Domingo XIII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Sab 1, 13-15; 2, 23-24 : La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo.
-Salmo: 29, 2-13b : R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
-2ª Lectura: 2 Cor 8, 7. 9. 13-15 : Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres.
+Evangelio: Mc 5, 21-43 : Contigo hablo, niña, levántate.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Pedro Crisólogo, obispo

Sermón: Para Dios la muerte es un sueño

Sermón 34, 1.5: CCL 34,193.197-199 (Liturgia de las Horas)

Realmente, para Dios la muerte es un sueño

Todas las perícopas evangélicas, carísimos hermanos, nos ofrecen los grandes bienes de la vida presente y de la futura. Pero la lectura de hoy es un compendio perfecto de esperanza, y la exclusión de cualquier motivo de desesperación.

Pero hablemos ya del jefe de la sinagoga, que, mientras conduce a Cristo a la cabecera de su hija, deja expedito el camino para que la mujer se acerque a Cristo. La lectura evangélica de hoy comienza así: Se acercó un jefe de la sinagoga, y al verlo se le echó a sus pies, rogándole con insistencia: Señor mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Conocedor del futuro como era, a Cristo no se le ocultaba que iba a producirse el encuentro con la susodicha mujer: de ella había de aprender el jefe de los judíos que a Dios no hay que moverlo de sitio, ni llevarlo de camino, ni exigirle una presencia corporal, sino creer que Dios está presente en todas partes, íntegramente y siempre; que puede hacerlo con sola una orden, sin esfuerzo; infundir ánimo, no deprimirlo; ahuyentar la muerte no con la mano, sino con su poder; prolongar la vida no con el arte, sino con el mandato.

Mi niña está en las últimas; ven. Que es como si dijera: Aún conserva el calor de la vida, aún se notan síntomas de animación, todavía respira, todavía el señor de la casa tiene una hija, todavía no ha descendido a la región de los muertos; por tanto, date prisa, no dejes que se le vaya el alma. En su ignorancia, creyó que Cristo no podía resucitar a la muerta sino tomándola de la mano. Esta es la razón por la cual Cristo, cuando, al llegar a la casa, vio que a la niña se la lloraba como perdida, para mover a la fe a los ánimos infieles, dijo que la niña no estaba muerta, sino dormida, a fin de infundirles esperanza, pensando que era más fácil despertar del sueño que de la muerte. La niña —dice— no está muerta, está dormida.

Y realmente, para Dios la muerte es un sueño, pues Dios devuelve más rápidamente a la vida que despierta un hombre del sueño a un dormido; y tarda menos Dios en infundir el calor vivificante a unos miembros fríos con el frío de la muerte de lo que puede tardar un hombre en infundir el vigor a los cuerpos sepultados en el sueño. Escucha al Apóstol: En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los muertos despertarán. El bienaventurado Apóstol, al no hallar palabras capaces de expresar la velocidad de la resurrección, acudió a los ejemplos. Porque, ¿cómo hubiera podido imprimir celeridad al discurso allí donde la potencia divina se adelanta incluso a esa misma celeridad? ¿O en qué sentido podía expresarse en categorías de tiempo, allí donde se nos otorga una realidad eterna no sometida al tiempo? Así como el tiempo dio paso a la temporalidad, así excluyó el tiempo la eternidad.

San Jerónimo, Homilías sobre el evangelio de Marcos, n. 3

«Levántate» (Mc 5, 41)

«Cogió de la mano a la niña y le dijo: ‘Talitha qumi ‘, que significa: ‘contigo hablo, niña, levántate’.»

Puesto que has nacido una segunda vez te llamarán ‘muchacha’. Muchacha, levántate para mi, no por tu propio mérito, sino por la acción de mi gracia. Levántate, pues, para mí: tu curación no es debida a tu fuerza. «La niña se puso inmediatamente en pie y echó a andar». Que Jesús nos toque también a nosotros y andaremos inmediatamente. Aunque seamos paralíticos, aunque nuestras obras sean malas y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados…, si Jesús nos toca, inmediatamente quedaremos curados. La suegra de Pedro estaba cogida por la fiebre: Jesús la tocó con la mano, ella se levantó e inmediatamente les sirvió (Mc 1,31).

«Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase». ¿Entendéis ahora porqué echó fuera a todos cuando iba a hacer un milagro? No solamente les mandó sino que les insistió en que nadie se enterase. Lo mandó a los tres apóstoles, lo mandó también a los padres de la niña: que nadie se entere. El Señor se lo mandó a todos, pero la niña, a la que había levantado, no podía callarse.

«Y les dijo que dieran de comer a la niña» para que su resurrección no fuera considerada como la aparición de un fantasma. También él mismo, después de la resurrección, comió pez asado y un postre de miel (Lc 24,42)… Te lo suplico Señor, también a nosotros que estamos acostados, tócanos la mano; levántanos del lecho de nuestros pecados y haznos caminar. Cuando hayamos caminado, haz que nos den de comer. Acostados no podemos comer; si no estamos de pie, no somos capaces de recibir el Cuerpo de Cristo.

San Juan Pablo II, papa

Discurso (02-04-1987) : necesidad de una resurrección espiritual

A los jóvenes, en Chile el 02-04-1987

[…] Habéis querido exponer lo que pensáis sobre nuestra sociedad y nuestro mundo, indicando los síntomas de debilidad, de enfermedad y hasta de muerte espiritual. Es cierto: nuestro mundo necesita una profunda mejoría, una honda resurrección espiritual. Aunque el Señor lo sabe todo, quiere que, con la misma confianza de aquel jefe de la sinagoga, Jairo –que cuenta la gravedad del estado de su hija: “Mi niña está en las últimas”(Mc 5, 23)–, le digamos cuáles son nuestros problemas, todo lo que nos preocupa o entristece. Y el Señor espera que le dirijamos la misma súplica de Jairo, cuando le pedía la salud de su hija: “Ven, pon las manos sobre ella, para que sane” (Ibíd.). Os invito pues a que os unáis a mi oración por la salvación del mundo entero, para que todos los hombres resuciten a una vida nueva en Cristo Jesús. […] Existen tantos países, tantos pueblos, tantas naciones que no pueden morir. Se debe rezar para vencer la muerte. Se debe rezar para lograr una vida nueva en Cristo Jesús. El es la vida; El es la verdad; El es la camino.

3. […] Hemos escuchado la lectura bíblica de la resurrección de la hija de Jairo, la cual –puntualiza San Marcos– “tenía doce años” (Mc 5, 42), Vale la pena detenernos a contemplar toda la escena. Jesús, como en tantas otras ocasiones, está junto al lago, rodeado de gente. De entre la muchedumbre sale Jairo, quien con franqueza expone al Maestro su pena, la enfermedad de su hija, y con insistencia le suplica su corazón: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva” (Ibíd., 5, 23).

“Jesús se fue con él” (Mc 5, 24). El corazón de Cristo, que se conmueve ante el dolor humano de ese hombre y de su joven hija, no permanece indiferente ante nuestros sufrimientos. Cristo nos escucha siempre, pero nos pide que acudamos a El con fe.

Poco más tarde llegan a decir a Jairo que su hija ha muerto. Humanamente ya no había remedio. “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?” (Ibíd., 5, 36).

El amor que Jesús siente por los hombres, por nosotros, le impulsa a ir a la casa de aquel jefe de la sinagoga. Todos los gestos y las palabras del Señor expresan ese amor. Quisiera detenerme particularmente en esas palabras textuales recogidas de labios de Jesús: “La niña no está muerta, está dormida”. Estas palabras profundamente reveladoras me llevan a pensar en la misteriosa presencia del Señor de la vida en un mundo que parece como si sucumbiera bajo el impulso desgarrador del odio, de la violencia y de la injusticia, pero, no. Este mundo, que es el vuestro, no está muerto, sino adormecido. En vuestro corazón, queridos jóvenes, se advierte el latido fuerte de la vida, del amor de Dios. La juventud no está muerta cuando está cercana al Maestro. Sí, cuando está cercana a Jesús: vosotros todos estáis cercanos a Jesús. Escuchad todas sus palabras, todas las palabras, todo. Joven, quiere a Jesús, busca a Jesús. Encuentra a Jesús.

