Domingo XXVI Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XXVI del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Núm 11, 25-29 : ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!
-Salmo: 18, 8-14 : R. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
-2ª Lectura: Sant 5, 1-6 : Vuestra riqueza está corrompida.
+Evangelio: Mc 9, 38-43.45.47-48 : El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Juan Crisóstomo, obispo

Obras: Si tu mano y tu pie te escandalizan.

Obras de San Juan Crisóstomo, B.A.C., Madrid, 1956, pg. 234-258.

Cómo hay que entender de que haya escándalos

1. Y si es forzoso que vengan escándalos, ¿por qué maldice Cristo al mundo -nos pudiera decir alguno de nuestros contrarios-, cuando debiera ayudarle y tenderle la mano? Eso sería obra de médico y bienhechor; lo otro está al alcance de cualquiera. ¿Qué podemos responder a una lengua tan desvergonzada? ¿Y qué remedio buscas tú comparable al que ha procurado Él al mundo? Siendo Dios, se hizo hombre por ti, tomó la forma de siervo, sufrió las mayores ignominias y nada omitió de cuanto a Él le tocaba hacer. Mas ya que nada consigue con esos ingratos, los maldice, pues después de tantos cuidados se quedaron en su enfermedad. Es como si un médico, después de prodigar a un enfermo toda suerte de cuidados y que no ha querido someterse a las leyes de la medicina, dijera lamentándose: ¡Infeliz de fulano por su enfermedad, que él mismo ha agravado por su negligencia! Ahora, que el médico nada conseguiría con sus lamentos; mas aquí, el lamentarse mismo, el predecir lo que ha de suceder y hasta las maldiciones son una especie de medicamento. Muchos, en efecto, que no hicieron caso alguno a los consejos, lo han hecho a las lágrimas. Esa es la razón principal del ¡ay! del Señor. Lo que Él quiere es despertarlos, incitarlos a la lucha, hacerlos vigilantes. Juntamente con ello, muéstranos su benevolencia para con ellos mismos y su propia mansedumbre, pues llora por quienes le contradicen, y no sólo porque está disgustado, sino también porque quiere corregirlos con su llanto y con su predicción a fin de volvérselos a ganar. ¿Y cómo es eso posible? -me dirás-. Porque si es forzoso que vengan escándalos, ¿cómo será posible evitarlos? Lo es ciertamente. Porque si es forzoso que vengan escándalos, no es forzoso absolutamente que hayamos de perdernos. Es como si un médico dijera (no hay inconveniente en valernos nuevamente del mismo ejemplo): Es forzoso que venga tal enfermedad; pero, con cuidado, no es absolutamente forzoso morir de ella. Al hablar así el Señor, entre otros fines, como ya he dicho, tenía el de despertar a sus discípulos. No quería que vivieran dormitando, como si los enviara a un mundo en paz y tranquilo; de ahí el mostrarles las muchas guerras, de fuera y de dentro, que les esperaban. Que es lo que Pablo declaraba al decir: De fuera, luchas; de dentro, temores. Peligros de parte de los falsos hermanos. Y dirigiendo la palabra a los milesios, les decía: Se levantarán algunos de entre vosotros hablando cosas extraviadas.

Y Cristo mismo decía: Los enemigos del hombre son los de su propia casa 3. Por lo demás, al hablar de necesidad, no quita lo espontáneo de nuestra voluntad ni la libertad de nuestra determinación. No, no dice el Señor que la vida esté sometida a una especie de fatalidad de las cosas, sino que predice simplemente lo que de todos modos ha de suceder. Es lo que Lucas expresa con otra expresión, cuando dice: Inevitable es que no vengan escándalos 4. ¿Y qué son los escándalos? Los tropiezos que se ponen en el camino recto. Así llaman en el teatro a los que son particularmente hábiles en armar a otros una zancadilla. No es, pues, la profecía del Señor la que trae los escándalos. ¡Dios nos libre de tal pensamiento! Ni suceden aquéllos porque Él los predijo. No. Él los predijo porque de todos modos habían de suceder. Porque si quienes los producen no quisieran obstinarse en su maldad, ni siquiera vendrían escándalos; y de no haber de venir escándalos, tampoco los hubiera el Señor predicho. Mas como aquellos hombres se obstinaron en su maldad y su enfermedad se hizo incurable, los escándalos vinieron y el Señor predijo los que habían de venir. -Y si aquéllos-me dices-se hubieran corregido y no hubiera nadie que produjera un escándalo, ¿no quedaría convicta de mentira esta palabra del Señor? – ¡De ninguna manera! Porque en tal caso no se hubiera dicho. Si todos habían de corregirse, no hubiera dicho: Es forzoso que vengan escándalos. Mas como Él sabía que de su cosecha eran incorregibles, de ahí que dijera que absolutamente vendrían escándalos. -¿Y por qué no los quitó Él mismo?-me dirás ¿Y por qué razón los había de quitar? ¿Por razón de los que reciben daño del escándalo? Mas los que se pierden no es por daño que del escándalo reciban, sino por su propia negligencia. La prueba está en los que practican la virtud, que no sólo no reciben de ahí daño alguno, sino que sacan los mayores provechos. Tal Job, tal José, así todos los justos y apóstoles. Y si muchos han perecido, la culpa ha sido de su sueño.

De no ser así, de depender la perdición exclusivamente de los escándalos, todos tendríamos que perdernos. Mas puesto que hay quienes los huyen, el que no los huye, échese a sí mismo la culpa. Porque los escándalos, como ya he dicho, nos despiertan, nos hacen más penetrantes, nos afinan; lo que se aplica no sólo al que se guarda de ellos, sino al que, después de caer, se levanta rápidamente, pues le hacen andar con más cuidado y es más difícil que le sorprendan nuevamente. De manera que, si andamos vigilantes, no es pequeño el provecho que de ahí reportaremos: el estar constantemente alerta. Porque si aun en medio de los enemigos, cuando tantas tentaciones nos asedian, estamos dormidos, ¿qué haríamos en una vida de completa seguridad? Contemplad, si os place, al primer hombre. Muy poco tiempo, quizá ni un día entero, estuvo en el paraíso y gozó de sus delicias, y vino a dar en tanta maldad, que soñó en hacerse igual a Dios y tuvo por bienhechor al embustero, y no soportó ni un solo mandamiento. ¿Qué hubiera hecho si el resto de su vida lo hubiera pasado sin trabajo alguno?

“Si tu mano o tu pie te escandalizan…”

4. En fin, por que comprendáis que el escándalo no viene por necesidad, escuchad lo que sigue. Después de lanzar el Señor sus ayes, prosigue así: Si tu mano o tu pie te escandalizan, córtatelos y arrójalos de ti; porque mejor es que entres en la vida cojo y manco que no, con tus dos pies y tus dos manos, ser arrojado al fuego eterno. Y si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y échalo de ti; pues mejor es que entres con un solo ojo en la vida que no, con tus dos ojos, ser arrojado al horno de fuego. En todo esto no habla el Señor de los miembros del cuerpo, ni mucho menos. A quienes se refiere es a los amigos, a los allegados, que nos pudieran ser tan necesarios como un miembro de nuestro cuerpo.

Lo mismo que antes había dicho, lo repite ahora. Nada hay, en efecto, más pernicioso que una mala compañía. Lo que no puede la violencia, muchas veces lo consigue la amistad, lo mismo para bien que para mal. De ahí la energía con que nos manda el Señor cortar de raíz a quienes nos dañan, dándonos bien a entender que ésos son los que nos traen los escándalos. Mirad, pues, cómo por el hecho de predecir que forzosamente han de venir escándalos, el Señor trató de prevenir el daño que podían producir. De este modo a nadie habían de sorprender en su tibieza. Puesto que hay que contar con ellos, hay que estar vigilantes, pues Él nos mostró cuán grandes males eran. Porque no dijo simplemente: ¡Ay del mundo por los escándalos!, sino que mostró también el grave daño que de ellos se sigue. Además, por el hecho de lamentarse con un ¡ay! de aquel que da los escándalos, aun nos pone más patente cuán desastrosos son para las almas. Porque decir: Sin embargo, ¡ay de aquel hombre…!, bien claro da a entender el grande castigo que le espera. Y no es eso solo. Luego viene el ejemplo de la muela movida por un asno, que es otro modo de aumentar el temor. Mas ni aun con eso se contenta el Señor, sino que nos muestra la manera como hay que huir de los escándalos.

¿Qué manera es ésa? “Corta-nos dice-toda amistad con los malos, por muy queridos que pudieran serte”. Y nos presenta un razonamiento irrefutable. Porque si sigues en su amistad, a ellos no los ganarás, y, sobre perderse ellos, tú también te perderás. Mas si cortas la amistad, por lo menos aseguras tu propia salvación. En conclusión, si alguien con su amistad te daña, córtalo de ti. Porque si muchas veces cortamos uno de nuestros miembros por no tener él remedio y dañar, en cambio, a los otros, mucho más hay que hacer eso con los amigos. Ahora bien, si el mal fuera cosa natural, toda esta exhortación estaría de más; de más que el Señor nos aconseje y que nos ponga en guardia por medio de todo lo anteriormente dicho. Pero si nada de eso está de más, como realmente no lo está, síguese evidentemente que el mal depende de la voluntad.

No despreciar a los pequeñuelos

Mirad no despreciéis a uno solo de estos pequeños. Porque yo os digo que los ángeles de ellos ven continuamente la faz de mi Padre, que está en los cielos. Pequeños llama no a los que realmente lo son, sino a los que son tenidos por tales entre el vulgo: a los pobres, a los despreciados, a los que nadie conoce. Porque ¿cómo pudiera ser pequeño el que vale por el mundo entero? ¿Cómo pudiera ser pequeño quien es amigo de Dios?

No; aquí llama así el Señor a los que son tenidos por pequeños en opinión del vulgo. Y habla no de menospreciar a muchos, sino de no despreciar ni a uno solo, lo que era poner otra muralla contra el daño de los escándalos. Porque al modo que huir de los malos es provecho muy grande, así lo es también honrar a los buenos; y aun en esto, si lo miramos bien, hallaremos doble ventaja: primera, cortar la amistad de los que nos escandalizan; y segunda, tributar el debido culto y honor a esos santos. Otro motivo pone seguidamente el Señor para hacernos respetuosos con los pequeños, a saber: Que los ángeles de ellos están constantemente contemplando la faz de mi Padre, que está en los cielos.

De donde evidentemente se sigue que los santos tienen cada uno su ángel en el cielo. Y, en efecto, el Apóstol dice acerca de la mujer que debe tener cubierta su cabeza por respeto a los ángeles. Y Moisés: Señaló los términos de las naciones conforme al número de los ángeles de Dios. Mas aquí no habla sólo de ángeles, sino de los más eminentes entre los ángeles. Y al decir: La faz de mi Padre, no otra cosa quiere decir sino su particular confianza y preeminente honor.

(…)

El celo por la corrección de nuestros hermanos no ha de desfallecer jamás

6. -Es verdad me dices-. Pero es que mi hermano en la fe es un malvado, y el otro, judío o gentil, es bueno y modesto. -¿Qué dices? ¿Malvado llamas a tu hermano, tú, que tienes mandado no llamarle ni “rata”, es decir, tonto? ¿No te avergüenzas, no te ruborizas de infamar públicamente a tu hermano, el que es miembro tuyo, que salió del mismo seno, que participa de la misma mesa? Si tienes un hermano carnal, por muchos males que haga, todo tu empeño es defenderle y tienes por tuya su deshonra. A tu hermano espiritual, en cambio, a quien habrías de defender de la calumnia, eres tú el que le abrumas de acusaciones sin término y le calificas no menos que de malvado. -Es que realmente es un malvado y no hay quien lo soporte. -Pues hazte justamente amigo suyo para que deje de ser como es, para convertirle, para llevarle a la virtud. -Es que no me hace caso-me dices-ni aguanta un consejo. -¿Cómo lo sabes? ¿Le has exhortado e intentado corregirle? -Le he exhortado muchas veces-me contestas-. – ¿Cuántas? -Muchas; una y otra vez. – ¡Caramba! ¿Eso son muchas veces? Aun cuando lo hubieras hecho durante toda tu vida, no habías de cansarte ni desesperarte.

¿No ves cómo Dios nos exhorta durante toda la vida por medio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas? Pues bien, ¿es que lo cumplimos todo y le hacemos caso en todo? ¡Ni mucho menos! ¿Ha dejado Él por eso de exhortarnos? ¿Ha guardado silencio? ¿Acaso no sigue diciéndonos diariamente: No podéis servir a Dios y a Mammón? Y, sin embargo, en muchos aumenta diariamente la avaricia y tiranía del dinero. ¿No clama Él diariamente: Perdonad y se os perdonará, y nosotros somos cada día más feroces? ¿No nos exhorta constantemente a dominar la concupiscencia y a vencer el placer deshonesto, y muchos se revuelcan peor que cerdos en este pecado? Él, sin embargo, no por eso cesa de hablarnos. ¿Por qué, pues, no considerar y decirnos a nosotros mismos que también Dios nos habla continuamente y no porque en muchas cosas le desobedezcamos deja de hablarnos? Por eso decía el Señor: Pocos son los que se salvan. Porque si no basta para la salvación nuestra propia virtud, sino que hemos de salir del mundo después de ganar también a otros, ¿qué nos pasará si no nos salvamos ni a nosotros mismos ni a los demás? ¿Qué esperanza tendremos ya de salvación?

