suyo al Todopoderoso mientras navegaba?». Si tal pensáis, duerme Cristo en vosotros; si por el contrario está en vela, vigila vuestra fe. Dice el Apóstol: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. Luego también el sueño de Cristo es el signo de un sacramento. Los navegantes son las almas que surcan este mundo en el madero. También aquella barca era figura de la Iglesia. Además, todos y cada uno son templo de Dios y cada cual navega en su corazón: y no naufraga, a condición de que piense cosas buenas.

¿Has escuchado un insulto? Es el viento. ¿Te has irritado? Es el oleaje. Cuando el viento sopla y se encrespa el oleaje, zozobra la nave, zozobra tu corazón, fluctúa tu corazón. Nada más escuchar el insulto, te vienen ganas de vengarte: si te vengas, cediendo al mal ajeno, padeciste naufragio. Y esto, ¿por qué? Porque Cristo duerme en ti. ¿Qué quiere decir que Cristo duerme en ti? Que te has olvidado de Cristo. Despierta, pues, a Cristo, acuérdate de Cristo, vele en ti Cristo; piensa en él. ¿Qué es lo que pretendías? Vengarte. Se apartó de ti, pues él mientras era crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

El que dormía en tu corazón, no quiso vengarse. Despiértale, piensa en él. Su recuerdo es su palabra; su recuerdo es su voz de mando. Y si en ti vela Cristo, te dirás a ti mismo: ¿Qué clase de hombre soy yo, que quiero vengarme? ¿Quién soy yo para permitirme amenazar a otro hombre? Prefiero morir antes que vengarme. Si cuando estoy jadeante, rojo de ira y sediento de venganza abandonare este cuerpo, no me recibirá aquel que no quiso vengarse no me recibirá aquel que dijo: Dad y se os dará, perdonad y seréis perdonados. Por tanto, refrenaré mi ira, y retornaré a la paz de mi corazón. Increpó Cristo al mar y se hizo la calma.

Y lo que acabo de decir de la iracundia, tomadlo como norma en todas vuestras tentaciones. Nace la tentación: es el viento; te alteras: es el oleaje. Despierta a Cristo, que hable contigo. Pero, ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! Que ¿quién es éste a quien el mar obedece? Suyo es el mar, porque él lo hizo. Por medio de la Palabra se hizo todo. Imita más bien a los vientos y al mar: obedece al Creador. A una orden de Cristo el mar oye, ¿y tú te haces el sordo? Oye el mar, cesa el viento, ¿y tú estás que bufas? ¿Qué? Lo digo, lo hago, lo realizo: ¿qué otra cosa es eso sino bufar y negarse a recobrar la calma a una palabra de Cristo?

En los momentos de perturbación, no os dejéis vencer por el oleaje. No obstante y puesto que al fin y al cabo somos hombres, si soplare el viento, si se alborotan las pasiones de nuestra alma, no desesperemos: despertemos a Cristo, para que podamos navegar con bonanza y arribar al puerto de la patria.

Comentario: «Increpó al viento y dijo al lago: ‘¡Silencio, cállate!’»

Sobre el Salmo 54,10 : CCL 39,664

Estás en el mar y llega la tempestad. No puedes hacer otra cosa que gritar: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). Que te extienda su mano el que camina sin temor sobre las olas, que saque de ti tu miedo, que ponga tu seguridad en él, que hable a tu corazón y te diga: «Piensa en lo que yo he soportado. ¿Tienes que sufrir de un mal hermano, de un enemigo de fuera de ti? ¿Es que yo no he tenido los míos? Por fuera los que rechinaban de dientes, por dentro ese discípulo que me traicionaba».

Es verdad, la tempestad hace estragos. Pero Cristo nos salva «de la estrechez de alma y de la tempestad» (Sal 54,9 LXX). ¿Está sacudido tu barco? Quizás sea porque en ti Cristo duerme. Un mar furioso sacudía la barca en la que navegaban los discípulos y, sin embargo Cristo dormía. Pero por fin llegó el momento en que los hombres se dieron cuenta que estaba con ellos el amo y creador de los vientos. Se acercaron a Cristo, le despertaron: Cristo increpó a los vientos y vino una gran calma.