Seguidamente Cristo entra en la habitación donde está ella, la toma de la mano, y le dice: “Contigo hablo, niña, levántate” (Ibíd., 5, 41). Todo el amor y todo el poder de Cristo –el poder de su amor– se nos revelan en esa delicadeza y en esa autoridad con que Jesús devuelve la vida a esta niña, y le manda que se levante. Nos emocionamos al comprobar la eficacia de la palabra de Cristo: “La niña se puso en pie inmediatamente, y echó a andar” (Ibíd., 5, 42), Y en esa última disposición de Jesús, antes de irse; –“que dieran de comer a la niña” (Ibíd., 5, 43)– descubrimos hasta qué punto Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, conoce y se preocupa de todo lo nuestro, de todas nuestras necesidades materiales y espirituales.

De la fe en el amor de Cristo por los jóvenes nace el optimismo cristiano que manifestáis en este encuentro.

4. ¡Sólo Cristo puede dar la verdadera respuesta a todas vuestras dificultades! El mundo está necesitado de vuestra respuesta personal a las Palabras de vida del Maestro: “Contigo hablo, levántate”.

Estamos viendo cómo Jesús sale al paso de la humanidad, en las situaciones más difíciles y penosas. El milagro realizado en casa de Jairo nos muestra su poder sobre el mal. Es el Señor de la vida, el vencedor de la muerte.

Comparábamos antes el caso de la hija de Jairo con la situación de la sociedad actual. Sin embargo, no podemos olvidar que, según nos enseña la fe, la causa primera del mal, de la enfermedad, de la misma muerte, es el pecado en su diferentes formas.

En el corazón de cada uno y de cada una anida esa enfermedad que a todos nos afecta: el pecado personal, que arraiga más y más en las conciencias, a medida que se pierde el sentido de Dios. ¡A medida que se pierde el sentido de Dios! Sí, amados jóvenes. Estad atentos a no permitir que se debilite en vosotros el sentido de Dios. No se puede vencer el mal con el bien si no se tiene ese sentido de Dios, de su acción, de su presencia que nos invita a apostar siempre por la gracia, por la vida, contra el pecado, contra la muerte. Está en juego la suerte de la humanidad: “El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre” (Reconciliatio et Penitentia, 18)…

[…] Amados jóvenes: Luchad con denuedo contra el pecado, contra las fuerzas del mal en todas sus formas, luchad contra el pecado. Combatid el buen combate de la fe por la dignidad del hombre, por la dignidad del amor, por una vida noble, de hijos de Dios. Vencer el pecado mediante el perdón de Dios es una curación, es una resurrección. Hacedlo con plena conciencia de vuestra responsabilidad irrenunciable.

5. […] ¡No tengáis miedo de mirarlo a El! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un Profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en El el rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia de cada uno.

Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma.

6. […] ¡Buscad a Cristo! ¡Mirad a Cristo! ¡Vivid en Cristo! Este es mi mensaje: «Que Jesús sea “la piedra angular” (cf. Ef 2, 20), de vuestras vidas y de la nueva civilización que en solidaridad generosa y compartida tenéis que construir. No puede haber auténtico crecimiento humano en la paz y en la justicia, en la verdad y en la libertad, si Cristo no se hace presente con su fuerza salvadora» (Mensaje para la II Jornada mundial de la juventud, n. 3, 30 de noviembre de 1986). ¿Qué significa construir vuestra vida en Cristo? Significa dejaros comprometer por su amor. Un amor que pide coherencia en el propio comportamiento, que exige acomodar la propia conducta a la doctrina y a los mandamientos de Jesucristo y de su Iglesia; un amor que llena nuestras vidas de una felicidad y de una paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14, 27), a pesar de que tanto la necesita. No tengáis miedo a las exigencias del amor de Cristo. Temed, por el contrario, la pusilanimidad, la ligereza, la comodidad, el egoísmo; todo aquello que quiera acallar la voz de Cristo que, dirigiéndose a cada una, a cada uno, repite: “Contigo hablo, levántate” ( Mc 5, 41).

Mirad a Cristo con valentía, contemplando su vida a través de la lectura sosegada del Evangelio; tratándole con confianza en la intimidad de vuestra oración, en los sacramentos, especialmente en la Sagrada Eucaristía, donde El mismo se ofrece por nosotros y permanece realmente presente. No dejéis de formar vuestra conciencia con profundidad, seriamente, sobre la base de las enseñanzas que Cristo nos ha dejado y que su Iglesia conserva e interpreta con la autoridad que de El ha recibido.