Nos preocupamos de lo ajeno a nosotros mismos

Mas ¿a qué acusarnos del descuido por los extraños, cuando no hacemos siquiera caso de nuestra misma familia, de la mujer, de los hijos y de los esclavos? A modo de borrachos, nos ocupamos en unas cosas por otras: nuestros esclavos, que sean lo más numerosos posible y nos sirvan con el mayor cuidado; los hijos, a ver cómo les dejaremos más pingüe herencia; la mujer, que tenga oro, vestidos lujosos y perlas. No nos preocupamos de nosotros mismos, sino de las cosas de nosotros mismos, como tampoco miramos ni proveemos por la mujer, sino por las cosas de la mujer; ni por los hijos, sino por las cosas de los hijos. Hacemos como el otro que, teniendo una casa en ruinas, con las paredes que se tambalean, no se preocupa de levantarlas o reforzarlas, sino que construye una gran cerca en derredor de la casa. O como el que, teniendo su cuerpo enfermo, no se preocupara de curarlo, sino que se entretuviera en tejerle vestidos de oro. O el que, teniendo a la señora enferma, anduviera muy afanado en atender a las sirvientas, a los telares, a los utensilios de casa y a todo lo demás, y dejara a aquélla tendida y entre gemidos. Tal es lo que nos acontece ahora. Tenemos el alma enferma y en lamentable estado, la domina la ira, se desata en injurias, se consume de torpes deseos, la lleva la vanagloria y la disensión, se arrastra por el suelo, la desgarran manadas de fieras, y nosotros, dejando a un lado el arrojar a todas esas fieras, nos preocupamos de la casa y de los criados de la casa.

Si un oso, burlando la vigilancia, se escapa de la jaula, al punto cerramos las puertas, corremos por las calles por miedo de caer en las garras de la fiera; ahora, empero, que no es una sola fiera, sino pensamientos mil como fieras los que desgarran nuestra alma, ni nos damos cuenta de ello. En las ciudades se pone mucho cuidado de tener las fieras en lugar apartado y encerradas en sus jaulas, y no se las deja en las cercanías del consejo de la ciudad, ni de los tribunales, ni del palacio imperial. Allá se las tiene, bien atadas, lejos de todos esos lugares. En el alma, empero, las fieras suben donde está el consejo, donde el tribunal, donde el palacio real mismo, y junto a la razón misma, junto al mismo trono del rey, están bramando y alborotando. De ahí que todo está trastornado de arriba abajo, todo lleno de turbación: lo de fuera a par de lo de dentro, y poco nos diferenciamos, cualquiera de nosotros, de una ciudad saqueada por los bárbaros. No parece sino que una serpiente se ha metido en un nido de pájaros, y todos chillan y vuelan aterrados y llenos de turbación, sin hallar refugio a su angustia.

Contra el desenfreno de la juventud

7. Por eso yo os exhorto: matemos a esa serpiente, encerremos las fieras, ahoguémoslas, degollémoslas, atravesemos esos malos pensamientos con la espada del espíritu, a fin de que no nos amenace a nosotros el profeta como amenazó a la tierra de Judea: Allí saltarán onocentauros y erizos y dragones. Porque hay, hay, sí, entre nosotros hombres peores que esos onocentauros, que viven como en desierto y tiran coces; y tal es la mayor parte de nuestra juventud. Y, en efecto, dominados por salvaje concupiscencia, como ellos saltan, como ellos cocean y corren sin freno, sin la más leve idea de sus deberes. Y los culpables son sus padres. Éstos obligan a sus caballerizos a que rijan con mucho cuidado sus caballos y no consienten que éstos adelanten mucho en edad sin someterlos a doma, y desde el principio les ponen freno y demás arreos. A sus hijos jóvenes, empero, los dejan por mucho tiempo ir sin freno por todas partes, perdida la castidad, deshonrándose en deshonestidades y juegos y perdiendo el tiempo en esos teatros de iniquidad. Su deber sería, antes de que se dieran a la fornicación, entregarlos a una esposa casta y prudente, que apartaría al hombre de todo trato ilícito y sería como un freno para ese potro de la juventud. Las fornicaciones, los adulterios, no tienen otro origen sino el andar suelta la juventud. Porque, de tener una mujer prudente, se preocuparía de su casa, por su honor y por su reputación. -Pero mi hijo es aún joven-me dices-. -Lo sé también yo perfectamente. Pero si Isaac tomó esposa a los cuarenta años de edad y todo ese tiempo guardó castidad, con mucha más razón debieran ejercitar esa filosofía los jóvenes que viven bajo la gracia. Pero ¿qué queréis que diga?

Vosotros no consentís en vigilar y cuidar su castidad, sino que permitís que se deshonren y se manchen y se cubran de ignominia, y no caéis en la cuenta que el bien del matrimonio es guardar puro el cuerpo. Si eso se le quita, el matrimonio no tiene razón de ser. Vosotros, empero, hacéis todo lo contrario. Cuando los jóvenes están llenos de manchas de deshonor, entonces es cuando los lleváis al matrimonio, sin razón ya ni motivo. -Es que hay que esperar-me dices-a que adquiera nombre y brille en las cosas políticas. -Sí; pero de su alma no hacéis cuenta alguna, sino que consentís que se arrastre por el suelo. Por eso justamente, porque el alma se tiene por cosa accesoria, porque se descuida lo necesario y todo el afán y providencia se va por lo despreciable, todo está lleno de confusión, de turbación y de desorden.

¿No sabes que no puedes hacer a tu hijo favor comparable al de guardar su cuerpo limpio de la impureza de la fornicación? Nada hay, en efecto, tan precioso como el alma. ¿Qué le aprovecha al hombre-dice el Señor-ganar todo el mundo, si sufre daño en su alma? Pero todo lo ha trastornado, todo lo ha echado por tierra el amor del dinero, que ha desterrado el verdadero temor de Dios y se ha apoderado de las almas de los hombres, como un tirano de una ciudadela. Ésa es la razón, ésa, por que descuidamos la salvación de nuestros hijos y la nuestra propia, sin otra mira que enriquecernos más y más y dejar a otros la riqueza, para que éstos se la dejen a otros, y éstos a otros, con lo que no parece sino que somos meros transmisores, no dueños, de nuestros bienes.

De ahí la inmensa insensatez; de ahí que los hombres libres estén más vilipendiados que míseros esclavos. Porque por lo menos a los esclavos, si no por interés de ellos, sí por el nuestro, los reprendemos de sus faltas; pero los hombres libres no gozan de esta providencia, sino que se los tiene en menos que a los mismos esclavos.

San Agustín, obispo

Obras: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!

Obras completas de San Agustín, B.A.C., Madrid, 1983, pg. 452-462.

1. Las divinas lecturas que hemos escuchado hace poco cuando se leyeron, nos invitan a conseguir la fortaleza de las virtudes y a fortificar el corazón cristiano frente a los escándalos que han sido predichos. Todo ello fruto de la misericordia de Dios. En efecto, ¿qué es el hombre, dice, si no te acuerdas de él? ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Son palabras del Señor, palabras de la Verdad; nos amedrenta y amonesta y no quiere que seamos incautos, pues no nos ha hecho hombres sin esperanza. Contra este Ay, es decir, contra este mal temible, tremendo y del que se debe huir, nos consuela, nos exhorta y nos instruye la Escritura en aquel lugar en que dice: paz abundante a los que aman tu ley y no hay en ellos escándalo. Mostró el enemigo del que se debe huir, pero no cesó de mostrar el muro fortificado. Al escuchar ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!, pensabas en el lugar a donde ir fuera del mundo para no sufrir los escándalos. Por tanto, en orden a evitar esos escándalos, ¿a dónde irás fuera del mundo, si no huyes hacia quien hizo el mundo? ¿Cómo podemos refugiarnos en quien hizo el mundo si no escuchamos su ley que se predica por doquier? Poca cosa es oírla si no se la ama. No dice la Escritura, ofreciendo seguridad frente a los escándalos: “Paz abundante para los que oyen tu ley”. No son justos ante Dios los oyentes la misma, y dado que la fe obra por el amor, dijo: Paz abundante para quienes aman tu ley y no hay en ellos escándalo. Va también de acuerdo con esta frase lo que hemos cantado al escuchar y responder: Los mansos, en cambio, poseerán la tierra en heredad y se deleitarán en la abundancia de la paz, porque paz abundante a los que aman tu ley. Los mansos son, en efecto, los que aman la ley de Dios. Dichoso el varón a quien tú instruyeres, Señor, y le adoctrinares con tu ley, para mitigarle los malos días, mientras se cava la fosa para el pecador. ¡Qué diversas parecen las palabras de la Escritura y, sin embargo, de tal manera concuerdan y
confluyen en un solo parecer, que, sea lo que sea lo que puedas oír de aquella fuente abundantísima, te hallas de acuerdo también tú, amigo, concorde con la verdad, lleno de paz, fervoroso en el amor y fortalecido contra los escándalos!

2. Se nos ha propuesto, pues, ver o buscar o aprender cómo debemos ser mansos; y en lo que he recordado hace poco de las Escrituras se nos amonesta a encontrar lo que buscamos Preste vuestra caridad un poco de atención; se trata de una cosa importante: del ser mansos; cosa necesaria ante la adversidad. Pero no se da el nombre de escándalos a las adversidades de este mundo; advertid qué son los escándalos. Por ejemplo: un cierto señor se encuentra bajo la presión de una necesidad urgente. No radica el escándalo en estar cercado por las presiones. También los mártires fueron presionados por algún aprieto, pero no oprimidos. Cuídate del escándalo, pero no de la presión. La presión te aprieta, el escándalo te oprime. ¿Qué diferencia existe entre la presión y el escándalo? En el primer caso te preparas a mantener la paciencia, a tener constancia, a no abandonar la fe, a no consentir al pecado. Si lo haces ahora o en el futuro, ninguna presión te conducirá a la ruina; al contrario, tendrá en ti la misma función que tiene en el lagar: no se busca machacar la aceituna, sino destilar el aceite. Finalmente, si en esa tribulación alabas a Dios, ¡cuán útil es esta prensa, mediante la cual mana de ti ese licor! Estaban sentados y atados los Apóstoles como en una prensa y en ella cantaban un himno a Dios. ¿Qué se estrujaba? ¿Qué destilaba? Estaba bajo una gran prensa Job en medio de estiércol, necesitado, sin ayuda, sin riquezas, sin hijos; lleno, pero de gusanos, lo cual pertenece ciertamente al hombre exterior. Mas puesto que interiormente estaba lleno de Dios, le alababa y aquella situación no le servía de escándalo.

¿Dónde, pues, está el escándalo? Cuando se le acerca la mujer y le dice: Di algo contra Dios y muérete. En efecto, después de haberle quitado todas las cosas el diablo, ya ejercitado, se le dejó a Eva, no a consuelo, sino para tentación del varón. He ahí el escándalo. Exageró sus miserias, sumadas las suyas a las de él, y comenzó a persuadirle que blasfemase. Pero él, que era manso, porque Dios le había adoctrinado con su ley y había suavizado sus días malos, en cuanto amante de la ley de Dios, tenía gran paz en su corazón y no había para él escándalo. Ella sí era escándalo, pero no para él. Por tanto, observa a este hombre manso; obsérvale instruido en la ley de Dios, y me refiero a la ley eterna, pues la ley dada a los judíos en las tablas aún no existía entonces, pero permanecía todavía en los corazones de los piadosos la ley eterna, en la que se inspiró la otra ley dada al pueblo. Puesto que la ley de Dios le había suavizado los días malos y en cuanto amante de esa misma ley gozaba de gran paz en su corazón, pon atención a su mansedumbre y a su respuesta. Aprende aquí lo que te propuse, a saber, quiénes son los mansos. Has hablado, dijo, como una mujer insensata. Si recibimos de la mano de Dios las cosas buenas, ¿no vamos a soportar las malas?

3. Hemos escuchado con un ejemplo quiénes son los mansos; definámoslos con palabras, si podemos. Son mansos los que en todas las acciones buenas, en cuanto de bien hacen, lo único que les agrada es Dios y en los males que sufren no les desagrada. ¡Ea, hermanos! ; considerad esta regla, esta norma; midámonos por ella, busquemos crecer hasta llenarla cumplidamente. ¿De qué sirve el que plantemos y reguemos, si Dios no da el incremento? Ni quien planta, ni quien riega es algo, sino Dios que da el crecimiento. Escucha tú que quieres ser manso, que quieres ver suavizados los días malos, que amas la ley de Dios; para que no haya en ti escándalo, y te llenes de paz abundante; para poseer la tierra y deleitarte en la abundancia de la paz, escucha tú que quieres ser manso. No te complazcas en cuanto de bueno haces, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Por tanto, en cualquier cosa buena que hagas, sea Dios lo único en agradarte; en cualquier mal que sufras, no te desagrade. ¿Qué más? Haz esto y vivirás. No te engullirán los días malos y evitarás lo dicho: ¡Ay del mundo por los escándalos! ¿A qué mundo se refiere sino a aquel del que se dijo: Y el mundo no lo conoció? No se trata del mundo del que se dijo: Dios estaba reconciliando consigo el mundo en Cristo. Hay un mundo malo y un mundo bueno. El mundo malo son todos los malos del mundo; el bueno, todos los buenos. De idéntica forma solemos hablar respecto al campo. “Este campo está repleto”. ¿De qué fruto? De trigo. De igual manera decirnos, y con idéntica verdad: “Este campo está lleno de paja”. Ante un árbol uno dice: “Está lleno de fruto”; otro, en cambio: “Está lleno de hojas”. Y tanto el que dice que está lleno de fruto como quien afirma que está lleno de hojas dicen la verdad.

Ni la multitud de hojas quitó su lugar al fruto, ni la plenitud del fruto quitó su lugar a las hojas. De ambas cosas está lleno; pero una cosa tanto, cuando escuchas: ¡Ay del mundo por los escándalos!, no te asustes; ama la ley de Dios y no habrá escándalo para ti.

