Domingo XIV Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XIV del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Ez 2, 2-5 : Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.
-Salmo: 122, 1-4 : R. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
-2ª Lectura: 2 Cor 12, 7b-10 : Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.
+Evangelio: Mc 6, 1-6 : No desprecian a un profeta más que en su tierra.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Tratado:¿De dónde le viene esto?

Tratado 31, 3-4: CCL 36, 294-295 (Liturgia de las Horas)

«El Padre mismo me ha enviado»

Escuchad a la Palabra de Dios, hermanos, ved cómo les reafirmó en su aserción y lo que ellos respondieron: Éste sabemos de dónde viene; y también: El Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene. Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis. Lo que equivale a decir: Me conocéis y no me conocéis; o lo que es lo mismo: conocéis de dónde vengo y no conocéis de dónde vengo. Conocéis de dónde vengo: Jesús de Nazaret, cuyos padres también conocéis. En este aspecto, únicamente quedaba oculto el parto virginal, del que, no obstante, el marido era testigo de excepción: él, en efecto, habría podido fielmente indicar cómo había sucedido, siendo el único que podía conocerlo en calidad de marido. Excepción hecha, pues, del parto virginal, lo sabían todo de Jesús en cuanto hombre: su fisonomía, su patria, su familia y su pueblo natal, todo les era conocido. Con razón, pues, dijo: A mí me conocéis y sabéis de dónde vengo, según la carne y la fisonomía humana que tenía; en cambio, según la divinidad: Yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis; para que le conozcáis, debéis creer en aquel a quien ha enviado y le conoceréis, pues a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Finalmente, después de haber dicho: Sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no lo conocéis, para mostrarles de dónde podía venirles el conocimiento de lo que desconocían, añadió: Yo lo conozco. Por tanto, preguntadme a mí para llegar a conocerlo. ¿Que por qué lo conozco yo? Pues porque procedo de él y él me ha enviado. Magnífica afirmación de una doble verdad: Procedo —dice— de él, porque el Hijo procede del Padre, y todo lo que el Hijo es, es de aquel cuyo Hijo es.

Esta es la razón por la que decimos que el Señor Jesús es Dios de Dios; del Padre no decimos que sea Dios de Dios, sino sólo que es Dios. Y decimos que el Señor Jesús es Luz de Luz; del Padre no decimos que sea Luz de Luz, sino sólo que es Luz. A esto se refiere lo que dijo: Procedo de él. Y si ahora vosotros me veis en la carne es porque él me ha enviado. Cuando oyes: Él me ha enviado, no pienses en una diferencia de naturaleza, sino en la «autoridad» del que engendra.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (08-07-2012): Reconocer la luz de la verdad.

Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf. Mc 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).

Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.

Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

Congregación para el Clero

Casi como un espejo de lo que la Liturgia nos propuso el domingo pasado, cuando los textos se centraban en el poder de la fe, hoy se nos manifiesta la dificultad de creer y la problemática postura de los hombres frente a esta tarea.

En el segundo relato de la vocación de Ezequiel (I Lectura) queda de manifiesto la misión del profeta, que ha sido destinado a un mundo complejo y hostil: es la “raza de los rebeldes; hijos testarudos y de corazón endurecido”, a los cuales el Señor les envía al profeta como Signo de su presencia.

El evangelio de Marcos hace eco a esta página. El episodio es el mismo contado también por Lucas, aunque con matices diversos, pero el contexto es el mismo. La pregunta que aflora a los labios de los habitantes de Nazareth, al escuchar la enseñanza de Jesús en su sinagoga, es la expresión del rechazo de la predicación del definitivo profeta.

El Señor es rechazado, no tanto porque su mensaje no sea convincente y válido, menos aún si se piensa en los signos que acompañaban el anuncio. Los contemporáneos, al fin y al cabo, reconocen su sabiduría y la autoridad del mensaje que proclama. Pero no reconocen el origen, son desconfiados, incapaces de pasar del “signo” al “fundamento”. Tal incapacidad está expresada en la pregunta acerca del origen de esa sabiduría que se manifiesta delante de sus ojos.

Hoy como entonces, frecuentemente lo que acompaña al encuentro con Cristo es una cierta curiosidad superficial, no la fascinación que la persona de Cristo ejerce en la existencia de quien lo encuentra. Como para los habitantes de Nazareth, también el hombre contemporáneo, capturado por la novedad de Cristo, puede quedarse dramáticamente indiferente y hasta desconfiado.

Hay que dar un salto: desde el escepticismo y el escándalo, al asombro y el seguimiento. Sorpresa y estupor generan los interrogantes. Si estos son prejuicios y pura retórica, como la de los habitantes de Nazareth, el camino del hombre está destinado a detenerse y a terminar en la desconfianza y en el escepticismo.

