Domingo XXVIII Tiempo Ordinario (B) – Homilías

Lecturas (Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B)

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

-1ª Lectura: Sab 7, 7-11 : En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
-Salmo: 89, 12-17 : Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.
-2ª Lectura: Heb 4, 12-13 : La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.
+Evangelio: Mc 10, 17-30 : Vende lo que tienes y sígueme.
Para la Catena Aurea del Evangelio, ver las siguientes perícopas: Mc 10, 17-27 y Mc 10, 28-31.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Clemente de Alejandría

Libro: Si quieres ser perfecto.

Sobre la salvación de los ricos, Caps 5.10: PG 9, 610.614 (Liturgia de las Horas).

«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme» (Mc 10,21).

Estas palabras pertenecen al evangelio de Marcos, pero exactamente la misma idea aparece en los demás sinópticos donde, con palabras a veces un tanto diferentes, se recoge idéntica doctrina. Y debemos estar plenamente convencidos de que el Salvador nunca se expresó en forma puramente humana, sino que su enseñanza estuvo siempre informada por una divina y mística sabiduría; de que no debemos escuchar sus palabras carnalmente, sino que debemos indagar y profundizar el sentido en ellas oculto mediante una adecuada investigación y poniendo en juego toda la diligencia y sagacidad de nuestra inteligencia.

Si quieres ser perfecto. Luego no era todavía perfecto, ya que nada hay más perfecto que lo perfecto. Además, aquel si quieres expresa de manera contundente y divina la libre facultad de elección de su colocutor. Efectivamente, en el hombre —en su calidad de ser libre— reside la libre elección de la voluntad; en Dios —en su calidad de Señor y árbitro— reside la capacidad de dar. Y da a los que quieren y rezan y con el mayor empeño se esfuerzan por conseguir la propia salvación. Pues Dios no coacciona —la coacción es, en efecto, enemiga de Dios—, sino que da a los que buscan, otorga a los que piden, abre a los que llaman. Por tanto, si quieres, si verdaderamente quieres y no te engañas a ti mismo, procúrate lo que te falta.

Una cosa te falta; lo que te queda por hacer y que es bueno, pero ya al margen de la ley, que no lo da la ley, que no cae dentro de la ley, es propio de los que poseen la verdadera vida. En una palabra, el que había cumplido toda la ley desde pequeño y que había dicho de sí cosas tan grandes y soberbias, con todas ellas no pudo adquirir esa única cosa, que es privativa del Salvador, para arrebatar la vida eterna, cuyo deseo le había movido a dar aquel paso. Se marchó pesaroso, abrumado por las exigencias de una vida, a propósito de la cual había venido a suplicar al Maestro. En realidad, no ambicionaba de verdad la vida, como parecía deducirse de sus palabras; lo único que buscaba es granjearse reputación de buena voluntad: podía ciertamente afanarse por hacer una multitud de cosas, pero era incapaz de hacer aquella única cosa, aquella obra de salvación que debía conducirle a la perfección. Para esta obra era débil e indolente.

Lo mismo que el Señor dijo a Marta cuando, afanada en multitud de ocupaciones, andaba inquieta y nerviosa para dar abasto con el servicio, y tachaba de negligente a su hermana, que, abandonando el servicio, sentada a los pies del Señor, prestaba la atención de una discípula: Andas inquieta con tantas cosas; María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán, así también a éste: le manda que, dando de lado toda enervante ocupación, se centre en una sola y se siente a los pies de la gracia de aquel que personalmente le propone la vida eterna.

Homilía: La gracia de Dios resbala en un alma repleta.

Homilía titulada “¿Cuál rico se salvará?”.

«Una sola cosa te falta» (Mc 10,21).

Hay una riqueza que es la muerte para todo aquello que ella domina: liberaros de ella y vosotros seréis salvados. Purificad vuestra alma, rendidla para poder entender la llamada del Señor que os repite: “¡Ven y sígueme!” Es la voz que hace caminar tras ella a quien tiene el corazón puro: la gracia de Dios resbala en un alma repleta y desgarrada por una multitud de posesiones.

Los que miran su fortuna, su oro su plata, sus casas, como dones de Dios, estos por testimoniar a Dios su reconocimiento ayudaran a los pobres con sus bienes. El sabe que lo que posee pertenece mas a sus hermanos que a él mismo; el dueño de su riqueza lo convertirán en esclavo. El no las encierra en su alma, porque no encierra su vida en ellas, pero el persigue sin cansarse una obra toda divina. Y si un día su fortuna se pierde, el acepta su ruina con un corazón libre. A este hombre, Dios lo declara bienaventurado, lo llama “pobre en el espíritu” heredero seguro del Reino de los Cielos (Mt,53)…

Hay, por el contrario, quien acumula su riqueza en su corazón, en la morada del Santo Espíritu. La guarda en sus tierras; el acumula sin fin su fortuna, y no se inquieta mas que por amontonar mas todos los días; no eleva jamás los ojos al cielo; se embota en lo temporal, puesto que el viene del polvo y retornará al polvo (Gn3,19) ¿Cómo puede el probar el deseo del Reino, el que, en la morada del corazón, lleva un campo o una mina, a el que la muerte le sorprenderá fatalmente en medio de sus pasiones? “ Porque donde está tu tesoro, allí también está tu corazón” (Mt 6,21).

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Sermón: Le propuso una cosa grande.

Homilía 63 sobre san Mateo : PG 58,603.

«Tendrás un tesoro en el cielo» (Mc 10,21).

Jesús había dicho al joven: «Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). Él le preguntó: «¿Cuáles?», no para ponerlo a prueba de lo cual no tenía intención, sino suponiendo que para él habría, juntamente con la Ley de Moisés, otros mandamientos que le llevarán a la vida; esto daba prueba de su ardiente deseo. Cuando Jesús le hubo enunciado los mandamientos de la Ley, el joven le dijo: « Todo eso lo he cumplido desde mi juventud » Pero no se detuvo ahí sino que le preguntó: «¿Qué me falta?» (Mt 19,20), lo cual era igualmente signo de su ardiente deseo. No es propio de un alma pequeña darse cuenta de que todavía le falta algo, que le parece insuficiente el ideal propuesto para alcanzar el objeto de su propio deseo.

¿Y qué dijo Cristo? Le propone una cosa grande; primero le propone la recompensa declarando: «Si quieres llegar hasta el final: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». ¿Te fijas en el precio, qué coronas propone para esta cursa deportiva?… Para atraerle le enseña una recompensa de mucho valor y lo deja todo al juicio del joven. Lo que podría ser doloroso, lo deja en la oscuridad. Antes de hablar de combates y esfuerzos, le muestra la recompensa: «Si quieres llegar hasta el final» le dice: ¡ésta es la gloria, ésta es la felicidad!… «Tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme»: ¡ésta es la recompensa, la recompensa enorme de caminar siguiendo los pasos de Cristo, ser su compañero y su amigo! Este joven amaba las riquezas de la tierra; Cristo le aconseja despojarse de ellas, no para empobrecerse en la desapropiación sino para enriquecerle cada vez más.