4. Pero se acerca la mujer sugiriendo no sé qué mal. La amas como debe amarse a la esposa, como miembro tuyo que es. Mas si tu ojo te escandaliza, si tu mano te escandaliza, si tu pie te escandaliza, como oíste en el Evangelio, córtalos y arrójalos lejos de ti. Quien te es muy querido, aquel a quien tienes en mucho aprecio considéralo grande, considéralo como miembro tuyo querido mientras no comience a escandalizarte, es decir, a persuadirte algún mal. Oíd que esto es el escándalo. Hemos puesto como ejemplo a Job y a su esposa; pero allí no aparece la palabra escándalo. Escucha el Evangelio: Cuando el Señor se puso a hablar de su pasión, Pedro comenzó a disuadirle de padecer. Retírate, Satanás, porque eres para mí escándalo. De esta forma el Señor, que te dio ejemplo de cómo vivir, te enseñó en qué consiste el escándalo y el modo de precaverse de él. Habiéndole dicho antes: Dichoso eres, Simón Bar Jona, había manifestado que era miembro suyo. Pero cuando comenzó a servirle de escándalo, cortó el miembro; luego lo rehízo y lo repuso. Por tanto, será escándalo para ti quien comience a persuadirte algún mal. Y entiéndalo bien vuestra caridad: esto acontece la mayor parte de las veces no por malignidad, sino por una perversa benevolencia. Por ejemplo, te ve tu amigo, que te ama y a quien amas, tu padre, tu hermano, tu hijo, tu esposa. Te ve, digo, en el mal y quiere hacerte malo. ¿Qué es verte en el mal? Verte en alguna tribulación. Quizá la sufres por causa de la justicia; quizá la sufres porque no quieres proferir un falso testimonio. Lo he dicho a modo de ejemplo. Estos abundan, puesto que ¡ay del mundo a causa de los escándalos! Por ejemplo: un hombre poderoso, para alcanzar su botín y lograr su rapiña, te pide el servicio del falso testimonio. Tú te niegas. niegas la falsedad, para no negar la verdad. Para no perder tiempo, él se enfurece y, siendo poderoso, te apremia. Se acerca tu amigo que no desea verte en tal aprieto con estas palabras: “Te lo suplico, haz lo que te dice: ¿qué importancia tiene?” Quizá se repite lo de Satanás al Señor: Está escrito de ti que te enviará a sus ángeles para que tu pie no tropiece. Quizá también este amigo tuyo, como ve que eres cristiano, quiere persuadirte con testimonios de la ley a que hagas lo que él piensa que debes hacer. “Haz lo que dice”. “¿Qué?” “Lo que él desea”. “Pero se trata de una mentira, de una falsedad”. “¿No has leído que todo hombre es mentiroso?” He aquí ya el escándalo. Se trata de tu amigo; ¿qué has de hacer? Es tu mano, tu ojo: Arráncalo y arrójalo lejos de ti. ¿Qué significa arráncalo y arrójalo lejos de ti? No consientas. Arráncalo y arrójalo lejos de ti significa no consentir. Los miembros de nuestro cuerpo, por la cohesión, forman una unidad, por la cohesión viven, y por la cohesión se unen entre sí. Donde hay disensión hay enfermedad o herida. Por tanto dado que es tu miembro, lo amas; pero si te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti. No consientas; aléjalo de tus oídos, acaso corregido vuelva.

5. ¿Cómo hacer lo que digo de cortar, arrojar y, tal vez, corregir? ¿Cómo lo has de hacer? Responde. Con palabras de la ley quiso persuadirte a que mintieras. El te dice: “Dilo”. Quizá ni se ha atrevido a decir: “Di una mentira”, sino sólo: “Di lo que quiere”. Tú replicas: “Pero es una mentira”. Y él, como excusa, replica a su vez: “Todo hombre es mentiroso”. Y tú: “Hermano, la boca que miente da muerte al alma”. Pon atención; no es cosa leve lo que oíste: La boca que miente da muerte al alma. “¿Qué me hace este hombre poderoso que me pone en aprietos, para que te compadezcas de mí y sientas lástima de mi condición, y no quieras verme en ese mal, al mismo tiempo que quieres que sea malo? ¿Qué me hace ese poderoso? ¿Qué pone en aprietos? La carne. Tú dices que pone en aprietos la carne; yo digo más: le da muerte.

Con todo, ¡cuánto más mansamente se comporta éste conmigo que yo, si llegara a mentir! El da muerte a mi carne; yo, en cambio, a mi alma. El poderoso airado da muerte al cuerpo; La boca que miente da muerte al alma. Da muerte al cuerpo, que tenía que morir, aunque nadie le matase; el alma, en cambio, si no la mata la iniquidad, se adueña de la verdad para siempre. Guarda, pues, lo que puedes guardar y perezca lo que alguna vez tenía que perecer. Respondiste y, sin embargo, no solucionaste lo de Todo hombre es mentiroso. Respóndele también respecto a eso, para que no crea que para persuadir a la mentira cuenta con un testimonio de la ley, arguyéndote con la ley contra la ley. En la ley está escrito: No profieras falso testimonio, y en la ley está escrito también; Todo hombre es mentiroso. Vuelve la atención a lo que dile poco antes cuando definí al hombre manso con las palabras que pude. Es manso aquel a quien en todo lo bueno que hace no le agrada más que Dios, y en todo el mal que sufre no le desagrada. Respóndele, pues, a quien te dice que mientas apoyándose en que está escrito: Todo hombre es mentiroso, lo siguiente: “No miento porque está escrito: La boca que miente da muerte al alma. No miento porque está escrito: Perderás a todos los que dicen mentira. No miento porque está escrito: No proferirás falso testimonio. Aunque apure mi carne con apremios aquel a quien no complazco por amor a la verdad, escucho a mi Señor: No temáis a quienes clan muerte al cuerpo.

6. “¿Cómo, pues, todo hombre es mentiroso? ¿O acaso no eres hombre?” Responde pronto y con verdad: ” ¡Ojalá no fuera hombre, para no ser mentiroso! ” Ved, pues: Dios miró desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver si hay quien entienda y quien busque a Dios; todos se apartaron haciéndose igualmente inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni uno. ¿Cómo así? Porque quisieron ser hijos de los hombres. Para sacar de estas iniquidades, redimir, curar, sanar y cambiar a los hijos de los hombres, les dio el poder hacerse hijos de Dios. ¿Qué tiene de extraño? Erais hombres, si erais hijos de los hombres; todos erais hombres, erais mentirosos, pues todo hombre es mentiroso. Os llegó la gracia de Dios y os dio el poder haceros hijos de Dios, Escuchad la voz de mi Padre que dice: yo dije: “Todos sois dioses e hijos del Altísimo”.

Puesto que los hijos de los hombres son hombres, si no son hijos del Altísimo, son mentirosos, pues todo hombre es mentiroso. Si son hijos de Dios, si han sido redimidos por la gracia del Salvador, comprados con su preciosa sangre, renacidos del agua y del Espíritu y predestinados a la heredad de los cielos, son ciertamente hijos de Dios. Por tanto, ya dioses. ¿Qué tiene que ver contigo la mentira? Adán era, en efecto, puro hombre; Cristo Dios-hombre, el Dios creador de toda criatura. Adán era hombre, Cristo hombre mediador ante Dios, Hijo único del Padre, Dios-hombre. Tú eres hombre lejos de Dios y Dios está arriba lejos del hombre: en el medio se puso el Dios-hombre. Reconoce a Cristo y, por el hombre, sube hasta Dios.

7. Corregidos, pues, ya y, si algo hemos hecho, amansados, mantengamos la confesión inamovible. Amemos la ley de Dios para huir de lo dicho: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Hablemos algo de los escándalos de que está lleno el mundo y de cómo al aumentar esos escándalos abundarán los apremios. Se devasta el mundo, se pisa el lagar. ¡Ea, cristiano, germen celestial, peregrino en la tierra, que buscas la ciudad en el cielo, que deseas unirte a los santos ángeles, comprende que has venido para marcharte! Pasáis por el mundo esforzándoos por alcanzar a quien creó el mundo. No os turben los amantes del mundo, los que quieren permanecer en él y, quiéranlo o no, han de partir de él. No os engañen, no os seduzcan. Estos apremios no son escándalos. Sed justos y no pasarán de ejercitaciones. Llega la tribulación; será lo que tú quieras, ejercitación o condenación. Lo que sea dependerá de cómo te encuentre. La tribulación es un fuego que, si te encuentra siendo oro, te quitará la maleza; y si te encuentra siendo paja, te reduce a cenizas. Por tanto, los apremios que abundan no son escándalos. ¿Cuáles son, pues, los escándalos? Aquellas expresiones, aquellas palabras con que se nos dice: “Ved el resultado de los tiempos cristianos”. Estos son los escándalos. Se te dice esto para que tú, si amas el mundo, blasfemes contra Cristo. Y esto te lo dice tu amigo, tu consejero; es decir, tu ojo. Te lo dice tu servidor, tu colaborador; es decir, tu mano. Te lo dice, quizá, quien te sustenta, quien te eleva de esta bajeza terrena; es decir, tu pie. Arrójalo, córtalo, lánzalo lejos de ti, no consientas. Responde a los tales lo mismo que respondía aquel a quien se le persuadía a proferir falso testimonio. Respóndele también tú; a quien te dice: “Ve cuántos aprietos coinciden con los tiempos cristianos; el mundo es devastado”, respóndele tú: “Antes de que aconteciera, ya lo había predicho Cristo”.

San Alfonso María de Ligorio

Obras ascéticas: Pena que causa a Dios el pecado de escándalo

Obras ascéticas de San Alfonso M. de Ligorio, Ed. B.A.C., Madrid, 1954, pg. 515-523.

I. Introducción, definición.

Ante todo, es preciso explicar en qué consiste el pecado de escándalo. He aquí cómo lo define Santo Tomás: “Es una palabra o una acción que constituye para el prójimo ocasión de ruina espiritual” El escándalo es, pues, cualquier dicho o acción con la que eres causa u ocasión de contribuir a que el prójimo pierda el alma. Este escándalo puede ser directo o indirecto. Es directo cuando directamente te esfuerzas por inducir al prójimo a cometer un pecado. Es escándalo indirecto cuando con tu mal ejemplo o con tus palabras prevees la caída del prójimo y no te privas de decir aquella mala palabra o de cometer aquella mala obra. Desde el momento en que hay materia grave, el escándalo, ya directo o indirecto, es pecado mortal.

Veamos ahora la Pena que causa a Dios el pecado de escándalo. Para comprenderlo, consideremos:

1° Cómo Dios creó al alma a su imagen de modo especial -En primer lugar, la creó a imagen del mismo Dios. Hagamos un hombre a imagen nuestra. Dios hizo salir de la nada, con un fiat, al resto de las criaturas, como con un guiño de su voluntad; pero al alma la creó con su mismo soplo; por eso se lee: insuflando en sus narices aliento vital.

2° Desde toda la eternidad la creó para el cielo. Además, esta alma, el alma de tu prójimo, fue amada por Dios desde toda la eternidad: Te he amado con amor eterno; por eso te atrajo con bondad. Finalmente, la creó para llamarla un día al cielo y hacerla partícipe de su gloria y de su reino, como nos dice San Pedro: Para que por estos (bienes) os hagáis participantes de la divina naturaleza. En el cielo la hará partícipe de su mismo gozo: Entra en el gozo de tu Señor. Entonces es cuando Dios se dará a sí mismo en recompensa: Soy para ti tu escudo; tu soldada será sobre manera grande”.

3° Sobre todo, la rescató con la sangre de Jesucristo. Lo que sobre todo nos manifiesta cuán grande aprecio tiene Dios del alma es la obra de la redención que Jesucristo llevó a cabo para rescatarla del abismo del pecado. “¿Quieres saber tu valor?”, pregunta San Euquerio, y responde: “Si no crees a tu Creador, pregunta a tu Redentor”. Y San Ambrosio, para darnos a comprender precisamente cuán a pecho debemos tomar la salvación de nuestros hermanos, nos dice:

“Considera la muerte de Cristo y deduce lo que vale la salvación de tu hermano”. Por tanto, si Cristo dio su sangre para rescatar el alma, tenemos derecho para decir que ésta vale la sangre de Dios, ya que apreciamos el valor de una cosa según el precio en que la tasa un prudente comprador. Comprados fuisteis a costa de precio. Por esto San Hilario decía: “Al considerar el precio en que fue tasada la redención humana; parece que el hombre vale tanto como Dios”. Por todo ello comprendemos cómo Salvador nos inculca: En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeñuelos, conmigo lo hicisteis.

Este pecado mata al alma.

Siendo esto así, ¡qué pena tan amarga causa a Dios el escandaloso que le hace perder un alma! Baste decir que le roba y le mata una hija por quien para salvarla había derramado la sangre y dado la vida. Por esto San León llama homicida al escandaloso. “Quien escandaliza, son sus palabras, asesina el alma de su prójimo”.

Y priva a Jesucristo del fruto de sus lágrimas, dolores, etc.

El escandaloso comete un homicidio tanto más atroz cuanto que arrebata a su hermano no ya la vida corporal, sino la vida del alma, y priva a Jesucristo del fruto de todas sus lágrimas, dolores y, en una palabra, de cuanto el Salvador padeció para ganar aquella alma. Por esto escribió el Apóstol a los fieles de Corinto: Y pecando así contra los hermanos y sacudiendo a golpes su conciencia, que es débil, contra Cristo pecáis. Quien escandaliza al prójimo se dirá que peca propiamente contra Cristo, porque, al decir de San Ambrosio, quien es causa de que se pierda un alma es causa de que Jesucristo pierda una obra en que empleó tantas almas de fatigas y de sufrimientos. Cuéntase que el bienaventurado Alberto Magno empleó treinta años de trabajos en la confección de una cabeza parecida a la de un hombre, consiguiendo que articulase ciertas palabras, y que Santo Tomás, receloso de que hubiera allí algo diabólico, cogió la citada cabeza y la rompió. Alberto Magno se le quejó diciéndole: “Me rompiste treinta años de trabajo”. No entro ni salgo en la veracidad del hecho; pero lo cierto es que, cuando Jesucristo ve perdida el alma por obra y desgracia del escandaloso, puede muy bien echarle en rostro este reproche “Malvado, ¿que hiciste? Me perdiste esta alma, por la que empleé treinta y tres años de vida”.