Los nazarenos, si por una parte no pueden negar su sabiduría superior y su poder, por otra no aceptan que Jesús sea el “Hijo de Dios”. La presunción de conocer ya al Señor, bloquea a los hombres y los deja en el umbral del encuentro.

¿Por qué este bloqueo?
La raíz de la incredulidad es la incapacidad de acoger la Revelación de Dios en lo cotidiano, no en la abstracción teórica de una revelación pasada que no tiene nada que ver con el presente, sino con lo cotidiano.

Es el escándalo de la Divinidad que asume lo humano, entrando así en lo cotidiano. La hostilidad del mundo está ahí y permanecerá hasta el fin. Pero el verdadero problema somos nosotros, los creyentes, nuestra fe en Cristo vivo y presente.

Debemos mirar de frente al escepticismo que nos invade, también cuando estamos postrados delante del Resucitado; también donde la presencia del Resucitado se nos da y se nos presenta gratuitamente. Debemos hacer un claro examen de conciencia y reconocer dónde dejamos albergar, en nuestro corazón, la falta de fe, la duda y el escepticismo, de cara al Señor, presente y vivo.

Esta duda es, en nosotros, como el contagio de la mentira del mundo, un mal que penetra dentro de la conciencia y el corazón; es como una sutil hoja que se insinúa entre nosotros y todo aquello que se nos ha dado por Cristo y en Cristo.

Es en la humillación del Hijo de Dios y en nuestra humana enfermedad humana que podemos reconocer la gloria de Dios. Es una gracia que pedimos a la Virgen Madre, Aquella que nos indica el Camino y cuya fe es libre de toda sombra de duda y de pecado.

Rainiero Cantalamessa: La tentación de no reconocer a Jesús que pasa.

«Salió de allí y vino a su patria» (Mc 6,1)»

7 de julio del 2006

Cuando ya se había hecho popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y como de costumbre se puso a enseñar en la sinagoga. Pero esta vez no suscitó ningún entusiasmo, ningún ¡hosanna!. Más que escuchar cuanto decía y juzgarle según ello, la gente se puso a hacer consideraciones ajenas: «¿De dónde ha sacado esta sabiduría? No ha estudiado; le conocemos bien; es el carpintero, ¡el hijo de María!». «Y se escandalizaban de Él», o sea, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien.

Jesús comentó amargamente: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Esta frase se ha convertido en proverbial en la forma abreviada: Nemo propheta in patria, nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo.

Nuestra Italia, y en general Europa, son, para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: «el lugar donde fue criado» (el cristianismo nació en Asia, pero creció en Europa, ¡un poco como Jesús había nacido en Belén, pero fue criado en Nazaret!). Hoy corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús. La carta constitucional de la nueva Europa unida no es el único lugar del que Él es actualmente «expulsado»…

El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como se cuenta que hizo Publio Escipión, el africano, dejando Roma: «Ingrata patria, ¡no tendrás mis huesos!». Sencillamente se marchó a otro lugar. Una vez no fue recibido en cierto pueblo; los discípulos indignados le propusieron hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús se volvió y les reprendió (Lc 9, 54).

Así actúa también hoy. «Dios es tímido». Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: «Tengo miedo de Jesús que pasa» (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Su paso es siempre un paso de gracia. Marcos dice sintéticamente que, habiendo llegado a Nazaret en sábado, Jesús «se puso a enseñar en la sinagoga». Pero el Evangelio de Lucas especifica también qué enseñó y qué dijo aquel sábado. Dijo que había venido «para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lucas 4, 18-19).

Lo que Jesús proclamaba en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia, el primer gran «año de gracia», del que todos los jubileos y «años santos» son una conmemoración.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El Evangelio del domingo decimocuarto (6,1-6) está en contraste brutal con los domingos anteriores. Después de los impresionantes signos realizados por Jesús vemos que Él es claramente rechazado. La rebeldía y la dureza de corazón (1ª lectura: Ez 2,2-5), la falta de fe de quien se queda a ras de tierra (Evangelio), impiden reconocer y aceptar los signos más evidentes. La reacción de los parientes y paisanos de Jesús es una advertencia del peligro que también nosotros corremos si no damos continuamente el salto de la fe.

Confianza total en Dios

El Salmo 122 es la súplica confiada de los pobres de Yahvé que experimentan el desprecio a su alrededor. Y manifiesta de manera muy elocuente la postura del que ora a Dios: una confianza total en su amor y en su poder y, a la vez, un absoluto respeto y reverencia ante la majestad de Dios.

En el contexto de la liturgia de hoy, el salmo se pone en labios de Cristo, que ante el desprecio de su propio pueblo, ante el rechazo de una gente rebelde y obstinada, se dirige a su Padre abandonándose a Él y dejando en sus manos todos sus cuidados. Muchas veces a lo largo de su vida terrena Jesús experimentó las burlas y sarcasmos, la oposición de los pecadores, y con mucha frecuencia debió levantar sus ojos y su corazón al Padre que está en los cielos.

