Domingo XVIII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Éx 16, 2-4. 12-15 : Yo haré llover pan del cielo.
-Salmo: 77, 3-54 : El Señor les dio un trigo celeste.
-2ª Lectura: Ef 4, 17. 20-24 : Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios.
+Evangelio: Jn 6, 24-35 : El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio de Milán, obispo

Comentario: Una fuente eterna

Sermón sobre el salmo 118, Sermón 18, 26-29: PL 15, 1461-1463 (Liturgia de las Horas)

Cristo bebió mis amarguras para darme la suavidad de su gracia

Soy pequeño y despreciable, pero no olvido tus decretos. Dispongo de la augusta participación de los sacramentos celestiales. Ahora me cabe el honor de participar de la mesa celestial; mis banquetes ya no los riega el agua de la lluvia, no dependen de los productos del campo, ni del fruto de los árboles. Para mi bebida no necesito acudir a los ríos ni a las fuentes: Cristo es mi alimento, Cristo es mi bebida; la carne de Dios es mi alimento, y la sangre de Dios es mi bebida. Para saciarme, ya no estoy pendiente de la recolección anual, pues Cristo se me ofrece diariamente.

No tendré ya que temer que las inclemencias del tiempo o la esterilidad del campo me lo disminuya, mientras persista en una diligente y piadosa devoción. Ya no deseo que descienda sobre mí una lluvia de codornices, que antes provocaban mi admiración; ni tampoco el maná, que antes prefería a todos los demás alimentos, pues los padres que comieron el maná siguieron teniendo hambre. Mi alimento es tal que si uno lo come no pasará más hambre. Mi alimento no engorda el cuerpo, sino que fortalece el corazón del hombre.

Antes consideraba maravilloso el pan del cielo, pues está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Pero no era aquel el pan verdadero, sino sombra del futuro. El Pan del cielo, el verdadero, me lo reservó el Padre. Descendió para mí del cielo aquel pan de Dios, que da vida a este mundo. Este es el pan de vida: y el que come la vida no puede morir. Pues ¿cómo puede morir quien se alimenta de la vida?

¿Cómo va a desfallecer quien posee en sí mismo una sustancia vital? Acercaos a él y saciaos, pues es pan; acercaos a él y bebed, pues es la fuente; acercaos a él y quedaréis radiantes, pues es luz; acercaos a él y seréis liberados, pues donde hay el Espíritu del Señor, hay libertad; acercaos a él y seréis absueltos, pues es el perdón de los pecados. ¿Me preguntáis quién es éste? Oídselo a él mismo, que dice: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Le habéis oído, le habéis visto y no habéis creído en él: por eso estáis muertos; creed al menos ahora, para que podáis vivir. Del cuerpo de Dios brotó para mí una fuente eterna; Cristo bebió mis amarguras para darme la suavidad de su gracia.

Balduino de Ford, abad

Obras: Cristo nos sacia

El Sacramento del Altar III, 3 : PL 204, 768-769

«Mi Padre os da el verdadero pan bajado del cielo.» (Jn 6,32)

Dios, cuya naturaleza es bondad, cuya sustancia es amor, cuya vida es benevolencia, queriendo mostrarnos la dulzura de su naturaleza y la ternura que siente hacia sus hijos, envió a su Hijo a este mundo, el pan de los ángeles (Sal 77,25) “por el amor extremo con que nos amó” (Ef 2,4) “Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único.” (Jn 3,16)

Este es el verdadero maná que el Señor hizo llover del cielo como alimento de los hombres…éste el que Dios en su bondad ha preparado para sus pobres. (Sal 67,9ss) Porque Cristo, que descendió por todos los hombres y hasta el lugar concreto de cada hombre, atrae a todos hacia si por su bondad inefable. No rechaza a nadie y admite a todos los hombres a la conversión. Para todos los que le reciben es dulzura deliciosa. Únicamente él puede colmar todos los anhelos del hombre… y se adapta de manera diferente a unos y a otros, según sus tendencias, sus deseos y apetitos…

Cada uno encuentra en él un sabor distinto…Porque no tiene el mismo sabor para el que se convierte y comienza el camino como para el que avanza en él o está ya llegando a la meta. No tiene el mismo sabor en la vida activa que en la vida contemplativa, ni para el que usa de este mundo como el que vive apartado de él, para el célibe y el hombre casado, para el que ayuna y distingue los días como para el que considera todos iguales. (cf Rm 14,5)…Este maná cura las enfermedades, alivia los dolores, anima en los esfuerzos y fortalece la esperanza… Aquellos que lo han saboreado “siempre tendrán hambre” (Ecl 24,29) Los que tienen hambre serán saciados.

Beato Juan van Ruysbroeck

«Danos siempre de este pan» (Jn 6,34)

Como primer signo de amor, Jesús nos ha dado su carne como comida, su sangre como bebida. Es una cosa inaudita que exige de nosotros admiración y estupor. Lo propio del amor es dar siempre y recibir siempre. Ahora bien, el amor de Jesús es a la vez pródigo y ávido. Todo lo que tiene, todo lo que es, lo da. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, él lo asume.

Tiene un hambre infinita… Cuanto más nuestro amor le deja actuar, más ampliamente gustaremos de él. Tiene un hambre inmensa, insaciable. Sabe bien que somos pobres, pero no lo tiene en cuenta. Se hace pan él mismo dentro de nosotros, haciendo desaparecer primero, por su amor, vicios, faltas y pecados. Luego, cuando nos ve purificados, llega, ávido, para asumir nuestra vida y cambiarla en la suya, la nuestra llena de pecados, la suya llena de gracia y de gloria, preparada para nosotros, con tal de que renunciemos…Todos los que aman, me comprenderán. Nos da a experimentar un hambre y una sed eternas.

A esta hambre, a esta sed nos da en alimento su cuerpo y su sangre. Cuando los recibimos con devoción interior, su sangre llena de calor y de gloria corre desde Dios hasta nuestras venas. El fuego prende en el fondo de nosotros y el gusto espiritual nos penetra el alma y el cuerpo, el gusto y el deseo. Nos hace semejantes a sus virtudes: él vive en nosotros y nosotros en él.

Santa Teresa de Calcuta

La Palabra para ser hablada

Capítulo 6 (trad. Jesús, aquel al que invocamos, p. 85)

«Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, nunca más tendrá hambre» (Jn 6,35)

En las Escrituras, se cuestiona la ternura de Dios por el mundo, y leemos que “Dios amó tanto al mundo, que le entregó a su Hijo” Jesús (Jn 3,16) para que sea como nosotros, y nos anuncie la buena noticia de que Dios es amor, que Dios os ama y me ama. Dios quiere que nos amemos unos otros, como él nos ha amado (cf Jn 13,34).

Todos nosotros sabemos, mirando la cruz, hasta qué punto Jesús nos ha amado. Cuando miramos la Eucaristía, sabemos cuánto nos ama ahora. Por eso, él mismo se hizo “pan de vida” con el fin de satisfacer nuestra hambre con su amor, y luego, como si esto no fuera suficiente para él, se convirtió él mismo en hambriento, en indigente, en desalojado, con el fin de que vosotros y yo, pudiéramos satisfacer su hambre con nuestro amor humano. Porque para esto hemos sido creados, para amar y ser amados.

San Agustín, obispo

Comentario: La Eucaristía se come por partes

Obras de San Agustín, B.A.C. Tomo X, Madrid 2da edición, 1965, pg. 594-596

¿Qué voz es esa del Señor que os convida? ¿Quién os convida y a quiénes y qué os tiene preparado? Convida el Señor a sus siervos, y de manjar se les ha preparado a sí mismo. ¿Quién osará comer a su Señor? Y, sin embargo, dice: El que me come, vive en mí. Comer a Cristo es comer la vida. Ni es muerto para ser comido, antes vivifica El a los muertos. Cuando es comido, restaura, pero no mengua. No recelemos, pues, hermanos míos, comer este pan por miedo a concluirle y no hallar después qué comer. Sea comido Cristo; comido vivo, porque de la muerte ya resucitó. Ni cuando le comemos le dividimos en partes. Esto sucede con las especies sacramentales, ciertamente; los fieles saben cómo se come la carne de Cristo; cada cual recibe su parte; por eso la gracia misma -la Eucaristía- se llama partes. Se le come a partes y permanece todo entero; todo entero se halla en tu corazón. Todo El estaba en el Padre cuando vino a la Virgen; la llenó a ella y no se apartó de El. Venía a la carne para que los hombres le comieran, y permanecía todo entero en el cielo para ser alimento de los ángeles. Porque habéis de saber, hermanos-los que le sabéis, y los que no lo sabéis debéis saberlo- que, cuando Cristo se hizo hombre, comió el hombre el pan de los ángeles. ¿Por dónde, cómo, por qué medio, por qué merecimientos, por qué dignidad había el hombre de comer el pan de los ángeles, si no se hiciera hombre el Criador de los ángeles? Comámosle tranquilamente; no por comerle se termina, antes debemos comerle para que no terminemos nosotros. ¿Qué cosa es comer a Cristo? No es sólo recibir su cuerpo en el sacramento, porque también le reciben muchos indignos, de los que dice el Apóstol: El que come el Pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, se come y bebe su propio juicio.