Comparación sacada de las Sagradas Escrituras

Léese en las Sagradas Escrituras que los hijos de Jacob, después de vender a su hermano a los mercaderes, fueron a decir al padre: ¡Una bestia feroz lo ha devorado! Y para dar a entender mejor a Jacob que José había sido presa de la tal bestia feroz, mojaron su vestido de José en la sangre de un cabrito, preguntándole: Comprueba, por favor, si es la túnica de tu hijo o no, a lo que el padre hubo de responder entre gemidos de dolor: ¡La túnica de mi hijo es! ¡Una bestia feroz lo ha devorado! De igual modo también, cuando un alma, a consecuencia del escándalo, acaba de caer en pecado, los demonios le toman la estola bautismal teñida en la sangre del Cordero inmaculado, es decir, la gracia de que le ha despojado el escandaloso, gracia que Jesucristo le había adquirido con el precio de su sangre, y preguntan a Dios: “¿Es éste el vestido de tu hijo?” Si Dios pudiera estallar en sollozos, a no dudarlo que a la vista de esta alma así sacrificada, de su hijo asesinado, sus lágrimas correrían más amargas que las de Jacob, exclamando: Sí, es el vestido de mi hijo amadísimo; una bestia feroz lo ha devorado. Y luego, buscando a esta bestia feroz, exclamaría: “¿Dónde está el monstruo feroz que acaba de devorar a mi hijo?”

Conclusión.

Profunda irritación de Dios, que le excita a la venganza-Y una vez hallado este monstruo feroz, ¿qué hará el Señor? Los asaltaré, dice, como osa privada de sus cachorros. Así habla Dios por boca de Oseas. Cuando la osa vuelve a la guarida y no halla sus cachorros, sale a recorrer el bosque en busca del ladrón, y si lo encuentra se le lanza para desgarrarlo. Así se precipitará el Señor sobre el escandaloso que le arrebató uno tan sólo de sus hijos.

Tal vez diga el escandaloso: “Si se ha condenado ya aquel prójimo, ¿qué puedo hacer yo?” Puesto que él se ha condenado por culpa tuya, responde el Señor, tuya es la responsabilidad Yo he de reclamar su sangre de tu mano (Ez 3,18). También se lee en el Deuteronomio: No tendréis conmiseración: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie (Dt 19,21). Sí, dice el Señor, ya que tú causaste la perdición de un alma, es preciso que también pierdas la tuya-Pasemos ya al segundo punto.

Castigos con que Dios amenaza a los escandalosos

I. Amenazas de un castigo:

1° Grande. ¡Ay del hombre por quien viene el escándalo! Si grande es la pena que el escandaloso causa a Dios, grande ha de ser también el castigo que le espera. He aquí cómo habla Jesucristo de tal castigo: Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos que cree en mí, mejor fuera que le colgasen alrededor del cuello una muela de tahona y le sumergiesen en alta mar. El escandaloso merece que se le arroje al mar con una piedra de molino al cuello, y no con una piedra cualquiera, sino con una piedra asinaria, es decir, piedra enorme a que en Palestina daban vuelta los asnos en los molinos. Cuando algún malhechor muere ajusticiado en la plaza, los espectadores se mueven a compasión, y si no lo pueden librar de la muerte, al menos lo encomiendan a Dios; pero si el desgraciado es arrojado a altar mar, nadie lo compadecerá. Por esto dice un autor que Jesucristo habló de esta suerte de castigo en relación con el escandaloso, para declararlo tan odioso a los mismos ángeles y santos que ni siquiera tienen ánimo de encomendar a Dios a quien se ha hecho reo de la perdición de una sola alma: “Es indigno de que se le vea y de que se le ayude”.

2° Riguroso. No se contenta Dios con no dejar nunca impune al escandaloso, sino que le trata siempre con la más rigurosa justicia, porque lo aborrece soberanamente. “Dios, dice San Juan Crisóstomo, es paciente con ciertos pecados aun gravísimos, pero nunca con el escándalo, por lo horrible que es a sus ojos”. El Señor lo había ya declarado por boca de Ezequiel: Tornaré mí rostro contra tal hombre y (lo convertiré) en ejemplo (y proverbio) y lo extirparé de en medio de mí pueblo; y sabréis que soy yo Yahveh (Ez 14,8). Y realmente vemos por las Escrituras Sagradas que uno de los pecados que castiga Dios con mayor rigor es el del escándalo. Los padres ya se sabe que escandalizan no tan sólo cuando dan mal ejemplo a sus hijos, sino también cuando no los corrigen como conviene. Pues bien, he aquí lo que Dios dijo del sacerdote Helí, culpable tan sólo por no haber corregido a sus hijos que escandalizaban al pueblo judío robando del altar las carnes sacrificadas: He aquí que voy a hacer en Israel una cosa que a todo aquel que la oiga le retiñirán ambos oídos, porque nota la Sagrada Escritura, con motivo del escándalo dado por los hijos de Helí: Era… el pecado de estos jóvenes muy grave a los ojos de Yahveh. ¿Cuál era, pues, el grave pecado que cometían? Dice San Gregorio que “inducir al pueblo al mal”. También Jeroboam fue severamente castigado, y ¿por qué? Por escandaloso (1R 2,17). Entregará a Israel, a causa de los pecados que Jeroboam ha cometido y ha hecho cometer a Israel. En la familia de Acab, enemiga toda ella de Dios, cayo el más espantoso de los castigos sobre Jezabel; fue, en efecto, lanzada de lo alto de una ventana y devorada de los perros, que tan sólo le dejaron el cráneo y las extremidades de los pies y de las manos. Por que responde el Abulense: “Porque Jezabel incitaba a Acab a toda clase de iniquidades”.

II. Este castigo se verificará sobre todo en el infierno

El infierno fue creado para castigar el pecado de escándalo. Al principio creó Dios el cielo y la tierra. ¿Cuándo creo el infierno? Cuando Lucifer comenzó a seducir a los Ángeles para rebelarse contra Dios. En efecto, para impedirle que sedujese a los ángeles que habían permanecido fieles, Dios lo arrojó del cielo inmediatamente después de su pecado.

1º Castigo debidamente merecido. Jesucristo llamaba a los fariseos, que con su mal ejemplo escandalizaban al prójimo, hijos del demonio, que fue desde el principio el homicida de las almas: Vosotros tenéis por padre al diablo… El era homicida desde el principio. Y cuando San Pedro le escandalizó insinuándole que no se dejara prender y matara a los judíos, con lo que impediría la redención humana, Jesucristo lo llamó demonio: Vete de ahí, quítateme de delante, Satanás; piedra de escándalo eres para mí.

Y a la verdad, ¿qué otro oficio ejerce el escandaloso más que ser ministro del demonio? No harían ciertamente los demonios tanta cosecha de almas cuanta hacen si no los ayudaran tan malvados ministros. Hace más daño un compañero escandaloso, que lo harían cien demonios.

Explicación. Comentando San Bernardo las palabras del rey Ezequías: En salud se me ha trocado la amargura, pone en boca de la Iglesia de su tiempo las siguientes palabras: “Actualmente la Iglesia no tiene paganos, no tiene herejes que la persigan; pero la persiguen sus mismos hijos, es decir, los cristianos escandalosos. Los cazadores de red para coger avecillas llevan reclamos, que no son más que otras avecillas atadas por un hilo y ciegas”. Así hace el demonio, dice San Efrén: “Cuando coge presa a un alma, en primer lugar la ciega y la sujeta como esclava, convirtiéndola así en reclamo suyo para engañar a los demás y atraparlos en la red del pecado”. Y San León afirma que “no solo incita (el demonio) a las almas a engañar a los demás, sino que hasta las fuerza a ello”.

2° Será castigo terrible. Porque será proporcionado a todos los pecados causados por los escandalosos – ¡Desgraciados escandalosos! En el infierno tendrán que sufrir la pena de cuantos pecados hicieron cometer a los demás. Cuenta Cesáreo que al punto de morir cierto escandaloso lo vio un santo varón presentarse al tribunal de Dios, donde fue condenado al infierno, a cuya puerta salieron a recibirle todas las almas que había escandalizado, las cuales dijéronle: “Ven acá, maldito; ven a pagar los pecados que nos hiciste cometer”, y esto diciendo se le lanzaron encima, como otras tantas bestias feroces, para destrozarlo.

3° Será inevitable para los endurecidos.

Nota San Bernardo que la Sagrada Escritura, al hablar de otros pecadores, deja abierta una puerta a la esperanza de enmienda y de perdón; mas cuando habla de los escandalosos, habla como de precitos que ya estuvieran separados de Dios y sin esperanza de salvación.

III. Aplicación. Estado deplorable y castigo aterrador.

1° De los que predican el mal, sobre todo a los niños – Comprendan el estado deplorable en que se encuentran quienes escandalizan con su mal ejemplo y quienes hablan deshonestamente ante sus compañeros, ante muchachas y ante niños inocentes, que al oír aquellas palabras se detienen a pensarlas, por lo que cometen miles de pecados. Pensad, pues, en el dolor con que se lamentarán los ángeles de la guarda de aquellos desgraciados niños viéndolos caer en pecado y cómo pedirán a Dios venganza contra semejantes bocas sacrílegas que los escandalizaron.

2° Castigos de quienes se burlan de las gentes de bien- ¡Cuán terrible será también el castigo de quienes con sus continuadas burlas ridiculizan a las gentes de bien! No faltan quienes para hurtar la burla abandonan el bien y se dan a mala vida.

3° Castigos de quienes favorecen relaciones culpables y se glorían de sus pecados-Y ¿qué decir de quienes favorecen relaciones culpables y de quienes se glorían del mal cometido? Efectivamente, hay quienes, en lugar de sentir desolación y arrepentimiento por los pecados cometidos, lejos de hacer caso de ello, llegan hasta a gloriarse de su abominable conducta.

4° Castigo de quienes incitan al mal- ¿Qué decir también de quienes incitan al mal, de quienes incitan a cometerlo, de quienes hasta enseñan el mismo mal, crimen de que los mismos demonios no son capaces?

5° Crimen de los padres que lo permiten- ¿Qué decir, finalmente, de los padres que, lejos de impedir, pudiéndolo, los pecados de sus hijos, consienten que frecuenten malas compañías, que vayan a casas peligrosas y que conversen con jóvenes de diverso sexo? ¡Qué castigos tan terribles se preparan todos estos escandalosos para el día del juicio final!

Peroración.

1° Esperad. Y ¿qué?, dirá tal vez alguien; yo, que escandalicé, ¿estaré perdido? ¿No habrá, padre mío, para mí esperanza de salvación? -No; yo no pretendo decir que te desesperes: la misericordia de Dios es grande y prometió el perdón al corazón arrepentido.

2° Reparad los escándalos. Pero para salvaros es de absoluta necesidad que reparéis vuestros escándalos. San Cesáreo dice: “Muy justo es que, después de haberos perdido a vos mismo perdiendo a los demás, ayudéis al prójimo a salvarse, salvándoos a vos mismo” Ya que te perdiste y con tus escándalos perdiste a muchas almas, justo es que repares el mal. Pues Bien, así como llevaste a los otros al pecado, así es necesario que ahora los lleves a la virtud, por lo que no debes tener en adelante más que conversaciones edificantes, buenos ejemplos, fuga de las ocasiones, frecuencia de sacramentos, asiduidad a los cultos de la iglesia y a los sermones.

3° No escandalicéis más. De hoy en adelante guardaos, más que de la muerte, de hacer ni decir nada que pueda ser ocasión de escándalo al prójimo. “Baste al caído encontrarse solo por tierra” dice San Cipriano. Y Santo Tomás de Villanueva: “Bástennos nuestros propios pecados”. ¿Qué mal os hizo Jesucristo que no os baste haberlo ofendido vosotros, para que queráis que los demás lo ofendan? Esto es exceso de crueldad.

4° Evitad la compañía de los escandalosos. Guardaos en adelante de dar el más mínimo escándalo, y si os queréis salvar, huid cuanto os sea dado la compañía de los escandalosos.

Estos demonios encarnados se condenarán, y si no os apartáis de ellos, también acabaréis por condenaros. ¡Ay del mundo a causa de los escándalos!, dice el Señor, para darnos a comprender que son muchos los que se condenan porque no se cuidan de evitar la compañía a de los escandalosos. -Pero si es amigo mío, a quien debo muchos favores y en quien tengo grandes esperanzas. Si tu ojo te escandaliza, sácalo y échalo lejos de ti; mejor te vale con un solo ojo entrar en la vida que con tus ojos ser arrojado en la gehena del fuego. Por tanto, por muchos títulos que os ligaran a persona tan querida, tendríais que romper con ella y no volver a verla si os fuere ocasión de escándalo, porque vale más perderlo todo y salvar el alma sin un ojo que entrar con ambos en el infierno.