Si tratáis a Cristo, oiréis también vosotros en lo más intimo del alma los requerimientos del Señor, sus insinuaciones continuas. Jesús continúa dirigiéndose a vosotros y repitiéndoos: “Contigo hablo, levántate” (Ibíd.), especialmente cada vez que no seáis fieles con la obras a quien profesáis con los labios. Procurad, pues, no separaros de Cristo, conservando en vuestra alma la gracia divina que recibisteis en el bautismo, acudiendo siempre que sea necesario al sacramento de la reconciliación y del perdón.

7. Si lucháis por llevar a la práctica este programa de vida enraizado en la fe y en el amor a Jesucristo, seréis capaces de transformar la sociedad, de construir un [mundo] más humano, más fraterno, más cristiano. Todo ello parece quedar resumido en la escueta frase del relato evangélico: “Se puso en pie inmediatamente y echó a andar” (Mc 5, 42). Con Cristo también vosotros caminaréis seguros y llevaréis su presencia a todos los caminos, a todas las actividades de este mundo, a todas las injusticias de este mundo. Con Cristo lograréis que vuestra sociedad se ponga a andar recorriendo nuevas vías, hasta hacer de ella la nueva civilización de la verdad y del amor, anclada en los valores propios del Evangelio y principalmente en el precepto de la caridad; el precepto que es el más divino y el más humano.

Cristo nos está pidiendo que no permanezcamos indiferentes ante la injusticia, que nos comprometamos responsablemente en la construcción de una sociedad más cristiana, una sociedad mejor. Para esto es preciso que alejemos de nuestra vida el odio; que reconozcamos como engañosa, falsa, incompatible con su seguimiento, toda ideología que proclame la violencia y el odio como remedios para conseguir la justicia. El amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos incapaz. Cristo parecía imposibilitado también. Dios siempre puede más.

En la experiencia de fe con el Señor, descubrid el rostro de quien por ser nuestro Maestro es el único que puede exigir totalmente, sin límites. Optad por Jesús y rechazad la idolatría del mundo, los ídolos que buscan seducir a la juventud. Sólo Dios es adorable. Sólo El merece vuestra entrega plena.

¿Verdad que queréis rechazar el ídolo de la riqueza, la codicia de tener, el consumismo, el dinero fácil?

¿Verdad que queréis rechazar el ídolo del poder, como dominio sobre los demás, en vez de la actitud de servicio fraterno, de la cual Jesús dio ejemplo?, ¿verdad?

¿Verdad que queréis rechazar el ídolo del sexo, del placer, que frena vuestros anhelos de seguimiento de Cristo por el camino de la cruz que lleva a la vida? El ídolo que puede destruir el amor…

8. Joven, levántate y participa, junto con muchos miles de hombres y mujeres en la Iglesia, en la incansable tarea de anunciar el Evangelio, de cuidar con ternura a los que sufren en esta tierra y buscar maneras de construir un país justo, un país en paz. La fe en Cristo nos enseña que vale la pena trabajar por una sociedad más justa, que vale la pena defender al inocente, al oprimido y al pobre, que vale la pena sufrir para atenuar el sufrimiento de los demás.

¡Joven, levántate! Estás llamado a ser un buscador apasionado de la verdad, un cultivador incansable de la bondad, un hombre o una mujer con vocación de santidad. Que las dificultades que te tocan vivir no sean obstáculo a tu amor y generosidad, sino un fuerte desafío. No te canses de servir, no calles la verdad, supera tus temores, sé consciente de tus propios límites personales. Tienes que ser fuerte y valiente, lúcido y perseverante en este largo camino.

No te dejes seducir por la violencia y las mil razones que aparentan justificarla. Se equivoca el que dice que pasando por ella se logrará la justicia y la paz.

Joven, levántate, ten fe en la paz, tarea ardua, tarea de todos. No caigas en la apatía frente a lo que parece imposible. En ti se agitan las semillas de la vida para el Chile del mañana. El futuro de la justicia, el futuro de la paz pasa por tus manos y surge desde lo profundo de tu corazón. Sé protagonista en la construcción de una nueva convivencia de una sociedad más justa, sana y fraterna.

