Domingo XVI Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XVI del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Jer 23, 1-6 : Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores.
-Salmo: 22, 1-6 : El Señor es mi pastor, nada me falta.
-2ª Lectura: Ef 2, 13-18 : Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa.
+Evangelio: Mc 6, 30-34 : Andaban como ovejas sin pastor.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Basilio de Seleucia

Homilía: El pastor que cura las ovejas enfermas

Hom. 26, 2: PG 85, 306-307 (Liturgia de las Horas)

Yo soy el que cura a las ovejas enfermas

Con razón Cristo, siendo Pastor, exclamaba: Yo soy el buen Pastor. Yo soy el que curo a las enfermas, sano a las delicadas, vendo a las heridas, hago volver a las descarriadas, busco a las perdidas. He visto al rebaño de Israel presa de la enfermedad, he visto al ovil irse a la morada de los demonios, he visto a la grey acosada por los demonios lo mismo que si fueran lobos. Y lo que he visto, no lo dejé desprovisto.

Pues yo soy el buen Pastor: no como los fariseos que envidian a las ovejas; no como los que inscriben en su lista de suplicios, los que para la grey fueron beneficios; no como quienes deploran la liberación de los males y se lamentan de las enfermedades curadas. Resucita un muerto, llora el fariseo; es curado un paralítico y se lamentan los letrados; se devuelve la vista a un ciego y los sacerdotes se indignan; un leproso queda limpio y se querellan los sacerdotes. ¡Oh altivos pastores de la desdichada grey, que tienen como delicias propias las calamidades del rebaño!

Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Por sus ovejas, el pastor se deja conducir al matadero como un cordero: no rehúsa la muerte, no juzga, no amenaza con la muerte a los verdugos. Como tampoco la pasión era fruto de la necesidad, sino que voluntariamente aceptó la muerte por las ovejas: Tengo poder para quitar la vida y tengo poder para recuperarla. Expía la desgracia con la desgracia, remedia la muerte con la muerte, aniquila el túmulo con el túmulo, arranca los clavos y socava los cimientos del infierno. La muerte mantuvo su imperio, hasta que Cristo aceptó la muerte; los sepulcros eran una pesadilla e infranqueables las cárceles, hasta que el Pastor, descendiendo, llevó la fausta noticia de su liberación a las ovejillas que estaban prisioneras. Lo vieron los infiernos dar la orden de partida; lo vieron repitiendo la llamada de la muerte a la vida.

El buen pastor da la vida por las ovejas. Por este medio procura granjearse la amistad de las ovejas. Y a Cristo lo ama el que escucha solícito su voz. Sabe el pastor separar los cabritos de las ovejas. Venid vosotros, benditos de mi Padre: heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. ¿En recompensa de qué? Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis: pues lo que das a los míos, de mí lo cosechas. Yo, por su causa, estoy desnudo, soy huésped, peregrino y pobre: suyo es el don, pero mía la gracia. Sus súplicas me desgarran el alma.

Sabe Cristo dejarse vencer por las plegarias y las dádivas de los pobres, sabe perdonar grandes suplicios en base a pequeños dones. Extingamos el fuego con la misericordia, ahuyentemos las amenazas contra nosotros mediante la observancia de la mutua amistad, abramos unos para con otros las entrañas de misericordia, habiendo nosotros mismos recibido la gracia de Dios en Cristo, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Crisóstomo

Homilía: La extrema misericordia del Señor

Hom. 49 sobre Mateo

Mirad cómo en todo momento se retira el Señor: cuando Juan fue prendido, cuando se le mató, cuando los judíos oyeron decir que hacía muchos discípulos. Es que a la mayor parte de sus acciones les daba Él un sesgo más bien humano, pues toda­vía no era llegado el momento de revelar a plena luz su divinidad. De ahí que soliera mandar a sus discípulos que a nadie dijeran ser Él el Cristo o Mesías, pues esto lo quería revelar señaladamente después de su resurrección. De ahí también que no se mostrara muy duro con los judíos que, por de pronto, no creían en Él, sino que fácilmente los excusaba y perdonaba.

Al retirarse, empero, no se dirige a una ciudad, sino al desierto, y monta en una barca, con el fin de que no le siguiera nadie. Mas considerad, os ruego, cómo los discípulos de Juan se ad­hieren ahora más estrechamente a Jesús, pues ellos fueron los que le vinieron a dar la noticia de lo sucedido y, dejándolo todo, en Él buscaron un refugio para adelante. Así, no era poco lo que habían logrado tanto la desgracia del maestro como la res­puesta que antes les diera Jesús mismo. —Mas ¿por qué razón no se retiró antes de que ellos le dijeran la noticia, cuando Él lo sabía todo antes de que vinieran a decirle nada? —Porque quería mostrar por todos los medios la verdad de su encarnación, y no quería que quedara probada sólo por la vista, sino también por sus obras. Sabía Él muy bien la astucia del diablo y cómo no había de dejar piedra por mover para destruir esa fe en la ver­dad de su encarnación.

Ahora bien, si Él se retira por esa razón que decimos, las muchedumbres ni aun así quisieron apartarse de su lado, sino que obstinadamente le fueron siguiendo, sin que el mismo drama de Juan los amedrentara. Tanto pue­de el amor, tanto puede la caridad, que lo vence todo y rompe por todos los obstáculos. Por eso, inmediatamente re­cibieron su recompensa. Porque, en saliendo—dice el evange­lista—Jesús de la barca, vio una inmensa muchedumbre y hubo lástima de ellos y curó a sus enfermos. Cierto, pues, que era grande la adhesión de la muchedumbre; pero lo que Jesús hace sobrepasa la paga del más ardiente fervor. De ahí que el evan­gelista ponga por causa de estas curaciones la misericordia del Señor una extrema misericordia: Y los curó a todos. Aquí no exige el Señor fe a los enfermos. A la verdad, el acercarse a él, el abandonar sus ciudades, el irle buscando con tanta diligencia, el perseverar, no obstante el apremio del hambre, bas­tantemente ponía de manifiesto la fe que todos tenían en Él. También les ha de dar de comer; pero no quiere hacerlo por propio impulso, sino que espera a que se lo supliquen; pues, como alguna vez he dicho, guarda siempre el Señor la norma de no adelantarse a los milagros, sino esperar a que se los pidan.