También nosotros podemos hacer nuestro este salmo. Ante todo, nos enseña a orar con humildad, no exigiendo a Dios, sino acudiendo a Él cómo el esclavo que sabe que no tiene ningún derecho y que lo espera todo de la bondad de su Señor y le deja las manos libres para que actúe como quiera y cuando quiera. Por otra parte, frente a las dificultades, nos enseña a levantar los ojos a nuestro Padre esperando su socorro y su misericordia, de manera que podamos experimentar como san Pablo la certeza de su protección: «Te basta mi gracia», pues la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

Las lecturas primera y tercera, como es costumbre, se relacionan entre sí. La primera esta tomada del profeta Ezequiel y nos presenta la rebeldía de Israel contra Dios. La tercera manifiesta la rebeldía de los paisanos de Jesús contra Él, no obstante la elevada doctrina que ofrece y los milagros que hace. San Pablo nos enseña la humildad no obstante sus revelaciones singulares. Por eso se pone enteramente en manos de Cristo.

Ezequiel 2,2-5: Son un pueblo rebelde y sabrán que hubo un profeta en medio de ellos. San Gregorio Magno explica:

«El conocer a los buenos suele servir a los malos o para ayuda de su salvación o para testimonio de su condenación. Sepan, pues, que en medio de ellos hay un profeta, para que, oyendo su predicación, o sean impelidos a levantarse y convertirse o sean condenados en sus iniquidades de tal suerte que no tengan excusa… Consta cuán perversos sean aquellos a quienes se les manda predicar, puesto que se les aconseja que no teman; y porque todos los depravados y perversos hacen otras iniquidades con los que les predican cosas buenas y hasta los amenazan con otras por aquello bueno que hacen, se dice: no los temas; y por las amenazas que les dirigen se agrega: ni te amedrenten sus palabras. O bien, porque los réprobos y los inicuos infieren males a los buenos y siempre quitan autoridad a los actos de ellos, al profeta enviado se le amonesta que no tema ni su crueldad ni su furor y que no tema sus palabras» (Homilía 9 sobre Ezequiel 11-12).

2 Corintios 12,7-10: Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. San Pablo, apóstol de Jesucristo, experimenta sobre sí mismo que Dios elige lo débil de la humanidad como instrumento de su gracia para la salvación de los demás. Comenta San Agustín:

«Muéstranos, Apóstol Santo, otro lugar más claro en el que confieses tu debilidad, no donde busques la inmortalidad… Aquí tenéis, pues, al Apóstol que teme el precipicio de la soberbia, al mismo tiempo que proclama la grandeza de sus revelaciones. Para que sepas que el Apóstol que deseaba salvar a los otros necesitaba todavía curación personal; para que conozcas esto, si tienes en grande estima su honor, escucha qué remedio aplica el médico al tumor; escucha no a mí, sino a él. Escucha su confesión para reconocerle Maestro… Escucha también lo que soy, no te subas muy alto el corderillo allí donde el carnero se halla en el peligro: “se me ha dado el aguijón de la carne, el ángel de Satanás que me abofetea”. ¡Cuál no sería el tumor temido, si tan punzante fue el emplasto aplicado!…

«Somos hombres, reconozcamos a los apóstoles como hombres, aunque santos. Son vasos selectos, pero aún frágiles, que aún peregrinan en la carne, sin haber alcanzado el triunfo en la patria celestial. Él mismo rogó tres veces al Señor para que le quitase tal aguijón y no fue oído en cuanto a su voluntad, porque lo fue en cuanto a la salud. “¿Quién librará mi cuerpo de la muerte?” Recibirás como respuesta: “hallarás tu seguridad no en ti, sino en tu Señor”. Tu seguridad proviene de la garantía que tienes. Teniendo como prenda la Sangre de Cristo… ¿Quién me librará? “La gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”» (Sermón 154).

Marcos 6,1-6: No desprecian a un profeta más que en su tierra. El propio Jesucristo que nos redimió como Hijo de Dios encarnado, fue signo de contradicción a causa de su humilde condición humana. Jesús responde al escepticismo del pueblo de Nazaret con un proverbio que refleja la verdad bien sabida de que la envidia y la familiaridad predisponen mal frente a una persona conocida. San Ambrosio habla de este odio y envidia:

«La envidia no se traiciona medianamente: olvidada del amor entre sus compatriotas, convierte en odios crueles las causas del amor. Al mismo tiempo, ese dardo, como estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos. Los actos del Señor en su carne son la expresión de su divinidad, y “lo que es invisible en Él nos lo muestra por las cosas visibles” (Rom 1,20).