Con razón tu corazón se turba si te has olvidado de aquel en quien has creído; y tu sufrimiento se te hace insoportable si el recuerdo de todo lo que Cristo ha sufrido por ti, está lejos de tu espíritu. Si no piensas en Cristo, él duerme. Despierta a Cristo, llama a tu fe. Porque Cristo duerme en ti si te has olvidado de su Pasión; y si te acuerdas de su Pasión, Cristo vela en ti. Cuando habrás reflexionado con todo tu corazón lo que Cristo ha sufrido, ¿no podrás soportar tus penas con firmeza cuando te lleguen? Y con gozo, quizás, a través del sufrimiento, te encontrarás un poco semejante a tu rey. Sí, cuando estos pensamientos empezarán a consolarte, a producirte gozo, has de saber que es Cristo que se ha levantado y ha increpado a los vientos; de él vendrá la paz que has experimentado. «Yo esperaba, dice un salmo, al que me salvaría de la estrechez de alma y de la tempestad».

Comentario sobre los salmos

Salmo 25, n. 2

«Se levantó un fuerte huracán»

También nosotros navegamos en un lago en el que no faltan ni viento ni tempestades; las cotidianas tentaciones de este mundo casi hunden nuestra barca. ¿De dónde viene esta situación sino de que Jesús duerme? Si Jesús no durmiera en ti no sufrirías estas tempestades, sino que gozarías de una gran tranquilidad interior porque Jesús estaría velando contigo.
¿Qué quiere decir: Jesús duerme? Quiere decir que tu fe en Jesús está dormida. Se levantan los huracanes en el lago: ves prosperar a los malvados y sufrir a los buenos; hay una tentación, un choque de las olas. Y en el interior de tu alma dirás: «Dios mío, ¿dónde está tu justicia si los malos prosperan y los buenos se sienten abandonados al sufrimiento?» Sí, tú dices a Dios: «¿Es ésta tu justicia?» Y Dios te contesta: «¿Es ésta tu fe? ¿Qué es lo que, en efecto, te he prometido? ¿Es que te has hecho cristiano para tener éxito en este mundo? ¿Te has atormentado por la suerte de los malos aquí abajo siendo así que no conoces su suerte en el otro mundo?»
¿De dónde proviene que hables así y te veas sacudido por las olas del lago y por el huracán? Es porque Jesús duerme, es decir, que tu fe en Jesús se ha adormecido en tu corazón. ¿Qué harás para ser liberado de esta situación? Despierta a Jesús y dile: « Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? Las incertidumbres de nuestra travesía por el lago nos perturban; nos hundimos. Pero él se despertará, es decir, volverás a tener fe, y con la ayuda de Jesús, reflexionarás en tu corazón y te caerás en la cuenta de que los bienes concedidos hoy a los malos, no durarán. Sus bienes, o bien se les acaban en esta vida, o bien deberán abandonarlos en el momento de su muerte. Pero para ti, por el contrario, lo que se te ha prometido durará por toda la eternidad… Da pues, la espalda a lo que acaba en ruina, y vuelve tu rostro hacia lo que permanece. Cuando Cristo se despierte, el huracán ya no sacudirá más tu corazón, las olas no hundirán tu barca, porque tu fe mandará a los vientos y a las olas, y el peligro desaparecerá.

San Juan Pablo II, papa

Catequesis: Audiencia General (02-12-1987)

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Miércoles 2 de diciembre de 1987

Los milagros de Jesús como signos salvíficos

4. A su vez, la tempestad calmada en el lago de Genesaret puede releerse como “señalde una presencia constante de Cristo en la “barca” de la Iglesia, que, muchas veces, en el discurrir de la historia, está sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad. Jesús, despertado por sus discípulos, orden a los vientos y al mar, y se hace una gran bonanza. Después les dice: “¿Por qué sois tan tímidos? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4, 40). En éste, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar en los Apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos de la historia, en los que se podría infiltrar en el espíritu la duda sobre a asistencia divina. De hecho, en la homilética y en la espiritualidad cristiana, el milagro se ha interpretado a menudo como “señal” de la presencia de Jesús y garantía de la confianza en Él por parte de los cristianos y de la Iglesia.