—Y ¿por qué no se le acercó nadie de la muchedumbre a hablarle en favor de los demás? —Porque le tenían extraordi­nario respeto y, por otra parte, el deseo de estar a su lado no les dejaba sentir el hambre. Es más, ni los mismos discípulos, que se le acercaron, le dijeron: “Dales de comer”, pues sus dis­posiciones eran aún demasiado imperfectas. ¿Qué le dicen, pues? Venida la tarde —prosigue el evangelista—, acercáronsele sus discípulos para decirle: El lugar es desierto y la hora de comer ha pasado ya. Despacha a la muchedumbre, a fin de que vayan a comprarse qué comer. Porque, si aun después de cumpli­do el milagro, si aun después de los doce canastos de sobras, se olvidaron de él y cuando el Señor llamó levadura a la doc­trina de los fariseos pensaron que les hablaba del pan ordinario, mucho menos podían esperar prodigio semejante antes de tener experiencia de lo que podía el Señor. Cierto que antes había curado a muchos enfermos; sin embargo, ni aun así pudieron barruntar el milagro de la multiplicación de los panes. Tan imperfectos eran por entonces.

San Clemente de Alejandría

Escritos: “Sintió piedad de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor”

El Pedagogo, I, 9: SC 70

Salvar es propio de quien es bueno. “La misericordia del Señor se extiende a toda carne; acusa, corrige y enseña, como hace el pastor con su rebaño. Se apiada de quienes aceptan su corrección, y de los que se esfuerzan por unirse con él” (Si 18,13-14)… Los sanos no necesitan los cuidados del médico, porque están bien, pero sí necesitan de su arte los enfermos (cf. Lc 5,31; Mt 9,12; Mc 2,17). De la misma manera, nosotros, que en esta vida somos enfermos, aquejados por nuestros vergonzosos deseos, por nuestras intemperancias… nuestras pasiones, necesitamos del Salvador… Nosotros, por tanto, enfermos, necesitamos del Salvador; extraviados, necesitamos quien nos guíe; ciegos, necesitamos quien nos ilumine; sedientos, necesitamos de la fuente de la vida: esa de la que quienes beben, nunca más tendrán sed (cf. Jn 4,14); muertos, necesitamos de la vida; rebaño, necesitamos pastor; niños, necesitamos pedagogo; y toda la humanidad necesita a Jesús…

“Curaré lo que está herido, cuidaré lo que está débil, convertiré lo extraviado, y los apacentaré yo mismo en mi monte santo” (Ez 34,16. 14). Ésta es la promesa propia de un buen pastor. ¡Apacienta a tus criaturas como a un rebaño!
¡Sí, Señor, sácianos; danos abundante el pasto de tu justicia; sí, Pedagogo, condúcenos hasta tu monte santo, hasta tu Iglesia, la que está colocada en lo alto, por encima de las nubes, que toca los cielos! (cf. Sal 14 [15], 1; 47 [48], 2-3). “Y Yo seré —dice— su pastor, y estaré cerca de ellos” (Ez 34,23)…

Así es nuestro Pedagogo: justamente bueno. “No vine —ha dicho— para ser servido, sino para servir” (Mt 20,28; Mc 10,45). Por eso el Evangelio nos lo muestra fatigado (cf. Jn 4,6): se fatiga por nosotros y ha prometido “dar su alma [su vida] como rescate por muchos” (Mt 20,28; Mc 10,45).

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia General (07-10-2000)

Jubileo de los Obispos

[…] volver a escuchar la invitación que el Maestro dirigió un día a los Doce, cansados después del trabajo apostólico:  “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” (Mc 6, 31). Ciertamente, venir hoy a Roma no es retirarse a un lugar solitario. Como compensación, en la Sede del Sucesor de Pedro cada uno de vosotros puede sentirse a gusto, como en su casa, y todos juntos podemos vivir una hora de “descanso” espiritual, reuniéndonos en torno a Cristo.

Habéis dejado por un momento vuestras preocupaciones pastorales para vivir una pausa de renovación interior en un encuentro especial con los que, como vosotros, llevan la sarcina episcopalis. Al mismo tiempo, con este gesto habéis subrayado que os sentís miembros del único pueblo de Dios, en camino con los demás fieles hacia el encuentro definitivo con Cristo. Sí, también los obispos, al igual que todos los cristianos, están en camino hacia la patria y necesitan la ayuda de Dios y su misericordia. Con este espíritu estáis aquí para pedir junto conmigo la gracia especial del jubileo.

Así podemos experimentar juntos todo el consuelo de la verdad enunciada por san Agustín:  “Soy obispo para vosotros; soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación; la de cristiano, un don. La primera conlleva un peligro; la segunda, una salvación” (Sermo 340, 1:  PL 38, 1483). ¡Palabras fuertes!

[…] Toda nuestra actividad pastoral tiene como objetivo  último la santificación de los fieles, comenzando por la de los sacerdotes, nuestros colaboradores directos. Por tanto, debe tender a suscitar en ellos el compromiso de responder con prontitud y generosidad a la llamada del Señor. Y nuestro mismo testimonio de santidad personal, ¿no es la llamada más creíble y más persuasiva que los laicos y el clero tienen derecho a esperar en su camino hacia la santidad?