9. Concluyo invocando a nuestra Madre, Santa María, bajo la advocación de Virgen del Carmen, Patrona de vuestra patria. Tradicionalmente a esta advocación han acudido siempre los hombres del mar, pidiendo a la Madre de Dios amparo y protección para sus largas y. en muchas ocasiones, difíciles travesías. Poned también vosotros bajo su protección la navegación de vuestra vida, de vuestra vida joven, no exenta de dificultades, y Ella os llevará al puerto de la Vida verdadera. Amen.

Catequesis: Audiencia general (18-11-1987)

2. […] Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que “Él (Jesús) …tomándola de la mano, le dijo: “Talitha qumi”, que quiere decir: “Niña, a ti te lo digo, levántate”. Y al instante se levantó la niña y echó a andar” (Mc 5, 41-42). [En este episodio] vemos brotar de la palabras de Jesús la expresión de una voluntad y de un poder al que Él se apela interiormente y que expresa, se podría decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación e incluso la resurrección y la vida!

6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos “milagros, prodigios y señales”, como el mismo Jesús les había prometido (cf. Act 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el Antiguo Testamento con relación al “Éxodo” de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación del Hijo de Dios, “llegó la plenitud de los tiempos” (cf. Gal 4, 4), estas señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia a su Nombre —y, por consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato, a su gloria— por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan en la Iglesia. También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del “Hijo del hombre-Hijo de Dios” y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación.

Catequesis: Audiencia general (09-12-1987)

[…] Los milagros, por tanto, son “para el hombre”. Son obras de Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según Marcos, “sobremanera se admiraban, diciendo: “Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar!” (Mc 7, 37)

… Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace por amor.

El poder de Mesías se le ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la vanagloria. El que ha venido “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37), es más, el que es “la verdad” (cf. Jn 14, 6), obra siempre en conformidad, absoluta con su misión salvífica. Todos sus “milagros y señales” expresan esta conformidad en el cuadro del “misterio mesiánico” del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos. Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes más visibles del “Hijo del hombre”.

5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez, y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la resurrección de la hija de Jairo: “La niña no ha muerto, duerme” (Mc 5, 39), como si quisiera “quitar importancia” al significado de lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade: “Les recomendó mucho que nadie supiera aquello” (Mc 5, 43).

…[Los milagros son] “signos del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo “para que todo el que crea en Él no perezca”, generoso con nosotros hasta la muerte. “Sic dilexit!” (Jn 3, 16)

Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en testimonio coherente de los hechos.

Catequesis: Audiencia general (15-06-1994)

«Hija, tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34).

Jesús quiere inculcar la idea de que la fe en él, suscitada por el deseo de la curación, está destinada a procurar la salvación que cuenta más: la salvación espiritual. De los episodios evangélicos citados se deduce que la enfermedad como un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo. Es una gran gracia recibir esa luz sobre la verdad profunda de la enfermedad.

Catequesis: Audiencia general (09-08-2000)

[…] El encuentro con Jesús es como una regeneración: da origen a la nueva criatura, capaz de un verdadero culto, que consiste en adorar al Padre “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23-24).

4. Encontrarse con Cristo en el sendero de la propia vida significa a menudo obtener una curación física. A sus discípulos Jesús les encomendará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24, 47), pero también curar a los enfermos, librar de todo mal, consolar y sostener. En efecto, los discípulos “predicaban a la gente que se convirtiera; expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6, 12-13). Cristo vino para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que el hombre se abandona plenamente a Dios, que actúa en él. En efecto, a la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad” (Mc 5, 34).

[…] 6. Ahora Cristo sigue caminando a nuestro lado por los senderos de la historia, cumpliendo su promesa: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Está presente a través de su Palabra, “Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo” (Orientale lumen, 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la localidad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54).