5. Jesús, que va hacia los discípulos caminando sobre las aguas, ofrece otra “señal” de su presencia, y asegura una vigilancia constante sobre sus discípulos y su Iglesia. “Soy yo, no temáis”, dice Jesús a los Apóstoles que lo habían tomado por un fantasma (cf. Mc6, 49-50; cf. Mt 14, 26-27; Jn 6, 16-21). Marcos hace notar el estupor de los Apóstoles “pues no se habían dado cuenta de lo de los panes: su corazón estaba embotado” (Mc 6, 52). Mateo presenta la pregunta de Pedro que quería bajar de la barca para ir al encuentro de Jesús, y nos hace ver su miedo y su invocación de auxilio, cuando ve que se hunde: Jesús lo salva, pero lo amonesta dulcemente: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 31). Añade también que los que estaban en la barca “se postraron ante Él, diciendo: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” (Mt 14, 33).

6. Las pescas milagrosas son para los Apóstoles y para la Iglesia las “señales” de la fecundidad de su misión, si se mantienen profundamente unidas al poder salvífico de Cristo (cf. Lc 5, 4-10; Jn 21, 3-6). Efectivamente, Lucas inserta en la narración el hecho de Simón Pedro que se arroja a los pies de Jesús exclamando: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5, 8), y la respuesta de Jesús es: “No temas, en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc 5, 10). Juan, a su vez, tras la narración de la pesca después de la resurrección, coloca el mandato de Cristo a Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (cf. Jn 21, 15-17). Es un acercamiento significativo.

7. Se puede, pues, decir que los milagros de Cristo, manifestación de la omnipotencia divina respecto de la creación, que se revela en su poder mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo, las “señales” mediante las cuales se revela la obra divina de la salvación, la economía salvífica que con Cristo se introduce y se realiza de manera definitiva en la historia del hombre y se inscribe así en este mundo visible, que es también obra divina. La gente —como los Apóstoles en el lago—, viendo los milagros de Cristo, se pregunta: “¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41), mediante estas “señales”, queda preparada para acoger la salvación que Dios ofrece al hombre en su Hijo.

Este es el fin esencial de todos los milagros y señales realizados por Cristo a los ojos de sus contemporáneos, y de todos los milagros que a lo largo de la historia serán realizados por sus Apóstoles y discípulos con referencia al poder salvífico de su nombre: “En nombre de Jesús Nazareno, anda” (Act 3, 6).

Homilía (22-06-1997)

Domingo 22 de Junio de 1997

Nos hemos reunido aquí esta mañana para encontrarnos, como sus discípulos, con el Señor resucitado, que nos convoca para alentar la fe con su Palabra, compartir el pan de la Eucaristía y edificar la Iglesia con los vínculos de caridad fraterna que vivifican la comunidad cristiana.

Hoy su Palabra interpela nuestra fe, a veces vacilante y que provoca miedos infundados: “¿Por qué sois tan cobardes? – dice – ¿Aún no tenéis fe?” (Mt 4,40). Son muchos los temores que nos atenazan y que pueden inducirnos a la cobardía o al desánimo: el miedo al aparente silencio de Dios, el miedo a los grandes poderes del mundo que pretenden competir con la omnipotencia y la providencia divinas, el miedo, en fin, a una cultura que parece relegar a la marginación e insignificancia social el sentido religioso y cristiano de la vida.

La escena evangélica de la barca amenazada por las olas, evoca la imagen de la Iglesia que surca el mar de la historia dirigiéndose hacia el pleno cumplimiento del reino de Dios. Jesús, que ha prometido permanecer con los suyos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 29,20), no dejará la nave a la deriva. En los momentos de dificultad y tribulación, sigue oyéndose su voz: “¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Es una llamada a reforzar continuamente la fe en Cristo, a no desfallecer en medio de las dificultades. En los momentos de prueba, cuando parece que se cierne la “noche oscura” en su camino, o arrecian la tempestad de las dificultades, la Iglesia sabe que está en buenas manos.