[…] Nos sostiene en todas nuestras fatigas la cercanía de María, la Madre que Cristo nos dio desde la cruz cuando dijo al Apóstol predilecto:  “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). A ella,Regina apostolorum, le encomendamos nuestras Iglesias y nuestra vida, abriéndonos con confianza a la aventura y a los desafíos del nuevo milenio.

Ángelus (23-07-2000)

[…] 2. En el evangelio de la liturgia de hoy, Jesús dice a los Apóstoles, que acababan de volver de una misión: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco” (Mc 6, 31). Jesús y sus discípulos, cansados por su incesante actividad en medio de la gente, sentían de vez en cuando la necesidad de un momento de calma. El evangelista narra que, de hecho, las multitudes impidieron ese deseado “retiro” (cf. Mc 6, 33-34). Sin embargo, conservan su valor tanto el descanso como la exigencia de utilizar el tiempo libre para una sana distensión física y, sobre todo, espiritual.

En la sociedad actual, a menudo frenética y competitiva, en la que predomina la lógica de la producción y del lucro, a veces en perjuicio de la persona, es más necesario aún que cada uno pueda disfrutar de adecuados períodos de descanso, a fin de recuperar las energías y al mismo tiempo recobrar el justo equilibrio interior.

Es necesario utilizar sabiamente las vacaciones para que beneficien a la persona y a la familia, gracias al contacto con la naturaleza, a la tranquilidad, a la oportunidad de cultivar más la armonía familiar, a las buenas lecturas y a las sanas actividades recreativas; y sobre todo gracias a la posibilidad de dedicar más tiempo a la oración, a la contemplación y a la escucha de Dios.

Benedicto XVI, papa

Catequesis, Audiencia general (14-04-2010)

[…] Vivimos en una gran confusión sobre las opciones fundamentales de nuestra vida y los interrogantes sobre qué es el mundo, de dónde viene, a dónde vamos, qué tenemos que hacer para realizar el bien, cómo debemos vivir, cuáles son los valores realmente pertinentes. Con respecto a todo esto existen muchas filosofías opuestas, que nacen y desaparecen, creando confusión sobre las decisiones fundamentales, sobre cómo vivir, porque normalmente ya no sabemos de qué y para qué hemos sido hechos y a dónde vamos.

En esta situación se realiza la palabra del Señor, que tuvo compasión de la multitud porque eran como ovejas sin pastor (cf. Mc 6, 34). El Señor hizo esta constatación cuando vio los miles de personas que le seguían en el desierto porque, entre las diversas corrientes de aquel tiempo, ya no sabían cuál era el verdadero sentido de la Escritura, qué decía Dios. El Señor, movido por la compasión, interpretó la Palabra de Dios —él mismo es la Palabra de Dios—, y así dio una orientación. Esta es la función in persona Christi del sacerdote: hacer presente, en la confusión y en la desorientación de nuestro tiempo, la luz de la Palabra de Dios, la luz que es Cristo mismo en este mundo nuestro.

Por tanto, el sacerdote no enseña ideas propias, una filosofía que él mismo se ha inventado, encontrado, o que le gusta; el sacerdote no habla por sí mismo, no habla para sí mismo, para crearse admiradores o un partido propio; no dice cosas propias, invenciones propias, sino que, en la confusión de todas las filosofías, el sacerdote enseña en nombre de Cristo presente, propone la verdad que es Cristo mismo, su palabra, su modo de vivir y de ir adelante. Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7, 16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. También el sacerdote siempre debe hablar y actuar así: «Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea vida eterna».

[…] Queridos hermanos y hermanas, el Señor ha confiado a los sacerdotes una gran tarea: ser anunciadores de su Palabra, de la Verdad que salva; ser su voz en el mundo para llevar aquello que contribuye al verdadero bien de las almas y al auténtico camino de fe (cf. 1 Co 6, 12). Que san Juan María Vianney sea ejemplo para todos los sacerdotes. Era hombre de gran sabiduría y fortaleza heroica para resistir a las presiones culturales y sociales de su tiempo a fin de llevar las almas a Dios: sencillez, fidelidad e inmediatez eran las características esenciales de su predicación, transparencia de su fe y de su santidad. Así el pueblo cristiano quedaba edificado y, como sucede con los auténticos maestros de todos los tiempos, reconocía en él la luz de la Verdad. Reconocía en él, en definitiva, lo que siempre se debería reconocer en un sacerdote: la voz del buen Pastor.

Ángelus (22-07-2012)

Castelgandolfo
Domingo XVI per Annum, 22 de julio de 2012.

La Palabra de Dios de este domingo nos vuelve a proponer un tema fundamental y siempre fascinante de la Biblia: nos recuerda que Dios es el Pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, quiere guiarnos a buenos pastos, donde podamos alimentarnos y reposar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos a la meta de nuestro camino, que es precisamente la plenitud de la vida. Es lo que desea cada padre y cada madre para sus propios hijos: el bien, la felicidad, la realización. En el Evangelio de hoy Jesús se presenta como Pastor de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Su mirada sobre la gente es una mirada por así decirlo «pastoral». Por ejemplo, en el Evangelio de este domingo se dice que, «habiendo bajado de la barca, vio una gran multitud; tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34). Jesús encarna a Dios Pastor con su modo de predicar y con sus obras, atendiendo a los enfermos y a los pecadores, a quienes están «perdidos» (cf. Lc 19, 10), para conducirlos a lugar seguro, a la misericordia del Padre.