Benedicto XVI, papa

Ángelus (14-10-2012)

El Evangelio de [ hoy ] (Mc 10, 17-30) tiene como tema principal el de la riqueza. Jesús enseña que para un rico es muy difícil entrar en el Reino de Dios, pero no imposible; en efecto, Dios puede conquistar el corazón de una persona que posee muchos bienes e impulsarla a la solidaridad y a compartir con quien está necesitado, con los pobres, para entrar en la lógica del don. De este modo aquella se sitúa en el camino de Jesús, quien —como escribe el apóstol Pablo— «siendo rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9). Como sucede a menudo en los evangelios, todo empieza con un encuentro: el de Jesús con uno que «era muy rico» (Mc 10, 22). Se trataba de una persona que desde su juventud observaba fielmente todos los mandamientos de la Ley de Dios, pero todavía no había encontrado la verdadera felicidad; y por ello pregunta a Jesús qué hacer para «heredar la vida eterna» (v. 17). Por un lado es atraído, como todos, por la plenitud de la vida; por otro, estando acostumbrado a contar con las propias riquezas, piensa que también la vida eterna se puede «comprar» de algún modo, tal vez observando un mandamiento especial. Jesús percibe el deseo profundo que hay en esa persona y —apunta el evangelista— fija en él una mirada llena de amor: la mirada de Dios (cfr. v. 21). Pero Jesús comprende igualmente cuál es el punto débil de aquel hombre: es precisamente su apego a sus muchos bienes; y por ello le propone que dé todo a los pobres, de forma que su tesoro —y por lo tanto su corazón— ya no esté en la tierra, sino en el cielo, y añade: «¡Ven! ¡Sígueme!» (v. 22). Y aquél, sin embargo, en lugar de acoger con alegría la invitación de Jesús, se marchó triste (cf. v. 23) porque no consigue desprenderse de sus riquezas, que jamás podrán darle la felicidad ni la vida eterna.

Es en este momento cuando Jesús da a sus discípulos —y también a nosotros hoy— su enseñanza: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» (v. 23). Ante estas palabras, los discípulos quedaron desconcertados; y más aún cuando Jesús añadió: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios». Pero al verlos atónitos, dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo» (cf. vv. 24-27). Comenta san Clemente de Alejandría: «La parábola enseña a los ricos que no deben descuidar la salvación como si estuvieran ya condenados, ni deben arrojar al mar la riqueza ni condenarla como insidiosa y hostil a la vida, sino que deben aprender cómo utilizarla y obtener la vida» (¿Qué rico se salvará? 27, 1-2). La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de personas ricas que utilizaron sus propios bienes de modo evangélico, alcanzando también la santidad. Pensemos en san Francisco, santa Isabel de Hungría o san Carlos Borromeo. Que la Virgen María, Trono de la Sabiduría, nos ayude a acoger con alegría la invitación de Jesús para entrar en la plenitud de la vida.

Beato John Henry Newman

Sermón: Dios te mira.

Sermón – PPS III, n° 9.

«Jesús, poniendo sobre él su mirada, le amó» (Mc 10,21).

Dios te mira, seas quien seas. Y «te llama por tu nombre» (Jn 10,3). Te ve y te comprende, él que te ha hecho. Todo lo que hay en ti, lo sabe: todos tus sentimientos, tus pensamientos, tus inclinaciones, tus gustos, tu fuerza y tu debilidad… No es solamente porque formas parte de su creación, él que se preocupa incluso de los gorriones (Mt 10,29), sino porqué tú eres un hombre rescatado y santificado, su hijo adoptivo, gozando en parte de esta gloria y de esta bendición que eternamente él derrama sobre el Hijo único.

Tú has sido escogido para ser su propiedad… Tú eres uno de aquellos por quienes Cristo ha ofrecido al Padre su última plegaria y la ha sellado con su sangre preciosa. ¡Qué pensamiento tan sublime, un pensamiento casi demasiado grande para nuestra fe ! Cuando nos detenemos a reflexionarlo, ¿cómo no reaccionar como Sara que se ha reído de una tan gran maravilla y, al mismo tiempo, de confusión? (Gn 18,12). «¿Qué es el hombre», quienes somos nosotros, quien soy yo, para que el hijo de Dios «se acuerde tanto de nosotros?» (Sal 8,5) ¿Quién soy yo… para que me haya renovado totalmente…, y para que haga de mi corazón su morada?

Congregación para el Clero

Aquella mañana, el joven rico tenía en el corazón un presentimiento de felicidad, porque intuía algo bueno para él. Era una mañana abierta a una fiesta, porque el joven rico iría a ver a aquel famoso maestro del que todos hablaban en Galilea: de sus milagros, de cómo recibía a la gente, a los pecadores, de su doctrina… Él quería verlo y hablarle de sus aspiraciones, de su deseo de perfección delante de Dios.

Pero el presentimiento del verdadero bien para él, que una vez conseguido da la felicidad al corazón y constituye el problema en torno al cual gira el hombre, depende, para su cumplimiento, de cómo se responde a esta pregunta: “Maestro bueno, ¿que debo hacer?…”  La verdadera tragedia del hombre de hoy –porque es de nosotros que habla el Evangelio- es que, como mucho, normalmente, este nudo se traduce en una pregunta que lleva consigo el germen de la futura tristeza, porque no es posible encontrar una verdadera respuesta. La pregunta sobre la felicidad se traduce hoy, en el mejor de los casos, en una cuestión inmediatamente ética, dando como por descontada la fe.

El joven rico cumplía fielmente todos los mandamientos… Pero si se insiste unilateralmente en los mandamientos, dando por presupuesta la gran Presencia, a Dios mismo que la genera, el modo con el que se habla de Dios y se vive con y por Dios, se hace “obligacionista” más que atractivo. De este modo, lo que predomina es la “prestación moral”, en vez del testimonio de una belleza entrevista, la fascinación de una Presencia que está delante nuestro en carne y hueso. La ética cristiana, nuestra “prestación moral” es, demasiado a menudo, una ética sin rostro, que no nace de un rostro, no nace de un Tú que pregunta: «¿Tú quién eres? ¿Quién soy yo? ¿Quien soy yo delante de Ti? ».

No era esto lo que se preguntaba el joven rico. Fue a Cristo para enriquecer su propia trayectoria moral con algún “plus”, pero no para ver su rostro: “Todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. “Has cumplido todo, pero aún no me has mirado a Mi”, le respondió el Señor con su mirada, tanto más cuanto que le ofreció su rostro: “fijándose en él, lo amó”.

Jesús habrá sentido una aflicción en su corazón, porque su mirada, que era la mirada de Dios, “que penetra hasta la división del alma y del espíritu (…) y escruta los sentimientos y los pensamientos del corazón”, conocía cuál sería el fin.

Fue un epílogo triste, porque el joven rico no estaba dispuesto a ese “gesto ético” fundamental que es dejarse querer, es decir, definirse por Cristo. No estaba dispuesto a que esa mirada fuera decisiva para su destino. Por esto el Señor siente afligirse su corazón, como puede sentirlo un padre o una madre delante del hijo que no responde; y en esa aflicción se estaba preanunciando ya el dolor supremo que sería la Cruz. Desde lo alto de la Cruz, Cristo, fijándose en el mundo, fijándose en cada hombre, en cada uno de nosotros, ofreció su amor gratuitamente, como sin esperar nada, porque el amor verdadero no tiene pretensiones, es libre por completo, porque sólo pretende darse.

El joven rico cerró sus ojos y también su corazón: fue por una mezquindad; el de Cristo, en cambio, fue una dilatación de completo amor. Toda la tensión moral de aquel joven, del cual no conocemos su destino eterno, se redujo a algo mezquino, una especie de “polvo ético”, una tristeza sin medida.

Pero “todo es posible para Dios”, y esta posibilidad se llama conversión y se llama Iglesia, compañía de hombres que siguen a Jesús. La Iglesia es la compañía de los pobres de espíritu y, a menudo, desgraciadamente también pobres en lo moral, pero que están delante de Dios, cercanos a Dios que ha fijado su morada entre nosotros. Están pegados fragilmente pero tenazmente, al lugar donde se encuentra el rostro de Dios, donde ha puesto su morada la Sabiduría hecha carne. En esta compañía habita la verdadera belleza.

Imploramos la mirada de Cristo, para que nos haga felices y podamos dar testimonio de esta felicidad, que es el reflejo cierto de Su presencia. María, que fue la primera en ser mirada por el amor de Cristo y cuyo corazón está también dilatado de amor, nos obtenga sentirnos siempre bajo la mirada del Hijo.

Julio Alonso Ampuero: Año Litúrgico

Breve comentario: ¡Ay de vosotros los ricos!