Las palabras hemos escuchado en la segunda lectura nos exhortan también a confiar en la presencia del Señor y a renovar nuestra existencia como verdaderos creyentes: “el que vive con Cristo es una criatura nueva” (2 Co 5,17). En la novedad de vida, don de nuestro Señor a los bautizados, ya no hay espacio para las incertidumbres y vacilaciones. La confianza y la paz son el signo de la profunda comunión con Jesucristo, muerto “para que los viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Al saludar cordialmente a los presentes, especialmente a los alumnos del Pontificio Colegio Español y Pontificio Colegio Mexicano, de roma, que han querido con esta celebración reafirmar su adhesión al Sucesor de Pedro, os invito a todos a experimentar el gozo de la presencia del Señor en esta Eucaristía, que celebramos en la gruta de Nuestra Señora de Lourdes, como queriendo encontrar cobijo en María en el encuentro con su divino Hijo. Que ella nos acompañe y sostenga con su materna intercesión en nuestro camino de fe, nos ayude a profundizar cada vez más en el misterio de la persona de Cristo y a gustar la paz interior que proviene de la firme convicción de su presencia entre nosotros. Amen.

Benedicto XVI, papa

Homilía (21-06-2009)

VISITA PASTORAL A SAN GIOVANNI ROTONDO
Atrio de la iglesia de San Pío de Pietrelcina. Domingo 21 de junio de 2009

3. Acabamos de escuchar el pasaje evangélico de la tempestad calmada, que ha ido acompañado por un breve pero incisivo texto del libro de Job, en el que Dios se revela como el Señor del mar. Jesús increpa al viento y ordena al mar que se calme, lo interpela como si se identificara con el poder diabólico. En la Biblia, según lo que nos dicen la primera lectura y el Salmo 107, el mar se considera como un elemento amenazador, caótico, potencialmente destructivo, que sólo Dios, el Creador, puede dominar, gobernar y silenciar.

Sin embargo, hay otra fuerza, una fuerza positiva, que mueve al mundo, capaz de transformar y renovar a las criaturas: la fuerza del “amor de Cristo” (2 Co 5, 14), como la llama san Pablo en la segunda carta a los Corintios; por tanto, esencialmente no es una fuerza cósmica, sino divina, trascendente. Actúa también sobre el cosmos, pero, en sí mismo, el amor de Cristo es “otro” tipo de poder, y el Señor manifestó esta alteridad trascendente en su Pascua, en la “santidad” del “camino” que eligió para liberarnos del dominio del mal, como había sucedido con el éxodo de Egipto, cuando hizo salir a los judíos atravesando las aguas del mar rojo. “Dios mío —exclama el salmista—, tus caminos son santos (…). Te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas” (Sal 77, 14.20). En el misterio pascual, Jesús pasó a través del abismo de la muerte, porque Dios quiso renovar así el universo: mediante la muerte y resurrección de su Hijo, “muerto por todos”, para que todos puedan vivir “por aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15), y para que no vivan sólo para sí mismos.

4. El gesto solemne de calmar el mar tempestuoso es claramente un signo del señorío de Cristo sobre las potencias negativas e induce a pensar en su divinidad: “¿Quién es este —se preguntan asombrados y atemorizados los discípulos—, que hasta el viento y las aguas le obedecen?” (Mc 4, 41). Su fe aún no es firme; se está formando; es una mezcla de miedo y confianza; por el contrario, el abandono confiado de Jesús al Padre es total y puro. Por eso, por este poder del amor, puede dormir durante la tempestad, totalmente seguro en los brazos de Dios. Pero llegará el momento en el que también Jesús experimentará miedo y angustia: cuando llegue su hora, sentirá sobre sí todo el peso de los pecados de la humanidad, como una gran ola que está punto de abatirse sobre él. Esa sí que será una tempestad terrible, no cósmica, sino espiritual. Será el último asalto, el asalto extremo del mal contra el Hijo de Dios.

5. Sin embargo, en esa hora Jesús no dudó del poder de Dios Padre y de su cercanía, aunque tuvo que experimentar plenamente la distancia que existe entre el odio y el amor, entre la mentira y la verdad, entre el pecado y la gracia. Experimentó en sí mismo de modo desgarrador este drama, especialmente en Getsemaní, antes de ser arrestado y, después, durante toda la Pasión, hasta su muerte en la cruz. En esa hora Jesús, por una parte, estaba totalmente unido al Padre, plenamente abandonado en él; y, por otra, al ser solidario con los pecadores, estaba como separado y se sintió como abandonado por él.

