Domingo XVII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XVII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: 2 Re 4, 42-44 : Comerán y sobrará.
-Salmo: 144, 10-18 : Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
-2ª Lectura: Ef 4, 1-6 : Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo.
+Evangelio: Jn 6, 1-15 : Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Alberto Magno

Obras: Ser miembros de Cristo

Libro sobre los sacramentos

«Jesús cogió los panes y después de dar gracias, se los repartió» (Jn 6,11)

Señor, lavados y purificados en lo más profundo de nosotros mismos, vivificados por tu santo Espíritu, saciados por tu Eucaristía, haz que nosotros compartamos la gracia que ha sido parte de los santos apóstoles que han recibido el sacramento de tu mano. Desarrolla en nosotros el deseo y la voluntad de seguirte, como miembros tuyos (1Co 12,27) para que nosotros seamos dignos de recibir de ti la sabiduría y la experiencia de tu alimento espiritual.

Desarrolla en nosotros el celo de Pedro para rechazar toda voluntad contraria a la tuya, ese celo que Pedro demostró en la Cena… Desarrolla en nosotros la paz interior, la determinación y la alegría que gustó Juan, inclinado sobre tu hombro (Jn 13,25), que podamos adquirir tu sabiduría, que aprendamos el gusto de tu dulzura, de tu bondad. Desarrolla en nosotros una fe recta, una esperanza firme y una caridad perfecta.

Por intercesión de los santos apóstoles y de todos los discípulos bienaventurados, haznos recibir de tu mano el sacramento, haznos evitar sin dudar la traición de Judas e inspira en nuestro espíritu aquello que tu Espíritu ha revelado a los santos que están en el cielo. Haz todo esto, Tú que vives y reinas con el Padre, en la unidad de un mismo Espíritu desde el principio hasta el fin de los siglos. Amén.

San Efrén, diácono

Comentario: La multiplicación de los panes

Comentario al Evangelio concordante, 12, 1-4; SC 121

«Comieron y se saciaron» (cf. Jn 6,11)»

En el desierto, nuestro Señor multiplicó el pan, y en Caná convirtió el agua en vino. Acostumbró el paladar de sus discípulos a su pan y a su vino, hasta el momento en que les daría su cuerpo y su sangre. Les hizo probar un pan y un vino transitorios para excitar en ellos el deseo de su cuerpo y de su sangre vivificante. Les dio estas pequeñas cosas generosamente, para que supieran que su don supremo sería gratuito.

Se los dio gratuitamente, aunque habrían podido comprárselos, con el fin de que supieran que no pagaban una cosa inestimable: ya que, si podían pagar el precio del pan y del vino, sin embargo no podrían pagar su cuerpo y su sangre. No sólo nos colmó gratuitamente de con sus dones, sino que además nos trató con afecto. Nos dio estos dones gratuitamente para atraernos, con el fin de que vayamos a él y recibamos gratuitamente este bien por muy grande que sea la eucaristía.

Estas pequeñas porciones de pan y de vino que nos dio, eran dulces a la boca, pero el don de su cuerpo y de su sangre es útil para el espíritu. Nos atrajo con estos alimentos agradables hacia el palacio, con el fin de acercarnos hacia lo que da vida a nuestras almas… La obra del Señor alcanza todo: en un santiamén, multiplicó un poco de pan. Lo que los hombres hacen y transforman en diez meses de trabajo, sus diez dedos lo hicieron en un instante… De una pequeña cantidad de pan surgió una multitud de panes; fue como en el momento de la primera bendición: “Sed fecundos, multiplicaos, cubrid la tierra” (Gn 1,28).

Balduino de Cantorbery

Tratado sobre el sacramento del altar 

(Parte 2,3: SC 93, 248-252, Liturgia de las Horas)

Se nos invita a la fe, que es el trabajo de Dios

Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado. Ellos le hablaban de trabajos, en plural; él les responde del trabajo de Dios, en singular, indicando que todas las obras buenas proceden de una única obra buena. Y la fe activa en la práctica del amor es precisamente el trabajo de Dios y el principio en nosotros del bien obrar, ya que sin fe es imposible complacer a Dios.

Preguntando, pues, ellos cuáles son los trabajos que Dios quiere y como todavía no tenían fe, sin la cual no podían ocuparse de los trabajos de Dios, les invita a la fe que es el trabajo que Dios quiere, esto es, que crean en el que Dios ha enviado. Comprendiendo que Jesús se refería a él mismo, le replicaron: ¿ Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Mira cómo los judíos piden signos; no les basta el signo de los cinco panes. El haber repartido aquellos panes de cebada les parece insuficiente para creer que Cristo es tan poderoso como para poder dar un alimento imperecedero. Pero es que ni siquiera Moisés, por medio del cual se les dio el maná, hizo tales promesas. Comparan, pues, el signo hecho por Moisés con este signo de los cinco panes en gradación de mayor a menor, como si no fuera digno de crédito lo que de sí mismo había afirmado. Y así insisten: Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».

A lo que habían dicho los judíos de que a los padres les fue dado a comer pan del cielo, responde Cristo demostrando que el verdadero pan del cielo no es el que les dio Moisés, sino el que el Padre les da ahora. Les replicó, pues, Jesús: Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Ellos, interpretándolo carnalmente, le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Lo mismo que la mujer samaritana al oírle decir: El que bebe de esta agua no vuelve a tener sed, inmediatamente se imaginó que hablaba de la sed física, y, deseosa de no padecer más esa necesidad temporal, dijo: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla; así también éstos piden: Señor, danos de ese pan: naturalmente, para que nos sacie y nunca nos falte. Esta es la razón por la que después del milagro de los cinco panes, querían proclamarlo rey.

Pero Jesús les invita nuevamente a fijar la atención en su propia persona, y les desvela más claramente a qué tipo de pan se refería. Dice: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. La expresión: El que viene a mí equivale a ésta: El que cree en mí; y la frase: No pasará hambre es correlativa a esta otra: No pasará nunca sed. El sentido de ambas correlaciones es efectivamente la saciedad eterna, en la que no habrá lugar para la necesidad.

San Agustín, obispo

Tratado: La multiplicación de los panes

Tratado 24, 1-7, sobre el Evangelio de San Juan

1. Los milagros que realizó nuestro Señor Jesucristo son, en verdad, obras divinas, que convidan a la mente humana a elevarse a la inteligencia de Dios por el espectáculo de las cosas visibles. Dios no es una sustancia tal, que con los ojos se pueda ver; y los milagros con los que rige el mundo y gobierna toda criatura han perdido su valor por su asiduidad, hasta el punto que casi nadie mira con atención las maravillosas y estupendas obras de Dios en un grano de una semilla cualquiera; y por eso se reservó en su misericordia algunas para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso habitual y leyes de la naturaleza, con el fin de que viendo, no obras mayores, sino nuevas, asombrasen a quienes no impresionan ya las obras de todos los días. Porque mayor milagro es el gobierno del mundo que la acción de saciar a cinco mil hombres con cinco panes. Sin embargo, en aquél nadie se fija ni nadie lo admira; en ésta, en cambio, se fijan todos con admiración, no porque sea mayor, sino porque es rara, porque es nueva. ¿Quién es el que alimenta ahora también al mundo entero sino el mismo que hace que de pocos granos broten mieses abundantes? Obró, pues, como Dios. Porque lo que hace que de pocos granos se produzcan abundantes mieses, es lo que multiplica en manos de Cristo los cinco panes. El poder en las manos de Cristo existía; aquellos cinco panes eran como semillas, no sembradas en la tierra, sino multiplicadas por el mismo que hizo la tierra. Esto es lo que se hace presente a los sentidos para levantar nuestro espíritu y se muestra a los ojos para ejercicio de nuestra inteligencia, con el fin de admirar así al invisible Dios por el espectáculo de las obras visibles; y así elevados hasta la fe y purificados por la misma fe, lleguemos a desear ver invisiblemente al mismo Invisible, que ya conocíamos por las cosas visibles.

2. No basta, sin embargo, contemplar sólo esto en los milagros de Cristo. Preguntemos a los milagros mismos qué es lo que nos dicen de Cristo, ya que también tienen su lenguaje, pero es con tal de que se entienda; pues como el mismo Cristo es la palabra de Dios, así también los hechos del Verbo son palabras para nosotros. Luego, así como hemos oído la grandeza de este milagro, investiguemos también su gran profundidad. No nos contentemos con la delectación meramente superficial; profundicemos su perfecta sublimidad. Eso mismo que de fuera causa nuestra admiración, encierra allá adentro algo. Hemos visto, hemos con-templado algo grande, algo excelso, algo que es enteramente divino y que sólo Dios lo puede realizar; y por la obra hemos prorrumpido en alabanzas de su Hacedor. Pero así como, si viéramos en un códice letras hermosamente hechas, no nos satisfaría la sola alabanza de la perfección de la mano del escritor que tan parecidas e iguales y hermosas las hizo si no llegamos por la lectura a entender lo que en ellas nos quiso decir, lo mismo sucede aquí: quienes sólo miran este hecho por defuera, les deleita su belleza hasta llegar a la admiración del artífice; más el que lo entiende es como el que lee. Una pintura se ve de manera distinta que una escritura. Así, cuando ves una pintura, ya lo has visto todo, ya lo has alabado todo; en cambio, cuando ves una escritura, no es el todo verla; la misma escritura te está urgiendo a que la leas. También tú mismo, cuando ves una escritura y tal vez no sabes leerla, te expresas así: ¿Qué habrá escrito aquí? Preguntas por lo que está escrito, siendo así que la escritura ya la ves. Otra cosa muy distinta te va a mostrar aquel a quien tú pides la explicación de lo que has visto. Aquél tiene unos ojos y tú tienes otros. ¿No veis, acaso, los dos igualmente la escritura? Sí, pero no conocéis igualmente los signos. Tú, pues, ves y alabas; el otro ve y alaba, lee y entiende. Puesto que lo hemos visto y lo hemos alabado, leámoslo y entendámoslo.

3. El Señor sobre la montaña. Vemos mucho más, ya que el Señor sobre la montaña es el Verbo en las alturas. Por eso, lo que en la montaña se realizó no es un hecho oscuro y despreciable ni se debe pasar sobre él de ligero, sino que se debe mirar con toda atención. Vio las turbas y se dio cuenta de que tenían hambre, y misericordiosamente les dio de comer hasta hartarlas, no sólo con su bondad, sino también con su poder. ¿De qué sirve la bondad sólo, cuando falta el pan con que alimentar a la hambrienta turba? La bondad sin el poder hubiera dejado en ayunas y hambrienta a aquella gran multitud. Finalmente, los discípulos que estaban con el Señor se dieron cuenta también del hambre de las turbas y querían alimentarlas para que no desfalleciesen; pero no tenían con qué. El Señor pregunta dónde se podría comprar pan para dar de comer a las turbas. Y la Escritura dice: Hablaba así para probarle. Se refiere al discípulo Felipe, a quien había hecho la pregunta. Porque Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué bien intentaba con la prueba sino mostrar la ignorancia del discípulo? Y tal vez también quiso significar algo con la revelación de la ignorancia del discípulo. Entonces aparecerá, cuando comience a revelarnos el misterio mismo de los cinco panes e indicarnos su significación. Allí se verá por qué el Señor quiso mostrar en este hecho la ignorancia del discípulo preguntando lo que El tan bien sabía. A veces se pregunta lo que no se sabe con la intención de oírlo, para saberlo, y otras veces se pregunta lo que se sabe con la intención de saber si lo sabe aquel a quien se hace la pregunta. El Señor sabía estas dos cosas: sabía lo que preguntaba, porque sabía bien lo que iba a hacer, y sabía igualmente que Felipe no lo sabía. ¿Por qué le pregunta sino para poner al descubierto su ignorancia? Ya se sabrá después, como he dicho, por qué obró así.

4. Díjole Andrés: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos? Cuando a la pregunta del Señor contesta Felipe que doscientos denarios no son suficientes para la refección de tanta gente, había allí un muchacho que llevaba cinco panes de cebada y dos peces. Y díceles Jesús: Ordenad que la gente se siente. Había allí mucha hierba, y se sentaron como cinco mil hombres. Toma el Señor Jesús los panes y da gracias, y ordena que se dividan los panes, puestos en presencia de los allí sentados. No eran ya cinco panes, sino lo que había añadido el que hizo la multiplicación. Y de los peces les dio cuanto querían. Es poco decir que sació a aquella turba; quedaron, además, muchos fragmentos, que mandó recoger para que no se perdieran. Con los fragmentos llenaron doce canastos.

5. Voy a abreviar para ir de prisa. Los cinco panes significan los cinco libros de Moisés. Con razón no son panes de trigo, sino de cebada, ya que son libros del Antiguo Testamento. Sabéis que la cebada es de tal naturaleza, que difícilmente se llega a su medula. Está recubierta la medula misma de una envoltura de paja tan tenaz y tan adherida, que con dificultad se separa. Así está la letra del Antiguo Testamento; está cubierta con la envoltura de misterios carnales; pero, si se logra llegar hasta su medula, alimenta y sacia. Llevaba, pues, un muchacho cinco panes y dos peces. Si queremos saber cuál es este muchacho, tal vez es el pueblo de Israel. Los llevaba como un niño y sin comer de ellos. Esas cosas que llevaba encerradas pesaban, y abiertas nutrían. Los dos peces me parece que significan aquellos dos sublimes personajes del Antiguo Testamento que eran ungidos para santificar y regir al pueblo: el sacerdote y el rey. Y, por fin, llega en el misterio el mismo que estos personajes significaban; llega, por fin, el que se mostraba por la medula de la cebada y que se ocultaba por las pajas de la misma. Llega El solo, reuniendo en sí mismo a ambos personajes, sacerdote y rey: sacerdote, porque se ofreció a sí mismo a Dios por nosotros; y rey, porque Él es quien nos rige. Y así queda abierto lo que llevaba cerrado. Gracias a Él, que cumple por sí mismo lo que prometió por el Antiguo Testamento. Y mandó que se dividiesen los panes, y al hacer la división se multiplican. Nada más verdadero. Pues estos cinco libros de Moisés, ¿cuántos libros no han producido al exponerlos, que es como partirlos, es decir, comentarlos? Más en aquella cebada estaba encubierta la ignorancia del pueblo, del que se dijo: Cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón. En efecto, no se había quitado el velo todavía, porque no había venido Cristo; no se había todavía rasgado, pendiente Él en la cruz, el velo del templo. El pueblo, pues, ignoraba la ley, y por eso aquella prueba del Señor se ordenaba a hacer patente la ignorancia del discípulo.