Benedicto XVI, papa

Ángelus, 30-09-2012

El Evangelio de [ hoy ] presenta uno de esos episodios de la vida de Cristo que, incluso percibiéndolos, por decirlo así, en passant, contienen un significado profundo (cf. Mc 9, 38-40). Se trata del hecho de que alguien, que no era de los seguidores de Jesús, había expulsado demonios en su nombre. El apóstol Juan, joven y celoso como era, quería impedirlo, pero Jesús no lo permite; es más, aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos que Dios puede obrar cosas buenas y hasta prodigiosas incluso fuera de su círculo, y que se puede colaborar con la causa del reino de Dios de diversos modos… San Agustín escribe al respecto: «Como en la católica —es decir, en la Iglesia— se puede encontrar aquello que no es católico, así fuera de la católica puede haber algo de católico» (Agustín, Sobre el bautismo contra los donatistas: pl 43, VII, 39, 77). Por ello, los miembros de la Iglesia no deben experimentar celos, sino alegrarse si alguien externo a la comunidad obra el bien en nombre de Cristo, siempre que lo haga con recta intención y con respeto. Incluso en el seno de la Iglesia misma, puede suceder, a veces, que cueste esfuerzo valorar y apreciar, con espíritu de profunda comunión, las cosas buenas realizadas por las diversas realidades eclesiales. En cambio, todos y siempre debemos ser capaces de apreciarnos y estimarnos recíprocamente, alabando al Señor por la «fantasía» infinita con la que obra en la Iglesia y en el mundo.

Queridos amigos, por intercesión de María santísima, oremos a fin de que sepamos alegrarnos por cada gesto e iniciativa de bien, sin envidias y celos, y usar sabiamente los bienes terrenos en la continua búsqueda de los bienes eternos.

Juan Pablo II, papa

Homilía, 27-09-2003

[…] 4. “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro” (Mc 9, 40). Así dice Jesús en el pasaje evangélico de este domingo, haciéndose eco de la primera lectura, que presenta a Moisés en actitud de profunda libertad interior, motivada por la confianza en Dios (cf. Nm 11, 29).

[Esta Palabra nos invita] a no ceder a juicios del momento y a visiones vinculadas a intereses contingentes. Firmemente arraigados en la verdad, no dudemos en dialogar con todos los hombres de buena voluntad. [Para dialogar debemos ser] interiormente libres, siendo conscientes de que el Espíritu Santo “sopla donde quiere” (cf.Jn 3, 8), guiando de diferentes modos el camino de la historia de la salvación.

P.D.: El texto fue modificado, para aplicarlo a cada cristiano

Congregación para el Clero

“El que os dé a beber un vaso de agua, por el hecho de que pertenecéis a Cristo, os aseguro que no quedará sin recompensa”. (Mc 9,45).

Nada se pierde a los ojos de Dios. No hay ningún acto, ningún gesto, ningún pensamiento de nuestra existencia que no tenga relieve a los ojos del Señor.

Y esto es así, no por un rostro severo de juez, sino por la infinita misericordia del amor, que llega a hacerse ternura, que no quiere perder nada de la vida del amado. Cada respiro nuestro es importante, para Aquel que nos ha creado. Él está pendiente de nosotros, más de lo que nosotros mismos somos capaces, hasta llegar al fondo de nuestras vidas.

En nuestro tiempo, caracterizado por una impresionante y falsa concentración sobre el propio yo, por un egocentrismo ateo que pretende sustituir el yo a Dios, la atención a los detalles de la vida es algo que sorprende, que le da a cada uno la “centralidad relacional” de la que el corazón siempre tiene una profunda necesidad.

En efecto, siempre está presente en cada uno la necesidad de ser “centro del amor” del otro; el anuncio cristiano no borra el yo, no lo mortifica, sino que lo realiza en toda su grandeza: cumple el deseo de infinito que, paradójicamente, se encuentra en los detalles.

“Cualquiera que os dé de beber un vaso de agua… no quedará sin recompensa”. ¿A quien le importa un vaso de agua? En el frenesí de nuestra época, ¿quién tiene un corazón así?

Nuestro Dios, el Dios cristiano, el Emmanuel, Aquel a la luz del cual y en cuya compañía se cumple el yo humano, con todos sus deseos.

Un tal amor, un sentirse querido de tal manera, es la razón de toda posible generosidad hacia el hermano. Sólo la experiencia de la certeza de ser amados y amados definitivamente, dentro y más allá de los propios límites, puede ser y realmente es motor del amor, fuerza dinámica de difusión de la atención al otro, que puede realmente cambiar el rostro de la historia.

El realismo cristiano, que nada oscurece sino que todo lo abraza y lo valora, es la única posición auténticamente humana, porque corresponde a la inteligencia y al corazón.

No hay subjetivismo o idealismo, nihilismo o relativismo que pueda regir la honrada confrontación con la realidad y con el examen crítico de los corazones, con sus exigencias constitutivas.

Cada gesto de nuestra existencia tiene valor delante de Dios y es importante, cara a nuestra salvación eterna: “No quedará sin recompensa”

En este sentido, es necesario recordar que la primacía de la fe no puede nunca traducirse en una minusvaloración de las obras. Evitando cuidadosamente cualquier decaimiento funcionalista y todo activismo excesivo, hoy tan difundidos, el mérito pertenece a la doctrina católica y coloca a las obras humanas en un plano de gran relevancia, junto con la fe, en orden a la responsable  consecución participativa de la salvación eterna.

Las obras no nos ganan la salvación, cuyo precio ha sido pagado por Cristo en la Cruz, de una vez para siempre.

Al mismo tiempo, ellas no son meramente “manifestativas” de la fe, sino que concurren para recorrer el camino de salvación que el Señor nos ha abierto y que no es posible emprender sin el concurso de la propia libertad. Por esta razón, el pasaje evangélico insiste: “No quedará sin recompensa”.

La Santísima Virgen María, que siempre estuvo atenta a los detalles de la vida y del Hijo y, por tanto, de la Iglesia, nos guíe, como Estrella de cada mañana, en la certeza y en la responsabilidad que nacen del anuncio de que nada nuestro se perderá.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Ser tajantes

En el evangelio del domingo vigésimo sexto (9,37-42.44.46-47) encontramos recogidas varias sentencias sobre el seguimiento de Jesús. Hay que evitar la envidia y la actitud sectaria y monopolizadora (1ª lectura: Núm 11,25-29), dejando campo libre a la intervención gratuita y sorprendente de Dios. Particularmente tremenda es la amenaza para los que escandalizan, es decir, para los que son estorbo o tropiezo para los demás en su adhesión a Cristo y a su palabra. Finalmente, el seguimiento de Cristo debe ser incondicional: estando en juego el destino definitivo del hombre, es preciso estar dispuesto a tomar cualquier decisión que sea necesaria por dolorosa que resulte.

«Si tu mano te hace caer, córtatela». El evangelio es tajante. Y no porque sea duro. Nadie considera duro al médico que extirpa el cáncer. Más bien resultaría ridículo extirparlo sólo a medias. Lo que está en juego es si apreciamos la vida. El evangelio es tajante porque ama la vida, la vida eterna que Dios ha sembrado en nosotros, y por eso plantea guerra a muerte contra todo lo que mata o entorpece esa vida: «más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo». La cuestión decisiva es esta: ¿Amamos de verdad la Vida?
«Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que la encaja en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar». Tampoco aquí Jesús exagera. También aquí es el amor a la vida lo que está en juego, el bien de los hermanos. Sólo que escándalo no es sólo una acción especialmente llamativa. Todo lo que resulte un estorbo por la fe del hermano es escándalo. Toda mediocridad consentida y justificada es un escándalo, un tropiezo. Toda actitud de no hacer caso a la palabra de Dios es escándalo. Todo pecado, aún oculto, es escándalo.

«El que no está contra nosotros, está a favor nuestro». Otra tentación es la de creerse los únicos, los mejores. Sin embargo, todo el que se deje mover por Cristo, es de Cristo. Con cuanta facilidad se absolutizan métodos, medios, maneras de hacer las cosas, carismas particulares, grupos… Pero toda intransigencia es una forma de soberbia, aparte de una ceguera.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VI

El Espíritu de Dios sopla donde quiere: esto es lo que nos dan a entender las lecturas primera y tercera. La segunda lectura nos enseña el buen uso que hemos hacer de las riquezas y que éstas no pueden ser adquiridas injustamente.

Los dones que Dios ha repartido, tanto naturales cuanto sobrenaturales, no son valores absolutos puestos a nuestro servicio egoísta y personalmente irresponsable. Hay que ejercitarlos con la virtud de caridad. No somos dueños absolutos. De todos ellos hemos de dar cuenta a Dios en el día del juicio.

Números 11,25-29: Ojalá todo el pueblo fuera profeta. Dios reparte sus dones gratuitamente, a quien quiere y como quiere. Pero todos los dones divinos han de emplearse para el bien de todos y para la unidad del pueblo de Dios.

El episodio de la lectura sirve para demostrar que el gobierno del pueblo de Dios no es un asunto de naturaleza política o económica, sino solamente religiosa. Los dones de Dios son distribuidos de modo que nadie puede criticarlos o hacer recriminaciones. La Iglesia es guiada por el Espíritu en la predicación de sus verdades y en la santificación de sus miembros por medio de los sacramentos.

–El Salmo 18 nos manifiesta un contenido precioso para meditar sobre la lectura anterior: «los mandatos del  Señor alegran el corazón; la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma;  el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante, la voluntad del Señor es pura y eternamente estable»… Pero podemos presumir de ello. Por eso pedimos al Señor: «preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no nos domine; así quedaremos libres e inocentes del gran pecado».

Santiago 5,1-6: Vuestra riqueza está corrompida. También los bienes materiales caen bajo la ley y responsabilidad de la caridad. Son dones de Dios. Pero nuestro egoísmo puede hacerlos malditos. Así lo enseña el Concilio Vaticano II:

«Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y la caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que su vida, tanto la individual como la social quede saturada con el espíritu de pobreza. Quien,  con obediencia a Cristo busca ante todo el Reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos los hermanos, y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad» (Gaudium et spes 72).

Clemente de Alejandría decía:

«La posesión de las riquezas es odiosa en público y en particular cuando excede a las necesidades de la vida: la adquisición de las riquezas es trabajosa y difícil, su conservación penosa,  y su uso incómodo» (Pedagogo 32,3).

Y San Hilario:

«No es delito tener riquezas, como se arregle el uso de ellas; porque aunque no se abandonen los fondos que sirven de manantial a la limosna, esto no impide el repartir sus bienes con los necesitados. Luego no es malo tener hacienda, sino poseerla de modo que nos sea perniciosa. El riesgo está en el deseo de enriquecerse, y un alma justa que se ocupa en aumentar su hacienda, se impone una pesada carga; porque un siervo de Dios no puede adquirir los bienes del mundo sin exponerse a juntar vicios que son inseparables de los bienes» (Comentario al Evangelio de San Mateo 19,8).

Marcos 9,37-42.44.46-47: El que no está contra nosotros está a nuestro favor. El pecado de escándalo, tan frecuentemente reprobado por Cristo, es siempre el triunfo del egoísmo personal y de la irresponsabilidad humana sobre la ley de la caridad y sobre las necesidades de nuestros hermanos. Cristo lo condenó con palabras durísimas. Hay que proclamarlo por doquier, pues se nota una insensibilidad generalizada con respecto a los escándalos: corrupciones, pornografías, opresiones y mil formas de abusos se comenten con toda naturalidad, sin temor de Dios, sin recriminaciones…

No pueden existir razones que permitan ser indulgentes contra teorías, doctrinas, prácticas y costumbres que conducen al mal o que lo presentan desnaturalizado y privado de malicia. Es nuestra vida íntegra la que ha de proclamar nuestra fe operante o la que puede desmentir en nosotros la verdad de nuestra religiosidad, sea litúrgica o extralitúrgica.

Los Santos Padres han tratado de eso con mucha precisión y muy frecuentemente. Concretamente San Basilio:

«Si aun cuando en las cosas permitidas, y en las que nos es libre hacer o no hacer, causamos escándalo a los débiles o ignorantes, incurrimos en una vigorosa condenación, según dijo el Salvador con estas palabras: “mejor le sería que se arrojase en el mar con una piedra de molino al cuello, que escandalizar a uno de estos pequeñuelos”. Vuelvo a decir, nos ha de juzgar con tan terrible rigor sobre las cosas permitidas, ¿qué sucederá en las cosas que son prohibidas?» (Cuestiones 10,25).

Y San Juan Crisóstomo:

«No me digáis, esto o aquello está prohibido, ni que está permitido, siempre que habléis de alguna cosa que escandaliza a los demás; porque, aunque la permitiera el mismo Jesucristo, si advertís que alguno se escandaliza, absteneos, no uséis del premio que os ha dado. De este modo procedió el grande Apóstol, no queriendo tomar cosa alguna de los fieles, no obstante que el Señor lo había permitido a los Apóstoles» (Homilía 21,9).


Comentarios exegéticos

José A. Ciordia

Comentarios a las tres lecturas y consideraciones

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: Nm 11, 25-29: ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

El capítulo 11 del libro de los Números recoge, de diversa providencia, algunos relatos que ya aparecían en el Exodo: el relato del «maná» y el de las «codornices». A pesar de las innegables semejanzas, las diferencias son notables; no es una mera repetición. El «maná» ya no aparece, por ejemplo, como algo maravilloso providencial. El maná causa náuseas! El pueblo se ha cansado de él. Apetecen carne. Y Dios se la concede; pero con ella el castigo de su atrevimiento. Se les indigestó, causando la muerte. Dios había dispuesto para el desierto un alimento del desierto. Ellos, en cambio anhelaban el alimento del país de Egipto: ajos, cebollas… Desechaban el alimento de la «libertad» y se consumían por la comida de la esclavitud. ¡Qué pobre alma humana!

El pueblo murmura, critica, se queja, gime y llora. Se hace insoportable. La ira de Dios se enciende abrasadora. Moisés se desalienta y se retrae. Un pueblo difícil, un Dios celoso, un mediador sobrecargado. Ese es el contexto de la lectura de hoy.