6. Algunos santos han vivido personalmente de modo intenso esta experiencia de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina es uno de ellos. Un hombre sencillo, de orígenes humildes, “conquistado por Cristo” (Flp 3, 12) —como escribe de sí el apóstol san Pablo— para convertirlo en un instrumento elegido del poder perenne de su cruz: poder de amor a las almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual y de solidaridad activa con los que sufren. Los estigmas que marcaron su cuerpo lo unieron íntimamente al Crucificado resucitado. Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo suya, como el Poverello, la experiencia del apóstol san Pablo, tal como la describe en sus cartas: “Estoy crucificado con Cristo: y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 19-20); o también: “La muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros” (2 Co 4, 12).

7. Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de salvación. El padre Pío conservó sus dones naturales, y también su temperamento, pero ofreció todo a Dios, que pudo servirse libremente de él para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en el alma.

8. Como sucedió con Jesús, el padre Pío tuvo que librar la verdadera lucha, el combate radical, no contra enemigos terrenos, sino contra el espíritu del mal (cf. Ef 6, 12). Las “tempestades” más fuertes que lo amenazaban eran los asaltos del diablo, de los cuales se defendió con “la armadura de Dios”, con “el escudo de la fe” y “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef 6, 11. 16. 17). Permaneciendo unido a Jesús, siempre tuvo ante sí la profundidad del drama humano; por eso se entregó a sí mismo y ofreció sus numerosos sufrimientos, y se gastó por el cuidado y el alivio de los enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios, de su reino que viene, más aún, que ya está en el mundo, de la victoria del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte. Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento: así se puede resumir la misión de san Pío de Pietrelcina, como dijo de él también el siervo de Dios Papa Pablo VI: “Era un hombre de oración y de sufrimiento” (Discurso a los padres capitulares capuchinos, 20 de febrero de 1971).

13. Que, juntamente con san Francisco y la Virgen, a la que tanto amó e hizo amar en este mundo, vele sobre todos vosotros y os proteja siempre. Y entonces, incluso en medio de las tempestades que puedan levantarse repentinamente, podréis experimentar el soplo del Espíritu Santo, que es más fuerte que cualquier viento contrario e impulsa la barca de la Iglesia y a cada uno de nosotros. Por eso debemos vivir siempre con serenidad y cultivar en el corazón la alegría, dando gracias al Señor. “Es eterna su misericordia” (Salmo responsorial). Amén.

Congregación para el Clero

Como la semilla de mostaza, de la que hablaba la Liturgia del Domingo pasado, es pequeña y aparentemente impotente, y sin embargo es el germen de una planta capaz de dar sombra y cobijo a los pájaros que harán en ella su nido (Domingo XI Tiempo Ordinario), así la fe del hombre que reconoce el señorío de Dios sobre las potencias del mal, aunque aparece como “poca cosa”, en realidad es quien genera esperanza y consuelo en la tumultuosa vida del mundo.

Esta esperanza y este consuelo provienen de la Presencia de Cristo en la historia. La liturgia de hoy está dominada por la narración de la tempestad calmada. El relato de Marcos aparece como la continuación ideal de la primera Lectura. Al desahogo de Job, que pide explicaciones de su sufrimiento, Dios responde recordando su propia omnipotencia, que todo lo domina, también las fuerzas de la naturaleza: «¿Quién ha encerrado entre dos puertas el mar?».

En un ritmo a contrapunto, el relato del lago coloca a Dios y al hombre frente a frente: Cristo y su señorío, frente al hombre y su miedo. Los pescadores de Galilea se resignan, deponen sus fuerzas y se dejan dominar por el miedo, hasta llegar a la completa consternación cuando ven que Jesús duerme: «¿No te importa que perezcamos?». Esta es la acusación que le hacen, interrumpiendo el sueño del Maestro. Piensan que le resulta ajeno el drama que sufren, como sucede a muchos hombres en la historia. Por este “alejamiento” de Cristo del propio drama, los hombres miden su fe: los discípulos de ayer, como los de hoy, viven en la fe en la medida en que perciben a Cristo como presencia de la y en la vida, jamás extraño a ella. Olvidan que la vida está en las manos del Señor y algunas veces presumen de estar como “exonerados” de las pruebas. En consecuencia, con dificultad vivirán una experiencia dramática como experiencia de fe, hasta llegar a una total confianza en el Señor, si en el tiempo de los consuelos no se desapegan de esto.