6. No hay circunstancia alguna inútil, todo tiene sentido; pero hace falta que haya quien lo entienda. Así, el número de las personas que fueron alimentadas significaba el pueblo bajo el dominio de la ley. ¿Por qué eran cinco mil sino porque estaban bajo el dominio de la ley, que está explícita en los cinco libros de Moisés? Por la misma razón se colocaban los enfermos bajo aquellos cinco pórticos y no se curaban. Más el que allí curó al enfermo es el mismo que alimentó aquí a las turbas con cinco panes. Ellas estaban sentadas sobre el heno. Es que entendían carnalmente y reposaban sobre carne: Toda carne es heno ¿Qué significan los fragmentos sino aquello que el pueblo no pudo co-mer? Hay que ver allí misterios de la inteligencia que la multitud no puede comprender. ¿Qué hay que hacer, pues, sino que esos misterios que la multitud no puede entender se confíen a aquellos que son capaces de enseñar a otros también, como eran los apóstoles? Por eso se llenaron doce canastos. Esto es un hecho maravilloso, por lo grande que es y además útil, porque es un hecho espiritual. Quienes lo presenciaron quedaron pasmados, y nosotros quedamos insensibles cuando los oímos. Se hizo para que ellos lo vieran y se escribió para que nosotros lo oigamos. Lo que ellos pudieron por los ojos, lo podemos nosotros por la fe. Vemos con el espíritu lo que no podemos con los ojos. Y somos a ellos preferidos, porque de nosotros se dijo: Bienaventurados los que no ven y creen. Y añado que tal vez hemos comprendido también lo que no comprendió aquella gente. Y verdaderamente hemos sido alimentados nosotros, porque hemos podido llegar hasta la medula del grano de cebada.

7. ¿Qué dice, finalmente, aquella gente que presenció el milagro? Aquella gente decía: Este es, sin duda, un profeta. Tal vez miraban a Cristo como profeta, porque estaban sentados sobre heno. Más Él era el Señor de los profetas, el inspirador y el santificador de los profetas, pero profeta también; porque se dijo también a Moisés: Levantaré entre ellos un profeta semejante a ti; semejante en la carne, pero no en la majestad. Claramente se explica y se lee en los Hechos de los Apóstoles que aquella promesa del Señor miraba a Cristo. El mismo Señor habla así de sí mismo: No existe profeta alguno sin honor sino en su patria. El Señor es profeta, el Señor es el Verbo de Dios, y no hay profeta que profetice sin el Verbo de Dios. Con los profetas está el Verbo de Dios, y profeta es también el Verbo de Dios. Los tiempos que nos han precedido merecieron profetas inspirados y llenos del Verbo de Dios; nosotros, en cambio, merecimos al profeta, que es el mismo Verbo de Dios. Como Cristo es profeta y Señor de los profetas, así también Cristo es ángel y Señor de los ángeles. El mismo es llamado ángel del gran consejo. ¿Qué dice, sin embargo, en otro lugar el profeta? Que ningún legado ni ángel, sino El mismo, vendría a salvarlos; es decir, que no enviaría legado ni ángel, sino que vendría El mismo. ¿Quién vendrá? El ángel mismo. No por un ángel, sino por El, que es ángel y también Señor de los ángeles. Ángel en latín es heraldo. Si Cristo no anunciara nada, no sería ángel; como, si no profetizara, tampoco sería profeta. Él nos excita a la fe, a la conquista de la vida eterna. El anuncia cosas presentes y predice cosas futuras. Él es ángel, porque anuncia cosas presentes, y profeta, porque predice las futuras. Es el Señor de los ángeles y de los profetas, porque el Verbo de Dios se hizo carne.

San Juan Crisóstomo

Homilía: Saciarse

Homilía 42 (41) sobre el Evangelio de San Juan

«Los distribuyó entre los que estaban sentados; y se saciaron»

No nos mezclemos, carísimos, con los perversos y dañinos; pero mientras no hagan daño a nuestra virtud, procuremos ceder y no dar ocasión a sus dolos y asechanzas. De este modo se les quebrantan todos sus ímpetus. Así como los dardos cuando dan sobre un objeto duro y firme, rebotan con gran impulso contra quienes los dispararon; pero, si una vez lanzados con violencia, no encuentran objeto alguno duro ni resistente, muy luego pierden su fuerza y caen al suelo, del mismo modo los hombres feroces por su audacia, si les presentamos resistencia más se enfurecen; pero si cedemos a su furia, pronto apagamos sus ímpetus.

Así procedió Cristo. Cuando los fariseos oyeron que juntaba más discípulos que Juan y que bautizaba a muchos más, Él se apartó a Galilea, para apagar así la envidia de ellos y suavizar con su retirada el furor que aquel buen suceso les causaba; furor que era verosímil que habrían concebido. Y vuelto a Galilea, no fue a los mismos sitios que antes. Porque no se retiró a Caná, sino al otro lado del mar. Y lo seguían grandes multitudes, porque veían los milagros que hacía. ¿Qué milagros fueron ésos? ¿Por qué no los narra el evangelista? Porque este evangelista dedicó la inmensa mayor parte de su libro a los discursos. Mira, por ejemplo, cómo en el término de un año completo, y aun en la fiesta de la Pascua, no refiere otros milagros, sino la curación del paralítico y la del hijo del Régulo. Es que no intentaba referirlo todo (cosa por lo demás imposible), sino que de entre los muchos y brillantes prodigios, seleccionó y refirió unos pocos.

Dice: Y lo seguía un gran gentío porque veían los milagros que obraba. No lo seguían aún con ánimo muy firme, pues antes que tan eximias enseñanzas, más bien los atraían los milagros: cosa propia de gente ruda. Porque dice Pablo: Los milagros son no para los fieles, sino para los no creyentes (1 Co 14, 22). En cambio Mateo no pinta así ese pueblo, sino que dice: Y todos se admiraban de su doctrina, pues los enseñaba como quien tiene potestad (Mt 7, 28-29). Mas ¿por qué ahora se retira al monte y ahí se asienta con sus discípulos? Porque va a hacer un milagro. Que sólo los discípulos subieran con El, culpa fue del pueblo que no lo siguió. Pero no fue ése el único motivo de subir al monte, sino además para enseñarnos que debemos evitar el tumulto de las turbas y que la soledad se presta para el ejercicio de la virtud. Con frecuencia sube solo al monte a orar y pasa la noche en oración, para enseñamos que quien se acerca a Dios debe estar libre de todo tumulto y buscar un sitio tranquilo.

Preguntarás: ¿por qué no sube a Jerusalén para la festividad, sino que mientras todos se dirigían a Jerusalén, Él se retiró a Galilea; y no va solo, sino que lleva a los discípulos, y luego baja a Cafarnaún? Poco a poco va abrogando la ley, tomando ocasión de la perversidad de los judíos. Y como hubiese levantado la mirada y viera la gran turba. Por aquí declara el evangelista que Jesús nunca se asentaba con sus discípulos sin motivo, sino tal vez para enseñarlos y hablar con mayor cuidado y para más unirlos consigo. Vemos por aquí la gran providencia que de ellos tenía, y cómo a ellos se acomodaba y se abajaba. Y estaban sentados, quizá mirándose frente a frente. Luego, habiendo explayado su mirada, vio una gran turba que venía hacia El. Los otros evangelistas refieren que los discípulos se le acercaron y le rogaron y suplicaron que no la despidiera en ayunas. Juan, en cambio, presenta al Señor preguntando a Felipe. A mí ambas cosas me parecen verdaderas, aunque no verificadas al mismo tiempo; sino que precedió una de ellas; de manera que en realidad se narran cosas distintas. ¿Por qué pregunta a Felipe? Porque sabía muy bien cuáles de los discípulos estaban más necesitados de enseñanza. Felipe fue el que más tarde le dijo: Muéstranos al Padre y esto nos basta (Jn 14, 18). Por tal motivo es a él a quien primeramente instruye. Si el milagro se hubiera realizado sin ninguna preparación, no habría brillado en toda su magnitud. Por lo cual cuida Jesús de que previamente Felipe le confiese la escasez; para que con esto, el milagro le pareciera mayor.

Observa lo que dice a Felipe: ¿De dónde obtendremos tantos panes como para que éstos coman? Del mismo modo en la Ley Antigua dijo a Moisés antes de obrar el milagro: ¿Qué es lo que tienes en tu mano? (Ex 4, 2). Y como los milagros repentinos suelen borrar de nuestra memoria los sucesos anteriores, en primer lugar ató a Felipe con la propia confesión de éste, para que no sucediera que después, herido de estupor, se olvidara de lo que había confesado; y para que por aquí, mediante la comparación, conociera la magnitud del milagro. Como en efecto sucedió.

A la pregunta contestó Felipe: Doscientos denarios de panes no bastarían para que cada uno tomara un bocado. Esto se lo decía a Felipe para probarlo, pues Él sabía bien lo que iba a hacer. ¿Qué significa: para probarlo? ¿Acaso ignoraba Jesús lo que Felipe respondería? Semejante cosa no puede afirmarse. ¿Cuál es pues el pensamiento que encierra esa expresión? Podemos conocerlo por la Ley Antigua. También en ella leemos: Sucedió después de estas cosas que Dios tentó a Abraham y le dijo: Toma a tu hijo unigénito, al que amas, Isaac (Gn 22, 1-2). No se lo dijo para saber si obedecería o no el patriarca, pues Dios todo lo ve antes de que acontezca; sino que en ambos pasajes habla al modo humano. Lo mismo, cuando la Escritura dice: Dios escruta los corazones de los hombres (Rm 8, 27), no significa ignorancia, sino un conocimiento exacto. Igualmente cuando dice: tentó, no significa otra cosa sino que El con exactitud ya lo sabía.

Podría entenderse en este otro sentido; o sea que tuvo mayor experiencia de ellos, cuando a Abraham entonces y ahora a Felipe los lleva a un más profundo conocimiento del milagro. Por lo cual el evangelista, para que no dedujeras algo absurdo, a causa de la sencillez de la palabra, añadió: Sabía bien Él lo que iba a hacer. Por lo demás, bien está observar cómo el evangelista, siempre que hay lugar a una opinión torcida, al punto cuidadosamente la deshace. De modo que, para que los oyentes en este pasaje no imaginaran algo erróneo, aprontó esa corrección: Sabía bien Él lo que iba a hacer.

De igual modo, en el otro pasaje, cuando dice el evangelista que los judíos perseguían a Jesús: No sólo porque traspasaba el sábado, sino también porque decía que su Padre era Dios, haciéndose igual a Dios, si no hubiera sido este mismo el pensamiento de Cristo, confirmado con las obras, también habría añadido el evangelista esa corrección. Si en las palabras que Cristo habla, teme el evangelista que alguno pueda caer en error, mucho más lo habría temido en las que otros decían acerca de Cristo, si hubiera notado que no se tenía de El la verdadera opinión. Pero nada dijo, pues conocía el pensamiento de Cristo y su decreto inmutable. Por lo cual, una vez que dijo: Haciéndose igual a Dios, no añadió la corrección, porque en esto la opinión de los judíos no andaba errada, sino que era verdadera y estaba confirmada con las obras de Cristo.

Habiendo, pues, el Señor preguntado a Felipe: Respondió Andrés, el hermano de Simón Pedro: Hay aquí un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos. Pero ¿qué significa esto para tantos? Más altamente piensa Andrés que Felipe; y sin embargo, no llegó al fondo del asunto. Por mi parte, pienso que no sin motivo se expresó así; sino que teniendo noticia de los milagros de los profetas, como el de Eliseo sobre los panes, por aquí elevó su pensamiento a cierta altura, pero no llegó a la cima.

Aprendamos por aquí los que nos hemos entregado a los placeres cuál era el alimento de aquellos varones admirables, cuán pobre, de qué clase; e imitémoslos en la condición y frugalidad de su mesa. Lo que sigue demuestra una extrema rudeza y debilidad en la fe. Porque una vez que hubo dicho: Tiene cinco panes de cebada, añadió: Pero ¿qué significa esto para tantos? Le parecía que quien hacía milagros de pocos panes los haría de otros pocos y quien los hacía de muchos panes los haría de muchos otros. Pero iban las cosas por otros caminos. A pesar de que a Jesús lo mismo le daba de muchos panes o de pocos preparar una cantidad inmensa, ya que no necesitaba de materia previa, sin embargo, para que no pareciera que las criaturas estaban fuera del alcance de su sabiduría, como erróneamente afirmaban los marcionitas, usó de la criatura para obrar el milagro; y lo obró cuando ambos discípulos menos lo esperaban. De este modo obtuvieron mayor ganancia espiritual, habiendo de antemano confesado lo difícil del negocio; para que, llevado a cabo el prodigio, reconocieran el poder de Dios.

Y pues iba a obrarse un milagro ya antes obrado también por los profetas, aunque no del mismo modo; y lo iba a verificar Jesús comenzando por la acción de gracias, para que la gente ruda no cayera en error, observa cómo todo lo que hace va levantando las mentes y poniendo de manifiesto la diferencia. Cuando aún no aparecían los panes, ya Él tenía hecho el milagro; para que entiendas que tanto lo que ya existe como lo que aún no existe, todo le está sujeto, como dice Pablo: El que llama lo que no existe a la existencia, como si ya existiera (Rm 4, 17). Pues como si ya estuviera la mesa puesta, mandó que al punto se sentaran a ella; y de este modo levantó el pensamiento de los discípulos.