Dios quiere aligerar la carga de Moisés. Dios dispone hacer partícipes del «espíritu» de Moisés a 70 ancianos que colaboren con él en el gobierno de pueblo tan reacio y díscolo. El «espíritu» de Dios es amplio y generoso, es fuerza y luz. Irrumpe en los 70 ancianos y les impulsa a profetizar. Surge la sorpresa y el recelo. Josué, por ejemplo, a pesar de su buena intención, no asimila el acontecimiento. Se indigna, movido por el celo. Josué quiere impedirlo. Moisés apacigua su sentimiento.

Las palabras de Moisés reciben el peso del pasaje. ¿Quién es él, Moisés, siervo de Dios, para impedir la manifestación graciosa de su Señor? Dios multiplica su acción, alarga y extiende la fuerza de su «espíritu». No es para entristecerse; es para alegrarse. Moisés no ve en la intervención de Dios algo así como un recorte a su misión o a su personalidad. Todo lo contrario, Moisés exulta con el Señor: es una extensión maravillosa de la salvación de Dios. Lejos de él la envidia o el celo estrecho y raquítico. Más bien alegría y gozo.

Hermoso pensamiento y postura ejemplar. Moisés no va contra Dios; Moisés sirve a Dios. Por contraste, podríamos recordar a Jonás que se lamenta de la conversión de los ninivitas. Espíritu mezquino y corazón estrecho. Dios es amplio, generoso y liberal. ¿Quién osará limitar o condenar un proceder tan bueno y misericordioso?

Salmo responsorial: Sal 18, 8.10.12-14: Los mandatos del Señor alegran el corazón.

Salmo de alabanza en su conjunto. La segunda parte, de la que se han tomado aquí los versillos, es un canto a la Ley. Dios es maravilloso y grande en sus obras: la creación, por una parte; la Ley, por otra. La Ley revela la voluntad de Dios, su sabiduría, su bondad. La Ley, expresión de la voluntad salvífica de Dios, es objeto de contemplación, de paladeo. Debemos contemplar y saborear el contenido de la Ley del Señor. La Ley alegra el corazón del hombre. Es la experiencia del salmista y de Israel. Busca en la Ley tu alegría y se llenará de gozo tu corazón.

La Ley refleja los atributos divinos: santa, pura, dulce, perfecta… Es un don precioso que debemos estimar y gustar. Es la expresión del amor paternal de Dios a los hombres. La Ley prescribe y orienta. Como prescripción, obliga; como orientación, dirige y anima. Pero ¿quién puede gloriarse de cumplirla a la perfección? ¿Quién se acomoda debidamente al querer bondadoso de Dios? Por más que se esfuerce, siempre encontrará el hombre deficiencias. Por eso, humildad, respeto, reverencia, petición. Para cumplir la Ley necesitamos la ayuda divina. El peor mal es la arrogancia. Ella destruye las relaciones filiales con Dios. El salmista pide a Dios aleje de él mal tan tremendo. El Señor tenga a bien escuchar su oración. Hermoso. Pidamos con él. Cristo es nuestra Ley. Cristo desborda el salmo en todas direcciones.

Segunda Lectura: St 5, 1-6: Vuestra riqueza está corrompida.

Por las lecturas de estos domingos atrás, nos hemos acostumbrado ya un tanto al lenguaje de Santiago. Lenguaje incisivo, cortante y hasta mordaz. Santiago ama, para producir mayor impacto, las situaciones extremas, que, no por ser extremas, dejan de ser reales. Situaciones escandalosas, indignantes; situaciones que arrancan de nuestros labios expresiones como «abominable», «horrendo», «clama al cielo»… Puede parecer crudo; pero es que la realidad, por desgracia, también es cruel y cruda.

Santiago se encara esta vez con los ricos de corazón endurecido. ¡Ay de ellos! El juicio que les espera, ya en marcha, es para hacer temblar estrepitosamente al más insensible. Distingamos dos momentos:

1) Versillos 1-3. El juicio de Dios se acerca y con él el castigo severo. Santiago se hace eco de los ayes de Cristo el evangelio. Lucas los trae en bloque como reverso de las bienaventuranzas. Son en realidad una maldición; una maldición en boca de Dios. El juicio de Dios ya ha comenzado. No hay que esperar al último momento para oír la sentencia. Cristo a condenado ya, como indigno del hombre y fuente de crímenes, el afán desmesurado de poseer y disfrutar. La resurrección de Cristo señala el comienzo de es juicio, que recibirá su expresión definitiva cuando venga como Señor a juzgar a todas las gentes. Allí el lamento baldío y el rechinar de dientes. ¡Ay de vosotros los ricos! Ya podéis comenzar a gemir ahora. La sentencia ha sido ya pronunciada.

Con la Resurrección de Cristo ha comenzado el mundo nuevo y, con él, la vigencia de los auténticos valores que cuentan delante de Dios. Aparecen como «antivalores», por contraste, todo lo que se opone al reino de Dios: codicia, avaricia, afán de poseer, de gozar, de cifrar en el deleite de este mundo todas las aspiraciones humanas. Es la postura de aquellos a quienes podríamos llamar «ateos» prácticos: comidas, bebidas, sensualidad, lujuria… Y todo ello a toda costa, cueste los que cueste. Con esas aspiraciones van parejos otros «antivalores»: prestigio mundano, aprecio, influencias, poder… como deificación personal. Es demasiado real y numeroso el grupo de adoradores de este mundo para pasarlo por alto. La misma comunidad cristiana puede resentirse de semejantes flaquezas.

Las riquezas amontonadas, sin ningún empleo benéfico que permitiera «revalorizarlas», se han cubierto de orín y polilla, se han podrido. Se las ha comido el tiempo. También va devorando el mundo tan ficticio – «real», dicen ellos – en que viven. ¿Qué queda ahora de lo que ya «disfrutaron»?. El recuerdo de un placer inacabado y, sobre todo, una tremenda acusación insoslayable: han malgastado la vida. ¡Necios! Todo se les ha ido de las manos, y ahora se vierten sobre ellos, implacable, la ira voraz de Dios. Es para llorar y gemir. ¡Ay de aquél que pone su confianza en este mundo! A uno le viene a la mente la imagen de la casa construida sobre arena. El desplome va ha ser ruidoso. ¡Y viven tantos así!

2) Versillos 4-6. La idolatría de los antivalores implica, por naturaleza, una conducta grosera, injusta y cruel. Pobres los que se encuentren a tiro. Santiago piensa en los grandes terratenientes de su tiempo, probablemente paganos, que no respetan los derechos humanos más elementales de sus dependientes. El engaño abusivo, la explotación cruel y sanguinaria, los jornales reducidos y retardados, los juicios injustos, la venalidad de los jueces, la extorsión, las acusaciones sin fundamento, el miedo, el terror, el pánico de los súbditos están a la orden del día. Ricos sin escrúpulos, egoístas, dispuestos a disfrutar desenfrenadamente de los placeres de la vida, no se paran ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante el asesinato. Clama al cielo. No se imaginan lo que les espera. ¡Ay de ellos, pobres y miserables! Ignoran que tras aquéllos oprimidos se levanta el brazo justiciero del Dios Altísimo. ¿Quién los librará de su ira?. Dios saldrá en defensa de los pobres y oprimidos. Podemos vislumbrar al fondo a Jesús, el Justo Paciente de Dios.

Tercera lectura: Mc 9, 37-47: El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

Nos encontramos ante texto heterogéneo. Procedamos por partes.

El indignado Juan ofrece el primer cuadro. Juan ha observado cómo un «extraño» al grupo, un desconocido, curaba a los posesos. A Juan se le antoja un atrevimiento. Lleno de celo se lo prohibe. Juan, hijo del trueno lo llamará Jesús por su impetuosidad, cree ver en aquella actividad una «lesión» de los derechos del Maestro. ¿Con qué derecho se atrevía aquel extraño a lanzar los demonio en nombre de Jesús? El exorcista aquel no era del grupo, y por tanto no tenía ningún derecho .

Postura muy «humana». Pero no «cristiana», no de Cristo. Así se lo hace ver el Señor. ¿Cómo puede uno curar posesos en «nombre» de Jesús sin estar convencido de alguna forma del poder y fuerza de ese «nombre»? ¿Y quién puede actuar en ese nombre sin tener fe en él? La actividad portentosa de ese exorcista está gritando, al menos por las obras, su fe en Cristo. En realidad es uno de los suyos, por más que no aparezca así. No hay por qué sentir indignación y exagerado celo. Mas bien hay que alegrarse: ¡El poder del diablo se desmorona!

El versillo 41 presenta otro pensamiento. Sirve de enlace con lo que sigue. Jesús y los «suyos» forman una unidad, pensamiento que se adivinaba en el cuadro anterior. En eso tenía razón Juan. Los «suyos» continúan su obra, obra de salvación. Cualquier servicio, por insignificante que sea, hecho en favor de estos sus discípulos, por ser sus discípulos, no quedará sin recompensa. Dios lo tendrá en cuenta; pues, en último término, el servicio prestado va dirigido a Dios. Cuando, pues, en el juicio, Dios levante la mano para dictar sentencia irrevocable, la atención que se ha tenido con los suyos la inclinará sensiblemente: se convertirá en bendición. ¿Cabe mayor bendición que la última y definitiva? 

El cuadro tercero, compuesto también de sentencias, se une al segundo y al primero mediante la expresión «creen en mi», equivalente a «en mi nombre». El término «pequeño» está cargado de consideración y afecto. ¡Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en Jesús! Más le valiera… «Pequeños» se extiende más allá del círculo de los inmediatos apóstoles y discípulos. Son los humildes, los pobres, los insignificantes fieles de Jesús. Alguien puede con su conducta malograr la obra de Cristo, en otras palabras, la obra de Dios, alguien puede ser causa de tropiezo para los sencillos; alguien puede destruir su fe en Jesús. ¡Ay de él! No hay nada que pueda compararse.

El tema del «escándalo» ha arrastrado consigo los versillos siguientes. Pero ya no se trata del escándalo a otros. Se trata más bien del daño que uno puede hacerse a sí mismo. Las expresiones de Jesús son radicales y tajantes, sin paliativos ni concesiones. Todo esfuerzo, toda renuncia es poca, para conseguir la salvación. No se trata de cortarse la mano, o serrarse el pie, o sacarse el ojo, si nos estorban para llegar a Dios. Mientras quede el corazón, todo será en vano. ¡Hay que cambiar el corazón! ¡Hay que cambiar de postura, hay que cambiar de modo de ver las cosas, hay que adquirir una nueva forma de ser! Por más que un cambio así nos arranque las entrañas -es el sentido de las imágenes. El reino de Dios está sobre todo ¡Un corazón nuevo y un Espíritu nuevo! Eso es lo que necesitamos. Para vivirlo no hemos de reparar en esfuerzos. Radicalidad y santo temor.

Consideraciones

Jesús afirma en el evangelio: El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Menos optimista resulta la sentencia que trae Mateo con ocasión de la disputa sobre Beelcebú: Quien no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Mt12, 30) ¿Con cuál de las dos sentencias nos quedamos? Por supuesto que con las dos. Cada una a su debido tiempo y en su debido contexto. Ambas revelan una gran verdad. Hoy nos interesa la primera. Nos invita a reflexionar. La lectura primera nos acompaña.

a) Josué y Juan representan, dentro del grupo fiel, la actitud demasiado «humana» respecto a los dones de Dios. Dios es liberal, Dios es generoso, Dios derrama en todas direcciones y a todos los vientos los dones de su gracia. Para Dios no hay fronteras de ninguna clase; Dios lo abarca todo. Hasta en las personas más insignificantes o más alejadas del grupo oficial de seguidores, y de la forma más insospechada puede uno, con frecuencia, admirar el rastro hermoso que dejaron sus manos benéficas. Encontramos flores y florecillas hasta en los lugares más inhóspitos y agrestes; no solo en los jardines e invernaderos. Y todas son hermosas, y todas proceden de Dios. El ojo «cristiano» ha de saber apreciarlas y admirarlas: son de Dios. No debemos sentir menosprecio, indignación o celo mal entendido porque no están en «su lugar»; todo lo contrario, alegría, admiración y alabanza. Todas adornan el «campo» de Dios, que es el mundo entero.

Se trata de la en otro tiempo debatida cuestión de la existencia y valor de talentos, dones y bienes que viven y crecen fuera de la Iglesia oficial, fuera del Cristianismo. La sentencia de Cristo es iluminadora. Todo lo bueno viene de Dios y a Dios conduce. Nosotros nos alegramos del Dios bueno que bendice a todos de forma admirable. Si no están contra nosotros, contra Cristo, están con Cristo, con nosotros. El campo de Dios se alarga hasta los confines de la tierra. La Iglesia, el Cristianismo, rebosa así, bien entendido, sus propias fronteras. ¿Qué actitud tomamos respecto a este asunto? Todo lo bueno que existe, se encuentre donde se encuentre, ha de ser admirado, respetado y aplaudido: allí está Dios, nuestro Dios. Lejos de nosotros la envidia o el celo descompuesto. Moisés y Jesús nos dan un buen ejemplo. Habría que tenerlo en cuenta al hablar de las religiones no cristianas.