El Señor reprueba no tanto el miedo, muy humano, como la incapacidad de fiarse de Él por la falta de fe. Piensan que está ausente, porque les falta un verdadero conocimiento de Cristo, como novedad auténtica y definitiva de la vida (II Lectura). ¿Dónde está la medida de esta confianza, si no en la pregunta final de los discípulos, que reconocen lo que ha sucedido y se preguntan: «¿Quién es éste?». En esta pregunta y de tal pregunta consiste todo el sentido religioso humano.
La barca “agitada violentamente por la tempestad” es vista por los Padres como la imagen de la Iglesia, que atraviesa las tempestades de la historia.

Justamente, cuando se pierde de vista a Cristo como “medida” de la vida, parámetro de toda elección y razón de la existencia, la tempestad parece ser más agresiva. Cuando se comete el error de pensar en la Iglesia sin Cristo, entonces ella está más sujeta a las olas violentas.”Es Él la medida del verdadero humanismo. Una fe “adulta” no es la que sigue las ondas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente enraizada  en la amistad con Cristo. Es esta amistad la que nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para distinguir entre verdadero y falso, entre engaño y verdad. Esta es la fe adulta en la que debemos madurar, a esta fe debemos guiar el rebaño de Cristo” (Card. J. Ratzinger, Homilía Santa Misa Pro Eligendo romano Pontifice).

La garantía de la salvación es estar con Él, en la barca, a pesar de la tormenta. Su nombre amado, venerado e invocado, es la garantía de que Él jamás priva de su guía a aquellos que ha establecido sobre la roca de su amor (Colecta).

La Virgen Santísima, Mater Ecclesiae, nos proteja siempre, y nos obtenga de Cristo la gracia para superar las olas que atacan incesantemente la barca de la Iglesia y nos consiga, en la barca guiada por Pedro, una auténtica santidad de vida.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

En el evangelio de Marcos todo habla de Jesús. El domingo duodécimo nos lleva a presenciar un nuevo signo, la tempestad calmada (4,35-40), en el que Jesús manifiesta su soberanía absoluta ante los elementos naturales, poniéndose así al nivel del Creador (1ª lectura: Job 38,1.8-11). Ante esta grandeza soberana, no basta la admiración; es necesaria la fe viva en Él que ahuyenta el temor ante las dificultades.

El Señor de lo imposible

Sal 106
El Salmo 106 es un himno de acción de gracias del pueblo entero a su Dios, que con su amor y su poder les ha redimido de todas sus angustias cuando han clamado a Él. Al experimentar su salvación y su ayuda, el pueblo desborda en alabanza.
El trozo que se lee en la liturgia de hoy expresa un peligro particularmente grave: en medio de unas aguas tormentosas, los navegantes han sentido al vivo su impotencia para escapar; en esta situación humanamente angustiosa y desesperada –«de nada les valía su pericia»–, han gritado a Dios, que ha transformado el viento tormentoso en suave brisa y así, de forma inesperada, les ha conducido al ansiado puerto, manifestando su misericordia y su acción maravillosa. Imágenes éstas que reflejan toda situación límite del que se encuentra en una dificultad que le supera totalmente.
En el contexto de las lecturas de hoy, el salmo está cantando la grandeza y el poder de Cristo, Señor de la Creación, que calma la tempestad. Muchos Santos Padres han visto en la barca una imagen de la Iglesia, que avanza en medio de las dificultades y tempestades del mundo; a veces puede dar la impresión de que va a naufragar, y se hundirá totalmente si contase con su sola pericia humana. Sólo la certeza de que Cristo está en ella y la conduce –aunque a veces parezca dormir– le da la seguridad de salir triunfante de las olas amenazantes y de toda tempestad, y de poder llegar al puerto definitivo. Ante las dificultades que parecen insalvables, se trata de mantener la confianza en el Cristo invisible, que domina la situación porque es el Señor de lo imposible.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

Antífonas y Oraciones

Entrada: «El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su Pastor y llévalos siempre» (Sal 27,8-9).

Colecta (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de su amor».

Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense y del Gelasiano): «Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza, para que, purificados por tu poder, te agrademos con la ofrenda de nuestros amor».

Comunión: «Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú les das la comida a su tiempo» (Sal 144,15); o bien: «Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas, dice el Señor» (Jn 10,11.15).

Postcomunión (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Renovados con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, imploramos de tu bondad, Señor, que cuanto celebramos en cada eucaristía sea para nosotros prenda de salvación».