Temores y escrúpulos para comulgar. Pues ¿cómo ha de ser comido Cristo? Como El mismo dice: Quien mi carne come y bebe mi sangre, Permanece en mí y yo en él. Esto es comerle, esto es beberle; porque si alguien no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba el sacramento, sólo es para su tormento. Y quién sea el que permanece en él, dícelo en otro lugar: El que cumple mis mandamientos, ése permanece en mi y yo en él. Ved, pues, hermanos, que, si los fieles os separáis del cuerpo del Señor, es de temer Que muráis de hambre. El mismo, en efecto, ha dicho: El que no come mi carne ni bebe mi sangre, no tendrá en si la vida. Por donde, si os abstenéis de comer el cuerpo y la sangre del Señor, es de temer perezcáis; y si lo coméis indignamente o indignamente lo bebéis, se ha de temer que comáis y bebáis vuestra propia condenación. Aprieto grande, por cierto. Vivid bien, y los aprietos se aflojan. No queráis prometeros la vida viviendo mal; lo que no promete Dios, engáñase cuando se lo promete a si mismo el hombre. Testigo malo, te prometes lo que la Verdad te niega. La Verdad dice: “Si vivís mal, moriréis eternamente”, y ¿dices tu: “Yo vivo mal, y viviré eternamente con Cristo”? ¿Cómo puede suceder que mienta la Verdad y digas tú la verdad? Todo hombre es mentiroso. Luego no podéis vivir bien si El no os ayuda, si El no os diere la gracia de vivir bien. Pedid esto en la oración, y comed. Orad, y os veréis libres de estos aprietos. Porque El os llenará, tanto en el bien obrar como en el bien vivir. Examinad vuestra conciencia. Vuestra boca se llenará de alabanza de Dios y de regocijo, y, libres de las grandes angustias, le diréis: Fuísteme abriendo paso por doquiera que iba, y no flaquearon mis pies.

Tratado sobre el Evangelio de san Juan

Tratado n. 25, 10-14

10. Tras el sacramento del milagro, él añade un sermón para, si es posible, alimentar a quienes ya habían sido alimentados, y con las palabras saciar las mentes de aquellos cuyos vientres sació de pan; pero si comprenden; y, si no comprenden, para que no perezcan los fragmentos se recogerá lo que no entienden. Hable, pues, y escuchemos:Jesús les respondió y dijo: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Me buscáis por la carne, no por el espíritu. ¡Cuantísimos no buscan a Jesús sino para que les haga bien según el tiempo! Uno tiene un negocio, busca la intercesión de los clérigos; oprime a otro uno más poderoso, se refugia en la Iglesia; otro quiere que se intervenga a su favor ante quien el primero vale poco; uno de una manera, otro de otra; cotidianamente se llena de individuos tales la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. Me buscáis a mí por otra cosa; buscadme por mí. Por cierto, se insinúa a sí mismo como ese alimento que más adelante aclara él: El que os dará el Hijo del hombre (Jn 6,26-27). Creo que aguardabas comer de nuevo panes, recostarte de nuevo, saciarte de nuevo. Pero había dicho: «No el alimento que perece, sino el que permanece para vida eterna», como se había dicho a aquella mujer samaritana «Si supieras quién te pide de beber, quizá le hubieses pedido a él y te daría agua viva», cuando ella dijo: ¿Cómo tú, si no tienes pozal y el pozo es hondo? Respondió a la samaritana: Si supieras quien te pide de beber, tú le hubieses pedido a él y te daría un agua gracias a la cual quien la bebiere no tendrá más sed, porque quien bebiere de esta agua tendrá sed de nuevo (Jn 4,10 13). Ella se alegró y, la que se fatigaba por el esfuerzo de sacarla, quiso recibirla como para no padecer sed corporal; y así, entre conversaciones de esta laya, llegó al pozo espiritual; también aquí sucede absolutamente de este modo.

Marcado con el sello de Dios Padre

11. Este alimento, pues, que no perece, sino que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste marcó el Padre, Dios (Jn 6,27). No toméis a este Hijo del hombre como a otros hijos de hombres de quienes está dicho: En cambio, los hijos de los hombres esperarán en la protección de tus alas (Sal 35,8). Ese hijo de hombre puesto aparte por cierta gracia del Espíritu y, según la carne, hijo de hombre, retirado del número de los hombres 18, es el Hijo del hombre. Ese Hijo del hombre e Hijo de Dios, ese hombre es también Dios. En otro lugar, al interrogar a los discípulos pregunta: ¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Y ellos: Unos que Juan, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Y él: Vosotros, en cambio, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,13-16). Él se llamó el Hijo del hombre, y Pedro lo llamó el Hijo del Dios vivo. Uno recordaba muy bien lo que misericordiosamente había mostrado; el otro recordaba lo que permanecía en la claridad. La Palabra de Dios resalta su abajamiento, el hombre reconoce la claridad de su Señor. Y supongo, hermanos, que de verdad es justo esto: se rebajó por nosotros; glorifiquémoslo nosotros, pues es hijo de hombre no por él, sino por nosotros. Era, pues, hijo de hombre de ese modo, cuando la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Por eso, en efecto, a éste marcó el Padre, Dios. ¿Qué es marcar sino poner algo propio? De hecho, marcar es poner sobre una cosa algo para que ella no se confunda con las demás. Marcar es poner marca a una cosa. A cualquier cosa a que pones marca le pones marca precisamente para que, no confundida con otras, puedas reconocerla. El Padre, pues, lo marcó. ¿Qué significa: marcó? Le dio algo propio para que no se equipare con los hombres. Por eso está dicho de él: Te ungió Dios, tu Dios, con óleo de exultación más que a tus compañeros (Sal 44,8). Signar, pues, ¿qué es? Tener retirado; esto significa: más que a tus compañeros. Afirma: «Por eso, no me despreciéis por ser hijo de hombre y pedidme no el alimento que perece, sino el que permanece para vida eterna. Soy, en efecto, hijo de hombre, pero sin ser uno de vosotros; soy hijo de hombre, de forma que el Padre, Dios, me marca. ¿Qué significa “me marca”? Me da algo propio, mediante lo que, en vez de ser yo confundido con el género humano, el género humano sea liberado mediante mí».

La promesa de Jesús, superior al maná de Moisés

12. Pues les había dicho: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna», le dijeron, pues: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? ¿Qué haremos? preguntan. Podremos cumplir este precepto, observando ¿qué? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió (Jn 6,28). Eso es, pues, comer el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. ¿Para qué preparas dientes y vientre? Cree y has comido. Por cierto, la fe se distingue de las obras, como dice el Apóstol «que el hombre es justificado sin obras mediante fe» (Rm 3,28), y hay obras que, sin la fe de Cristo, parecen buenas y no son buenas porque no se refieren al fin en virtud del cual son buenas: Pues fin de la Ley es Cristo para justicia a favor de todo el que cree (Rm 10,4). Por eso no quiso distinguir de la obra la fe, sino que dijo que la fe misma es obra, pues esa misma fe es la que obra mediante el amor (Cf Ga 5,6). No dijo «Ésta es vuestra obra», sino: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió, para que quien se gloría, gloríese en el Señor (1Co 1,31). Porque, pues, los invitaba a la fe, ellos todavía pedían signos para creer. Mira los judíos, no piden signos. Le dijeron, pues: ¿Qué signo, pues, haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué realizas? (Jn 6,30) ¿Acaso era poco haber sido saciados con cinco panes? De hecho, sabían esto, preferían a este alimento el maná del cielo. En cambio, el Señor Jesús decía ser de tal clase que se anteponía a Moisés, pues Moisés no osó decir de sí que daría el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Ése prometía algo más que Moisés, pues mediante Moisés se prometía un reino, tierra que manaba leche y miel, paz temporal, abundancia de hijos, salud corporal y todo lo demás, temporal, sí, pero espiritual en figura porque en el Viejo Testamento se prometía al hombre viejo. Observaban, pues, lo prometido mediante Moisés y observaban lo prometido mediante Cristo. Aquél prometía en la tierra un vientre lleno, pero de alimento que perece; éste prometía el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Observaban que él prometía más, y como que aún no veían que hacía cosas mayores. Así pues, observaban la calidad de las que había hecho Moisés, y aún querían que hiciese algunas mayores quien las prometía tan grandes. «¿Qué haces, preguntan, para que te creamos?». Y, para que sepas que equiparaban a este milagro los milagros aquellos y que, por eso, juzgaban menores esos que hacía Jesús, afirman: Nuestros padres comieron en el desierto el maná (Sal 77,24; Jn 6,31). Pero ¿qué es el maná? Quizá lo despreciáis. Como está escrito: Les dio a comer maná. Mediante Moisés, nuestros padres recibieron del cielo pan, mas Moisés no les dijo: Trabajad por el alimento que no perece. Tú prometes el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna, mas no haces obras tales cuales hizo Moisés. Él no dio panes de cebada, sino que dio maná venido del cielo.