También podría tener esto alguna aplicación dentro de la Iglesia. Pensemos en los grupos «clerical» y «laico», por ejemplo. Alguien puede pensar, erróneamente, en dos grupos un tanto antagónicos. Los «salvadores» oficiales pueden menospreciar la contribución valiosa del grupo «dirigido». No seamos ciegos y tercos. El Espíritu de Dios, recibido en el Bautismo, despliega su energía donde quiere y como quiere. ¡Ojalá fueran todos predicadores, testigos y anunciadores de la salvación de Dios! Hay que saber repartir las cargas.

b) El tema del escándalo podría ser el segundo punto de reflexión. ¡Ay del escandaloso! San Mateo es más expresivo al hablar del escándalo dado a los «pequeños». Al escandaloso habría que arrojarlo, allá en alta mar, a lo más profundo del abismo, como algo podrido, como algo pestilente y asqueroso, desecho de la humanidad. Todo cuidado para evitar el escándalo es poco. El escandaloso destroza la obra de Cristo, la obra de Dios. Hace inútil y despreciable la muerte de Cristo y su resurrección gloriosa; ¡pisotea la sangre de la Nueva Alianza! El justo Juez no puede olvidar tamaña injuria. Nada ni nadie justifica el escándalo; ni la salud, ni la vida, ni la fama, ni el poder, ni el dinero, ni nada. El escándalo es obra diabólica, y con el diablo no hay misericordia ni compasión; es el reino opuesto a Dios. ¡Ay, pues, del escandaloso!

El cristiano tiene que vivir la vida nueva. Se le ha concedido un corazón nuevo. Debe ejercitar los sentimientos correspondientes y fomentar su expansión. Debemos trabajar, y pedir, por un corazón «cristiano» que sienta y vibre como el corazón de Cristo. Todo esfuerzo es poco para conseguir la salvación. No cabe un «más o menos»; es todo, y todo significa todo. Hay que sacrificarlo todo, si en ello nos va la salvación. Habrá casos en los que se nos exija algo extraordinario. No debemos asustarnos. Para ello la virtud de la fortaleza. ¿Pedimos a Dios nos la conceda? ¿Nos ejercitamos en ella? ¿Estamos dispuestos a que se nos corte la mano o se nos hunda en la infamia por amor a Cristo y a su Iglesia? Conviene reflexionar sobre ello.

c) Al hablar del corazón «nuevo» viene a la mente, por contraste, el corazón de «piedra». Podemos recordar a este respecto las amenazas de Santiago. ¡Ay de los ricos de corazón endurecido! Corazones groseros, corazones duros, corazones crueles y escandalosos. ¿Cual es nuestra postura ante ellos? Conocemos el fin que espera a los mundanos: la ruina total. ¿Lo sentimos, lo vivimos, lo predicamos? ¿Es nuestra vida propia una repulsa manifiesta al afán desmesurado de riquezas, al placer atolondrado, a los «valores» de este mundo? ¿Infundimos desprecio a esas conductas o suscitamos sentimientos de venganza? ¿Conocemos el espíritu «cristiano» del pueblo sin riquezas? ¿Son, en realidad, pobres de espíritu? ¿O es solo envidia? ¿Quién de nuestro pueblo, que se dice cristiano, no desea ser rico, disfrutar a sus anchas, beber de todas las fuentes y deleitarse sin reparo en sus riquezas? ¿No hay en este pueblo «pobre» -que no lo es muchas veces- un espíritu de rico frustrado? Sabemos el fin que espera a los corazones duros. ¿Como es el nuestro? ¿Nos depredamos unos a otros, nos engañamos, nos ponemos zancadillas? ¿No son, en la práctica, los «antivalores» nuestros valores reales? ¿Cómo empleamos nuestros bienes? ¿Para ayudar, para compartir, para… ? Y nuestros llamados «ricos», ¿que conducta siguen en la llamada justicia social? Las preguntas y reflexiones podrían multiplicarse. Hay que ir con tiento, pero con brío y entereza. Nosotros y nuestro pueblo por delante. Surge otra vez el tema de los bienes de consumo y su empleo.

El Señor exige de nosotros un corazón amplio, generoso, tanto en la aceptación de su liberalidad como en el uso y empleo de nuestros bienes. Un corazón así nunca dará escándalo. El sentimiento «cristiano» puede ir endureciéndose en muchos miembros. No hace falta ser rico para ser un «vividor». Muchos no recelan de las riquezas, las envidian. Su corazón será con frecuencia tan duro como el de los ricos de que habla Santiago. Pidamos a Dios un corazón sencillo a la altura de sus sentimientos.

José Ma. Solé Roma

Comentario a las tres Lecturas

Ministros de la Palabra, Ciclo “B”, Herder, Barcelona (1979).

Primera lectura: Números 11, 25 29.

Moisés, Caudillo de Israel, es magnánimo cuando libera a su pueblo, cuando le da la Ley; y no lo es menos cuando, humilde, comparte con otros la autoridad:
Esta narración dignifica la institución de “Ancianos” que de tiempo inmemorial gobernó al pueblo de Israel. Moisés, él solo, ni puede, ni debe, ni quiere ejercer toda la autoridad y todo el gobierno. En Éxodo 18, 13-27 vemos cómo Moisés, dócil a lo que le recomienda su suegro, instituye los “Jueces”. La centralización exagerada del poder ahogaría a Moisés y sería en perjuicio del pueblo (Ex 18, 14). En la presente narración el “Senado” que ayuda a Moisés en el régimen recibe también el “Espíritu”. Moisés los reúne en la “Tienda” o morada de Yahvé. Inmediatamente los envuelve la “Nube” símbolo de la presencia divina. Y todos repletos del “Espíritu”, profetizan. Es un Senado de 72 varones (24. 26). A lo largo de todas las vicisitudes de la historia de Israel sobrevive este Senado o Sanedrín; y lo vemos actuar todavía en el Nuevo Testamento.
Aquella profusión de Espíritu en tantos varones le parece al fiel amigo de Moisés, Josué, que puede traer merma de prestigio o autoridad a Moisés. La respuesta de Moisés es ejemplar y revela la magnanimidad de su alma: “Ojalá todo el pueblo de Yahvé fuera profeta. Ojalá sobre todo él se derramara el Espíritu de Yahvé” (28). Las almas generosas desconocen la envidia. Decía Pablo: “Mientras de cualquier modo que sea se predique a Cristo, yo me gozo y me gozaré” (Filp 1, 18).
En esta del Espíritu para común utilidad” (L.G. 12).

Segunda Lectura: Santiago 5, 1 6.

Hoy el estilete de Santiago es diente o uña acerados: Desgarra, raspa, araña: – Es una invectiva, de las más duras que pueden escribirse, contra los ricos. Evidentemente que no se recrimina al rico por serlo, sino por los abusos que suelen acompañar la adquisición y la posesión de las riquezas. Concretamente les echa en cara cuatro abusos criminales: “Avaricia” (2-3): El oro que el avaro atesora será el tormento que gravitará sobre el “Latrocinios” (4): Hay riquezas que son jornales defraudados al obrero. Y claman ante Dios. “Libertinaje” (5): Es el abuso más frecuente de la riqueza. Se la dilapida en vicios. “Atropellos y asesinatos” (6): Dado que con la riqueza va el poder, queda vía libre a todo atropello de la justicia.
-No pretende Santiago azuzar la lucha de clases sino convertir los corazones. De ahí que recuerde a ricos y poderosos: El oro y la plata se enmohecen, la gloria y poderío se apolillan (2). Los jornales defraudados a los obreros son un clamoreo que pide justicia a Dios (4). El castigo que el justo Juez os infligirá será a medida de vuestros egoísmos, de vuestras injusticias y de vuestra molicie criminal (5).
– La riqueza, el poder y cualquier otro talento natural o carisma sobrenatural que nos haya dado Dios, más que peligro de vanidad es, si se mira rectamente, una gran responsabilidad. Concretamente el rico lo es para que sea limosnero. Limosnero en el amplio sentido cristiano y social de esta palabra. El Crisóstomo le dice al rico: “Oye a Pablo que te dice: El que escasamente siembra, escasamente cosechará. ¿Por qué, pues, das tan escasa limosna? ¿Es una pérdida la limosna? No. Ganancia es y negocio. Donde hay siembra hay cosecha. ¿Cómo no comprendes que aquí ahorrar es perder y no ahorrar es ganar? Tira, pues, para no perder; no retengas, para que tengas; renuncia y atesoras; consume y ganas. No guardes. Entrégalo a Dios, de cuyas manos nadie te lo arrebatará. Lo que quiero es que en vez de oro recibas el cielo en interés” (in Mt 5, 5). Quien usa del dinero sin egoísmo, sino en provecho de sus hermanos, convierte el oro, que es polvo, en cielo. Oportunamente nos recuerda la Iglesia: ” Deus, qui sacrae legis omnia constituta in tua et proximi dilectione posuisti ” (Collecta).

Evangelio: Marcos 9, 37 44.

Da unidad al pasaje evangélico que hoy leemos, el tratarse de tres temas que podríamos llamar eclesiales:
– El reparo de Juan a Jesús parece adolecer, como el de Josué a Moisés, de cierto fondo de envidia, o cuando menos, de mezquindad y estrechez de corazón. Jesús nos orienta a la magnanimidad. El Espíritu de Dios es muy generoso y amplio. Ningún “grupo” en la Iglesia debe pretender monopolizarla. No va contra Cristo ninguno que de verdad posea el Espíritu de Cristo (38-40). La humildad y magnanimidad de corazón ahorrarían a la Iglesia recelos y guerras entre hermanos.
-Toda ayuda y todo servicio prestado por amor a Cristo, bien que sea al más humilde y pequeño de los hermanos, va a tener galardón cual si lo prestáramos a Cristo mismo (41).
– De ahí la gravedad del escándalo (42). Decía San Pablo: “Que no se pierda por escándalo tuyo aquel por quien murió Cristo” (Rom 14, 15). “Los que así pecáis contra los hermanos y herís la débil conciencia de los mismos, contra Cristo pecáis” (1 Cor 8, 12). Si ayudar a un hermano es prestar un servicio a Cristo, escandalizar a un hermano es pecar contra Cristo. El castigo de la “Gehenna” indica un castigo doloroso y eterno (cfr 2 Re 23, 10).

R. Schnackenburg: El Evangelio según san Marcos: Palabras sobre el escándalo.

El Nuevo Testamento y su Mensaje, Herder, Barcelona (1980).

La nueva unidad sentencial está formada mediante la palabra nexo scandalon («tropiezo»). Enlaza con lo que antecede a través de la palabra nexo «pequeños»; el versículo 42 forma contraste con el v. 41: al anuncio de una recompensa por el buen comportamiento en favor de los «pequeños» (los discípulos), sigue ahora una terrible amenaza para cuantos den ocasión de tropiezo a «cualquiera de estos pequeños». El enlace está, pues, justificado desde el punto de vista del contenido; pero la nueva trilogía acerca de los miembros del cuerpo que ocasionan tropiezo sólo tiene una vinculación externa con esa sentencia. El «tropiezo» que cualquiera ocasiona a un discípulo de Jesús, se trata de una sacudida a la fe, de un poner en peligro la salvación de otro, cosa que atraen sobre el autor el castigo más severo en el tribunal divino; de ahí la imagen drástica del anegamiento en el mar.

Con el tropiezo que procede de los miembros corporales, se piensa en las tentaciones de tipo moral que le vienen al hombre de su misma naturaleza y que debe superar radicalmente de raíz, mediante la «mutilación» de los miembros, a fin de no incurrir en la condenación. La palabra griega, que ha entrado en nuestra lengua bajo la forma de «escándalo», no tiene la resonancia sensacionalista que ha adquirido entre nosotros. No se trata de la conmoción que provoca en la opinión pública sino de un peligro interno que corre la persona a la que se escandaliza. El vocablo, cuyos orígenes no se han esclarecido plenamente, hace pensar en la caída ocasionada por un tropiezo o una trampa en el camino. En el contexto de la sagrada escritura, ese «tropiezo», cualquiera que sea su origen, representa un peligro para la salvación. En el entorno de Jesús había seguramente hombres que disuadían su seguimiento a los «pequeños», los discípulos sencillos, y querían destruir su fe y lealtad a Jesús. El Maestro ha observado lleno de cólera tales manejos y ha pronunciado esa terrible amenaza.

La «piedra de molino de las que mueven los asnos» era una piedra notablemente grande que -a diferencia del molino de mano-, en el tipo de molino fijo, descansaba sobre otra piedra y tenía un agujero en el centro. Esa clase de molino se llamaba «molino de asno», o bien porque era movido por un asno o bien porque la piedra inferior se llamaba «asno» a causa de su forma. Para un hombre que extravía a los otros en la fe sería preferible, según la palabra de Jesús, que le colgasen al cuello una de esas grandes piedras y lo hundiesen en lo profundo del mar. Es una imagen muy conforme al lenguaje vigoroso de Jesús y cuyo sentido es éste: mejor es la muerte y el exterminio que robar la fe a otro.

La forma de expresión recuerda las palabras de Jesús acerca del hombre que iba a traicionarle: «más le valiera a tal hombre no haber nacido» (Mc 14:21). No se trata de sentencias condenatorias inapelables, pero son palabras que pintan a la perfección la terrible realidad de un hecho. La imagen y el arcaísmo de la forma lingüística señalan su origen en el pensamiento judío y no permiten dudar de que bajo las mismas se esconde una palabra personal de Jesús. La comunidad (…) entiende, bajo aquéllos cuya fe sufrirá quebranto, a todos los creyentes que forman parte de la misma, y no (o no exclusivamente) a los niños, y de un modo muy especial a los mensajeros de la fe. (…). Siempre será algo terriblemente grave poner en peligro y destruir la fe en el corazón de los hombres sencillos.

En la tradición sentencial de Mateo y Lucas se agrega: «es imposible que no haya escándalos, ¡pero ay de aquel por quien vienen (los escándalos)!». Jesús contempla de un modo realista la situación del mundo; pero advierte a los seductores y está decidido a proteger a quienes creen en él. La fe de la gente sencilla -cf. los infantes de Mt 10,25- es un bien que ningún hombre puede robar sacrílegamente. En ningún caso hay que entender las palabras de Jesús como si uno no hubiese de reflexionar sobre la fe y solucionar sus problemas. Se piensa en los seductores malintencionados o irresponsables.