Entre las «ovejas perdidas» que Jesús llevó a salvo hay también una mujer de nombre María, originaria de la aldea de Magdala, en el lago de Galilea, y llamada por ello Magdalena. Hoy es su memoria litúrgica en el calendario de la Iglesia. Dice el evangelista Lucas que Jesús expulsó de ella siete demonios (cf. Lc 8, 2), o sea, la salvó de un total sometimiento al maligno. ¿En qué consiste esta curación profunda que Dios obra mediante Jesús? Consiste en una paz verdadera, completa, fruto de la reconciliación de la persona en ella misma y en todas sus relaciones: con Dios, con los demás, con el mundo. En efecto, el maligno intenta siempre arruinar la obra de Dios, sembrando división en el corazón humano, entre cuerpo y alma, entre el hombre y Dios, en las relaciones interpersonales, sociales, internacionales, y también entre el hombre y la creación. El maligno siembra guerra; Dios crea paz. Es más, como afirma san Pablo, Cristo «es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad» (Ef 2, 14). Para llevar a cabo esta obra de reconciliación radical, Jesús, el Buen Pastor, tuvo que convertirse en Cordero, «el Cordero de Dios… que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Sólo así pudo realizar la estupenda promesa del Salmo: «Sí, bondad y fidelidad me acompañan / todos los días de mi vida, / habitaré en la casa del Señor / por años sin término» (22/23, 6).

Queridos amigos: estas palabras nos hacen vibrar el corazón, porque expresan nuestro deseo más profundo; dicen aquello para lo que estamos hechos: la vida, la vida eterna. Son las palabras de quien, como María Magdalena, ha experimentado a Dios en la propia vida y conoce su paz. Palabras más ciertas que nunca en los labios de la Virgen María, que ya vive para siempre en los pastos del Cielo, donde la condujo el Cordero Pastor. María, Madre de Cristo nuestra paz, ruega por nosotros.

Rainiero Cantalamessa

Homilía: Venid aparte para descansar un poco

23 de julio de 2006
Jeremías 23, 1-6; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

En el pasaje del Evangelio Jesús invita a sus discípulos a separarse de la multitud, de su trabajo, y retirarse con Él a un «lugar solitario». Les enseña a hacer lo que Él hacía: equilibrar acción y contemplación, pasar del contacto con la gente al diálogo secreto y regenerador con uno mismo y con Dios.

El tema es de gran importancia y actualidad. El ritmo de vida ha adquirido una velocidad que supera nuestra capacidad de adaptación. La escena de Charlot enfrascado en la cadena de montaje en Tiempos modernos es la imagen exacta de esta situación. Se pierde, de esta forma, la capacidad de separación crítica que permite ejercer un dominio sobre el fluir, a menudo caótico y desordenado, de las circunstancias y de las experiencias diarias.

Jesús, en el Evangelio, jamás da la impresión de estar agitado por la prisa. A veces hasta pierde el tiempo: todos le buscan y Él no se deja encontrar, absorto como está en oración. A veces, como en nuestro pasaje evangélico, incluso invita a sus discípulos a perder tiempo con Él: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Recomienda a menudo no afanarse. También nuestro físico, cuánto beneficio recibe de tales «respiros».

Entre estas «pausas» están precisamente las vacaciones de verano que estamos viviendo. Son para la mayoría de las personas la única ocasión para descansar un poco, para dialogar de manera distendida con el propio cónyuge, jugar con los hijos, leer algún buen libro o contemplar en silencio la naturaleza; en resumen, para relajarse. Hacer de las vacaciones un tiempo más frenético que el resto del año significa arruinarlas.

Al mandamiento: «Acordaos de santificar las fiestas», habría que añadir: «Acordaos de santificar las vacaciones». «Deteneos (literalmente: vacate, ¡tomaos vacaciones!), sabed que yo soy Dios», dice Dios en un salmo (Sal 46). Un sencillo medio de hacerlo podría ser entrar en la iglesia o en una capilla de montaña, en una hora en que esté desierta, y pasar allí un poco de tiempo «aparte», solos con nosotros mismos, ante Dios.

Esta exigencia de tiempos de soledad y de escucha se plantea de forma especial a los que anuncian el Evangelio y a los animadores de la comunidad cristiana, quienes deben permanecer constantemente en contacto con la fuente de la Palabra que deben transmitir a sus hermanos. Los laicos deberían alegrarse, no sentirse descuidados, cada vez que el propio sacerdote se ausenta para un tiempo de recarga intelectual y espiritual.

Hay que decir que la vacación de Jesús con los apóstoles fue de breve duración, porque la gente, viéndole partir, le precedió a pié al lugar del desembarco. Pero Jesús no se irrita con la gente que no le da tregua, sino que «se conmueve», viéndoles abandonados a sí mismos, «como ovejas sin pastor», y se pone a «enseñarles muchas cosas».

Esto nos muestra que hay que estar dispuestos a interrumpir hasta el merecido descanso frente a una situación de grave necesidad del prójimo. No se puede, por ejemplo, abandonar a su suerte, o aparcar en un hospital, a un anciano que se tiene al propio cargo, para disfrutar sin molestias de las vacaciones. No podemos olvidar a las muchas personas cuya soledad no han elegido, sino que la sufren, y no por alguna semana o mes, sino por años, tal vez durante toda la vida. También aquí cabe una pequeña sugerencia práctica: mirar alrededor y ver si hay alguien a quien ayudar a sentirse menos solo en la vida, con una visita, una llamada, una invitación a verle un día en el lugar de vacaciones: aquello que el corazón y las circunstancias sugieran.