El verdadero pan es Jesús

13. Les dijo, pues, Jesús: En verdad, en verdad os digo: No os ha dado Moisés el pan venido del cielo, sino mi Padre os dio desde el cielo el pan, pues el pan verdadero es el que desciende del cielo y da vida al mundo (Jn 6,32-33). Verdadero pan, pues, es el que da vida al mundo y ése mismo es el alimento del que poco antes he dicho: Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. El maná, pues, significaba esto y todo aquello eran signos míos. Habéis amado mis signos; ¿despreciáis al que significaban? Moisés, pues, no ha dado el pan venido del cielo; Dios da pan. Pero ¿qué pan? ¿Quizá maná? No, sino el pan que el maná significó, a saber, al Señor Jesús en persona. Mi Padre os da el verdadero pan, pues el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo. Le dijeron, pues: Señor, danos siempre este pan (Jn 6,32-34). Como aquella mujer samaritana a quien está dicho: «Quien bebiere de esta agua no tendrá sed nunca», al entender ella esto según el cuerpo, pero en todo caso, porque quería carecer de necesidad, dice a continuación: «Señor, dame de esta agua»(Jn 4,13.15), así también ésos: Señor, danos este pan que nos restaure y no falte.

Al que venga a mí no lo echaré fuera

14. Ahora bien, Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida. Quien viene a mí no tendrá hambre y quien cree en mí nunca tendrá sed (Jn 6,35). «Quien viene a mí» es lo mismo que «y quien cree en mí»; y, en cuanto a lo que dijo: «No tendrá hambre», ha de entenderse esto: Nunca tendrá sed; efectivamente, una y otra cosa significan la saciedad eterna, donde no hay escasez alguna. Deseáis el pan venido del cielo: lo tenéis ante vosotros y no lo coméis. Pero os dije que me habéis visto y no habéis creído (Jn 6,36). Pero no por eso he destruido yo al pueblo. En efecto, ¿acaso vuestra infidelidad ha anulado la lealtad de Dios? (Cf Rm 3,3). De hecho, mira lo que sigue: Todo lo que me da el Padre vendrá a mí; y al que venga a mí no lo echaré fuera (Jn 6,37). ¿Qué clase de interior es ese del que no se sale fuera? Gran penetral y dulce secreto. ¡Oh secreto sin tedio, sin amargura de pensamientos malos, sin interpelación de tentaciones y dolores! ¿Acaso no es ése el secreto al que entrará aquel siervo benemérito a quien el Señor va a decir: Entra al gozo de tu Señor? (Mt 25,23)

San Juan Crisóstomo, obispo

Homilía: Yo soy el pan de vida

Homilía 45 [44], sobre el Evangelio de san Juan

Nada hay peor que la gula, nada ‘más vergonzoso. Esta es la que cierra el entendimiento y lo hace rudo y vuelve carnal al alma. Esta ciega y no deja ver. Observa cómo fue eso lo que obró en los judíos. Porque ansiando ellos los placeres del vien­tre y no pensando en nada espiritual, sino únicamente lo de este siglo, Cristo los excitó con abundantes discursos, llenos unas veces de acritud, otras de suavidad y perdón. Pero ni aun así se levantaron a lo alto sino que permanecieron por tierra.

Atiende, te ruego. Les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis saturado. Los punzó arguyéndoles; les mos­tró cuál es el pan que se ha de buscar al decirles: Haceos no del alimento que perece; y aun les añadió el premio diciendo: sino el pan para la vida eterna. Y enseguida sale al encuentro de la objeción de ellos con decirles que ha sido enviado por el Padre. ¿Qué hacen ellos? Como si nada hubieran oído, le dicen: ¿Qué debemos hacer para lograr la merced de Dios? No lo preguntaban para aprender y ponerlo por obra, como se ve por lo que sigue, sino queriendo inducirlo a que de nuevo les suministre pan para volver a saturarse. ¿Qué les responde Cristo?: Esta es la obra que quiere Dios: que creáis en el que Él envió. Instan ellos: ¿Qué señal nos das para que la veamos y creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto.

¡No hay cosa más necia y más estulta que eso! Cuando el milagro estaba aún delante de sus ojos, como si nada se hu­biera realizado le decían: ¿Qué señal nos das? Y ni siquiera le dan opción a escoger, sino que piensan que acabarán por obligarlo a hacer otro milagro, como el que se verificó en tiempo de sus ancestros. Por eso le dicen: Nuestros padres co­mieron el maná en el desierto. Creían que por este camino lo excitarían a realizar ese mismo milagro que los alimentaría corporalmente. Porque ¿por cuál otro motivo no citan sino ése, de entre los muchos verificados antiguamente; puesto que mu­chos tuvieron lugar en Egipto, en el mar, en el desierto? Pero sólo le proponen el del maná. ¿No es acaso esto porque aún estaban reciamente bajo la tiranía del vientre? Pero, oh judíos: ¿cómo es esto que aquel a quien vosotros llamasteis profeta y lo quisisteis hacer rey por el milagro que visteis, ahora, co­mo si nada se hubiera realizado, os le mostráis tan ingratos y pérfidos, que aun le pedís una señal, lanzando voces dignas de parásitos y de canes famélicos? ¿De modo que ahora, cuando vuestra alma está hambreada, venís a recordar el maná?

Escúchame y entiende

Y advierte bien la ironía. No le dijeron: Moisés hizo este milagro; y tú ¿cuál haces? porque no querían volvérselo con­trario. Sino que emplean una forma sumamente honorífica en espera del alimento. No le dijeron: Dios hizo aquel prodigio; y tú ¿cuál haces? porque no querían parecer como si lo igua­laran a Dios. Tampoco nombran a Moisés, para no parecer, que lo hacen inferior a Cristo. Sino que invocaron el hecho simple y dijeron: Nuestros padres comieron el maná en el de­sierto. Podía Cristo haberles respondido: Mayor milagro he hecho yo que no Moisés. Yo no necesito de vara ni de sú­plicas, sino que todo lo he hecho por mi propio poder. Si traéis al medio el maná, yo os di pan. Pero no era entonces ocasión propicia para hablarles así, pues el único anhelo de Cristo era llevarlos al alimento espiritual.

Yo soy el pan de vida

Observa con cuán eximia prudencia les responde: No fue Moisés quien os dio pan bajado del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan que viene del cielo. ¿Por qué no dijo: ‘No fue Moisés, sino soy yo’, sino que sustituyó a Moisés con Dios y al maná consigo mismo? Fue porque aún era gran­de la rudeza de los oyentes, como se ve por lo que sigue. Puesto que con tales palabras no los cohibió. Y eso que al principio ya les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis sa­turado. Y como esto era lo que buscaban, en lo que sigue tam­bién los corrige. Pero ellos no desistieron.

Cuando prometió a la mujer samaritana que le daría aquella agua, no hizo mención del Padre, sino que dijo: Si supie­ras quién es el que te dice: Dame de beber, quizá tú le pedirías, y te daría agua viva. Y en seguida: El agua que yo daré; y tam­poco hace referencia al Padre. Aquí, en cambio, sí la hace. Pues bien, fue para que entiendas cuán grande era la fe de la samaritana y cuán grande la rudeza de los judíos. En cuan­to al maná, en realidad no venía del Cielo. Entonces ¿cómo se dice ser del cielo? Pues es al modo como las Escrituras ha­blan de: Las aves del cielo (Sal 8, 9); y también: Tronó desde el cielo Dios (Sal 17, 14).

Y dice del pan verdadero, no porque el milagro del maná fuera falso, sino porque era sólo figura y no la realidad. Y al recordar a Moisés se antepuso a éste, ya que ellos no lo ante­ponían; más aún, tenían por más grande a Moisés. Por lo cual, habiendo dicho: No fue Moisés quien os dio, no añadió: Yo soy el que os doy, sino dijo que el Padre lo daba. Ellos le respondieron: Danos de ese pan para comer, pues aún pensa­ban que sería una cosa sensible y material y esperaban repletar sus vientres. Y tal era el motivo de que tan pronto acudieran a él. ¿Qué dice Cristo? Poco a poco los va levantando a lo alto; y así les dice: El pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo. No a solos los judíos sino a todo el mundo.

Y no habla simplemente de alimento, sino de otra vida di­versa. Y dice vida porque todos ellos estaban muertos. Pero ellos siguen apegados a lo terreno y le dicen: Danos ese pan. Los reprochaba de una mesa sensible; pero en cuanto supieron que se trataba de una mesa espiritual, ya no se le acercan. Les dice: Yo soy el pan de vida. El que a mí viene jamás tendrá hambre y el que cree en mí jamás padecerá sed. Pero yo os tengo dicho que aunque habéis visto mis señales, no creéis.

Ya el evangelista se había adelantado a decir: Habla de lo que sabe y da testimonio de lo que vio y nadie acepta su tes­timonio. Y Cristo a su vez: Hablamos lo que sabemos y testificamos lo que hemos visto, pero no aceptáis nuestro testi­monio. Va procurando amonestarlos de antemano y manifes­tarles que nada de eso lo conturba, ni busca la gloria humana, ni ignora lo secreto de los pensamientos de ellos, así presentes como futuros. Yo soy el pan de vida. Ya se acerca el tiempo de confiar los misterios. Mas primeramente habla de su divi­nidad y dice: Yo soy el pan de vida. Porque esto no lo dijo acerca de su cuerpo, ya que de éste habla al fin, cuando declara: El pan que yo daré es mi carne. Habla pues todavía de su divinidad. Su carne, por estar unida a Dios Verbo, es pan; así como este pan, por el Espíritu Santo que desciende, es pan del cielo.