«No sin motivo se disculpa el Señor de no haber hecho milagros en su patria, a fin de que nadie pensase que el amor a la patria ha de ser en nosotros poco estimado: amando a todos los hombres, no podía dejar de amar a sus compatriotas; mas fueron ellos los que por su envidia renunciaron al amor de su patria… Y, sin embargo, esta patria no ha sido excluida de los beneficios divinos –allí vivió treinta años–. Observa qué males acarrea el odio; a causa de su odio, esa patria es considera indigna de que Él, conciudadano suyo, obrase en ella, después de haber tenido la dignidad de que el Hijo de Dios morase en ella» (Tratado sobre San Lucas lib. IV, 46-47).

Autores Varios: Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical

Tomo II (Ciclo B). Secretariado Nacional de Liturgia, Barcelona (1983), pp. 225-228.

DECIMOCUARTO DOMINGO DURANTE EL AÑO 

Primera Lectura

Son un pueblo rebelde y sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

El profeta ante el rostro de Dios cae al suelo. Se considera incapaz de realizar la más mínima actividad en orden a la salvación de su pueblo. Esta distancia infinita que le separa de Dios es señalada con la expresión «Hijo de hombre ». El hombre ante Dios sólo puede poseer la grandeza de su disponibilidad para servir a Dios (Dn 8, 9). 

El Espíritu de Dios hace recobrar al hombre su verticalidad y lo lanza a la acción. El hombre movido por el Espíritu se lanza a la lucha y se convierte en testimonio de una nueva fuerza que está presente en la historia. Dios confía al hombre una misión, y esta misión va unida a una lucha continua. El llamado se coloca al lado de Dios, que en definitiva es colocarse al lado del hombre, y trata de destruir su negatividad y hacerlo según Dios. 

En el centro de la rebeldía de Israel —separación de Dios— suena una palabra salvadora: «Así dice Yahvéh». 

La Palabra de Dios es una fuerza introducida dentro de la historia que por necesidad producirá sus frutos (Is 55, 12). 

Pero el Profeta que ha dicho «si» a la Palabra se coloca en un camino de soledad y sufrimiento en continua lucha con todo. Solamente el « Yo estoy contigo » de Yahvéh es su fuerza y, en él apoyado, prolonga la lucha a lo largo de su existencia. Cfr. Jr 1; Dn 10, 9-19; Le 1, 5-79. 

Salmo Responsorial

Israel experimentó con frecuencia la humillación ante el poder vencedor de sus enemigos, ante el desprecio de los orgullosos, ante el sarcasmo de los satisfechos vencedores. Y en esta humillación aprendió la humildad y aquella oración confiada de la que testimonia nuestro salmo. Nuestra experiencia cristiana —hoy mismo San Pablo nos lo recordará— conoce también la pequeñez de nuestras fuerzas: como el Israel humillado, semejante a los esclavos, cuyos ojos están en la mano de sus señores, en nuestra debilidad acudamos a la fuerza del Señor. 

Segunda Lectura

Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

Dentro de su apología (cap. 10-13) Pablo alude a las revelaciones recibidas (v. 1-6). Pero, para que no se engría, Dios le ha dado «un aguijón» clavado «en su carne», un mensajero de Satanás (con permiso de Dios): no es la concupiscencia de la carne, común a todos: tampoco parece ser la resistencia que oponen los israelitas (su carne) al Evangelio; probablemente es una enfermedad crónica, molesta, con ataques agudos, quizá de la vista (cfr. Gal 4, 14-15). Debía de ser grave estorbo en la predicación, por lo que insistentemente («tres veces», como Jesús en Getsemaní, Mt 26, 39-42.44, par., como debe ser la oración para ser escuchada, Lc 18, 5-8), ha rogado a Dios que se lo quite. Pero Dios sabe mejor lo que nos conviene. La humillación mantiene a raya el orgullo. Nos basta con su gracia; en nuestra flaqueza se muestra el poder de Dios y que el éxito se debe sólo a él (2 Cor 4, y). Por eso Dios elige instrumentos débiles (Jc 7, 2; 1 Sam 16, y; 1 Cor 1, 27-29; Sant 2, 5). Pablo ha comprendido y ya no hace esa petición: se gloría en sus flaquezas, en las que experimenta y muestra la fuerza de Cristo. «Cuando estoy débil entonces es cuando soy fuerte» (cfr. Flp 4, 13; Col 1, 29). 

Evangelio

No desprecian a un profeta más que en su tierra

La visita de Jesús a Nazaret formula unos interrogantes sobre la persona de Cristo. No comprenden los de Nazaret la realidad mesiánica de Jesús por quedarse en la simple apariencia externa. Y la no aceptación de Jesús como Mesías —que es la incredulidad de los nazaretanos— impide que se realicen entre ellos los signos salvadores. 

Se descubre una nueva dimensión de la fe: aceptar a Jesús en su humanidad salvadora, pero superando lo que su misma humanidad pueda ofrecer de obstáculo, para descubrir su mesianidad y divinidad. La fe en Jesús no termina en su humanidad, pero la supone y la acepta. Por eso la fe aboca a una decisión a favor de Cristo (Mt 12, 30; Mc 9, 40) y a una confesión de Cristo ante los hombres (Mt 10, 32.33; Mc 8, 38) : dos facetas esenciales en la vida cristiana. 