Congregación para el Clero

 A los discípulos, cansados de sus andanzas, al volver de la misión Jesús les hace una invitación: “Venid a un lugar apartado, vosotros solos, y descansad un poco”. En estas palabras de Cristo se encuentra el abrazo a aquellos hombres, cansados, quizás un poco desilusionados: después de tanto caminar, después de toda la fatiga, es necesario el reposo. Un reposo que en la vida del discípulo no puede significar ausencia de trabajo y que no es fruto de la indiferencia, de una tranquilidad inconsciente, sino que está destinado a conseguir una paz interior para hacer más fructuoso el trabajo apostólico. Por esto, el descanso que propone Jesús es una invitación a la intimidad con Él: “venid a un lugar apartado…”

Esta intimidad con Jesús, fuente y causa de la misión y del discipulado, es lo que constituye el corazón de los discípulos mismos. La misión y el ser discípulos se originan en Él, llevan a Él, no desvían de Él, sino que lleva a otros a Él.

En esto se cumple la profecía de Jeremías (I Lectura) de un Pastor que reúne a las ovejas dispersas. Se une a la invitación de Jesús a los discípulos, para que descansen y estén con Él, y la compasión hacia la multitud cansada y hambrienta, “como ovejas sin pastor”.

Así se abre un segundo escenario del Evangelio de este Domingo, que es como el preludio al “discurso del Pan de vida” del Evangelio de Juan, que saldrá a nuestro encuentro las próximas semanas. La gente perdida que sigue a los discípulos y a Jesús mueve su compasión. Es el pueblo víctima de pastores “que dispersan el rebaño”, según las palabras de Jeremías; es el hombre que, sediento de esperanza, vaga sin guía en la historia.

¿Quiénes son los “malos” pastores que dispersan el rebaño? Son los que confunden la autoridad con el autoritarismo; la objetividad de la verdad con la interpretación subjetiva; el servicio con el poder. Los discípulos, invitados a estar con Jesús, sólo pueden configurar su propio ser y actuar sólo con Él, “manso y humilde de corazón”.

La compasión de Cristo por la multitud es la característica que debe necesariamente distinguir la vida del discípulo. La compasión, o misericordia, no es solamente un atributo de Dios, sino la esencia misma de Dios, en lo más profundo de de su abismo de amor gratuito: “En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, n. 12). Esta misericordia de Dios es lo que toca el corazón del hombre para darle la salvación. Por esto la compasión de Dios es el origen del pan dado para alimentar a la gente. La Eucaristía es el volverse de la compasión de Cristo en el corazón del hombre, en una intimidad única y en una salvación que exalta la vida hasta la santidad.

Que la Reina de la Misericordia nos obtenga vivir el tiempo de descanso como tiempo de la intimidad con Jesús, para ser salvados y santificados por Él.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

El domingo decimosexto nos presenta el encuentro de los apóstoles con Jesús al regreso de su misión (6,30-34). El descanso de las tareas apostólicas consiste en estar con Él disfrutando de su intimidad. Sin embargo, la caridad del Buen Pastor es la norma decisiva del actuar de Jesús; ante la presencia de una multitud «como ovejas sin pastor» Jesús se compadece e interrumpe el descanso antes incluso de comenzarlo. Frente a los malos pastores que dispersan a las ovejas porque buscan su interés (1ª lectura: Jer 23,1-6), los discípulos de Jesús deben compartir la misma compasión y la misma solicitud del Maestro por la multitudes que están como ovejas sin pastor.

Tú vas conmigo

Sal 22
El Salmo 22 expresa con una fuerza poco común la sensación de paz y de dicha de quien se sabe cuidado por el Señor. El salmista hace alusión a los peligros, pero no como amenazas que acechan, sino como quien se siente libre de ellos en la presencia protectora de Dios.

También nosotros podemos dejarnos empapar por los sentimientos que este salmo manifiesta. Ante todo, la seguridad –«nada temo»– al saberse guiado por el Señor incluso en los momentos y situaciones en que no se ve la salida –las «cañadas oscuras»–. Junto a ella, el abandono de quien se sabe defendido con mano firme y con acierto, de quien se sabe cuidado con ternura en toda ocasión y circunstancia. Finalmente, la plenitud –«nada me falta»–, que se traduce en paz y dicha sosegadas. Pero todo ello brota de la certeza de que el Señor está presente –«Tú vas conmigo»– y nos cuida directamente. El que pierde esta conciencia de la presencia protectora del Señor es presa de todo tipo de temores y angustias.

El Buen Pastor es Jesucristo. En Él se realiza plenamente el salmo y la primera lectura. Él reúne a sus ovejas, las alimenta, las protege de todo mal; más aún, conoce y ama a cada una y da su vida por ellas. El evangelio de hoy nos le presenta sintiendo lástima por las multitudes que están como ovejas sin pastor; también a nosotros debe dolernos que, teniendo un pastor así, haya tanta gente que se siente perdida y abandonada porque no le conocen.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

Ovejas sin pastor fue el panorama que vio Jesús en Palestina y peor aún en el mundo restante. Cristo se compadece. El es verdadero Pastor que Dios había prometido a su pueblo. Todos los hombres, judíos y gentiles, se unen en Cristo, que ha sellado con su sangre nuestro pacto con Dios, de donde brota la paz verdadera.

La Iglesia entera es siempre el resultado de una acción pastoral evangélica, que hace de cada comunidad creyente un solo rebaño, bajo el cayado del Único y Eterno Príncipe de Pastores (Jn 10; 1 Pe 2,25), elegidos por Él para continuar su obra de santificación.