Pero aquí no usa ya de testigos, como en el discurso anterior, pues allá tenía como testigos los panes del milagro y los oyentes aún simulaban creerle. Acá en cambio aún lo contradecían y le argumentaban. Por lo cual finalmente ahora expone ple­namente su sentencia. Ellos siguen esperando el alimento cor­poral y no se perturban hasta el momento en que pierden la esperanza de obtenerlo. Mas ni aun así calló Cristo, sino que los increpa con vehemencia. Los que allá mientras comían lo llamaron profeta, ahora se escandalizan y lo llaman hijo de artesano. No lo trataban así cuando estaban comiendo, sino que decían: Este es el Profeta. Y aun lo querían hacer rey. Ahora hasta se indignan al oírlo decir que ha venido del Cielo. Mas no era ése el motivo verdadero de su indignación, sino el haber perdido la esperanza de volver a disfrutar de la mesa corporal. Si su indignación fuera verdadera, debían investigar cómo era pan de vida, cómo había bajado del Cielo. Pero no lo hacen, sino que solamente murmuran.

Y que no sea aquélla la causa verdadera de su indignación se ve porque cuando Jesús les dijo: Mi Padre os da el pan, no le dijeron: Pídele que nos dé, sino ¿qué?: Danos ese pan. Jesús no les había dicho: Yo os daré, sino: Mi Padre os da. Pero ellos, por la gula, pensaban que él podía dárselo. Pues bien, quienes esto creían ¿en qué forma debieron escandalizarse cuando lo oyeron decir que era el Padre quien se lo daría?

¿Cuál es pues el motivo verdadero? Que en cuanto oyeron que ya no comerían, ya no creyeron; y ponen como motivo el que Jesús les hable de cosas elevadas. Por eso les dice: Me habéis visto y no creéis, dándoles a entender así los milagros como el testimonio de las Escrituras. Pues dice: Ellas dan testi­monio de Mí; y también: ¿Cómo podéis creer vosotros que cap­táis la gloria unos de otros?

San Cipriano

La Eucaristía

Algunos, por ignorancia o por inadvertencia, al consagrar el cáliz del Señor y al administrarlo al pueblo no hacen lo que hizo y enseñó a hacer Jesucristo Señor y Dios nuestro, autor y maestro de este sacrificio… Ahora bien, cuando Dios inspira y manda alguna cosa, es necesario que el siervo fiel obedezca al Señor, manteniéndose libre de culpa delante de todos en no arrogarse nada por su cuenta, pues ha de temer no sea que ofenda al Señor si no hace lo que está mandado… Al ofrecer el cáliz ha de guardarse la tradición del Señor, ni hemos de hacer nosotros otra cosa más que la que el Señor hizo primeramente por nosotros, a saber, que en el cáliz que se ofrece en su conmemoración se ofrezca una mezcla de agua y vino… No puede creerse que está en el cáliz la sangre de Cristo, con la cual hemos sido redimidos y vivificados, si no hay en el cáliz el vino por el que se manifiesta la sangre de Cristo…

Vemos el misterio (sacramentum) del sacrificio del Señor prefigurado en el sacerdote Melquisedec, según el testimonio de la Escritura cuando dice: “Y Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino”, siendo sacerdote del Dios altísimo, y bendijo a Abraham (cf. Gén 14, 18). Ahora bien, que Melquisedec fuera figura de Cristo lo declara el Espíritu Santo en los salmos, cuando el Padre dice al Hijo: “Yo te engendré antes de la estrella de la mañana: tú eres sacerdote según el orden de Melquisedec” (Sal 109, 3-4). Este orden procede y desciende evidentemente de aquel sacrificio, por el hecho de que Melquisedec fue sacerdote del Dios altísimo, y de que ofreció pan y vino y bendijo a Abraham. En efecto, ¿qué sacerdote del Dios altísimo lo es más que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció a Dios Padre un sacrificio, el mismo sacrificio que había ofrecido Melquisedec, a saber, pan y vino, es decir, su cuerpo y su sangre?…

Puesto que Cristo nos llevaba en sí a todos nosotros, ya que hasta llevaba nuestros pecados, vemos que el agua representa al pueblo, mientras que el vino representa la sangre de Cristo. Así pues, cuando en el cáliz se mezclan el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo, y la multitud de los creyentes se une y se junta a Aquel en quien cree. Esta unión y conjunción de agua y vino en el cáliz del Señor hace una mezcla que ya no puede deshacerse. Por esto la Iglesia, es decir la multitud que está constituida en Iglesia y persevera fiel y firmemente en su fe no podrá por nada ser separada de Cristo, ni nada podrá hacer que no permanezca adherida a él e indivisa en el amor. Por esto al consagrar el cáliz del Señor no se puede ofrecer ni agua sola ni vino solo: si uno ofrece solo vino, se hará presente la sangre de Cristo sin nosotros; si sólo hay agua, se hará presente el pueblo sin Cristo. En cambio, cuando se mezclan ambas cosas hasta formar un todo sin distinción y perfectamente uno, entonces se consuma el misterio (sacramentum) celestial y espiritual…

Dice el Señor: “El que quebrantare uno de estos mandamientos mínimos y enseñare a hacerlo a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5, 19): ahora bien, si no se pueden quebrantar ni los mínimos mandamientos del Señor, cuánto más esos que son tan grandes, tan importantes, que tocan tan de cerca al misterio de la pasión del Señor y de nuestra redención no podrán quebrantar ni cambiar lo que en ellos hay de institución divina por institución humana alguna. Si Cristo Jesús, Dios y Señor nuestro es él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, y se ofreció el primero a sí mismo en sacrificio al Padre, y mandó que esto se hiciera en memoria de él, tendrá realmente las veces de Cristo aquel sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrecerá un sacrificio verdadero y pleno en la Iglesia a Dios Padre cuando se ponga a hacer la oblación tal como vea que la hizo Cristo…

San Ignacio de Antioquía

Poned todo empeño en usar de una sola eucaristía, pues una es la carne de nuestro Señor Jesucristo, y uno solo el cáliz que nos une con su sangre, y uno el altar, como uno es el obispo juntamente con el colegio de ancianos y los diáconos, consiervos míos. De esta suerte, obrando así obraréis según Dios (Carta a los de Filadelfia)

Poned empeño en reuniros más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Porque cuando frecuentemente os reunís en común, queda destruido el poder de Satanás, y por la concordia de vuestra fe queda aniquilado su poder destructor. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra de las potestades celestes y terrestres. Nada de todo esto se os oculta a vosotros si poseéis de manera perfecta la fe en Cristo y la caridad, que son principio y término de la vida. La fe es el principio, la caridad es el término. Las dos, trabadas en unidad, son Dios, y todas las virtudes morales se siguen de ellas. Nadie que proclama la fe peca, y nadie que posee la caridad odia. El árbol se manifiesta por sus frutos. Así, los que se profesan ser de Cristo, se pondrán de manifiesto por sus obras… (Carta a los Efesios, 13-14).

San Juan Pablo II, papa

Homilía (31-05-1997): Yo soy el pan de vida

Viaje apostólico a Polonia. Encuentro de oración con los sacerdotes y religiosos.
Sábado 31 de mayo de 1997

1. «Yo soy el pan de vida» (Jn 6, 35).

Como peregrino al 46 Congreso eucarístico internacional, dirijo mis primeros pasos hacia la antiquísima catedral de Wrocław, para arrodillarme con fe ante el santísimo Sacramento, el «Pan de vida». Lo hago con profunda emoción y con el corazón lleno de gratitud a la divina Providencia, por el don de este Congreso y porque se celebra precisamente aquí, en Wrocław, en Polonia, mi patria.

Después de la milagrosa multiplicación de los panes, Cristo dice a la multitud que lo buscaba: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6, 26-27). ¡Qué difícil resultaba, para quien escuchaba a Jesús, este paso del signo al misterio indicado por él, del pan de cada día al pan que «permanece para la vida eterna»! Tampoco es fácil para nosotros, hombres del siglo XX. Los Congresos eucarísticos se celebran precisamente para recordar esta verdad a todo el mundo: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna».

Los interlocutores de Cristo, prosiguiendo el diálogo, le preguntan con razón: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Y Cristo responde: «La obra de Dios [la obra que Dios quiere] es que creáis en quien él ha enviado» (Jn 6, 29). Es una exhortación a tener fe en el Hijo del hombre, en el que da el alimento que no perece. Sin la fe en aquel a quien el Padre envió no es posible reconocer y aceptar este don que no pasa. Precisamente por esto estamos aquí, en Wrocław, en el 46 Congreso eucarístico internacional. Estamos aquí para profesar, en unión con toda la Iglesia, nuestra fe en Cristo Eucaristía, en Cristo Pan vivo y Pan que da la vida. Decimos con san Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), y también: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

2. «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6, 34).

La milagrosa multiplicación de los panes no había suscitado la esperada respuesta de fe en los testigos oculares de ese acontecimiento. Querían una nueva señal: «¿Qué señal haces, para que, viéndola, creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer» (Jn 6, 30-31). Así, los discípulos que rodean a Jesús esperan una señal semejante al maná, que sus padres habían comido en el desierto. Sin embargo, Jesús los exhorta a esperar algo más que una ordinaria repetición del milagro del maná, a esperar un alimento de otro tipo. Cristo les dice: «No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6, 32-33).

Además del hambre física, el hombre lleva en sí también otra hambre, un hambre más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del hombre, convirtiéndose él mismo en el «pan vivo» que «da la vida al mundo». Los que escuchan a Jesús le piden que realice lo que anunciaba la señal del maná, quizá sin darse cuenta del alcance de su petición: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6, 34). ¡Qué elocuente es esta petición! ¡Cuán generosa y sorprendente es su realización! «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (…). Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 35.55-56). «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).