Como ya por la pregunta anterior habían logrado provecho espiritual, al punto obedecieron y no se conturbaron ni dijeron: ¿Qué es esto? ¿Por qué ordenas sentarse a la mesa cuando aún nada hay que poner en ella? De modo que aun antes de ver el milagro comenzaron a creer, ellos que al principio no creían y decían: ¿De dónde compraremos panes? Más aún: activamente dispusieron que las turbas se sentaran. Mas ¿por qué cuando va a sanar al paralítico, a resucitar al muerto, a calmar el mar no ruega, y ahora en cambio cuando se trata de panes sí lo hace? Es para enseñamos que antes de tomar el alimento se ha de dar gracias a Dios. Por lo demás acostumbra El hacerlo en cosas mínimas para que entiendas que no lo hace porque le sea necesario. Pues si le hubiera sido necesario, más bien era en las grandes en las que lo habría hecho. Pero quien en las grandes procedía así con autoridad propia, sin duda que lo otro lo hace abajándose al modo de ser humano.

Por otra parte, estaba presente una turba inmensa a la cual era necesario persuadir de que Él había venido por voluntad de Dios. Por esto cuando obra un milagro estando solo y en privado, no procede así; pero cuando lo hace en presencia de muchos y para persuadirlos de que Él no es contrario a Dios, ni adversario del Padre, con dar gracias suprime toda sospecha errónea y acaba con ella. Y los distribuyó entre los que estaban sentados. Y se saciaron. ¿Adviertes la diferencia entre el siervo y el Señor? Los siervos, porque tenían solamente cierta medida de gracia, conforme a ella hacían los milagros; pero Dios, procediendo con absoluto poder, todo lo hacía y disponía con autoridad. Y dijo a los discípulos: recoged los fragmentos. Y ellos los recogieron y llenaron doce espuertas. No fue vana ostentación, sino que se hizo para que no se creyera haber sido aquello obra de brujería; y por este mismo motivo trabaja el Señor sobre materia preexistente. ¿Por qué no entregó los restos a las turbas para que los llevaran consigo, sino que los dio a los discípulos? Porque sobre todo a éstos quería instruir, pues habían de ser los maestros del orbe.

La multitud no iba a sacar ganancia grande espiritual de los milagros; y, en efecto, rápidamente lo olvidaron y pedían un nuevo milagro. Por lo demás, a Judas le sobrevino gravísima condenación del hecho de llevar su espuerta. Pues que el milagro se haya obrado para instrucción de los discípulos, consta por lo que se dice al fin; que tuvo Jesús que traérselo a la memoria y decirles: ¿Aún no comprendéis ni recordáis cuántos canastos recogisteis? (Mt 16, 9). Y el mismo motivo hubo para que el número de las espuertas fuera doce. O sea, igual al de los discípulos. En la otra multiplicación, como ya estaban instruidos, no sobraron tantos canastos, sino solamente siete espuertas. Por mi parte yo me admiro no únicamente de la abundancia de panes, sino además de la multitud de fragmentos y de lo exacto del número; y de que Jesús cuidara de que no sobraran ni más ni menos, sino los que Él quiso, pues sabía de antemano cuántos panes se iban a consumir; lo que fue señal de un poder inefable.

De modo que los fragmentos confirmaron ambos milagros y demostraron que no era aquello simple fantasmagoría, sino restos de los panes que habían comido. En cuanto al milagro de los peces, en esa ocasión se verificó con los peces preexistentes; pero después de la resurrección se verificó sin materia preexistente. ¿Por qué? Para que adviertas cómo también ahora usó de la materia como Señor; no porque la necesitara como base del milagro, sino para cerrar la boca a los herejes.

Y las turbas decían: verdaderamente éste es el Profeta. ¡Oh avidez de la gula! Infinitos milagros mayores que éste había hecho Jesús y nunca las turbas le habían hecho semejante confesión, sino ahora que se hartaron. Pero por aquí se ve claramente que esperaban a un profeta eximio. Allá con el Bautista preguntaban: ¿Eres tú el Profeta? Acá afirman: Este es el Profeta. Pero Jesús, en cuanto advirtió que iban a venir para arrebatarlo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo El solo a la montaña. ¡Por Dios! ¡Cuán grande es la tiranía de la gula! ¡Cuán inmensa la humana volubilidad! Ya no defienden la ley; ya no se cuidan del sábado violado; ya no los mueve el celo de Dios. ¡Repleto el vientre, todo lo han olvidado! Tenían consigo al Profeta e iban a coronarlo rey; pero Cristo huyó.

¿Por qué lo hizo? Para enseñamos que se han de despreciar las dignidades humanas y demostrar que El no necesita de cosa alguna terrena. Quien todo lo escogió humilde —madre, casa, ciudad, educación, vestido— no iba a brillar mediante cosas terrenas. Las celestiales, eximias y preclaras eran: los ángeles, la estrella, el Padre clamando, el Espíritu Santo testimoniando, los profetas ya de antiguo prediciendo; mientras que en la tierra todo era vil y bajo. Todo para que así mejor apareciera su poder. Vino a enseñamos el desprecio de las cosas presentes y a no admirar las que en esta vida parecen espléndidas; sino que todo eso lo burlemos y amemos las cosas futuras. Quien admira las terrenas no admirará las del cielo. Por eso decía Cristo a Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36), para no parecer que para persuadir echaba mano de humanos terrores y poderes. Pero entonces ¿por qué dice el profeta: He aquí que viene a ti tu rey, humilde y montado en un pollino cría de asna? (Za 9, 9). Es que el profeta trataba del reino celeste y no del terreno. Por lo cual decía también: Yo no acepto gloria del hombre.

Aprendamos, pues, carísimos, a despreciar los humanos honores y a no desearlos. Grande honor poseemos, con el cual comparados los honores humanos son injurias y cosa de risa y de comedia; así como las riquezas terrenas comparadas con las celestiales son verdadera pobreza, y esta vida comparada con la otra es muerte. Dice Cristo: Deja a los muertos que entierren a sus muertos (Mt 8, 22). De modo que si esta gloria con aquella otra se compara, es vergüenza y burla. No anhelemos ésta. Si quienes la proporcionan son más viles que la sombra y el ensueño, mucho más lo es ella: La gloria del hombre, como flor del heno (Is 40, 6). Pero aun cuando fuera duradera ¿qué ganancia sacaría de ella el alma? ¡Ninguna! Al revés, daña sobre manera y hace esclavos de peor condición que los que en el mercado se venden, puesto que han de servir no a un señor, sino a dos, a tres, a mil que ordenan mil cosas diversas. ¡Cuánto mejor es ser libre que no esclavo! Libre de la servidumbre de los hombres y siervo del Señor Dios que ordena. Pero en fin, si de todos modos has de amar la gloria, ama la gloria inmortal. Su esplendor es de más brillo y mayor es su ventaja.

Los hombres te ordenan darles gusto con gastos tuyos; mientras que Cristo, por el contrario, te devuelve el céntuplo de todos tus dones y además añade la vida eterna.

San Juan Pablo II, papa

Homilía (1979): El Pan que necesitamos

Santa Misa a los Empleados de las Villas Pontificias
Castelgandolfo, Domingo 29 de julio de 1979

«¿Dónde podemos comprar el pan para que éstos puedan comer?» (Jn 6,5).

Ante la multitud, que le había seguido desde las orillas del mar de Galilea hasta la montaña para escuchar su palabra, Jesús da comienzo, con esta pregunta, al milagro de la multiplicación de los panes, que constituye el significativo preludio al largo discurso en el que se revela al mundo como el verdadero Pan de vida bajado del cielo (cf. Jn 6, 41).

1. Hemos oído la narración evangélica: con cinco panes de cebada y dos peces, proporcionados por un muchacho, Jesús sacia el hambre de cerca de cinco mil hombres. Pero éstos, no comprendiendo la profundidad del “signo” en el cual se habían visto envueltos, están convencidos de haber encontrado finalmente al Rey-Mesías, que resolverá los problemas políticos y económicos de su nación. Frente a tan obtuso malentendido de su misión, Jesús se retira, completamente solo, a la montaña.

También nosotros, hermanos y hermanas carísimos, hemos seguido a Jesús y continuamos siguiéndole. Pero podemos y debemos preguntarnos: ¿Con qué actitud interior? ¿Con la auténtica de la fe, que Jesús esperaba de los Apóstoles y de la multitud cuya hambre había saciado, o con una actitud de incomprensión? Jesús se presentaba en aquella ocasión algo así —pero con más evidencia— como Moisés, que en el desierto había quitado el hambre al pueblo israelita durante el éxodo; se presentaba algo así —y también con más evidencia— como Eliseo, el cual con veinte panes de cebada y de álaga, había dado de comer a cien personas. Jesús se manifestaba, y se manifiesta hoy a nosotros, como Quien es capaz de saciar para siempre el hambre de nuestro corazón: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí ya no tendrá más hambre y el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

El hombre, especialmente el de estos tiempos, tiene hambre de muchas cosas: hambre de verdad, de justicia, de amor, de paz, de belleza; pero sobre todo, hambre de Dios. “¡Debemos estar hambrientos de Dios!”, exclamaba San Agustín (famelici Dei esse debemus: Enarrat. in psalm. 146, núm. 17: PL, 37, 1895 s.). ¡Es El, el Padre celestial, quien nos da el verdadero pan!

2. Este pan, de que estamos tan necesitados, es ante todo Cristo, el cual se nos entrega en los signos sacramentales de la Eucaristía y nos hace sentir, en cada Misa, las palabras de la última Cena: “Tomad y comed todos de él; porque este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. Con el sacramento del pan eucarístico —afirma el Concilio Vaticano II— “se representa y realiza la unidad de los fieles, que constituyen un solo Cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor 10, 17). Todos los hombres son llamados a esta unión con Cristo que es Luz del mundo; de El venimos, por El vivimos, hacia El estamos dirigidos” (Lumen gentium, 3).

El pan que necesitamos es, también, la Palabra de Dios, porque, “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 cf. Dt 8, 3). Indudablemente, también los hombres pueden pronunciar y expresar palabras de tan alto valor. Pero la historia nos muestra que las palabras de los hombres son, a veces, insuficientes, ambiguas, decepcionantes, tendenciosas; mientras que la Palabra de Dios está llena de verdad (cf. 2 Sam 7, 28; 1 Cor 17, 26); es recta (Sal 33, 4); es estable y permanece para siempre (cf. Sal 119, 89; 1 Pe 1, 25).

Debemos ponernos continuamente en religiosa escucha de tal Palabra; asumirla como criterio de nuestro modo de pensar y de obrar; conocerla, mediante la asidua lectura y personal meditación. Pero, especialmente, debemos hacerla nuestra, llevarla a la práctica, día tras días, en toda nuestra conducta.

Por último, el pan que necesitamos es la gracia, que debemos invocar y pedir con sincera humildad y con incansable constancia, sabiendo bien que es lo más valioso que podemos poseer.

3. El camino de nuestra vida, trazado por el amor providencial de Dios, es misterioso, a veces humanamente incomprensible y casi siempre duro y difícil. Pero el Padre nos da el “pan del cielo” (cf. Jn 6, 32), para ser aliviados en nuestra peregrinación por la tierra.

Quiero concluir con un pasaje de San Agustín, que sintetiza admirablemente cuanto hemos meditado: “Se comprende muy bien… que tu Eucaristía sea el alimento cotidiano. Saben, en efecto, los fieles lo que reciben y está bien que reciban el pan cotidiano necesario para este tiempo. Ruegan por sí mismos, para hacerse buenos, para perseverar en la bondad, en la fe, en la vida buena… La Palabra de Dios, que cada día se os explica y, en cierto modo, se os reparte, es también pan cotidiano” (Sermo 58. IV: PL, 38, 395).

¡Que Cristo Jesús multiplique siempre. también para nosotros, su pan!

¡Así sea!

J. Ratzinger (Benedicto XVI) : Jesús de Nazaret

Capítulo VIII, 2

El contexto fundamental en que se sitúa todo el capítulo es la comparación entre Moisés y Jesús: Jesús es el Moisés definitivo y más grande, el «profeta» que Moisés anunció a las puertas de la tierra santa y del que dijo Dios: «Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande» (Dt 18, 18). Por eso no es casual que al final de la multiplicación de los panes, y antes de que intentaran proclamar rey a Jesús, aparezca la siguiente frase: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6, 14); del mismo modo que tras el anuncio del agua de la vida, en la fiesta de las Tiendas, las gentes decían: «Éste es de verdad el profeta» (7,40). Teniendo, pues, a Moisés como trasfondo, aparecen los requisitos que debía tener Jesús. En el desierto, Moisés había hecho brotar agua de la roca, Jesús promete el agua de la vida, como hemos visto. Pero el gran don que se perfilaba en el recuerdo era sobre todo el maná: Moisés había regalado el pan del cielo, Dios mismo había alimentado con pan del cielo al pueblo errante de Israel. Para un pueblo en el que muchos sufrían el hambre y la fatiga de buscar el pan cada día, ésta era la promesa de las promesas, que en cierto modo lo resumía todo: la eliminación de toda necesidad, el don que habría saciado el hambre de todos y para siempre.

Antes de retomar esta idea, a partir de la cual se ha de entender el capítulo 6 del Evangelio de Juan, debemos completar la imagen de Moisés, pues sólo así se precisa también la imagen que Juan tiene de Jesús. El punto central del que hemos partido en este libro, y al que siempre volvemos, es que Moisés hablaba cara a cara con Dios, «como un hombre habla con su amigo» (Ex 33, 11; cf. Dt 34, 10). Sólo porque hablaba con Dios mismo podía llevar la Palabra de Dios a los hombres. Pero sobre esta cercanía con Dios, que se encuentra en el núcleo de la misión de Moisés y es su fundamento interno, se cierne una sombra. Pues a la petición de Moisés: «¡Déjame ver tu gloria!» —en el mismo instante en que se habla de su amistad con Dios, de su acceso directo a Dios—, sigue la respuesta: «Cuando pase mi gloria te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que yo haya pasado, y cuando retire la mano, verás mis espaldas, porque mi rostro no se puede ver» (Ex 33, 18.22s). Así pues, Moisés ve sólo la espalda de Dios, porque su rostro «no se puede ver». Se percibe claramente la limitación impuesta también a Moisés.