Jeremías 23,1-6: Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores. La más entrañable semblanza del Mesías Salvador fue delineada desde siglos atrás, a través de los profetas, como el Buen Pastor de toda la humanidad y como Maestro de pastores elegidos por Él para continuar su obra bajo sus cuidados especiales. San Jerónimo dice:

«Los apóstoles, con toda confianza y sin temor alguno, apacentarán el rebaño de la Iglesia y las reliquias del pueblo de Israel se salvarán de todas las tierras; y volverán a sus campos, a sus pastos, y crecerán y se multiplicarán. Sobre los malos pastores, escribas y fariseos, el Señor manifestará la malicia de su doctrina. Con todo, podemos entenderlo también, conforme a la tipología, de los príncipes de la Iglesia que no apacientan dignamente las ovejas del Señor. Dejadlas, y castigados ellos, se salve el pueblo. Entregadlas a otros que sean dignos, y así se salve el resto. Pierden las ovejas los que enseñan la herejía; laceran y dispersan los que hacen cismas» (Comentario sobre el profeta Jeremías 2,4).

–Oportunamente se canta el Salmo 22: «el Señor es mi Pastor, nada me puede faltar», ya muchas veces expuesto.

Efesios 2,13-18: Él es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa. En el Corazón de Jesucristo se nos revela Jesús como el Buen Pastor que realiza la paz y la unidad entre los hombres por su propio sacrificio. La salvación es paz, es reconciliación, es acercamiento a Dios; en otros términos, la salvación es liberación de todos los males que nos oprimen y que nos impiden ser lo que Dios quiere que seamos. Sólo si se une a Cristo, puede el hombre conseguir su salvación.

Con mucha frecuencia ha comentado San Agustín este pasaje paulino:

«A ambos, judíos y gentiles, les nació la piedra angular, para, como dice el Apóstol, hacer en Sí mismo un solo hombre nuevo, estableciendo la paz y transformar a los dos en un solo cuerpo para Dios por la cruz. ¿Qué otra cosa es un ángulo sino la unión de dos paredes que traen direcciones distintas y, por decirlo así, encuentran allí el beso de la paz? Los judíos y los gentiles fueron enemigos entre sí, por ser dos pueblos diversos y contrarios: allí encontramos el culto del único Dios verdadero y aquí el de muchos y falsos dioses. Aunque los primeros estaban cerca y los segundos lejos, a unos y a otros los ha conducido hacia Sí (Ef 2,11-22)… Quienes escucharon y se mostraron obedientes, viniendo de aquí y de allí, encontraron la paz y pusieron fin a la enemistad. Los pastores y los magos fueron las primicias de los unos y de los otros» (Sermón 204).

Marcos 6,30-34: Andaban como ovejas sin pastor. La compasión pastoral es la expresión más profundamente bíblica de la caridad salvadora de Cristo ante las necesidades del género humano. Esto no es un gesto aislado o coyuntural en Jesucristo, sino la razón de toda su vida. Por eso hemos de acudir a Él como al Pastor Bueno de nuestras almas. San Gregorio de Nisa se dirige a Cristo:

«¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? (toda la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja). Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna. Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas. Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia Ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a Ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.

«Enséñame, pues, dónde pastoreas, para que pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que Tú, como de una fuente, proporcionas a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en un surtidor que salta hasta la vida eterna» (Comentario al Cantar de los Cantares,2).

José María Solé Roma, OMF: Exégesis sobre las tres lecturas

Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979

Sobre la Primera Lectura (Jr. 23, 1-6)

Los Profetas siempre traen mensajes salvíficos. Jeremías, el que más ha insistido en el inexorable castigo, nos deja también su mensaje de Consolación.
– Jeremías lamenta la triste suerte de su pueblo. Hace ya más de un siglo que carece de pastores. Los Reyes de la Casa de David hacen alianzas con Egipto y con Asiria y con ello dan entrada a los cultos idolátricos. Y siempre tienen un coro de falsos profetas que adulan y aplauden esta diplomacia antiyahvista. Los que debían ser pastores se truecan en mercenarios y aun en lobos. Jeremías anuncia los castigos más severos a estos sucesores de David (22, 13-19) y a estos profetas que desvían a su pueblo (23, 9-38).

– Los castigos de Dios no son de exterminio, sino de purificación. De ahí que después del castigo Dios hará misericordia con el ‘resto’. Tras el Destierro los retornará a la Patria, les enviará pastores dignos de tal nombre.

– Pero lo más interesante en el presente oráculo es la Promesa del Mesías-Pastor: ‘He aquí que vendrán días, oráculo de Yahvé, en los que Yo suscitaré a David un vástago justo, el cual reinará como Rey y obrará como Sabio y establecerá la justicia y el derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y es éste el nombre con que le llamarán: Yahvé-Nuestra-Justicia’ (23, 6). Se nos promete, pues, al Mesías como vástago de David. Este Pastor Davídico es: Rey sabio, Rey prudente, Rey Salvador. El nombre del Mesías Davídico, que era ‘Emmanuel’ en boca de Isaías, ahora es: ‘Yahvé-Nuestra-Justicia’. Y dado que ‘justicia’ es en los Profetas equivalente a ‘Salvación’, el nombre de nuestro Pastor será: ‘Yahvé-Nuestra-Salvación’. Con esto coincide el nombre de ‘Jesús’: ‘Le pondrás por nombre Jesús, pues El ‘sa1vará’ a su pueblo de sus pecados’ (Mt. 1, 21). A esta profecía mira Jesús cuando se define a Sí mismo: Yo soy el Buen Pastor’ (Jn. 10, 11).

Sobre la Segunda Lectura(Efesios 2, 13-18)

Cuanto los Profetas preanunciaron del Mesías Pastor Davídico nos lo ha traído sobreabundantemente Cristo Jesús:

– Nosotros todos, pecadores y merecedores de la ira de Dios, quedamos ya por siempre en Cristo reconciliados con el Padre: ‘Nos reconcilio con Dios por la Cruz. Por Cristo tenemos todos acceso en un solo Espíritu al Padre’ (16. 18).