El grupo de sentencias relativas a los miembros del cuerpo que pueden convertirse en causa de ruina moral, muestra el carácter radical de las exigencias éticas de Jesús. Hablaba en serio cuando quería que se hiciese todo lo imaginable con tal de tener parte en el reino de Dios (cf. Lc 13:24). Cuando está de por medio el objetivo final no cabe indecisión alguna. En nuestro texto Jesús habla de «la vida» como el objetivo del hombre, que le proporciona la verdadera salvación, y después habla en el mismo sentido del «reino de Dios». (…) El «fuego» que «no se extingue» (…) como «el gusano» que «no muere»; (…) ya estaban unidas en un pasaje del Antiguo Testamento que se cita en este v. 48 (Is 66:24). Allí se trata de los hombres ajusticiados por Dios, cuyos cadáveres se amontonan en el valle de Hinnom, junto a Jerusalén. Yacen insepultos, expuestos a la corrupción -¡el gusano!- o al fuego aniquilador.

Del valle de Hinnom, en hebreo Gehinnom, que desde tiempos antiguos en Israel pasaba por ser el lugar del juicio, se ha derivado la expresión griega gehenna para indicar el infierno. Del lugar histórico de castigo se ha forjado ya en Is 66:24 el lugar de castigo escatológico; del fin temporal de los malvados, el tormento eterno. (…) No «entrar en la vida», en la vida eterna de Dios, no tener parte en su reino futuro, equivale para el hombre a fallar el objetivo transcendente que se le ha señalado, y esto es la pérdida más espantosa que puede sucederle a un hombre. Su vida terrena no tuvo sentido y con la muerte corporal cae para siempre en el absurdo, en la «muerte eterna», en la aniquilación de su humanidad que estaba destinada a la vida eterna.

No se dice en qué consisten las tentaciones de la «mano», el «pie» y el «ojo». Basta saber que el hombre encuentra ocasiones de pecar en su propia constitución psicofísica. Los miembros externos sólo se consideran como ocasión de pecado. En otro pasaje dice Jesús que los malos pensamientos y deseos nacen de dentro, del corazón del hombre (Mc 7:21 ss). En las palabras sobre los miembros corporales que son ocasión de pecado, se contiene la experiencia de que también en el hombre que aspira al bien surgen tentaciones que pueden llevarle a la caída, en razón, precisamente, de su capacidad de ser tentado. Es una advertencia a no sobrevalorar las propias fuerzas y una amonestación a resistir inmediatamente y con decisión el ataque del mal. En el sermón de la montaña, Mateo ha relacionado el ojo que extravía y la mano que induce al pecado con el adulterio (Mc 5:29s). Muestra así cómo la Iglesia primitiva interpretaba de un modo concreto y aplicaba las palabras de Jesús. De manera similar cada cristiano debe preguntarse dónde están para él las posibles ocasiones de caída en el pecado y los peligros para su salvación. La palabra del Señor le invita a una renuncia radical a las seducciones del pecado y al corte inmediato, y a menudo doloroso, cuando está amenazada la salvación de toda su persona.

Isidro Gomá y Tomás: La indiscreción en el celo

Explicación.

– Contiene este fragmento una repulsa de Jesús contra el celo imprudente. El lugar del episodio corresponde al mediar la peroración de Jesús contenida en el número anterior. Parece ser que al decir Jesús las palabras: El que recibiere a un niño tal “en mi nombre”, a mí recibe, le interrumpió Juan, el Evangelista, uno de los hijos del Zebedeo, diciendo que había un exorcista, no discípulo suyo, que lanzaba los demonios, precisamente “en su nombre”. Jesús aprovecha la interrupción del discípulo para dar esta interesante lección.

Y le respondió Juan a Jesús, interrumpiéndole al hacer alusión a su nombre, diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre, invocándole, o en virtud del mismo nombre, valiéndose de él como de instrumento. Al apóstol Juan, le parece ello una usurpación, porque aquel hombre no era de los discípulos que acompañaban al Señor, que no nos sigue, a quienes solos se había dado el poder de lanzar demonios. Y se lo vedamos, porque se arrogaba unas atribuciones que no tenía. El celo de Juan, más que pecaminoso, parece ser imprudente, mirando sólo en favor de los prestigios de Jesús, aunque sin razón.

Jesús les enseña a fomentar el bien, quienquiera que sea el que lo haga. Y dijo: No se lo vedéis. La razón es porque ello cede en gloria de su nombre, preparando el camino para que, tras el milagro, entre en las almas la doctrina de Jesús; no puede decirse mal de un nombre al que va vinculado un poder santo y extraordinario: Porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, y que luego pueda decir mal de mí: sería inconsecuente y no se le creería.

Segunda razón: porque no se le debe prohibir a aquel hombre el oficio de exorcista; tan lejos está de ser contrario a su nombre e intereses, que más bien los fomenta: Porque el que no está contra vosotros, por vosotros está; porque si “el que no está con Cristo está contra él” (Mt. 12, 30), quien no está contra Cristo está con él y en favor de él: no hay medio entre estar con Cristo y serle contrario.

Tercera razón: toda obra buena merece su galardón, cuando por Cristo se hace. Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, en verdad os digo que no perderá su galardón; ¡cuánto más digno de premio será aquel que en nombre de Cristo eche de los cuerpos los demonios!

Lecciones morales.

– A) y. 37, – Y le respondió Juan diciendo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba demonios en tu nombre – No son los celos o la envidia los que obligan a Juan a denunciar el hecho de que un hombre no seguidor de Cristo lance demonios en su nombre, sino el deseo de que todos los que invocasen el nombre de Jesús fuesen discípulos suyos y una misma cosa con los Apóstoles, dice el Crisóstomo. Pero el Señor, por medio de los que hacen milagros, aunque sean indignos, llama a otros a la fe, y hace que sean mejores aquellos que reciben esta gracia inefable. Entre los seguidores de Cristo los hay incipientes y perfectos.

B) y. 38. – No se lo vedéis – Hágase el bien, y no mires por quién, dice el refrán. El bien, sobre todo si se hace en nombre de Cristo, siempre fructifica, aunque ni sea el mayor que pudiese hacerse, ni se haga en la mejor forma posible, ni sea el mejor quien lo haga. Es ésta una oportunísima lección de amplitud de criterio en la cuestión del apostolado. Y es una condenación de todo espíritu de partidismo o personalismo mezquino, que tantas trabas pone al bien, y que tantas obras buenas inutiliza. Mejor entienden los malos la política de hacer el mal, que los buenos la estrategia del bien: aquéllos se dan todos la mano y van a su fin con afán digno de mejor causa; éstos neutralizan su acción con mutuas trabas e interdicciones.

C) y. 39. – El que no está contra vosotros, por vosotros está. – Debe entenderse esto, dice San Agustín, en el sentido de que en tanto uno no está con Cristo en cuanto está contra él; y en tanto está con Cristo en cuanto va en pro de él. Así la Iglesia no reprueba de los herejes, por ejemplo, aquello en que convienen con ella, pero condena todo aquello en que van contra ella. Así, buenos y malos pueden tener un punto de contacto en el bien, y en esto, salvando peligros, y escándalos, y conveniencias, pueden aunar sus esfuerzos en una acción en pro del bien; pero jamás será lícito transigir con el mal o pactar con él, como factor de apostolado, para hacer un bien.

D) y. 40. -Y cualquiera que os diere a beber un vaso de agua en mi nombre… – Demuéstrase con estas palabras la misericordia del Señor, que no sólo da la merced debida a las buenas obras que hacen sus discípulos y los que viven en gracia con él, sino que toda buena obra tiene su premio, en una u otra forma, no en razón de la vida eterna, si uno la pone en pecado, sino que es muy posible que quien hace el bien sea conducido por Dios al bien vivir, en la misma medida que se hace el bien y con mayor medida aún, dada la largueza del Dador de todo bien. Tal es la fuerza del nombre de Jesús, que toda obra que de él se ampare dará fruto copioso de bendición, en el orden espiritual o temporal.

Xavier Léon-Dufour: Escándalo

Vocabulario de Teología Bíblica, Ed. Herder, Barcelona, 2001

Escandalizar significa hacer caer, ser para alguien ocasión de caída. El escándalo es concretamente la trampa que se pone en el camino del enemigo para hacerle caer. En realidad, hay diferentes maneras de “hacer caer” a alguien en el terreno moral y religioso : la tentación que ejercen Satán o los hombres, la prueba en que pone Dios a su pueblo o a su hijo, son “escándalos”. Pero siempre se trata de la fe en Dios.

I. Cristo, escándalo para el hombre
1. Ya el AT muestra que Dios puede ser causa de ‘escándalo para Israel; “Él es la piedra de escándalo y la roca que hace caer a las dos casas de Israel… muchos tropezarán, caerán y serán quebrantados” (Is 8,14s). Es que Dios, por su manera de obrar, pone a prueba la fe de su pueblo.
Asimismo Jesús apareció a los hombres como signo de contradicción. En efecto, fue enviado para la salvación de todos y de hecho es ocasión de endurecimiento para muchos: “Este niño está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción” (Lc 2,34). En su persona y en su vida todo origina escándalo. Es el hijo del carpintero de Nazaret (Mt 13,57); quiere salvar al mundo no mediante algún mesianismo vengador (11,2-5; cf. Jn 3,17) o político (Jn 6,15), sino por la pasión y la cruz (Mt 16,21); los discípulos mismos se oponen a ello como Satán (16,22s) y escandalizados abandonan a su maestro (Jn 6,66). Pero Jesús resucitado los reúne (Mt 26,31s).
2. Juan pone de relieve el carácter escandaloso del Evangelio : Jesús es en todo un hombre semejante a los otros (Jn 1,14), cuyo origen se cree saber (1,46; 6,42; 7,27) y cuyo designio redentor por la cruz (6,52) y por la ascensión (6,62) no se llega a comprender. Los oyentes todos tropiezan en el triple misterio de la encarnación, de la redención y de la ascensión; pero a unos los levanta Jesús, otros se obstinan: su pecado no tiene excusa (15,22ss).
3. Al presentarse Jesús a los hombres los puso en la contingencia de optar por él o contra él: “Bienaventurados los que no se escandalizaren en mí” (Mt 11,6 p). La comunidad apostólica aplicó también a Jesús en persona el oráculo de Isaías 8,14 que hablaba de Dios. Él es “la piedra de escándalo” y al mismo tiempo “la piedra angular” (1Pe 2,7s; Rom 9,32s; Mt 21,42). Cristo es a la vez fuente de vida y causa de muerte (cf. 2Cor 2,16).
4. Pablo debió afrontar este escándalo tanto en el mundo griego como en el mundo judío. Por lo demás, ¿no había él mismo pasado por esta experiencia antes de su conversión? Descubrió que Cristo, o si se prefiere, la cruz, es “locura para los que se pierden, pero para los que se salvan es el poder de Dios” (1 Cor 1,18). En efecto, Cristo crucificado es “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (ICor 1,23). La sabiduría humana no puede comprender que Dios quiera salvar al mundo por un Cristo humillado, doliente, crucificado. Sólo el Espíritu de Dios da al hombre poder superar el escándalo de la cruz, o más bien reconocer en él la suprema sabiduría (lCor 1.25; 2,11-16).
5. El mismo escándalo, la misma prueba de la fe continúa también a través de toda la historia de la Iglesia. La Iglesia es siempre en el mundo un signo de contradicción, y el odio, la persecución son para muchos ocasión de caída (Mt 13,21; 24,10), aun cuando Jesús anunció todo esto para que los discípulos no sucumbieran (Jn 16,1).

II. El hombre, escándalo para el hombre
El hombre es escándalo para su hermano cuando trata de arrastrarlo alejándolo de la fidelidad a Dios. El que abusa de la debilidad de su hermano o del poder que ha recibido de Dios sobre él, para alejarlo de la alianza, es culpable para con su hermano y para con Dios. Dios detesta a los príncipes que retrajeron al pueblo de seguir a Yahveh: Jeroboán (IRe 14,16; 15,30. 34), Ajab o Jezabel (1 Re 21,22.25), y asimismo a los que quisieron arrastrar a Israel por la pendiente de la helenización, fuera de la verdadera fe (2Mac 4,7…). Por el contrario, son dignos de elogio los que resisten al escándalo para guardar la fidelidad a la alianza (Jer 35).

Jesús, cumpliendo la alianza de Dios, concentró en sí el poder humano del escándalo; es, pues, a sus discípulos a los que no se debe escandalizar. “¡Ay del que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí!, más le valiera que se le atase al cuello una muela de molino y se le arrojase en las profundidades del mar!” (Mt 18,6). Pero Jesús sabe que estos escándalos son inevitables: falsos doctores (2Pe 2,1) o seductores, como la antigua Jezabel (Ap 2,20), están siempre actuando.

Este escándalo puede incluso venir del discípulo mismo; por eso Jesús exige con vigor y sin piedad la renuncia a todo lo que pueda poner obstáculo al reino de Dios. “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y lánzalo lejos de ti” (Mt 5,29s; 18,8s).

Pablo, a ejemplo de Jesús que no quería turbar a las almas sencillas (Mt 17,26), quiere que se evite escandalizar las conciencias débiles y poco formadas: “Guardaos de que la libertad de que vosotros usáis sea ocasión de caída para los débiles” (1Cor 8,9; Rom 14,13-15.20). La libertad cristiana sólo es auténtica si está penetrada de caridad (Gál 5, 13); la fe sólo es verdadera si sostiene la, fe de los hermanos (Rom 14,1-23).

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