Autores Varios: Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Cultivar la fe

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1141-1143.

Sin el cultivo de la fe no hay milagros 

La venida de Jesús a Nazaret, su pueblo natal, es colocada por el segundo evangelista no a base de un orden cronológico, sino a base de un orden teológico. El evangelista está atento a presentarlo no como un mago, sino el hijo de Dios que libera al hombre de su contingencia: el pecado, las enfermedades, la muerte. Pero esta salvación se opera en un sólo ámbito: el ámbito de la fe. Sus paisanos no logran darse cuenta de su condición divina. Para ellos no era más que “el carpintero, el hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón”. 

El texto de Marcos no se presta a argumentaciones ni en pro ni en contra de la virginidad de María. El hecho de que se habla de los hermanos de Jesús puede significar muy bien una adecuación al amplio uso bíblico, según el cual cualquier grado de parentesco podía ser designado con el término de “hermano” (Gen 13,8). Pero el texto evangélico en sí no muestra, de ninguna manera, este tipo de preocupaciones que han tenido, por el contrario, tanto espacio en la historia eclesiástica posterior. 

Jesús quedó como bloqueado en su pueblo natal, precisamente porque allí la fe estaba prácticamente ausente: “y se admiraba de la incredulidad de ellos”. Los “hermanos” y paisanos quizá habrían aceptado de buen grado a un Jesús “superhombre”, bajo el ropaje de jefe nacionalista en la lucha contra los romanos. Pero la realidad que tenían ante los ojos era para ellos decepcionante. Aun reconociendo algunos elementos de su acción benéfica, no lograban, en cambio, leer en ella el mensaje de salvación y de liberación, de la cual era signo. En una palabra, estaban faltos de fe. 

Según el escritor cristiano Hegesipo, el emperador Domiciano hizo venir a Roma a algunos descendientes de Judas, “hermano” de Jesús, para que dieran algunos informes sobre aquellos acontecimientos. Pero, una vez recibidos los informes de los parientes, el emperador se convenció de que ellos políticamente no podían causarle preocupación, y los dejó que se volvieran a Judea. 

El autor del segundo evangelio está atento a subrayar que la nueva comunidad debería ser convocada exclusivamente por el Espíritu en el ámbito de la fe y que, por lo tanto, era inútil buscar en ella ciertos vínculos dinásticos, como parece que sucedía ya en la comunidad de Jerusalén, cuyo jefe era Santiago, “el hermano del Señor”. 

Pero, en todo caso, el subrayado fundamental de este texto decisivo es que la fe precede a los milagros, no al contrario: por eso, es inútil montar una apologética, según la cual se “pruebe” la divinidad de Jesús por la existencia de unos milagros superiores a las fuerzas de la naturaleza. 

Giorgio Zevini: Lectio Divina (Mateo): Presunto conocimiento y falta de acogida.

Verbo Divino (2008), pp. 179-184.

La palabra se ilumina

La suerte está echada: Jesús ha atravesado el Rubicón, ha empezado la gran aventura. Jesús ha dejado desde hace ya algún tiempo la pequeña aldea donde había crecido y en la que había vivido durante unos treinta años, dando comienzo a una predicación extraordinaria. Se ha establecido en Cafarnaún, donde predica y realiza milagros. Su actividad como Maestro está indicada dos veces, al comienzo y en la conclusión del fragmento (vv. 2 y 6). 

En un determinado momento decide volver al pueblo donde había vivido. Esta será la primera y única visita registrada por el evangelio. Vuelve con las vestiduras de rabí consolidado y acompañado de sus discípulos. Es una buena carta de presentación. Como buen judío observante, el sábado se dirige a la sinagoga, a fin de atender a sus obligaciones de creyente. Marcos se muestra muy lacónico en la descripción. Podemos imaginar que el jefe de la sinagoga, en vez de conducir el mismo la liturgia del sábado con el comentario correspondiente a la Torah, confió a Jesús la tarea de exponer su pensamiento, dado que ahora es un acreditado maestro. 

De hecho, su explicación sorprende a muchos. Las explicaciones de Jesús no son las retahílas de citas aducidas por los rabinos; Jesús rehace una enseñanza inédita que tiene su origen en un modo muy original de leer la Escritura. La sorpresa y el estupor generan una serie de «preguntas» Las preguntas, cinco en total (vv. 2s), forman dos grupos, de tres y dos, respectivamente. El primer grupo plantea verdaderas preguntas que no tienen una respuesta clara y continúan, por consiguiente, en suspenso; el segundo contiene preguntas retóricas, con respuesta precisa. 