– Los hombres, fieramente enemistados en guerras de orgullo, egoísmos y ambiciones, separados por muros infranqueables de raza, de lengua, de cultura, de religión, ahora por Cristo somos todos hermanos e hijos de Dios. Concretamente nos dice el Apóstol: el muro simbólico que en el Templo dividía el atrio de los judíos del de los gentiles y el óbice insuperable -la Ley- han caído. ‘Cristo es nuestra paz; el que de ambos pueblos hizo uno y destruyó el muro infranqueable interpuesto: la enemistad. Y en su carne (con su muerte) abolió la Ley’ (14. 15). Traicionamos a Cristo cuando reavivamos enemistades de orgullo o disgregaciones raciales: ¡Cristo es nuestra Paz!

– Esta unión por ser en Cristo es tan íntima, que El y nosotros formamos un único Cristo. ‘Y así, hechas las paces (entre judíos y gentiles), unió a los dos en Sí mismo en un solo hombre nuevo. Los unió a ambos en un solo cuerpo. (15. 16).

– Somos todos un Cuerpo del que Cristo es la Cabeza. Somos todos una Iglesia de la que Cristo es Esposo. Todos vivimos la misma vida en Cristo y en la Iglesia Y dado que nobleza obliga, la oración de hoy es: ‘Concédenos, Señor, a los que nos honramos con la dignidad cristiana que rechacemos lo incompatible con este nombre y aceptemos todas sus exigencias’ (Colecta).

Sobre el Evangelio (Mc. 6, 30-34)

Es una página bellísima de la pedagogía con que Jesús educa a sus Apóstoles:

– Convivencia y diálogo: ‘Vuelven a reunirse los Apóstoles con Jesús y le cuentan lo que han hecho y lo que han predicado’ (30). Vemos cómo la autoridad de Jesús no es en forma de imposición. Ni la obediencia de los Apóstoles es meramente pasiva. Jesús y sus enviados, en diálogo pastoral. Esta sencillez de Jesús es una norma para el ejercicio de la autoridad. Y este comportamiento de los Apóstoles es ejemplo de sinceridad, lealtad y responsabilidad.

– Retiro y Soledad: Jesús sabe que su tarea principal es formar al grupo de los Doce. Los toma consigo y van en busca de paz. Jesús buscaba reiteradamente estos retiros para darse más plenamente a sus Apóstoles. La tarea más urgente y de influjo más eficaz es siempre la formación del Apóstol. Paulo VI les recuerda a los Obispos: ‘Sabéis que lo mejor de vuestro corazón, de vuestras atenciones se lo debéis a los sacerdotes y a los jóvenes que se preparan para serlo’ (24-VI-67).

– Cuantos pastorean el rebaño de Cristo deben tener las entrañas de compasión del Sumo Pastor: ‘Sintió compasión de ellos porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a adoctrinarles sosegadamente'(34). Pastoreemos con amor y celo las ovejas de Cristo: ‘A ejemplo de Cristo, el sacerdote vaya al encuentro de los pobres, de los trabajadores, de todos aquellos que se encuentran en angustia y miseria. Pero no olviden tampoco a aquellos que siendo ricos de bienes de fortuna son con frecuencia los más pobres de alma’ (Pío XII: Menti Nostrae). Y con la humildad del Crisóstomo examinemos nuestros deberes pastorales: ‘Temo irritar al Pastor Cristo si por culpa mía, por mi negligencia, enflaquece el rebaño que El me confió’ (De Sac).

Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical

Secretariado Nacional de Liturgia, Barcelona (1983), Tomo II (Ciclo B), pp. 232-235.

Primera lectura: Reuniré el resto de mis ovejas y les pondré pastores

Los pastores que no siguen el camino de Dios dejan de ser principio de unidad para el rebaño y se convierten en foco de dispersión. Las ovejas, el pueblo de Dios, sólo se dejan conducir por los pastores cuya voz recuerda la del Señor.

« Es que han sido torpes los pastores y no han buscado a Yahvéh. Así no obraron cuerdamente y toda su grey fué dispersa» (Jr 10, 21).

Pastor y pueblo deben buscar a Yahvéh. Dios siempre está más lejos, más allá de nuestro pequeño mundo. El es el todo «OTRO » que nos empuja a una eterna búsqueda. Pararse en el camino contentos con nuestro «yo» es negar a Dios.

El fallo de los pastores no aleja el amor de Dios. Dios buscará pastores que apacienten el rebaño. Un «germen» se descubre en el futuro: el Mesías, «Yahvéh-Justicia-nuestra» (Jr 13, 16; Zac 3, 8; 6, 12). Dios es el que salva. El es el principio de unidad de todos los pueblos. Los pastores, que con un «sí» a Dios salvan y son también principio de unidad para el rebaño.

El pastor se realiza en la entrega y en el amor. El pastor busca el bien del rebaño, el mercenario se busca sólo a sí mismo (Ez 34, 1-10; Sal 18, 12s. 70ss).

A los pastores que no apacientan como Dios quiere se los lleva el viento (Jr 22, 22); son seres vacíos y secos como paja (Sal 1). Cfr. Ez 34; Zac 11, 4-17; Jn 10; Sal 22.

Salmo Responsorial

Yo mismo suscitaré pastores que los apacienten: este mensaje es consuelo cierto para cuantos con frecuencia nos sentimos desorientados ante variedad de opiniones, de caminos, de ideales. El salmo 22 es nuestra respuesta alegre y confiada: El Señor es mi pastor, nada me falta: ni verdes praderas para saciar el hambre, ni fuentes tranquilas para saciar la sed, ni cayado ante cañadas oscuras, ni la promesa de un descanso definitivo como término de nuestra peregrinación donde habitaremos, al fin, por años sin término.