La clave decisiva para la imagen de Jesús en el Evangelio de Juan se encuentra en la afirmación conclusiva del Prólogo: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1, 18). Sólo quien es Dios, ve a Dios: Jesús. Él habla realmente a partir de la visión del Padre, a partir del diálogo permanente con el Padre, un diálogo que es su vida. Si Moisés nos ha mostrado y nos ha podido mostrar sólo la espalda de Dios, Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la contemplación viva, de la unidad con El. Relacionados con esto hay otros dos dones de Moisés que en Cristo adquieren su forma definitiva: Dios ha comunicado su nombre a Moisés, haciendo posible así la relación entre El y los hombres; a través de la transmisión del nombre que le ha sido manifestado, Moisés se convierte en mediador de una verdadera relación de los hombres con el Dios vivo; sobre esto ya hemos reflexionado al tratar la primera petición del Padrenuestro. En su oración sacerdotal Jesús acentúa que Él manifiesta el nombre de Dios, llevando a su fin también en este punto la obra iniciada por Moisés. Cuando tratemos la oración sacerdotal de Jesús tendremos que analizar con más detalle esta afirmación: ¿en qué sentido revela Jesús el «nombre» de Dios más allá de lo que lo hizo Moisés? El otro don de Moisés, estrechamente relacionado tanto con la contemplación de Dios y la manifestación de su nombre como con el maná, y a través del cual el pueblo de Israel se convierte en pueblo de Dios, es la Torá; la palabra de Dios, que muestra el camino y lleva a la vida. Israel ha reconocido cada vez con mayor claridad que éste es el don fundamental y duradero de Moisés; que lo que realmente distingue a Israel es que conoce la voluntad de Dios y, así, el recto camino de la vida. El gran Salmo 119 es toda una explosión de alegría y agradecimiento por este don. Una visión unilateral de la Ley, que resulta de una interpretación unilateral de la teología paulina, nos impide ver esta alegría de Israel: la alegría de conocer la voluntad de Dios y, así, poder y tener el privilegio de vivir esa voluntad.

Con esta idea hemos vuelto —aunque parezca de modo inesperado— al sermón sobre el pan. En el desarrollo interno del pensamiento judío ha ido aclarándose cada vez más que el verdadero pan del cielo, que alimentó y alimenta a Israel, es precisamente la Ley, la palabra de Dios. En la literatura sapiencial, la sabiduría, que se hace presente y accesible en la Ley, aparece como «pan» (Pr 9, 5); la literatura rabínica ha desarrollado más esta idea (Barrett, p. 301). Desde esta perspectiva hemos de entender el debate de Jesús con los judíos reunidos en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han entendido la multiplicación de los panes como un «signo» —como era en realidad—, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse (cf. Jn 6, 26). Entendían la salvación desde un punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios. Pero si veían el maná sólo desde el punto de vista del saciarse, hay que considerar que éste no era pan del cielo, sino sólo pan de la tierra. Aunque viniera del «cielo» era alimento terrenal; más aún, un sucedáneo que se acabaría en cuanto salieran del desierto y llegaran a tierra habitada.

Pero el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel. ¿Es la Torá ese otro alimento? En ella, a través de ella, el hombre puede de algún modo hacer de la voluntad de Dios su alimento (cf. Jn 4, 34). Sí, la Torá es «pan» que viene de Dios; pero sólo nos muestra, por así decirlo, la espalda de Dios, es una «sombra». «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6, 33). Como los que le escuchaban seguían sin entenderlo, Jesús lo repite de un modo inequívoco: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed» (Jn 6, 35).

La Ley se ha hecho Persona. En el encuentro con Jesús nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el «pan del cielo». De acuerdo con esto, Jesús ya había dejado claro antes que lo único que Dios exige es creer en Él. Los oyentes le habían preguntado: «¿Cómo podremos ocuparnos del trabajo que Dios quiere?» (Jn 6, 28). La palabra griega aquí utilizada, ergázesthai, significa «obtener a través del trabajo» (Barrett, p. 298). Los que escuchan están dispuestos a trabajar, a actuar, a hacer «obras» para recibir ese pan; pero no se puede «ganar» sólo mediante el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo. Únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios: toda la teología paulina está presente en este diálogo. La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda y, por así decirlo, entrar en la dinámica de los dones que se nos conceden. Esto ocurre en la fe en Jesús, que es diálogo y relación viva con el Padre, y que en nosotros quiere convertirse de nuevo en palabra y amor.

Pero con ello no se responde todavía del todo a la pregunta de cómo podemos nosotros «alimentarnos» de Dios, vivir de Él de tal forma que Él mismo se convierta en nuestro pan. Dios se hace «pan» para nosotros ante todo en la encarnación del Logos: la Palabra se hace carne. El Logos se hace uno de nosotros y entra así en nuestro ámbito, en aquello que nos resulta accesible. Pero por encima de la encarnación de la Palabra, es necesario todavía un paso más, que Jesús menciona en las palabras finales de su sermón: su carne es vida «para» el mundo (6,51). Con esto se alude, más allá del acto de la encarnación, al objetivo interior y a su última realización: la entrega que Jesús hace de sí mismo hasta la muerte y el misterio de la cruz.

Esto se ve más claramente en el versículo 53, donde el Señor menciona además su sangre, que Él nos da a «beber». Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su sangre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros.

Así pues, en este capítulo, la teología de la encarnación y la teología de la cruz se entrecruzan; ambas son inseparables. No se puede oponer la teología pascual de los sinópticos y de san Pablo a una teología supuestamente pura de la encarnación en san Juan. La encarnación de la Palabra de la que habla el Prólogo apunta precisamente a la entrega del cuerpo en la cruz que se nos hace accesible en el sacramento. Juan sigue aquí la misma línea que desarrolla la Carta a los Hebreos partiendo del Salmo 40, 6-8: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo» (Hb 10, 5). Jesús se hace hombre para entregarse y ocupar el lugar del sacrificio de los animales, que sólo podían ser el gesto de un anhelo, pero no una respuesta.

Las palabras de Jesús sobre el pan, por un lado, orientan el gran movimiento de la encarnación y del camino pascual hacia el sacramento en el que encarnación y Pascua siempre coexisten, pero por otra parte, introduce también el sacramento, la sagrada Eucaristía, en el gran contexto del descenso de Dios hacia nosotros y por nosotros. Así, por un lado se acentúa expresamente el puesto de la Eucaristía en el centro de la vida cristiana: aquí Dios nos regala realmente el maná que la humanidad espera, el verdadero «pan del cielo», aquello con lo que podemos vivir en lo más hondo como hombres. Pero al mismo tiempo se ve la Eucaristía como el gran encuentro permanente de Dios con los hombres, en el que el Señor se entrega como «carne» para que en Él, y en la participación en su camino, nos convirtamos en «espíritu». Del mismo modo que El, a través de la cruz, se transformó en una nueva forma de corporeidad y humanidad que se compenetra con la naturaleza de Dios, esa comida debe ser para nosotros una apertura de la existencia, un paso a través de la cruz y una anticipación de la nueva existencia, de la vida en Dios y con Dios.

Por ello, al final del discurso, donde se hace hincapié en la encarnación de Jesús y el comer y beber «la carne y la sangre del Señor», aparece la frase: «El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve de nada» (Jn 6, 63). Esto nos recuerda las palabras de san Pablo: «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo. El último Adán, en espíritu que da vida» (1 Co 15, 45). No se anula nada del realismo de la encarnación, pero se subraya la perspectiva pascual del sacramento: sólo a través de la cruz y de la transformación que ésta produce se nos hace accesible esa carne, arrastrándonos también a nosotros en el proceso de dicha transformación. La devoción eucarística tiene que aprender siempre de esta gran dinámica cristológica, más aún, cósmica.

Para entender en toda su profundidad el sermón de Jesús sobre el pan debemos considerar, finalmente, una de las palabras clave del Evangelio de Juan, que Jesús pronuncia el Domingo de Ramos en previsión de la futura Iglesia universal, que incluirá a judíos y griegos —a todos los pueblos del mundo—: «Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto» (12,24). En lo que denominamos «pan» se contiene el misterio de la pasión. El pan presupone que la semilla —el grano de trigo— ha caído en la tierra, «ha muerto», y que de su muerte ha crecido después la nueva espiga. El pan terrenal puede llegar a ser portador de la presencia de Cristo porque lleva en sí mismo el misterio de la pasión, reúne en sí muerte y resurrección. Así, en las religiones del mundo el pan se había convertido en el punto de partida de los mitos de muerte y resurrección de la divinidad, en los que el hombre expresaba su esperanza en una vida después de la muerte.

A este respecto, el cardenal Schönborn recuerda el proceso de conversión del gran escritor británico Clive Staples Lewis, que leyendo una obra en doce volúmenes sobre esos mitos llegó a la conclusión de que también ese Jesús que tomó el pan en sus manos y dijo «Este es mi cuerpo», era sólo «otra divinidad del grano, un rey del grano que ofrece su vida por la vida del mundo». Pero un día oyó decir en una conversación «a un ateo convencido… que las pruebas de la historicidad de los Evangelios eran sorprendentemente persuasivas» (Schönborn, pp. 23s). Y a él se le ocurrió: «Qué extraño. Toda esta historia del Dios que muere, parece como si realmente hubiera sucedido una vez» (G. Kranz, cit. en Schönborn, pp. 23s).

Sí, ha ocurrido realmente. Jesús no es un mito, es un hombre de carne y hueso, una presencia del todo real en la historia. Podemos visitar los lugares donde estuvo y andar por los caminos que Él recorrió, podemos oír sus palabras a través de testigos. Ha muerto y ha resucitado. El misterio de la pasión que encierra el pan, por así decirlo, le ha esperado, se ha dirigido hacia El; y los mitos lo han esperado a El, en quien el deseo se ha hecho realidad. Lo mismo puede decirse del vino. También él comporta una pasión: ha sido prensado, y así la uva se ha convertido en vino. Los Padres han ido más lejos en su interpretación de este lenguaje oculto de los dones eucarísticos. Me gustaría mencionar aquí sólo un ejemplo. En la denominada Didaché (tal vez en torno al año 100) se implora sobre el pan destinado a la Eucaristía: «Como este pan partido estaba esparcido por las montañas y al ser reunido se hizo uno, que también tu Iglesia sea reunida de los extremos de la tierra en tu reino» (IX, 4).

Rainiero Cantalamessa

Homilía: Recoged los trozos sobrantes

2 R 4, 42-44; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

Durante varios domingos el Evangelio está tomado del discurso que pronunció Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, y que refiere el evangelista Juan. El pasaje de este domingo viene del episodio de la multiplicación de los panes y los peces, que hace de introducción al discurso eucarístico. 

No es casualidad que la presentación de la Eucaristía comience con el relato de la multiplicación de los panes. Con ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre, la dimensión religiosa de la material; no se puede proveer a sus necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse, a la vez, de sus necesidades terrenas y materiales. 

Fue precisamente ésta, por un momento, la tentación de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio se lee que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud para que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer. Pero Jesús respondió: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús no pide a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo que pueden. Poner en común y compartir lo que cada uno tiene. En aritmética, multiplicación y división son dos operaciones opuestas, pero en este caso son lo mismo. ¡No existe «multiplicación» sin «partición» (o compartir)!

Este vínculo entre el pan material y el espiritual era visible en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada entonces ágape, acontecía en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía tanto el pan común como el eucarístico. Ello hacía que se percibieran como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien no tenía nada que comer y quien se «embriagaba» (1 Co 11, 20-22). Hoy la Eucaristía ya no se celebra en el contexto de la comida común, pero el contraste entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario no ha disminuido, es más, ha asumido dimensiones planetarias. 

Sobre este punto tiene algo que decirnos también el final del relato. Cuando todos se saciaron, Jesús ordena: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Nosotros vivimos en una sociedad donde el derroche es habitual. Hemos pasado, en cincuenta años, de una situación en la que se iba al colegio o a la Misa dominical llevando, hasta el umbral, los zapatos en la mano para no gastarlos, a una situación en la que se tira el calzado casi nuevo para adaptarse a la moda cambiante. 

El derroche más escandaloso sucede en el sector de la alimentación. Una investigación del Ministerio de Agricultura de los Estados Unidos revela que una cuarta parte de los productos alimentarios acaba cada día en la basura, por no hablar de lo que se destruye deliberadamente antes de que llegue al mercado. Jesús no dijo aquel día: «Destruid los trozos sobrantes para que el precio del pan y del pescado no baje en el mercado». Pero es lo que precisamente se hace hoy. 

Bajo el efecto de una publicidad machacona, «gastar, no ahorrar» es actualmente la contraseña en la economía. Cierto: no basta con ahorrar. El ahorro debe permitir a los individuos y a las sociedades de los países ricos ser más generosos en la ayuda a los países pobres. Si no, es avaricia más que ahorro. 

Homilía: La Eucaristía entre naturaleza y gracia

La Palabra y la Vida-Ciclo B , Ed. Claretiana, Bs. As., 1994, pp. 219-223

Con este domingo, la liturgia interrumpe la lectura del Evangelio de Marcos e inserta un largo pasaje del Evangelio de Juan, precisamente el famoso capítulo 6, que contiene el relato de la multiplicación de los panes y el discurso eucarístico de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Todo esto tiene un motivo práctico: el Evangelio de Marcos, por ser el más breve de todos, no alcanza a cubrir todo el año litúrgico y debido a ello es integrado con el cuarto Evangelio, que no se lee en un año en particular. Lo importante de todo esto es que durante cuatro domingos podremos desarrollar una catequesis sistemática sobre la Eucaristía. 