Liturgia de la Palabra

Dios es el único Dueño de la creación. Con ocasión de apaciguar la tempestad, Jesús hace que sus discípulos se pongan en interrogante acerca de su origen divino. San Pablo revela hoy el secreto de su vida: el amor de Cristo le ha conquistado. Ese amor que ha hecho de él una criatura nueva, le confiere una visión renovada del mundo: «Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo».

Job 38,1.8-11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Como Creador, cuyas huellas se nos evidencian en todas las obras de la creación, «Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros. En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos,17,27-28).

–Esta lectura sirve de introducción a la del Evangelio y lo mismo también el Salmo 106: «Los hijos de Israel entraron en nave por el mar comerciando por las aguas inmensa… Él habló y levantó un viento tormentoso, que alzaba las olas a lo alto; subían al cielo y bajaban al abismo… Pero gritaron a Dios en su angustia y los arrancó de la tribulación». Sea una interpretación simbólica de cuatro grupos de personas liberadas de peligros diversos, o sea una interpretación realista de cuatro grupos de personas que suben a Jerusalén para ofrecer sacrificios de acción de gracias, en el fondo es lo mismo: se dan gracias a Dios por los peligros de que los ha liberado, ya sea para significar la liberación de la cautividad de Babilonia u otros peligros.

Esto nos lleva a la acción de gracias por antonomasia: la Eucaristía que celebramos y que es el centro de la vida cristiana. Por ella damos también gracias a Dios por los beneficios que constantemente recibimos de él.

2 Corintios 5,14-17: Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. La suprema cercanía personal y amorosa de Dios a nosotros se ha consumado en el Corazón de Cristo. Su presencia viviente de Verbo encarnado, con el sello de su divinidad tras su Resurrección, le hace convivir misteriosamente con sus elegidos en la Iglesia. San Agustín dice:

«En efecto, ya ve a Cristo detenido el que dice: Y “si habíamos conocido a Cristo, según la carne, ahora no lo conocemos así” (2 Cor 5,16). En la medida en que es posible en esta vida, veía la divinidad de Cristo. Existe la divinidad de Cristo, existe la humanidad. La divinidad se detiene, la humanidad pasa. ¿Qué significa que la divinidad se detiene? No cambia, no se destruye, no retrocede. Su venida a nosotros no significó separarse del Padre; ni su Ascensión el moverse localmente» (Sermón 188,14).

«Ha llegado lo nuevo». San Juan Crisóstomo señala el cambio radical que ha supuesto la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y la diferencia consecuente entre judaísmo y cristianismo:

«En lugar de una Jerusalén terrestre, hay una Jerusalén descendida del cielo; en lugar de un templo material y sensible, un templo espiritual que no aparece a nuestras miradas; en lugar de unas tablas de piedra, depositarias de la ley divina, son nuestros propios cuerpos los que han venido a ser el santuario del Espíritu Santo; en lugar de la circuncisión, el Bautismo; en lugar del maná, el Cuerpo del Señor; en lugar del agua que brotó de la roca, la sangre que salió del costado de Jesucristo; la cruz del Salvador reemplaza la vara de Aarón y Moisés, y el Reino de los Cielos a la tierra prometida» (Homilía 11 sobre 2 Cor).

Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste a quien el viento y las olas obedecen?. Jesucristo es mucho más que una «revelación de Dios» en medio de los hombres o que un signo humano de la divinidad. Es la presencia personal del Verbo consustancial al Padre, viviente en condición e intimidad humanas entre los hombres. Comenta San Agustín:

«Oíste una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Soplando el viento y encrespándose el oleaje, se halla en peligro la nave, peligra tu corazón. Oída la afrenta deseas vengarte. Te vengaste y, cediendo a la injuria ajena, naufragaste. ¿Cuál es la causa? Porque duerme en ti Cristo. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta, pues, a Cristo; acuérdate de Él, está despierto en ti; piensa en Él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que El, cuando fue crucificado dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”? (Lc 23,34). Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de Él. Recordarle es recordar su palabra. Recordarle es recordar su precepto. Si Cristo está despierto en ti, ¿qué dices en tu interior? ¿Quién soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre?… Por tanto calmaré mi ira y volveré a la quietud de mi corazón. Dio órdenes Cristo y se produjo la bonanza» (Sermón 63,2).

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