¡Qué gran dignidad se nos ha dado! El Hijo de Dios se nos entrega en el santísimo Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. ¡Cuán infinitamente grande es la liberalidad de Dios! Responde a nuestros más profundos deseos, que no son únicamente deseos de pan terreno, sino que alcanzan los horizontes de la vida eterna. ¡Este es el gran misterio de la fe!

3. «Rabbí [Maestro], ¿cuándo has llegado aquí?» (Jn 6, 25).

Esta pregunta se la hicieron a Jesús quienes lo buscaban después de la milagrosa multiplicación de los panes. También hoy, en Wrocław, le hacemos la misma pregunta. Se la hacen todos los participantes en el Congreso eucarístico internacional. Y Cristo nos responde: he venido cuando vuestros antepasados recibieron el bautismo, en tiempos de Mieszko I y de Boleslao el Intrépido, cuando los obispos y los sacerdotes empezaron a celebrar en esta tierra el «misterio de la fe», que reunía a todos los que tenían hambre del alimento que da la vida eterna.

De ese modo, Cristo llegó a Wrocław hace más de mil años, cuando nació aquí la Iglesia, y Wrocław se convirtió en sede episcopal, una de las primeras en los territorios de los Piast. A lo largo de los siglos, Cristo ha llegado a todos los lugares del mundo de donde proceden los participantes en el Congreso eucarístico. Y desde entonces sigue su presencia en la Eucaristía, siempre igualmente silenciosa, humilde y generosa. En verdad, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1).

Ahora, en el umbral del tercer milenio, queremos dar una expresión particular a nuestra gratitud. Este Congreso eucarístico de Wrocław tiene una dimensión internacional. No sólo participan en él fieles de Polonia, sino también de todo el mundo. Todos juntos queremos expresar nuestra profunda fe en la Eucaristía y nuestra sincera gratitud por el pan eucarístico con el que, desde hace casi dos mil años, se alimentan generaciones enteras de creyentes en Cristo. ¡Cuán inagotable es el tesoro del amor de Dios, que está abierto a todos! ¡Cuán enorme es la deuda contraída con Cristo Eucaristía! Lo reconocemos y, con santo Tomás de Aquino, exclamamos: «Quantum potes, tantum aude: quia maior omni laude, nec laudare sufficis », «Osa todo lo que puedas, porque él supera toda alabanza, y no hay canto que baste» (Lauda Sion).

Estas palabras expresan muy bien la actitud de los participantes en el Congreso eucarístico. Durante estos días procuremos dar al Señor Jesús en la Eucaristía el honor y la gloria que merece. Procuremos darle gracias por su presencia, porque desde hace ya casi dos mil años sigue estando con nosotros.

 «Te damos gracias, Padre santo… Nos hiciste gracia de comida y bebida espiritual y de vida eterna por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos» (Didaché, X. 2-3).

Benedicto XVI, papa

Ángelus (05-08-2012): El Pan verdadero no se “gana”, es don

Patio del palacio pontificio de Castelgandolfo
Domingo 5 de agosto de 2012

«¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6,28)

En la liturgia de la Palabra de este domingo prosigue la lectura del capítulo sexto del Evangelio de san Juan. Nos encontramos en la sinagoga de Cafarnaúm donde Jesús está pronunciando su conocido discurso después de la multiplicación de los panes. La gente había tratado de hacerlo rey, pero Jesús se había retirado, primero al monte con Dios, con el Padre, y luego a Cafarnaúm. Al no verlo, se había puesto a buscarlo, había subido a las barcas para alcanzar la otra orilla del lago y por fin lo había encontrado. Pero Jesús sabía bien el porqué de tanto entusiasmo al seguirlo y lo dice también con claridad: «Me buscáis no porque habéis visto signos (porque vuestro corazón quedó impresionado), sino porque comisteis pan hasta saciaros» (v. 26). Jesús quiere ayudar a la gente a ir más allá de la satisfacción inmediata de sus necesidades materiales, por más importantes que sean. Quiere abrir a un horizonte de la existencia que no sea simplemente el de las preocupaciones diarias de comer, de vestir, de la carrera. Jesús habla de un alimento que no perece, que es importante buscar y acoger. Afirma: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (v. 27).

La muchedumbre no comprende, cree que Jesús pide observar preceptos para poder obtener la continuación de aquel milagro, y pregunta: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (v. 28). La respuesta de Jesús es clara: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (v. 29). El centro de la existencia, lo que da sentido y firme esperanza al camino de la vida, a menudo difícil, es la fe en Jesús, el encuentro con Cristo. También nosotros preguntamos: «¿Qué tenemos que hacer para alcanzar la vida eterna?». Y Jesús dice: «Creed en mí». La fe es lo fundamental. Aquí no se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarse con Jesús como una Persona viva, de dejarse conquistar totalmente por él y por su Evangelio. Jesús invita a no quedarse en el horizonte puramente humano y a abrirse al horizonte de Dios, al horizonte de la fe. Exige sólo una obra: acoger el plan de Dios, es decir, «creer en el que él ha enviado» (cf. v. 29). Moisés había dado a Israel el maná, el pan del cielo, con el que Dios mismo había alimentado a su pueblo. Jesús no da algo, se da a sí mismo: él es el «pan verdadero, bajado del cielo», él la Palabra viva del Padre; en el encuentro con él encontramos al Dios vivo.

«¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (v. 28) pregunta la muchedumbre, dispuesta a actuar, para que el milagro del pan continúe. Pero Jesús, verdadero pan de vida que sacia nuestra hambre de sentido, de verdad, no se puede «ganar» con el trabajo humano; sólo viene a nosotros como don del amor de Dios, como obra de Dios que es preciso pedir y acoger.

Queridos amigos, en los días llenos de ocupaciones y de problemas, pero también en los de descanso y distensión, el Señor nos invita a no olvidar que, aunque es necesario preocuparnos por el pan material y recuperar las fuerzas, más fundamental aún es hacer que crezca la relación con él, reforzar nuestra fe en Aquel que es el «pan de vida», que colma nuestro deseo de verdad y de amor. Que la Virgen María, en el día en que recordamos la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor en Roma, nos sostenga en nuestro camino de fe.

Congregación para el Clero

(Es 16,2-4, 12-15; Ef 4, 17-20-24; Jn 6,24-35)

En estos domingos prosigue la lectura del capítulo 6 de San Juan.

Después del “signo” de la multiplicación de los panes y los peces, y la abundancia con que ha saciado a la multitud,  Jesús invita a la multitud a reflexionar sobre el Autor del milagro y a reconocer que hay un pan para la vida eterna.

Así se configura un eficaz paralelismo entre la primera Lectura (Ex 16,2-4) y el relato de Juan. La referencia es al maná dado por Dios al pueblo rebelde en el desierto y a la figura de Moisés. Es una trama que encuentra su clave en la pregunta de los israelitas, que ven el maná caído desde el cielo: “¿Qué es?”, y en la afirmación paralela, que Jesús hace de sí: “Yo soy el pan de vida”.

El lenguaje que usa Jesús resulta “duro” e incomprensible para muchos, que después se irán; algunos, aun en la dificultad, comprenden que hay “algo por descubrir”; es un lenguaje místico, que ilustra un misterio, el de la Eucaristía, centro y vida de toda la fe cristiana. Jesús se aplica a sí mismo las características del pan, donado desde el cielo y fruto del trabajo: cansador y gozoso, humilde y útil. El pan alimenta la vida, pero no es la vida.

Bajo esta luz se comprende la advertencia de Jesús a la muchedumbre, que lo busca por el pan material, con el que saciar sus existencias. El pecado de la multitud, como el del hombre contemporáneo, es el de la superficialidad en la relación con lo real: la vida corre el riesgo de reducirse a un cúmulo de signos sin significado y, de este modo, el medio se hace fin.

En el “pan” que es Jesús mismo, inmolado por amor, nos es dada la vida divina; es el Cordero inmolado para nuestra redención: “quien come mi carne tiene la vida eterna”.

En el diálogo entre Jesús y la multitud está, pues, la fuerza de un Amor divino y apasionado, que quiere llevar al corazón humano a captar el “superávit”, el exceso del pan que los ha saciado. El don no puede ser “aprehendido”, como una presa que se captura: él pide ser acogido, como se acoge un amor, como el don de amor del Padre.  Solo acogiendo el don del Padre, con asombro y deseo, es posible comprender y desear el “pan que desciende del cielo”. La postura que el hombre asume frente a este don es la clave. Afirma el Santo Padre: “Si Jesús dice yo soy el pan de vida, quiere decir que Jesús mismo es el alimento de nuestra alma, del hombre interior, del cual tenemos necesidad, porque también el alma debe alimentarse. Y no bastan las cosas técnicas, aunque sean importantes. Necesitamos la amistad de Dios, que nos ayuda a tomar las decisiones justas. Necesitamos madurar humanamente. Con otras palabras, Jesús nos alimenta para que lleguemos a ser realmente personas maduras y nuestra vida llegue a ser buena” (Benedicto XVI – 15 octubre 2005).