El evangelio del domingo vigésimo octavo (10,17-30) nos presenta a un hombre honrado y piadoso pero cuyo amor a las riquezas le lleva a rechazar a Cristo. La persona de Jesús es el bien absoluto que hay que estar dispuesto a preferir por encima de las riquezas, de la fama, del poder y de la salud (1ª lectura: Sab 7,7-11). En esto consiste la verdadera sabiduría: al que renuncia a todo por Cristo, en realidad con Él le vienen todos los bienes juntos; todo lo renunciado por Él se encuentra en Él centuplicado –con persecuciones– y además vida eterna. Pero es preciso tener sensatez para discernir y decisión para optar abiertamente por Él y para estar dispuesto a perder lo demás. Porque el que se aferra a sus miserables bienes y riquezas se cierra a sí mismo la entrada en el Reino de Dios.

Sin duda, una de las advertencias que más reiterada e insistentemente aparecen en la predicación de Jesús es la que encontramos en el evangelio de hoy: las riquezas constituyen un peligro. En pocos versículos hasta tres veces insiste Jesús en lo muy difícil que es que un rico se salve. Dios, en su infinito amor, llama al hombre entero a que le sirva y a que le pertenezca de manera total e indivisa. Ahora bien, las riquezas inducen a confiar en los bienes conseguidos y a olvidarse de Dios (Lc 12,16-20) y llevan a despreciar a los pobres que nos rodean (Lc 16,19ss). Las riquezas hacen a los hombres codiciosos, orgullosos y duros (Lc 16,14), «la seducción de las riquezas ahoga la palabra» de Dios (Mt 13,22); en conclusión, que el rico «atesora riquezas para sí, pero no es rico ante Dios» (Lc 12,21). La conclusión es clara: No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24). De ahí la advertencia de Jesús: «Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24).

Conviene revisar hasta qué punto en este aspecto pensamos y actuamos según el evangelio. Pues no basta cumplir los mandamientos; al joven rico, que los ha cumplido desde pequeño, Jesús le dice: «Una cosa te falta». Ahora bien, Cristo no exige por exigir o por poner las cosas difíciles. Al contrario, movido de su inmenso amor quiere desengañar al hombre, abrirle los ojos, hacerle que viva en la verdad. Quiere que se apoye totalmente en Dios y no en riquezas pasajeras y engañosas. Quiere que su corazón se llene de la alegría de poseer a Dios. El joven rico se marchó «muy triste» al rechazar la invitación de Jesús a desprenderse. Por el contrario, el que, como Zaqueo, da la mitad de sus bienes a los pobres (Lc 19,1-10), experimenta la alegría de la salvación.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo VII

Elegir la Sabiduría, la que ha de ser preferida a todo lo demás, es seguir a Cristo, desprendidos de todo (lecturas primera y tercera). La revelación divina nos hace posible la Sabiduría salvadora, que supera los riesgos de nuestra ignorancia y nuestras posibles cegueras materialistas ante nuestro destino eterno. Nuestra vocación de eternidad bienaventurada procede de la iniciativa divina. A nosotros nos queda siempre la responsabilidad de responder, aceptando con fidelidad y amor el camino de la salvación.

Sabiduría 7,7-11: En comparación de la Sabiduría tuve en nada la riqueza.  Habiéndosenos revelado la Sabiduría de Dios de muchas formas y maneras, últimamente se nos ha manifestado plenamente en el Hijo divino encarnado (Heb 1,2; 1 Cor 1,24).

La superioridad de la Sabiduría sobre todos los bienes del orden material es absoluta. Supera el poder, la salud, la belleza, todos los tesoros de oro y plata y piedras preciosas. Posee una luz que no conoce el ocaso. Es, por lo mismo, un don que viene del cielo que vale más que cualquier otro don, porque es conferido por el mismo Dios. Pidiendo la Sabiduría no pierde nada Salomón, porque con ella el Señor le concede también la riqueza, el poder y la gloria.

Cristo dirá más tarde: «buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo de-más se os dará por añadidura» (Mt 6,33). La sabiduría del hombre tiene una fuente divina. Dios la puede comunicar a quien quiere, porque Él mismo es el Sabio por excelencia. Roguemos a Dios que nos conceda esa Sabiduría que conduce a la vida eterna.

Pedimos al Señor con el Salmo 89 que nos sacie de su misericordia, para que toda nuestra vida sea alegría y júbilo. Que Él nos enseñe a calcular nuestros días, para que adquiramos un corazón sensato; que veamos su acción y su gloria; que baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Hebreos 4,12-13: La Palabra de Dios juzga los deseos y las intenciones del corazón. El Corazón de Jesucristo es la última Palabra salvadora del Padre. Dios nos ha hablado, al fin, por su Hijo (Heb 1,2; Jn 1,14). Dice San Justino:

«La palabra de su verdad es más abrasadora y más luminosa que la potencia del sol, y penetra hasta las profundidades del corazón y de la inteligencia» (Diálogo con Trifón 121,2).

Oigamos a San Agustín:

«Tienes la esperanza de las cosas futuras y el consuelo de las presentes. No te dejes, pues, seducir por quien quiere apartarte de ellas. Sea quien sea que quiera apartarte de esa esperanza, sea tu padre, tu madre, tu suegra, tu esposa o tu amigo, no te apartes de ella y te servirá de provecho como espada de dos filos. La separación que ella te ocasiona es útil, mientras que la unión que tú procuras te es dañina» (Comentario al Salmo 149, 1).

Y Teodoreto de Ciro:

«El Apóstol de Dios escribió esto no solo por sus lectores, sino también por todos nosotros. Conviene, por tanto, que consideremos aquel juicio divino y nos llenemos de temor y de temblor y guardemos los preceptos de Dios con diligencia y esperemos el descanso prometido que alcanzaremos en Cristo» (Sobre la Carta a los Hebreos 4,12-13).

Marcos 10,17-30: Vende lo que tienes y sígueme. Cristo nos llama, pero nosotros podemos rechazar su voz, queriendo seguir nuestros planes. Somos un riesgo para nuestra salvación. Tres partes tiene esta lectura: a) encuentro del joven rico con Cristo, que se ve rechazado porque el joven está apegado a sus riquezas; b) reflexión de Cristo sobre las riquezas; c) el Maestro, partiendo de una pregunta de Pedro, promete bienes espirituales a los que renuncian a todo por seguirle.

Para Cristo la riqueza no solo puede ser un peligro, sino también un impedimento para alcanzar el Reino de Dios. Despojarse de ellas es siempre un consejo que hace más libre para poder caminar más expeditamente, siguiendo sus huellas, y llegar así a ser un verdadero discípulo suyo. En sí las riquezas no son malas, pero pueden usarse malamente. Ahí está el mal, para quien no ha sido llamado a una mayor interioridad espiritual y religiosa. En la libertad de corazón, ante el atractivo de las criaturas, está la verdadera Sabiduría, por amor a la cual se prefiere, si es preciso, perderlo todo. Teniendo a Dios, lo tenemos todo, y podemos colaborar con Él en orden a nuestra salvación y la salvación de los demás. Comenta San Agustín:

«Si amas la vida y temes la muerte, este mismo temor es un constante invierno. Y cuando más  nos punza el temor de la muerte es cuando todo va bien. Por eso, creo que para aquel rico a quien causaban satisfacción sus riquezas pues tenía muchas y muchas posesiones el temor de la muerte era una llamada continua, y en medio de sus delicias se consumía. Pensaba en que tendría que dejar todos aquellos bienes. Los había acumulado sin saber para quién; deseaba algo eterno… Tenía su gozo en esas riquezas; por eso preguntaba al Señor qué tenía que hacer de bueno para conseguir la vida eterna; deseaba dejar unos placeres para conseguir otros, y temía abandonar aquellos en los que  entonces encontraba su gozo. Por eso se alejó triste, volviendo a sus tesoros terrenos» (Sermón 38,7).