La primera pregunta «¿De donde le viene a este todo esto?» versa sobre el origen del conocimiento de Jesús. Todos sabían que no había asistido a ninguna escuela particular (no las había en el pequeño pueblo de Nazaret) y que no había estado en Jerusalén siguiendo las lecciones de maestros ilustres, como fue el caso de Pablo en la escuela de Gamaliel. En consecuencia, sigue siendo un misterio como y donde ha podido aprender Jesús esa instrucción que ahora está exponiendo ante sus paisanos. Hay un aspecto particular que despierta todavía más la curiosidad de la atónita gente del pueblo: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» La sabiduría, don de Dios, es el modo gustoso y sabroso de alcanzar la verdad, y afecta a toda la persona, tanto a su inteligencia como a su corazón. Las palabras de Jesús tienen al mismo tiempo la lucidez del saber y el deleite del sabor. Por eso Jesús «da en el blanco» con sus palabras, llegando a la totalidad de la persona. Alguien, mejor informado, sabe también de los milagros realizados por Jesús en las regiones vecinas. Por otra parte, Cafarnaún estaba a pocos kilómetros y las noticias corrían. Esas acciones extraordinarias alimentan también el enigma sobre la persona de Jesús. 

La segunda serie de preguntas -esta vez retóricas- plantea los conocimientos que la gente de Nazaret poseía sobre Jesús. Este era conocido por haber ejercido la modesta actividad de carpintero, termino genérico para indicar, en un minúsculo centro habitado, un «arregla-todo». También conocen a su madre y se la cita por su nombre (la única vez en el evangelio de Marcos). El «carné de identidad» de Jesús esta completado con la referencia a otros familiares, con cuatro hermanos citados por su nombre y con una referencia genérica a sus hermanas. Aquí, como ya en 3,32, y según la mentalidad semítica, el grado de parentesco es más elástico que en nuestra cultura: «hermano» y «hermana» señalan a los primos o un vinculo todavía más lejano. 

La presunción de conocer a Jesús les bloquea en el umbral de su experiencia. Son incapaces de interrogarse a fondo, de indagar mejor la identidad de su ilustre paisano. Con semejante actitud de cerrazón no están dispuestos a acoger los gérmenes de la novedad revolucionaria que trae consigo y chocan (los tenía escandalizados) con los elementos que deberían impulsarles a revisar sus posiciones. Su equivocación consiste en acoger a Jesús como se acoge en nuestros días a un héroe deportivo o militar, a una personalidad científica o religiosa en su patria tras un período de alejamiento. 

El amargo comentario de Jesús cita un proverbio bien conocido. Sucede con frecuencia que precisamente los que están más cerca, se muestran refractarios a cambiar de opinión, prisioneros de su pasado o de sus conocimientos. Por la falta de fe en su persona, los habitantes de Nazaret no disponen del requisito necesario para dejar espacio al milagro. En consecuencia, Jesús limita sus intervenciones bienhechoras. Se marcha de nuevo de Nazaret para llevar el calor de su Palabra y la novedad de su mensaje a otras personas que, al menos así lo espera, estén menos prevenidas en contra de él y se muestren mejor dispuestas a acoger una Palabra que transformará sus vidas. 

La Palabra me ilumina

Una alegre salida termina en una amarga decepción: decepción por parte de los habitantes de Nazaret, que se escandalizan, y decepción por parte de Jesús, que constata su dureza de corazón. No basta la embriaguez momentánea del comienzo, ni tampoco la escucha de novedades agradables. Es menester pasar del mensaje al mensajero, de la acción al que la realiza. Este paso se vuelve posible cuando se está atento a los mensajes de la historia y se es dócil a las sugerencias interiores. No se puede dar por descontado nuestro conocimiento de Jesús, ni presumir que su carné de identidad nos resulte conocido desde hace mucho tiempo. Obrando así nos hacemos impermeables a las sorpresas. 

En realidad, el evangelio, antes de ser un texto escrito y que ya conocemos, es una Persona, es el mismo Jesús, al que hemos de acoger en todo momento. Si bien es cierto que las páginas evangélicas no han cambiado desde hace dos mil años, también lo es que nosotros estamos en un cambio continuo: por la edad, por las experiencias, por los sentimientos. El estado de ánimo en que me encuentro en la Pascua de este año puede ser muy distinto al que me encontraba el año pasado. Cada uno de nosotros cambia continuamente. Por otra parte, la omnipotencia divina incluye asimismo la fantasía divina, de ahí que Jesús no llegue nunca a nosotros del mismo modo y se reserve siempre la posibilidad de sorpresas agradables. Por eso no puedo presumir de conocerle de una vez por todas, ni dar por descontado un conocimiento adquirido antes. Existe siempre la posibilidad de una actualización, de percibir nuevos matices. Dicho con otras palabras, es preciso que nos pongamos siempre en una actitud de escucha, de una receptividad disponible al Espíritu que crea y recrea. 