Benedicto XVI, papa

Ángelus (01-07-2012)

Plaza de San Pedro
Domingo 1 de julio de 2012

Este domingo, el evangelista san Marcos nos presenta el relato de dos curaciones milagrosas que Jesús realiza en favor de dos mujeres: la hija de uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y una mujer que sufría de hemorragia (cf. Mc 5, 21-43). Son dos episodios en los que hay dos niveles de lectura; el puramente físico: Jesús se inclina ante el sufrimiento humano y cura el cuerpo; y el espiritual: Jesús vino a sanar el corazón del hombre, a dar la salvación y pide fe en él. En el primer episodio, ante la noticia de que la hija de Jairo había muerto, Jesús le dice al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe» (v. 36), lo lleva con él donde estaba la niña y exclama: «Contigo hablo, niña, levántate» (v. 41). Y esta se levantó y se puso a caminar. San Jerónimo comenta estas palabras, subrayando el poder salvífico de Jesús: «Niña, levántate por mí: no por mérito tuyo, sino por mi gracia. Por tanto, levántate por mí: el hecho de haber sido curada no depende de tus virtudes» (Homilías sobre el Evangelio de Marcos, 3). El segundo episodio, el de la mujer que sufría hemorragias, pone también de manifiesto cómo Jesús vino a liberar al ser humano en su totalidad. De hecho, el milagro se realiza en dos fases: en la primera se produce la curación física, que está íntimamente relacionada con la curación más profunda, la que da la gracia de Dios a quien se abre a él con fe. Jesús dice a la mujer: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 34).

Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.

Jesús, que está atento al sufrimiento humano, nos hace pensar también en todos aquellos que ayudan a los enfermos a llevar su cruz, especialmente en los médicos, en los agentes sanitarios y en quienes prestan la asistencia religiosa en los hospitales. Son «reservas de amor», que llevan serenidad y esperanza a los que sufren. En la encíclica Deus caritas est, expliqué que, en este valioso servicio, hace falta ante todo competencia profesional —que es una primera necesidad fundamental—, pero esta por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, que necesitan humanidad y atención cordial. «Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una “formación del corazón”: se les ha de guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro» (n. 31).

Pidamos a la Virgen María que acompañe nuestro camino de fe y nuestro compromiso de amor concreto especialmente a los necesitados, mientras invocamos su maternal intercesión por nuestros hermanos que viven un sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu.

Congregación para el Clero

“Haz que permanezcamos siempre luminosos en el esplendor de la verdad”.
El ruego de la Oración Colecta encuentra toda la profundidad de su significado, en la Liturgia de la palabra, enteramente atravesada por el relato de la obra de Dios.
Es un relato que culmina en la narración del doble milagro que nos presenta el Evangelio: el esplendor de la verdad refulge en la obra no de una simple curación, sino de una curación que sucede porque ha sido solicitada con fe.
El esplendor de la verdad que refulge en la vida humana es Dios, Él es la Verdad: “las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador” (Juan Pablo II, Carta enc.  “Veritatis Splendor”, 1).

¿Qué es lo que ofusca el esplendor de la Verdad en la existencia del hombre? La experiencia de la muerte que, sembrada en el mundo por envidia del diablo, parece ser la palabra definitiva para aquellos que le pertenecen (Primera Lectura).
La posibilidad de la muerte, como última palabra en la vida de los protagonistas del Evangelio, es rescatada y vencida por la presencia y por la potencia de Jesús.

El relato evangélico es el entrelazamiento de dos milagros, en los cuales se respira el sobrevenir de la muerte: la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, que suplica a Jesús: “Mi hijita está muriéndose” y la mujer enferma que había gastado todo para tratar de curarse, sin mejoría alguna, más aún, “iba de mal en peor”.
En ambas escenas, la verdad del destino humano parece ofuscado por la sombra de la muerte. Pero justamente cuando parece prevalecer la oscuridad, la aparente derrota de la vida, se hace presente para los dos protagonistas la posibilidad de encontrar a Jesús, Verdad del propio ser.

La intención del evangelista Marcos, que entrelaza los dos relatos, es la de presentar a Jesús con las características propias de Dios: el Hijo del hombre tiene el poder de hacer milagros, de curar y de cortarle la vida a la muerte. Pero para llegar a esto es necesaria la fe, que interpela y mueve de raíz la libertad del hombre.

Las dos peticiones, la de Jairo y la de la mujer enferma, prestan su voz a una certeza única que se alberga en el corazón probado y miedoso: “Ven a imponerle las manos para que se salve y viva” y “si llego a tocar solamente su vestido, estaré salvada”.
La certeza, presente en los dos protagonistas, es la salvación como el don que deriva de la presencia de Cristo. En todo esto hay una razón de fondo: creer, no obstante las sombras aparentes en el horizonte, adhiriéndose libremente y humildemente a la obra de la Gracia.