Aquel joven pudo ser un apóstol de Cristo. Pero hoy no sabemos ni siquiera su nombre.

Adrien Nocent: Vender lo que se tiene y seguir a Jesús

El Año Litúrgico: Celebrar a Jesucristo. Tomo VII. Sal Terrae, Santander (1982), pp. 67ss.

El conjunto del pasaje evangélico de san Marcos que hoy se proclama, no plantea problema especial y se entiende fácilmente su tesis: la riqueza es difícilmente compatible con la salvación, aun cuando el rico la desee y parezca buscarla. Por otro lado, Jesús promete el céntuplo desde ahora a los que dejan todo por seguirle.

Observa san Marcos el deseo de este hombre que tiene muchos bienes y que se precipita a los pies de Jesús para preguntarle cómo heredar la vida eterna. Es evidente que el evangelista ha querido señalar ese ardor en pedirle a Cristo el medio de llegar a la salvación. Jesús es denominado “bueno”, a lo que él hace la observación de: “¿Por qué me llamas bueno?”, pero no espera la contestación y prosigue: “No hay nadie bueno más que Dios”. Sin duda alguna la introducción del adjetivo “bueno” proporciona a Cristo la oportunidad de subrayar su divinidad o de abrir los ojos al rico que le interroga. Pero también podemos preguntarnos si el título de “bueno”, que no corresponde más que a Dios, no se introduce aquí motivado por los mandamientos que siguen y que son signo de la benevolencia divina para con su pueblo, que él guía. Cristo enumera los mandamientos. El rico cree haberlos observado desde su niñez. Una cosa le falta: vender todo lo que tiene, darlo a los pobres para tener un tesoro en el cielo, y luego seguir a Jesús.

En ese momento se produce el desgarro. El rico quedó sombrío y se marchó triste… Jesús puede entonces desarrollar su enseñanza sobre el apego y el Reino. El ejemplo es tan exagerado, que ha de producir un cierto desaliento entre los discípulos. Han comprendido que no es suficiente abandonar todos sus bienes. San Mateo piensa en todos sus cristianos, y evidentemente no todos eran ricos; quiere mostrarles los diversos y numerosos obstáculos sembrados a lo largo de su camino; que ellos deben superar. Pero, ¿quién puede hacerlo? Esa es la atemorizada pregunta de los discípulos. Jesús les da una respuesta: Sí, es imposible para los hombres salvarse, pero Dios lo puede todo.

Se ha querido a veces ver en este texto una llamada a la “vida religiosa”, tal como actualmente la entendemos, camino excepcional de perfección. Sin embargo, Jesús se dirige aquí a todos los cristianos, y es ciertamente lo que ha querido también san Mateo.

Todos los cristianos deben renunciar a lo que tienen y seguir el camino del desprendimiento, porque es cuestión de entrar en el Reino. Ante este problema no hay más que una respuesta: la confianza en Dios que lo puede todo. Pedro se siente asustado y los demás discípulos también; en nombre de todos, Pedro declara: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Se adivina su angustia: ¿Servirá eso de algo? Jesús entonces, enumerando lo que ha de abandonarse, promete ahora, en este tiempo, cien veces más, con persecuciones. Equivale a decir que no son esos bienes en sí mismos los que son obstáculo para la salvación, ya que desde ahora se multiplicarán por cien, sino la actitud de apego respecto a ellos. No sin malicia, san Marcos añade a la lista de bienes restituidos las persecuciones… Pero por esa renuncia Jesús promete en la edad futura vida eterna.

Tener en nada la riqueza (Sab 7, 7-11 )

La elección de esta lectura viene, evidentemente, fijada por la del evangelio. Es, pues, legítimo leerla en función de este último, así como es legítimo aclarar el evangelio en función de esta lectura, por más que en estricta exégesis apenas se pueda conceder esto.

Hemos dado ya nuestra explicación sobre el tema en repetidas ocasiones. La plegaria del sabio, capaz de tener en nada la riqueza, muestra, sin embargo, que la Sabiduría es un don que hay que pedir.

No es posible al hombre el propio despego de sí, si no recibe el don de la Sabiduría. La pobreza, el desasimiento es don. Una vez recibido este don del Señor, todo se vuelve barro en comparación de sus riquezas.

San Marcos pudo de esta manera, utilizando palabras de Jesús, enseñar a sus cristianos los peligros de la riqueza, pero también los peligros de todo apego a las cosas terrenas. El que desea seguir al Señor, debe sobrepasar todo lo pasajero y permanecer en el no-condicionamiento. Pero esto no se puede llevar a cabo sin un don del Señor.

Con demasiada frecuencia se atribuyen estos textos a la condición de la vida religiosa. Pero apuntan a la existencia de todo cristiano. Hay que poner cuidado en esto.


Comentarios exegéticos

José A. Ciordia

Comentarios a las tres lecturas y consideraciones

Apuntes hechos públicos por sus alumnos

Primera Lectura: Sb 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

Sabiduría, el arte de vivir bien. El saber es algo que todos aprecian. La denominación de «necio», «ignorante», no suele gustar a nadie. Sin embargo, el tener razón, el ser doctor, el conocer las cosas, suele ser algo que agrada. Hay, con todo, muchas formas de saber. Existe el sabio naturalista que clasifica las plantas por la forma de sus hojas y por cualidades de sus flores y frutos. Es un sabio también el arqueólogo que descifra en los restos de civilizaciones antiguas la vida y costumbres de los antepasados. Se le califica de sabio astrónomo, al que conoce con propiedad los andares del firmamento. Existe el sabio lingüista, el sabio matemático, etc. También es sabio el hombre que estudia las costumbres humanas y llega a penetrar profundamente en el conocimiento del hombre en su múltiple relación con el mundo que le rodea. Es sabio el filósofo. Todos sabios venerables. Pero parciales.

La sabiduría de que aquí se trata es a la vez más humana y más divina. Tiene algo de ciencia y algo de arte; algo de especulativo y algo de práctico. Cierto conocimiento de las cosas en su relación con dios, como último fin nuestro, y el arte de vivir según él. La sabiduría, de que nos habla el autor de este precioso libro, es la sabiduría que dimana de Dios la auténtica, la genuina. Ella nos da el conocimiento preciso, no digo científico, de las cosas en su relación con Dios, su creador, y en su relación con nosotros sus usufructuarios. Nos da el recto conocimiento de Dios y de nosotros mismos respecto a dios, nuestro último fin. Es el mismo conocimiento de Dios. Es lo que Dios ve y lo que Dios quiere. Es el arte de vivir según ese ver y querer de Dios: es el arte de usar de las cosas, de apreciarlas, y el arte de conducirse según la voluntad divina. Esta es la única sabiduría que realmente a todos interesa. Es el arte de llegar al último fin, por Dios a la humanidad propuesto, que es El mismo. Naturalmente este conocimiento, este arte parte de Dios. El hombre, después del pecado, se encuentra alejado. Nótese:

a) Es mas apreciable y hermosa que: las riquezas, piedras preciosas, oro y plata. El poder, tronos y reinos. La salud y la misma vida humana.

Ante ella todo es basura, polvo y arena. Es curioso, sin ella las cosas, por más apreciables que sean, no valen nada; con ella, sin embargo, vienen todas juntas, viene la vida eterna. Ella conduce a la vida. Por eso es más apreciable que todo lo que existe fuera de ella, pues no pasa ni se destruye.

b) Es algo divino. Es sabiduría divina, no humana. Se alcanza con la petición. Viene de arriba, como don a un deseo, a un esfuerzo, a una petición. A todos puede llegar.

c) Es en concreto la Revelación: luz y fuerza de lo alto. Se requiere esfuerzo y reflexión. Pero es Dios mismo quien nos hace vivir su conocimiento y su voluntad. Es en el fondo, Dios mismo que se nos entrega y vive en nosotros. Nuestra sabiduría es Cristo, dice san Pablo.