Segunda lectura: El es nuestra paz y ha hecho de dos una sola cosa

En los versículos precedentes describe Pablo la situación lamentable de los paganos antes de su conversión (Ef 2, 11s). El mensaje de la perícopa está constituido por la unificación de los pueblos, judío y gentil, en un solo cuerpo. Cristo, por su inmolación, ha eliminado la enemistad de entrambos, simbolizada en el muro que prohibía a los gentiles el acceso al lugar sagrado del templo de Jerusalén. La razón de esta enemistad estribaba en la serie de prescripciones judaicas que convertía en impracticable la comunicación de ambos pueblos. Cristo, por su cruz, abrogó las mil regulaciones de la ley mosaica que separaba a judíos de gentiles. De este modo abrió las puertas de acceso al Padre. Cristo es el pacificador (Col 1, 20). La realidad de esta unificación nos compromete no sólo a mantenerla, sino a aumentarla; incluso con una proyección que alcance a todos los hombres sin distinción, a todos los estamentos, ambientes y niveles sociales. De este modo seremos verdaderos portadores de la paz, signo de que la paz, que nos ha donado Cristo, es vivencia plena en nosotros.

Evangelio: Andaban como ovejas sin pastor

En esta lectura resaltan dos ideas: la misericordia o amor de Cristo a los hombres como razón íntima de su apostolado, y la necesidad del reposo, de la soledad, en medio de la actividad misionera.

La misericordia del Padre es una faceta de su amor y es una de las primeras experiencias salvíficas que ha tenido la Humanidad (Ex 34, 6; Os 11, 8-9), Jesús es la plena experiencia de esta misericordia (Lc 1, 50. 54. 72-78); la ofrece repetidas veces (Me 5, 19; Lc 11, 11-32) ; la pone como pieza clave en su enseñanza (Le 6, 30) y es el secreto intimo de toda su actividad misionera (Mc 6, 34).

El descanso y la soledad están relacionados con el «discipulado » de los Apóstoles: es el tiempo necesario para vivir bajo el influjo di- recto de la Palabra de Jesús (Me 6, 30), puesto que han de ser embajadores suyos (2 Cor 5, 20).

Toda actividad apostólica cristiana deberá ser aprendida en soledad, en contacto personal con el Señor, y partir de una experiencia de la misericordia del Padre, que ha de ser su móvil auténtico.

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): El cargo vitalicio no beneficia a la Iglesia

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1146-1147.

La segunda parte del evangelio de Marcos (6,30-10,52), que se inicia con este pasaje, es profundamente dialéctica. Jesús, a pesar de su condición de galileo, es un hombre universal: está “en viaje”. Alejándose de su ambiente, se abren dos horizontes aparentemente antitéticos: los otros, los lejanos, los gentiles, por una parte; y, por otra, los clásicos, los elegidos.

El acoge a la sirofenicia (7,24-30) y al sordomudo decapolitano (7,31-37) y afronta con decisión y polemiza duramente con los jefes judíos que, “aun teniendo ojos, no ven” (8,11-21).

Sin embargo, Jesús se dirige al mismo tiempo a Jerusalén, ya que él verdaderamente es el mesías anunciado y esperado por los padres y no renuncia a ello (8,27-30). Pero, aun siendo el mesías, será condenado oficialmente por las autoridades religiosas. Los discípulos no llegan a comprender la paradoja: no entienden la muerte de Jesús (9,30-32), sueñan con una sociedad perfecta (9,33-37), pretenden el monopolio del mesías (9,38-40), tienen el orgullo de los neófitos y desprecian a los que no han llegado todavía.

Toda la sección se concentra en la narración de la transfiguración (9,1-13). La luz es sombra y la sombra es luz. Toda tentativa de romper esta antítesis dialéctica es considerada sacrilega y fatal para la Iglesia, la cual no deberá nunca alterar el equilibrio delicado de sombra y de luz.

Por una parte, no deberá sobrecargarse la luz a costa de la sombra que le es imprescindible; sería un gravísimo pecado de triunfalismo; por otra parte no debería caer ni siquiera en el masoquismo seudoascético de alargar la propia sombra a costa de la luz que necesita para si y para el mundo que debe iluminar.

Reduciéndonos ahora al pasaje comentado, nos encontramos con la primera “visita ad límina” que realizan los responsables de la Iglesia. Vienen desde sus respectivos puestos a contarle a Jesús lo que habían hecho. Jesús los escucha ciertamente, pero quiere ante todo que sus discípulos no se vean cogidos por ese sordo triunfalismo de las “muchas cosas que hay que hacer”. Los hombres —ni siquiera los de la Iglesia— son tan necesarios en la convivencia humana. El evangelista advierte expresamente que “había muchos que iban y venían y no les dejaban tiempo ni siquiera para comer”.

El burocratismo será siempre la tentación de la Iglesia: un papa, un obispo, un párroco es un hombre que tiene muchas cosas que hacer, que se presenta como imprescindible. Lógicamente, para ello monta todo un tinglado burocrático que agilice su acción.

Jesús corta por lo sano y les dice a sus discípulos: “Veníos a un lugar apartado y tomaos un descanso”.

Es una lástima que la vieja tradición cristiana de los retiros y ejercicios espirituales se haya convertido en una evasión sin sentido, y no en una profunda autocrítica de los hombres de la Iglesia. Efectivamente, si por unos momentos se pueden separar de la gente, ¿por qué no lo podrán hacer de una manera definitiva? La perpetuidad vitalicia de ciertos cargos eclesiásticos va en contra de esta simple visión de una Iglesia al puro servicio de los hombres.

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