El “talità kum”, pronunciado por Jesús en la cabecera de la hija de Jairo, ya muerta, es palabra de vida que irrumpe en el griterío y el llanto pero que, sobre todo, “vence” en el corazón del hombre, despertando el deseo imborrable de la vida y, con Él, de la Verdad.
Reconocer esta posibilidad, derivada del encuentro con el Señor, abre el corazón, en toda circunstancia, al asombro, a una mirada y a una vida nuevas.

La Santísima Virgen María, que escuchó la voz del Señor, nos ayude a decir siempre nuestro “¡Aquí estoy!”, para que en nuestra vida resplandezca la Verdad que es Cristo.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El domingo decimotercero nos encara a un doble signo de Jesús que le revela como el Dios de la vida (1ª lectura: Sab 1,13-15; 2,23-25); al vencer el poder del diablo, Jesús vence el poder de la muerte, que se debe a su influjo. La curación de la hemorroisa, considerada legalmente impura (Lev 15,19-30) y debilitada en la raíz de su ser –pues «la sangre es la vida»: Dt 12,23–, revela a Jesús como el que devuelve la salud plena y la vida digna. Más aún, resucitando a la hija de Jairo testimonia que ni siquiera la frontera de la muerte es inaccesible a su poder. La hemorroisa y Jairo resaltan una vez más la importancia de la fe, capaz de obrar milagros –«tu fe te ha curado»; «basta que tengas fe»–.

El Dios de la vida

Salmo 29

El Salmo 29 es la acción de gracias de un hombre que ha sido librado de una enfermedad muy grave. Es todo él un canto exultante al Dios de la vida, con tanta mayor alegría cuanto que el salmista ha tocado la muerte y ha sido literalmente sacado de la fosa y del abismo.

Sin embargo, somos nosotros, cristianos, los que podemos rezar este salmo con pleno sentido. Un israelita sabía que si era librado de la muerte ello sucedía sólo de forma momentánea, porque al final sucumbía inexorablemente en sus garras. A la luz del evangelio de hoy, este salmo es un canto a Jesucristo, el Dios de la vida, el Dios que nos resucitará. Si es verdad que Dios no nos ahorra la muerte –como no se la ahorró al propio Cristo–, nuestro destino es la vida eterna, incluida la resurrección de nuestro cuerpo, en una dicha que nos saciará por toda la eternidad.

Hemos de dejarnos invadir por los sentimientos de este salmo. ¿Hasta qué punto exulto de júbilo por haber sido librado de la muerte por Cristo? ¿En qué medida desbordo de gratitud porque mi destino no es la fosa? ¿Experimento el reconocimiento agradecido porque mi Señor no ha permitido que mi enemigo –Satanás– se ría de mí? La fe en la resurrección es algo esencial en la vida del cristiano. Pero es sobre todo en un mundo asediado por el tedio y la tristeza de la muerte cuando se hace más necesario nuestro testimonio gozoso y esperanzado de una fe inconmovible en Cristo resucitado y en nuestra propia resurrección. Si todo acabase con la muerte, la vida sería una aventura inútil.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

Verdad y caridad son los dos polos de la vida y del testimonio cristiano, y son también el objeto de nuestra oración en una liturgia dominical como la de hoy, llena de la alegría de los redimidos.

Antífonas y Oraciones

Entrada: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo» (Sal 46,2).

Colecta (del Sacramentario de Bérgamo): «Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad».

Ofrendas (del Veronense): «¡Oh Dios!, que obras con poder en tus sacramentos, concédenos que nuestro servicio sea digno de estos dones sagrados».

Comunión: «Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 102,1); o bien: «Padre, por ellos ruego; para que todos sean uno en nosotros y así crea el mundo que Tú me has enviado, dice el Señor» (Jn 17,20-21).

Postcomunión (del Misal anterior, retocada con el texto de Jn 15,16): «La víctima eucarística que hemos ofrecido y recibido en comunión nos vivifique, Señor, para que, unidos a ti en caridad perpetua, demos frutos que siempre permanezcan».