Sólo así podrá continuar realizando el Señor, en medio de nosotros, el milagro de su presencia, que nos exalta y nos asimila a él. 

La palabra en el corazón de los Padres

De este modo, se nos exhorta al deber de venerar y honrar al Hijo, es decir, el Logos, persuadidos por la fe de que el es el salvador y el guía, y, a través de él, lo es el Padre. Y debemos hacerlo no en días escogidos, como otros pretenden, sino continuamente, durante toda la vida y de todos los modos. 

De ahí que el «gnóstico» [podríamos decir hoy «el cristiano»] honre a Dios no en un lugar determinado, ni en un templo especial ni tampoco en festividades y días fijos, sino durante toda la vida, ya se encuentre solo o tenga consigo a compañeros de fe. Si la presencia de una persona buena educa y forma siempre en el mejor de los sentidos al que se le acerca, en virtud de la atención que le presta y el respeto que le inspira, aquel que siempre, incesantemente, esta cerca de Dios con la gnosis, con la vida, con su acción de gracias, no es lógico que sea tanto más superior a si mismo y en todo, dado que contempla todas sus obras y oye todas sus palabras y su disposición interior? 

Así es el que esta convencido de la omnipresencia de Dios y considera que no esta encerrado en lugares determinados, para poder abandonarse a toda licencia noche y dIa, cuando cree que esta lejos de el. Transcurriendo así toda la vida en fiesta, convencidos de que en todas partes y en todo lugar estamos junto a Dios, trabajamos los campos alabándole, navegamos cantándole y nos comportamos siguiendo la norma correcta en toda nuestra conducta de vida (Clemente de Alejandria, Stromati, VII, 7, Milan 1985, 808 [existe edición española en Ciudad Nueva, Madrid 2005]). 

Caminar con la Palabra

El escándalo es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la esencia misma de Dios, contra su santidad. Es la resistencia contra el mismo ser de Dios. En lo más profundo del corazón humano dormita junto a la nostalgia de la fuente eterna, origen de todo lo criado y que es la única que contiene la plenitud absoluta, la rebelión contra el mismo Dios, el pecado, en su forma elemental, que espera la ocasión propicia para atacar. Pero el escándalo se presenta raramente en estado puro, como ataque abierto contra la santidad divina en general; se oculta dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el apóstol, el santo, el profundamente piadoso. Un hombre así es realmente una provocación. Hay algo en nosotros que no soporta la vida de un santo, que se rebela contra ella, buscando como pretexto las imperfecciones propias de todo ser humano. Sus pecados, por ejemplo: ¡este no puede ser santo! O sus debilidades aumentadas malévolamente por la mirada oblicua de los que le rechazan. O sus rarezas: ¡no hay nada más irritante que las excentricidades de los santos! En una palabra, el pretexto se basa en el hecho de que el santo es un hombre finito. 

La santidad, sin embargo, se presenta más insoportable y es objeto de mayores objeciones y recusaciones intolerantes en la patria de los profetas. ¿Como va a admitirse que es santo un hombre cuyos padres se conocen, pues viven en la casa de al lado, y que debe ser como todos los otros? Como va a ser un elegido de Dios alguien de quien se sabe como están todos sus asuntos? El escándalo es el gran adversario de Jesús. Tiene como consecuencia que se cierren todos los oídos al anuncio de la Buena Nueva, que no crean en el Evangelio y que se resistan al advenimiento del Reino de Dios, llegando incluso a combatirlo (R. Guardini, El Señor, vol. I, Rialp, Madrid 1954, 86-87). 

José María Solé Roma, CMF: Exégesis sobre las tres lecturas

Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979

Sobre la Primera Lectura (Ez 2, 2-5)

Ezequiel nos cuenta la vocación y misión que ha recibido de Yahvé:

– La Teofanía o aparición de la Gloria de Dios le ha hecho caer en tierra (Ez 1,29). Una voz del cielo le ordena ponerse en pie: ‘Mantente en pie’ (2, 1). Esta actitud ante Dios significa:
a) La disponibilidad del Profeta. Es la actitud de quien está presto para cumplir su misión.
b) El vigor y eficiencia que Dios le da al elegirle por su Profeta y mensajero.
c) La transformación que obra en él la Palabra de Dios; en el c. 37 vemos cómo al entrar el Espíritu de Dios en aquellos huesos áridos resucitan y se ponen en pie. Ezequiel al soplo del Espíritu de Dios será un nuevo hombre.

– La misión que Dios confía a Ezequiel es difícil. Es enviado a un pueblo rebelde, de frente dura y de corazón empedernido. Siempre los Profetas de Dios topan con la incomprensión, el desdén y la persecución.