Aparentemente, el Evangelio de hoy de la multiplicación de los panes no dice nada acerca de la Eucaristía; sin embargo, constituye la premisa para entender todo el resto. Es bien sabido: Juan vincula la Eucaristía con el episodio de la multiplicación de los panes, como los otros evangelistas la vinculan con la última Cena y la muerte de Jesús. Y no hay contradicción entre ellos; simplemente, uno ve la Eucaristía a partir del signo (el pan), los otros, a partir del hecho significado. Sin embargo, todos se basan en la historia, porque es siempre el mismo Jesús quien prometió, o mejor explicó, la Eucaristía en Cafarnaúm, y la instituyó en la última Cena. Por otra parte, estas diversas teologías eucarísticas de Juan y de los Sinópticos terminan por encontrarse en la contemplación del Cordero inmolado en la cruz, que constituye la realidad última de todos los signos, incluido el de la última cena. 

¿Qué quiere decirnos el Evangelio cuando nos introduce en la comprensión de la Eucaristía mediante el episodio de la multiplicación de los panes? Que la gracia supone la naturaleza, que la redención no anula la creación, sino que construye sobre ella. En otras palabras, quiere decirnos que en la Eucaristía hay una continuidad y una armonía maravillosa entre la realidad material y la gracia espiritual (…) 

Hemos sido acostumbrados a explicar la Eucaristía con la palabra transubstanciación. ¿Pero qué significa transubstanciación? Por cierto, no que el signo del pan y del vino desaparecen del todo, que terminan para dar lugar al cuerpo y a la sangre de Cristo. Los sacramentos -se dice-obran en cuanto significan ( significando causant ); por eso, si el signo se anula del todo, se anula también el sacramento; si el signo es sólo ficticio (un accidente), el sacramento corre peligro de basarse en una ficción (docetismo eucarístico), lo cual es contrario al estilo realista de Dios, expresado por la Encarnación. 

Por lo tanto, el signo permanece; (…) Permanece, pero es elevado (como siempre la gracia eleva a la naturaleza); en cierto sentido, puede decirse que es transformado, ¿De qué es signo el pan (así puede hablarse también del vino) antes de la consagración? Es signo de la fecundidad de la tierra, del trabajo del hombre, de los cuidados a cargo del padre de familia, de la alimentación, de la unidad entre quienes lo comen juntos. ¿De qué es signo el pan después de la consagración ? Del sacrificio de Jesús, de su ilimitado amor por el hombre alimento espiritual, de la unidad del cuerpo de Cristo. 

Estos significados constituyen, respectivamente, la “realidad” del pan y de la Eucaristía (…). 

Los significados espirituales (amor de Cristo, participación en su muerte unidad de la Iglesia) forman parte, por lo tanto, de la “realidad” de la Eucaristía. ¡Forman parte, pero no la agotan! En el misterio eucarístico tiene lugar algo más profundo e insondable que sólo la fe puede captar. En él, por las palabras de la institución y el poder del Espíritu Santo, es el mismo hecho originario de la muerte-resurrección de Cristo el que se hace presente “personalmente” es decir, en la persona de quien realizó este hecho: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En otras palabras, aquí la naturaleza no recibe solamente a la gracia (como hace el agua del Bautismo), sino al Autor mismo de la gracia. Todo el significado simbólico y espiritual de la eucaristía se apoya en esta base segura; aún más, se desprende de ella como de su fuego. 

El encuentro entre Eucaristía y vida debe ser vuelto a buscar en ambas direcciones. Si por un lado la Eucaristía debe acercarse a la vida, por el otro, la vida debe tender hacia la Eucaristía; en otras palabras, la comida cotidiana que hacemos cotidianamente en familia o en comunidad, debe ser de alguna manera un gesto religioso que prepara para la Eucaristía. 

Por supuesto, no prepara para la Eucaristía la costumbre -cada vez más difundida en las casas de hoy- de comer cada uno en un horario distinto, sacando de la heladera lo que se necesita e ignorando a los demás; de comer en “mesas separadas” o con los ojos pegados todo el tiempo al televisor. A veces, la vida moderna hace inevitable todo esto; sería necesario, sin embargo, no dejarse arrastrar y actuar en forma tal que, al menos una vez al día, toda la familia se encontrara alrededor de la misma mesa para comer algo común, enriqueciéndolo con algún gesto cristiano de bendición y oración. Aquel día, Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó: ¿qué impide que se haga lo mismo en una familia cristiana? Lo hacen muchas familias y descubren que ayuda muchísimo a quererse, a perdonarse y a permanecer unidos. 

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a los discípulos: “Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”. A la luz de aquello que la palabra de Dios nos ha venido diciendo hasta aquí, es posible comprender de manera nueva incluso este importante detalle del relato. 

¿Qué significa el colligite fragmenta? El pensamiento vuela espontáneamente a la recomendación evangélica de dar lo que sobra a los pobres (cfr. Lc. 11, 41), a la urgencia de poner fin al terrible desperdicio de recursos que se hace en algunas sociedades opulentas y consumistas -comprendida la nuestra- para que no existan después quienes carezcan de todo. Todo esto es verdad y lo hablamos al comentar el mismo episodio en otra ocasión, pero no es suficiente. Queda del lado de la carne, que por sí sola -como dice Jesús- resulta inútil y no capta el verdadero significado del gesto ordenado por Jesús el cual, como todo el resto, es espiritual (cfr. Jn. 6, 63). 

Si entre la naturaleza (la multiplicación del pan natural) y la gracia ( la Eucaristía ) existe esa continuidad que hemos visto, entonces incluso el gesto de recoger las sobras no tiene solamente un sentido material y sociológico, sino también un profundo significado espiritual. Eso quiere decir que la Eucaristía no es sólo para quien la recibe; debe sobrar algo también para los ausentes, los que están lejos, para todo el pueblo (¡doce cestas, como las doce tribus de Israel, como las doce tribus de la Jerusalén celeste!). Ya no es como lo del maná celestial, del cual cada uno recoge los que le alcanza para un día (cfr. Ex. 16, 4); aquí es necesario recoger también para los hermanos y para el mañana. Quien está presente en la multiplicación debe compartir después con los hermanos la fuerza y la luz que ha recibido de ella; debe hacerse él mismo pan para ser desmenuzado, es decir, eucaristía. ¡Nada debe desperdiciarse! Resulta condenada esa forma de desperdicio espiritual que es el egoísmo y el individualismo, causas que se cuentan entre las principales de la ineficacias de tantas eucaristías. La Eucaristía de Jesús tiene la misma ley del ágape; está hecha para ser compartida, para fluir de uno a otro; quien la recibe debe asemejarse a Jesús, convirtiéndose, como él, en una dádiva para los de más. 

Esa es la luz que el Señor nos dio para este domingo sobre la Eucaristía. La Misa nos ofrece ahora la maravillosa posibilidad de experimentar ya mismo esa luz. Experimentarla, viviendo esta nuestra Eucaristía en toda la verdad de sus signos (ofrecimiento, consagración, división del pan, gesto de paz, comunión), y abriéndonos a todos aquellos hermanos que, fuera de aquí, esperan de nosotros los pedazos sobrantes. 

Congregación para el Clero

(2Re 4,42-44; Ef 4,1-6; Jn 6,1-15)

La liturgia del Domingo de este Tiempo Ordinario interrumpe la lectura del Evangelio de Marcos, para comenzar la lectura del capítulo 6 del Evangelio de Juan, ligado al signo de la multiplicación de los panes y de los peces, y al discurso sobre “el Pan de Vida”, que acompañará el recorrido de los próximos seis domingos.

En un continuo entrelazarse de símbolos y de alusiones, Juan subraya el significado de la presencia de Cristo, que es garantía de salvación. El don del pan, “signo” insuperable de la presencia misma de Cristo, es consecuencia de la compasión que siente el Señor por la multitud que se ha quedado sola, “como ovejas sin pastor” (Domingo XVI T.O.). Es a partir de esta compasión que es generado el pan, el don que Jesús hace de sí para la vida del mundo.

El amor por el destino último del hombre despierta la audacia de Dios, que se sirve del mismo hombre para realizar todo su proyecto de salvación. ¿Dónde podremos comprar pan?…: en la pregunta dirigida a Felipe, Jesús no plantea una cuestión de orden práctico (el pan para comer), sino que trata de despertar toda la confianza que el apóstol puede y debe poner en su Señor.

“Dónde”, señala el origen, la naturaleza del dónde. Como Nicodemo, que no sabe de dónde viene el viento (3,8); como la samaritana, de dónde viene el agua (4,11), como el maestresala de dónde viene el vino bueno (2,9).

Bastaría con poco, de parte de Felipe y de los otros; bastaría solamente una mirada profunda a aquel hombre que mira a la multitud y los mira a ellos; bastaría decirle: “¡Tú, solo Tú, puedes darles de comer a ellos, saciando su hambre!”.

La preocupación de Felipe, calculando una cantidad desproporcionada para ellos de resolver el problema en ese instante, lo distrae de la extraordinaria Presencia, lo distrae de la única respuesta posible: Jesús.

El pecado de la distracción es un pecado que aleja la posibilidad de un poder que se pone en acción frente a todas nuestras necesidades. Alcanza con reconocer el “Tú” de Cristo, para comprender “dónde encontrar el pan”. ¿Cómo se vuelve a repetir este pecado delante de la Eucaristía? Lo que ofrece el muchacho parece inútil, inadecuado, aunque se trata de una importante referencia bíblica (el pan de cebada de Eliseo en 2Re 4,42-44; la suma de los cinco panes y los dos peces es el número de días de la creación…), pero da la impresión de no alcanzar.

Para los ojos del hombre es necesario tener más; para el corazón de Dios basta con ese poco para sobreabundar. ¡Es la Providencia! Y cuando estuvieron saciados, dijo a los discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado, para que no se pierda nada”. La orden de Jesús a los discípulos contiene en sí misma una orden de volver a la preciosidad de ese pan, que ha alimentado a la multitud. Recoger los pedazos es una operación que requiere mucho cuidado y, sobre todo, el reconocimiento de un valor. Esas sobras son la imagen física del hecho de que toda gracia concedida por el Señor, no se puede medir con la capacidad receptiva del hombre, puesto que la supera sin medida.

Aquellas doce cestas de sobras se hacen, de este modo, signo de la gran abundancia que proviene de Dios y del hambre que debemos tener de la gracia divina, de la obra de Dios en nuestra vida.

“Sin Ti, oh Dios, nada existe de valioso y de santo…” (Colecta). La Santísima Virgen, en cuyo seno fue vertida toda la abundancia, haga surgir de nuestros labios y de nuestro corazón esta certeza.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Los cinco domingos siguientes (17º-21º) abandonamos de nuevo a Marcos para leer el capítulo 6 de san Juan. No obstante, el enlace se produce de manera fácil, pues el texto de Juan narra el mismo hecho que venía inmediatamente a continuación en Marcos –la multiplicación de los panes–, aunque desarrollándolo en una amplia catequesis eucarística.

Todos te están aguardando

Sal 144
El Salmo 144 es un himno que canta a Dios como Señor del universo alabando su señorío y su poder, su bondad y providencia, su misericordia y amor con todos. Aunque se recuerdan sus obras, es a Él mismo a quien se canta, como autor de todas ellas.

Los versículos elegidos para salmo responsorial en la liturgia de hoy se fijan sobre todo en el cuidado providente de Dios, que da el alimento necesario y sacia de favores a todas sus criaturas. Es un aspecto del pastoreo de Dios que contemplábamos el domingo pasado. El salmo insiste en la totalidad –repite varias veces el adjetivo «todo»–: todas las acciones de Dios en todas las épocas están marcadas por este amor providente; y no sólo los hombres, sino todas las criaturas: nada ni nadie queda excluido. Por eso, «los ojos de todos te están aguardando». ¿También los nuestros? Y su providencia nunca se equivoca –«les das la comida a su tiempo»–, ya que «el Señor es bondadoso en todas sus acciones». También cuando en nuestra vida aparece el dolor.

Jesús se manifiesta en el evangelio de hoy alimentando a la multitud. Pero al pronunciar la acción de gracias y repartir el alimento perecedero, Jesús está ya apuntando al «alimento que permanece para vida eterna» (Jn 6,27). También este nos viene de su providencia amorosa, que, más que la salud del cuerpo, quiere la santidad de los que el Padre le ha confiado. Por lo demás, nosotros estamos llamados a ser instrumentos de la providencia para nuestros hermanos los hombres, tanto en el alimento corporal como en el espiritual.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

Con este domingo la liturgia comienza a presentarnos un tema centralísimo en el cristianismo: la sagrada Eucaristía, según el capítulo sexto del Evangelio de San Juan.

El discurso eucarístico de Cafarnaún desarrollado y meditado en estos domingos, nos irá actualizando las inmensas riquezas del acontecimiento eucarístico, que, como ha expresado el Concilio Vaticano II en varios de sus documentos es «el centro y culmen, raíz y fuente» de toda la vida de la Iglesia, de su propia actividad y de la vida y autenticidad cristiana.

Necesitamos mucho insistir en todo lo que es la Eucaristía en la vida cristiana y actuar en consecuencia en su triple aspecto: Sacramento-Sacrificio; Sacramento-Presencia y Sacramento-Comunión, según expresión del Papa Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor Hominis.

2 Reyes 4,42-44: Comerán y sobrará. El Antiguo Testamento, aún con sus sombras, nos adelantó proféticamente las realidades del Nuevo y proclamó la salvación definitiva en Cristo, Mesías y Profeta, en la plenitud de los tiempos.

Los prodigios que Dios obraba por medio de sus siervos los profetas tenían por misión autentificar la palabra predicada por ellos, de modo que el pueblo tuviese garantía de su origen divino.

Dios sigue obrando en su Iglesia maravillas. Hemos de reconocerlo y utilizarlo para profundizar más y más en la fe y hacer que los demás crean en el mensaje divino. Pero esto será difícil si nuestra vida no se conforma con ese mensaje, no obstante los prodigios que Dios hace constantemente en medio de nosotros.