Ojalá que el tiempo de descanso sea el tiempo en el que reconozcamos el don del Amor del Padre. Y cuanto más lo reconozcamos, más crecerá en nosotros el deseo y más lo desearemos. Esta es la gracia que pedimos a la Santísima Virgen, Hija de Sión y Mujer Eucarística, con corazón agradecido de hijos.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Un pan que sacia

Como los judíos, también nosotros nos quedamos con demasiada frecuencia en el alimento material. Pero Dios nos ofrece otro alimento. El pan que el Padre nos da es su propio Hijo; un pan bajado del cielo, pues es Dios como el Padre; un pan que perdura y comunica vida eterna, es decir, vida divina; un pan que es la carne de Jesucristo.

Y precisamente porque es divino es el único alimento capaz de saciarnos plenamente. Al fin y al cabo, las necesidades del cuerpo son pocas y fácilmente atendibles. Pero el verdadero hambre de todo hombre que viene a este mundo es más profunda. Es hambre de eternidad, hambre de santidad, hambre de Dios. Y esta hambre sólo la Eucaristía puede saciarla. Cristo se ha quedado en ella para darnos vida, de modo que nunca más sintamos hambre o sed.

A la luz de esto, hemos de examinar nuestra relación con Cristo Eucaristía. ¿Agradezco este alimento que el Padre me da? ¿Soy bastante consciente de mi indigencia, de mi pobreza? ¿Voy a la Eucaristía con hambre de Cristo? ¿Me acerco a Él como el único que puede saciar mi hambre? ¿Le busco como el pan bajado del cielo que contiene en sí todo deleite? ¿O busco saciarme y deleitarme en algo que no sea Él?

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo V

La multiplicación de los panes y de los peces dio ocasión a Jesucristo a exponer la admirable doctrina del Pan de la vida. Esto ha sugerido la primera lectura sobre el maná en el desierto (Ex 16,2-4.12-15). San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que el cristiano es un hombre nuevo. Ha de abandonar el hombre viejo que había en él.

La lectura continuada del capítulo sexto del Evangelio según San Juan nos presenta el acontecimiento eucarístico como misterio de participación de la vida divina del Verbo encarnado en plenitud de vida para nosotros. En la plenitud de los tiempos Cristo es el verdadero maná, que da la vida divina y la salvación real de los elegidos de Dios para la eternidad. Participar de esta vida, viviendo el misterio de Cristo y dejándonos transformar por Él, es la finalidad del acontecimiento salvífico del Hijo de Dios vivo y viviente en medio de su Iglesia (Jn 10,10).

Éxodo 16,2-4.12-15: Yo haré llover pan del cielo. Peregrinos los israelitas por el desierto hacia la tierra de promisión, el alimento providencial del maná fue signo permanente del amor divino sosteniendo su indigencia de emigrantes. San Gregorio Magno dice:

«Truena Dios maravillosamente con su voz, porque con fuerza oculta penetra incomparablemente nuestros corazones y, cuando con secretos impulsos los oprime en el terror y los reforma en el amor, publica de alguna manera calladamente con cuánto ardor debe ser seguido; y hácese en el alma una grandeza de ímpetu, aunque no suena nada en la voz. La cual tanto más fuertemente resuena en nosotros cuanto hace ensombrecer el oído de nuestro corazón de todo sonido exterior.

«Por lo cual el alma, recogida luego en sí misma por esta voz interior, se maravilla de lo que oye, porque recibe la fuerza de la compunción no conocida. La admiración de la cual fue bien figurada en Moisés cuando el maná vino de arriba (Ex 16,15). Porque aquel dulce manjar es llamado maná que quiere decir :“¿Qué es esto?” Y entonces decimos: ¿qué es esto, cuando, no sabiendo lo que vemos nos maravillamos» (Tratados morales sobre el libro de Job 27,42).

–Con el Salmo 77 decimos: «El Señor les dio pan del cielo»… Dio orden las altas nubes, abrió las compuertas del cielo. Hizo llover sobre ellos maná, les dio pan del cielo. El hombre comió pan de ángeles, el Señor les mandó provisiones hasta la hartura»…

Efesios 4,17.20-24: Vestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios. En la Nueva Alianza Cristo mismo es el misterio de la vida divina que nos vivifica y nos transforma en hijos suyos. El paso de una situación a otra se denomina «nueva creación» No se trata de un cambio exterior, como el que tendría lugar en quien cambia de vestido, sino de una renovación interior, por la que el cristiano, al ser hecho nueva criatura en Jesucristo, puede vivir la justicia y la santidad con una profundidad y verdad que superan las fuerzas de la propia naturaleza humana. San Anastasio Sinaíta dice:

«Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente limpio. Lo que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión y la penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas con la humildad del corazón» (Sermón sobre la sagrada sinaxis).

Juan 6,24-35: El que viene a Mí no pasará hambre, y el cree en Mí no pasará nunca sed. Cristo se nos presenta como providencia amorosa y como Redentor definitivo que nos ofrece la salvación eterna.

Comenta San Agustín:

 «Necesitamos el consejo de cómo llegar a Él para saciarnos de Aquel del que ahora apenas conseguimos unas migajas, para no perecer de hambre en este desierto; sobre cómo llegar a la hartura de ese Pan del que dice el Señor. Necesitamos el consejo sobre cómo conseguir esa saciedad de Pan tan distinta de la saciedad de quien sufre el hambre de aquí abajo» (Sermón 389,2).

Dios pone a disposición del hombre su vida una vida que no termina jamás, pues supera la muerte.

Esta vida se identifica con el Hijo que el Padre ha dado al mundo. Aceptar al Hijo equivale a entrar en el círculo de la vida divina. El hombre tiene que abrirse al Hijo. En una palabra, tener fe en Él, tomar una decisión por Él y vivir de Él.

Hemos de repartir el pan material, para que el mundo entero se acerque al Pan espiritual, esto es, la Sagrada Eucaristía.

Tenemos una gran responsabilidad de una comunión vital con el Corazón de Cristo vivo, que deberá dar nuevo sentido a toda nuestra vida, más allá del altar y del templo, si no queremos profanar con nuestra conducta lo que la Eucaristía significa y exige.


Comentarios exegéticos

Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Pan imperecedero

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 1472-1476.

El pan imperecedero

6, 22-29 (6, 24-35). 

El evangelio de Juan es esencialmente teológico. Tenemos la impresión de que los hechos narrados son simplemente “funcionales”, en tanto han sido recogidos en el evangelio en cuanto sirven para destacar una enseñanza. El evangelista se preocuparía muy poco o nada de lo realmente ocurrido. 

Esta impresión responde a la realidad, pero sólo de un modo parcial. Porque, además del aspecto apuntado, en múltiples ocasiones, siempre que puede, a veces incluso forzando la narración, introduce acotaciones y glosas, cuya única finalidad obedece a que el lector se tome en serio la narración, que no ha sido inventada, sino que fue arrancada de la realidad. 

En esta sección encontramos una de esas notas que persiguen esta finalidad. La gente se había dado cuenta de que allí no había más que una barca y que Jesús no había subido a ella cuando embarcaron los discípulos. ¿Por dónde, entonces, había cruzado el lago? 

La reacción de la gente ante la multiplicación de los panes fue verdaderamente decepcionante. Sigue a Jesús, es cierto. Pero lo sigue casi por mera curiosidad: Maestro, ¿cómo has llegado hasta aquí? O, teniendo en cuenta la respuesta de Jesús, por puro egoísmo: una comida gratuita que los sació. De cualquier forma un seguimiento ineficaz de Cristo. 

Esta reacción de la muchedumbre, tal como aquí aparece recogida, se armoniza difícilmente con el entusiasmo que había provocado aquel hecho sensacional de la multiplicación de los panes (recuérdese lo dicho a propósito de los vv. 14-15 de este mismo cap.). 

Precisamente de lo que se trata es de centrar la reacción de la muchedumbre en la dirección que Jesús quería provocar. Ni la simple curiosidad o el egoísmo interesado por el pan material, ni el sensacionalismo orientado hacia el dominio terreno, coronando a Jesús como rey para que sacudiese el yugo del dominio extranjero. Reacciones igualmente erróneas. 

La reacción verdadera debe orientarse hacia la búsqueda del pan imperecedero. El hecho de Jesús había sido un “signo”. No pretendía, en su sentido ultimo, satisfacer el hambre material. Interpretarlo así equivaldría a empobrecerlo sustancialmente. El signo apuntaba hacia algo más importante y que la gente no había comprendido. 

Desde el punto de vista teológico, toda la escena se halla orientada hacia la eucaristía. Una pista clara tenemos en el v. 23, donde se habla del pan, singular, no de los panes, y además se utiliza el verbo eujaristeo para expresar la acción de gracias. 

En todo caso, estamos ante alusiones, todo lo intencionadas que queramos, pero, en definitiva, alusiones. Será necesario hablar con más claridad. Y así se hará en el discurso posterior que explicará sin rodeos y con toda la profundidad posible el sentido del signo realizado. 

Jesús habla de un pan imperecedero. Era corriente entre los maestros religiosos ofrecer una doble posibilidad de elección: el pan que alimenta la vida físico-terrena, y el pan que garantiza la posesión de la vida eterna: un pan consistente en la vida obediente, según Dios, que tendría como consecuencia un juicio favorable en el último día y como premio la vida eterna. Esta es la razón por la que aparece aquí el Hijo del hombre (Dan 7), figura misteriosa que se halla asociada al juicio final. Este Hijo de hombre ha venido al mundo con el sello de la aprobación de Dios. 