– La razón de ser del Profeta y el secreto de su fuerza está en que es un enviado de Dios y se llega a los hombres con su mensaje de Dios: ‘A ellos te envío para decirles: Así habla el Señor Yahvé’ (4). ‘Pues viviente es la Palabra de Dios, y eficiente, y más tajante que una espada de dos filos y que penetra hasta los linderos del alma y del espíritu (Heb 4, 12). Tomemos ejemplo de los Profetas quienes hemos recibido la misión y el carisma de anunciar la Palabra de Dios: ‘Investidos de este misterio, con el que nos favoreció la bondad del Señor, no desmayamos. Antes bien, desechamos los artificios ruines y no procedemos astutamente ni falsearnos la Palabra de Dios, sino que manifestamos la verdad’ (2Cor 4, 1-2).

Sobre la Segunda Lectura (2Cor 12, 7-10)

En la elección y vocación de Pablo, el Apóstol de Cristo por antonomasia, encontramos lecciones muy interesantes para cuantos van a recibir el carisma de la vocación apostólica:

– Esta vocación no es un mérito, es una gracia; no es de propia elección, sino por elección divina. San Pablo nos dice acerca de su vocación: Cuando le plugo a Aquel que me segregó del seno materno y me llamó por su gracia, revelarme su propio Hijo para que yo evangelizara a los gentiles’ (Gal 1,16). El Apóstol de Dios lo es por gracia de Dios. El sello de esta vocación le marca desde el seno materno, bien que, como en el caso de Pablo, no sea conocido hasta muy tarde.

– Nunca le faltan al auténtico Apóstol las persecuciones y la dolorosa crucifixión. San Pablo nos habla de ‘una espina hincada en su carne’, de un emisario de Satanás. En la vida de Pablo esta ‘espina’ eran los ‘judaizantes’ o ‘falsos hermanos’, que le molestaban y atormentaban del modo más cruel. Es aleccionadora la respuesta que recibe al pedir a Dios que le libre de aquella dolorosa situación: ‘Te basta mi gracia, pues el poder de ella se manifiesta en tus flaquezas’ (9). Con el dolor y las persecuciones el Apóstol se mantiene humilde y aviva su conciencia de que no por su actuación, sino por la gracia de Dios, vence al mundo, al demonio y al pecado.

– Con esta certeza el Apóstol no desmaya ante ningún obstáculo. Es que no se apoya en sí mismo, sino en Dios Omnipotente. Pablo dice, hablando del carisma del apostolado: ‘Llevamos este tesoro en. vasos de arcilla a fin de que reconozcamos que este sobreeminente poder nos viene de Dios, no de nosotros’ (2Cor 4, 7). En vasos de arcilla pone Dios sus ricos tesoros, para humildad nuestra y gloria suya. Son oportunas consignas para cuantos tienen la vocación del apostolado estas de Pablo: ‘Todo lo puedo en Aquel que me conforta’. (Flp 4, 13). ‘Me glorío en mis flaquezas. Pues cuanto me siento endeble entonces soy fuerte. Porque cuando soy débil entonces se apodera de mí la fuerza de Cristo’ (2Cor 12, 9.10). Por esto, hijos de Dios y heraldos de la luz pedimos: ‘Concédenos, Señor, que nunca nos envuelvan tinieblas de error, sino que anegados en esplendores de verdad la irradiemos siempre’. (Colecta).

Sobre el Evangelio (Mc 6, 1-6)

Cristo, el Enviado del Padre, no es recibido por todos. Concretamente en Nazaret, donde ha pasado los años de la vida oculta y donde tiene muchos parientes, es rechazado:

– Recibir a Jesús es verlo con los ojos de la fe como Enviado del Padre, como Mesías y como Hijo de Dios. El Hijo de Dios para ser nuestro Maestro y nuestro Salvador se ha humillado y nivelado haciéndose en todo igual a nosotros. Los de Nazaret, que han conocido más de cerca este estado de humillación de Jesús, se cierran del todo a su mensaje y se niegan a reconocerle como Mesías. Jesús tiene que decirles: ‘Donde más despreciado es un Enviado de Dios. es en su patria y entre sus parientes y familiares’. (5).

– La fe verdadera reconoce en Jesús su humildad y su divinidad, su humillación y su grandeza. Es verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios. A través de su humanidad, que vemos, llegamos por la fe a su divinidad, que no vemos. Las debilidades de su humanidad, cual la asumió por amor a nosotros, no deben escandalizarnos o hacer titubear nuestra fe, sino que deben acrecer nuestro amor.

– Referente al v. 3, del que tanto han abusado algunos herejes y hoy sobre todo abusan los Testigos de Jehová, baste decir: ‘Hermanos de Jesús’ no significa hijos de María, sino parientes próximos, como por ejemplo primos, que en hebreo y arameo se llamaban también ‘hermanos’ (Gén 13, 8; 14,16 ,29,15; Lv 10, 4; 1Cor 22, 22; Mt 27, 56; Mc 15, 40).

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