–El Salmo 144 nos ofrece unos textos de meditación relacionados con la lectura anterior: «Abres tú la mano, Señor y sacias de favores a todo viviente. Los ojos de todos están fijos en el Señor y Él les da la comida a su tiempo… Está cerca de los que lo invocan sinceramente». El Señor es fiel y providente, levanta a los que caen y suministra a las criaturas lo necesario para vivir.

Efesios 4,1-6: Un solo cuerpo, una fe, un solo bautismo. En el Corazón de Cristo se consuma el designio de unidad entre todos los hombres. Un único Padre que nos ama en su único Hijo y que nos hace a todos participar en su único Espíritu.

En la Iglesia no debe existir ningún elemento discriminatorio ni en los que vienen del judaísmo, ni en los que vienen de la gentilidad. Lo que todos han de hacer es poner su esperanza en la salvación a la cual todos han sido llamados por Dios. Sobre la unidad, exhorta San Cipriano:

«El que abandona esta cátedra de Pedro, sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿puede creer que está todavía en la Iglesia? El que se rebela contra la Iglesia y se opone a ella, ¿puede pensar que está en ella? El mismo Apóstol Pablo enseña idéntica doctrina declarando el misterio de la unidad con estas palabras: “un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza en vuestra vocación” (Ef 4,4)… Esta unidad hemos de mantener y vindicar particularmente aquellos que estamos al frente de la Iglesia como obispos, mostrando con ello que el mismo episcopado es uno e indiviso.

«Nadie engañe a los hermanos con falsedades; nadie corrompa la verdad de nuestra fe con desleal prevaricación: el episcopado es uno y cada uno de los que lo ostentan tienen una parte de un todo sólido. La Iglesia es una, aunque al crecer por su fecundidad se extienda hasta formar una pluralidad. El sol tiene muchos rayos, pero su luz es una; muchas son las ramas de un árbol, pero uno es el tronco, bien fundado sobre sólidas raíces; muchos son los arroyos que fluyen de la fuente, pero aunque la abundancia del caudal parezca difundirse en pluralidad, se mantiene la unidad en el origen» (Sobre la unidad de la Iglesia,4-7).

Juan 6,1-15: Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron. De este hecho histórico procedió el llamado sermón eucarístico de Cafarnaún. El «hecho eucarístico» es, en la Iglesia, la verdadera multiplicación del Pan de vida (Jn 6,35-48), que nos alimenta para la unidad con la propia vida de Cristo, el hijo de Dios vivo.

De este milagro, ampliamente comentado por los Santos Padres, se deducen muchas consecuencias: debemos servir a todos en su totalidad existencial, en lo que pertenece a su alma y a su cuerpo, a sus problemas temporales y eternos. Hemos de actuar evangélicamente con sentido preciso de las necesidades de este mundo, como toda la historia de la Iglesia nos lo muestra desde los tiempos apostólicos, en los que «todos tenían un solo corazón y una sola alma». Comenta San Agustín:

«Gran milagro es hartar con cinco panes y dos peces a cinco mil hombres y aún sobrar doce canastos. Gran milagro, a fe; pero el hecho no es tan de admirar si pensamos en el Hacedor. Quien multiplicó los panes entre las manos de los repartidores, ¿no multiplica las semillas que germinan en la tierra y de unos granos llena los trojes? Pero como este portento se renueva todos los años a nadie le sorprende… Al hacer estas cosas hablaba el Señor a los entendimientos no tanto con palabras como por medio de sus obras» (Sermón 130).

El relato evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces tiene, en su contexto y en la intención pedagógica del Maestro, un fuerte trasfondo mesiánico-eucarístico. Jesús intenta poner en evidencia sus poderes teándricos y su Señorío mesiánico trascendente para promover la fe. Trata de disponer las inteligencias al anuncio eucarístico-pascual. Aun literariamente, el relato histórico del acontecimiento es consignado por los cuatro evangelistas con módulos y lenguaje litúrgicos, que reflejan la tradición eucarística ya existente en las primitivas comunidades (1 Cor 11,17s.). Iluminados por la Palabra de Dios y vivificados con su Eucaristía testifiquemos en nuestra vida cotidiana nuestra identidad evangélica entre todos los hombres, si no queremos frustrar todo lo que Dios ha obrado en nosotros por su liturgia eucarística plenamente vivida.


Comentarios exegéticos

Comentarios Bíblicos al Leccionario Dominical

Tomo II (Ciclo B). Secretariado Nacional de Liturgia, Barcelona (1983), pp. 236-239.

Primera lectura: Comerán y sobrará

Eliseo, varón de Dios, es el heredero del espíritu de Elias (cfr. 2Re 2, 15). El continuará incansablemente la defensa del yahvismo puro. La presente perícopa forma parte de la sección de milagros (2Re 4-7), que prueban la misión divina de Eliseo y que es verdadero «varón de Dios ». Por medio de él un piadoso israelita ofrece al Señor las primicias de su cosecha (cfr. Lv 2, 14). Elíseo se vale de esta ocasión para demostrar una vez más que él no es más que el portavoz del Señor. Por medio del profeta, el Señor hace oír su voz y manifiesta su voluntad. El Antiguo Testamento es sombra y figura del Nuevo (cfr. 1Cor 10, 11; Gal 4, 24). Jesucristo realizará obras semejantes a la de los profetas antiguos (cfr. Jn 6, 1-15) ; pero El es más que profeta (cfr. Mt 12, 41S), pues es el Verbo encarnado (Jn 1, 14), la revelación del Padre (cfr. Jn 14, 9-11; Col 1, 15).

Segunda lectura: Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo

Esta breve perícopa es una llamada urgente a la unidad. La vocación cristiana, por la que todos hemos sido constituidos uno (Ef 2, 15), exige mantener esta unidad lograda con la muerte de Cristo. En ocasiones exigirá sacrificios; de aquí que Pablo recuerde su situación de prisionero por la causa del Señor. Se recomiendan, por lo tanto, las llamadas virtudes sociales, que regulan las relaciones existentes entre los miembros de la comunidad cristiana: humildad, mansedumbre, paciencia (cfr. Col 3, 12-14). Esta vinculación entre los fieles está exigida por la unidad, que es característica primordial de la Iglesia. Siete son los motivos que reseña el apóstol agrupados bajo tres elementos: la Iglesia, Cristo y el Padre. Todos formamos un solo cuerpo, vivificado por un mismo Espíritu; y todos abrigamos la misma y única esperanza: la herencia celestial (Ef 1, 14). Dentro de la Iglesia, todos proclamamos a Cristo como único Señor; profesamos la misma fe que nos salva; y por el mismo Bautismo hemos sido configurados con Cristo muerto y resucitado (Ef 2, 5s). En fin, todos adoramos a un solo Dios, que es el Padre común de todos, por habernos constituido hijos adoptivos.

Evangelio: Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron

El sentido profundo y total de este signo sólo se descubre en el discurso que le sigue (vv 22-29; cfr. los domingos 18-20). La narración subraya la iniciativa de Jesús: él inicia el diálogo (v 5); él soluciona la situación desesperada, sin salida humana (vv 5.7.9); él mismo distribuye los panes, sin intermediarios (v 11; cfr. Mc 6, 34-44par.; 8, 1-10 par.). No se resalta la compasión de Jesús por la muchedumbre hambrienta (cfr. Mc 6, 34; 8, 2). Se subraya el carácter de signo. La multiplicación de los panes revela a Jesús como el Mesías (vv 14-15), que alimenta con el nuevo maná al nuevo pueblo de Dios en la celebración de la nueva pascua (v 4; cfr. Ex 16, 14-21 par.; Dt 3, 6. 8). Revela asimismo la abundancia de la nueva era: no hay medida, cada uno come lo que quiere, sobra una cantidad perfecta, típica, capaz de alimentar a todas las generaciones presentes y futuras (vv 12-13; 2, 1-11). El prodigio provoca una adhesión de fe, aunque imperfecta (v 15).

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Multiplicación de los panes

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1469-1471.

Este hecho de la multiplicación de los panes estaba hondamente arraigado en la primitiva comunidad cristiana. Una prueba es que se halla transmitido por los Sinópticos y por Juan. Los Sinópticos narran dos multiplicaciones. El evangelio ha conservado una serie de detalles coincidentes con los de los Sinópticos, bien sea con la primera o con la segunda de las multiplicaciones. Mencionaremos a modo de ejemplo: los cinco panes y los dos peces, los 5.000 hombres, en el lugar había hierba verde, con las sobras se llenaron 12 cestos, después Jesús se retira al monte…
Nos interesa destacar, como es lógico, las particularidades de Juan: la muchedumbre sigue a Jesús a causa del “signo” que ha visto. Y es que los “signos” realizados por Jesús deben llevar a Jesús. Esta es la intención de los signos en el evangelio de Juan. (Notemos que Juan nunca llama milagros a las obras extraordinarias realizadas por Jesús; siempre los llama signos…)

Juan no indica la hora del día, sino la proximidad de la pascua. Esta fiesta es mencionada con frecuencia en el cuarto evangelio. Aquí es mencionada no sólo como indicación cronológica, sino como una alusión a la pascua en la que Jesús sería sacrificado como el cordero pascual.

A diferencia de los Sinópticos —y en plena conformidad en el cuarto evangelio— quien toma la iniciativa es Jesús.

La forma en que Jesús actúa recuerda la última cena y las palabras que Jesús pronunció en ella (“tomó los panes”, “dando gracias”, “los distribuyó”, v.11). En este apartado deben acentuarse igualmente que la distribución de los panes corrió a cargo de Jesús.

El mandato de recoger lo sobrante, para que no se pierda, encaja perfectamente en todo el contexto del cuarto evangelio. El mandato, que lo tenemos también en los Sinópticos, es interpretado simbólicamente por Juan; aludiría a la pérdida de los hombres: que no se pierda nada de lo que tú me diste (ver 11,52 y 17,12).

El signo provoca una confesión de fe: Jesús es el profeta.

Desde estas particularidades resulta fácil descubrir la intención del evangelista. En primer lugar, partiendo del acontecimiento externo, se propone ofrecer una inteligencia más profunda del signo. Porque el signo puede ser mal interpretado. Puede quedarse en el terreno de lo sensacional, que causa la admiración, pero no lleva a la fe (tergiversación a la que se alude en el v.2). Puede provocar una reacción “triunfalista”. Cuando Jesús se dio cuenta de esta reacción —a raíz del hecho portentoso quisieron hacerlo rey— (v. 15), se retiró al monte él solo.

La verdadera dimensión y alcance del signo es entendido por aquéllos que llegan a la confesión de la fe: es el profeta que tenía que venir al mundo (v. 14), al estilo del anuncio del Deuteronomio (Deut 18, 15, un profeta semejante a Moisés).

De aquí se pasa fácilmente a la intención cristológica del narrador. Se acentúa el conocimiento sobrehumano que Jesús poseía. Cuando le pregunta a Felipe por la solución de aquel problema, “El ya sabía lo que tenía que hacer” (v.6).

Actividad extraordinaria, milagrosa, de Jesús, que distribuyó personalmente el pan y los peces, cuanto quisieron a todos los que estaban sentados (v.ll). Seguridad en su misión y en el modo de realizarla. Rechaza el intento de ser coronado rey (v. 15).

Es Jesús quien toma la iniciativa y el centro de la narración, y el interés del evangelista. Bastaría una simple comparación con los Sinópticos para convencerse de ello. La narración sinóptica destaca la misericordia de Jesús, su compasión por un pueblo que anda como rebaño sin pastor… Juan se preocupa casi exclusivamente por la auto-revelación de Jesús. Tenemos latente, ya desde aquí, aunque se hará patente a lo largo del capítulo, la comparación entre Moisés y Cristo. Y en la comparación la superación y el reemplazamiento.

La mención de la pascua, además del significado que ya apuntamos, evoca el desierto, el acontecimiento liberador de Israel, el Éxodo. Se halla de nuevo implícita la comparación Moisés-Cristo.

La multiplicación de los panes está muy distante todavía de lo que en este mismo capítulo se nos dirá de la eucaristía. Pero el evangelista, ya desde ahora, va preparando el terreno con alusiones a ella (vv. 11-12). No olvidemos que estamos ante un signo. El significado más profundo del mismo se descubrirá posteriormente, a lo largo del cap. 6.

R. Brown, Il Vangelo e le Lettere di Giovanni: La multiplicación de los panes

Breve comentario, Ed. Queriniana, Brescia, 1994, p. 58-60

Después de un intervalo de tiempo indefinido, Juan retoma el relato en Galilea, la primavera sucesiva (cf. Jn.2,3). Estamos cerca de la segunda Pascua. La multiplicación de los panes y de los peces es narrada, en los cuatro evangelios, sustancialmente de la misma forma, con variantes menores sobre la localidad y la circunstancia. (El lector debería prestar particular atención a confrontar entre sí las versiones de San Juan y de San Marcos). Lucas y Juan tienen una sola multiplicación de los panes. Mateo y Marcos relatan dos. (…)

En Juan no se encuentra ninguna enseñanza antes de la multiplicación de los panes (cf. Mc.6,34). Jesús está sentado sobre la cima de un monte (¿recuerdo del Sinaí?) en espera de la muchedumbre y pone la cuestión de cómo procurar alimento para tanta gente. El ingreso en escena de los nuevos personajes Felipe y Andrés es típico de Juan (cf. Jn.1,40.43-44; 12,22). Solamente Juan menciona un joven (o ‘siervo’) y algunos panes de cebada, detalles que hacen pensar al milagro de Eliseo (2Re.4,42-44).

El relato de la multiplicación de los panes en el cuarto evangelio presenta algunos detalles determinados tendientes a recordar al lector cristiano la eucaristía (sobre la cual vuelve el relato en los vv. 51-58). En efecto, sólo Juan: a) utiliza el verbo eucharisteo, “dar gracias”, del cual deriva “eucaristía”; b) sólo Juan dice que fue Jesús mismo el que distribuyó los panes, como hará en la última cena; c) solamente Juan cuenta que Jesús ordenó a sus discípulos recoger los fragmentos para que no se pierdan (el término griego “recoger” es synágo, de donde proviene “sinaxis”, la primera parte de la misa. El término griego que se usa para decir “fragmentos”, klasma, aparece en la literatura cristiana primitiva como nombre técnico para indicar la hostia eucarística).