Para centrar más la discusión en la dirección intentada se introduce el tema de las obras, que es preciso realizar. ¿Cuál es la obra de Dios que debemos hacer? Jesús responde: vuestra obra es la fe, la aceptación de Aquél a quien el Padre ha enviado. 

Si el Hijo del hombre ha hecho su aparición con el sello de la autenticidad divina, la obra que Dios pide del hombre es la fe. Resulta sorprendente que la gente pregunte por las “obras” que es necesario realizar y Jesús conteste “las obras son la fe…”. La obra que el hombre debe realizar es la sumisión o aceptación, que suena a menos pasivo, de la obra de Dios en Cristo. 

No estamos ante la célebre cuestión “fe-obras”, tal como la plantea Pablo o Santiago. La cuestión fe-obras se resuelve aquí diciendo: la vida eterna no es cuestión de obras (como si la fe no contase para nada) ni de fe (como si las obras no tuvieran importancia), sino que es cuestión de la obra de la fe. 

El maná 6, 30-35 (6, 24-35). 

La obra que Dios quiere de vosotros es que creáis en aquél a quien Dios ha enviado. Jesús exige la aceptación de su persona y de sus palabras. Exige la fe. ¿Por qué? ¿Qué razones o signos extraordinarios justifican esta pretensión de Jesús? Es el interrogante de siempre. 

La pretensión de Jesús hace aparecer en escena la cuestión del maná. Si Jesús manifiesta la pretensión de ser un profeta, al estilo de Moisés, debe realizar signos semejantes. Así aparece lógicamente el maná. Más aún, existían especulaciones judías que hablaban del maná en forma sapiencial: “Está preparado para la edad futura. Todo el que crea es digno de comerlo”. Por otra parte el maná estaba asociado con la fiesta de la pascua. Y existía una creencia según la cual el Mesías vendría por la fiesta de la pascua, y entonces comenzaría a caer el maná del cielo. Todas estas especulaciones y esperanzas judías iluminan notablemente la escena, tal como Juan nos la presenta. 

La respuesta de Jesús ante las exigencias de la gente se centra en este punto: vuestras esperanzas han sido ya cumplidas. Yo soy ese pan esperado. Pero, antes de dar esta solución definitiva, era necesario precisar algo muy importante. No fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino su Padre. Moisés les había dado un pan “perecedero”. El maná, según la convicción generalizada, había sido efectivamente un pan sobrenatural, pero, en realidad, únicamente podía satisfacer el hambre o la necesidad física. 

Si Jesús no hace otra cosa distinta a una multiplicación de los panes, como la gente lo había entendido, su pan seria también sobrenatural, como el maná, pero tampoco iría más allá de Moisés. Sería un pan “perecedero”. 

Jesús ofrece algo más. Satisfacer todas las apetencias y exigencias existenciales del hombre. Quien lo acepte como el verdadero pan del cielo no tendrá más hambre. 

La aceptación de Jesús como el verdadero pan del cielo, que quita verdaderamente el hambre, es inseparable de la fe e imposible sin ella: venir a él es sinónimo de creer en él. El paralelismo es bien claro. 

La gente no había entendido mucho, pero sí lo suficiente como para apetecer un pan que sacie verdaderamente el hambre que aflige al hombre. Señor, danos siempre ese pan. En definitiva, sería el pan que Dios daría al justo después de la muerte. 

M. de Tuya, Biblia comentada: Diferencia y necesidad de un alimento espiritual

Evangelio de San Juan, Tomo Vb, BAC, Madrid (1977)

El encuentro de Cristo con las turbas en la región de Cafarnaúm da lugar a este primer diálogo, tan del gusto de Jn.

La pregunta que le hacen con el título honorífico de “Rabí”: “¿cuándo has venido aquí?” lleva un contenido sobre el modo extraordinario como vino. Sabían que no se había embarcado ni venido a pie con ellos. ¿Cómo, pues, había venido? Era un volver a admitir el prodigio en su vida.

La respuesta de Cristo soslaya aparentemente la cuestión para ir directamente al fondo de su preocupación. No le buscan por el milagro como “signo” que habla de su grandeza y que postula, en consecuencia, obediencia a sus disposiciones, sino que sólo buscan el milagro como provecho: porque comieron el pan milagrosamente multiplicado. Que busquen, pues, el alimento no temporal, aun dado milagrosamente, sino el inmortal, el que permanece para la vida eterna, y éste es el que dispensa el Hijo del hombre — el Evangelio — , y cuya garantía es que el Padre, que es al que ellos “llaman Dios” (Jn 8:54), “selló” al Hijo.

Un legado lleva las credenciales del que lo envía. Y éstos son los milagros, los “signos.” Así les dice: pero “vosotros no habéis visto los signos” (v.26; Jn 3:2).

Hasta aquí las turbas, y sobre todo los directivos que intervienen, no tienen dificultad mayor en admitir lo que Cristo les dice, principalmente por la misma incomprensión del hondo pensamiento de Cristo. Por eso, no tienen inconveniente en admitir, como lo vieron en la multiplicación de los panes, que Cristo esté “sellado” por Dios para que enseñe ese verdadero y misterioso pan que les anuncia, y que es “alimento que permanece hasta la vida eterna.”

De ahí el preguntar qué “obras” han de practicar para “hacer obras de Dios,” es decir, para que Dios les retribuya con ese alimento maravilloso. Piensan, seguramente, que puedan ser determinadas formas de sacrificios, oraciones, ayunos, limosnas, que eran las grandes prácticas religiosas judías.

Pero la respuesta de Cristo es de otro tipo y terminante. En esta hora mesiánica es que “creáis en aquel que Él ha enviado.” Fe que, en Jn, es con obras (Jn 2:21; cf. Jn 13:34). La turba comprendió muy bien que en estas palabras de Cristo no sólo se exigía reconocerle por legado de Dios, sino la plena entrega al mismo, lo cual Jn toca frecuentemente y es tema de su evangelio.

Los oyentes, ante esta pretensión de Cristo, vienen, por una lógica insolente, a pedirle un nuevo milagro. En todo ello late ahora la tipología del éxodo. El “desierto,” la multiplicación de los panes en él, contra el que evocará la turba el maná; la “murmuración” de estos judíos contra Cristo, como Israel en el desierto, y, por último, la Pascua próxima, es un nuevo vínculo al Israel en el desierto. Ya el solo hecho de destacarse así a Cristo es un modo de superponer planos para indicar con ello, una vez más, la presentación de Cristo como nuevo Moisés: Mesías.

Los judíos exigían fácilmente el milagro como garantía. San Pablo se hace eco de esta actitud judía (1Co 1:22). Y Godet, en su comentario a Jn, escribe: “El sobre naturalismo mágico era la característica de la piedad judía.”

La multiplicación de los panes les evocaba fácilmente, máxime en aquel lugar “desierto” en el que habían querido proclamarle Rey-Mesías, el milagro del maná. Y esto es a lo que aluden y alegan. Los padres en el desierto comieron el maná (Ex 16:4ss). La cita, tal como está aquí, evocaba, sobre todo, el relato del maná, pero magnificado en el Salterio, en el que se le llama “pan del cielo” (Sal 105:40; Neh 9:15; Sal 16:20). La cita era insidiosa. Pues era decirle: Si Moisés dio el maná cuarenta años, y que era “pan del cielo,” y a una multitud inmensamente mayor, pues era todo el pueblo sacado de Egipto, y, a pesar de todo, no se presentó con las exigencias de entrega a él, como tú te presentas, ¿cómo nos vamos a entregar a ti? Por lo que le dicen que, si tiene tal presunción, lo pruebe con un milagro proporcionado.

Estaba en el ambiente que en los días mesiánicos se renovarían los prodigios del éxodo (Miq 7:15). El Apocalipsis apócrifo de Baruc dice: “En aquel tiempo descenderá nuevamente de arriba el tesoro del maná, y comerán de él aquellos años.” Y el rabino Berakhah decía, en síntesis, sobre 340: “El primer redentor (Moisés) hizo descender el maná. e igualmente el último redentor (el Mesías) hará descender el maná.”

Si el Mesías había de renovar los prodigios del éxodo, no pasaría con ello de ser otro Moisés. ¿Por quién se tenía Cristo? ¿Qué “señal” tenía que hacer para probar su pretensión?

Pero la respuesta de Cristo desbarata esta argumentación, al tiempo que el clímax del discurso se dirige a su culmen.

En primer lugar, no fue Moisés el que dio el maná, puesto que Moisés no era más que un instrumento de Dios, sino “mi Padre”; ni aquel pan venía, en realidad, del cielo, sino de sólo el cielo atmosférico; ni era el pan verdadero, porque sólo alimentaba la vida temporal; pero el verdadero pan es el que da la vida eterna; ni el maná tenía universalidad: sólo alimentaba a aquel grupo de israelitas en el desierto, mientras que el “pan verdadero es el que desciende del cielo y da la vida al mundo.”

¿A quién se refiere este pan que “baja” del cielo y da la vida al mundo? Si directamente alude a la naturaleza del verdadero pan del cielo, no está al margen de él su identificación con Cristo Si la naturaleza del verdadero pan de Dios es el que “baja” del cielo y da “la vida al mundo,” éste es Cristo, que se identificará luego, explícitamente, con este pan (v.35).