Tercera Lectura: Mc 10, 17-30: Vende lo que tienes y sígueme.

San Marcos nos relata un interesante episodio de la vida de Cristo. El episodio, con el consiguiente comentario del Maestro, debió tener, tanto en la vida de Jesús como principalmente, en la vida de la primitiva comunidad de los fieles, suma importancia. Lo traen los tres sinópticos de forma idéntica. Los santos Padres lo han comentado con frecuencia. En realidad, la actitud de Cristo, sus palabras, la figura del personaje anónimo son altamente instructivos. Veámoslo:

Podemos distinguir dos partes: los versillos que van del 17 al 27, común a los tres sinópticos, y los versillos 28-30 propios de Marcos. Estos últimos continúan, sin duda, el pensamiento de los anteriores.

Distingamos en la primera parte:

a) La figura simpático-trágica del anónimo, joven en otro evangelista:

Sus palabras: Deseo sincero de ser perfecto, de cumplir lo dispuesto por Dios.

Práctica honrada del bien. Cumple con la ley. Honradamente se esforzaba por cumplir los mandamientos a la perfección.

Reconoce a Jesús como Maestro. Tristeza ante las palabras de Cristo.

b) Palabras de Cristo. La exégesis de las palabras de Cristo tienen una larga historia.

Los Padres, algunos por lo menos, hablan, al comentar Una cosa te falta…, de un mandato de Cristo dirigido al joven a seguirlo. Se trataría de una exigencia: Te falto algo para ser perfecto, para cumplir la ley de Dios de modo debido. La exégesis posterior ha venido usando el texto, sobre todo en el contexto de la vocación religiosa, como consejo evangélico. La palabra perfecto se interpreta, en tales contextos, como equivalente más o menos de la voz perfección religiosa.

La exégesis reciente, parte al menos, vuelve a considerar el texto independientemente de la problemática de los consejos evangélicos. No se trataría, según esto, de un consejo a seguir. Sería una exigencia. Perfecto significaría cabal. Es decir, diríase perfecto aquel que cumple cabalmente la Ley de Dios. Según esto, al joven le faltaba algo para cumplir la Ley de modo satisfactorio: venderlo todo y seguir a Cristo. Jesús le habría lanzado una exigencia, que desoída, dejaba incumplida la voluntad de Dios. Por eso añade Cristo que es muy difícil a los ricos entrar en el reino de los Cielos. Los Padres van más adelante y lanzan la sospecha de que tal individuo no se salvó. De hecho desoye una exigencia seria de Cristo. Era una exigencia dirigida a su persona directamente. Tal exigencia no para todos. Pero puede que a cada uno de nosotros se nos dirija. No sería, por tanto un consejo sino un mandato.

c) Valor y peligro de las riquezas. La actitud de Cristo respecto a las riquezas y al seguimiento de su persona causa admiración y sorpresa. Los judíos de su tiempo, con los maestros a la cabeza pensaban de muy distinta forma.

Las riquezas son un bien, en sí mismas consideradas. La riqueza, en el caso presente, fue un obstáculo para el cumplimiento de la voluntad divina. Cristo comenta que lo es generalmente. Tanto que es muy difícil que el rico entre en el reino de Dios. Nótese la imagen del camello y de la aguja. Este es el hecho. La posición de Cristo respecto a las riquezas es realmente sorprendente. Las riquezas, en la oposición reinante aún en el Antiguo Testamento, son signo de bendición y de predilección, como lo son también la salud y la vida larga ¿Cómo, pues, renunciar a las riquezas? No son realmente maldición; pero obstaculizan la entrada al reino. A los ojos de Jesús las riquezas pierden mucho, si tenemos en cuenta la opinión de los contemporáneos.

Con semejante exigencia Cristo se revela muy por encima de los hombres. El transciende a la humanidad entera. Habla como si fuera Dios.

Los ricos encontrarán dificultad para entrar en el reino. Con la ayuda de Dios no les será imposible.

La segunda parte viene a ser como una aplicación al caso concreto de los discípulos. Cristo puede exigir la renuncia a todo lo humano para seguirle. Promete, en cambio, el ciento pro uno en esta vida y la vida eterna. No se puede perder de vista la recompensa. Es objeto de nuestra esperanza.

Consideraciones

A) La Sabiduría es la criatura más apreciable que existe. Más apreciable y más hermosa que las riquezas, más que todo poder y gobierno, más que oro, más que salud y más que la misma vida. La Sabiduría es la palabra de Dios vivida dignamente. Es, podríamos decir, Dios mismo en cuento se nos ha revelado y hecho carne y vida en nosotros. De Dios desciende en forma de luz y moción, que nos dirige a El mismo; es su misma vida, pensamiento y voluntad, en nosotros. Con ella nos vienen todos los bienes. Esta sabiduría que necesita el hombre, pues lo eleva a la altura de Dios. Esta es la sabiduría que transciende las cosas y las orienta en su debida dirección. Sabiduría nos hace vivir eternamente. No hay que escatimar esfuerzo para conseguirla.

La primer lectura insiste en su origen divino. Nos viene en forma de don. Hay que pedirla y buscarla. Dios la concede. Es algo sobrenatural. Es la revelación de Dios. Hay que pedirla Lo merece.la caducidad de las cosas. Siempre será poco, pues estamos tan pegados a ellas que prácticamente nos es casi imposible pensar que hay cosas mejores y más necesarias que el mundo que nos rodea. El oro, la belleza, el poder, la salud y la misma vida pasan. Todo ello es secundario. Solo Dios es necesario. El nos va a dar la vida, no las riquezas que damos tener, que a veces nos hacen cometer impiedades e injusticias. Con Dios la vida eterna. Por ahí camina el evangelio.

B) La palabra de Dios es la palabra de Dios hecha carne es el Verbo de Dios, Cristo Jesús. Cristo es nuestra sabiduría, dice san Pablo. Según san Juan, Cristo es el verbo, la Palabra de Dios, el Camino, la Verdad y la Vida. Y esto nos lo recuerda el evangelio.

1) Jesús, el Maestro Bueno, Algo entrevió el joven del evangelio. Nosotros lo sabemos perfectamente. Jesús es el único y auténtico Maestro capaz de enseñarnos el camino de la vida eterna. La pregunta del joven es nuestra pregunta. El puede responderla. El es, Cristo, la palabra de Dios más apreciable que todas las criaturas. Las cosas, sin El, no tienen valor; con El, tienen valor y sentido. De nada nos sirve la ganancia del mundo, si no tenemos a Cristo: Todas las cosas las consideré estiércol, con tal de conseguir a Cristo (Pablo) De que te sirve ganar todo el mundo, si al fin pierdes tu alma? (Ignacio de Loyola); el que se salva, sabe , y el que no, no sabe nada (letrillas de santa Teresa). Cristo es la sabiduría misma. Todo esfuerzo y renuncia por poseerlo son pocos.

2) Cristo puede, de hecho, exigir la renuncia de los bienes, Es el caso que nos presenta el evangelio. Renunciar a todo y seguirle. Es la condición para poseerlo todo después: el ciento por uno en esta vida y la vida eterna. La segunda lectura nos advierte de la fuerza de la palabra divina. Hasta aquí llega Cristo. Cristo llama, Cristo consuela, Cristo exige, Cristo condena. Cristo obliga a tomar resoluciones drásticas, radicales, definitivas. El tiene autoridad para ello y fuerza para llevarla a cabo. Es la palabra de Dios hecha carne.