En Marcos, Jesús obliga a los discípulos a partir inmediatamente (cf. Mc.6,45); solamente Juan da la razón de esto, es decir, que la muchedumbre quería tomar a Jesús y hacerlo rey (nótese el modo en que Jesús es tentado en los capítulos 6-7 y compáreselo con la tercera tentación, Mt.4,8-9).

J. Lagrange: Vida de Jesucristo según el evangelio

Edibesa, Madrid, 1999, pág. 189-92

Primera multiplicación de los panes (Lc.11,10-17; Mc.6,30-44; Mt.14,13-21; Jn.6,1-15)

Jesús tenía una buena razón para retirarse, y era la necesidad de reposo que tenían sus apóstoles después devolver de la misión (Mc 6, 31). En la soledad y a su lado recobrarían sus fuerzas: tenían muchas cosas que contarle y muchas más que aprender de Él, y en Galilea la concurrencia extraordinaria del pueblo no les permitía platicar en paz.

Se alejó, pues, Jesús con sus discípulos en una barca, tomando el rumbo de Betsaida para pasar aun más allá, a un lugar desierto. Betsaida estaba enclavada en el territorio del tetrarca Filipo, que la había embellecido, acaso transportándola más al norte (et-Tell), y le había dado el nombre de Julias en honor de Julia, hija de Augusto, tan tristemente célebre.

Las ruinas del pueblecillo de pescadores están probablemente representadas por el Aradj, cerca de la desembocadura del Jordán. Al sudeste se extendía una gran llanura limitada por las colinas, y podía calificarse de desierto, sobre todo si se le comparaba con la llanura de Genesaret, de prodigiosa fertilidad. En primavera, sin embargo, lo mismo el desierto de Judá que la llanura y las colinas se cubrían de verdor. Los tres primeros evangelistas, hablando de la verde hierba, están en perfecto acuerdo con san Juan, que también habla de la hierba y de la proximidad de la fiesta de Pascua (Jn 6, 10 y 4), la fiesta de la primavera.

Atravesando el Lago en barca, la pequeña compañía debió llegar primero; pero, comprendidos los designios de Jesús, los ribereños del éste se apresuraron, y muy pronto se juntaron con los de Cafarnaún. Jesús, bien fuera por la calma o por la pesada temperatura de principios de abril, que imposibilita los brazos de los remeros, se retrasó en la travesía, y a la hora de desembarcar se vio rodeado de una turba numerosa.

¡Admirable sencillez la de los evangelistas, que no reparan en esta aparente contrariedad! ¡Más bien la han subrayado: Jesús quería un lugar retirado y se ve asaltado por todo un pueblo. Más admirable aún la bondad de Jesús, que no da la vuelta, buscando la soledad, sino que, compadecido de aquellas ovejas sin pastor, empieza en seguida y muy largamente a instruirlos!

Parece olvidarse de la hora que es. Los discípulos veían inquietos que el sol declinaba. Era muy hermoso oír hablar del reino de Dios, pero había que pensar en las necesidades de la vida. Ya era tiempo de que Jesús terminase su discurso. A Él no se lo decían claramente, pero invitaban a todo el mundo a marchar para que buscasen su pan en los pueblos y aldeas vecinas.

Interviene entonces Jesús y, para tentar a sus discípulos encargados ordinariamente de aquellos menesteres, les dice: «¡Dadles de comer!»

Se decía fácilmente; pero, como notó Felipe, no bastarían 200 denarios. ¿Y dónde los tenían?

¡Qué animosos estos amigos del Señor! Cada uno propone una cosa y quiere ser útil. Andrés, hermano de Simón, vio a un joven que tenía cinco panes de cebada y dos peces. Debía ser un muchacho muy avisado; estaba seguro de despachar pronto y con mucha utilidad su mercancía. Lo dicho por san Andrés era una confesión de que carecían de recursos. Jesús dice: «Haced que se sienten sobre la hierba verde para comer». Acostumbrados ya a ordenar multitudes, los discípulos los colocaron por grupos de cien y de cincuenta sobre el heno florido. Eran como cinco mil.

Todos los evangelistas notan que entonces Jesús oró solemnemente, levantó sus ojos al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, ordenando a los apóstoles que los repartiesen. Hizo lo mismo con los peces. Todos comieron hasta saciar su hambre. Después Jesús mandó que recogiesen las sobras, para que no se perdiesen. La costumbre judía, más que en aprovechar las sobras, consistía en recoger las migajas de pan caídas de la mesa.

La intención de Jesús claramente se vio que era dar a aquel refrigerio improvisado, que hubiera podido tomarse en pie, el carácter de verdadera comida. Los convidados se sentaron sobre la hierba, pero con cierto orden. El mismo amo de la casa parte el pan echándole la bendición como lo exige una buena costumbre; se recogen las sobras como si se estuviese en un comedor. Se acercaba la Pascua, y en la Pascua siguiente Jesús distribuiría entre sus apóstoles su cuerpo bajo la forma de pan. Sería un error decir que el Sacramento de la Eucaristía fue instituido entonces para la muchedumbre; pero era un preludio que el Maestro proponía a la reflexión. Así, san Juan llama acción de gracias, eucaristía, a la oración que los textos rabínicos llaman sencillamente bendición. Toda la importancia de esta escena se halla en su simbolismo. Por maravillosa que sea en sí misma, lo es mucho más como presentimiento del porvenir y, sin embargo, se hace así más accesible al espíritu y al corazón, como signo sensible ordenado en una realidad espiritual, no sólo más alta, sino de otro orden.

Es un hecho que en el mundo entero, los fieles católicos reciben, bajo la forma del mismo pan, lo que la fe les dice que es el verdadero cuerpo de Jesús. Algunos lo profanan, otros lo reciben por vanidad, un número mayor por rutina: una multitud innumerable encuentra en él verdaderamente el alimento del alma, una invitación más viva para servir a Dios y un impulso nuevo para mejor amarle. Que esta prodigiosa institución estaba figurada en la multiplicación milagrosa del pan, parecerá plausible, y que el milagro haya dado tales frutos de bendición, lo hace verosímil. La armonía entre la figura y la realidad convence.

En sí mismo aquel milagro fue a la vez tan incomprensible y tan público, que un entusiasmo inmenso brotó de todos los pechos. Sólo san Juan nos da cuenta del entusiasmo y nos da también la clave de la situación. Aún no se pronunciaba el nombre de Mesías, porque Jesús no se había manifestado como rey; pero, sin duda, era el gran profeta esperado, porque ningún profeta había hecho cosas tan divinas en favor de Israel. Este profeta llegaría a ser el Mesías, si era coronado rey. Lo era ya en persona; sólo faltaba que lo reconociesen como tal y que Él quisiera empezar a ejercer funciones reales. Pretendieron, pues, obligarle a ejercerlas; pero no era ése el designio de Jesús.

I. Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado: Primera Multiplicación de los Panes

Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 661-670.

Explicación.

El cuarto Evangelista ha omitido la mayor parte de los hechos ocurridos en el segundo año de la vida pública de Jesús: su objeto es llenar las lagunas de los sinópticos. Deja, por lo mismo, la historia de Jesús con la narración del discurso apologético pronunciado por el Señor en Jerusalén casi un año antes, cuando la curación del paralítico de la piscina, para reanudarla con la descripción del milagro de la multiplicación de los panes. Para este largo lapso de tiempo, en que tantas maravillas obró Jesús como hemos visto, no tiene San Juan más que esas simples palabras de transición: “Después de esto…” (v. 1), para entrar luego en la descripción del milagro de la multiplicación de lo panes. 

Los demás evangelistas nos dan una serie de detalles preciosos que sirven para relacionar los hechos siguientes con lo ocurrido en los últimos días de la evangelización de la Galilea por Jesús, después de la muerte del Bautista. 

Pero los cuatro evangelios narran el hecho maravilloso de la multiplicación de los panes en el desierto de Betsaida. Las narraciones más detalladas y completas son las de Mc. y Jn. Se comprende que los tres sinópticos coincidieran en la narración del estupendo prodigio, que marca uno de los puntos culminantes de la vida de Jesús. Cuanto a Juan, como a este prodigio está vinculado uno de los más profundos discursos de Jesús, el Pan de la Vida, toma el hecho milagroso como la base de la disquisición teológica que le sigue, pronunciada por el Señor probablemente dos días más tarde, en sábado, en la Sinagoga de Cafarnaúm. Si realmente fue así la multiplicación de los panes hubiese tenido lugar en lo que podríamos llamar jueves santo del año anterior al de la muerte de Jesús, al atardecer. Así Jesús, que no subió este año a Jerusalén para la Pascua, hubiese dado un avance de la institución de la Eucaristía en la Multiplicación de los panes y en el admirable discurso que le siguió, un año cabal antes de la realidad. 

El Milagro. (11-15) – Distribuida la multitud en grupos, adoptó Jesús actitud solemne: “Tomó pues Jesús los cinco panes y los dos peces, miró al cielo”, con lo que demuestra referir al Padre lo que va a hacer, “y los bendijo”. Era esta bendición una impartición de la divina gracia, que en este caso producía la multiplicación de los panes benditos, como en la Última Cena produciría la transubstanciación del pan en el cuerpo del Señor. “Y habiendo dado gracias”, en cuanto hombre, por haberse dignado Dios hacer tal milagro para bien corporal y espiritual de su pueblo, “rompió los panes y los dio a sus discípulos, y los discípulos los dieron a las turbas, y los repartió entre los que estaban sentados: y asimismo de los peces, cuanto querían”. Multiplicábase el pan en manos de Jesús y de los Apóstoles por una maravillosa adición de materia que no se concibe sino por creación o conversión de otra en ella: y como no se agotó la vasija de harina, ni la alcuza de aceite en casa de la viuda de Sarepta por la oración de Eliseo (2 Re 17, 14), así brotaban copiosamente los panes y peces de las manos de Jesús y de sus Apóstoles. 

Fue estupendo el milagro: “Y comieron todos, y se hartaron”. Y para que apareciera más patente a los ojos de sus discípulos el milagro, cada uno de ellos pudo recoger una canasta de pan sobrante, al mandato de Jesús, incluso Judas, que había ya perdido la fe (Ioh. 6, 71.72), de donde le vino mayor condenación: “Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que han sobrado, para que no se pierdan”: ¡Bella y ejemplar lección e previsión, seguramente a beneficio de los pobres! “Y así recogieron, y llenaron doce canastos de pedazos de los cinco panes de cebada y de los peces que sobraron a los que habían comido. El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar…”. Atendidas las diversas circunstancias de los quehaceres domésticos de las mujeres y del cuidado de los hijos pequeños, y que los que saldrían al desierto serían ya de doce años para arriba, que eran los que acompañaban las caravanas que iban a la Pascua, Curci cuenta como unos 3000, entre mujeres y niños, que deberían añadirse a los cinco mil hombres adultos. 

Aquella multitud de hombres, imbuida de las ideas de un Mesías glorioso en el orden temporal, quiso llevar consigo a Jesús a Jerusalén, centro de la teocracia de Israel, adonde se dirigía para la celebración de la Pascua, fiesta instituida en memoria de la liberación de Egipto: allí le proclamarían rey y sacudirían el yugo de los romanos. El milagro que acaba de realizar es tan estupendo que basta para acreditarle de Mesías, el Profeta prometido de Moisés: “Aquellos hombres, pues, cuando vieron el milagro que Jesús había obrado decían: este es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo”. Corrió entre aquella multitud de hombres la voz y el propósito de llevarlo consigo para proclamarle rey: “Y Jesús, cuando entendió que habían de venir a arrebatarlo para hacerlo rey…” 

Quizás los mismos discípulos, que participaban de las ideas del pueblo en ese punto (Mt. 20, 21; Act. 1, 6), entraron en los sentimientos de la multitud. Humanamente, el entusiasmo irreflexivo de aquella muchedumbre podía comprometer la obra de Jesús; por ello separa, no sin violencia, a sus Apóstoles de la turba: “Luego obligó a sus discípulos a que entrasen en la barca para que fuesen antes que él a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedía al pueblo”. 

Mientras los discípulos, con la pena de separarse del Maestro, se hacían a la mar, donde de nuevo habían de ser testigos de su omnipotencia, Jesús, con suaves palabras, despidió al pueblo: “Y cuando lo hubo despedido, huyó otra vez al monte, él solo, a orar. Y cuando vino la noche, dice lacónicamente Mt., estaba allí solo”. 

La escena es sublime. Cuando la oscuridad cierra el día, el rumor de la multitud que se aleja se extingue en la llanura; cruza el mar, rumbo a poniente, la barquilla de los Apóstoles; entretanto Jesús, solo en el desierto promontorio, dominando la multitud y sus queridos discípulos, que bogan mar adentro, entra en altísima oración con el Padre. 

Lecciones Morales. (…) 

– v. 3- “Subió Jesús al monte, y sentóse allí con sus discípulos”. – Plácenos considerar a Jesús como amador de la naturaleza: es su obra, porque es la obra del Verbo de Dios, y Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre. Fatigado como se hallaba, él y sus discípulos, pudo retirarse a descansar con ellos en la tranquilidad de un hogar, en la placidez de la vida doméstica. No quiere, y va por mar a un monte solitario, desde el que domina el pintoresco lago, con las ciudades marítimas allá en la lejanía… Y se sienta sobre la muelle y fresca hierba, en aquella tarde plácida de primavera. Se sienta, dice el Crisóstomo, no simplemente para no hacer nada, sino hablando con diligencia a sus Apóstoles, y aunándoles cada vez más consigo. Es un momento en que el Pedagogo divino nos enseña a utilizar los recursos de la naturaleza y gracia en provecho de nuestros prójimos. El espectáculo de la plena naturaleza templa y ensancha nuestro espíritu, le aleja de las mezquindades de los hombres, le prepara a las nobles empresas. 