Los judíos, impresionados o sorprendidos por esta respuesta, tan categórica y precisa, pero interpretada por ellos en sentido de su provecho material, le piden que él les de siempre de ese pan, como la Samaritana (Jn 4:15). Probablemente vuelve a ellos el pensamiento de ser Cristo el Mesías, y esperan de Él nuevos prodigios. Pero ignoran en qué consistan, y no rebasan la esperanza de un provecho material. Pero ese “pan,” que aún no habían discernido lo que fuese, se les revela de pronto: “Yo soy el pan de vida” (v.35).

Respecto al versículo 6,35, es la evocación del banquete de la Sabiduría (Pro 9:5; Isa 55:1.2). La Sabiduría invita a los hombres a venir a ella, a incorporarse a su vida. Así Cristo se presenta aquí evocando la Sabiduría. Es Cristo la eterna Sabiduría (Jn 1:3.4.5), a la que hay que venir, incorporarse y vivir de El (Jn 15:5; Jn 7:37.38).

Por eso, “el que está creyendo” en El en un presente actual y habitual, como lo indica el participio de presente en que está expuesta la fe del creyente, éste está unido a Cristo, Sabiduría y Vida, por lo que, nutriéndose de Él, no tendrá ni más hambre ni sed, de lo que es verdadera hambre y sed del espíritu (Isa 5:49.10; Isa 55:1-3; Pro 9:5).

G. Zevini, Lectio Divina (Jn): Jesús y el pan de vida que desciende del cielo

Lectio divina para la vida diaria. Verbo Divino, Navarra (2010), pp. 161-167

La Palabra se ilumina

La muchedumbre, a pesar de las distintas pruebas aportadas por Jesús, no se siente satisfecha ni con sus signos ni con las palabras con las que ha intentado iluminar sus mentes y sus corazones. Pide aún garantías para poder creerle. Pone condiciones antes de adherirse a él plenamente (v. 30). El milagro de los panes que había hecho un día antes no es suficiente. Para que puedan creer en el Mesías como enviado de Dios hace falta un signo particular y más estrepitoso que los ya hechos, que demuestre que Jesús renueva los prodigios de Moisés y que, por consiguiente, es superior a él. La ironía está en que piden un signo cuando la misión de Jesús ya se muestra rica en milagros. 

Si sus oyentes piden la pura repetición del milagro del maná, eso significa que no han comprendido el alcance espiritual y profético contenido en su símbolo. El maná, que cada día bajaba del cielo y alimentaba al pueblo de Israel en el desierto, no lo había dado Moisés, ni mucho menos era el pan del cielo. Era sólo una imagen imperfecta y pasajera de éste, porque el verdadero pan del cielo lo había dado el Padre de Jesús y expresa el mismo amor de Dios por los hombres (v. 32). Más aún, el pan de Dios coincide con la persona de Jesús, que ha venido al mundo procedente de Dios, como don suyo (cf. 1,11.14; 3,16) y fuente de vida (5,26). 

La nueva incomprensión lleva a Jesús a enfrentarse directamente al tema de su identidad con afirmaciones explícitas que ponen a los hombres ante opciones concretas. En efecto, precisa de una manera que no deja lugar a equívocos: « Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed» (v. 35). Él es el pan venido del cielo para sostener al nuevo pueblo de Dios. Él es el don de amor hecho por el Padre a cada hombre, peregrino en el desierto del mundo. Él es la Palabra que deben creen para gustar la vida eterna (cf. Gn 2,9; 3,22-24; Prov 11,30; 13,12; 15,14). 

La Palabra me ilumina

Las revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» (v. 35), «Yo he bajado del cielo» (v. 38)- provocan disentimiento y protestas entre la muchedumbre, que se vuelve hostil y murmura contra el Maestro. Es demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo. Jesús, con su respuesta, intenta evitar una discusión inútil con los que le escuchan y les ayuda a reflexionar sobre la dureza de su corazón. A continuación, eleva el discurso a un nivel superior, el de Dios, enunciando las condiciones necesarias para creer en él. 

La primera es la de ser atraído por el Padre (v. 44). La atracción del Padre es un don hecho al hombre que empuja hacia Jesús al que lo recibe: nadie puede ir al Verbo hecho carne si no le atrae el Padre. La segunda condición es la docilidad ante Dios (v. 45a). Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo y no oponerse a es ta atracción del Padre. La tercera condición es la escucha del Padre (v. 45b): estamos ante la enseñanza interior del Padre y ante la enseñanza de la vida de Jesus. Para ser enseriados por el Profeta de Nazaret es preciso ser instruido por Dios. Ahora bien, ser instruidos por Dios coincide con el dejarse «atraer» por Jesus (12,32). 

En este punto del discurso el texto presenta una nueva revelación, una revelación que ilumina el misterio: quien come a Jesus-pan no muere. Es preciso comer el pan vivo bajado del cielo para sobrevivir y entrar en comunión íntima con Jesus. La revelación divina consiste en el pan que contiene la eficacia de comunicar vida mas allá de la muerte. Es Jesús-pan de vida el que da la inmortalidad a quien se alimenta de el, a quien interioriza su Palabra en la fe y asimila su vida. La escucha interior de Jesus es alimentarse del pan celeste y saciar el hambre que cada hombre tiene en sí mismo. La vida eterna que tendrán los que se alimenten de este pan será la resurrección, la participación definitiva de toda la realidad humana en la vida trinitaria de Dios. 

La Palabra en el corazón de los padres

Cada vez que el santo evangelista nos recuerda que el Señor sufrió y obro humanamente, el conocimiento de los hombres carnales se descompone como un mar en tempestad, puesto que los espíritus débiles no son capaces de escuchar y distinguir. La infeliz y detestable maldad, siempre dispuesta a contestar más que a creer, se e inducida con prontitud por los milagros divinos no a la fe, sino a la calumnia. Desprecia la doctrina, de la que se sorprende, preguntándose de dónde procede, maliciosamente curiosa o lamentosa, sospechosa ante el bien, excesivamente dispuesta a lo que es dañoso; no lleva cuidado con los mandamientos, que, no obstante, aprueba, yéndose por las ramas ante Dios, propensa a los ídolos, cavilosa en las cuestiones divinas, rebelde a la profecía, contraria a la verdad, ruinosamente crédula a los presagios y a los embustes. 

Moisés habla realizado muchos prodigios, Elias había hecho ver grandísimas pruebas de sus poderes, y Eliseo no había hecho empresas diferentes: ¿por qué nadie pone en discusión su figura? ¿Por qué nadie plantea el problema de su condición? ¿Por qué nadie buscó con la misma curiosidad de donde vengan, quienes eran, donde y en nombre de quien hicieron esos prodigios? Solo se juzga a este, que no quiso juzgar para no castigar; se examina con facciosa severidad al que no pidió nada para conceder el perdón. Y aunque el único que no tenía culpa encontró a todos culpables, prefirió acogerlos mediante un juicio de inmensa misericordia antes que pronunciar una sentencia, a fin de restituir a los mortales, pagando por ello el precio de su vida, la vida que perdieron en un tiempo. Como dice el apóstol, es verdaderamente grande el misterio de la piedad que se manifiesta en nuestra carne (Pedro Crisólogo, Sermo 49, 1-3; edición italiana, Sermoni, Milan-Roma 1996, 339-341). 

Caminar con la Palabra

Jesús presentó la nueva realidad divina con tanta crudeza que sus oyentes no sólo quedaron impactados, sino incluso descompuestos. La protesta no se dirigía aún contra el misterio de la eucaristía, puesto que todavía no había sido anunciado, sino contra la pretensión de Jesús de ser el pan de la fe, la verdad eterna. Sin embargo, Jesús no mitiga lo que ha dicho, ni tampoco intenta aclararlo. Todos se sienten angustiados, pero Jesús no acude en su ayuda. Se trata de una cuestión de vida o de muerte: o están dispuestos a acoger la verdadera revelación, que descompone inevitablemente a la razón humana, o exigen juzgar la posibilidad de la revelación según sus presupuestos. Ninguna palabra de ayuda o explicación; sólo la petición de decidirse. 

Cristo dice que quiere entregarse a nosotros, que quiere llegar a ser sustancia y fuerza de nuestra vida. Y no en un sentido espiritual, simbólico, sino real: verdadera carne, verdadera sangre, verdadera comida y bebida. Este es el punto crucial de la fe, la angostura a través de la cual debe pasar la fe si pretende alcanzar la libertad de su esencia completa. Y la experiencia demuestra que cuantos niegan esta realidad, lo niegan todo. Niegan la Iglesia, la encarnación, la Trinidad; niegan que Cristo sea el Hijo de Dios. Esta es realmente la prueba suprema de la fe. El hombre debe estar dispuesto a superar su propio sentimiento, pues, de lo contrario, «no conseguirá entrar en el Reino de Dios». Los criterios se invierten. Sólo cuando advertimos la gravedad de la decisión y hemos superado el peligro de la rebelión, se abre el milagro del misterio y se hace justicia a la naturaleza ínsita en él -que el amor se realice no sólo entregando lo que le es propio, sino a sí mismo-. Ningún tipo de amor terreno llega a su realización cabal. Cuando el hombre ama de verdad, debe querer más de lo que pueda. En esto se manifiesta el hecho, de que Dios no sólo ama, sino que «es amor», como dice Juan. El es el único que no sólo quiere, sino que puede «amar hasta el extremo». Por eso quiere hacerse alimento del hombre con todo su ser. Sólo él lo puede (R. Guardini, II testamento di Gesú, Milán 1993, 158-162, passim). 

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