3) Peligro de las riquezas. Las riquezas son bienes. Pero lo son de forma relativa. Con suma frecuencia las hacemos bienes absolutos. Es un error pésimo y un terrible peligro. Puede llevarnos a la condenación eterna, a dejar el Bien Sumo, Cristo, y a esclavizarnos de ellas. Puede que nos haga dejar el Camino y la Vida y nos entreguemos a lo falso y perecedero. Son peligrosas. De ellas nacen la avaricia, la lujuria, la injusticia… la muerte. Sería un buen tema de predicación. De hecho encontramos muchos cristianos que no se conducen como cristianos, cegados precisamente por las riquezas y el lujo ¿A cuántos no sedujo el oro, la ambición y la plata? Hay que arrancar por ahí, plenamente convencidos del valor muy condicionado de las riquezas. Así los santos. El joven del evangelio es un buen ejemplo. Las riquezas le obligaron a prescindir de Cristo. Da miedo pensar en el fin que pudo tener aquel muchacho. Si no hubo arrepentimiento, no entro en el reino de los cielos. Terrible. La palabra de Dios puede ser exigente. Lo fue con los discípulos. A ellos se les prometió los bienes que no perecen. Lejos de mí servir a dueño que se me pueda morir (Francisco de Borja); Lo que no es eterno nada es (san Agustín).

C) El tema de la palabra de Dios como eficaz y poderosa es también un tema muy importante. Oigámosla, pidamos su inteligencia ¿Escuchamos la palabra de dios atentamente? Hay que pensarlo. Docilidad a la palabra de Dios.

Pensamiento eucarístico: Cristo es la Palabra de Dios. Cristo está presente, tanto en forma de palabra -cuando se leen y atienden los textos bíblicos y se nos predica de El- como en forma de alimento -eucaristía-. Cristo se nos da como sabiduría, como camino, como fuerza que llega hasta lo más íntimo del alma. Es lo más precioso que se nos puede dar. Se nos da también como alimento. Es prenda de vida eterna, pues quien coma de El tendrá la vida eterna.

El Pan y el Vino que tomamos es Cristo. La comunión con El exige un cambio de vida, una adhesión tal a El, que todo lo despreciemos por su causa. Exige una vida santa. Puede que hasta la renuncia efectiva y total de lo que poseemos. De todos modos la renuncia viene exigida por su presencia. La participación en la eucaristía nos debe llevar asta ahí. Vivir prácticamente a El, Cristo, es más apreciable que el oro, que el poder y que la misma vida, Hacer nuestra la sabiduría de Dios de tal modo que sea nuestra propia vida. como san Pablo: Mi vivir es Cristo.

José Ma. Solé Roma

Comentario a las tres Lecturas

Ministros de la Palabra, Ciclo “B”, Herder, Barcelona (1979).

Primera lectura: Sabiduría 7, 7-11.

Salomón (por ficción literaria el Libro de la Sabiduría se atribuye a Salomón) nos dice del modo como él ha adquirido la Sabiduría: El plan y la acción de Dios en el universo y en la Historia:
– “Oré y me fue dada; imploré y vino a mí la Sabiduría”.
– “La amé y preferí a todo: cetros, tronos y riquezas; oro, plata y perlas pospuse a ella” (8-9). La preferí a la salud, a la belleza, a la luz, a la felicidad. La Sabiduría lo es para mí todo. Todos los bienes tengo en ella.
– Estas intuiciones nos van preparando al misterio del Verbo o Sabiduría Encarnada, sumo don y riqueza de Dios. De Cristo, Sabiduría Encarnada, dirá San Pablo: “Todas las cosas las considero como una pérdida parangonadas con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por cuyo amor me desposeí de todo. Y todo lo estimo como basura a cambio de ganar a Cristo. De suerte que alcance su conocimiento y participe la gloria de su Resurrección” (Flp 3, 8-10). Debemos orar y pedir al Padre nos de su mejor tesoro. Debemos buscar este tesoro y preferirlo a todo.

Segunda Lectura: Hebreos 4, 12-13.

Los hagiógrafos, a veces, releen y profundizan páginas anteriores de la Biblia y nos dan de ellas un sentido más profundo y más pleno:
– Si Salomón nos ofrece el elogio de la “Sabiduría” y nos prepara para la revelación de la Sabiduría Encarnada Cristo, el autor de la Carta a los Hebreos nos ofrece en la misma línea y con estilo similar el elogio de la “Palabra” que ahora ya se nos ha revelado plenamente: Cristo. “Palabra” poderosa y eficiente, viva y vivificante, íntima y entrañable. Tan poderosa y eficaz que crea cielos y tierra (Sal 33, 6), que nunca es estéril y baldía (Is 55, l). Tan viva y vivificante, que de ella se nutren y viven los fieles (Dt 8, 3; Sab 16, 26), y por ella alcanzan salud y curación los enfermos y heridos de muerte (Sab 16, 12). Tan íntima y entrañable, que es la luz y el calor de todas las almas: “Nadie se sustrae a su calor” (Sal 19, 7).
– Esta “Palabra” es eterna como Dios: “La Palabra de Dios subsiste por siempre” (Sal 33, 11, 9, 89). Ahora San Juan puede ya darnos la teología plena de la “Palabra”: “En el principio existía la Palabra; y la Palabra estaba en Dios. Y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne. Y fijó entre nosotros su tabernáculo” (Jn 1, 1. 14). Cristo, el Verbo Encarnado, es la Palabra eterna, subsistente, creadora, poderosa, eficiente, vital, vivificante, íntima, entrañable.
– Como el sabio (Salomón) amó, buscó, pidió la “Sabiduría”, la prefirió a todos los valores y riquezas, la tomó por esposa, nosotros, ahora que ya conocemos la Sabiduría, la Palabra de Dios plenamente revelada, Cristo Verbo Encarnado, debemos prestar plena fe y total amor a esta Palabra eterna que Dios nos habla: “Dios, que en los tiempos anteriores habló a los Padres en muchas ocasiones y de muchas formas por medio de los Profetas, en estos postreros días nos habló por su Hijo” (Heb 1, l), Abramos el corazón a Cristo: “Quien cree en El no será condenado. Mas quien no cree queda ya condenado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios. La condenación está en esto: Vino la Luz al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la Luz” (Jn 3, 18). Nosotros buscamos, pedimos, amamos, elegimos, preferimos la Luz. La recibimos, la aceptamos, la deseamos, la meditamos. El cristiano fiel vive ahora de la luz, del calor, de la vida de Cristo, Palabra eterna de Dios encarnada. Y eternamente viviremos de la gloria de Cristo, Palabra de Dios encarnada y glorificada: “Concédenos, Dios Omnipotente, quedar embriagados y saciados del Sacramento que acabamos de recibir y con esto nos transformemos en lo que ha sido nuestro manjar; que nos hagas en virtud de este sacramento, consortes de la divina naturaleza” (Poscom.).

Evangelio: Marcos 10, 17-30.

La escena del joven ilusionado que se llega a Jesús con ideales espirituales va a ser el marco de enseñanzas preciosas para la recta orientación cristiana:
– Jesús, tras desviar humildemente hacia el Padre la alabanza que le ha tributado el joven, abre a los ojos de éste horizontes inesperados. “Jesús fijó en él la mirada y quedó prendado de él”. Esta mirada y este amor indican la gracia de una elección. Cristo propone al joven la vocación apostólica: “Vende cuanto tienes y dalo a los pobres; y vuelve; te quedarás conmigo”. Respetemos este misterio de una gracia ofrecida a un alma que no la acepta. Reconozcamos que aquella vocación frustrada apenó a Jesús. Pero Jesús acaba de hacernos el don de una gran revelación: “La Herencia Mesiánica” (el joven le ha pedido cómo llegaría a la Herencia de la vida) es la “Pobreza”. Quien esté más desasido estará mejor dispuesto para el “Reino Mesiánico”.
– El joven, a pesar de ser perfecto cumplidor de la Ley, no está dispuesto. Tiene un gran obstáculo: su afición a las riquezas. La riqueza adquirida o poseída con egoísmo, avaricia y orgullo cierra herméticamente la entrada en el “Reino” (23-24). Jesús no predica la “miseria”, sino el desprendimiento, la generosidad, la jerarquía de valores auténtica, la caridad generosa. El N. T. modifica la “escala de valores del Viejo”. El Viejo consideró la riqueza como bendición de Dios y signo de su amor. En el Nuevo el valor es la “Pobreza” o desasimiento.
– Y para aquellos que tienen una vocación de total renuncia a lo terreno y de una total dedicación al “Reino”, al apostolado; y responden valientes a esta vocación, Jesús les promete los mejores premios espirituales. Dejan la propia familia, pero entran más de lleno en la familia espiritual de Cristo; quedan remunerados con bienes espirituales (ciento por uno), a cambio de los bienes materiales que renunciaron por Cristo y por el Evangelio (28-31).