– v. 11 – “Tomó Jesús los cinco panes… y habiendo dado gracias… ” – ¿Por qué, dice el Crisóstomo, cuando cura al paralítico no ora, ni cuando resucita muertos, ni cuando calma las tempestades? Para enseñarnos que cuando empezamos a comer debemos dar gracias a Dios. Además, ora en las cosas pequeñas y no en las grandes, para que sepamos que no ora por necesidad, sino para darnos ejemplo, mayormente en esta ocasión, cuando tenía ante sí millares de espectadores a quienes darlo. 

– v. 12 – “Recoged los pedazos que han sobrado” – Jesús quiere que seamos buenos administradores. Fue generoso en la multiplicación de los panes: es cuidadoso en recoger sus fragmentos. Saca panes de la nada, y manda guardar en espuertas lo que sobra de la multitud. Para enseñarnos que, por abundantes que sean los bienes que la Divina Providencia nos conceda, por simple herencia o donación o por el esfuerzo de nuestro trabajo, no podemos desperdiciarlos sin malbaratar la gracia de Dios. Nos atiende mil necesidades, presentes u futuras, a las que no sabremos si podemos, porque cambian con facilidad las fortunas con el correr de los tiempos. Y a más de nuestras necesidades de todo género, de cuyo socorro no podemos substraernos: los pobres, la prensa, el culto, las obras sociales de caridad, de beneficencia, de fomento de organizaciones católicas, según las exigencias de lugares y tiempos. Guardemos los fragmentos para que no se pierdan… 

– v. 15 – “Y Jesús cuando entendió que habían de venir… para hacerle rey…” – Era un rey, dice San Agustín, que temía le hiciesen rey. Ni era tal rey que le hiciesen los hombres, sino un rey que hace reyes a los hombres, porque reina siempre con el Padre, en cuanto es el Hijo de Dios. Ya los profetas habían vaticinado su reino en cuanto, según era hombre, fue hecho el Ungido o Cristo de Dios, y a sus fieles les hizo “cristianos”, porque son su reino, congregado y comprado con la sangre de Cristo. Su reino se hará manifiesto cuando brille la caridad de sus santos después del juicio. Mas los discípulos y las turbas creyeron que había venido para reinar ya en este mundo: con lo cual quisieron que se anticipara a su tiempo. Pero ahora el tiempo de la plena realeza de Jesús ha llegado ya para nosotros: reconozcámosle como a nuestro rey, y seamos perfectos súbdito suyos. 

M. de Tuya, Biblia comentada: La multiplicación de los panes

B.A.C., Madrid, 1964, pp. 1089-1092.

Jn comienza su relato con una frase vaga usual: “Después de estas cosas” (Jn 3,22, etc.), lo que no permite darle una situación cronológica precisa. Cristo va a la otra parte del mar de Galilea o Tiberíades. Jn precisa el lago con el nombre de Tiberíades para sus lectores étnicos, ya que después que Antípas fundó en honor de Tiberio, en el borde del lago, la ciudad de Tiberios, y puso en ella su capital, prevaleció este nombre en el uso griego.

Jn no da el motivo de este retiro de Cristo con sus apóstoles, lo que dan los sinópticos: un descanso a su pasada actuación apostólica (Mc 6,30) y motivo de nuevas instrucciones. También influyó la orden que por aquellos días Antípas dio de decapitar al Bautista (Mt 14,12.13).

El lugar es vagamente precisado: fue a la región de Betsaida, región que estaba bajo la jurisdicción de Filipo, en la Gaulanítide.

Le seguía una gran muchedumbre a causa de los milagros que hacia y había hecho por aquella región ya antes. Pero los sinópticos precisaron que, cuando Cristo llegó a aquella región, ya grupos de gentes se le habían “adelantado” (Mc). El recorrido por el lago era la mitad que por tierra. Esto hace suponer, o en un retraso en el remar a causa del calor, o en un retraso por conversar con los apóstoles.

Jn destaca aquí, y no al principio, que “estaba cercana la Pascua, la fiesta de los judíos”. Los autores admiten el valor tipológico de esta cita. Si el intento hubiese sido primariamente cronológico, lo hubiese puesto al principio, para encuadrar cronológicamente la escena en su lugar preciso (Jn 19,14). Pero apunta a la Eucaristía-comunión, sacrificio-, que tendrá lugar en la Pascua siguiente. Cristo, desde el montículo al que había subido (v.3), viéndola gran muchedumbre que había, va a realizar el milagro. Pero Jn presenta el diálogo con Felipe. Jn gusta del diálogo (Nicodemo, la Samaritana, vocación de los primeros discípulos, discursos del Cenáculo). Y así presenta aquí lo mismo que dicen los sinópticos con una estructura histórico-literaria de diálogo. Pues lo que le interesa destacar aquí a Jn es la presciencia de Cristo, ya que lo decía para “probarle”, pues “sabía lo que iba a hacer”. Jn omite la escena de los sinópticos en la que los discípulos piden que despida a la gente para que puedan lograr provisiones. Igualmente omite la predicación de Cristo a la turba y los milagros hechos entonces. Basta el esquema que mejor le permita destacar la tipología eucarística.

Felipe, con su golpe de vista, calcula que no bastarán para abastecer aquella turba 200 denarios para que cada uno reciba un pedacito. El denario en la época de Cristo era el sueldo diario de un trabajador (Mt 20,2). Así, 200 denarios, repartidos entre 5.000 hombres, venían a corresponder a denario por cada 25 hombres. A los que había que añadir las mujeres y niños.

Interviene Andrés, “el hermano de Simón Pedro”. El que Cristo plantease el problema del abastecimiento a Felipe es que éste era de Betsaida y podía indicar soluciones. El citarse a Andrés como hermano de Simón Pedro, más que por ser un clisé literario, es por lo que Pedro significó entonces, y, sobre todo, lo que significaba a la hora de la composición de los evangelios.

Andrés apunta la presencia de un muchacho, seguramente uno de esos pequeños vendedores ambulantes que siguen a las turbas, y que tenia ya solamente “cinco panes de cebada y dos peces”. Pero esto no era solución.

El “pan de cebada”, matiz propio de Jn, era el alimento de la gente pobre.

Por “peces” pone el término opsárion, diminutivo de ópson, que significa, originariamente, un alimento preparado sobre el fuego y que luego se toma con pan, sobre todo de carne o pescado. De esta palabra vino por el uso a ser sinónimo pescado, sobre todo en el contexto de Jn (Jn 21,9.10.13).

Estos pequeños “peces” acaso fuesen pescado seco en salazón o preparados ya para la venta. En esta época existía en Tariquea, al sur del lago, una factoría de salazón de pescado.

Todas estas preguntas y pesquisas tendían a garantizar más ostensiblemente el milagro, al comprobar la imposibilidad de alimentar a aquella multitud en el desierto. Y, una vez garantizado esto, el milagro se va a realizar de una manera nada espectacular, sino discretamente.

Se da la orden de que se acomoden, lo que era “recostarse” o “sentarse” en el suelo. Mc-Lc hacen ver que se acomodaron por grupos de 50 y de 100. Los colores vivos de sus vestiduras, bajo el sol palestino, daban la impresión de un arriate de jardín, al tiempo que facilitó luego el recuento y el servicio. La multitud de solo hombres se valuó en 5.000. Las mujeres y niños contaban poco en la vida social de Oriente. Ni es inverosímil esta cifra. Bajo el procurador de Roma en Judea, Félix (52-60 d. C.), un pseudo-mesías congregó en el desierto en torno suyo unas 30.000 personas y con ellas marchó al monte de los Olivos.

En la descripción del Tito del milagro, Jn hace la descripción apuntando rasgos tipológicos orientados a la Eucaristía.

Jn omite un rasgo que los tres sinópticos recogen: que Cristo “elevó” sus ojos al cielo antes de la bendición. Era gesto frecuente en Cristo en varias circunstancias de su vida. El mismo Juan lo relata en otras ocasiones (Jn 11,41; 17,1). Al omitirlo aquí, se piensa que es omisión deliberada, ya que falta en los tres relatos sinópticos de la institución de la Eucaristía, lo mismo que en el relato de San Pablo en 1 Cor por influjo de la liturgia eucarística.

“Tomó (en sus manos) los panes”. Pudo haberse omitido este detalle o haber Cristo dado orden de repartirlos sin tomarlos en sus manos. Pero es gesto que está también en los relatos de la institución eucarística.

“Dio gracias” (eujaristéo). Los tres sinópticos usan el verbo “bendecir” (eulogéo). Los judíos, antes de la comida, pronunciaban una berekah o bendición. De esta divergencia de formulas se dudó, si el rito de Cristo tuvo dos partes: una “acción de gracias” al Padre por la acción que iba a realizar (Jn 11,41.42; cf. v.23), y en la que su humanidad imploraba el milagro, y luego una “bendición” ritual sobre el pan. Pero esta divergencia no es probativa, pues los mismos sinópticos en la segunda multiplicación de los panes usan indistintamente ambos términos como sinónimos.

Jn recoge también que Cristo “partió” los panes. Rito usual que realizaba el paterfamilias en la cena pascual y que él mismo distribuía luego a los comensales. Jn recoge la orden de Cristo dándolos a los apóstoles (sinópticos) para que ellos los repartan. Pero la formulación conserva el relato de la institución eucarística, lo mismo que el tiempo aoristo en que están ambos puestos. A la Nora de la composición de su evangelio era la evocación de la “fracción del pan”. El milagro de la multiplicación se hacía en las manos de los apóstoles. Lo contrario supondría un incesante ir y venir los discípulos a Cristo.

Omite la descripción de que él mismo repartió los peces, cosa que dicen los sinópticos (Mc-Lc). Es por razón del valor tipológico eucarístico. De ahí el no pararse casi nada en la descripción de la multiplicación de los peces. Toda su atención se centra en la multiplicación de los panes. En los sinópticos se da un relieve casi paralelo a la doble multiplicación (Mc 6,41-43).

Los apóstoles no se cansaron de recorrer, repartiendo pan y pescado, aquella enorme multitud. Terminado el reparto de aquella comida milagrosa, resaltan enfáticamente que comieron “todos”, y todos “cuanto quisieron”. No fue un expediente para salir del paso. Fue una refección total, que causó una gran sorpresa.

Pero, una vez saciados, Jesús mandó a los discípulos: “Recoged los fragmentos que han sobrado, para que no se pierdan”. Los sinópticos también consignan el detalle de esta orden. Y cómo los recogen en “canastos”, use tan frecuente en los judíos. Precisamente el poeta latino Marcial llama a los judíos “cistíferos”, o portadores de cestos, y Juvenal los describe como gentes cuyo ajuar son el cesto y el heno: “quorum cophinus foenumque suppellex“.

Era costumbre de los judíos recoger, después de la comida, los pedazos caídos a tierra. Había en esa costumbre un respeto religioso a Dios, dador del pan de cada día. El hecho de recogerse aquí las sobras del pan sobrante tiene una finalidad apologética, como se ve por referir este detalle los tres sinópticos: constatar Bien y garantizar el milagro. Pero aquí este recoger los restos podría responder a la tipología eucarística, tal como se lee en las Constituciones Apostólicas (1.8 c.3): “Cuando todos hayan comulgado, que los diáconos recojan lo que sobró y lo pongan en el pastoforia”.

Se recogieron “doce cestos” de sobras, que parecen corresponder a uno por cada apóstol. Pero Jn destaca que estos fragmentos de pan “eran de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido”; es decir, la multiplicación prodigiosa era de la misma naturaleza que el otro pan. Se piensa que pueda ser otro rasgo tipológico de la Eucaristía: todos “comen de un mismo pan” (I Cor 10,17).

Los sinópticos no recogen la impresión causada por el milagro sobre la multitud. Es solo Jn quien la relata. Es probablemente que, además del hecho histórico, Jn destaca un segundo tema tipológico entroncado con el viejo éxodo.

La impresión de la turba fue tan profunda, que, “viendo el milagro que había hecho, decían: “Verdaderamente este es el Profeta que viene al mundo”. Y querían, por ello, “proclamarle rey” (v.15).En el Deuteronomio se anuncia un “profeta” para orientar en el curso de la vida a Israel, y al que han de oír como al mismo Moisés (Dt 18,15). Literariamente se anuncia un profeta, pero es, en realidad, como lo exige el mismo contexto, el “profetismo”, toda la serie de profetas que habrá en Israel, pero incluido el Mesías.

Los fariseos distinguían el Profeta del Mesías (Jn 1,24). En ninguno de los escritos rabínicos se los identifica. Precisamente en los escritos de Qumrán se distingue explícitamente el Profeta de los Mesías de Aarón e Israel. Pero en el pueblo las ideas andaban confusas, y los evangelios reflejan esta creencia popular, que en ocasiones lo distinguían (Jn 7,40.41), y en otras lo identificaban (Jn 6,14.15).

Existía la creencia de que el Mesías saldría del desierto; que en El se repetirían las experiencias del éxodo, y que el Mesías provocaría una lluvia prodigiosa de maná. Esta multiplicación de los panes les evoca esto, y quieren venir para “arrebatarle”, forzarle y “hacerle rey”.

Pero estaba cercana la Pascua (v.4). Seguramente se habían congregado allí gentes de muchas partes de Galilea, como punto de cita para formar en las caravanas que iban a subir a Jerusalén para la inminente Pascua. Debían de pensar forzarle a formar al frente de sus caravanas y marchar en gran muchedumbre, triunfalmente, a Jerusalén, para que allí, en el templo, recibiese la proclamación y consagración oficial mesiánica.

Pero todo aquel plan de precipitación y anticipación mesiánica fue desbaratado por Cristo. Ni aquel mesianismo material era el suyo, ni aquella su hora. “Se retire El solo hacia el monte” para evitar todo aquello y pasar la noche en oración. Los sinópticos hacen ver que “forzó” a los apóstoles a subir a la barca y precederlo a otra orilla, y como El mismo despidió al pueblo. Posiblemente los apóstoles estaban en peligro de caer en aquella “tentación”, como las turbas. Así abortó y acabo con todo aquel prematuro movimiento mesiánico al margen de los planes del Padre.

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