Liturgia de la Palabra

Como sucede ordinariamente se corresponden las lecturas primera y tercera. «Dios no hizo la muerte». Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo. En la tercera lectura Cristo resucita a la hija de Jairo. San Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a acudir en ayuda de sus hermanos de Jerusalén. Ayudar al pobre es imitar a Cristo.

El poderío de Cristo sobre la vida y la muerte es, en la Revelación divina, el signo más decisivo para evidenciar la antítesis misteriosa entre el Adán original con su influencia degradante (el pecado y la muerte cf. Rom 5,17; 1 Cor 15,26) y el nuevo Adán, Redentor del pecado y de la muerte.

Sabiduría 1,13-15–2,23-25: La muerte no procede de Dios. Pero es el signo de la limitación humana y la marca que dejó en el hombre la aberración original de pretender ser como Dios (Gén 3,4).

La revelación divina afronta el «enigma» de la muerte en su dimensión de misterio insoslayable para la existencia temporal humana (GS 14). San Atanasio escribe:

«Porque Dios no sólo nos hizo de la nada, sino que con el don de su Palabra nos dio el poder vivir como Dios. Pero los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles; y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte, pues, como dijimos, por naturaleza eran corruptibles, y sólo por la participación del Verbo podían escapar a su condición natural, si permanecían en el bien. Porque, en efecto, la corrupción no podía acercarse a los hombres a causa de que tenían con ellos al Verbo, como dice la Sabiduría: Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad; pero “por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 2, 23-24). Entonces fue cuando los hombres empezaron a morir, y desde entonces la corrupción los dominó y tuvo un poder contra todo el linaje humano superior al que le correspondía por naturaleza, puesto que por la trasgresión del precepto tenía en favor suyo la amenaza de Dios al hombre…» (Sobre la Encarnación 4,6).

–Con el Salmo 29 decimos: «te ensalzaré, Señor, porque me has librado». Es un himno de acción de gracias por la salvación recobrada. La tradición patrística y la liturgia ven en este Salmo una profecía de la Resurrección de Cristo y de nuestra propia resurrección.

2 Corintios 8,7-9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que los pobres tienen. Ante la indigencia humana el Corazón de Jesucristo es misterio de caridad y de comunión redentora. Quienes son de Cristo lo evidencian en su comunión de fe y caridad ante la indigencia de sus hermanos. Así lo explica San Juan Crisóstomo:

«Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo y en seguida se disiparán vuestras dudas. En efecto, si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Esas riquezas inefables, que por un milagro incomprensible para los hombres han encontrado su fuente en la pobreza son: el conocimiento de Dios y de la verdadera virtud, la liberación del pecado, la justicia, la santidad y otros mil beneficios que Jesucristo ya nos ha concedido y que nos concederá todavía. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (Homilía 17, sobre 2 Cor.).

Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate. «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25), pudo decir Jesús un día. Lo evidenció con el lenguaje de los hechos y lo selló con el misterio de su propia muerte redentora y su resurrección pascual. Comenta este milagro San Ambrosio:

«No está muerta la niña sino dormida. Los que no creen se ríen. Lloren pues, sus muertos los que se creen muertos; cuando se tiene fe en la resurrección, no se considera la muerte, sino el reposo. Y no está fuera de propósito lo que dice San Mateo (9,23) de que había en la casa del jefe flautistas y una multitud de plañideras; ya porque, siguiendo los usos antiguos, se hizo venir a los flautistas para inflamar y excitar los plañidos; ya porque la Sinagoga, a través de los cánticos de la ley y de la letra, no podía captar la alegría del Espíritu.

«Tomando, pues, la mano de la niña, Jesús la curó y mandó que le dieran de comer. Es una atestación de vida, para que no se crea que es un fantasma, sino una realidad. Dichoso aquél al que la Sabiduría coge de la mano. ¡Ojalá que ella dirija nuestras acciones, que la justicia tenga mi mano, que la tenga el Verbo de Dios, que Él me introduzca en su interior, que me aparte del espíritu del error, que me conduzca el espíritu que salva, que ordene que me den de comer! Pues el Pan celestial es el Verbo de Dios. Esta Sabiduría, que ha llenado los santos altares con los alimentos del Cuerpo y de la Sangre divinos ha dicho: “Venid, comed mis panes, bebed mi vino, que he preparado para vosotros” (Prov 9,5)» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI, 62-63).

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