Isidro Gomá y Tomás: La pobreza voluntaria

El Evangelio Explicado, Vol. II, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona (1967), p. 304-310.

Explicación.

Jesús había sentado las bases del matrimonio cristiano y recomendado las excelencias de la virginidad. Ha interrumpido su discurso el episodio de los niños, a quienes bendice. Ahora, con ocasión de la pregunta de un joven rico, sienta la verdadera doctrina cristiana sobre las riquezas y recomienda la pobreza voluntaria. Es un consejo evangélico, como el de la virginidad. El fragmento se reduce a tres pensamientos capitales: Recomendación de la pobreza voluntaria (16-22); peligro moral de las riquezas (23-26); premio al renunciamiento de las riquezas por Cristo (27-30).

El joven rico (16-22).

Habíase Jesús recogido en una casa después de su respuesta a los fariseos sobre el matrimonio (Mc. 10, 10); allí había tenido lugar el episodio de los niños, relatado en el número anterior. Y cuando salió para ponerse en camino, he aquí que un (hombre) principal acercósele y, arrodillado delante de él, dícele… Es un joven, según Mateo, que revela su bonísima índole, y que está deseoso de alcanzar la vida eterna: Maestro bueno, ¿qué de bueno haré para conseguir la vida eterna? Había ya obrado bien, sin que hallara la paz de su espíritu; cree que habrá alguna obra buena especial que cumplir aún para que des canse su alma y le dé la seguridad de la vida eterna: Jesús, a quien tiene el joven por excelente maestro, se lo dirá.

Jesús le responde poniendo ante sus ojos la regla única y suprema de la bondad: Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? ¿Por qué me llamas bueno? Debieras saber (y sin duda lo sabía el joven) que no hay más que un Sumo Bien, que es al propio tiempo el infinitamente Bueno y santo; mira qué bondad me atribuyes, si la participada de puro hombre o la que corresponde sólo a Dios: Uno solo es bueno: Dios, bueno por esencia, como causa de todo bien, como ejemplar de toda acción buena, como fin de todo bien. Pero la suma Bondad ha señalado al hombre una norma para que seamos partícipes de su bondad: son sus mandamientos, expresión de su voluntad santa; quien se amolda a ellos, logrará la vida eterna: Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

Se le ocurre al joven que quizá se refiera Cristo a mandatos especiales que él desconoce; quizá se le ofrecen en aquellos momentos los seiscientos trece preceptos que los escribas habían contado en la ley mosaica; por esto él le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo, poniéndole por vía de ejemplo cinco preceptos de la segunda tabla, por donde puede colegir la necesidad de observar los análogos a ellos: Conoces los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no cometerás fraude. Honra a tu padre y a tu madre; añadiendo el precepto general del amor al prójimo: Y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Es bueno el joven, cuidadoso guardador de los mandamientos: Dícele el joven: Maestro, yo he guardado todos éstos desde mi juventud. Y sintiendo que hay algo aún que pueda moralmente elevarle sobre la común perfección que importa la observancia de aquellos preceptos generales, añade con ansia: ¿Qué me falta aún? Al oír esto, Jesús, mirándole de hito en hito, le mostró agrado, le manifestó amor por las generosas ansias de mayor perfección que significó. Y a la amorosa mirada, sigue la apremiante invitación a seguir el consejo evangélico de la pobreza: Y le dijo: Aún te falta una cosa: si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres; ello es cosa difícil, pero el premio es grande: Y tendrás un tesoro en el cielo, que te compense con creces de lo que habrás dejado en la tierra. Pero no hay bastante aún: obedéceme: Y ven, sígueme.

En estas palabras se encierran los consejos evangélicos de pobreza, por la renunciación voluntaria de los bienes; de castidad, porque, pobre voluntario desposeído de todo, ya no podrá pensar en desposarse; la obediencia, por el apremiante llamamiento al ejercicio del apostolado. Son los dos estados de la vida cristiana: el general: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”; y el de perfección religiosa: “Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes…, y sígueme.”

Cuando deseamos algo y no podemos lograrlo, caemos en la tristeza; así le sucede al joven: desea la perfección, pero tiene más fuerza el amor a las riquezas, que es el que definitivamente le vence: Habiendo oído el joven esta razón, se marchó triste, efecto de la lucha de afectos: Porque era muy rico, tenía muchas posesiones, y la lucha interior desgarra su alma.

Peligro Moral de las riquezas (23-63).

Toma Jesús ocasión de la tristeza del joven para aleccionar a sus discípulos sobre los grandes peligros que las riquezas ofrecen en el orden espiritual: Y Jesús, viéndole sobrecogido de tristeza, mirando en derredor, dijo a sus discípulos, para dar a entender la gravedad de la amonestación que iba a hacerles: En verdad os digo que con dificultad entrará un rico en el Reino de los cielos: porque las riquezas son las que fomentan la soberbia, la gula, la lujuria y demás vicios; y siendo la naturaleza humana inclinada al mal, crece el peligro cuando crece la facilidad de cometerlo, aun cuando las riquezas no son malas por su naturaleza.

Los discípulos, que participaban de las ideas de su pueblo acerca del esplendor temporal del Reino mesiánico y del carácter del premio a la virtud atribuido a las riqueza asombráronse, queda ron estupefactos, de sus palabras, al oírle decir que las riquezas eran más bien estorbo para entrar en el Reino de los cielos.

Mas Jesús, no por eso corrige o atenúa su afirmación, sino que, recalcándola y completando su pensamiento, les dice de nuevo, en tono paternal: ¡Hijitos!, otra vez os digo: ¡Cuán difícil es que en tren en el Reino de Dios los que tienen puesta su confianza en el dinero! Para más inculcar lección tan grave y trascendental, Jesús vacía su pensamiento en una hipérbole extraordinaria, especie de refrán popular usado por los escribas y pueblo de su tiempo para expresar la imposibilidad de algo: Más fácil cosa es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de los cielos: trátase de una imposibilidad moral para aquellos que están pegados a las riquezas, como un fin de la vida, o como medio para satisfacer sus concupiscencias. La imaginación oriental gusta tales metáforas (Cf. Prov. 12, 17; Jer. 13, 27) para expresar un imposible. No hay, pues, necesidad de sustituir “camello” por “sable” o maroma, como han hecho algunos intérpretes, fundándose en la semejanza de las voces griegas equivalentes.

Los discípulos, cuando oyeron estas palabras, se maravillaron mucho: llevan ya en sus entrañas el amor de caridad para con todo el mundo, y se duelen de la universal ruina, porque son raros los hombres que no se dejen llevar de la atracción de las riquezas.

Al proponerles Jesús la hipérbole del camello, oídas estas cosas, se admiraban los discípulos mucho más, y se decían los unos a los otros: ¿Quién, pues, podrá salvarse? Jesús les sosiega, primero con su dulce mirada: Y mirándoles Jesús: y luego tempera la terribilidad de su afirmación proponiéndoles la eficacia de la gracia con lo que abre su corazón a la esperanza: Les dijo: Esto es imposible a los hombres como tales, dejados a sus solas fuerzas: Mas no a Dios, pues a Dios todas las cosas le son posibles, y todo lo puede el hombre si la gracia de Dios le conforta.

Premios de la pobreza voluntaria abrazada por Cristo (27-30).

Entonces, tomando Pedro la palabra en nombre de todos, como solía, y tomando ocasión de la pregunta del joven rico, respondiendo, dijo: He aquí que nosotros todo lo hemos dejado; y te hemos seguido: lo que has pedido al joven, nosotros ha tiempo lo hemos cumplid; por ello Pedro está lleno de un santo optimismo: ¿Qué, pues, nos espera? ¿Qué recompensa nos darás? Y Jesús les dijo, dejándoles entrever el magnífico premio: En Verdad os digo, es una confirmación jurada, que vosotros, que me habéis seguido, no solo dejándolo todo, sino yendo por el mismo camino de justicia y de la verdad, de la misericordia y de la paz, cuando en la regeneración, en la renovación universal y en la transformación que tendrá lugar en el fin de los tiempos ( Is. 65,17; 66,22; Rom. 8,17 sigs. ; 2 Pe. 3,13; Apoc. 21,1), se sentará el Hijo del hombre en el trono de su Majestad, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, en calidad de asesores de Jesucristo, de cuya potestad judicial serán príncipes, como fueron partícipes, como fueron con él cofundadores de su Reino en la tierra: para juzgar a las doce tribus de Israel, en lo que se expresa la sobreeminencia de la autoridad y dignidad apostólica. Y juzgarán a las doce tribus, en el sentido estricto, en cuanto a la salvación estaba prometida ante todo Israel, siendo por ello los Apóstoles constituidos sobre todo patriarcado y magistratura de su pueblo, y en el sentido más amplio de jueces de todas las naciones, ya que todas ellas, al convertirse a Cristo, se injertarán por él en Abraham, padre de los creyentes (Gal. 3,29; Rom. 4,12; 11,17).

De los apóstoles pasa Jesús a todos los que siendo a ellos inferiores, renuncian como ellos sus bienes por seguir a Cristo: y cualquiera que dejare casa, o hermanos, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por mi nombre o persona, por el Evangelio o doctrina mía, por el Reino de Dios, objetivo de mi misión, recibirá el ciento por uno, muchas cosas más, ahora en este tiempo, casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, campos, con persecuciones: son los premios que ya en esta vida recibirán los pobres de Cristo. De hecho, ya en los comienzos de la Iglesia, junto con las persecuciones recibirían los seguidores de Cristo el premio de los hermanos de la fe que en todas partes cuidaban de ellos; San Pablo llama madre suya a la de Rufo (Rom.16, 13); a los fieles de Corinto (1Cor. 4,14) y a los de Galacia (Gal. 4,19) les dice hijos suyos; la Iglesia era su madre; las tierras de los cristianos alimentaba a todos. Huelga decir que los que actualmente profesan la vida religiosa tienen asimismo todas esas ventajas: nada tienen y de nada carecen. El premio máximo se lo reserva Cristo: y en el siglo venidero poseerá la vida eterna, la felicidad para siempre perdurable. Pero todo ellos está sujeto a una condición: la perseverancia: Mas muchos primeros, en tiempo y dignidad, porque claudicaron o fueron remisos, serán postreros: y postreros, que siguieron a Cristo más tarde o tuvieron lugares inferiores, porque redimieron el tiempo y se mantuvieron en fervor, serán los primeros.

Lecciones morales.

– A) v. 17. – Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. – No dice Jesús, según San Agustín: ” Si quieres venir a la vida eterna”, sino: “Si quieres entrar en la vida”, así, en absoluto: porque esta vida no es la vida, sino un simulacro de vida, un rápido viaje a la muerte. La vida que únicamente merece el nombre de tal, es la eterna; vida concorde con la vida de Dios, que se apacienta en la visión y en el amor y el goce de Dios: Veremos, amaremos, gozaremos en aquella vida, dice el mismo Santo. Pero desgraciadamente hay una manera de no ir camino de esta vida, de estar fuera de la vida aun teniendo vida, dice Orígenes; y es no guardar los mandamientos, que son la vía que lleva a la vida. Si tanto amamos esta vida fugaz y desgraciada, ¡cuánto debiéramos amar y desear la eterna y feliz! Y si sólo los mandamientos nos conducen a ella, ¡qué terror debiera causarnos su infracción, que puede excluirnos de aquella vida y condenarnos a la eterna muerte!

B) v. 20. – ¿Qué me falta aún? – Son palabras que expresan el vehemente deseo del joven de salvarse. Si guardamos los mandamientos y estamos en gracia de Dios, ¿entramos con frecuencia dentro de nosotros mismos para preguntarnos si nos falta algo aún? ¡Y nos falta tanto para ser perfectos! Y, sobre todo, nos falta la base para serlo, que es la ninguna estima en que debiéramos tener nuestras pobres justicias: nos creemos buenos porque no nos hallamos malos; y esto puede ser motivo de presunción y camino de dejar de ser buenos y hacernos malos. Y nos falta conocer el punto flaco por donde podemos dejar de ser justos y llegar a ser pecadores. A los pies de Jesús debiéramos decir todos los días: ¿Me falta algo aún, Maestro bueno? ¿Qué es lo que me falta? Decídmelo, como lo dijisteis al joven rico.

C) v. 21. – Anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres… – Bueno es poseer riquezas y administrarlas en favor de los pobres; pero es mejor desposeerse totalmente de ellas y, libres de cuidados, seguir a Cristo en pobreza, a Cristo pobre. El mundo no comprende esto; pero lo han comprendido miles de almas que no han sentido con el mundo, que han visto los peligros del mundo por el mal uso de las riquezas, que han penetrado en el secreto de la riqueza de los pobres de Cristo y por Cristo, y han dejado todas sus posesiones para poseer mejor a Cristo. Todavía son millares estas almas de privilegio. Se santifican ellas y llenan la tierra del aroma de esta santa virtud de la pobreza, que llena de Dios a quienes la cultivan y acerca a Dios, porque aleja del mundo, a quienes desapasionadamente la contemplan. ¡Feliz pobreza, que a los que son llamados a ella franquea las riquezas incorruptibles y eternas del cielo!

D) v. 23. – Con dificultad entrará un rico en el Reino de los cielos. – No es un crimen tener riquezas, dice San Hilario, pero deben poseerse, con medida: porque, ¿cómo podremos socorrer las necesidades de los santos, de los cristianos, hermanos nuestros, si nuestra avaricia no deja con qué socorrerlos? No es lo mismo tener riquezas que amarlas, dice Rábano Mauro: en manos de quien ame más sus deberes cristianos y los derechos de los pobres, las riquezas son un verdadero tesoro, en la tierra y para el cielo; pero administradas por quien, lejos de invertirlas en el bien, las hace colaboradoras del mal, son la ruina d los hombres que las malversan y quizá de sus hermanos a quienes corrompen.

E) y. 27. – ¿Qué, pues, nos espera? – Los desheredados de la fortuna; los que pasaron por el mundo agotando las riquezas de su energía para hacerse con la pobreza del pan de cada día; los dadivosos que se empobrecieron para socorrer a sus hermanos o para ayudar a las obras de celo; los que han hecho profesión de vida pobre, siguiendo las pisadas de Cristo pobre, ¡y son tantos en conjunto que forman la inmensa mayoría de los mortales! ¿Qué tendrán? ¿Qué tendremos? Ahora, quizás el desprecio, las privaciones, quizá las burlas de los ricos o de los que no compren den el desamor a las riquezas; desde luego, la paz y la alegría de conciencia si hemos ayudado al hermano, si hemos colaborado a la expansión de la verdad, a la solemnidad del divino culto, etc.; una vida feliz los que, siendo llamados por Dios, han abandonado todo lo suyo para seguir a Cristo; el pobre obrero, la satisfacción del deber cumplido, si lo ha cumplido sin odios ni codicias. Y más tarde, pasada esta vida, que para todos es de gran trabajo, la felicidad eterna: “Bienaventurados los pobres de espíritu…” Si no se piensa así, ¿puede haber paz en las conciencias y en el mundo?

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